INDICE





PROLOGO

NOTICIA BIOGRÁFICA DEL DR. FERNÁNDEZ PIEDRAHITA

DEDICATORIA Y APROBACIONES DE LA OBRA

LIBRO I

Capítulo I
Del sitio y calidades del Nuevo Reino de Granada

Capítulo II
En que se da noticia de sus provincias y primeros habitadores.

Capítulo III
De las costumbres, ritos y ceremonias que usaban los indios mozcas en su gentilidad.

Capítulo IV
De otras ceremonias y costumbres que tenian los mozcas, y de las procesiones que hacían.

Capítulo V
Del sitio y corte de Bogotá: majestad de sus reyes condiciones y forma de sucederse.

LIBRO II

Capítulo I
Saguanmáchica conquista los fusagasugaes, rompe la guerra con el Guatavita, que se ampara del Rey de Tunja...

Capítulo II
Hereda el zipa Nemequené, y castigada la rebelián de Fusagasugá, sujeta los caciques de Cipaquirá y Nemza.

Capítulo III
Asalta el Zipa la corte del Guatavita, revuelve contra el Ubaque y sujétalo.

Capítulo IV
Sujeta el Zipa la provincia de Ebaté, nombra en ella al hermano por su lugarteniente, á quien mata el Ubaque.

Capítulo V
Da leyes el Zipa en su reino y previénese de todo para la guerra de Tunja.

Capítulo VI
Refiérense los sitios y estado de las provincias de Tunja y Sogamoso, y hacen liga sus príncipes contra Neméquene.

Capítulo VII
En que se prosigue la materia del antecedente

Capítulo VIII
Danse vista los ejércitos del Zipa y el Tunja, y platican antes de la batalla.

Capítulo IX
Dáse la batalla, y casi vencida por Neméquene, muere en ella, herédalo Thysquesuzha, y prosigue la guerra.

LIBRO III

Capítulo I
Fúndase la ciudad de Santa Marta por Rodrigo Bastídas, á quien mata su teniente general en un motín.

Capítulo II
Los capitanes de Lerma acometen á Posigueica y vuelven derrotados.

Capítulo III
Gobierna el doctor Infante á Santa Marta por muerte de García de Lerma, y el adelantado don Pedro de Heredia da principio á las conquistas de Cartagena.

Capítulo IV
El adelantado Heredia prosigue la conquista de Cartagena

Capítulo V
Dáse el gobierno de Santa Marta á d. Pedro Fernández de Lugo. Prosigue la guerra con los indios de la sierra sin fruto…

LIBRO IV

Capítulo I
Benalcázar descubre a Popayán, y fundadas las villas de Cali y Timaná, prosigue en su descubrimiento

Capítulo II
El licenciado Badillo residencia á D. Pedro de Heredia en Cartagena:

Capítulo III
Vuelve el General Quesada por su Ejército á la Tora, Condúcelo hasta los umbrales del Nuevo Reino

Capítulo IV
Marcha Quesada por la provincia de Vélez, pasa á Guachetá y de allí á Suesca en demanda de Bogotá, con asombro general de los indios.

Capítulo V
Entra Quesada en el valle de los Alcázares, rompe el ejército de los Uzaques, pasa a Bogotá

LIBRO V

Capítulo I
Entra el capitán Céspedes en la provincia de los Panches por Tibacuy: plática  con el capitán del presidio de los Guechas…

Capítulo II
Sale Quesada de Bogotá para Somondoco en demanda de las minas de esmeraldas que descubre

Capítulo III
El Capitán San Martín tiene noticia de Tundama: descubre á Sogamoso y vuelve en busca del general Quesada...

Capítulo IV
Asalta Quesada el palacio del Rey de Tunja, á quien prende, y después de un breve combate saquea su corte con presa de los tesoros que no pudo ocultar.

Capítulo V
Marcha Quesada á Sogamoso, saquea la ciudad y quémase su templo. —vuelve á Tunja, y desamparándola por ir á la conquista de Neiva,

Capítulo VI
Repártese la presa entre los españoles: Asaltan después el cercado de un bosque donde matan a Tysquesusha sin conocerlo.

Capítulo VII
Acometen los Panches las fronteras de Bogotá, y entran Quesada y el Zipa al castigo con mal suceso en el primer encuentro

LIBRO VI

Capítulo I
Prende Quesada á Sacrezazipa por los tesoros del Zipa muerto, y promételos con engaño hasta lograr la muerte de sus émulos...

Capítulo II
Reparte Quesada otra presa de oro y esmeraldas: da principio á la fundación de Santafé...

Capítulo III
Dánle noticia á Quesada de las entradas de Benalcázar y de Fedremán en el reino...

Capítulo IV
Persuade á Quesada Benalcazar á que funde ciudades, y refiérese el estado y crecimiento á que ha llegado la ciudad de Santafé.

Capítulo V
El general Quesada baja á Cartagena con Benalcázar y Fedreman, dejando por teniente general del reino á Hernán Pérez, su hermano...

Capítulo VI
Gerónimo Lebrón forma ejército y armada; sale de santa marta para el reino...

Capítulo VII
Alonso Martín prende en el rio á Alonso jeque, y obligado de una armada enemiga, vence la batalla naval de Cesare...

LIBRO VII

Capítulo I
Tratase de la entrada que hizo Martín Galeano en el territorio de Coicomé y Agata, y de la que después hizo Juan Alonso de la Torre

Capítulo II
Sale Galeano á la conquista de Guane: mueve la guerra en Chalalá, y síguela con Mataregua hasta vencerlo en batalla...

Capítulo III
Agraviado Thisquizoque de la tiranía de Juan Gascon,  hace liga con el Saboya, toma las armas y le quita la vida...

