CAPITULO III
PROSIGUE MONTAÑO EN SU VISITA; AJUSTICIA Á PEDRO DE SALCEDO Y Á
OTROS.-ALVARO DE HOYON SE REBELA Y SAQUEA ALGUNAS CIUDADES; MUERE
DESBARATADO EN POPAYAN, Y REFIÉRENSE LAS PREVENCIONES DE SANTAFÉ
CONTRA EL TIRANO.
DESORDENES tan públicos como los que van referidos, mal podian
ocultarse al Obispo D. Fr. Juan de los Bárrios, en parte donde para
consuelo de los agraviados no habia otro Tribunal en que
representar sus quejas; y aunque en lances tan peligrosos procuraba
desde que llegó al Reino desviar de sí cualquiera dependencia que
pudiese provocar á Montaño, en la del mal tratamiento que de su
casa recibian los indios, no era materia fácil escusar el empeño
sin detrimento del crédito que habia de fundar en el cumplimiento
de su obligacion pastoral por esta causa (entrado ya el año de mil
quinientos y cincuenta y cuatro) tal vez en las platicas privadas y
algunas en el púlpito, afeo con discrecion crueldad semejante, y
aunque la representó á Montaño, juzgando sacar de sus paternales
avisos el fruto de la enmienda. Pero él, dándose por desentendido
de cuanto el Obispo le decia para su bien, y abrazando como
verdades las mentiras con que muchos malsines lo inclinaban al mal,
fué continuando en el mismo modo de postrarse con que habia
empezado, y para que el Obispo no se quedase sin el premio de su
buena intencion, comenzó á dar tras él con aquellas sinrazones y
falta de respeto que tenia de propia cosecha, de que se originaron
grandes encuentros así con el Obispo como con sus Prebendados, que
sentian las sinrazones obradas contra su Prelado, contra quienes
dispuso se librase provision de la Real Audiencia, para que no se
les acudiese con sus rentas por la falta de asistencia á la
Catedral de Santa Marta, que no tuvo efecto por haber ocurrido
ellos con la queja á la Princesa Gobernadora, que mandó lo
contrario por Cédula de diez y ocho de Diciembre de mil quinientos
y cincuenta y seis años; que si bien estas diferencias causaban,
escándalo, sirvieron de divertir los golpes que temían algunos de
los amenazados. Pero lo más ponderable era que teniendo al Obispo y
á Briceño por enemigos, á tantos nobles y plebeyos quejosos y casi
á todos mal contentos, no bastase la sindicacion que de unos y
otros debia temer, ni que enfrenase la ira, ni para desistir de
mancharse con el tizne de los cohechos en que estaba enviciado.
Manifestó lo primero con la arrebatada sentencia de muerte que
dió contra Pedro de Salcedo; ó Saucedo, como lo apellida
Castellanos, haciéndola cortar la cabeza, sin el reparo de ser un
caballero de tantos servicios, como se han visto en el discurso de
las conquistas, y sin que yo haya podido averiguar la causa, sino
solamente inferir la injusticia, por lo que este mismo autor al
canto veinte y uno de la cuarta parte de su historia indiana, dice,
hablando de la muerte de Montaño, con estas palabras:
Con pena capital fué castigado,
y es el primero que de los Jueces
de estas partes de Indias he sabido
ser en pública plaza degollado
dentro de españa, donde los parientes
de Pedro de Saucedo, que él habia
en Santafé cortado la cabeza,
por causa ménos grave, que de muerte,
fueron no poca parte de la suya.
