INDICE





PROLOGO

NOTICIA BIOGRÁFICA DEL DR. FERNÁNDEZ PIEDRAHITA

DEDICATORIA Y APROBACIONES DE LA OBRA

LIBRO I

Capítulo I
Del sitio y calidades del Nuevo Reino de Granada

Capítulo II
En que se da noticia de sus provincias y primeros habitadores.

Capítulo III
De las costumbres, ritos y ceremonias que usaban los indios mozcas en su gentilidad.

Capítulo IV
De otras ceremonias y costumbres que tenian los mozcas, y de las procesiones que hacían.

Capítulo V
Del sitio y corte de Bogotá: majestad de sus reyes condiciones y forma de sucederse.

LIBRO II

Capítulo I
Saguanmáchica conquista los fusagasugaes, rompe la guerra con el Guatavita, que se ampara del Rey de Tunja...

Capítulo II
Hereda el zipa Nemequené, y castigada la rebelián de Fusagasugá, sujeta los caciques de Cipaquirá y Nemza.

Capítulo III
Asalta el Zipa la corte del Guatavita, revuelve contra el Ubaque y sujétalo.

Capítulo IV
Sujeta el Zipa la provincia de Ebaté, nombra en ella al hermano por su lugarteniente, á quien mata el Ubaque.

Capítulo V
Da leyes el Zipa en su reino y previénese de todo para la guerra de Tunja.

Capítulo VI
Refiérense los sitios y estado de las provincias de Tunja y Sogamoso, y hacen liga sus príncipes contra Neméquene.

Capítulo VII
En que se prosigue la materia del antecedente

Capítulo VIII
Danse vista los ejércitos del Zipa y el Tunja, y platican antes de la batalla.

Capítulo IX
Dáse la batalla, y casi vencida por Neméquene, muere en ella, herédalo Thysquesuzha, y prosigue la guerra.

LIBRO III

Capítulo I
Fúndase la ciudad de Santa Marta por Rodrigo Bastídas, á quien mata su teniente general en un motín.

Capítulo II
Los capitanes de Lerma acometen á Posigueica y vuelven derrotados.

Capítulo III
Gobierna el doctor Infante á Santa Marta por muerte de García de Lerma, y el adelantado don Pedro de Heredia da principio á las conquistas de Cartagena.

Capítulo IV
El adelantado Heredia prosigue la conquista de Cartagena

Capítulo V
Dáse el gobierno de Santa Marta á d. Pedro Fernández de Lugo. Prosigue la guerra con los indios de la sierra sin fruto…

LIBRO IV

Capítulo I
Benalcázar descubre a Popayán, y fundadas las villas de Cali y Timaná, prosigue en su descubrimiento

Capítulo II
El licenciado Badillo residencia á D. Pedro de Heredia en Cartagena:

Capítulo III
Vuelve el General Quesada por su Ejército á la Tora, Condúcelo hasta los umbrales del Nuevo Reino

Capítulo IV
Marcha Quesada por la provincia de Vélez, pasa á Guachetá y de allí á Suesca en demanda de Bogotá, con asombro general de los indios.

Capítulo V
Entra Quesada en el valle de los Alcázares, rompe el ejército de los Uzaques, pasa a Bogotá

LIBRO V

Capítulo I
Entra el capitán Céspedes en la provincia de los Panches por Tibacuy: plática  con el capitán del presidio de los Guechas…

Capítulo II
Sale Quesada de Bogotá para Somondoco en demanda de las minas de esmeraldas que descubre

Capítulo III
El Capitán San Martín tiene noticia de Tundama: descubre á Sogamoso y vuelve en busca del general Quesada...

Capítulo IV
Asalta Quesada el palacio del Rey de Tunja, á quien prende, y después de un breve combate saquea su corte con presa de los tesoros que no pudo ocultar.