Capítulo IV
Los tres generales pretenden la gobernación del Nuevo Reino y ninguno la consigue...

Capítulo V
Forma ejército Tundama y fortifícase contra Baltasar Maldonado...

Capítulo VI
Montalvo de Lugo entra en el Reino por los llanos, y el capitán Lanchero á la conquista de Muzo...

Capítulo VII
Esguazado el Cauca, prosigue Jorge Robledo sus descubrimientos hasta fundar la ciudad de Cartago.

LIBRO VIII

Capítulo I
Con la noticia de que se previene armada en Francia para las Indias, mandan al adelantado Lugo que vaya á su gobierno...

Capítulo II
Los Yalcones y Paeces toman las armas y matan á los capitanes Añasco y Osorio y despues a Juan de Ampudia...

Capítulo III
Rebelánse los Sutas y Simijacas, fortifícanse en unos peñoles, va contra ellos el Capitán Juan de Céspedes...

Capítulo IV
Rompen los Panches por las fronteras de los Mozcas...

Capítulo V
Prosigue su jornada Gerónimo Lebrón, con varios sucesos, hasta el valle de Opon...

Capítulo VI
Quesada y Lebrón compiten sobre el gobierno con riesgo de romper en batalla...

LIBRO IX

Capítulo I
Con la sospecha de que se rebela la provincia de Tunja...

Capítulo II
Vuelve á sus descubrimientos el capitán Jorge Robledo y con varias fortunas llega hasta la provincia de Hebéjico...

Capítulo III
Vuelto el Capitán Maldonado de la jornada de los palenques, sale Hernán Pérez de Quesada al descubrimiento del dorado con mal suceso...

Capítulo IV
El Ocabita y Lupachoque se fortifican en dos peñoles: ríndese Lupachoque por armas al Capitán Pineda y el Ocabita...

Capítulo V
El adelantado Lugo se previene para subir á Santafé : fúndase por su órden el Barbudo…

Capítulo VI
Pasa Robledo preso á estos reinos: Heredia y Benalcázar se apoderan alternadamente de Antioquia después que se fundó la ciudad de Arma...

LIBRO X

Capítulo I
La armada francesa de Roberto Baal sorprende á Santa Marta y Cartagena; y el adelantado Lugo prende al capitán Rondón...

Capítulo II
Felipe de Utre sale de coro á nuevos descubrimientos penetra los llanos hasta la punta de los Pardaos...

Capítulo III
Prende Lugo á los oficiales del Rey y á los quesadas: justicia al encomendero de Sáchica...

Capítulo IV
Destierra Lugo á los quesadas. —el Capitán Venégas descubre las primeras minas de oro, y funda la ciudad de Tocaima...

Capítulo V
Descubre Felipe de Utre los Omeguas, y véncelos en una batalla...

Capítulo VI
Lugo sale del reino para Castilla, y Armendariz entra en Cartagena...

Capítulo VII
Armendariz nombra por su teniente á pedro de Ursua en el reino y á Robledo en Antioquia...

LIBRO XI

Capítulo I
Concurren los visitadores Gasca y Armendariz en Santa Marta...

Capítulo II
Procede Armendariz contra el capitán Lanchero y otros conquistadores...

Capítulo III
Hacen mariscal del reino á Gonzalo Jiménez de Quesada...

Capítulo IV
Échanse los indios á las minas: tratase en el consejo de fundar audiencia en Santafé...

Capítulo V
Prosigue Armendariz en su gobierno: pónese real chancillería en Santafé...

Capítulo VI
Fúndanse las religiones de Santo Domingo y San Francisco en el Nuevo Reino...

Capítulo VII
Entra el mariscal Quesada en Santafé: descúbrese el páramo Rico de Pamplona...

Capítulo VIII
Entra Ursua en Muzo y puebla á Tudela: vuelve á Santafé y baja por justicia mayor de Santa Marta...

Capítulo IX
Rompe Ursua el ejército de los taironas en la batalla de los pasos de Rodrigo...

LIBRO XII

Capítulo I
Entra en Santafé el licenciado Juan de Montaño con la visita de la audiencia y residencia de Armendariz...

Capítulo II
Rebélase el Valle de las Lanzas, va Hernando de Salinas al castigo, funda la ciudad de Victoria...

Capítulo III
Prosigue Montaño en su visita; ajusticia á Pedro de Salcedo y á otros...

Capítulo IV
Armendariz baja preso á Cartagena para que allí le residencie Montaño.—el Capitán Avellaneda funda la ciudad de S. Juan de los Llanos...

Capítulo V
El capitan Diego García de Paredes funda la ciudad de Trujillo...

Capítulo VI
Vuelve el mariscal á Santafé con la provisión de nuevos oidores.—el licenciado Tomas López entra en la audiencia...

Capítulo VII
El Capitán Cristóbal Rodríguez Juarez funda la ciudad de Mérida.—Diego García de Paredes reedifica la de Trujillo...

Capítulo VIII
Previénese el Nuevo Reino para resistir al tirano Lope de Aguirre.—compéndiase lo que obró en la jornada del Marañon...

Capítulo IX
Fúndase la ciudad de S. Vigente de Paez.-múdase la de Trujillo. Muere García de Parédes y tratase de todo lo acaecido en las provincias del Nuevo Reino...
CAPITULO V
 


EL CAPITAN DIEGO GARCÍA DE PAREDES FUNDA LA CIUDAD DE TRUJILLO.-PROSIGUE MONTAÑO EN SUS DESAFUEROS, CONSULTA BRICEÑO PRENDER Á MONTAÑO, Y EL MARISCAL NO VIENE EN ELLO. -LA PÉRDIDA DE LA FLOTA DEL GENERAL FARFAN SE LAMENTA EN SU REINO.-CELÉBRASE SÍNODO EN SANTAFÉ, Y BAJA EL MARISCAL Á GOBERNAR Á CARTAGENA.

