CAPITULO VI
VUELVE EL MARISCAL Á SANTAFÉ CON LA PROVISION DE NUEVOS OIDORES.-EL
LICENCIADO TOMAS LOPEZ ENTRA EN LA AUDIENCIA.-DESPÉCHASE MONTAÑO DE
NO TENER MANO EN EL GOBIERNO, Y PEDRO ESCUDERO Y SUS HERMANOS
MAQUINAN TIRANIZAR EL REINO.-PRENDEN Á MONTAÑO Y REMÍTENLO PRESO Á
VALLADOLID, DONDE LE CORTAN LA CABEZA. -EL CAPITAN LANCHERO REPITE
LA ENTRADA EN LOS MUZOS Y ALLANA LA PROVINCIA.
ERA ya entrado el año de mil quinientos y cincuenta y siete, tan
favorable á la Corona de España por la toma de San Quintin, cuanto
infausto á la de Francia pór haber quedado preso, y no muerto, el
Almirante Gaspar de Cellini, que lo defendia y habia de ser el
reclamo de sus calamidades; y hallábase el Mariscal D. Gonzalo
Jiménez de Quesada con el mal tratamiento que le hacian los
arenales ardientes de Cartagena, deseoso por una parte de volver á
las amenidades de Santafé, y receloso por otra de intentarlo, sin
que hubiese nuevo Oidor que embarazase los arrojos de Montaño; pero
como al que pretende con ánsia, el más leve motivo lo empeña en sus
conveniencias, acaeció que en dos navíos de Castilla, que surgieron
en el puerto, fuesen dos pliegos del Rey que le entregaron como á
Gobernador para que los encaminase; el uno para el fiscal
Maldonado, con su título de Oidor, segun se colegia del
sobrescrito, y el otro para el Licenciado Tomas López con duplicado
que le remitian del suyo (por haberse tenido noticia en la
Secretaría de Indias de qué se perdió el primero) con la comision
de que hemos tratado en el capítulo antecedente, como se supó
despues, si bien por entónces lo ignoraban todos. Con la ocasion,
pues, de haber recibido estos pliegos, la tuvo el Mariscal para
tratar de subir luego á Santafé, pretextando la resolucion con la
necesidad en que se hallaba de mejorar de templo para reparar la
salud que habia perdido en Cartagena; y así, nombrando á Juan de
Castro por Teniente, que le sostituyese, y no atreviéndose á dejar
el pliego de Tomas López en aquella ciudad, por si acaso hubiese
tomado la derrota de su viaje por el mar del Sur y puerto de
Buenaventura, salió para Santafé con toda la acelaracion que le fué
posible.
Estaba en esta ocasion aquella ciudad en tanto aprieto con los
desafueros continuados de Montaño, que apénas supieron los vecinos
haber pisado el Mariscal los umbrales de la sabana de Bogotá,
cuando á tropas le salian al camino deseosos de saber si era cierta
la provision que llevaba de nuevo Oidor para el reparo de sus
calamidades, pues sin ella no podian persuadirse á que un hombre
tan cuerdo se entrase por los mismos peligros de que habia
escapado; y érales noticia de todo agrado la que les daba del
pliego que llevaba al fiscal Maldonado. Hasta que puesto en
Santafé, y entregado el de Tomas López al Licenciado Briceño, y el
otro á quien iba, fué recibido luego en cuatro de Junio el Oidor
Maldonado con el mayor aplauso que se vió ántes y despues en otro
ministro, y desde aquel dia comenzaron nuevas inquietudes, no como
de ántes, con vejaciones y daños á los vecinos, con encuentros sí
escandalosos entre los dos Oidores Montaño y Maldonado, procurando
éste desquitar con ajamientos del otro cuantos habia sufrido en el
tiempo de su fiscalía; pero con tan imprudentes demostraciones, que
no reparaba en que con ellas se atropellase la autoridad de la
Audiencia, ni la que debia mantener en el cargo que administraba.
Llegó á tal extremo la bajeza de estilo con que lo trataba, no
solamente en coloquios privados sino en concurrencia de Estrados y
otros actos públicos, que para difamarlo con palabras de toda
injuria, se miraban ya aquellos decorosos lugares como los más
indecentes cantillos, y tanto, que muchas veces el Montaño se
levantaba de ellos y se iba á su casa, no teniendo ánimo para
sufrir en tanta publicidad los mismos ultrajes que habia querido lo
sufriese Maldonado siendo fiscal: de que ya resultaba no haber para
él dias más trabajosos que los que no fuesen festivos, por el
tormento á que lo condenaba en ellos la obligacion de asistir á su
oficio: así alterna sus acaecimientos la fortuna, mejor diremos,
así dispone la Providencia Divina que se hiera por los mismos filos
del menosprecio, quien se fió para usarlos de que habia firmeza en
la superioridad de los puestos.
Verdad es que ayudaba mucho á este misterioso retiro el ver que
ya ni en las provisiones de gobierno ni en las causas de justicia
obraba á su antojo; porque como ya no estaban uno á uno, comó de
antes, para quedaras cada cual con su voto, sino con el número
bastante para la determinacion de los negocios, y para que
desagraviasen los dos al que hubiese agraviado el tercero con
prisiones y semejantes molestias de que habia usado el Montaño
infinitas, pesábale de la falta de aquella despotiquez con que
ántes obraba: y aunque en las exterioridades no reconocia falta de
respeto á su persona, sino era en su competidor, no ignoraba que
para lo demas era en la realidad un ídolo hecho pedazos y caído por
tierra, en quien el poco caso que de él se hacia, recordaba las
adoraciones que le habian dado; pero sobre todo sentia los ultrajes
y desprecios con que lo trataba el compañero, y de que no
disgustaban sus más declarados enemigos, que es nuevo género de
tormento para un ánimo altivo: y entónces fué cuando algunos
hombres de buen juicio pensaron haber consentido ó maquinado en la
maldad, que brevemente diremos; y juzgóse no haberla ejecutado,
porque con la noticia que en aquella coyuntura llegó de que el
Oidor Tomas López, por el camino del desaguadero, habia arribado á
Cartagena y subia á Santafé en demanda del título de su plaza que
llevó el Mariscal, se persuadió á que sin llegar á tales extremos
bastarian las trazas del buen ingenio que creia tener, para ganar
al nuevo Oidor y vuelta la determinacion de los negocios á
competencia igual de votos, recobrar aquella mano que habia perdido
para inquietarle todo y vengar sus pasiones.
