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Jorge Orlando Melo
publicó en 1969 "Los estudios históricos en Colombia: situación
actual y tendencias predominantes", en la Revista de la Universidad
Nacional N° 2. Con el objeto de actualizar este artículo, que ha sido publicado
nuevamente en "Sobre Historia y Política" (Medellín, 1979). El
autor elaboró este texto, que fue leído en la sesión inaugural del II Congreso
Nacional de Historia realizado en la Universidad del Valle en 1979.
Cuando se publicó en 1969 el artículo "Los estudios históricos en
Colombia:situación actual y tendencias predominantes", el autor consideró
apropiado destacar algunas tendencias que en su opinión señalaban un cambio en las
orientaciones del trabajo histórico nacional y que permitían tener "cierta
confianza en el progresivo afianzamiento de una historiografía científicamente orientada
en el país".
Por una parte, se señalaba la apertura
de los historiadores a nuevas temáticas, distintas a la tradicional preocupación por la
biografía heroica y la acción estatal, así como la incorporación de metodologías más
complejas y conceptualmente más rigurosas. Se destacaba además el desarrollo de un grupo
de historiadores con una formación y una actividad más "profesional", apoyados
en el crecimiento de las instituciones universitarias del país.
En términos muy generales, parece que el
cauto optimismo de entonces estaba justificado. La última década ha visto la aparición
de trabajos relativamente maduros en áreas como la
historia económica, la historia social y la demografía histórica.
En este último terreno, las obras más importantes han sido la de Fajardo y
en especial las de Colmenares, que junto con los trabajos de Friede
fueron sometidos a un detallado análisis por parte de S. Cook y W.
Borah y reseñados críticamente en un extenso artículo de Hermes Tovar.
Estos estudios dieron un contenido más preciso a la historia de la
población indígena y establecieron de nuevo una versión de la catástrofe
demográfica de los primeros años de la conquista que parecía descartada por los
estudios anteriores. Frente a los 850.000 indígenas en vísperas de la conquista
española, cifras de cuatro o cinco millones comenzaron a aparecer como verosímiles, pese
a su inevitable imprecisión.
En cuanto a la
historia social, la obra más notable ha sido sin duda la de
Germán Colmena- res, cuyos libros han abordado una amplia gama de aspectos de
la sociedad y la economía coloniales. El estudio
de la encomienda, el de las actividades mineras, el de las haciendas coloniales, etc.,
recibieron un aporte clave y un impulso decisivo con las investigaciones de Colmenares,
que han sido completadas posteriormente por otros investigadores. Entre éstos, vale la
pena mencionar el trabajo de Margarita
González sobre el resguardo, y sobre todo el conjunto de estudios realizados en
Sevilla bajo la dirección del profesor Luis Navarro García. Estos
trabajos, elaborados como tesis de licenciatura o de doctorado, se enfrentan a temas como
el tributo, la encomienda, la mita o la población indígena colonial con base en la
utilización cuidadosa y seria del Archivo de Indias y de algunos
archivos colombianos. Tomados en grupo, constituyen lo que casi podría llamarse una
"escuela de Sevilla", cuyas obras se destacan por el trabajo
paciente y minucioso por la selección de períodos relativamente breves y de áreas
geográficas restringidas, que permiten un tratamiento monográfico detallado de los
problemas sujetos a análisis. Si a veces se advierte su carácter de tesis en cierto
manejo tímido y convencional de las herramientas estadísticas y conceptuales, esto está
más que compensado por la riqueza de la información manejada.
La madurez de la historia social colonial
contrasta, por lo demás, con la relativa escasez de trabajos sobre la
época republicana. Sobre éste período, pueden mencionarse las investigaciones
sobre historia artesanal y sindical, entre las que se destacan los importantes estudios
de Miguel Urrutia y Daniel Pecaut y un inteligente artículo
de
Jaime Jaramillo Uribe, así como el libro
de Mateo Mina sobre la población negra del norte del Cauca y el
largo prólogo de Alvaro Tirado a la selección de documentos sobre los aspectos
sociales de las guerras civiles en el Siglo XIX.
Pero independientemente de las calidades
de estos trabajos, resulta clara la ausencia de estudios sistemáticos sobre la mayoría
de los aspectos de la historia social de los últimos 200 años, ya sea sobre la
evolución demográfica del país, o sobre la constitución y conformación de sus grupos
y clases sociales, o sobre los procesos de urbanización, o sobre los conflictos de clase,
etc.