AL poniente del Tocuyo, corriendo Norte-Sur desde las sierras de Mérida, que llaman páramos de Serrada, para la ciudad de Coro, se prolonga por más de treinta leguas de tierra doblada una provincia que se divide en dos numerosas naciones ó parcialidades de Cuicas y Timotes. Estos últimos indomables, desabridos y guerreros; los primeros pacíficos y apacibles y en lo general sueltos y para mucho trabajo. Sus armas, lanzas, dardos y macanas, y desde que sintieron en su pais las primeras pisadas de los españoles, eligieron (como los que tenian bien en qué escoger) las más ásperas y elevadas cuchillas de los montes, donde cortándolas por la parte que se facilitaba el ascenso, se fortificaron y ciñeron con estacadas hermosas, que llamaron palenques los nuestros, por ser tan parecidos á los que Baltasar Maldonado encontró en la provincia de los Pantagoros, á cuyo recinto inaccesible se recogian todos en sabiendo que alguna tropa española tocaba en los confines de su tierra, de que resultó despues el crecido trabajo de los que los conquistaron. Son todos ellos de gentil disposicion y buen parecer, y con especialidad las mujeres. No reconocen Rey ni cacique que los domine sino cuando más algunos capitanejos que por familias los gobiernan en tiempo de guerra. Abunda su provincia de algodón, semillas y frutas, y riégala el Motatan, rio que nace de la misma cumbre de los páramos de Serrada, y cruzando el valle de Corpus Christi del pais de los Timotes, corre á perderse en la gran laguna de Maracaibo. En observancia de su falsa religion, son inclinadísimos á ídolos de barro y madera, que guardan en sus templos, sacrificándoles ovillos de hilo, piedras verdes tan buenas como las de Santa Marta para mal de ijada, cuentas de muchos colores de piedras y huesos teñidos, mantas pequeñas de algodon, y sobre todo la manteca de cacao requemado que sacan del chorote, y es la ofrenda de más estimacion.

De semejantes sacrificios era la cantidad tan crecida, que en las entradas que hicieron los españoles afirmaban haber hallado cubiertas de ellos las paredes de todos los templos, y ser innumerables los Jeques Mohanes ó hechiceros que hablaban con el demonio, á quien por eleccion suya ofrecian la manteca del cacao quemada en braserillos de barro. Y en esta provincia, despues de conquistada, fué donde refiere Fr. Pedro Simon haber acaecido el caso siguiente: habia en ella un español dueño de estancia ó plantaje, que tenia en su servicio á uno de estos Mohanes, con quien envió á llamar á otro indio que tenia su habitacion algo retirada, dándole por seña para que lo creyese, el pedacillo de hoja de un Misal roto puesto en una caña hendida. Fuése el Mohan con su embajada, y teniendo pactado con el demonio hablarle aquella noche en su adoratorio, detúvose en él á cumplir el concierto, poniendo la caña en uno de los huecos de la pared por la parte de afuera, y entróse en lo interior á esperar al demonio, á quien oyó á la ora señalada que le hablaba de afuera: extrañólo el Mohan, y diciéndole que porqué no entraba adentro, como siempre lo hacia, respondióle que estaba muy enojado con él, porque le tenia puesto en la puerta á su enemigo: y preguntado quién era, pues no habia en ella persona alguna, le dijo por último que aquel pedazo de papel que le habia dado el español; y fuése sin decir más palabra. El indio entónces, discurriendo el poco poder que tendria para librarlo de las lanzas españolas, quien tanto temor tenia de aquel papelillo puesto en la caña, pasó al amanecer á llamar al indio, y vuelto á la estancia refirió al dueño cuanto lo habia pasado aquella noche con el demonio. Este, admirándose del suceso, leyó el papel, que contenia parte del Evangelio de San Juan: le principio crat Verburn. Y depuso su admiracion y el indio su céguedad, en sabiendo ambos que el retazo de papel era centella de la hoja en cuyos filos se han quebrado los aceros de los Heresiarcas mayores.

De esta provincia, pues, tenia bastantes noticias el Cabildo de Tocuyo, desde que el Contador Vallejo, por órden del Gobernador Tolosa, descubrió los Cuicas por el año de mil quinientos y cuarenta y nueve; y como aquella ciudad habia tenido por granjería la labor del algodon, de que tanto abunda su pais, resolvió en la vacante de Villasinda aplicar todos los medios para sujetarla; y siendo el principal conseguir Cabo á propósito para la faccion, tuvo á dicha singular la de hallarse con el Capitan Diego García de Parédes, hijo natural del que admiré con sus arrestos la Italia, que retirándose al Nuevo Reino de las inquietudes en que miraba envuelto á Gonzalo Pizarro, quiso negarse al amor de paisano y al premio de lo que habia servido en el Perú, por no poner en duda la lealtad que le rebosaba en el pecho. Á éste, pues, imitador siempre de las hazañas del padre, eligió para la empresa, y en su ejecucion, llevados hasta sesenta infantes y diez ó doce caballos, con bastante número de indios Yanaconas, tomó la vuelta de los Cuicas, y entrándose por su valle y atravesándolo siempre al Poniente, en demanda de sitió á propósito para poblarse, arribó (sin que la docilidad de los naturales le moviese guerra) á la dilatada poblacion de Escuque, que puesta en lugar eminente á las vertientes del Motatan, persuadia con la vista á que la convidasen por Colonia española; y así, habiendo antecedido las diligencias precisas para el intento, fundó una ciudad, que en recuerdo de su patria la llamó Trujillo: y repartida la tierra y pueblos vecinos en feudo á sus primeros pobladores, y nombrado Cabildo que la gobernase, volvió al Tocuyo á dar cuenta de lo que por su órden dejaba ya hecho.

