INDICE





PROLOGO

NOTICIA BIOGRÁFICA DEL DR. FERNÁNDEZ PIEDRAHITA

DEDICATORIA Y APROBACIONES DE LA OBRA

LIBRO I

Capítulo I
Del sitio y calidades del Nuevo Reino de Granada

Capítulo II
En que se da noticia de sus provincias y primeros habitadores.

Capítulo III
De las costumbres, ritos y ceremonias que usaban los indios mozcas en su gentilidad.

Capítulo IV
De otras ceremonias y costumbres que tenian los mozcas, y de las procesiones que hacían.

Capítulo V
Del sitio y corte de Bogotá: majestad de sus reyes condiciones y forma de sucederse.

LIBRO II

Capítulo I
Saguanmáchica conquista los fusagasugaes, rompe la guerra con el Guatavita, que se ampara del Rey de Tunja...

Capítulo II
Hereda el zipa Nemequené, y castigada la rebelián de Fusagasugá, sujeta los caciques de Cipaquirá y Nemza.

Capítulo III
Asalta el Zipa la corte del Guatavita, revuelve contra el Ubaque y sujétalo.

Capítulo IV
Sujeta el Zipa la provincia de Ebaté, nombra en ella al hermano por su lugarteniente, á quien mata el Ubaque.

Capítulo V
Da leyes el Zipa en su reino y previénese de todo para la guerra de Tunja.

Capítulo VI
Refiérense los sitios y estado de las provincias de Tunja y Sogamoso, y hacen liga sus príncipes contra Neméquene.

Capítulo VII
En que se prosigue la materia del antecedente

Capítulo VIII
Danse vista los ejércitos del Zipa y el Tunja, y platican antes de la batalla.

Capítulo IX
Dáse la batalla, y casi vencida por Neméquene, muere en ella, herédalo Thysquesuzha, y prosigue la guerra.

LIBRO III

Capítulo I
Fúndase la ciudad de Santa Marta por Rodrigo Bastídas, á quien mata su teniente general en un motín.

Capítulo II
Los capitanes de Lerma acometen á Posigueica y vuelven derrotados.

Capítulo III
Gobierna el doctor Infante á Santa Marta por muerte de García de Lerma, y el adelantado don Pedro de Heredia da principio á las conquistas de Cartagena.

Capítulo IV
El adelantado Heredia prosigue la conquista de Cartagena

Capítulo V
Dáse el gobierno de Santa Marta á d. Pedro Fernández de Lugo. Prosigue la guerra con los indios de la sierra sin fruto…

LIBRO IV

Capítulo I
Benalcázar descubre a Popayán, y fundadas las villas de Cali y Timaná, prosigue en su descubrimiento

Capítulo II
El licenciado Badillo residencia á D. Pedro de Heredia en Cartagena:

Capítulo III
Vuelve el General Quesada por su Ejército á la Tora, Condúcelo hasta los umbrales del Nuevo Reino

Capítulo IV
Marcha Quesada por la provincia de Vélez, pasa á Guachetá y de allí á Suesca en demanda de Bogotá, con asombro general de los indios.

Capítulo V
Entra Quesada en el valle de los Alcázares, rompe el ejército de los Uzaques, pasa a Bogotá

LIBRO V

Capítulo I
Entra el capitán Céspedes en la provincia de los Panches por Tibacuy: plática  con el capitán del presidio de los Guechas…

Capítulo II
Sale Quesada de Bogotá para Somondoco en demanda de las minas de esmeraldas que descubre

Capítulo III
El Capitán San Martín tiene noticia de Tundama: descubre á Sogamoso y vuelve en busca del general Quesada...

Capítulo IV
Asalta Quesada el palacio del Rey de Tunja, á quien prende, y después de un breve combate saquea su corte con presa de los tesoros que no pudo ocultar.

Capítulo V
Marcha Quesada á Sogamoso, saquea la ciudad y quémase su templo. —vuelve á Tunja, y desamparándola por ir á la conquista de Neiva,

Capítulo VI
Repártese la presa entre los españoles: Asaltan después el cercado de un bosque donde matan a Tysquesusha sin conocerlo.

Capítulo VII
Acometen los Panches las fronteras de Bogotá, y entran Quesada y el Zipa al castigo con mal suceso en el primer encuentro

LIBRO VI

Capítulo I
Prende Quesada á Sacrezazipa por los tesoros del Zipa muerto, y promételos con engaño hasta lograr la muerte de sus émulos...

Capítulo II
Reparte Quesada otra presa de oro y esmeraldas: da principio á la fundación de Santafé...

Capítulo III
Dánle noticia á Quesada de las entradas de Benalcázar y de Fedremán en el reino...

Capítulo IV
Persuade á Quesada Benalcazar á que funde ciudades, y refiérese el estado y crecimiento á que ha llegado la ciudad de Santafé.

Capítulo V
El general Quesada baja á Cartagena con Benalcázar y Fedreman, dejando por teniente general del reino á Hernán Pérez, su hermano...

Capítulo VI
Gerónimo Lebrón forma ejército y armada; sale de santa marta para el reino...

Capítulo VII
Alonso Martín prende en el rio á Alonso jeque, y obligado de una armada enemiga, vence la batalla naval de Cesare...

LIBRO VII

Capítulo I
Tratase de la entrada que hizo Martín Galeano en el territorio de Coicomé y Agata, y de la que después hizo Juan Alonso de la Torre

Capítulo II
Sale Galeano á la conquista de Guane: mueve la guerra en Chalalá, y síguela con Mataregua hasta vencerlo en batalla...

Capítulo III
Agraviado Thisquizoque de la tiranía de Juan Gascon,  hace liga con el Saboya, toma las armas y le quita la vida...

Capítulo IV
Los tres generales pretenden la gobernación del Nuevo Reino y ninguno la consigue...

Capítulo V
Forma ejército Tundama y fortifícase contra Baltasar Maldonado...

Capítulo VI
Montalvo de Lugo entra en el Reino por los llanos, y el capitán Lanchero á la conquista de Muzo...

Capítulo VII
Esguazado el Cauca, prosigue Jorge Robledo sus descubrimientos hasta fundar la ciudad de Cartago.

LIBRO VIII

Capítulo I
Con la noticia de que se previene armada en Francia para las Indias, mandan al adelantado Lugo que vaya á su gobierno...

Capítulo II
Los Yalcones y Paeces toman las armas y matan á los capitanes Añasco y Osorio y despues a Juan de Ampudia...

Capítulo III
Rebelánse los Sutas y Simijacas, fortifícanse en unos peñoles, va contra ellos el Capitán Juan de Céspedes...

Capítulo IV
Rompen los Panches por las fronteras de los Mozcas...

Capítulo V
Prosigue su jornada Gerónimo Lebrón, con varios sucesos, hasta el valle de Opon...

