INDICE





PROLOGO

NOTICIA BIOGRÁFICA DEL DR. FERNÁNDEZ PIEDRAHITA

DEDICATORIA Y APROBACIONES DE LA OBRA

LIBRO I

Capítulo I
Del sitio y calidades del Nuevo Reino de Granada

Capítulo II
En que se da noticia de sus provincias y primeros habitadores.

Capítulo III
De las costumbres, ritos y ceremonias que usaban los indios mozcas en su gentilidad.

Capítulo IV
De otras ceremonias y costumbres que tenian los mozcas, y de las procesiones que hacían.

Capítulo V
Del sitio y corte de Bogotá: majestad de sus reyes condiciones y forma de sucederse.

LIBRO II

Capítulo I
Saguanmáchica conquista los fusagasugaes, rompe la guerra con el Guatavita, que se ampara del Rey de Tunja...

Capítulo II
Hereda el zipa Nemequené, y castigada la rebelián de Fusagasugá, sujeta los caciques de Cipaquirá y Nemza.

Capítulo III
Asalta el Zipa la corte del Guatavita, revuelve contra el Ubaque y sujétalo.

Capítulo IV
Sujeta el Zipa la provincia de Ebaté, nombra en ella al hermano por su lugarteniente, á quien mata el Ubaque.

Capítulo V
Da leyes el Zipa en su reino y previénese de todo para la guerra de Tunja.

Capítulo VI
Refiérense los sitios y estado de las provincias de Tunja y Sogamoso, y hacen liga sus príncipes contra Neméquene.

Capítulo VII
En que se prosigue la materia del antecedente

Capítulo VIII
Danse vista los ejércitos del Zipa y el Tunja, y platican antes de la batalla.

Capítulo IX
Dáse la batalla, y casi vencida por Neméquene, muere en ella, herédalo Thysquesuzha, y prosigue la guerra.

LIBRO III

Capítulo I
Fúndase la ciudad de Santa Marta por Rodrigo Bastídas, á quien mata su teniente general en un motín.

Capítulo II
Los capitanes de Lerma acometen á Posigueica y vuelven derrotados.

Capítulo III
Gobierna el doctor Infante á Santa Marta por muerte de García de Lerma, y el adelantado don Pedro de Heredia da principio á las conquistas de Cartagena.

Capítulo IV
El adelantado Heredia prosigue la conquista de Cartagena

Capítulo V
Dáse el gobierno de Santa Marta á d. Pedro Fernández de Lugo. Prosigue la guerra con los indios de la sierra sin fruto…

LIBRO IV

Capítulo I
Benalcázar descubre a Popayán, y fundadas las villas de Cali y Timaná, prosigue en su descubrimiento

Capítulo II
El licenciado Badillo residencia á D. Pedro de Heredia en Cartagena:

Capítulo III
Vuelve el General Quesada por su Ejército á la Tora, Condúcelo hasta los umbrales del Nuevo Reino

Capítulo IV
Marcha Quesada por la provincia de Vélez, pasa á Guachetá y de allí á Suesca en demanda de Bogotá, con asombro general de los indios.

Capítulo V
Entra Quesada en el valle de los Alcázares, rompe el ejército de los Uzaques, pasa a Bogotá

LIBRO V

Capítulo I
Entra el capitán Céspedes en la provincia de los Panches por Tibacuy: plática  con el capitán del presidio de los Guechas…

Capítulo II
Sale Quesada de Bogotá para Somondoco en demanda de las minas de esmeraldas que descubre

Capítulo III
El Capitán San Martín tiene noticia de Tundama: descubre á Sogamoso y vuelve en busca del general Quesada...

Capítulo IV
Asalta Quesada el palacio del Rey de Tunja, á quien prende, y después de un breve combate saquea su corte con presa de los tesoros que no pudo ocultar.

Capítulo V
Marcha Quesada á Sogamoso, saquea la ciudad y quémase su templo. —vuelve á Tunja, y desamparándola por ir á la conquista de Neiva,

Capítulo VI
Repártese la presa entre los españoles: Asaltan después el cercado de un bosque donde matan a Tysquesusha sin conocerlo.

Capítulo VII
Acometen los Panches las fronteras de Bogotá, y entran Quesada y el Zipa al castigo con mal suceso en el primer encuentro

LIBRO VI

Capítulo I
Prende Quesada á Sacrezazipa por los tesoros del Zipa muerto, y promételos con engaño hasta lograr la muerte de sus émulos...

Capítulo II
Reparte Quesada otra presa de oro y esmeraldas: da principio á la fundación de Santafé...

Capítulo III
Dánle noticia á Quesada de las entradas de Benalcázar y de Fedremán en el reino...

Capítulo IV
Persuade á Quesada Benalcazar á que funde ciudades, y refiérese el estado y crecimiento á que ha llegado la ciudad de Santafé.

Capítulo V
El general Quesada baja á Cartagena con Benalcázar y Fedreman, dejando por teniente general del reino á Hernán Pérez, su hermano...

Capítulo VI
Gerónimo Lebrón forma ejército y armada; sale de santa marta para el reino...

Capítulo VII
Alonso Martín prende en el rio á Alonso jeque, y obligado de una armada enemiga, vence la batalla naval de Cesare...

LIBRO VII

Capítulo I
Tratase de la entrada que hizo Martín Galeano en el territorio de Coicomé y Agata, y de la que después hizo Juan Alonso de la Torre

Capítulo II
Sale Galeano á la conquista de Guane: mueve la guerra en Chalalá, y síguela con Mataregua hasta vencerlo en batalla...

Capítulo III
Agraviado Thisquizoque de la tiranía de Juan Gascon,  hace liga con el Saboya, toma las armas y le quita la vida...

Capítulo IV
Los tres generales pretenden la gobernación del Nuevo Reino y ninguno la consigue...

Capítulo V
Forma ejército Tundama y fortifícase contra Baltasar Maldonado...

Capítulo VI
Montalvo de Lugo entra en el Reino por los llanos, y el capitán Lanchero á la conquista de Muzo...

Capítulo VII
Esguazado el Cauca, prosigue Jorge Robledo sus descubrimientos hasta fundar la ciudad de Cartago.

LIBRO VIII

Capítulo I
Con la noticia de que se previene armada en Francia para las Indias, mandan al adelantado Lugo que vaya á su gobierno...

Capítulo II
Los Yalcones y Paeces toman las armas y matan á los capitanes Añasco y Osorio y despues a Juan de Ampudia...

Capítulo III
Rebelánse los Sutas y Simijacas, fortifícanse en unos peñoles, va contra ellos el Capitán Juan de Céspedes...

Capítulo IV
Rompen los Panches por las fronteras de los Mozcas...

Capítulo V
Prosigue su jornada Gerónimo Lebrón, con varios sucesos, hasta el valle de Opon...

Capítulo VI
Quesada y Lebrón compiten sobre el gobierno con riesgo de romper en batalla...