Entre los primeros vecinos de esta nueva ciudad habia algunos mancebos que faltos de superior que respetasen y arrastrados de la imprudencia de sus pocos años, dieron en abusar de la pacifica condicion de los naturales, corriendo sin freno al arbitrio de sus torpes inclinaciones: y como de parte de la justicia no se aplicase remedio, ó todos se inclinasen á un mismo desórden, comenzaron á desmandarse, de suerte que siendo lo ménos el robo continuado de las pocas alhajas de los miserables indios, pasaron á la obscenidad de aprovecharse de sus hijas y mujeres tan descaradamente, que no se recataban de cometer tan feas acciones dentro de las mismas casas de los maridos y padres, aunque fuese á su vista: de que resultó trocarse aquella natural mansedumbre en fiereza tan brava, que irritados más cada dia con los agravios, tomaron las armas, y muertos en una tarde todos aquellos mozuelos que andaban derramados al cebo de su apetito, convocaron sucesivamente tropas innumerables de la provincia, con que puesto sitio á la ciudad que estaba ceñida de fuerte palenque, lo dieron tan repetidos asaltos, que pusieron á sus vecinos en conocido aprieto de perderse: y á no haber acudido á tiempo y con buen socorro el mismo Diego García de Parédes, á quien se dió noticia desde el principio del alzamiento, sin duda hubieran salido los Cuicas con el intento de no dejar vivo español de cuantos tenian cercados, para que se viese en la posteridad que tambien saben los indios celebrar vísperas Sicilianas, cuando los españoles no se avergüenzan de imitar á los franceses.

Llegado, en fin, el Capitan Parédes con la gente que le seguía, derroté brevemente las tropas contrarias, no por falta de coraje que en ellos sintiese, sino de ejercicio militar, á que no estaban acostumbrados; irnos sin que la pérdida de muchos indios, que á cada paso morian, apagase el odio que habian cobrado á los nuestros, se aumentaban de suerte, y tan desesperados acometian, que ya falto Parédes de nueve ó diez infantes y algunos indios y caballos, y reconociendo que al impulso del agravio se han levantado hombres más valerosos que á la conveniencia del premio, y que á los que guerrean obstinados es ménos dificultoso acabarlos que reducirlos, tuvo por imposible poder mantenerse, y más cuando no proponía medio de paz que no fuese incentivo para nuevos rencores; y así, reservando la pacificacion de aquella provincia para cuando se hallase con más fuerza de gente, abandonó de todo punto la nueva ciudad, valiéndose para la retirada del secreto de la média noche y de la traza de dejar en ella muchas lumbres encendidas que desvelasen á los contrarios, porque todo pareció necesario para poder librar con las vidas: tanta era ya la ventaja con que prevalecia la razon de unos indios inocentes contra las armas de unos españoles culpados donde los dejaremos miéntras damos una vista á lo que obraba por entónces Montaño en Santafé, y se preveia en Valladolid.

Desvanecida la pretension que tuvo el Virey, Marqués de Cañete, de poner Presidente el Reino, como vimos poco ántes, y recibido el doctor Maldonado, en tres de Marzo, á su plaza de Fiscal de la Audiencia, del año en que vamos, comenzó á desengañarse de que no era lo mismo mirar á Montaño como inferior en el puesto, que haberlo mirado como Gobernador de Cartagena: tanta era la indecencia con que se veia tratado de aquel hombre en quien el tiempo y las esperas que le concedia el cielo duplicaban obstinaciones en vez sacarle arrepentimientos. Sin más delitos que la piedad de favorecer á los conquistadores en las causas que á cada paso les fulminaba, mandó saliese el Mariscal de Santafé y de seis leguas en contorno, aunque brevemente le alzó el destierro, porque ninguno se lo pedia, y se recelaba de sus mismas crueldades en viendo que no se las contradecian; y como un ábismo de culpas llame otro de insolencias, y á una imprudencia tolerada sean consiguientes muchos desatinos, continuábalos este Juez por caminos extraños. De un hombre honrado que le dió una carta con la nema maltratada, sospechó haberla abierto, sin más probanza que la idea de su capricho, mandó á voces á sus criados que lo desnudasen para darle cien azotes, y hubiéransele dado á no haber parecido luego el, que le dió la carta para que la diese al Oidor, y averiguado con él la inocencia del reo. Á otro vecino de esfera más alta, que habia ido á informarle de cierto negocio que se trataba en justicia, porque le vió el crecimiento de la barba que en aquel tiempo se usaba, y llamaban marquesota, mandó á un criado que con un machete se la cortase á raíz de la misma carne, á que mal pudiera resistirse cercado de sus hermanos y criados que le aplaudian, si el paciente, puesto de rodillas, no hubiera alcanzado con el ruego se abstuviese de hacerle injuria tan grande: y á este tono sucedian lances á cada paso, de que se avergüenza la pluma; pero quién se podrá persuadir á que semejantes acciones se hayan intentado por ministro elegido de un Rey católico? Y quién no se persuadirá á que vasallos que toleran semejantes ministros son las piedras más finas para los engastes de su corona?

