CAPITULO VII
ENTRA EL MARISCAL QUESADA EN SANTAFÉ: DESCÚBRESE EL PÁRAMO RICO DE
PAMPLONA, Y LOS CAPITANES QUINTERO Y PEDROSO FUNDAN EN LOS
PANTAGOROS LAS CIUDADES DE SAN SEBASTIAN DE LA PLATA Y
MARIQUITA.
CON estas razonables empresas iba terminando el año de cincuenta
cuando con aplauso general de todo el Reino entraron en Santafé,
con muy poca diferencia de tiempo, el Oidor Beltran de Góngora de
vuelta de Santa Marta, donde lo habia llevado el empeño de librar
la persona de Armendariz de las amenazas del Licenciado Zurita, y
el Mariscal Quesada de la Corte del Emperador, donde bien purgados
los desaciertos de su mocedad, salieron más bien correspondidos sus
servicios con el escarmiento que llevaba, que con los cortos
premios que le dieron. Eran generalmente bien quistos ambos á dos,
el Mariscal por los beneficios que le debia todo el Reino y el
Góngora por los agravios que no le debia, y así correspondió el
aplauso de su recibimiento al amor y respeto con que los veneraba,
donde terciando con igualdad el Licenciado Galarza por simpatía de
genios, comenzó á estrecharse tanto con el Mariscal cuanto lo
estaba con Góngora, en cuyo amigable estado se hallaban, cuando,
para premiar lo que su hermano Andres López habia servido en la
fundacion de Ibague, lo nombraron por Justicia Mayor de Santa
Marta, principiado ya el año de cincuenta y uno, y para lustre
decoroso del Reino se descubrieron en términos de la nueva ciudad
de Pamplona las minas más ricas de oro, que, á mi entender, se han
hallado en las Indias, no atendiendo a la duracion que tuvieron,
sino á la cantidad que miéntras se labraron rendian.
He visto lo que el Mariscal Quesada refiere acerca de este
descubrimiento, y dícelo con más generalidad que la que he
adquirido de algunas personas ancianas de aquella ciudad, que
especificando el suceso afirmaban que habiendo salido á caza de
venados, en una ocasion de las muchas que ocupaba en éste ejercicio
el Maese de Campo Hortun Velasco, en compañía de otros caballeros
que le seguian, y elegido para su divertimiento las campiñas de un
páramo alto, que llaman el Rico, lograron gustosamente la caza,
hasta que los ardores del sol de medio dia los obligó á que,
juntándose, bajasen á sestear al abrigo de un arroyuelo de los
muchos que cruzan aquel terreno estéril, donde entre las personas
del concurso extrañaron la de mi forastero, recien llegado de estos
Reinos, que con sus alforjillas y á pié los habia seguido desde que
salieron de la ciudad. Queriendo, pues, divertir el sesteo, le
preguntaron de dónde era y á qué habia pasado á las Indias, á que
respondió que era de la Estremadura, donde tenia hijos y mujer muy
pobres, y había pasado á Indias, donde se decia haber tanta
cantidad de oro, que con brevedad volveria con el bastante para
remediar las necesidades que padecian, y pensando que tantos
caballeros come salían de la ciudad iban por oro, los había seguido
con fin de saber dónde lo sacaban. Vista por uno de ellos la
sencillez de las palabras de aquel hombre, le dijo disimuladamente
y con aplauso de los compañeros, que no habia sido su trabajo de
balde, y señalando con la mano, prosiguió: Vaya v. md. á la cumbre
de aquella colina rasa, y á raiz de la piedra grande que se
descubre, cave la tierra con la mano, y sacará todo el oro que
viene á buscar.
