CAPITULO VII
EL CAPITÁN CRISTÓBAL RODRÍGUEZ JUAREZ FUNDA LA CIUDAD DE
MÉRIDA.-DIEGO GARCÍA DE PAREDES REEDIFICA LA DE TRUJILLO.-FRÁNCISCO
MARTÍNEZ DE OSPINA FUNDA LA DE LOS REMEDIOS.-CORREN LOS ENCUENTROS
DE LOS OIDORES, Y D. ANTONIO DE TOLEDO FUNDA LA CIUDAD DE LA
PALMA.
CUANDO se dió principio á la conquista de Muzo gobernaba en la
ciudad de Pamplona, como Justicia Mayor, el Maese de campo Hortun
de Velasco, siempre deseoso de ensanchar los términos de su
jurisdíccion; y aunque desde el año de cuarenta y dos corria la
prohibicion de nuevas poblaciones en tierras que no hubiesen sido
ántes descubiertas y holladas por los españoles, habia ganado el
Cabildo de la ciudad un despacho de la Real Audiencia en que se le
permitia poder enviar gente á descubrir minas de oro, y con el
pretexto de haber descaecido mucho la saca del Páramo rico,
trataron sus Capitulares de elegir un Cabo que penetrase la tierra
hasta encontrar con las sierras Nevadas por la parte que miran la
gobernacion de Santa Marta, donde la presuncion de grandes riquezas
y muchedumbre de naturales habia siempre inquietado los ánimos de
los primeros descubridores. Hallábanse á la sazon en Pamplona dos
capitanes de crédito, ambos pretendientes de la faccion, y cada
cual de ellos muy á proposito para mayores empresas. El uno era
Juan Maldonado y el otro Cristóbal Rodríguez Juarez, que por tener
el apoyo de Justicia Mayor, se prefirió en la eleccion, y aun
pareció bien á algunos de los que le negaron el voto.
Con esta repulan de Juan Maldonado y nombramiento de Cristóbal
Rodríguez, trató éste luego de levar gente para la empresa, y aquél
y sus parciales de embarazarla por antiguas emulaciones que se
tenian, dando cuenta á la Real Audiencia de que el fin principal
era de nuevas conquistas, pretextándolo con el descubrimiento de
minas en que se contravenia á la Real Cédula que lo vedaba, de que
resultaron los inconvenientes que hasta el tiempo presente se
experimentan. El Cristóbal Rodríguez en el interin que los correos
iban á Santafé y se toma expediente sobre la materia, prevenido de
Yanaconas y víveres para la jornada, se halló con catorce caballos,
de quienes iba por Capitan Pedro García de Gaviria, diestro en
gobernarlos, y con sesenta infantes á cargo de los Capitanes Pedro
Bravo de Molina y Pedro Gómez de Orosco, entre quienes iban
Francisco de Triana, Hernan González 0Hermoso, Alonso Blasquez,
Miguel de Trejo, Pedro Estévan, Juan de Cháves, N. Castrellon,
Vasco Pérez, Juan Gutiérrez de Moráles, Andres de Pernia y otros
buenos y experimentados conquistadores hasta el número de sesenta y
cuatro, que van referidos, con los cuales, tomada la vuelta de
Cúcuta, Lomas del viento y vallo de Santiago, pasó tan
aceleradamente hasta saludar los confines de las sierras, que no
dió lugar á los Cucutas y Capuchos para valerse de la flecheria
disparada por las troneras de sus casas, ni á los Bailadores y
otros que ocupaban la provincia de la Grita, para repetir sus
guazabaras desde las cumbres de los montes.
Es esta provincia de Mérida la última de las que se contienen en
la medula y parte principal del Nuevo Reino que, como dijimos al
principio de esta historia, correrá Leste Oeste más de ochenta
leguas medidas por el aire, y tenian las Sierras Nevadas entónces
dentro de los términos que hoy pertenecen á su gobierno, tan
guarnecidas sus faldas por la banda del Sur y del Norte de naciones
tan diferentes, que no es fácil reducirlas á número, y todas
gobernadas por otros tantos Caciques, como eran las de Jaricaguas,
Mucunches, Escagueyes, Miyuses, Tricaguas, Tapanos, Mocobos,
Mombunes, Mucuchies, Iquinos, Tostos y la de los Timotos, que daban
nombre á la provincia por más numerosa, que corre por la otra banda
del Norte hasta encontrarse con los Cuicas, que pertenecen á la
gobernacion de Venezuela; y si todas fueran ásperas y guerreras
como esta nacion de los Timotos, o todas tuvieran supremo Rey que
las gobernase, ó supieran coligarse para la comun defensa del pais,
en que no interesaban ménos que la preservacion de la tirana
servidumbre en que hoy viven los pocos indios que permanecen, no
les hubiera salido tan poco costoso á los españoles dominar en
pocos dias la provincia; pero siendo los naturales de la parte del
Sur poco aplicados á las armas, y no sabiendo unirse para la
oposicion, fué tan flaca la que intentaron derramados en tropas
desordenadas, que turbados á vista de los caballos y temerosos de
las armas de fuego, mostraron en los pocos encuentros que con ellos
tuvo Cristóbal Rodríguez, haber nacido más para el trabajo de los
que viven cautivos, que para la guerra de los que ambiciosos la
solicitan.