Sobre cuyo texto diremos Despues la dificultad que padece; y en
cuanto a cohechos era lo más reparable, que ademas de ser este
género de culpas de los que se explican con él Sambenito de falta
de limpieza, practicábalo Montaño por el más extraño camino que
pudo inventar la malicia, pues siendo el estilo corriente del que
admite regalos empeñarse en que el cohechador consiga el fin que
pretende, por cumplir el contrato, aunque torpe, que implícita ó
explícitamente se celebró entre ambos: este ministro, ó por afectar
singularidades hasta en los delitos, ó por el fin de ocultarlos con
los medios que debiera elegir para sacarlos á plaza, aunque algunas
veces cumplía lo que pactaba, lo más ordinario era dísponer que
saliesen con las manos en la cabeza los mismos que le ponian el
cohecho en las manos; y aunque los encuentros con el Obispo
inquietaban la República, el clamor de los indios y la injusta
muerte de Salcedo lastimaban á muchos; los públicos cohechos
llegaban á los oídos de Briceño y le daban en rostro, y todos le
instaban por el remedio; nada bastaba para animarlo, ántes se
afirmaba de nuevo en que no quería que el Reino se alborotase,
porque su compañero no deseaba otra cosa: y aunque se le replicaba
con fuertes razones cuán poca parte seria Montaño para ello, no
había forma de sacarlo de su dictámen; y á la verdad lo que parecia
entónces era, que el Montaño, viéndose gravado con tantos excesos,
y que la noticia de ellos corría por todas las Indias, y había
pasado á esta Corte, deseaba que su compañero, él y el Obispo
llegasen á tales términos, que de ellos resultase algun grande
alboroto, en cuya tempestad se confundiesen los delitos del uno con
la imprudencia de los contrarios.
A este estado habian llegado los progresos de la visita cuando
amagando alguna luz de consuelo se supo haber desembarcado en
Cartagena el doctor Juan Maldonado, natural de Sevilla, proveido á
la plaza de fiscal de Santafé; pero apagóse con la segunda noticia
de haber llevado comision para residenciar cuarta vez al Adelantado
D. Pedro de Heredia, que poco ántes habia vuelto libre á su
gobierno, de la que Anmendariz le habia tomado, con cuya ocasion
este Fiscal se detuvo más de dos años en aquella ciudad, y en
Santafé la tuvieron Montaño y Briceño, para que sustanciando la
visita de los oidores, el uno con grandísima pasion y el otro con
blandura y equidad la cerrasen; pero como al que juzga con amor el
cuervo le parezca blanco, y al que mira con odio el cisne le
parezca negro, y estos dos extremos de odio y amor sean los polos
en que estriba la buena ó mala fortuna de los reos, fueron muy
diferentes las sentencias que se dieron en ella, porque el Montaño
condené á los Oidores en privacion de oficios y otras penas
pecuniarias, y el Briceño tan templadamente, como debió hacerlo en
justicia: mas como ambas sentencias habian de venir á esta Corte,
hicierase poco aprecio de la de Montaño si no tuviera en su poder
los títulos de las nuevas plazas á que estaban proveídos, que no
quiso entregarles, teniéndolos por malos jueces; con que trataron
de pasar á estos Reinos en seguimiento de su apelacion, bajando
para el efecto á la costa, de que se siguió la muerte desgraciada
de estos dos caballeros, como veremos despues.
Con este inhumano estilo de proceder contra Góngora y Galarza,
cayó tal desconsuelo en toda la tierra, que de amedrentada ó
confusa, no osaban los hombres hablar unos con otros: tanto era el
terror que aquel hombre ponia con sus desafueros, en cuyo tiempo se
le dispuso la caida en uno de los más feos delitos que en mi sentir
pudo caber en un ministro dé su graduacion, pues aunque sean
grandes, afrontar y quitar las vidas dé muchos. Sin culpas que lo
justifiquen, palianse estos excesos con la falsa presuncion de que
se obra en justicia. Fué, pues, el caso, que tenia preso, como
dijimos, y puesto en un calabozo á aquel Alonso Téllez de quien
hemos tratado, á quien por haber sido escribano de Gobernacion, y
despues de la Audiencia, y el más íntimo amigo de Armendariz, así
mismo residenciaba: y como en la realidad algunos cargos de los que
le hacian eran de graves culpas, hallábase temeroso del mal éxito
que habia de tener de ellos; pero siendo de vivo ingenio, maquinó
una traza para libranza, y tal, que cuando en vez de lograrla se
perdiese con ella, tambíen se llevase de encuentro á Montaño, su
mayor enemigo. Tenía, pues, ésta en su casa una prima de su mujer,
que había llevado de estos Reinos para casarla en aquéllos, como
suelen hacerlo otros Jueces, que con semejantes cargas admiten los
cargos; y tomando de esta principio el fundamento para la tragedia
ambos, envióle á decir el Téllez á Montaño el deseo grande que
tenia de casar con aquella su prima, como el despezono pudiese
estar en secreto hasta que lo absolviese ó condenase en la pena que
fuese justicia. Montaño entónces, más atento al cebo del interes
que al anzuelo que en él se ocultaba, consultó á sus hermanos luego
la forma de abrazar aquel partido que tan bien les estaba, pues
para el secreto no corría en aquel tiempo en los desposorios la
disposicion con que despues mandó celebrarlos el Concilio de
Trento; y para la conveniencia era el Téllez de mediana calidad,
muy rico, y sobre todo Encomendero de Boza, uno de los mejores
repartimientos del Reino.