Así lo discurria Montaño en sentir de algunos; pero llegado
Tomas López y puesto en el ejercicio de su plaza en treinta de
Agosto, ni él ni su competidor, ni Briceño, que habia sido el
yunque de ambos, pudieron descubrir las sendas por deudo encaminaba
sus ocultos dictámenes, ni el blanco á que tiraba su inclinacion;
porque neutralizado en las materias que se ofrecian, no se le
hallaba punto fijo á sus determinaciones, no por falta de letras,
pues era insigne jurista, sino porque entregado á la virtud y al
recogimiento, lo arrastraban interiores impulsos á estudio más
decoroso y sagrado que el de la Jurisprudencia: y así, aunque segun
sus leyes discurria siempre lo más acertado, negábase á la práctica
de ello, de que se originaba decir con discrecion el Mariscal
Quesada que no habia Ministro mejor para disponer leyes en favor de
los indios ni peor para ejecutarlas: ocasionado todo, como se vió
despues, del afecto con que se inclinaba á mejorar de hábito y
estado; por cuya razon, sin faltar á la administracion de justicia
en las demas causas, disponia el ingreso á las criminales con tal
arte, que siempre lo dejasen fuera los compañeros. Con estas
neutralidades y retiro de Tomas López, halló Montaño burladas
cuantas esperanzas habia fundado en tenerlo á su disposicion con
empeños de parcial; y como la ambicion no sepa contenerse dentro de
los términos del disimulo, ni esperar á que las casualidades abran
la puerta que cerraron las prevenciones, impacientóse de suerte que
dispuso los medios de su perdicion, por donde pensó lograr sin
perjuicio propio los de su premeditada venganza; y porque no será
justo exceder en materia tan delicada de lo que afirman ó dudan los
mismos autores que concurrieron á cuanto se obró en Santafé y
Tunja, sobre averiguar la verdad, relataré lo sucedido sin pasar de
los límites de quien traslada y no discurre.
Lo cierto es que por aquel tiempo estaban derramados por todas
las ciudades del Reino muchos de los soldados del Perú, que
temiendo por fama la entereza del Marqués de Cañete, habian
anticipado su fuga, siempre dispuestos á nuevas inquietudes donde
hallasen sombra, por ser la rebelion un vicio de calidad tan
nociva, que contraido una vez en el ánimo se conserva con resabios
de signo indeleble, pues casi siempre vemos que arroja desesperado
la vaina el que con su Rey ha sacado imprudente la espada. Tambien
es cierto que la desesperacion de no hallar forma para volver á
recobrar el absoluto dominio con que habian gobernado el Oidor
Montaño y sus hermanos, los tenia tan fuera de sí, que en lo
exterior prorumpian en amenazas contra los que se les mostraban
opuestos, y en lo interior recolaban el castigo que de necesidad
habia de caer sobre los desafueros que habian ejecutado, y más en
tiempo de un Príncipe tan justiciero como lo era Felipe II; y como
para cometerlos más á su salvo habian tomado por medio andar
rodeados de gente armada siempre tuvieron los del Perú buen cuartel
y acogida en la casa del Oidor Montaño, y mejor en la de Pedro
Escudero, su hermano, que asistia en la ciudad de Tunja, donde
habia cargado la mayor parte de esta gente baldía. Sobre estos
fundamentos se comenzó á levantar una voz de que el Oidor Juan de
Montaño y sus parciales trataban de tiranizar la tierra; y sí
muchas veces á la ingratitud de los soberanos han sonado bien
semejantes imposturas, con fin de alzarse con la deuda de los que
más han servido, á la verdad muchas más veces se ha valido el odió
de los súbditos á los que gobiernan, de la misma traza para
derribarlos de los puestos que ocupan, no contentándose con
atribuirles culpas comunes, sí no pasan á enormidades, por ser el
arma que con ménos municion hace más batería en el tribunal de les
Reyes.
