INDICE





PROLOGO

NOTICIA BIOGRÁFICA DEL DR. FERNÁNDEZ PIEDRAHITA

DEDICATORIA Y APROBACIONES DE LA OBRA

LIBRO I

Capítulo I
Del sitio y calidades del Nuevo Reino de Granada

Capítulo II
En que se da noticia de sus provincias y primeros habitadores.

Capítulo III
De las costumbres, ritos y ceremonias que usaban los indios mozcas en su gentilidad.

Capítulo IV
De otras ceremonias y costumbres que tenian los mozcas, y de las procesiones que hacían.

Capítulo V
Del sitio y corte de Bogotá: majestad de sus reyes condiciones y forma de sucederse.

LIBRO II

Capítulo I
Saguanmáchica conquista los fusagasugaes, rompe la guerra con el Guatavita, que se ampara del Rey de Tunja...

Capítulo II
Hereda el zipa Nemequené, y castigada la rebelián de Fusagasugá, sujeta los caciques de Cipaquirá y Nemza.

Capítulo III
Asalta el Zipa la corte del Guatavita, revuelve contra el Ubaque y sujétalo.

Capítulo IV
Sujeta el Zipa la provincia de Ebaté, nombra en ella al hermano por su lugarteniente, á quien mata el Ubaque.

Capítulo V
Da leyes el Zipa en su reino y previénese de todo para la guerra de Tunja.

Capítulo VI
Refiérense los sitios y estado de las provincias de Tunja y Sogamoso, y hacen liga sus príncipes contra Neméquene.

Capítulo VII
En que se prosigue la materia del antecedente

Capítulo VIII
Danse vista los ejércitos del Zipa y el Tunja, y platican antes de la batalla.

Capítulo IX
Dáse la batalla, y casi vencida por Neméquene, muere en ella, herédalo Thysquesuzha, y prosigue la guerra.

LIBRO III

Capítulo I
Fúndase la ciudad de Santa Marta por Rodrigo Bastídas, á quien mata su teniente general en un motín.

Capítulo II
Los capitanes de Lerma acometen á Posigueica y vuelven derrotados.

Capítulo III
Gobierna el doctor Infante á Santa Marta por muerte de García de Lerma, y el adelantado don Pedro de Heredia da principio á las conquistas de Cartagena.

Capítulo IV
El adelantado Heredia prosigue la conquista de Cartagena

Capítulo V
Dáse el gobierno de Santa Marta á d. Pedro Fernández de Lugo. Prosigue la guerra con los indios de la sierra sin fruto…

LIBRO IV

Capítulo I
Benalcázar descubre a Popayán, y fundadas las villas de Cali y Timaná, prosigue en su descubrimiento

Capítulo II
El licenciado Badillo residencia á D. Pedro de Heredia en Cartagena:

Capítulo III
Vuelve el General Quesada por su Ejército á la Tora, Condúcelo hasta los umbrales del Nuevo Reino

Capítulo IV
Marcha Quesada por la provincia de Vélez, pasa á Guachetá y de allí á Suesca en demanda de Bogotá, con asombro general de los indios.

Capítulo V
Entra Quesada en el valle de los Alcázares, rompe el ejército de los Uzaques, pasa a Bogotá

LIBRO V

Capítulo I
Entra el capitán Céspedes en la provincia de los Panches por Tibacuy: plática  con el capitán del presidio de los Guechas…

Capítulo II
Sale Quesada de Bogotá para Somondoco en demanda de las minas de esmeraldas que descubre

Capítulo III
El Capitán San Martín tiene noticia de Tundama: descubre á Sogamoso y vuelve en busca del general Quesada...

Capítulo IV
Asalta Quesada el palacio del Rey de Tunja, á quien prende, y después de un breve combate saquea su corte con presa de los tesoros que no pudo ocultar.

Capítulo V
Marcha Quesada á Sogamoso, saquea la ciudad y quémase su templo. —vuelve á Tunja, y desamparándola por ir á la conquista de Neiva,

Capítulo VI
Repártese la presa entre los españoles: Asaltan después el cercado de un bosque donde matan a Tysquesusha sin conocerlo.

Capítulo VII
Acometen los Panches las fronteras de Bogotá, y entran Quesada y el Zipa al castigo con mal suceso en el primer encuentro

LIBRO VI

Capítulo I
Prende Quesada á Sacrezazipa por los tesoros del Zipa muerto, y promételos con engaño hasta lograr la muerte de sus émulos...

