INDICE





PROLOGO

NOTICIA BIOGRÁFICA DEL DR. FERNÁNDEZ PIEDRAHITA

DEDICATORIA Y APROBACIONES DE LA OBRA

LIBRO I

Capítulo I
Del sitio y calidades del Nuevo Reino de Granada

Capítulo II
En que se da noticia de sus provincias y primeros habitadores.

Capítulo III
De las costumbres, ritos y ceremonias que usaban los indios mozcas en su gentilidad.

Capítulo IV
De otras ceremonias y costumbres que tenian los mozcas, y de las procesiones que hacían.

Capítulo V
Del sitio y corte de Bogotá: majestad de sus reyes condiciones y forma de sucederse.

LIBRO II

Capítulo I
Saguanmáchica conquista los fusagasugaes, rompe la guerra con el Guatavita, que se ampara del Rey de Tunja...

Capítulo II
Hereda el zipa Nemequené, y castigada la rebelián de Fusagasugá, sujeta los caciques de Cipaquirá y Nemza.

Capítulo III
Asalta el Zipa la corte del Guatavita, revuelve contra el Ubaque y sujétalo.

Capítulo IV
Sujeta el Zipa la provincia de Ebaté, nombra en ella al hermano por su lugarteniente, á quien mata el Ubaque.

Capítulo V
Da leyes el Zipa en su reino y previénese de todo para la guerra de Tunja.

Capítulo VI
Refiérense los sitios y estado de las provincias de Tunja y Sogamoso, y hacen liga sus príncipes contra Neméquene.

Capítulo VII
En que se prosigue la materia del antecedente

Capítulo VIII
Danse vista los ejércitos del Zipa y el Tunja, y platican antes de la batalla.

Capítulo IX
Dáse la batalla, y casi vencida por Neméquene, muere en ella, herédalo Thysquesuzha, y prosigue la guerra.

LIBRO III

Capítulo I
Fúndase la ciudad de Santa Marta por Rodrigo Bastídas, á quien mata su teniente general en un motín.

Capítulo II
Los capitanes de Lerma acometen á Posigueica y vuelven derrotados.

Capítulo III
Gobierna el doctor Infante á Santa Marta por muerte de García de Lerma, y el adelantado don Pedro de Heredia da principio á las conquistas de Cartagena.

Capítulo IV
El adelantado Heredia prosigue la conquista de Cartagena

Capítulo V
Dáse el gobierno de Santa Marta á d. Pedro Fernández de Lugo. Prosigue la guerra con los indios de la sierra sin fruto…

LIBRO IV

Capítulo I
Benalcázar descubre a Popayán, y fundadas las villas de Cali y Timaná, prosigue en su descubrimiento

Capítulo II
El licenciado Badillo residencia á D. Pedro de Heredia en Cartagena:

Capítulo III
Vuelve el General Quesada por su Ejército á la Tora, Condúcelo hasta los umbrales del Nuevo Reino

Capítulo IV
Marcha Quesada por la provincia de Vélez, pasa á Guachetá y de allí á Suesca en demanda de Bogotá, con asombro general de los indios.

Capítulo V
Entra Quesada en el valle de los Alcázares, rompe el ejército de los Uzaques, pasa a Bogotá

LIBRO V

Capítulo I
Entra el capitán Céspedes en la provincia de los Panches por Tibacuy: plática  con el capitán del presidio de los Guechas…

Capítulo II
Sale Quesada de Bogotá para Somondoco en demanda de las minas de esmeraldas que descubre

Capítulo III
El Capitán San Martín tiene noticia de Tundama: descubre á Sogamoso y vuelve en busca del general Quesada...

Capítulo IV
Asalta Quesada el palacio del Rey de Tunja, á quien prende, y después de un breve combate saquea su corte con presa de los tesoros que no pudo ocultar.

Capítulo V
Marcha Quesada á Sogamoso, saquea la ciudad y quémase su templo. —vuelve á Tunja, y desamparándola por ir á la conquista de Neiva,

Capítulo VI
Repártese la presa entre los españoles: Asaltan después el cercado de un bosque donde matan a Tysquesusha sin conocerlo.

