INDICE





PROLOGO

NOTICIA BIOGRÁFICA DEL DR. FERNÁNDEZ PIEDRAHITA

DEDICATORIA Y APROBACIONES DE LA OBRA

LIBRO I

Capítulo I
Del sitio y calidades del Nuevo Reino de Granada

Capítulo II
En que se da noticia de sus provincias y primeros habitadores.

Capítulo III
De las costumbres, ritos y ceremonias que usaban los indios mozcas en su gentilidad.

Capítulo IV
De otras ceremonias y costumbres que tenian los mozcas, y de las procesiones que hacían.

Capítulo V
Del sitio y corte de Bogotá: majestad de sus reyes condiciones y forma de sucederse.

LIBRO II

Capítulo I
Saguanmáchica conquista los fusagasugaes, rompe la guerra con el Guatavita, que se ampara del Rey de Tunja...

Capítulo II
Hereda el zipa Nemequené, y castigada la rebelián de Fusagasugá, sujeta los caciques de Cipaquirá y Nemza.

Capítulo III
Asalta el Zipa la corte del Guatavita, revuelve contra el Ubaque y sujétalo.

Capítulo IV
Sujeta el Zipa la provincia de Ebaté, nombra en ella al hermano por su lugarteniente, á quien mata el Ubaque.

Capítulo V
Da leyes el Zipa en su reino y previénese de todo para la guerra de Tunja.

Capítulo VI
Refiérense los sitios y estado de las provincias de Tunja y Sogamoso, y hacen liga sus príncipes contra Neméquene.

Capítulo VII
En que se prosigue la materia del antecedente

Capítulo VIII
Danse vista los ejércitos del Zipa y el Tunja, y platican antes de la batalla.

Capítulo IX
Dáse la batalla, y casi vencida por Neméquene, muere en ella, herédalo Thysquesuzha, y prosigue la guerra.

LIBRO III

Capítulo I
Fúndase la ciudad de Santa Marta por Rodrigo Bastídas, á quien mata su teniente general en un motín.

Capítulo II
Los capitanes de Lerma acometen á Posigueica y vuelven derrotados.

Capítulo III
Gobierna el doctor Infante á Santa Marta por muerte de García de Lerma, y el adelantado don Pedro de Heredia da principio á las conquistas de Cartagena.

Capítulo IV
El adelantado Heredia prosigue la conquista de Cartagena

Capítulo V
Dáse el gobierno de Santa Marta á d. Pedro Fernández de Lugo. Prosigue la guerra con los indios de la sierra sin fruto…

LIBRO IV

Capítulo I
Benalcázar descubre a Popayán, y fundadas las villas de Cali y Timaná, prosigue en su descubrimiento

Capítulo II
El licenciado Badillo residencia á D. Pedro de Heredia en Cartagena:

Capítulo III
Vuelve el General Quesada por su Ejército á la Tora, Condúcelo hasta los umbrales del Nuevo Reino

Capítulo IV
Marcha Quesada por la provincia de Vélez, pasa á Guachetá y de allí á Suesca en demanda de Bogotá, con asombro general de los indios.

Capítulo V
Entra Quesada en el valle de los Alcázares, rompe el ejército de los Uzaques, pasa a Bogotá

LIBRO V

Capítulo I
Entra el capitán Céspedes en la provincia de los Panches por Tibacuy: plática  con el capitán del presidio de los Guechas…

Capítulo II
Sale Quesada de Bogotá para Somondoco en demanda de las minas de esmeraldas que descubre

Capítulo III
El Capitán San Martín tiene noticia de Tundama: descubre á Sogamoso y vuelve en busca del general Quesada...

Capítulo IV
Asalta Quesada el palacio del Rey de Tunja, á quien prende, y después de un breve combate saquea su corte con presa de los tesoros que no pudo ocultar.

Capítulo V
Marcha Quesada á Sogamoso, saquea la ciudad y quémase su templo. —vuelve á Tunja, y desamparándola por ir á la conquista de Neiva,

Capítulo VI
Repártese la presa entre los españoles: Asaltan después el cercado de un bosque donde matan a Tysquesusha sin conocerlo.

Capítulo VII
Acometen los Panches las fronteras de Bogotá, y entran Quesada y el Zipa al castigo con mal suceso en el primer encuentro

LIBRO VI

Capítulo I
Prende Quesada á Sacrezazipa por los tesoros del Zipa muerto, y promételos con engaño hasta lograr la muerte de sus émulos...

Capítulo II
Reparte Quesada otra presa de oro y esmeraldas: da principio á la fundación de Santafé...

Capítulo III
Dánle noticia á Quesada de las entradas de Benalcázar y de Fedremán en el reino...

Capítulo IV
Persuade á Quesada Benalcazar á que funde ciudades, y refiérese el estado y crecimiento á que ha llegado la ciudad de Santafé.

Capítulo V
El general Quesada baja á Cartagena con Benalcázar y Fedreman, dejando por teniente general del reino á Hernán Pérez, su hermano...

Capítulo VI
Gerónimo Lebrón forma ejército y armada; sale de santa marta para el reino...

Capítulo VII
Alonso Martín prende en el rio á Alonso jeque, y obligado de una armada enemiga, vence la batalla naval de Cesare...

LIBRO VII

Capítulo I
Tratase de la entrada que hizo Martín Galeano en el territorio de Coicomé y Agata, y de la que después hizo Juan Alonso de la Torre

Capítulo II
Sale Galeano á la conquista de Guane: mueve la guerra en Chalalá, y síguela con Mataregua hasta vencerlo en batalla...

Capítulo III
Agraviado Thisquizoque de la tiranía de Juan Gascon,  hace liga con el Saboya, toma las armas y le quita la vida...

Capítulo IV
Los tres generales pretenden la gobernación del Nuevo Reino y ninguno la consigue...

Capítulo V
Forma ejército Tundama y fortifícase contra Baltasar Maldonado...

Capítulo VI
Montalvo de Lugo entra en el Reino por los llanos, y el capitán Lanchero á la conquista de Muzo...

Capítulo VII
Esguazado el Cauca, prosigue Jorge Robledo sus descubrimientos hasta fundar la ciudad de Cartago.

LIBRO VIII

Capítulo I
Con la noticia de que se previene armada en Francia para las Indias, mandan al adelantado Lugo que vaya á su gobierno...

Capítulo II
Los Yalcones y Paeces toman las armas y matan á los capitanes Añasco y Osorio y despues a Juan de Ampudia...

Capítulo III
Rebelánse los Sutas y Simijacas, fortifícanse en unos peñoles, va contra ellos el Capitán Juan de Céspedes...

Capítulo IV
Rompen los Panches por las fronteras de los Mozcas...

Capítulo V
Prosigue su jornada Gerónimo Lebrón, con varios sucesos, hasta el valle de Opon...

Capítulo VI
Quesada y Lebrón compiten sobre el gobierno con riesgo de romper en batalla...

LIBRO IX

Capítulo I
Con la sospecha de que se rebela la provincia de Tunja...

Capítulo II
Vuelve á sus descubrimientos el capitán Jorge Robledo y con varias fortunas llega hasta la provincia de Hebéjico...

Capítulo III
Vuelto el Capitán Maldonado de la jornada de los palenques, sale Hernán Pérez de Quesada al descubrimiento del dorado con mal suceso...

Capítulo IV
El Ocabita y Lupachoque se fortifican en dos peñoles: ríndese Lupachoque por armas al Capitán Pineda y el Ocabita...

Capítulo V
El adelantado Lugo se previene para subir á Santafé : fúndase por su órden el Barbudo…

Capítulo VI
Pasa Robledo preso á estos reinos: Heredia y Benalcázar se apoderan alternadamente de Antioquia después que se fundó la ciudad de Arma...

LIBRO X

Capítulo I
La armada francesa de Roberto Baal sorprende á Santa Marta y Cartagena; y el adelantado Lugo prende al capitán Rondón...

Capítulo II
Felipe de Utre sale de coro á nuevos descubrimientos penetra los llanos hasta la punta de los Pardaos...

Capítulo III
Prende Lugo á los oficiales del Rey y á los quesadas: justicia al encomendero de Sáchica...

Capítulo IV
Destierra Lugo á los quesadas. —el Capitán Venégas descubre las primeras minas de oro, y funda la ciudad de Tocaima...

Capítulo V
Descubre Felipe de Utre los Omeguas, y véncelos en una batalla...

Capítulo VI
Lugo sale del reino para Castilla, y Armendariz entra en Cartagena...

Capítulo VII
Armendariz nombra por su teniente á pedro de Ursua en el reino y á Robledo en Antioquia...

LIBRO XI

Capítulo I
Concurren los visitadores Gasca y Armendariz en Santa Marta...

Capítulo II
Procede Armendariz contra el capitán Lanchero y otros conquistadores...

Capítulo III
Hacen mariscal del reino á Gonzalo Jiménez de Quesada...

Capítulo IV
Échanse los indios á las minas: tratase en el consejo de fundar audiencia en Santafé...

Capítulo V
Prosigue Armendariz en su gobierno: pónese real chancillería en Santafé...

Capítulo VI
Fúndanse las religiones de Santo Domingo y San Francisco en el Nuevo Reino...

Capítulo VII
Entra el mariscal Quesada en Santafé: descúbrese el páramo Rico de Pamplona...

Capítulo VIII
Entra Ursua en Muzo y puebla á Tudela: vuelve á Santafé y baja por justicia mayor de Santa Marta...

Capítulo IX
Rompe Ursua el ejército de los taironas en la batalla de los pasos de Rodrigo...

LIBRO XII

Capítulo I
Entra en Santafé el licenciado Juan de Montaño con la visita de la audiencia y residencia de Armendariz...

Capítulo II
Rebélase el Valle de las Lanzas, va Hernando de Salinas al castigo, funda la ciudad de Victoria...

Capítulo III
Prosigue Montaño en su visita; ajusticia á Pedro de Salcedo y á otros...

