LIBRO
DUODÉCIMO
El Licenciado Montaño pasa por Visitador de la Audiencia de
Santafé. El Obispo D. Fray Juan de los Bárrios sube de Santa Marta
y se halla en la visita de los Oidores y residencia de
Armendariz.-. Rebélase el valle de las Lanzas, parte al castigo
Hernando de Salinas y funda la ciudad de Victoria.- Puéblanse las
villas de Nirúa y Nueva Valencia, en la provincia de Venezuela.-
Montaño, enemistado con Briceño, procedo tiranicamente en su visita
y discorda en la sentencia de los Oidores que ocurren, á Castilla
por su desagravio: enriquece á sus hermanos, ajusticía á Pedro de
Salcedo y á otros. Rebelase Alvaro de Hoyon en la ciudad de La
Plata, saquea algunas ciudades y muere desbaratado en Popayan á
tiempo que de Santafé partia Baltasar Maldonado á
encontrarlo.-Moutaño pasa á gobernar la provincia de Popayan, donde
procede injustamente: vuelve á Santafé y remite preso al Licenciado
Armendariz á Cartagena, y baja á residenciarlo.-Disgústase con el
doctor Maldonado, que gobernaba allí por el Adelantado
Heredia.-Naufraga éste y los Oidores Góngora y Galarza en la costa
de Zahara.-Fundase la ciudad de los Llanos.-El Capitan Ursua pasa a
Panamá y por órden del Marqués de Cañete, Virey del Perú, allana
los palenques de negros de aquella provincia y prende á su Rey
Bayano.-Montaño remite preso á estos Reinos á Armendariz y pasa á
Santa Marta y Rio de la Hacha aceleradamente, de donde vuelve á
Santafé.-Saquean los franceses á Santa Marta; prosíguese la
conquista de Venezuela, y el Capitan Diego García de Parédes funda
la ciudad de Trujillo.-Montaño prosigue en sus
desacíertos.-Celébrase el primer Sínodo de Santafé.-El Mariscal
Quesada baja á gobernar á Cartagena y á residenciar al doctor
Maldonado: vuelve al Reino, donde llegan despues el doctor
Maldonado y Tomas López, Oidores nombrados para Santafé.
-Despéchase Montaño con la poca mano que tenía en La Audiencia, y
sus hermanos tratan de alterar la tierra.-Tomas López suspende á
Montaño, llega Briceño á residenciarlo y remitelo preso con una
cadena á Valladolid, donde le cortan la cabeza.-El Capitan Lanchero
allana la provincia de los Muzos.-Francisco Martínez de Ospina
funda la ciudad de los Remedios y Cristóbal Rodríguez Juárez la de
Mérida.-Muere García de Parédes: trátase del Obispo Fr. Agustín de
la Coruña, de la fundacion de San Vicente de Paz y villa de los
Angeles, y de lo acaecido en el Reino hasta la entrada del primer
Presidente.
CAPÍTULO
PRIMERO
ENTRA EN SANTAFÉ EL LICENCIADO JUAN DE MONTAÑO CON LA VISITA DE LA
AUDIENCIA Y RESIDENCIA DE ARMENDARIZ.-REFIÉRENSE LOS PRINCIPIOS DE
SU VISITA, HASTA. QUE LLEGA EL OBISPO D. FR. JUAN DE LOS
BÁRRIOS.
SOSEGADAS ya por algun tiempo las conquistas del Nuevo Reino de
Granada, habia de ser consiguiente entrarse confiada la pluma en
las acciones políticas de los ministros elegidos para mantenerlo en
justicia. Pero sucede tan al contrario, que no habiéndose
atemorizado al estruendo de los desórdenes militares de tantos
Cabos guerreros, son poderosas las civilidades de un solo ministro
para que se recele cobarde. Mas qué mucho, si habiendo de correr
por las lineas de la verdad, es preciso engolfarse en odios,
injusticias, crueldades y desaciertos, que por más de seis años
corrieron sin freno al impulso de un genio tan peligroso, que llegó
á Contagiar á cuantos concurrieron con él, ya fuese con disimulo á
sus desatinos, ó ya con oposicion al ímpetu de aquella inmoderada
ámala de castigar y vengarse, que para descrédito suyo forjo la ira
en la fraguo de sus mal fundados discursos. Bien sé la veneracion
que se debe á los Ministros togados en la forma de calificar y
referir sus procedimientos; pero bien es que sepan que no se
privilegian los malos de que la pluma los presento á los ojos de la
posteridad, para que al recuerdo de la fealdad de los que así
procedieron, se contengan los sucesores de exceder los límites de
aquella autoridad en que los constituyen los puestos: pues á
haberse acordado nuestro Rey D. Pedro de los cortes que tienen las
plumas, hubiera quizá embotado los filos que tenia su espada.