Capítulo VII
Acometen los Panches las fronteras de Bogotá, y entran Quesada y el Zipa al castigo con mal suceso en el primer encuentro

LIBRO VI

Capítulo I
Prende Quesada á Sacrezazipa por los tesoros del Zipa muerto, y promételos con engaño hasta lograr la muerte de sus émulos...

Capítulo II
Reparte Quesada otra presa de oro y esmeraldas: da principio á la fundación de Santafé...

Capítulo III
Dánle noticia á Quesada de las entradas de Benalcázar y de Fedremán en el reino...

Capítulo IV
Persuade á Quesada Benalcazar á que funde ciudades, y refiérese el estado y crecimiento á que ha llegado la ciudad de Santafé.

Capítulo V
El general Quesada baja á Cartagena con Benalcázar y Fedreman, dejando por teniente general del reino á Hernán Pérez, su hermano...

Capítulo VI
Gerónimo Lebrón forma ejército y armada; sale de santa marta para el reino...

Capítulo VII
Alonso Martín prende en el rio á Alonso jeque, y obligado de una armada enemiga, vence la batalla naval de Cesare...

LIBRO VII

Capítulo I
Tratase de la entrada que hizo Martín Galeano en el territorio de Coicomé y Agata, y de la que después hizo Juan Alonso de la Torre

Capítulo II
Sale Galeano á la conquista de Guane: mueve la guerra en Chalalá, y síguela con Mataregua hasta vencerlo en batalla...

Capítulo III
Agraviado Thisquizoque de la tiranía de Juan Gascon,  hace liga con el Saboya, toma las armas y le quita la vida...

Capítulo IV
Los tres generales pretenden la gobernación del Nuevo Reino y ninguno la consigue...

Capítulo V
Forma ejército Tundama y fortifícase contra Baltasar Maldonado...

Capítulo VI
Montalvo de Lugo entra en el Reino por los llanos, y el capitán Lanchero á la conquista de Muzo...

Capítulo VII
Esguazado el Cauca, prosigue Jorge Robledo sus descubrimientos hasta fundar la ciudad de Cartago.

LIBRO VIII

Capítulo I
Con la noticia de que se previene armada en Francia para las Indias, mandan al adelantado Lugo que vaya á su gobierno...

Capítulo II
Los Yalcones y Paeces toman las armas y matan á los capitanes Añasco y Osorio y despues a Juan de Ampudia...

Capítulo III
Rebelánse los Sutas y Simijacas, fortifícanse en unos peñoles, va contra ellos el Capitán Juan de Céspedes...

Capítulo IV
Rompen los Panches por las fronteras de los Mozcas...

Capítulo V
Prosigue su jornada Gerónimo Lebrón, con varios sucesos, hasta el valle de Opon...

Capítulo VI
Quesada y Lebrón compiten sobre el gobierno con riesgo de romper en batalla...

LIBRO IX

Capítulo I
Con la sospecha de que se rebela la provincia de Tunja...

Capítulo II
Vuelve á sus descubrimientos el capitán Jorge Robledo y con varias fortunas llega hasta la provincia de Hebéjico...

Capítulo III
Vuelto el Capitán Maldonado de la jornada de los palenques, sale Hernán Pérez de Quesada al descubrimiento del dorado con mal suceso...

Capítulo IV
El Ocabita y Lupachoque se fortifican en dos peñoles: ríndese Lupachoque por armas al Capitán Pineda y el Ocabita...

Capítulo V
El adelantado Lugo se previene para subir á Santafé : fúndase por su órden el Barbudo…

Capítulo VI
Pasa Robledo preso á estos reinos: Heredia y Benalcázar se apoderan alternadamente de Antioquia después que se fundó la ciudad de Arma...

LIBRO X

Capítulo I
La armada francesa de Roberto Baal sorprende á Santa Marta y Cartagena; y el adelantado Lugo prende al capitán Rondón...

Capítulo II
Felipe de Utre sale de coro á nuevos descubrimientos penetra los llanos hasta la punta de los Pardaos...

Capítulo III
Prende Lugo á los oficiales del Rey y á los quesadas: justicia al encomendero de Sáchica...

Capítulo IV
Destierra Lugo á los quesadas. —el Capitán Venégas descubre las primeras minas de oro, y funda la ciudad de Tocaima...