Capítulo IV
Armendariz baja preso á Cartagena para que allí le residencie Montaño.—el Capitán Avellaneda funda la ciudad de S. Juan de los Llanos...

Capítulo V
El capitan Diego García de Paredes funda la ciudad de Trujillo...

Capítulo VI
Vuelve el mariscal á Santafé con la provisión de nuevos oidores.—el licenciado Tomas López entra en la audiencia...

Capítulo VII
El Capitán Cristóbal Rodríguez Juarez funda la ciudad de Mérida.—Diego García de Paredes reedifica la de Trujillo...

Capítulo VIII
Previénese el Nuevo Reino para resistir al tirano Lope de Aguirre.—compéndiase lo que obró en la jornada del Marañon...

Capítulo IX
Fúndase la ciudad de S. Vigente de Paez.-múdase la de Trujillo. Muere García de Parédes y tratase de todo lo acaecido en las provincias del Nuevo Reino...
CAPÍTULO VIII
 


PREVIÉNESE EL NUEVO REINO PARA RESISTIR AL TIRANO LOPE DE AGUIRRE.-COMPÉNDIASE LO QUE OBRÓ EN LA JORNADA DEL MARAÑON, HASTA QUE TOMÓ PUERTO EN LA BURBURATA.-SAQUEA EL LUGAR Y LA NUEVA VALENCIA.- EJECUTA NUEVAS TIRANÍAS HASTA LLEGAR A BARIQUIZIMETO, DONDE LO DESBARATA LA GENTE DE VENEZUELA Y MERIDA, Y MUERE DESDICHADAMENTE.

REFORMADA, como dijimos, la Real Audiencia, y habiendo corrido el año de Sesenta y uno hasta los fines de Agosto, que fué poco ántes que se poblase la villa de S. Cristóbal, entró por Septiembre en Santafé un correo con carta del Capitan Pedro Bravo de Molina, Justicia Mayor de Mérida, y con ella otra inclusa, escrita á él por el Licenciado Pablo Collado Gobernador de Venezuela, en que le decía haber llegado al puerto de la Burburata Fr. Francisco Montesinos, del órden de predicadores, con un buen navío en que asistía como Superior á las misiones de Maracapana, y con la noticia de haber arribado á la Margarita un Capitan Vizcaino llamado Lope de Aguirre, que, desembocando por el Marañon en dos bergantines y algunas piraguas con el ejército que del Perú habia sacado el Capitan Pedro de Ursua para el descubrimiento y conquista de los Omeguas, por órden del Virey Marqués de Cañete, se habia apoderado tiránicamente de la Isla, saqueado la ciudad y las Arcas Reales de gran cantidad de perlas que en ella habia, y aprisionado al Gobernador, Justicias y demas vecinos, ejecutando en ellos no ménos crueldades que entre los suyos, por haber negado no solamente la obediencia al Rey, sino el temor y respeto á Dios. Era su designio dar la vuelta al Perú, donde pretendiarevivir el fuego de las alteraciones en que se habia criado, y que por hallarse más inmediato á aquel puerto de Tierra firme, sospechaba intentaría abrir paso por el Nuevo Reino para el desatino en que habia dado.

Esta noticia, ponderada de los recelos de Pablo Collado, y las consecuencias que inferia de que entrase un tirano tan pujante en un Reino donde no faltarian quejosos de mal premiados, lo alborotó de suerte que todas sus villas y ciudades se pusieron en arma, especialmente la de Santafé, que como cabeza de todas ellas debia influirles lo más conveniente para su conservacion. Tenia el gobierno superior, como dijimos, la Real Audiencia, que se componía de los Oidores Grageda, Artiaga, Angulo y Villafañe, que si bien poco experimentados en la guerra, dotados sí de la prudencia necesaria para elegir Cabos, formar juntas y sacar de ellas las resoluciones que más conviniesen al servicio del Rey, como se vió por el efecto, pues formada la primera de tantos famosos caudillos como en la ciudad habia, y representada por Grageda la sustancia de las cartas y la noticia contusa que en ellas se daba de la gente y armas de Aguirre, para prevenir las que pareciesen bastantes para resistirle, en caso que pretendiese abrirse el pasó por el Reino: el poco crédito que se debia dar á la sospecha de que un hombre tan práctico de las Indias como lo era aquel tirano, intentase hallar tránsito para el Perú por tan larga distancia de Reinos, como habia de encontrar poblados de fieles vasallos de su Rey; y sobre todo, la poca certidumbre de su entrada por la provincia de Venezuela, solamente fundada en los discursos y temores de su Gobernador, y en la cercania de la Burburata á la Margarita, dió lugar á que de contrarío discurriesen conformes los de la junta.

Que el Gobernador de Venezuela recelaba justamente lo que sucediera en el efecto, pues no pudiéndosele ocultar á Lope de Aguirre la diligencia que el religioso ponia en dar aviso en todos los puertos de la Costa, y que de ellos le resultaría la imposibilidad de hallar paso por Nombre de Dios, habia de ocurrir forzosamente á la Burburata, puerto abierto de Tierra firme desde el cual, no pudiendo pasar al Perú, le seria fácil fortificarse en alguna provincia rica de las de Mérida ó Pamplona, para mantener su tirania, ganando cada dia hombres perdidos que le siguiesen. Que la incertidumbre del número de gente y armas que llevaba debia ser el más fuerte motivo para aplicar á la oposicion todas las fuerzas del Reino, como no se faltase á las que debian quedar en las ciudades y villas para mantenerse seguras, pues las del tirano debian presumirse muy crecidas, respecto de haberlas sacado de Reino tan abastecido de armas y gente para la conquista de Imperio tan poderoso como el de los Omeguas: y en todo caso seria mejor que se ponderase la ventaja con que lo vencian, que llorar la imprudencia de no haberse prevenido para la contingencia de encontrarlo ventajoso; y finalmente, que la presuncion de que no intentaría pasar al Perú por tan dilatadas provincias y Reinos, pudiera tener lugar en caso que Lope de Aguirre hallase paso más libre por otra parte; pero no cuando necesitado de modios lo habia de arrojar su desesperacion á la provincia que tuviese más á mano.

Firmes en esto parecer todos los de la junta, se resolvió despachar avisos á los Gobernadores de Cartagena, Santa Marta y Popayan, para que se hallasen prevenidos en caso que Lope de Aguirre intentase la entrada por alguna de sus provincias. Despacháronse provisiones á Pedro Bravo de Molina, en que dándose el Rey por bien servido del celo que mostraba en servicio suyo, le ordenaba no desamparase la ciudad de Mérida, tan recien poblada, por aventurarse á perderlo todo, por la poca gente con que podiasocorrer al Gobernador de Venezuela, y diese con tiempo aviso de los más que tuviese del enemigo. Á las demas ciudades y villas del Reino se dieron órdenes para que dejando la gente bastante para defenderlas de las invasiones que pudiesen intentar los indios, tuviesen pronta con sus Cabos la restante, para acudir á la parte que los llamasen, remitiendo cuanto ántes listas del número, para disponer con tiempo el ejército, que segun pareció despues habia de formarse de doscientos caballos, cuatrocientas picas, doscientos y cincuenta arcabuceros y los demas rodeleros hasta el número de mil y quinientos hombres, bastantes á resistir á Lope de Aguirre, por más pujante que fuesé, y aun otro ejército dos veces mayor, por la ventaja que para derrotarle daban los pasos estrechos por donde forzosamente habia de pasar.

Reconocido el número de la gente, se trató luego de elegir Capitan general que la gobernase, en que por voto comun de justicia fué nombrado el Mariscal D. Gonzalo Jiménez de Quesada, y por su Maese de Campo Hernan Venégas Carrillo, título que hasta hoy se ha continuado en sus descendientes: Capitanes de infantería; lo fueron el Maese de Campo Juan Ruiz de Orjuela y Anton de Olalla, y de caballos de Santafé y Tunja, Juan de Céspedes y Gonzalo Suárez Rondon; y de la guarda del Sello Real, Gonzalo Rodriguez de Ledesma, con órden todos de que estuviesen apercibidos para el aviso que asegundase. Nombrados los Cabos, se empezó luego á disputar sobre el sitio oir que se habia de esperar al tirano y darlo batalla, defendiendo unos que el Valle de Cerinza, á doce leguas de la ciudad de Tunja, era el más acomodado para el efecto, por las campañas limpias que tiene para valerse de los caballos; otros, más deseosos de encontrarse cuanto ántes con el tirano, instaban en que debia pasar el ejército hasta él Valle de Cúcuta, donde siendo el terreno igual al de Cerinza, y cogiéndolo quebrantado de la marcha por caminos tan ásperos como habia de seguir, seria roto con facilidad; y aunque la defensa de estas dos opiniones comenzó por conferencias amistosas, llegó á encender tanto á sus defensores, que pasando á desafíos precisó al General Quesada á publicar bando con pena de muerte, para que sobre aquel punto no se hablase, hasta que con el segundo aviso se resolviese lo más conveniente.

Fenecidas con esto las competencias y honrosamente inquietos los ánimos con la ocasion de verse en Campaña, se trató luego de acuartelar las compañías, siendo tanto lo que se desperdició en galas, armas y caballos, que tuvieron bien que lastar por muchos días los vecinos de Santafé. Y porque se presumía que en diferentes lugares del Reino estaban derramados muchos de los mal contentos de las provincias de arriba, se despacharon por la Real Audiencia otras provisiones bien apretadas para prender á cuantos soldados se hallasen de los desgaritados de las alteraciones del Perú y de los que hubiesen militado con Alvaro de Hoyon en su alzamiento; sin que se le pueda negar á este Reino que anduvo singular en tres cosas. La primera, en los crecidos gastos que tuvo esta prevencion de armas y gente hasta la pascua de Navidad, en que le llegó el aviso á Santafé de la rota y muerte de Lope de Aguirre, sin que se le hiciese un real de costo á su Majestad. La segunda, en las diligencias tan efectivas que hizo para limpiarse de gente perdida, que pudiera viciar sus tropas, hasta lanzarla de sus términos. Y la tercera, en que no tuviese hombre que se inclinase ni pasase á la parte de Aguirre, cuando en el Perú le seguían en tropas y en la cortedad de la Margarita pasaron de doce. Pero pasémonos á la provincia de Venezuela y veamos qué ejército poderoso era el suyo, qué número de gente y de qué calidades la que llevaba y cuáles demostraciones de fuerte caudillo, como se intitulaba, fueron las que hizo en la poca tierra inerme que pisó hasta Bariquizimeto, quien pretendiaabrir paso con las armas por el Nuevo Reino para ganar el Perú.

