CAPITULO V
EL CAPITAN DIEGO GARCÍA DE PAREDES FUNDA LA CIUDAD DE
TRUJILLO.-PROSIGUE MONTAÑO EN SUS DESAFUEROS, CONSULTA BRICEÑO
PRENDER Á MONTAÑO, Y EL MARISCAL NO VIENE EN ELLO. -LA PÉRDIDA DE
LA FLOTA DEL GENERAL FARFAN SE LAMENTA EN SU REINO.-CELÉBRASE
SÍNODO EN SANTAFÉ, Y BAJA EL MARISCAL Á GOBERNAR Á CARTAGENA.
AL poniente del Tocuyo, corriendo Norte-Sur desde las sierras de
Mérida, que llaman páramos de Serrada, para la ciudad de Coro, se
prolonga por más de treinta leguas de tierra doblada una provincia
que se divide en dos numerosas naciones ó parcialidades de Cuicas y
Timotes. Estos últimos indomables, desabridos y guerreros; los
primeros pacíficos y apacibles y en lo general sueltos y para mucho
trabajo. Sus armas, lanzas, dardos y macanas, y desde que sintieron
en su pais las primeras pisadas de los españoles, eligieron (como
los que tenian bien en qué escoger) las más ásperas y elevadas
cuchillas de los montes, donde cortándolas por la parte que se
facilitaba el ascenso, se fortificaron y ciñeron con estacadas
hermosas, que llamaron palenques los nuestros, por ser tan
parecidos á los que Baltasar Maldonado encontró en la provincia de
los Pantagoros, á cuyo recinto inaccesible se recogian todos en
sabiendo que alguna tropa española tocaba en los confines de su
tierra, de que resultó despues el crecido trabajo de los que los
conquistaron. Son todos ellos de gentil disposicion y buen parecer,
y con especialidad las mujeres. No reconocen Rey ni cacique que los
domine sino cuando más algunos capitanejos que por familias los
gobiernan en tiempo de guerra. Abunda su provincia de algodón,
semillas y frutas, y riégala el Motatan, rio que nace de la misma
cumbre de los páramos de Serrada, y cruzando el valle de Corpus
Christi del pais de los Timotes, corre á perderse en la gran laguna
de Maracaibo. En observancia de su falsa religion, son
inclinadísimos á ídolos de barro y madera, que guardan en sus
templos, sacrificándoles ovillos de hilo, piedras verdes tan buenas
como las de Santa Marta para mal de ijada, cuentas de muchos
colores de piedras y huesos teñidos, mantas pequeñas de algodon, y
sobre todo la manteca de cacao requemado que sacan del chorote, y
es la ofrenda de más estimacion.
De semejantes sacrificios era la cantidad tan crecida, que en
las entradas que hicieron los españoles afirmaban haber hallado
cubiertas de ellos las paredes de todos los templos, y ser
innumerables los Jeques Mohanes ó hechiceros que hablaban con el
demonio, á quien por eleccion suya ofrecian la manteca del cacao
quemada en braserillos de barro. Y en esta provincia, despues de
conquistada, fué donde refiere Fr. Pedro Simon haber acaecido el
caso siguiente: habia en ella un español dueño de estancia ó
plantaje, que tenia en su servicio á uno de estos Mohanes, con
quien envió á llamar á otro indio que tenia su habitacion algo
retirada, dándole por seña para que lo creyese, el pedacillo de
hoja de un Misal roto puesto en una caña hendida. Fuése el Mohan
con su embajada, y teniendo pactado con el demonio hablarle aquella
noche en su adoratorio, detúvose en él á cumplir el concierto,
poniendo la caña en uno de los huecos de la pared por la parte de
afuera, y entróse en lo interior á esperar al demonio, á quien oyó
á la ora señalada que le hablaba de afuera: extrañólo el Mohan, y
diciéndole que porqué no entraba adentro, como siempre lo hacia,
respondióle que estaba muy enojado con él, porque le tenia puesto
en la puerta á su enemigo: y preguntado quién era, pues no habia en
ella persona alguna, le dijo por último que aquel pedazo de papel
que le habia dado el español; y fuése sin decir más palabra. El
indio entónces, discurriendo el poco poder que tendria para
librarlo de las lanzas españolas, quien tanto temor tenia de aquel
papelillo puesto en la caña, pasó al amanecer á llamar al indio, y
vuelto á la estancia refirió al dueño cuanto lo habia pasado
aquella noche con el demonio. Este, admirándose del suceso, leyó el
papel, que contenia parte del Evangelio de San Juan: le principio
crat Verburn. Y depuso su admiracion y el indio su céguedad, en
sabiendo ambos que el retazo de papel era centella de la hoja en
cuyos filos se han quebrado los aceros de los Heresiarcas
mayores.