Capítulo V
Descubre Felipe de Utre los Omeguas, y véncelos en una batalla...

Capítulo VI
Lugo sale del reino para Castilla, y Armendariz entra en Cartagena...

Capítulo VII
Armendariz nombra por su teniente á pedro de Ursua en el reino y á Robledo en Antioquia...

LIBRO XI

Capítulo I
Concurren los visitadores Gasca y Armendariz en Santa Marta...

Capítulo II
Procede Armendariz contra el capitán Lanchero y otros conquistadores...

Capítulo III
Hacen mariscal del reino á Gonzalo Jiménez de Quesada...

Capítulo IV
Échanse los indios á las minas: tratase en el consejo de fundar audiencia en Santafé...

Capítulo V
Prosigue Armendariz en su gobierno: pónese real chancillería en Santafé...

Capítulo VI
Fúndanse las religiones de Santo Domingo y San Francisco en el Nuevo Reino...

Capítulo VII
Entra el mariscal Quesada en Santafé: descúbrese el páramo Rico de Pamplona...

Capítulo VIII
Entra Ursua en Muzo y puebla á Tudela: vuelve á Santafé y baja por justicia mayor de Santa Marta...

Capítulo IX
Rompe Ursua el ejército de los taironas en la batalla de los pasos de Rodrigo...

LIBRO XII

Capítulo I
Entra en Santafé el licenciado Juan de Montaño con la visita de la audiencia y residencia de Armendariz...

Capítulo II
Rebélase el Valle de las Lanzas, va Hernando de Salinas al castigo, funda la ciudad de Victoria...

Capítulo III
Prosigue Montaño en su visita; ajusticia á Pedro de Salcedo y á otros...

Capítulo IV
Armendariz baja preso á Cartagena para que allí le residencie Montaño.—el Capitán Avellaneda funda la ciudad de S. Juan de los Llanos...

Capítulo V
El capitan Diego García de Paredes funda la ciudad de Trujillo...

Capítulo VI
Vuelve el mariscal á Santafé con la provisión de nuevos oidores.—el licenciado Tomas López entra en la audiencia...

Capítulo VII
El Capitán Cristóbal Rodríguez Juarez funda la ciudad de Mérida.—Diego García de Paredes reedifica la de Trujillo...

Capítulo VIII
Previénese el Nuevo Reino para resistir al tirano Lope de Aguirre.—compéndiase lo que obró en la jornada del Marañon...

Capítulo IX
Fúndase la ciudad de S. Vigente de Paez.-múdase la de Trujillo. Muere García de Parédes y tratase de todo lo acaecido en las provincias del Nuevo Reino...
CAPITULO IV
 


ÉCHANSE LOS INDIOS Á LAS MINAS: TRATASE EN EL CONSEJO DE FUNDAR AUDIENCIA EN SANTAFÉ, Y ALONSO PÉREZ DE TOLOSA SIGUE SU DESCUBRIMIENTO HASTA LA PROVINCIA DE LOS CARATES, DE DONDE VUELVE SIN FRUTO AL TOCUYO.

SI en descubrimiento de las nuevas tierras eran muchos los que ambiciosos de fama pretendian emplearse en el de las minas de oro, eran tantos los Encomenderos que tiraban á satisfacer la sed de su codicia, que rotas ya por algunos las leyes de la razon, dieron principio este año de mil quinientos y cuarenta y ocho, á que hemos llegado, á la violenta ejecucion de echar indios á las minas, con quebranto de los que miraban aquellas resoluciones como contrarias al fin de la conquista y á la intencion real. Afeaban el rompimiento de las capitulaciones. hechas poco ántes con el Zipa y demas Caciques, y la opresion de aquellas naciones libres, vituperada en todos tiempos de la nacion española, y miraban con justa razon á los mineros como á incursos en la bula de la cena, por efractores de la libertad natural; pero como lo más principal del sustento y comercio de aquel Reino dependa de la saca de oro y plata, y el sufrimiento con que los indios pasan por las vejaciones que reciben de quien los manda, sea el motivo que más los inclina á ejecutarlas, nada de esto bastó para que los Encomenderos desistiesen del intento, aunque sí para que Armendariz no lo apóyase en público, respecto de que en aquellas nuevas leyes habia una que lo prohibia, si bien glosada por alguno de los interesados con decir que no hablaba de la saca del oro ni plata, sino de las perlas, sentian deberse restringir por osadía, como si la ocupacion de aquellas minas fuera de ménos trabajo que la de la pesquería de perlas, ó como si no fuera más conforme á razon que aquella nueva ley se ampliase á comprender todo género de minas, por favorable á libertad de los indios.

