CAPÍTULO
VIII
PREVIÉNESE EL NUEVO REINO PARA RESISTIR AL TIRANO LOPE DE
AGUIRRE.-COMPÉNDIASE LO QUE OBRÓ EN LA JORNADA DEL MARAÑON, HASTA
QUE TOMÓ PUERTO EN LA BURBURATA.-SAQUEA EL LUGAR Y LA NUEVA
VALENCIA.- EJECUTA NUEVAS TIRANÍAS HASTA LLEGAR A BARIQUIZIMETO,
DONDE LO DESBARATA LA GENTE DE VENEZUELA Y MERIDA, Y MUERE
DESDICHADAMENTE.
REFORMADA, como dijimos, la Real Audiencia, y habiendo corrido
el año de Sesenta y uno hasta los fines de Agosto, que fué poco
ántes que se poblase la villa de S. Cristóbal, entró por Septiembre
en Santafé un correo con carta del Capitan Pedro Bravo de Molina,
Justicia Mayor de Mérida, y con ella otra inclusa, escrita á él por
el Licenciado Pablo Collado Gobernador de Venezuela, en que le
decía haber llegado al puerto de la Burburata Fr. Francisco
Montesinos, del órden de predicadores, con un buen navío en que
asistía como Superior á las misiones de Maracapana, y con la
noticia de haber arribado á la Margarita un Capitan Vizcaino
llamado Lope de Aguirre, que, desembocando por el Marañon en dos
bergantines y algunas piraguas con el ejército que del Perú habia
sacado el Capitan Pedro de Ursua para el descubrimiento y conquista
de los Omeguas, por órden del Virey Marqués de Cañete, se habia
apoderado tiránicamente de la Isla, saqueado la ciudad y las Arcas
Reales de gran cantidad de perlas que en ella habia, y aprisionado
al Gobernador, Justicias y demas vecinos, ejecutando en ellos no
ménos crueldades que entre los suyos, por haber negado no solamente
la obediencia al Rey, sino el temor y respeto á Dios. Era su
designio dar la vuelta al Perú, donde pretendiarevivir el fuego de
las alteraciones en que se habia criado, y que por hallarse más
inmediato á aquel puerto de Tierra firme, sospechaba intentaría
abrir paso por el Nuevo Reino para el desatino en que habia
dado.
Esta noticia, ponderada de los recelos de Pablo Collado, y las
consecuencias que inferia de que entrase un tirano tan pujante en
un Reino donde no faltarian quejosos de mal premiados, lo alborotó
de suerte que todas sus villas y ciudades se pusieron en arma,
especialmente la de Santafé, que como cabeza de todas ellas debia
influirles lo más conveniente para su conservacion. Tenia el
gobierno superior, como dijimos, la Real Audiencia, que se componía
de los Oidores Grageda, Artiaga, Angulo y Villafañe, que si bien
poco experimentados en la guerra, dotados sí de la prudencia
necesaria para elegir Cabos, formar juntas y sacar de ellas las
resoluciones que más conviniesen al servicio del Rey, como se vió
por el efecto, pues formada la primera de tantos famosos caudillos
como en la ciudad habia, y representada por Grageda la sustancia de
las cartas y la noticia contusa que en ellas se daba de la gente y
armas de Aguirre, para prevenir las que pareciesen bastantes para
resistirle, en caso que pretendiese abrirse el pasó por el Reino:
el poco crédito que se debia dar á la sospecha de que un hombre tan
práctico de las Indias como lo era aquel tirano, intentase hallar
tránsito para el Perú por tan larga distancia de Reinos, como habia
de encontrar poblados de fieles vasallos de su Rey; y sobre todo,
la poca certidumbre de su entrada por la provincia de Venezuela,
solamente fundada en los discursos y temores de su Gobernador, y en
la cercania de la Burburata á la Margarita, dió lugar á que de
contrarío discurriesen conformes los de la junta.
Que el Gobernador de Venezuela recelaba justamente lo que
sucediera en el efecto, pues no pudiéndosele ocultar á Lope de
Aguirre la diligencia que el religioso ponia en dar aviso en todos
los puertos de la Costa, y que de ellos le resultaría la
imposibilidad de hallar paso por Nombre de Dios, habia de ocurrir
forzosamente á la Burburata, puerto abierto de Tierra firme desde
el cual, no pudiendo pasar al Perú, le seria fácil fortificarse en
alguna provincia rica de las de Mérida ó Pamplona, para mantener su
tirania, ganando cada dia hombres perdidos que le siguiesen. Que la
incertidumbre del número de gente y armas que llevaba debia ser el
más fuerte motivo para aplicar á la oposicion todas las fuerzas del
Reino, como no se faltase á las que debian quedar en las ciudades y
villas para mantenerse seguras, pues las del tirano debian
presumirse muy crecidas, respecto de haberlas sacado de Reino tan
abastecido de armas y gente para la conquista de Imperio tan
poderoso como el de los Omeguas: y en todo caso seria mejor que se
ponderase la ventaja con que lo vencian, que llorar la imprudencia
de no haberse prevenido para la contingencia de encontrarlo
ventajoso; y finalmente, que la presuncion de que no intentaría
pasar al Perú por tan dilatadas provincias y Reinos, pudiera tener
lugar en caso que Lope de Aguirre hallase paso más libre por otra
parte; pero no cuando necesitado de modios lo habia de arrojar su
desesperacion á la provincia que tuviese más á mano.
Firmes en esto parecer todos los de la junta, se resolvió
despachar avisos á los Gobernadores de Cartagena, Santa Marta y
Popayan, para que se hallasen prevenidos en caso que Lope de
Aguirre intentase la entrada por alguna de sus provincias.
Despacháronse provisiones á Pedro Bravo de Molina, en que dándose
el Rey por bien servido del celo que mostraba en servicio suyo, le
ordenaba no desamparase la ciudad de Mérida, tan recien poblada,
por aventurarse á perderlo todo, por la poca gente con que
podiasocorrer al Gobernador de Venezuela, y diese con tiempo aviso
de los más que tuviese del enemigo. Á las demas ciudades y villas
del Reino se dieron órdenes para que dejando la gente bastante para
defenderlas de las invasiones que pudiesen intentar los indios,
tuviesen pronta con sus Cabos la restante, para acudir á la parte
que los llamasen, remitiendo cuanto ántes listas del número, para
disponer con tiempo el ejército, que segun pareció despues habia de
formarse de doscientos caballos, cuatrocientas picas, doscientos y
cincuenta arcabuceros y los demas rodeleros hasta el número de mil
y quinientos hombres, bastantes á resistir á Lope de Aguirre, por
más pujante que fuesé, y aun otro ejército dos veces mayor, por la
ventaja que para derrotarle daban los pasos estrechos por donde
forzosamente habia de pasar.
Reconocido el número de la gente, se trató luego de elegir
Capitan general que la gobernase, en que por voto comun de justicia
fué nombrado el Mariscal D. Gonzalo Jiménez de Quesada, y por su
Maese de Campo Hernan Venégas Carrillo, título que hasta hoy se ha
continuado en sus descendientes: Capitanes de infantería; lo fueron
el Maese de Campo Juan Ruiz de Orjuela y Anton de Olalla, y de
caballos de Santafé y Tunja, Juan de Céspedes y Gonzalo Suárez
Rondon; y de la guarda del Sello Real, Gonzalo Rodriguez de
Ledesma, con órden todos de que estuviesen apercibidos para el
aviso que asegundase. Nombrados los Cabos, se empezó luego á
disputar sobre el sitio oir que se habia de esperar al tirano y
darlo batalla, defendiendo unos que el Valle de Cerinza, á doce
leguas de la ciudad de Tunja, era el más acomodado para el efecto,
por las campañas limpias que tiene para valerse de los caballos;
otros, más deseosos de encontrarse cuanto ántes con el tirano,
instaban en que debia pasar el ejército hasta él Valle de Cúcuta,
donde siendo el terreno igual al de Cerinza, y cogiéndolo
quebrantado de la marcha por caminos tan ásperos como habia de
seguir, seria roto con facilidad; y aunque la defensa de estas dos
opiniones comenzó por conferencias amistosas, llegó á encender
tanto á sus defensores, que pasando á desafíos precisó al General
Quesada á publicar bando con pena de muerte, para que sobre aquel
punto no se hablase, hasta que con el segundo aviso se resolviese
lo más conveniente.
Fenecidas con esto las competencias y honrosamente inquietos los
ánimos con la ocasion de verse en Campaña, se trató luego de
acuartelar las compañías, siendo tanto lo que se desperdició en
galas, armas y caballos, que tuvieron bien que lastar por muchos
días los vecinos de Santafé. Y porque se presumía que en diferentes
lugares del Reino estaban derramados muchos de los mal contentos de
las provincias de arriba, se despacharon por la Real Audiencia
otras provisiones bien apretadas para prender á cuantos soldados se
hallasen de los desgaritados de las alteraciones del Perú y de los
que hubiesen militado con Alvaro de Hoyon en su alzamiento; sin que
se le pueda negar á este Reino que anduvo singular en tres cosas.