Al fin, ó fuese porque la gente del Perú los incitase á la
sublevacion, y con sus prevenciones diese á entender que no habia
sido desechado el envite, ó porque en la realidad se admitiese,
túvose por infalible que sus hermanos lo habian solicitado,
eligiendo á Pedro Escudero el mayor por cabeza de la conspiracion:
pues aunque muchos afirmaban serlo el Oidor Montaño, reconocióse
despues por lo que daba á entender, que si tuvo parte en ella, fué
con sola intencion de vengarse de algunos de sus enemigos, como lo
eran Briceño, el Mariscal Quesada, Pedro Fernández del Busto, y
sobre todos el Oidor Maldonado, con quien era el rencor más crecido
teniendo ordenado en secreto, que habiéndolos muerto, tratase
tambien fingidamente el mismo Pedro Escudero de matarlo á él, hasta
que á instancia de algunos rogadores lo dejase vivo y preso lo
echase rio abajo á la costa, para que pudiese pasar á estos Reinos,
dando á entender que por no haber cooperado en la tirania de los
hermanos, se habia visto con el cuchillo á la garganta, y que si
ellos habian caido en delito tan feo, habia sido por culpa de los
enemigos que los perseguian y tenian dispuesto arruinarlos. Pero
esto quedóse en conjetura de los que piadosamente discurrian en
favor de Montaño, y la conspiracion llegó á ser creída fijamente de
los demas Oidores, por informes secretos que les hicieron personas
de crédito, y porque ya no habia caballero de autoridad que osase
asistir solo en su casa de noche, sino en las más fuertes de la
ciudad, donde se congregaban para estar más prontos á la defensa,
sin que se les ofreciese medio para apagar sin escándalo semejante
alboroto, sino el de valerse Tomas López de la comision que tenia
(de que habia dado noticia á sus compañeros y á otros confidentes
suyos en algunas conferencias secretas que se habian tenido sobre
este negocio); no para residenciarle, sino para suspenderlo de la
plaza de Oidor hasta que el Licenciado Grageda llegase: y púdose
tener á milagro, y más en guerras civiles, que á Montaño se le
ocultase la noticia de esta comision estando repartida entre
tantos; pero cegábalo la justicia divina, determinada ya á castigar
sus maldades, y Tomas López, que, en avivándose los indicios y la
voz del alzamiento, mostraba voluntad de usar de la comision,
suspendiendo del cargo á Montaño, entibíabase brevemente con el
recelo de contravenir á la secreta instruccion que tenia, hasta
que, pareciéndolo que ya llegaba el agua á la garganta, tomó
resolucion de atajar aquellos inconvenientes que tanto
apretaban.
Bien ajeno de todo esto se hallaba Montaño, puesta la atención á
la Flota en que se decia venir el Licenciado Grageda, de quien
esperaba el golpe, cuando en el dia que ménos pensaba lo fué
notificada en Acuerdo la comision de su residencia, y salió sin
vara y mando al retiro de su casa con general gozo de los vecinos,
que, como libertados de algun cautiverio, se daban los parabienes
unos á otros, deseosos de dar principio á la satisfaccion de sus
agravios; pero habiase hecho la notificacion con calidad de que
empezase á correr la residencia desde el dia que el Juez señalase,
todo con fin de que la tomase Grageda, porque el Tomas López no la
tomara por cuanto tenia el mando: lo cual fué tanta verdad, que por
haber reparado despues en el descaecimiento de la voz del
alzamiento, por el temor á susto que habia ocupado á los parciales
de Montaño, estuvo resuelto á dar por nula la notificacion que le
habia hecho, y restituirle en su plaza, que fuera lo mismo que
quitarle á todo el Reino la vida de un golpe, hasta que sus
compañeros por una parte, y por otra el Mariscal Quesada, á quien
ya tenian nombrado por Capitan general, le representaron vivamente
inconvenientes tan graves, que conocido su error desistió del
intento, y más con la vista de lo que resultaba de ciertas
informaciones que en la ciudad de Tunja, por órden de su Justicia
Mayor Gonzalo Rodríguez de Ledesma, habian hecho sobre la misma
materia el Capitan Gregorio Suárez de Deza y Pedro García Ruiz,
Alcaldes Ordinarios, por ante Diego de Róbles, Escribano, y
remitido á la Real Audiencia con fin de que se atajasen los daños
que se temían de tanta gente del Perú agregada á Pedro Escudero, y
de calidades tan perniciosas como se reconocian de sus
costumbres.
Con estos instrumentos y los indicios que bastaron para
suspender á Montaño, se procedió luego por la Real Audiencia á
asegurar su persona y la de sus cuatro hermanos, con prisiones y
guardas, en que se vió uno de los desengaños que no bastan para
abrirnos los ojos, como fué estrenar Montaño, cercado de temores,
la misma cadena que habia labrado para que lo temiesen, y en
continuacion de esta diligencia se procedió por escrito á la
averiguacion del alzamiento, que se tenia por cierto; pues, como
dice Quesada, algunos de los que atestiguaron en ello fueron
hombres de gran sustancia y de grandísima edad y reputacion, y
alguno de ellos descubridor y conquistador de este Reino, y el más
viejo y más antiguo hombre que hay hoy en todas estas partes de
Indias, y sobro todo muy hijodalgo; y dos planas más adelante,
atribuyendo á este delito la tragedia que pasó por este trabajoso
Juez, prosigue: Porque hubo testigos de vista, soldados del Perú,
especialmente un Francisco Morcillo, á quien Montaño se descubrió,
y así lo dijo y declaró en su dicho, este sin las probanzas y
presunciones que de esta maldad habia. De que resultó salir luego
el Oidor Briceño para la ciudad de Tunja, donde con más plena
informacion prendió muchos de aquellos hombres perdidos, diligencia
que se hizo al mismo tiempo en Santafé y otras ciudades,
desterrando á muchos de ellos y embarcando á otros para Castilla,
fuera de los más sospechosos, que detenidos en las prisiones fueron
despues atormentados; con que brevemente se desvaneció aquella
borrasca en que tantos temian perderse, y comenzó á serenarse el
ánimo de cuantos lo tenian turbado.
