CAPITULO IX
FÚNDASE LA CIUDAD DE S. VIGENTE DE PAEZ.-MÚDASE LA DE TRUJILLO.
MUERE GARCÍA DE PARÉDES Y TRATASE DE TODO LO ACAECIDO EN LAS
PROVINCIAS DEL NUEVO REINO, HASTA LA ENTRADA DEL PRIMER PRESIDENTE
VENERO DE LEIVA.
HABIENDO llegado á Mérida el Capitan Pedro Bravo de Molina, hizo
luego despacho á la Real Audiencia de Santafé, con la noticia de
todo lo sucedido en la muerte de Lope de Aguirre, que se recibió
por fines de Diciembre, con que dejadas las armas y entrado ya el
año de mil quinientos y sesenta y dos, famoso por el cerco que Luis
de Borbon á Paris, y más glorioso por el miserable estado en que
derrotado y preso lo pusieron los mosquetes españoles acaudillados
del gran Duque de Guisa, se trató luego de atender al expediente
del gobierno, para mantener la paz en que se hallaba el Reino; y
como concluida la guerra se volviese á descubrir el fuego de las
enemistades que por algunos meses habian escondido entre las
cenizas de su temor los Oidores Artiaga y Villafafie, resolvió
cuerdamente la Audiencia que el Licenciado Artiaga, más dócil y
ménos culpado en los encuentros, bajase á visitar á Santa Marta,
como se le habia ordenado desde el año antecedente, y manifestóse
la buena eleccion en las ocasiones de guerra en que lo puso la
intrepidez de los Taironas y Bondas, mostrándose en todas tan
diestro en las armas como prudente en la aplicacion de sus letras.
No específica el Licenciado Juan de Castellános encuentro alguno
que pueda yo trasladar á la pluma; pero infiérense algunos de gran
crédito, por lo que dice hablando de este ministro á los fines del
canto veinte y uno, en que prosigue:
Y aunque en fervor de juventud florida,
cabal, diligentísimo, bastante
para cualquier negocio de sustancia,
y no ménos brioso para guerra,
según manifestaron los efectos
en muchas ocaciones de la costa,
estando visitando las provincias
del mar de Santa Marta y Cartagena,
donde hizo servicios señalados.
En esta ocasion bajó en su compañía á la Costa Juan Martin
Hincapié, mancebo de veinte años, natural de la ciudad de Vélez,
hijo de otro de su mismo nombre, que pusimos en la lista de los
primeros conquistadores de Nicolas Fedreman y de doña Isabel, india
principal y sobrina del Cacique de Moniquirá, quien habiendo
asistido en todas las ocasiones de riesgo al Oidor Melchor Pérez de
Artiaga, ganó mucho crédito y dió claras señales de lo mucho que
obró despues en la guerra continuada de los Taironas y rebelion
general de la provincias llegando á ejercer los cargos de Capitan,
Sargento Mayor y Teniente General, aunque lo notaron siempre de
cruel en los castigos, como se dirá á su tiempo, cuando tratemos de
sus hazañas y de las del Sargento Mayor Gaspar de Soto, mulato
libre y natural de la ciudad de Santafé. Pero al Licenciado Artiaga
ninguna buena prenda de las que tuvo lo libró despues que vino á
Castilla, para que al reclamo de algunas quejas de los vecinos de
Cartagena, no se despachase Juez á residenciarle de nuevo, de que
salió con crédito y desengaños para dejar aquel camino peligroso
que habia seguido, y así, trocada la toga por los hábitos
eclesiásticos, consiguió la Abadia de Vulgosondo, donde murio con
buena fama; lo cual hemos querido anticipar, por no saber si la
historia nos dará ocasion para esta noticia, que habrán deseado
algunos interesados.
Partido de Santafé el Oidor Artiaga, y continuando la Audiencia
en dar expediente al gobierno que administraba, y atenta á lo que
convenia la conservacion de las dos ciudades de Muzo y Palma, tan
recíen pobladas, proveyó por Justicia Mayor de la Palma al Capitan.
D. Gutierre de Ovalle, de cuya noticia y servicios hemos hecho
memoria en otra parte, y quien con más conocimiento del terreno de
la provincia de los Culimas, mudó la ciudad al asiento en que hoy
permanece; y á la de Muzo, en que se recelaba alzamiento general de
los indica, ordenó partiese luego el Capitan Luis Lanchero, que ya
mejorado de salud con la mudanza de temple, afianzaba la seguridad
de cuanto se temia luego que los Múzos lo sintiesen dentro de su
país. Pero sabiendo que á pocos dias despues de llegado habia
muerto en la forma que dijimos en el capítulo séptimo de este
libro, dispusieron volviese otra vez el Capitan Juan de Olmos á
continuar el oficio de Justicia Mayor, en que dió bastánte
satisfaccion de la confianza que de su valor se hizo, y de la
igualdad con que lo habia mostrado en cuantas ocasiones lo pusieron
las dificultados de la conquista, desde que subió de la costa de
Santa Marta con el Mariscal Quesada.
