CAPITULO IX
ROMPE URSUA EL EJÉRCITO DE LOS TAIRONAS EN LA BATALLA DE LOS PASOS
DE RODRIGO.-DESPACHA EL CONSEJO VISITADOR Á SANTAFÉ Y OBISPO Á
SANTA MARTA, Y PUÉBLASE LA CIUDAD DE LEON EN LA PROVINCIA DE
GUANE.
DESDE que el Capitan Pedro de Ursua tomó la posesion de Justicia
Mayor de Santa Marta, que fué por fines del año de cincuenta y uno,
comenzó á maquinar los medios de que se podía valer para la
conquista de los Taironas, de quienes tenia la noticia de ser una
de las tres más belicosas naciones que habian sobresalido en las
Indias, y en cuyo valle estaban los minerales de oro y platería en
que se fundian las primorosas joyas de filigrana en varias figuras
de Aguilas, sapos, culebras, orejeras, chagualas, medias lunas y
cañutillos, de que tan vistosa y ricamente se arreaban todas las
naciones que corren desde el Cabo de la Vela hasta la culata de
Urabá, y la suma cuantiosa de oro en puntas y polvo que depositaban
los sepulcros, que en la misma distancia se encontraban á cada paso
y aun de presente no faltan; cuya noticias, bastantes á despertar
el espíritu más dormido, habian desvelado mucho tiempo ántes el
magnánimo de Pedro de tirana, no tanto por adquirir riquezas para
sí, de que siempre se mostró poco ambicioso, cuanto por conseguir
la gloria de que por su medio las participase su Príncipe, y
dominase aquella nacion que se mostraba indomable y parecía tener
ir su arbitrio las vidas de los vecinos de Santa Marta.
Para este fin (entrado ya el año de mil quinientos y cincuenta y
dos) comenzó vivamente ir tratar de las prevenciones necesarias
para la guerra, en caso que pacíficamente no se le sujetase
Tairona: labró escaulpiles, compró armas de fuego, limpió lanzas,
que la ociosidad en vez de sangre enemiga tenia cubiertas de
herrumbre, y depositados bastimentos para tres meses, puso tanto
calor en alentar á la empresa, que en breves días pudo contar para
ella hasta doce caballos y cuarenta infantes, que, sin hacer falta
en la ciudad, pudiesen seguirle; pero toda esta prevencion, de que
á su entender estaban muy ajenos los Taironas, les era tan
manifiesta cuanto más repetidos avisos los iban cada día de los
movimientos menores que hacia Ursua para su daño; porque los indios
sujetos, que por naturaleza del clima querian más á los Taironas
que los perseguian que á los españoles que los acariciaban en sus
casas, eran espías domésticas, que, de unos en otros, daban parte
de cuanto pasaba en Santa Marta: achaque de que siempre adoleció
aquella ciudad para desflaquecer sus fuerzas y no haber levantado
cabeza aun contra los cavilosos Chimilas; y á buen seguro que sí de
ésta y semejantes experiencias, reconocidas en estos Reinos de
Castilla, se hubiera sacado escarmientos, nunca la nacion Lusitana
atribuyera á debilidad de las armas del mayor Monarca, lo que la
debido á las noticias anticipadas de lo más cercano de sus Consejos
de estado y guerra.