Al tiempo que estas diligencias se principiaron, aportó á
Cartagena la armada, en que iba por Gobernador propietario de
aquella provincia, en lugar del Adelantado Heredia, Juan de Bústos
Villégas, que luego tomó posesion de su plaza, y en su compañía los
Licenciados García de Balverde, con la de Fiscal de Santafé, y
Alonso de Grageda, que adelantándose á la ligera por las noticias
que corrían de lo que pasaba en el Reino, llegó á él, y recibido en
tres de Diciembre, dió principio á la residencia de Montaño, contra
quien, siéndole contraria toda la tierra, resultaron culpas
gravísimas, de que le hizo cargo, habiendo ya llegado García de
Balverde y tomado posesion de su plaza en ocho de Enero del año de
mil quinientos y cincuenta y ocho, que ya corria; pero como no hubo
descargos bastantes á deslumbrar la verdad, y los delitos fuesen de
tanta consideracion, obligaron á Grageda á remitir á Montaño á
estos Reinos, con guardas y prisiones muy ásperas; y aun hay quien
diga que asegurado con la mitad de la cadena Montaño, que habia
mandado hacer, cosa que parece inverosímil, considerada la longitud
que tiene la que se conserva en Santafé; pero de la una ó la otra
manera, llegado este infeliz ministro á Valladolid, y puesto en su
cárcel de Corte, fué vista su causa por el Consejo de Indias, y
acriminada de cuantos dependientes tenian los Oidores Góngora y
Galarza y demas agraviados que habian perecido por culpa suya; y
aunque se cree, que en su defensa haria todo lo posible,
pareciéndole que ninguna bastaria para librarlo del castigo que lo
amenazaba, dispuso huir de la prision, con tan mal suceso, que fué
descubierto al tiempo mismo de ejecutarlo.
Ni esta desgracia bastó para reducirlo á solicitar medios más
lícitos y ménos ruidosos, sino para librar el cuerpo, para no
aventurar el alma, pues eligió el de llamarse á la Corona,
pareciéndole bastaria para embarazar la sentencia que temia. Oh!
qué mal discurre el que piensa que he de haber traza para escapar
la vida de aquellos lazos que le tiene puestos la divina justicia!
Cuánto más bien le estuviera á Montaño, viéndose en estado tan
abatido, cotejar la prision en que estaba con la soltura que habia
tenido, y acordarse de las muchas esperas que el cielo le habia
hecho en tiempo hábil, para que temiendo semejantes calamidades
trocase en mansedumbres de humano las fierezas de bruto: de tantas
ocasiones que malogró para ser dichoso, y que voluntaria y
culpablemente escogió el vivir aborrecido! Cuánto le importara más
traer á la memoria las veces que doña Catalina de Somonte, su
esposa, y otras personas cuerdas, lo amonestaron que refrenase la
ira y mudase costumbres que lo malquistaban, y de nada hizo caso,
por seguir sus pasiones, para que al sentimiento de estos
recuerdos, haciendo voluntario el castigo, pudiese restaurar en un
dia lo que habia perdido en tantos años! Pero sordo á tantos
despertadores, solamente cuidaba de lo que el Juez eclesiástico
(ante quien habia ocurrido por su procurador) obraba en su causa,
que fué despachar inhibitoria al Consejo, el cual, teniendo por
ejemplar extrañísimo abrir puerta para que los Jueces, por
semejante medio, se librasen de las penas correspondientes á los
delitos que constasen por sus residencias, declaró auto de legos,
como, parece de Real Cédula de catorce de Julio de mil quinientos y
sesenta y un años, que está con las ordenanzas del Consejo.
Con este expediente, consideradas las culpas que de proceso de
su residencia constaban contra Montaño, y queriendo poner freno á
semejantes recursos, fué condenado por sentencia de vista y
revista, á muerte natural, que se ejecuté en la plaza de
Valladolid, donde le fué cortada la cabeza con pregon harto infame,
en cuyo ejemplo deben mirarse cuantos ministros con igual
jurisdiccion pasan á Indias, para no peligrar ni en las culpas ni
en el castigo que dispusieron esta tragedia que tan irregular ha
parecido en los tiempo presentes, por haberse cerrado aquel camino
que entónces hollaba la justicia, para caminar con mayores
aciertos. No fueron ménos desgraciados los fines de los tres
hermanos del Oidor Montaño, porque remitido Pedro Escudero con los
autos de su rebelion á estos Reinos, murió tan arrebatadamente en
el camino, que acordó la muerte que tuvo el Oidor Cepeda, el de
Lima, estando en la cárcel. Restaban Rodrigo Montaño y Sebastian
Herrezuelo; pero asombrados de su delito ó temerosos del riesgo,
pagaron fugitivos, de suerte que el primero acabó desastradamente
en la Costa, y el otro falleció de irremediable contagio en el
Reino. De qué les aprovechó su riqueza? Sus encomiendas y tributos
crecidos, cuán poco duraron! Solamente Cristóbal de Montaño ni se
ausentó, ni tuvo quien mal lo mirase, porque en la candidez de sus
procedimientos ninguno se atrevió á maliciar indicio de haber
concurrido á culpa tan fea, y así, con mucha estimacion, fué
siempre vecino del Reino.
Quién no presumiera que desembarazada ya la Real Audiencia del
Licenciado Montaño, gobernaria con más quietud que de ántes? pero
enturbiada una vez el agua, tarde recobra la hermosura de su
diafanidad: y no hay que asegurarse de incendios amortiguados
miéntras en algun tizon se conserva la llama, teniala el doctor
Maldonado en la ambicion de gobernarlo todo su natural colérico, y
empezó luego á mostrar el fuego de la enemistad con el Licenciado
Grageda, que por antiguo presidia, y esto siempre que no sugetaba
el gobierno á las leyes de su dictámen, y aun cuantas veces los
demas compañeros seguian el de su Presidente, otras tantas se
exponían á lances muy pesados con Maldonado. Experimentóse esto en
las elecciones que hicieron del Capitan Alvaro Suárez de Deza para
Justicia Mayor de Santa Marta, y en continuar á Pedro Fernández del
Busto en Tocaima y Mariquita, con quinientos pesos de oro de veinte
y dos quilates y medio de salario en cada un año, gajes que no
tuvieron Martin Yáñez Tafur, que le antecedió el año de cincuenta y
cinco, y Asencio de Salinas el de cincuenta y seis. Sentíase mucho
de Briceño, y mofaba tanto de las irresoluciones de Tomas López,
que le obligó á aceptar la visita de Popayan, en que gasté un año
por buscar quietud y dar tiempo á que lo llegase la licencia que
habia pedido al Consejo, como despues veremos.