La primera, en los crecidos gastos que tuvo esta prevencion de
armas y gente hasta la pascua de Navidad, en que le llegó el aviso
á Santafé de la rota y muerte de Lope de Aguirre, sin que se le
hiciese un real de costo á su Majestad. La segunda, en las
diligencias tan efectivas que hizo para limpiarse de gente perdida,
que pudiera viciar sus tropas, hasta lanzarla de sus términos. Y la
tercera, en que no tuviese hombre que se inclinase ni pasase á la
parte de Aguirre, cuando en el Perú le seguían en tropas y en la
cortedad de la Margarita pasaron de doce. Pero pasémonos á la
provincia de Venezuela y veamos qué ejército poderoso era el suyo,
qué número de gente y de qué calidades la que llevaba y cuáles
demostraciones de fuerte caudillo, como se intitulaba, fueron las
que hizo en la poca tierra inerme que pisó hasta Bariquizimeto,
quien pretendiaabrir paso con las armas por el Nuevo Reino para
ganar el Perú.
Para referirlo tengo por ocioso dilatarme en los acaecimientos
del Marañon, que hallará el curioso en los treinta y nueve
capítulos de la sexta noticia historial de las conquistas de Tierra
firme, que sacó á luz historiador tan grande como Fr. Pedro Simon.
Y asi asentado que uno de los principales motivos que tuvo el Virey
del Perú para encargar la, conquista de los Omeguas al Capitan
Pedro de Ursua, fué sangrar el cuerpo de aquel grande imperio de la
sangre corrompida de muchos hombres baldíos, que entre las venas de
sus provincias habian quedado como reliquias de los malos humores
de Gonzalo Pizarro Francisco Hernández Giron y don Fernando de
Castilla.
Que con diferente pretexto formó Ursua su armada en el rio de
los Motilones en que embarcados cuatrocientos hombres, pocos ménos,
con lucidas armas de fuego, gran cantidad de indios y cuarenta
caballos, salió del Astillero por fines de Septiembre del año de
mil quinientos y sesenta.
Que siendo gran parte de la gente que llevaba de aquella misma
de que el Virey se habia recelado, y entre quienes sobresalían
Lorenzo de Salduendo, Lope de Aguirre, Juan Alonso de la Bandera,
Cristóbal de Chaves, Alonso de Villena y Alonso de Montoya,
bastantes á inquietar todo un Reino, fué consiguiente malquistar al
General Ursua de suerte que á su campo se le hiciese formidable la
forma de su gobierno.
Que asentada esta basa y navegadas por el Marañon más de
setecientas leguas desde el astillero hasta un pueblezuelo de la
provincia de Machifaro, y consultada la conjuracion con D. Fernando
de Guzman, con la promesa de suceder en el gobierno á Pedro de
Ursua, lo mataron alevosamente y á su Teniente general D. Juan de
Várgas.
Que elegido D. Fernando por General del ejército, Lope de
Aguirre por Maese de campo y repartidas las compañias entre los
demas amotinados, fué la primera accion del General disponer cierta
informacion para justificar las muertes, y la primera de Aguirre,
persuadirlos á que negasen la obediencia á su Rey natural, con la
demostracion de firmar la informacion con el nombre de Lope de
Aguirre el traidor, y á que volviesen á levantarse con los Reinos
del Perú asegurados con la esperanza de la mucha gente que se
juntaría á su ejército.
Que navegadas otras doce leguas del rio abajo, dispuso labrar
bergantines para salir al mar del norte, y ejecutadas las muertes
de Juan Alonso de la Bandera y otros parciales suyos, consiguió que
todo el campo aclamase y jurase por príncipe soberano del Perú á
don Fernando de Guzman, siendo el primero, que se desnaturalizó de
los Reinos de España.
Que aceptada por D. Fernando esta fantástica majestad con vanas
ostentaciones de su mal juicio y navegadas otras sesenta leguas de
rio hasta la poblacion de una isla, á pesar suyo hizo matar Lope de
Aguirre en su presencia á Lorenzo de Salduendo, á doña Ines de
Atienza, Alonso de Montoya, al Almirante Miguel Bodebo, á Gonzalo
Duarte, á Miguel Serrano, á Baltasar Cortés Cano y sacrílegamente
al Licenciado Alonso de Henao, capellan del ejército, terminando
por aquel dia la sed insaciable de sangre humana con la atrocísima
muerte que ejecutó su malicia en su príncipe D. Fernando, despues
de tres meses y medio que representó ser príncipe de farsa en el
teatro de las vanidades de este mundo.
Que tomado en si el gobierno de aquel ejército con el título de
fuerte caudillo, partió en dos bergantines y muchas canoas y
piraguas de aquel pueblo, que llamó de la Matanza, y despues de
ejecutadas otras muchas muertes, y entre ellas la del Comendador
Juan de Guevara, dejando desamparados, muertos y abogados algunos
infantes y los más de los indios Yanaconas en las más desiertas
islas de las dos mil que hay en las bocas del Marañon, salió con
furioso temporal de olajes al mar del norte por principios de Junio
de este año de sesenta y uno.
Que habiendo reconocido las aguas del mar Océano y puesto la
proa á la Margarita tomó tierra engañosamente con doscientos
arcabuceros que le habian quedado de toda la gente de la armada que
salió del Perú, y aprisionados el Gobernador de la isla, D. Juan da
Villandrando y demas vecinos que fueron á cortejarle en el puerto,
despues que hizo matar á Diego Alvarez y á los Capitanes Gonzalo
Guiral de Fuéntes y Sancho Pizarro, pasó á la ciudad, donde
concluido el saco y robadas las Arcas reales, manifestó á su gente
que para conservacion de las Indias, como la más necesaria, llevaba
intencion de ejecutar atrocísimas muertes en todos los Obispos,
Vireyes, Presidentes, Gobernadores y Oidores que pudiese haber á
las manos, y de pasar á cuchillo á cuantos religiosos encontrase,
fuera de los Mercenarios, por ser los primeros, y no éstos, los que
impedian las libertades de la gente de guerra y tenian pervertido
el buen gobierno de las lndias.
Que habiendo hecho matar al Capitan Juanes de Hurriaga despues
de malograda la traza que dió para coger el navío de Fr. Francisco
Montesinos, por habérsele pasado á la parte del Rey el Capitan
Pedro de Monguia con la gente que llevaba á la faccion, cuya
pérdida suplió con trece hombres que se le agregaron de la isla, se
alteró de suerte que asegurando todos los prisioneros en el fuerte
de la Margarita, hizo que inhumanamente le diesen garrote al
Gobernador Villandrando, á Manuel Rodríguez, Alcalde ordinario, y á
tres Regidores, en que cebó la cólera que lo habia sacado de sí y
acreditó que en su tiempo siempre seria lealtad la traicion y los
peores los más honrados.
Que habiendo perdido la ocasion de llegar á las manos con la
gente de Fr. Francisco Montesinos, que estaba con su navío en Punta
de Piedras, volvió á la ciudad con ochenta Arcabuceros, y habiendo
hecho matar á estocadas á su Maese de Campo Martín Pérez y á Martin
Diez de Armendariz, primo hermano del Gobernador Pedro de Ursia,
resolvió salir de la Margarita en dos barcos que se habian labrado
para el efecto, escribiendo poco ántes una carta como suya á Fr.
Francisco, y recibiendo otra en respuesta como de un Provincial de
Santo Domingo.
Que determinado ya por la Providencia Divina el fin que se
acercaba á las tiranías de Lope de Aguirre, y siendo los
movimientos naturales más fuertes en los fines que en los
principios, fueron tales los que la natural crueldad de este
monstruo de iras tuvo ántes que desamparase la Isla, que habiendo
hecho tres banderas de tafetan negro, sembradas de espadas cruzadas
y rojas en señal de la sed insaciable que tenia de sangre humana,
echó el resto de sus crueldades, empezándolo con hacer matar á dos
soldados suyos y á Ana de Rójas, en cuya casa alojaban, por
presumir habian sido cómplices en la fuga de otro soldado, y
prosiguiendo con ejecutar lo mismo en el marido de la misma Ana de
Rójas y en un Religioso de Santo Domingo, que lo asistia en una
casa de campo, soltó la rienda á sus maldades, haciendo que á otro
Religioso ejemplar de la misma Orden, con quien por cumplimiento se
habia confesado el tirano, le diesen garrote por la boca, quizá, y
sin quizá, por haberle aseado la rotura de su vida como buen
Ministro de Dios.