Recelosos, pues, los Taironas, más de la fama de Ursua que del
número de su gente, y no siendo ménos prestos en prevenirse para la
defensa que los de Santa Manta para su daño, convocaron con la
primera noticia todas aquellas naciones de Giribocas, Bodiguas,
Zacas y Bondas, cuya ruina ó conservacion pendia de la suya; y
tratando de aprovecharse más de la prudencia que del arrojo, porque
casi siempre prevalece la detencion de la flema contra la
intrepidez de la cólera, resolvieron dejar á Ursas recorrer la
sierra, huyéndolo siempre el cuerpo al accidente de una batalla,
valiéndose para conseguirlo del arte de una fingida paz que lo
divirtiese, hasta que fatigado de las asperezas de aquellos montes,
ó persuadido á que la falta de valor de sus enemigos le dejase
libre el paso de los más peligrosos, les presentase ocasion de
llegar á las manos con la ventaja. que podian prometerse de la
fatiga ó descuido de los españoles: Si luego que pise los umbrales
de nuestra tierra (decian los más ancianos), hacemos oposición con
la debilidad de nuestros cuerpos desnudos a la ferocidad de sus
caballos armados; sí nuestros arcos vestidos de plumas intentan
rnedirse con sus arcabuces preñados de fuego; si nuestras macanas
sin filos, con sus lanzas acicaladas ni mayor muchedumbre que la
que habita estas sierras podrá mantenerse, ni el valor de Tairona
dejará de pasar por los mismos ultrajes en que tantas veces le puso
Cardoso. Verdad es que entre los vecinos de Santa Marta apenas
habrá diez que puedan igualarnos en pisar estos riscos: tambien lo
es que todos los demas no tienen acostumbrados los cuerpos al
trabajo, ni el sufrimiento á los rigores del calor de la sed; pero
todos sabemos que ningunos muestran con más valentía aquel vigor
con que salieron de España, miéntras el cansancio no los desengaña
de que pueden perderlo; y si á la piedra que despide la honda es
tan dificultoso resistirla en los primeros ímpetus, como fácil en
los últimos, quién no tendrá por lo más conveniente que Banda
vuelva á mantenerse en la paz fingida que tiene jurada, y que
Tairona, haciéndose desentendido de la entrada de Ursua, salga á
recibirlo amistoso al primer pueblo que acometiere, para que dando
lugar á que los españoles quebranten los brios, se tome la
resolucion que pareciere más conveniente para acabarlos.
Parecióles tan acertado el consejo, que luego deshicieron la
junta para ejecutarlo, y más cuando supieron que ya el Capitan
Ursua habia salido de Santa Marta y esguasado el Gaira, tomaba la
vuelta de Posigueica, famosa plaza de armas de los Taironas:
entónces su Cacique, tan cauto en rendimientos, como quien habia de
sacar de ellos el fruto de sus traiciones, le despachó embajadores
con un rico presente de cañoncillos de pavas, llenos de oro en
polvo, pidiéndolo que sí gustaba de entrar en su poblacion, lo
tendria á suma felicidad, y sí trataba de hacer alguna jornada, le
serviria con buena amistad en cuanto se le ofreciese. No le pareció
al Ursua despreciar la oferta, y puesto en órden de guerra marchó á
su ciudad, por no caer en alguno de los peligros que suelo
arrastrar la confianza. Recibiólo el Cacique con todas aquellas
urbanidades que á los más bárbaros sabe enseñar la cautela; y
pareciéndole á Ursua reconocer toda la sierra, sin dar á entender
su designio, la fué repechando hasta que reconocido el origen del
rio de Cañas, revolvió hacia la sierra nevada de los Araucos, en
demanda del valle de Tairona. En todas las poblaciones de la
serranía fué recibido con el mismo rendimiento que en Posigueica,
si bien en ninguna halló la mitad de los vecinos que la habitaban:
el agasajo sí de los cañoncillos, que menudeaban; divertia gran
parte de las fatigas que ocasionaba la carga de armas y sayos; pero
la mudanza de temperamentos y continuacion de marcha á pié,
desflaquecíó de suerte á los nuestros, que al reconocer las
cabecera del rio de Piedras, no se hallaban veinte con alientos
para proseguir adelante, siendo lo más sensible para Ursua verse
acometido de una cuartana que le impedía llegar á conseguir el fin
de su jornada, y apretólo de suerte que resolvió dar vuelta á Santa
Marta, siguiendo el curso del rio de Piedras, hasta encontrar el
camino que conduce á Giriboca.