Miéntras en Santafé se atendia á estas provisiones, y en
Cartagena continuaba su gobierno Juan de Bústos Villégas, que lo
tenia en propiedad, como dijimos, y en la de Mérida el cargo de
Justicia Mayor el Capitan Pedro Bravo de Molina, en la ciudad de
Tunja Gonzalo Rodríguez de Ledesma, en la de Pamplona Hortun
Velásquez de Velasco, y en las de Mariquita, Ibagué y Tocaima
Francisco Núñez Pedroso, sin acaecimiento especial político ni
militar de que deba dar noticia, llegó á Cartagena la flota en que
pasó don Pedro da Agreda, Gobernador nombrado en propiedad de la
provincia de Popayan para que sucediese á Luis de Guzman, que
tambien lo habia sido por el Rey, y con la resolucion que habia
tomado en lo tocante á la noticia que se le habia dado de lo
acaecido con Lope de Aguirre, que se redujo á despacharle titulo de
Mariscal de la provincia de Venezuela á Gutierre de la Peña,
premiándolo demas de esto con larga mano, así á él como al Capitan
Pedro Bravo de Molina, por la fineza y valor con que se habian
señalado en su servicio; y no pareciendo conveniente aprobar el
perdon que oir su Real nombre habia dado á los Marañones el
Gobernador Pablo Collado, cuyos buenos deseos quedaron olvidados,
se despacharon cédulas muy apretadas á todos los Reinos de las
Indias, para que con diligente cuidado se buscasen las reliquias de
aquel ejército, y aprisionados cuantos soldados hubiesen militado
con el tirano, se retirasen á Castilla.
Con este órden, que luego se divulgó por todas las provincias
del Nuevo Reino, se dió principio á la diligencia de buscarlos, y
ellos á la de ocultarse de suerte que no los hallasen, si bien no
se logró en todos, pues en la ciudad de Mérida fué preso y hecho
cuartos Pedro Sánchez Paniagua, Barrachel de campaña de Lope de
Aguirre y uno de los más culpados en su tiranía, y en la ciudad de
Pamplona puso tal cuidado el Justicia Mayor Hortun Velasco, que
hubo á las manos aquel Anton Llamoso, fiel amigo del tirano, que no
lo desamparó hasta la muerte, y el que degenerando de racional por
satisfacerlo de que no habia cooperado con Martin Pérez, su Maese
de Campo, á quien le mostraron muerto, no asqueó beberle la sangre
por las heridas de la cabeza despedazada. A Francisco de Santiago,
caballero del hábito de Cristo, se le despachó provision por la
Real Audiencia de Santafé para el mismo efecto, y logróse su celo
prendiendo á Francisco de Carrion, alguacil mayor del tirano, á su
gran confidente Francisco de Aguirre, á Roberto de Susaya, su
Capitan de la guardia al Capitan Diego Tirado, á García de Chávez,
A Diego Sánchez de Balboa y á un portugues, que de camarada se iban
al Perú, y los castigaron de suerte que ni ellos ni otros que por
su diligencia escaparon de caer en poder de la justicia, osaron
parecer más en público, ni usar de los nombres que de ántes
tenian.
En la misma flota que llevó estos despachos, pasaron tambien al
Nuevo Reino de Granada, aquellos dos apostólicos misioneros S Luis
Beltran y Fr. Luis Vero, de quienes hemos hecho breve insinuacion
en el capítulo sexto del libro antecedente, y trataremos más
latamente en su lugar, dejándolos por ahora en la ciudad de
Cartagena, manifestando las primeras luces de su doctrina, miéntras
nos llaman las de otro insigne varon, que para el colmo de las
felicidades que por aquellos tiempos gozaban las Indias, pasó en la
misma ocasion por Obispo de Popayan. Este fué D. Fr. Agustín de la
Coruña, á quien generalmente llaman el Obispo Santo, siendo
innumerables los elogios que de este vaso escogido da Dios para que
llevase su nombre á los mayores tres Reinos de aquellos
Occidentales, escriben los cronistas de Judias; y podráse rastrear
algo de lo mucho que en él depositó la gracia, en las cortas
cláusulas del maestro Gil González de Avila, pues llegando á
proponer tres prelados de los mejores que han tenido las Indias,
para que sirvan de vivos ejemplares á los que les sucedieren, ocupa
éste, de quien hablamos, el primer lugar en la graduacion que de él
hace con el Santo D. Toribio Alfonso Malgrobejo y con el doctor D.
Fernando Arias de Ugarte, para que por las virtudes de los segundos
se conozca la santidad del primero.
Los maestros Grijalba y Calancha, en sus Crónicas de Méjico y
del Perú, por más que se dilatan, quedan cortos en su alabanza, á
juicio de los que gozaron más inmediatamente la noticia de las
virtudes que aquel insigne prelado manifestó en las últimas
llamaradas qua dió su corazon ardiente entre los incendios del amor
divino. Algunas bien singulares, de que no tuvieron noticia estos
dos historiadores, se refieren en el libro que de su viaje del
mundo compuso el Licenciado Pedro de Cebállos Ordóñez, Gobernador
que fué de Popayán, pocos dias despues de su muerte; y sin dilatar
la pluma sobre el escrito, compendiaré solamente en esta primera
parte lo que obró desde su nacimiento hasta el año de sesenta y
cuatro, dejando para la segunda los empleos restantes de su vida en
el Nuevo Reino de Granada y en los del Perú, donde mostraré la
última carrera de espinas y trabajos por donde corrió á ganar la
corona del primitivo Padre de la Iglesia, sin que su mansedumbre
bastase á serenar la borrasca de persecuciones que con ajamiento de
su dignidad movió contra su persona el celo imprudente de los
primeros ministros de la Real Audiencia de Quito.
Nació, pues en ha villa de la Coruña del Conde hijo legítimo de
Hernando de Coruña y de Catalina de Velasco, y llamóse en sus
primeros años Agustin de Gormáz, tan inclinado á buscar el camino
del cielo, que tomó el hábito de la religion del gran Padre S.