De esta provincia, pues, tenia bastantes noticias el Cabildo de
Tocuyo, desde que el Contador Vallejo, por órden del Gobernador
Tolosa, descubrió los Cuicas por el año de mil quinientos y
cuarenta y nueve; y como aquella ciudad habia tenido por granjería
la labor del algodon, de que tanto abunda su pais, resolvió en la
vacante de Villasinda aplicar todos los medios para sujetarla; y
siendo el principal conseguir Cabo á propósito para la faccion,
tuvo á dicha singular la de hallarse con el Capitan Diego García de
Parédes, hijo natural del que admiré con sus arrestos la Italia,
que retirándose al Nuevo Reino de las inquietudes en que miraba
envuelto á Gonzalo Pizarro, quiso negarse al amor de paisano y al
premio de lo que habia servido en el Perú, por no poner en duda la
lealtad que le rebosaba en el pecho. Á éste, pues, imitador siempre
de las hazañas del padre, eligió para la empresa, y en su
ejecucion, llevados hasta sesenta infantes y diez ó doce caballos,
con bastante número de indios Yanaconas, tomó la vuelta de los
Cuicas, y entrándose por su valle y atravesándolo siempre al
Poniente, en demanda de sitió á propósito para poblarse, arribó
(sin que la docilidad de los naturales le moviese guerra) á la
dilatada poblacion de Escuque, que puesta en lugar eminente á las
vertientes del Motatan, persuadia con la vista á que la convidasen
por Colonia española; y así, habiendo antecedido las diligencias
precisas para el intento, fundó una ciudad, que en recuerdo de su
patria la llamó Trujillo: y repartida la tierra y pueblos vecinos
en feudo á sus primeros pobladores, y nombrado Cabildo que la
gobernase, volvió al Tocuyo á dar cuenta de lo que por su órden
dejaba ya hecho.
Entre los primeros vecinos de esta nueva ciudad habia algunos
mancebos que faltos de superior que respetasen y arrastrados de la
imprudencia de sus pocos años, dieron en abusar de la pacifica
condicion de los naturales, corriendo sin freno al arbitrio de sus
torpes inclinaciones: y como de parte de la justicia no se aplicase
remedio, ó todos se inclinasen á un mismo desórden, comenzaron á
desmandarse, de suerte que siendo lo ménos el robo continuado de
las pocas alhajas de los miserables indios, pasaron á la obscenidad
de aprovecharse de sus hijas y mujeres tan descaradamente, que no
se recataban de cometer tan feas acciones dentro de las mismas
casas de los maridos y padres, aunque fuese á su vista: de que
resultó trocarse aquella natural mansedumbre en fiereza tan brava,
que irritados más cada dia con los agravios, tomaron las armas, y
muertos en una tarde todos aquellos mozuelos que andaban derramados
al cebo de su apetito, convocaron sucesivamente tropas innumerables
de la provincia, con que puesto sitio á la ciudad que estaba ceñida
de fuerte palenque, lo dieron tan repetidos asaltos, que pusieron á
sus vecinos en conocido aprieto de perderse: y á no haber acudido á
tiempo y con buen socorro el mismo Diego García de Parédes, á quien
se dió noticia desde el principio del alzamiento, sin duda hubieran
salido los Cuicas con el intento de no dejar vivo español de
cuantos tenian cercados, para que se viese en la posteridad que
tambien saben los indios celebrar vísperas Sicilianas, cuando los
españoles no se avergüenzan de imitar á los franceses.
Llegado, en fin, el Capitan Parédes con la gente que le seguía,
derroté brevemente las tropas contrarias, no por falta de coraje
que en ellos sintiese, sino de ejercicio militar, á que no estaban
acostumbrados; irnos sin que la pérdida de muchos indios, que á
cada paso morian, apagase el odio que habian cobrado á los
nuestros, se aumentaban de suerte, y tan desesperados acometian,
que ya falto Parédes de nueve ó diez infantes y algunos indios y
caballos, y reconociendo que al impulso del agravio se han
levantado hombres más valerosos que á la conveniencia del premio, y
que á los que guerrean obstinados es ménos dificultoso acabarlos
que reducirlos, tuvo por imposible poder mantenerse, y más cuando
no proponía medio de paz que no fuese incentivo para nuevos
rencores; y así, reservando la pacificacion de aquella provincia
para cuando se hallase con más fuerza de gente, abandonó de todo
punto la nueva ciudad, valiéndose para la retirada del secreto de
la média noche y de la traza de dejar en ella muchas lumbres
encendidas que desvelasen á los contrarios, porque todo pareció
necesario para poder librar con las vidas: tanta era ya la ventaja
con que prevalecia la razon de unos indios inocentes contra las
armas de unos españoles culpados donde los dejaremos miéntras damos
una vista á lo que obraba por entónces Montaño en Santafé, y se
preveia en Valladolid.