Que habiendo acrecentado estas atrocidades con las muertes de
Simon de Somorostro, hombre anciano de la isla, y con la de María
de Cháves, á quienes por pasatiempo hizo ahorcar en el rollo de la
plaza, fué embarcando su gente, asistiéndola en la playa, dónde sin
la disculpa de Mahometes, que por el interes de dos pepinos mataba
los pajes más queridos; él mismo á cuchilladas, y á persuasion suya
otros ministros semejantes á él, hicieron pedazos á su más amigo el
Almirante Alonso Rodríguez, porque le advirtió no se mojase los
piés al tiempo que estaba embriagado de cólera por tener á la vista
á Francisco Fajardo, que con algunos españoles y buen número de
indios y flecheros habia saltado en la Isla con ánimo de acometerle
teniendo ocasion. Y asentado, finalmente, que embarcada toda su
gente se hizo á la vela, y despues de gastados ocho dias en la
travesía, tomó puerto en la Burburata con ciento y cincuenta
hombres bien armados de petos y morriones, cuatro piecezuelas de
artillería, seis tiros de fruslera que sacó del fuerte de la
Margarita, y tres caballos y un mulo, que fué todo el tren, armas y
ejército con que pretendia conquistar las Indias, y para cuya
oposicion se prevenian todas las fuerzas del Reino, se acuarteló en
la playa con gran desvelo en que no se lo apartase alguno de sus
Marañones, me será preciso, que teniendo ya á Aguirre en país del
Nuevo Reino, que pertenece á nuestra historia, detenga la pluma en
referir todas las operaciones que obró como últimas llamaradas de
su ardiente natural, por más que la Divina bondad, sin irritarse de
sus maldades, le daba esperas, para que la buscase en los cincuenta
días más que le duró la vida; en que seguiré fielmente lo que
prosiguo Fr. Pedro Simon en la séxta noticia historial desde el
capítulo 40, Pizarro en sus Varones ilustres de Indias, donde trata
de Diego García de Parédes, y Castellanos en sus Elegías de varones
ilustres.
Los vecinos de la Burburata, que al descubrir las embarcaciones
de Aguirre habian puesto las familias en cobro, luego que lo vieron
en tierra dieron aviso á su Gobernador, que lo esperaba en el
Tocuyo, y éste inmediatamente á la ciudad de Mérida, pidiendo
socorro á Pedro Bravo de Molina, y rogándole á Diego García de
Parédes (que por ciertos disgustos que con él habia tenido, estaba
allí retirado) que pospuesto cualquier sentimiento, á que
satisfaría cumplidamente, no le faltase en ocasion de tanto
aprieto; lo uno y otro fué fácil de conséguír, pues estando á la
mira el Capitan Parédes desde el primer aviso, salió lnego con la
gente que le acompañaba para la ciudad de Trujillo; y el Capitan
Bravo de Molina, discurriendo contra la órden que tenia de la Real
Audiencia, no deber estar a su cumplimiento reconocido ya el número
del campo contrario, ni ser conveniente á su crédito faltar en la
primera ocasion que se lo ofrecía de probar las armas, ademas que
en la guerra los buenos ó malos sucesos son los que aprueban ó no
las resoluciones, nombró veinte y cinco hombres de su eleccion de
la una y otra parcialidad de Gavinas y Serradas, que para servir á
su Rey se le ofrecieron unidas, y con ellos á paso largo fué en
seguimiento de Parédes, sin remitir aviso de ello á Santafé, por no
parecerle preciso, y porque la escolta con que habia de pasar hasta
la villa de S. Cristóbal haria gran falta en la ciudad de
Mérida.
Lope de Aguirre, que habia pasado la noche acuartelado en la
playa, con esperanzas de que al siguiente diase le pasarian algunos
mal contentos de la provincia, ó los vecinos de la Burburata serian
tan poco cautos como los de la Margarita, viendo que ni de lo uno
ni de lo otro se descubrian señales, hizo matar á un portugues,
Antonio Faria, por haber preguntado al tomar tierra, sí era de Isla
ó tierra firme, y ejecutada, despachó al pueblo una tropa de sus
más confidentes para que tomasen lengua de la intencion con que
estaban sus vecinos; y aunque á ninguno encontraron, contentáronse
con haber hallado á Francisco Martin, soldado de los que con el
Capitan Monguia se habian pasado á la parte del Rey, que se les
presentó delante por haberlo arrastrado más la costumbre de la vida
viciosa que la seguridad de la propia vida; de que gustoso Aguirre
por la fineza de que volviese á buscarlo y noticia que le daba de
haber otros Marañones en la tierra, cuanto irritado de la relacion
que le hizo de lo que habia obrado Monguia, le dió un buen vestido
y una carta llena de aquellas cláusulas amistosas que solía gastar
con la gente de su ralea, para que la diese á los que andaban
descarriados de su ejército, á quienes habia de buscar con todo
cuidado y llevárcelos; pero importóle poco su traza y ménos la
diligencia de Francisco Martin, por haberles ya influido el clima
de la tierra, calidades muy contrarias á las que Aguirre buscaba en
su gente, y halló en Francisco Martin, que tuvo el pago de sus
finezas dentro de pocos dias.
Malogrado este lance, despachó otras dos tropas á que le
buscasen bestias en qué llevar el carruaje y algunas mujeres que le
seguian desde el Perú, por el embarazo que le causarian en la
marcha de tierra: y si bien recogieron algunos caballos y yeguas
cerreras, fuéles tan costoso el conducirlas, que muchos de los
soldados se lastimaron en las puas envenenadas de que los indios
amigos habian sembrado algunas sendas por órden de los españoles,
de que irritado el tirano prorumpió en blasfemias contra Dios y sus
Santos, como lo acostumbraba en ocasiones de ménos monta. Luego
inmediatamente hizo pregonar por todas las calles de la Burburata
(donde ya estaba) la guerra que pretendia hacer á fuego y sangro
contra el Rey de Castilla y sus vasallos, mandando con pena de
muerte se la diesen a cuantos encontrasen, ménos á aquellos que
voluntariamente quisiesen seguirla y cierto que cuando llego á este
desatino, y lo halló acreditado de verdadero en las plumas de
muchos escritores y en la tradicion asentada en el Reino, y me
consta que este hombre nació en la villa de Oñate, de donde ya
mancebo pasó al Perú, en cuyo tránsito no pudo ignorar lo que era
un Rey de España por aquel tiempo y cuántos sus vasallos, no halló
otra salida á semejantes resoluciones, que dar crédito á la noticia
de que en el Perú era conocido por el nombre de Aguirre el Loco, ó
encojer los hombros, temeroso de los despeños á que se precipite un
hombre dejado de la mano de Dios.
Estando en esto pueblo le llevaron preso á un mercader que
dejando en él la mayor parte del vino que habia llevado, se retiró
al monte con algunas alhajas, y entre ellas una botija de
aceitunas, en que habia ocultado la cantidad de oro que tenia
adquirido; y porque á instancias de que le dijese la opinion en que
lo tenian los de la provincia, le respondió forzado, con toda
sencillez, que lo tenian todos por gran Luterano, se sintió tanto,
que quitándose la celada para tirársela, prorumpió en algunas
injurias contra el miserable, y aunque no se la tiró, fué tan
desgraciado que, por haber dicho que un soldado le habia robado el
oro de la botija, y pedido se lo volviese, se introdujo á tan recto
Juez el Aguirre, que por haberlo negado el reo y no probarlo el
mercader, lo hizo matar luego, dando á entender cuánto miraba por
el buen crédito de los suyos, que en señal de gozo guisaban las
comidas con vino en vez de agua, y en él se bañaban hasta los
cuerpos como pudieran en agua rosada: tanta fué la cantidad que
hallaron, y tanto es el desperdicio de la gente de guerra en
semejantes ocasiones, por más que amenace la falta para los días
siguientes. Desórden fué éste de que resultó la muerte de Juan
Pérez, soldado de Aguirre, que se la hizo dar en la horca,
poniéndole un rótulo que decía haberse ejecutado por ser hombre
inútil y desaprovechado, y de que así mismo resultó la fuga que
hicieron al campo del Rey Pedro Arias de Almesta y Diego de
Alarcon, poco satisfechos de la seguridad que podian prometerse de
las insolencias de Aguirre.
Habian preso las tropas á Benito de Cháves, Alcalde del pueblo,
que con su mujer y una hija casada con don Julian de Mendoza
hallaron en el retiro de un monte, y con esta ocasion hizo que
llevasen las mujeres que habian dejado en el sitio, y ejecutado,
despachó al Alcalde en demanda de los dos soldados que se le habian
ido, para que se los volviese sin falta, pues conocia bien la
tierra, y de no hacerlo así se quedaria sin hija ni mujer, y luego
inmediatamente levantó su campo marchando la vuelta de la Nueva
Valencia, que dista casi ocho leguas al Oeste: comenzó á repechar
una pequeña colina, desde la cual avisto una piragua que con
algunos españoles navegaba para el puerto, y dando priesa á su
gente hasta trasmontarla porque no fuese vista desde la mar, hizo
alto, y dejándola á cargo de Francisco de Aguirre, natural de
Navarra y gran confidente suyo, tomó veinte y cinco arcabuceros, y
con ellos volvió en persona á la Burburata, que solo sirvió de
empeñarse el Capitan y soldados, sin tasa en el vino que
encontraron, de suerte que lo pudieran matar los mismos que le
brindaban, á estar para ello, ménos Rosáles, Acosta y Jorge de
Ródas, que, aprovechándose del desórden con que Aguirre á la
medianoche llamaba á voces á la gente de la Piragua, se pusieron en
salvo sin que los echase ménos, hasta que, digerido el vino, volvió
á ocultarse en el pueblo por si no hubiesen tomado puerto los de la
Piragua.