Capítulo V
Marcha Quesada á Sogamoso, saquea la ciudad y quémase su templo. —vuelve á Tunja, y desamparándola por ir á la conquista de Neiva,

Capítulo VI
Repártese la presa entre los españoles: Asaltan después el cercado de un bosque donde matan a Tysquesusha sin conocerlo.

Capítulo VII
Acometen los Panches las fronteras de Bogotá, y entran Quesada y el Zipa al castigo con mal suceso en el primer encuentro

LIBRO VI

Capítulo I
Prende Quesada á Sacrezazipa por los tesoros del Zipa muerto, y promételos con engaño hasta lograr la muerte de sus émulos...

Capítulo II
Reparte Quesada otra presa de oro y esmeraldas: da principio á la fundación de Santafé...

Capítulo III
Dánle noticia á Quesada de las entradas de Benalcázar y de Fedremán en el reino...

Capítulo IV
Persuade á Quesada Benalcazar á que funde ciudades, y refiérese el estado y crecimiento á que ha llegado la ciudad de Santafé.

Capítulo V
El general Quesada baja á Cartagena con Benalcázar y Fedreman, dejando por teniente general del reino á Hernán Pérez, su hermano...

Capítulo VI
Gerónimo Lebrón forma ejército y armada; sale de santa marta para el reino...

Capítulo VII
Alonso Martín prende en el rio á Alonso jeque, y obligado de una armada enemiga, vence la batalla naval de Cesare...

LIBRO VII

Capítulo I
Tratase de la entrada que hizo Martín Galeano en el territorio de Coicomé y Agata, y de la que después hizo Juan Alonso de la Torre

Capítulo II
Sale Galeano á la conquista de Guane: mueve la guerra en Chalalá, y síguela con Mataregua hasta vencerlo en batalla...

Capítulo III
Agraviado Thisquizoque de la tiranía de Juan Gascon,  hace liga con el Saboya, toma las armas y le quita la vida...

Capítulo IV
Los tres generales pretenden la gobernación del Nuevo Reino y ninguno la consigue...

Capítulo V
Forma ejército Tundama y fortifícase contra Baltasar Maldonado...

Capítulo VI
Montalvo de Lugo entra en el Reino por los llanos, y el capitán Lanchero á la conquista de Muzo...

Capítulo VII
Esguazado el Cauca, prosigue Jorge Robledo sus descubrimientos hasta fundar la ciudad de Cartago.

LIBRO VIII

Capítulo I
Con la noticia de que se previene armada en Francia para las Indias, mandan al adelantado Lugo que vaya á su gobierno...

Capítulo II
Los Yalcones y Paeces toman las armas y matan á los capitanes Añasco y Osorio y despues a Juan de Ampudia...

Capítulo III
Rebelánse los Sutas y Simijacas, fortifícanse en unos peñoles, va contra ellos el Capitán Juan de Céspedes...

Capítulo IV
Rompen los Panches por las fronteras de los Mozcas...

Capítulo V
Prosigue su jornada Gerónimo Lebrón, con varios sucesos, hasta el valle de Opon...

Capítulo VI
Quesada y Lebrón compiten sobre el gobierno con riesgo de romper en batalla...

LIBRO IX

Capítulo I
Con la sospecha de que se rebela la provincia de Tunja...

Capítulo II
Vuelve á sus descubrimientos el capitán Jorge Robledo y con varias fortunas llega hasta la provincia de Hebéjico...

Capítulo III
Vuelto el Capitán Maldonado de la jornada de los palenques, sale Hernán Pérez de Quesada al descubrimiento del dorado con mal suceso...

Capítulo IV
El Ocabita y Lupachoque se fortifican en dos peñoles: ríndese Lupachoque por armas al Capitán Pineda y el Ocabita...

Capítulo V
El adelantado Lugo se previene para subir á Santafé : fúndase por su órden el Barbudo…

Capítulo VI
Pasa Robledo preso á estos reinos: Heredia y Benalcázar se apoderan alternadamente de Antioquia después que se fundó la ciudad de Arma...

