CAPITULO IV
ARMENDARIZ BAJA PRESO Á CARTAGENA PARA QUE ALLÍ LE RESIDENCIE
MONTAÑO.-EL CAPITAN AVELLANEDA FUNDA LA CIUDAD DE S. JUAN DE LOS
LLANOS.-EL ADELANTADO HEREDIA Y LOS OIDORES GÓNGORA Y GALARZA SE
AHOGAN EN ARENAS GORDAS.-PASA MONTAÑO Á SANTA MARTA, PÓNESE LA
PRIMERA TASA AL TRIBUTO DE LOS INDIOS, Y URSUA PASA Á PANAMÁ DONDE
ROMPE EL PALENQUE DE LOS NEGROS.
VIÉNDOSE Montaño combatido de tantos recelos cuantos le causaban
sus enemigos, puso la mira en sentenciar con Briceño la residencia
de Miguel Diez de Armendariz, que puesto en prision esperaba el fin
de sus infortunios con más paciencia que la que mostró tener con
Alonso de Zurita, con quien por mal que le fuese hubiera tenido
mejor éxito que el que lo amenazaba. Oidos, pues, los cargos y
acusaciones puestas por los Caquecios, que se daban por los más
agraviados, satisfizo en la forma que puedo un desvalido á quien
los más íntimos se retiran ó declaran neutrales. Lastimábale á
Briceño ver aquel hombre, de quien habian temblado tantas
provincias, en tan miserable fortuna, y más habiendo sido recto
administrador de la justicia y ejemplo singular de jueces en
limpieza de manos aunque por deslices de la fragilidad humana y
artes de Alonso Téllez, hubiese caido en algunos errores culpables
que le oponian. Contrarios efectos causaban estas consideraciones
en Montaño, para inclinarlo á diferente dictámen; ¿ pero cuándo el
tigre no se enfurece con lo mismo que se desenoja el loco, para que
sea mancha en el uno lo que es corona en el otro? y así, pudiendo
más la crueldad de Montaño que la compasion de Briceño, convinieron
en sentenciarlo rigurosamente, y en que lo bajasen á Cartagena,
donde tambien lo habia de residenciar el mismo Montaño de los
excesos que le imputaban haber cometido en el ejercicio de las
comisiones que tuvo en aquella ciudad.
Pronunciada la sentencia, acudieron luego los ministros
inferiores á la cárcel á cobrar sus derechos de Armendariz, pues
aunque de ella habia interpuesto apelacion para el Consejo, eran
exequibles las costas: á que respondió no tener más bienes que los
vestidos con que se cubria; y siendo tan notoria verdad, anduvo tan
descomedido el Escribano, que le quitó la sobreropa de los hombros,
dejándolo en jubon á vista de los que se hallaban presentes, y
ojalá fuese á la de cuantos rinden adoraciones indignas por
conseguir tales cargos. Tenia á las espaldas al Capitan Luis
Lanchero, el más agraviado de Armendariz, y quien le habia seguido
con más teson en la residencia; pero viendo el desacato del
Escribano lastimóle de suerte que quitándose una capa de grana que
llevaba puesta, cubrió con ella no solamente su desnudez, sino las
crueles prisiones en que lo tenian. Volvió entonces el rostro
Armendariz para reconocer á quien habia usado con él de compasion
tan hidalga, y díjole entónces Lanchero: Pues señor, no hay ninguno
de los favorecidos en otro tiempo que asista á V. S. en el
presente? á que respondió Armendariz: No, porque en el tiempo de
ganar amigos, elegí lo peor, señor Lanchero. Bien claro ejemplo el
uno y el otro de la templanza con que los nobles deben portarse con
los caídos, por enemigos que sean, y del extremo de infelicidad á
que suelo llegar quien más afortunado se asegura en el puesto.