Con estas favorables consideraciones, y en fe del secreto que le
pedian, admitió Montaño tan ciegamente la oferta, que no miró la
maldad que se le ponia á los ojos; pero el Téllez, que los tenia
más despiertos, hacia de cada cosa que le pasaba en semejante
contrato, una exclamación ante otro Escribano confidente suyo,
expresando que cuanto obraba era para librarse de las injusticias
de aquel hombre tirano; y finalmenté, despues de otras muchas
cautelas de cada cual de las partes, el casamiento quedó ajustado,
y para efectuarlo llamó montaño al Alcalde, de quien forzosamente
habia de confiarse, y le mandó que á la media noche sacase á Téllez
de las prisiones en que lo tenia puesto, que no eran pocas, y lo
llevase á su casa hízolo así, y entrado el reo en la casa, donde lo
esposa lo estaba esperando con el acompañamiento de toda la
familia, el mismo Montaño les tomo las manos en señal de amistad y
reconciliacion, que ambas partes pactaron, y acabado el infeliz
desposorio, por no faltará las demas condiciones del ajuste,
volvieron á Téllez á la cárcel y lo cargaron de las mismas
prisiones que ántes tenia. De allí adelanto, la noche que
fingidamente trataba de ver á su esposa (habiendo hecho primero
para cada visita su exclamacion), lo daba á entender á Montaño, y
éste mandaba al Alcaide le franquease la cárcel para el efecto, y
entónces iba, y estábase en pláticas con él, y poco tiempo con la
mujer (llamémosla así), y volviese á sus prisiones ántes que
rompiese el dia; de que resultó que poco á poco se le fuesen
aliviando, hasta quedar libre de ellas y suelto en fiado. Con estas
cautelas se hallaba ya Moutaño metido en un lazo, de que no era
fácil escapar sin mucho peligro; y el Téllez, puesto en libertad y
apoderado de la voluntad de su mayor enemigo, no esperaba otra cosa
con sus exclamaciones y trazas sino hallar ocasion para huir
secretamente, y dar en esta Corte con la noticia de la maldad que
con él habia usado, y de las otras muchas que por instantes aquel
Juez cometia.
Este era el estado en que se hallaba cuando la fortuna, para dar
tiempo á su pretension, dispuso que entrase en Santafé la noticia
del alzamiento de Alvaro de hoyon, natural de Sevilla, que sucedió
en esta forma: Era este hombre uno de los primeros pobladores da la
villa de San Sebastian de la Plata, á cuyo efecto habia ido con el
Capitan Sebastian Quintero: tenia por hermano á Gonzalo de hoyon,
persona cuerda y á quien en serlo se parecia muy poco; con que
persuadido de su mal natural, ó instigado de la mala constelación
que corria en las provincias de arriba, de donde salia fuego
bastante para encender las imprudentes inclinaciones de Hoyon, se
resolvió por fines del año antecedente de cincuenta y tres á
tiranizar la misma villa de la Plata con setenta hombres perdidos
que, doctrinados en la escuela de muchas maldades, prometieron
seguirle. Mató, pues, los Alcaldes y á todos aquellos que
prefirieron su lealtad á las vidas, entre quienes pereció un
sobrino del Mariscal Quesada. Con este infame principio, y alentado
con pocas fuerzas y muchos delitos, pasó luego á la villa de
Timaná, distante siete leguas de San Sebastian de la Plata, donde
entrándose resistencia que lo embarazase, tuvo ocasion de
sorprenderla y de ejecutar muchas muertes en los que asimismo se
mostraron leales.
