INDICE





PROLOGO

NOTICIA BIOGRÁFICA DEL DR. FERNÁNDEZ PIEDRAHITA

DEDICATORIA Y APROBACIONES DE LA OBRA

LIBRO I

Capítulo I
Del sitio y calidades del Nuevo Reino de Granada

Capítulo II
En que se da noticia de sus provincias y primeros habitadores.

Capítulo III
De las costumbres, ritos y ceremonias que usaban los indios mozcas en su gentilidad.

Capítulo IV
De otras ceremonias y costumbres que tenian los mozcas, y de las procesiones que hacían.

Capítulo V
Del sitio y corte de Bogotá: majestad de sus reyes condiciones y forma de sucederse.

LIBRO II

Capítulo I
Saguanmáchica conquista los fusagasugaes, rompe la guerra con el Guatavita, que se ampara del Rey de Tunja...

Capítulo II
Hereda el zipa Nemequené, y castigada la rebelián de Fusagasugá, sujeta los caciques de Cipaquirá y Nemza.

Capítulo III
Asalta el Zipa la corte del Guatavita, revuelve contra el Ubaque y sujétalo.

Capítulo IV
Sujeta el Zipa la provincia de Ebaté, nombra en ella al hermano por su lugarteniente, á quien mata el Ubaque.

Capítulo V
Da leyes el Zipa en su reino y previénese de todo para la guerra de Tunja.

Capítulo VI
Refiérense los sitios y estado de las provincias de Tunja y Sogamoso, y hacen liga sus príncipes contra Neméquene.

Capítulo VII
En que se prosigue la materia del antecedente

Capítulo VIII
Danse vista los ejércitos del Zipa y el Tunja, y platican antes de la batalla.

Capítulo IX
Dáse la batalla, y casi vencida por Neméquene, muere en ella, herédalo Thysquesuzha, y prosigue la guerra.

LIBRO III

Capítulo I
Fúndase la ciudad de Santa Marta por Rodrigo Bastídas, á quien mata su teniente general en un motín.

Capítulo II
Los capitanes de Lerma acometen á Posigueica y vuelven derrotados.

Capítulo III
Gobierna el doctor Infante á Santa Marta por muerte de García de Lerma, y el adelantado don Pedro de Heredia da principio á las conquistas de Cartagena.

Capítulo IV
El adelantado Heredia prosigue la conquista de Cartagena

Capítulo V
Dáse el gobierno de Santa Marta á d. Pedro Fernández de Lugo. Prosigue la guerra con los indios de la sierra sin fruto…

LIBRO IV

Capítulo I
Benalcázar descubre a Popayán, y fundadas las villas de Cali y Timaná, prosigue en su descubrimiento

Capítulo II
El licenciado Badillo residencia á D. Pedro de Heredia en Cartagena:

Capítulo III
Vuelve el General Quesada por su Ejército á la Tora, Condúcelo hasta los umbrales del Nuevo Reino

Capítulo IV
Marcha Quesada por la provincia de Vélez, pasa á Guachetá y de allí á Suesca en demanda de Bogotá, con asombro general de los indios.

Capítulo V
Entra Quesada en el valle de los Alcázares, rompe el ejército de los Uzaques, pasa a Bogotá

LIBRO V

Capítulo I
Entra el capitán Céspedes en la provincia de los Panches por Tibacuy: plática  con el capitán del presidio de los Guechas…

Capítulo II
Sale Quesada de Bogotá para Somondoco en demanda de las minas de esmeraldas que descubre

Capítulo III
El Capitán San Martín tiene noticia de Tundama: descubre á Sogamoso y vuelve en busca del general Quesada...

Capítulo IV
Asalta Quesada el palacio del Rey de Tunja, á quien prende, y después de un breve combate saquea su corte con presa de los tesoros que no pudo ocultar.

Capítulo V
Marcha Quesada á Sogamoso, saquea la ciudad y quémase su templo. —vuelve á Tunja, y desamparándola por ir á la conquista de Neiva,

Capítulo VI
Repártese la presa entre los españoles: Asaltan después el cercado de un bosque donde matan a Tysquesusha sin conocerlo.

Capítulo VII
Acometen los Panches las fronteras de Bogotá, y entran Quesada y el Zipa al castigo con mal suceso en el primer encuentro

LIBRO VI

Capítulo I
Prende Quesada á Sacrezazipa por los tesoros del Zipa muerto, y promételos con engaño hasta lograr la muerte de sus émulos...