No solamente manifestó su nobleza Lanchero con lo que va
referido, pero pagó tambien todas las costas y costos de que
necesitaba Armendariz para bajar decentemente á Cartagena, por la
priesa que le daba Montaño, con fin de hallarse en aquella ciudad
ántes que se partiese la Armada y de tenor lugar para componerse
con Alonso Téllez, que era quien más cuidado le daba: y por no
hacerlo sin que alguna crueldad lo malquistase de nuevo, dió en
persuadir á Briceño á que revocase el nombramiento de Gobernador de
Popayan, que habia hecho en Pedro Fernández del Busto, ó porque le
daba en rostro las acciones piadosas, á porque no habiendo sido
suyo el acierto, queria tener parte en la injusticia que todas
tendrian por suya. Resistióse á los principios Briceño ; pero
crecieron de suerte las instancias de parte del compañero envueltas
en amenazas y voces, que hubo de ceder con la ordinaria disculpa de
que no quería ser causa de la perdicion del Reino; sí bien fué muy
poco el tiempo que dejó de gobernar Pedro Fernández del Busto,
miéntras llegó el sucesor propietario. Con la ejecucion de esta
galanteria, tan propia de Montaño, salió para Cartagena, llevándose
por delante á Miguel Díez de Armendariz, y por las espaldas al
Capitan Pedro de Ursua, que con Francisco Diez de Arles, Martin
Diez de Arrnendaríz y otros cinco ó seis camaradas, lo seguia con
fin de asistir al tío en su residencia y solicitar forma de huir el
cuerpo á la pasion con que hombre tan malo miraba sus
dependencias.
Apénas salió Montaño de Santafé, cuando Briceño, inclinado á la
pretension que muchos dias ántes tenia el Capitan Juan de
Avellaneda de salir á nuevas conquistas, con fin de retirarse de
los riesgos en que los de su parcialidad estaban metidos con la
borrasca de aquella visita, trató de ocuparlo en parte, donde sin
contravenir á la prohibicion que subsistía, diese claras muestras
de la fineza con que debía emplearse en servicio del Rey. Habia
este caballero, como uno de los que entraron con Fedreman,
considerado de cuánta reputacion seria la conquista y población de
alguna parte de los Llanos de S. Juan, por la muchedumbre de indios
que en olios habia, y por el mucho útil que de conseguirla podría
aumentarse á la Corona de España, respecto de las esperanzas que
prometían sus dilatadas provincias, donde no pocas veces
encontraron muestras de oro finísimo y admirables sitios para
nuevas ciudades, de que forzosamente habia de necesitar el Nuevo
Reino, no solamente para los comercios, sino para que sirviesen de
escalas á la conquista espiritual de Obreros Evangélicos que
pretendiesen trabajar en la reduccion de otras muchas provincias y
Reinos confinantes que habia en el corazon de los Llanos, cuyas
noticias arrastraron tantas veces á los Cabos alemanes para que
experimentasen su corta fortuna; y así, llevarlo de estas
consideraciones, que forzosamente hubo de comunicar á Briceño, á
quien y al Mariscal Quesada no desagradaron, se redujo á quedar
satisfecho con que se le concediese esta empresa, como la
consiguió, disponiendo hacer su entrada por el mismo camino que
abrió Fedreman para el Reino.
Eran muchos los que pretendian seguir á este Capitan en la
faccion que emprendia; pero experimentado él en el número de gente
que bastaria para conseguirla, lo redujo á setenta infantes, los
más de ellos de los Caquecios, entre quienes iban Domingo Ladron de
Guevara, señor que fué de Facatativá, Nicolas Gutiérrez, que lo era
de Usme, Alonso de Aponte, Francisco de Aguilar, Diego de Vergara,
Diego López Vela, Peralta y otros, con quienes siguió su derrota,
extraviándola desde Fosca por los confines de los Buchipas, indios
de poco ánimo y mucha cautela con quienes tuvo algunos encuentros
de poca consideracion, hasta que despues de caminadas más de
noventa leguas por páramos, derrumbaderos y montañas, en que perdió
los pocos caballos que llevaba, hubo de vencer las fragosidades de
la cordillera grande, que atraviesa todas las Indias, hasta que al
costo de su perseverancia y fatigas, arribó á los Llanos por la
parte que hace frente al Reino de Bogotá la nacion de los
Guaybas.
Estos Llanos, á quienes impropiamente da nombre de Valle D.