Tenian los vecinos del Nuevo Reino por aquel tiempo vuelta la
atencion al reparo que debian poner á la intrepidez con que los
indios Muzos acaudillados de su General Quirimaca, ejecutaban tales
arrojos en sus fronteras, que todo lo corrian con muertes y asombro
de los Moscas. De la entrada que en ellos hizo el General Pedro de
Ursua por el año de cincuenta y uno, se hallaban tan poco
atemorizados, que en vez de contenerse dentro de los términos de su
provincia, aspiraban á sugetar la de Ubaté, vanagloriosos de haber
arruinado á Tudela y satisfecho parte de su sed en la sangre
vertida de sus pobladores. Era uno de los más interesados en que se
refrenase su Audacia, el Capitan Luis Lanchero, de quien hemos
tratado varias veces, así por haberle cabido el repartimiento de
Susa, poblacion de las mayores y más fertiles de la provincia de
Ubaté, á quien las armas enemigas tenian por blanco de sus iras,
como por el sentimiento que le picaba de haberlo derrotado y herido
en la entrada que les hizo el año de treinta y nueve; y bien
considerados los motivos que lo encendian para encargarse de su
conquista, se ofreció á la Real Audiencia, que no podia imaginar en
el estado presente cosa que más bien le estuviese al Reino, tanto
por el buen éxito que tendria la empresa gobernada por sus
experiencias, cuanto por darle gusto á un caballero que con tanta
modestia se habia portado con Miguel Diez de Armendariz, siendo la
persona que más le habia ofendido.
Hechas, pues, las capitulaciones y habiendo nombrado por su
Teniente General á Francisco Morcillo, soldado de valor y que habia
militado en las guerras civiles del Perú, compró perros, levó
alguna gente, y prevenido el Capitan Juan de Rivera, con quien
tenia antigua amistad, para que lo siguiese con alguna más de
socorro, partió para la ciudad de Vélez, por donde tenia
determinado hacer la entrada, y donde abastecido de armas, víveres
y algunos caballos, pasó muestra, y se halló con trescientos
Yanaconas y sesenta españoles de su satisfaccion, entre quienes se
contaban D. Lope de Horosco, Alonso de Alvarado, Juan Marmolejo,
Francisco de Poveda, Márcos de Soria, Antonio Bermúdez, los
Capitanes Alonso de Benavídes, y Benito de Poveda, Alonso Gómez,
Rodrigo de Quiroga á quien despues mataron sus indios de Canipa,
Alonso González, Gerónimo de Esnabe, Juan de Moráles, Francisco
Pérez, Alvaro de Villaverde, Antonio de Neila, Sebastian de
Saavedra, Francisco de Velazco Angulo, Cristóbal de Llerena y Fr.
Juan de Santa María, del Orden de Predicadores, que iba por
Capellan de los referidos, y otros de quienes falta noticia con
gran sentimiento mio, por haber sido ésta una de las empresas en
que con más valor se portó la gente española en las conquistas del
Nuevo Reino de Granada, y de que debieran estar muy presentes las
memorias, para recordar sus hazañas con el premio debido á sus
descendientes.
Con esto corto número de gente, partida en dos tropas gobernadas
por el mismo Luis Lanchero y su Teniente, y con las experiencias
que tenia adquiridas en su primera entrada de la forma de guerrear
los Muzos, pisó los umbrales de su provincia á tiempo que ya el
General Quirimaca, noticiado por el Saboyá de la guerra que le
movian, tenia convocados á todos los Caciques del pais, para que
cada cual con sus tercios acudiese á la defensa comun, que libraba
en su valor y en el del Cacique Nayman, con quien unido, y por no
dar ánimo á los nuestros con su tardanza, salió con poco ménos de
cuatro mil arcos á encontrarse con Lanchero, que socorrido de su
Teniente General Francisco Morcillo en puesto ventajoso al enemigo,
se portó tan valerosamente, que puesto en fuga Nayman, y
quebrantada la altivez de Quirimaca con haber desvanecido cuantos
ardides tenia dispuestos, derrotándole su gente con daño muy
considerable, y sin otro de los nuestros que el de veinte heridos y
tres muertos, consiguieron el fin de tenerse por victoriosos, con
el buen suceso de que los concibiesen formidables. Al espanto de
ver holladas las murallas de Dura que asaltaron los primeros
españoles que vió en sus paises, se rindió toda la Germania al
ejército imperial de Cárlos V; y ésta es aquella dicha que tiene
reservada la Providencia para los héroes, y en conseguirla al
principiar las facciones, consiste la facilidad con que se llega á
los fines, como se verá en el presente suceso por la noticia que
luego se derramé en la provincia: pues siendo esta nacion la que se
ha visto, y habiendo concurrido á esta guerra todas las fuerzas que
tenia en más de veinte mil arcos de pelea, en otra ninguna ocasion
se vieron más abatidas sus armas.