Para referirlo tengo por ocioso dilatarme en los acaecimientos del Marañon, que hallará el curioso en los treinta y nueve capítulos de la sexta noticia historial de las conquistas de Tierra firme, que sacó á luz historiador tan grande como Fr. Pedro Simon. Y asi asentado que uno de los principales motivos que tuvo el Virey del Perú para encargar la, conquista de los Omeguas al Capitan Pedro de Ursua, fué sangrar el cuerpo de aquel grande imperio de la sangre corrompida de muchos hombres baldíos, que entre las venas de sus provincias habian quedado como reliquias de los malos humores de Gonzalo Pizarro Francisco Hernández Giron y don Fernando de Castilla.

Que con diferente pretexto formó Ursua su armada en el rio de los Motilones en que embarcados cuatrocientos hombres, pocos ménos, con lucidas armas de fuego, gran cantidad de indios y cuarenta caballos, salió del Astillero por fines de Septiembre del año de mil quinientos y sesenta.

Que siendo gran parte de la gente que llevaba de aquella misma de que el Virey se habia recelado, y entre quienes sobresalían Lorenzo de Salduendo, Lope de Aguirre, Juan Alonso de la Bandera, Cristóbal de Chaves, Alonso de Villena y Alonso de Montoya, bastantes á inquietar todo un Reino, fué consiguiente malquistar al General Ursua de suerte que á su campo se le hiciese formidable la forma de su gobierno.

Que asentada esta basa y navegadas por el Marañon más de setecientas leguas desde el astillero hasta un pueblezuelo de la provincia de Machifaro, y consultada la conjuracion con D. Fernando de Guzman, con la promesa de suceder en el gobierno á Pedro de Ursua, lo mataron alevosamente y á su Teniente general D. Juan de Várgas.

Que elegido D. Fernando por General del ejército, Lope de Aguirre por Maese de campo y repartidas las compañias entre los demas amotinados, fué la primera accion del General disponer cierta informacion para justificar las muertes, y la primera de Aguirre, persuadirlos á que negasen la obediencia á su Rey natural, con la demostracion de firmar la informacion con el nombre de Lope de Aguirre el traidor, y á que volviesen á levantarse con los Reinos del Perú asegurados con la esperanza de la mucha gente que se juntaría á su ejército.

Que navegadas otras doce leguas del rio abajo, dispuso labrar bergantines para salir al mar del norte, y ejecutadas las muertes de Juan Alonso de la Bandera y otros parciales suyos, consiguió que todo el campo aclamase y jurase por príncipe soberano del Perú á don Fernando de Guzman, siendo el primero, que se desnaturalizó de los Reinos de España.

Que aceptada por D. Fernando esta fantástica majestad con vanas ostentaciones de su mal juicio y navegadas otras sesenta leguas de rio hasta la poblacion de una isla, á pesar suyo hizo matar Lope de Aguirre en su presencia á Lorenzo de Salduendo, á doña Ines de Atienza, Alonso de Montoya, al Almirante Miguel Bodebo, á Gonzalo Duarte, á Miguel Serrano, á Baltasar Cortés Cano y sacrílegamente al Licenciado Alonso de Henao, capellan del ejército, terminando por aquel dia la sed insaciable de sangre humana con la atrocísima muerte que ejecutó su malicia en su príncipe D. Fernando, despues de tres meses y medio que representó ser príncipe de farsa en el teatro de las vanidades de este mundo.

Que tomado en si el gobierno de aquel ejército con el título de fuerte caudillo, partió en dos bergantines y muchas canoas y piraguas de aquel pueblo, que llamó de la Matanza, y despues de ejecutadas otras muchas muertes, y entre ellas la del Comendador Juan de Guevara, dejando desamparados, muertos y abogados algunos infantes y los más de los indios Yanaconas en las más desiertas islas de las dos mil que hay en las bocas del Marañon, salió con furioso temporal de olajes al mar del norte por principios de Junio de este año de sesenta y uno.

Que habiendo reconocido las aguas del mar Océano y puesto la proa á la Margarita tomó tierra engañosamente con doscientos arcabuceros que le habian quedado de toda la gente de la armada que salió del Perú, y aprisionados el Gobernador de la isla, D. Juan da Villandrando y demas vecinos que fueron á cortejarle en el puerto, despues que hizo matar á Diego Alvarez y á los Capitanes Gonzalo Guiral de Fuéntes y Sancho Pizarro, pasó á la ciudad, donde concluido el saco y robadas las Arcas reales, manifestó á su gente que para conservacion de las Indias, como la más necesaria, llevaba intencion de ejecutar atrocísimas muertes en todos los Obispos, Vireyes, Presidentes, Gobernadores y Oidores que pudiese haber á las manos, y de pasar á cuchillo á cuantos religiosos encontrase, fuera de los Mercenarios, por ser los primeros, y no éstos, los que impedian las libertades de la gente de guerra y tenian pervertido el buen gobierno de las lndias.

Que habiendo hecho matar al Capitan Juanes de Hurriaga despues de malograda la traza que dió para coger el navío de Fr. Francisco Montesinos, por habérsele pasado á la parte del Rey el Capitan Pedro de Monguia con la gente que llevaba á la faccion, cuya pérdida suplió con trece hombres que se le agregaron de la isla, se alteró de suerte que asegurando todos los prisioneros en el fuerte de la Margarita, hizo que inhumanamente le diesen garrote al Gobernador Villandrando, á Manuel Rodríguez, Alcalde ordinario, y á tres Regidores, en que cebó la cólera que lo habia sacado de sí y acreditó que en su tiempo siempre seria lealtad la traicion y los peores los más honrados.

Que habiendo perdido la ocasion de llegar á las manos con la gente de Fr. Francisco Montesinos, que estaba con su navío en Punta de Piedras, volvió á la ciudad con ochenta Arcabuceros, y habiendo hecho matar á estocadas á su Maese de Campo Martín Pérez y á Martin Diez de Armendariz, primo hermano del Gobernador Pedro de Ursia, resolvió salir de la Margarita en dos barcos que se habian labrado para el efecto, escribiendo poco ántes una carta como suya á Fr. Francisco, y recibiendo otra en respuesta como de un Provincial de Santo Domingo.

Que determinado ya por la Providencia Divina el fin que se acercaba á las tiranías de Lope de Aguirre, y siendo los movimientos naturales más fuertes en los fines que en los principios, fueron tales los que la natural crueldad de este monstruo de iras tuvo ántes que desamparase la Isla, que habiendo hecho tres banderas de tafetan negro, sembradas de espadas cruzadas y rojas en señal de la sed insaciable que tenia de sangre humana, echó el resto de sus crueldades, empezándolo con hacer matar á dos soldados suyos y á Ana de Rójas, en cuya casa alojaban, por presumir habian sido cómplices en la fuga de otro soldado, y prosiguiendo con ejecutar lo mismo en el marido de la misma Ana de Rójas y en un Religioso de Santo Domingo, que lo asistia en una casa de campo, soltó la rienda á sus maldades, haciendo que á otro Religioso ejemplar de la misma Orden, con quien por cumplimiento se habia confesado el tirano, le diesen garrote por la boca, quizá, y sin quizá, por haberle aseado la rotura de su vida como buen Ministro de Dios.

Que habiendo acrecentado estas atrocidades con las muertes de Simon de Somorostro, hombre anciano de la isla, y con la de María de Cháves, á quienes por pasatiempo hizo ahorcar en el rollo de la plaza, fué embarcando su gente, asistiéndola en la playa, dónde sin la disculpa de Mahometes, que por el interes de dos pepinos mataba los pajes más queridos; él mismo á cuchilladas, y á persuasion suya otros ministros semejantes á él, hicieron pedazos á su más amigo el Almirante Alonso Rodríguez, porque le advirtió no se mojase los piés al tiempo que estaba embriagado de cólera por tener á la vista á Francisco Fajardo, que con algunos españoles y buen número de indios y flecheros habia saltado en la Isla con ánimo de acometerle teniendo ocasion. Y asentado, finalmente, que embarcada toda su gente se hizo á la vela, y despues de gastados ocho dias en la travesía, tomó puerto en la Burburata con ciento y cincuenta hombres bien armados de petos y morriones, cuatro piecezuelas de artillería, seis tiros de fruslera que sacó del fuerte de la Margarita, y tres caballos y un mulo, que fué todo el tren, armas y ejército con que pretendia conquistar las Indias, y para cuya oposicion se prevenian todas las fuerzas del Reino, se acuarteló en la playa con gran desvelo en que no se lo apartase alguno de sus Marañones, me será preciso, que teniendo ya á Aguirre en país del Nuevo Reino, que pertenece á nuestra historia, detenga la pluma en referir todas las operaciones que obró como últimas llamaradas de su ardiente natural, por más que la Divina bondad, sin irritarse de sus maldades, le daba esperas, para que la buscase en los cincuenta días más que le duró la vida; en que seguiré fielmente lo que prosiguo Fr. Pedro Simon en la séxta noticia historial desde el capítulo 40, Pizarro en sus Varones ilustres de Indias, donde trata de Diego García de Parédes, y Castellanos en sus Elegías de varones ilustres.

