INDICE





PROLOGO

NOTICIA BIOGRÁFICA DEL DR. FERNÁNDEZ PIEDRAHITA

DEDICATORIA Y APROBACIONES DE LA OBRA

LIBRO I

Capítulo I
Del sitio y calidades del Nuevo Reino de Granada

Capítulo II
En que se da noticia de sus provincias y primeros habitadores.

Capítulo III
De las costumbres, ritos y ceremonias que usaban los indios mozcas en su gentilidad.

Capítulo IV
De otras ceremonias y costumbres que tenian los mozcas, y de las procesiones que hacían.

Capítulo V
Del sitio y corte de Bogotá: majestad de sus reyes condiciones y forma de sucederse.

LIBRO II

Capítulo I
Saguanmáchica conquista los fusagasugaes, rompe la guerra con el Guatavita, que se ampara del Rey de Tunja...

Capítulo II
Hereda el zipa Nemequené, y castigada la rebelián de Fusagasugá, sujeta los caciques de Cipaquirá y Nemza.

Capítulo III
Asalta el Zipa la corte del Guatavita, revuelve contra el Ubaque y sujétalo.

Capítulo IV
Sujeta el Zipa la provincia de Ebaté, nombra en ella al hermano por su lugarteniente, á quien mata el Ubaque.

Capítulo V
Da leyes el Zipa en su reino y previénese de todo para la guerra de Tunja.

Capítulo VI
Refiérense los sitios y estado de las provincias de Tunja y Sogamoso, y hacen liga sus príncipes contra Neméquene.

Capítulo VII
En que se prosigue la materia del antecedente

Capítulo VIII
Danse vista los ejércitos del Zipa y el Tunja, y platican antes de la batalla.

Capítulo IX
Dáse la batalla, y casi vencida por Neméquene, muere en ella, herédalo Thysquesuzha, y prosigue la guerra.

LIBRO III

Capítulo I
Fúndase la ciudad de Santa Marta por Rodrigo Bastídas, á quien mata su teniente general en un motín.

Capítulo II
Los capitanes de Lerma acometen á Posigueica y vuelven derrotados.

Capítulo III
Gobierna el doctor Infante á Santa Marta por muerte de García de Lerma, y el adelantado don Pedro de Heredia da principio á las conquistas de Cartagena.

Capítulo IV
El adelantado Heredia prosigue la conquista de Cartagena

Capítulo V
Dáse el gobierno de Santa Marta á d. Pedro Fernández de Lugo. Prosigue la guerra con los indios de la sierra sin fruto…

LIBRO IV

Capítulo I
Benalcázar descubre a Popayán, y fundadas las villas de Cali y Timaná, prosigue en su descubrimiento

Capítulo II
El licenciado Badillo residencia á D. Pedro de Heredia en Cartagena:

Capítulo III
Vuelve el General Quesada por su Ejército á la Tora, Condúcelo hasta los umbrales del Nuevo Reino

Capítulo IV
Marcha Quesada por la provincia de Vélez, pasa á Guachetá y de allí á Suesca en demanda de Bogotá, con asombro general de los indios.

Capítulo V
Entra Quesada en el valle de los Alcázares, rompe el ejército de los Uzaques, pasa a Bogotá

LIBRO V

Capítulo I
Entra el capitán Céspedes en la provincia de los Panches por Tibacuy: plática  con el capitán del presidio de los Guechas…

Capítulo II
Sale Quesada de Bogotá para Somondoco en demanda de las minas de esmeraldas que descubre

Capítulo III
El Capitán San Martín tiene noticia de Tundama: descubre á Sogamoso y vuelve en busca del general Quesada...

Capítulo IV
Asalta Quesada el palacio del Rey de Tunja, á quien prende, y después de un breve combate saquea su corte con presa de los tesoros que no pudo ocultar.

Capítulo V
Marcha Quesada á Sogamoso, saquea la ciudad y quémase su templo. —vuelve á Tunja, y desamparándola por ir á la conquista de Neiva,

Capítulo VI
Repártese la presa entre los españoles: Asaltan después el cercado de un bosque donde matan a Tysquesusha sin conocerlo.

Capítulo VII
Acometen los Panches las fronteras de Bogotá, y entran Quesada y el Zipa al castigo con mal suceso en el primer encuentro

LIBRO VI

Capítulo I
Prende Quesada á Sacrezazipa por los tesoros del Zipa muerto, y promételos con engaño hasta lograr la muerte de sus émulos...

