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Medio siglo de historia colombiana: notas para un relato
inicial
Jorge Orlando Melo
índice
I. La historia entre la
ciencia y la política
II.
Las historia académica
III.
La modernización de la historia
IV.
El auge de la historia
Las perplejidades de los
noventas
I. La historia entre la ciencia y la política.
La historia es una
ciencia difícil de conceptualizar: se mueve en un espacio fronterizo entre las ciencias
sociales y las humanidades. En cuanto ciencia social, su estatuto epistemológico es
incierto: ¿debe buscar su solidez en la adopción de los principios y fundamentos propios
de las ciencias sociales, y aspirar a desarrollar un saber basado en leyes y
regularidades, en cierto modo afín a las ciencias naturales, o su única posibilidad de
ser reconocida como ciencia depende de la definición de un tipo especial de conocimiento,
cuyas operaciones de aprehensión de la realidad se apoyan, más que en la ley y la
búsqueda de la generalidad, en la comprensión, la interpretación, la descripción,
delgada o profunda, o la tipificación? En cuanto rama de las humanidades, es una forma de
conocimiento en el que la forma narrativa que predomina en su estilo de exposición la
acerca a los procedimientos de la literatura, a una retórica particular que parece ajena
a la ciencia y justifica muchas de las argumentaciones que, en años recientes, reducen la
historia a un discurso indemostrable y en buena parte arbitrario.
Un debate amplio sobre
estos temas no se ha dado nunca en Colombia, aunque los historiadores han usado con
prolijidad argumentos provenientes de una y otra vertiente. Sin embargo,
independientemente de que pueda argumentarse sólidamente el carácter científico de la
ciencia, la primera comprobación que vale la pena hacer, al intentar ofrecer una imagen
de conjunto de las formas que ha adoptado la historiografía colombiana en los años
posteriores al restablecimiento democrático de 1958, es que, al menos hasta ahora, ha
dominado la idea de que la historia es una práctica científica, y que la adopción de
procedimientos y métodos científicos diferenciaba las nuevas formas de trabajo
histórico de los tipos de narración histórica que caracterizaron la historiografía
tradicional o académica. La historia hecha en las universidades a partir de la década
del 60, la historia recogida en las nuevas revistas académicas, de una y otra forma
reivindicaba su carácter de conocimiento objetivo y verificable y su inscripción en el
mundo de las ciencias sociales.
La tensión entre lo que
vino a conocerse como "nueva historia" e historia académica fue por ello uno de
los elementos centrales del desarrollo de la disciplina histórica: los "nuevos
historiadores" que en general, aunque con algunas excepciones, eran los
historiadores que trabajaban en las universidades- se sentían miembros de un grupo que
seguía procedimientos rigurosos y metodologías sólidas, mientras que veían a los
historiadores académicos como aficionados dedicados a una práctica histórica elemental,
de un empirismo ingenuo, guiada por curiosidades frívolas usualmente motivadas por el
origen familiar o por el interés de promover valores sociales entre los lectores, más
que por el de conocer verdaderamente el transcurso de nuestra historia. Mientras tanto,
los historiadores ajenos a la Universidad tendieron a ver en los nuevos historiadores un
grupo aún más empeñado que ellos en una prédica ideológica, en la medida en que los
identificaron con posiciones políticas radicales o revolucionarias, y asumieron con vigor
la defensa de supuestos valores tradicionales del país, amenazados por las visiones
económicas o sociales de nuestro pasado
1
.
Esta tensión que
sólo en muy contados momentos se convirtió en confrontación abierta, y que estuvo
matizada por la existencia de múltiples puntos de contacto y encuentro- encontraba su
sentido en los rasgos básicos del proceso político colombiano entre 1957 y los ochentas:
los sectores académicos más activos en las universidades, docentes o estudiantes de las
áreas de ciencias sociales, compartían un diagnóstico político que consideraba
profundamente injusta la sociedad colombiana y predicaba su transformación radical. La
historia, al adoptar una metodología científica, descubría las estructuras profundas de
nuestro desarrollo y al hacerlo contribuía a crear herramientas para su transformación.
Para algunos historiadores y lectores, más vinculados a las organizaciones políticas, la
historia podría llegar a ofrecer incluso, al caracterizar adecuadamente el país, al
definir su carácter feudal o capitalista, guías concretas para la acción. Para otros la
función de la historia, aunque hacía parte de un proceso de crítica cultural, no podía
llegar tan lejos: en vez de ello los historiadores críticos, al reelaborar el pasado del
país, construían una visión que, en la misma medida en que era más exacta, superaba
los mitos y las formas de manipulación que hacían de la historia académica una
herramienta en manos de los grupos dirigentes. Una sociedad con conciencia histórica, era
el supuesto, podría escoger en forma más libres sus alternativas políticas, podía
elegir su destino superando los condicionamientos del pasado.
La profunda crisis de los
proyectos políticos de izquierda ha tenido sin duda efectos muy notables sobre este
proceso, y el trabajo histórico de la última década parece moverse en un terreno
totalmente diferente al que existió en los años de relativo predominio de la "nueva
historia". Al perderse la visión del papel de la historia en el cambio social, el
elemento que creaba tensión entre un polo científico y un polo académico se debilitó.
Mientras que muchos historiadores formados en los sesentas y setentas siguen haciendo una
práctica histórica que todavía se inspira en los modelos de esos años, aunque en buena
parte desprovistos de sus aristas más combativas, las nuevas generaciones parecen
bastante alejadas de cualquier perspectiva política y no comparten los viejos paradigmas
de interpretación ni enfrentan los mismos problemas analíticos
2
. Pero si ideas como la de la "historia
total", la historia como ciencia social, la pretensión del historiador de
representar una realidad independiente de la estructura del discurso que elabora, ya no
obtienen el consenso, tampoco se han consolidado paradigmas alternativos. Coexisten,
muchas veces como capas generacionales, corrientes y orientaciones diversas, los temas
investigadores son cada día más variados, hasta el punto de que es difícil hoy decir
qué define la historia como disciplina o como práctica académica hacer parte de
un departamento de historia en la universidad, estudiar el pasado, parecen ser los únicos
rasgos de identidad-, la tradicional relación de la investigación histórica con unos
procedimientos de validación documental parece haberse debilitado radicalmente y los
historiadores escriben cada vez más para un público conformado por ellos mismos, en la
medida en que las ambiciones de influir el proceso social se han debilitado, para quedar
en manos de politólogos y violentólogos.
La multiplicidad de
tendencias y su carácter todavía embrionario hace muy difícil captar el sentido de lo
que está ocurriendo actualmente entre los historiadores. Por otra parte, estos cuarenta
años finales del siglo han visto una expansión muy notable de los volúmenes de
producción del área: ahora existen cuatro o cinco revistas académicas especializadas,
se elaboran decenas de tesis de pregrado y postgrado al año, los libros de tema
histórico proliferan. Nadie puede pretender conocer siquiera una parte significativa de
esta producción, y por ello el lector de estas notas debe aceptar que se basen en el
desordenado muestreo de un lector habitual de textos del área, que inevitablemente
prefiere dedicar su tiempo de lectura a las áreas que más le interesan y a los autores
que cree más interesantes, sugestivos o sólidos.