Capítulo VI
Quesada y Lebrón compiten sobre el gobierno con riesgo de romper en batalla...

LIBRO IX

Capítulo I
Con la sospecha de que se rebela la provincia de Tunja...

Capítulo II
Vuelve á sus descubrimientos el capitán Jorge Robledo y con varias fortunas llega hasta la provincia de Hebéjico...

Capítulo III
Vuelto el Capitán Maldonado de la jornada de los palenques, sale Hernán Pérez de Quesada al descubrimiento del dorado con mal suceso...

Capítulo IV
El Ocabita y Lupachoque se fortifican en dos peñoles: ríndese Lupachoque por armas al Capitán Pineda y el Ocabita...

Capítulo V
El adelantado Lugo se previene para subir á Santafé : fúndase por su órden el Barbudo…

Capítulo VI
Pasa Robledo preso á estos reinos: Heredia y Benalcázar se apoderan alternadamente de Antioquia después que se fundó la ciudad de Arma...

LIBRO X

Capítulo I
La armada francesa de Roberto Baal sorprende á Santa Marta y Cartagena; y el adelantado Lugo prende al capitán Rondón...

Capítulo II
Felipe de Utre sale de coro á nuevos descubrimientos penetra los llanos hasta la punta de los Pardaos...

Capítulo III
Prende Lugo á los oficiales del Rey y á los quesadas: justicia al encomendero de Sáchica...

Capítulo IV
Destierra Lugo á los quesadas. —el Capitán Venégas descubre las primeras minas de oro, y funda la ciudad de Tocaima...

Capítulo V
Descubre Felipe de Utre los Omeguas, y véncelos en una batalla...

Capítulo VI
Lugo sale del reino para Castilla, y Armendariz entra en Cartagena...

Capítulo VII
Armendariz nombra por su teniente á pedro de Ursua en el reino y á Robledo en Antioquia...

LIBRO XI

Capítulo I
Concurren los visitadores Gasca y Armendariz en Santa Marta...

Capítulo II
Procede Armendariz contra el capitán Lanchero y otros conquistadores...

Capítulo III
Hacen mariscal del reino á Gonzalo Jiménez de Quesada...

Capítulo IV
Échanse los indios á las minas: tratase en el consejo de fundar audiencia en Santafé...

Capítulo V
Prosigue Armendariz en su gobierno: pónese real chancillería en Santafé...

Capítulo VI
Fúndanse las religiones de Santo Domingo y San Francisco en el Nuevo Reino...

Capítulo VII
Entra el mariscal Quesada en Santafé: descúbrese el páramo Rico de Pamplona...

Capítulo VIII
Entra Ursua en Muzo y puebla á Tudela: vuelve á Santafé y baja por justicia mayor de Santa Marta...

Capítulo IX
Rompe Ursua el ejército de los taironas en la batalla de los pasos de Rodrigo...

LIBRO XII

Capítulo I
Entra en Santafé el licenciado Juan de Montaño con la visita de la audiencia y residencia de Armendariz...

Capítulo II
Rebélase el Valle de las Lanzas, va Hernando de Salinas al castigo, funda la ciudad de Victoria...

Capítulo III
Prosigue Montaño en su visita; ajusticia á Pedro de Salcedo y á otros...

Capítulo IV
Armendariz baja preso á Cartagena para que allí le residencie Montaño.—el Capitán Avellaneda funda la ciudad de S. Juan de los Llanos...

Capítulo V
El capitan Diego García de Paredes funda la ciudad de Trujillo...

Capítulo VI
Vuelve el mariscal á Santafé con la provisión de nuevos oidores.—el licenciado Tomas López entra en la audiencia...

Capítulo VII
El Capitán Cristóbal Rodríguez Juarez funda la ciudad de Mérida.—Diego García de Paredes reedifica la de Trujillo...

Capítulo VIII
Previénese el Nuevo Reino para resistir al tirano Lope de Aguirre.—compéndiase lo que obró en la jornada del Marañon...

Capítulo IX
Fúndase la ciudad de S. Vigente de Paez.-múdase la de Trujillo. Muere García de Parédes y tratase de todo lo acaecido en las provincias del Nuevo Reino...
CAPITULO IX
 


FÚNDASE LA CIUDAD DE S. VIGENTE DE PAEZ.-MÚDASE LA DE TRUJILLO. MUERE GARCÍA DE PARÉDES Y TRATASE DE TODO LO ACAECIDO EN LAS PROVINCIAS DEL NUEVO REINO, HASTA LA ENTRADA DEL PRIMER PRESIDENTE VENERO DE LEIVA.

HABIENDO llegado á Mérida el Capitan Pedro Bravo de Molina, hizo luego despacho á la Real Audiencia de Santafé, con la noticia de todo lo sucedido en la muerte de Lope de Aguirre, que se recibió por fines de Diciembre, con que dejadas las armas y entrado ya el año de mil quinientos y sesenta y dos, famoso por el cerco que Luis de Borbon á Paris, y más glorioso por el miserable estado en que derrotado y preso lo pusieron los mosquetes españoles acaudillados del gran Duque de Guisa, se trató luego de atender al expediente del gobierno, para mantener la paz en que se hallaba el Reino; y como concluida la guerra se volviese á descubrir el fuego de las enemistades que por algunos meses habian escondido entre las cenizas de su temor los Oidores Artiaga y Villafafie, resolvió cuerdamente la Audiencia que el Licenciado Artiaga, más dócil y ménos culpado en los encuentros, bajase á visitar á Santa Marta, como se le habia ordenado desde el año antecedente, y manifestóse la buena eleccion en las ocasiones de guerra en que lo puso la intrepidez de los Taironas y Bondas, mostrándose en todas tan diestro en las armas como prudente en la aplicacion de sus letras. No específica el Licenciado Juan de Castellános encuentro alguno que pueda yo trasladar á la pluma; pero infiérense algunos de gran crédito, por lo que dice hablando de este ministro á los fines del canto veinte y uno, en que prosigue:

Y aunque en fervor de juventud florida,
cabal, diligentísimo, bastante
para cualquier negocio de sustancia,
y no ménos brioso para guerra,
según manifestaron los efectos
en muchas ocaciones de la costa,
estando visitando las provincias
del mar de Santa Marta y Cartagena,
donde hizo servicios señalados.  