Capítulo II
Reparte Quesada otra presa de oro y esmeraldas: da principio á la fundación de Santafé...

Capítulo III
Dánle noticia á Quesada de las entradas de Benalcázar y de Fedremán en el reino...

Capítulo IV
Persuade á Quesada Benalcazar á que funde ciudades, y refiérese el estado y crecimiento á que ha llegado la ciudad de Santafé.

Capítulo V
El general Quesada baja á Cartagena con Benalcázar y Fedreman, dejando por teniente general del reino á Hernán Pérez, su hermano...

Capítulo VI
Gerónimo Lebrón forma ejército y armada; sale de santa marta para el reino...

Capítulo VII
Alonso Martín prende en el rio á Alonso jeque, y obligado de una armada enemiga, vence la batalla naval de Cesare...

LIBRO VII

Capítulo I
Tratase de la entrada que hizo Martín Galeano en el territorio de Coicomé y Agata, y de la que después hizo Juan Alonso de la Torre

Capítulo II
Sale Galeano á la conquista de Guane: mueve la guerra en Chalalá, y síguela con Mataregua hasta vencerlo en batalla...

Capítulo III
Agraviado Thisquizoque de la tiranía de Juan Gascon,  hace liga con el Saboya, toma las armas y le quita la vida...

Capítulo IV
Los tres generales pretenden la gobernación del Nuevo Reino y ninguno la consigue...

Capítulo V
Forma ejército Tundama y fortifícase contra Baltasar Maldonado...

Capítulo VI
Montalvo de Lugo entra en el Reino por los llanos, y el capitán Lanchero á la conquista de Muzo...

Capítulo VII
Esguazado el Cauca, prosigue Jorge Robledo sus descubrimientos hasta fundar la ciudad de Cartago.

LIBRO VIII

Capítulo I
Con la noticia de que se previene armada en Francia para las Indias, mandan al adelantado Lugo que vaya á su gobierno...

Capítulo II
Los Yalcones y Paeces toman las armas y matan á los capitanes Añasco y Osorio y despues a Juan de Ampudia...

Capítulo III
Rebelánse los Sutas y Simijacas, fortifícanse en unos peñoles, va contra ellos el Capitán Juan de Céspedes...

Capítulo IV
Rompen los Panches por las fronteras de los Mozcas...

Capítulo V
Prosigue su jornada Gerónimo Lebrón, con varios sucesos, hasta el valle de Opon...

Capítulo VI
Quesada y Lebrón compiten sobre el gobierno con riesgo de romper en batalla...

LIBRO IX

Capítulo I
Con la sospecha de que se rebela la provincia de Tunja...

Capítulo II
Vuelve á sus descubrimientos el capitán Jorge Robledo y con varias fortunas llega hasta la provincia de Hebéjico...

Capítulo III
Vuelto el Capitán Maldonado de la jornada de los palenques, sale Hernán Pérez de Quesada al descubrimiento del dorado con mal suceso...

Capítulo IV
El Ocabita y Lupachoque se fortifican en dos peñoles: ríndese Lupachoque por armas al Capitán Pineda y el Ocabita...

Capítulo V
El adelantado Lugo se previene para subir á Santafé : fúndase por su órden el Barbudo…

Capítulo VI
Pasa Robledo preso á estos reinos: Heredia y Benalcázar se apoderan alternadamente de Antioquia después que se fundó la ciudad de Arma...

LIBRO X

Capítulo I
La armada francesa de Roberto Baal sorprende á Santa Marta y Cartagena; y el adelantado Lugo prende al capitán Rondón...

Capítulo II
Felipe de Utre sale de coro á nuevos descubrimientos penetra los llanos hasta la punta de los Pardaos...

Capítulo III
Prende Lugo á los oficiales del Rey y á los quesadas: justicia al encomendero de Sáchica...

Capítulo IV
Destierra Lugo á los quesadas. —el Capitán Venégas descubre las primeras minas de oro, y funda la ciudad de Tocaima...

Capítulo V
Descubre Felipe de Utre los Omeguas, y véncelos en una batalla...

Capítulo VI
Lugo sale del reino para Castilla, y Armendariz entra en Cartagena...