II. Las historia académica
Durante la primera mitad
del siglo XX la escritura histórica colombiana estuvo dominada por lo que se ha
denominado la historia académica: un trabajo centrado en la historia militar y política,
con énfasis en los períodos del descubrimiento, conquista e independencia, dominado por
una concepción moralista y de educación cívica de la historia, que llevaba a
privilegiar las biografías de figuras con rasgos heroicos o ejemplares, desarrollado con
una perspectiva metodológica relativamente ingenua y basada en la visión de que la
realidad histórica existe independientemente del historiador, que la encuentra y narra
con base en el testimonio del documento, y escrita ante todo por aficionados, usualmente
vinculados a familias destacadas en el acontecer político nacional o regional. Las
academias de la historia, regionales o nacional, congregaban a la mayoría de estos
historiadores, y en sus boletines y revistas se publicaban sus trabajos. Su visión
histórica se difundía al público general a través de la prensa y las revistas, y sobre
todo por la adopción simplificada de sus versiones por el sistema escolar, a través de
los manuales de estudio. Los manuales, en cierto modo, constituían la culminación
lógica de su esfuerzo: mediante ellos se cumplía la función formadora de la historia,
que debía expresarse en la promoción de valores morales y comportamientos cívicos entre
la población. Desde 1910, cuando había ganado el concurso convocado con ocasión del
primer centenario de la declaración de independencia, la Historia de Colombia de
José María Henao y Gerardo Arrubla representaba el mejor ejemplo de estos textos
escolares y era el más usado de todos, aunque los de Julio César García, entre los
laicos y más neutrales, y Rafael Granados y Justo Ramón entre los religiosos, lograron
también amplia difusión. En todos ellos predominaba la narración de los hechos heroicos
de la conquista, que había traído la civilización, la lengua y la religión al país, y
de las peripecias de la independencia, que había consolidado una nación pacífica,
progresista y bien gobernada: el recuento de los actos de cada administración era un
elemento central en la organización de estos materiales. La visión crítica se reducía
a ocasionales lamentaciones sobre los excesos de uno u otro partido, o sobre la arrogancia
de algún caudillo que había tratado de romper el orden democrático
3
.
Esta visión predominaba
en forma muy clara, y aunque algunos historiadores podían romper los marcos de una
definición muy estricta, eran pocas las excepciones. Las que vale la pena subrayar son
las que, al romper las camisas de fuerza de la temática o la simplicidad metodológica,
se distanciaron de la historia académica. El libro de Luis Eduardo Nieto Arteta Economía
y Cultura en la Historia de Colombia, publicado en los últimos días de 1941,
constituyó el primer intento de aplicar una metodología de orientación marxista para
comprender el pasado colombiano. Nieto Arteta se enfrentaba conscientemente a lo que veía
como una historia que debía superarse "la historia colombiana está por
hacer", decía en una carta de 1938- y ofrecía una visión en la que la economía,
usualmente ignorada, tenía una función central en la interpretación
del pasado
4
.
En los años siguientes
otras obras empezaron a modificar en diversas direcciones la metodología de la
investigación histórica. En 1944 Juan Friede hizo un trabajo temprano de etnohistórica,
El indio en lucha por la tierra, y en 1949 Guillermo Hernández Rodríguez, uno de
los primeros dirigentes del Partido Comunista de Colombia, publicó su libro sobre las
sociedades indígenas. Con ello, se intentaba, muy de acuerdo con Mientras tanto, un joven
historiador, Indalecio Liévano Aguirre, había publicado una biografía en muchos
sentidos novedosa, la de Rafael Núñez.
Tres o cuatro libros en
una década no parecen mucho. Pero son señales de un cambio que tenía otras
manifestaciones, como la presencia de profesores europeos con formación histórica
sólida en la Escuela Normal Superior y la Universidad Nacional (Gerhard Masur y José
María Ots Capdequi, quien hizo uno de los primeros usos sistemáticos de la
documentación del Archivo Histórico Nacional) y que sin duda se expresaba en una
insatisfacción amplia aunque difusa, entre los intelectuales, con el estado de la
historiografía colombiana
5
.
Sin embargo, el interés por la investigación histórica era marginal, y los 1000
ejemplares de la primera edición del libro de Nieto Arteta tardaron casi veinte años
para venderse. Lo mismo ocurrió con otra obra, de calidad sorprendente, y que colocaba en
el centro de la investigación el problema del crecimiento industrial del país: el libro
de Luis Ospina Vásquez
6
.
Aunque el libro no tenía ninguna influencia marxista, la seriedad con la que se abordó
el tema económico y la solidez de la investigación lo convirtieron, años después, en
uno de los libros favoritos de los jóvenes historiadores de inclinación marxista. Sin
embargo, se publicó durante la dictadura de Gustavo Rojas Pinilla, en un período de
relativo encerramiento cultural, y la filiación conservadora de su autor puede haber
alejado a los lectores a los que los historiadores antes mencionados habían preparado
para una nueva orientación. Pero entre sus pocos lectores estuvieron algunos de los
jóvenes científicos sociales que se habían formado en la Escuela Normal Superior y en
la Universidad Nacional en los cuarentas y que serían los protagonistas de los cambios en
la orientación de la disciplina durante los primeros años del frente nacional.
III. La modernización de la historia
La caída de la dictadura
de Rojas Pinilla, en 1957, creó en forma casi inmediata un nuevo clima cultural e
intelectual en el país. Grupos que realizaban su tarea en forma algo subterránea
como la revista Mito, fundada en 1955, en medio de la dictadura- salieron a la luz
pública. El arte académico fue rápidamente desplazado por el arte abstracto o por
nuevas formas de figuración (en 1958 Botero ganó el salón nacional de artistas) y se
produjo una gran efervescencia política, creada por la necesidad de consolidar la
democracia recién recuperada, y muy marcada por el ejemplo de otros países cuyas
dictaduras habían caído, como Venezuela y sobre todo Cuba. En las universidades, que
iniciaron un proceso de rápida expansión cuantitativa, los nuevos estudiantes, con una
representación mucho mayor de la provincia y de clases sociales medias que antes,
encontraban un ambiente en el que la revolución y el marxismo eran el tema de cada día.
Ante la crisis de la
Normal Superior, que había sido cerrada por el gobierno de Laureano Gómez, para el que
era un foco de corrupción, marxismo y coeducación, la Universidad Nacional se convirtió
en el centro de formación en ciencia social. En la Escuela de Filosofía y Letras,
convertida luego en Facultad, la enseñanza de historia estuvo, desde finales de los 50s,
a cargo de historiadores de formación profesional como el español Antonio Antelo
Iglesias, que dejó entre sus estudiantes una imagen de profesor erudito y exigente, y
orientó los primeros trabajos históricos de Germán Colmenares, y de Jaime Jaramillo
Uribe, quien dictaba los cursos de Historia de Colombia y Filosofía de la Historia.
