CAPITULO VI
FÚNDANSE LAS RELIGIONES DE SANTO DOMINGO Y SAN FRANCISCO EN EL
NUEVO REINO, Y LAS CIUDADES DE IBAGÉ Y NEIVA EN LA PROVINCIA DE LOS
PANTAGOROS.
AL tiempo que el Emperador mandó se fundase real cancillería en
Santafé, dispuso asimismo que con los primeros Oidores pasasen
algunos religiosos de las Ordenes de Santo Domingo y San Francisco,
cuya misión miraba principalmente a dilatar en el Nuevo Reino la
semilla del Evangelio entre la infinidad de almas que en él habia y
por falta de obreros que las guiasen, no acertaban á salir de las
sombras del gentilismo y á ilustrar sus provincias con religiosos
conventos, que á expensas de la devocion se plantasen para
seminarios de letras y de virtudes; pues aunque se sabia que así de
estas religiones como de las de San Agustín y la Merced, habia
algunos sujetos en aquel Reino, tambíen se decia que por falta de
prelados que obedeciesen bastardeaban en el sagrado empleo de su
instituto. Para este fin, pues, elegidos bastantes sujetos de ambas
familias y nombrado por Superior de la de Santo Domingo á Fr. José
de Robles y por Custodio de los Franciscos á Fr. Francisco
Victoria, pasaron de Sanlucar á Cartagena por este año de
cincuenta, donde embarazado el Fr. José con la ocupacion de fundar
allí convento, subieron al Reino el Fr. Francisco Victoria y Fr.
Gerónimo de S. Miguel, que le sucedió en en la custodia, y Fr.
Francisco de la Resurreción, á quien eligió el Fr. José de Róbles
para que le sustituyese en Santafé, donde llegados, aunque sobre el
recibimiento de ambas religiones hubo diversos sentimientos en el
Cabildo, fueron finalmente admitidos, y la de Santo Domingo fundó
én la plazuela de mercado de la parroquia que hoy llaman de las
Niéves, y la de S. Francisco algo más á fuera al norte: si bien por
el inconveniente de que ambos conventos estuviesen de la una parte
sola de la ciudad, dispuso el Cabildo que el de S. Francisco se
mudase este mismo año á la banda del sur, en el mismo sitio en que
de presento está fundada la religion de S. Agustín, si bien ni el
uno ni el otro permanecieron, como veremos despues.
Hechas estas dos fundaciones y otras algunas en las principales
ciudades del Reino, aunque arrebatadamente, vinieron á parar los
dos Superiores en que el Fr. José de Róbles mal contento de residir
en las Indias, porque debió de regular la grandeza que no veia por
las miserias que experimentó en sus costas, se volvió á Castilla y
de allí pasó á Roma á pretensiones que no son de esta historia. Y
el Fr. Gerónimo de S. Miguel, aunque buen predicador y mejor
teólogo, afeaba de suerte sus letras con la imprudencia de que las
vestía, que guiado de algunos arrojos que lo habian malquistado, se
empeñó finalmente en el de ajar á la justicia real de obra y de
palabra en cierta ocasion que los Oidores la tuvieron para
remitirlo á estos Reinos con el proceso desde la cárcel pública en
que lo habian puesto: accion que pudiera excusaras y tan mal
parecida en el Consejo, que acreditó de ménos imprudente el
desacato que acriminaban. De aquí resulto que faltando las dos
cabezas que tenian los religiosos de ambas familias, procediesen
luego á nuevas elecciones, no solamente de Vicarios y Custodios,
sino de Provinciales, especialmente desde que en las siguientes
flotas fué continuando el Consejo las misiones de más Religiosos:
verdad sea que has tales elecciones, así de Franciscos como de
Dominicos, se hacian siempre con grave escándalo y contradiccion de
los Provinciales del Perú, que alegando tener superioridad en ambas
familias del Nuevo Reino, despachaban visitadores á él, para la
reforma de sus Conventos y castigo de los Religiosos que hallasen
culpados; pero ninguno de ellos fué jamás recibido, hasta que cesó
la preteusion por los años de sesenta y tres y setenta y uno, en
que se criaron provincias separadas de las del Nuevo Reino.