LIBRO IX

Capítulo I
Con la sospecha de que se rebela la provincia de Tunja...

Capítulo II
Vuelve á sus descubrimientos el capitán Jorge Robledo y con varias fortunas llega hasta la provincia de Hebéjico...

Capítulo III
Vuelto el Capitán Maldonado de la jornada de los palenques, sale Hernán Pérez de Quesada al descubrimiento del dorado con mal suceso...

Capítulo IV
El Ocabita y Lupachoque se fortifican en dos peñoles: ríndese Lupachoque por armas al Capitán Pineda y el Ocabita...

Capítulo V
El adelantado Lugo se previene para subir á Santafé : fúndase por su órden el Barbudo…

Capítulo VI
Pasa Robledo preso á estos reinos: Heredia y Benalcázar se apoderan alternadamente de Antioquia después que se fundó la ciudad de Arma...

LIBRO X

Capítulo I
La armada francesa de Roberto Baal sorprende á Santa Marta y Cartagena; y el adelantado Lugo prende al capitán Rondón...

Capítulo II
Felipe de Utre sale de coro á nuevos descubrimientos penetra los llanos hasta la punta de los Pardaos...

Capítulo III
Prende Lugo á los oficiales del Rey y á los quesadas: justicia al encomendero de Sáchica...

Capítulo IV
Destierra Lugo á los quesadas. —el Capitán Venégas descubre las primeras minas de oro, y funda la ciudad de Tocaima...

Capítulo V
Descubre Felipe de Utre los Omeguas, y véncelos en una batalla...

Capítulo VI
Lugo sale del reino para Castilla, y Armendariz entra en Cartagena...

Capítulo VII
Armendariz nombra por su teniente á pedro de Ursua en el reino y á Robledo en Antioquia...

LIBRO XI

Capítulo I
Concurren los visitadores Gasca y Armendariz en Santa Marta...

Capítulo II
Procede Armendariz contra el capitán Lanchero y otros conquistadores...

Capítulo III
Hacen mariscal del reino á Gonzalo Jiménez de Quesada...

Capítulo IV
Échanse los indios á las minas: tratase en el consejo de fundar audiencia en Santafé...

Capítulo V
Prosigue Armendariz en su gobierno: pónese real chancillería en Santafé...

Capítulo VI
Fúndanse las religiones de Santo Domingo y San Francisco en el Nuevo Reino...

Capítulo VII
Entra el mariscal Quesada en Santafé: descúbrese el páramo Rico de Pamplona...

Capítulo VIII
Entra Ursua en Muzo y puebla á Tudela: vuelve á Santafé y baja por justicia mayor de Santa Marta...

Capítulo IX
Rompe Ursua el ejército de los taironas en la batalla de los pasos de Rodrigo...

LIBRO XII

Capítulo I
Entra en Santafé el licenciado Juan de Montaño con la visita de la audiencia y residencia de Armendariz...

Capítulo II
Rebélase el Valle de las Lanzas, va Hernando de Salinas al castigo, funda la ciudad de Victoria...

Capítulo III
Prosigue Montaño en su visita; ajusticia á Pedro de Salcedo y á otros...

Capítulo IV
Armendariz baja preso á Cartagena para que allí le residencie Montaño.—el Capitán Avellaneda funda la ciudad de S. Juan de los Llanos...

Capítulo V
El capitan Diego García de Paredes funda la ciudad de Trujillo...

Capítulo VI
Vuelve el mariscal á Santafé con la provisión de nuevos oidores.—el licenciado Tomas López entra en la audiencia...

Capítulo VII
El Capitán Cristóbal Rodríguez Juarez funda la ciudad de Mérida.—Diego García de Paredes reedifica la de Trujillo...

Capítulo VIII
Previénese el Nuevo Reino para resistir al tirano Lope de Aguirre.—compéndiase lo que obró en la jornada del Marañon...

Capítulo IX
Fúndase la ciudad de S. Vigente de Paez.-múdase la de Trujillo. Muere García de Parédes y tratase de todo lo acaecido en las provincias del Nuevo Reino...
CAPITULO VI
 


VUELVE EL MARISCAL Á SANTAFÉ CON LA PROVISION DE NUEVOS OIDORES.-EL LICENCIADO TOMAS LOPEZ ENTRA EN LA AUDIENCIA.-DESPÉCHASE MONTAÑO DE NO TENER MANO EN EL GOBIERNO, Y PEDRO ESCUDERO Y SUS HERMANOS MAQUINAN TIRANIZAR EL REINO.-PRENDEN Á MONTAÑO Y REMÍTENLO PRESO Á VALLADOLID, DONDE LE CORTAN LA CABEZA. -EL CAPITAN LANCHERO REPITE LA ENTRADA EN LOS MUZOS Y ALLANA LA PROVINCIA.

ERA ya entrado el año de mil quinientos y cincuenta y siete, tan favorable á la Corona de España por la toma de San Quintin, cuanto infausto á la de Francia pór haber quedado preso, y no muerto, el Almirante Gaspar de Cellini, que lo defendia y habia de ser el reclamo de sus calamidades; y hallábase el Mariscal D. Gonzalo Jiménez de Quesada con el mal tratamiento que le hacian los arenales ardientes de Cartagena, deseoso por una parte de volver á las amenidades de Santafé, y receloso por otra de intentarlo, sin que hubiese nuevo Oidor que embarazase los arrojos de Montaño; pero como al que pretende con ánsia, el más leve motivo lo empeña en sus conveniencias, acaeció que en dos navíos de Castilla, que surgieron en el puerto, fuesen dos pliegos del Rey que le entregaron como á Gobernador para que los encaminase; el uno para el fiscal Maldonado, con su título de Oidor, segun se colegia del sobrescrito, y el otro para el Licenciado Tomas López con duplicado que le remitian del suyo (por haberse tenido noticia en la Secretaría de Indias de qué se perdió el primero) con la comision de que hemos tratado en el capítulo antecedente, como se supó despues, si bien por entónces lo ignoraban todos. Con la ocasion, pues, de haber recibido estos pliegos, la tuvo el Mariscal para tratar de subir luego á Santafé, pretextando la resolucion con la necesidad en que se hallaba de mejorar de templo para reparar la salud que habia perdido en Cartagena; y así, nombrando á Juan de Castro por Teniente, que le sostituyese, y no atreviéndose á dejar el pliego de Tomas López en aquella ciudad, por si acaso hubiese tomado la derrota de su viaje por el mar del Sur y puerto de Buenaventura, salió para Santafé con toda la acelaracion que le fué posible.