En este lugar se le agregaron con Gonzalo de Zúñiga otros
treinta hombres de los muchos que del Perú se desgaritaban á cada
paso á contagiar otros Reinos. Con ellos, pues, y con los que ya se
tenia, revolvió contra la villa de Neiva, donde Juan Alonso, sin
hacerle oposicion, por la poca gente con que se hallaba, hubo de
ceder á su mala fortuna, aunque con tanto peligro como si lo
recibiera de guerra, pues la gente de Hoyon, cebada en crueldades,
obró lo mismo que en Timaná y en la Plata, siendo el mayor delito
de los que allí murieron haberla recibido con las varas del Rey en
las manos. Considerando, pues, aquí Alvaro de Hoyon que para
empeñarse más en introducir la guerra contra las ciudades vecinas á
Santafé, eran cortas sus fuerzas y vana la esperanza de hallar mas
parciales, resolvió aceleradamente ir contra la gobernacion de
Popayan, por ver si podia conseguir la entrada en aquella ciudad
ántes que la noticia de su alzamiento llegase.
Gobernábala entónces el Capitan Diego Delgado, á quien el Oidor
Briceño habia dejado en su lugar. Era este caballero natural de
Alcardete en la Mancha, y muy práctico en la guerra de Indias,
donde había militado tiempo de doce años; y como anticipadamente le
llegase aviso de lo sucedido en las villas de la Plata y Timaná,
prevínose como soldado ántes que el enemigo le atajase las
disposiciones, siendo una de ellas noticiar á las ciudades de su
gobernacion para, que le diesen socorro en caso que el enemigo
tomase la vuelta de Popayan: si bien solamente de Cali le acudió el
Capitan Vicente Tamayo, marido que fué de María Renjifo, nieta del
Inga Guaynacapac, con muy pocos que tuvieron ánimo para seguirle
hasta aquella ciudad. Ya el Capitan Delgado, con haber barreado el
Jugar y proveidolo de armas, tenia esforzada su gente para
cualquier encuentro de guerra én que la aventurase, como en efecto
se le ofreció brevemente. Alvaro de Hoyon, doblando jornadas con
fin de llegar ántes que supiesen su ida, se puso á tres leguas de
la ciudad, para dar sobre ella al romper del dia siguiente, con
cien hombres que le seguían resueltos á morir ó vencer á su lado
pero reconocido ya por las centinelas que batian los caminos, y
noticioso Delgado del número de la gente que llevaba, resolvió
salirle al encuentro para que, trabando con él alguna escaramuza,
pudiese reconocer hasta dónde llegaba el valor del campo
contrario.
Con este designio, cerca de la média noche salio con otros cien
hombres; pero á breve distancia, encontrándose los batidores de los
dos campos, tocaron al arma, y comenzóse á pelear por ambas partes.
con el recelo de que la parda noche á ninguno seria favorable; pero
habiendó amanecido se fué trabando tan fiera escaramuza entre
leales y traidores, que, jugándose en ella lances de todo arresto y
destreza, duró indiferente hasta las diez del dia, en que se
declaró la victoria por el Capitan Delgado, y rota de todo punto la
gente de Hoyon, que, herido á manos de Rodrigo Téllez de las Peñas,
natural de Ubeda, fué luego preso con todos los demas parciales
suyos que quedaron vivos; de los cuales algunos siguieron á su
Capitan en la forma de morir, dando la cabeza á los filos de un
cuchillo en pena de su locura: á otros acabó el cordel y los ménos
culpados lastaron el empeño de sus malos juicios en destierros y
galeras. De los nuestros mataron á un Regidor de Popayan, cuyo
nombre no he podido descubrir. Con ménos garbo, aunque por
semejante empeño, murió en Avila otro Regidor á manos de Comuneros
y hasta el dia de hoy dejó méritos que premiar en sus
descendientes. Salieron heridos muchos de los leales, y entre
ellos, de una bala sobre la ceja, Vicente Tamayo, que se señalo más
que todos en la escaramuza, como despues en las prisiones de Mateo
de Zaz y Pedro de Mendoza, que condujo á Cali, donde los
ajusticiaron por traidores.