Obedeció al punto el estremeño, y miéntras los cazadores
burlaban sesteando de ver cuán diligente caminaba á la colina,
llego á ella, y repechando hasta la piedra que le haban mostrado,
arrancó de las yerbas que tenía al pié, y reconociendo algunas
puntas de oro que saltaron con las raíces, se fué ayudando de las
manos, cavando cuanto podia, y continuando la accion con otras
matas de yerba, que le correspondian de la misma suerte, hasta que
satisfecho con el peso del oro que habia depositado en las
alforjillas, y he parecia el bastante para remediar su casa, trató
de volver, como lo hizo, á regraciar el beneficio que habia
recibido de quien le mostró la piedra. Los caballeros que lo veian
ir para ellos con paso acelerado, congratulábanse de la burla que
habia hecho la malicia humana á quien favorecía la Providencia
Divina; pero en oyéndole la explicacion de su verdadero
agradecimiento, y reconocido Las alforjillas, se admiraba como
pasmados los unos á los otros, atribuyendo á la confianza y
candidez del estremeño el suceso milagroso que admiraban. Pero como
para el exámen de propios intereses siempre se hallo pronta la
curiosidad, hasta que la desesperen las últimas diligencias,
corrieron juntos á la colina á saber si el milagro era de
participantes; y desengañados de que si el descubrimiento era
milagroso, el oro tambien lo era sobre ser parto de la naturaleza,
sacó cada cual lo que pudo para dar vuelta á la ciudad con tan
gustosa noticia, donde registrada la mino y repartida entre los
vecinos, dieron parte á la Real Audiencia para que pudiesen
labrarla con indios, que aunque se les denegó por no contravenir á
la ley que lo prohibia, se lo permitió el disimulo, por no haber
entónces negros con que poder trabajarla.
Toda la colina que va referida, en la distancia de un palmo de
profundidad, tenia derramadas las puntas de oro que formaban aquel
prodigioso tesoro, sin que á más profunda distancia se hallase
alguna, por más socavones que dió la codicia; y aunque la labor por
esta causa y por la priesa que se dieron los mineros con
innumerable cantidad de indios, duró solamente por tiempo de un
año, algo más á ménos, fué tan grande la suma de oro que se sacó,
que por la riqueza que adquirieron los vecinos de Pamplona en aquel
corto tiempo, y los crecidos gastos y vanidades en que la
consumieron en los años siguientes, quedó la ciudad con el renombre
de Pamplonilla la loca. Y porque el suceso tenga toda la credulidad
que merece, citaré dos autores de crédito que lo testifiquen,
poniendo sus palabras á la letra, y sean las primeras de Quesada,
donde dice: Sucedió que en la nueva ciudad de Pamplona se
descubrieron las más soberbias minas de oro que jamas en este Reino
se han visto: descubriéronse éstas en un páramo alto y desierto,
donde el tiempo que duraron, que fué a mi parecer como un año, poco
más ó ménos, se sacó con los naturales (permitiéndolo los Oidores,
que entónces no habia otros negros en esta tierra) una suma de oro
casi innumerable, porque fué la cosa más gruesa que creo yo en
Indias se haya visto, y hubo dia que solo un indio sacó mil pesos,
que son mil y doscientos ducados, sino que, como he dicho, duró
poco tiempo.
Sean las segundas palabras las de Fr. Benito de Peñalosa, en la
quinta excelencia del español, al capítulo primero, donde hablando
de Pamplona, por estos tiempos, dice así: Y fué tan buena la
experiencia, que por haberles predicado y pedido me ayudasen para
una corona que hacia á la Madre de Dios de Monserrate, con sola la
limosna que me ofrecieron, y con la de las misas y sermones, la
hice de tanta majestad y riqueza que tenia doce libras de oro de
veinte y dos quilates, y dos mil y quinientas esmeraldas finísimas,
de mucho valor, y algunas muy grandes, la cual se labró en el Nuevo
Reino de Granada, en la ciudad de Pamplona, y duró un año en
fabricarse, trabajando todos los días seis oficiales (que los hay
muy primos en aquellos Reinos), y salió tan insigne la obra, que es
la más bella y perfecta de aquel género, y despues algunos grandes
artífices han apruciado esta rica corona en cincuenta mil ducados.