Capítulo II
Reparte Quesada otra presa de oro y esmeraldas: da principio á la fundación de Santafé...

Capítulo III
Dánle noticia á Quesada de las entradas de Benalcázar y de Fedremán en el reino...

Capítulo IV
Persuade á Quesada Benalcazar á que funde ciudades, y refiérese el estado y crecimiento á que ha llegado la ciudad de Santafé.

Capítulo V
El general Quesada baja á Cartagena con Benalcázar y Fedreman, dejando por teniente general del reino á Hernán Pérez, su hermano...

Capítulo VI
Gerónimo Lebrón forma ejército y armada; sale de santa marta para el reino...

Capítulo VII
Alonso Martín prende en el rio á Alonso jeque, y obligado de una armada enemiga, vence la batalla naval de Cesare...

LIBRO VII

Capítulo I
Tratase de la entrada que hizo Martín Galeano en el territorio de Coicomé y Agata, y de la que después hizo Juan Alonso de la Torre

Capítulo II
Sale Galeano á la conquista de Guane: mueve la guerra en Chalalá, y síguela con Mataregua hasta vencerlo en batalla...

Capítulo III
Agraviado Thisquizoque de la tiranía de Juan Gascon,  hace liga con el Saboya, toma las armas y le quita la vida...

Capítulo IV
Los tres generales pretenden la gobernación del Nuevo Reino y ninguno la consigue...

Capítulo V
Forma ejército Tundama y fortifícase contra Baltasar Maldonado...

Capítulo VI
Montalvo de Lugo entra en el Reino por los llanos, y el capitán Lanchero á la conquista de Muzo...

Capítulo VII
Esguazado el Cauca, prosigue Jorge Robledo sus descubrimientos hasta fundar la ciudad de Cartago.

LIBRO VIII

Capítulo I
Con la noticia de que se previene armada en Francia para las Indias, mandan al adelantado Lugo que vaya á su gobierno...

Capítulo II
Los Yalcones y Paeces toman las armas y matan á los capitanes Añasco y Osorio y despues a Juan de Ampudia...

Capítulo III
Rebelánse los Sutas y Simijacas, fortifícanse en unos peñoles, va contra ellos el Capitán Juan de Céspedes...

Capítulo IV
Rompen los Panches por las fronteras de los Mozcas...

Capítulo V
Prosigue su jornada Gerónimo Lebrón, con varios sucesos, hasta el valle de Opon...

Capítulo VI
Quesada y Lebrón compiten sobre el gobierno con riesgo de romper en batalla...

LIBRO IX

Capítulo I
Con la sospecha de que se rebela la provincia de Tunja...

Capítulo II
Vuelve á sus descubrimientos el capitán Jorge Robledo y con varias fortunas llega hasta la provincia de Hebéjico...

Capítulo III
Vuelto el Capitán Maldonado de la jornada de los palenques, sale Hernán Pérez de Quesada al descubrimiento del dorado con mal suceso...

Capítulo IV
El Ocabita y Lupachoque se fortifican en dos peñoles: ríndese Lupachoque por armas al Capitán Pineda y el Ocabita...

Capítulo V
El adelantado Lugo se previene para subir á Santafé : fúndase por su órden el Barbudo…

Capítulo VI
Pasa Robledo preso á estos reinos: Heredia y Benalcázar se apoderan alternadamente de Antioquia después que se fundó la ciudad de Arma...

LIBRO X

Capítulo I
La armada francesa de Roberto Baal sorprende á Santa Marta y Cartagena; y el adelantado Lugo prende al capitán Rondón...

Capítulo II
Felipe de Utre sale de coro á nuevos descubrimientos penetra los llanos hasta la punta de los Pardaos...

Capítulo III
Prende Lugo á los oficiales del Rey y á los quesadas: justicia al encomendero de Sáchica...

Capítulo IV
Destierra Lugo á los quesadas. —el Capitán Venégas descubre las primeras minas de oro, y funda la ciudad de Tocaima...

Capítulo V
Descubre Felipe de Utre los Omeguas, y véncelos en una batalla...

Capítulo VI
Lugo sale del reino para Castilla, y Armendariz entra en Cartagena...

Capítulo VII
Armendariz nombra por su teniente á pedro de Ursua en el reino y á Robledo en Antioquia...

LIBRO XI

Capítulo I
Concurren los visitadores Gasca y Armendariz en Santa Marta...

Capítulo II
Procede Armendariz contra el capitán Lanchero y otros conquistadores...