Capítulo VII
Armendariz nombra por su teniente á pedro de Ursua en el reino y á Robledo en Antioquia...

LIBRO XI

Capítulo I
Concurren los visitadores Gasca y Armendariz en Santa Marta...

Capítulo II
Procede Armendariz contra el capitán Lanchero y otros conquistadores...

Capítulo III
Hacen mariscal del reino á Gonzalo Jiménez de Quesada...

Capítulo IV
Échanse los indios á las minas: tratase en el consejo de fundar audiencia en Santafé...

Capítulo V
Prosigue Armendariz en su gobierno: pónese real chancillería en Santafé...

Capítulo VI
Fúndanse las religiones de Santo Domingo y San Francisco en el Nuevo Reino...

Capítulo VII
Entra el mariscal Quesada en Santafé: descúbrese el páramo Rico de Pamplona...

Capítulo VIII
Entra Ursua en Muzo y puebla á Tudela: vuelve á Santafé y baja por justicia mayor de Santa Marta...

Capítulo IX
Rompe Ursua el ejército de los taironas en la batalla de los pasos de Rodrigo...

LIBRO XII

Capítulo I
Entra en Santafé el licenciado Juan de Montaño con la visita de la audiencia y residencia de Armendariz...

Capítulo II
Rebélase el Valle de las Lanzas, va Hernando de Salinas al castigo, funda la ciudad de Victoria...

Capítulo III
Prosigue Montaño en su visita; ajusticia á Pedro de Salcedo y á otros...

Capítulo IV
Armendariz baja preso á Cartagena para que allí le residencie Montaño.—el Capitán Avellaneda funda la ciudad de S. Juan de los Llanos...

Capítulo V
El capitan Diego García de Paredes funda la ciudad de Trujillo...

Capítulo VI
Vuelve el mariscal á Santafé con la provisión de nuevos oidores.—el licenciado Tomas López entra en la audiencia...

Capítulo VII
El Capitán Cristóbal Rodríguez Juarez funda la ciudad de Mérida.—Diego García de Paredes reedifica la de Trujillo...

Capítulo VIII
Previénese el Nuevo Reino para resistir al tirano Lope de Aguirre.—compéndiase lo que obró en la jornada del Marañon...

Capítulo IX
Fúndase la ciudad de S. Vigente de Paez.-múdase la de Trujillo. Muere García de Parédes y tratase de todo lo acaecido en las provincias del Nuevo Reino...
CAPITULO VII
 


ENTRA EL MARISCAL QUESADA EN SANTAFÉ: DESCÚBRESE EL PÁRAMO RICO DE PAMPLONA, Y LOS CAPITANES QUINTERO Y PEDROSO FUNDAN EN LOS PANTAGOROS LAS CIUDADES DE SAN SEBASTIAN DE LA PLATA Y MARIQUITA.

CON estas razonables empresas iba terminando el año de cincuenta cuando con aplauso general de todo el Reino entraron en Santafé, con muy poca diferencia de tiempo, el Oidor Beltran de Góngora de vuelta de Santa Marta, donde lo habia llevado el empeño de librar la persona de Armendariz de las amenazas del Licenciado Zurita, y el Mariscal Quesada de la Corte del Emperador, donde bien purgados los desaciertos de su mocedad, salieron más bien correspondidos sus servicios con el escarmiento que llevaba, que con los cortos premios que le dieron. Eran generalmente bien quistos ambos á dos, el Mariscal por los beneficios que le debia todo el Reino y el Góngora por los agravios que no le debia, y así  correspondió el aplauso de su recibimiento al amor y respeto con que los veneraba, donde terciando con igualdad el Licenciado Galarza por simpatía de genios, comenzó á estrecharse tanto con el Mariscal cuanto lo estaba con Góngora, en cuyo amigable estado se hallaban, cuando, para premiar lo que su hermano Andres López habia servido en la fundacion de Ibague, lo nombraron por Justicia Mayor de Santa Marta, principiado ya el año de cincuenta y uno, y para lustre decoroso del Reino se descubrieron en términos de la nueva ciudad de Pamplona las minas más ricas de oro, que, á mi entender, se han hallado en las Indias, no atendiendo a la duracion que tuvieron, sino á la cantidad que miéntras se labraron rendian.