Con está favorable fortuna, costeada con la falta de cinco
hombres, y reconocida brevemente la fertilidad del pais por la
multitud del gentío, eligió sitio ameno á once leguas de distancia
de la sierra y cuarenta al Norte de la ciudad de Pamplona, y
entrado ya el año de mil quinientos y cincuenta y nueve, tan
lastimoso para la Cristiandad por haber terminado con la muerte de
nuestro invicto Emperador Cárlos V, fundó sobre el rio de las
Acequias una villa con el nombre de Santiago de los caballeros de
Mérida, en obsequio de su patria, cabeza de Extremadura y de los
primeros conquistadores que la poblaban, y en que hubiera
conseguido el descanso y premio debido á sus trabajos y méritos,
que fueron muchos, si más alta providencia no diera permision para
que sobre su desgraciada Mérida llovieran las calamidades que se
originaron de las noticias que dió Juan Maldonado á la Real
Audiencia de Santafé, donde siendo el Oidor Maldonado quien mayor
mano tenia, y hallándose interesado en que el Capitan Juan
Maldonado reconociese tener con él el deudo que le habia negado la
naturaleza, agravó tanto el delito del Capitan Juarez, y se dió tan
buena maña en la negociacion, que aun no tenia éste poblada su
villa, cuando estaba despachada Real provision cometida al mismo
Juan Maldonado, para que con gente lo siguiese, se apoderase de la
que habia llevado y lo remitiese preso á Santafé, quedándose con el
gobierno de lo que hallase poblado.
Y sin que nos detengamos en discurrir sobre la justificacion de
tan acelerado despojo y de una prision cometida al acusador y mayor
enemigo del reo, baste saber que apenas llegaron los despachos á
Pamplona, cuando el Capitan Juan Maldonado, prevenido de armas,
viveros y gente, y de doscientos Yanaconas, salió en seguimiento
del Capitan Juarez sin detenerse más tiempo en el camino que el
preciso para rechazar y romper algunas tropas de Cúcutas y
Bailadores de la Grita, que se le ponian delante. Llevaba treinta
caballo-gobernados por él y por el Capitan Hernando Serrada, y de
cincuenta infantes era Capitan Pedro Camacho, con quien y en las
compañías de caballos iban hombres de mucho lustre, como eran Vasco
Pérez de Figueroa, Diego de la Peña Isarra, Sántos de Vergara,
Martin de Rojas, Pedro Rodríguez Gordillo, Gonzalo Sánchez Osorio,
Nicolas de Palencia, el tuerto, Juan de Olmos, el mozo, Bernardino
Fernández de Tolosa, Gonzalo Serrano Cotés, Juan de Puelles
Esperanza, Francisco de Pastrana Cazorla, Pedro de Anguieta y otros
hombres de valor y nobleza, de que me falta noticia, y que al cebo
de nuevos descubrimientos se aventuraban á perder lo adquirido.
Con esta prevencion y las armas en las manos llegó al nuevo
asiento de Mérida, en que ya receloso de su antigua emulacion, lo
esperaba en la misma forma el Capitan Juarez; pero en viendo la
Real provicion que le hizo notificar Maldonado, obedeció como buen
español, y rendidas las armas, las entregó á su enemigo, quien
apoderándose luego de toda su gente, lo remitió con escolta a la
ciudad de Santafé, donde puesto en prision, y haciéndole el cargo
que va referido y otros generales y comunes á todos los
conquistadores, se agravaron tanto por el Oidor Maldonado, que
asintiendo á su dictámen Briceño y Grageda, en quien tambien
cooperaba el Fiscal García de Valverde, poco versado en la
generalidad de aquellos cargos, pusieron al reo en tal desconfianza
de los Jueces y en tales sospechas de un mal suceso, que espaldeado
de algunos amigos que le asistian, tuvo disposicion para huir dé la
cárcel y pasar por la posta en buenos caballos hasta la ciudad de
Pamplona; pero teniendo allí noticia de que en ausencia lo habian
condenado los Oidores á muerte, salió de ella aceleradamente,
eligiendo pasar por caminos ásperos y peligrosos á la provincia de
Venezuela á que lo amparase el Capitan Diego García de Parédes, á
quien halló por este mismo año en la provincia de los Cuicas
poblando su nueva Trujillo sobro el rio Bocono, y desde deudo
echada la suerte para llevarlo de mal en peor, no dejó de
seguirlo, hasta que empeñándolo en la guerra, que allí andaba muy
viva, perdió la vida á manos de indios de aquella provincia.
En tanto que la primera parto de esta tragedia se representaba
en Santafé y Pamplona, habia el Capitan Juan Maldonado introducido
su gente en la nueva Villa, disponiendo que con mudarla á corta
distancia tuviesen tambien los suyos derecho á los gajes y
conveniencias de primeros pobladores, para lo cual hizo en unos y
otros el repartimiento de los indios de la comarca, que si bien
despues lo tuvieron muy bien merecido con lo que sirvieron en
allanar los Timotos y dilatar el dominio de la ciudad, por entónces
fué la semilla para el fomento de dos parcialidades que luego se
declararon; la una en favor del Capítan Juarez y la otra de
Maldonado: ésta con el nombre de Serradas y aquella de Gavinas, tan
obstinadas en su enemistad por la imprudencia con que los Oidores
les nombraban Corregidores, ya del uno, ya del otro bando, que
muchos sucesos lastimosos de muertes y de haciendas consumidas en
pleitos, no han bastado á sacarlos de su ceguedad, y han atrasado
el crecimiento á que pudiera haber llegado aquella ciudad, por la
abundancia que tiene en sus términos, de oro, tabaco, cacao y
algodon. Sin embargo, es cabeza de gobierno y tendrá poco más de
doscientos vecinos, y sobre la nobleza que heredan los más sujetos
que en ella nacen, son valientes y pundonorosos, á que los anima
mucho la emulacion de la parte contraria, y los crecidos caudales
que adquieren con el comercio de Castilla y Nueva España, por la
laguna de Maracaibo. Los que se aplican al estudio son de claros
ingenios y constantes en seguir la virtud. Tiene la ciudad en su
recinto fundados conventos de Santo Domingo, San Francisco, San
Agustín, de monjas de Santa Clara, y colegio de la Compañía de
Jesus, que es el estado que hoy tiene; y por no desencadenar los
sucesos, pasaremos á lo que por el tiempo que se fundó acaecia en
la gobernacion de Venezuela.