Capítulo III
Hacen mariscal del reino á Gonzalo Jiménez de Quesada...

Capítulo IV
Échanse los indios á las minas: tratase en el consejo de fundar audiencia en Santafé...

Capítulo V
Prosigue Armendariz en su gobierno: pónese real chancillería en Santafé...

Capítulo VI
Fúndanse las religiones de Santo Domingo y San Francisco en el Nuevo Reino...

Capítulo VII
Entra el mariscal Quesada en Santafé: descúbrese el páramo Rico de Pamplona...

Capítulo VIII
Entra Ursua en Muzo y puebla á Tudela: vuelve á Santafé y baja por justicia mayor de Santa Marta...

Capítulo IX
Rompe Ursua el ejército de los taironas en la batalla de los pasos de Rodrigo...

LIBRO XII

Capítulo I
Entra en Santafé el licenciado Juan de Montaño con la visita de la audiencia y residencia de Armendariz...

Capítulo II
Rebélase el Valle de las Lanzas, va Hernando de Salinas al castigo, funda la ciudad de Victoria...

Capítulo III
Prosigue Montaño en su visita; ajusticia á Pedro de Salcedo y á otros...

Capítulo IV
Armendariz baja preso á Cartagena para que allí le residencie Montaño.—el Capitán Avellaneda funda la ciudad de S. Juan de los Llanos...

Capítulo V
El capitan Diego García de Paredes funda la ciudad de Trujillo...

Capítulo VI
Vuelve el mariscal á Santafé con la provisión de nuevos oidores.—el licenciado Tomas López entra en la audiencia...

Capítulo VII
El Capitán Cristóbal Rodríguez Juarez funda la ciudad de Mérida.—Diego García de Paredes reedifica la de Trujillo...

Capítulo VIII
Previénese el Nuevo Reino para resistir al tirano Lope de Aguirre.—compéndiase lo que obró en la jornada del Marañon...

Capítulo IX
Fúndase la ciudad de S. Vigente de Paez.-múdase la de Trujillo. Muere García de Parédes y tratase de todo lo acaecido en las provincias del Nuevo Reino...
CAPÍTULO II
 


REBÉLASE EL VALLE DE LAS LANZAS, VA HERNANDO DE SALINAS AL CASTIGO, FUNDA LA CIUDAD DE VICTORIA, Y EN VENEZUELA SE PUEBLA LA VILLA DE NIRÚA.- PROSIGUE MONTAÑO EN SU ENEMISTAD CON BRICEÑO, ACOMODA Á SUS HERMANOS Y MALTRATA SIN RAZON Á LOS INDIOS.

YA dejamos la villa de Ibagué mudada á mejor sitio con la rota que Andres López de Galarza y el Capitan Melchor de Valdés dieron á los Caciques Titamo y Quicuyma; pero como la nacion de los Pijaos sea de tan levantados espíritus, sintió de suerte aquel corto dominio que tenian sobre ella los españoles con haberle ocupado parte de su país, que por el año pasado de cincuenta y dos tomaron las armas todos los Caciques del valle de las Lanzas, auxiliados de los Coyaimas que habitaban la tierra llana, y á un mismo tiempo acometieron la villa, pensando que al susto de una invasión acelerada quedarían libres de aquella servidumbre en que se hallaban. Pero ya prevenido Domingo Lozano, que la gobernaba, con las noticias de algunas muertes que habian ejecutado en los que estaban derramados por el campo, hizo con los vecinos tan honrosa resistencia, que defendió la villa y tuvo tiempo para dar aviso á Tocaima, y de allí á Santafé, donde la noticia hizo tal conmocion, que declaró bastantemente el conocimiento que todos tenian de aquella belicosa nacion, desde que la primera vez experimentaron sus armas. Por esto los dos Oidores Góngora y Galarza, que gobernaban entónces, aplicaron tal diligencia en reparar aquel riesgo, que el primer aviso llamaron todas las fuerzas del Reino para oponerlas á tan evidente peligro, ordenando á los vecinos acudiesen luego con sus armas ó contribuyesen para levantar la gente de guerra que fuese necesaria: medio que abrazaron por más favorable y tan liberalmente, que en muy pocos dias estuvieron llenas tres compañías, de quienes nombraron por Cabo al Sargento Mayor Hernando de Salinas, que lo habia sido del Mariscal Quesada cuando entró en el Reino, y despues quedó avecindado en Tocaima, á quien mandaron, que con aquella gente y con la más que agregase de Tocaima y Mariquita, partiese á la defensa de Ibagué, ántes que los Pijaos la pusiesen en mayores aprietos.