Bernardo de Várgas en su descripcion de las Indias, corren Norte
Sur desde el rio de la Canela y faldas de la cordillera, que
algunos llaman del Dorado, por más de seiscientas leguas, hasta
encontrarse con las aguas del mar del norte por aquellas partes en
que desemboca el rio de las Amazonas, Orellana ó Marañon. Tiene de
latitud, segun los tanteos diferentes que hicieron de ellos por
distintos rumbos, á doscientas y á trescientas leguas. Riéganlos
algunos de los más caudalosos rios que hay en las Indias, como son
el Meta, que perdiendo el propio nombre por juntarse con el Orinoco
(que nace como él de la cordillera grande á las espaldas de
Santafé) desemboca enfrente de la isla de la Trinidad. El Iscance,
el Papamene, el Guay-baro y otros con él, que por socorrer con
crecidos raudales al Marañon, que sirve de foso á los Llanos por la
parte del Brasil, confunden de suerte la certeza de su origen, que
apénas podemos asegurar que sea á las espaldas de la gran ciudad
del Cusco. Lo más singular que se ha visto en esta dilatada y
espaciosa grandeza de tierra llana, aunque montuosa, son dos peces
singulares de más del tremelga, de que ya hemos dado noticia; el
uno que se cria en el poderoso rio Iscanse, que Entra en el Marañon
(sobre quien se fundó despues la ciudad de Simancas en veinte y
seis de Junio del año de mil quinientos y ochenta y tres), y sigue
las Canoas, dando fieros bramidos, á quien los naturales llaman
Perro de agua: y el otro en rio Verde, de cuerpo muy pequeño, que
arrimándose á las embarcaciones las detiene, sin que haya fuerza
humana que las pueda mover, hasta que con la mano lo quitan, para
crédito no solamente de que hay rémoras, sino que tambien se crian
en rios las que se han dudado tanto en el mar. Hállanse tambien en
las montañas de estos rios aves del tamaño de gallinas, que tienen
toda la carne atravesada de espinas, como si fuera peje, cosa no
ménos maravillosa que las pasadas, y que afirma escritor de tanto
crédito como el que allanó aquellas provincias.
Estaba, pues, la nacion de los Guaybas, á que dijimos haber
arribado Avellaneda, de la otra parte de una vega de dos leguas de
travesía y más de treinta de longitud, que hace el celebrado rio de
Guape, dividido casi siempre en más de veinte brazos que facilitan
su esguazo; y como los indios de su natural fuesen poco guerreros,
y la continuacion de las entradas de alemanes y españoles los
tuviese amedrentados, sin dificultad quedaron sujetos, y los
nuestros dueños de la provincia. Era este sitio que ya ocupaban y á
quien Fedreman llamó de la Fragua, muy conforme á los designios de
Avellaneda, así por el buen temperamento como por la disposicion
que ofrecia para cria de ganados y semillas, fundamente único de la
conservacion de las provincias; y porque á poca distancia se
descubrian muestras del oro más fino que hasta entónces se habia
hallado en una quebrada que llamaban de Auza, á que se llegaba la
muchedumbre de varias naciones que la rodeaban y de que necesitaba
el beneficio de las minas y labor de las tierras: motivos todos que
le obligaron á fundar sobre un arroyo nombrado Cunimia, en dos
grados y medio de latitud de esta banda del Norte, una ciudad á
quien de su nombre puso el de San Juan de los Llanos, eligiendo en
ella Alcaldes y Regidores que la gobernasen, y desde donde corrió
la tierra con tan buena fortuna, que habiendo sujetado en pocos
meses á distancia de siete leguas las naciones de los Magnanes,
Curabanes, Camajaguas, Operiguas y Guamenes, y otras muchas que dió
en repartimiento á los pobladores; y habiendo descubierto los
Sarayes y Bayanonzas á distancia de veinte leguas, dió vuelta á
Santafé á dar cuenta de su conquista y de la ciudad que dejaba
fundada, y ha salido de ménos útil que se ímaginó á los principios,
pues aunque se erigió por cabeza de gobierno, y en él se continuó
con perpetuidad y por sucesion en la casa del Capitan Alonso de
Olalla Herrera, y los caballeros de esta familia dilataron su
gobierno hasta la ciudad de Caguan, que por órden de Juan López de
herrera fundó Gaspar Gómez despues, señalándose siempre en la
guerra, como tambien Antonio de Olalla, su hermano, á quien vimos
sujetar con teson invencible la nacion feroz de los Bayanonzas, en
que no tuvieron poca parte las armas auxiliares de los Coyaimas,
todo ello no ha bastado para que el gobierno y la ciudad no hayan
declinado, ni para que familia tan benemérita tenga premio que
acuerde los servicios de sus pasados.
