CAPITULO
VIII
ENTRA URSUA EN MUZO Y PUEBLA Á TUDELA: VUELVE Á SANTAFÉ Y BAJA POR
JUSTICIA MAYOR DE SANTA MARTA.-FÚNDASE LA VILLA DE S. MIGUEL.-EL
OIDOR BRICEÑO RESIDENCIA Á BENALCÁZAR, QUE MUERE EN CARTAGENA; Y
FUENMAYOR FUNDA Á ALMAGUER POR ORDEN DE BRICEÑO.
PARA la conquista de los Muzos, como dijimos, estaba elegido por
Cabo el Capitan Pedro de Ursua, y como el buen éxito de la empresa
habia de ser de tantas consecuencias útiles para el Reino, no
satisfechos los nuevos Oidores de que bastaria solamente la
preferencia de su persona en la eleccion para empeñarlo vivamente
en sujetar la provincia, le aseguraron que concluida la guerra y
fundado algun pueblo que reprimiese la audacia de los indios para
nuevas alteraciones, le darian la conquista del Dorado: blanco á
que tiraba Ursua desde que los ecos de aquella fingida voz hirieron
sus oidos al tiempo de tomar tierra en Cartagena. Que fuese o no
falso él envite, ¿quién podrá averiguarlo? Solamente podremos
afirmar que los Oidores no ignoraban la Real Cédula. que les habia
llegado, para que esta conquista no se consintiese hacer ni se
diese á persona alguna que no fuese elegida por el Consejo; y
tambien les constaba la ley que prohibia nuevas fundaciones, y en
la contravencion fundaban su observancia. Pero que hubiese sido
falso á verdadero el envite, solamente sirvió la promesa de que la
conquista de Muzo quedase imperfecta, por ganar tiempo el Ursua
para lograr las ánsias de buscar el Dorado, que últimamente por los
peligros en que lo puso el poco recato de su incontinencia y la
mucha confianza de su valor, lo condujeron á su mayor
desventura.
Tenia ya este caballero ganado tanto crédito en el Reino, que á
los primeros movimientos que hizo para su jornada, se alistaron á
servir debajo de su mano muchos hombres nobles de las tres
principales ciudades, y entre ellos algunos de igual graduacion en
la guerra, entre quienes podemos contar al Capitan Juan de
Avellaneda, Francisco Diez de Arles, Alonso de Alvarado, Alonso
Ramírez Gasco, Antonio Bermúdez, Alonso de Benavides, Benito de
Poveda, Alvaro Suárez de Deza, Rodrigo de Quiroga, Pedro Rodríguez
de Aponte, don Lope de Orosco, Juan Jiménez, Diego Romero de
Aguilar, Francisco del Hierro, Nicolas Gutiérrez, Diego López Vela,
Antonio de Neiva, llaman García Patiño, Cristóbal Riaño de Llerena,
Hernan González Hermoso, Juan Rubio, Andres Rubio y otros hasta el
número de ciento y cuarenta infantes y veinte caballos, bien
prevenidos de lanzas, armas de fuego y perros, en que consistía la
fuerza que más atemorizaba á los indios. Con esta buena disposicion
y otras asistencias en que anduvieron próvidos los Oidores, tomó
Ursua la vuelta de la ciudad de Vélez, no queriendo aventurar su
gente por las fronteras de Saboyá y Simijaca, noticioso de las
defensas de hoyos, puas, troncos y despeñaderos con que los
enemigos resguardaban las estrecheces de las entradas de Futatena,
Turtur y el Toro: y fué tan acertada, la resolucion y tanto el
crédito que ganó con ella entre aquellas naciones bárbaras, sobre
el que ya le habian dado de buen guerrero los rebeldes de Guane,
que olvidalos los Mozos de aquel esfuerzo con que rechazaron á tan
valientes Cabos, como Lanchero, Martínez y Valdés, y viéndose
acometidos por donde ménos recelaron, no bastó la coligacion hecha
con los Nauras y Saboyaes, para que sus Generales Quiramáca y Atabi
no cediesen al primer ímpetu del ataque de la batalla con que
fueron acometidos de Ursua, dejando en sus manos el arbitrio de
dominar la provincia, con haber salido á su defénsa más de cinco
mil Gandules de los más ejercitados en las guerras pasadas: tenian
muy presentes las felicidades de Ursua, y negándose al combate, ya
que no la reputacion, salvaron sus tropas.