Capítulo II
Reparte Quesada otra presa de oro y esmeraldas: da principio á la fundación de Santafé...

Capítulo III
Dánle noticia á Quesada de las entradas de Benalcázar y de Fedremán en el reino...

Capítulo IV
Persuade á Quesada Benalcazar á que funde ciudades, y refiérese el estado y crecimiento á que ha llegado la ciudad de Santafé.

Capítulo V
El general Quesada baja á Cartagena con Benalcázar y Fedreman, dejando por teniente general del reino á Hernán Pérez, su hermano...

Capítulo VI
Gerónimo Lebrón forma ejército y armada; sale de santa marta para el reino...

Capítulo VII
Alonso Martín prende en el rio á Alonso jeque, y obligado de una armada enemiga, vence la batalla naval de Cesare...

LIBRO VII

Capítulo I
Tratase de la entrada que hizo Martín Galeano en el territorio de Coicomé y Agata, y de la que después hizo Juan Alonso de la Torre

Capítulo II
Sale Galeano á la conquista de Guane: mueve la guerra en Chalalá, y síguela con Mataregua hasta vencerlo en batalla...

Capítulo III
Agraviado Thisquizoque de la tiranía de Juan Gascon,  hace liga con el Saboya, toma las armas y le quita la vida...

Capítulo IV
Los tres generales pretenden la gobernación del Nuevo Reino y ninguno la consigue...

Capítulo V
Forma ejército Tundama y fortifícase contra Baltasar Maldonado...

Capítulo VI
Montalvo de Lugo entra en el Reino por los llanos, y el capitán Lanchero á la conquista de Muzo...

Capítulo VII
Esguazado el Cauca, prosigue Jorge Robledo sus descubrimientos hasta fundar la ciudad de Cartago.

LIBRO VIII

Capítulo I
Con la noticia de que se previene armada en Francia para las Indias, mandan al adelantado Lugo que vaya á su gobierno...

Capítulo II
Los Yalcones y Paeces toman las armas y matan á los capitanes Añasco y Osorio y despues a Juan de Ampudia...

Capítulo III
Rebelánse los Sutas y Simijacas, fortifícanse en unos peñoles, va contra ellos el Capitán Juan de Céspedes...

Capítulo IV
Rompen los Panches por las fronteras de los Mozcas...

Capítulo V
Prosigue su jornada Gerónimo Lebrón, con varios sucesos, hasta el valle de Opon...

Capítulo VI
Quesada y Lebrón compiten sobre el gobierno con riesgo de romper en batalla...

LIBRO IX

Capítulo I
Con la sospecha de que se rebela la provincia de Tunja...

Capítulo II
Vuelve á sus descubrimientos el capitán Jorge Robledo y con varias fortunas llega hasta la provincia de Hebéjico...

Capítulo III
Vuelto el Capitán Maldonado de la jornada de los palenques, sale Hernán Pérez de Quesada al descubrimiento del dorado con mal suceso...

Capítulo IV
El Ocabita y Lupachoque se fortifican en dos peñoles: ríndese Lupachoque por armas al Capitán Pineda y el Ocabita...

Capítulo V
El adelantado Lugo se previene para subir á Santafé : fúndase por su órden el Barbudo…

Capítulo VI
Pasa Robledo preso á estos reinos: Heredia y Benalcázar se apoderan alternadamente de Antioquia después que se fundó la ciudad de Arma...

LIBRO X

Capítulo I
La armada francesa de Roberto Baal sorprende á Santa Marta y Cartagena; y el adelantado Lugo prende al capitán Rondón...

Capítulo II
Felipe de Utre sale de coro á nuevos descubrimientos penetra los llanos hasta la punta de los Pardaos...

Capítulo III
Prende Lugo á los oficiales del Rey y á los quesadas: justicia al encomendero de Sáchica...

Capítulo IV
Destierra Lugo á los quesadas. —el Capitán Venégas descubre las primeras minas de oro, y funda la ciudad de Tocaima...

Capítulo V
Descubre Felipe de Utre los Omeguas, y véncelos en una batalla...

Capítulo VI
Lugo sale del reino para Castilla, y Armendariz entra en Cartagena...