Estaba en esta ocasion aquella ciudad en tanto aprieto con los desafueros continuados de Montaño, que apénas supieron los vecinos haber pisado el Mariscal los umbrales de la sabana de Bogotá, cuando á tropas le salian al camino deseosos de saber si era cierta la provision que llevaba de nuevo Oidor para el reparo de sus calamidades, pues sin ella no podian persuadirse á que un hombre tan cuerdo se entrase por los mismos peligros de que habia escapado; y érales noticia de todo agrado la que les daba del pliego que llevaba al fiscal Maldonado. Hasta que puesto en Santafé, y entregado el de Tomas López al Licenciado Briceño, y el otro á quien iba, fué recibido luego en cuatro de Junio el Oidor Maldonado con el mayor aplauso que se vió ántes y despues en otro ministro, y desde aquel dia comenzaron nuevas inquietudes, no como de ántes, con vejaciones y daños á los vecinos, con encuentros sí escandalosos entre los dos Oidores Montaño y Maldonado, procurando éste desquitar con ajamientos del otro cuantos habia sufrido en el tiempo de su fiscalía; pero con tan imprudentes demostraciones, que no reparaba en que con ellas se atropellase la autoridad de la Audiencia, ni la que debia mantener en el cargo que administraba. Llegó á tal extremo la bajeza de estilo con que lo trataba, no solamente en coloquios privados sino en concurrencia de Estrados y otros actos públicos, que para difamarlo con palabras de toda injuria, se miraban ya aquellos decorosos lugares como los más indecentes cantillos, y tanto, que muchas veces el Montaño se levantaba de ellos y se iba á su casa, no teniendo ánimo para sufrir en tanta publicidad los mismos ultrajes que habia querido lo sufriese Maldonado siendo fiscal: de que ya resultaba no haber para él dias más trabajosos que los que no fuesen festivos, por el tormento á que lo condenaba en ellos la obligacion de asistir á su oficio: así alterna sus acaecimientos la fortuna, mejor diremos, así dispone la Providencia Divina que se hiera por los mismos filos del menosprecio, quien se fió para usarlos de que habia firmeza en la superioridad de los puestos.

Verdad es que ayudaba mucho á este misterioso retiro el ver que ya ni en las provisiones de gobierno ni en las causas de justicia obraba á su antojo; porque como ya no estaban uno á uno, comó de antes, para quedaras cada cual con su voto, sino con el número bastante para la determinacion de los negocios, y para que desagraviasen los dos al que hubiese agraviado el tercero con prisiones y semejantes molestias de que habia usado el Montaño infinitas, pesábale de la falta de aquella despotiquez con que ántes obraba: y aunque en las exterioridades no reconocia falta de respeto á su persona, sino era en su competidor, no ignoraba que para lo demas era en la realidad un ídolo hecho pedazos y caído por tierra, en quien el poco caso que de él se hacia, recordaba las adoraciones que le habian dado; pero sobre todo sentia los ultrajes y desprecios con que lo trataba el compañero, y de que no disgustaban sus más declarados enemigos, que es nuevo género de tormento para un ánimo altivo: y entónces fué cuando algunos hombres de buen juicio pensaron haber consentido ó maquinado en la maldad, que brevemente diremos; y juzgóse no haberla ejecutado, porque con la noticia que en aquella coyuntura llegó de que el Oidor Tomas López, por el camino del desaguadero, habia arribado á Cartagena y subia á Santafé en demanda del título de su plaza que llevó el Mariscal, se persuadió á que sin llegar á tales extremos bastarian las trazas del buen ingenio que creia tener, para ganar al nuevo Oidor y vuelta la determinacion de los negocios á competencia igual de votos, recobrar aquella mano que habia perdido para inquietarle todo y vengar sus pasiones.

Así lo discurria Montaño en sentir de algunos; pero llegado Tomas López y puesto en el ejercicio de su plaza en treinta de Agosto, ni él ni su competidor, ni Briceño, que habia sido el yunque de ambos, pudieron descubrir las sendas por deudo encaminaba sus ocultos dictámenes, ni el blanco á que tiraba su inclinacion; porque neutralizado en las materias que se ofrecian, no se le hallaba punto fijo á sus determinaciones, no por falta de letras, pues era insigne jurista, sino porque entregado á la virtud y al recogimiento, lo arrastraban interiores impulsos á estudio más decoroso y sagrado que el de la Jurisprudencia: y así, aunque segun sus leyes discurria siempre lo más acertado, negábase á la práctica de ello, de que se originaba decir con discrecion el Mariscal Quesada que no habia Ministro mejor para disponer leyes en favor de los indios ni peor para ejecutarlas: ocasionado todo, como se vió despues, del afecto con que se inclinaba á mejorar de hábito y estado; por cuya razon, sin faltar á la administracion de justicia en las demas causas, disponia el ingreso á las criminales con tal arte, que siempre lo dejasen fuera los compañeros. Con estas neutralidades y retiro de Tomas López, halló Montaño burladas cuantas esperanzas habia fundado en tenerlo á su disposicion con empeños de parcial; y como la ambicion no sepa contenerse dentro de los términos del disimulo, ni esperar á que las casualidades abran la puerta que cerraron las prevenciones, impacientóse de suerte que dispuso los medios de su perdicion, por donde pensó lograr sin perjuicio propio los de su premeditada venganza; y porque no será justo exceder en materia tan delicada de lo que afirman ó dudan los mismos autores que concurrieron á cuanto se obró en Santafé y Tunja, sobre averiguar la verdad, relataré lo sucedido sin pasar de los límites de quien traslada y no discurre.

Lo cierto es que por aquel tiempo estaban derramados por todas las ciudades del Reino muchos de los soldados del Perú, que temiendo por fama la entereza del Marqués de Cañete, habian anticipado su fuga, siempre dispuestos á nuevas inquietudes donde hallasen sombra, por ser la rebelion un vicio de calidad tan nociva, que contraido una vez en el ánimo se conserva con resabios de signo indeleble, pues casi siempre vemos que arroja desesperado la vaina el que con su Rey ha sacado imprudente la espada. Tambien es cierto que la desesperacion de no hallar forma para volver á recobrar el absoluto dominio con que habian gobernado el Oidor Montaño y sus hermanos, los tenia tan fuera de sí, que en lo exterior prorumpian en amenazas contra los que se les mostraban opuestos, y en lo interior recolaban el castigo que de necesidad habia de caer sobre los desafueros que habian ejecutado, y más en tiempo de un Príncipe tan justiciero como lo era Felipe II; y como para cometerlos más á su salvo habian tomado por medio andar rodeados de gente armada siempre tuvieron los del Perú buen cuartel y acogida en la casa del Oidor Montaño, y mejor en la de Pedro Escudero, su hermano, que asistia en la ciudad de Tunja, donde habia cargado la mayor parte de esta gente baldía. Sobre estos fundamentos se comenzó á levantar una voz de que el Oidor Juan de Montaño y sus parciales trataban de tiranizar la tierra; y sí muchas veces á la ingratitud de los soberanos han sonado bien semejantes imposturas, con fin de alzarse con la deuda de los que más han servido, á la verdad muchas más veces se ha valido el odió de los súbditos á los que gobiernan, de la misma traza para derribarlos de los puestos que ocupan, no contentándose con atribuirles culpas comunes, sí no pasan á enormidades, por ser el arma que con ménos municion hace más batería en el tribunal de les Reyes.