Ya por el tiempo que Avellaneda entraba en los Llanos, habia el
Licenciado Montaño arribado á Cartagena, donde gobernaba el doctor
Maldonado por haber suspendido á Don Pedro de heredia, su
Adelantado, que en seguimiento de su causa trataba de volver á esta
Corte; y como las noticias de Montaño estuviesen tan derramadas en
la Costa, y la comunicacion con Góngora y Galarza no solamente
hubiese descubierto sus prendas amables, sino acreditado de peor la
mala opinion que del otro corria; ni en Maldonado tuvo el apoyo que
se ideaba su desvanecimiento, ni en los vecinos el correjo á que
estaba enseñado, porque como aquella ciudad no estaba sujeta á la
Audiencia de Santafé, y las sumisiones sean hijas de la
dependencia, dábaseles muy poco de la soberanía con que pretendia
entablar sus comisiones, y ponían todo el conato en festejar á los
dos Oidores, que ofendidos de la sentencia que les habia dado, más
la retencion de sus títulos, no hacian caso de su altivez, ni
saludaban aunque se encontrasen con él. Alonso Téllez, por
consiguiente, aunque solicitado por terceras personas, no quiso
amistarse ni verse con él, y estábase en el navío lo más del tiempo
que gastaba Montaño en persuadirlo, que no fué de pocos días, hasta
que desesperado volvió la proa contra Armendariz, á quien favorecia
en todo lo posible el doctor Maldonado, no para embarazar el
progreso de la residencia, porque no le aconteciese lo que á
Góngora y á Galarza, sino en el tratamiento de su persona; lo cual
podia muy bien hacer por tener la cárcel á su disposicion, donde
aunque el uno le agravase las prisiones con rigor, el otro se las
aliviase con piedad.
En este intermedio salió de Cartagena la Armada á cargo del
General Cosme Rodríguez Farfan, y en ella venian el Adelantado D.
Pedro de Heredia, los dos Oidores Góngora y Galarza, el Contador
del Reino Juan Martínez Cayese y Alonso Téllez, y no Pedro de
Ursua, que escapó de la fatalidad que padeció esta Armada en el
Océano, para perecer en ora, que por disposicion más alta se le
prevenia en el Marañon. La causa de su detención fué por ver el
paradero de aquella segunda residencia, que por más que la
aguijoneaba Montaño daba muy poco de sí; ó porque generalmente se
miraba con ojeriza la mala intencion que se traslucia en Montaño; ó
porque lastimados de Armendariz, los más quejosos se daban por
satisfechos con lo que veian: verdad que acreditó el ánimo generoso
del Capitan Nuño de Castro, el mayor enemigo que le habia granjeado
sus comisiones; pues dándole á entender Armendariz el miserable
estado en que se hallaba, no solamente se compadeció para desistir
de capitularle, pero se extremó de suerte en socorrer sus
necesidades, que advertido de cuanto se extrañaba verle obrar tan
piadoso con quien habia usado con él de tantas sinrazones,
respondió como quien era, que si por ley Divina era obligado á
hacer bien á quien le habla hecho mal, por leyes del mundo se
hallaba en preciso empeño de proceder en aquella fineza con
Armendariz, pues valiéndose de él confesaba el honroso concepto que
tenia hecho de su persona. Con este ejemplar obraban los demas
vecinos tan hidulgamente, que más se extremaban en servirle que en
molestarle.
Nada de todo esto aprovechó para que Montaño, con culpa ó sin
ella, dejase de darle sentencia bien parecida á la primera, sobre
que le agravó las prisiones, y tratando de pasar á Santa Marta hizo
muchos requerimientos al doctor Maldonado para que en la primera
ocasion lo remitiese á estos Reinos; pero éste, que á nada se
inclinaba ménos que á darle gusto á Montaño, le quitó luego las
prisiones, y señalándole por cárcel la ciudad, lo dejó andar libre
hasta el año siguiente, en que lo remitió en la Armada, y llegó á
Sanlucar, donde supo la mala cuenta que tomé de la isla habia
dejado del oro que le dió en confianza: duro golpe para quien habia
de litigar como reo, donde ni se piensa que vuelvo pobre Gobernador
alguno de Indias, ni se presume que hay en ellas Juez que sea
limpie de manos. Al fin, como pudo llegó á Valladolid á buscar
amparo en los mismos que lo favorecieron al tiempo de sus
pretensiones; pero las quejas que se habian dado de sus desórdenes
los tenian tan trocados, que lo fiscalizaban en vez de favorecerlo:
tanta suele ser la impresion que hacen los primeros informes aun en
los más supremos consejos. Su modestia, empero, acompañada de lo
esclarecido de su sangre y la consideracion de su desinteres en la
administracion de justicia, concluyeron con crédito sus
dependencias, dejándolo escarmentado de haber pretendido para las
Indias, y así puesta la mira á más seguro estado para salvarse,
eligió el eclesiástico, y conseguida con facilidad una Canongía de
Siguenza, acabó en ella loablemente la vida, sin escrúpulo de
restitucion que lo inquietase en la muerte, cuya noticia he
anticipado aunque acaecida algunos años despues, por si no tuviere
lugar de referirla á su tiempo.