Los vecinos de la Burburata, que al descubrir las embarcaciones de Aguirre habian puesto las familias en cobro, luego que lo vieron en tierra dieron aviso á su Gobernador, que lo esperaba en el Tocuyo, y éste inmediatamente á la ciudad de Mérida, pidiendo socorro á Pedro Bravo de Molina, y rogándole á Diego García de Parédes (que por ciertos disgustos que con él habia tenido, estaba allí retirado) que pospuesto cualquier sentimiento, á que satisfaría cumplidamente, no le faltase en ocasion de tanto aprieto; lo uno y otro fué fácil de conséguír, pues estando á la mira el Capitan Parédes desde el primer aviso, salió lnego con la gente que le acompañaba para la ciudad de Trujillo; y el Capitan Bravo de Molina, discurriendo contra la órden que tenia de la Real Audiencia, no deber estar a su cumplimiento reconocido ya el número del campo contrario, ni ser conveniente á su crédito faltar en la primera ocasion que se lo ofrecía de probar las armas, ademas que en la guerra los buenos ó malos sucesos son los que aprueban ó no las resoluciones, nombró veinte y cinco hombres de su eleccion de la una y otra parcialidad de Gavinas y Serradas, que para servir á su Rey se le ofrecieron unidas, y con ellos á paso largo fué en seguimiento de Parédes, sin remitir aviso de ello á Santafé, por no parecerle preciso, y porque la escolta con que habia de pasar hasta la villa de S. Cristóbal haria gran falta en la ciudad de Mérida.

Lope de Aguirre, que habia pasado la noche acuartelado en la playa, con esperanzas de que al siguiente diase le pasarian algunos mal contentos de la provincia, ó los vecinos de la Burburata serian tan poco cautos como los de la Margarita, viendo que ni de lo uno ni de lo otro se descubrian señales, hizo matar á un portugues, Antonio Faria, por haber preguntado al tomar tierra, sí era de Isla ó tierra firme, y ejecutada, despachó al pueblo una tropa de sus más confidentes para que tomasen lengua de la intencion con que estaban sus vecinos; y aunque á ninguno encontraron, contentáronse con haber hallado á Francisco Martin, soldado de los que con el Capitan Monguia se habian pasado á la parte del Rey, que se les presentó delante por haberlo arrastrado más la costumbre de la vida viciosa que la seguridad de la propia vida; de que gustoso Aguirre por la fineza de que volviese á buscarlo y noticia que le daba de haber otros Marañones en la tierra, cuanto irritado de la relacion que le hizo de lo que habia obrado Monguia, le dió un buen vestido y una carta llena de aquellas cláusulas amistosas que solía gastar con la gente de su ralea, para que la diese á los que andaban descarriados de su ejército, á quienes habia de buscar con todo cuidado y llevárcelos; pero importóle poco su traza y ménos la diligencia de Francisco Martin, por haberles ya influido el clima de la tierra, calidades muy contrarias á las que Aguirre buscaba en su gente, y halló en Francisco Martin, que tuvo el pago de sus finezas dentro de pocos dias.

Malogrado este lance, despachó otras dos tropas á que le buscasen bestias en qué llevar el carruaje y algunas mujeres que le seguian desde el Perú, por el embarazo que le causarian en la marcha de tierra: y si bien recogieron algunos caballos y yeguas cerreras, fuéles tan costoso el conducirlas, que muchos de los soldados se lastimaron en las puas envenenadas de que los indios amigos habian sembrado algunas sendas por órden de los españoles, de que irritado el tirano prorumpió en blasfemias contra Dios y sus Santos, como lo acostumbraba en ocasiones de ménos monta. Luego inmediatamente hizo pregonar por todas las calles de la Burburata (donde ya estaba) la guerra que pretendia hacer á fuego y sangro contra el Rey de Castilla y sus vasallos, mandando con pena de muerte se la diesen a cuantos encontrasen, ménos á aquellos que voluntariamente quisiesen seguirla y cierto que cuando llego á este desatino, y lo halló acreditado de verdadero en las plumas de muchos escritores y en la tradicion asentada en el Reino, y me consta que este hombre nació en la villa de Oñate, de donde ya mancebo pasó al Perú, en cuyo tránsito no pudo ignorar lo que era un Rey de España por aquel tiempo y cuántos sus vasallos, no halló otra salida á semejantes resoluciones, que dar crédito á la noticia de que en el Perú era conocido por el nombre de Aguirre el Loco, ó encojer los hombros, temeroso de los despeños á que se precipite un hombre dejado de la mano de Dios.

Estando en esto pueblo le llevaron preso á un mercader que dejando en él la mayor parte del vino que habia llevado, se retiró al monte con algunas alhajas, y entre ellas una botija de aceitunas, en que habia ocultado la cantidad de oro que tenia adquirido; y porque á instancias de que le dijese la opinion en que lo tenian los de la provincia, le respondió forzado, con toda sencillez, que lo tenian todos por gran Luterano, se sintió tanto, que quitándose la celada para tirársela, prorumpió en algunas injurias contra el miserable, y aunque no se la tiró, fué tan desgraciado que, por haber dicho que un soldado le habia robado el oro de la botija, y pedido se lo volviese, se introdujo á tan recto Juez el Aguirre, que por haberlo negado el reo y no probarlo el mercader, lo hizo matar luego, dando á entender cuánto miraba por el buen crédito de los suyos, que en señal de gozo guisaban las comidas con vino en vez de agua, y en él se bañaban hasta los cuerpos como pudieran en agua rosada: tanta fué la cantidad que hallaron, y tanto es el desperdicio de la gente de guerra en semejantes ocasiones, por más que amenace la falta para los días siguientes. Desórden fué éste de que resultó la muerte de Juan Pérez, soldado de Aguirre, que se la hizo dar en la horca, poniéndole un rótulo que decía haberse ejecutado por ser hombre inútil y desaprovechado, y de que así mismo resultó la fuga que hicieron al campo del Rey Pedro Arias de Almesta y Diego de Alarcon, poco satisfechos de la seguridad que podian prometerse de las insolencias de Aguirre.

Habian preso las tropas á Benito de Cháves, Alcalde del pueblo, que con su mujer y una hija casada con don Julian de Mendoza hallaron en el retiro de un monte, y con esta ocasion hizo que llevasen las mujeres que habian dejado en el sitio, y ejecutado, despachó al Alcalde en demanda de los dos soldados que se le habian ido, para que se los volviese sin falta, pues conocia bien la tierra, y de no hacerlo así se quedaria sin hija ni mujer, y luego inmediatamente levantó su campo marchando la vuelta de la Nueva Valencia, que dista casi ocho leguas al Oeste: comenzó á repechar una pequeña colina, desde la cual avisto una piragua que con algunos españoles navegaba para el puerto, y dando priesa á su gente hasta trasmontarla porque no fuese vista desde la mar, hizo alto, y dejándola á cargo de Francisco de Aguirre, natural de Navarra y gran confidente suyo, tomó veinte y cinco arcabuceros, y con ellos volvió en persona á la Burburata, que solo sirvió de empeñarse el Capitan y soldados, sin tasa en el vino que encontraron, de suerte que lo pudieran matar los mismos que le brindaban, á estar para ello, ménos Rosáles, Acosta y Jorge de Ródas, que, aprovechándose del desórden con que Aguirre á la medianoche llamaba á voces á la gente de la Piragua, se pusieron en salvo sin que los echase ménos, hasta que, digerido el vino, volvió á ocultarse en el pueblo por si no hubiesen tomado puerto los de la Piragua.

En su campo tampoco faltaba que hacer, pues habiéndose alargado por la montaña algunos indios y negros en demanda de los miserables vecinos que por aquellas malezas se habian retirado, encontraron muy acaso los indios una capa que luego conocieron todos los del ejército ser de Rodrigo Gutiérrez, uno de los que con el Capitan Monguia abandonaron la parte de Aguirre, pasándose al navío de Fr. Francisco Montesinos. Tenia la capa una capilla para el reparo de las aguas, y estaba en ella cierta informacion en favor de su dueño, siendo uno de los testigos y el que más lo defendia y culpaba á Lope de Aguirre, aquel Francisco Martin, que lo fué á buscar luego que saltó un tierra, y estaba allí preso en compañía de Anton García; de que irritado Francisco de Aguirre, y pareciéndole que en ello lisonjeaba á su General, se fué para él, y dándole de puñaladas obligó á que otros lo acabasen de matar á balazos, entre quienes un Fulano de Arana, de hecho pensado ó por accidente, mató con la pelota al Anton García, que atribuyéndolo él á desgracia y los camaradas del muerto á malicia, se fueron trabando de palabra en palabra, y aunque el Arana pretendió sosegarlos con decir á voces que de industria lo habia muerto, por haber querido hacer fuga aquella noche, lo cual tendria por bien hecho su General, nada bastó para que los del bando contrario cediesen; con que viendo el Arana que el encono habia de parar en las armas, en que sin duda llevaria lo peor, tuvo por mejor partido tomar con brevedad la vuelta de la Burburata, donde comunicado el suceso con Lope de Aguirre, volvió á toda priesa á su campo, donde los muertos se quedaron muertos y Arana y sus contrarios se hicieron amigos.

Al siguiente dia prosiguió el campo su derrota con tantos trabajos por la aspereza de los caminos, que ni las yeguas poco enseñadas á las cargas podían con ellas, ni en los reventones de las cuestas se libraban los infantes de cargar corno ellas, con el ejemplo que les daba su General, echando siempre mano de las más pesadas; y aunque se desbalijó de algunos tiros de fruslera, nada bastó para que, rendida la gente á tanto peso como el que llevaba, fuera de las armas y mochilas, pudiese gastar ménos de seis días en las ocho leguas que habia de la Burburata á la Nueva Valencia, ni para que Lope de Aguirre, herido de los ardimientos del sol y de su cólera sobre los afanes con que marchaba, dejase de enfermar de peligro, y aun de tal suerte que, impacientado el mismo diaque entré en Valencia, desde la hamaca en que lo llevaban los indios, pediaá cada paso á sus Mirañones que lo acabasen de matar: cosa que no los hubiera tenido mala cuenta á los que por no haberlo hecho se hallaron síu descargo en el último ajuste que se les hizo poco despues. Los vecinos de la ciudad se habian pasado en canoas á las islas que tiene la laguna de Tarigua, sin que la gente de Aguirre pudiese dar caza, sino fué á sus ganados de que abunda el país, miéntras él, agravado de la enfermedad, llegó á notable aprieto, de que mejoró luego, y en agradecimiento del beneficio prorrumpió en grandes injurias contra los de Valencia, afirmando de ellos ser los más bajos y viles del mundo, pues de tantos como habia en el contorno, no se le habia pasado indio ni español á seguir el noble ejercicio de la guerra, practicado desde el origen del mundo entre los cuatro elementos y entre los primeros hombres que hubo en la tierra, y lo que más era, en el mismo cielo entre los ángeles buenos y malos, y esto con tal género de locuciones, que atormentaba los oidos de hombres tales como los que le seguian.