Así lo discurrian los unos y otros; pero como quiera que ello debiese ser, el Armendariz concurrió al primer abuso de los Encomenderos con simulacion, y los demas sucesores con publicidad, en que ni de una ni de otra manera quisieron mancharse los romanos con las naciones libres, como Plinio lo refiero en tres partes de sus obras, y Suetonio en una: ántes prohibieron semejante exceso, como se prueba por el derecho que condenaba al metal á los que cometian gravísimos delitos; y si no falta quien diga que tal prohibicion de los romanos fué para su provincia de Italia, y no para las otras, fácilmente vendriamos en ello, como no se niegue que el trabajar ó no en las minas de oro se dejaba á la voluntad de las naciones sujetas, sin que el apremio pasase del término de los delincuentes. Pero enterados los historiadores de lo que fué obrado en el Reino, y no de lo que se debió hacer, solamente refieren que la primera vez que se echaron indios á las minas, fué ésta, y no á su voluntad sino á la de los Encomenderos, aunque con aluna moderacion a, que duró poco tiempo: y como de nuestra historia solamente sea referir los acaecimientos, sin dar voto en las materias de calidad tan celosa, lo que despues se hizo para relevar á los naturales de trabajo tan pernicioso, fué permitir la entrada de negros en las indias para el efecto de sacar oro y plata, que algunos han reputado por mayor daño, por ser la naden más opuesta á los indios y de quien reciben perjuicios más grandes.

En esta parte no se les puede negar el conocimiento de lo que pasa á los que así lo afirmaban; pero si atendieran á la constancia con que los negros reciben y defienden la fe que profesan en bautismo, y á que no admitiéndolos en las Indias, se hubiera perdido la cosecha espiritual de almas, que se la logrado, ¡ nunca lés pareciera mayor el perjuicio que la conveniencia, especialmente si se velara en que solamente entrasen negros gentiles, y no pervertidos con varías sectas. Mas, no fué bastante esta permisíoro de que entrasen negros, para que los naturales se relevasen del todo: tan poderosa fué la Rutien de que se destruiría el Reino, si ellos no lo conservasen con la saca de la plata y oro; pero como haya casos para que á trabajos semejantes se pueda compeler por el bien público y destierro de la ociosidad, bien que á los principios los Jueces y Gobernadores entraban en la materia, prohibiéndola por cumplimiento, y buscando trazas para que se obrase lo contrario de lo que se prohibia, pareció despues que quitadas estas simulaciones, se compeliese á las indios á ir á las minas con la moderacion ¿le que en cada pueblo se sorteasen por año, sacando para el efecto de cada siete indios uno, como de presente se hace. Del mismo parecer frieron D. Fr. Gerónimo de Loaysa, primer Arzobispo de Lima, y Fr. Miguel de Agia, religioso francisco, en el que dieron á D. Francisco de Toledo para que compeliese los indios á las mitas de minas, y en el artículo de la muerte se retractó el Arzobispo de tal parecer, pidiendo por cláusula de su testamento se le re presentase así al Rey, y el religioso mudó el suyo en vida, despues que reconoció por vista de ojos el quebrantamiento de la libertad natural y otros inconvenientes jamas creidos.