Jaramillo, graduado de la Normal Superior en cuya revista reseñó en 1942 el libro
de Nieto Arteta- acababa de regresar de un período de estudio en el exterior, en el que
estuvo en Paris y Alemania. Las obras de los historiadores sociales alemanes y sobre todo
del grupo de Annales, en particular de Bloch, Febvre y Braudel, iban a ser parte de
la lectura habitual de sus alumnos. Igualmente promovía el estudio de los historiadores
sociales y de la cultura, como Pirenne, von Martin, Trevelyan, Cassirer o Huizinga, y
teóricos alemanes de las ciencias del espíritu o de la cultura, como Cassirer, Rickert y
Windelband. Conocedor de la sociología alemana, Simmel, Sombart y Weber ofrecían nuevas
perspectivas de historia social. Probablemente el momento fundador de la nueva
orientación histórica puede datarse con la creación en 1963 del Anuario Colombiano
de Historia Social y de la Cultura, cuyo nombre anunciaba una orientación
contrapuesta a la historia político-administrativa tradicional.
Bajo la orientación de
Jaramillo se creó en 1964 la carrera de historia, independizándola de Filosofía y
Letras. Aunque algo se perdía de visión universal los anteriores estudiantes de
historia, como un simple énfasis dentro de la carrera de filosofía y letras, tenían
formación más sólida en idiomas y en filosofía esto promovía la
especialización, ampliaba el número de cursos de contenido histórico y en particular
los relativos a la historia de Colombia. En la vieja facultad de filosofía, mientras se
tomaban ocho semestres de historia universal, solo se tomaba uno de historia de Colombia;
la proporción se invirtió casi radicalmente, y además se crearon clases de historia de
América y otras historias especializadas, además de un conjunto de seminarios de
formación en el trabajo y la metodología históricos. Colmenares, Margarita González y
Jorge Orlando Melo se graduaron como filósofos, mientras que entre los primeros graduados
de la carrera de historia estuvieron Hermes Tovar, Jorge Palacios y Víctor Álvarez.
Mientras esto ocurría, en la facultad de sociología, orientada por Orlando Fals Borda,
el profesor de historia era Juan Friede, a quien debe considerarse también como un
representante de un estilo nuevo de investigación histórica, y quien había tenido
problemas por sus posiciones políticas durante el gobierno conservador.
La existencia de una
formación profesional para historiadores, en la que los alumnos se familiarizaban con
métodos exigentes de análisis del documento, utilizaban el Archivo Nacional, y conocían
la literatura histórica contemporánea, coincidió con procesos culturales externos que
reforzaron el impacto de las nuevas corrientes.. La euforia por la caída de la dictadura,
el impacto de la revolución cubana sobre los sectores más radicales del liberalismo o
sobre los simpatizantes del socialismo contribuyeron a una radicalización acelerada de
los sectores de estudiantes que estaban engrosando una universidad que se abría en forma
amplia a capas sociales medias. La misma universidad inició un proceso de desarrollo y
crecimiento cuantitativo que se expresó en la creación de los campus de las
universidades regionales, como la del Valle y la de Antioquia, y en un proceso de
ampliación y reforma en la Universidad Nacional, que elevó súbitamente el número de
profesores de tiempo completo y alteró el viejo sistema de facultades para dar prioridad
a los departamentos, a los que se atribuían ante todo funciones de investigación. En
este contexto, la historia adquirió fuerte visibilidad como elemento de cultura política
y de debate social. La primera señal de esto la dio el éxito de la serie de Indalecio
Liévano Aguirre Los grandes conflictos sociales y económicos de nuestra historia
publicada en la revista La Nueva Prensa en 1961. Su acogida entre los lectores
llevó a una edición en libro, que llegó a la entonces impensable cifra de 10.000
ejemplares. (En un país que tenía unos 20.000 estudiantes universitarios). El gran
éxito mostraba la aparición de un nuevo público para la historia, que esperaba algo
diferente a la historia académica. Esperaba, creo, ante todo una cierta visión de
compromiso social, un cierto carácter de desafío frente a la historia oficial.
Sin embargo, de entrada
los historiadores más profesionales, así se sintieran afines a los proyectos políticos
de Liévano Aguirre (que para entonces era un importante ideólogo del Movimiento
Revolucionario Liberal), manifestaron sus desacuerdos con Los grandes conflictos...
Jaramillo Uribe, que había sido al mismo tiempo elogioso y muy crítico de Nieto Arteta,
tampoco compartía el populismo y la falta de rigor documental de Liévano Aguirre. Una
reseña de Germán Colmenares, publicada en 1961 en Esquemas, mostró el
distanciamiento de los historiadores universitarios con la obra de Liévano, que mantuvo a
partir de entonces un gran seguimiento entre los universitarios, pero un rechazo entre los
que se vinculaban profesionalmente con la historia.
En 1964 apareció el
libro de Jaime Jaramillo Uribe El pensamiento colombiano en el siglo XIX- Era un
trabajo extraordinario, de una calidad muy superior a cualquier otro trabajo histórico
anterior, solamente comparable con Industria y Protección. Sin embargo, se
publicaba en un momento en el que la mayoría de los estudiantes y recién graduados
dedicados a la historia se interesaban por una historia más comprometida con la visión
política. Por ello, aunque Jaramillo estaba formando a la mayoría de los historiadores,
estos mismos se distanciaban aceleradamente, de él, más que todo por razones
ideológicas, y la historia de las ideas fue un área en la que pocos lo siguieron. Por
ello, creo que pocos de los historiadores formados en los 60s hubieran leído este libro.
Colmenares, en su obra sobre partidos políticos y clases sociales, que fue su tesis de
doctorado como abogado, presentada en la Universidad del Rosario en 1962 y publicada en
1965 y 1966 en el Boletín Cultural y Bibliográfico
7
, no menciona ni una sola vez a Jaramillo
Uribe, a pesar de la afinidad de los temas. Sin duda había leído los capítulos y textos
que se publicaron en Eco y otras revistas, pero no se sintió obligado a revisar un texto
ya escrito y realizar un diálogo con el pensamiento y las interpretaciones de Jaramillo,
metodológicamente pertenecientes a la historia de las ideas, con sus análisis de
influencias y semejanzas. Colmenares quería plantear una historia más cercana a la
recepción de las ideas, a partir de intereses y configuraciones políticas locales, algo
que viera en que medida las formas de pensamiento y representación se volvían
herramientas al ser adoptadas por razones diversas por los grupos sociales locales
8
.
Por otra parte, los
cambios en la estructura universitaria favorecieron a los universitarios recién
graduados. Por una parte, las posibilidades de estudio en el exterior se habían ampliado
substancialmente, y muchos, apoyados en becas o comisiones de estudio, pudieron
utilizarlas. A Paris, donde estaba el centro de influencia de Annales, en busca de Fernand
Braudel o Pierre Vilar, viajaron Colmenares y años después Alvaro Tirado; a Chile, donde
enseñaban discípulos de Braudel, vieron Colmenares y Hermes Tovar. Otros fueron a
Estados Unidos, Sevilla o México. A su regreso al país, las universidades pudieron
vincularlos a la docencia: en todas partes aumentaba el profesorado de tiempo completo,
las ciencias sociales estaban en auge y dentro de las ciencias sociales era necesario
dictar cursos de historia. Incluso en algunos casos, como en la Universidad de los Andes,
se organizaron programas de investigación, que pretendían conducir a la utilización
amplia de los archivos y a ambiciosos programas de ediciones de documentos
9
10
.