Desvanecida la pretension que tuvo el Virey, Marqués de Cañete,
de poner Presidente el Reino, como vimos poco ántes, y recibido el
doctor Maldonado, en tres de Marzo, á su plaza de Fiscal de la
Audiencia, del año en que vamos, comenzó á desengañarse de que no
era lo mismo mirar á Montaño como inferior en el puesto, que
haberlo mirado como Gobernador de Cartagena: tanta era la
indecencia con que se veia tratado de aquel hombre en quien el
tiempo y las esperas que le concedia el cielo duplicaban
obstinaciones en vez sacarle arrepentimientos. Sin más delitos que
la piedad de favorecer á los conquistadores en las causas que á
cada paso les fulminaba, mandó saliese el Mariscal de Santafé y de
seis leguas en contorno, aunque brevemente le alzó el destierro,
porque ninguno se lo pedia, y se recelaba de sus mismas crueldades
en viendo que no se las contradecian; y como un ábismo de culpas
llame otro de insolencias, y á una imprudencia tolerada sean
consiguientes muchos desatinos, continuábalos este Juez por caminos
extraños. De un hombre honrado que le dió una carta con la nema
maltratada, sospechó haberla abierto, sin más probanza que la idea
de su capricho, mandó á voces á sus criados que lo desnudasen para
darle cien azotes, y hubiéransele dado á no haber parecido luego
el, que le dió la carta para que la diese al Oidor, y averiguado
con él la inocencia del reo. Á otro vecino de esfera más alta, que
habia ido á informarle de cierto negocio que se trataba en
justicia, porque le vió el crecimiento de la barba que en aquel
tiempo se usaba, y llamaban marquesota, mandó á un criado que con
un machete se la cortase á raíz de la misma carne, á que mal
pudiera resistirse cercado de sus hermanos y criados que le
aplaudian, si el paciente, puesto de rodillas, no hubiera alcanzado
con el ruego se abstuviese de hacerle injuria tan grande: y á este
tono sucedian lances á cada paso, de que se avergüenza la pluma;
pero quién se podrá persuadir á que semejantes acciones se hayan
intentado por ministro elegido de un Rey católico? Y quién no se
persuadirá á que vasallos que toleran semejantes ministros son las
piedras más finas para los engastes de su corona?
Con esta nueva persecucion de Montaño contra los más vecinos del
Reino, excedian los agravios las ensanchas del sufrimiento, para
que muchas veces prorumpiesen en quejas, ocurriendo á Briceño con
ellas, por ver si á golpes de la porfia abria puerta alguna para el
remedio (Así se batalla y no de otra suerte, por los más valerosos,
cuando es el ataque con ministros del Rey). Defendíase, empero,
Briceño con la misma disculpa que tantas veces habia dado, no
pareciendo ser aquélla la causa, sino el temor que habia cobrado ó
sujecion en que lo tenia puesto el compañero. Verdad sea que, como
en otra ocasion se ha apuntado, los más se persuadian á que el
Montaño no deseaba otra cosa que meter su mal pleito á voces, á la
menor contradiccion que lo hiciesen, para dar color á que Reino
estaba alborotado, y debajo de aquel pretexto ensangrentar bien las
manos, hasta quedar satisfecho; pero no bastando las disculpas de
Briceño, fueron tan repetidas las instancias de la muchedumbre de
agraviados y de algunos de los primeros caballeros del Reino, sobre
que no permitiese su destruccion, que prometió hacer causa á
Montaño, prenderlo y remitirlo á estos Reinos con los autos, como
el Obispo D. Fr. Juan de los Bárrios, el Fiscal Maldonado y el
Mariscal gonzalo Jiménez de Quesada le diesen firmado en un papel,
que convenia hacerlo así, por no hallarse otro medio para que el
Reino no se perdiese del todo.