He visto lo que el Mariscal Quesada refiere acerca de este descubrimiento, y dícelo con más generalidad que la que he adquirido de algunas personas ancianas de aquella ciudad, que especificando el suceso afirmaban que habiendo salido á caza de venados, en una ocasion de las muchas que ocupaba en éste ejercicio el Maese de Campo Hortun Velasco, en compañía de otros caballeros que le seguian, y elegido para su divertimiento las campiñas de un páramo alto, que llaman el Rico, lograron gustosamente la caza, hasta que los ardores del sol de medio dia los obligó á que, juntándose, bajasen á sestear al abrigo de un arroyuelo de los muchos que cruzan aquel terreno estéril, donde entre las personas del concurso extrañaron la de mi forastero, recien llegado de estos Reinos, que con sus alforjillas y á pié los habia seguido desde que salieron de la ciudad. Queriendo, pues, divertir el sesteo, le preguntaron de dónde era y á qué habia pasado á las Indias, á que respondió que era de la Estremadura, donde tenia hijos y mujer muy pobres, y había pasado á Indias, donde se decia haber tanta cantidad de oro, que con brevedad volveria con el bastante para remediar las necesidades que padecian, y pensando que tantos caballeros come salían de la ciudad iban por oro, los había seguido con fin de saber dónde lo sacaban. Vista por uno de ellos la sencillez de las palabras de aquel hombre, le dijo disimuladamente y con aplauso de los compañeros, que no habia sido su trabajo de balde, y señalando con la mano, prosiguió: Vaya v. md. á la cumbre de aquella colina rasa, y á raiz de la piedra grande que se descubre, cave la tierra con la mano, y sacará todo el oro que viene á buscar.

Obedeció al punto el estremeño, y miéntras los cazadores burlaban sesteando de ver cuán diligente caminaba á la colina, llego á ella, y repechando hasta la piedra que le haban mostrado, arrancó de las yerbas que tenía al pié, y reconociendo algunas puntas de oro que saltaron con las raíces, se fué ayudando de las manos, cavando cuanto podia, y continuando la accion con otras matas de yerba, que le correspondian de la misma suerte, hasta que satisfecho con el peso del oro que habia depositado en las alforjillas, y he parecia el bastante para remediar su casa, trató de volver, como lo hizo, á regraciar el beneficio que habia recibido de quien le mostró la piedra. Los caballeros que lo veian ir para ellos con paso acelerado, congratulábanse de la burla que habia hecho la malicia humana á quien favorecía la Providencia Divina; pero en oyéndole la explicacion de su verdadero agradecimiento, y reconocido Las alforjillas, se admiraba como pasmados los unos á los otros, atribuyendo á la confianza y candidez del estremeño el suceso milagroso que admiraban. Pero como para el exámen de propios intereses siempre se hallo pronta la curiosidad, hasta que la desesperen las últimas diligencias, corrieron juntos á la colina á saber si el milagro era de participantes; y desengañados de que si el descubrimiento era milagroso, el oro tambien lo era sobre ser parto de la naturaleza, sacó cada cual lo que pudo para dar vuelta á la ciudad con tan gustosa noticia, donde registrada la mino y repartida entre los vecinos, dieron parte á la Real Audiencia para que pudiesen labrarla con indios, que aunque se les denegó por no contravenir á la ley que lo prohibia, se lo permitió el disimulo, por no haber entónces negros con que poder trabajarla.

Toda la colina que va referida, en la distancia de un palmo de profundidad, tenia derramadas las puntas de oro que formaban aquel prodigioso tesoro, sin que á más profunda distancia se hallase alguna, por más socavones que dió la codicia; y aunque la labor por esta causa y por la priesa que se dieron los mineros con innumerable cantidad de indios, duró solamente por tiempo de un año, algo más á ménos, fué tan grande la suma de oro que se sacó, que por la riqueza que adquirieron los vecinos de Pamplona en aquel corto tiempo, y los crecidos gastos y vanidades en que la consumieron en los años siguientes, quedó la ciudad con el renombre de Pamplonilla la loca. Y porque el suceso tenga toda la credulidad que merece, citaré dos autores de crédito que lo testifiquen, poniendo sus palabras á la letra, y sean las primeras de Quesada, donde dice: Sucedió que en la nueva ciudad de Pamplona se descubrieron las más soberbias minas de oro que jamas en este Reino se han visto: descubriéronse éstas en un páramo alto y desierto, donde el tiempo que duraron, que fué a mi parecer como un año, poco más ó ménos, se sacó con los naturales (permitiéndolo los Oidores, que entónces no habia otros negros en esta tierra) una suma de oro casi innumerable, porque fué la cosa más gruesa que creo yo en Indias se haya visto, y hubo dia que solo un indio sacó mil pesos, que son mil y doscientos ducados, sino que, como he dicho, duró poco tiempo.