Así terminó el intempestivo arrojo de Alvaro de Hoyon, que tan
parecido fué al del negro Miguel; pero con la diferencia de haber
muerto éste peleando por no dejarse escarnecer de sus enemigos, que
es linaje de muerte más fiera. La nueva de esta victoria se
despaché luego á Santafé, donde miéntras llega, y la primera corre,
todo era discurrir el remedio y tratar de alistar gente para el
reparo, porque á la verdad se hizo más caso de esto desatino de
Hoyon que el que debiera hacerse, á no tener la experiencia de los
incendios que menores centellas habian levantado en otras partes; y
como el Licenciado Montaño hacia el primer papel para las
disposiciones, bastaba esto solo para hacer la materia ruidosa,
fué, pues, la primera formar junta de guerra, en que entraban
Briceño el Obispo y algunos Cabos de los primeros conquistadores
del Reino; pero no el Mariscal Quesada ni Pedro de Ursua, siendo el
uno Capitan general del Nuevo Reino y el otro el Cabo de más
crédito que en él habia. De Junta más decorosa fué excluido
Fernando Cortés sobre Argel, mas no por eso dejó de alzarse en
justicia con el renombre del mayor Capitan de la nacíon española: y
aunque por parte del Obispo y demas personas de la Junta se le
represontabá á Montaño lo que se extrañaria en el Consejo semejante
exclusiva, nada bastaba para que no prefiriese la enemistad que con
ellos tenia, y ademas recelábase de que entrando el Mariscal en la
Junta se habia de embarazar cuanto pretendía ambicioso; pero no
obstante su contradiccion, el vulgo, que en semejantes elecciones
suele ser el mejor voto en justicia, dió motivo para que el Oidor
Briceño eligiese al Mariscal para que fuese contra el tirano por el
valle de Neiva con la gente de armas del Reino: voto admirable si
hubiera salido de aljaba más firme.
En lo mismo hubieran venido todos, si el Montaño no los tuviera
amedrentados de suerte que no se atrevian á darle disgusto; y así,
consultado el negocio otra vez y vuelto Briceño á la disculpa de
que no quería que por su causa se perdiese el Reino, continuó, como
todos, en que el Licenciado Montaño fuese luego sin gente de guerra
á la gobernacion de Popayan, entrando en ella por Ibagué, desde
donde el Capitan Melchor de Valdés, que ya era Justicia Mayor de la
villa, habia abierto camino hasta Cartago para que, puesto en
aquella ciudad ó en la de Cali, juntase toda la más gente de armas
que pudiese para defender la provincia, y que al mismo tiempo
saliese de Santafé el Capitan Baltasar Maldonado con las fuerzas
del Reino á encontrarse con Alvaro de Hoyon, tomando para ello la
vuelta de Timaná que había de llevar Quesada. Concluidos estos
acuerdos, dió principio Montaña á la empresa, recogiendo (aunque lo
estaba prohibido) la más gente que pudo, no para buscar al tirano
sino para convoyar sus temores; y porque no se ocultasen las armas
que llevaba para la guerra, compró cuantos damascos, tafetanes y
rasos habia en la ciudad, con la noticia de que no se hallaban en
la gobernacion, y asi prevenido, salió para Ibagué cinco dias ántes
que Maldonado para la villa de Neiva.