No es mi intencion controvertir, si es lícito ó ilícito, útil ó
nocivo el juicio y regular de las visitas generales que se
despachan á las Audiencias y ciudades de las Indias, pues siendo
estilo del Consejo que las gobierna, solo me toca cautivar el
entendimiento en obsequio de las resoluciones de Tribunal tan
Supremo á lo que si me hallo precisado es á poner á su inspeccion
las acciones que el Licenciado Juan de Montaño obró como Visitador
del Nuevo Reino de Granada, para que, investigando la poca
diferencia con que se han portado los más de los Visitadores, que
despues han pasado á Indias, se tenga presente la precisa
obligacíon de pesquisar (antes de elegir semejantes ministros) no
solamente las inclinaciones que por los conductos de padres á hijos
se heredan, sino los resabios que por falta de buena educacion se
traslucen, ó en el manejo de los negocios que se les han cometido
descubren; pues con la indicacion de los menores en que
bastardearen, será muy fácil venir en conocimiento de los mayores
en que han de perderse, para que mirado esto así, no consiga alguno
por gracia un puesto que aun parece incomportable conferido en
justicia.
Exámen es éste que sin llegar á tan exactas diligencias, podrá
correr en las elecciones de Visitadores que obran dentro de los
términos de estos Reinos de España, donde el presto remedio apénas
tiene encendidos los perjuicios cuando los tiene apagados. Tambien
pudiera no extrañarse en las de Presidentes y Gobernadores que
pasan á Indias, pues aunque unos y otros tengan mucha jurisdiccion
en las manos, es parte de grande alivio para los quejosos saber que
tienen limitados los cargos por mal que los administren, y la de
haber Audiencias que los amparen; ni para los ministros de éstas
débieran aplicarse mayores escrupulos, pues cuando tal vez no
falten algunos que se apasionen, casi siempre se hallan compañeros
que los contengan, ó Presidentes que los repriman. Pero en los
Visitadores generales que se despachan á Indias, como llevan la
jurisdicción tan privativa y sin límite, y á partes tan retiradas
del Príncipe, es tan preciso que anteceda el exámen de su génio y
costumbres, que si éste se omite y las costumbres desdicen de las
obligaciones del puesto, en vez de remitir un Juez que medicine irá
un tirano que apeste, pues no templando el pulso alterado de los
quejosos con el castigo de los culpados, irritan el de toda una
República con generales incendios, de que resultando la destruccion
de los vecinos con las parcialidades que se introducen, no logran
más interes las Arcas Reales que el de costear loe salarios que no
se deben: y así parece fuera de menos inconveniente dejar el
gobierno en los Oidores, aunque no fuesen buenos, que ponerlo en un
Visitador con resabios de malo.
Profundicemos más la razon de esta advertencia. La más sana
política enseña que el gobierno de muchos no es tan bueno como el
de pocos, y que el gobierno de uno es mejor que el de pocos y
muchos; porque si el mejor gobierno se endereza á conservar la
union y paz de la muchedumbre de súbditos, cosa cierta es que esta
union la podrá fundar mejor el que fuere solo uno que los que
fueren pocos ó muchos, donde cabe disconformidad, que es la que más
aparte del fin de la unidad á que debe mirar el gobierno. Pero
síguese de aquí mismo que, siendo malo el gobierno, será menos
perjudicial el de muchos que el de pocos: y por consiguiente, será
peor el de uno solo que el de muchos y pocos; porque si la
democracia se opone á la policía, por ser ambos gobiernos que se
ejercitan por muchos, y la aristocracia á la oligarquía, porque uno
y otro gobierno es de pocos, de fuerza se habrán de oponer el régio
y tiránico, porque son entrambos de uno; y pues ya se ha mostrado
que el buen gobierno de uno os el mejor, y ninguno ignora que lo
más opuesto á lo mejor es lo peor, bien claro se deduce que el mal
gobierno de uno es más nocivo que el de pocos y muchos: pues así
como es más útil que la fuerza que obra sea una, y no dividida para
ser más poderosa, así será siempre más dañoso el poder que obra
mal; si fuere de uno.