No habiendo hallado Aguirre lo que se prometia, se dió á destruir los ganados, y por no perder la buena costumbre en que se habia ejercitado hizo matar á un soldado suyo, porque sin malicia se habia apartado solo de la poblacion como un tiro de arcabuz; y porque esta crueldad no fuese sin compañera, tuvo ocasion de dársela, con haberle llevado Don Julian de Mendoza en cambio de su mujer y suegra, los dos infantes Pedro Arias y Diego de Alarcon, que se le habian huido y aprisionó el Alcalde Cháves; de que gustoso el tirano hizo que al punto arrastrasen por las calles al Diego de Alarcon, con pregon, que decía que aquella justicia mandaba hacer Lope de Aguirre, fuerte caudillo, en aquel hombre, por leal servidor del Rey de Castilla. Despues lo mandó ahorcar y hacer cuartos, y puesta la cabeza en el rollo, la miraba y decía como por donaire: Ahí estais buen amigo Alarcon? Cómo no viene el Rey de España á resucitaros? Lo que más se extrañó fué que al otro lo perdonase habiendo resistido que lo llevasen; pero valióle tener buena pluma para Secretario de Aguirre, como dice Fr. Pedro Simon, ó aprovechóle tener por juez á quien jamas obró con justicia: lance á que no quiso aventurarse Rodrigo Gutierrez, el dueño de la informacion en que habia declarado Francisco Martin; que tambien habia caido en manos del Alcalde Benito de Chaves, y tuvo arte para romper las prisiones en que lo tenia, miéntras Lope de Aguirre enviaba por él; porque á la verdad el Cháves, cebado en ser esbirro de tan cruel tirano, intentaba no solamente regraciarle por este camino sino con darle noticia de las prevenciones de guerra que en el Tocuyo se hacian y de los socórros que se habian pedido á Mérida y Santafé.

Con estas noticias, que no le causaron pocos recelos, licenció á Pedro de Contréras, cura de la Margarita, á quien habia forzado á que se embarcase con él, para que volviese á su casa: gracia que habia resistido conceder al ruego de sus mayores amigos desde que saltó en tierra; pero en esta ocasion, compelido de algun furor diabólico, vino en ello con tal que hiciese juramento de remitir al Rey Felipe II la carta que le entregaba, que sí bien lo resistió el buen clérigo á los principios, hubo de venir al fin en ello por salir de las manos de aquella fiera. Lo que contenia la carta se ignora, aunque algunos dan razon de su principio desatinado: pero de un hombre alocado y del basto lenguaje con que trataba á su príncipe D. Fernando de Guzman, se infiere que entre sus cláusulas pondria aquellas de que usaba á cada paso, como eran, que le mostrase el Rey de Castilla el testamento de Adan en que lo dejaba por heredero de las Indias, que el cielo lo habia hecho Dios para quien lo mereciese y la tierra para quien la ganase; y de este jaez otros desatinos propios de un domador de mulas que se chocarrea con otro; y al fin pretendió acreditar que siendo su genio de la categoría del que lo aplicó á quemar el Templo de Diana, tiraba á que por insolente quedase escrito su nombre en la posteridad.

Escrita la carta y asoládo el país y la ciudad de Valencia, trató luego de pasar á Bariquizimeto, que distaba veinte y cinco leguas, y de allí al Tocuyo, por dominar la provincia ántes que con los socorros del Nuevo Reino pudiese el Gobernador oponerse á sus designios, y para dar el principio que acostumbraba á sus empresas, hizo dar garrote ántes de ponerse en marcha á Benito Díaz, por haber dicho que tenia un pariente en el Reino, y á Cegarra y á Francisco de Lora por presumir que andaban tibios en el ejercicio de la guerra: éste era aquel infeliz estado á que llegaron los romanos con Tiberio, en que tenia igual castigo el hablar y el callar, pues al que callaba moría por maquinador, el que hablaba bien por cauteloso y el que mal por declarado enemigo; y luego con noventa cabalgaduras y toda su gente tomó su derrota por el camino que corta la serranía del Nirúa, y apénas tocó en sus asperezas cuando una de las centinelas que allí tenia el Gobernador partió con el aviso á Bariquizimeto, y diez de sus marañones, sin que uno supiese de otro, tuvieron ocasion de irse emboscando en las malezas por salir de tan peligrosa compañía: burla que sintió el tirano sobre manera, ponderando á voces la infamia de sus marañones y la que se le seguiria á un caudillo como él, muriendo desamparado, como él decia, á manos de tan vil canalla como la de Venezuela.

En el tiempo de estos acaecimientos habia nombrado el Gobernador Pablo Collado por General de la guerra que le amenazaba á Gutierre de la Peña, con quien tenia dispuesto se fuesen retirando los ganados y víveres del camino que llevaba el tirano, y que por todos ellos se pusiesen cédulas de perdon á todos los marañones que lo desamparasen por acudir á la parte del Rey, juzgando conseguir con las trazas del entendimiento lo que no se atrevía á fiar de la cortedad de su ánimo; y en estas disposiciones estaba discurriendo cuando le llegó el aviso de la centinela que habia entrado tocando arma en Bariquizimeto, para donde partió luego Gutierre de la Peña con la gente que se hallaba, dejando á su Gobernador en el Tocuyo con el achaque ordinario que padecia de espantos, y que brevemente alivióé en parte el Capitan Diego García de Parédes, que con catorce compañeros que sacó de Mérida y otros veinte de Trujillo, se le entró por sus puertas: fineza que pagó con pedirle perdon de los disgustos que le habia ocasionado y rogarle admitiese el puesto de Maese de campo, por haberlo puesto la ocasion de la guerra en el aprieto de nombrar por General á Gutierre de la Peña, eleccion que no hubiera hecho á tenerlo presente. Aceptólo Parédes, que llevaba puesta la mira en el servicio del Rey y no en los reparos que corren en este tiempo, y así partió luego con el Gobernador á juntarse con la demas gente en Bariquizimeto, donde se habia de esperar al tirano y donde el Parédes fué recibido de Gutierre de la Peña con los brazos abiertos por acreditar que los peligros concilian los ánimos, que no puede la razon y que donde interviene la conveniencia real deben ceder todos los intereses particulares.

Aguirre marchaba entre tanto con gravísimas incomodidades que le ocasionaban las lluvias del cielo y aspereza de los caminos, donde impaciente miraba tal vez al cielo con saña, diciendo: Piensa Dios que porque llueva no tengo de ir al Perú y arruinar el mundo? pues muy engañado está; y pasando de estas blasfemias á pronosticar su fin desastrado, proseguía hablando con el Capitan de su guarda, Susaya, y con su gran confidente, Francisco de Aguirre: que si en aquella Gobernacion no se le agregaban cuarenta ó cincuenta hombres, temia del mal ánimo con que veía á sus marañones, que no habian de llegar al Nuevo Reino; otras veces decía que estaba cierto de que no se habia de salvar, y que estando vivo ardiaen el infierno, y que pues ya no podia ser más negro el cuervo que las alas, habia de ejecutar tales crueldades, que su nombre se oyese en toda la redondez de la tierra; otras, aconsejaba á los que iban marchando, que por temor del infierno no dejasen de hacer cuanto el apetito les pidiese, pues con solo creer en Dios les bastaba para subir al cielo. Con estas pláticas envueltas en muchas perplegidades, llegó á una ranchería de minas, y aunque halló en ella cantidad de maíz con que aliviar la penuria de su campo, más hubiera estimado hallar los negros que habian retirado los dueños, para juntarlos con otros veinte, que con Capitan que los gobernaba, tenia en su campo, y con el ejemplo que tenian á la vista hacían más desafueros que los mismos marañones. Detúvose alli un dia, y al siguiente prosiguió con los mismos afanes hasta el rio de Aracui, que corre al remate de una colina, desde la cual se avista el valle de las Damas, en cuyas riberas se detuvo el dia que gástaron las centinelas de Bariquizimeto en dar la noticia á Gutierre de la Peña.

Miéntras al siguiente dia marchaba el tirano con más recelo de que lo desamparase su gente, que temor de la nuestra, y en consultas sobre si derramaría la sangre de otros cuarenta de los suyos habia pasado el antecedente, y miéntras con la noticia individual de las fuerzas que llevaba, animaba el campo del Rey Pedro Alonso Galeas, soldado de Aguirre, que desde la Margarita se le habia pasado al Capitan Fajardo, y en canoa que le dió á tierra firme, y de allí á Bariquízimeto, afirmando que en ciento y cincuenta hombres que llevaba, no habia cincuenta que de voluntad le siguiesen, y lo que convendria no aventurar el campo Real al trance de una batalla, resolvió el Maese de Campo Parédes salir á reconocerlo con quince caballos, sin otra prevencion que la de unas lanzas moriscas y ciertas celadas de manta de algodon colchada, de que se valian en el país contra la flechería de los indios. De esta suerte, pues, gastado un dia en la jornada comenzó Parédes de la parte de Bariquizimeto, y Aguirre del Aracui, á entrar en un pedazo de montaña espesísimo que hay en el valle de las Damas por una senda angosta, que la corta sin dejar más latitud que la suficiente para caminar enhilados uno en pos de otro, y cuando más faltos de noticia se hallaban de la una y otra parte, se dieron vista tan de repente, que cejando los descubridores igualmente, obligó el susto de los nuestros y la ramazon de los árboles, á dejaras una ó dos lanzas y otras tantas celadas ó caperuzas, que puestas despues en las manos de Aguirre, fueron motivo para que mofando, como siempre, representase á los suyos que por aquellas alhajas reconocerian lo mucho que medraban los que servían al Rey de Castilla, y prosiguió su marcha sin dar tiempo ni ocasion á Parédes para que lograse alguna emboscada, respecto de aprovechar toda la noche siguiéndolo, hasta que lo obligó á retirarse á Bariquizimeto, donde estaba el General Peña con sesenta hombres tan mal armados como los que van referidos, de que se componía todo el Ejército Real, con quien consultando lo que se debía hacer, determinaron desamparar la ciudad por la falta que tenian de armas de fuego, y consistir en caballería toda su fuerza.