Dejamos al Capitan Diego García de Parédes, el silo de cincuenta
y siete, de vuelta a la ciudad del Tocuyo, con las reliquias que
los Cuicas lo habian dejado de su nueva Trujillo, que fundó en el
sitio eminente de Escuque, á las vertientes del rio Motatan, y
entrado en la ciudad, halló al Capitan Gonzalo Gutiérrez de la Peña
con el gobierno de la provincia, que le habia dado la Real
Audiencia de Santo Domingo, por muerte del Licenciado Villasinda. Y
siendo este caballero poco afecto al Parédes, por encuentros que de
ántes habian. tenido, tratándose por los vecinos de que reedificase
la ciudad de Trujillo, y no queriendo volviese á la faccion, la dió
al Capitan Francisco Ruiz, vecino de la misma ciudad del Tocuyo, el
cual agregando hasta cincuenta infantes y caballos, y entre ellos
algunos de los que habian asistido á la primera poblacion, tomó la
vuelta de los Cuicas, por fines del año de cincuenta y ocho, hasta
entrar al Poniente del Valle de Bocono, donde se alojó con fin de
reformar su gente, limpiar las armas y labrar escaulpiles, por
haber reconocido la inquietud que su entrada habia causado en los
indios, y la soberbia con que se hallaban de haber despoblado á
Trujillo, á pesar de su Capitan Diego García de Parédes, de que se
vanagloriaban mucho en sus juntas, dispuestos á no consentir más
españoles en sus tierras.
Por este tiempo, que ya era entrado el año de cincuenta y nueve,
habia salido de la ciudad de Mérida, recien poblada, con otros
cincuenta infantes y caballos, el Capitan Juan Maldonado á
descubrir las mismas provincias de Cuicas y Timotos; y atravesadas
las sierras nevadas con sumo trabajo, habiendo esguazado el rio
Ilolo y penetrado el pais hasta el último valle que ocupaban los
Timotos (con quienes. se portó volerosamente en los ataques, y muy
puntual en los tratados de paz), acuarteló su gente, y dejándola en
el sitio pasó más adelante con veinte hombres, á ver si por una y
otra parte que corren al Norte, descubria algunas poblaciones en
terreno más apacible: en cuya ocupacion, divertido, vino á dar en
el Valle de Bocono; y como descubriese el alojamiento, del Capitan
Francisco Ruiz, y encontrase á pocos pasos con dos soldados suyos
que se entretenian monteando, y se informase de qué gente eran y de
dónde habian salido mandóles que dijesen á su Capítan levantase el
real y buscase otra provincia en que poblar, pues aquélla
pertenecia á su conquista. Despedidos los dos infantes con la
embajada, se recogió Maldonado con sus veinte compañeros á un
sitio acomodado para defenderse, pareciéndole que el Francisco Ruiz
intentaria buscarlo; pero alteróse poco el otro con la propuesta, y
correspondióle con otra embajada semejante á la suya, de que se
fueron picando hasta desafiarse con palabras mayores, si bien no
llegó á efecto el desafio, por más cuerdas consideraciones que para
ello tuvieron.
Lo que sí tuvo efecto fué la determinacion de poblarse Francisco
Ruiz en el mismo sitio de Escuque, en que habia póblado García de
Parédes, cosa que hasta entónces no se le habia pasado por el
pensamiento, y así aquella misma noche despachó alguna gente á
disponer la poblacion, y Maldonado se retiró al cuartel en que
habia dejado la suya. Los dos dias siguientes se estuvo Francisco
Ruiz sin hacer movimiento de su ranchería de Bocono, y éstos
pasados, siguió la vanguardia que habia pasado á Escuque. donde
comenzó á reedificar la ciudad, qué no quiso llamar de Trujillo
sino de Mirabel. Nombró Alcaldes y Regimiento, y repartidos los
indios en la comarca, volvieron á renovarse los repiquetes de los
dos Capitanes, en que terciando algunos de los más cuerdos de la
una y otra parte, vino á parar toda la humadera que habia levantado
la cólera, en que el Capitan Maldonado se volvió á Mérida con toda
su gente, asentando por términos de su conquista los del pais de
los Timotos, ya medio pacíficos; y el Francisco Ruiz se quedó en
Mirabel, tomando dentro de la suya las tierras de los Cuicas, de
que tuvo principio la separacion de los términos de las dos Reales
Audiencias, de Santafé á la parte del Sur, y de Santo Domingo á la
del Norté. De todo le cual dió cuenta á su Gobernador Gutierre de
la Péña, quien deseoso de emprender alguna entrada de reputacion,
agregó alguna gente de valor, y con ella dió principio á la
conquista de la provincia de Carácas, cometiéndola á los dos
hermanos Fajardos, que por su mucho valer y ser hijos de Juan
Fajardo, vecino principal del Tocuyo, y de una india Cacica, de las
principales de aquella provincia, tenian ganado el aplauso de la
gente de guerra.