En su campo tampoco faltaba que hacer, pues habiéndose alargado
por la montaña algunos indios y negros en demanda de los miserables
vecinos que por aquellas malezas se habian retirado, encontraron
muy acaso los indios una capa que luego conocieron todos los del
ejército ser de Rodrigo Gutiérrez, uno de los que con el Capitan
Monguia abandonaron la parte de Aguirre, pasándose al navío de Fr.
Francisco Montesinos. Tenia la capa una capilla para el reparo de
las aguas, y estaba en ella cierta informacion en favor de su
dueño, siendo uno de los testigos y el que más lo defendia y
culpaba á Lope de Aguirre, aquel Francisco Martin, que lo fué á
buscar luego que saltó un tierra, y estaba allí preso en compañía
de Anton García; de que irritado Francisco de Aguirre, y
pareciéndole que en ello lisonjeaba á su General, se fué para él, y
dándole de puñaladas obligó á que otros lo acabasen de matar á
balazos, entre quienes un Fulano de Arana, de hecho pensado ó por
accidente, mató con la pelota al Anton García, que atribuyéndolo él
á desgracia y los camaradas del muerto á malicia, se fueron
trabando de palabra en palabra, y aunque el Arana pretendió
sosegarlos con decir á voces que de industria lo habia muerto, por
haber querido hacer fuga aquella noche, lo cual tendria por bien
hecho su General, nada bastó para que los del bando contrario
cediesen; con que viendo el Arana que el encono habia de parar en
las armas, en que sin duda llevaria lo peor, tuvo por mejor partido
tomar con brevedad la vuelta de la Burburata, donde comunicado el
suceso con Lope de Aguirre, volvió á toda priesa á su campo, donde
los muertos se quedaron muertos y Arana y sus contrarios se
hicieron amigos.
Al siguiente dia prosiguió el campo su derrota con tantos
trabajos por la aspereza de los caminos, que ni las yeguas poco
enseñadas á las cargas podían con ellas, ni en los reventones de
las cuestas se libraban los infantes de cargar corno ellas, con el
ejemplo que les daba su General, echando siempre mano de las más
pesadas; y aunque se desbalijó de algunos tiros de fruslera, nada
bastó para que, rendida la gente á tanto peso como el que llevaba,
fuera de las armas y mochilas, pudiese gastar ménos de seis días en
las ocho leguas que habia de la Burburata á la Nueva Valencia, ni
para que Lope de Aguirre, herido de los ardimientos del sol y de su
cólera sobre los afanes con que marchaba, dejase de enfermar de
peligro, y aun de tal suerte que, impacientado el mismo diaque
entré en Valencia, desde la hamaca en que lo llevaban los indios,
pediaá cada paso á sus Mirañones que lo acabasen de matar: cosa que
no los hubiera tenido mala cuenta á los que por no haberlo hecho se
hallaron síu descargo en el último ajuste que se les hizo poco
despues. Los vecinos de la ciudad se habian pasado en canoas á las
islas que tiene la laguna de Tarigua, sin que la gente de Aguirre
pudiese dar caza, sino fué á sus ganados de que abunda el país,
miéntras él, agravado de la enfermedad, llegó á notable aprieto, de
que mejoró luego, y en agradecimiento del beneficio prorrumpió en
grandes injurias contra los de Valencia, afirmando de ellos ser los
más bajos y viles del mundo, pues de tantos como habia en el
contorno, no se le habia pasado indio ni español á seguir el noble
ejercicio de la guerra, practicado desde el origen del mundo entre
los cuatro elementos y entre los primeros hombres que hubo en la
tierra, y lo que más era, en el mismo cielo entre los ángeles
buenos y malos, y esto con tal género de locuciones, que
atormentaba los oidos de hombres tales como los que le seguian.
No habiendo hallado Aguirre lo que se prometia, se dió á
destruir los ganados, y por no perder la buena costumbre en que se
habia ejercitado hizo matar á un soldado suyo, porque sin malicia
se habia apartado solo de la poblacion como un tiro de arcabuz; y
porque esta crueldad no fuese sin compañera, tuvo ocasion de
dársela, con haberle llevado Don Julian de Mendoza en cambio de su
mujer y suegra, los dos infantes Pedro Arias y Diego de Alarcon,
que se le habian huido y aprisionó el Alcalde Cháves; de que
gustoso el tirano hizo que al punto arrastrasen por las calles al
Diego de Alarcon, con pregon, que decía que aquella justicia
mandaba hacer Lope de Aguirre, fuerte caudillo, en aquel hombre,
por leal servidor del Rey de Castilla. Despues lo mandó ahorcar y
hacer cuartos, y puesta la cabeza en el rollo, la miraba y decía
como por donaire: Ahí estais buen amigo Alarcon? Cómo no viene el
Rey de España á resucitaros? Lo que más se extrañó fué que al otro
lo perdonase habiendo resistido que lo llevasen; pero valióle tener
buena pluma para Secretario de Aguirre, como dice Fr. Pedro Simon,
ó aprovechóle tener por juez á quien jamas obró con justicia: lance
á que no quiso aventurarse Rodrigo Gutierrez, el dueño de la
informacion en que habia declarado Francisco Martin; que tambien
habia caido en manos del Alcalde Benito de Chaves, y tuvo arte para
romper las prisiones en que lo tenia, miéntras Lope de Aguirre
enviaba por él; porque á la verdad el Cháves, cebado en ser esbirro
de tan cruel tirano, intentaba no solamente regraciarle por este
camino sino con darle noticia de las prevenciones de guerra que en
el Tocuyo se hacian y de los socórros que se habian pedido á Mérida
y Santafé.
Con estas noticias, que no le causaron pocos recelos, licenció á
Pedro de Contréras, cura de la Margarita, á quien habia forzado á
que se embarcase con él, para que volviese á su casa: gracia que
habia resistido conceder al ruego de sus mayores amigos desde que
saltó en tierra; pero en esta ocasion, compelido de algun furor
diabólico, vino en ello con tal que hiciese juramento de remitir al
Rey Felipe II la carta que le entregaba, que sí bien lo resistió el
buen clérigo á los principios, hubo de venir al fin en ello por
salir de las manos de aquella fiera. Lo que contenia la carta se
ignora, aunque algunos dan razon de su principio desatinado: pero
de un hombre alocado y del basto lenguaje con que trataba á su
príncipe D. Fernando de Guzman, se infiere que entre sus cláusulas
pondria aquellas de que usaba á cada paso, como eran, que le
mostrase el Rey de Castilla el testamento de Adan en que lo dejaba
por heredero de las Indias, que el cielo lo habia hecho Dios para
quien lo mereciese y la tierra para quien la ganase; y de este jaez
otros desatinos propios de un domador de mulas que se chocarrea con
otro; y al fin pretendió acreditar que siendo su genio de la
categoría del que lo aplicó á quemar el Templo de Diana, tiraba á
que por insolente quedase escrito su nombre en la posteridad.
Escrita la carta y asoládo el país y la ciudad de Valencia,
trató luego de pasar á Bariquizimeto, que distaba veinte y cinco
leguas, y de allí al Tocuyo, por dominar la provincia ántes que con
los socorros del Nuevo Reino pudiese el Gobernador oponerse á sus
designios, y para dar el principio que acostumbraba á sus empresas,
hizo dar garrote ántes de ponerse en marcha á Benito Díaz, por
haber dicho que tenia un pariente en el Reino, y á Cegarra y á
Francisco de Lora por presumir que andaban tibios en el ejercicio
de la guerra: éste era aquel infeliz estado á que llegaron los
romanos con Tiberio, en que tenia igual castigo el hablar y el
callar, pues al que callaba moría por maquinador, el que hablaba
bien por cauteloso y el que mal por declarado enemigo; y luego con
noventa cabalgaduras y toda su gente tomó su derrota por el camino
que corta la serranía del Nirúa, y apénas tocó en sus asperezas
cuando una de las centinelas que allí tenia el Gobernador partió
con el aviso á Bariquizimeto, y diez de sus marañones, sin que uno
supiese de otro, tuvieron ocasion de irse emboscando en las malezas
por salir de tan peligrosa compañía: burla que sintió el tirano
sobre manera, ponderando á voces la infamia de sus marañones y la
que se le seguiria á un caudillo como él, muriendo desamparado,
como él decia, á manos de tan vil canalla como la de Venezuela.