Al regreso de los
estudios en el exterior comenzó la primera presencia de libros de estos historiadores.
Germán Colmenares publicó, al regresar de Paris en 1964, su Partidos Políticos y
Clases Sociales, y al volver de Chile en 1969, Las Haciendas de los Jesuitas.
Margarita González, el Resguardo en el Nuevo Reino de Granada y Hermes Tovar su
trabajo sobre los chibchas.
Aunque los niveles de
producción de los historiadores académicos eran aún incipientes, y las publicaciones de
las academias eran aún más numerosas, la autodefinición como un grupo diferente, a
partir de la crítica de la historia académica fue temprana. Una de las primeras
caracterizaciones polémicas de la "versión oficial de la historia", la hizo
Germán Colmenares en Partidos Políticos y Clases Sociales, publicado por
capítulos a partir de 1965 en el Boletín Cultural y Bibliográfico de la
Biblioteca Luis Ángel Arango. "La reconstrucción histórica está sometida en
Colombia a las reglas de un empirismo bien probado pues se escamotea de antemano todo
intento de interpretación. Los hechos no trascienden jamás la versión oficial del
documento que los contiene. El investigador reduce de ordinario su tarea a hilvanar
documentos de prosa oficial y a traducirlos a prosa cotidiana. Este procedimiento,
familiar a todos aquellos que han leído un manual escolar, da como resultado la
enumeración interminable de actos oficiales". Allí critica además el predominio de
una visión de la historia como relato de las funciones burocráticas del estado, la
emisión de juicios de valor, el sometimiento a la tradición partidista y concluye que
"el análisis de la imagen petrificada de la historia que ofrecen los manuales
escolares podría conducirnos a examinar otros aspectos de se deriven de su carácter
didáctico, de su tendencia apologética y de su falta absoluta de imaginación".
Antes, en 1964, Juan Friede había publicado en el mismo Boletín Cultural un texto en el
que, en el que defendía la historia social y económica y criticaba la historia académica
11
. De estas
manifestaciones, que se reducían a caracterizar y criticar la historia convencional, a la
afirmación de que se estaba haciendo un trabajo diferente claramente definido no había
gran distancia. El artículo publicado por Jorge Orlando Melo en 1969
12
, señalaba ya algunos elementos de
identificación positiva: los historiadores que se contraponían a la historia académica,
y que incluían tanto los formados en la Nacional como economistas y sociólogos de
diferentes proveniencias, compartían una visión teórica compleja, el interés por la
historia económica, social y cultural, la apertura a las ciencias sociales, la
definición como historiadores profesionales y el hecho de dirigirse a las nuevas capas
intelectuales conformadas alrededor de las universidades. Aunque no se atribuía ninguna
identidad metodológica, se señalaba el peso de la influencia de escuelas como el
marxismo, Annales y la "New Economic Hístory": no se trataba de un grupo, de
una escuela, de una corriente unificada, sino simplemente del proceso de surgimiento de la
historia como disciplina con pretensiones e ciencia. En este sentido, el proceso que se
estaba dando en la disciplina histórica era sin duda paralelo al que estaba ocurriendo en
sociología, alrededor de Orlando Fals Borda y al que había ocurrido, casi dos décadas
antes, en la antropología, alrededor de Paul Rivet y el Instituto Etnológico Nacional.
Los historiadores, sin
embargo, disfrutaron de algunas circunstancias favorables para una divulgación mucho
mayor de sus resultados y para lograr un impacto aparente más fuerte. La historia tenía
un status privilegiado en las visiones marxistas de la sociedad, tanto como la economía
política. Esto ayudo a convertir al público políticamente motivado en publico lector de
la disciplina. Por otra parte, los historiadores tuvieron papel importante en la
conformación de una red de editoriales pequeñas que comenzó en 1968 con la Oveja Negra
y se amplió rápidamente a otros proyectos similares. Los éxitos editoriales de algunos
proyectos y la tolerancia de las divergencias metodológicas que caracterizo desde el
comienzo a los historiadores, facilitaron luego la elaboración de proyectos colectivos de
divulgación, que representaron uno de los rasgos sociales distintivo del desarrollo de la
historia durante las décadas siguientes
13
.
En forma paralela al
interés en la economía derivado de las perspectivas marxistas, se desarrolló un área
de investigación en historia económica que respondía también a visiones menos
políticas. En la Universidad de los Andes se hicieron tesis de grado como las de Darío
Bustamante y Luis Fernando Sierra
14
,
en buena parte bajo la orientación de Alvaro López Toro, quien había publicado en 1968
su Migración y Cambio Social en Antioquia durante el siglo XIX. Miguel Urrutia
había publicado un poco antes su tesis sobre historia del sindicalismo
(1968)
15
. Pero lo que puso de moda la
economía fue el éxito editorial de los Estudios sobre el Subdesarrollo Colombiano un
buen ejemplo de la historia conceptual que esperaban los activistas políticos- de Mario
Arrubla, cuya primera edición en libro (había sido escrita en 1962 y 1963) salió en
1968, y la publicación, en 1970, de los Apuntes para una Historia Económica de
Colombia de Alvaro Tirado Mejía, convertido a partir de 1971, con el nombre de Introducción
a la Historia Económica de Colombia, en un bestseller que transformó los contenidos
de la enseñanza secundaria y universitaria en muchos sitios: fue el primer desplazamiento
de los manuales tradicionales por un manual que ofrecía una visión radicalmente
diferente del pasado colombiano.
Los primeros años de la
década del setenta fueron difíciles: las universidades públicas, e incluso algunas
privadas, vivieron años de intensa agitación estudiantil, de huelgas, conflictos
violentos y cierres continuos. Aunque esto estimuló la producción histórica más
orientada a la acción política, y el entusiasmo radical permitió la creación y
supervivencia de revistas de buena calidad como Cuadernos Colombianos e Ideología
y Sociedad, pronto la agitación política y universitaria comenzó a obstaculizar el
trabajo académico. Mucho tiempo se dedicaba a esfuerzos por manejar, reorganizar,
reformar o simplemente abrir la universidad, y varios de los historiadores se vincularon a
la administración universitaria. Los que se mantuvieron alejados de esto, como Germán
Colmenares, mantuvieron la mayor productividad, y en cierto modo la década del setenta
es, desde el punto de vista científico, una década dominada por el trabajo de este
historiador. Entre 1970 y 1979 publicó tres libros fundamentales: la Historia
Económica y Social de Colombia 1537-1719, Cali: Terratenientes, mineros y
comerciantes y Popayán: una sociedad esclavista 1680-1800. Sin embargo, en
estos años se publicaron algunos otros textos importantes, como el libro de Jorge
Palacios sobre la trata de esclavos, el libro de Marco Palacios sobre el café, el estudio
sobre la conquista de Jorge Orlando Melo y el libro de Gerardo Molina sobre la historia
del partido liberal
16
.