Si en la forma de la reparticion que va dicha funden los Corregidores de indios buena parte de aumento á sus caudales, será fácil de entender, pues como los naturales vayan tan violentos á la mita de minas, sin dificultad sabrán disponer que la suerte vaya cayendo sobre los que reconocen más ricos, para que por medio del dinero se releven de aquel trabajo, y fácilmente podrán enmendarle volviendo á sortearlos á su arbitrio, hasta que la mita termine en los más pobres, que viene á ser la forma que se practica, y con la que se proveen las minas de plata de Frias, Lajas y Bocaneme, y las de oro de las vetas de Pamplona y Montuosa alta y baja, y una de las causas de la diminucion de los indios del Nuevo Reino, que se va experimentando, porque éstos, por huir la vejacion que en tan penosa ocupacion reciben, si de milagro escapan las vidas, se ausentan en tropas al Reino de Quito á provincias de la Costa, donde tienen por ménos daño el ser tratados como forasteros. Y áunque algunos sientan que ésta es la causa única de la destruccion de los indios,           con todo eso, los que tenemos más experiencias, bien que reconozcamos ésta por una de las            grandes que hay para semejante diminucion, tambien hallamos que el trabajo personal         introducido en las provincias de Cartagena, Santa Marta, Mérida, Muzo y la mayor parte de tierra caliente, y el de la boga en los rios de la Magdalena, Zulia y Orinoco, no es ménos        perjudicial que la que va referida: aunque la principal y que sobresalo entre todas, nace del desenfrenamiento con que los españoles, mestizos y negros, se han mezclado con las indias, sacándolas muchas veces de sus pueblos, de que se sigue y la seguido la muchedumbre de mestizos, zambos y cholos que hay; y como éstos se enumeren en el gremio de los españoles, y por no mezclarse las indias con sus iguales hayan dejado de parir tantos indios como de esos otros géneros de hombres han producido; de aquí viene á ser el origen principal de la diminucion de indios apurados, que se lamenta. Y si de doscientas mil personas que tenía Granada cuando se rindió al Rey Católico, apénas se bailaron quinientos hijos y nietos apurados de moros, ¿qué podrá esperarse brevemente sino la total destruccion de los indios puros, en quienes carga todo el peso de los tributos?

De acciones tan diferentes como las que van referidas, se le recrecian á Miguel Diez de Armendariz cada dia más émulos que obligados; y como los que bajaron huyendo á la    costa, los unos pasasen á Santo Domingo á representar sus quejas en la Real Audiencia, y todos juntos escribiesen al Consejo contra él, no solamente en lo que tocaba á sus particulares agravios, sino dando noticias de la incontinencia escandalosa con que se decia haber procedido cuando subió de Santa Marta cargado de mujeres, y de la que se le reconoció en Cartagena, y continuaba en el Reino sin atender como debia, para refrenarla, á la obligacion en que lo tenia puesto el oficio superior que administraba, y á que Juez que descarte purezas en vez de créditos, ganará caceria, pues sujetarse á la inmundicia, quien debe ser limpio como la plata, no es de Juez que manda con Real imperio, sino de reo que obedece á la pasion más obscena. De aquí fué el derramaras una voz general contra el crédito de Armendariz en cuanto á este defecto, no solamente en las Indias sino en esta Corte; si con verdad ó mentira quién podrá asegurarlo?, Herrera á lo ménos lo pasa en silencio y Castellános, testigo de vista, la tuvo por falsa á la verdad muchas veces los reos apasionados publican por ciervos las culpas que no pasan de sospechadas, pensando hallar su despique en el descrédito de los Jueces más rectos; pero de cualquiera manera que éstas lo fuesen en Armendariz, considerada la tragedia acontecida al Mariscal Jorge Robledo, en que tuvo la mayor parte reconocida la imprudente eleccion de su Teniente general del Nuevo Reino en el sobrino Pedro de Ursua, y finalmente repetidos los avisos de la culpable detencion que habia hecho en Cartagena, olvidado de los aprietos en que se hallaba el Virey del Perú cuando más le instaba por socorros, entibiaron los ánimos de los que lo favorecian de suerte que donada cuidaban ya ménos que de ampararlo puesta la mira en buscar forma pera que extinguidas las parcialidades y bandos de aquel Reino se gobernase en quietud.