De este desórden que se experimentaba en el gobierno de las dos
Religiones, resulta que los más sujetos que iban al Reino, sin
fijar el pié de asiento en sus provincias, las desamparaban
brevemente, volviéndose algunos á la costa, y pasándose otros á los
Reinos del Perú; de cuya lástima, sentido el Mariscal Quesada en el
capítulo nono del libro tercero de su Compendio historial, que hizo
por el año de mil quinientos y setenta y cuatro, prorumpió en estas
palabras: No es cosa de lástima y de compasion juntamente con ella,
que haya pagado Su Majestad desde los primeros Fr. Joseph de
Róbles, y Fr. Gerónimo de S. Miguel, más de doscientos y cincuenta
frailes de cada Orden en diversas Armadas, para que vengan á esta
tierra, y no haya ahora ochenta en cada provincia de las dos? Pero
entre estas turbaciones, que de lo eclesiástico muchas veces pasan
lo secular, no puede negarse que hubo entre ellos personas doctas y
ejemplares de ambas familias, y que trabajaron mucho en la
conversion de los indios á pesar del mal tercio que les hacian los
Encomenderos, y en ilustrar las provincias con magníficos Conventos
que labraron en las ciudades de Santafé, Cartagena, Santa Marta,
Tunja y Tocaima, entre quienes se señalaron mucho Fr. Martin de los
Angeles y Fr. Juan Méndez del Orden de Predicadores; si bien el
primero, con otros muchos de su familia, salió huyendo de la
provincia por el favor que la Real Audiencia daba á uno de los
Visitadores del Perú, combate á que resistió con más sufrimiento el
Fr. Juan Méndez en semejantes lances, y otros en que le ponían sus
compañeros, por no desamparar las nuevas plantas que había sembrado
su Religion.
Aunque fué mucho lo que obraron, así estos dos Religiosos como
otros que se emplearon en la exaltacion de la fe, doctrinando en
ella á los naturales del Nuevo Reino, sobresalieron como soles en
desterrar las sombras de la infidelidad, y en reducir pecadores á
verdadera penitencia San Luis Beltrán y el venerable compañero
suyo, Fr. Luis Vero, de nacion valencianos, que habiendo pasado á
Indias por el año de sesenta y dos, se ocuparon en la predicacion
del Evangelio, así en la provincia de Cartagena como en la de Santa
Marta, donde corriendo en mision toda su sierra entre las naciones
de Taironas, Aruacos, Itotos, Chimilas y Pintados, obraron muchas
de las maravillas que se refieren en la vida de S. Luis Beltran, de
que se hallan muchas noticias, señales y rastros por aquellas
serranías, y aun el altar de piedra en que celebraba misa, hasta
que siendo electo Prior de Santafé (despues que administró el
Curato de la Villa de Tenerife, donde se guarda en el sagrario de
su parroquial la casulla con que decía misa) hubo de volver á estos
Reinos por el año de sesenta y nueve, con licencia que para ello
tuvo de su General. En esta vuelta no pudo seguirlo su compañero,
por haberse quedado en el ministerio de Apóstol de las naciones que
habitaban el Valle de Upar, donde murió por el año de ochenta y
uno, y fué sepultado en su Convento de la ciudad de los Reyes, al
pié del altar de N. Señora del Rosario: y aunque los portentos y
heróico grado de virtudes á que llegó este gran varon, bastasen á
calificar la opinion que corre de su santidad, con todo eso, para
claro testimonio de la alteza á que llegó, baste saber que
habiéndole pedido á S. Luis Beltran un devoto suyo que le
encomendase á Dios cierto negocio que tenía entre manos, le
respondió: Encomiéndelo, hijo, á mi compañero Fr. Luis, que tiene
con su Divina Majestad más cabida que yo; en que se reconoce cuando
sería la perfeccion de este siervo del Señor.