Apénas los indios cargueros reconocieron la pretension de
Uretra, cuando deslizándose algunos, dieron parte á las espias, que
siempre le iban pisando las huellas; y noticiados ya todos los de
la junta de Posigueica, resolvieron tomarle la estrechez de los
pasos de Origuo, que por corrupcion del vocablo llaman de Rodrigo,
ó por haberlos pisado ó descubierto el primer Gobernador de Santa
Marta, Rodrigo de Bastidas; pero haya sido por esta ó la otra
causa, estos pasos están siete leguas de la ciudad, en la angostura
ó balcon de una peña escabrosa, que por la una parte hace un
paredon de peñasco irrepechable, y por la otra un derrumbadero
profundo á la quebrada que le corre por el pié, y con tanto riesgo
del que la de pasar por aquel sitio angosto, que para animar á que
lo emprenda, se necesita de ponerle barandillas que lo esperancen.
Para este sitio, pues, se provinieron mil Gandules los más
arriscados, y dos mil se ocultaron en el monte con las tropas de
Bondas y Bodiguas, para cogerle á Ursua las espaldas al tiempo que
alojase en una colinilla limpia, que poco ántes de llegar á los
pasos de Rodrigo dispuso la naturaleza, para desde allí hacer
jornada á Santa Marta, por la comodidad del forraje, á la
Providencia previno para teatro en que Ursua representase las
mayores hazañas de su valor.
Llegado, pues, á ella, y sin doblar las centinelas, como
debiera, alojó confiado de hallarse ya fuera de peligros, y
acuartelada con mal órden su gente, díó lugar á que los enemigos se
le acercasen para lograr el designio de acometerle descuidado al
romper el alba del día siguiente. Llegó, pues, éste al mismo tiempo
que desvelado Uretra con el rigor de la fiebre, oyó el primero el
clamor de la guazabara que resonaba por todos aquellos contornos.
La confusion de las voces y estruendo de los caracoles rompió el
nombre al campo dormido.
Ya muchos de los vivanderos y algunos de los españoles ménos
prevenidos nadaban en sangre al golpe de la macana y al tiro
venenoso de los arcos vecinos: salta entónces Ursua del catre en
que su toldo lo abriga, como leon de tan diferente especie, que la
cuartana misma que al otro descoyunta, á éste lo fortalece; con el
un pié calzado y el otro desnudo, ni olvida el arcabuz asustado, ni
deja la espada remiso. Comienza á dar aliento á su gente animoso;
pero á tiempo que turbada y herida pudo tener á milagro que no le
desamparase; pero á dónde habia de encaminar los pasos, si por
todas partes amenaza fatalidades la muerte? Reconoce entónces Ursua
el terreno y su riesgo, y aunque tan corto el número de sui gente,
se alienta más miéntras lo mira más corto.
Vuelvo los ojos atras, y halla más de tres mil Gandules que lo
aprietan por las espaldas, que le tienen cogidos: si mira adelante,
contempla la cumbre presidiada de flechas, hondas y macanas,
repartidas en los más valientes guerreros que acaudilla Tairona y
le atajan el paso; pero como ya le tenia. tomado el pulso á su
fortuna, érale su conocimiento el mejor consejero para salir de
peligros: habíale experimentado madre, ¿qué mucho no la recelase
madrastra? Por eso Julio César animaba al barquero á que no temiese
los vientos contrarios donde ancoraba su dicha; y por eso nuestro
Cárlos V aseguraba en Argel que entre balas no peligraban los
Césares. Viendo pues Uretra la Victoria cierta por los Tairona, si
los esperaba detenido, trató de ponerla en duda buscándolos
necesitado, como quien sabia alambicar impulsos para resoluciones
prudentes de los desórdenes de una desesperacion desreglada; porque
suele muchas veces ganar la osadía cuanto lleva perdida la
inferioridad: ademas, que ya se aventaja en armas á su enemigo
quien se refuerza con demostraciones de que no lo teme.
Con estos discursos atropellados trata Ursua de abrirse el
camino por medio de las tropas de sus contrarios. Al susto de un
rebato nocturno lo consiguió el varon de Dona, puesto á caballo,
por el centro de las tropas de Guias; pero á la claridad de mayor
peligro, solamente sabrá conseguirlo á pié un Pedro de Ursua.