De acciones tan encontradas como las que obraron el Oidor y el
Fiscal Maldonado con Armendariz, quedaron tan enemigos como lo
dijeron despues los efectos, aunque de presente el uno se daba por
contento con ver sentido al otro de las atenciones con que habia
tratado á Armendariz, á quien él perseguia; y Montaño libraba su
despique en amenazas para cuando se viesen en Santafé, donde
esperaba vengarse. Con estos buenos propósitos y el sentimiento de
no tener inferiores en que romper su cólera, tomó la vuelta de
Santa Marta, á quien gobernaba Luis de Villanueva, manteniendo la
paz asentada con los Taironas, despues de la batalla de los pasos
de Origua. A éste, pues, ó por los daños que en la costa habian
hecho algunos corsarios, ó por no dejar hombre de méritos sin que
lo tiznase su pluma, investigó delitos que imputarle para
suspenderlo, y tomarse el gobierno miéntras de Santafe mi nombraban
Justicia Mayor de aquella provincia; pero como ella estaba tan
pobre por la poca seguridad con que los vecinos podian extenderse á
labrar minas y cultivar la sierra poblada de Taironas, se hubo de
contentar con buenos deseos, y determiné pasar, como lo hizo, á
Salamanca y no de la hacha, donde se sacaban las perlas sin causa
que lo honestase, por no ser aquellas ciudades de la jurisdiccion
de la Audiencia de Santafé; pero habiendo tomado tal resolucion,
claro se está que no seria con el fin del otro Emperador, que pasó
á los fines del Océano á coger solamente por triunfo de las
conchillas que arroja á las playas.
De esta ausencia de Montaño, que todo lo embarazaba, queriendo
aprovecharse el Obispo, propuso á Briceño lo mucho que convendria
dar medio para que se reformase la exorbitancia de los tributos que
de los indios cobraban sus Encomenderos, pues siendo arbitrarios
como lo habian sido hasta entonces, ni tenian caudales para
contribuir á su antojo, ni era paso aquel para mantenerse en las
indias, que últimamente habia de ser con el trabajo de sus
naturales, cuya conservacion pendía de tantearlo de suerte que no
faltando á un moderado tributo, pudiese fructuarles tambien para el
sustento de sus familias. Fuele grata á Briceño la propuesta, por
lo que interesaba su crédito del buen éxito de ella; y así,
acompañándose con el Obispo y Mariscal Quesada, hizo tasa de los
tributos que debian pagarse; que si bien fué crecida, por no
desabrir del todo á los interesados, fué digna de alabanza, por
haber sido la primera en que á los conquistadores se les privo de
cobrarla á su arbitrio. Siguióse á ella la entrada de Montaño en
Santafé, siempre celoso de que la menor cosa del Reino se
resolviese sin el influjo de su dictámen: por esta causa dió luego
en afearla, y más la eleccion de Avellaneda para la poblacion de S.
Juan de los Llanos, con cuyos motivos se fué mostrando más
incomportable que lo habia sido de ántes, y empezando por el apoyo
que pretendia se le diese á sus intempestivas resoluciones,
consiguió de Briceño que nombrasen juntos por Justicia Mayor de
Santa Marta al Capitan Luis de Manjarrés, en que únicamente obré
con justicia en todo el progreso de su gobierno, aunque basté haber
tenido parte en esta eleccion, para que á este caballero lo tomasen
por su cuenta las desgracias, como lo mostró el suceso.