LIBRO X

Capítulo I
La armada francesa de Roberto Baal sorprende á Santa Marta y Cartagena; y el adelantado Lugo prende al capitán Rondón...

Capítulo II
Felipe de Utre sale de coro á nuevos descubrimientos penetra los llanos hasta la punta de los Pardaos...

Capítulo III
Prende Lugo á los oficiales del Rey y á los quesadas: justicia al encomendero de Sáchica...

Capítulo IV
Destierra Lugo á los quesadas. —el Capitán Venégas descubre las primeras minas de oro, y funda la ciudad de Tocaima...

Capítulo V
Descubre Felipe de Utre los Omeguas, y véncelos en una batalla...

Capítulo VI
Lugo sale del reino para Castilla, y Armendariz entra en Cartagena...

Capítulo VII
Armendariz nombra por su teniente á pedro de Ursua en el reino y á Robledo en Antioquia...

LIBRO XI

Capítulo I
Concurren los visitadores Gasca y Armendariz en Santa Marta...

Capítulo II
Procede Armendariz contra el capitán Lanchero y otros conquistadores...

Capítulo III
Hacen mariscal del reino á Gonzalo Jiménez de Quesada...

Capítulo IV
Échanse los indios á las minas: tratase en el consejo de fundar audiencia en Santafé...

Capítulo V
Prosigue Armendariz en su gobierno: pónese real chancillería en Santafé...

Capítulo VI
Fúndanse las religiones de Santo Domingo y San Francisco en el Nuevo Reino...

Capítulo VII
Entra el mariscal Quesada en Santafé: descúbrese el páramo Rico de Pamplona...

Capítulo VIII
Entra Ursua en Muzo y puebla á Tudela: vuelve á Santafé y baja por justicia mayor de Santa Marta...

Capítulo IX
Rompe Ursua el ejército de los taironas en la batalla de los pasos de Rodrigo...

LIBRO XII

Capítulo I
Entra en Santafé el licenciado Juan de Montaño con la visita de la audiencia y residencia de Armendariz...

Capítulo II
Rebélase el Valle de las Lanzas, va Hernando de Salinas al castigo, funda la ciudad de Victoria...

Capítulo III
Prosigue Montaño en su visita; ajusticia á Pedro de Salcedo y á otros...

Capítulo IV
Armendariz baja preso á Cartagena para que allí le residencie Montaño.—el Capitán Avellaneda funda la ciudad de S. Juan de los Llanos...

Capítulo V
El capitan Diego García de Paredes funda la ciudad de Trujillo...

Capítulo VI
Vuelve el mariscal á Santafé con la provisión de nuevos oidores.—el licenciado Tomas López entra en la audiencia...

Capítulo VII
El Capitán Cristóbal Rodríguez Juarez funda la ciudad de Mérida.—Diego García de Paredes reedifica la de Trujillo...

Capítulo VIII
Previénese el Nuevo Reino para resistir al tirano Lope de Aguirre.—compéndiase lo que obró en la jornada del Marañon...

Capítulo IX
Fúndase la ciudad de S. Vigente de Paez.-múdase la de Trujillo. Muere García de Parédes y tratase de todo lo acaecido en las provincias del Nuevo Reino...
CAPITULO VI
 


FÚNDANSE LAS RELIGIONES DE SANTO DOMINGO Y SAN FRANCISCO EN EL NUEVO REINO, Y LAS CIUDADES DE IBAGÉ Y NEIVA EN LA PROVINCIA DE LOS PANTAGOROS.