Rara fortuna y feliz la de Pedro de Ursua, donde tantos la
tuvieron adversa; pero ejecuta más un varon de éstos con el amago,
que otros con todas sus diligencias: tenian sin duda sus manos
algun secreto vigor, que recababa más por simpatía que por
violencia. Reconocen las demas fieras al leon en presajio de su
naturaleza, y sin haberle examinado el valor le previenen zalemas.
Apénas las demas aves registran la sombra del águila, cuando sin
poner la atencion en las garras, confiesan su inferioridad con el
susto á la noticia de que nuestro Emperador Cárlos V llamaba
desarmado á las puertas de Gante, le rinde la cerviz entre pasmos.
Y á la celeridad con que Luis XIII se arroja solo al Principado de
Bearne, se desarmaron asustadas las ciudades más rebeldes. Así
privilegia la fortuna algunos corazones magnánimos; y así á los
héroes como Ursua adelantaban rendimientos la naciones más
belicosas, sin aguardar á que la tentativa del valor los
previniese. No pudo pues ésto facilitar empresa más conforme á sus
designios, y por no perder el tiempo que le presentaba la dicha,
trató luego de fundar una villa que refrenase la ferocidad de los
Muzos, y á paso lento la trocase en mansedumbre. No se detuvo en
examinarle las conveniencias al sitio ni en debilitar la fuerza de
los enemigos, que aunque atemorizada se quedaba entera, de que
resultó el malogro de sus trabajos. Fundó pues una villa, y por
darle, otro recuerdo al Reino en que nació, la llamó Tudela; y
aunque juzgó permaneceria firme, erró con el deseo, pues vuelto á
Santafé, apénas pudo mantenerse cuarenta dias; el temperamento,
siempre nocivo, empeoró experimentado. Multiplicáronse los Mozos
porque volvieron del susto, y sin que los nuevos pobladores
hallasen interes que los animase á tantos peligros, se vieron tan
combatidos de la esterilidad del terreno y tan apretados de los
Muzos y Nauras, que les tenian bloqueada la villa, que eligieron
por el más sano acuerdo el desamparar con lástima lo mismo que
consiguieron con vanagloria.
En esta retirada murió mucha gente española á manos del enemigo
y un religioso que cayó en las de los Nauras, y se lo comieron
luego, de que resultó no comer despues más carne humana, como nota
Herrera en su Década octava, por temor del achaque de que se
contagiaron los agresores, consiguiendo este sacerdote con su
cuerpo muerto desterrar de esta nacion un vicio que con gran
dificultad lo consiguiera vivo. Fué la noticia de la victoria
relámpago que alegré las ciudades de Santafé, Tunja y Vélez, hasta
que el trueno de las conspiraciones y el rayo del asolamiento de
Tudela, los desengañó de la brevedad con que en el umbral de las
dichas suelen encontrarse las fatalidades: con las nuestras los
Mozos se aprestaban para mayores insolencias, y deshecho por sí
mismo el torbellino de la guerra, blasonaba. Quiramáca de haber
sido el autor de las serenidades. Los Oidores en el interin
vacilaban sobre dar la conquista del Dorado á Pedro de Ursua, en
que por una parte los reprimia la prohibicion, y por otra los
ejecutaba la promesa; pero viendo ya desvanecida la condicion con
que la hicieron y á Ursua algo inclinado á la conquista de Tairona,
acallaron su pretension con el nombramiento de Justicia Mayor de
Santa Marta en lugar de Andres López de Galarza, á quien, con
pretextos honrosos, llamaron á Santafé, en cuyos términos, de
pedimento de los Panches, ya más sujetos al valor de Anton de
Olalla y de Orjuela, fundaron en su provincia, á doce leguas de
Santafé al Norte, una pequeña villa que llamaron de San Miguel,
donde aquella nacion comerciase con los españoles para evitar el
peligro que se experimentaba de enfermar en temple frio, cuando
salian á feriar los géneros de su provincia en Santafé; aunque de
presente solo se conserva el sitio con el nombra de Villeta, si
bien lo tienen mejorado cuatro leguas más al Norte en el de las
Guáduas, donde un religioso convento de Recoletos Franciscos y
bastante vecindad de españoles que allí habitan, pueden ganar
Justamente el título de villa.