Con el mismo órden que salió de la montaña prosiguió Aguirre hasta los veinte y dos de Octubre, que entró en la ciudad y se alojó en las casas de Damian del Barrio, que estaban cercadas y almenadas de tapia y adobes, sin otro acaecimiento que el de haberse avistado ambos campos y dado órden Aguirre para que cualquier infante pudiese matar al compañero que se le apartase tres pasos, y la novedad de haber puesto en la vanguardia á sus más confidentes en el ingreso de la ciudad, y haber desplegado cuatro banderas y un estandarte, haciendo salva á sus contrarios con una carga cerrada sin bala, y haber dispuesto que previniesen otra con dos balas enramadas en cada arcabuz, por si la gente del Rey, que por la parte opuesta de la ciudad entraba al mismo tiempo hasta ponerse á tiro de mosquete le acometiese. Pero discurriólo mejor Gutierre de la Peña con volverse á retirar sobre las barrancas del rio en que al Oeste remataba la sabana en que alojados pretendían mantenerse sus ochenta caballos, porque á no haber elegido este medio hubieran los marañones vendido bien sus vidas, desesperados de hallar indulto á sus culpas, á cuyo acierto correspondió el que tuvo García de Parédes, que con ocho caballos, tomando una vuelta por donde el tirano no pudo verlo, dió en su retaguardia y le tomó cuatro bestias cargadas de alguna ropa, pólvora y municiones de que tenian falta los nuestros, aunque las armas de fuego no pasaban de cuatro. Retirado el campo Real, á la tarde del dia siguiente licenció Aguirre á los suyos para que saqueasen la ciudad, en que solamente hallaron las cédulas de perdon que el Gobernador Pablo Collado habia hecho en nombre del Rey á los que abandonasen al tirano, y una carta para él en que lo exhortaba á que volviese al servicio de su Majestad, con quien lo seria buen tercero, remitiéndolo á sus piadosas plantas; y en caso de no venir en ello, librasen todo el derecho de las armas en batallar los dos cuerpo á cuerpo, porque la victoria fuese con ménos sangre.

Estos papeles habia dejado Gutierre de la Peña en parte que todos los viesen, como lo consiguió, de que se alteró Aguirre, de suerte que perdonara el saco, por rico que fuese, porque no los hubieran encontrado; pero disimulando cuanto pudo, procuró dar á entender el veneno que llevaban aquellas doradas pildoras, pera los que se creyesen de lijero. Que se acordasen, decía, de que sus maldades, robos y muertes habian excedido en el número y en la malicia á cuantas en España y en las Indias se habian cometido, y era mui falida fianza la de un Gobernador de caperuzas, pare el seguro de lo que el mismo Rey no podia perdonar. Que los parientes y amigos de los muertos los habian de perseguir hasta beberles la sangre, aun cuando el Rey, faltando á la equidad, los amparase: ademas, que no habria hombre ni mujer, por más vil que fuese, que con el nombre de traidores no los afrentase á todas horas y en todas partes. Que tarde ó temprano habian de pasar por el mismo castigo que vieron sobre sus cabezas Juan de Piedrahita y Tomas Vásquez, á quienes se las derribó un Bachillerejo, sin haber hecho caso de sus muchos servicios á la corona, ni de Los perdones que tenian ganados del Rey.

Dicho esto, mandó quemar algunas casas que le podian servir de padrastros, y á vueltas de ellas, por accidente á malicia, se quemó tambien la iglesia, de donde mandó sacar las imájenes, por dar alguna señal de haber nacido en Vizcaya. y de que sentidos los del campo real pusieron fuego aquella noche á las demas casas, sin que se librase otra que la en que estaba alojado el tirano. Ya por aquel tiempo habia arribado al Tocuyo el Capitan Pedro Bravo de Molina con los veinte caballos que sacó de Mérida y los que se le agregaron de la Nueva Trujillo, de que agradecido el Gobernador, lo nombró por su Teniente general, que aceptó contra el parecer de los suyos, pidiéndole, en recompensa, se animase á ir con él á Bariquizimeto á dar calor al ejército, en cuya propuesta hubo de venir más de fuerza que de voluntad, y con más de sesenta hombres, que ya le habian acudido de toda la Gobernacion, al calor de los de Mérida salió aquel mismo día, sobretarde, y caminando toda la noche, descubrió al amanecer un correo que llevaba una carta de Aguirre, en respuesta de la que habia dejado suya en Bariquizimeto, y refiere á la letra Fr. Pedro Simon, en la cual usando de aquel su ordinario estilo, le dice cuán enterado se halla de sus letras y de la altura hasta donde puede llegar su valimiento con el Rey, para las buenas tercerias que promete hacerlo en su Corte. Que se quite de preámbulos y no trate de que lleguen los campos á tentarse las corazas, sabiendo lo poco que puede ganar en ello, y que sí el Rey de Castilla hubiera de pasar por la lid de cuerpo á cuerpo, que le propone de memoria, admitiera el desafío y le diera aventajadas las armas, pues la guerra de que entiende es la que hace á los vecinos con sus dos nominativos, averiguando cómo ganaron la tierra, para quitarles el dinero ganado con su trabajo. Que su intento es pasar al Perú, saliendo de aquella tierra, donde por la muestra de ciertas caperuzas que ha cogido de su gente, muestra el poco jugo que puede tener. Que la pretension suya es de que lo bastimente por su dinero, ó se provisionará por fuerza y de balde. Que si lo buscare, lo hallará con muy buenas pelotas, y las manos en la masa. Y últimamente, que no es ir contra el Rey pretender sus marañones hacer lo que sus antepasados hicieron: ademas, que habiéndose desnaturalizado de los Reinos de España, no habia sobre qué imponerles la nota de desleales.

Otras cláusulas ménos decentes que les referidas contenia la carta, que en vez de encender fuego en el Gobernador, le sacaron resignaciones, diciendo con muchas lágrimas que ojalá hubiera aceptado el desafio, por la confianza que tenia de la victoria; poro que siendo aquélla la voluntad de Dios, se resignaba en las disposiciones de su providencia, ya que permitía llegasen hasta allí las centellas del Perú, y lo pusiesen en aquellos aprietos, que no sirvió, de otra cosa sino de motivar risa en su campo, y despues pagaron los de Venezuela en lo poco que le duró el gobierno, aunque no quedaron sin desquite en la residencia. El mismo diaque Pablo Collado salió del Tocuyo, que fué el antecedente á éste, resolvió el Maese de Campo Parédes desasosegar al tirano al cuarto del alba, y saliendo con algunos caballos y cinco arcabuces, que ya tenia en el campo del Rey, se puso á corta distancia del fuertezuelo, y los hizo disparar las veces que dieron tiempo, á que sin haberlo sentido le echase el enemigo cuarenta arcabuces, que puestos á tiro le dieron una carga tan perdida, que sin alborotarse los nuestros, la recibieron sin descomponerse del órden que tenian, supliendo la debilidad de las armas con la robustez de los ánimos empeñados en perderse por el crédito de su Rey: de que amedrentados los de Aguirre, á por conocer que aquellos corazones se aventajaban al número de su gente, á porque la justicia estaba de su parte, no quisieron adelantarse á más empeño, que atribuyó Aguirre á traicion de los suyos, y más cuando al siguiente diase le entró en el fuerte un negro fugitivo, con la noticia de haber llegadó el Gobernador con Pedro Bravo de Molina y doscientos hombres del Reino, bien prevenidos de armas y caballos, que él habia visto, de que mostró Aguirre no hacer caso, aunque puso más aprieto en que ninguno saliese del fuerte; y á la verdad fundó bien su recelo, pues los más propusieron no perder ocasion de pasarse al campo del Rey.

Los primeros que abrieron el paso á esta transmigracion, en que consistió la dicha de vencer sin sangre, fueron Juan Rangel y Francisco Guerrero, que al tercer dia de su llegada, saliendo secretamente con sus armas, llegaron á los nuestros, asegurándoles que sin otra diligencia que la de estarse á la mira, destruirian al tirano, por no haber en su campo cincuenta hombres que lo siguiesen con gusto, y tratar los demas de abandonar su partido, especialmente Juan Gerónimo de Espinola y Hernando Centeno, y otros diez ó doce camaradas que tenian prevenidos para efectuarlo. Este mismo diaquiso el Capitan Bravo de Molina darle una vista al enemigo, y así, con el Maese de Campo Parédes, con los Capitanes Hernando Cerrada, Pedro de Gaviria, Francisco Ruiz, García Valero, y hasta cuarenta caballos más, entre quienes iban los marañones que se habian pasado á la parte del Rey, tomó la vuelta de la ciudad, hasta ponerse sobre la barranca del rio, en parte que pudiesen oir los del fuertezuelo á los suyos, que llamaban á voces, asegurándoles el perdon prometido, si desemparasen al tirano con tiempo, pues habiendo llegado el Capitan Bravo con doscientos caballos, no les quedaba otro medio para asegurar las vidas despues: y como al tiempo que esto decian reparasen en que algunas indias del servicio de los marañones estaban lavando ropa en el rio, se fueron deslizando el Capitan Parédes y Bravo, y otros diez ó doce compañeros, y sin que fuesen vistos del bando contrario, por tener puesta la atencion en los demas que les hablaban, bajaron al rio y se llevaron á la grupa toda la ropa y gente de servicio.