Demas de esto, si el gobierno crece á más injusto, cuanto más se
aparta del bien comun de muchos (que es la segunda parte del fin á
que debia mirar) y busca el particular de quien lo administra ; y
en la oligarquia y democracia se aparta ménos que en el tiránico,
porque en éste se procura el bien de uno solo y en los dos primeros
de algunos ó muchos, y en cualquier generalidad se hallan siempre
más propincuos los muchos que los pocos y los pocos que uno solo,
bien se reconoce que el mal gobierno de tino es el peor de todos,
y cuanto ménos perjudicial será que gobiernen mal pocos á muchos
Oidores, que poner el juicio de una visita en sujeto que no dejare
afianzada la seguridad de obrar bien con el en entero exámen de sus
costumbres. Ademas que, para comprobacion de lo que va referido,
cuando no basten las inquietudes y alteraciones acaecidas en otros
Reinos y provincias en el progreso de muchas visitas, tenemos entre
manos los procedimientos del Licenciado Juan de Montaño en la suya,
para que haga palpables tantos inconvenientes representados y lo
mucho que se aventuró en la apresurada eleccion de tan violento
ministro, pues aunque por accidente se le dió conjuez para que
obrase acompañado, en las ejecuciones veremos que obró como
solo.
Libres ya los dos Oidores Góngora y Galarza del embarazo en que
los puso el empeño de favorecer á Miguel Diez de Armendariz en la
residencia que le tomaba el Licenciado Zurita, y estrechados cada
dia más con el Mariscal Quesada, daban rienda al buen natural de
que los habia dotado el cielo con tan crecido interes de
benevolencia, que la que no les granjeaban los beneficios por
singulares les conseguia la cortesia por general. Jamas les oyeron
los reos palabra que desdijese del puesto, ni se empeñaron como
Jueces entre partes, sin que intentasen primero ser amigables
componedores; de que resultaba la quietud de las provincias, buen
progreso de las conquistas, ricas minas de oro y razonable cosecha
de esmeraldas, con que gustosos los vecinos del Reino vivían
olvidados del encono de sus parcialidades y de las futuras
desgracias que anunciaban aquellas dichas presentes: si bien para
el reparo, siempre atenta la Providencia Divina, inspiré á los
Consejeros de Indias atajasen aquel riesgo que amenazaba al Reino
con la visita de Montaño, dándole por conjuez en las comisiones que
llevaba al Licenciado Francisco Briceño, en caso que lo hallase en
el ejercicio de su plaza de Oidor, pareciéndoles que, templado el
ardimiento del uno con las detenidas resoluciones del otro, habria
lugar para que, sin el error de nueva eleccíon, hallasen sujeto que
ocupando la silla de Presidente de aquella Audiencia, ajustase las
dependencias del Reino.
Con estos despachos habia salido Montaño de la Corte y tomado
puerto en Cartagena, como dijimos, y sin que tuviese de ellos
noticia, había salido de Popayan el Licenciada Briceño, y corriendo
ya el año de mil quinientos y cincuenta y tres, entró en Santafé
por el mes de Febrero, con aplauso general de sus vecinos, por las
noticias anticipadas de que la docilidad de su genio no desdecia de
la turquesa en que se habian labrado los de sus compañeros; donde á
los cuatro meses de recibido, que fué por el mes de Junio, llegó
tambien el Licenciado Juan de Montaño, á Juan Lavado, como se llamó
en sus primeros años por Alcuña, que así mismo heredaba. Era
natural de Ayamonte, con orígen del Maestrazgo de Santiago en Leon,
porque de un leon y de un monte no se extrañase haber nacido una
fiera; pero con tal providencia del cielo, que, para templar mucha
parte de sus arrojos, le dió por consorte á doña Catalina de
Somonte, mujer de rara virtud y prudencia, y á cuyos dictámenes
pudiera corregir el suyo, si, como otro desatento Nabal, no
despreciara los consejos de tan prudente Abigail. Llevaba tambien
en su compañía cuatro hermanos suyos llamados Pedro Escudero,
Rodrigo Montaño, Sebastian Herreruelo y Cristóbal Montaño el menor,
una prima de su mujer y muchos criados, que al reclamo de la visita
habian partido ansiosos de conveniencias y prontos á inclinarle á
cualquiera precipicio.