AL tiempo que el Emperador mandó se fundase real cancillería en Santafé, dispuso asimismo que con los primeros Oidores pasasen algunos religiosos de las Ordenes de Santo Domingo y San Francisco, cuya misión miraba principalmente a dilatar en el Nuevo Reino la semilla del Evangelio entre la infinidad de almas que en él habia y por falta de obreros que las guiasen, no acertaban á salir de las sombras del gentilismo y á ilustrar sus provincias con religiosos conventos, que á expensas de la devocion se plantasen para seminarios de letras y de virtudes; pues aunque se sabia que así de estas religiones como de las de San Agustín y la Merced, habia algunos sujetos en aquel Reino, tambíen se decia que por falta de prelados que obedeciesen bastardeaban en el sagrado empleo de su instituto. Para este fin, pues, elegidos bastantes sujetos de ambas familias y nombrado por Superior de la de Santo Domingo á Fr. José de Robles y por Custodio de los Franciscos á Fr. Francisco Victoria, pasaron de Sanlucar á Cartagena por este año de cincuenta, donde embarazado el Fr. José con la ocupacion de fundar allí convento, subieron al Reino el Fr. Francisco Victoria y Fr. Gerónimo de S. Miguel, que le sucedió en en la custodia, y Fr. Francisco de la Resurreción, á quien eligió el Fr. José de Róbles para que le sustituyese en Santafé, donde llegados, aunque sobre el recibimiento de ambas religiones hubo diversos sentimientos en el Cabildo, fueron finalmente admitidos, y la de Santo Domingo fundó én la plazuela de mercado de la parroquia que hoy llaman de las Niéves, y la de S. Francisco algo más á fuera al norte: si bien por el inconveniente de que ambos conventos estuviesen de la una parte sola de la ciudad, dispuso el Cabildo que el de S. Francisco se mudase este mismo año á la banda del sur, en el mismo sitio en que de presento está fundada la religion de S. Agustín, si bien ni el uno ni el otro permanecieron, como veremos despues.

Hechas estas dos fundaciones y otras algunas en las principales ciudades del Reino, aunque arrebatadamente, vinieron á parar los dos Superiores en que el Fr. José de Róbles mal contento de residir en las Indias, porque debió de regular la grandeza que no veia por las miserias que experimentó en sus costas, se volvió á Castilla y de allí pasó á Roma á pretensiones que no son de esta historia. Y el Fr. Gerónimo de S. Miguel, aunque buen predicador y mejor teólogo, afeaba de suerte sus letras con la imprudencia de que las vestía, que guiado de algunos arrojos que lo habian malquistado, se empeñó finalmente en el de ajar á la justicia real de obra y de palabra en cierta ocasion que los Oidores la tuvieron para remitirlo á estos Reinos con el proceso desde la cárcel pública en que lo habian puesto: accion que pudiera excusaras y tan mal parecida en el Consejo, que acreditó de ménos imprudente el desacato que acriminaban. De aquí resulto que faltando las dos cabezas que tenian los religiosos de ambas familias, procediesen luego á nuevas elecciones, no solamente de Vicarios y Custodios, sino de Provinciales, especialmente desde que en las siguientes flotas fué continuando el Consejo las misiones de más Religiosos: verdad sea que has tales elecciones, así de Franciscos como de Dominicos, se hacian siempre con grave escándalo y contradiccion de los Provinciales del Perú, que alegando tener superioridad en ambas familias del Nuevo Reino, despachaban visitadores á él, para la reforma de sus Conventos y castigo de los Religiosos que hallasen culpados; pero ninguno de ellos fué jamás recibido, hasta que cesó la preteusion por los años de sesenta y tres y setenta y uno, en que se criaron provincias separadas de las del Nuevo Reino.