Agustín el año de mil quinientos y veinte y cinco, y al siguiente
profesó en manos de Santo Tomas de Villanueva, anuncio claro de sus
virtudes futuras; y en los años que corrieron hasta el de treinta y
tres aprovechó tanto en los estudios y disciplina regular, que
mereció por lo uno y otro ser elegido por uno de los siete
compañeros del venerable Padre Fr. Francisco de la Cruz, á quien se
le encargó, por lo tocante á su órden, la promulgacion del
Evangelio en el dilatado Imperio de Méjico. Y aunque no falta
escritor que diga haber pasado la primera vez á Indias por el año
de mil quinientos y cincuenta y cuatro, no se compadece con la
verdad tan asentada de haberse ocupado en su mision más de veinte y
cinco años, ni contesta con las Crónicas de los maestros Grijalba y
Calancha, que más enterados del tiempo, ponen su tránsito á Indias
el año de treinta y tres, de que se infiere haber sido yerro de la
imprenta del libro, donde por número y no por letra está puesto el
año, y por el número 34 pusieron 54.
Habiendo, pues, llegado á Méjico Fr. Agustin de la Coruña, dió
luego señales de su espíritu y letras, en el primer sermon que le
hicieron predicar en el religiosísimo convento de su órden de
aquella ciudad, y queriendo mis prelados aprovechar la ocasion que
tenian en las manos, miéntras se disponía la de pasar á la mision,
lo ocuparon en una de las cátedras de Teología, donde leyó las
materias de fe, esperanza y caridad; y lo que parece de todas las
acciones de su vida, es no haber cursado en otras, seguir lo que
aprovechó á cuantos se alimentaron de su doctrina, y se aprovechó á
sí mismo con estas virtudes: pues juzgo piadosamente que en la de
caridad prosigue con los ardientes afectos que se practican en
aquella universidad, donde no tienen cabida las de la fe y
esperanza. Luego que acabo de leer estas materas, que fué por fines
del mismo año que entró en Méjico, se partió á la conquista
espiritual de las provincias de Ilapa y Chilapa, que le cayeron en
suerte, donde en pocos dias aprendió el idioma mejicano, siendo el
primor obrero que lo supo hablar con perfeccion: á cuya novedad
concurrian tropas de indios, unos llevados de vana curiosidad, y
otros del atractivo de la celestial doctrina que les predicaba;
pero el demonio, mal sufrido de caer del imperio que por tantos
siglos habia ejercido sobre aquellos bárbaros, conmovió á los más
principales Caciques á que promulgasen un edicto general condonando
á muerte á cuantos por noveleros y quebrantadores de sus antiguos
ritos oyesen predicar á tan prodigioso varon.
Con el temor de incurrir en la pena calmó el auditorio, y
pasáronse más de tres meses sin que indio alguno lo buscase, ni
buscado lo quisiese hospedar ni oír, dejándolo por esto medio á las
inclemencias del tiempo, sin otro reparo para los frios en que se
helaba, que el de su ardiente caridad, que más lo encendia. Hallóse
tambien en estos dias tan falto de alimento, así él como su
compañero Fr. Gerónimo de S. Estévan, que aplicándose éste á
conducir agua, y nuestro Fr. Agustín á cargar leña, y ambos juntos
á coger de los sombrados algunas mazorcas de maíz, representadoras
de aquellas, espigas que desgranaban los Apóstoles para mantener
las vidas, pasaron con serenidad de ánimo la fuerza de aquel
contratiempo, aunque tal vez confusos con el recelo de que sus
culpas fuesen la causa de que los tuviesen por lobos aquellas
simples ovejas; pero serenóse la tempestad al fin de los tres
meses. Rayó el sol despues de los nublados, y saliendo los indios
de sus ocultos retiros, eran ya numerosísimos los concursos que
asistían á sus sermones. Regalaban á sus maestros, y á voces pedian
el bautismo. Oh portento de la misericordia divina que así imprimes
las calidades de la cera en las que ayer fueron rebeldias del
bronce! que hoy truecas en sementera de trigo candial el que ayer
fué campo horroroso de espinas! Pero donde la gracia es la que
siembra, y quien cultiva la perseverancia, qué otras cosechas
podian prometerse los deseos?
Con este blando Favonio fué arraigando la fe en aquellas
provincias. Creció la cristiandad, y fué nuestro Fr. Agustín de la
Coruña dilatando la conversion de los gentiles, hasta encontrarse
los pasos hermosos de su evangélico celo con las aguas del mar del
Sur. Y para comprender lo que trabajó en esta conquista, baste
saber que para la tierra que redujo al gremio de la iglesia, hoy
que falta más de la mitad de los indios que habia entónces, se
necesita de veinte religiosos de su Orden en diferentes doctrinas,
de cuatro del Orden de predicadores y de doce clérigos, que
administran otros tantos beneficios curdos. Acaecióle un dia el
primero de la Pascua de Navidad, decir la primera misa en Chilapa,
la segunda en Athlistaca, que dista seis leguas, y la tercera en
Ilapa, que dista nueve de Athlistaca. Predicó en todas tres misas y
administró sacramentos, y la última tenia ya dicha á las doce del
dia, despues de, caminadas á pié quince leguas desde que acabó la
primera, y esto por sendas y caminos tan ásperos y peligrosos, que
quien los anda hoy en tres dias, reconoce no haber hecho poco, y
besa la tierra en señal de haber escapado de la borrasca de
aquellos peligros. Y es cosa cierta que de estas jornadas hizo
muchas, no solamente en aquellas provincias sino en la de Popayan,
visitándola como su Obispo; y refiérolo para que se vea que por
estos pasos ascienden á las Mitras los que han apacentado rebaños
en las Indias, y que si en la Europa para la visita de tierra llana
hay carrozas y literas que facilitan las jornadas, en la América
para las de ciento y doscientas leguas de riscos y montañas, todo
el avío para que la Mitra camino consiste las más voces en que el
báculo le sirva de báculo á la más anciana.