En esta ocasion bajó en su compañía á la Costa Juan Martin Hincapié, mancebo de veinte años, natural de la ciudad de Vélez, hijo de otro de su mismo nombre, que pusimos en la lista de los primeros conquistadores de Nicolas Fedreman y de doña Isabel, india principal y sobrina del Cacique de Moniquirá, quien habiendo asistido en todas las ocasiones de riesgo al Oidor Melchor Pérez de Artiaga, ganó mucho crédito y dió claras señales de lo mucho que obró despues en la guerra continuada de los Taironas y rebelion general de la provincias llegando á ejercer los cargos de Capitan, Sargento Mayor y Teniente General, aunque lo notaron siempre de cruel en los castigos, como se dirá á su tiempo, cuando tratemos de sus hazañas y de las del Sargento Mayor Gaspar de Soto, mulato libre y natural de la ciudad de Santafé. Pero al Licenciado Artiaga ninguna buena prenda de las que tuvo lo libró despues que vino á Castilla, para que al reclamo de algunas quejas de los vecinos de Cartagena, no se despachase Juez á residenciarle de nuevo, de que salió con crédito y desengaños para dejar aquel camino peligroso que habia seguido, y así, trocada la toga por los hábitos eclesiásticos, consiguió la Abadia de Vulgosondo, donde murio con buena fama; lo cual hemos querido anticipar, por no saber si la historia nos dará ocasion para esta noticia, que habrán deseado algunos interesados.

Partido de Santafé el Oidor Artiaga, y continuando la Audiencia en dar expediente al gobierno que administraba, y atenta á lo que convenia la conservacion de las dos ciudades de Muzo y Palma, tan recíen pobladas, proveyó por Justicia Mayor de la Palma al Capitan. D. Gutierre de Ovalle, de cuya noticia y servicios hemos hecho memoria en otra parte, y quien con más conocimiento del terreno de la provincia de los Culimas, mudó la ciudad al asiento en que hoy permanece; y á la de Muzo, en que se recelaba alzamiento general de los indica, ordenó partiese luego el Capitan Luis Lanchero, que ya mejorado de salud con la mudanza de temple, afianzaba la seguridad de cuanto se temia luego que los Múzos lo sintiesen dentro de su país. Pero sabiendo que á pocos dias despues de llegado habia muerto en la forma que dijimos en el capítulo séptimo de este libro, dispusieron volviese otra vez el Capitan Juan de Olmos á continuar el oficio de Justicia Mayor, en que dió bastánte satisfaccion de la confianza que de su valor se hizo, y de la igualdad con que lo habia mostrado en cuantas ocasiones lo pusieron las dificultados de la conquista, desde que subió de la costa de Santa Marta con el Mariscal Quesada.

Miéntras en Santafé se atendia á estas provisiones, y en Cartagena continuaba su gobierno Juan de Bústos Villégas, que lo tenia en propiedad, como dijimos, y en la de Mérida el cargo de Justicia Mayor el Capitan Pedro Bravo de Molina, en la ciudad de Tunja Gonzalo Rodríguez de Ledesma, en la de Pamplona Hortun Velásquez de Velasco, y en las de Mariquita, Ibagué y Tocaima Francisco Núñez Pedroso, sin acaecimiento especial político ni militar de que deba dar noticia, llegó á Cartagena la flota en que pasó don Pedro da Agreda, Gobernador nombrado en propiedad de la provincia de Popayan para que sucediese á Luis de Guzman, que tambien lo habia sido por el Rey, y con la resolucion que habia tomado en lo tocante á la noticia que se le habia dado de lo acaecido con Lope de Aguirre, que se redujo á despacharle titulo de Mariscal de la provincia de Venezuela á Gutierre de la Peña, premiándolo demas de esto con larga mano, así á él como al Capitan Pedro Bravo de Molina, por la fineza y valor con que se habian señalado en su servicio; y no pareciendo conveniente aprobar el perdon que oir su Real nombre habia dado á los Marañones el Gobernador Pablo Collado, cuyos buenos deseos quedaron olvidados, se despacharon cédulas muy apretadas á todos los Reinos de las Indias, para que con diligente cuidado se buscasen las reliquias de aquel ejército, y aprisionados cuantos soldados hubiesen militado con el tirano, se retirasen á Castilla.

Con este órden, que luego se divulgó por todas las provincias del Nuevo Reino, se dió principio á la diligencia de buscarlos, y ellos á la de ocultarse de suerte que no los hallasen, si bien no se logró en todos, pues en la ciudad de Mérida fué preso y hecho cuartos Pedro Sánchez Paniagua, Barrachel de campaña de Lope de Aguirre y uno de los más culpados en su tiranía, y en la ciudad de Pamplona puso tal cuidado el Justicia Mayor Hortun Velasco, que hubo á las manos aquel Anton Llamoso, fiel amigo del tirano, que no lo desamparó hasta la muerte, y el que degenerando de racional por satisfacerlo de que no habia cooperado con Martin Pérez, su Maese de Campo, á quien le mostraron muerto, no asqueó beberle la sangre por las heridas de la cabeza despedazada. A Francisco de Santiago, caballero del hábito de Cristo, se le despachó provision por la Real Audiencia de Santafé para el mismo efecto, y logróse su celo prendiendo á Francisco de Carrion, alguacil mayor del tirano, á su gran confidente Francisco de Aguirre, á Roberto de Susaya, su Capitan de la guardia al Capitan Diego Tirado, á García de Chávez, A Diego Sánchez de Balboa y á un portugues, que de camarada se iban al Perú, y los castigaron de suerte que ni ellos ni otros que por su diligencia escaparon de caer en poder de la justicia, osaron parecer más en público, ni usar de los nombres que de ántes tenian.

En la misma flota que llevó estos despachos, pasaron tambien al Nuevo Reino de Granada, aquellos dos apostólicos misioneros S Luis Beltran y Fr. Luis Vero, de quienes  hemos hecho breve insinuacion en el capítulo sexto del libro antecedente, y trataremos más latamente en su lugar, dejándolos por ahora en la ciudad de Cartagena, manifestando las primeras luces de su doctrina, miéntras nos llaman las de otro insigne varon, que para el colmo de las felicidades que por aquellos tiempos gozaban las Indias, pasó en la misma ocasion por Obispo de Popayan. Este fué D. Fr. Agustín de la Coruña, á quien generalmente llaman el Obispo Santo, siendo innumerables los elogios que de este vaso escogido da Dios para que llevase su nombre á los mayores tres Reinos de aquellos Occidentales, escriben los cronistas de Judias; y podráse rastrear algo de lo mucho que en él depositó la gracia, en las cortas cláusulas del maestro Gil González de Avila, pues llegando á proponer tres prelados de los mejores que han tenido las Indias, para que sirvan de vivos ejemplares á los que les sucedieren, ocupa éste, de quien hablamos, el primer lugar en la graduacion que de él hace con el Santo D. Toribio Alfonso Malgrobejo y con el doctor D. Fernando Arias de Ugarte, para que por las virtudes de los segundos se conozca la santidad del primero.