Con esta nueva persecucion de Montaño contra los más vecinos del Reino, excedian los agravios las ensanchas del sufrimiento, para que muchas veces prorumpiesen en quejas, ocurriendo á Briceño con ellas, por ver si á golpes de la porfia abria puerta alguna para el remedio (Así se batalla y no de otra suerte, por los más valerosos, cuando es el ataque con ministros del Rey). Defendíase, empero, Briceño con la misma disculpa que tantas veces habia dado, no pareciendo ser aquélla la causa, sino el temor que habia cobrado ó sujecion en que lo tenia puesto el compañero. Verdad sea que, como en otra ocasion se ha apuntado, los más se persuadian á que el Montaño no deseaba otra cosa que meter su mal pleito á voces, á la menor contradiccion que lo hiciesen, para dar color á que Reino estaba alborotado, y debajo de aquel pretexto ensangrentar bien las manos, hasta quedar satisfecho; pero no bastando las disculpas de Briceño, fueron tan repetidas las instancias de la muchedumbre de agraviados y de algunos de los primeros caballeros del Reino, sobre que no permitiese su destruccion, que prometió hacer causa á Montaño, prenderlo y remitirlo á estos Reinos con los autos, como el Obispo D. Fr. Juan de los Bárrios, el Fiscal Maldonado y el Mariscal gonzalo Jiménez de Quesada le diesen firmado en un papel, que convenia hacerlo así, por no hallarse otro medio para que el Reino no se perdiese del todo.

Con facilidad asintieron los dos primeros á la propuesta, y para fortalecer el motivo ponderaban: Que ya la paciencia de los vecinos del Nuevo Reino habia llegado hasta los terminos del valor y la constancia, que habian ignorado las provincias de arriba; pues á la continuacion de vejaciones tan sensibles, aun solicitaban hallar camino real para el reparo, por no echar, como ellas, por el atajo para el despeño. Que en los vacios de un sufrimiento agotado se introdujeron siempre los llenos de una inobediencia inflexible; y no hay razon para que al Príncipe le deje perder sus Estados quien puede aplicar el remedio ántes que lleguen los últimos trances. Que si la falta de jurisdiccion debe contener al más arriscado en la esfera de súbdito, tambien debe ser practicable que la extrema necesidad del remedio lo introduzca en legislador de un tirano. Que si para conveniencias de ménos porte hay epiqueyas para no esperar del Príncipe las resoluciones que tiene en sí reservadas; en ninguna ocasion como en aquélla justificarla Briceño, con la prision de Montaño, haber hecho lo mismo que su Príncipe hiciera estando presente. Y finalmente, que si el Perú habia tumultuado á la entereza de un Virey que no excedía de que se observasen las leyes, qué podria esperarse de un Reino tan lastimado por todas partes de un hombre que, atropellando las leyes, fundaba en la ira y codicia las irregularidades de su mal juicio.

A ninguna de estas consideraciones inclinaba el suyo el Mariscal Quesada, siempre firme, en que sin expresa autoridad para ello, no debia seguirse senda tan peligrosa para su crédito. Verdad es (decia) que el Reino se halla en todo el aprieto que se representa; pero tambien lo es que en obediencia del Rey, primero debemos poner al cuchillo las cabezas que á la resistencia la mano, Aun no se retarda el remedio, pues todavia vivimos esperando que llegue; y cuando hasta la esperanza nos falte, qué vida más gloriosa que sacrificada en aras de la obediencia! qué muerte tan infame como la redimida al precio de deslealtades! Que se reparase (proseguia) en que hay alegaciones en los consejos para persuadir á que no es de tanto inconveniente el que un Reino se pierda, como el de faltar á la obediencia de un Ministro superior, por malo que sea. Que aun no habla cincuenta años que por demostracion más leve con un Alcalde de Corte, no habia reparado en los gastos de mover un ejército contra la Andalucía, toda la parsimonia de don Fernando el Católico. Ni le habian aprovechado al Marqués de Priego los servicios de don Alonso de Aguilar, su padre, ni del gran Capitan, su tio, para que en Montilla no viese arrasada su fortaleza y derribadas en Córdoba las casas de don Alonso de Carcamo y Bernardino de Bocanegra. Que los Príncipes gustan de que sus comisiones sean como los rios, que, saliendo del mar de su grandeza, corran sin embarazo hasta volver al centro de donde salieron; porque no hay razon para que las sinrazones de un Juez comisario den lastos contra la ley natural, con desacatos á su legítimo Rey: y se califican por crímenes de Majestad lesa los castigos que contra Supremos Ministros no dimanan inmediatamente el brazo de su justicia; y que, por último, aunque Montaño cortase todas las cabezas del Reino, y la primera la suya, y á vueltas de tanta infelicidad se perdiese todo, jamas asentiria á que Juez Superior se prendiese sin órden expresa del Rey ó persona á quien diese facultad para ello.

No puede negársele al Mariscal Quesada la política profundidad con que discurrió tan celosa materia, y que á no haberse malogrado la impresion de su Compendio historial, se hubieran atajado con la noticia de ejemplar tan discreto las malas fortunas que á los noventa y seis años despues corrieron por el Marqués de Santiago, sin que le valiese para el reintegro de su Presidencia, ni la claridad de su sangre, ni la buena intencion con que detuvo los arrojos de otro Visitador imprudente, miéntras daba cuenta al Consejo. Tanto es el desden con que se miran semejantes resoluciones; y así, fenecida ,la llamarada de brio que mostraba Briceño al soplo de la contraria opinion, corría el gobierno de Montaño al arbitrio de gentes baldías que lo adulaban para despeñarlo, y siempre tenaz en tener por blanco de sus iras al miserable Fiscal Maldonado, sin que le valiese represar en silencio cuantas avenidas recibia de agravios; cuando para inquietar más los ánimos llegó á Santafé el aviso de Cartagena con despacho, para que aquel gobierno se comprendiese dentro de la jurisdiccion de la Audiencia; y con otro para que el Mariscal Quesada se pusiese don, y así lo llamasen: merced de grandísimo aprecio hasta aquellos tiempos, porque en el decreto de tres letras se declaraba la suma de muchos méritos, como se vió en la primera que se le hizo á Fernando Cortés despues de sujetar un Imperio, y que sí en la presente éra no se practica, es porque ya no hallan los Reyes sujeto desembarazado en quien puedan hacerla.