En general, la
producción de los historiadores profesionales y de economistas y sociólogos dedicados al
estudio histórico estuvo orientada a hacer una historia económica de fuerte orientación
social e institucional. Se hicieron, es cierto, algunos esfuerzos de reconstrucción de
series cuantitativas, como las referentes a producción colonial de oro o a pago de
diezmos, pero el énfasis estaba en las estructuras económicas y en los procesos sociales
que las acompañaban. La historia política, que se identificaba con los rasgos negativos
de la historia tradicional, desapareció casi por completo de la investigación: apenas
pueden citarse el libro de Molina sobre el liberalismo, que es ante todo una historia del
pensamiento liberal, y el ambicioso intento sociológico de Fernando Guillén Martínez,
que no ha tenido ni la discusión ni la influencia que merecería
17
. Por otra parte, la historia regional, que
tenía amplios antecedentes en la historia tradicional, comenzó a reformularse
drásticamente, con base en trabajos como los de Colmenares sobre el occidente colombiano.
La existencia de un departamento de historia sólido en Cali reforzó esta tendencia, como
lo haría desde finales de la década la existencia de los departamentos de Historia de la
Universidad de Antioquia y la Universidad Nacional de Medellín. En efecto, desde entonces
los trabajos históricos en ciudades diferentes a Bogotá han estado caracterizados por
una gran especialización en el estudio de la historia regional o local. En años más
recientes, algo similar se ha producido en Santander, alrededor del departamento de
historia de la UIS, y en la Costa Atlántica.
Quizás valga la pena
destacar como la práctica histórica colombiana, aunque mantenía cierta atención por
los debates que se estaban dando en Europa alrededor de problemas como el del
estructuralismo, el humanismo, el papel del sujeto en la historia, la constitución
teórica del objeto de las ciencias, etc., se mantuvo bastante cerca de las corrientes que
ya hoy habría que llamar más convencionales. Frente a algunos pocos científicos
sociales que esgrimieron a Althusser y sus discípulos para objetar los procedimientos
supuestamente empiristas de los historiadores, o frente a las estrategias investigativas
derivadas de Foucault, hubo al mismo tiempo interés y reticencia. Mientras Althusser y
sus seguidores, caracterizados por un estructuralismo radical que parecía contradecir
todos los supuestos de la investigación histórica, no tuvieron ninguna acogida entre los
historiadores practicantes aunque si muy grande entre estudiantes y otros grupos- la
obra de Foucault comenzó a influir a algunos grupos de investigadores, sobre todo los que
comenzaban a trabajar en áreas como historia de la educación y de la ciencia, cuyos
resultados comenzaron a conocerse ya en la década siguiente.
Un buen ejemplo de la
actitud de los historiadores hacia esta polémica puede ser el siguiente texto de
Colmenares, en el que hizo una vigorosa crítica de la metafísica antiposivista, de la
"propensión libresca por los conceptos puros": "Lo propio de la realidad
inmediata no es proporcionar el principio mismo de su explicación. De acuerdo. ¿Pero
quiere decir esto que tengamos que regresar a explicaciones de tipo metafísico o
teológico, construidas sobre la base de confusiones lógicas? Porque lo cierto es que,
dado un sistema de explicaciones coherentes, la realidad inmediata no puede ser
sencillamente escamoteada. Aún las realidades aparentes, es decir, recubiertas por una
ficción ideológica, pueden ser descubiertas o desveladas- una vez que se acceda a
un marco de explicaciones más amplio. En otras palabras, toda concepción teórica tiene
que ir a los hechos para explicarlos, aún si no se ha partido de ellos. La
desvalorización absoluta de los hechos es lo propio de toda concepción teológica o
metafísica... Todo el mundo sabe que la elaboración de marcos teóricos se ha convertido
en el pasatiempo universitario por excelencia. El marco teórico resulta no ser otra cosa
que la búsqueda de un mutuo reconocimiento colectivo de habilidades ergotistas... En el
curso de los últimos años, la preocupación por la investigación ha matado a la
investigación en Colombia"
18
.
A los procesos de
institucionalización señalados antes se añadió, en la segunda mitad de la década, la
equivoca agrupación de los historiadores universitarios bajo el nombre de "nueva
historia". El término, que había sido utilizado en otros países para muy
diferentes cosas, fue generado por el título de un libro en el que se seleccionaban
trabajos de algunos de los más visibles historiadores universitarios
19
. Aunque el libro publicaba artículos de las
más variadas y hasta contrapuestas orientaciones teóricas, la idea de que se trataba de
un grupo homogéneo, de una escuela histórica, se impuso entre el público menos
informado, y se reforzó cuando se inició, en mayo de 1977, bajo la orientación de Jaime
Jaramillo Uribe, el proyecto del Manuel de Historia de Colombia, dirigido a un público no
especializado. Este manual, que era en buena medida una respuesta a la "Historia
Extensa de Colombia", que desde 1964 publicaba la Academia Colombiana de la Historia,
fue publicado en tres volúmenes aparecidos en 1978, 1979 y 1980, y tuvo una respuesta muy
favorable de los lectores, con excepción de los grupos más tradicionalistas, que la
consideraron un ataque a los valores del país, y de los grupos marxistas más ortodoxos:
Nicolás Buenaventura anticipó que se trataba de una nueva historia oficial, escriba por
historiadores escogidos por el ejecutivo, y que expresaba el triunfalismo provocado por
las bonanzas cafeteras y exportadoras; "el capitalismo colombiano se renueva, se
siente con ánimo emprendedor y peinsa honradamente que es hora de hacer una "nueva historia"
20
.
IV El auge de la historia
A partir de la
publicación del Manual de Historia de Colombia los historiadores vivieron un breve
período de auge y reconocimiento social. Las universidades reforzaron su apoyo al trabajo
en estas áreas y crearon nuevos departamentos o ampliaron los existentes. En términos de
aceptación pública, los años culminantes del desarrollo de la historia fueron
probablemente 1985-88, cuando se inundó el mercado con productos editoriales de gran
aliento, que trataban de seguir el ejemplo del Manual.. Desde 1984 se habían iniciado los
trabajos de preparación de una historia, denominada Nueva Historia de Colombia, de
Editorial Planeta, y poco después Salvat y la Oveja Negra comenzaron trabajos similares,
que condujeron a la publicación, en fascículos, de los trabajos de las dos últimas,
entre 1985 y 1987. Planeta decidió aplazar su salida al mercado y publicó la obra en
1988. Podemos suponer que las ventas conjuntas de estas obras pasaron de los 100.000
ejemplares, y quizás más que doblaron esta cifra. Otros trabajos colectivos de estos
años fueron Colombia Hoy, la Historia de Antioquia publicada en edición
también cercana a los 100.000 ejemplares por El Colombiano de Medellín (1987) y
en 1988 en formato de libro, La historia de Bogotá (1988)¸ y la Historia
Económica de Colombia obra colectiva coordinada por José Antonio Ocampo, que ganó
el premio de ciencia Alejandro Angel Escobar en 1988: la primera obra histórica en
recibir este reconocimiento. En el plano de las monografías investigativas, las
publicaciones más notables de los ochentas, en las áreas de historia económica y social
las hicieron José Antonio Ocampo, Hermes Tovar, Jesús Antonio Bejarano, Salomón
Kalmanovitz, Mauricio Archila, Orlando Fals Borda, Bernardo Tovar, Alberto Mayor y Alberto
Aguilera. La historia política comenzó, tímidamente, a revivir: Alvaro Tirado, Gonzalo
Sánchez, Carlos Miguel Ortiz y Medófilo Medina hicieron contribuciones importantes al
conocimiento de la historia política y la violencia durante el siglo XX. Y la lista
podría ampliarse muchísimo: ahora, cada año, aparecían varios libros significativos. A
los colombianos se añadieron varios extranjeros, entre los que vale la pena citar, por su
especial significación y por esbozar varias modificaciones substanciales en los puntos de
vista convencionales, Orden y Violencia: Colombia 1930-1954¸ un complejo análisis
del poder y el estado en Colombia realizado por Daniel Pecaud. Surgían también los
primeros estudios de historia de la vida cotidiana, de historia de la mujer, de historia
de la infancia.