Al fin, ó fuese porque la gente del Perú los incitase á la sublevacion, y con sus prevenciones diese á entender que no habia sido desechado el envite, ó porque en la realidad se admitiese, túvose por infalible que sus hermanos lo habian solicitado, eligiendo á Pedro Escudero el mayor por cabeza de la conspiracion: pues aunque muchos afirmaban serlo el Oidor Montaño, reconocióse despues por lo que daba á entender, que si tuvo parte en ella, fué con sola intencion de vengarse de algunos de sus enemigos, como lo eran Briceño, el Mariscal Quesada, Pedro Fernández del Busto, y sobre todos el Oidor Maldonado, con quien era el rencor más crecido teniendo ordenado en secreto, que habiéndolos muerto, tratase tambien fingidamente el mismo Pedro Escudero de matarlo á él, hasta que á instancia de algunos rogadores lo dejase vivo y preso lo echase rio abajo á la costa, para que pudiese pasar á estos Reinos, dando á entender que por no haber cooperado en la tirania de los hermanos, se habia visto con el cuchillo á la garganta, y que si ellos habian caido en delito tan feo, habia sido por culpa de los enemigos que los perseguian y tenian dispuesto arruinarlos. Pero esto quedóse en conjetura de los que piadosamente discurrian en favor de Montaño, y la conspiracion llegó á ser creída fijamente de los demas Oidores, por informes secretos que les hicieron personas de crédito, y porque ya no habia caballero de autoridad que osase asistir solo en su casa de noche, sino en las más fuertes de la ciudad, donde se congregaban para estar más prontos á la defensa, sin que se les ofreciese medio para apagar sin escándalo semejante alboroto, sino el de valerse Tomas López de la comision que tenia (de que habia dado noticia á sus compañeros y á otros confidentes suyos en algunas conferencias secretas que se habian tenido sobre este negocio); no para residenciarle, sino para suspenderlo de la plaza de Oidor hasta que el Licenciado Grageda llegase: y púdose tener á milagro, y más en guerras civiles, que á Montaño se le ocultase la noticia de esta comision estando repartida entre tantos; pero cegábalo la justicia divina, determinada ya á castigar sus maldades, y Tomas López, que, en avivándose los indicios y la voz del alzamiento, mostraba voluntad de usar de la comision, suspendiendo del cargo á Montaño, entibíabase brevemente con el recelo de contravenir á la secreta instruccion que tenia, hasta que, pareciéndolo que ya llegaba el agua á la garganta, tomó resolucion de atajar aquellos inconvenientes que tanto apretaban.

Bien ajeno de todo esto se hallaba Montaño, puesta la atención á la Flota en que se decia venir el Licenciado Grageda, de quien esperaba el golpe, cuando en el dia que ménos pensaba lo fué notificada en Acuerdo la comision de su residencia, y salió sin vara y mando al retiro de su casa con general gozo de los vecinos, que, como libertados de algun cautiverio, se daban los parabienes unos á otros, deseosos de dar principio á la satisfaccion de sus agravios; pero habiase hecho la notificacion con calidad de que empezase á correr la residencia desde el dia que el Juez señalase, todo con fin de que la tomase Grageda, porque el Tomas López no la tomara por cuanto tenia el mando: lo cual fué tanta verdad, que por haber reparado despues en el descaecimiento de la voz del alzamiento, por el temor á susto que habia ocupado á los parciales de Montaño, estuvo resuelto á dar por nula la notificacion que le habia hecho, y restituirle en su plaza, que fuera lo mismo que quitarle á todo el Reino la vida de un golpe, hasta que sus compañeros por una parte, y por otra el Mariscal Quesada, á quien ya tenian nombrado por Capitan general, le representaron vivamente inconvenientes tan graves, que conocido su error desistió del intento, y más con la vista de lo que resultaba de ciertas informaciones que en la ciudad de Tunja, por órden de su Justicia Mayor Gonzalo Rodríguez de Ledesma, habian hecho sobre la misma materia el Capitan Gregorio Suárez de Deza y Pedro García Ruiz, Alcaldes Ordinarios, por ante Diego de Róbles, Escribano, y remitido á la Real Audiencia con fin de que se atajasen los daños que se temían de tanta gente del Perú agregada á Pedro Escudero, y de calidades tan perniciosas como se reconocian de sus costumbres.

Con estos instrumentos y los indicios que bastaron para suspender á Montaño, se procedió luego por la Real Audiencia á asegurar su persona y la de sus cuatro hermanos, con prisiones y guardas, en que se vió uno de los desengaños que no bastan para abrirnos los ojos, como fué estrenar Montaño, cercado de temores, la misma cadena que habia labrado para que lo temiesen, y en continuacion de esta diligencia se procedió por escrito á la averiguacion del alzamiento, que se tenia por cierto; pues, como dice Quesada, algunos de los que atestiguaron en ello fueron hombres de gran sustancia y de grandísima edad y reputacion, y alguno de ellos descubridor y conquistador de este Reino, y el más viejo y más antiguo hombre que hay hoy en todas estas partes de Indias, y sobro todo muy hijodalgo; y dos planas más adelante, atribuyendo á este delito la tragedia que pasó por este trabajoso Juez, prosigue: Porque hubo testigos de vista, soldados del Perú, especialmente un Francisco Morcillo, á quien Montaño se descubrió, y así lo dijo y declaró en su dicho, este sin las probanzas y presunciones que de esta maldad habia. De que resultó salir luego el Oidor Briceño para la ciudad de Tunja, donde con más plena informacion prendió muchos de aquellos hombres perdidos, diligencia que se hizo al mismo tiempo en Santafé y otras ciudades, desterrando á muchos de ellos y embarcando á otros para Castilla, fuera de los más sospechosos, que detenidos en las prisiones fueron despues atormentados; con que brevemente se desvaneció aquella borrasca en que tantos temian perderse, y comenzó á serenarse el ánimo de cuantos lo tenian turbado.