Ejecutado esto en el poco tiempo que le duró el gobierno á
Gutierre de la Peña, y estandose el Capitan Francisco Ruiz muy
descuidado en su Mirabel, arribó al Tocuyo el Licenciado Pedro
Collado, proveido por el Consejo en el gobierno de Venezuela el
mismo año de cincuenta y nueve; y habiéndose informado del Capitan
Parédes del agravio que se le habia hecho en quitarle la conquista
de los Cuicas, en que habia trabajado tanto y empezado á poblar,
revocó la conducta hecha por su antecesor en Francisco Ruiz y se la
dió á Parédes para que volviese á la misma provincia, se apoderase
de toda la gente española que hallase en ella, y reedificase de
nuevo en la parte que lo pareciese, haciendo nueva eleccion de
Justicia y Regimiento. Con este despacho y algunos soldados de su,
faccion, partió Diego García de Parédes, y llegado á Mirabel
manifestó su comision, que fué admitida al punto, y remitido
Francisco Ruiz al Tocuyo, ejecutó toda la instruccion que llevaba,
siendo lo primero restituir á la poblacion su antiguo nombre de
Trujillo. Estuvo en ella los dias que bastaron para experimentar
das incomodidades de lluvias continuadas, humedad, truenos y rayos,
tan perjudiciales á la vida humana, con que ganada licencia de su
Gobernador confin de mejorar de sitio, trasplantó la nueva ciudad á
las cabeceras de uno de los valles que corren á las riberas del rio
Bonoco, por parecerle estaba en el centro de los Cuicas, y por esta
razon más cómodo para pacificados. Y en este sitio fué donde lo
halló el Capitan Cristóbal Rodríguez Suárez cuando (como dijimos
poco ántes) pasó desde Pamplona huyendo de la Real Audiencia de
Santafé, á cuyos términos volveremos con la relacion de lo que por
esto mismo año de cincuenta y nueve (en que era Justicia Mayor de
Santa Marta el Capitan Juan de Otálora, y de Ibagué y Mariquita
Pedro Fernández del Busto) acaecia en la provincia de los
Pantagoros.
Casi con los mismos principios, aunque no con los fines de
Mérida, se fundó la ciudad de los Remedios, porque hallándose el
Cabildo de la ciudad de Victoria con permiso de la Real Audiencia
para descubrir minas, y la prohibicion del Consejo para no
emprender nuevas conquistas sin licencia suya; y pareciéndole al
Maese de Campo Francisco Martínez de Ospina, uno de sus principales
vecinos y pobladores, que con el pretexto de lo permitido se podría
entrar en lo vedado, por conocer que de otra suerte se estrechaba
el espíritu que lo arrastraba á solicitar empresas dignas de su
valor, ó fuese con el fila permitido de buscar minas para
enriquecer más á Victoria, él ganó licencia de su Cabildo, y
levantado un buen trozo de gente, se halló con ochenta infantes y
ningunos caballos, por no permitirles la tierra. Seguíanle muchos
hombres de lustre y conquistadores antiguos por la prudencia, valor
y generosidad con que sabia gobernar la gente de guerra; y de los
que he tenida noticia fueron García Valero, Cristóbal Arias de
Monroy, Alonso de Llános Valdés, Juan Zapata, Diego Ortiz, Rodrigo
Pardo, Vasco Pérez de Sotomayor, Francisco Beltran de Caícedo,
Pedro de Velasco, Francisco de Alcalá Villalóbos, Juan de Olivares,
Alonso Martin, Pedro Maldonado, Guillermo de Sierra, Miguel
Baquero, Juan Romero de Acosta, Andres de Soria, Juan Valoro,
Vicente Correa, Juan de Pedraza, Francisco de Triana y otros muchos
prácticos en la tierra, que habian entrado con el Capitan Pedroso,
hasta el número referido de ochenta, y llevaban por Capitanes á
García a Valoro y á Vasco Pérez de Sotomayor.
Con estos infantes y buena prevencion de armas y víveres y gran
copia de indios. cargueros, puesta la derrota al Norte, empezó á
penetrar la fragosidad de aquellos desapacibles paises de
Guasquias, Guarinoes y otras bárbaras naciones, en que hallándose á
cada paso con el encuentro de peligrosos despeñaderos, rios
caudalosos y rápidas quebradas en que los pocos naturales de aquel
terreno por donde transitaba le hacian fiera oposicion, no
conseguía poco en ir ganando á palmos la tierra sin pérdida
considerable de su gente, aunque sí de los Yanaconas, hasta que ven
oidas grandes dificultades arribó al valle de Córpus Christi, que
habian descubierto los Capitanes Pedroso y Cepeda, donde
atemorizados con poca dificultad sus moradores, y rendidos al
espanto de las armas de fuego sus Caciques Puchina y Motambe, fundó
por el mes de Diciembre de este año una villa que llamó de Nuestra
Señora de los Remedios, á treinta leguas de Victoria, en que fueron
sus primeros Alcaldes Juan de Oliváres y Miguel Baquero; y porque
trajinando el pais con diferentes catas, se reconoció estar todo él
lastrado de minas y lavaderos de oro, se fueron animando sus
conquistadores á tomar de veras la fundaoion de su nueva villa, y
hubieran conseguido su crecimiento aplicándose á conservar los
pocos indios que hallaron, para seguir con templanza la labor de
los minerales. Pero como el ansia de enriquecer de golpe se
aumentaba cada dia más, apuráronlos tanto, que con su diminucion y
otros acaecimientos ha descaecido mucho la poblacion, aunque ya
mudada de sitio más cercano á Victoria, que apénas conserva algunas
cuadrillas de negros.