Capítulo VII
Armendariz nombra por su teniente á pedro de Ursua en el reino y á Robledo en Antioquia...

LIBRO XI

Capítulo I
Concurren los visitadores Gasca y Armendariz en Santa Marta...

Capítulo II
Procede Armendariz contra el capitán Lanchero y otros conquistadores...

Capítulo III
Hacen mariscal del reino á Gonzalo Jiménez de Quesada...

Capítulo IV
Échanse los indios á las minas: tratase en el consejo de fundar audiencia en Santafé...

Capítulo V
Prosigue Armendariz en su gobierno: pónese real chancillería en Santafé...

Capítulo VI
Fúndanse las religiones de Santo Domingo y San Francisco en el Nuevo Reino...

Capítulo VII
Entra el mariscal Quesada en Santafé: descúbrese el páramo Rico de Pamplona...

Capítulo VIII
Entra Ursua en Muzo y puebla á Tudela: vuelve á Santafé y baja por justicia mayor de Santa Marta...

Capítulo IX
Rompe Ursua el ejército de los taironas en la batalla de los pasos de Rodrigo...

LIBRO XII

Capítulo I
Entra en Santafé el licenciado Juan de Montaño con la visita de la audiencia y residencia de Armendariz...

Capítulo II
Rebélase el Valle de las Lanzas, va Hernando de Salinas al castigo, funda la ciudad de Victoria...

Capítulo III
Prosigue Montaño en su visita; ajusticia á Pedro de Salcedo y á otros...

Capítulo IV
Armendariz baja preso á Cartagena para que allí le residencie Montaño.—el Capitán Avellaneda funda la ciudad de S. Juan de los Llanos...

Capítulo V
El capitan Diego García de Paredes funda la ciudad de Trujillo...

Capítulo VI
Vuelve el mariscal á Santafé con la provisión de nuevos oidores.—el licenciado Tomas López entra en la audiencia...

Capítulo VII
El Capitán Cristóbal Rodríguez Juarez funda la ciudad de Mérida.—Diego García de Paredes reedifica la de Trujillo...

Capítulo VIII
Previénese el Nuevo Reino para resistir al tirano Lope de Aguirre.—compéndiase lo que obró en la jornada del Marañon...

Capítulo IX
Fúndase la ciudad de S. Vigente de Paez.-múdase la de Trujillo. Muere García de Parédes y tratase de todo lo acaecido en las provincias del Nuevo Reino...
CAPITULO IX
 


ROMPE URSUA EL EJÉRCITO DE LOS TAIRONAS EN LA BATALLA DE LOS PASOS DE RODRIGO.-DESPACHA EL CONSEJO VISITADOR Á SANTAFÉ Y OBISPO Á SANTA MARTA, Y PUÉBLASE LA CIUDAD DE LEON EN LA PROVINCIA DE GUANE.

DESDE que el Capitan Pedro de Ursua tomó la posesion de Justicia Mayor de Santa Marta, que fué por fines del año de cincuenta y uno, comenzó á maquinar los medios de que se podía valer para la conquista de los Taironas, de quienes tenia la noticia de ser una de las tres más belicosas naciones que habian sobresalido en las Indias, y en cuyo valle estaban los minerales de oro y platería en que se fundian las primorosas joyas de filigrana en varias figuras de Aguilas, sapos, culebras, orejeras, chagualas, medias lunas y cañutillos, de que tan vistosa y ricamente se arreaban todas las naciones que corren desde el Cabo de la Vela hasta la culata de Urabá, y la suma cuantiosa de oro en puntas y polvo que depositaban los sepulcros, que en la misma distancia se encontraban á cada paso y aun de presente no faltan; cuya noticias, bastantes á despertar el espíritu más dormido, habian desvelado mucho tiempo ántes el magnánimo de Pedro de tirana, no tanto por adquirir riquezas para sí, de que siempre se mostró poco ambicioso, cuanto por conseguir la gloria de que por su medio las participase su Príncipe, y dominase aquella nacion que se mostraba indomable y parecía tener ir su arbitrio las vidas de los vecinos de Santa Marta.