Con este órden y ciento y cincuenta infantes y veinte caballos, partió Salinas de Santafé, y á los nueve dias, con alguna gente más que sacó de Tocaima y le acudió de Mariquita, entró en Ibagué á tiempo que se necesitaba mucho de quien le abriese el paso á la conduccion de víveres, de que padecian falta, por hallarse el enemigo señor de la campaña. Pero refrescada la villa con los que llevó Salinas, y habiéndola puesto en la mejor defensa que pudo, salió en demanda de Titamo y sus coligados, que, deseosos tambien de reducir al trance de una batalla el punto sobre que contendian, se la presentaron al repecho de una colina, donde despues de dos horas, en que por ambas partes se hicieron hazañas dignas de memoria, se retiraron los campos, desengañado el español de que á sus caballos y armas de fuego no reconocian ventaja las galgas y lanzas de los Pijaos, y persuadidos éstos á que la desordenada muchedumbre de su gente no podia prevalecer contra la militar disciplina de ciento y noventa españoles y he puesto advertidamente su corto número, para que se repare que si aqui se mantienen menos de doscientos españoles contra más de dos mil indios Pijaos, reparemos tambien en que por los años de seiscientos y quince no prevaleceran algunas veces ejércitos de más de mil españoles contra la pequeña tropa de doscientos Pijaos. Mucho es lo que aprieta la vejacion para que se adelanten los brios y más los que vicia la ociosidad para que decline el valor. Instigados los Helvecios de la braveza del Duque Carlos, ejercitaron las armas hasta representar el primer papel en los teatros de las más sangrientas batallas; y menospreciada la sencillez Holandesa de quíen debia ampararla, trocó la caña en mosquete y las barquillas en urcas, hasta pescar la libertad á muy pocos lances. Qué mucho, pues, sucediese en la América lo mismo que se practicaba en Europa, si el deleite fué apagando en los españoles el coraje que el mal tratamiento iba encendiendo en los indios?

De los que se hallaron en esta batalla de la colina quedaron muertos y heridos más de doscientos, y de los nuestros no llegaron á quince; con que más deseosos unos y otros de que la fortuna se declarase parcial y no indiferente, se valían de trazas distintas para inclinarla á su bando. Los españoles provocandolos á salir á tierra limpia en que aprovechar los caballos, y los Pijaos descubriéndose en tropas para que, siguiéndolas, cayesen en las emboscadas que tenian en los pasos estrechos y tránsito de las quebradas, y á ventajas de la industria se fuese minorando el número de los nuestros, de que se originaba dilatarse la guerra, reduciéndola á desafios, encuentros y surtidas de poca monta, en que los efectos salian de menor consecuencia por más que el valor se ejercitase: con que desesperado el Hernando de Salinas de sacar el entero fruto de sus trabajos, y pareciéndole quedar bastantemente atemorizados los indios para no intentar nuevas alteraciones, se retiró á la villa y dió parte de todo á los Oidores para que saliesen del recelo en que habian quedado.

Al tiempo que se nombró este Cabo con fin de que aceptase la empresa, se le dió facultad para que concluida la guerra de Ibagué pudiese hacer entrada con la misma gente que le quedase en la provincia que le pareciese, y poblar en ella, como fuese á propósito y de aquellas que ya estuviesen descubiertas y holladas de los españoles (en cuyo caso no parece hablaba la prohibicion de nuevas conquistas), y ésta fué la principal causa de haber dejado en peor estado la villa de Ibagué, como sus vecinos lo lamentaban despues; y sal, luego que despachó la noticia de haber cumplido con lo que se le habia ordenado, recogida su gente, en cuyo número se contaban Francisco Martínez de Ospina, que ya habia subido del Valle de Upar, García Valero, Cristóbal de Mercado, Diego Asencio de Salinas, don Diego de Carvajal, Juan Zapata, Lope de Salcedo, Antonio de Berrío, Diego López Vela, Juan de la Peña, Montoya y otros, fué atravesando gran parte de las sierras de Gualí, siempre guerreando con sus moradores que, armados del veneno incurable de sus flechas trataban de impedirlo el paso hasta caer en Mariquita, y desde aquella ciudad, metiéndose por lo más fragoso de sus montañas vecinas, hasta las cabeceras del rio de la Miel, que estarán á once leguas de la misma ciudad de Mariquita: y entre aquel rio y el Guariño, reconocida la numerosa cantidad de indios que lo habitaba, eligió por mejor sitio el sombrío de una montaña, donde Hernando de Salinas, como Cabo principal, y no Diego Asencio, que solamente fué poblador, fundó la ciudad que llamó Victoria, si bien mudada á unas sabanas altas y rasas despues, ó por los bandos de Ospinas y Salcedos que en ella se introdujeron, ó por las pocas conveniencias que ofrecía el país desde que faltó la labor de las minas, la que se habia conservado algunos años con vecindad muy ilustre, se despobló como otras, para que de sus pobladores se acrecentase la de Maniquita, donde los minerales de plata y oro han ido siempre en aumento.