Con facilidad asintieron los dos primeros á la propuesta, y para
fortalecer el motivo ponderaban: Que ya la paciencia de los vecinos
del Nuevo Reino habia llegado hasta los terminos del valor y la
constancia, que habian ignorado las provincias de arriba; pues á la
continuacion de vejaciones tan sensibles, aun solicitaban hallar
camino real para el reparo, por no echar, como ellas, por el atajo
para el despeño. Que en los vacios de un sufrimiento agotado se
introdujeron siempre los llenos de una inobediencia inflexible; y
no hay razon para que al Príncipe le deje perder sus Estados quien
puede aplicar el remedio ántes que lleguen los últimos trances. Que
si la falta de jurisdiccion debe contener al más arriscado en la
esfera de súbdito, tambien debe ser practicable que la extrema
necesidad del remedio lo introduzca en legislador de un tirano. Que
si para conveniencias de ménos porte hay epiqueyas para no esperar
del Príncipe las resoluciones que tiene en sí reservadas; en
ninguna ocasion como en aquélla justificarla Briceño, con la
prision de Montaño, haber hecho lo mismo que su Príncipe hiciera
estando presente. Y finalmente, que si el Perú habia tumultuado á
la entereza de un Virey que no excedía de que se observasen las
leyes, qué podria esperarse de un Reino tan lastimado por todas
partes de un hombre que, atropellando las leyes, fundaba en la ira
y codicia las irregularidades de su mal juicio.
A ninguna de estas consideraciones inclinaba el suyo el Mariscal
Quesada, siempre firme, en que sin expresa autoridad para ello, no
debia seguirse senda tan peligrosa para su crédito. Verdad es
(decia) que el Reino se halla en todo el aprieto que se representa;
pero tambien lo es que en obediencia del Rey, primero debemos poner
al cuchillo las cabezas que á la resistencia la mano, Aun no se
retarda el remedio, pues todavia vivimos esperando que llegue; y
cuando hasta la esperanza nos falte, qué vida más gloriosa que
sacrificada en aras de la obediencia! qué muerte tan infame como la
redimida al precio de deslealtades! Que se reparase (proseguia) en
que hay alegaciones en los consejos para persuadir á que no es de
tanto inconveniente el que un Reino se pierda, como el de faltar á
la obediencia de un Ministro superior, por malo que sea. Que aun no
habla cincuenta años que por demostracion más leve con un Alcalde
de Corte, no habia reparado en los gastos de mover un ejército
contra la Andalucía, toda la parsimonia de don Fernando el
Católico. Ni le habian aprovechado al Marqués de Priego los
servicios de don Alonso de Aguilar, su padre, ni del gran Capitan,
su tio, para que en Montilla no viese arrasada su fortaleza y
derribadas en Córdoba las casas de don Alonso de Carcamo y
Bernardino de Bocanegra. Que los Príncipes gustan de que sus
comisiones sean como los rios, que, saliendo del mar de su
grandeza, corran sin embarazo hasta volver al centro de donde
salieron; porque no hay razon para que las sinrazones de un Juez
comisario den lastos contra la ley natural, con desacatos á su
legítimo Rey: y se califican por crímenes de Majestad lesa los
castigos que contra Supremos Ministros no dimanan inmediatamente el
brazo de su justicia; y que, por último, aunque Montaño cortase
todas las cabezas del Reino, y la primera la suya, y á vueltas de
tanta infelicidad se perdiese todo, jamas asentiria á que Juez
Superior se prendiese sin órden expresa del Rey ó persona á quien
diese facultad para ello.
No puede negársele al Mariscal Quesada la política profundidad
con que discurrió tan celosa materia, y que á no haberse malogrado
la impresion de su Compendio historial, se hubieran atajado con la
noticia de ejemplar tan discreto las malas fortunas que á los
noventa y seis años despues corrieron por el Marqués de Santiago,
sin que le valiese para el reintegro de su Presidencia, ni la
claridad de su sangre, ni la buena intencion con que detuvo los
arrojos de otro Visitador imprudente, miéntras daba cuenta al
Consejo. Tanto es el desden con que se miran semejantes
resoluciones; y así, fenecida ,la llamarada de brio que mostraba
Briceño al soplo de la contraria opinion, corría el gobierno de
Montaño al arbitrio de gentes baldías que lo adulaban para
despeñarlo, y siempre tenaz en tener por blanco de sus iras al
miserable Fiscal Maldonado, sin que le valiese represar en silencio
cuantas avenidas recibia de agravios; cuando para inquietar más los
ánimos llegó á Santafé el aviso de Cartagena con despacho, para que
aquel gobierno se comprendiese dentro de la jurisdiccion de la
Audiencia; y con otro para que el Mariscal Quesada se pusiese don,
y así lo llamasen: merced de grandísimo aprecio hasta aquellos
tiempos, porque en el decreto de tres letras se declaraba la suma
de muchos méritos, como se vió en la primera que se le hizo á
Fernando Cortés despues de sujetar un Imperio, y que sí en la
presente éra no se practica, es porque ya no hallan los Reyes
sujeto desembarazado en quien puedan hacerla.