Para este fin (entrado ya el año de mil quinientos y cincuenta y dos) comenzó vivamente ir tratar de las prevenciones necesarias para la guerra, en caso que pacíficamente no se le sujetase Tairona: labró escaulpiles, compró armas de fuego, limpió lanzas, que la ociosidad en vez de sangre enemiga tenia cubiertas de herrumbre, y depositados bastimentos para tres meses, puso tanto calor en alentar á la empresa, que en breves días pudo contar para ella hasta doce caballos y cuarenta infantes, que, sin hacer falta en la ciudad, pudiesen seguirle; pero toda esta prevencion, de que á su entender estaban muy ajenos los Taironas, les era tan manifiesta cuanto más repetidos avisos los iban cada día de los movimientos menores que hacia Ursua para su daño; porque los indios sujetos, que por naturaleza del clima querian más á los Taironas que los perseguian que á los españoles que los acariciaban en sus casas, eran espías domésticas, que, de unos en otros, daban parte de cuanto pasaba en Santa Marta: achaque de que siempre adoleció aquella ciudad para desflaquecer sus fuerzas y no haber levantado cabeza aun contra los cavilosos Chimilas; y á buen seguro que sí de ésta y semejantes experiencias, reconocidas en estos Reinos de Castilla, se hubiera sacado escarmientos, nunca la nacion Lusitana atribuyera á debilidad de las armas del mayor Monarca, lo que la debido á las noticias anticipadas de lo más cercano de sus Consejos de estado y guerra.

Recelosos, pues, los Taironas, más de la fama de Ursua que del número de su gente, y no siendo ménos prestos en prevenirse para la defensa que los de Santa Manta para su daño, convocaron con la primera noticia todas aquellas naciones de Giribocas, Bodiguas, Zacas y Bondas, cuya ruina ó conservacion pendia de la suya; y tratando de aprovecharse más de la prudencia que del arrojo, porque casi siempre prevalece la detencion de la flema contra la intrepidez de la cólera, resolvieron dejar á Ursas recorrer la sierra, huyéndolo siempre el cuerpo al accidente de una batalla, valiéndose para conseguirlo del arte de una fingida paz que lo divirtiese, hasta que fatigado de las asperezas de aquellos montes, ó persuadido á que la falta de valor de sus enemigos le dejase libre el paso de los más peligrosos, les presentase ocasion de llegar á las manos con la ventaja. que podian prometerse de la fatiga ó descuido de los españoles: Si luego que pise los umbrales de nuestra tierra (decian los más ancianos), hacemos oposición con la debilidad de nuestros cuerpos desnudos a la ferocidad de sus caballos armados; sí nuestros arcos vestidos de plumas intentan rnedirse con sus arcabuces preñados de fuego; si nuestras macanas sin filos, con sus lanzas acicaladas ni mayor muchedumbre que la que habita estas sierras podrá mantenerse, ni el valor de Tairona dejará de pasar por los mismos ultrajes en que tantas veces le puso Cardoso. Verdad es que entre los vecinos de Santa Marta apenas habrá diez que puedan igualarnos en pisar estos riscos: tambien lo es que todos los demas no tienen acostumbrados los cuerpos al trabajo, ni el sufrimiento á los rigores del calor  de la sed; pero todos sabemos que ningunos muestran con más valentía aquel vigor con que salieron de España, miéntras el cansancio no los desengaña de que pueden perderlo; y si á la piedra que despide la honda es tan dificultoso resistirla en los primeros ímpetus, como fácil en los últimos, quién no tendrá por lo más conveniente que Banda vuelva á mantenerse en la paz fingida que tiene jurada, y que Tairona, haciéndose desentendido de la entrada de Ursua, salga á recibirlo amistoso al primer pueblo que acometiere, para que dando lugar á que los españoles quebranten los brios, se tome la resolucion que pareciere más conveniente para acabarlos.