La historia económica, por su
lado, ha atraído la atención de un amplio conjunto de investigadores, muchos de ellos
provistos de una formación técnica avanzada, en particular como economistas. Y en este
terreno se han visto notables trabajos sobre la economía colonial como los de
Colmenares, Jorge Palacios y William Sharp, que han ofrecido
nuevos datos e interpretaciones sobre la historia de la minería y el tráfico esclavista,
y en el caso del último, permitieron elaborar una completa historia de la economía
colonial del Chocó. Para el Siglo XIX, la obra de William P.Mac Greeve
y, sometida a una severa crítica por sus evidentes exageraciones y el uso a veces
desorbitado de la evidencia estadística, impuso en todo caso una serie de debates sobre
el comercio exterior y las condiciones del desarrollo económico a finales del Siglo XIX y
comienzos del Siglo XX. El escepticismo con el que se recibieron sus cifras sobre
exportaciones e importaciones condujo a nuevos esfuerzos de precisión cuantitativa,
realizados por Luis Jorge Garay y José Antonio Ocampo, en estudios
que hasta ahora sólo han visto la luz en seminarios y congresos. Fuera de estos trabajos,
vale la pena destacar el análisis hecho por Darío Bustamante del Banco
Nacional y un agudo artículo de Miguel Urrutia sobre la distribución
de ingreso y el sector externo en el Siglo XIX, cuyas sugestivas hipótesis esperan
todavía un análisis más completo que las confirme u obligue a modificarlas.
En cuanto al Siglo XX, el debate
generado por el libro de Mario Arrubla sobre el subdesarrollo condujo a algunos
estudios con una base empírica más amplia, como el libro
de Oscar Rodríguez sobre los comienzos de la industrialización y los estudios
de
Hugo López sobre los procesos inflacionarios de la década de los veintes; y
de J. A. Bejarano sobre la crisis de la economía exportadora. Además se
publicó una crítica teórica muy efectiva hecha por Salomón Kalmanovitz. Este
mismo autor ha hecho una amplia contribución a la historia reciente de la actividad
agropecuaria. El área más descuidada ha sido la de la historia de la industria, donde
fuera de un extenso artículo, de intención ante todo descriptiva y de ordenamiento de
una primera información, publicado por Gabriel Poveda, prácticamente nada se
ha hecho.
Una obra que merece mencionarse en forma
especial es la historia del café de Marco Palacios. Sobre este tema, que había
recibido casi ninguna atención hasta esta década, se publicaron dos trabajos serios en
los años recientes: los de Absalón Machado y Mariano Arango.
Pero el trabajo de Palacios logra
integrar en una narrativa única en forma excepcional los aspectos sociales, económicos y
políticos del tema, manteniéndose atento al mismo tiempo a los aspectos generales del
proceso cafetero y a la más minuciosa historia de caso y basándose en una extensa
bibliografía secundaria y en el más amplio espectro de archivos públicos y privados.
Este trabajo que revisa muchas de las concepciones e interpretaciones aceptadas por
historiadores tradicionales y recientes, está destinado a convertirse en uno de los
clásicos de la historiografía colombiana, como el libro de Ospina Vásquez ó el de
Jaime Jaramillo sobre las ideas colombianas en el siglo XIX.
Mientras que en la historia social y
económica la consolidación de las líneas más positivas ha sido clara, en la
historia cultural y política los estudios de interés han sido mucho más escasos.
En cuanto a la
historia cultural, los trabajos de Gerardo Molina sobre la ideología liberal
y de Javier Ocampo sobre el pensamiento de la independencia
constituyen los esfuerzos de mayor envergadura, pero aunque son más sistemáticos y
completos que cualesquiera antecedentes nacionales, su metodología puede considerarse
básicamente convencional. Frank Safford, cuyo valioso estudio sobre la
economía de Colombia central en el Siglo XIX sigue inédito, publicó una
detallada investigación sobre algunos aspectos de la historia educativa y
tecnológica del Siglo XIX, que resulta innovadora y
sugerente.
Por último, en el terreno de la historia
política lo más notable es el libro de Fernando Guillén Martínez sobre el
poder. Es cierto que la historiografía tradicional continúa produciendo trabajos que
tocan con estos temas, pero sobre todo bajo la forma de estudios biográficos,
generalmente bastante defectuosos. Entre la avalancha biográfica se destaca, por la
complejidad de su análisis político y sobre todo por la riqueza de su documentación, la
vida de Florentino González de Jaime Duare French.
Las Inconformes,
de Ignacio Torres Giraldo, constituyen un testimonio de un participante,
bastante atractivo en los capítulos relativos a los años veintes y treintas, más que un
estudio histórico sistemático, y los trabajos de Jorge Villegas sobre la
guerra de los mil días y el volumen de Sucesos Colombianos son más bien
materiales de apoyo para la investigación, que investigaciones acabadas. Este breve
panorama muestra cómo la historiografía "científicamente orientada"
ha podido desarrollarse con mayor facilidad en áreas donde ciencias sociales como
la economía o la sociología pueden ofrecer instrumentos de análisis mejor
establecidos y probados que en un terreno donde las pretensiones científicas avanzadas
por los "politólogos" están más sujetas a duda: y quizás
revelan el efecto de una atracción de los mejores historiadores hacia las áreas que
parecían más urgentes hace una década. Pero sería lamentable que la situación
continuara así y que un aspecto del pasado nacional cuya reformulación es hoy urgente,
ante la persistencia de los más injustificados mitos y ante el uso puramente polémico y
partidista que se hace de la historia política -recuérdese el reciente debate alrededor
de los méritos de los radicales y los regeneradores- siguiera en manos de los
historiadores menos preparados y menos sistemáticos.