Los maestros Grijalba y Calancha, en sus Crónicas de Méjico y del Perú, por más que se dilatan, quedan cortos en su alabanza, á juicio de los que gozaron más inmediatamente la noticia de las virtudes que aquel insigne prelado manifestó en las últimas llamaradas qua dió su corazon ardiente entre los incendios del amor divino. Algunas bien singulares, de que no tuvieron noticia estos dos historiadores, se refieren en el libro que de su viaje del mundo compuso el Licenciado Pedro de Cebállos Ordóñez, Gobernador que fué de Popayán, pocos dias despues de su muerte; y sin dilatar la pluma sobre el escrito, compendiaré solamente en esta primera parte lo que obró desde su nacimiento hasta el año de sesenta y cuatro, dejando para la segunda los empleos restantes de su vida en el Nuevo Reino de Granada y en los del Perú, donde mostraré la última carrera de espinas y trabajos por donde corrió á ganar la corona del primitivo Padre de la Iglesia, sin que su mansedumbre bastase á serenar la borrasca de persecuciones que con ajamiento de su dignidad movió contra su persona el celo imprudente de los primeros ministros de la Real Audiencia de Quito.

Nació, pues en ha villa de la Coruña del Conde hijo legítimo de Hernando de Coruña y de Catalina de Velasco, y llamóse en sus primeros años Agustin de Gormáz, tan inclinado á buscar el camino del cielo, que tomó el hábito de la religion del gran Padre S. Agustín el año de mil quinientos y veinte y cinco, y al siguiente profesó en manos de Santo Tomas de Villanueva, anuncio claro de sus virtudes futuras; y en los años que corrieron hasta el de treinta y tres aprovechó tanto en los estudios y disciplina regular, que mereció por lo uno y otro ser elegido por uno de los siete compañeros del venerable Padre Fr. Francisco de la Cruz, á quien se le encargó, por lo tocante á su órden, la promulgacion del Evangelio en el dilatado Imperio de Méjico. Y aunque no falta escritor que diga haber pasado la primera vez á Indias por el año de mil quinientos y cincuenta y cuatro, no se compadece con la verdad tan asentada de haberse ocupado en su mision más de veinte y cinco años, ni contesta con las Crónicas de los maestros Grijalba y Calancha, que más enterados del tiempo, ponen su tránsito á Indias el año de treinta y tres, de que se infiere haber sido yerro de la imprenta del libro, donde por número y no por letra está puesto el año, y por el número 34 pusieron 54.

Habiendo, pues, llegado á Méjico Fr. Agustin de la Coruña, dió luego señales de su espíritu y letras, en el primer sermon que le hicieron predicar en el religiosísimo convento de su órden de aquella ciudad, y queriendo mis prelados aprovechar la ocasion que tenian en las manos, miéntras se disponía la de pasar á la mision, lo ocuparon en una de las cátedras de Teología, donde leyó las materias de fe, esperanza y caridad; y lo que parece de todas las acciones de su vida, es no haber cursado en otras, seguir lo que aprovechó á cuantos se alimentaron de su doctrina, y se aprovechó á sí mismo con estas virtudes: pues juzgo piadosamente que en la de caridad prosigue con los ardientes afectos que se practican en aquella universidad, donde no tienen cabida las de la fe y esperanza. Luego que acabo de leer estas materas, que fué por fines del mismo año que entró en Méjico, se partió á la conquista espiritual de las provincias de Ilapa y Chilapa, que le cayeron en suerte, donde en pocos dias aprendió el idioma mejicano, siendo el primor obrero que lo supo hablar con perfeccion: á cuya novedad concurrian tropas de indios, unos llevados de vana curiosidad, y otros del atractivo de la celestial doctrina que les predicaba; pero el demonio, mal sufrido de caer del imperio que por tantos siglos habia ejercido sobre aquellos bárbaros, conmovió á los más principales Caciques á que promulgasen un edicto general condonando á muerte á cuantos por noveleros y quebrantadores de sus antiguos ritos oyesen predicar á tan prodigioso varon.

Con el temor de incurrir en la pena calmó el auditorio, y pasáronse más de tres meses sin que indio alguno lo buscase, ni buscado lo quisiese hospedar ni oír, dejándolo por esto medio á las inclemencias del tiempo, sin otro reparo para los frios en que se helaba, que el de su ardiente caridad, que más lo encendia. Hallóse tambien en estos dias tan falto de alimento, así él como su compañero Fr. Gerónimo de S. Estévan, que aplicándose éste á conducir agua, y nuestro Fr. Agustín á cargar leña, y ambos juntos á coger de los sombrados algunas mazorcas de maíz, representadoras de aquellas, espigas que desgranaban los Apóstoles para mantener las vidas, pasaron con serenidad de ánimo la fuerza de aquel contratiempo, aunque tal vez confusos con el recelo de que sus culpas fuesen la causa de que los tuviesen por lobos aquellas simples ovejas; pero serenóse la tempestad al fin de los tres meses. Rayó el sol despues de los nublados, y saliendo los indios de sus ocultos retiros, eran ya numerosísimos los concursos que asistían á sus sermones. Regalaban á sus maestros, y á voces pedian el bautismo. Oh portento de la misericordia divina que así imprimes las calidades de la cera en las que ayer fueron rebeldias del bronce! que hoy truecas en sementera de trigo candial el que ayer fué campo horroroso de espinas! Pero donde la gracia es la que siembra, y quien cultiva la perseverancia, qué otras cosechas podian prometerse los deseos?

Con este blando Favonio fué arraigando la fe en aquellas provincias. Creció la cristiandad, y fué nuestro Fr. Agustín de la Coruña dilatando la conversion de los gentiles, hasta encontrarse los pasos hermosos de su evangélico celo con las aguas del mar del Sur. Y para comprender lo que trabajó en esta conquista, baste saber que para la tierra que redujo al gremio de la iglesia, hoy que falta más de la mitad de los indios que habia entónces, se necesita de veinte religiosos de su Orden en diferentes doctrinas, de cuatro del Orden de predicadores y de doce clérigos, que administran otros tantos beneficios curdos. Acaecióle un dia el primero de la Pascua de Navidad, decir la primera misa en Chilapa, la segunda en Athlistaca, que dista seis leguas, y la tercera en Ilapa, que dista nueve de Athlistaca. Predicó en todas tres misas y administró sacramentos, y la última tenia ya dicha á las doce del dia, despues de, caminadas á pié quince leguas desde que acabó la primera, y esto por sendas y caminos tan ásperos y peligrosos, que quien los anda hoy en tres dias, reconoce no haber hecho poco, y besa la tierra en señal de haber escapado de la borrasca de aquellos peligros. Y es cosa cierta que de estas jornadas hizo muchas, no solamente en aquellas provincias sino en la de Popayan, visitándola como su Obispo; y refiérolo para que se vea que por estos pasos ascienden á las Mitras los que han apacentado rebaños en las Indias, y que si en la Europa para la visita de tierra llana hay carrozas y literas que facilitan las jornadas, en la América para las de ciento y doscientas leguas de riscos y montañas, todo el avío para que la Mitra camino consiste las más voces en que el báculo le sirva de báculo á la más anciana.