Parecióles tan acertado el consejo, que luego deshicieron la junta para ejecutarlo, y más cuando supieron que ya el Capitan Ursua habia salido de Santa Marta y esguasado el Gaira, tomaba la vuelta de Posigueica, famosa plaza de armas de los Taironas: entónces su Cacique, tan cauto en rendimientos, como quien habia de sacar de ellos el fruto de sus traiciones, le despachó embajadores con un rico presente de cañoncillos de pavas, llenos de oro en polvo, pidiéndolo que sí gustaba de entrar en su poblacion, lo tendria á suma felicidad, y sí trataba de hacer alguna jornada, le serviria con buena amistad en cuanto se le ofreciese. No le pareció al Ursua despreciar la oferta, y puesto en órden de guerra marchó á su ciudad, por no caer en alguno de los peligros que suelo arrastrar la confianza. Recibiólo el Cacique con todas aquellas urbanidades que á los más bárbaros sabe enseñar la cautela; y pareciéndole á Ursua reconocer toda la sierra, sin dar á entender su designio, la fué repechando hasta que reconocido el origen del rio de Cañas, revolvió hacia la sierra nevada de los Araucos, en demanda del valle de Tairona. En todas las poblaciones de la serranía fué recibido con el mismo rendimiento que en Posigueica, si bien en ninguna halló la mitad de los vecinos que la habitaban: el agasajo sí de los cañoncillos, que menudeaban; divertia gran parte de las fatigas que ocasionaba la carga de armas y sayos; pero la mudanza de temperamentos y continuacion de marcha á pié, desflaquecíó de suerte á los nuestros, que al reconocer las cabecera del rio de Piedras, no se hallaban veinte con alientos para proseguir adelante, siendo lo más sensible para Ursua verse acometido de una cuartana que le impedía llegar á conseguir el fin de su jornada, y apretólo de suerte que resolvió dar vuelta á Santa Marta, siguiendo el curso del rio de Piedras, hasta encontrar el camino que conduce á Giriboca.

Apénas los indios cargueros reconocieron la pretension de Uretra, cuando deslizándose algunos, dieron parte á las espias, que siempre le iban pisando las huellas; y noticiados ya todos los de la junta de Posigueica, resolvieron tomarle la estrechez de los pasos de Origuo, que por corrupcion del vocablo llaman de Rodrigo, ó por haberlos pisado ó descubierto el primer Gobernador de Santa Marta, Rodrigo de Bastidas; pero haya sido por esta ó la otra causa, estos pasos están siete leguas de la ciudad, en la angostura ó balcon de una peña escabrosa, que por la una parte hace un paredon de peñasco irrepechable, y por la otra un derrumbadero profundo á la quebrada que le corre por el pié, y con tanto riesgo del que la de pasar por aquel sitio angosto, que para animar á que lo emprenda, se necesita de ponerle barandillas que lo esperancen. Para este sitio, pues, se provinieron mil Gandules los más arriscados, y dos mil se ocultaron en el monte con las tropas de Bondas y Bodiguas, para cogerle á Ursua las espaldas al tiempo que alojase en una colinilla limpia, que poco ántes de llegar á los pasos de Rodrigo dispuso la naturaleza, para desde allí hacer jornada á Santa Marta, por la comodidad del forraje, á la Providencia previno para teatro en que Ursua representase las mayores hazañas de su valor.

Llegado, pues, á ella, y sin doblar las centinelas, como debiera, alojó confiado de hallarse ya fuera de peligros, y acuartelada con mal órden su gente, díó lugar á que los enemigos se le acercasen para lograr el designio de acometerle descuidado al romper el alba del día siguiente. Llegó, pues, éste al mismo tiempo que desvelado Uretra con el rigor de la fiebre, oyó el primero el clamor de la guazabara que resonaba por todos aquellos contornos. La confusion de las voces y estruendo de los caracoles rompió el nombre al campo dormido.

Ya muchos de los vivanderos y algunos de los españoles ménos prevenidos nadaban en sangre al golpe de la macana y al tiro venenoso de los arcos vecinos: salta entónces Ursua del catre en que su toldo lo abriga, como leon de tan diferente especie, que la cuartana misma que al otro descoyunta, á éste lo fortalece; con el un pié calzado y el otro desnudo, ni olvida el arcabuz asustado, ni deja la espada remiso. Comienza á dar aliento á su gente animoso; pero á tiempo que turbada y herida pudo tener á milagro que no le desamparase; pero á dónde habia de encaminar los pasos, si por todas partes amenaza fatalidades la muerte? Reconoce entónces Ursua el terreno y su riesgo, y aunque tan corto el número de sui gente, se alienta más miéntras lo mira más corto.