Por este año, pues, tan memorable por la renunciacion que en él
hizo el César, así del Imperio Romano como de toda la Monarquía que
dominaba, se proseguia la guerra entre las dos Coronas de Francia y
España, con más porfía que nunca, pues no bastando para apagarla
las frias cenizas de los dos mayores émulos que la principiaron,
tenia puestos á los sucesores de su ardimiento en lances de
comenzarla de nuevo. Por esta razon nadaban en sangre muchas
campañas de Italia; y algunos de los cosarios franceses, no
satisfechos con el interes que producen los mares de Europa,
pasaron á examinar los de Indias, tocando arma en todas sus costas
y embarazando el comercio de unas con otras. Señalábase entre ellos
por aquel tiempo Pedro Braques, que con cinco embarcaciones tenia
puestas en temor las plazas de más consecuencia ; pero como el que
tenian los españoles no quitase el que se acompaña con los
franceses, gastaba lo más del tiempo en reseñas del poder que
llevaban en presas de poca consideracion, hasta que por éste en que
vamos acometió á Santa Marta, auxiliado de una brisa deshecha, que
lo introdujo en su puerto. Bien quisiera Luis de Manjarrés acudir
luego al rechazo del desembarque; pero aquellos vecinos,
acostumbrados á las repetidas hostilidades del saco y vejaciones de
los piratas, vivian tan ajenos de tomar cólera por los agravios que
recibian, que libraban las prevenciones de su defensa en el corto
menaje de una hamaca, dos vestidos y cuatro sillas, para no tener
embarazo en retirarse con tiempo; y así, por más que trabaje su
Capitan en que se animasen, aprovechó lo que siempre; con que
viéndose tan solo que apénas le seguian seis hombres, hubo de
retirarse al monte á tratar del amparo de las mujeres que en él se
abrigaban, miéntras los cosarios, apoderados de la ciudad,
saqueaban las casas, que era el fin de la empresa: y si bien por
esta causa lo condujeron preso á estos Reinos, donde faltaban
noticias de la forma con que se portaban aquellos vecinos, pero en
desengañándose de que los mismos que huyeron fueron los primeros
que lo capitularon, con facilidad fué dado por libre, y se tuvo en
memoria para premiarlo despues.
Con estas malas fortunas corrian los de Santa Marta, cuando el
Capitan Pedro de Ursua y el Fiscal Maldonado, viéndose libres del
cuidado en que los habia puesto Armendariz, corriendo ya el año de
mil quinientos y cincuenta y seis, trataron á un mismo tiempo de
salir de Cartagena; el primero para el Perú, donde se prometia
servir con más benévola estrella; y el Fiscal para Santafé, dejando
por su Lugar-teniente á Jorge de Quintanilla, á que lo instaba el
peligro de hallarse en aquella plaza á vista de tantos cosarios
franceses; pero cuántas veces contradicen los sucesos á los
discursos! Cuál de ellos podrá desvanecer los efectos de
providencia más alta? Salió al fin Maldonado para Santafé, donde
huyendo de un riesgo se encontró con muchos peligros; y Pedro de
Ursua, para Nombre de Dios, desde donde por el derrotero de los
aplausos, lo arrastró la fuerza de su destino á que los terminase
un fin lastimoso. Puesto en Panamá, sin más intercesor que su
nombre, tuvo cuanta cabida pudo desear con el Marqués de Cañete, á
quien halló en aquella ciudad esperando tiempo para pasar al Perú.
habianle dado desde que llegó á Cartagena diferentes noticias de lo
que Montaño obraba en el Reino y como la relacion de Pedro de Ursua
subiese esta materia de punto, y la muerte del Presidente Arbiso,
que iba con él, lo fuese notoria, determinóse á remediar semejantes
desórdenes, nombrando por Presidente de Santafé al Arzobispo de
Lima, don Gerónimo de Loaysa, que tambien estaba en Panamá con fin
de venir á Castilla.
No era comprendido el Nuevo Reino en la jurisdiccion del Virey;
pero el celo de que no se perdiese por las tiranías de Montaño, le
obligó á valerse de una Real Cédula que llevaba, para que proveyese
lo conveniente en cualquiera tierra por donde pasase: flaco
fundamento para resolucion tan notable como la de nombrar
Presidente con órden de prender al Montaño y remitirlo á estos
Reinos; pero tal cual era, tuviérase por suficiente en el Reino,
como aquel hombre fuese removido del cargo, y por entónces bastó
para que el Arzobispo aceptase, aunque despues deshizo el ajuste,
porque Los partidos que para ello le hacian no le agradaron.