Fueron tambien muchas las batallas que en el discurso de sus
misiones tuvo con el demonio disfrazado en ídolos de aquella
gentilidad, y de todas salió victorioso, pues el despojo de muchas
almas que tenia prisioneras siempre, quedó para Dios: de que se
originaba el buen olor de sus virtudes, que ya trascendia por todos
los Reinos de la Nueva España, hasta que gastados veinte y cinco
años en la conversion de más de setenta mil almas, se halló
precisada la provincia de Méjico á elegirlo por su Provincial, sin
que en su eleccion concurriese vóto que no fuese de justicia.
Reformó la disciplina regular, que habia enfermado de resfrios, y
determinóse á pasar á estos Reinos con otros dos Provinciales, para
tomar asiento en las dificultades que sobre la administracion de
las doctrinas se habian ofrecido entre los Obispos y Regulares, no
por tener los Obispos peligroso celo de tener más almas á su cargo,
quitando las doctrinas á los religiosos; ni por deseo de tener más
que mandar dándoselas á los clérigos, como le pareció al Maestro
Calancha, pues debia saber que no están más á cargo de los Obispos
las almas que apacientan los unos que los otros; ni la
administracion de los curatos puesta en los Regulares disminuyo un
ápice de jurisdiccion sobre Párrocos y feligreses á los
Obispos.
Partió al fin Fr. Agustín de la Coruña para estos Reinos de
España, y en llegando á Sevilla por mayo de sesenta y uno, tuvo
noticia de que el Rey lo tenia presentado á su Santidad para Obispo
de Popayan. Tanto era el crédito que con aquel prudente Monarca le
habia dado la fama de su virtud y letras, y por la sencillez de la
verdad con que le comunicó las materias de Indias, le traslució el
alma y la intencion que lo habian acreditado varon Apostólico: como
tal rehusó la dignidad Episcopal en llegando los despachos de Roma;
pero compulsado de la instancia de su Rey, no pudo excusarse.
Hallábase por entónces cuidadoso de dar leyes municipales á los
Reinos de Perú, donde por la mucha distancia que hay de aquellas
costas á la Corte, no podian los Consejeros de Indias resolver á
tiempo sobre los negocios que se ofrecían: flemas que habian
relajado los estómagos ménos coléricos de los conquistadores:
ademas, que la falta del conocimiento de los terrenos y de los que
habitaban aquellas provincias, así españoles como indios, les
causaba el continuado temor de encontrarse á cada paso con grandes
inconvenientes.
Tenia el Rey elegido por su Virey de aquel Imperio á D.
Francisco de Toledo, hijo segundo del Conde de Oropesa, con la
mira de fiar á su inteligencia y rectitud materia de tanto peso, y
afianzaba el acierto en que le asistiesen personas que con
desinteres y experiencia lo encaminasen en los puntos más
dificultosos de reducir á ordenanzas: y como en las pocas veces que
habló nuestro Obispo, reconociese el prudente Rey la gran
comprension que tenia de todo y la facilidad con que sabia combinar
el servicio de Dios y el suyo, mandóle que en sabiendo haber
llegado D. Francisco de Toledo al Perú, saliese de su Obispado para
la ciudad de Lima, y en ella le aconsejase con entereza en cuantas
materias le comunicase para el buen gobierno de aquellos Reinos,
asistiéndole así mismo en la visita general que habia de hacer de
todos ellos, para hallarse más enterado en las conveniencias ó
inconvenientes que pudiesen resultar de lo que obrase. Y lo que
importó esta eleccion acertada veremos en la segunda parte, si las
mismas ordenanzas en que influyó como primer móvil no bastaren á
acreditarlo.
Con esta advertencia salió este Apostólico varen para su
iglesia, habiéndose consagrado poco ántes, porque esta funcion
reservada para Indias no retardase el gozo de que su esposa lo
recibiese cuanto ántes, y así con la apresuracion que se ha dicho,
tomó puerto en Cartagena, y en este año de sesenta y dos entró en
Popayan, donde la fama que tantos años ántes le tenia acreditado,
no desempeñó con las dichas que su llegada causó en aquella
provincia y la de Antioquía, en desquite de la orfandad que habian
padecido por falta de pastor que las apacentase, pues en él veían
uno de los primitivos de la iglesia, y que apenas era llegado,
cuando sus acciones lo empeñaron en que se mostrase limosnero ántes
qué Prelado, cortés y cariñoso ántes que incomunicable y Severo:
con lo primero se caza la benevolencia, y la severidad siempre fué
reclamo para el recelo.
Angel de Dios llamaba á cualquier sacerdote con quien hablase,
porque lo debian parecer en todo ó porque su candidez y humildad
todo lo que debia ser lo daba por hecho, Al Maestro de Capilla de
su iglesia de Popayan (que en la primera misa que asistió, le
dimidió el Credo dejando el canto en el Homofactus est) le dijo,
más con palabras de ruego que de imperio: Ángel de Dios, no hagais
eso otra vez, pues no es bien nos priveís del recuerdo de la muerte
y resurreccion de Cristo Señor nuestro y de los demas misterios que
se contienen en la mitad del Credo. Confesaba de ordinario á sus
súbditos en silla, que tenia destinada en la iglesia para el
efecto, y deleitábase mucho en catequizar por su misma persona á
los indios; porque, como él decia, no era justo que siendo él el
pastor, fiase las ovejas de su rebaño á cuidado ageno. De esta
ocupacion cariñosa, en que le experimentaron siempre los indios,
nació aquel respeto amoroso con que los Pijaos contuvieron su
ferocidad todo el tiempo que vivió, por no disgustarlo.