Vuelvo los ojos atras, y halla más de tres mil Gandules que lo aprietan por las espaldas, que le tienen cogidos: si mira adelante, contempla la cumbre presidiada de flechas, hondas y macanas, repartidas en los más valientes guerreros que acaudilla Tairona y le atajan el paso; pero como ya le tenia. tomado el pulso á su fortuna, érale su conocimiento el mejor consejero para salir de peligros: habíale experimentado madre, ¿qué mucho no la recelase madrastra? Por eso Julio César animaba al barquero á que no temiese los vientos contrarios donde ancoraba su dicha; y por eso nuestro Cárlos V aseguraba en Argel que entre balas no peligraban los Césares. Viendo pues Uretra la Victoria cierta por los Tairona, si los esperaba detenido, trató de ponerla en duda buscándolos necesitado, como quien sabia alambicar impulsos para resoluciones prudentes de los desórdenes de una desesperacion desreglada; porque suele muchas veces ganar la osadía cuanto lleva perdida la inferioridad: ademas, que ya se aventaja en armas á su enemigo quien se refuerza con demostraciones de que no lo teme.

Con estos discursos atropellados trata Ursua de abrirse el camino por medio de las tropas de sus contrarios. Al susto de un rebato nocturno lo consiguió el varon de Dona, puesto á caballo, por el centro de las tropas de Guias; pero á la claridad de mayor peligro, solamente sabrá conseguirlo á pié un Pedro de Ursua. Comienza pues con doce compañeros, que solamente le siguen, á repechar la cuesta para ganar la cabeza del monte descienden piedras de la cumbre para sepultarle al pié de la sierra: vence finalmente Uretra, porque su espíritu ardiente lo arrastra á lo más elevado. Allí se vale del arcabuz sin embarazar tretas de la espada: allí sus doce compañeros, adiestrados con lo que admiran, si no lo exceden lo imitan. Tres veces la envenenada saeta le dió recuerdos á su corazon generoso de que era mortal, y otras tantas penetró por las tropas de Tairona, para dejar su nombre á la inmortalidad. A pretender salvar su persona, en poco espacio hubiera terminado el trance de la batalla; pero como cada vez que rompia los batallones los volvia á repasar para abrigar á los suyos, fué tan porfiado el encuentro, que por más de dos horas ni el sudor, ni la sangre, ni la fatiga fueron poderosos para detener aquel ímpetu arrebatado con que su espada corria por las enemigas gargantas. Dióse por perdido Tairona á vista de teson tan rebelde y valor tan peregrino; y como los Cabos inferiores descubren por el rostro de su General los afectos, conocido el temor por los Posigueicas, que ya flaqueaban, desmayaron de suerte que ni alientos para levantar los arcos tenian. Ursua. entónces, diestro en penetrar corazones en semejantes lides, cargó tan pujante sobre ellos, como si el encuentro empezara; pero bastóle el amago para quedar victorioso, y huyóle Tairona dejando el monte sembrado de escarmientos y de penachos.

El suceso de arriba cortó los ánimos de los indios que guerreaban abajo y tenian bien apretados á los españoles, que mantenian su alojamiento. Valioles á todos la resolucion de su Cabo, pues cuantas hazañas hizo en la cumbre, fueron defensas con que sacó de peligro hasta los más retirados. Libre ya el paso por la retirada del enemigo, recogió Uretra su campo sin perder hombre, fuera de los que murieron en el asalto primero, y marchando con orden y á pié las siete leguas que le restaban, entró en Santa Marta: mejor fuera en Roma, á que otro Valerio Máximo celebrase el ramo de aquella ilustre casa, por quien ántes de la venida de Cristo contendieron los dos primos Corbis y Ursua. Este fué el feliz suceso de la batalla de los Pasos de Rodrigo, donde para muchos años quedó asombrado Tairona de ver á un español que enfermo, descalzo y ayuno, con solos doce combatientes, habia atropellado los tercios más ejercitados de su nacion. Los que salieron heridos de los nuestros fueron casi todos, aunque no peligraron, por el remedio experimentado que contra el veneno usaban los de Santa Marta; pero no puede negarse que sufrieron más en la curacion que en la batalla. De los doce que siguieron á Ursua, está tan perdida la noticia de quiénes fueron los seis, que siempre será lástima para las edades futuras.