La noticia de esta jornada del Maese de Campo Ospina llegó
algunos dias despues de principiada á la ciudad de Santafé, y luego
los Oidores dieron por contravenido el Real orden que prohibía
nuevas conquistas; y sea por no haberles dado parte ántes de
comenzarla, ó porque los encendiese el informe de alguna emulacion
oculta, todos convinieron en despachar contra él un Juez que,
hallándolo ya poblado, se volvió mutis gustoso de lo que habia
partido, y de la misma manera otro y otros, que consiguientemente
despacharon, de que no perdía poco la nueva poblacion, pues todo el
fruto que daba se convertia en acallar comisiones: hasta que, por
último, corriendo ya el año de mil quinientos y sesenta, remitieron
al Capitan Lope de Salcedo, vecino de la ciudad de Tocaima, quien,
mostrándose entero en su comision y en la administracion del cargo
que tenia, Francisco Martínez de Ospina le obligó á ocurrir á la
Real Audiencia á defenderse de las culpas que le imputaban, siendo
éste el origen y raiz de los bandos que se introdujeron en Victoria
y los Remedios, de Ospinas y Salcedos, para que el fruto de sus
enemistades haya sido la total ruina de la primera ciudad, y casi
de la segunda, y aun para haber inficionado la de Mariquita, donde
el tiempo ha extinguido estas facciones, más por la prudencia de
sus descendientes para templarse, que por falta de altivez y medios
para mantenerlas.
No ménos nocivas y más escandalosas eran las enemistades que
habian echado raices entre los Oidores, siendo el doctor Maldonado
el más ardiente en ellas y el que se banderizaba á cada paso contra
el compañero que no asentía á su voto. Era el Licenciado Briceño el
Ministro con quien ménos mal habia corrido hasta entónces; pero ya
fuese porque no se habia declarado contra Grageda y contra el
Licenciado Melchor Pérez de Artiaga, reden venido de la visita que
habia ido á hacer á la provincia de Cartagena (que se le dió el año
antecedente, poco despues que lo recibieron en la Audiencia por uno
de sus Oidores) que se mostraban desafectos al Capitan Maldonado, ó
por no haberle dado parte en este año de sesenta de las elecciones
hechas de Justicia Mayor para Mérida en Pedro Bravo de Molina, y
para Ibagué y Mariquita en Francisco Núñez Pedroso, crecieron las
pasiones hasta dársele por declarado enemigo. tenia el Licenciado
Grageda comision secreta para residenciar á Briceño en caso que le
pareciese convenir: y como semejantes despachos se revelan ó
traslucen, por uno de los dos caminos llegaron á la noticia de
Maldonado, que llevado de su natural instaba á voces en los
Acuerdos sobre la ejecucion, y aun acusaba en las conversaciones
privadas á Grageda de que no queria usar de aquella comision por
tener un voto más para los negocios de su conveniencia. Dábasale á
Grageda poco de todo aquello, porque siendo de natural entero,
trataba de llevar adelante su resolucion y hubiérale sido más
plausible si fuera más constante en el propósito; pero despues de
lances indecentísimos que pasaron entre los dos y cuando ya sus
competencias estaban bien sabidas en el Consejo, con descrédito
grande de Maldonado, sobre que se le despacharon ásperas
reprensiones, llegó á temer Grageda á Maldonado, y no fué mucho
temiese á quien supo acobardar á Montaño.
Concebido el temor, fué consiguiente la coadunacion contra
Briceño, y publicóse luego la residencia con gran deseo de hallarle
notablemente culpado, así de parte del juez quo la tomaba como de
Maldonado, que lo encendia debajo de la fingida amistad que habia
pactado. Pero teniendo Briceño de su parte al Mariscal con toda la
nobleza. del Reino empeñada en sacarlo bien de todo, por la
limpieza y docilidad con que los habia gobernado, y no habiendo
sentido bien de la conjuración los demas ministros de la Audiencia,
no fué posible sacarle cargo más grave que el de los
consentimientos tácitos y expresos con que habia dejado correr
muchos de los desaciertos de Montaño, en que no bastando la defensa
que interpuso, fué compulsado á comparecer en el Consejo, y su
partida del Reino fué llorada de todos, y sucedió en ella lo que
debian tener muy á la vista para su imitacion todos los ministros
de su puesto; y fué que el dia que por este año salió de Santafé,
al tiempo que lo más noble de la ciudad le asistia para
acompañarle, hizo manifestacion pública de todo el oro que llevaba,
que sería hasta quince mil castellanos, diciendo que aquello era
cuanto habia sisado de sus salarios, y no se hallaría otra partida
más, y sí se le averiguase supiesen que era hurtada. Y al fin pasé
á Castilla, donde los cargos solicitados por su enemigo fueron los
medios con que brevemente se lo dispuso la buena fortuna con que
corrió hasta la muerte; siendo el primer paso su provision á
Guatemala con la visita de aquella Audiencia, el segundo
trasladarla á Panamá y el tercero volver á gobernar á Guatemala,
donde lo dejaremos hasta que sus méritos lo coloquen en la
presidencia del Reino.