De este desórden que se experimentaba en el gobierno de las dos Religiones, resulta que los más sujetos que iban al Reino, sin fijar el pié de asiento en sus provincias, las desamparaban brevemente, volviéndose algunos á la costa, y pasándose otros á los Reinos del Perú; de cuya lástima, sentido el Mariscal Quesada en el capítulo nono del libro tercero de su Compendio historial, que hizo por el año de mil quinientos y setenta y cuatro, prorumpió en estas palabras: No es cosa de lástima y de compasion juntamente con ella, que haya pagado Su Majestad desde los primeros Fr. Joseph de Róbles, y Fr. Gerónimo de S. Miguel, más de doscientos y cincuenta frailes de cada Orden en diversas Armadas, para que vengan á esta tierra, y no haya ahora ochenta en cada provincia de las dos? Pero entre estas turbaciones, que de lo eclesiástico muchas veces pasan  lo secular, no puede negarse que hubo entre ellos personas doctas y ejemplares de ambas familias, y que trabajaron mu­cho en la conversion de los indios á pesar del mal tercio que les hacian los Encomenderos, y en ilustrar las provincias con magníficos Conventos que labraron en las ciudades de Santa­fé, Cartagena, Santa Marta, Tunja y Tocaima, entre quienes se señalaron mucho Fr. Martin de los Angeles y Fr. Juan Méndez del Orden de Predicadores; si bien el primero, con otros muchos de su familia, salió huyendo de la provincia por el favor que la Real Audiencia daba á uno de los Visitadores del Perú, combate á que resistió con más sufrimiento el Fr. Juan Méndez en semejantes lances, y otros en que le ponían sus compañeros, por no desamparar las nuevas plantas que había sembrado su Religion.

Aunque fué mucho lo que obraron, así estos dos Religiosos como otros que se emplearon en la exaltacion de la fe, doctrinando en ella á los naturales del Nuevo Reino, sobresalieron como soles en desterrar las sombras de la infidelidad, y en reducir pecadores á verdadera penitencia San Luis Beltrán y el venerable compañero suyo, Fr. Luis Vero, de nacion valencianos, que habiendo pasado á Indias por el año de sesenta y dos, se ocuparon en la predicacion del Evangelio, así en la provincia de Cartagena como en la de Santa Marta, donde corriendo en mision toda su sierra entre las naciones de Taironas, Aruacos, Itotos, Chimilas y Pintados, obraron muchas de las maravillas que se refieren en la vida de S. Luis Beltran, de que se hallan muchas noticias, señales y rastros por aquellas serranías, y aun el altar de piedra en que celebraba misa, hasta que siendo electo Prior de Santafé (despues que administró el Curato de la Villa de Tenerife, donde se guarda en el sagrario de su parroquial la casulla con que decía misa) hubo de volver á estos Reinos por el año de sesenta y nueve, con licencia que para ello tuvo de su General. En esta vuelta no pudo seguirlo su compañero, por haberse quedado en el ministerio de Apóstol de las naciones que habitaban el Valle de Upar, donde murió por el año de ochenta y uno, y fué sepultado en su Convento de la ciudad de los Reyes, al pié del altar de N. Señora del Rosario: y aunque los portentos y heróico grado de virtudes á que llegó este gran varon, bastasen á calificar la opinion que corre de su santidad, con todo eso, para claro testimonio de la alteza á que llegó, baste saber que habiéndole pedido á S. Luis Beltran un devoto suyo que le encomendase á Dios cierto negocio que tenía entre manos, le respondió: Encomiéndelo, hijo, á mi compañero Fr. Luis, que tiene con su Divina Majestad más cabida que yo; en que se reconoce cuando sería la perfeccion de este siervo del Señor.