Con estas alternadas fortunas de buenos y malos sucesos, pasaban
los del Nuevo Reino olvidados de las centellas que la mansedumbre
de los Oidores y el rigor de Benalcázar habian encendido en los
sentimientos del Licenciado Zurita, y de la casa de Jodar por los
impedimentos puestos á la residencia de Armendariz y desagravios de
los Caquecios, y por la muerte del Mariscal Robledo; y habiendo
sido ésta la que primero prendió en el Consejo, despacharon (como
dijimos al capítulo quinto de este libro) al Licenciado Francisco
Briceño para que residenciase á Benalcázar, y fenecidas sus
comisiones pasase á servir la plaza de Oidor de Santafé, en cuya
ejecucion entró en Popayan por principios de este año de cincuenta
y uno; y como las muertes del Mariscal y sus compañeros estaban tan
recientes para la lástima, como el gobierno de Benalcázar
aborrecido con la perpetuidad, no bastaron los empeños de sus
parciales para detener el ímpetu con que los dependientes de
Robledo y los que se habian mostrado neutrales ocurrieron á
fiscalizarle, no solamente las acciones sobresalientes, que por
erradas debía calificar la modestia, sino aun las cualidades que
por comunes pudiera haber sepultado el olvido; y aunque todas
fueran de la calidad de estas últimas, era muy difícil empresa la
de reducir á infructuosa la cláusula ordinaria que llevaba. Briceño
en sus comisiones, para tomar en sí el gobierno en caso que á
Benalcázar lo hallase notablemente culpado.
Con estas baterías, asestadas por tantas partes, no fué mucho
que á breves dias lo viesen caído sus émulos del gobierno que habia
merecido, y en la prision que no habia imaginado: sintiólo sin
faltar al sufrimiento, y aunque su ánimo fué siempre invencible,
cavó mucho para contrastarlo el recuerdo de sus servicios
continuados al resplandor de su fidelidad, y la. estimacion con que
en otros tiempos los habia mirado el Consejo para relevarlo de las
residencias con que eran trabajados otros Gobernadores y Capitanes
famosos. La ingratitud de muchos que habian militado debajo de su
mano, no fué pequeño torcedor al estado en que se hallaba, porque
no llegó á discurrir que á la falta de la dependencia terminan las
sumisiones á muchos cargos que le hicieron pudo satisfacer con la
generalidad de haber sido culpas originales en todos los
conquistadores; pero en la muerte de Robledo y de sus Capitanes
conoció, aunque tarde, que aquella destemplada resolucion no podía.
parar en ménos, ni de la confianza que hizo de un mal consejero
podia salir su persona sin lastos crecidos del crédito que habia
tenido. Oídos finalmente los descargos que pudo dar en su abono,
fué remitido preso á Cartagena para que de allí pasase á oir la
sentencia en esta Corte; pero como si limas sordas del sentimiento
no hay diamante que no desfallezca, pudo tanto con Benalcázar la
consideracion de la fortuna en que se la hallaba, que á pocos días
de llegado á Cartagena lo puso en el teatro de un lecho, donde
sirviéndole de verdugo y cuchillo el pesar, rindió la vida con
lástima grande de los que por vista y fama lo conocian.
Este fué el paradero de las fortunas de Benalcázar, siempre
dichoso en todas las empresas que intentó en las Indias: ningun
conquistador como él, de primera magnitud, corrió más Reinos, ni
tantos ni con más felicidad, pues en los de la Nueva España lo
aclamaron victorioso, en los del Perú formidable; y si alguna vez
dejó de parecer invencible, no se consiguió á ventajas de valor
sino á las excesivas de gente española, gobernada por un Gonzalo
Pizarro á los belicosos Pijaos no les pareció que tenia bríos, para
probados dos veces. El Nuevo Reino de Granada debo gran parte de su
lustre al prudente consejo que dió para que lo poblasen: en él
antepuso cuerdo los créditos de su fama á los intereses del oro,
porque éstos casi siempre desaparecen ántes que el dueño falte, y
aquéllos labran memorías en la posteridad con el buril de las
plumas. Con poca fortuna y ménos plata que otros, entró el General
Centeno en la categoria de los conquistadores del Perú, y miéntras
más caido, se levantó sobre todos en las guerras civiles de aquel
Imperio, porque atendió más al crédito de leal que á la
conveniencia de rico más al pundonor de vasallo que á la
neutralidad de vividor, como si hubiera practicado en las máximas
del Marqués de Pescara, cuanto inris plausible le fué besar el pié
al César como vasallo quejoso, que competirle como Rey avergonzado:
camino real fué éste que siguió siempre Benalcázar; pero notáronle
algunos, y entre ellos Quesada, que jamas huyó en las conquistas si
no fué de tener Cabo superior, y de nada fué tan impaciente como de
encontrar con otro que le igualase. Por eso destempló su prudencia
para juzgar de Robledo cuando lo miró como igual, lo contrario de
lo que aplaudió en él cuando lo tenía inferior. La crueldad
detestable de pasar á cuchillo todas las mujeres y niños de Quioche
en el Reino de Quito, y el rigor inhumano de enterrar vivos más de
trescientos indios en Rio-bamba, amancilló de suerte su nombre, que
dió fundamentos para que se atribuyese á parto del odio y no á celo
de la justicia la muerte de Robledo. En el Castillo de Benalcázar
tuvo su prodigioso nacimiento, siendo mellizo de otros dos hermanos
y dejado el apellido heredado de Moyano, corrió con el de
Benalcázar por todas las Indias y puestos de la milicia, hasta
conseguir el de Adelantado y Gobernador de Popayan, donde dejó
hijos tan herederos de sus hazañas como lo acreditó el Mayor D.