Sean las segundas palabras las de Fr. Benito de Peñalosa, en la quinta excelencia del español, al capítulo primero, donde hablando de Pamplona, por estos tiempos, dice así: Y fué tan buena la experiencia, que por haberles predicado y pedido me ayudasen para una corona que hacia á la Madre de Dios de Monserrate, con sola la limosna que me ofrecieron, y con la de las misas y sermones, la hice de tanta majestad y riqueza que tenia doce libras de oro de veinte y dos quilates, y dos mil y quinientas esmeraldas finísimas, de mucho valor, y algunas muy grandes, la cual se labró en el Nuevo Reino de Granada, en la ciudad de Pamplona, y duró un año en fabricarse, trabajando todos los días seis oficiales (que los hay muy primos en aquellos Reinos), y salió tan insigne la obra, que es la más bella y perfecta de aquel género, y despues algunos grandes artífices han apruciado esta rica corona en cincuenta mil ducados. Hasta aqui Fr. Benito. Y pues es asentado que son excesivamente mayores los gastos que costea el vicio en profanidades que los que aplican los poderosos á limosnas, bien podrá inferirse por ésta la suma de oro que aquella rica mina participaría á los vecinos de Pamplona que la disfrutaron; con que pasaremos á dar vista á los acaecimien­tos de la provincia de Venezuela.

Hallábase en el Tocuyo el Tenienté Villégas con la gente que habia vuelto, de la infeliz jornada del Capitan Francisco Ruiz de Tolosa; y pareciéndole que incorporada con la suya le disponia medios razonables para emprender algun descubrimiento de minas de oro, que aliviase la suma pobreza que padecían todos, trató de ponerlo en ejecucion, eligiendo al Capitan Damian del Barrio para que con una buena tropa de soldados prácticos saliese á la empresa, entrándose para conseguirlo por la provincia de Nirva, que demora al Laste del Tocuyo, más adelante del Valle de Bariquizimeto: hízolo así el Cabo, y aunque á los principios malogró las diferentes catas que dió con indios y negros, que llevaba para el efecto, últimamente encontró con un razonable mineral de oro, de que dió luego noticia. á Villégas, con muestras de la mina, cosa que celebró mucho y le obligó á partir personalmente á reconocerla, como lo hizo; y pareciéndole no seria bien despreciarla miéntras no se hallasen otras mejores, y que entre ellas y la ciudad habia copia de indios bastante á mantener un pueblo de españoles, lo fundó por este año sobre las corrientes de Buria, con el nombre de la Nueva Segovia, á que la preferido el de Bariquizimeto, repartiendo solares y eligiendo Alcaldes y demas oficios pertenecientes á República; pero como en esta fundacion más se atendió á tener vecina la labor de las minas que otra conveniencia alguna, y se experimentase despues su mal temperamento, se mudó en tiempo del Gobernador Villazínda, á otro asiento, distante dos leguas del Tocuyo, donde lo halló el traidor Lope de Aguirre, y donde lo mataron, y no en el Tocuyo, como con malos informes afirma el cronista. Herrera. Y aun allí no permaneció, como ni en el sitio á que lo mudó Pablo Collado, entre los dos rios Claro y Turbio, sino en unas sabanas altas y limpias, más cercanas al Tocuyo, donde lo puso el Gobernador Manzanedo, y la permanecido fértil de todas las frutas de Castilla, y de muy buen trigo, que se siembra en el valle de Quibor, donde no desvanece las cosechas el mucho calor de la tierra, por el refresco que le dan los vecinos, de noche, con el riego de una quebrada que baja de la serranía.

