CAPÍTULO II
REBÉLASE EL VALLE DE LAS LANZAS, VA HERNANDO DE SALINAS AL CASTIGO,
FUNDA LA CIUDAD DE VICTORIA, Y EN VENEZUELA SE PUEBLA LA VILLA DE
NIRÚA.- PROSIGUE MONTAÑO EN SU ENEMISTAD CON BRICEÑO, ACOMODA Á SUS
HERMANOS Y MALTRATA SIN RAZON Á LOS INDIOS.
YA dejamos la villa de Ibagué mudada á mejor sitio con la rota
que Andres López de Galarza y el Capitan Melchor de Valdés dieron á
los Caciques Titamo y Quicuyma; pero como la nacion de los Pijaos
sea de tan levantados espíritus, sintió de suerte aquel corto
dominio que tenian sobre ella los españoles con haberle ocupado
parte de su país, que por el año pasado de cincuenta y dos tomaron
las armas todos los Caciques del valle de las Lanzas, auxiliados de
los Coyaimas que habitaban la tierra llana, y á un mismo tiempo
acometieron la villa, pensando que al susto de una invasión
acelerada quedarían libres de aquella servidumbre en que se
hallaban. Pero ya prevenido Domingo Lozano, que la gobernaba, con
las noticias de algunas muertes que habian ejecutado en los que
estaban derramados por el campo, hizo con los vecinos tan honrosa
resistencia, que defendió la villa y tuvo tiempo para dar aviso á
Tocaima, y de allí á Santafé, donde la noticia hizo tal conmocion,
que declaró bastantemente el conocimiento que todos tenian de
aquella belicosa nacion, desde que la primera vez experimentaron
sus armas. Por esto los dos Oidores Góngora y Galarza, que
gobernaban entónces, aplicaron tal diligencia en reparar aquel
riesgo, que el primer aviso llamaron todas las fuerzas del Reino
para oponerlas á tan evidente peligro, ordenando á los vecinos
acudiesen luego con sus armas ó contribuyesen para levantar la
gente de guerra que fuese necesaria: medio que abrazaron por más
favorable y tan liberalmente, que en muy pocos dias estuvieron
llenas tres compañías, de quienes nombraron por Cabo al Sargento
Mayor Hernando de Salinas, que lo habia sido del Mariscal Quesada
cuando entró en el Reino, y despues quedó avecindado en Tocaima, á
quien mandaron, que con aquella gente y con la más que agregase de
Tocaima y Mariquita, partiese á la defensa de Ibagué, ántes que los
Pijaos la pusiesen en mayores aprietos.
Con este órden y ciento y cincuenta infantes y veinte caballos,
partió Salinas de Santafé, y á los nueve dias, con alguna gente más
que sacó de Tocaima y le acudió de Mariquita, entró en Ibagué á
tiempo que se necesitaba mucho de quien le abriese el paso á la
conduccion de víveres, de que padecian falta, por hallarse el
enemigo señor de la campaña. Pero refrescada la villa con los que
llevó Salinas, y habiéndola puesto en la mejor defensa que pudo,
salió en demanda de Titamo y sus coligados, que, deseosos tambien
de reducir al trance de una batalla el punto sobre que contendian,
se la presentaron al repecho de una colina, donde despues de dos
horas, en que por ambas partes se hicieron hazañas dignas de
memoria, se retiraron los campos, desengañado el español de que á
sus caballos y armas de fuego no reconocian ventaja las galgas y
lanzas de los Pijaos, y persuadidos éstos á que la desordenada
muchedumbre de su gente no podia prevalecer contra la militar
disciplina de ciento y noventa españoles y he puesto advertidamente
su corto número, para que se repare que si aqui se mantienen menos
de doscientos españoles contra más de dos mil indios Pijaos,
reparemos tambien en que por los años de seiscientos y quince no
prevaleceran algunas veces ejércitos de más de mil españoles contra
la pequeña tropa de doscientos Pijaos. Mucho es lo que aprieta la
vejacion para que se adelanten los brios y más los que vicia la
ociosidad para que decline el valor. Instigados los Helvecios de la
braveza del Duque Carlos, ejercitaron las armas hasta representar
el primer papel en los teatros de las más sangrientas batallas; y
menospreciada la sencillez Holandesa de quíen debia ampararla,
trocó la caña en mosquete y las barquillas en urcas, hasta pescar
la libertad á muy pocos lances. Qué mucho, pues, sucediese en la
América lo mismo que se practicaba en Europa, si el deleite fué
apagando en los españoles el coraje que el mal tratamiento iba
encendiendo en los indios?