Hasta aqui Fr. Benito. Y pues es asentado que son excesivamente
mayores los gastos que costea el vicio en profanidades que los que
aplican los poderosos á limosnas, bien podrá inferirse por ésta la
suma de oro que aquella rica mina participaría á los vecinos de
Pamplona que la disfrutaron; con que pasaremos á dar vista á los
acaecimientos de la provincia de Venezuela.
Hallábase en el Tocuyo el Tenienté Villégas con la gente que
habia vuelto, de la infeliz jornada del Capitan Francisco Ruiz de
Tolosa; y pareciéndole que incorporada con la suya le disponia
medios razonables para emprender algun descubrimiento de minas de
oro, que aliviase la suma pobreza que padecían todos, trató de
ponerlo en ejecucion, eligiendo al Capitan Damian del Barrio para
que con una buena tropa de soldados prácticos saliese á la empresa,
entrándose para conseguirlo por la provincia de Nirva, que demora
al Laste del Tocuyo, más adelante del Valle de Bariquizimeto:
hízolo así el Cabo, y aunque á los principios malogró las
diferentes catas que dió con indios y negros, que llevaba para el
efecto, últimamente encontró con un razonable mineral de oro, de
que dió luego noticia. á Villégas, con muestras de la mina, cosa
que celebró mucho y le obligó á partir personalmente á reconocerla,
como lo hizo; y pareciéndole no seria bien despreciarla miéntras no
se hallasen otras mejores, y que entre ellas y la ciudad habia
copia de indios bastante á mantener un pueblo de españoles, lo
fundó por este año sobre las corrientes de Buria, con el nombre de
la Nueva Segovia, á que la preferido el de Bariquizimeto,
repartiendo solares y eligiendo Alcaldes y demas oficios
pertenecientes á República; pero como en esta fundacion más se
atendió á tener vecina la labor de las minas que otra conveniencia
alguna, y se experimentase despues su mal temperamento, se mudó en
tiempo del Gobernador Villazínda, á otro asiento, distante dos
leguas del Tocuyo, donde lo halló el traidor Lope de Aguirre, y
donde lo mataron, y no en el Tocuyo, como con malos informes afirma
el cronista. Herrera. Y aun allí no permaneció, como ni en el sitio
á que lo mudó Pablo Collado, entre los dos rios Claro y Turbio,
sino en unas sabanas altas y limpias, más cercanas al Tocuyo, donde
lo puso el Gobernador Manzanedo, y la permanecido fértil de todas
las frutas de Castilla, y de muy buen trigo, que se siembra en el
valle de Quibor, donde no desvanece las cosechas el mucho calor de
la tierra, por el refresco que le dan los vecinos, de noche, con el
riego de una quebrada que baja de la serranía.
Fundado, pues, Bariquizimeto, y viendo sus pobladores que no
eran de tan corto interes las minas que con ellas no hubiesen
adquirido caudales, metieron en ellas más de ochenta negros con
mineros asalariados que los asistiesen y tomasen cuentas: de que
resultó que uno de Pedro de Bárrios, pretendiendo castigar con
justa causa á uno de los negros llamado Miguel, mandase atarle las
manos para azotarlo; pero como el negro no era ménos diestro en la
lengua castellana que resabido en todo género de maldades, apartóse
del riesgo, y tomando una espada que halló á mano para defenderse
del minero, ocasionó tal ruido, que entre la confusion del suceso
tuvo lugar pasa ganar el monte, de donde salía de noche, y hablando
con los indios y negros del asiento, los persuadía á que lo
siguiesen para gozar de la libertad, que tiránicamente los
usurpaba la nacion española. De esta suerte redujo hasta veinte de
ellos, que se lo agregaron con algunas armas que pudieron coger al
tiempo de su fuga, con que se metieron en lo más interior de la
montaña, desde donde á pocos dias volvieron una noche sobre las
minas, mataron algunos mineros en el furor del avance, y á los
demas aprisionaron, de los cuales, aquellos de quienes habian
recibido azotes, fueron muertos con rigorosos tormentos, y á los
restantes licenció Miguel, para que fuesen á referir lo sucedido á
Bariquizimeto y dijesen á los españoles que se quedaba aprestando
poro pasar á destruirlo, y les avisaba de ello para que fuese más
gloriosa la victoria que esperaba.