Hace ocultado su cuerpo hasta el tiempo presente á los ojos
humanos; y aunque la vulgaridad de muchos lo atribuye á que se han
perdido las noticias de la parte en que fué sepultado, por la
mudanza que la padecido la fundacion del Convento en diferentes
sitios á de la ciudad, no parece verosímil que en el término de
ochenta años se pueda ignorar de todos lo que parece imposible se
deje de saber de muchos y más cuando reconocidas dos partes en que
estuvo de ántes fabricado el Convento y movida toda la tierra de
sus ámbitos, no se han descubierto señales de tan rico tesoro; y
así me inclino á referir lo que me han dicho contextos algunos
vecinos ancianos de aquella ciudad, y es, que estando para morir
pocos años despues una persona secular devoto de este venerable
varen, pidió al Prior de su Convento la enterrase en su mismo
sepulcro, como lo consiguió descubriendo para ello su cuerpo esta
primera y última vez, sin que semejante accion se extrañase de
alguno por entónces: con lo cual tuvo ocasion otro devoto secular
para pedir lo mismo y el Prior para inclinarse á su ruego; pero con
tal desengaño de la poca veneracion que le había debido, que
abierto el sepulcro, solamente se hallaron en él los huesos del
primer devoto que allí fué enterrado, sin que más haya parecido el
de aquel apostólico varon, por más diligencias que la hecho su
religion para descubrirlo, instado del propio interes y de los
aprietos de muchos devotos suyos. Y aunque todo lo más que se la
relatado acerca de los primeros Religiosos que pasaron al Reino,
acaeció desde el año de cincuenta en que vamos, hasta el de sesenta
y tres y setenta y uno, ha parecido compendiarlo ántes de entrar en
la ereccion de sus dos provincias, con que pasaremos á diferentes
conquistas y poblaciones que se hicieron este mismo año.
Al tiempo que Miguel Diez de Armendariz estuvo en Santa Marta,
tuvo tales noticias del famoso Valle de Upar, y de las muchas
naciones que lo habitaban, sin que hubiese bastado á menoscabarlas
la porfiada hostilidad de alemanes y españoles que tantas veces
hollaron su terreno fértil; que considerada la utilidad que podría
seguirse á la Real Corona, de que allí se fundase alguna ciudad,
ordenó á su propartida, que fué por el año de cuarenta y seis, que
el Justicia Mayor de Santa Marta, que lo era el Capitan Juan de
Céspedes, llevase aquellos infantes y caballos que pareciesen
bastantes para amedrentar los indios del valle, y fundar en él una
ciudad, desde donde pudiese allanarlos la mallo ó la tuerza,
eligiendo para Cabo de la facción la persona que le pareciese más á
propósito. Eralo mucho el Capitan Santa Ana, que ejercía la vara de
Alcalde ordinario, á quien eligió Cabo, y quien pasados cuatro
años, y alistada la gente voluntaria que de Santa Marta y
Tamalameque se lo ofreció á la empresa, partió á ella, y sojuzgado
en valle con poca resistencia, fundó sobre las corrientes frias del
Guatapuri una razonable poblacion de españoles, que de presente
permanece con el nombre de la Ciudad de los Reyes, sin que de sus
pobladores haya tenido más noticia que la de N. Gutiérrez de
Mendoza, Lorenzo Jiménez y Francisco de Ospina, natural de la
provincia de Alaba, que por aquellos tiempos se ejercitaba como
Capitan y Maese de Campo en las guerras de Guanaos, Tupes y
Cariachiles. Del temple de esta ciudad, calidades del valle y
costumbres de los indios, dice lo bastante el cronista Herrera en
su Década octavo, á que añadiremos que su vecindad pasa de cien
vecinos, con bueno Iglesia parroquial, razonables casas cubiertas
de teja y un Convento del glorioso Patriarca Santo Domingo, con muy
cortos medios aun para el sustento de dos religiosos.