Fueron tambien muchas las batallas que en el discurso de sus misiones tuvo con el demonio disfrazado en ídolos de aquella gentilidad, y de todas salió victorioso,  pues el despojo de muchas almas que tenia prisioneras siempre, quedó para Dios: de que se originaba el buen olor de sus virtudes, que ya trascendia por todos los Reinos de la Nueva España, hasta que gastados veinte y cinco años en la conversion de más de setenta mil almas, se halló precisada la provincia de Méjico á elegirlo por su Provincial, sin que en su eleccion concurriese vóto que no fuese de justicia. Reformó la disciplina regular, que habia enfermado de resfrios, y determinóse á pasar á estos Reinos con otros dos Provinciales, para tomar asiento en las dificultades que sobre la administracion de las doctrinas se habian ofrecido entre los Obispos y Regulares, no por tener los Obispos peligroso celo de tener más almas á su cargo, quitando las doctrinas á los religiosos; ni por deseo de tener más que mandar dándoselas á los clérigos, como le pareció al Maestro Calancha, pues debia saber que no están más á cargo de los Obispos las almas que apacientan los unos que los otros; ni la administracion de los curatos puesta en los Regulares disminuyo un ápice de jurisdiccion sobre Párrocos y feligreses á los Obispos.

Partió al fin Fr. Agustín de la Coruña para estos Reinos de España, y en llegando á Sevilla por mayo de sesenta y uno, tuvo noticia de que el Rey lo tenia presentado á su Santidad para Obispo de Popayan. Tanto era el crédito que con aquel prudente Monarca le habia dado la fama de su virtud y letras, y por la sencillez de la verdad con que le comunicó las materias de Indias, le traslució el alma y la intencion que lo habian acreditado varon Apostólico: como tal rehusó la dignidad Episcopal en llegando los despachos de Roma; pero compulsado de la instancia de su Rey, no pudo excusarse. Hallábase por entónces cuidadoso de dar leyes municipales á los Reinos de Perú, donde por la mucha distancia que hay de aquellas costas á la Corte, no podian los Consejeros de Indias resolver á tiempo sobre los negocios que se ofrecían: flemas que habian relajado los estómagos ménos coléricos de los conquistadores: ademas, que la falta del conocimiento de los terrenos y de los que habitaban aquellas provincias, así españoles como indios, les causaba el continuado temor de encontrarse á cada paso con grandes inconvenientes.

Tenia el Rey elegido por su Virey de aquel Imperio á D. Francisco de Toledo, hijo  segundo del Conde de Oropesa, con la mira de fiar á su inteligencia y rectitud materia de tanto peso, y afianzaba el acierto en que le asistiesen personas que con desinteres y experiencia lo encaminasen en los puntos más dificultosos de reducir á ordenanzas: y como en las pocas veces que habló nuestro Obispo, reconociese el prudente Rey la gran comprension que tenia de todo y la facilidad con que sabia combinar el servicio de Dios y el suyo, mandóle que en sabiendo haber llegado D. Francisco de Toledo al Perú, saliese de su Obispado para la ciudad de Lima, y en ella le aconsejase con entereza en cuantas materias le comunicase para el buen gobierno de aquellos Reinos, asistiéndole así mismo en la visita general que habia de hacer de todos ellos, para hallarse más enterado en las conveniencias ó inconvenientes que pudiesen resultar de lo que obrase. Y lo que importó esta eleccion acertada veremos en la segunda parte, si las mismas ordenanzas en que influyó como primer móvil no bastaren á acreditarlo.

Con esta advertencia salió este Apostólico varen para su iglesia, habiéndose consagrado poco ántes, porque esta funcion reservada para Indias no retardase el gozo de que su esposa lo recibiese cuanto ántes, y así con la apresuracion que se ha dicho, tomó puerto en Cartagena, y en este año de sesenta y dos entró en Popayan, donde la fama que tantos años ántes le tenia acreditado, no desempeñó con las dichas que su llegada causó en aquella provincia y la de Antioquía, en desquite de la orfandad que habian padecido por falta de pastor que las apacentase, pues en él veían uno de los primitivos de la iglesia, y que apenas era llegado, cuando sus acciones lo empeñaron en que se mostrase limosnero ántes qué Prelado, cortés y cariñoso ántes que incomunicable y Severo: con lo primero se caza la benevolencia, y la severidad siempre fué reclamo para el recelo.

Angel de Dios llamaba á cualquier sacerdote con quien hablase, porque lo debian parecer en todo ó porque su candidez y humildad todo lo que debia ser lo daba por hecho, Al Maestro de Capilla de su iglesia de Popayan (que en la primera misa que asistió, le dimidió el Credo dejando el canto en el Homofactus est) le dijo, más con palabras de ruego que de imperio: Ángel de Dios, no hagais eso otra vez, pues no es bien nos priveís del recuerdo de la muerte y resurreccion de Cristo Señor nuestro y de los demas misterios que se contienen en la mitad del Credo. Confesaba de ordinario á sus súbditos en silla, que tenia destinada en la iglesia para el efecto, y deleitábase mucho en catequizar por su misma persona á los indios; porque, como él decia, no era justo que siendo él el pastor, fiase las ovejas de su rebaño á cuidado ageno. De esta ocupacion cariñosa, en que le experimentaron siempre los indios, nació aquel respeto amoroso con que los Pijaos contuvieron su ferocidad todo el tiempo que vivió, por no disgustarlo.

A estos principios de su gobierno se siguieron los del año de mil y quinientos y sesenta y tres, tan celebrado en la cristiandad por haberse concluido en él el Santo Concilio de Trento, y acaecióle en él al propósito de lo que vamos tratando, un caso bien particular en que mostró con prudencia santa el imperio que tiene la mansedumbre de los prelados para remediar lo que pudiera imposibilitar el rigor. Dijole un clérigo relajado que una india de mal vivir (de las que en aquellas provincias son bien conocidas por el nombre de mamas) habia hechizado á un hombre secular que la tenia encerrada en su casa viviendo en mal estado con ella: no siendo en la realidad celo de la honra de Dios el que le apremiaba á la denunciacion, sino impulso de celos bastardos que lo atormentaban, por haberlo dejado á él por el secular. Sintió la culpa de la india el buen Prelado como propia, agradecióle al clérigo la noticia que le daba y mandóle á un ministro llevase la india a su presencia. Ella, aunque llorosa, hubo de comparecer forzada: tenia el Obispo bajos los ojos, y sin levantarlos para verla, comenzó á afearle su culpa, diciéndole: que si la cometia por necesidad, él, de su renta, le daría lo necesario, porque no ofendiese más á su Criador, y si era de vicio, temiese mucho su condenacion, y más cuando para mayor desdicha suya se valía de hechizos y de tener pacto con el demonio de que debia afrentarse mucho, siendo redimida con la sangre de Jesucristo.