Al tiempo que estas diligencias se principiaron, aportó á Cartagena la armada, en que iba por Gobernador propietario de aquella provincia, en lugar del Adelantado Heredia, Juan de Bústos Villégas, que luego tomó posesion de su plaza, y en su compañía los Licenciados García de Balverde, con la de Fiscal de Santafé, y Alonso de Grageda, que adelantándose á la ligera por las noticias que corrían de lo que pasaba en el Reino, llegó á él, y recibido en tres de Diciembre, dió principio á la residencia de Montaño, contra quien, siéndole contraria toda la tierra, resultaron culpas gravísimas, de que le hizo cargo, habiendo ya llegado García de Balverde y tomado posesion de su plaza en ocho de Enero del año de mil quinientos y cincuenta y ocho, que ya corria; pero como no hubo descargos bastantes á deslumbrar la verdad, y los delitos fuesen de tanta consideracion, obligaron á Grageda á remitir á Montaño á estos Reinos, con guardas y prisiones muy ásperas; y aun hay quien diga que asegurado con la mitad de la cadena Montaño, que habia mandado hacer, cosa que parece inverosímil, considerada la longitud que tiene la que se conserva en Santafé; pero de la una ó la otra manera, llegado este infeliz ministro á Valladolid, y puesto en su cárcel de Corte, fué vista su causa por el Consejo de Indias, y acriminada de cuantos dependientes tenian los Oidores Góngora y Galarza y demas agraviados que habian perecido por culpa suya; y aunque se cree, que en su defensa haria todo lo posible, pareciéndole que ninguna bastaria para librarlo del castigo que lo amenazaba, dispuso huir de la prision, con tan mal suceso, que fué descubierto al tiempo mismo de ejecutarlo.

Ni esta desgracia bastó para reducirlo á solicitar medios más lícitos y ménos ruidosos, sino para librar el cuerpo, para no aventurar el alma, pues eligió el de llamarse á la Corona, pareciéndole bastaria para embarazar la sentencia que temia. Oh! qué mal discurre el que piensa que he de haber traza para escapar la vida de aquellos lazos que le tiene puestos la divina justicia! Cuánto más bien le estuviera á Montaño, viéndose en estado tan abatido, cotejar la prision en que estaba con la soltura que habia tenido, y acordarse de las muchas esperas que el cielo le habia hecho en tiempo hábil, para que temiendo semejantes calamidades trocase en mansedumbres de humano las fierezas de bruto: de tantas ocasiones que malogró para ser dichoso, y que voluntaria y culpablemente escogió el vivir aborrecido! Cuánto le importara más traer á la memoria las veces que doña Catalina de Somonte, su esposa, y otras personas cuerdas, lo amonestaron que refrenase la ira y mudase costumbres que lo malquistaban, y de nada hizo caso, por seguir sus pasiones, para que al sentimiento de estos recuerdos, haciendo voluntario el castigo, pudiese restaurar en un dia lo que habia perdido en tantos años! Pero sordo á tantos despertadores, solamente cuidaba de lo que el Juez eclesiástico (ante quien habia ocurrido por su procurador) obraba en su causa, que fué despachar inhibitoria al Consejo, el cual, teniendo por ejemplar extrañísimo abrir puerta para que los Jueces, por semejante medio, se librasen de las penas correspondientes á los delitos que constasen por sus residencias, declaró auto de legos, como, parece de Real Cédula de catorce de Julio de mil quinientos y sesenta y un años, que está con las ordenanzas del Consejo.

Con este expediente, consideradas las culpas que de proceso de su residencia constaban contra Montaño, y queriendo poner freno á semejantes recursos, fué condenado por sentencia de vista y revista, á muerte natural, que se ejecuté en la plaza de Valladolid, donde le fué cortada la cabeza con pregon harto infame, en cuyo ejemplo deben mirarse cuantos ministros con igual jurisdiccion pasan á Indias, para no peligrar ni en las culpas ni en el castigo que dispusieron esta tragedia que tan irregular ha parecido en los tiempo presentes, por haberse cerrado aquel camino que entónces hollaba la justicia, para caminar con mayores aciertos. No fueron ménos desgraciados los fines de los tres hermanos del Oidor Montaño, porque remitido Pedro Escudero con los autos de su rebelion á estos Reinos, murió tan arrebatadamente en el camino, que acordó la muerte que tuvo el Oidor Cepeda, el de Lima, estando en la cárcel. Restaban Rodrigo Montaño y Sebastian Herrezuelo; pero asombrados de su delito ó temerosos del riesgo, pagaron fugitivos, de suerte que el primero acabó desastradamente en la Costa, y el otro falleció de irremediable contagio en el Reino. De qué les aprovechó su riqueza? Sus encomiendas y tributos crecidos, cuán poco duraron! Solamente Cristóbal de Montaño ni se ausentó, ni tuvo quien mal lo mirase, porque en la candidez de sus procedimientos ninguno se atrevió á maliciar indicio de haber concurrido á culpa tan fea, y así, con mucha estimacion, fué siempre vecino del Reino.

Quién no presumiera que desembarazada ya la Real Audiencia del Licenciado Montaño, gobernaria con más quietud que de ántes? pero enturbiada una vez el agua, tarde recobra la hermosura de su diafanidad: y no hay que asegurarse de incendios amortiguados miéntras en algun tizon se conserva la llama, teniala el doctor Maldonado en la ambicion de gobernarlo todo su natural colérico, y empezó luego á mostrar el fuego de la enemistad con el Licenciado Grageda, que por antiguo presidia, y esto siempre que no sugetaba el gobierno á las leyes de su dictámen, y aun cuantas veces los demas compañeros seguian el de su Presidente, otras tantas se exponían á lances muy pesados con Maldonado. Experimentóse esto en las elecciones que hicieron del Capitan Alvaro Suárez de Deza para Justicia Mayor de Santa Marta, y en continuar á Pedro Fernández del Busto en Tocaima y Mariquita, con quinientos pesos de oro de veinte y dos quilates y medio de salario en cada un año, gajes que no tuvieron Martin Yáñez Tafur, que le antecedió el año de cincuenta y cinco, y Asencio de Salinas el de cincuenta y seis. Sentíase mucho de Briceño, y mofaba tanto de las irresoluciones de Tomas López, que le obligó á aceptar la visita de Popayan, en que gasté un año por buscar quietud y dar tiempo á que lo llegase la licencia que habia pedido al Consejo, como despues veremos.

Tenian los vecinos del Nuevo Reino por aquel tiempo vuelta la atencion al reparo que debian poner á la intrepidez con que los indios Muzos acaudillados de su General Quirimaca, ejecutaban tales arrojos en sus fronteras, que todo lo corrian con muertes y asombro de los Moscas. De la entrada que en ellos hizo el General Pedro de Ursua por el año de cincuenta y uno, se hallaban tan poco atemorizados, que en vez de contenerse dentro de los términos de su provincia, aspiraban á sugetar la de Ubaté, vanagloriosos de haber arruinado á Tudela y satisfecho parte de su sed en la sangre vertida de sus pobladores. Era uno de los más interesados en que se refrenase su Audacia, el Capitan Luis Lanchero, de quien hemos tratado varias veces, así por haberle cabido el repartimiento de Susa, poblacion de las mayores y más fertiles de la provincia de Ubaté, á quien las armas enemigas tenian por blanco de sus iras, como por el sentimiento que le picaba de haberlo derrotado y herido en la entrada que les hizo el año de treinta y nueve; y bien considerados los motivos que lo encendian para encargarse de su conquista, se ofreció á la Real Audiencia, que no podia imaginar en el estado presente cosa que más bien le estuviese al Reino, tanto por el buen éxito que tendria la empresa gobernada por sus experiencias, cuanto por darle gusto á un caballero que con tanta modestia se habia portado con Miguel Diez de Armendariz, siendo la persona que más le habia ofendido.