Hecho esto, y retirado con las armas españolas que halló en el
pillaje, y más pujante de gente con la que nuevamente le siguió, la
dividió en dos trozos, y despachó algunos negros á que procurasen
persuadir á los que trabajaban en otros asientos, lo siguiesen en
sus fortunas hasta conseguir entera libertad. Hacíanse las mismas
diligencias con los indios ladinos, y como estribaban sobre la
esperanza de verse libres, no salieron tan baldias, que por el
siguiente año de cincuenta y dos no se hallase con más de ciento y
ochenta hombres, de quienes era tan respetado y temido, que
determinó aclamarse Rey, como lo hizo, obligando así mismo á que
llamasen la Reina Guiomar á la negra de este nombre, con quien
estaba mal amistado, y á que jurasen Príncipe á un hijo que tenia
en ella. Ménos firmeza tenia en, la Corona el moro de Córdoba, que
por ceñirsela un día no rehusaba que lo matasen al siguiente; y no
dejaron pocos ejemplos de este desordenado apetito de reinar los
últimos Emperadores romanos y Reyes Godos de España, que admitian
el cetro ambiciosos, para cederlo al estoque infelices, Coronado,
pues, Miguel con aplauso de su gente, formó casa real que le
siguiese criando todos aquellos oficiales y ministros de quienes
tenia noticia servirse los Reyes, y para que en lo espiritual no se
le sindicase descuido, nombró por Obispo á uno de los negros que le
pareció el más hábil; y disponiendo se levantase luego iglesia,
persuadia al negro Prelado á que congregase y predicase en ella á
sus perdidas ovejas todos aquellos desatines que pueden presumirse
de un esclavo mal doctrinado.
Para todo este aparato, en que Miguel pensaba conservarse,
eligió un sitio á propósito en que labrando casas fuertes á la
traza de las que habia visto en Guinea las ciñó con palizada, y
prevenido de arcos y flechas para los indios y de lanzas que labró
de almocafres y almádenas para los negros, con algunas espadas
consiguió en breve tiempo ver armada toda su gente, á quien
teniéndola á punto de guerra en un llano á que la había conducido,
animaba diciendo: Que pues la causa de haberse retirado á los
montes era por mantener la libertad en que Dios los habia criado,
podian seguramente prometerse su amparo contra los que así
atropellaban sus estatutos divinos. Que no siendo de mejor
condicion los indios que los negros, se hallaba razon para que los
españoles negasen el mismo privilegio á los unos, que tantas veces
confesaban hallarse en los otros. Y finalmente, que pues ninguna
otra nacion osaba tratarlos como á esclavos, tambien lo
conseguirían de la española, como supiesen pelear con aquel brío y
fortaleza que esperaba lo harian, y que pues Bariquizimeto se
hallaria confiado de que ellos no tendrian valor para acometerlo,
aquella era la ocasion más segura para que, en cumplimiento de su
palabra, consiguiese una victoria tan ilustre, que otras muchas le
fuesen consiguientes.