Los modelos teóricos de
trabajo seguían siendo previsibles: la historia económica se apoyaba con frecuencia en
la teoría de la dependencia, mientras el marxismo parecía irse reduciendo a una
orientación metodológica que buscaba ante todo hacer visibles los conflictos de clase y
a mirar el mundo, en forma a veces algo populista o reivindicativa, desde la perspectiva
de los sectores más explotados o marginados de la población. El ideal seguía siendo el
de la tradición francesa: una historia total, en la que los procesos políticos o
culturales pudieran enmarcarse en las estructuras económicas y los conflictos sociales.
Quizás lo más novedoso era el tono cada vez menos ideológico, la visión más desligada
de cualquier visión sobre el presente que comenzaba a advertirse en los estudios
históricos de las generaciones más jóvenes, y las innovaciones teóricas que sugerían
algunos libros de Germán Colmenares, en especial su estudio sobre algunos historiadores
hispanoamericanos del siglo XIX: allí comenzaba a advertirse el interés por el análisis
de las formas retóricas del discurso histórico, inspirado parcialmente en teóricos como
Hayden White, quien tendría, en el mundo norteamericano, una gran influencia en el
surgimiento de lo que, simplificando, puede denominarse el paradigma postmoderno de
análisis histórico, el "giro lingüístico" de la escritura histórica. Sin
embargo, Colmenares, aunque apelaba a los recursos de White, los reinscribía dentro de
una visión todavía remota del radicalismo lingüístico que roería la solidez de los
discursos históricos algunos años más adelante
21
.
Todos estos trabajos
reforzaban los niveles de institucionalización de la historia. De alguna manera,
permitieron verificar la transformación que se había dado en la forma de escribir
historia y sus alinderamentos ideológicos: Salvat recurrió a un equipo vinculado en
buena parte a la Academia de Historia, que dio énfasis a la historia colonial y ofreció
una imagen hasta cierto punto hispanista de nuestro pasado, aunque sin lograr ni
buscar, probablemente- una visión muy homogénea. La Oveja Negra recurrió a un núcleo
de historiadores jóvenes cercanos al marxismo, tratando de ofrecer una visión coherente
del pasado, que subrayara ante todo las luchas sociales populares: tampoco logró una gran
homogeneidad ideológica. La Nueva Historia de Planeta, que se apropiaba en cierto modo de
un nombre que cobijaba otros grupos, tuvo una orientación bastante ecléctica y adoptó,
voluntariamente, una estructura poco rígida; incluso le dio cabida a varios historiadores
vinculados con la historia tradicional y con los que muchos de los colaboradores habían
polemizado en otras ocasiones; fue también la primera que acogió a los historiadores
vinculados con el Partido Comunista de Colombia, que habían quedado por fuera del Manual
dirigido por Jaramillo Uribe. Casi en la misma medida en que estas ediciones confirmaban
el grado de institucionalización social de la disciplina, mostraban el acomodamiento al
que se había llegado con la realidad del país: ya era evidente que el intento de cambiar
radicalmente el país no era más que un débil rescoldo del pasado, que además se
mantenía más vivo en los trabajos monográficos que en las obras de síntesis.
La institucionalización
la reforzó el establecimiento de los Congresos de Historia de Colombia: el primero se
realizó en Bogotá en 1977, y el último, el décimo, se hizo en Medellín en 1997: son
eventos en los que se presentan rutinariamente más de 100 ponencias, usualmente de
investigación, y que permiten el encuentro periódico de los principales historiadores
del país y de algunos historiadores del extranjero
22
.
Dentro de la lógica
crítica de estas corrientes históricas, uno de los objetivos principales era llegar al
público escolar. La transformación que se había producido era radical. El pasado
colombiano había cambiado substancialmente. De una historia en la que los 50 años de la
conquista y los 30 años de la independencia se apoderaban de la totalidad de las páginas
del texto escolar, se había pasado a una en la que el privilegio de estos momentos había
desaparecido y la historia reciente ganaba terreno. Antes apenas existían la esclavitud,
el trabajo forzado de los indios, las encomiendas, las revueltas populares, los artesanos;
ahora la historia se detenía en todos estos temas. Antes los temas polémicos se
eludían, para evitar la confrontación: ahora las historias estaban llenas de guerras
civiles, de violencias, de guerrillas de errores y mentiras. Como lo dijo Alvaro Gómez
Hurtado, los nuevos historiadores habían arrojado montones de basura a la historia del
país. Pero todo lo anterior era inocuo si los textos de la enseñanza elemental y
secundaría seguían iguales. Sin embargo, era difícil que, con un profesorado que
crecientemente compartía las nuevas interpretaciones, pudieran sostenerse los viejos
textos. Por ello, no hubo una gran sorpresa cuando en 1983 apareció un texto en el que
todos estos temas hacían su entrada, y en el que las ilustraciones incluían fotografías
de personajes como Guadalupe Salcedo o Camilo Torres Restrepo. Fue el de Margarita Peña y
Carlos Alberto Mora Historia de Colombia (Bogotá, 1983)
23
, al que siguieron Rodolfo Ramón de Roux, Nuestra
Historia, en 1984 y en 1985, la Historia de Colombia de Silvia Duzán y
Salomón Kalmanovitz. El primer libro produjo, en 1985, una amplia polémica, que se
prolongó hasta 1989, cuando su adquisición por el Ministerio de Educación llevó a una
serie de artículos de protesta, encabezada por el presidente de la Academia Colombiana de
Historia, Germán Arciniegas
24
.
Esta polémica ha continuado en forma esporádica, reforzada por las protestas por los
cambios en los programas educativos, que han reducido substancialmente el tiempo dedicado
a la enseñanza de historia. No ha sido un debate serio, y en general las acusaciones han
tergiversado radicalmente lo que aparece en los textos, que se limitan en general
talvez con la excepción del de Roux, que tiene ambiciones educativas más
radicales- a introducir, en forma bastante neutral, los aportes menos controvertibles de
la investigación histórica reciente. La defensa de los textos tradicionales y el ataque
a la enseñanza materialista reaparece periódicamente, pero el consenso es hoy general y
buena parte de los historiadores que hacen parte de las academias se han sumado a los
puntos de vista renovadores
25
.