Con estos despachos llegó tambien la noticia de haberse perdido
casi toda la flota del cargo de Cosme Rodríguez Farfan, en Arenas
gordas, sobre la costa de Zahara: fatalidad lastimosa que ocasionó
la tormenta continuada que corrió desde las Terceras, con las
trágicas circunstancias que refiere el Licenciado Castellános en la
tercera parte de su historia Indiana, siendo una de ellas haberse
ahogado Alonso Téllez, Juan Martínez Gayoso, Beltran de Góngora,
Andres López de Galarza y el Adelantado don Pedro de Heredia, que
naufragó en el Galeon de Cosme Buitron, eu que pasaba á estos
Reinos, poniendo término con su muerte á la borrasca de residencias
en que siempre se halló engolfado. Fué uno de los caballeros más
bien dispuestos y valerosos que han pasado á las Indias, y á no
haberse cegado con los resplandores del oro, hubiera pasado la
carrera de su gobierno sin tantas caidas como le ocasionó la
ceguera. De los sepulcros del Zemi sacó más tesoros que desengaños,
y de las entradas que hizo á la provincia de Antioquia volvió con
más escarmientos que oro, y á no haberle descubierto brecha sus
enemigos por la ocultacion de los quintos, ni el mal tratamiento de
los naturales, ni los encuentros con dos Obispos, hubieran sido
parte para continuar la batería de tres residencias que dejaron á
don Antonio y don Juan, sus hijos, con más limitada herencia que la
correspondiente á sus relevantes servicios.
Si fué grande en Cartagena el sentimiento de la muerte de su
Adelantado, mucho mayor fué en Santafé, y más general el que se
tuvo por la de los dos Oidores Góngora y Galarza: amábanlos como á
hijos todas las ciudades del Reino, y lloraban su desgracia como
las madres más interesadas. Reconocian los vecinos haberlos
venerado siempre como á padres, y lamentaban pérdida tan sensible
con la fineza de hijos. Habian experimentado en el tiempo de su
gobierno seguras las honras y las haciendas, y premiados los
méritos, y prorumpian en maldiciones contra quien habia sido la
causa de tan infelice desastre. Nunca estuvo el Reino más fuera de
sí, ni Montaño más aventurado á las temeridades de un vulgo sentido
y pudo atribuirse á milagro haberse refrenado al respeto de la
gente noble que lo persuadia, aun cuando la noticia de haberse
ahogado Téllez y Gayoso los desesperaba de que habia de tener
término su mal gobierno, por haberse perdido los papeles que
justificaban sus tiranías. Verdad sea que no era tan falto de
esperanza el aviso, que no se afirmase haber escapado el Contador
del Reino que iba en diferente navío, y con mejor fortuna habia
llegado á salvamento en uno de los puertos de Portugal; pero todos
estos acaecimientos, que debian reducir á Montaño á la
consideracion de lo mucho que debia á las esperas del sufrimiento
Divino, las aplicaba tan mal, que el naufragio del Presidente
Arbiso, la dejacion del Licenciado Bribiesca, la rota de Hoyon
ántes de aventurarse con él en campaña, el escape de la invasion de
Pedro Braquez en Santa Marta, el naufragio de los dos Oidores y las
muertes de Téllez y Gayoso, que habian de labrar remordimientos en
su mala conciencia, las atribuia á providencia especial con que
Dios aprobaba la forma de su gobierno y disponia su satisfaccion en
castigos de los que se le mostraban contrarios; pero por más nieve
que caiga del cielo no dejará de sudar el que está metido en el
baño, de que resultaba pagar en moneda de obstinaciones cuanto
recibia en partidas de beneficios. Y en esta ocasion, y no Antes de
llegar este aviso, como parece de la relacion de Quesada, me
persuado á que Briceño se alentó á aprehenderlo con la aprobacion
del Obispo y Fiscal y del mismo Quesada, pues en otra ninguna llegó
á tantas demostraciones el despecho de los agraviados.