A este Capitan, que lo era de los más valerosos y bien
afortunados, seguia gustosa la gente más granada del Reino en
vistosas compañias de infantes y caballos; pero con tal suceso, que
al primer día de marcha entró en Santafé el aviso de la muerte de
Hoyon y destrozo de su gente, con que hubo de volverse con su
ejército tan entero á Santafé como dos dias antes lo habia sacado;
pero Montaño, que aun no tenia la noticia, habia llegado á la
ciudad de Tocaima, donde sin facultad que para ello tuviese, porque
su comision se entendia solamente para Popayan, ajustició
privadamente á un vecino de aquella ciudad, con pretexto de que era
espia que Alvaro de Hoyon tenia en el Reino (que así lo era, como
lo habia sido Briceño); y aunque el Mariscal Quesada refiere esta
muerte sin expresar el nombre del ajusticiado, puédese presumir
haberlo sido Pedro de Saucedo, de quien habla Castellanos, como
vimos arriba: y muéveme á pensarlo así, haber sido este caballero
vecino de Tocaima, y ser cosa fácil en Castellanos, que escribió en
Tunja, poner por teatro de su tragedia á Santafé, habiendo sido una
ciudad tan vecina como la de Tocaima. Persuádemo tambien el reparo
de que un caso tan especial y ruidoso, siendo distinto del que
vamos tratando, no lo refiera Quesada en otra parte, cuando de
menores acaecimientos hace repetidas memorias. Ademas, que siempre
he tenido por asentado en el Reino, que el primer hombre á quien se
le cortó la cabeza en Santafé fué á Francisco de Bolívar algunos
años despues; pero haya sido ó no uno mismo el suceso, esta cabeza
más derribé el rigor de Montaño: y sí de Neron decía Séneca que por
muchos años que matase, no le seria posible matar á quien le había
de suceder en el Imperio, podrian los testigos de crueldad
semejante repetirle á Montaño, que por más cabezas que cortase,
nunca llegaría á quitar la de aquel que por castigo le habia de
cortar la suya.
Ejecutada esta injusticia, pasó á la villa de Ibagué, donde á un
mismo tiempo tuvo aviso de lo sucedido en Popayan, y una Real
provision despachada por Briceño, para que volviese al ejercicio de
su plaza, pues la guerra era acabada y muchos los negocios que
pendian de la Audiencia, á que él solo no podía dar espediente.
Hizo tan poco caso de ella que, sin dudar en lo que debia hacer,
pasó hasta Cali, donde con fiestas públicas habían celebrado los
vecinos la victoria conseguida del tirano. No lo oran para éste si
no las repetian de suerte que sus damascos y tafetanes las
aprobasen: pudo, pues, tanto, que las fiestas fueron dobles, porque
no doblasen por ellos. Conseguido este fin, pasó á las demas
ciudades de la gobernacion, obrando en cada cual alguna de las
gentilezas que estilaba. Fué una de ellas matar con recios
tormentos al Capitan Cruzate, por algunos delitos que sin prueba le
imputaban, y sobre pretender que así esto caballero, como otras
personas de ménos cuenta, encartasen á los vecinos de Cali, Anserma
y Cartago en el alzamiento de Alvaro de Hoyon, para ensangrentar
bien las manos, accion que justificó con dar á un criado suyo el
repartimiento de indios que tenía el Cruzate. A este tono fueron
otros muchos desatinos, que no se refieran; hasta que teniendo ya
destruida la provincia en pocos meses, frio tomando la vuelta para
el Reino, y aquí fué la confusíon de todo él con el aviso, pues á
la manera que se inquietan los hombres al tiempo de soltar alguna
flora en la plaza, que unos disponen la capa para librar la vida
soltándosela, y otros previenen los pies para no soltarla
corriendo; así, cada cual de las personas de más suposicion
procuraba guarida en que hallarse segura.