Habíase ocupado en estos Reinos de Castilla en algunas
comisiones y residencias de que hubiera dado tan mala cuenta como
de las de Santafé, si el remedio que se tiene tan á la mano no
deslumbrara manchas que en la tela de semejantes Jueces se hallan á
cada paso, con que tuvo arte á fortuna para acomodarse en una
Relatoria de Valladolid, de deudo lo sacaron para la visite de que
vamos tratando, aunque con algunas noticias de sus procedimientos,
de que se dió Parte al Consejo despues de tenerlo proveido en el
cargo de las comisiones que llevaba. Era la una para visitar á los
Oidores, y en caso de no hallarlos notablemente culpados, darle á
Juan López de Galarza el título que con ella le dieron de Oidor de
Guatemala en lugar de Tomas López, que habia de pasar á Santafé ; y
á Beltran de Góngora otro para Santo Domingo, en la plaza de Alonso
de Zurita, que tambien iba promovido á Guatemala. La otra comision
era para residenciar nuevamente á Miguel Diez de Armendariz, á
quien se le ordenaba saliese de la isla española en que se hallaba
en aquella ocasion, y pareciese personalmente en Santafé á sor
residenciado; pero en las dos comisiones habia cláusula, como
dijimos, de que en caso que el Licenciado Briceño estuviese en el
servicio de su plaza, no procediese solo Montaño, sino acompañado
con él; que aunque no sirvió para todo el efecto que pudo
esperarse, fué en algunas ocasiones leve medicamento que templó
genio tan escabroso como el de su compañero.
Con estas comisiones y muchas esperanzas de propias
conveniencias, salió de estos Reinos y subió al Nuevo de Granada,
desde la Costa, tan persuadido á que Briceño no se habria
desembarazado de los negocios y gobierno de Popayan, que todas las
ideas que formaba en la navegacion del rio se enderezaban á que
únicamente habia de visitar el Reino y gobernar la Audiencia á su
arbitrio, que venia á ser el blanco á que tiraba la desordenada
ambicion de mandar y aprovechar á los suyos. Pero entrado en
Santafé, hallo al Licenciado Briceño, que no lo fué poco sensible;
y aunque á primeras vistas no desagradó la persona, depositábase en
ella una alma tan fea, que á dos horas de conversacion que tuvieron
el primer dia de su llegada, cenando juntos, le decoró Briceño
cuantos caractéres arrebesados le tenia esculpidos la imprudencia
en el corazon; ó porque lo tenia en los labios, á porque penetrando
la intencíon de sus palabras, reconoció el fuego de crueldad y
codicia que humeaba venganzas al bramadero de la boca, y asi,
volviendo á su casa, le dijo á un amigo que le acompañaba: Oh
desdichado Reino! Sabed que ha venido, no de España sino del
infierno, un hombre que lo destruya y lo aniquile. Notaron los
filósofos que los truenos que se fermata al amanecer son los más
peligrosos; y así debió notar Briceño que los vicios que descubría
Montaño en ha primera entrada del puesto, habian de ser rayos tan
perjudiciales para el Reino, que lo obligarían á levantar la voz
como trueno: y para que no saliese vano el discurso, tomada la
posesion de su plaza comenzó á brotar en espinas todos aquellos
vicios y siniestras inclinaciones que desde sus tiernos años habla
cultivado en el campo estéril da su mal natural, de quienes era la
zarza el descaro con que los ejecutaba, para ingeniarse en
demostraciones de Juez formidable.
Era tanto el deseo que tenia de parecerlo y causar temor en
todos, que para conseguirlo despues de principiada la visita, y mal
contento de que no sindicasen á Góngora y Galarza, como él
quisiera, gastaba todos sus primeros cuidados (asistiendo
personalmente en las herrerías) en forjar esposas, disponer grillos
y labrar cadenas, y entre ellas una de tan desmedida grandeza y
pesados eslabones, que puso todo el conato en concluir su fábrica,
como si no hubiera de ser el Perilo que la estrenase, dejándola por
este suceso con el renombre de Montaña: siendo el fin de todos
estos indecentes afanes dar á entender á los pueblos que los reos
de sus comisiones habian de ser tantos que no bastasen para
oprimirlos las prisiones que tenian las cárceles; ó que habla de
ser tan crecido el número de los que remitiese á estos Reinos, que
se necesitase de cuantas labraba para el resguardo. Para lo cual, y
que no fundasen alguna esperanza en Briceño, publicaba así mismo
tener comisiones especiales, cometidas á él solamente, para
proceder contra conquistadores, con cuyo género de gente tenia la
más declarada antipatía; de que procedía derramarse un temor tan
servil entre las personas de más lustre del Reino, que cuanto más
valerosas se hablan mostrado en la guerra, tanto mas acobardadas
vivian de un Juez que tan sin escrúpulo tiraba á quitar haciendas y
vidas, y mas en un Reino en que á la más templada voz de un
ministro real se encogen las alas de los más elevados espíritus.