Con la novedad de la agregacion de Cartagena á la Audiencia del
Nuevo Reino, y con el pesar de la muerte de su padre, se resolvió
don Antonio de Heredia á subir á Santafé, donde quejándose del
doctor Maldonado y su Teniente Quintanilla, pudiese tomar
satisfaccion alguna de perjuicio tan lamentable para su casa.
Llevaba en su compañía al Escribano de Cabildo de Cartagena con
semejante demanda, fundados el uno y otro en las enemistades que
corrian entre el Fiscal y Montaño, de que tenian noticia; y á la
verdad no se engañaron, pues sin que bastase haber dejado el Fiscal
el gobierno á Quintanilla en confomidad de las órdenes que para
poderlo hacer tenia del Consejo, fueron bien oidas las quejas,
porque el mismo Montaño las fomentaba. Era la pretension de los
quejosos que se les despachase residencia en que fuesen oidos todos
los agraviados, y para ello se proveyese de nuevo Gobernador,
porque corriese con más libertad el juicio ; y como entónces no
estaba derogada la facultad de que las Audiencias pudiesen con
causa residenciar á los Gobernadores, halló Montaño cuanto pudo
desear para desunir á sus enemigos, encontrándolos unos con otros
con el pretexto de hacer bien á todos: y para conseguirlo puso
luego la mira en que se nombrase por Gobernador de Cartagena al
Mariscal Quesada, íntimo confidente de Briceño y Maldonado,
pareciéndolo que llevando la residencia de este último, quedasé
Briceño solo y falto del calor que le daban, para que le
contradijese cuanto intentaba, y Juez y residenciado quebrasen de
suerte que no los coligase otra vez la conveniencia de serle
contrarios.
Son los mal intencionados de futilísimos ingenios, siempre que
pretenden aplicar los discursos al perjuicio de hacer mal á otros;
y fundaba el suyo Montaño en que el Mariscal, en quien dominaba el
concepto de la propia entereza con que obraba en justicia, y el
Fiscal de condicion tan delicada, que se habia de mostrar
impaciente á los golpes de la residencia, por blandos que fuesen,
no era posible se conservasen puestos en lance forzoso de que
alguno de los dos hubiese de faltar á las operaciones que le
arrastrase su genio. Con esta mala intencion arrojó en el Acuerdo
el pomo de la discordia en la propuesta, cautelando los fines con
la representacion de que se reparase en la candidez de su celo,
pues á sus mayores enemigos, como lo eran Quesada y Maldonado,
correspondia con demostraciones tan desapasionadas, que al uno le
daba el gobierno de Cartagena y para el otro elegia a su mayor
amigo por Juez de la residencia: y aunque al principio de la
propuesta se exasperé algo Briceño, maliciando que debajo de la
capa de aquel beneficio se ocultaba algun daño, considerando
despues la calidad de la persona elegida para el gobierno, tuvo por
preciso el venir en ella, remitiendo al mismo Montaño hablase al
Mariscal en aquella razon, como lo hizo, valiéndose de la
persuasiva eficaz con que facilitaba cualquiera medio encaminado á
vengarse para lo cual, entro blandas palabras, le ofrecia firme
amistad en lo venidero si aceptaba el cargo; pero el Mariscal, que
lo tenia bien conocido, resistíase valerosamente considerando de
cuánto descrédito le seria admitirlo de quien tantos males habia
hecho al Reino que habia ganado; y aunque le dió tiempo para pensar
en ello, estábase firme en la repulsa, hasta que las persuasiones y
rendimientos de Montaño fueron tales, que hubo de rendirse á su
ruego, con desapoyo de cuantos lo conocian, culpando con mucha
razon la flaqueza ó temor que habia mostrado con dejarse obligar de
quien tan mal lo miraba, y haberse de ausentar de Santafé,
desamparando á los que perseguidos no tenian más defensa que la que
solia interponer con su pluma.