A estos principios de su gobierno se siguieron los del año de
mil y quinientos y sesenta y tres, tan celebrado en la cristiandad
por haberse concluido en él el Santo Concilio de Trento, y
acaecióle en él al propósito de lo que vamos tratando, un caso bien
particular en que mostró con prudencia santa el imperio que tiene
la mansedumbre de los prelados para remediar lo que pudiera
imposibilitar el rigor. Dijole un clérigo relajado que una india de
mal vivir (de las que en aquellas provincias son bien conocidas por
el nombre de mamas) habia hechizado á un hombre secular que la
tenia encerrada en su casa viviendo en mal estado con ella: no
siendo en la realidad celo de la honra de Dios el que le apremiaba
á la denunciacion, sino impulso de celos bastardos que lo
atormentaban, por haberlo dejado á él por el secular. Sintió la
culpa de la india el buen Prelado como propia, agradecióle al
clérigo la noticia que le daba y mandóle á un ministro llevase la
india a su presencia. Ella, aunque llorosa, hubo de comparecer
forzada: tenia el Obispo bajos los ojos, y sin levantarlos para
verla, comenzó á afearle su culpa, diciéndole: que si la cometia
por necesidad, él, de su renta, le daría lo necesario, porque no
ofendiese más á su Criador, y si era de vicio, temiese mucho su
condenacion, y más cuando para mayor desdicha suya se valía de
hechizos y de tener pacto con el demonio de que debia afrentarse
mucho, siendo redimida con la sangre de Jesucristo.
La india aumentaba sus lágrimas al poso que la reprension
crecia, y bajando el manto de la cabeza (que en su idioma se llama
Anaco) respondió humilde: que ella no sabia qué cosa fuesen
hechizos: que si usaba de ellos, dijese aquel sacerdote que estaba
presente y la habia acusado, dónde los tenia, pues para afirmarlo
se gobernaba por el enojo que tenia con ella por haberse apartado
de su amistad. Levantó los ojos entónces el Obispo para mirarla, y
reparando en la extremada hermosura de la india y en la turbacion
del sacerdote, á quien volvió á mirar despacio, díjole encandecido:
Cómo es esto, ángel de Dios, que á su mismo Obispo quiere hacer
alcahuete? El hechizo de la cara se lo dió el cielo á esta india, y
quiebra el corazon que los sacerdotes busquen semejantes hechizos.
Lloró la mujer enternecida, y lloró mucho, porque la miró Dios como
Padre en su Pastor: y turbóse mucho más el sacerdote porque lo
miraba Dios como Juez en la severidad de su Obispo, y cogiéndolo
entre manos lo enmendó á fuerza de lágrimas. A la india la depositó
en casa segura, y socorrida con liberal mano la sacó de la
obscenidad de sus vicios, confesando todo el tiempo que vivió que á
las limosnas y penitencias de aquel santo Prelado debia la
reformacion de su vida.
Prosiguiendo en semejantes acciones, crecia más cada dia el
conocimiento de sus virtudes; y como el ejercicio de ellas se lo
debia á la religion en que se habia criado, comenzó á idear en la
grandeza de su ánimo las fundaciones de dos Conventos de su Orden,
el uno de religiosos calzados y el otro de religiosas con la
advocacion de San Nicolas, para tener á la vista los aciertos de su
sagrado instituto, que son los que de presente se conservan en la
ciudad de Popayan, y consiguió fundar algunos años despues, porque
las rentas del Obispado por aquel siglo no solamente pudieron
facilitar estas obras piadosas, sino otras muchas que, sin
perjuicio de los pobres de su obligacion, ganaron aplauso de
heróicas, como diremos á su tiempo, cuando se trate de su vuelta de
Lima y Cusco á Popayan por el año de sesenta y cuatro hasta el de
noventa, en que murió dichoso, acabando perseguido y con tal
turbacion de su Obispado, que á la falta de su persona falseó la
sujecion de los indios Pijaos, asegurada hasta entónces en el
respeto que le tenian, en cuya alteracion veremos empeñadas las
fuerzas de todo el Nuevo Reino por más de veinte años, para el
reparo de muchas ciudades que del incendio no escaparon más que el
nombre, y para el castigo de una nacion que no hubiera pasado por
su última ruina, á no tomar las armas contra sí misma con que
pasaremos á fenecer los acaecimientos de este año.
Por diferente rumbo del que siguió la Flota y por el mes de
Enero de este año, arribó á uno de los puertos de la costa de
Carácas, cercano al lugar de Caraballeda, el Maese de campo Diego
García de Parédes, que iba de estos Reinos por Gobernador de
Popayan, merced que lo habia hecho el Rey en parte de satisfaccion
de sus servicios y en premio del arte militar que tuvo en portarse
con Lope de Aguirre hasta triunfar de su tiraniía, sin el costo de
perder hombre alguno de su campo. Y como llegase tan ignorante de
la sublevacion de los indios Carácas, cuanto deseoso de ver al
Capitan Luis de Narváez, íntimo amigo suyo de quien le habian
escrito asistia en uno de los pueblos de Caraballeda ó San
Francisco, apénas mojó el ancla, cuando reconocido por algunos
indios ladinos que llegaron á bordo y lo habian tratado en las
ocasiones que habia estado en su provincia, maquinaron la traza de
quitarle la vida, diciéndole la seguridad con que podia tomar
tierra en tanto que llevasen la noticia de su llegada al Capitan
Narváez que estaba la tierra adentro, á quien se la darian
brevemente.