De los que se hallaron en esta batalla de la colina quedaron
muertos y heridos más de doscientos, y de los nuestros no llegaron
á quince; con que más deseosos unos y otros de que la fortuna se
declarase parcial y no indiferente, se valían de trazas distintas
para inclinarla á su bando. Los españoles provocandolos á salir á
tierra limpia en que aprovechar los caballos, y los Pijaos
descubriéndose en tropas para que, siguiéndolas, cayesen en las
emboscadas que tenian en los pasos estrechos y tránsito de las
quebradas, y á ventajas de la industria se fuese minorando el
número de los nuestros, de que se originaba dilatarse la guerra,
reduciéndola á desafios, encuentros y surtidas de poca monta, en
que los efectos salian de menor consecuencia por más que el valor
se ejercitase: con que desesperado el Hernando de Salinas de sacar
el entero fruto de sus trabajos, y pareciéndole quedar
bastantemente atemorizados los indios para no intentar nuevas
alteraciones, se retiró á la villa y dió parte de todo á los
Oidores para que saliesen del recelo en que habian quedado.
Al tiempo que se nombró este Cabo con fin de que aceptase la
empresa, se le dió facultad para que concluida la guerra de Ibagué
pudiese hacer entrada con la misma gente que le quedase en la
provincia que le pareciese, y poblar en ella, como fuese á
propósito y de aquellas que ya estuviesen descubiertas y holladas
de los españoles (en cuyo caso no parece hablaba la prohibicion de
nuevas conquistas), y ésta fué la principal causa de haber dejado
en peor estado la villa de Ibagué, como sus vecinos lo lamentaban
despues; y sal, luego que despachó la noticia de haber cumplido con
lo que se le habia ordenado, recogida su gente, en cuyo número se
contaban Francisco Martínez de Ospina, que ya habia subido del
Valle de Upar, García Valero, Cristóbal de Mercado, Diego Asencio
de Salinas, don Diego de Carvajal, Juan Zapata, Lope de Salcedo,
Antonio de Berrío, Diego López Vela, Juan de la Peña, Montoya y
otros, fué atravesando gran parte de las sierras de Gualí, siempre
guerreando con sus moradores que, armados del veneno incurable de
sus flechas trataban de impedirlo el paso hasta caer en Mariquita,
y desde aquella ciudad, metiéndose por lo más fragoso de sus
montañas vecinas, hasta las cabeceras del rio de la Miel, que
estarán á once leguas de la misma ciudad de Mariquita: y entre
aquel rio y el Guariño, reconocida la numerosa cantidad de indios
que lo habitaba, eligió por mejor sitio el sombrío de una montaña,
donde Hernando de Salinas, como Cabo principal, y no Diego Asencio,
que solamente fué poblador, fundó la ciudad que llamó Victoria, si
bien mudada á unas sabanas altas y rasas despues, ó por los bandos
de Ospinas y Salcedos que en ella se introdujeron, ó por las pocas
conveniencias que ofrecía el país desde que faltó la labor de las
minas, la que se habia conservado algunos años con vecindad muy
ilustre, se despobló como otras, para que de sus pobladores se
acrecentase la de Maniquita, donde los minerales de plata y oro han
ido siempre en aumento.