Hechas, pues, las capitulaciones y habiendo nombrado por su Teniente General á Francisco Morcillo, soldado de valor y que habia militado en las guerras civiles del Perú, compró perros, levó alguna gente, y prevenido el Capitan Juan de Rivera, con quien tenia antigua amistad, para que lo siguiese con alguna más de socorro, partió para la ciudad de Vélez, por donde tenia determinado hacer la entrada, y donde abastecido de armas, víveres y algunos caballos, pasó muestra, y se halló con trescientos Yanaconas y sesenta españoles de su satisfaccion, entre quienes se contaban D. Lope de Horosco, Alonso de Alvarado, Juan Marmolejo, Francisco de Poveda, Márcos de Soria, Antonio Bermúdez, los Capitanes Alonso de Benavídes, y Benito de Poveda, Alonso Gómez, Rodrigo de Quiroga á quien despues mataron sus indios de Canipa, Alonso González, Gerónimo de Esnabe, Juan de Moráles, Francisco Pérez, Alvaro de Villaverde, Antonio de Neila, Sebastian de Saavedra, Francisco de Velazco Angulo, Cristóbal de Llerena y Fr. Juan de Santa María, del Orden de Predicadores, que iba por Capellan de los referidos, y otros de quienes falta noticia con gran sentimiento mio, por haber sido ésta una de las empresas en que con más valor se portó la gente española en las conquistas del Nuevo Reino de Granada, y de que debieran estar muy presentes las memorias, para recordar sus hazañas con el premio debido á sus descendientes.

Con esto corto número de gente, partida en dos tropas gobernadas por el mismo Luis Lanchero y su Teniente, y con las experiencias que tenia adquiridas en su primera entrada de la forma de guerrear los Muzos, pisó los umbrales de su provincia á tiempo que ya el General Quirimaca, noticiado por el Saboyá de la guerra que le movian, tenia convocados á todos los Caciques del pais, para que cada cual con sus tercios acudiese á la defensa comun, que libraba en su valor y en el del Cacique Nayman, con quien unido, y por no dar ánimo á los nuestros con su tardanza, salió con poco ménos de cuatro mil arcos á encontrarse con Lanchero, que socorrido de su Teniente General Francisco Morcillo en puesto ventajoso al enemigo, se portó tan valerosamente, que puesto en fuga Nayman, y quebrantada la altivez de Quirimaca con haber desvanecido cuantos ardides tenia dispuestos, derrotándole su gente con daño muy considerable, y sin otro de los nuestros que el de veinte heridos y tres muertos, consiguieron el fin de tenerse por victoriosos, con el buen suceso de que los concibiesen formidables. Al espanto de ver holladas las murallas de Dura que asaltaron los primeros españoles que vió en sus paises, se rindió toda la Germania al ejército imperial de Cárlos V; y ésta es aquella dicha que tiene reservada la Providencia para los héroes, y en conseguirla al principiar las facciones, consiste la facilidad con que se llega á los fines, como se verá en el presente suceso por la noticia que luego se derramé en la provincia: pues siendo esta nacion la que se ha visto, y habiendo concurrido á esta guerra todas las fuerzas que tenia en más de veinte mil arcos de pelea, en otra ninguna ocasion se vieron más abatidas sus armas.

Conseguida esta victoria y fortificado Lanchero para refrescar su gente y proseguir la conquista por el año de mil quinientos y cincuenta y nueve; que ya era principiado, tuvo noticia de que se iba acercando el Capitan Juan de Rivera con treinta y cinco infantes y caballos, socorro que habia sacado de Tunja y Vélez, y á buen paso le seguia; y así, dejando el primer intento, se resolvió á esperarlo para empeñarse con más seguridad en la entrada, que ya las espías imposibilitaban, por haber reconocido estar bloqueados de diez mil indios Muzos, Nauras y Saboyanos que habian ocurrido á la defensa del pais: aviso que puso en más cuidado á Lanchero por el riesgo del Capitan Rivera que por el que á su gente amenasaba; y á la verdad de todo, debia recelarse mucho, pues al cuarto dia de su detencion se hallé acometido en su cuartel del mismo Cacique Naiman, que, reforzado con cinco tercios de á mil indios y sentido de la antecedente desgracia, se aventuré á la contingencia de mejorar fortuna; pero hay tan poco que fiar de la que se ha declarado por enemiga, y son tan poco seguros los corazones que alguna vez han mirado el peligro por las espaldas, que ni el arrojo de Naiman les daba aliento para manifestarse firmes, ni al trueno de sus voces acortaban á componerse guerreros. Mucho trabajaron los nuestros en rechazar lo desesperado de los avaces; pero por muchos trabajaba Lanchero con la presteza y alegría del rostro en los mayores peligros, hasta que, herido Naiman y reconocido el peligro por su gente, dieron lugar con su retirada á que los perros con su voracidad hiciesen más lamentable la derrota.

Casi al mismo tiempo que Naiman acometió á Lanchero, se encontraron con el Capitan Rivera á distancia de una legua más de cuatro mil indios que, gobernados por el Cacique Quirimaca, le desordenaron la gente al primer acometimiento, por haberla cogido en marcha y ser una de las mayores dificultades que ocurren en paises tan montuosos la de poderse doblar un escuadron para recibir el avance; pero acelerando algunos el paso hasta el Real de Lanchero, donde tuvieron parte en la derrota de Naiman, y puestos en órden los restantes, sufrieron tan repetidas cargas de flechería, y correspondieron tan puntuales con las armas de fuego y ballestas, que, sin reconocer ventaja de la una ni de la otra parte, se mostró por dos horas neutral la fortuna. Señalábanse entre los Muzos Chichipe, Trinaca Note y Vatabí, y otros muchos Caciques criados en la guerra que habia sustentado tantos años, y entre todos sobresalia Quirimaca, á quien su valor y disciplina militar habian exaltado al Generalato de toda la provincia, y en esta ocasion aspiraba á conseguir á fuerza de brazos el despique del mal suceso antecedente á que le instaba su coraje.