García de Parédes, que no deseaba otra cosa, saltó en tierra con
algunos caballeros Estremeños que lo acompañaban, y los indios, por
ejecutar más á su salvo la traicion, ofreciéronle algun refresco en
una casa que estaba á la vista algo distante de la playa; á que los
ardores del sol y la fuerza del cortesano ruego, los condujo sin
más prevencion para su defensa que la que podian librar en las
espadas. Pero qué podian prestar éstas contra mas de quinientos
arcos que provinieron su emboscada, desde que para lograr su
desinio los convidaron al desembarque? No hay quien ménos recatos
observe que el valor, ni quien mienta más agasajos que un alevoso:
más traiciones ha dispuesto la cobardia que el agravio; y á más
héroes ha muerto la propia confianza que la valentía ajena.
Aventuróse, pues, García de Parédes apresurado, y encontróse con
los peligros de poco cauto: apénas tomó asiento con sus camaradas
para el convite, cuando por todas partes se hallaron acometidos de
la bárbara multitud que estaba de asecho en la montaña. No
descubren arco en que no encuentren un riesgo, ni se esgrime macana
sin que amenace una muerte: mas, qué harán los que no pueden fundar
esperanza que no sea en la desesperacion? Válense de las espadas
cuando ya lastimados de la flechería por su descuido, necesitan de
librar su reparo en los arrojos.
Excedia en valor y destreza García de Parédes á sus compañeros,
y como era el primero en los peligros, hallábase más herido que
todos; cuantas veces bañado en sangre rompió por sus contrarios,
otras tantas hizo recuerdo de las hazañas del padre. Muchas fueron
las que obró éste sobre el puente de Garellano contra quinientos
franceses; pero á mayores se alzan las que ejecutó el hijo, por la
ménos favorable fortuna con que corrieron. Allí no acertó bala del
enemigo con toda la grandeza del padre, y aquí no se dispara flecha
que no lastime los alientos del hijo. Á no empeñarse tanto en la
defensa de los amigos, pudiera muy bien escapar la vida retirándose
hasta la playa; pero eligiendo la gloria de ampararlos hasta la
muerte, despues que la dió á ochenta de sus contrarios, encontró
con la suya, tan cubierto de flechas por todas partes, que sobre
ellas se mantuvo el cuerpo por muchos dias sin tocar en la
tierra.
Este fin lastimoso fué el que tuvo el Gobernador Diego García de
Parédes, referido por un solo marinero que escapó de la refriega, y
por los mismos indios, que despues de pacificados lo contestaban.
Fué, como dijimos, hijo natural de aquel famoso Capitan de su mismo
nombre, á quien italianos y franceses respetaron á porfía.
Compitiéronse ambos en la valentía, aunque no en los aplausos,
porque los teatros en que la representaron fueron muy desiguales.
Excedió el padre al hijo en la fuerza, cuanto se adelantó el hijo
al padre en la prudencia. Deslustróse la fama de aquél con los
ímpetus del despecho, y atento este á las obligaciones de vasallo,
revivió aquella fama que amancilló la impaciencia. Al primero
empeñaba la cólera que dominaba en la prudencia, y al segundo lo
desempeñó siempre la prudencia con que animaba su valentía. Pasó á
las Indias con los Pizarros en demanda de aquel grande Imperio que
D. Francisco dejaba descubierto, porque el amor de paisano lo
arrastró á ejecutar ardimientos de buen estremeño. Halláse en los
más arriesgados encuentros de la conquista, y siempre en la
categoria de los más señalados; y aunque en el repartimiento de las
conveniencias del Perú siempre hubiera tenido la parte de los más
preferidos, reconocio tan vivamente las primeras centellas que
saltaron del encuentro de Pizarro y Almagro, que previsto el fuego
que amenazaban, se determinó á hurtar el cuerpo á los incendios que
pudieran tiznar con el humo su fidelidad. Por eso se negó á las
conveniencias en que peligraron tantos, y pasó al Nuevo Reino á
buscar premios más moderados que lo asegurasen de sospechoso. En el
libro de varones ilustres de las Indias hallará el curioso un
compendio de sus hazañas, por ser uno de los que dieron asunto á
obra tan erudita y bien trabajada. Dió principio á su fortuna con
el gobierno de Popayan, y en lance que se le atajó el ejercicio del
cargo, no me atrevo á resolver sí obró más la ventura que la
desgracia.
En el capítulo cuarto de este libro dijimos cómo por culpas que
imputaron al Capitan Luis de Manjarrés, que ejercía el oficio de
Justicia Mayor de Santa Marta, sobre la invasion que el corsario
Pedro Braques hizo en la ciudad, por fines del año de mil
quinientos y cincuenta y cinco, le obligó el Consejo á que
compareciese en estos Reinos, donde bien examinada su causa, y
reconocido el agravio que se le habia hecho, resolvió desagraviado
no solamente dándolo por libro de los cargos, sino haciéndolo
presente para premiarlo á su tiempo. Con este despacho y otros
favores conseguidos de la benevolencia de su Príncipe, salió de la
Corte para las Indias: si bien tengo por más verosímil haberse
detenido en ella hasta el año de sesenta y tres, en que fué
proveido por Gobernador propietario de la misma provincia, en que
parece no haberse atendido tanto á darle satisfaccion decorosa,
como á que en ella encontrasen el castigo de su temor los mismos
que injustamente le habian calumniado. Pero haya sido en este ó
aquel tiempo, el Manjarrés pasó á Sevilla, donde halló á doña Ines
de Godoy, mujer del Capitan Alvaro Suárez de Figueroa, natural de
Badajoz, que asistia en la provincia de Santa Marta como uno de los
segundos pobladores de ella.