Por este mismo año se hallaban los vecinos de Bariquizimeto en
más apretados lances que aquellos en que los puso el negro Miguel,
pues no teniendo otro recurso para mantenerse que el de las minas
de Nirúa, fué de tan nocivo ejemplar su alzamiento que, á su
imitacion, los indios Nirúas y Giraharas tomaron tan á su cargo
impedir su labor, que convocándose armados les acometían con tan
repetidos asaltos, que no habia minero que se atreviese á conservar
el sitio por la poca gente que se podia juntar para la defensa; con
que falto de oro y de indios para el servicio, pasaban temporales
bien trabajosos, cuando en su mayor desconsuelo tomó tierra en Coro
el Licenciado Villasinda, Gobernador nombrado por el Rey para la
provincia de Venezuela, en cuyo puerto se detuvo muy poco, por ser
su poblacion de ménos importancia que las de Tocuyo y
Bariquizimeto, para donde se encaminó luego, y llegado á ésta le
noticiaron sus vecinos de todo lo acaecido con el negro Miguel y
del presente peligro en que se hallaban con el alzamiento general
de los indios, cuya hostilidad habia imposibilitado la labor de las
minas de S. Pedro, para cuyo reparo, en junta general de las
personas de más porte, se habia resuelto que respecto de distar las
minas más de catorce leguas de la ciudad, y ser por esta razon muy
difícil poderla socorrer en las invasiones que intentasen los
indios, y no tener otro medio para poder mantenerse que el de la
saca de oro, se fundase en ellas un lugar de españoles á quienes se
diesen en feudo los indios encomendados que habia en el contorno,
de que para el efecto hacian dejacion los dueños propietarios.
El nuevo Gobernador, inclinado como sagaz á dar gusto á los
vecinos en La primera pretension que mostraban, vino en ella, y
eligiendo por Cabo para que la consiguiesen á Diego de Montes,
hombre famoso en aquella gobernacion, así por la práctica que tenia
en la guerra de los indios, como por el conocimiento de yerbas para
curacion de las heridas de flechas venenosas, y de quien hemos
tratado otra vez en la que hizo al General Felipe de Utre en la
entrada de los Omeguas, le dió cuarenta infantes españoles, con que
razonablemente apercibido salió de Bariquizimeto la vuelta de las
minas de S. Pedro, haciendo diferentes castigos de muerte en
algunos de los indios que se habian mostrado rebeldes, en que
llevaba por dos fines principales, el de tomar satisfaccion de las
que habian ejecutado en muchos españoles y el de atemorizar el
país, para que en lo futuro se abstuviesen sus naturales de
proseguir en semejantes acciones. Pero examinado el país y hécho
tanteo del sitio más comodo para poblarse, parecióle ser la ribera
de un rio, que muy cercano á las minas corre por el centro de un
hermoso palmar y en él fundó una villa que llamó de las Palmas, y
habiéndole nombrado Justicia y Regimiento que la gobernase, y
repartido la tierra entre sus pobladores, persuadido á que ya
escarmentados los indios con el castigo, no intentarian más
novedades, dió vuelta á Bariquizimeto, á quien fueron
inmediatamente siguiendo otros, que no quisieron cambiar la
vecindad de aquella ciudad por la asistencia de la villa, con que
siendo tan pocos los que quedaron en ella no tenian ánimo para
salir de sus casas, y por consiguiente lo cobraron los indios para
intentar acometerlos de nuevo; pero teniendo los vecinos anticipada
noticia de la borrasca que se levantaba contra su villa de las
Palmas, y no atreviéndose á esperarla la desampararon á tiempo que
pudieron salvar las vidas en Bariquizimeto.
No por esto perdieron los vecinos el ánimo de que se volviesen á
labrar las minas á pesar de inconvenientes y dificultades, por
encontrarlas mayores en haber de vivir con pobreza, que no tenia
otro camino de poder remediarse; y así, por el año de cincuenta y
cinco eligieron por Capitan á Diego de Parada, natural del
Almendralejo en Estremadura, que con veinte y cinco hombres
escogidos corrió primero el país como lo habia hecho Diego de
Montes; haciendo iguales castigos en los Nirúas y Giraharas, hasta
que persuadido como él á que no intentarían de nuevo tomar las
armas contra los españoles, pobló segunda vez la villa, á quien
llamé Nirúa, por haberla mudado sobre el rio de este nombre, donde
los pobladores no tuvieron más consistencia que la que permitió el
verano, pues entrando el invierno fueron tan continuados los
acometimientos que los indios hicieron á la miserable villa, que
segunda vez obligaron á los nuestros á que la desamparasen,
volviendo á Bariquizimeto, donde de las ciudades de Coro y del
Tocuyo juntó el Gobernador una razonable compañía dé españoles, y
con las noticias que le habian dado de la muchedumbre de naturales
que habitaban la provincia cercana á la gran laguna de Tacarihua, y
otra que demoraba la tierra dentro, al este de la primera poblacion
que se hizo del Tocuyo, la despachó á su descubrimiento, donde
luego que los nuestros la pisaron tuvieron muchas ocasiones en que
manifestar su valentía española, en trances bien arriesgados, por
ser belicosos los naturales; y pareciéndole al Capitan ser la
tierra á propósito para poblar en ella y hacer plaza de armas para
emprender la conquista de los Caracas, con la órden que llevaba de
Villasinda, fundó una ciudad por el año de cincuenta y seis, que
llamó la Nueva Valencia, sesenta leguas al Sueste de Coro, y siete
de la Burburata, en cuyo tiempo murió Villasinda dejando el
gobierno en el ordinario de los Cabildos.