Conseguida esta victoria y fortificado Lanchero para refrescar
su gente y proseguir la conquista por el año de mil quinientos y
cincuenta y nueve; que ya era principiado, tuvo noticia de que se
iba acercando el Capitan Juan de Rivera con treinta y cinco
infantes y caballos, socorro que habia sacado de Tunja y Vélez, y á
buen paso le seguia; y así, dejando el primer intento, se resolvió
á esperarlo para empeñarse con más seguridad en la entrada, que ya
las espías imposibilitaban, por haber reconocido estar bloqueados
de diez mil indios Muzos, Nauras y Saboyanos que habian ocurrido á
la defensa del pais: aviso que puso en más cuidado á Lanchero por
el riesgo del Capitan Rivera que por el que á su gente amenasaba; y
á la verdad de todo, debia recelarse mucho, pues al cuarto dia de
su detencion se hallé acometido en su cuartel del mismo Cacique
Naiman, que, reforzado con cinco tercios de á mil indios y sentido
de la antecedente desgracia, se aventuré á la contingencia de
mejorar fortuna; pero hay tan poco que fiar de la que se ha
declarado por enemiga, y son tan poco seguros los corazones que
alguna vez han mirado el peligro por las espaldas, que ni el arrojo
de Naiman les daba aliento para manifestarse firmes, ni al trueno
de sus voces acortaban á componerse guerreros. Mucho trabajaron los
nuestros en rechazar lo desesperado de los avaces; pero por muchos
trabajaba Lanchero con la presteza y alegría del rostro en los
mayores peligros, hasta que, herido Naiman y reconocido el peligro
por su gente, dieron lugar con su retirada á que los perros con su
voracidad hiciesen más lamentable la derrota.
Casi al mismo tiempo que Naiman acometió á Lanchero, se
encontraron con el Capitan Rivera á distancia de una legua más de
cuatro mil indios que, gobernados por el Cacique Quirimaca, le
desordenaron la gente al primer acometimiento, por haberla cogido
en marcha y ser una de las mayores dificultades que ocurren en
paises tan montuosos la de poderse doblar un escuadron para recibir
el avance; pero acelerando algunos el paso hasta el Real de
Lanchero, donde tuvieron parte en la derrota de Naiman, y puestos
en órden los restantes, sufrieron tan repetidas cargas de
flechería, y correspondieron tan puntuales con las armas de fuego y
ballestas, que, sin reconocer ventaja de la una ni de la otra
parte, se mostró por dos horas neutral la fortuna. Señalábanse
entre los Muzos Chichipe, Trinaca Note y Vatabí, y otros muchos
Caciques criados en la guerra que habia sustentado tantos años, y
entre todos sobresalia Quirimaca, á quien su valor y disciplina
militar habian exaltado al Generalato de toda la provincia, y en
esta ocasion aspiraba á conseguir á fuerza de brazos el despique
del mal suceso antecedente á que le instaba su coraje.
No ménos guerreros y más bien ordenados los pocos españoles de
Rivera, se mostraban tan formidables en su defensa, que á todo el
campo enemigo llenaban de espanto. Y si de hazañas particulares
hubieran hecho el aprecio que debian no fuera fácil compendiar lo
que allí obraron Alvaro de Cepeda Ayala, Juan Patiño de Haro,
Cristóbal Riaño de Llerena, Diego Romero de Aguilar, Hernan García
Patiño, Juan Lorenzo, Juan Jiménez, el Bachiller Francisco Venero,
Francisco de Cáceres, que despues fué Gobernador de la Grita,
Lorenzo Benítez, Hernando de Mayorga, Juan Vicente, Gonzalo de
Leon, natural de Badajoz, Francisco Gutiérrez de Murcia, Nicolas de
Nápoles Cotrullo, Juan Fandiño, Juan de Pórras, el viejo y el mozo,
y otros que sin negarse á cada paso a combatir cuerpo á cuerpo,
hacian rostro á nubadas de flechas envenenadas que llovian sobre
ellos. El Capitan Juan de Rivera, que animaba su gente puesto á
caballo, y no se asustaba con el coraje de la muchedumbre
embravecida, acudia á todas las partes donde el riesgo de su gente
lo llamaba, hasta que mal sufrido del teson con que guerreaban los
muzos, rompió por el escuadron más cerrado de los que tenian
delante, y donde habiendo roto su lanza en cuerpos enemigos, divisó
otra semejante en las manos de un fiero Gandul á quien acometió
ligero, y quitándosela de encuentro, revolvió el caballo tan
prestamente que lo atraveso con ella por los pechos, para que
pagase con la vida la de Juan Gascon, por haber sido este indio
aquel Capitan de Tisquisoque que se apoderó de ella en su muerte, y
la empujaba siempre por trofeo de su alevosía.
Con este feliz suceso, que puso algun temor á los indios, y con
la muerte de Tomaca uno de los Caciques más valerosos que tenian, y
con la gente de Socorro que del campo de Lanchero iba cargando, por
la noticia que le habian dado los infantes que se adelantaron, tocó
Quiricama á recoger, y al són de los caracoles y tamboretes fué
emboscando su gente por lo más áspero de la montaña, esperando
ocasion de probar otra vez la fortuna, Pues aunque los muertos y
heridos pasaban de quinientos, no lo reputaba por daño considerable
en tan pujante ejercito como el que podia juntar el mismo dia : y
así fuera en realidad, si á la retirada no le hubieran soltado los
perros que llevaban los españoles de Rivera, que luego pusieron en
confusion y desórden á los indios, cuya pérdida acrecentaron con
otros trecientos y más que quedaron heridos y despedazados dando
lugar para que nuestras dos tropas se incorporasen, y en los
cuarteles de Lanchero pudiesen tomar refresco, curar los heridos y
enterrar cinco de ellos y más de cuarenta indios Yanaconas que
perecíeron en la batalla, por más que se amparaban á la sombra de
los troncos y árboles, y de los escaulpiles y rodelas de los
españoles.