Era doña Ines de Godoy nieta de doña Isabel Manjarrés, madre que
fué del Adelantado D. Pedro de Ludeña y de D. Antonio de Ludeña, y
por esta parte deudos muy cercanos del Gobernador Luis de
Manjarrés; y con órden que para ella tenia del Capitan Alvaro
Suárez, se llevó á la doña Ines y á doña Mencia de Figueroa, su
hija, que despues casó en Tunja con el Capitan Gonzalo Suárez
Rondon: y tomada tierra en Santa Marta por este mismo año, y luego
inmediatamente la posecion de su gobierno, prosiguió en él con
general aceptacion de los españoles y temor de los indios, hasta
los fines del siguiente de sesenta y cuatro, en que murió, dejando
claro testimonio de sus méritos heredados y adquiridos. Fué
caballero de grande entendimiento y de genio docilísimo, prudente
en las resoluciones de paz y guerra, incansable en los trabajos, y
en las empresas muy diligente. Casó conforme á su calidad, y en sus
sucesores se ha reconocido siempre el dictámen de mantener su
nobleza en la igualdad de los casamientos que han hecho hasta los
tiempos presentes. Por este modio se hallan unidas en ella la de
los Carrillos, Carcamos y Oroscos de Córdoba, Moscosos y
Rivadeneiras de Galicia, sin que en las provincias de Santa Marta y
Rio de la Hacha, donde hay casas muy ilustres, haya alguna que con
razon se desdeñe de reconocerla por la primera. Consérvase en la
posesion de las encomiendas de la Ciénega y el Dulcino, con
especial Cédula del Rey, para que en la vacante de los últimos
poseedores no se provean sin dar primero noticia al Consejo; y
finalmente dejé este famoso caudillo vinculada la cortesía y
generosidad á sus descendientes, para que de tan seguras fincas
jamas les faltasen réditos de estimacion.
Pasaron tambien en la misma flota que condujo á Luis de
Manjarrés, el Maese de Campo Anton de Avalos y Luna, en quien
recayó el cargo de Gobernador y Capitan general de la provincia de
Cartagena, que ejerció con gran crédito: y el título de Justicia
Mayor de los Muzos y Culimas se le despachó al Capitan D. Lope de
Horosco, cuyos servicios, representados por la Real Audiencia de
Santafé sobre los méritos de su sangre, le consiguieron ser el
primero que obtuviese este cargo en propiedad, en el cual y otros
mayores que administró en el discurso de su vida, mostró las
ventajas con que su valor sabia obrar independiente de ajenos
órdenes, aunque no le faltó parte de la mala fortuna que está
vinculado á los Gobernadores de Santa Marta. Y para que la
resolucion que habia tomado el Rey de su- brogar nuevos ministros
en la Audiencia de Santafé, tuviese entero cumplimiento, arribó
felizmente á Cartagena el Licenciado Juan López de Cepeda, Oidor
más antiguo de la Española, que con la misma antigüedad estaba
nombrado en lugar del Licenciado Grageda, quien saliendo libre de
su residencia, habia de volver á ocupar la misma plaza que dejaba
el Cepeda.
Era este caballero casado con doña Isabel de Rivera, y con ella
entró en Santafé, y fué recibido al ejercicio de su plaza en diez y
seis de Junio de este año en que vamos, y arrastrábalo su buen
natural al deseo de que el Licenciado Grageda saliese de la
residencia, que le habia de tomar sin cargo que retardase su ida á
la Española; y como con su intencion cooperaban los buenos
procedimientos que favorecían la parte del reo, y de la de los
vecinos del Nuevo Reino estaba tan vivo el reconocimiento del
beneficio que les habia hecho con la remision del Licenciado
Montaño á Castilla, en que habia consistido la pasa que gozaban, no
fué precisa diligencia alguna de parte del Juez para que la
residencia corriese sin embarazo; pues aunque el Oidor Villafañe
era bastante á pervertir cualquiera operacion que la facilitase,
como todo su encono lo tenia vuelto al Licenciado Artiaga, y el
Grageda, anteviendo la ocasion que le esperaba, le tenia templado
el incendio con la poca resistencia que mostraba á sus dictámenes,
y reducido á imitar la independencia con que se portaba el Oidor
Angulo, dejaba correr los encuentros de los compañeros sin que se
inclinase á parcialidad alguna de las que tenian introducidas en
los vecinos, que por dependencia necesitaban de alguno de ellos,
salió bien de todo, y con el despacho que le entregó el Cepeda,
volvió á ejercer la misma plaza de que lo habian sacado seis años
ántes para la de Santafé.
Desde el antecedente de sesenta y tres tuvieron los Oidores
discurridas las conveciencias que tendría el fundar algunos lugares
de españoles en la provincia de los Pantagoros, que facilitasen el
tránsito por diferentes caminos á la de Popayan, y pudiesen
refrenar el orgulló que mostraban sus naciones confinantes; y en su
conformidad habian resuelto que el Capitan Domingo Lozano, con la
gente y caballos que bastasen para la empresa, partiese luego á
fundar dos villas en los sitios que más favorables pareciesen para
el intento. Era la empresa de reputacion, no por las muestras que
los terrenos habian dado entónces de minerales de plata y oro, sino
por haberse de ejecutar con el riesgo de pelear con los Paezes y
Yalcones, que estaban ligados con los Pijaos; pero no bastando
cualquier peligro que amenazase á quien se habia criado entre
ellos, como Domingo Lozano partió de Santafé con más de ciento y
treinta hombres por fines de Diciembre, y esguazados el Patí,
Fusagasuga y Cabrera, arribó al valle de Abirama, de la provincia
de los Paezes, en términos de Popayan, y á sesenta leguas de S.