Fundado, pues, Bariquizimeto, y viendo sus pobladores que no eran de tan corto interes las minas que con ellas no hubiesen adquirido caudales, metieron en ellas más de ochenta negros con mineros asalariados que los asistiesen y tomasen cuentas: de que resultó que uno de Pedro de Bárrios, pretendiendo castigar con justa causa á uno de los negros llamado Miguel, mandase atarle las manos para azotarlo; pero como el negro no era ménos diestro en la lengua castellana que resabido en todo género de maldades, apartóse del riesgo, y tomando una espada que halló á mano para defenderse del minero, ocasionó tal ruido, que entre la confusion del suceso tuvo lugar pasa ganar el monte, de donde salía de noche, y hablando con los indios y negros del asiento, los persuadía á que lo siguiesen para  gozar de la libertad, que tiránicamente los usurpaba la nacion española. De esta suerte redujo hasta veinte de ellos, que se lo agregaron con algunas armas que pudieron coger al tiempo de su fuga, con que se metieron en lo más interior de la montaña, desde donde á pocos dias volvieron una noche sobre las minas, mataron algunos mineros en el furor del avance, y á los demas aprisionaron, de los cuales, aquellos de quienes habian recibido azotes, fueron muertos con rigorosos tormentos, y á los restantes licenció Miguel, para que fuesen á referir lo sucedido á Bariquizimeto y dijesen á los españoles que se quedaba aprestando poro pasar á destruirlo, y les avisaba de ello para que fuese más gloriosa la victoria que esperaba.

Hecho esto, y retirado con las armas españolas que halló en el pillaje, y más pujante de gente con la que nuevamente le siguió, la dividió en dos trozos, y despachó algunos negros á que procurasen persuadir á los que trabajaban en otros asientos, lo siguiesen en sus fortunas hasta conseguir entera libertad. Hacíanse las mismas diligencias con los indios ladinos, y como estribaban sobre la esperanza de verse libres, no salieron tan baldias, que por el siguiente año de cincuenta y dos no se hallase con más de ciento y ochenta hombres, de quienes era tan respetado y temido, que determinó aclamarse Rey, como lo hizo, obligando así mismo á que llamasen la Reina Guiomar á la negra de este nombre, con quien estaba mal amistado, y á que jurasen Príncipe á un hijo que tenia en ella. Ménos firmeza tenia en, la Corona el moro de Córdoba, que por ceñirsela un día no rehusaba que lo matasen al siguiente; y no dejaron pocos ejemplos de este desordenado apetito de reinar los últimos Emperadores romanos y Reyes Godos de España, que admitian el cetro ambiciosos, para cederlo al estoque infelices, Coronado, pues, Miguel con aplauso de su gente, formó casa real que le siguiese criando todos aquellos oficiales y ministros de quienes tenia noticia servirse los Reyes, y para que en lo espiritual no se le sindicase descuido, nombró por Obispo á uno de los negros que le pareció el más hábil; y disponiendo se levantase luego iglesia, persuadia al negro Prelado á que congregase y predicase en ella á sus perdidas ovejas todos aquellos desatines que pueden presumirse de un esclavo mal doctrinado.

Para todo este aparato, en que Miguel pensaba conservarse, eligió un sitio á propósito en que labrando casas fuertes á la traza de las que habia visto en Guinea las ciñó con palizada, y prevenido de arcos y flechas para los indios y de lanzas que labró de almocafres y almádenas para los negros, con algunas espadas consiguió en breve tiempo ver armada toda su gente, á quien teniéndola á punto de guerra en un llano á que la había conducido, animaba diciendo: Que pues la causa de haberse retirado á los montes era por mantener la libertad en que Dios los habia criado, podian seguramente prometerse su amparo contra los que así atropellaban sus estatutos divinos. Que no siendo de mejor condicion los indios que los negros, se hallaba razon para que los españoles negasen el mismo privilegio á los unos, que tantas veces confesaban hallarse en los otros. Y finalmente, que pues ninguna otra nacion osaba tratarlos como á esclavos, tambien lo conseguirían de la española, como supiesen pelear con aquel brío y fortaleza que esperaba lo harian, y que pues Bariquizimeto se hallaria confiado de que ellos no tendrian valor para acometerlo, aquella era la ocasion más segura para que, en cumplimiento de su palabra, consiguiese una victoria tan ilustre, que otras muchas le fuesen consiguientes.