Encendida, pues, en coraje la miserable canalla con la
persuasiva del razonamiento de su Rey Miguel, se ofreció pronta á
la empresa, y prometiéndose los fines correspondientes al dichoso
principio que habia tenido, marchó desordenadamente al pueblo, sin
otro ardid militar que el de fiarse al secreto de la noche, como lo
consiguió dividida en dos tropas mezcladas de indios y negros; y
aunque á la entrada le pusieron fuego por diferente partes,
quemaron la iglesia y mataron un sacerdote y algunos vecinos que
con el descuido no, pudieron defenderse, fueron brevemente sentidos
de los españoles, de los cuales, juntándose hasta cuarenta sin
turbacion alguna, dieron en los enemigos tan valerosamente, que
hiriendo y matando en ellos, los obligaron á volver las espaldas y
ganar un cercano monte, donde los nuestros se recataron de la
entrada por no aventurar la victoria. Luego, á la mañana, dieron
aviso de todo al Tocuyo, de donde con algun socorro partió para
Bariquizimeto el Capitan Diego de Lozada, Cabo nombrado por ambos
Cabildos, y con cincuenta hombre más que se le agregaron, siguió
aceleradamente el rastro de los negros con tan buenas guias, que lo
pusieron sobre su palizada con más brevedad que Miguel habia
imaginado. Acometido, pues, por los nuestros, no se perdieron de
ánimo los contrarios, pues siguiendo á su Rey, que los animaba con
la voz y el ejemplo, se pusieron á defender la entrada, en que, á
pesar de su resistencia, los fueron retirando los españoles a la
corta distancia de un sitio, donde estrechado Miguel con su gente
hizo cuanto pudo caber en un Rey valeroso, hasta que, rendido á los
golpes repetidos de dos estocadas, desmayó con su muerte el ánimo
de los restantes, y los españoles, hiriendo y matando en ellos,
tuvieron ocasion de lograr su despique y de aprisionar á Guiomar y
á su hijo, para que vueltos á la esclavitud primera terminasen
aquellos Reyes de farsa, de quienes más especialmente trata Fr.
Pedro Simon en los capítulos veinte y veinte y uno de la quinta
noticia de la conquista de Tierra firme, donde podrá verlo el
curioso, miéntras yo vuelvo á las nuevas poblaciones que se
consiguieron por esto año de cincuenta y uno.
Por el mismo tiempo que el Mariscal y Góngora entraron en
Santafé, y el descubrimiento del Páramo rico levantaba los ánimos
al empeño de otros, concurrieron diferentes noticias que pedian
breve expediente. La primera, de que en el valle de Cambis, de la
provincia de los Jalcones, se habian hallado algunas vetas de
plata. La segunda, de que las descubiertas por el Capitan Venégas
en los Marquetones se iban mejorando con muestras de los más ricos
metales de plata y oro. Y la tercera, de que los Muzos,
desvanecidos con la rota que dieron al Capitan Martínez y
desengañados de que no era comun á los españoles el valor que
habian experimentado en Machin de Oñate, se entraban por las
fronteras de los Mozcas ejecutando todas aquellas hostilidades que
debieron temerse de una nacion bárbara y victoriosa. Examinada la
primera, eligieron los Oidores al Capitan Sebastian Quintero,
hombre de valor, para que con cincuenta hombres levados en Santafé,
y los más que pudiese sacar de Tocaima y Neiva, fuese á fundar un
pueblo de españoles (aunque habia ley que lo prohibia) que
asegurase la saca de la plata, y refrenase la osadía de los
Jalcones: resolucion en que se vió, como siempre, haber sido más
poderosa la noticia de las minas para conmover los ánimos de los
nuestros al vil interes de la plata, que lo debieron ser las
muertes alevosas de los Capitanes Añasco y Ampudia para solicitar
una honrosa venganza á semejante insolencia.
La segunda empresa, que solamente miraba á descubrimientos y
labores de minas y no a fundacion de algun pueblo, se cometió al
Capitan Francisco Núñez Pedroso, que pocos dias ántes habia vuelto
de la infructuosa jornada que hizo al valle de Corpus Christi, en
que fué preso por la gente de Benalcázar y para la tercera, de los
Muros, con mucho acierto, aunque su jurisdiccion para ella,
eligieron al Capitan Pedro de Ursua, que sin acompañar al tio, por
no faltar á la continuación de aquellos empleos á que lo incitaba
la actividad de su espíritu, se había quedado en el Reino, donde la
estimacion que hacia de su persona el Oidor Góngora por la afinidad
de la patria, lo detuvo con violencia muy amorosa. Tomadas pues
estas resoluciones y adelantándose Quintero con sesenta hombres,
penetró por la provincia de Neiva hasta ponerse á siete leguas
distante de la villa de Timaná, donde con poca resistencia de los
Jalcones, que temerosos de su repentina invasion trocaron en
rendimientos sus cavilaciones, fundó en el valle de Cambis, donde
estaba el mineral de que llevó la noticia, un villa, que llamó de
S. Bartolomé y hoy permanece con el nombre de S. Sebastian de la
Plata, la cual salió tan poco afortunada como veremos en los
asolamientos que en pocos años pasaron por ella, y en la corta
vecindad que mantiene, por más que en su crecimiento trabajan los
Gobernadores de Neiva.