Comienza pues con doce compañeros, que solamente le siguen, á
repechar la cuesta para ganar la cabeza del monte descienden
piedras de la cumbre para sepultarle al pié de la sierra: vence
finalmente Uretra, porque su espíritu ardiente lo arrastra á lo más
elevado. Allí se vale del arcabuz sin embarazar tretas de la
espada: allí sus doce compañeros, adiestrados con lo que admiran,
si no lo exceden lo imitan. Tres veces la envenenada saeta le dió
recuerdos á su corazon generoso de que era mortal, y otras tantas
penetró por las tropas de Tairona, para dejar su nombre á la
inmortalidad. A pretender salvar su persona, en poco espacio
hubiera terminado el trance de la batalla; pero como cada vez que
rompia los batallones los volvia á repasar para abrigar á los
suyos, fué tan porfiado el encuentro, que por más de dos horas ni
el sudor, ni la sangre, ni la fatiga fueron poderosos para detener
aquel ímpetu arrebatado con que su espada corria por las enemigas
gargantas. Dióse por perdido Tairona á vista de teson tan rebelde y
valor tan peregrino; y como los Cabos inferiores descubren por el
rostro de su General los afectos, conocido el temor por los
Posigueicas, que ya flaqueaban, desmayaron de suerte que ni
alientos para levantar los arcos tenian. Ursua. entónces, diestro
en penetrar corazones en semejantes lides, cargó tan pujante sobre
ellos, como si el encuentro empezara; pero bastóle el amago para
quedar victorioso, y huyóle Tairona dejando el monte sembrado de
escarmientos y de penachos.
El suceso de arriba cortó los ánimos de los indios que
guerreaban abajo y tenian bien apretados á los españoles, que
mantenian su alojamiento. Valioles á todos la resolucion de su
Cabo, pues cuantas hazañas hizo en la cumbre, fueron defensas con
que sacó de peligro hasta los más retirados. Libre ya el paso por
la retirada del enemigo, recogió Uretra su campo sin perder hombre,
fuera de los que murieron en el asalto primero, y marchando con
orden y á pié las siete leguas que le restaban, entró en Santa
Marta: mejor fuera en Roma, á que otro Valerio Máximo celebrase el
ramo de aquella ilustre casa, por quien ántes de la venida de
Cristo contendieron los dos primos Corbis y Ursua. Este fué el
feliz suceso de la batalla de los Pasos de Rodrigo, donde para
muchos años quedó asombrado Tairona de ver á un español que
enfermo, descalzo y ayuno, con solos doce combatientes, habia
atropellado los tercios más ejercitados de su nacion. Los que
salieron heridos de los nuestros fueron casi todos, aunque no
peligraron, por el remedio experimentado que contra el veneno
usaban los de Santa Marta; pero no puede negarse que sufrieron más
en la curacion que en la batalla. De los doce que siguieron á
Ursua, está tan perdida la noticia de quiénes fueron los seis, que
siempre será lástima para las edades futuras.
El averiguar los nombres de los restantes no la sido trabajo de
poca monta: éstos fueron el Capitan Luis de Manjarrés, Bartolomé
Dalba, Francisco Diez de Arles, Lorenzo Jiménez, Juan de
Castellános y el Tesorero Pedro Briceño, que pocos dias despues
murió en Santa Marta, y pudo ser de resulta de alguna herida. Los
indios muertos pasaron de quinientos, y quien supiere pesar el
valor de esta hazaña por otras de ménos monta que se han llevado
los aplausos de Europa, reconocerá la diferencia que hay de obrar
allí ó ejecutarlas en Indias, donde le cayó la suerte á Pedro de
Ursua, que ya mejorado trató de volver á Santafé, disgustado de los
cortos modios que hallaba para conquistar á Tairona, y anhelando
por la empresa de buscar el Dorado, á que lo arrastraba su maligna
estrella. Ejecutólo así en este mismo año, y para sostituirle bajó
luego Luis de Villanueva, nombrado por los mismos Oidores Justicia
Mayor de Santa Marta.