La india aumentaba sus lágrimas al poso que la reprension crecia, y bajando el manto de la cabeza (que en su idioma se llama Anaco) respondió humilde: que ella no sabia qué cosa fuesen hechizos: que si usaba de ellos, dijese aquel sacerdote que estaba presente y la habia acusado, dónde los tenia, pues para afirmarlo se gobernaba por el enojo que tenia con ella por haberse apartado de su amistad. Levantó los ojos entónces el Obispo para mirarla, y reparando en la extremada hermosura de la india y en la turbacion del sacerdote, á quien volvió á mirar despacio, díjole encandecido: Cómo es esto, ángel de Dios, que á su mismo Obispo quiere hacer alcahuete? El hechizo de la cara se lo dió el cielo á esta india, y quiebra el corazon que los sacerdotes busquen semejantes hechizos. Lloró la mujer enternecida, y lloró mucho, porque la miró Dios como Padre en su Pastor: y turbóse mucho más el sacerdote porque lo miraba Dios como Juez en la severidad de su Obispo, y cogiéndolo entre manos lo enmendó á fuerza de lágrimas. A la india la depositó en casa segura, y socorrida con liberal mano la sacó de la obscenidad de sus vicios, confesando todo el tiempo que vivió que á las limosnas y penitencias de aquel santo Prelado debia la reformacion de su vida.

Prosiguiendo en semejantes acciones, crecia más cada dia el conocimiento de sus virtudes; y como el ejercicio de ellas se lo debia á la religion en que se habia criado, comenzó á idear en la grandeza de su ánimo las fundaciones de dos Conventos de su Orden, el uno de religiosos calzados y el otro de religiosas con la advocacion de San Nicolas, para tener á la vista los aciertos de su sagrado instituto, que son los que de presente se conservan en la ciudad de Popayan, y consiguió fundar algunos años despues, porque las rentas del Obispado por aquel siglo no solamente pudieron facilitar estas obras piadosas, sino otras muchas que, sin perjuicio de los pobres de su obligacion, ganaron aplauso de heróicas, como diremos á su tiempo, cuando se trate de su vuelta de Lima y Cusco á Popayan por el año de sesenta y cuatro hasta el de noventa, en que murió dichoso, acabando perseguido y con tal turbacion de su Obispado, que á la falta de su persona falseó la sujecion de los indios Pijaos, asegurada hasta entónces en el respeto que le tenian, en cuya alteracion veremos empeñadas las fuerzas de todo el Nuevo Reino por más de veinte años, para el reparo de muchas ciudades que del incendio no escaparon más que el nombre, y para el castigo de una nacion que no hubiera pasado por su última ruina, á no tomar las armas contra sí misma con que pasaremos á fenecer los acaecimientos de este año.

Por diferente rumbo del que siguió la Flota y por el mes de Enero de este año, arribó á uno de los puertos de la costa de Carácas, cercano al lugar de Caraballeda, el Maese de campo Diego García de Parédes, que iba de estos Reinos por Gobernador de Popayan, merced que lo habia hecho el Rey en parte de satisfaccion de sus servicios y en premio del arte militar que tuvo en portarse con Lope de Aguirre hasta triunfar de su tiraniía, sin el costo de perder hombre alguno de su campo. Y como llegase tan ignorante de la sublevacion de los indios Carácas, cuanto deseoso de ver al Capitan Luis de Narváez, íntimo amigo suyo de quien le habian escrito asistia en uno de los pueblos de Caraballeda ó San Francisco, apénas mojó el ancla, cuando reconocido por algunos indios ladinos que llegaron á bordo y lo habian tratado en las ocasiones que habia estado en su provincia, maquinaron la traza de quitarle la vida, diciéndole la seguridad con que podia tomar tierra en tanto que llevasen la noticia de su llegada al Capitan Narváez que estaba la tierra adentro, á quien se la darian brevemente.

García de Parédes, que no deseaba otra cosa, saltó en tierra con algunos caballeros Estremeños que lo acompañaban, y los indios, por ejecutar más á su salvo la traicion, ofreciéronle algun refresco en una casa que estaba á la vista algo distante de la playa; á que los ardores del sol y la fuerza del cortesano ruego, los condujo sin más prevencion para su defensa que la que podian librar en las espadas. Pero qué podian prestar éstas contra mas de quinientos arcos que provinieron su emboscada, desde que para lograr su desinio los convidaron al desembarque? No hay quien ménos recatos observe que el valor, ni quien mienta más agasajos que un alevoso: más traiciones ha dispuesto la cobardia que el agravio; y á más héroes ha muerto la propia confianza que la valentía ajena. Aventuróse, pues, García de Parédes apresurado, y encontróse con los peligros de poco cauto: apénas tomó asiento con sus camaradas para el convite, cuando por todas partes se hallaron acometidos de la bárbara multitud que estaba de asecho en la montaña. No descubren arco en que no encuentren un riesgo, ni se esgrime macana sin que amenace una muerte: mas, qué harán los que no pueden fundar esperanza que no sea en la desesperacion? Válense de las espadas cuando ya lastimados de la flechería por su descuido, necesitan de librar su reparo en los arrojos.

Excedia en valor y destreza García de Parédes á sus compañeros, y como era el primero en los peligros, hallábase más herido que todos; cuantas veces bañado en sangre rompió por sus contrarios, otras tantas hizo recuerdo de las hazañas del padre. Muchas fueron las que obró éste sobre el puente de Garellano contra quinientos franceses; pero á mayores se alzan las que ejecutó el hijo, por la ménos favorable fortuna con que corrieron. Allí no acertó bala del enemigo con toda la grandeza del padre, y aquí no se dispara flecha que no lastime los alientos del hijo. Á no empeñarse tanto en la defensa de los amigos, pudiera muy bien escapar la vida retirándose hasta la playa; pero eligiendo la gloria de ampararlos hasta la muerte, despues que la dió á ochenta de sus contrarios, encontró con la suya, tan cubierto de flechas por todas partes, que sobre ellas se mantuvo el cuerpo por muchos dias sin tocar en la tierra.