Por este mismo año se hallaban los vecinos de Bariquizimeto en más apretados lances que aquellos en que los puso el negro Miguel, pues no teniendo otro recurso para mantenerse que el de las minas de Nirúa, fué de tan nocivo ejemplar su alzamiento que, á su imitacion, los indios Nirúas y Giraharas tomaron tan á su cargo impedir su labor, que convocándose armados les acometían con tan repetidos asaltos, que no habia minero que se atreviese á conservar el sitio por la poca gente que se podia juntar para la defensa; con que falto de oro y de indios para el servicio, pasaban temporales bien trabajosos, cuando en su mayor desconsuelo tomó tierra en Coro el Licenciado Villasinda, Gobernador nombrado por el Rey para la provincia de Venezuela, en cuyo puerto se detuvo muy poco, por ser su poblacion de ménos importancia que las de Tocuyo y Bariquizimeto, para donde se encaminó luego, y llegado á ésta le noticiaron sus vecinos de todo lo acaecido con el negro Miguel y del presente peligro en que se hallaban con el alzamiento general de los indios, cuya hostilidad habia imposibilitado la labor de las minas de S. Pedro, para cuyo reparo, en junta general de las personas de más porte, se habia resuelto que respecto de distar las minas más de catorce leguas de la ciudad, y ser por esta razon muy difícil poderla socorrer en las invasiones que intentasen los indios, y no tener otro medio para poder mantenerse que el de la saca de oro, se fundase en ellas un lugar de españoles á quienes se diesen en feudo los indios encomendados que habia en el contorno, de que para el efecto hacian dejacion los dueños propietarios.

El nuevo Gobernador, inclinado como sagaz á dar gusto á los vecinos en La primera pretension que mostraban, vino en ella, y eligiendo por Cabo para que la consiguiesen á Diego de Montes, hombre famoso en aquella gobernacion, así por la práctica que tenia en la guerra de los indios, como por el conocimiento de yerbas para curacion de las heridas de flechas venenosas, y de quien hemos tratado otra vez en la que hizo al General Felipe de Utre en la entrada de los Omeguas, le dió cuarenta infantes españoles, con que razonablemente apercibido salió de Bariquizimeto la vuelta de las minas de S. Pedro, haciendo diferentes castigos de muerte en algunos de los indios que se habian mostrado rebeldes, en que llevaba por dos fines principales, el de tomar satisfaccion de las que habian ejecutado en muchos españoles y el de atemorizar el país, para que en lo futuro se abstuviesen sus naturales de proseguir en semejantes acciones. Pero examinado el país y hécho tanteo del sitio más comodo para poblarse, parecióle ser la ribera de un rio, que muy cercano á las minas corre por el centro de un hermoso palmar y en él fundó una villa que llamó de las Palmas, y habiéndole nombrado Justicia y Regimiento que la gobernase, y repartido la tierra entre sus pobladores, persuadido á que ya escarmentados los indios con el castigo, no intentarian más novedades, dió vuelta á Bariquizimeto, á quien fueron inmediatamente siguiendo otros, que no quisieron cambiar la vecindad de aquella ciudad por la asistencia de la villa, con que siendo tan pocos los que quedaron en ella no tenian ánimo para salir de sus casas, y por consiguiente lo cobraron los indios para intentar acometerlos de nuevo; pero teniendo los vecinos anticipada noticia de la borrasca que se levantaba contra su villa de las Palmas, y no atreviéndose á esperarla la desampararon á tiempo que pudieron salvar las vidas en Bariquizimeto.