Con estos despachos llegó tambien la noticia de haberse perdido casi toda la flota del cargo de Cosme Rodríguez Farfan, en Arenas gordas, sobre la costa de Zahara: fatalidad lastimosa que ocasionó la tormenta continuada que corrió desde las Terceras, con las trágicas circunstancias que refiere el Licenciado Castellános en la tercera parte de su historia Indiana, siendo una de ellas haberse ahogado Alonso Téllez, Juan Martínez Gayoso, Beltran de Góngora, Andres López de Galarza y el Adelantado don Pedro de Heredia, que naufragó en el Galeon de Cosme Buitron, eu que pasaba á estos Reinos, poniendo término con su muerte á la borrasca de residencias en que siempre se halló engolfado. Fué uno de los caballeros más bien dispuestos y valerosos que han pasado á las Indias, y á no haberse cegado con los resplandores del oro, hubiera pasado la carrera de su gobierno sin tantas caidas como le ocasionó la ceguera. De los sepulcros del Zemi sacó más tesoros que desengaños, y de las entradas que hizo á la provincia de Antioquia volvió con más escarmientos que oro, y á no haberle descubierto brecha sus enemigos por la ocultacion de los quintos, ni el mal tratamiento de los naturales, ni los encuentros con dos Obispos, hubieran sido parte para continuar la batería de tres residencias que dejaron á don Antonio y don Juan, sus hijos, con más limitada herencia que la correspondiente á sus relevantes servicios.

Si fué grande en Cartagena el sentimiento de la muerte de su Adelantado, mucho mayor fué en Santafé, y más general el que se tuvo por la de los dos Oidores Góngora y Galarza:  amábanlos como á hijos todas las ciudades del Reino, y lloraban su desgracia como las madres más interesadas. Reconocian los vecinos haberlos venerado siempre como á padres, y lamentaban pérdida tan sensible con la fineza de hijos. Habian experimentado en el tiempo de su gobierno seguras las honras y las haciendas, y premiados los méritos, y prorumpian en maldiciones contra quien habia sido la causa de tan infelice desastre. Nunca estuvo el Reino más fuera de sí, ni Montaño más aventurado á las temeridades de un vulgo sentido y pudo atribuirse á milagro haberse refrenado al respeto de la gente noble que lo persuadia, aun cuando la noticia de haberse ahogado Téllez y Gayoso los desesperaba de que habia de tener término su mal gobierno, por haberse perdido los papeles que justificaban sus tiranías. Verdad sea que no era tan falto de esperanza el aviso, que no se afirmase haber escapado el Contador del Reino que iba en diferente navío, y con mejor fortuna habia llegado á salvamento en uno de los puertos de Portugal; pero todos estos acaecimientos, que debian reducir á Montaño á la consideracion de lo mucho que debia á las esperas del sufrimiento Divino, las aplicaba tan mal, que el naufragio del Presidente Arbiso, la dejacion del Licenciado Bribiesca, la rota de Hoyon ántes de aventurarse con él en campaña, el escape de la invasion de Pedro Braquez en Santa Marta, el naufragio de los dos Oidores y las muertes de Téllez y Gayoso, que habian de labrar remordimientos en su mala conciencia, las atribuia á providencia especial con que Dios aprobaba la forma de su gobierno y disponia su satisfaccion en castigos de los que se le mostraban contrarios; pero por más nieve que caiga del cielo no dejará de sudar el que está metido en el baño, de que resultaba pagar en moneda de obstinaciones cuanto recibia en partidas de beneficios. Y en esta ocasion, y no Antes de llegar este aviso, como parece de la relacion de Quesada, me persuado á que Briceño se alentó á aprehenderlo con la aprobacion del Obispo y Fiscal y del mismo Quesada, pues en otra ninguna llegó á tantas demostraciones el despecho de los agraviados.

Con la novedad de la agregacion de Cartagena á la Audiencia del Nuevo Reino, y con el pesar de la muerte de su padre, se resolvió don Antonio de Heredia á subir á Santafé, donde quejándose del doctor Maldonado y su Teniente Quintanilla, pudiese tomar satisfaccion alguna de perjuicio tan lamentable para su casa. Llevaba en su compañía al Escribano de Cabildo de Cartagena con semejante demanda, fundados el uno y otro en las enemistades que corrian entre el Fiscal y Montaño, de que tenian noticia; y á la verdad no se engañaron, pues sin que bastase haber dejado el Fiscal el gobierno á Quintanilla en confomidad de las órdenes que para poderlo hacer tenia del Consejo, fueron bien oidas las quejas, porque el mismo Montaño las fomentaba. Era la pretension de los quejosos que se les despachase residencia en que fuesen oidos todos los agraviados, y para ello se proveyese de nuevo Gobernador, porque corriese con más libertad el juicio ; y como entónces no estaba derogada la facultad de que las Audiencias pudiesen con causa residenciar á los Gobernadores, halló Montaño cuanto pudo desear para desunir á sus enemigos, encontrándolos unos con otros con el pretexto de hacer bien á todos: y para conseguirlo puso luego la mira en que se nombrase por Gobernador de Cartagena al Mariscal Quesada, íntimo confidente de Briceño y Maldonado, pareciéndolo que llevando la residencia de este último, quedasé Briceño solo y falto del calor que le daban, para que le contradijese cuanto intentaba, y Juez y residenciado quebrasen de suerte que no los coligase otra vez la conveniencia de serle contrarios.