Aquí consultaron la forma de proseguir la guerra, y determinado
que marcharse unido el ejército hasta entrar en el corazon de la
provincia, desalojaron aunque tarde de aquel sitio, y venciendo á
fuerza de perseverancia las dificultades de la entrada, por
encontrarse á cada paso con árboles derribados, que cerraban los
caminos en los tránsitos más estrechos, Con hoyas ocultas sembradas
de puas envenenadas y lo que más es, con la fragosidad del pais y
la batería del hambre, más poderosa para rendirlos que la de la más
bien asestada artillería, penetraron como seis leguas, y hallándose
precisados á buscar víveres dieron órden al Teniente Morcillo para
que con veinte infantes tomase la vanguardia, y adelantándose lo
bastante para poder ser á tiempo socorrido, en caso que lo
necesitase volviese con algun Socorro para el ejército que, á paso
más detenido, le seguia con las armas en la mano por las que
continuadamente le tocaba el enemigo en la retaguardia, más con fin
de ir juntando todas sus fuerzas, que para desacomodar á los
nuestros en la marcha. Experimentóse brevemente, pues habiendo
partido Morcillo á ejecutar el órden que se le habia dado, y
caminando el campo con sumo trabajo, obligó al Capitan Juan de
Rivera á quedarse de los últimos, para recoger y asegurar la gente
que se le resagase, sin más compañía que la de dos infantes de la
suya, de los cuales el uno estaba estropeado de una pierna.
Distaba el cuerpo del ejército como un cuarto de legua de Juan
de Rivera, y reconocido por las espias del enemigo, que todo lo
notaban, diéronle parte, y para no perderla ocasion de conseguir
algun desquite, aunque pequeño, fué saliendo de la montaña para no
perder montaña en su alcance cargándole con sus tropas, y Rivera
caminando á buen paso hasta su fortuna lo sacó á la média ladera de
una colina rasa, donde haciendo alto por ser á propósito el sitio
para valerse del caballo en que iba, esperó al enemigo con aquel
mismo valor que sabia portarse en semejantes aprietos. Y esta fué
la ocasion y el sitio en que el cronista Herrera refiere haber
peleado y defendídose con los dos compañeros de quince mil indios
que lo cercaron y diferentes veces le acometieron: hazaña que debió
á sus brazos y á la lanza del Capitan Juan Gascon, con que hacia
cruel carniceria en sus contrarios, á que los dos infantes
correspondieron tan iguales con sus espadas y rodelas que, pasmada
la atencion del enemigo, no discurria en la facilidad con que
pudiera atropellarlos su muchedumbre. Gran lástima! haberse
ocultado á la noticia los nombres de tales héroes, por descuido ó
emulacion de los que debieran haberlos dejado grabados en
bronce.
Ya entónces, enterado Lanchero del peligro del Capitan Rivera
por la guazabara que resonaba de los indios y por el estruendo de
los tamboretes que la acompañaban, habia revuelto con el grueso de
su gente tan bien ordenada, que á la primera carga que dió al
atacar la batalla, puso en tal confusion sus tropas, que á no verse
alentadas de la voz de Quirimaca y del ardimiento de los demas
Caciques, se hubieran puesto en huida; pero cobrando ánimo con el
número ventajoso de sus escuadras, cerraron tan resueltos á vencer
ó morir, que á ser más firme su determinacion, hubiera quedado
impenetrable aquella provincia, donde la riqueza de sus verdes
esmeraldas se ha costeado con el valor de tantos sangrientos
rubíes. Ea invencibles Muzos (decía Quirimaca) no es esta la
primera vez que medis vuestras macanas con las lanzas españolas,
acordaos de cuantas veces os han vuelto las espaldas, y de que hoy
es dia en que habeis de asegurar una gloriosa libertad ó rendiros á
una infame esclavitud. Pero como el sitio de la média ladera nos
era tan favorable para infantes y caballos, y la segunda y tercera
carga de los arcabuces y ballestas no desdijeron de la primera, y
estrechados á los golpes de las espadas y macanas se aventajaban
tanto los nuestros, no pudo Quirimaca mantenerse en la batalla más
de tres horas, en que viendo muertos á Note y Vatabí y la flor de
su ejército, con más de dos mil Gandules que tendidos en el campo
impresionaban su fatalidad en otros tantos heridos, volvió las
espaldas tan desesperado, que sin atender á las reliquias del campo
que le seguia, no pensaba sino en cómo salvaría su libertad del
dominio español, desamparando el pais y entrándose en el de
Carare.
En prosecucion de esta feliz derrota de los Muzos, soltaron los
españoles en su alcance cuantos perros atrahillados tenian, que,
despedazando aquellos miserables cuerpos, pusieron en tal estado la
belicosa nacion de los Muzos que, sujetando unos la cerviz al yugo
español y huyendo otros á la provincia de Carate, que está en las
riberas del rio grande de la Magdalena, y coligándose con otros
forajidos de la provincia de Vélez y con la nacion de los
Jariguies, causaron lastimosas tragedias en los que navegaban el
rio, como diremos en su lugar. Debióse todo el buen éxito de esta
conquista á los perros de que usaban los españoles, á quienes los
Muzos preferian á las armas de fuego y caballos; y á la verdad,
como no se suelten al atacar las batallas, son de grande
conveniencia en las guerras de Indias, porque acometiendo cara á
cara peligran los más a los tiros de las flechas, y valiéndose de
ellos al tiempo que los indios huyen ó se retiran, hacen tal
estrago, que los dejan acobardados para los encuentros futuros y
aun para turbarlos con su vista: y para comprobacion de esta
verdad, acaeció en la misma provincia de Muzo, algunos años despues
de conquistada, que hallándose á doce leguas de la ciudad un
soldado llamado Luis Rodríguez, sin más armas que su espada y
rodela, y un perro de ayuda llamado Capitan, á quien ató con un
tramojo en un rancho que habia en el sitio, por acudir sin embarazo
los dias que se ocupasen en cierta pesquería que hacian más de cien
indios que lo habian convidado á ella con fin de matarlo; y estando
en cierta ocasion desarmado cerca de la orilla del rio en que se
pescaba, por haber dejado tambien en el rancho su espada y rodela,
confiado en la paz de los indios, se le fuerón acercando algunos
con muestras fingidas de amistad, y estando á su salvo le descargó
uno de ellos un macanazo que lo dejó casi privado de sentido.