No por esto perdieron los vecinos el ánimo de que se volviesen á labrar las minas á pesar de inconvenientes y dificultades, por encontrarlas mayores en haber de vivir con pobreza, que no tenia otro camino de poder remediarse; y así, por el año de cincuenta y cinco eligieron por Capitan á Diego de Parada, natural del Almendralejo en Estremadura, que con veinte y cinco hombres escogidos corrió primero el país como lo habia hecho Diego de Montes; haciendo iguales castigos en los Nirúas y Giraharas, hasta que persuadido como él á que no intentarían de nuevo tomar las armas contra los españoles, pobló segunda vez la villa, á quien llamé Nirúa, por haberla mudado sobre el rio de este nombre, donde los pobladores no tuvieron más consistencia que la que permitió el verano, pues entrando el invierno fueron tan continuados los acometimientos que los indios hicieron á la miserable villa, que segunda vez obligaron á los nuestros á que la desamparasen, volviendo á Bariquizimeto, donde de las ciudades de Coro y del Tocuyo juntó el Gobernador una razonable compañía dé españoles, y con las noticias que le habian dado de la muchedumbre de naturales que habitaban la provincia cercana á la gran laguna de Tacarihua, y otra que demoraba la tierra dentro, al este de la primera poblacion que se hizo del Tocuyo, la despachó á su descubrimiento, donde luego que los nuestros la pisaron tuvieron muchas ocasiones en que manifestar su valentía española, en trances bien arriesgados, por ser belicosos los naturales; y pareciéndole al Capitan ser la tierra á propósito para poblar en ella y hacer plaza de armas para emprender la conquista de los Caracas, con la órden que llevaba de Villasinda, fundó una ciudad por el año de cincuenta y seis, que llamó la Nueva Valencia, sesenta leguas al Sueste de Coro, y siete de la Burburata, en cuyo tiempo murió Villasinda dejando el gobierno en el ordinario de los Cabildos.

El de Bariquizimeto, sentido más cada dia de la falta que le hacian sus minas de S. Pedro, nombró otro Capitan, llamado Diego Roméro, para que con otros cuarenta hombres volviese al castigo de los Nirúas, y ejecutado con la mayor demostracion que pudiese, poblase otra vez la villa, de que pendia el remedio de todos. Hízolo asi Romero, y dejando alojada en el campo su gente, volvió á Bariquizimeto á dar cuenta de lo sucedido, para que con la noticia dispusiese su Cabildo lo más útil para la fundacion de la villa; pero habiéndose encontrado con Gutierre de la Peña, que de la isla española habia pasado por Gobernador en lugar de Villasinda, y enterádole de lo que habia obrado, tuvo órden suya para volver á poblar donde le pareciese, con cuyo despacho vuelto á Nirua, halló su gente libre de haber experimentado alguna desgracia de las que pudieran temerse. Pero corno ya entraba el invierno, y por esta razon no podia trasegar la provincia para buscar sitio más cómodo, se hubo de resolver á poblar en la misma ranchería de las minas, con el nombre de Villa Rica, en cuya ocupacion estaba cuando llegó á Bariquizimeto Pablo Collado, Gobernador despachado por el Rey, quien informado dé las incomodidades que se padecian en la nueva poblacion, mandó al Capitan Romero la mudase á otro sitio que fuese más favorable, llamándolo, Nirúa del Collado, por cuyo recuerdo parece haber motivado la cuarta transmigracion que se hizo, fundándola sobre el mismo rio Nirúa, en que la puso Diego de Parada, aunque en diferente asiento, donde tampoco permaneció cuatro silos cabales, por haber sido tan continuada la guerra de los indios, y el fruto de las minas tan corto, por falta de negros, que no pudo mantenerse más tiempo, ni vuelta á reedificar por el Licenciado Bernardes mudó fortuna; y aunque todos estos sucesos acaecieron desde el año en que vamos de cincuenta y tres hasta el de cincuenta y siete, ha parecido reducirlos á este capítulo para desembarazar los siguientes.