Ya desde el año antecedente se trataba de fundar en él una Audiencia Real, por la propuesta que para ello habia hecho Armendariz, asegurado quizá de que hallándose él más inmediato con la ocupacion que tenia, seria preferido para la Presidencia: cosa bien fácil, si al cuerpo que habia ideado en sus pretensiones, no le faltaran ya los espaldas. Tratóse: pues en el Consejo más vivamente de esta materia en que instaban mucho los nuevos informes, que se repetian por la Audiencia Española con la ocasion de las quejas que habia dado el Capitan Luis Lanchero pidiendo Juez para su desagravio y el de sus parciales, y con deseo de relevarse de la carga de provincias tan retiradas como las del Nuevo Reino: y en tanto que se tomaba la última resolucion sobre todo, se le despacharon algunas órdenes bien con­sideradas para el gobierno. Que los que llevasen mujeres de Castilla á las Indias, diesen informacion de cómo eran casados y velados con ellas, y que de otra manera no pasasen. Que ménos se consintiese el tránsito de gente alguna de las Canarias, sin expresa licencia. Que ninguna persona se sirviese de los indios que estaban puestos en la Corona Real, porque se entendia que había abuso en ello, y el Emperador queria que fuesen tratados como suyos: Ley tan ajustada y favorable á los indios, que en la observancia de ella la consistido la conservacion y aumento de estos pueblos, cuando en los demas se experimenta lo contrario. Que se ejecutasen las leyes del Reino en casos de adulterio contra mestizas casadas con españoles, como y de la manera que se hace en Castilla. Y porque se tuvo noticia en el Consejo de que los Gobernadores de Indias no dejaban salir de sus gobiernos á las personas que se habian avecindado en ellos, y querían pasar á otros, se mandó que como á personas que tenian libertad para ello, los dejasen mudar á las partes que quisiesen, de que resultó la enmienda de muchas extorsiones que se padecian en aquellos tiempos. Y finalmente, se ordenó que todas las Audiencias, Chancillerías y Gobernadores, tuviesen cuidado en procu­rar que trabajasen los indios porque no se diesen al ocio, enemigo de toda virtud.

Y á la verdad por esta razon y por el bien que resulte á las provincias, nunca los hombres prudentes abrazaron bien la prohibicion total, que despues se hizo de las hilanzas y ocupaciones semejantes: lo que sí desagradó y desagradará siempre, fué que los Encomenderos y despues tambien los Corregidores, no satisficiesen aquel trabajo con paga equivalente; porque si conforme á la ordenanza que despues se hizo ero aquel Reino, gana el indio un real por el trabajo de cada dia y el más diestro en hilar ocupa ocho dias en una libra de algodon, y cuatro en la de lana, mal podria excusarse de tiránica la costumbre que siguieron de pagar un real á dos, que se acrecieron despues por cada libra Y si el indio concertado por la ocupacion de todo el año en labrar el campo sin la obligación de poner herramientas, debe ganar, conforme á la tasa, trece pesos de plata corriente, ocho fanegas de maiz, manta, sombrero y calzado, que todo ello importa más de treinta pesos, ¿qué se podria pensar en las gobernaciones de Santa Marta, Cartagena, Merida y Muzos, viendo que el tributo de doce pesos, que sin razon se cargaba en cada un indio (cuando en Santafé y Tunja no pasa de seis, siendo más rica la tierra) lo reducian á que á su costa le diese á su Encomendero sembrados, beneficiados y cogidos dos almudes de maíz, que le importaban á razon de cien pesos por año? Exorbitancia descomunal! en que tropezaban á cada paso los Gobernadores y Visitadores; y aunque lo veían, nunca lo miraban, y aunque lo oían, jamas lo escu­chaban, ó porque la permision la tenía disminuida en la apariencia, ó porque el interes lo apoyaba en la realidad, dando color de tributo, y demora á lo que era servicio personal y extorsion digna de que para el remedio se leyese muchas veces la Cédula del señor Rey Felipe IV, de diez de Octubre del año de mil seiscientos y sesenta y dos, de cuyas palabras, dignas todas de estar impresas en las memorias de sus ministros y prelados eclesiásticos á quienes se dirigen en favor de los miserables indios, repetiré las siguientes. He tenido por de mi obligacion volverlos á encargar de nuevo, como lo hago, el cuidado que deben poner en procurar el alivio de estos vasallos, que tan fielmente me han merecido el desear que sean tratados como hijos. En cuyo contexto reboso tanto el celo santo de este Catolicísimo Monarca, como en su contravencion la malicia de quien permitiere se falta á su cumplimiento, si aun persevera el desorden.