Encendida, pues, en coraje la miserable canalla con la persuasiva del razonamiento de su Rey Miguel, se ofreció pronta á la empresa, y prometiéndose los fines correspondientes al dichoso principio que habia tenido, marchó desordenadamente al pueblo, sin otro ardid militar que el de fiarse al secreto de la noche, como lo consiguió dividida en dos tropas mezcladas de indios y negros; y aunque á la entrada le pusieron fuego por diferente partes, quemaron la iglesia y mataron un sacerdote y algunos vecinos que con el descuido no, pudieron defenderse, fueron brevemente sentidos de los españoles, de los cuales, juntándose hasta cuarenta sin turbacion alguna, dieron en los enemigos tan valerosamente, que hi­riendo y matando en ellos, los obligaron á volver las espaldas y ganar un cercano monte, donde los nuestros se recataron de la entrada por no aventurar la victoria. Luego, á la mañana, dieron aviso de todo al Tocuyo, de donde con algun socorro partió para Bariquizimeto el Capitan Diego de Lozada, Cabo nombrado por ambos Cabildos, y con cincuenta hombre más que se le agregaron, siguió aceleradamente el rastro de los negros con tan buenas guias, que lo pusieron sobre su palizada con más brevedad que Miguel habia imaginado. Acometido, pues, por los nuestros, no se perdieron de ánimo los contrarios, pues siguiendo á su Rey, que los animaba con la voz y el ejemplo, se pusieron á defender la entrada, en que, á pesar de su resistencia, los fueron retirando los españoles a la corta distancia de un sitio, donde estrechado Miguel con su gente hizo cuanto pudo caber en un Rey valeroso, hasta que, rendido á los golpes repetidos de dos estocadas, desmayó con su muerte el ánimo de los restantes, y los españoles, hiriendo y matando en ellos, tuvieron ocasion de lograr su despique y de aprisionar á Guiomar y á su hijo, para que vueltos á la esclavitud primera terminasen aquellos Reyes de farsa, de quienes más especialmente trata Fr. Pedro Simon en los capítu­los veinte y veinte y uno de la quinta noticia de la conquista de Tierra firme, donde podrá verlo el curioso, miéntras yo vuelvo á las nuevas poblaciones que se consiguieron por esto año de cincuenta y uno.

Por el mismo tiempo que el Mariscal y Góngora entraron en Santafé, y el descubrimiento del Páramo rico levantaba los ánimos al empeño de otros, concurrieron diferentes noticias que pedian breve expediente. La primera, de que en el valle de Cambis, de la pro­vincia de los Jalcones, se habian hallado algunas vetas de plata. La segunda, de que las descubiertas por el Capitan Venégas en los Marquetones se iban mejorando con muestras de los más ricos metales de plata y oro. Y la tercera, de que los Muzos, desvanecidos con la rota que dieron al Capitan Martínez y desengañados de que no era comun á los españoles el valor que habian experimentado en Machin de Oñate, se entraban por las fronteras de los Mozcas ejecutando todas aquellas hostilidades que debieron temerse de una nacion bár­bara y victoriosa. Examinada la primera, eligieron los Oidores al Capitan Sebastian Quintero, hombre de valor, para que con cincuenta hombres levados en Santafé, y los más que pudiese sacar de Tocaima y Neiva, fuese á fundar un pueblo de españoles (aunque habia ley que lo prohibia) que asegurase la saca de la plata, y refrenase la osadía de los Jalcones: resolucion en que se vió, como siempre, haber sido más poderosa la noticia de las minas para conmover los ánimos de los nuestros al vil interes de la plata, que lo debieron ser las muer­tes alevosas de los Capitanes Añasco y Ampudia para solicitar una honrosa venganza á semejante insolencia.

La segunda empresa, que solamente miraba á descubrimientos y labores de minas y no a fundacion de algun pueblo, se cometió al Capitan Francisco Núñez Pedroso, que pocos dias ántes habia vuelto de la infructuosa jornada que hizo al valle de Corpus Christi, en que fué preso por la gente de Benalcázar y para la tercera, de los Muros, con mucho acier­to, aunque su jurisdiccion para ella, eligieron al Capitan Pedro de Ursua, que sin acompañar al tio, por no faltar á la continuación de aquellos empleos á que lo incitaba la actividad de su espíritu, se había quedado en el Reino, donde la estimacion que hacia de su persona el Oidor Góngora por la afinidad de la patria, lo detuvo con violencia muy amorosa. Tomadas pues estas resoluciones y adelantándose Quintero con sesenta hombres, penetró por la provincia de Neiva hasta ponerse á siete leguas distante de la villa de Timaná, donde con poca resistencia de los Jalcones, que temerosos de su repentina invasion trocaron en rendimientos sus cavilaciones, fundó en el valle de Cambis, donde estaba el mineral de que llevó la noti­cia, un villa, que llamó de S. Bartolomé y hoy permanece con el nombre de S. Sebastian de la Plata, la cual salió tan poco afortunada como veremos en los asolamientos que en pocos años pasaron por ella, y en la corta vecindad que mantiene, por más que en su crecimiento trabajan los Gobernadores de Neiva.