Con la entrada del Obispo D. Fr. Juan de los Bárrios dejamos en Santafé algo apaciguada la furia con que el Licenciado Montaño se portaba en su visita; pero como aquella suspension era violentada en la inquietud de su natural, rompió brevemente su cólera con los diques del respeto que la tenian represada: y si de ántes era grande el odio que mostraba á Briceño, de allí adelante lo ensangrentó de suerte que por todos caminos le solicitaba descréditos. Y como la autoridad en el Juez sea la causa principal para que le tengan respeto, y la desgracia del reo sea el motivo que más provoque á desprecios, unas veces libraba provisiones por si solo en el despacho ordinario, para dar á entender faltaba en su compañero la autoridad que en él residia; y otras veces contra el mismo Briceño, dándole algunas comisiones ó visitas de diferentes gobiernos (subsistia entónces la nueva ley que lo permitía, y despues se revocó), todo con mira de apartarlo de sí para que no le embarazase la ruina del Reino; pero viendo lo poco que conseguia por este camino, libró provision en que le mandaba volviese á residir en su gobierno de Popayan, para que imaginándolo reo é súbdito suyo, no se hiciese de él la estimacion debida á su puesto; para lo cual, y que lo capitulasen, se estrechaba en amistad con los émulos que la residencia de Benalcázar le habia criado: á que hacia tan poca contradiccion el Briceño, que admiraba su dejamiento, sí bien teniéndolo por entereza Montaño, variaba en las resoluciones que habia tomado.

Esta paciencia en Briceño extrañaba de suerte entre los vecinos de Santafé, que aun los más políticos la atribuian á temor grande que habia cobrado al compañero, pues no es fácil de encartar entre los actos prudenciales el tolerado ajamiento de la autoridad del oficio. Dejábase tratar en los Acuerdos y públicas Audiencias con voces muy bajas, apodos y nombres injuriosos, y que en la realidad quitada aquella culpable sujecion de Briceño, no cabian en su persona; y aunque á los principios de su enemistad acostumbraban salir de los estrados riñendo públicamente, despues vinieron á terminar las contiendas en quedar el Montaño absoluto dueño de todo, disponiendo y ejecutando á su arbitrio cuantos despachos de justicia y gobierno se ofrecían, haciendo por remate que los firmase de fuerza ó grado Briceño: seden que parece increible en quien despues mereció otras plazas de que dió buena cuenta hasta ocupar la de Presidente del Reino en propiedad; pero hay prudencias de primera magnitud que no se dejan percibir de escrutinios vulgares. La luna parece á estos el mejor astro del cielo, porque no miden las cantidades por las distancias; y en la realidad es menor que una estrella, porque la retirada magnitud de éstas solamente se deja alcanzar de ojos que penetran esferas á fatuidad de Mateo Viceocomite atribuían sus emulos la ocupacion de pescar ranas en un estanque, y en este dejamiento ocultó la prudencia con que despues oprimió la libertad de los milaneses. Al fin Briceño, de cuerdo ó temeroso, obedecia de tal suerte á Montaño, que advertido en cierta ocasion del Mariscal Quesada, al tiempo de entrar en acuerdo, de que en él se había de tratar un negocio de notable perjuicio á los conquistadores, como lo era dar Montaño un buen repartimienro que habia vacado, á Pedro Escudero, su hermano, dijo delante de muchos que lo tuviesen por el Bachillerejo de ménos cuenta que de España hubiese salido, si tal provision firmase, pera como en semejantes lances no faltan lisonjeros que hagan á dos manos, fué luego uno de ellos y dióle parte de todo á Montaño, al salir de su casa para el mismo Acuerdo, y levantando la voz dijo: Pues ténganme á mi por el más vil Licenciadillo del mundo, si él no lo firmare esta tarde.

Así pues, cumplió su promesa, y Briceño faltó á la suya firmando aquella misma tarde la provision que habia dicho no firmaría, con que Pedro Escudero quedé con la encomienda del Cocuy, que rentaba tres mil pesos de ensayado, sin los aprovechamientos, y abrió la puerta para acomodar á los hermanos restantes, pues luego se dispuso la conveniencia de Rodrigo de Montaño por un arte bien raro, y fué hacer que cada cual de los encomederos de los Marequetones le soltase dos casas de las que se les habian dado en repartimiento, con que llegó á tener el mayor de todos, y tal, que sí no se le hubiera quitado, le rentara en cada un año de cinco á seis mil pesos de ensayado: y á Cristóbal Montaño acomodó en otro de menor cantidad, en la misma provincia de Mariquita ó Victoria; y aunque Briceño hacia cada día firmes propósitos de no consentir en semejantes mercedes, eran tantos los temores en que lo ponian algunos, sobre el que él se tenia de ántes, que tambien firmó éstas, y llegó á verse tan ajado de Montaño, que no pudiendo ya pasar por los ultrajes que experimentaba, hizo un auto por el cual se desistía del ejercicio de su plaza hasta que su Majestad mandase otra cosa, dejándolo firmado en el libro de Acuerdo; y aunque era cierto que no lo podía hacer, por ser aquella resolucion perteneciente al Príncipe, al Montaño le fué tan agradable, y al Briceño despues tan sensible, que para que lo volviesen á admitir al oficio necesitó de hacerle más rendimientos que de ántes, aunque parece no podian pasar á mayores: si bien para todas estas indecencias se disculpaba con decir tenia hechas exclamaciones para cuando fuese Juez á remediarlo; que no ocasionaba poca risa en los que consideraban que siendo Presidente de Sala y Visitador, como el compañero, no se tenia por Juez para cosa alguna.