De este atrevimiento coligió Aguirre el mal suceso que le amenazaba, y consultando á sus más parciales, mandó que los Capitanes Susaya y Cristóbal García, con sesenta arcabuceros, echando voz de que salian por víveres, diesen aquella noche sobre el campo del Rey, y ejecutado el daño que pudiesen, tomasen la retirada al romper del día, tiempo en que saldría él con el resto de la gente á recibirlos; pero todo ello no tuvo efecto, porque ni sus Capitanes atinaron con los cuarteles de los nuestros, ni la casualidad de sentirlos el Capitan Romero (que con su gente de Nirúa caminaba aquella noche al socorro de en Gobernador) les podiaser favorable con el arma que entró dando á los nuestros, de que resultó cogerlos el cuarto del alba formados en batallon. Los de Aguirre, que ningun rumor sentian, hicieron alto para descansar hasta la mañana, en que viendo ir sobre ellos las tropas de la caballería, se pusieron en órden, y á buen paso marcharon hasta un barzal espeso, de quien podían fiar las espaldas al choque de los caballos, y despachada la noticia á su General, hicieron rostro al campo del Rey, que mal podiaacometerlos con el embarazo de las barrancas y abrigo de los matorrales, y así, puestos los unos y otros á buena distancia, se estuvieron firmes.

Lope de Aguirre, con la noticia de los suyos, puesto luego en un caballo morcillo, con la bandera negra de su guarda tendida y el resto de su gente, llegó al socorro haciendo muestra de acometer á nuestro campo, que se componía ya de ciento y sesenta caballos y de cinco ó seis arcabuces; pero viendo Gutierre de la Peña que no sacándolo de aquel sitio aventuraba la victoria que todos le aseguraban, comenzó á retiraras, y empeñado Aguirre en seguirlo, dió lugar á que una tropa de caballería le ocupase el sitio de los matorrales; mas no por eso desmayó Aguirre, ántes doblando su gente se puso en batalla, con la prevencion de cincuenta arcabuceros de reserva, con balas enramadas para el mayor aprieto, y fué dando algunas cargas, ocasionando á los nuestros á que le acometiesen por verlos, que á doscientos pasos de su escuadron se andaban escaramuzando; siendo muy de notar que con tirar los de Aguirre de mampostería con tan buenas armas de fuego, hiciesen tan poco daño sus balas, como las de la artillería de Francisco Hernández Giron, pues granizando desde Pucura sobre el campo Real, parecieron pelotas de viento, como éstas lo parecieron de cera, pues aplanadas sobre la piel de los caballos, y no causando susto alguno las otras, dieron muestras evidentes de haberse declarado el cielo contra un mismo género de traidores.

Reconocióse más la evidencia en que no siendo más de cinco ó seis arcabuces los que habia en el campo del Rey, le mataron con ellos el caballo al tirano y á dos soldados le hirieron, y en que siendo el más íntimo confidente suyo Diego Tirado, que como Capitan de caballos andaba tambien escaramuzando en una yegua delante de su escuadron, se pasó á sus ojos al campo del Rey, aconsejando al Gobernador excusase por todos caminos la batalla, en que tenia Aguirre la ventaja de los cincuenta arcabuceros reservados con balas enramadas; ántes bien esparcidos le quitasen la ocasion de que lograse algun tiro, y diesen lugar para que los demas marañones se le fuesen pasando, como lo intentó Francisco Caballero, y lo hubiera conseguido, á no haberse atascado la yegua y tenido tiempo Aguirre para recogerlo y perdonarlo despues, como diremos: tambien acaeció que otro soldado de los del Rey, llamado Ledesma, se fué empeñando en la escaramuza hasta ponerse á cuarenta pasos del escuadron de Aguirre, quien decía á voces no le tirasen, porque se iba á ellos; pero fué tan contrario el suceso, que apénas lo tuvo por suyo, cuando vuelta la grupa á los marañones, y diciendo viva el Rey, partió á su campo con tal lijereza, que por más tiros con que lo hicieron salva en la partida, consiguió el logro de su atrevimiento.

Bramaba el tirano con estos sucesos, y más viendo que los suyos con armas tan aventajadas no hacían efecto en sus contrarios, y colérico les decia se avergonzasen de que unos vaqueros, con zamarros de ovejas y rodelas de vaca, le hubiesen muerto el caballo y herido su gente, sin que ellos derribasen alguno; y decia esto, porque el uso de la provincia es de andar á caballo con capotillos de dos haldas de pieles de leen, para defensa del sol, y porque recelaba de sus marañones que hacian la puntería á las estrellas en vez de tirar á los enemigos, que todo era la señal más cierta de desampararla Por esta causa los fué luego retirando casi á empellones á su fuertezuelo, en cuya entrada pretendió Gaspar Díaz, portugues, mostrarse tan fino amigo de Aguirre, que diciendo muera el traidor, le tiró un golpe de partesana á Francisco Caballero, el que pretendió pasarse al campo del Rey, y aunque lo hirió malamente, acudió Aguirre á su defensa, y lo mandó curar, por no hallarse ya en estado de perder un hombre tal cual fuese, y volviendo á zaherir á los suyos con lo poco que habian hecho, puso guardas en las puertas, y variando de intento estuvo resuelto á dar garrote muy poco despues á más de cincuenta enfermos, y de los que hallaba tibios en su servicio, y hubiéralo ejecutado, si consultando á los suyos no le representaran que podiaser matase á los más amigos, pensando que no lo eran, pues habia experimentado que teniendo al Capitan Tirado por el más íntimo, le habia salido el más desleal, y así podría ser que en llegando la ocasion estuviesen más ardientes en morir en su defensa algunos de los que imaginaba más tibios en asistirla

El consejo bastó para darles vida, mas no para que no los desarmase, y pareciéndole que ya en el camino que habia elegido pata el Perú, hallaba más oposicion de la que habia imaginado, acordó tomar otra vez la vuelta de la Burburata y embarcarse como y á donde pudiese: designio que ya tenian sospechado los del campo del hoy, por lo cual siempre tenian sobre el fuerte cuarenta caballos para desacomodar los víveres y recoger á los que lo abandonasen. Con esto apremio creció el hambre hasta valerse de los perros y caballos que habia en el fuerte, y á pesar de las guardas se les iban muchos de uno en uno y de dos en dos al campo del Rey, y para mostrar Aguirre que no temía la fortaleza de los nuestros sino la inconstancia de los suyos, mandó salir veinte arcabuceros, que diesen en el Capitan Bravo, y el Maese de Campo, de suerte que no llamasen á sus marañones tan de cerca como lo hacían: salieron los veinte, y amparados de una ermita que les hacia espaldas contra la caballería, comenzaron de una y otra parte los que jamas se habian experimentado en la guerra, á decirse muchos oprobios, que el Capitan Bravo de Urbina atajaba en los suyos, especialmente en el de llamar traidores á los de Aguirre, diciéndoles no ser de gente noble é injuriar con palabras á los enemigos, y más siendo todos españoles á quienes con buenos términos trataba él de reducir al servicio del Rey, pues ya veian que sentidos de la afrenta se estaban firmes y pretendian á balazos hallar el despique.

Diciendo estaba semejantes palabras á éstas, cuando un soldado de Aguirre, mestizo, llamado Juan de Lescano, reparando en que era el Capitan Bravo el que más sobresalia entre todos en la desestimacion que hacia de las balas y prontitud á los encuentros, haciendo en él la mejor puntería que pudo, le dió en tan buena parte al caballo, que lo derribó en tierra, con el susto de que los compañeros tuviesen por muerto al jinete, de que los marañones levantaron grande grita, por no haberles sucedido hasta entonces lance semejante; pero socorrido el Capitan Bravo con otro caballo, se retiró algo más con su gente, por no perder el fuerte de vista, con la última noticia que tuvo de que Aguirre intentaba tomar la vuelta del mar, para lo cual habia desarmado los más sospechosos, diciendo no convenía llevasen las armas con que despues le hiciesen la guerra, y fué tan cierto el aviso, que teniéndolas ya sobre las cabalgaduras y todo dispuesto para la partida, habiendo mandado marchar á los desarmados, le replicaron que aquello era llevarlos al matadero, y lo que pudieran desear los contrarios para pasarlos á cuchillo á todos; ademas, que seria grande afrenta volver atras por falta de valor para pasar adelante; y decíanle esto con tales brios, que temiéndose Aguirre de que fuese motín, tuvo á buen partido volverlos las armas y pedirles perdon de su yerro, por ser el primero que habia cometido en la jornada: y reparando en que algunos no las querian por sentirse afrentados, llegó la vileza de su cobarde altivez á que él mismo en persona les fuese rogando las recibiesen.

Miéntras estas alteraciones corrían, y entre ellas trataba el tirano de matar al Capitan Juan Gerónimo de Espinola, por ser el que más arrojado le hablaba, y por no haber ya quien obedeciese al tirano como de ántes, que no pudo tener efecto; el Capitan Bravo de Molina y Maese de Campo Parédes, con dos buenas tropas de caballería, se pusieron sobre el fuerte como otras veces, por la noticia que ya tenian que la partida de Aguirre quedaba dispuesta, y en repetidas voces decían á los marañones que mirasen por sí, porque los llevaba engañados, y no les quedaba ni en la mar ni en la tierra otro recurso que volver á la obediencia del Rey. En esta ocupacion estaban cuando vieron en el rio, como en la otra ocasion, algunos indios que andaban cercanos al fuerte, y para lograr el lance bajaron con hasta quince caballos, dejando órden para que saliendo alguna gente contra ellos, les hiciesen la seña con una espada desnuda. A pocos pasos que dieron se les hizo la seña, porque descubiertos de Aguirre, mandó al Capitan Espinola que con quince arcabuceros bajase á defender la presa de los indios; más no por eso dejaron de proseguir los nuestros hasta descubrir al Capitan Espinola, de quien luego se fueron retirando, por el daño que les podian hacer las armas de fuego; pero reparando el Capitan Bravo en que apresuraban el paso diciendo viva el Rey, hizo alto y los esperó, y tomándolos á la grupa subió la cuesta, y con ellos pasó á noticiar á su Gobernador del suceso, dejando al Espinola con los demas que estaban á la mira del fuerte.