No ménos diligente se mostró para la empresa que tenia á su cargo el Capitan Pedroso, pues recogido un buen trozo de gente práctica y alguna de la mucha que al reclamo del oro y las esmeraldas habia pasado de estos Reinos y los del Perú, pudo cuanto ántes aventurarse á la provincia de los Pantagoros, tomando así mismo la derrota por Tocaima, que era la única puerta por donde entónces se entraba á aquellos paises guerreros: y como fuesen muchas las diligencias que hizo én el descubrimiento de nuevas minas, y de todas sacase algun fruto de sus trabajos, parecióle consultar á su gente si convendría en fundar alguna villa á cuya sombra tuviesen seguridad las cuadrillas de los mineros que se agregasen. Componíase su campo de mucha gente ilustre, entre quienes se hallaban Baltasar Maldonado, Alonso de Olalla Herrera, Cristóbal Gómez Nieto, Pedro de Salcedo, Gonzalo Díaz, Lope de Salcedo, Alonso de Vera, Melchor de Sotomayor, Hernando de Alcocer, Juan López Delgado, Martin Alvarez, Don Antonio de Toledo, Pedro de Bárrios, Antonio de Silva, Francisco de Figueredo, Antonio López de Vibar, Francisco de Carvajeda y Miguel Otañez, con quienes y otros muchos hecha la consulta, resolvió sin más facultad que la que se quiso tomar, fundar una villa que llamasen de San Sebastian de Mariquita, sobre las corrientes frias del Gualí en el centro, que para los minerales formó la naturaleza en la provincia de los Marquetones, y poniéndolo en ejecucion repartieron solares y nombrados por Regidores Pedro de Salcedo, Antonio de Silva, Melchor de Sotomayor, Don Antonio de Toledo y Pe­dro de Bárrios, eligieron por Alcaldes á Gonzalo Díaz y Antonio de Vera.

Esta poblacion salió de tan mal temperamento por la mucha humedad y falta de vientos que templasen el excesivo calor de su terreno, que precisó á Pedroso á mudarla por Enero del año de cincuenta y tres al sitio en que hoy permanece, treinta leguas al Sueste de Santafé y tres del rio grande, en el remate de un llano que corre desde las riberas donde se mezcla con el Gualí, hasta encontrarse con una serranía en cuya falda, compuesta de co­posas arboledas y sobre el mismo Gualí, tiene su asiento con el nombre solamente de la ciudad de Mariquita, tan aclamada por la calidad de su plata, como el Potosí por su cantidad. Ciñéndola por la una parte los famosos minerales de Santa Ana, las Lajas y Frias, y por la otra los de Bocamone y San Juan de Córdoba, que confinan con los de Herbé y Malpaso. Hállase en casi todos mezclado el oro más fino con la plata más acendrada, en cuya separacion han dudado los ingenios extranjeros hasta conseguirla, fuera mezcla de más crecido deleito si las aguas que se beben no se mezclaran con algunos manantiales nocivos, á los principios de esta fundacion, como pronosticando Tocaima que le habia de llevar la mayor parte de su nobleza, la contradijo con empeño, y en la defensa de sus términos porfió por muchos años con teson. Tendrá de presente como doscientos vecinos, entra quienes se compite el lustre de la nobleza que heredan con el realce nativo de los ingenios que cultivan: en lo uno y en lo otro puede competir su corta poblacion con la más populosa, y en la docilidad de los ingenios excederla. Consérvanse en ella las religiones de Santo Domingo y S. Francisco y la hospitalidad dé San Juan de Dios; y si en algo es infeliz, es en haber sido sus minerales sepulcro lastimoso de los indios del Reino.

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