Son los mal intencionados de futilísimos ingenios, siempre que pretenden aplicar los discursos al perjuicio de hacer mal á otros; y fundaba el suyo Montaño en que el Mariscal, en quien dominaba el concepto de la propia entereza con que obraba en justicia, y el Fiscal de condicion tan delicada, que se habia de mostrar impaciente á los golpes de la residencia, por blandos que fuesen, no era posible se conservasen puestos en lance forzoso de que alguno de los dos hubiese de faltar á las operaciones que le arrastrase su genio. Con esta mala intencion arrojó en el Acuerdo el pomo de la discordia en la propuesta, cautelando los fines con la representacion de que se reparase en la candidez de su celo, pues á sus mayores enemigos, como lo eran Quesada y Maldonado, correspondia con demostraciones tan desapasionadas, que al uno le daba el gobierno de Cartagena y para el otro elegia a su mayor amigo por Juez de la residencia: y aunque al principio de la propuesta se exasperé algo Briceño, maliciando que debajo de la capa de aquel beneficio se ocultaba algun daño, considerando despues la calidad de la persona elegida para el gobierno, tuvo por preciso el venir en ella, remitiendo al mismo Montaño hablase al Mariscal en aquella razon, como lo hizo, valiéndose de la persuasiva eficaz con que facilitaba cualquiera medio encaminado á vengarse para lo cual, entro blandas palabras, le ofrecia firme amistad en lo venidero si aceptaba el cargo; pero el Mariscal, que lo tenia bien conocido, resistíase valerosamente considerando de cuánto descrédito le seria admitirlo de quien tantos males habia hecho al Reino que habia ganado; y aunque le dió tiempo para pensar en ello, estábase firme en la repulsa, hasta que las persuasiones y rendimientos de Montaño fueron tales, que hubo de rendirse á su ruego, con desapoyo de cuantos lo conocian, culpando con mucha razon la flaqueza ó temor que habia mostrado con dejarse obligar de quien tan mal lo miraba, y haberse de ausentar de Santafé, desamparando á los que perseguidos no tenian más defensa que la que solia interponer con su pluma.

Hecho este nombramiento por la Real Audiencia, en quien residia el gobierno, y ántes que el Mariscal saliese para Cartagena, trató el Obispo don Fr. Juan de los Bárrios de reformar los desórdenes con que los doctrinantes de los indios, así eclesiásticos como seculares, pervertian los medios con que se habia de plantar en ellos la fe; pues como ya dijimos, los religiosos que habian pasado en misiones al Reino, ni obedecian á sus Superiores ni desterraban de sí las ansias de vagar de unas provincias en otras, de que se originaba no hacer fruto en alguna de tantas como necesitaban de obreros y sí algunos (que fueron muy pocos) se ajustaban á su sagrado instituto, aplicábanse á la asistencia de las ciudades, con el fin de fabricar conventos y hospicios, dejando á los otros y á los Encomenderos el manejo de las doctrinas de los indios, donde puesta la mira en sus intereses y no en la conversion de aquellas almas, que casi siempre recibian el Santo Bautismo, sin pensar que la ceremonia pasaba de ser labatorio de las cabezas, reducian la educacion de los pequeños á que sirviéndoles creciesen á vista de sus relajaciones, y la enseñanza de los mayores á sacar frutos crecidos de su trabajo, sin aprender de su idioma más cláusulas que las precisas para pedirles oro y demas géneros que tenian, cuando no bastaba haberlos pedido por señas. Bien sé que el Arzobispo Gonzaga afirma en su crónica que los religiosos Franciscos convirtieron en este Reino, desde que entraron en él, á más de doscientos mil indios; y más abajo prosigue dando la causa: Porque apénas se hallará (dice) fraile en aquellas partes, que el que ménos no haya bautizado por su mano cuatro y cinco mil indios. A que añade el Padre Daza en su Crónica general, parte cuarta, libro primero, capitulo trece: Que de todos estos números de bautizados se hizo minuta y catálogo el año de mil quinientos y ochenta y dos; pero todos ellos, y los demas que aumentaron los clérigos y demas religiosos, débense contar como frutos desde este año hasta el de ochenta y dos, en que tanto fomentaron los Presidentes y Arzobispos la conversion verdadera de los indios; con que se compone lo que vamos diciendo con Quesada, con lo que afirmaron escritores tan graves.

Hallábanse tambien algunos clérigos de quienes pretendió valerse el Obispo Calatayud y lo continuaba el sucesor, haciéndoles cuantos partidos lícitos pudieran pintar para sus conveniencias; pero habianse ejercitado los más en las conquistas, sirviendo ménos de capellanes que de soldados, y reducian la predicacion evangélica á puñadas y azotes. Con cuánta lástima escribo las miserias de aquel siglo! Con cuánta admiracion he leido la relacion de algunos que fingieron brutalidad en los indios, por no confesar las omisiones en que fueron culpados! Al fin, viendo el Obispo Bárrios que despues de diez y ocho años que el Reino se habia conquistado, los españoles no dejaban los bandos, los sacerdotes, en vez de apagarlos, los encendian, y que entre los indios apénas se hallaba quien fuese instruido en los primeros rudimentos de la fe, pudiendo ya ser catedráticos en las sutilezas de la codicia española, promulgó Sínodo Provincial para la reformacion de tantos abusos. Fué el primero que se celebró en aquel Reino; y aunque no con el concurso de letras que pedia funcion tan sagrada, halláronse en él los dos Oidores y Fiscal de la Audiencia, el Mariscal don Gonzalo Jiménez de Quesada, el Dean, Chantre y Canónigos que habian subido á Santafé con el Obispo, y algunos clérigos y religiosos que parecieron precisos. He visto algunas veces las acciones de este Sínodo, y verdaderamente se dispusieron en él cosas muy justas (no debió de ser poca parte para ello la oposicion que Montaño mostraba á los conquistadores, por lo que resulté en favor de los indios;) pero descaeció brevemente su observancia por algun dejamiento del Obispo, ocasionado quizá de que los encuentros de los Oidores embarazaban los utilísimos efectos que pudieran sacarse: sin embargo de todo, tuvo algun reparo con las censuras la desenfrenada codicia de los Encomenderos, y reconocieron los curas que tenia castigos la Iglesia para los deslices con que administraban su oficio; y con la ereccion que luego se hizo de doscientas y más iglesias en pueblos de indios á costa de sus Encomenderos, se dió algun principio á solicitar con más veras los aumentos del rebaño de Cristo.