En el tiempo de estos acaecimientos habia nombrado el Gobernador
Pablo Collado por General de la guerra que le amenazaba á Gutierre
de la Peña, con quien tenia dispuesto se fuesen retirando los
ganados y víveres del camino que llevaba el tirano, y que por todos
ellos se pusiesen cédulas de perdon á todos los marañones que lo
desamparasen por acudir á la parte del Rey, juzgando conseguir con
las trazas del entendimiento lo que no se atrevía á fiar de la
cortedad de su ánimo; y en estas disposiciones estaba discurriendo
cuando le llegó el aviso de la centinela que habia entrado tocando
arma en Bariquizimeto, para donde partió luego Gutierre de la Peña
con la gente que se hallaba, dejando á su Gobernador en el Tocuyo
con el achaque ordinario que padecia de espantos, y que brevemente
alivióé en parte el Capitan Diego García de Parédes, que con
catorce compañeros que sacó de Mérida y otros veinte de Trujillo,
se le entró por sus puertas: fineza que pagó con pedirle perdon de
los disgustos que le habia ocasionado y rogarle admitiese el puesto
de Maese de campo, por haberlo puesto la ocasion de la guerra en el
aprieto de nombrar por General á Gutierre de la Peña, eleccion que
no hubiera hecho á tenerlo presente. Aceptólo Parédes, que llevaba
puesta la mira en el servicio del Rey y no en los reparos que
corren en este tiempo, y así partió luego con el Gobernador á
juntarse con la demas gente en Bariquizimeto, donde se habia de
esperar al tirano y donde el Parédes fué recibido de Gutierre de la
Peña con los brazos abiertos por acreditar que los peligros
concilian los ánimos, que no puede la razon y que donde interviene
la conveniencia real deben ceder todos los intereses
particulares.
Aguirre marchaba entre tanto con gravísimas incomodidades que le
ocasionaban las lluvias del cielo y aspereza de los caminos, donde
impaciente miraba tal vez al cielo con saña, diciendo: Piensa Dios
que porque llueva no tengo de ir al Perú y arruinar el mundo? pues
muy engañado está; y pasando de estas blasfemias á pronosticar su
fin desastrado, proseguía hablando con el Capitan de su guarda,
Susaya, y con su gran confidente, Francisco de Aguirre: que si en
aquella Gobernacion no se le agregaban cuarenta ó cincuenta
hombres, temia del mal ánimo con que veía á sus marañones, que no
habian de llegar al Nuevo Reino; otras veces decía que estaba
cierto de que no se habia de salvar, y que estando vivo ardiaen el
infierno, y que pues ya no podia ser más negro el cuervo que las
alas, habia de ejecutar tales crueldades, que su nombre se oyese en
toda la redondez de la tierra; otras, aconsejaba á los que iban
marchando, que por temor del infierno no dejasen de hacer cuanto el
apetito les pidiese, pues con solo creer en Dios les bastaba para
subir al cielo. Con estas pláticas envueltas en muchas
perplegidades, llegó á una ranchería de minas, y aunque halló en
ella cantidad de maíz con que aliviar la penuria de su campo, más
hubiera estimado hallar los negros que habian retirado los dueños,
para juntarlos con otros veinte, que con Capitan que los gobernaba,
tenia en su campo, y con el ejemplo que tenian á la vista hacían
más desafueros que los mismos marañones. Detúvose alli un dia, y al
siguiente prosiguió con los mismos afanes hasta el rio de Aracui,
que corre al remate de una colina, desde la cual se avista el valle
de las Damas, en cuyas riberas se detuvo el dia que gástaron las
centinelas de Bariquizimeto en dar la noticia á Gutierre de la
Peña.
Miéntras al siguiente dia marchaba el tirano con más recelo de
que lo desamparase su gente, que temor de la nuestra, y en
consultas sobre si derramaría la sangre de otros cuarenta de los
suyos habia pasado el antecedente, y miéntras con la noticia
individual de las fuerzas que llevaba, animaba el campo del Rey
Pedro Alonso Galeas, soldado de Aguirre, que desde la Margarita se
le habia pasado al Capitan Fajardo, y en canoa que le dió á tierra
firme, y de allí á Bariquízimeto, afirmando que en ciento y
cincuenta hombres que llevaba, no habia cincuenta que de voluntad
le siguiesen, y lo que convendria no aventurar el campo Real al
trance de una batalla, resolvió el Maese de Campo Parédes salir á
reconocerlo con quince caballos, sin otra prevencion que la de unas
lanzas moriscas y ciertas celadas de manta de algodon colchada, de
que se valian en el país contra la flechería de los indios. De esta
suerte, pues, gastado un dia en la jornada comenzó Parédes de la
parte de Bariquizimeto, y Aguirre del Aracui, á entrar en un pedazo
de montaña espesísimo que hay en el valle de las Damas por una
senda angosta, que la corta sin dejar más latitud que la suficiente
para caminar enhilados uno en pos de otro, y cuando más faltos de
noticia se hallaban de la una y otra parte, se dieron vista tan de
repente, que cejando los descubridores igualmente, obligó el susto
de los nuestros y la ramazon de los árboles, á dejaras una ó dos
lanzas y otras tantas celadas ó caperuzas, que puestas despues en
las manos de Aguirre, fueron motivo para que mofando, como siempre,
representase á los suyos que por aquellas alhajas reconocerian lo
mucho que medraban los que servían al Rey de Castilla, y prosiguió
su marcha sin dar tiempo ni ocasion á Parédes para que lograse
alguna emboscada, respecto de aprovechar toda la noche siguiéndolo,
hasta que lo obligó á retirarse á Bariquizimeto, donde estaba el
General Peña con sesenta hombres tan mal armados como los que van
referidos, de que se componía todo el Ejército Real, con quien
consultando lo que se debía hacer, determinaron desamparar la
ciudad por la falta que tenian de armas de fuego, y consistir en
caballería toda su fuerza.
Con el mismo órden que salió de la montaña prosiguió Aguirre
hasta los veinte y dos de Octubre, que entró en la ciudad y se
alojó en las casas de Damian del Barrio, que estaban cercadas y
almenadas de tapia y adobes, sin otro acaecimiento que el de
haberse avistado ambos campos y dado órden Aguirre para que
cualquier infante pudiese matar al compañero que se le apartase
tres pasos, y la novedad de haber puesto en la vanguardia á sus más
confidentes en el ingreso de la ciudad, y haber desplegado cuatro
banderas y un estandarte, haciendo salva á sus contrarios con una
carga cerrada sin bala, y haber dispuesto que previniesen otra con
dos balas enramadas en cada arcabuz, por si la gente del Rey, que
por la parte opuesta de la ciudad entraba al mismo tiempo hasta
ponerse á tiro de mosquete le acometiese. Pero discurriólo mejor
Gutierre de la Peña con volverse á retirar sobre las barrancas del
rio en que al Oeste remataba la sabana en que alojados pretendían
mantenerse sus ochenta caballos, porque á no haber elegido este
medio hubieran los marañones vendido bien sus vidas, desesperados
de hallar indulto á sus culpas, á cuyo acierto correspondió el que
tuvo García de Parédes, que con ocho caballos, tomando una vuelta
por donde el tirano no pudo verlo, dió en su retaguardia y le tomó
cuatro bestias cargadas de alguna ropa, pólvora y municiones de que
tenian falta los nuestros, aunque las armas de fuego no pasaban de
cuatro. Retirado el campo Real, á la tarde del dia siguiente
licenció Aguirre á los suyos para que saqueasen la ciudad, en que
solamente hallaron las cédulas de perdon que el Gobernador Pablo
Collado habia hecho en nombre del Rey á los que abandonasen al
tirano, y una carta para él en que lo exhortaba á que volviese al
servicio de su Majestad, con quien lo seria buen tercero,
remitiéndolo á sus piadosas plantas; y en caso de no venir en ello,
librasen todo el derecho de las armas en batallar los dos cuerpo á
cuerpo, porque la victoria fuese con ménos sangre.
Estos papeles habia dejado Gutierre de la Peña en parte que
todos los viesen, como lo consiguió, de que se alteró Aguirre, de
suerte que perdonara el saco, por rico que fuese, porque no los
hubieran encontrado; pero disimulando cuanto pudo, procuró dar á
entender el veneno que llevaban aquellas doradas pildoras, pera los
que se creyesen de lijero. Que se acordasen, decía, de que sus
maldades, robos y muertes habian excedido en el número y en la
malicia á cuantas en España y en las Indias se habian cometido, y
era mui falida fianza la de un Gobernador de caperuzas, pare el
seguro de lo que el mismo Rey no podia perdonar. Que los parientes
y amigos de los muertos los habian de perseguir hasta beberles la
sangre, aun cuando el Rey, faltando á la equidad, los amparase:
ademas, que no habria hombre ni mujer, por más vil que fuese, que
con el nombre de traidores no los afrentase á todas horas y en
todas partes. Que tarde ó temprano habian de pasar por el mismo
castigo que vieron sobre sus cabezas Juan de Piedrahita y Tomas
Vásquez, á quienes se las derribó un Bachillerejo, sin haber hecho
caso de sus muchos servicios á la corona, ni de Los perdones que
tenian ganados del Rey.