Hecho este nombramiento por la Real Audiencia, en quien residia
el gobierno, y ántes que el Mariscal saliese para Cartagena, trató
el Obispo don Fr. Juan de los Bárrios de reformar los desórdenes
con que los doctrinantes de los indios, así eclesiásticos como
seculares, pervertian los medios con que se habia de plantar en
ellos la fe; pues como ya dijimos, los religiosos que habian pasado
en misiones al Reino, ni obedecian á sus Superiores ni desterraban
de sí las ansias de vagar de unas provincias en otras, de que se
originaba no hacer fruto en alguna de tantas como necesitaban de
obreros y sí algunos (que fueron muy pocos) se ajustaban á su
sagrado instituto, aplicábanse á la asistencia de las ciudades, con
el fin de fabricar conventos y hospicios, dejando á los otros y á
los Encomenderos el manejo de las doctrinas de los indios, donde
puesta la mira en sus intereses y no en la conversion de aquellas
almas, que casi siempre recibian el Santo Bautismo, sin pensar que
la ceremonia pasaba de ser labatorio de las cabezas, reducian la
educacion de los pequeños á que sirviéndoles creciesen á vista de
sus relajaciones, y la enseñanza de los mayores á sacar frutos
crecidos de su trabajo, sin aprender de su idioma más cláusulas que
las precisas para pedirles oro y demas géneros que tenian, cuando
no bastaba haberlos pedido por señas. Bien sé que el Arzobispo
Gonzaga afirma en su crónica que los religiosos Franciscos
convirtieron en este Reino, desde que entraron en él, á más de
doscientos mil indios; y más abajo prosigue dando la causa: Porque
apénas se hallará (dice) fraile en aquellas partes, que el que
ménos no haya bautizado por su mano cuatro y cinco mil indios. A
que añade el Padre Daza en su Crónica general, parte cuarta, libro
primero, capitulo trece: Que de todos estos números de bautizados
se hizo minuta y catálogo el año de mil quinientos y ochenta y dos;
pero todos ellos, y los demas que aumentaron los clérigos y demas
religiosos, débense contar como frutos desde este año hasta el de
ochenta y dos, en que tanto fomentaron los Presidentes y Arzobispos
la conversion verdadera de los indios; con que se compone lo que
vamos diciendo con Quesada, con lo que afirmaron escritores tan
graves.
Hallábanse tambien algunos clérigos de quienes pretendió valerse
el Obispo Calatayud y lo continuaba el sucesor, haciéndoles cuantos
partidos lícitos pudieran pintar para sus conveniencias; pero
habianse ejercitado los más en las conquistas, sirviendo ménos de
capellanes que de soldados, y reducian la predicacion evangélica á
puñadas y azotes. Con cuánta lástima escribo las miserias de aquel
siglo! Con cuánta admiracion he leido la relacion de algunos que
fingieron brutalidad en los indios, por no confesar las omisiones
en que fueron culpados! Al fin, viendo el Obispo Bárrios que
despues de diez y ocho años que el Reino se habia conquistado, los
españoles no dejaban los bandos, los sacerdotes, en vez de
apagarlos, los encendian, y que entre los indios apénas se hallaba
quien fuese instruido en los primeros rudimentos de la fe, pudiendo
ya ser catedráticos en las sutilezas de la codicia española,
promulgó Sínodo Provincial para la reformacion de tantos abusos.
Fué el primero que se celebró en aquel Reino; y aunque no con el
concurso de letras que pedia funcion tan sagrada, halláronse en él
los dos Oidores y Fiscal de la Audiencia, el Mariscal don Gonzalo
Jiménez de Quesada, el Dean, Chantre y Canónigos que habian subido
á Santafé con el Obispo, y algunos clérigos y religiosos que
parecieron precisos. He visto algunas veces las acciones de este
Sínodo, y verdaderamente se dispusieron en él cosas muy justas (no
debió de ser poca parte para ello la oposicion que Montaño mostraba
á los conquistadores, por lo que resulté en favor de los indios;)
pero descaeció brevemente su observancia por algun dejamiento del
Obispo, ocasionado quizá de que los encuentros de los Oidores
embarazaban los utilísimos efectos que pudieran sacarse: sin
embargo de todo, tuvo algun reparo con las censuras la desenfrenada
codicia de los Encomenderos, y reconocieron los curas que tenia
castigos la Iglesia para los deslices con que administraban su
oficio; y con la ereccion que luego se hizo de doscientas y más
iglesias en pueblos de indios á costa de sus Encomenderos, se dió
algun principio á solicitar con más veras los aumentos del rebaño
de Cristo.