Raro dictamen de algunos! pensar que ha de interesarlos más el
rigor que el agasajo, sin que baste ver lo poco que pueden para
quitar una capa las violencias del viento, y la facilidad con que
se suelta á los templados cariños del sol; y haber visto que á toda
la artillería del magnánimo Alfonso se resistió Gaeta rebelde, y á
la humanidad que mostró con un villano del país, se le rindió
voluntania.
No era de inferior motivo para temerle el odio, que ya
declaradamente brotaba contra los visitares, como si no fueran de
la misma profesion y tráje que el suyo: circunstancia que suele
aprovechar mucho, aun entre las naciones opuestas. Pero si en el
juicio de la visita, en vez de sindicaciones escuchaba alabanzas,
¿quién duda que había de mirar aquellos elogios como acusaciones de
su injusto dominio? porque los tiranos más se temen de los buenos
que de los malos, pues tanto más espantosas les son las ajenas
virtudes, cuanto más gratamente acarician la parcialidad de los
vicios. á ninguno pareció tan formidable Boecío como á Theodorico,
cuando tirano; y así no era posible en Montaño disimular el
desórden con que su ambicion miraba á los visitados, no como á reos
de culpas, sino como á acreedores del puesto que indignamente
obtenia, y de todos los demas que pretendia ocupar. Por esta causa
no desdeñaba medio ilícito de que valerse pura que resultasen
culpados; intencion que desvanecía el crédito asentado de los
Oidores, y el sano proceder de Briceño, de que resultó encenderse
tanto en ira el Montaño contra él y todo género de gentes, que por
sí solo hizo prender á muchas personas honradas, condenó algunos á
muerte de horca por causas leves, y ejecutó las sentencias sin más
título ni facultad que decir que pues el Consejo había respondido á
los Caquecios, cuando se quejaron de que los amigos de Armendariz
trataban mal á los indios de sus encomiendas, que allá iba Montaño
y haria justicia, era indubitable que él solamente era Juez
privativo de aquel género de reos, pues aunque su compañero era
Oidor, como él, se debia entender en el juicio ordinario y no en el
delegado, ménos en la visita y residencia de Armendariz, en que iba
expresado.
No fué, empero, ésta la crueldad más sensible que ejecutó con
tan falso pretexto, sino que irritado de que se le afeasen tales
injusticias, pasó (como dice Quesada) á la de enfrentar con infamia
de azotes á uno de los descubridores y conquistadores del Reino,
porque lo recusó sin aquel estilo de voces que usan los lejistas y
no practican los militares; aunque yo bien me persuadiera á que lo
mismo obrara la recusacion por sí sola, por modesta que fuese, pues
las que en estos Reinos de España son de derecho natural para la
propia defensa, en las Indias se miran por los ministros superiores
como delitos obrados contra el derecho de la Divinidad, que se
arrogan. Pero sea como fuere, él ejecutó cuanto quiso como Juez y
parte, cometiendo semejante indolencia; pues aunque despues
restituyeron al agraviado en la honra que ántes gozaba, quedó al
fin como suele quedar aunque se restituya: y como para el reparo de
tales resoluciones no tenían los miserables reos otras defensas que
las que aplicaba como Letrado el Mariscal Quesada por sus escritos,
revolvió Montaño tan apasionadamente contra él, que lo obligó á
recusarle tambien: golpe que sintió tanto, que puso al Mariscal en
tales peligros y lances, que á no poner de su parte el sufrimiento,
y reconocer Montaño de la suya la mucha autoridad que tenia en el
Reino, hubiera intentado algun arrojo de aquellos en que suelen
prorumpir los Jueces iracundos. Echóse ménos en cierto ejército uno
de dos infantes que hablan salido juntos á correr el campo: dieron
parte de ello al Auditor, sospechando lo habia muerto el compañero.