Miéntras el Consejo despachaba los órdenes que van referidos, y consultaba la forma de fundar Audiencia en el Nuevo Reino, se hallaba en el pueblo de Tariba, como dijimos, el Capitan Alonso Pérez de Tolosa, mal contento de no habia en alguno de los países de su descubrimiento oro ni plata ni otra cosa alguna de precio que pudiese poner á su gente en codicia de fundar en ellos, y así con la esperanza de mejorar fortuna levantó su campo, y abandonado el valle de Santiago, atravesó las lomas que llaman del Viento, y por la población de Capacho fué á saludar la entrada del gran valle de Cúcuta, criadero el mejor de las mulas del Nuevo Reino, donde la naturaleza para el sustento les previno todo el forraje de Orégano, por haber tanto, que apénas se hallará otro de que poder valerse, entre cuyos barzales se encuentran á cada paso venados bermejos, y en ellos piedras bezares muy finas, por la abundancia que hay de culebras que los piquen, y dictamo real con que se curren. Es este valle bien dilatado y caliente, y aunque de mal temperamento, tiene de presente fundados en él muchos plantajes y haciendas de campo pertenecientes á los vecinos de Pamplona y villa de S. Cristóbal; pero apénas le dió vista el Capitan Tolosa cuando los indios de la primera poblacion que encontraron, se fueron recogiendo con sus familias á una casa fuerte, que para su defensa en las guerras que traían unos con otros, habían fabricado con troneras á trechos por donde jugaban su flechería, como lo hicieron con los nuestros desde que se pusieron á tiro, y esto con tal denuedo y destreza, que sin recibir daño pudieron vanagloriarse de haberlos rechazado con muerte de algunos tres ó cuatro infantes y caballos heridos, hasta obligarlos mal de su grado á reconocer lo que importa el abrigo de la más débil trinchera.

Con esto mal suceso y peores señales de coger algun buen fruto del vencimiento de aquellos bárbaros, prosiguieron su marcha hasta dar en el rio de Zulia, que llamaron entónces de las Batatas, por la que hallaron en sus riberas, desde donde habiéndolo esguazado y salido á la parte del Poniente á que miraba su marcha desde que atravesaron la serranía y valle de Santiago, fueron entrándose entre la nacion de los Motilones (son éstos indios los que infestan la navegacion de aquel rio, y hasta el tiempo presente no están conquistados) y sin tener encuentro con ellos penetraron la serranía en que habitan los Casares, que demo­ran á los espaldas de la ciudad de Ocaña á la banda del Norte, y toman el nombre del rio principal, que corro arrebatadamente por dicha serranía á servir de origen al Zulia: y ademas de ser este rumbo que tomaron de tierras muy ásperas y despobladas, los apretó tanto el rigor del hambre, que caminadas ya siete jornadas por ellas, se vieron precisados á volver en tres al valle de Cúcuta, donde reforzados con el descanso de algunos dias de detencion, resolvieron tomar nueva derrota el valle abajo la vuelta de la laguna de Maracaibo, por donde arribaron á las juntas, que llaman de tres nos, que corren á desembocar junto á la misma laguna, por cuyo bojeo á la parte de Leste marcharon aun tiempo con varios encuentros que tenian con los belicosos moradores de sus orillas; y aunque de poca considerocion, no lo fué así el último y bien reñido, en que murieron algunos de los nuestros, y escaparon heridos otros: si bien no perdiendo jamas el ánimo, salieron á los llanos nombrados de la Laguna en que está el puerto de San Pedro, y se prolongan hasta donde se la fundado la ciudad de Gibraltar.