Al golpe acudieron los compañeros, y asiéndolo de brazos y
piernas para lanzarlo en el rio, sucedió volver algo en sí Luis
Rodríguez al tiempo que lo iban arrastrando, y comenzó á forcejar
con ellos y á dar voces, que luego penetraron los oidos del perro,
y tal operacion hicieron en él, que haciendo fuerza sobre las manos
rompió el cordel á que estaba asido el tramojo, y acometiendo al
escuadron de indios, los desbarató de tal suerte, mordiendo á unos
y derribando á otros, que, asustados del repentino asalto, no
sabian qué senda tomar para escapar de la muerte, por hállarse
desarmados los más con la seguridad de que el perro estaba atado.
Raro instinto de animal, conocer á su amo en el trabajo, cuando
tantos racionales solo aciertan á conocerlo en la felicidad!
Entónces Luis Rodríguez, reparando en el socorro impensado de su
perro, se levantó animoso, y corriendo al rancho tomó su espada y
rodela, y vuelto á los indios, que ya armados de macanas le hacian
cara, trabó nueva pelea en compañía de su perro, y á breve rato los
puso en huida, dejándole el campo por suyo; con que tomado el
camino para la primera estancia de españoles, llegó á tiempo que lo
tenian por muerto, segun la noticia que les habla dado un
indiezuelo Mozca, paje suyo, que huyó al tiempo de verlo caído.
Refiere el suceso don Bernardo de Várgas en su libro de la Milicia
indiana, que, aunque pequeño, encierra documentos grandes y
verdaderos sacados de sus muchas experiencias, y ninguna conquista
se habia de emprender sin llevarlo por guia sus Cabos: y de
semejantes perros se debo hacer la estimacion que del más fiel
compañero, aunque para la guerra de indios los haya tan justamente
prohibido la piedad de nuestros católicos Reyes.
A pocos dias despues de esta victoria, que se gastaron en curar
heridos y enterrar diez de ellos y muchos Yanaconas que murieron de
la actividad del veneno, volvió el Teniente Morcillo con algun
socorro de raices, y Pisbaes ó Chontaduros, como allí se llaman,
que bastó para entretener el hambre miéntras hallaban mayor
cantidad, y para su consecucion le ordenó Luis Lanchero volviese
otra vez con la misma gente á penetrar la provincia en demanda del
rio Zarbe, por la parte que mira á la provincia de Ubaté,
recogiendo cuantos víveres encontrase y eligiendo sitio acomodado,
si lo hallase, en que fundar otra nueva ciudad de que tanto
necesitaba el pais para refrenar la audacia de los indios, y seguir
las sumas de esmeraldas, que en algunas partes estaban
descubiertas. Obedeció Morcillo, y marchando á buen paso con daño
de algunos indios que aun porfiaban en defenderse con las ánsias de
su última perdida siguió su derrota, hasta que haciendo alto y
ranchería sobre las ruinas de Tudela, esperó á Luis Lanchero, que á
paso lento lo seguia, sustentando su gente con la carne de algunos
caballos de los que llevaba; y habiendo llegado y descansado por
muchos dias, desamparó el sitio mal contento de su clima y
esterilidad, y pareciéndole más á proposito el de una caldera en
que hoy se conserva, fundó una villa que llamó de la Santísima
Trinidad de los Muzos: y porque no he hallado cosa fija en el
tiempo de esta fundacion, poniéndola unos en este año, y otros en
veinte de Febrero del siguiente de sesenta, importará poco dejarlo
en duda, sabiendo de cierto que la conquista se hizo por los años
que van referidos, y su retardacion, y la mudanza que tuvo de
sitios la nueva villa, puede haber dado fundamento para que todos
tengan razon.
Fueron los primeros Alcaldes que se eligieron en ella, el
Capitan Alonso Ramírez Gasco y Alonso González; y despues de
asistirla algunos meses el Capitan Luis Lanchero repartiendo
solares, encomendó los indios en los más beneméritos, y disponiendo
lo más útil para su crecimiento, resolvió dejar el gobierno á su
Teniente General Francisco Morcillo, y con veinte hombres volver á
la ciudad de Vélez, y de allí á Tunja, como lo hizo fatigado de
algunos achaques penosos de que despues murió; y acuérdome de haber
oido á Don Alonso Suárez Lanchero, caballero del Orden de Santiago,
biznieto suyo, que en esta entrada se le habia reverdecido la
herida que recibió en los pechos el año de treinta y nueve en la
derrota que le dieron los Muzos, por cuyo accidento salió á curarse
á la ciudad de Tunja, y vuelto á Muzo con alguna mejoria, por el
año de sesenta y dos le repitió el achaque y murió de él: caso bien
extraño! solaparse la malicia del veneno por veinte años, para
descubrirse en volviendo al mismo clima en que fué criado! Fué este
caballero, como dijimos, natural de Simancas, y por quien pasaron
varias fortunas, mostrándose tan modesto en las prósperas como
animoso en las adversas. Fué verdaderamente magnánimo, pues ademas
de la generosidad con qué despreció el oro y la plata, supo
refrenar los ímpetus de la venganza siempre que pudo lograrla sin
riesgo: no sabré decir si fué más valeroso que compasivo, porque á
lo otro y á lo otro lo arrastraba su genio, y para todo le dió
ocasiones el tiempo. De Doña Isabel Ruiz Lanchero, su hija única,
le quedó descendencia bien dilatada por los dos maridos que tuvo,
Pedro Suárez de Villena y D. Fulgencio de Meneses, que en la villa
de Ocaña ha extinguido la muerte, y en la de Talabera de la Reina
se conserva con gran lustre, y en la de Santafé del Nuevo Reino
permanece en D. Pedro Suárez Lanchero.