Sin embargo, no estaría fuera de lugar un debate amplio sobre estos textos y sobre las
formas de enseñanza de la historia en la escuela básica y secundaria. A la vieja rutina,
con memorización de batallas y hechos administrativos, parece haberla reemplazado una
nueva forma de rutina, que aunque supero la memorización de "modos de
producción" sigue basada en el aprendizaje de un saber hecho, y no en el desarrollo
de capacidades de análisis histórico.
En las universidades,
después de las dificultades de los setentas, cuando se cerró el pregrado de historia de
la Universidad Nacional, se fue reconstruyendo gradualmente la enseñanza de historia en
la última década. Nuevas carreras de abrieron, y en la actualidad existen carreras en
Bogotá (Nacional, Javeriana y Andes), Medellín (Nacional y Antioquia), Cali (Valle),
Bucaramanga (UIS) y Cartagena. La Nacional inició una maestría en Bogotá a mediados de
los ochentas, y la Universidad del Valle ofreció una maestría en colaboración con
FLACSO a fines de la década. La Nacional de Medellín, después de consolidar su
pregrado, abierto en 1978, inició también una maestría, y probablemente existen hoy
otras. Además, la Nacional de Bogotá ha abierto un programa de doctorado. El profesorado
de las instituciones, cada vez más, ha hecho una carrera convencional en la Universidad y
ha realizado estudios de postgrado. De este modo, la historia es una disciplina con todos
los rasgos y características de las disciplinas académicas universitarias, con todas las
implicaciones, negativas y positivas, que esto tiene.
Las perplejidades de los noventas
Consolidada la disciplina
en términos de su instalación en el mundo universitario carreras, maestrías,
doctorados, congresos, muchas revistas, aunque a veces pocos estudiantes-, después de
años de amplia acogida por parte de los lectores, la historia parece, en los noventas,
enfrentar una crisis, cuyo diagnóstico aún no se ha hecho. Una mirada a los trabajos
históricos más importantes obliga a comprobar varias cosas, todas más o menos
preocupantes. Una es que cada vez son más raros los trabajos de envergadura, que traten
de dominar un período amplio o se mantengan dentro de las líneas de la "historia
total". Por supuesto, una razón está en la proliferación de publicaciones, que
hace cada vez más difícil dominar la amplia literatura.
Esta abundancia ha sido
estimulada por la aparición de nuevas revistas académicas. De la década inicial
subsisten el Anuario Colombiano de Historia Social y de la Cultura, que ha logrado
sacar unos 20 números en 35 años, y el Boletín Cultural y Bibliográfico, del
Banco de la República y fundado en 1958, que aunque no es muy especializado, ha publicado
muchos artículos de investigación histórica, sobre todo a partir de 1983, cuando fue
reorganizado. A ellos se han sumado algunas revistas de vocación histórica: Estudios
Sociales creado en 1986 por la Fundación Antioqueña de Estudios Sociales, Historia
y Espacio, de la Universidad del Valle, Historia Crítica, establecida en 1989
por la Universidad de los Andes, Historia y Cultura, en Cartagena en 1993 e Historia
y Sociedad, (1994), de la Universidad Nacional de Medellín, para no hablar de las
más recientes y aún no consolidadas. Sin embargo, otras revistas han sido canal de
expresión de los historiadores universitarios: Huellas, de la Universidad de
Norte, donde se ha recogido mucho material sobre la historia regional y Revista de
Extensión Cultural de la Universidad Nacional, sede de Medellín, Revista de
Ciencias Humanas¸ de la misma universidad y de la Universidad Javeriana..
Esta abundancia de
publicaciones cubre un abanico temático cada vez más amplio, sobre todo en los
historiadores más jóvenes. De algún modo, los estudios de historia económica, social y
política estaban referidos a objetos históricos relativamente unificados: los recursos
productivos, los conflictos entre grupos sociales, el poder. Los modelos teóricos,
marxistas o no, ofrecían algunas hipótesis integradoras, que permitían relacionar los
distintos niveles del proceso social y establecer lo que podrían llamarse ciertos grados
de primacía ontológica o temporal entre ellos: la economía era determinante, o
condicionante, o al menos tenía un ritmo de cambio, una duración, que le daba una
función explicativa y sugería, como estrategia razonable de investigación y
exposición, la búsqueda de interpelaciones entre lo económico, lo social y lo
político. La historia cultural y la historia social reciente, orientada en buena parte a
la vida cotidiana, al análisis de las costumbres, definen a cada momento sus objetos, y
crean, al mismo tiempo que una terminología nueva, núcleos de análisis cuyas relaciones
con otros elementos del proceso histórico no pueden definirse fácilmente. El estudio de
las "mentalidades" y los "imaginarios" (preferibles a las ideas o
representaciones), las maneras de la mesa o el vestido, de los rituales, las imágenes y
las formas del discurso, invita en cierto modo a la fragmentación y atomización de los
textos históricos y a la substitución de unas estrategias expositivas por otras: la
descripción impresionista, más o menos espesa, la frase paradojal, resultan más aptas
que la interpretación causal o las narrativas lineales. Es posible, es cierto, inscribir
el análisis de estos objetos, que en buena parte son construidos y carecen de un
referente externo determinable, en procesos de construcción de identidad, o en
estrategias de afirmación de grupos sociales o étnicos, pero esta tentación, que tiene
mucho de convencional, cada día parece resultar menos efectiva.
Algunos ejemplos pueden
ilustrar esta tendencia: en 1990 el Congreso de Historia tuvo siete ponencias sobre
"cultura y mentalidades", y en sus títulos aparecía una vez la palabra
"imaginario". En 1997, el X congreso escuchó más de 20 ponencias sobre este
tema. En forma similar, crecieron los estudios de historia de la familia, mientras se
mantenían constantes los de historia regional y aunque aumentaban levemente los estudios
de historia económica, ya muy débiles en 1990, se concentraban en estudios
empresariales. Otras áreas en auge son la historia de las ciencias (pasó de 3 a 9
ponencias) y la historia de la educación.
Los trabajos históricos
más significativos de los años recientes y que reflejan a veces las orientaciones
en boga hace una década, pues representan usualmente esfuerzos de varios años- ocupan
también un amplio abanico temático. Los libros más ambiciosos son probablemente los de
Marco Palacios sobre el siglo XX, Eduardo Posada Carbó sobre la historia económica de la
costa atlántica y Efraín Sánchez sobre Codazzi y la geografía en la Nueva Granada.
Pero igualmente valiosos son estudios como el de Catalina Reyes sobre vida cotidiana en
Medellín o el de Beatriz Patio sobre violencia en Antioquia en el siglo XVIII y los
libros de Mario Aguilera, Pablo Rodríguez, Margarita Garrido, Alfonso Manera o Mauricio
Archila. Estos libros, y muchos otros que podrían citarse con iguales valores,
constituyen la maduración de proyectos de largo plazo, muchos de ellos bajo la forma de
tesis de doctorado o maestría. Ya no esgrimen las armas de cruzados de una lucha cultural
contra una visión tradicional que en gran parte se ha deshecho, ni están al servicio de
proyectos de cambio social: ofrecen una visión tranquila de sus objetos de estudio
(quizás con excepción del libro, en algunos aspectos brillantemente polémico, de
Palacios). Entre ellos hay estudios de historia económica, social, política y cultural,
pero aún quienes hablan de costumbres o imaginarios políticos siguen fieles a una
historia que se centra en la lucha por el poder o la riqueza. Son una muestra de la
vitalidad del trabajo histórico que se hace en el país.