Este fin lastimoso fué el que tuvo el Gobernador Diego García de Parédes, referido por un solo marinero que escapó de la refriega, y por los mismos indios, que despues de pacificados lo contestaban. Fué, como dijimos, hijo natural de aquel famoso Capitan de su mismo nombre, á quien italianos y franceses respetaron á porfía. Compitiéronse ambos en la valentía, aunque no en los aplausos, porque los teatros en que la representaron fueron muy desiguales. Excedió el padre al hijo en la fuerza, cuanto se adelantó el hijo al padre en la prudencia. Deslustróse la fama de aquél con los ímpetus del despecho, y atento este á las obligaciones de vasallo, revivió aquella fama que amancilló la impaciencia. Al primero empeñaba la cólera que dominaba en la prudencia, y al segundo lo desempeñó siempre la prudencia con que animaba su valentía. Pasó á las Indias con los Pizarros en demanda de aquel grande Imperio que D. Francisco dejaba descubierto, porque el amor de paisano lo arrastró á ejecutar ardimientos de buen estremeño. Halláse en los más arriesgados encuentros de la conquista, y siempre en la categoria de los más señalados; y aunque en el repartimiento de las conveniencias del Perú siempre hubiera tenido la parte de los más preferidos, reconocio tan vivamente las primeras centellas que saltaron del encuentro de Pizarro y Almagro, que previsto el fuego que amenazaban, se determinó á hurtar el cuerpo á los incendios que pudieran tiznar con el humo su fidelidad. Por eso se negó á las conveniencias en que peligraron tantos, y pasó al Nuevo Reino á buscar premios más moderados que lo asegurasen de sospechoso. En el libro de varones ilustres de las Indias hallará el curioso un compendio de sus hazañas, por ser uno de los que dieron asunto á obra tan erudita y bien trabajada. Dió principio á su fortuna con el gobierno de Popayan, y en lance que se le atajó el ejercicio del cargo, no me atrevo á resolver sí obró más la ventura que la desgracia.

En el capítulo cuarto de este libro dijimos cómo por culpas que imputaron al Capitan Luis de Manjarrés, que ejercía el oficio de Justicia Mayor de Santa Marta, sobre la invasion que el corsario Pedro Braques hizo en la ciudad, por fines del año de mil quinientos y cincuenta y cinco, le obligó el Consejo á que compareciese en estos Reinos, donde bien examinada su causa, y reconocido el agravio que se le habia hecho, resolvió desagraviado no solamente dándolo por libro de los cargos, sino haciéndolo presente para premiarlo á su tiempo. Con este despacho y otros favores conseguidos de la benevolencia de su Príncipe, salió de la Corte para las Indias: si bien tengo por más verosímil haberse detenido en ella hasta el año de sesenta y tres, en que fué proveido por Gobernador propietario de la misma provincia, en que parece no haberse atendido tanto á darle satisfaccion decorosa, como á que en ella encontrasen el castigo de su temor los mismos que injustamente le habian calumniado. Pero haya sido en este ó aquel tiempo, el Manjarrés pasó á Sevilla, donde halló á doña Ines de Godoy, mujer del Capitan Alvaro Suárez de Figueroa, natural de Badajoz, que asistia en la provincia de Santa Marta como uno de los segundos pobladores de ella.

Era doña Ines de Godoy nieta de doña Isabel Manjarrés, madre que fué del Adelantado D. Pedro de Ludeña y de D. Antonio de Ludeña, y por esta parte deudos muy cercanos del Gobernador Luis de Manjarrés; y con órden que para ella tenia del Capitan Alvaro Suárez, se llevó á la doña Ines y á doña Mencia de Figueroa, su hija, que despues casó en Tunja con el Capitan Gonzalo Suárez Rondon: y tomada tierra en Santa Marta por este mismo año, y luego inmediatamente la posecion de su gobierno, prosiguió en él con general aceptacion de los españoles y temor de los indios, hasta los fines del siguiente de sesenta y cuatro, en que murió, dejando claro testimonio de sus méritos heredados y adquiridos. Fué caballero de grande entendimiento y de genio docilísimo, prudente en las resoluciones de paz y guerra, incansable en los trabajos, y en las empresas muy diligente. Casó conforme á su calidad, y en sus sucesores se ha reconocido siempre el dictámen de mantener su nobleza en la igualdad de los casamientos que han hecho hasta los tiempos presentes. Por este modio se hallan unidas en ella la de los Carrillos, Carcamos y Oroscos de Córdoba, Moscosos y Rivadeneiras de Galicia, sin que en las provincias de Santa Marta y Rio de la Hacha, donde hay casas muy ilustres, haya alguna que con razon se desdeñe de reconocerla por la primera. Consérvase en la posesion de las encomiendas de la Ciénega y el Dulcino, con especial Cédula del Rey, para que en la vacante de los últimos poseedores no se provean sin dar primero noticia al Consejo; y finalmente dejé este famoso caudillo vinculada la cortesía y generosidad á sus descendientes, para que de tan seguras fincas jamas les faltasen réditos de estimacion.

Pasaron tambien en la misma flota que condujo á Luis de Manjarrés, el Maese de Campo Anton de Avalos y Luna, en quien recayó el cargo de Gobernador y Capitan general de la provincia de Cartagena, que ejerció con gran crédito: y el título de Justicia Mayor de los Muzos y Culimas se le despachó al Capitan D. Lope de Horosco, cuyos servicios, representados por la Real Audiencia de Santafé sobre los méritos de su sangre, le consiguieron ser el primero que obtuviese este cargo en propiedad, en el cual y otros mayores que administró en el discurso de su vida, mostró las ventajas con que su valor sabia obrar independiente de ajenos órdenes, aunque no le faltó parte de la mala fortuna que está vinculado á los Gobernadores de Santa Marta. Y para que la resolucion que habia tomado el Rey de su- brogar nuevos ministros en la Audiencia de Santafé, tuviese entero cumplimiento, arribó felizmente á Cartagena el Licenciado Juan López de Cepeda, Oidor más antiguo de la Española, que con la misma antigüedad estaba nombrado en lugar del Licenciado Grageda, quien saliendo libre de su residencia, habia de volver á ocupar la misma plaza que dejaba el Cepeda.

Era este caballero casado con doña Isabel de Rivera, y con ella entró en Santafé, y fué recibido al ejercicio de su plaza en diez y seis de Junio de este año en que vamos, y arrastrábalo su buen natural al deseo de que el Licenciado Grageda saliese de la residencia, que le habia de tomar sin cargo que retardase su ida á la Española; y como con su intencion cooperaban los buenos procedimientos que favorecían la parte del reo, y de la de los vecinos del Nuevo Reino estaba tan vivo el reconocimiento del beneficio que les habia hecho con la remision del Licenciado Montaño á Castilla, en que habia consistido la pasa que gozaban, no fué precisa diligencia alguna de parte del Juez para que la residencia corriese sin embarazo; pues aunque el Oidor Villafañe era bastante á pervertir cualquiera operacion que la facilitase, como todo su encono lo tenia vuelto al Licenciado Artiaga, y el Grageda, anteviendo la ocasion que le esperaba, le tenia templado el incendio con la poca resistencia que mostraba á sus dictámenes, y reducido á imitar la independencia con que se portaba el Oidor Angulo, dejaba correr los encuentros de los compañeros sin que se inclinase á parcialidad alguna de las que tenian introducidas en los vecinos, que por dependencia necesitaban de alguno de ellos, salió bien de todo, y con el despacho que le entregó el Cepeda, volvió á ejercer la misma plaza de que lo habian sacado seis años ántes para la de Santafé.