Contra quien estaba el indicio, dominaba la ira en el Juez, y sin
más probanza que la sospecha, condenólo á muerte. Conducíalo el
Centurion al suplicio á tiempo que se encontró con el infante que
había faltado. Qué habia de hacer con tal desengaño? Volvió con el
reo á dar parte al Juez del suceso; y encendido más en ira que
nunca, prorumpió en este decreto tan parecido á los de Montaño:
Mando que muera el reo, porque ya estaba condenado; y que así mismo
muera el que ha parecido, por haber sido causa de la muerte del
camarada; y juntamente condeno al suplicio al Centurion, porque
dejó de ejecutar mi sentencia. Estos son los efectos de un Juez
iracundo, pues cuando ménos se piensa, quita como puñal de tres
cortes, de un golpe tres vidas, pareciéndole que cuanto le dieta el
furor es conforme á justicia.
No satisfecho Montaño de que semejantes acciones lo darían
bastantemente á temer, elegía unas veces el desatino de tocar
cajas, hacer alardes y prevenir armas, como que se recelaba de
rebeliones y tumultos, y de aquel desacuerdo saltaba en otro de
formar juntas de religiosos, en que sus propuestas se componían de
cosas tan sin fundamento, que no descubrian más sustancia que la de
tener atemorizados los pueblos y traerlos en la continua
perplejidad de no comprender los fines de aquellas imprudentes
resoluciones. Y si préguntamos qué hacia en estos lances el
Licenciado Briceño con la misma jurisdiccion y con la Presidencia
de Oidor más antiguo, hallaremos que ninguno más temeroso vacilaba
confuso, porque como sabia que ningun Juez puede obrar más que lo
que lícitamente se puede, y lo que obraba el compañero excedia
tanto de los límites de la razon, ni sabia qué hacerse, ni en su
natural encogimiento hallaba disposicion para repeler con violencia
la que usaba con todos Montaño, pues por haberle advertido en
algunas ocasiones el peligroso camino que seguia, se lo habia
declarado tan fiero enemigo, que públicamente mostraba serlo con
médios tan escandalosos como el de reducir á voces todas las
conferencias en que concurrían, aunque fuese en Estrados, y el de
ir á la Audiencia siempre cercado de gente armada, que para la
timidez de Briceño era el más fiero torcedor, y para los vecinos
del Reino una accion tan extraña, que los tenia atónitos, y con el
recelo de que aquel hombre intentaba la ruina de todos.
En este estado se hallaban los principios de la visita, cuando
casi por un mismo tiempo entraron en Santafé el Obispo D. Fr. Juan
de los Bárrios y Miguel Diez de Armendariz; éste, en cumplimiento
de lo que le ordenaba el Consejo, y el Obispo con pretension de
trasladar la Catedral de Santa Marta á aquella ciudad, que
vivamente lo deseaba para su lustre. Iban con Armendariz algunos de
los Caquecios que habian pasado á la isla española, á que se le
notificase el órden del Consejo para comparecer en el Reino; y el
primero que lo acompañaba era el Capitan Luis Lanchero, que siempre
le habia ido pisando las huellas; pero con tal respeto á su
persona, que en la baja fortuna de reo jamas alteró las
veneraciones con que lo miró siendo su Gobernador: clara
demostracion de su buena sangre, saber corregir el desgarro militar
en que se había criado, al impulso de las obligaciones con que
habia nacido. Y en la comitiva del Obispo sobresalían el Licenciado
D. Francisco Adama, Dean de Santa Marta y natural de la Villa de la
Serena; D. Pedro García Matamoros y dos Canónigos, que lo fueron
Alonso Ruiz y el Bachiller Francisco Mariño, todos con el mismo
deseo de permutar los peligros y soledades de Santa Marta por las
delicias y conveniencias de Santafé. Este prelado habia sido de los
primeros religiosos Franciscos que pasaron al Perú á ocuparse en la
conversion de los indios; y como en él se acompañaba la autoridad
episcopal con la virtud y letras que lo habian colocado en el
puesto, sirvió su presencia, si no de atajar las sinrazones que
obraba Montaño, por lo ménos de suspenderlas por algunos dias, en
que cebado con haber puesto en prisiones las personas de Armendariz
y de Alonso Téllez, máquinaba tratas para derramar entre nuevas
inquietudes el veneno de sus iras.