Sin embargo, hay señales
contradictorias. La lectura de los artículos y ponencias de los historiadores más
jóvenes revela una fascinación a veces poco crítica por nuevas modas, por nuevos
lenguajes. La jerga se impone en muchos textos, y con frecuencia el manejo de los
conceptos es de una imprecisión abrumadora. Se dice imaginario, para tomar un solo
ejemplo, para referirse a idea, a representación, a imagen, a mentalidad, a forma de
pensamiento, o a sus formas plurales: las palabras se estiran para abarcar cualquier cosa.
Aunque la importación de los modos de argumental de las corrientes postmodernas más
radicales es aún limitada, no están del todo ausentes las alusiones al fin de los
grandes relatos, a la crisis de la racionalidad, ni las insinuaciones de que el discurso
racional convencional esconde visiones etnocentristas, imperialistas o machistas.
Estos temas han recibido
un debate incipiente entre los historiadores. Jesús Antonio Bejarano, en una ponencia
presentada en Medellín, ofreció una imagen bastante pesimista del trabajo histórico de
la última década. Los rasgos negativos podrían resumirse en la disminución y
decadencia de las investigaciones de historia económica y social, en el abandono del
vínculo entre historia y ciencias sociales y en una fragmentación temática que conduce
a un abandono de los esfuerzos por explicar los procesos históricos y que no ofrece, en
campos como historia de las mentalidades y de la cultura, productos serios y rigurosos. No
es el momento de discutir esta caracterización en detalle, y probablemente puede
matizarse en el sentido, que confirma su línea de argumentación, de que los dos o tres
libros de historia de historia cultural o de la vida cotidiana importantes se inscriben
todavía en la tradición histórica racionalista y explicativa más convencional, y son
además buenos ejemplos de investigación erudita. Y debe subrayarse también que lo que
aparece como historia política de épocas recientes, en las ponencias de los congresos o
los artículos de las revistas, y que mantiene en general cierta motivación política,
falla por la ausencia de un manejo adecuado de la documentación, y se reduce a la
paráfrasis polémica de unos pocos textos que revelarían las conductas opresivas o
represivas del establecimiento.
Por lo anterior, es
preciso concluir en un tono ambiguo. Aunque se siguen escribiendo muy buenos libros de
historia, son obra de autores con una larga carrera académica. Los historiadores más
jóvenes, con pocas excepciones, parecen estarse dejando llevar por las voces atractivas
de teorías que harían cada vez más irrelevante a la historia, y alejando el análisis
de la búsqueda de interpretaciones amplias sobre problemas centrales de la formación del
país. Donde este interés parece subsistir la historia política reciente- la
calidad de las herramientas de investigación parece muy precaria. Si las señales son
contradictorias, por lo menos es posible expresar la esperanza de que, frente a la
magnitud de los problemas de la sociedad colombiana, la investigación histórica no
abandone sus ambiciones explicativas. Un texto ya viejo puede servir para cerrar esta
argumentación:
La historia es una
disciplina contingente y suprimible. Las ciencias que nuestra sociedad juzga inevitables y
cuya validez no se discute sin poner en cuestión los fundamentos mismos de nuestras
formas de vida, son aquellas que pueden fundar una tecnología, que conducen a
intervenciones sobre la naturaleza o la sociedad. La historia no pertenece a estas
ciencias, y por ello puede verse como algo prescindible, o como un simple adorno de la
vida.
Los historiadores
creemos, sin embargo, que para la sociedad es importante conocer su pasado, a pesar de que
en la realidad casi nadie conoce más que unas cuantas imágenes y unos cuantos datos
aislados de él. Podemos atribuir a esta ignorancia de nuestro pasado algunos de los males
del presente, pero creo que sería muy pretencioso atribuirle una importancia muy grande a
esta causa. Las fuerzas que mueven un país, que lo sacan adelante o lo precipitan en la
violencia son otras.
Pero hay algo de
irrenunciable en la pasión de conocer, y de conocer al hombre y sus construcciones
sociales. Este afán intelectual que nos lleva a escribir sobre el pasado crea entonces
una retórica, un discurso ideológico, que hace parte de la materia de la vida política
y social de un país, aunque no defina sus intereses centrales. ¿En qué medida hace
parte de la predisposición a actuar violentamente la memoria de la violencia, más o
menos en bruto, más o menos inscrita en intentos de explicación contextual? ¿En qué
medida la aceptación de los partidos tradicionales se apoya en un discurso polarizado
transmitido como saber acerca del pasado? Es posible que estas relaciones existan, y que
la disciplina histórica influya en alguna medida en el presente. Ningún discurso actual
permite formular esta conexión en forma asertiva. Ha caído la confianza marxista en el
papel de la teoría -del materialismo histórico- como herramienta para prever y orientar
el desarrollo de la sociedad: se apoyaba, paradójicamente, en un tipo de determinismo
económico que pocos comparten actualmente y en perspectivas teleológicas que suponían
una racionalidad externa a la historia. Se ha roto al mismo tiempo la confianza elemental
de las sociologías positivistas en la posibilidad de actuar sobre la sociedad. Lo que
quedaba -la confianza en una racionalidad interna de la historia, la posibilidad de crear
un discurso que relacione los hechos del devenir en un proceso inteligible- ha sido puesto
en cuestión por los teóricos del postmodernismo que pretenden colocarnos en un ámbito
en el que es imposible comparar la democracia y los campos de concentración, la
tecnología moderna y la medicina egipcia: no hay una razón válida universalmente; nada
permite valorar una cultura fuera de sus propios parámetros.
Este resurgimiento
radicalizado del historicismo me parece fenómeno temporal: es la protesta angustiada de
quienes en los años sesenta soñaron con un socialismo que no tuviera nada de barbarie, y
que, rotos sus sueños, quieren romper con todas las esperanzas. Yo confío en que esta
gesticulación indignada contra la tradición de la Ilustración se convertirá pronto en
una actuación teatral lateral y que nuestras sociedades continuarán debatiendo los
problemas del desarrollo, de la democracia, de la libertad, de la racionalidad, dentro de
un contexto que no puede renunciar a la herencia ilustrada.
Y dentro de esos debates,
el discurso histórico, en la medida en que mantenga alguna pretensión de coherencia, de
historia total para usar un término que empieza a parecer una mala
palabra seguirá siendo un polo unificador, un lugar de atracción de las preguntas
aún no resueltas. Además, porque el discurso histórico en sentido estricto, en mi
opinión, lucha permanentemente contra su conversión en ideología o en mito: impedir que
los textos o los hombres o los incidentes o las encrucijadas del pasado se conviertan en
ejemplos a seguir o evitar, en tema de identificaciones más o menos conscientes, superar
toda tentación a fijar la historia actual en un proceso irremediable y determinado que se
origina en el pasado, reconocer la incertidumbre del presente y el futuro, promover, en
fin, una conciencia histórica, para la cual el pasado sea ante todo una fuente de
experiencia compartida pero no una mano muerta que agarre al presente
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Bogotá, mayo de 1999
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