Dicho esto, mandó quemar algunas casas que le podian servir de
padrastros, y á vueltas de ellas, por accidente á malicia, se quemó
tambien la iglesia, de donde mandó sacar las imájenes, por dar
alguna señal de haber nacido en Vizcaya. y de que sentidos los del
campo real pusieron fuego aquella noche á las demas casas, sin que
se librase otra que la en que estaba alojado el tirano. Ya por
aquel tiempo habia arribado al Tocuyo el Capitan Pedro Bravo de
Molina con los veinte caballos que sacó de Mérida y los que se le
agregaron de la Nueva Trujillo, de que agradecido el Gobernador, lo
nombró por su Teniente general, que aceptó contra el parecer de los
suyos, pidiéndole, en recompensa, se animase á ir con él á
Bariquizimeto á dar calor al ejército, en cuya propuesta hubo de
venir más de fuerza que de voluntad, y con más de sesenta hombres,
que ya le habian acudido de toda la Gobernacion, al calor de los de
Mérida salió aquel mismo día, sobretarde, y caminando toda la
noche, descubrió al amanecer un correo que llevaba una carta de
Aguirre, en respuesta de la que habia dejado suya en Bariquizimeto,
y refiere á la letra Fr. Pedro Simon, en la cual usando de aquel su
ordinario estilo, le dice cuán enterado se halla de sus letras y de
la altura hasta donde puede llegar su valimiento con el Rey, para
las buenas tercerias que promete hacerlo en su Corte. Que se quite
de preámbulos y no trate de que lleguen los campos á tentarse las
corazas, sabiendo lo poco que puede ganar en ello, y que sí el Rey
de Castilla hubiera de pasar por la lid de cuerpo á cuerpo, que le
propone de memoria, admitiera el desafío y le diera aventajadas las
armas, pues la guerra de que entiende es la que hace á los vecinos
con sus dos nominativos, averiguando cómo ganaron la tierra, para
quitarles el dinero ganado con su trabajo. Que su intento es pasar
al Perú, saliendo de aquella tierra, donde por la muestra de
ciertas caperuzas que ha cogido de su gente, muestra el poco jugo
que puede tener. Que la pretension suya es de que lo bastimente por
su dinero, ó se provisionará por fuerza y de balde. Que si lo
buscare, lo hallará con muy buenas pelotas, y las manos en la masa.
Y últimamente, que no es ir contra el Rey pretender sus marañones
hacer lo que sus antepasados hicieron: ademas, que habiéndose
desnaturalizado de los Reinos de España, no habia sobre qué
imponerles la nota de desleales.
Otras cláusulas ménos decentes que les referidas contenia la
carta, que en vez de encender fuego en el Gobernador, le sacaron
resignaciones, diciendo con muchas lágrimas que ojalá hubiera
aceptado el desafio, por la confianza que tenia de la victoria;
poro que siendo aquélla la voluntad de Dios, se resignaba en las
disposiciones de su providencia, ya que permitía llegasen hasta
allí las centellas del Perú, y lo pusiesen en aquellos aprietos,
que no sirvió, de otra cosa sino de motivar risa en su campo, y
despues pagaron los de Venezuela en lo poco que le duró el
gobierno, aunque no quedaron sin desquite en la residencia. El
mismo diaque Pablo Collado salió del Tocuyo, que fué el antecedente
á éste, resolvió el Maese de Campo Parédes desasosegar al tirano al
cuarto del alba, y saliendo con algunos caballos y cinco arcabuces,
que ya tenia en el campo del Rey, se puso á corta distancia del
fuertezuelo, y los hizo disparar las veces que dieron tiempo, á que
sin haberlo sentido le echase el enemigo cuarenta arcabuces, que
puestos á tiro le dieron una carga tan perdida, que sin alborotarse
los nuestros, la recibieron sin descomponerse del órden que tenian,
supliendo la debilidad de las armas con la robustez de los ánimos
empeñados en perderse por el crédito de su Rey: de que amedrentados
los de Aguirre, á por conocer que aquellos corazones se aventajaban
al número de su gente, á porque la justicia estaba de su parte, no
quisieron adelantarse á más empeño, que atribuyó Aguirre á traicion
de los suyos, y más cuando al siguiente diase le entró en el fuerte
un negro fugitivo, con la noticia de haber llegadó el Gobernador
con Pedro Bravo de Molina y doscientos hombres del Reino, bien
prevenidos de armas y caballos, que él habia visto, de que mostró
Aguirre no hacer caso, aunque puso más aprieto en que ninguno
saliese del fuerte; y á la verdad fundó bien su recelo, pues los
más propusieron no perder ocasion de pasarse al campo del Rey.
Los primeros que abrieron el paso á esta transmigracion, en que
consistió la dicha de vencer sin sangre, fueron Juan Rangel y
Francisco Guerrero, que al tercer dia de su llegada, saliendo
secretamente con sus armas, llegaron á los nuestros, asegurándoles
que sin otra diligencia que la de estarse á la mira, destruirian al
tirano, por no haber en su campo cincuenta hombres que lo siguiesen
con gusto, y tratar los demas de abandonar su partido,
especialmente Juan Gerónimo de Espinola y Hernando Centeno, y otros
diez ó doce camaradas que tenian prevenidos para efectuarlo. Este
mismo diaquiso el Capitan Bravo de Molina darle una vista al
enemigo, y así, con el Maese de Campo Parédes, con los Capitanes
Hernando Cerrada, Pedro de Gaviria, Francisco Ruiz, García Valero,
y hasta cuarenta caballos más, entre quienes iban los marañones que
se habian pasado á la parte del Rey, tomó la vuelta de la ciudad,
hasta ponerse sobre la barranca del rio, en parte que pudiesen oir
los del fuertezuelo á los suyos, que llamaban á voces,
asegurándoles el perdon prometido, si desemparasen al tirano con
tiempo, pues habiendo llegado el Capitan Bravo con doscientos
caballos, no les quedaba otro medio para asegurar las vidas
despues: y como al tiempo que esto decian reparasen en que algunas
indias del servicio de los marañones estaban lavando ropa en el
rio, se fueron deslizando el Capitan Parédes y Bravo, y otros diez
ó doce compañeros, y sin que fuesen vistos del bando contrario, por
tener puesta la atencion en los demas que les hablaban, bajaron al
rio y se llevaron á la grupa toda la ropa y gente de servicio.
De este atrevimiento coligió Aguirre el mal suceso que le
amenazaba, y consultando á sus más parciales, mandó que los
Capitanes Susaya y Cristóbal García, con sesenta arcabuceros,
echando voz de que salian por víveres, diesen aquella noche sobre
el campo del Rey, y ejecutado el daño que pudiesen, tomasen la
retirada al romper del día, tiempo en que saldría él con el resto
de la gente á recibirlos; pero todo ello no tuvo efecto, porque ni
sus Capitanes atinaron con los cuarteles de los nuestros, ni la
casualidad de sentirlos el Capitan Romero (que con su gente de
Nirúa caminaba aquella noche al socorro de en Gobernador) les
podiaser favorable con el arma que entró dando á los nuestros, de
que resultó cogerlos el cuarto del alba formados en batallon. Los
de Aguirre, que ningun rumor sentian, hicieron alto para descansar
hasta la mañana, en que viendo ir sobre ellos las tropas de la
caballería, se pusieron en órden, y á buen paso marcharon hasta un
barzal espeso, de quien podían fiar las espaldas al choque de los
caballos, y despachada la noticia á su General, hicieron rostro al
campo del Rey, que mal podiaacometerlos con el embarazo de las
barrancas y abrigo de los matorrales, y así, puestos los unos y
otros á buena distancia, se estuvieron firmes.
Lope de Aguirre, con la noticia de los suyos, puesto luego en un
caballo morcillo, con la bandera negra de su guarda tendida y el
resto de su gente, llegó al socorro haciendo muestra de acometer á
nuestro campo, que se componía ya de ciento y sesenta caballos y de
cinco ó seis arcabuces; pero viendo Gutierre de la Peña que no
sacándolo de aquel sitio aventuraba la victoria que todos le
aseguraban, comenzó á retiraras, y empeñado Aguirre en seguirlo,
dió lugar á que una tropa de caballería le ocupase el sitio de los
matorrales; mas no por eso desmayó Aguirre, ántes doblando su gente
se puso en batalla, con la prevencion de cincuenta arcabuceros de
reserva, con balas enramadas para el mayor aprieto, y fué dando
algunas cargas, ocasionando á los nuestros á que le acometiesen por
verlos, que á doscientos pasos de su escuadron se andaban
escaramuzando; siendo muy de notar que con tirar los de Aguirre de
mampostería con tan buenas armas de fuego, hiciesen tan poco daño
sus balas, como las de la artillería de Francisco Hernández Giron,
pues granizando desde Pucura sobre el campo Real, parecieron
pelotas de viento, como éstas lo parecieron de cera, pues aplanadas
sobre la piel de los caballos, y no causando susto alguno las
otras, dieron muestras evidentes de haberse declarado el cielo
contra un mismo género de traidores.