I I.
Valdría la pena señalar, más allá del superficial inventario de las páginas
anteriores, algunos hechos que saltan a la vista con respecto al desarrollo de los
trabajos históricos en los años recientes.
El primero de ellos es la ampliación
sorprendente del interés de ciertos sectores del país por la historia
nacional. El crecimiento cuantitativo y la preparación cultural típica de ciertos
sectores de clase media, ya visibles en 1969, explican en parte la demanda casi febril que
han tenido los estudios históricos, sobre todo en las universidades públicas y en
ciertos colegios de secundaria. Este público, más o menos joven y más o menos orientado
por una nueva generación de maestros, ha estado exigiendo con avidez trabajos sobre
historia económica y social, o estudios de historia política
escritos desde una perspectiva "popular" u "obrera".
La existencia de un público distinto al habitual lector de la historia tradicional,
empezaba a manifestarse en la década del 60, cuando los estudios de Liévano Aguirre
tuvieron. Una amplia resonancia, pero se confirmó con éxitos editoriales como el de la Introducción
a la Historia Económica de Colombia, de Alvaro Tirado Mejía, una obra
que pasa ya de los 100.000 ejemplares vendidos en el país, o como Colombia Hoy,
un libro del cual se han agotado cuatro ediciones en menos de un año. Esta expectativa
del lector ha llevado a que se intenten obras de síntesis más o menos apresuradas de
calidad bastante discutible.
La baja calidad de algunos de estos
trabajos parece reforzarse por la necesidad de origen político de producir
interpretaciones generales de la historia del país para justificar líneas políticas
más o menos coyunturales, o para tratar de encontrar tales líneas, en un ejercicio de
despiste mutuo entre historiadores y políticos más o menos desubicados.
No puede omitirse, pese a que la
importancia del asunto ha sido más bien periodística, y a que ha llevado más bien a
equívocos y confusiones, el hecho de que buena parte del trabajo históricamente ha sido
cobijado por algunos comentaristas bajo el mote de "la nueva historia de
Colombia", lo que ha sido reforzado por el hecho de que COLCULTURA
haya planeado y editado parcialmente una historia colectiva en la que participan buena
parte de los historiadores que más han contribuido al avance de unos estudios serios
sobre el pasado nacional. El equívoco principal ha consistido en el supuesto de que
existe una comunidad de métodos e incluso de orientación ideológica entre los más
notables historiadores recientes o entre los colaboradores del "Manual de
Historia de Colombia" coordinado por Jaime Jaramillo Uribe. Que
este equívoco exista entre el gran público no es de extrañar, pero es sospechosa la
insistencia con la que gentes que debían estar mejor enteradas tratan de propagarlo: para
algunos comentaristas parecería que Miguel Urrutia, Jaime Jaramillo Uribe y
Salomón Kalmanovitz hacen parte de un mismo movimiento ideológico y político, que
es preciso desenmascarar.
Por último, vale la pena señalar que el
papel de la universidad en este proceso de formación de una historia más seria se ha ido
acentuando. Ha continuado la expansión de los cursos
sobre historia nacional, la investigación sobre estos temas incluye cada
día un número mayor de profesionales, y muchos sociólogos, economistas y antropólogos
de formación han encontrado en los trabajos sobre el pasado, lejano o reciente, su campo
de acción. Sin embargo, el sentido de este proceso no es unívoco. La universidad, en
particular la pública, ha estado sometida a presiones de tipo social que han obrado tanto
en el sentido de agudizar la conciencia crítica de sus miembros hacia "el
sistema", lo que es positivo, como en el de presionar una subordinación de las
exigencias académicas y científicas a líneas partidistas, lo que no puede tener otro
efecto que el de disminuir la calidad e importancia del trabajo histórico producido en
tales condiciones. Parece que las presiones en este sentido están haciéndose menos
fuertes, pero en cualquier momento pueden acentuarse de nuevo. Para este caso; es preciso
insistir en que el compromiso del historiador, para usar una palabra que no está de moda,
es con la verdad y que si se siente comprometido con
el progreso social, debe creer en la racionalidad humana lo
suficiente para confiar en que el mejor aporte del historiador a cualquier proceso de
transformaciones sociales y políticas está en colaborar con el conocimiento más exacto
posible de la evolución nacional.
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