El de Bariquizimeto, sentido más cada dia de la falta que le
hacian sus minas de S. Pedro, nombró otro Capitan, llamado Diego
Roméro, para que con otros cuarenta hombres volviese al castigo de
los Nirúas, y ejecutado con la mayor demostracion que pudiese,
poblase otra vez la villa, de que pendia el remedio de todos.
Hízolo asi Romero, y dejando alojada en el campo su gente, volvió á
Bariquizimeto á dar cuenta de lo sucedido, para que con la noticia
dispusiese su Cabildo lo más útil para la fundacion de la villa;
pero habiéndose encontrado con Gutierre de la Peña, que de la isla
española habia pasado por Gobernador en lugar de Villasinda, y
enterádole de lo que habia obrado, tuvo órden suya para volver á
poblar donde le pareciese, con cuyo despacho vuelto á Nirua, halló
su gente libre de haber experimentado alguna desgracia de las que
pudieran temerse. Pero corno ya entraba el invierno, y por esta
razon no podia trasegar la provincia para buscar sitio más cómodo,
se hubo de resolver á poblar en la misma ranchería de las minas,
con el nombre de Villa Rica, en cuya ocupacion estaba cuando llegó
á Bariquizimeto Pablo Collado, Gobernador despachado por el Rey,
quien informado dé las incomodidades que se padecian en la nueva
poblacion, mandó al Capitan Romero la mudase á otro sitio que fuese
más favorable, llamándolo, Nirúa del Collado, por cuyo recuerdo
parece haber motivado la cuarta transmigracion que se hizo,
fundándola sobre el mismo rio Nirúa, en que la puso Diego de
Parada, aunque en diferente asiento, donde tampoco permaneció
cuatro silos cabales, por haber sido tan continuada la guerra de
los indios, y el fruto de las minas tan corto, por falta de negros,
que no pudo mantenerse más tiempo, ni vuelta á reedificar por el
Licenciado Bernardes mudó fortuna; y aunque todos estos sucesos
acaecieron desde el año en que vamos de cincuenta y tres hasta el
de cincuenta y siete, ha parecido reducirlos á este capítulo para
desembarazar los siguientes.
Con la entrada del Obispo D. Fr. Juan de los Bárrios dejamos en
Santafé algo apaciguada la furia con que el Licenciado Montaño se
portaba en su visita; pero como aquella suspension era violentada
en la inquietud de su natural, rompió brevemente su cólera con los
diques del respeto que la tenian represada: y si de ántes era
grande el odio que mostraba á Briceño, de allí adelante lo
ensangrentó de suerte que por todos caminos le solicitaba
descréditos. Y como la autoridad en el Juez sea la causa principal
para que le tengan respeto, y la desgracia del reo sea el motivo
que más provoque á desprecios, unas veces libraba provisiones por
si solo en el despacho ordinario, para dar á entender faltaba en su
compañero la autoridad que en él residia; y otras veces contra el
mismo Briceño, dándole algunas comisiones ó visitas de diferentes
gobiernos (subsistia entónces la nueva ley que lo permitía, y
despues se revocó), todo con mira de apartarlo de sí para que no le
embarazase la ruina del Reino; pero viendo lo poco que conseguia
por este camino, libró provision en que le mandaba volviese á
residir en su gobierno de Popayan, para que imaginándolo reo é
súbdito suyo, no se hiciese de él la estimacion debida á su puesto;
para lo cual, y que lo capitulasen, se estrechaba en amistad con
los émulos que la residencia de Benalcázar le habia criado: á que
hacia tan poca contradiccion el Briceño, que admiraba su
dejamiento, sí bien teniéndolo por entereza Montaño, variaba en las
resoluciones que habia tomado.