Hace ocultado su cuerpo hasta el tiempo presente á los ojos humanos; y aunque la vulgaridad de muchos lo atribuye á que se han perdido las noticias de la parte en que fué sepultado, por la mudanza que la padecido la fundacion del Convento en diferentes sitios á de la ciudad, no parece verosímil que en el término de ochenta años se pueda ignorar de todos lo que parece imposible se deje de saber de muchos y más cuando reconocidas dos partes en que estuvo de ántes fabricado el Convento y movida toda la tierra de sus ámbitos, no se han descubierto señales de tan rico tesoro; y así me inclino á referir lo que me han dicho contextos algunos vecinos ancianos de aquella ciudad, y es, que estando para morir pocos años despues una persona secular devoto de este venerable varen, pidió al Prior de su Convento la enterrase en su mismo sepulcro, como lo consiguió descubriendo para ello su cuerpo esta primera y última vez, sin que semejante accion se extrañase de alguno por entónces: con lo cual tuvo ocasion otro devoto secular para pedir lo mismo y el Prior para inclinarse á su ruego; pero con tal desengaño de la poca veneracion que le había debido, que abierto el sepulcro, solamente se hallaron en él los huesos del primer devoto que allí fué enterrado, sin que más haya parecido el de aquel apostólico varon, por más diligencias que la hecho su religion para descubrirlo, instado del propio interes y de los aprietos de muchos devotos suyos. Y aunque todo lo más que se la relatado acerca de los primeros Religiosos que pasaron al Reino, acaeció desde el año de cincuenta en que vamos, hasta el de sesenta y tres y setenta y uno, ha parecido compendiarlo ántes de entrar en la ereccion de sus dos provincias, con que pasaremos á diferentes conquistas y poblaciones que se hicieron este mismo año.

Al tiempo que Miguel Diez de Armendariz estuvo en Santa Marta, tuvo tales noticias del famoso Valle de Upar, y de las muchas naciones que lo habitaban, sin que hubiese bastado á menoscabarlas la porfiada hostilidad de alemanes y españoles que tantas veces hollaron su terreno fértil; que considerada la utilidad que podría seguirse á la Real Coro­na, de que allí se fundase alguna ciudad, ordenó á su propartida, que fué por el año de cuarenta y seis, que el Justicia Mayor de Santa Marta, que lo era el Capitan Juan de Céspedes, llevase aquellos infantes y caballos que pareciesen bastantes para amedrentar los indios del valle, y fundar en él una ciudad, desde donde pudiese allanarlos la mallo ó la tuerza, eligiendo para Cabo de la facción la persona que le pareciese más á propósito. Eralo mucho el Capitan Santa Ana, que ejercía la vara de Alcalde ordinario, á quien eligió Cabo, y quien pasados cuatro años, y alistada la gente voluntaria que de Santa Marta y Tamalameque se lo ofreció á la empresa, partió á ella, y sojuzgado en valle con poca resistencia, fundó sobre las corrientes frias del Guatapuri una razonable poblacion de españoles, que de presente permanece con el nombre de la Ciudad de los Reyes, sin que de sus pobladores haya tenido más noticia que la de N. Gutiérrez de Mendoza, Lorenzo Jiménez y Francisco de Ospina, natural de la provincia de Alaba, que por aquellos tiempos se ejercitaba como Capitan y Maese de Campo en las guerras de Guanaos, Tupes y Cariachiles. Del temple de esta ciudad, calidades del valle y costumbres de los indios, dice lo bastante el cronista Herrera en su Década octavo, á que añadiremos que su vecindad pasa de cien vecinos, con bueno Iglesia parroquial, razonables casas cubiertas de teja y un Convento del glorioso Patriarca Santo Domingo, con muy cortos medios aun para el sustento de dos religiosos.