Al tiempo que el Capitan Pedro de Ursua emprendia la conquista
de que hemos tratado, se hallaba tan disgustado el Consejo de
Indias de las noticias que lo repetían de la imprudencia con que la
Audiencia de Santafé habia embarazado la residencia de Armendariz,
y dado ocasion para que más justificadamente instasen con dobladas
quejas los Caquecios, que resolvió despachar Visitador á reconocer
del exceso obrado por Góngora y Galarza con el Licenciado Alonso le
Zurita, y á residenciar nuevamente á Armendariz, y Presidente que
contuviese el desórden con que suelen proceder las Audiencias á
quienes falta cabeza. Para lo primero eligieron al Licenciado Juan
de Montaño, Relator que á la sazon era de la Chancillería Real de
Valladolid, á quien le tenia dada plaza de Oidor de Santafé, y por
el recelo en que los puso la noticia que tuvieron de algunas
acciones de este sujeto, nombraron sucesivamente para la
Presidencia al Licenciado Bribiesca, que servia plaza de Consejero
de Indias, que para desdicha del Nuevo Reino, despues de tenerla
aceptada y prevenido el costo del viaje, fué absuelto de ella á
instancia y súplica del Licenciado Muñatones, su hermano, que lo
consiguió del César en la Corte de Alemania, donde residía entre
los de su Consejo. Habíase tambien dado el Obispado de la Asuncion
del rio de la Plata á don Fr. Juan de los Bárrios y Toledo,
religioso Francisco, que consagrado asistia en Aranda de Duero, y
pareció así mismo promoverlo á Santa Marta, donde en una misma
Armada llegó á su puerto, y el Licenciado Montaño á Cartagena,
donde los dejaremos miéntras referimos los últimos acaecimientos
del Reino en este año de cincuenta y dos.
Gustosos los nuevos Oidores de Santafé con las noticias de las
villas y ciudades que en su tiempo se iban fundando, resolvieron se
poblase otra en la provincia de Guane, y así por las esperanzas que
daba el terreno como por asegurar en sujecion á la Real Corona los
muchos naturales que habitaban los cantones de aquel país y de
quienes se hallaban recelosos los vecinos de la ciudad de Vélez
desde que, alterados, ocasionaron el rigoroso castigo que hizo en
ellos el Capitan Pedro de Ursua, dieron la empresa á Bartolomé
Hernández de Leon, natural de la ciudad de Leon de estos Reinos; y
siendo el interes tan comun á lo vecinos y especialmente para los
que se hallaban desacomodados, halló con facilidad la gente
bastante para conseguir lo que se le ordenaba. Con ella, pues,
entró en la provincia, y reconociéndola primero toda para elegir
sitio, tuvo por el más á propósito el que ofreció el valle que hoy
llaman de la Paz, donde por Octubre de este año en que vamos,
ejecutadas todas las diligencias que deben preceder en tales casos,
ménos la autoridad de Juez que pudiese darla, fundó una ciudad que
en memoria de su patria y apellido llamó de Leon. De sus primeros
pobladores fueron Martin de Olarte, Francisco Franco, Bartolomé
Hernández, Diego Moreno, Juan Vizcaino, Pedro Díaz y Juan de
Angulo, que fué nombrado por Justicia Mayor, aunque le duró pocos
años la vana; porque si la otra ciudad de Leon fué muchas veces
asolada con haberse resguardado de finos lienzos de muralla, mal
podía ésta mantenerse sin otro arrimo que el de lienzos bastos de
algodon; y aunque pocos años despues volvieron á reedificarla las
vanas esperanzas del Capitan Benito Franco, no corrió términos más
dilatados en la reforma que en su formacion, por no tener la
provincia aquellas conveniencias de que más necesita la nacion
española en sus poblaciones.