Reconocióse más la evidencia en que no siendo más de cinco ó
seis arcabuces los que habia en el campo del Rey, le mataron con
ellos el caballo al tirano y á dos soldados le hirieron, y en que
siendo el más íntimo confidente suyo Diego Tirado, que como Capitan
de caballos andaba tambien escaramuzando en una yegua delante de su
escuadron, se pasó á sus ojos al campo del Rey, aconsejando al
Gobernador excusase por todos caminos la batalla, en que tenia
Aguirre la ventaja de los cincuenta arcabuceros reservados con
balas enramadas; ántes bien esparcidos le quitasen la ocasion de
que lograse algun tiro, y diesen lugar para que los demas marañones
se le fuesen pasando, como lo intentó Francisco Caballero, y lo
hubiera conseguido, á no haberse atascado la yegua y tenido tiempo
Aguirre para recogerlo y perdonarlo despues, como diremos: tambien
acaeció que otro soldado de los del Rey, llamado Ledesma, se fué
empeñando en la escaramuza hasta ponerse á cuarenta pasos del
escuadron de Aguirre, quien decía á voces no le tirasen, porque se
iba á ellos; pero fué tan contrario el suceso, que apénas lo tuvo
por suyo, cuando vuelta la grupa á los marañones, y diciendo viva
el Rey, partió á su campo con tal lijereza, que por más tiros con
que lo hicieron salva en la partida, consiguió el logro de su
atrevimiento.
Bramaba el tirano con estos sucesos, y más viendo que los suyos
con armas tan aventajadas no hacían efecto en sus contrarios, y
colérico les decia se avergonzasen de que unos vaqueros, con
zamarros de ovejas y rodelas de vaca, le hubiesen muerto el caballo
y herido su gente, sin que ellos derribasen alguno; y decia esto,
porque el uso de la provincia es de andar á caballo con capotillos
de dos haldas de pieles de leen, para defensa del sol, y porque
recelaba de sus marañones que hacian la puntería á las estrellas en
vez de tirar á los enemigos, que todo era la señal más cierta de
desampararla Por esta causa los fué luego retirando casi á
empellones á su fuertezuelo, en cuya entrada pretendió Gaspar Díaz,
portugues, mostrarse tan fino amigo de Aguirre, que diciendo muera
el traidor, le tiró un golpe de partesana á Francisco Caballero, el
que pretendió pasarse al campo del Rey, y aunque lo hirió
malamente, acudió Aguirre á su defensa, y lo mandó curar, por no
hallarse ya en estado de perder un hombre tal cual fuese, y
volviendo á zaherir á los suyos con lo poco que habian hecho, puso
guardas en las puertas, y variando de intento estuvo resuelto á dar
garrote muy poco despues á más de cincuenta enfermos, y de los que
hallaba tibios en su servicio, y hubiéralo ejecutado, si
consultando á los suyos no le representaran que podiaser matase á
los más amigos, pensando que no lo eran, pues habia experimentado
que teniendo al Capitan Tirado por el más íntimo, le habia salido
el más desleal, y así podría ser que en llegando la ocasion
estuviesen más ardientes en morir en su defensa algunos de los que
imaginaba más tibios en asistirla
El consejo bastó para darles vida, mas no para que no los
desarmase, y pareciéndole que ya en el camino que habia elegido
pata el Perú, hallaba más oposicion de la que habia imaginado,
acordó tomar otra vez la vuelta de la Burburata y embarcarse como y
á donde pudiese: designio que ya tenian sospechado los del campo
del hoy, por lo cual siempre tenian sobre el fuerte cuarenta
caballos para desacomodar los víveres y recoger á los que lo
abandonasen. Con esto apremio creció el hambre hasta valerse de los
perros y caballos que habia en el fuerte, y á pesar de las guardas
se les iban muchos de uno en uno y de dos en dos al campo del Rey,
y para mostrar Aguirre que no temía la fortaleza de los nuestros
sino la inconstancia de los suyos, mandó salir veinte arcabuceros,
que diesen en el Capitan Bravo, y el Maese de Campo, de suerte que
no llamasen á sus marañones tan de cerca como lo hacían: salieron
los veinte, y amparados de una ermita que les hacia espaldas contra
la caballería, comenzaron de una y otra parte los que jamas se
habian experimentado en la guerra, á decirse muchos oprobios, que
el Capitan Bravo de Urbina atajaba en los suyos, especialmente en
el de llamar traidores á los de Aguirre, diciéndoles no ser de
gente noble é injuriar con palabras á los enemigos, y más siendo
todos españoles á quienes con buenos términos trataba él de reducir
al servicio del Rey, pues ya veian que sentidos de la afrenta se
estaban firmes y pretendian á balazos hallar el despique.
Diciendo estaba semejantes palabras á éstas, cuando un soldado
de Aguirre, mestizo, llamado Juan de Lescano, reparando en que era
el Capitan Bravo el que más sobresalia entre todos en la
desestimacion que hacia de las balas y prontitud á los encuentros,
haciendo en él la mejor puntería que pudo, le dió en tan buena
parte al caballo, que lo derribó en tierra, con el susto de que los
compañeros tuviesen por muerto al jinete, de que los marañones
levantaron grande grita, por no haberles sucedido hasta entonces
lance semejante; pero socorrido el Capitan Bravo con otro caballo,
se retiró algo más con su gente, por no perder el fuerte de vista,
con la última noticia que tuvo de que Aguirre intentaba tomar la
vuelta del mar, para lo cual habia desarmado los más sospechosos,
diciendo no convenía llevasen las armas con que despues le hiciesen
la guerra, y fué tan cierto el aviso, que teniéndolas ya sobre las
cabalgaduras y todo dispuesto para la partida, habiendo mandado
marchar á los desarmados, le replicaron que aquello era llevarlos
al matadero, y lo que pudieran desear los contrarios para pasarlos
á cuchillo á todos; ademas, que seria grande afrenta volver atras
por falta de valor para pasar adelante; y decíanle esto con tales
brios, que temiéndose Aguirre de que fuese motín, tuvo á buen
partido volverlos las armas y pedirles perdon de su yerro, por ser
el primero que habia cometido en la jornada: y reparando en que
algunos no las querian por sentirse afrentados, llegó la vileza de
su cobarde altivez á que él mismo en persona les fuese rogando las
recibiesen.
Miéntras estas alteraciones corrían, y entre ellas trataba el
tirano de matar al Capitan Juan Gerónimo de Espinola, por ser el
que más arrojado le hablaba, y por no haber ya quien obedeciese al
tirano como de ántes, que no pudo tener efecto; el Capitan Bravo de
Molina y Maese de Campo Parédes, con dos buenas tropas de
caballería, se pusieron sobre el fuerte como otras veces, por la
noticia que ya tenian que la partida de Aguirre quedaba dispuesta,
y en repetidas voces decían á los marañones que mirasen por sí,
porque los llevaba engañados, y no les quedaba ni en la mar ni en
la tierra otro recurso que volver á la obediencia del Rey. En esta
ocupacion estaban cuando vieron en el rio, como en la otra ocasion,
algunos indios que andaban cercanos al fuerte, y para lograr el
lance bajaron con hasta quince caballos, dejando órden para que
saliendo alguna gente contra ellos, les hiciesen la seña con una
espada desnuda. A pocos pasos que dieron se les hizo la seña,
porque descubiertos de Aguirre, mandó al Capitan Espinola que con
quince arcabuceros bajase á defender la presa de los indios; más no
por eso dejaron de proseguir los nuestros hasta descubrir al
Capitan Espinola, de quien luego se fueron retirando, por el daño
que les podian hacer las armas de fuego; pero reparando el Capitan
Bravo en que apresuraban el paso diciendo viva el Rey, hizo alto y
los esperó, y tomándolos á la grupa subió la cuesta, y con ellos
pasó á noticiar á su Gobernador del suceso, dejando al Espinola con
los demas que estaban á la mira del fuerte.
Esta fatalidad fué la total perdicion de Aguirre, pues viendo
los que estaban fuera del fuerte baleando á las centinelas del Rey
que su ruina era cierta, pues con el ejemplo de Espinola harían
todos lo mismo, trataron de no ser los últimos, y á la vista de
Aguirre, que juzgaba ir en su favor, se pasaron á los nuestros,
diciéndoles viva el Rey, que á servirlo venimos. Recibiólos con
alegría el Maese de Campo, y con la misma le dijeron acometiese al
fuerte, pues los que estaban dentro se le entregarían, por ser
aquellos de quienes Aguirre se recelaba. Miéntras esto acaecía,
trató Aguirre, el navarro, con sus camaradas, de dar muerte al
tirano, para ganar el perdon con la fineza, mas no hallando ocasion
y viendo bajar al Maese de Campo, salió á ofrecerle sus personas en
servicio del Rey, y no habiendo quedado en el fuerte más que estos
últimos, porque los demas habian hecho fuga por un portillo de la
cerca, miéntras Aguirre miraba el encuentro que los suyos tenian
con el Maese de Campo Parédes, se halló el tirano sin más compañía
que la de Anton Llamoso, que habia jurado ser su amigo en vida y en
muerte, y García de Parédes, viendo la victoria entre manos,
despachó un caballo con el aviso á su Gobernador, que luego partió
de su alojamiento á coger el fruto de sus trabajos.