Ya dijimos en el capítulo antecedente las dos fundaciones de ciudades que los nuevos Oidores determinaron hacer en la provincia de los Pantagoros, cometiendo su ejecucion á diferentes Cabos; y como la una estuviese á cargo del Capitan Juan Alonso, hombre práctico en la guerra, y la otra corriese por la disposicion de Andres López de Galarza, á quien los vecinos del Reino miraban con aquella inclinacion debida á las buenas prendas del hermano: siguiéronle muchos hombres de cuenta, y aunque no todos concurrieron en la primera entrada que hizo á la conquista, por haber necesitado de nuevos socorros para concluirla, pondré de unos y otros aquellos de quienes he adquirido noticia, como son los Capitanes Gaspar de Tavera, Miguel de Oviedo, Domingo Coello, Cristóbal Goméz Nieto, Juan del Olmo, Lope de Salcedo, Hernando del Campo y Juan de Mendoza Arteaga, á quien sacó del puesto de Alguacil mayor de Corte la inclinacion de ejercitarse en la guerra. Demos de los referidos, parece haberse hallado en la misma faccion Francisco Troje, Diego López Vela, Juan Broten, Pedro Gallégos, Diego López, Bartolomé Talaberano, Pedro de Salcedo, Márcos García, Antonio de Ródas, Pedro Sánchez Valenzuela, Alonso Ruiz de Alvaro Martín, Miguel de Espinosa, Francisco Iñiguez, Lope de Velazco, Francisco de Figueredo, Francisco Bermúdez, Juan de Chávez y otros muchos, con que dió principio á su marcha hasta la ciudad de Tocaima, desde donde esguazado el Pati, y despues el grande de la Magdalena en canoas, tomó la derroto por la provincia de los Pantagoros, que hoy llaman de Neiva, hasta saludar el valle de las Lanzas, nombrado así por las muchas que los capitanes de Benalcázar descubrieron por armas de los indios guerreros que alli habitaban.

Extiéndase la provincia de Neiva por dilatados espacios de tierra llana, abrazando toda la que hay desde los confines de las ciudades de Tocaima y Mariquita hasta los de la Plata, que serán como ochenta leguas de longitud, Norte Sur por la una y otra banda del rio de la Magdalena, que la divide de alto á bajo, recibiendo muchos caudalosos nos que descienden de las dos cordilleras que la amurallan, la una á la parte de los espaciosos llanos de S. Juan, y la otra á la de las provincias equinocciales, apartados como veinte leguas más ó ménos, segun las entradas ó retiros que hace de la tierra llana el torcido asiento de los montes. Por la parte pues de la segunda cordillera se levanta un cerro con el nombre de Amoyá, y las entrañas de bronce, por el mucho que encierran sus minas, y por una senda vecina á él, despues de muchos encuentros que nuestros españoles tuvieron con los belicosos Coyaimas y Natagaimas, se condujeron al valle de las Lanzas, á quien riegan los dos famosos ríos de Combeima, y el que llamaron de S. Juan, que bajan separados de los páramos de Quindío, hasta que en lo más llano de la provincia se junta para correr con el nombre que les puse la desgracia del Capitan Coello, hasta que lo pierden entrando en el de la Magdalena; pero apénas los Pijaos, que habitaban aquellas fértiles fragosidades, sintieron en ellas á los forasteros, cuando alistados á la obediencia de Titamo, Cacique principal de su nacion, se les opusieron con tanto coraje, que á no haberles excedido los españoles en la disciplina militar, hubieran triunfado sus lanzas de nuestros arcabuces y ballestas.