Concluido el Sínodo, pidió don Antonio de Heredia se le mandase
al Fiscal Maldonado pareciese personalmente á ser residenciado en
Cartagena: pretension gobernada por Montaño, y en que vino Briceño
contra el parecer de cuantos bien intencionados le aconsejaban lo
contrario, para desvanecer el descrédito en que lo tenian puesto
sus facilidades, aunque se disculpaba con la prudente atencion de
tener divididos al Fiscal y á Montaño, por la enemistad que tenian,
y ser tan poco el sufrimiento de ambos, que recelaba llegasen á
lances de algun rompimiento escandaloso hallándose juntos. Y así,
no pudiendo el Fiscal negarse á lo que se le ordenaba, ni el
Mariscal á la administracion del oficio que tenia aceptado, fueron
con esta cautela echados de Santafé ; y bajando uno en pos de otro
á Cartagena, se dió principio á la residencia, que no fué poco
ruidosa, porque en llegando á hacerle algunos cargos á Maldonado,
allí empezaron las quejas y voces en que suelen prorumpir los
hombres vidriosos, especialmente aquellos que juzgan debérseles por
algun respeto el buen éxito de sus dependencias, aunque sea obrando
contra justicia: y como era uno de éstos Maldonado, no bastaban
disculpas secretas para persuadirle al conocimiento de la blandura
con que el Mariscal procedia; de suerte que los discursos de
Montaño no habian sido tan mal fundados que no se viesen cumplidos
á la letra sus anuncios.
Lo cierto fué que ni el Fiscal hubiera procedido tan imprudente,
ni el Mariscal tan templado, si ya no corriera en la ciudad por
cartas que se habian recibido de estos Reinos, que al reo lo habian
promovido á la plaza de Oidor, cosa que el mismo Mariscal habia
deseado mucho; y así, teniendo el uno y el otro sobradas causas
para volver á su antigua amistad, y atendiendo á que muchos de los
interesados en la residencia pretendian que se remitiese al Consejo
en el estado en que estaba, por el recelo que ya tenian de que el
Mariscal favorecia á Maldonado, sobre que se habian interpuesto
algunas recusaciones que todo lo embarazaban, hubieron de convenir
ambos en que así se hiciese, por lo poco que se debia temer de lo
escrito, y á Maldonado se le diese licencia para volver á Santafé á
esperar los despachos de su nueva plaza ; donde en el interin de
esta ausencia, hallándose Montaño con Briceño á solas, habia
ejecutado, con más desahogo que ántes, otras muchas de las
injusticias y sinrazones de que se alimentaba su ira; pero cuando
vió á Maldonado en el Reino, luego conoció lo poco que le habian
aprovechado sus trazas, y volvió con más fuerza á tratarlo con el
mismo imperio y lenguaje que de ántes, afeando lo mal que habia
procedido el Mariscal en la residencia que llevó á su cargo.
Ya por este tiempo habia llegado á la Corte la noticia del
naufragio de la Armada de Indias, y de la muerte de los dos Oidores
y Escribanos de Cámara, y con la relacion que sobre lo sucedido
hizo al Consejo el Contador del Reino, de las continuadas
injusticias que en él obraba el Licenciado Montaño, se habia
consultado cuanto convendria aplicar luego el reparo para tantos
inconvenientes, y resuelto elegir la persona del Licenciado Alonso
de Grageda, Oidor que habia sido de la isla española, y á la sazon
estaba en la Corte, para que, llevando plaza de Oidor de Santafé,
con la antigüedad correspondiente al tiempo que lo habia sido en
Santo Domingo, residenciase á Montaño y lo remitiese á estos Reinos
(de que ya se tenia aviso en los de Indias por cartas que por vía
de Islas habian pasado á Cartagena) de que se le dieron por el
Consejo los despachos ordinarios; y aun fué tanta la providencia
que tuvo en este negocio, que libré otra comision secreta al
Licenciado Tomas López, Oidor de Guatemala, que estaba proveido en
lugar de Galarza, como dijimos, para que estando en el ejercicio de
su plaza la publicase, suspendiese luego á Montaño y procediese á
tomarlo residencia: aunque se le advertia por instruccion que
solamente lo ejecutase en caso que Grageda muriese en el camino,
como le habia sucedido al Presidente Arbiso. Pero como el título de
su promocion debió de ir juntamente, y debajo de una cubierta con
el que Montaño llevó para entregar á Galarza en caso que no lo
hallase notablemente culpado, para que en Guatemala se lo
entregase, y Montaño lo retuvo, como se ha dicho, jamas llegó este
despacho á aquella ciudad, aunque la promocion de Tomas López era
pública en ella por lo que parecia de las Gacetas y relacion del
Secretario de Indias: con que él se estuvo en el servicio de
aquella plaza más de tres años, hasta que el Licenciado Quesada,
que fué por Presidente de aquella Audiencia, lo mandó salir para
Santafé, donde sin duda hallaria el despacho del Rey, y atenderia
al reparo de los males que en él corrian.