Aguirre entónces, viéndose desamparado de todos, vuelto á
Llamoso, Capitan de su municion, le dijo que por qué no iba á gozar
de los perdones del Rey, á que respondió lo mismo que tenia jurado,
y no diciéndole otra palabra, se entró en el aposento en que tenia
á su hija en compañía de una mujer natural de Molina de Aragon, á
quien llamaban la Torralba, que habia bajado del Perú con Pedro de
Ursua, y poniéndole el demonio en el pensamiento que cerrase el
proceso de sus crueldades con la más inaudita que pudo caber en la
estolidez de una fiera, matando á su misma hija cuando no tenia
valor para morir peleando, se fué para ella con el arcabuz
encarado, diciendo se encomendase á Dios porque la quería matar, y
preguntando su hija la causa, le respondió que porque río se viese
afrentada con llamarla hija de un traidor. La Torralba, entónces,
asida del arcabuz, pretendió con ruegos disuadirlo de aquel
intento; pero él, que era inflexible en sus resoluciones, dejándole
el arcabuz en las manos, sacó la daga y mató la hija á puñaladas:
salióse inmediatamente del aposento, más viendo que ya entraba la
gente del Rey, soltó las armas, y volviéndose á retirar, trató de
valerse de los piés de una barbacoa, en señal de que le faltaban
manos para vendar bien su vida. Mas en sí estuvo para morir con
valor el negro Rey Miguel, en su defensa, que el que fuera de sí
gastó su mala vida en ofensa de su propio Rey. Entónces Ledesma, un
espadero del Tocuyo, que habia entrado el primero, vuelto al Maese
de Campo, le dijo: Aquí tengo, señor, rendido al tirano; á que
respondió él: no me rindo yo á tan grandes bellacos como vos. La
respuesta dictó su mala costumbre, no valor que para ella tuviese,
pues con voz desmayada dijo á Parédes: señor Maese de Campo, pues
es caballero, dé lugar para oírme, porque tengo negocios de
importancia que comunicarle de servicio del Rey.
Prometió hacerlo Parédes; pero instándole los marañones en lo
que convenia matarlo ántes que llegase el gobernador, dio permiso
para ello, y entónces uno de ellos le disparó el arcabuz y le
atravesó un brazo, diciendo Aguirre al mismo tiempo: mal tiro; y
disparándole otro uno de los compañeros, que lo hirió en el pecho,
murió diciendo: éste si. Fr. Pedro Simon no dice quiénes fueron los
dos que le mataron; pero el cronista Herrera en la década octava
dice haber sido Juan de Cháves y Cristóbal Galindo, recelosos de
que Aguirre descubriese cuanto habia pasado en la jornada. Saltó
luego sobre el cuerpo otro marañon, llamado Custodio Hernández y
cortada la cabeza, la tomó de la melena, que tenia bien larga, y
con ella fué á recibir al Gobernador, miéntras el Maese de Campo
hacia tremolar las banderas del despojo sobre las almenas del
fuertecillo al Gobernador, que se le acercaba; y aunque sentido de
que hubiesen muerto al tirano sin Arden suya. hubo de pasar por lo
hecho y mandar que la hija fuese enterrada en la iglesia y al padre
hiciesen cuartos, llevando la cabeza al Tocuyo, donde permanece la
calavera en una jaula de hierro, y se conserva la basquiña y
corpiño de la hija con las señales de las heridas. Las banderas se
pusieron en el templo y las dos manos del tirano se remitieron á
las ciudades de Mérida y de Valencia: de los despojos de perlas de
la Margarita, oro y plata que allí robaron, no hay autor que dé
noticia pero no faltan de que algunos marañones quedaron ricos con
ellas.
Este fué el desastrado fin de Lope de Aguirre, y lo que en él se
extraña es no habérsele anticipado á los viles empleos que tuvo
hasta pasar de cincuenta años : fué hombre de noble sangro heredada
y de mucha infamia adquirida, natural de la villa de Oñate de la
provincia de Guipuzcoa, donde el padron que se ve fuera de la
villa, en la casa que tuvo, recuerda el lunar que puso á tan
esclarecida nacion. No hubo alzamiento en el Perú donde no se
hallase de la una ó la otra parte, y siempre obrando de suerte que
á ninguna agradase. Estando solo, ninguno fué tan cobarde, y
ninguno más arrojado cuando estaba en cuadrilla. El aspecto de su
persona fué despreciable: bajo de cuerpo y de pocas carnes, lisiado
en una pierna de la herida que recibió en uno de los encuentros que
tuvo con la gente de Francisco Hernández Giron. A la inquietud que
tenia en los ojos correspondia la de su mal ánimo. Fué incansable
en los trabajos de la guerra, sirviendo á pié ó á caballo. Siempre
anduvo armado, y tan apercibido, que nunca estuvo sin dos cotas o
con una, su espada y daga, arcabuz y lanza. Aborrecía á los
soldados que rezaban el Rosario á devocion semejante, diciendo que
no los quería tan cristianos, sino tales que, si fuese menester,
jugasen las almas á los dados con el demonio. No hubo tirano en el
Perú de quien no tomase algun resabio, que adelantó su malicia. De
Francisco Carvajal pretendió imitar la jocosidad, y convirtióla en
chocarrería. En las crueldades fué gran discípulo de Vasco Godinez,
y á tenerlo Francisco Hernández por jefe, no hubiera hecho caso de
Alonso González; y sí en algo no tuvo ejemplar, fué en la
desvergüenza con que blasfemaba de Dios y se preciaba de que lo
tuviesen por traidor á su Rey.
Fenecida la guerra, observó puntualmente el Gobernador cuanto
habia prometido en nombre del Rey á la gente de Lope de Aguirre, y
licenció para que pudiese pasar donde quisiese. Más cuerda
resolucion hubiera parecido la de no preferir el cumplimiento de su
palabra á la conveniencia general que interesaba el Reino en que no
lo infestase tan infame semilla. Faltando el Gran Capitan á la
seguridad que le tenia dada al Duque Valentin, acreditó en las
escuelas de la prudencia que no debió temer el descrédito de faltar
á su promesa por apagar el tizon que ocasionaba los incendios de
Italia: y si en el salvo-conducto que dió á Lutero nuestro
Emperador Cárlos V, hubiera atendido á este ejemplar de tan cuerdo
vasallo, ni hubiera padecido tantas persecuciones la Iglesia, ni
tan grande Monarca necesitara de ocurrir á los tribunales de la
vanidad para encontrar la disculpa. Satisfecho, en fin, el
Gobernador de lo que por su dictámen obraba, deshizo el ejército, y
despachada la noticia de todo lo sucedido á Castilla con el Maese
de Campo Diego García de Parédes, que quiso ir en persona á
representar sus muchos servicios, tomó la vuelta de Mérida el
Capitan Pedro Bravo de Molina, aplaudido como merecía del
Gobernador Pablo Collado y vanaglorioso de los buenos efectos que
habian resultado de aventurase en persona al encuentro de Lope de
Aguirre, ántes que él lo buscase en su casa.
Habiendo partido así la gente de Mérida, y sentido el Gobernador
Collado de las mortificaciones que le habian hecho padecer los
vecinos de aquella provincia oir las disposiciones de la guerra y
mal concepto que hicieron de su persona para semejantes empresas, y
con el sentimiento que mostraban tener de la reparticion del
despojo de las armas, en cada cual se tenia por el más agraviado,
se comenzó á destemplar en el gobierno, tratándolos con diferente
estilo del que ántes usaba; de que resultaron algunas quejas que,
representadas en la Audiencia de Santo Domingo, ocasionaron la
resolucion de enviarle por Juez á averiguacion de ellas á un
Jurista llamado el Licenciado Bernardez, con la comision ordinaria
de que hallándolo culpado se quedase en el gobierno y remitiese al
reo, como lo hizo á tiempo que ya el Pablo Collado aspiraba a
nuevas conquistas con los buenos sucesos que los dos hermanos
Fajardos habian tenido por principios de este año de sesenta y uno,
poblando dos lugares de españoles: el uno de Nuestra Señora de
Caraballeda sobre la costa del mar, dos leguas al Este del puerto
de la Guaira: y el otro de S. Francisco la tierra adentro, que,
alterados por este tiempo con la ausencia que hizo el Capitan
Francisco Fajardo á la Margarita, dieron ocasion á algunas
desgracias, y abrieron puerta á la conquista de la provincia de los
Carácas, de que trataremos en su lugar, miéntras damos una vista á
lo que pasaba en las otras del Nuevo Reino.