Sebastian de Benalcázar en la sangrienta guerra de los Pijaos, de
que despues trataremos.
Desembarazado ya el Licenciado Bríceño de la residencia del
padre, y tomado en sí el gobierno, trató luego de tener lugar en la
lista de los conquistadores de Indias, que por aquel tiempo era la
pretension más viva de las Garnachas; y como para entrar en ella.
Lo animasen mucho las noticias que corrian de ricos minerales en el
valle de Guachicono, que média entre Popayan y la villa de Pasto, y
la gente de guerra que estaba derramada por las provincias
equinocciales de resulta de las guerras civiles del Perú, lo
tuvieron en el continuado estudio de librarse de ella, trató luego
de levar la suficiente para allanar el valle y fundar pueblo de
españoles, que, con la utilidad que fructuase, no solamente le
adquiriese méritos á su persona para representarlos en el Consejo,
sino medios para acallar las quejas de muchos soldados que, por
falta de comodidades, bramaban al recuerdo de su pobreza. Con estos
motivos eligió por Cabo al Capitan Alonso de Fuenmayor, hombre de
trincho crédito entre políticos y militares, quien, tomando la
empresa á su cuidado, partió con la gente alistada á dar
cumplimiento á las órdenes de Briceño; y aunque pasaban de setenta
los infantes y caballos, libraba todo el buen suceso de la faccion
en llevar por Capitanes á Vicente Tamayo y á Vasco de Guzman,
personas e tanto valor cómo lo mostraron las ocasiones en que los
empeñó la obligacion de caballeros.
Al segundo dia de marcha entraron por Guachicono, que corre con
algunas caidas por la cordillera grande, y en los cinco siguientes,
habiéndolo trasegado todo por amedrentar los indios que lo
habitaban y hallar sitio en qué poblarse, eligieron por el mejor
para la labor de las minas y resguardo del mal temperamento que
causa la vecindad de la equinoccial, el de una sabrina limpia, con
que se corona en la misma cordillera una colina elevada á poco más
de siete leguas al Sur de Popayan, que hace cara al valle de Patia
y sirve de tránsito para la villa de Pasto á los que, atentos á
evitar el peligro de tocar en Patía eligen tomar algo torcida la
derrota por este asiento. En él pues, fundaron una buena villa que
llamaron de Almaguer, en que, labradas casas y repartidos los
indios del contorno, dió esperanzas de mucho crecimiento con buenos
principios de oro, que últimamente han venido á parar en descubrir
muestras de plata, que por falta de medios no se reconocen como
debiera, y en que su terreno haya salido á propósito para cosechas
de buen trigo, de legumbres y frutas de Castilla, especialmente de
granadas: de que satisfecho por entonces Briceño y afeando las
acciones de su antecesor, como acostumbran todos los que entran á
gobernar en Indias, puso la mira en desterrar aquellos abusos con
que Benalcázar habia dejado correr su gobierno; pero ya la
permision los habia vuelto de tal suerte en costumbres, que á poca
diligencia de Briceño faltó la impaciencia de los conquistadores, y
á la más corta demostracion de sus quejas se encojío tanto el poco
espíritu de Briceño, que ántes de terminar el año siguiente trató
apresuradamente de ir á servir la plaza de Oidor de Santafé, como
hizo, dejando por su Teniente general al Capitan Diego Delgado, que
en muchas conquistas de aquella gobernacion y del Nuevo Reino habia
servido á satisfaccion de sus Cabos, donde lo dejaremos hasta el
año de cincuenta y cuatro, en que acreditó la buena eleccion de
Briceño.