No ménos diligente se mostró para la empresa que tenia á su
cargo el Capitan Pedroso, pues recogido un buen trozo de gente
práctica y alguna de la mucha que al reclamo del oro y las
esmeraldas habia pasado de estos Reinos y los del Perú, pudo cuanto
ántes aventurarse á la provincia de los Pantagoros, tomando así
mismo la derrota por Tocaima, que era la única puerta por donde
entónces se entraba á aquellos paises guerreros: y como fuesen
muchas las diligencias que hizo én el descubrimiento de nuevas
minas, y de todas sacase algun fruto de sus trabajos, parecióle
consultar á su gente si convendría en fundar alguna villa á cuya
sombra tuviesen seguridad las cuadrillas de los mineros que se
agregasen. Componíase su campo de mucha gente ilustre, entre
quienes se hallaban Baltasar Maldonado, Alonso de Olalla Herrera,
Cristóbal Gómez Nieto, Pedro de Salcedo, Gonzalo Díaz, Lope de
Salcedo, Alonso de Vera, Melchor de Sotomayor, Hernando de Alcocer,
Juan López Delgado, Martin Alvarez, Don Antonio de Toledo, Pedro de
Bárrios, Antonio de Silva, Francisco de Figueredo, Antonio López de
Vibar, Francisco de Carvajeda y Miguel Otañez, con quienes y otros
muchos hecha la consulta, resolvió sin más facultad que la que se
quiso tomar, fundar una villa que llamasen de San Sebastian de
Mariquita, sobre las corrientes frias del Gualí en el centro, que
para los minerales formó la naturaleza en la provincia de los
Marquetones, y poniéndolo en ejecucion repartieron solares y
nombrados por Regidores Pedro de Salcedo, Antonio de Silva, Melchor
de Sotomayor, Don Antonio de Toledo y Pedro de Bárrios, eligieron
por Alcaldes á Gonzalo Díaz y Antonio de Vera.
Esta poblacion salió de tan mal temperamento por la mucha
humedad y falta de vientos que templasen el excesivo calor de su
terreno, que precisó á Pedroso á mudarla por Enero del año de
cincuenta y tres al sitio en que hoy permanece, treinta leguas al
Sueste de Santafé y tres del rio grande, en el remate de un llano
que corre desde las riberas donde se mezcla con el Gualí, hasta
encontrarse con una serranía en cuya falda, compuesta de coposas
arboledas y sobre el mismo Gualí, tiene su asiento con el nombre
solamente de la ciudad de Mariquita, tan aclamada por la calidad de
su plata, como el Potosí por su cantidad. Ciñéndola por la una
parte los famosos minerales de Santa Ana, las Lajas y Frias, y por
la otra los de Bocamone y San Juan de Córdoba, que confinan con los
de Herbé y Malpaso. Hállase en casi todos mezclado el oro más fino
con la plata más acendrada, en cuya separacion han dudado los
ingenios extranjeros hasta conseguirla, fuera mezcla de más crecido
deleito si las aguas que se beben no se mezclaran con algunos
manantiales nocivos, á los principios de esta fundacion, como
pronosticando Tocaima que le habia de llevar la mayor parte de su
nobleza, la contradijo con empeño, y en la defensa de sus términos
porfió por muchos años con teson. Tendrá de presente como
doscientos vecinos, entra quienes se compite el lustre de la
nobleza que heredan con el realce nativo de los ingenios que
cultivan: en lo uno y en lo otro puede competir su corta poblacion
con la más populosa, y en la docilidad de los ingenios excederla.
Consérvanse en ella las religiones de Santo Domingo y S. Francisco
y la hospitalidad dé San Juan de Dios; y si en algo es infeliz, es
en haber sido sus minerales sepulcro lastimoso de los indios del
Reino.