Padecíanse por aquel mismo tiempo grandes trabajos en Panamá, por
los que ocasionaba Bayano, negro belicoso que retirado á los
Palenques de esclavos fugitivos que habia en los montes, que corren
desde el Playon á Pacora, se habia hecho jurar Rey de aquellas
montañas, y más de seiscientos negros que obedeciéndole corrian la
tierra cerrando el paso de Panamá á Nombre de Dios, con las
muertes, robos y desafueros que ejecutaban en los caminos y ventas,
sin que humana diligencia bastase para librar las ciudades de
hostilidad tan penosa.
Parecióle al Virey no perder la ocasion de valerse de Pedro de
Ursua para el remedio: propuso á la ciudad la conveniencia de
nombrarlo por Cabo para allanar los Palenques, hízolo con la
esperanza de lo que obraria en guerra, que tanto cuidado le daba,
un Capitan de opinion tan plausible. Diéronle doscientos hombres
que le parecieron bastantes para la empresa, y con ellos, bien
proveidos de armas y víveres, desde Nombre da Dios penetró la
montaña en busca de Bayano, que noticioso de las prevenciones de
quien iba contra él, se retiró á las cabeceras del famoso rio que
baja por Chapo y Terable, con fin de fatigar en las marchas al
campo español y de no excusar la ocasion de encontrarse con él.
Sucedióle como lo pensó dentro de muy pocos dias; pero con la mala
fortuna de guerrear con hombre tan práctico, que le desvaneciese
cuantas emboscadas le facilitaban los rios y pasos estrechos.
Fueron muy repetidos los encuentros que tuvieron españoles y
negros, y dignos de relatarse uno por uno á correr por mi cuenta:
baste saber que en los más de ellos se llegaban á medir lanzas con
lanzas y espadas con machetes, ejecutando los unos arrestos de
gente desesperada, y tretas los otros de militar disciplina, hasta
que la continuacion de dos años de guerra con el tesen que estilaba
Pedro de Ursua, consumió gran parte de los enemigos, y amedrentados
los otros con haber caido Bayano en el lazo de una emboscada,
pidieron paces á Ursua con aquellas condiciones que pudieran
proponer habiendo vencido.
Con esta ocasion la tuvo para parlamentar con algunos negros
ladinos, y á pocos lances se convinieron en que Bayano pasase preso
á Panamá, de donde lo remitieron á España, dejando su mismo nombre
el famoso rio en que fortificó sus Palenques: que los que hubiesen
nacido en ellos quedasen libres, y á las demas entregasen para
volver á sus dueños: y finalmente quedasen obligados los Palenques
á no permitir en ellos negros fugitivos en lo venidero. Con estas
condiciones, asentada una firme paz que duró muchos años, volvió á
Panamá victorioso Pedro de Ursua, y de allí pasó á la ciudad de
Lima, donde su Virey, Marqués de Cañete, deseoso de limpiar las
provincias del Perú de las reliquias de gente baldía que habia
concurrido á los alzamientos de Don Sebastian de Castilla, Vasco
Godines y Francisco Hernández Giron, y de ocupar á Pedro de Ursua
en alguna conquista de reputacion, como lo eran las provincias de
que habian dado noticia los indios Brasiles que salieron á la de
los Motilones, y que se presumia habia descubierto el Capítan
Orellana, lo nombré por Gobernador de cuantas por aquel rumbo
descubriese y conquistase, ordenándole llevase cuanta gente
pareciese bastante para el efecto, como luego lo hizo, pareciendo á
las prudentes consideraciones del Virey, ser aquel medio el mejor
para sangrar el cuerpo del grande Imperio que tenia á su cargo, de
los malos humores que lo inficionaban, como lo dijo la experiencia,
aunque costeada con la muerte alevosa que algunos amotinados dieron
á Pedro de Ursua cuando más vanaglorioso anhelaba á la conquista
del Dorado, para que allí terminase uno de los hombres más
valerosos con que puede honrarse la Celtiberia, y que á haber
cambiado los empleos militares de Indias por los de Europa, le
hubieran igualado muy pocos. En los principios de su jornada y
fatalidad de su muerte, ocupa diez capítulos de la sexta noticia de
la conquista de Tierra firme el padre Fr. Pedro Simon, donde el
curioso lector podrá verla escrita con toda legalidad.