Concluido el Sínodo, pidió don Antonio de Heredia se le mandase al Fiscal Maldonado pareciese personalmente á ser residenciado en Cartagena: pretension gobernada por Montaño, y en que vino Briceño contra el parecer de cuantos bien intencionados le aconsejaban lo contrario, para desvanecer el descrédito en que lo tenian puesto sus facilidades, aunque se disculpaba con la prudente atencion de tener divididos al Fiscal y á Montaño, por la enemistad que tenian, y ser tan poco el sufrimiento de ambos, que recelaba llegasen á lances de algun rompimiento escandaloso hallándose juntos. Y así, no pudiendo el Fiscal negarse á lo que se le ordenaba, ni el Mariscal á la administracion del oficio que tenia aceptado, fueron con esta cautela echados de Santafé ; y bajando uno en pos de otro á Cartagena, se dió principio á la residencia, que no fué poco ruidosa, porque en llegando á hacerle algunos cargos á Maldonado, allí empezaron las quejas y voces en que suelen prorumpir los hombres vidriosos, especialmente aquellos que juzgan debérseles por algun respeto el buen éxito de sus dependencias, aunque sea obrando contra justicia: y como era uno de éstos Maldonado, no bastaban disculpas secretas para persuadirle al conocimiento de la blandura con que el Mariscal procedia; de suerte que los discursos de Montaño no habian sido tan mal fundados que no se viesen cumplidos á la letra sus anuncios.

Lo cierto fué que ni el Fiscal hubiera procedido tan imprudente, ni el Mariscal tan templado, si ya no corriera en la ciudad por cartas que se habian recibido de estos Reinos, que al reo lo habian promovido á la plaza de Oidor, cosa que el mismo Mariscal habia deseado mucho; y así, teniendo el uno y el otro sobradas causas para volver á su antigua amistad, y atendiendo á que muchos de los interesados en la residencia pretendian que se remitiese al Consejo en el estado en que estaba, por el recelo que ya tenian de que el Mariscal favorecia á Maldonado, sobre que se habian interpuesto algunas recusaciones que todo lo embarazaban, hubieron de convenir ambos en que así se hiciese, por lo poco que se debia temer de lo escrito, y á Maldonado se le diese licencia para volver á Santafé á esperar los despachos de su nueva plaza ; donde en el interin de esta ausencia, hallándose Montaño con Briceño á solas, habia ejecutado, con más desahogo que ántes, otras muchas de las injusticias y sinrazones de que se alimentaba su ira; pero cuando vió á Maldonado en el Reino, luego conoció lo poco que le habian aprovechado sus trazas, y volvió con más fuerza á tratarlo con el mismo imperio y lenguaje que de ántes, afeando lo mal que habia procedido el Mariscal en la residencia que llevó á su cargo.

Ya por este tiempo habia llegado á la Corte la noticia del naufragio de la Armada de Indias, y de la muerte de los dos Oidores y Escribanos de Cámara, y con la relacion que sobre lo sucedido hizo al Consejo el Contador del Reino, de las continuadas injusticias que en él obraba el Licenciado Montaño, se habia consultado cuanto convendria aplicar luego el reparo para tantos inconvenientes, y resuelto elegir la persona del Licenciado Alonso de Grageda, Oidor que habia sido de la isla española, y á la sazon estaba en la Corte, para que, llevando plaza de Oidor de Santafé, con la antigüedad correspondiente al tiempo que lo habia sido en Santo Domingo, residenciase á Montaño y lo remitiese á estos Reinos (de que ya se tenia aviso en los de Indias por cartas que por vía de Islas habian pasado á Cartagena) de que se le dieron por el Consejo los despachos ordinarios; y aun fué tanta la providencia que tuvo en este negocio, que libré otra comision secreta al Licenciado Tomas López, Oidor de Guatemala, que estaba proveido en lugar de Galarza, como dijimos, para que estando en el ejercicio de su plaza la publicase, suspendiese luego á Montaño y procediese á tomarlo residencia: aunque se le advertia por instruccion que solamente lo ejecutase en caso que Grageda muriese en el camino, como le habia sucedido al Presidente Arbiso. Pero como el título de su promocion debió de ir juntamente, y debajo de una cubierta con el que Montaño llevó para entregar á Galarza en caso que no lo hallase notablemente culpado, para que en Guatemala se lo entregase, y Montaño lo retuvo, como se ha dicho, jamas llegó este despacho á aquella ciudad, aunque la promocion de Tomas López era pública en ella por lo que parecia de las Gacetas y relacion del Secretario de Indias: con que él se estuvo en el servicio de aquella plaza más de tres años, hasta que el Licenciado Quesada, que fué por Presidente de aquella Audiencia, lo mandó salir para Santafé, donde sin duda hallaria  el despacho del Rey, y atenderia al reparo de los males que en él corrian.

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