Desde el antecedente de sesenta y tres tuvieron los Oidores discurridas las conveciencias que tendría el fundar algunos lugares de españoles en la provincia de los Pantagoros, que facilitasen el tránsito por diferentes caminos á la de Popayan, y pudiesen refrenar el orgulló que mostraban sus naciones confinantes; y en su conformidad habian resuelto que el Capitan Domingo Lozano, con la gente y caballos que bastasen para la empresa, partiese luego á fundar dos villas en los sitios que más favorables pareciesen para el intento. Era la empresa de reputacion, no por las muestras que los terrenos habian dado entónces de minerales de plata y oro, sino por haberse de ejecutar con el riesgo de pelear con los Paezes y Yalcones, que estaban ligados con los Pijaos; pero no bastando cualquier peligro que amenazase á quien se habia criado entre ellos, como Domingo Lozano partió de Santafé con más de ciento y treinta hombres por fines de Diciembre, y esguazados el Patí, Fusagasuga y Cabrera, arribó al valle de Abirama, de la provincia de los Paezes, en términos de Popayan, y á sesenta leguas de S. Juan de los Llanos, y reconocido el pais y muchos indios que lo ocupaban, y no trataron de resistirle, fundó una villa, que llamó de S. Vicente de Páez, en trece de Enero de este año de sesenta y tres, en que dejando nombrados Alcaldes y Regidores y vecindad bastante á defenderla y á sugetar los indios para que se los encomendasen, revolvió aceleradamente al valle de Neiva, y á nueve leguas de la villa que hoy se conserva con este nombre, y á veinte de la ciudad de Tocaima, fundó otra que llamó de los Angeles, ejecutando las mismas diligencias que en la primera; aunque la una y otra, siendo las más inmediatas á recibir los primeros ímpetus de los indios Pijaos en el alzamiento general que hicieron el año de sesenta y dos, quedaron totalmente asoladas con lastimoso estrago de sus moradores, que al golpe de la macana y lanza confesaron la imprudencia de abandonar lo cierto por lo dudoso.

Así variaban los acaecimientos, gobernando con felicidad y aciertos el Licenciado Juan López de Cepeda, cuando por fines de este año de sesenta y tres tomó puerto en Cartagena el doctor Andres Diez Venero de Leiva, que iba proveido en la plaza de Presidente, Gobernador y Capitan general del Nuevo Reino de Granada, con la administracion del Real Patronato y regalías de Virey, siendo el primero que tomó posesion da aquellá dignidad en catorce años despues de fundada la Real Audiencia: y como llevaba á su cargo el ajusto de algunas quejas, que fomentadas del Oidor Villafañe habian dado en el Consejo los vecinos de aquella ciudad contra el Licenciado Artiaga, por agravios que decían haberles hecho en la visita, detúvose en oirlos todo el tiempo que bastó á retardar su entrada en Santafé, hasta el mes de febrero del año siguiente de sesenta y cuatro, donde lo dejaremos, tomando desde el dia de su entrada el principio de la segunda parte de esta historia, con el consuelo de haber salido de las resultas de un gobierno acéfalo tan continuado, de que resultó la variedad de inconvenientes que se han referido.

Y porque son dignas de mucho reparo algunas singularidades de las que contiene esta primera parte, y no será ocioso representarlas á los que miran con desestimados las operaciones de los primeros españoles que pasaron á Indias, la concluiré advirtiéndoles primeramente que las conquistas que en ellas hicieron contra indios desnudos, como ponderan, no fueron á tan poca costa que en los treinta y ocho años primeros de que he tratado, no muriesen en solo el Nuevo Reino, en jornadas, batallan y encuentros con los indios, dos mil ochocientos y cuarenta españoles de los muchos que entraron á conquistarlo; porque al valor de muchas naciones que lo habitaban, fué de poco embarazo el mayor alcance de las armas de fuego: y en la segunda parte severá haber excedido el número de los españoles muertos, al paso que crecía la disciplina militar de los indios desnudos. Y si el Inca Garcilaso en sus comentarios nota con ingenuidad el rigor con que se mataron unos á otros los primeros conquistadores del Perú, y cuán difícilmente se contaran pocos más de cuatro que acabasen de su muerte natural, como en castigo de la codicia ó tiranía con que obraron en sus conquistas, pudiendo acrecentar el número con Fernando Pizarro, Diego Centeno, Diego de Alvarado y D. Pedro Niño; por lo contrario se hallará que en las del Nuevo Reino no pasan de ocho los que de sus primeros y segundos descubridores murieron violentamente á manos de otros de su misma nacion, como se podrá ver en el fin que tuvieron el Gobernador Rodrigo Bastidas, su Teniente general Juan de Villafuerte, Pedro de Pórras, Antón García, el Capitan Gonzalo García Sorro, Pedro de Saucedo, Juan Gordo y Bartolomé Pérez: pues aunque tambien fueron de ellos el Licenciado Gallegos, el Gobernador Pedro de Ursua, el Capitan Juan de Cabrera, Pedro de Lerma, el Mariscal Jorge Robledo, el Comendador Sousa, Pedro de Puelles, Baltasar de Ledesma y Alvaro de Hoyon; estos más perecieron á las influencias malignas de la Estrella del Sur, que á los templados aspectos de la del Norte.

La tercera y última singularidad sea, por más que la atribuya la razon á la mucha altivez de sus conquistadores, que habiendo en el Nuevo Reino tantas mujeres, nobles, hijas y hermanas de Reyes, Caciques y Uzaques, que sin menoscabo de su lustre pudieran recibir por esposas los más nobles que pasaron á su conquista, como se practicó en las demas partes de la América, no se hallará que alguno de todos ellos casase con india, por más calificada que fuese; y no, á mi entender, porque notasen desigualdad en la sangre, sino porque mirándolas gentiles y en la sujecion de prisioneras, se desdeñó el pundonor castellano de recibir en consorcio á quien no asintiese á él con libertad de señora y educacion de católica, de que resultó ocurrir á Castilla los casados por sus mujeres y los que no lo eran á elegir de su misma nacion á las hijas ó parientas de aquéllos, ó á las que por otro accidente decoroso habian pasado á Indias, de quienes se fundaron las muchas casas de caballeros que ilustran el Nuevo Reino de Granada, cuya historia ménos oculta á las noticias, proseguiremos despues hasta el año de mil seiscientos y treinta.

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