No ménos guerreros y más bien ordenados los pocos españoles de Rivera, se mostraban tan formidables en su defensa, que á todo el campo enemigo llenaban de espanto. Y si de hazañas particulares hubieran hecho el aprecio que debian no fuera fácil compendiar lo que allí obraron Alvaro de Cepeda Ayala, Juan Patiño de Haro, Cristóbal Riaño de Llerena, Diego Romero de Aguilar, Hernan García Patiño, Juan Lorenzo, Juan Jiménez, el Bachiller Francisco Venero, Francisco de Cáceres, que despues fué Gobernador de la Grita, Lorenzo Benítez, Hernando de Mayorga, Juan Vicente, Gonzalo de Leon, natural de Badajoz, Francisco Gutiérrez de Murcia, Nicolas de Nápoles Cotrullo, Juan Fandiño, Juan de Pórras, el viejo y el mozo, y otros que sin negarse á cada paso a combatir cuerpo á cuerpo, hacian rostro á nubadas de flechas envenenadas que llovian sobre ellos. El Capitan Juan de Rivera, que animaba su gente puesto á caballo, y no se asustaba con el coraje de la muchedumbre embravecida, acudia á todas las partes donde el riesgo de su gente lo llamaba, hasta que mal sufrido del teson con que guerreaban los muzos, rompió por el escuadron más cerrado de los que tenian delante, y donde habiendo roto su lanza en cuerpos enemigos, divisó otra semejante en las manos de un fiero Gandul á quien acometió ligero, y quitándosela de encuentro, revolvió el caballo tan prestamente que lo atraveso con ella por los pechos, para que pagase con la vida la de Juan Gascon, por haber sido este indio aquel Capitan de Tisquisoque que se apoderó de ella en su muerte, y la empujaba siempre por trofeo de su alevosía.

Con este feliz suceso, que puso algun temor á los indios, y con la muerte de Tomaca uno de los Caciques más valerosos que tenian, y con la gente de Socorro que del campo de Lanchero iba cargando, por la noticia que le habian dado los infantes que se adelantaron, tocó Quiricama á recoger, y al són de los caracoles y tamboretes fué emboscando su gente por lo más áspero de la montaña, esperando ocasion de probar otra vez la fortuna, Pues aunque los muertos y heridos pasaban de quinientos, no lo reputaba por daño considerable en tan pujante ejercito como el que podia juntar el mismo dia : y así fuera en realidad, si á la retirada no le hubieran soltado los perros que llevaban los españoles de Rivera, que luego pusieron en confusion y desórden á los indios, cuya pérdida acrecentaron con otros trecientos y más que quedaron heridos y despedazados dando lugar para que nuestras dos tropas se incorporasen, y en los cuarteles de Lanchero pudiesen tomar refresco, curar los heridos y enterrar cinco de ellos y más de cuarenta indios Yanaconas que perecíeron en la batalla, por más que se amparaban á la sombra de los troncos y árboles, y de los escaulpiles y rodelas de los españoles.

 

Aquí consultaron la forma de proseguir la guerra, y determinado que marcharse unido el ejército hasta entrar en el corazon de la provincia, desalojaron aunque tarde de aquel sitio, y venciendo á fuerza de perseverancia las dificultades de la entrada, por encontrarse á cada paso con árboles derribados, que cerraban los caminos en los tránsitos más estrechos, Con hoyas ocultas sembradas de puas envenenadas y lo que más es, con la fragosidad del pais y la batería del hambre, más poderosa para rendirlos que la de la más bien asestada artillería, penetraron como seis leguas, y hallándose precisados á buscar víveres dieron órden al Teniente Morcillo para que con veinte infantes tomase la vanguardia, y adelantándose lo bastante para poder ser á tiempo socorrido, en caso que lo necesitase volviese con algun Socorro para el ejército que, á paso más detenido, le seguia con las armas en la mano por las que continuadamente le tocaba el enemigo en la retaguardia, más con fin de ir juntando todas sus fuerzas, que para desacomodar á los nuestros en la marcha. Experimentóse brevemente, pues habiendo partido Morcillo á ejecutar el órden que se le habia dado, y caminando el campo con sumo trabajo, obligó al Capitan Juan de Rivera á quedarse de los últimos, para recoger y asegurar la gente que se le resagase, sin más compañía que la de dos infantes de la suya, de los cuales el uno estaba estropeado de una pierna.

Distaba el cuerpo del ejército como un cuarto de legua de Juan de Rivera, y reconocido por las espias del enemigo, que todo lo notaban, diéronle parte, y para no perderla ocasion de conseguir algun desquite, aunque pequeño, fué saliendo de la montaña para no perder montaña en su alcance cargándole con sus tropas, y Rivera caminando á buen paso hasta su fortuna lo sacó á la média ladera de una colina rasa, donde haciendo alto por ser á propósito el sitio para valerse del caballo en que iba, esperó al enemigo con aquel mismo valor que sabia portarse en semejantes aprietos. Y esta fué la ocasion y el sitio en que el cronista Herrera refiere haber peleado y defendídose con los dos compañeros de quince mil indios que lo cercaron y diferentes veces le acometieron: hazaña que debió á sus brazos y á la lanza del Capitan Juan Gascon, con que hacia cruel carniceria en sus contrarios, á que los dos infantes correspondieron tan iguales con sus espadas y rodelas que, pasmada la atencion del enemigo, no discurria en la facilidad con que pudiera atropellarlos su muchedumbre. Gran lástima! haberse ocultado á la noticia los nombres de tales héroes, por descuido ó emulacion de los que debieran haberlos dejado grabados en bronce.

Ya entónces, enterado Lanchero del peligro del Capitan Rivera por la guazabara que resonaba de los indios y por el estruendo de los tamboretes que la acompañaban, habia revuelto con el grueso de su gente tan bien ordenada, que á la primera carga que dió al atacar la batalla, puso en tal confusion sus tropas, que á no verse alentadas de la voz de Quirimaca y del ardimiento de los demas Caciques, se hubieran puesto en huida; pero cobrando ánimo con el número ventajoso de sus escuadras, cerraron tan resueltos á vencer ó morir, que á ser más firme su determinacion, hubiera quedado impenetrable aquella provincia, donde la riqueza de sus verdes esmeraldas se ha costeado con el valor de tantos sangrientos rubíes. Ea invencibles Muzos (decía Quirimaca) no es esta la primera vez que medis vuestras macanas con las lanzas españolas, acordaos de cuantas veces os han vuelto las espaldas, y de que hoy es dia en que habeis de asegurar una gloriosa libertad ó rendiros á una infame esclavitud. Pero como el sitio de la média ladera nos era tan favorable para infantes y caballos, y la segunda y tercera carga de los arcabuces y ballestas no desdijeron de la primera, y estrechados á los golpes de las espadas y macanas se aventajaban tanto los nuestros, no pudo Quirimaca mantenerse en la batalla más de tres horas, en que viendo muertos á Note y Vatabí y la flor de su ejército, con más de dos mil Gandules que tendidos en el campo impresionaban su fatalidad en otros tantos heridos, volvió las espaldas tan desesperado, que sin atender á las reliquias del campo que le seguia, no pensaba sino en cómo salvaría su libertad del dominio español, desamparando el pais y entrándose en el de Carare.