Era una de ellas Alonso Téllez, que, fiado en los accidentes del
tiempo, y no esperando ver otra vez á Montaño, habia dilatado su
fuga; pero viendo ya tan cercano el riesgo, echóse rio abajo á
Cartagena para esperar ocasion de venir á Castilla en la flota que
acababa de surgir en su puerto. En una de sus naos habia salido de
Sanlucar García del Busto, natural de Ocaña, á quien el Emperador,
por muerte del Adelantado Benalcázar, había dado el Gobierno de
Popayan. Llevaba esto caballero consigo á su mujer, cinco hijas, un
hermano y numerosa familia de criados: pero como en tan arriesgadas
navegaciones gobiernan de continuo las casualidades de todos cuatro
elementos, prendió fuego una noche en el navío, por descuido que
tuvo el Contra-piloto, y abrasándolo todo, pereció la más gente que
en él iba, y con ella García del Busto con toda su familia, ménos
Pedro Fernández del Busto, su hermano, que, aventurado á un batel,
tuvo la dicha de que lo recogiese otra nao que lo llevó á
Cartagena: de allí pasó á Santafé, donde causó general compasion la
noticia de semejante infortunio, y lastimado más que todos Briceño,
despues de socorrerlo generosamente, lo proveyó en ínterin en el
mismo gobierno de Popayan, que llevaba el hermano; accion bien
parecida, porque en la realidad era digno del cargo, por las buenas
prendas que se le descubrían, como se vio en la rebelion de
Francisco Hernández Giron, contra quien fué la gente de Popayan, y
en los demas gobiernos que obtuvo en la misma provincia y la de
Cartagena, despues que casó conforme á su calidad en el Nuevo
Reino, donde quedó por vecino.
Partido este caballero á su gobierno, entró en Santafé algunos
dias despues, ya por el año de mil quinientos y cincuenta y cinco
el Licenciado Montaño, con su condicion tan entera como la llevé;
pero cuando supo que Antonio Téllez había huido á la Costa, y con
él, el Contador del Reino y Juan Martines Gayoso, otro Secretario
de la Audiencia, que iba á quejarse (como quien no dice nada) de
que lo llamó un dia á su cámara, y poniéndole un puñal en los
pechos, le habia hecho autorizar por fuerza dos escrituras falsas,
luego conoció su perdicion, porque ademas de lo que con los tres
habia usado, recelaba con mucho fundamento los instrumentos y
papeles que contra él llevaban. Ninguno era ya menester, porque en
estos Reinos estaban ya muy derramadas las noticias de los
procedimientos de Montaño, y apénas el Consejo lo habia nombrado
por Visitador cuando estuvo arrepentido, como se vió en la
provision que luego hizo de Presidente en el Licenciado Bribiesca,
comó dijimos, aunque por las causas que van referidas se dilató
hacerla de nuevo, hasta que con las nuevas noticias que se
repitieron, y considerada la necesidad que la Audiencia de Santafé
tenía de persona que refrenase los desafueros de Montaño, eligieron
la del doctor Arbiso, Regente que habia sido de Navarra, y colegial
mayor de Santa Cruz de Valladolid.
Á este caballero tan decorado dieron comision para que
residenciase á Montaño, y con la resulta de autos lo remitiese
preso á estos Reinos: mandáronle así mismo, que sin detenerse en
Sevilla pasase á Sanlucar, donde estaba la flota aprestándose para
pasar á Indias con el Marqués de Cañete, Virey del Perú, con quien
iba D. Luis de Guzman por gobernador propietario de las provincias
de Popayan y Antioquia, y se embarcase en ella. Ejecutólo así por
Octubre, paro con tanta infelicidad para el Reino como para sí
mismo, pues el navío en que iba zozobró, sin que más pareciese, en
una gran tormenta que lo díó sobre las Canarias. Súpolo brevemente
Montaño por medio de los correspondientes que tenia en la costa, y
aunque por secretas advertencias de su mujer y algunos dependientes
suyos se le representaron los términos que Dios le concedía hasta
que se volviese á consultar la Presidencia, jamas que se
reconciliase con los enemigos que tenia y reformase el injusto
estilo de preceder contra tantos como tenía quejosos, para no
quedar arruinado del todo, ningun consejo bastaba para enmendarlo,
pues aunque descubria buenos deseos de seguirlo, y con algunas
demostraciones lo acreditaba, eran retoños de tronco envejecido en
sequedades, que si al riego continuado de las amonestaciones
reverdecían, al primor influjo del estío de su fogosa inclinacion
se marchitaban: tan dificultosa es de vencer una mala costumbre de
vicios, si con otra contraria de virtudes no se le hace la
guerra.