Esta paciencia en Briceño extrañaba de suerte entre los vecinos
de Santafé, que aun los más políticos la atribuian á temor grande
que habia cobrado al compañero, pues no es fácil de encartar entre
los actos prudenciales el tolerado ajamiento de la autoridad del
oficio. Dejábase tratar en los Acuerdos y públicas Audiencias con
voces muy bajas, apodos y nombres injuriosos, y que en la realidad
quitada aquella culpable sujecion de Briceño, no cabian en su
persona; y aunque á los principios de su enemistad acostumbraban
salir de los estrados riñendo públicamente, despues vinieron á
terminar las contiendas en quedar el Montaño absoluto dueño de
todo, disponiendo y ejecutando á su arbitrio cuantos despachos de
justicia y gobierno se ofrecían, haciendo por remate que los
firmase de fuerza ó grado Briceño: seden que parece increible en
quien despues mereció otras plazas de que dió buena cuenta hasta
ocupar la de Presidente del Reino en propiedad; pero hay prudencias
de primera magnitud que no se dejan percibir de escrutinios
vulgares. La luna parece á estos el mejor astro del cielo, porque
no miden las cantidades por las distancias; y en la realidad es
menor que una estrella, porque la retirada magnitud de éstas
solamente se deja alcanzar de ojos que penetran esferas á fatuidad
de Mateo Viceocomite atribuían sus emulos la ocupacion de pescar
ranas en un estanque, y en este dejamiento ocultó la prudencia con
que despues oprimió la libertad de los milaneses. Al fin Briceño,
de cuerdo ó temeroso, obedecia de tal suerte á Montaño, que
advertido en cierta ocasion del Mariscal Quesada, al tiempo de
entrar en acuerdo, de que en él se había de tratar un negocio de
notable perjuicio á los conquistadores, como lo era dar Montaño un
buen repartimienro que habia vacado, á Pedro Escudero, su hermano,
dijo delante de muchos que lo tuviesen por el Bachillerejo de ménos
cuenta que de España hubiese salido, si tal provision firmase, pera
como en semejantes lances no faltan lisonjeros que hagan á dos
manos, fué luego uno de ellos y dióle parte de todo á Montaño, al
salir de su casa para el mismo Acuerdo, y levantando la voz dijo:
Pues ténganme á mi por el más vil Licenciadillo del mundo, si él no
lo firmare esta tarde.
Así pues, cumplió su promesa, y Briceño faltó á la suya firmando
aquella misma tarde la provision que habia dicho no firmaría, con
que Pedro Escudero quedé con la encomienda del Cocuy, que rentaba
tres mil pesos de ensayado, sin los aprovechamientos, y abrió la
puerta para acomodar á los hermanos restantes, pues luego se
dispuso la conveniencia de Rodrigo de Montaño por un arte bien
raro, y fué hacer que cada cual de los encomederos de los
Marequetones le soltase dos casas de las que se les habian dado en
repartimiento, con que llegó á tener el mayor de todos, y tal, que
sí no se le hubiera quitado, le rentara en cada un año de cinco á
seis mil pesos de ensayado: y á Cristóbal Montaño acomodó en otro
de menor cantidad, en la misma provincia de Mariquita ó Victoria; y
aunque Briceño hacia cada día firmes propósitos de no consentir en
semejantes mercedes, eran tantos los temores en que lo ponian
algunos, sobre el que él se tenia de ántes, que tambien firmó
éstas, y llegó á verse tan ajado de Montaño, que no pudiendo ya
pasar por los ultrajes que experimentaba, hizo un auto por el cual
se desistía del ejercicio de su plaza hasta que su Majestad mandase
otra cosa, dejándolo firmado en el libro de Acuerdo; y aunque era
cierto que no lo podía hacer, por ser aquella resolucion
perteneciente al Príncipe, al Montaño le fué tan agradable, y al
Briceño despues tan sensible, que para que lo volviesen á admitir
al oficio necesitó de hacerle más rendimientos que de ántes, aunque
parece no podian pasar á mayores: si bien para todas estas
indecencias se disculpaba con decir tenia hechas exclamaciones para
cuando fuese Juez á remediarlo; que no ocasionaba poca risa en los
que consideraban que siendo Presidente de Sala y Visitador, como el
compañero, no se tenia por Juez para cosa alguna.