El averiguar los nombres de los restantes no la sido trabajo de poca monta: éstos fueron el Capitan Luis de Manjarrés, Bartolomé Dalba, Francisco Diez de Arles, Lorenzo Jiménez, Juan de Castellános y el Tesorero Pedro Briceño, que pocos dias despues murió en Santa Marta, y pudo ser de resulta de alguna herida. Los indios muertos pasaron de quinientos, y quien supiere pesar el valor de esta hazaña por otras de ménos monta que se han llevado los aplausos de Europa, reconocerá la diferencia que hay de obrar allí ó ejecutarlas en Indias, donde le cayó la suerte á Pedro de Ursua, que ya mejorado trató de volver á Santafé, disgustado de los cortos modios que hallaba para conquistar á Tairona, y anhelando por la empresa de buscar el Dorado, á que lo arrastraba su maligna estrella. Ejecutólo así en este mismo año, y para sostituirle bajó luego Luis de Villanueva, nombrado por los mismos Oidores Justicia Mayor de Santa Marta.

Al tiempo que el Capitan Pedro de Ursua emprendia la conquista de que hemos tratado, se hallaba tan disgustado el Consejo de Indias de las noticias que lo repetían de la imprudencia con que la Audiencia de Santafé habia embarazado la residencia de Armendariz, y dado ocasion para que más justificadamente instasen con dobladas quejas los Caquecios, que resolvió despachar Visitador á reconocer del exceso obrado por Góngora y Galarza con el Licenciado Alonso le Zurita, y á residenciar nuevamente á Armendariz, y Presidente que contuviese el desórden con que suelen proceder las Audiencias á quienes falta cabeza. Para lo primero eligieron al Licenciado Juan de Montaño, Relator que á la sazon era de la Chancillería Real de Valladolid, á quien le tenia dada plaza de Oidor de Santafé, y por el recelo en que los puso la noticia que tuvieron de algunas acciones de este sujeto, nombraron sucesivamente para la Presidencia al Licenciado Bribiesca, que servia plaza de Consejero de Indias, que para desdicha del Nuevo Reino, despues de tenerla aceptada y prevenido el costo del viaje, fué absuelto de ella á instancia y súplica del Licenciado Muñatones, su hermano, que lo consiguió del César en la Corte de Alemania, donde residía entre los de su Consejo. Habíase tambien dado el Obispado de la Asuncion del rio de la Plata á don Fr. Juan de los Bárrios y Toledo, religioso Francisco, que consagrado asistia en Aranda de Duero, y pareció así mismo promoverlo á Santa Marta, donde en una misma Armada llegó á su puerto, y el Licenciado Montaño á Cartagena, donde los dejaremos miéntras referimos los últimos acaecimientos del Reino en este año de cincuenta y dos.

Gustosos los nuevos Oidores de Santafé con las noticias de las villas y ciudades que en su tiempo se iban fundando, resolvieron se poblase otra en la provincia de Guane, y así por las esperanzas que daba el terreno como por asegurar en sujecion á la Real Corona los muchos naturales que habitaban los cantones de aquel país y de quienes se hallaban recelosos los vecinos de la ciudad de Vélez desde que, alterados, ocasionaron el rigoroso castigo que hizo en ellos el Capitan Pedro de Ursua, dieron la empresa á Bartolomé Hernández de Leon, natural de la ciudad de Leon de estos Reinos; y siendo el interes tan comun á lo vecinos y especialmente para los que se hallaban desacomodados, halló con facilidad la gente bastante para conseguir lo que se le ordenaba. Con ella, pues, entró en la provincia, y reconociéndola primero toda para elegir sitio, tuvo por el más á propósito el que ofreció el valle que hoy llaman de la Paz, donde por Octubre de este año en que vamos, ejecutadas todas las diligencias que deben preceder en tales casos, ménos la autoridad de Juez que pudiese darla, fundó una ciudad que en memoria de su patria y apellido llamó de Leon. De sus primeros pobladores fueron Martin de Olarte, Francisco Franco, Bartolomé Hernández, Diego Moreno, Juan Vizcaino, Pedro Díaz y Juan de Angulo, que fué nombrado por Justicia Mayor, aunque le duró pocos años la vana; porque si la otra ciudad de Leon fué muchas veces asolada con haberse resguardado de finos lienzos de muralla, mal podía ésta mantenerse sin otro arrimo que el de lienzos bastos de algodon; y aunque pocos años despues volvieron á reedificarla las vanas esperanzas del Capitan Benito Franco, no corrió términos más dilatados en la reforma que en su formacion, por no tener la provincia aquellas conveniencias de que más necesita la nacion española en sus poblaciones.

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