En prosecucion de esta feliz derrota de los Muzos, soltaron los españoles en su alcance cuantos perros atrahillados tenian, que, despedazando aquellos miserables cuerpos, pusieron en tal estado la belicosa nacion de los Muzos que, sujetando unos la cerviz al yugo español y huyendo otros á la provincia de Carate, que está en las riberas del rio grande de la Magdalena, y coligándose con otros forajidos de la provincia de Vélez y con la nacion de los Jariguies, causaron lastimosas tragedias en los que navegaban el rio, como diremos en su lugar. Debióse todo el buen éxito de esta conquista á los perros de que usaban los españoles, á quienes los Muzos preferian á las armas de fuego y caballos; y á la verdad, como no se suelten al atacar las batallas, son de grande conveniencia en las guerras de Indias, porque acometiendo cara á cara peligran los más a los tiros de las flechas, y valiéndose de ellos al tiempo que los indios huyen ó se retiran, hacen tal estrago, que los dejan acobardados para los encuentros futuros y aun para turbarlos con su vista: y para comprobacion de esta verdad, acaeció en la misma provincia de Muzo, algunos años despues de conquistada, que hallándose á doce leguas de la ciudad un soldado llamado Luis Rodríguez, sin más armas que su espada y rodela, y un perro de ayuda llamado Capitan, á quien ató con un tramojo en un rancho que habia en el sitio, por acudir sin embarazo los dias que se ocupasen en cierta pesquería que hacian más de cien indios que lo habian convidado á ella con fin de matarlo; y estando en cierta ocasion desarmado cerca de la orilla del rio en que se pescaba, por haber dejado tambien en el rancho su espada y rodela, confiado en la paz de los indios, se le fuerón acercando algunos con muestras fingidas de amistad, y estando á su salvo le descargó uno de ellos un macanazo que lo dejó casi privado de sentido.

Al golpe acudieron los compañeros, y asiéndolo de brazos y piernas para lanzarlo en el rio, sucedió volver algo en sí Luis Rodríguez al tiempo que lo iban arrastrando, y comenzó á forcejar con ellos y á dar voces, que luego penetraron los oidos del perro, y tal operacion hicieron en él, que haciendo fuerza sobre las manos rompió el cordel á que estaba asido el tramojo, y acometiendo al escuadron de indios, los desbarató de tal suerte, mordiendo á unos y derribando á otros, que, asustados del repentino asalto, no sabian qué senda tomar para escapar de la muerte, por hállarse desarmados los más con la seguridad de que el perro estaba atado. Raro instinto de animal, conocer á su amo en el trabajo, cuando tantos racionales solo aciertan á conocerlo en la felicidad! Entónces Luis Rodríguez, reparando en el socorro impensado de su perro, se levantó animoso, y corriendo al rancho tomó su espada y rodela, y vuelto á los indios, que ya armados de macanas le hacian cara, trabó nueva pelea en compañía de su perro, y á breve rato los puso en huida, dejándole el campo por suyo; con que tomado el camino para la primera estancia de españoles, llegó á tiempo que lo tenian por muerto, segun la noticia que les habla dado un indiezuelo Mozca, paje suyo, que huyó al tiempo de verlo caído. Refiere el suceso don Bernardo de Várgas en su libro de la Milicia indiana, que, aunque pequeño, encierra documentos grandes y verdaderos sacados de sus muchas experiencias, y ninguna conquista se habia de emprender sin llevarlo por guia sus Cabos: y de semejantes perros se debo hacer la estimacion que del más fiel compañero, aunque para la guerra de indios los haya tan justamente prohibido la piedad de nuestros católicos Reyes.

A pocos dias despues de esta victoria, que se gastaron en curar heridos y enterrar diez de ellos y muchos Yanaconas que murieron de la actividad del veneno, volvió el Teniente Morcillo con algun socorro de raices, y Pisbaes ó Chontaduros, como allí se llaman, que bastó para entretener el hambre miéntras hallaban mayor cantidad, y para su consecucion le ordenó Luis Lanchero volviese otra vez con la misma gente á penetrar la provincia en demanda del rio Zarbe, por la parte que mira á la provincia de Ubaté, recogiendo cuantos víveres encontrase y eligiendo sitio acomodado, si lo hallase, en que fundar otra nueva ciudad de que tanto necesitaba el pais para refrenar la audacia de los indios, y seguir las sumas de esmeraldas, que en algunas partes estaban descubiertas. Obedeció Morcillo, y marchando á buen paso con daño de algunos indios que aun porfiaban en defenderse con las ánsias de su última perdida siguió su derrota, hasta que haciendo alto y ranchería sobre las ruinas de Tudela, esperó á Luis Lanchero, que á paso lento lo seguia, sustentando su gente con la carne de algunos caballos de los que llevaba; y habiendo llegado y descansado por muchos dias, desamparó el sitio mal contento de su clima y esterilidad, y pareciéndole más á proposito el de una caldera en que hoy se conserva, fundó una villa que llamó de la Santísima Trinidad de los Muzos: y porque no he hallado cosa fija en el tiempo de esta fundacion, poniéndola unos en este año, y otros en veinte de Febrero del siguiente de sesenta, importará poco dejarlo en duda, sabiendo de cierto que la conquista se hizo por los años que van referidos, y su retardacion, y la mudanza que tuvo de sitios la nueva villa, puede haber dado fundamento para que todos tengan razon.

Fueron los primeros Alcaldes que se eligieron en ella, el Capitan Alonso Ramírez Gasco y Alonso González; y despues de asistirla algunos meses el Capitan Luis Lanchero repartiendo solares, encomendó los indios en los más beneméritos, y disponiendo lo más útil para su crecimiento, resolvió dejar el gobierno á su Teniente General Francisco Morcillo, y con veinte hombres volver á la ciudad de Vélez, y de allí á Tunja, como lo hizo fatigado de algunos achaques penosos de que despues murió; y acuérdome de haber oido á Don Alonso Suárez Lanchero, caballero del Orden de Santiago, biznieto suyo, que en esta entrada se le habia reverdecido la herida que recibió en los pechos el año de treinta y nueve en la derrota que le dieron los Muzos, por cuyo accidento salió á curarse á la ciudad de Tunja, y vuelto á Muzo con alguna mejoria, por el año de sesenta y dos le repitió el achaque y murió de él: caso bien extraño! solaparse la malicia del veneno por veinte años, para descubrirse en volviendo al mismo clima en que fué criado! Fué este caballero, como dijimos, natural de Simancas, y por quien pasaron varias fortunas, mostrándose tan modesto en las prósperas como animoso en las adversas. Fué verdaderamente magnánimo, pues ademas de la generosidad con qué despreció el oro y la plata, supo refrenar los ímpetus de la venganza siempre que pudo lograrla sin riesgo: no sabré decir si fué más valeroso que compasivo, porque á lo otro y á lo otro lo arrastraba su genio, y para todo le dió ocasiones el tiempo. De Doña Isabel Ruiz Lanchero, su hija única, le quedó descendencia bien dilatada por los dos maridos que tuvo, Pedro Suárez de Villena y D. Fulgencio de Meneses, que en la villa de Ocaña ha extinguido la muerte, y en la de Talabera de la Reina se conserva con gran lustre, y en la de Santafé del Nuevo Reino permanece en D. Pedro Suárez Lanchero.

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