Ya dijimos en el capítulo antecedente las dos fundaciones de
ciudades que los nuevos Oidores determinaron hacer en la provincia
de los Pantagoros, cometiendo su ejecucion á diferentes Cabos; y
como la una estuviese á cargo del Capitan Juan Alonso, hombre
práctico en la guerra, y la otra corriese por la disposicion de
Andres López de Galarza, á quien los vecinos del Reino miraban con
aquella inclinacion debida á las buenas prendas del hermano:
siguiéronle muchos hombres de cuenta, y aunque no todos
concurrieron en la primera entrada que hizo á la conquista, por
haber necesitado de nuevos socorros para concluirla, pondré de unos
y otros aquellos de quienes he adquirido noticia, como son los
Capitanes Gaspar de Tavera, Miguel de Oviedo, Domingo Coello,
Cristóbal Goméz Nieto, Juan del Olmo, Lope de Salcedo, Hernando del
Campo y Juan de Mendoza Arteaga, á quien sacó del puesto de
Alguacil mayor de Corte la inclinacion de ejercitarse en la guerra.
Demos de los referidos, parece haberse hallado en la misma faccion
Francisco Troje, Diego López Vela, Juan Broten, Pedro Gallégos,
Diego López, Bartolomé Talaberano, Pedro de Salcedo, Márcos García,
Antonio de Ródas, Pedro Sánchez Valenzuela, Alonso Ruiz de Alvaro
Martín, Miguel de Espinosa, Francisco Iñiguez, Lope de Velazco,
Francisco de Figueredo, Francisco Bermúdez, Juan de Chávez y otros
muchos, con que dió principio á su marcha hasta la ciudad de
Tocaima, desde donde esguazado el Pati, y despues el grande de la
Magdalena en canoas, tomó la derroto por la provincia de los
Pantagoros, que hoy llaman de Neiva, hasta saludar el valle de las
Lanzas, nombrado así por las muchas que los capitanes de Benalcázar
descubrieron por armas de los indios guerreros que alli
habitaban.
Extiéndase la provincia de Neiva por dilatados espacios de
tierra llana, abrazando toda la que hay desde los confines de las
ciudades de Tocaima y Mariquita hasta los de la Plata, que serán
como ochenta leguas de longitud, Norte Sur por la una y otra banda
del rio de la Magdalena, que la divide de alto á bajo, recibiendo
muchos caudalosos nos que descienden de las dos cordilleras que la
amurallan, la una á la parte de los espaciosos llanos de S. Juan, y
la otra á la de las provincias equinocciales, apartados como veinte
leguas más ó ménos, segun las entradas ó retiros que hace de la
tierra llana el torcido asiento de los montes. Por la parte pues de
la segunda cordillera se levanta un cerro con el nombre de Amoyá, y
las entrañas de bronce, por el mucho que encierran sus minas, y por
una senda vecina á él, despues de muchos encuentros que nuestros
españoles tuvieron con los belicosos Coyaimas y Natagaimas, se
condujeron al valle de las Lanzas, á quien riegan los dos famosos
ríos de Combeima, y el que llamaron de S. Juan, que bajan separados
de los páramos de Quindío, hasta que en lo más llano de la
provincia se junta para correr con el nombre que les puse la
desgracia del Capitan Coello, hasta que lo pierden entrando en el
de la Magdalena; pero apénas los Pijaos, que habitaban aquellas
fértiles fragosidades, sintieron en ellas á los forasteros, cuando
alistados á la obediencia de Titamo, Cacique principal de su
nacion, se les opusieron con tanto coraje, que á no haberles
excedido los españoles en la disciplina militar, hubieran triunfado
sus lanzas de nuestros arcabuces y ballestas.
No fué la victoria tan barata que no se costease con el
sentimiento de haber perdido algunos infantes y caballos, y
hallarse herida la mayor parte de los que quedaron vivos: fatalidad
que los puso en la necesidad de fortificarse con estacada, miéntras
se curaban de las heridas y de Santafé les iba socorro, que
consiguieron depues del aguante de repetidos avances de aquella
desesperada nacion, que ni de dia ni de noche los dejaba pasar con
sosiego, basta que reparados de las heridas y habiéndole muerto á
Titamo la flor de su gente, le obligaron á que retirándose á pedir
socorro á Quicuyma, Cacique confinante, tuviesen lugar los nuestros
de correr todo el valle y reconocer una mesa llana de poco más de
una legua, que circunvalada de montañas levantó la naturaleza sobre
el río de S. Juan, donde por voto de todo el campo se trató luego
de fundar una villa con el nombre de Ibagué, que tenia el asiento
elegido, como se consiguió á los catorce de Octubre, repartiendo
solares y Encomiendas de indios que pagaban el tributo á lanzadas.