De la persecucíon de Briceño y de los visitados pasó Montaño á la de los indios, porque no se reservasen chicos ni grandes, y dispusoles su calamidad á los miserables en esta manera: Hallábanse oprimidos con la tiranía de que usaban los Encomenderos para cobrarles tributo, al tiempo que llegó Montaño, deseoso de arruinar á éstos, como lo manifestó con palabras, y con esta mira les daba á entender que el fin de su tránsito á Indias no habia sido otro que el de sacarlos de la opresion en que los tenian los conquistadores; y como el agasajo fingido que les mostraba, y ellos tenían pon verdadero, jamas lo habían visto en Juez alguno, y habiéndose de gobernar por las apariencias, no hallaban autoridad en Briceño para buscarle, pórque todo el cortejo de los vecinos acudía más donde los compulsaba el temor que donde los persuadía la obligacion, dieron en recurrir á Montaño con sus quejas, que las admitía con gusto, miéntras valiéndose de ellas logró lances en que satisfizo parte de su crueldad y codicie; pero como se continuasen las quejas, y los indios de suyo sean molestos, tanto como lo son los agravios que cada día reciben de los que intentan sacar de sus trabajos provecho, dióle brevemente en rostro esta molestia á Montaño, y para librarse de ella tomó por expediente, ó lo tomaron sus hermanos (que se habian levantado á mayores), que los criados que estuviesen de guarda maltratasen de suerte á los indios que le fuesen con quejas, que volviesen escarmentados para no repetirlas. Hacíanlo, pues, así, y en llegando lastimados á buscar el remedio de su injuria, dábanles sobre ellas muchas cosas, y algunas veces las trocaban en palos y otras tantas, y más iban á los mercados y les quitaban géneros que vendian, con el pretexto de que eran para la casa del Visitador, pagando á los miserables en la moneda de palos, si cobraban en otra estafa ó crueldad tan soez, que no la ignoraba y omitia el castigo, pasaba deinfame. Todas estas acciones las miraba doña Catalina de Somonte con los ojos de su prudente consideracion, y amante verdadera del marido, le instaba en que se abstuviese de semejantes procedimientos, que tarde ó temprano hablan de llegar á noticia del Emperador y su Consejo, donde habia de poder más la relación de todo un Reino que la suya. Persuadiale a que se compadeciese de Armendariz, pues cuando á ello no lo moviesen los privilegios de su nobleza, bastaba haber sido su antecesor para que, amparándolo contra sus émulos, no tuviesen otros avilantez para obrar lo mismo con él : que ninguno deshace el espejo en que debe mirarse, si no teme se le descubran fealdades á los rayos de su limpieza: que pues era tanto el amor con que eran venerados los Oidores que visitaba, obrase él tambíen como todos, pues ni por culpas que les atribuyese habia de calificarse de que no las tenia, ni de la ruina de aquellos caballeros habia de sacar más intereses que odios: y finalmente, que no abusase de la bondad de Briceño, pues en la escuela que seguian ambos, más crédito ganaban los sufrimientos que los arrojos y más con quien los había puesto en aquellas plazas, no para ejercitar las armas sino la Jurisprudencia, especialmente con los miserables indios, para quien el menor despego es crueldad y la más leve ofensa tiranía; para lo cual reparase cuán lastimado tenian el corazon de su Rey con las vejaciones que recibian, cuyo remedio habia puesto en sus manos. Pero todos estos consejos, que debiera atribuir á inspiraciones del cielo, los convertia en sospechas de que le tenian ganada la voluntad á la mujer, para que le embarazase los créditos, que fundaba en ser Juez de campanada, quiero decir de aquellos que viven persuadidos á que sin lo ruidoso de los castigos (caigan ó no sobre culpas), no pueden disponer sus ascensos: torpeza incurable pretender con acciones de brutos aquellos puestos que destinó la razon para los muy racionales.

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