Miéntras corría la residencia del Oidor Briceño, no paraban las
dependencias de la fundacion de los Remedios; y el haber ocurrido
Francisco Martínez de Ospina á sus defensas, no fuera bastante para
dejar de tener en su causa tal mal éxito como el del Capitan
Juarez, si no le hubiera favorecido la dilacion del tiempo con tres
circunstancias que bastaron á facilitar su pretension. La primera
fué haber llegado poco ántes Cédula Real de Felipe II para que se
pudiesen hacer y capitular nuevas poblaciones y conquistas, en cuya
virtud habia capitulado el Mariscal la conquista del Dorado; pues
aunque por ella no se aprobaban las ya hechas, se templaba á lo
ménos con el despacho el rigor con que debia procederse contra los,
que en aquel punto se hallasen culpados. La segunda, que se le
recreció á la primera, fué convertir Maldonado en sangrienta
oposicion con Grageda y los demas compañeros la fingida amistad que
le habia tenido miéntras residenciaba á Briceño, porque en
semejantes encuentros, hasta los reos se hacen necesarios para dar
cuerpo á las parcialidades, y la autoridad que tenia Ospina en el
Reino era muy para solicitada de ambas. Y la última, en que
consistió su buena fortuna, fué haber hallado por uno de los
Oidores de la Real Audiencia al Licenciado Melchor Pérez de
Artiaga, paisano suyo Alabés, y con quien tenia amistad desde su
patria, que siendo uno da los contrarios de Maldonado por íntimo o
de Briceño y Grageda, le favoreció de suerte que obraron muy poco
los informes de Lope de Salcedo para embarazarle la vuelta á gozar
parte de la riqueza con que correspondian los minerales de los
Remedios: y en fin las mismas acusaciones que pusieron al Capitan
Juarez en la última desventura, en este caballero hicieron tan poca
batería, como se ha visto, porque no influyen los ejemplares donde
varian las circunstancias, y más como la de hallar ó no favor entre
los jueces.
En las correrías que el Maese de campo Juan Ruiz de Orjuela y
los Capitanes Antonio de Olalla y Antonio de Ólalla Herrera habian
hecho para castigar algunas alteraciones de los Panches y para
encontrar camino más tratable que el de Vélez para bajar de Santafé
al rio grande de la Magdalena, se habia reconocido á quince leguas
al noroeste de Bogotá otra nacion confinante á los mismos Panches y
á los Muzos, que si bien no era de indios tan belicosos como ellos,
mostraba ser numerosa y ocupar terreno de mucha consideracion; ésta
era la de los Culimas, extendida por un fértil pais que riega el
rio Negro, y otros en que se habia conservado, á pesar de las
invasiones que en ellos habian repetido en tiempos atrasados los
Muzos y Panches, si bien estos últimos no con fin de ocuparles la
provincia para dilatar la suya, sino de cebar su voracidad en la
sangre de los que muriesen á sus manos. Esta noticia, derramada Por
todo el Reino y la Real Cédula que habia llegado para permitir
nuevas conquistas, puso en pretencion de esta de los Calimas á D.
Antonio de Toledo, vecino de la ciudad de Mariquita, cuya calidad y
servicios facilitaron que por este año saliese á ella desde la
villeta de S. Miguel con ochenta hombres, perros y caballos y los
vivanderos que parecieron bastantes para conducir los víveres; pues
aunque el terreno representaba dificultades, asegurábase el buen
suceso en La noticia que ya los Calimas tenian de haber sujetado
nuestras armas las naciones vecinas, de quienes casi siempre se
vieron oprimidos.
Entre los que seguian á D. Antonio de Toledo iba muchos nobles,
y aunque algunos con florida juventud, tan hábiles para la guerra
como despues lo mostraron, siendo de los Cabos más señalados del
Reino; y aunque no pueda hacer memoria de todos, no será justo
omitir la de los Capitanes D. Lope de Horosco, Juan de Otálora y
hernando de Velasco y Angulo, cuyos relevantes servicios son bien
notorios, fuera de los que en asta conquista hicieron acompañados
de Cárlos de Molina, yerno del General D. Antonio de Toledo, de
Luis Estévan de Feria, marido que fué de doña Catalina de Taboada,
de Pedro Jiménez de Bohórquez, Bartolomé de Saldaña, natural de
Osuna y uno de los primeros conquistádores, Juan Félix de Fonseca,
Alonso de Isla, Nicolas Gutiérrez Prietó, Juan Félix de Bohórquez,
Fernando Pulgarin Barragan, Juan de Porras, Pedro Sánchez de
Velasco, Rodrigo Pardo, que casó con doña Ana de Fonseca, Francisco
Martínez, Bartolomé de Masmela, Diego Pérez Brochero, Francisco de
Triana, Mateo Sánchez Rey y de otros cuyos descendientes entre la
diversidad de apellidos con que de presente corren, representan muy
al vivo con sus loables procedimientos los méritos que adquirieron
en aquella y otras muchas conquistas en que se hallaron.