Fueron los primeros Alcaldes el Capitan Juan Breton y Francisco
Troje; Alguacil mayor, Pedro Callego; Regidores, Juan de Mendoza
Arteaga, Pedro de Salcedo, Domingo Coello, Gaspar de Tavora y
Miguel de Oviedo; y dióse la escribanía de Cabildo á Francisco
Iñiguez. Pero como las ciudades fundadas en Indias jamas tuvieron
consistencia, sino fué cuando las poblaron sobre las seguridades de
indios pacíficos ó sobre la de algun sitio que pudiese mantenerlas
contra las invasiones de los que no estuviesen sujetos, y á esta de
Ibagué le faltó lo uno y otro, pues los indios estaban de guerra, y
el asiento de la ciudad con Iris montañas que lo ceñian, se hallaba
incapaz de defensa, por ser el más á propósito para has emboscadas
de los Pijaos, en que son primorosos; luego empezaron los nuestros
á reconocer su peligro, y más cuando Titanio, auxiliado de las
tropas de Quicuyma, los acometió tantas veces en sus cuarteles
cuantas imaginó hallar descuido en las centinelas; y aunque en
semejantes acometidas no fue muy considerable el daño de los
nuestros, seguíase el que experimentaban cada dia, perdiendo á
cuantos en demanda de bastimentos ó leña se aventuraban al riesgo
de las emboscadas sin el resguardo de algun buen trozo de
gente.
Con mejor fortuna corría por el mismo tiempo la empresa de
Neiva, pues no siendo aquel país tan poblado de gente como los
demas de la provincia, pudo el Capitan Juan Alonso con poca gente y
menos peligros disponer la fundacion de otra villa que llamó de
Neiva, por conservar el nombre del sitio en que se pobló, y es el
que média entre las ciudades de Tocaima y Timaná, siguiendo el
camino que hay del Nuevo Reino al de Quito y hoy llaman la
Villa-vieja; y aunque entónces pareció á muchos hallar conveniencia
en la tal fundacion, experimentóse muy poca por los pocos indios
que habia en los contornos, y así corrió esta Villa con poco útil y
vecindad, hasta que por el año de sesenta y nueve la destruyeron y
asolaron los Pijaos, y por el de mil seiscientos y doce la
reedificó el Gobernador Diego de Ospina, como veremos en la segunda
parte cuando se trate de la sangrienta guerra de aquestos indios,
que, como decíamos, tenian en grande aprieto la nueva Villa de
Ibagué, hasta que reconocidos por Galarza los inconvenientes que
van referidos, por cuatro meses continuados de malas fortunas, y
habiendo descubierto que la cordillera hacia un abra ó puerto que
salia á la tierra llana, en cuya entrada se podria mantener la
Villa sin el asedio pertinaz de las emboscadas, dió parte de todo á
la Real Audiencia de Santafé, que considerado el peligro cometió el
socorro de un buen trozo de gente al Capitan Melchor de Valdés, que
partió con el hasta Ibagué, donde incorporado con la gente de
Galarza, tuvieron tan venturoso encuentro con los dos Caciques, que
los dejaron escarmentados para muchos dios, y con este buen suceso,
desamparado el sitio y caminadas siete leguas por el abra, mudaron
la Villa á terreno limpio sobre el rio de Chipalo á los siete de
Febrero del siguiente año de cincuenta y uno conservándole el mismo
nombre de Ibagué: y aunque en vez de crecer su vecindad la ido
siempre á ménos con ser cabeza de Gobierno y gozar del mejor temple
y frutas del Reino, con todo la sido muy conveniente, así para
plaza de armas de la dilatada guerra de los Pijaos, como para el
mejor tránsito del Reino á la provincia de Popayan y ciudades de
Cartago y Anserma, por excusar esto camino el que de ántes se hacia
por las sendas intratables de recios páramos, y porque en su
distrito se han reconocido minas de piedra iman y de azogue, y las
vetas que hay de oro sobre las riberas del Combeima.