De la persecucíon de Briceño y de los visitados pasó Montaño á
la de los indios, porque no se reservasen chicos ni grandes, y
dispusoles su calamidad á los miserables en esta manera: Hallábanse
oprimidos con la tiranía de que usaban los Encomenderos para
cobrarles tributo, al tiempo que llegó Montaño, deseoso de arruinar
á éstos, como lo manifestó con palabras, y con esta mira les daba á
entender que el fin de su tránsito á Indias no habia sido otro que
el de sacarlos de la opresion en que los tenian los conquistadores;
y como el agasajo fingido que les mostraba, y ellos tenían pon
verdadero, jamas lo habían visto en Juez alguno, y habiéndose de
gobernar por las apariencias, no hallaban autoridad en Briceño para
buscarle, pórque todo el cortejo de los vecinos acudía más donde
los compulsaba el temor que donde los persuadía la obligacion,
dieron en recurrir á Montaño con sus quejas, que las admitía con
gusto, miéntras valiéndose de ellas logró lances en que satisfizo
parte de su crueldad y codicie; pero como se continuasen las
quejas, y los indios de suyo sean molestos, tanto como lo son los
agravios que cada día reciben de los que intentan sacar de sus
trabajos provecho, dióle brevemente en rostro esta molestia á
Montaño, y para librarse de ella tomó por expediente, ó lo tomaron
sus hermanos (que se habian levantado á mayores), que los criados
que estuviesen de guarda maltratasen de suerte á los indios que le
fuesen con quejas, que volviesen escarmentados para no repetirlas.
Hacíanlo, pues, así, y en llegando lastimados á buscar el remedio
de su injuria, dábanles sobre ellas muchas cosas, y algunas veces
las trocaban en palos y otras tantas, y más iban á los mercados y
les quitaban géneros que vendian, con el pretexto de que eran para
la casa del Visitador, pagando á los miserables en la moneda de
palos, si cobraban en otra estafa ó crueldad tan soez, que no la
ignoraba y omitia el castigo, pasaba deinfame. Todas estas acciones
las miraba doña Catalina de Somonte con los ojos de su prudente
consideracion, y amante verdadera del marido, le instaba en que se
abstuviese de semejantes procedimientos, que tarde ó temprano
hablan de llegar á noticia del Emperador y su Consejo, donde habia
de poder más la relación de todo un Reino que la suya. Persuadiale
a que se compadeciese de Armendariz, pues cuando á ello no lo
moviesen los privilegios de su nobleza, bastaba haber sido su
antecesor para que, amparándolo contra sus émulos, no tuviesen
otros avilantez para obrar lo mismo con él : que ninguno deshace el
espejo en que debe mirarse, si no teme se le descubran fealdades á
los rayos de su limpieza: que pues era tanto el amor con que eran
venerados los Oidores que visitaba, obrase él tambíen como todos,
pues ni por culpas que les atribuyese habia de calificarse de que
no las tenia, ni de la ruina de aquellos caballeros habia de sacar
más intereses que odios: y finalmente, que no abusase de la bondad
de Briceño, pues en la escuela que seguian ambos, más crédito
ganaban los sufrimientos que los arrojos y más con quien los había
puesto en aquellas plazas, no para ejercitar las armas sino la
Jurisprudencia, especialmente con los miserables indios, para quien
el menor despego es crueldad y la más leve ofensa tiranía; para lo
cual reparase cuán lastimado tenian el corazon de su Rey con las
vejaciones que recibian, cuyo remedio habia puesto en sus manos.
Pero todos estos consejos, que debiera atribuir á inspiraciones del
cielo, los convertia en sospechas de que le tenian ganada la
voluntad á la mujer, para que le embarazase los créditos, que
fundaba en ser Juez de campanada, quiero decir de aquellos que
viven persuadidos á que sin lo ruidoso de los castigos (caigan ó no
sobre culpas), no pueden disponer sus ascensos: torpeza incurable
pretender con acciones de brutos aquellos puestos que destinó la
razon para los muy racionales.