Esta fatalidad fué la total perdicion de Aguirre, pues viendo los que estaban fuera del fuerte baleando á las centinelas del Rey que su ruina era cierta, pues con el ejemplo de Espinola harían todos lo mismo, trataron de no ser los últimos, y á la vista de Aguirre, que juzgaba ir en su favor, se pasaron á los nuestros, diciéndoles viva el Rey, que á servirlo venimos. Recibiólos con alegría el Maese de Campo, y con la misma le dijeron acometiese al fuerte, pues los que estaban dentro se le entregarían, por ser aquellos de quienes Aguirre se recelaba. Miéntras esto acaecía, trató Aguirre, el navarro, con sus camaradas, de dar muerte al tirano, para ganar el perdon con la fineza, mas no hallando ocasion y viendo bajar al Maese de Campo, salió á ofrecerle sus personas en servicio del Rey, y no habiendo quedado en el fuerte más que estos últimos, porque los demas habian hecho fuga por un portillo de la cerca, miéntras Aguirre miraba el encuentro que los suyos tenian con el Maese de Campo Parédes, se halló el tirano sin más compañía que la de Anton Llamoso, que habia jurado ser su amigo en vida y en muerte, y García de Parédes, viendo la victoria entre manos, despachó un caballo con el aviso á su Gobernador, que luego partió de su alojamiento á coger el fruto de sus trabajos.

Aguirre entónces, viéndose desamparado de todos, vuelto á Llamoso, Capitan de su municion, le dijo que por qué no iba á gozar de los perdones del Rey, á que respondió lo mismo que tenia jurado, y no diciéndole otra palabra, se entró en el aposento en que tenia á su hija en compañía de una mujer natural de Molina de Aragon, á quien llamaban la Torralba, que habia bajado del Perú con Pedro de Ursua, y poniéndole el demonio en el pensamiento que cerrase el proceso de sus crueldades con la más inaudita que pudo caber en la estolidez de una fiera, matando á su misma hija cuando no tenia valor para morir peleando, se fué para ella con el arcabuz encarado, diciendo se encomendase á Dios porque la quería matar, y preguntando su hija la causa, le respondió que porque río se viese afrentada con llamarla hija de un traidor. La Torralba, entónces, asida del arcabuz, pretendió con ruegos disuadirlo de aquel intento; pero él, que era inflexible en sus resoluciones, dejándole el arcabuz en las manos, sacó la daga y mató la hija á puñaladas: salióse inmediatamente del aposento, más viendo que ya entraba la gente del Rey, soltó las armas, y volviéndose á retirar, trató de valerse de los piés de una barbacoa, en señal de que le faltaban manos para vendar bien su vida. Mas en sí estuvo para morir con valor el negro Rey Miguel, en su defensa, que el que fuera de sí gastó su mala vida en ofensa de su propio Rey. Entónces Ledesma, un espadero del Tocuyo, que habia entrado el primero, vuelto al Maese de Campo, le dijo: Aquí tengo, señor, rendido al tirano; á que respondió él: no me rindo yo á tan grandes bellacos como vos. La respuesta dictó su mala costumbre, no valor que para ella tuviese, pues con voz desmayada dijo á Parédes: señor Maese de Campo, pues es caballero, dé lugar para oírme, porque tengo negocios de importancia que comunicarle de servicio del Rey.

Prometió hacerlo Parédes; pero instándole los marañones en lo que convenia matarlo ántes que llegase el gobernador, dio permiso para ello, y entónces uno de ellos le disparó el arcabuz y le atravesó un brazo, diciendo Aguirre al mismo tiempo: mal tiro; y disparándole otro uno de los compañeros, que lo hirió en el pecho, murió diciendo: éste si. Fr. Pedro Simon no dice quiénes fueron los dos que le mataron; pero el cronista Herrera en la década octava dice haber sido Juan de Cháves y Cristóbal Galindo, recelosos de que Aguirre descubriese cuanto habia pasado en la jornada. Saltó luego sobre el cuerpo otro marañon, llamado Custodio Hernández y cortada la cabeza, la tomó de la melena, que tenia bien larga, y con ella fué á recibir al Gobernador, miéntras el Maese de Campo hacia tremolar las banderas del despojo sobre las almenas del fuertecillo al Gobernador, que se le acercaba; y aunque sentido de que hubiesen muerto al tirano sin Arden suya. hubo de pasar por lo hecho y mandar que la hija fuese enterrada en la iglesia y al padre hiciesen cuartos, llevando la cabeza al Tocuyo, donde permanece la calavera en una jaula de hierro, y se conserva la basquiña y corpiño de la hija con las señales de las heridas. Las banderas se pusieron en el templo y las dos manos del tirano se remitieron á las ciudades de Mérida y de Valencia: de los despojos de perlas de la Margarita, oro y plata que allí robaron, no hay autor que dé noticia pero no faltan de que algunos marañones quedaron ricos con ellas.

Este fué el desastrado fin de Lope de Aguirre, y lo que en él se extraña es no habérsele anticipado á los viles empleos que tuvo hasta pasar de cincuenta años : fué hombre de noble sangro heredada y de mucha infamia adquirida, natural de la villa de Oñate de la provincia de Guipuzcoa, donde el padron que se ve fuera de la villa, en la casa que tuvo, recuerda el lunar que puso á tan esclarecida nacion. No hubo alzamiento en el Perú donde no se hallase de la una ó la otra parte, y siempre obrando de suerte que á ninguna agradase. Estando solo, ninguno fué tan cobarde, y ninguno más arrojado cuando estaba en cuadrilla. El aspecto de su persona fué despreciable: bajo de cuerpo y de pocas carnes, lisiado en una pierna de la herida que recibió en uno de los encuentros que tuvo con la gente de Francisco Hernández Giron. A la inquietud que tenia en los ojos correspondia la de su mal ánimo. Fué incansable en los trabajos de la guerra, sirviendo á pié ó á caballo. Siempre anduvo armado, y tan apercibido, que nunca estuvo sin dos cotas o con una, su espada y daga, arcabuz y lanza. Aborrecía á los soldados que rezaban el Rosario á devocion semejante, diciendo que no los quería tan cristianos, sino tales que, si fuese menester, jugasen las almas á los dados con el demonio. No hubo tirano en el Perú de quien no tomase algun resabio, que adelantó su malicia. De Francisco Carvajal pretendió imitar la jocosidad, y convirtióla en chocarrería. En las crueldades fué gran discípulo de Vasco Godinez, y á tenerlo Francisco Hernández por jefe, no hubiera hecho caso de Alonso González; y sí en algo no tuvo ejemplar, fué en la desvergüenza con que blasfemaba de Dios y se preciaba de que lo tuviesen por traidor á su Rey.

Fenecida la guerra, observó puntualmente el Gobernador cuanto habia prometido en nombre del Rey á la gente de Lope de Aguirre, y licenció para que pudiese pasar donde quisiese. Más cuerda resolucion hubiera parecido la de no preferir el cumplimiento de su palabra á la conveniencia general que interesaba el Reino en que no lo infestase tan infame semilla. Faltando el Gran Capitan á la seguridad que le tenia dada al Duque Valentin, acreditó en las escuelas de la prudencia que no debió temer el descrédito de faltar á su promesa por apagar el tizon que ocasionaba los incendios de Italia: y si en el salvo-conducto que dió á Lutero nuestro Emperador Cárlos V, hubiera atendido á este ejemplar de tan cuerdo vasallo, ni hubiera padecido tantas persecuciones la Iglesia, ni tan grande Monarca necesitara de ocurrir á los tribunales de la vanidad para encontrar la disculpa. Satisfecho, en fin, el Gobernador de lo que por su dictámen obraba, deshizo el ejército, y despachada la noticia de todo lo sucedido á Castilla con el Maese de Campo Diego García de Parédes, que quiso ir en persona á representar sus muchos servicios, tomó la vuelta de Mérida el Capitan Pedro Bravo de Molina, aplaudido como merecía del Gobernador Pablo Collado y vanaglorioso de los buenos efectos que habian resultado de aventurase en persona al encuentro de Lope de Aguirre, ántes que él lo buscase en su casa.

Habiendo partido así la gente de Mérida, y sentido el Gobernador Collado de las mortificaciones que le habian hecho padecer los vecinos de aquella provincia oir las disposiciones de la guerra y mal concepto que hicieron de su persona para semejantes empresas, y con el sentimiento que mostraban tener de la reparticion del despojo de las armas, en cada cual se tenia por el más agraviado, se comenzó á destemplar en el gobierno, tratándolos con diferente estilo del que ántes usaba; de que resultaron algunas quejas que, representadas en la Audiencia de Santo Domingo, ocasionaron la resolucion de enviarle por Juez á averiguacion de ellas á un Jurista llamado el Licenciado Bernardez, con la comision ordinaria de que hallándolo culpado se quedase en el gobierno y remitiese al reo, como lo hizo á tiempo que ya el Pablo Collado aspiraba a nuevas conquistas con los buenos sucesos que los dos hermanos Fajardos habian tenido por principios de este año de sesenta y uno, poblando dos lugares de españoles: el uno de Nuestra Señora de Caraballeda sobre la costa del mar, dos leguas al Este del puerto de la Guaira: y el otro de S. Francisco la tierra adentro, que, alterados por este tiempo con la ausencia que hizo el Capitan Francisco Fajardo á la Margarita, dieron ocasion á algunas desgracias, y abrieron puerta á la conquista de la provincia de los Carácas, de que trataremos en su lugar, miéntras damos una vista á lo que pasaba en las otras del Nuevo Reino.

anterior | índice | siguiente