Luego que se tocó en los umbrales de la provincia de los
Calimas, se fué adelantantando el Capitan D. Lope de horosco con
sus caballos, todo aquello que bastó para poner en arma el pais al
susto de la invasion; pero como á la defensa que Therama, Cacique
principal, pretendió hacerlo en lo raso de una colina, volviese
roto y escarmentado al cheque de los caballos y temor de los
perros, quedó tan desanimada la nacion Calima, que sin bastar los
brios que mostraba para hacernos oposición su General Murca, ni los
consejos de Parripari, oráculo anciano de sus errores, se negaron á
la resolucion de hacer cuerpo de ejército para impedir la
conquista, y solamente mostraron desear La libertad con la
continuacion de algunas emboscadas que, en los pasos más estrechos
o tránsito de los rios y arroyos, disponian á su salvo: y á
permanecer en ellas más tiempo del que los nuestros tenian para
descubrirlos, hubiera salido costosa la conquista, por ser el
veneno de que usaban en una flechería de los más activos que se
latina experimentado en Indias. Con todo, en la gente vivandera y
en algunos infantes fué considerable el daño que recibió nuestro
campo, por no ser cosa fácil cubrirse con los escaulpiles y
rodelas, de suerte que las flechas no hirieran alguna parte del
cuerpo, especialmente cogiendo era descuido la marcha de la gente
española, y estando en asecho los indios, sí bien sobraban dos
perros sueltos á tiempo para el desquite de lo que hacian en muchas
furtidas.
No siendo necesario más encuentro que los que van referidos,
para que toda la provincia se lo sujetase á D. Antonio de Toledo,
acarició sus Caciques, y habiendo reconocido su fertilidad y
estando tan vivas las esperanzas de hallar en ella minerales
semejantes á los que en otras partes se descubrian, se determinó á
fundar una villa que la asegurase, como lo puso por ejecucion en
sitio que pareció á propósito, llamándola N. Señora de la Palma, y
elegidos Alcaldes y Regimiento, apuntó y repartió por casas todos
los indios del pais, segun los méritos de los que se aplicaron á
quedar por vecinos. Esta villa, que brevemente ganó privilegio de
ciudad, la trasladó el Capitan D. Gutiérrez de Ovalle, siendo su
Justicia Mayor, el año de sesenta y tres, al sitio en que hoy
permanece, llamándola de N. Señora de la Palma de Ronda, en
obsequio de su patria era la alta Andalucía. En toda su comarca no
se han hallado otras minas que de cobre y plomo: es muy abundante
de algodon y á propósito para ingenios de azúcar; pero señalase más
en los grandes ingenios y mejores genios de los que nacen en su
clima: y es muy de reparar que estando tan inmediata á la ciudad de
Muzo, en que se crían las esmeraldas, ésta vaya siempre á ménos, en
vez de que sus minerales la lleven á más, y ha Palma florezca en
caudales cuantiosos, que fructúa el trato de lienzos y conservas.
En ésta descarase La paz y en aquélla se engendren los pleitos, y
sobre todo es favorecida la Palma de tan benigno influjo, que con
sabor que alguno ha nacido en ella, bastará para acreditarlo de
virtuoso, de que pudiera hacer lista muy dilatada, si no temiera
agraviar la modestia de los que viven.
Miéntras se obraba lo referido en la provincia de los Calimas,
tomaban cada dia más fuerza los encuentros que se notaban en la
Real Audiencia entre los Oidores Grageda, Artiaga y Maldonado,
siendo éste poderoso no solamente para tenerlos en continuo
desasosiego, sino tambien al Licenciado Tomas López, que vuelto de
su visita de Popayan volvió á ser blanco de sus irrisiones, sin
merecerlo sus buenas letras y mansedumbre; y aunque por este tiempo
pasaron á banderizar la Audiencia en dos Salas, pretendiendo
Maldonado formar por sí solo la una, corriera mucho más la
demostracion á no atajarse el escándalo con la entrada en Santafé
del Doctor D. Juan de Simancas, Obispo electo de Cartagena, que iba
a que lo cansagrase D. Fray Juan de los Bárrios, que lo era del
Reino y Santa Marta. Era esto caballero electo natural de la ciudad
de Córdoba, hermano del Obispo D. Diego de Simancas, que lo era de
Zamora, y habia sido colegial de San Clemente en la Universidad de
Bolonia; y como en él concurrían todas las partes que lo
ascendieron dignamente á la Mitra, tomó, la mano en componer
aquellos disgustos, con el fin de que le asistiesen conformes a tan
santa funcion: y aunque no pudo su persuasiva destruir las raíces
del odio, consiguiolo en la exterioridad, con que acalladas las
enemistades y cortejado de la Real Audiencia y primeros caballeros
del Reino, entre quienes halló muchos ilustres paisanos, recibió la
Consagracion con la majestad que pedía la primera que se hacia en
aquella Catedral, y á pocos dias despues bajó á su Obispado, donde
mal contento del clima, ó por superior impulso que lo movía, se
embarco otra vez para Castilla, dejando de vivir muriendo en su
Obispado, por morir viviendo en su patria.
Fenecido este año con el buen progreso de las conquistas del
Nuevo Reino, entró el de mil quinientos y sesenta y uno, en que
trocadas al parecer todas aquellas felicidades, se pusieron en arma
todos sus habitadores, por la general que les tocó por la provincia
de Venezuela la intempestiva entrada del tirano Lope de Aguirre: y
porque no será bien sacar los acaecimientos de su lugar, y
convendrá saber el estado que tenia el Reino al tiempo que se movió
esta guerra, es de advertir que atento el Real Consejo de Indias á
poner el reparo conveniente en las competencias de los Oidores de
Santafé, por las quejas y perjuicios que resultaban de ellas,
resolvió desde el silo antecedente conceder á Tomas López la
licencia en que instaba, para que le admitiesen la dejacion de su
plaza y volver á Castilla, cometiendo su residencia al Licenciado
Grageda, y nombrando en su lugar á Diego de Angulo Castejon, y por
compañeros suyos á Diego de Villafañe en lugar de Maldonado, con
órden de que con los autos de su residencia fuese remitido al
Consejo, y á Juan López de Cepeda, Oidor más antiguo de la
española, para que con la antigüedad de su plaza sucediese al
Licenciado Grageda, quien residenciado habia de volver á residir y
ocupar la plaza que él habia dejado, para que removidos así todos
los Oidores y puestos otros de nuevo, se terminasen las acusaciones
que hacian unos de otros.