No fué la victoria tan barata que no se costease con el sentimiento de haber perdido algunos infantes y caballos, y hallarse herida la mayor parte de los que quedaron vivos: fatalidad que los puso en la necesidad de fortificarse con estacada, miéntras se curaban de las heridas y de Santafé les iba socorro, que consiguieron depues del aguante de repetidos avances de aquella desesperada nacion, que ni de dia ni de noche los dejaba pasar con so­siego, basta que reparados de las heridas y habiéndole muerto á Titamo la flor de su gente, le obligaron á que retirándose á pedir socorro á Quicuyma, Cacique confinante, tuviesen lugar los nuestros de correr todo el valle y reconocer una mesa llana de poco más de una legua, que circunvalada de montañas levantó la naturaleza sobre el río de S. Juan, donde por voto de todo el campo se trató luego de fundar una villa con el nombre de Ibagué, que tenia el asiento elegido, como se consiguió á los catorce de Octubre, repartiendo solares y Encomiendas de indios que pagaban el tributo á lanzadas. Fueron los primeros Alcaldes el Capitan Juan Breton y Francisco Troje; Alguacil mayor, Pedro Callego; Regidores, Juan de Mendoza Arteaga, Pedro de Salcedo, Domingo Coello, Gaspar de Tavora y Miguel de Oviedo; y dióse la escribanía de Cabildo á Francisco Iñiguez. Pero como las ciudades fundadas en Indias jamas tuvieron consistencia, sino fué cuando las poblaron sobre las seguridades de indios pacíficos ó sobre la de algun sitio que pudiese mantenerlas contra las invasiones de los que no estuviesen sujetos, y á esta de Ibagué le faltó lo uno y otro, pues los indios estaban de guerra, y el asiento de la ciudad con Iris montañas que lo ceñian, se hallaba incapaz de defensa, por ser el más á propósito para has emboscadas de los Pijaos, en que son primorosos; luego empezaron los nuestros á reconocer su peligro, y más cuando Titanio, auxiliado de las tropas de Quicuyma, los acometió tantas veces en sus cuarteles cuantas imaginó hallar descuido en las centinelas; y aunque en semejantes acometidas no fue muy considerable el daño de los nuestros, seguíase el que experimentaban cada dia, perdiendo á cuantos en demanda de bastimentos ó leña se aventuraban al riesgo de las emboscadas sin el resguardo de algun buen trozo de gente.

Con mejor fortuna corría por el mismo tiempo la empresa de Neiva, pues no siendo aquel país tan poblado de gente como los demas de la provincia, pudo el Capitan Juan Alonso con poca gente y menos peligros disponer la fundacion de otra villa que llamó de Neiva, por conservar el nombre del sitio en que se pobló, y es el que média entre las ciudades de Tocaima y Timaná, siguiendo el camino que hay del Nuevo Reino al de Quito y hoy llaman la Villa-vieja; y aunque entónces pareció á muchos hallar conveniencia en la tal fundacion, experimentóse muy poca por los pocos indios que habia en los contornos, y así corrió esta Villa con poco útil y vecindad, hasta que por el año de sesenta y nueve la destruyeron y asolaron los Pijaos, y por el de mil seiscientos y doce la reedificó el Gobernador Diego de Ospina, como veremos en la segunda parte cuando se trate de la sangrienta guerra de aquestos indios, que, como decíamos, tenian en grande aprieto la nueva Villa de Ibagué, hasta que reconocidos por Galarza los inconvenientes que van referidos, por cuatro meses continuados de malas fortunas, y habiendo descubierto que la cordillera hacia un abra ó puerto que salia á la tierra llana, en cuya entrada se podria mantener la Villa sin el asedio pertinaz de las emboscadas, dió parte de todo á la Real Audiencia de Santafé, que considerado el peligro cometió el socorro de un buen trozo de gente al Capitan Melchor de Valdés, que partió con el hasta Ibagué, donde incorporado con la gente de Galarza, tuvieron tan venturoso encuentro con los dos Caciques, que los dejaron escarmentados para muchos dios, y con este buen suceso, desamparado el sitio y caminadas siete leguas por el abra, mudaron la Villa á terreno limpio sobre el rio de Chipalo á los siete de Febrero del siguiente año de cincuenta y uno conservándole el mismo nombre de Ibagué: y aunque en vez de crecer su vecindad la ido siempre á ménos con ser cabeza de Gobierno y gozar del mejor temple y frutas del Reino, con todo la sido muy conveniente, así para plaza de armas de la dilatada guerra de los Pijaos, como para el mejor tránsito del Reino á la provincia de Popayan y ciudades de Cartago y Anserma, por excusar esto camino el que de ántes se hacia por las sendas intratables de recios páramos, y porque en su distrito se han reconocido minas de piedra iman y de azogue, y las vetas que hay de oro sobre las riberas del Combeima.

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