Juan de los Llanos, y reconocido el pais y muchos indios que lo
ocupaban, y no trataron de resistirle, fundó una villa, que llamó
de S. Vicente de Páez, en trece de Enero de este año de sesenta y
tres, en que dejando nombrados Alcaldes y Regidores y vecindad
bastante á defenderla y á sugetar los indios para que se los
encomendasen, revolvió aceleradamente al valle de Neiva, y á nueve
leguas de la villa que hoy se conserva con este nombre, y á veinte
de la ciudad de Tocaima, fundó otra que llamó de los Angeles,
ejecutando las mismas diligencias que en la primera; aunque la una
y otra, siendo las más inmediatas á recibir los primeros ímpetus de
los indios Pijaos en el alzamiento general que hicieron el año de
sesenta y dos, quedaron totalmente asoladas con lastimoso estrago
de sus moradores, que al golpe de la macana y lanza confesaron la
imprudencia de abandonar lo cierto por lo dudoso.
Así variaban los acaecimientos, gobernando con felicidad y
aciertos el Licenciado Juan López de Cepeda, cuando por fines de
este año de sesenta y tres tomó puerto en Cartagena el doctor
Andres Diez Venero de Leiva, que iba proveido en la plaza de
Presidente, Gobernador y Capitan general del Nuevo Reino de
Granada, con la administracion del Real Patronato y regalías de
Virey, siendo el primero que tomó posesion da aquellá dignidad en
catorce años despues de fundada la Real Audiencia: y como llevaba á
su cargo el ajusto de algunas quejas, que fomentadas del Oidor
Villafañe habian dado en el Consejo los vecinos de aquella ciudad
contra el Licenciado Artiaga, por agravios que decían haberles
hecho en la visita, detúvose en oirlos todo el tiempo que bastó á
retardar su entrada en Santafé, hasta el mes de febrero del año
siguiente de sesenta y cuatro, donde lo dejaremos, tomando desde el
dia de su entrada el principio de la segunda parte de esta
historia, con el consuelo de haber salido de las resultas de un
gobierno acéfalo tan continuado, de que resultó la variedad de
inconvenientes que se han referido.
Y porque son dignas de mucho reparo algunas singularidades de
las que contiene esta primera parte, y no será ocioso
representarlas á los que miran con desestimados las operaciones de
los primeros españoles que pasaron á Indias, la concluiré
advirtiéndoles primeramente que las conquistas que en ellas
hicieron contra indios desnudos, como ponderan, no fueron á tan
poca costa que en los treinta y ocho años primeros de que he
tratado, no muriesen en solo el Nuevo Reino, en jornadas, batallan
y encuentros con los indios, dos mil ochocientos y cuarenta
españoles de los muchos que entraron á conquistarlo; porque al
valor de muchas naciones que lo habitaban, fué de poco embarazo el
mayor alcance de las armas de fuego: y en la segunda parte severá
haber excedido el número de los españoles muertos, al paso que
crecía la disciplina militar de los indios desnudos. Y si el Inca
Garcilaso en sus comentarios nota con ingenuidad el rigor con que
se mataron unos á otros los primeros conquistadores del Perú, y
cuán difícilmente se contaran pocos más de cuatro que acabasen de
su muerte natural, como en castigo de la codicia ó tiranía con que
obraron en sus conquistas, pudiendo acrecentar el número con
Fernando Pizarro, Diego Centeno, Diego de Alvarado y D. Pedro Niño;
por lo contrario se hallará que en las del Nuevo Reino no pasan de
ocho los que de sus primeros y segundos descubridores murieron
violentamente á manos de otros de su misma nacion, como se podrá
ver en el fin que tuvieron el Gobernador Rodrigo Bastidas, su
Teniente general Juan de Villafuerte, Pedro de Pórras, Antón
García, el Capitan Gonzalo García Sorro, Pedro de Saucedo, Juan
Gordo y Bartolomé Pérez: pues aunque tambien fueron de ellos el
Licenciado Gallegos, el Gobernador Pedro de Ursua, el Capitan Juan
de Cabrera, Pedro de Lerma, el Mariscal Jorge Robledo, el
Comendador Sousa, Pedro de Puelles, Baltasar de Ledesma y Alvaro de
Hoyon; estos más perecieron á las influencias malignas de la
Estrella del Sur, que á los templados aspectos de la del Norte.
La tercera y última singularidad sea, por más que la atribuya la
razon á la mucha altivez de sus conquistadores, que habiendo en el
Nuevo Reino tantas mujeres, nobles, hijas y hermanas de Reyes,
Caciques y Uzaques, que sin menoscabo de su lustre pudieran recibir
por esposas los más nobles que pasaron á su conquista, como se
practicó en las demas partes de la América, no se hallará que
alguno de todos ellos casase con india, por más calificada que
fuese; y no, á mi entender, porque notasen desigualdad en la
sangre, sino porque mirándolas gentiles y en la sujecion de
prisioneras, se desdeñó el pundonor castellano de recibir en
consorcio á quien no asintiese á él con libertad de señora y
educacion de católica, de que resultó ocurrir á Castilla los
casados por sus mujeres y los que no lo eran á elegir de su misma
nacion á las hijas ó parientas de aquéllos, ó á las que por otro
accidente decoroso habian pasado á Indias, de quienes se fundaron
las muchas casas de caballeros que ilustran el Nuevo Reino de
Granada, cuya historia ménos oculta á las noticias, proseguiremos
despues hasta el año de mil seiscientos y treinta.