El primer efecto de esta resolucion fue llegar á Santafé los
despachos de Tomas López con la noticia de todo, y de los nuevos
Oidores que habian desembarcado en Cartagena, que fué lo mismo que
haber entrado el montante, que todo lo puso en paz; y no queriendo
Tomas López retardar la ejecucion de sus buenos propósitos, instó
luego en que se lo tomase la residencia, y húbolo de hacer el
Licenciado Grageda, sin que contra el visitado resultase cargo de
consideracion, porque, á la verdad, él era hombre ajustado, como se
reconoció en las muchas pruebas que Juan de Montaño y el doctor
Maldonado hicieron de su virtud; y así, dado por libre, pasó á
Castilla, donde, animado de sus buenos deseos, se dió en Alcalá á
una vida ejemplar y recogida, y estudiadas muy de asiento las artes
y Sagrada Teología, tomó despues los hábitos eclesiásticos y
recibió los Sagrados Ordenes con aquella decencia que pudo poner de
su parte, y en que persevero ejemplarmente todo el tiempo que tuvo
de más vida, escarmentado de los riesgos de su salvación en que lo
habia puesto la plaza que pretendió de Oidor, y en que tambien lo
pusiera ótra cualquiera dignidad eclesiástica si pusiera medios
para conseguirla.
Poco despues de residenciar á Tomas López entraron en Santafé,
uno en pos de otro, los Licenciados Diego de Angulo Castejon y
Diego de Villafañe, y tomada la posecion de sus plazas, trato luego
éste de la residencia de Maldonado, que no teniendo el buen éxito
de la antecedente, por haber sido tan contrarios los
procedimientos, fué preciso cumplir con el órden de remitirlo á
Castilla, donde bien mortificado de sus arrojos por algunos años,
pasó despues á Méjico con plaza de Alcalde de Corte: y volviendo al
Angulo, que pretendía ócupacion en que descontar los empeños del
viaje, consiguió pocos días despues de su llegada salir á visitar
las provincias de Tunja y Pamplona, donde habiendo hecho la primera
tasa de los tributos que los Encomenderos habian de cobrar de los
indios de sus repartimientos, moderando la que á su arbitrio
cobraban, y dejado órden al Capitan Juan Maldonado, que se estaba
ocioso en Mérida (por haberle dado el cargo de Justicia Mayor á
Pedro Bravo de Molina) para que hiciese una poblacion de españoles
en el valle de Santiago, que facilitase el paso de Pamplona á
Mérida, por mediar el sitio entro estas dos ciudades y poder servir
de plaza de armas para allanar la tierra, dió vuelta á Santafé,
donde halló á los Oidores Artiaga y Víllafañe ménos corrientes de
lo que debieran estar al ejemplo de lo que se habia obrado con sus
antecesores, pues tal vez remitían al imperio de las manos lo que
debieran á la fuerza de las leyes, aunque siempre por culpa del
Villafañe, á quien la buenas prendas de su émulo irritaban.
Con este órden que tuvo el Capitan Juan Maldonado, sacó luego
veinte infantes y caballos de Mérida, y sin accidento que lo
embarazase, atravesados los valles de S. Bartolomé y los
Bailadores, en cuyos términos se fundó despues la ciudad de la
Grita, arribó al valle de Santiago, llamado entónces dolos Tororos,
donde los indios del pais, aunque muchos para el corto número de
españoles que entraba en él, escarmentados de los encuentros que
habian tenido con el Capitan Tolosa y temerosos de los perros y
caballos, de quienes experimentaban el mayor daño, dejando libre el
terreno, les dieron paso hasta el pueblo de las Ahuyamas, que
estaba el último y más inmediato á las Lomas del viento, donde
pareciendo el más á propósito para lugar de españoles, fundó sobre
las riberas mismas del rio pequeño que la baña, una villa que llamó
de S. Cristóbal, aunque no falta autor de mucha fe que la da
poblada por el mismo Juan Maldonado desde el año de cincuenta y
nueve, al tiempo de pasar á la ciudad de Mérida; y aunque la
pretencion habia sido de que sirviese de plaza de armas para
refrenar los asaltos de los Cuentas, Bailadores, Motilones y
Chinatos, que embarazaban la comunicación de Mérida y Pamplona, á
quien habia de estar sujeta, nada bastó para que, repartidos
solares, dejase de encomendar los indios del mismo valle: los
Capuchos que estaban de la otra parte de las Lomas del viento, y
los Toreros situados sobre el Apure que baja de las sierras Nevadas
de Mérida, en los primeros pobladores que le acompañaban, de
quienes fueron Vasco Pérez de Figueroa, Francisco de Pastrana,
Gonzalo Sánchez Osorio, Pedro de Anguieta, Antonio Díaz, Francisco
de Triana y otros, que brevemente la eximieron de aquella
jurísdiccion, ganándola separadamente para su villa y extendiéndola
hasta comprender las Lomas del viento, criadero de famosas mulas, y
hasta la provincia de los Chinatos y gran parte del valle de
Cúcuta, fértil como se ha dicho para ganados mayores, y en que se
han hecho hermosos plantajes de caña.