Al principio de estos llanos se encontraron con los indios Babures, gente blanda y ménos belicosa, pues toda la prevencion de sus armas consistia en unas cerbatanas por donde disparaban con el soplo unas flechillas envueltas en pluma por los extremos y tocadas con cierta yerba, que si lastimaban era muy poco; pero de suerte que al punto que herían al contrario lo hacian caer en tierra sin sentido por de ó tres horas, que era el término de que ellos necesitaban para huir del combate, y pasadas, se levantaba el herido sin otro daño. Y como éstos no pretendieron impedir la marcha á los españoles, ni ellos estaban ya para empresas de tan poca consideracion, prosiguieron bajando siempre la laguna con fin de volverse al Tocuyo, desesperados ya de hallar lo que buscaban; pero dieron de repente en un estero, que se coba de la laguna y corro hasta la serranía con média legua de latitud, que les cortó el paso á infantes y caballos, y por más diligencias que hicieron buscándole vado por diferentes partes, no lo hallaron para el esguazo, ni con la detencion de seis meses pu­dieron conseguir que minorasen sus aguas, ó les suministrase la industria tránsito para dar vista á los llanos que tenían delante, con que hubo de resolverse el Capitan Tolosa á seguir las mismas huellas que habia llevado basta volver á Cúcuta, por no perecer con su gente de hambre en la esterilidad de aquellos melancólicos paises.

Antes de ejecutarlo despaché desde aquel sitio al Capitan Pedro de Limpias con veinte y cuatro hombres, para que á largas jornadas fuese á dar noticia al Gobernador su hermano de la desgracia de aquélla, y de cómo volvian necesitados de vestidos, caballos y víveres; y aunque á la tercera jornada de las que hizo Limpias, ciertos indios guerreros le mataron algunos infantes, no por eso dejó de proseguir con increibles trabajos hasta llegar al Tocuyo, y Tolosa sin detenerse pasó en su seguimiento, aunque con ménos aceleracion por la gente enferma que llevaba y penuria de víveres que sentía, y fue creciendo tanto, que los obligó á dejar el camino que habian llevado, y marchar á mano izquierda por tierras ásperas y no holladas de otros españoles, donde pretendiendo aliviar el hambre en una aldeguela hasta de seis casas, se pusieron sus moradores en defensa, aunque pocos, y lo hicieron tan valerosamente, que á los nuestros no fué posible ganarlas, por la flaqueza con que iban, y precisados á ceder n el combate, dejaron la porfia de ganar las casas, y acometieron á otra algo apartada, que debia de ser almacen de la aldea, segun la provision de maíz, carne asada y raíces que habia en ella en que cebados algunos españoles que se habían deslizado de la pelea que sustentaban los indios en su seguimiento, porque para el hambre no hay órden que no se rompa, dieron ocasion para que ánimados los contrarios con el buen suceso que habían tenido y el desórdoen de los nuestros, cargasen tan reciamente sobre los que se habian adelantado al saqueo del almacen, que del primer encuentro mataron dos é hirieron otros, y hubiera crecido el daño si no volvieran en sí los restantes, y con el recuerdo de su peligro y de que eran españoles, no hubieran sacado fuerzas de su flaqueza, y resistídoles, incorporándose juntos de tal suerte, que no solamente se defendieron, pero les obligaron á volver las espaldas, y á que sin hacer pié en las primeras casas que habian defendido, las dejasen en sus manos, con lo cual reparados prosiguieron su camino hasta entrar en el valle de Cúcuta tercero vez, dejando á la segunda jornada veinte y cuatro españoles muertos de hambre y muchos indios vivanderos.

Algo reparados en Cúcuta de los infortunios pasados, tomaron otra vez la vuelta de las Lomas del Viento hasta el valle de Santiago, y desde allí, entrándose por la misma angostura de su rio, llegaron al de Apure, y vencidas algunas dificultades hasta ponerse entro él y el Zarare á la ribera de otro pequeño que llaman Horo, se alojaron con el espacio que pedia la necesidad en que el trabajo de tan larga pereprinacion los habia puesto. En este sitio, treinta de los soldados del campo, mal contentos de la provincia de Venezuela, y poco deseosos de volver al Tocuyo, pidieron licencio al Capitan Tolosa para tomar la vuelta del Nuevo Reino; en que vino, por hallarse ya en paraje libre de riesgos, y ser bastantes los que pedian licencia, para atropellar los que se ofreciesen hasta conseguir su intento: y así, habiéndoles nombrado por Cabo á Pedro Alonso de los Hoyos, se apartaron de Tolosa  faldeando la cordillera hasta encontrarse con el Casanare, que desciende de las espaldas de la provincia de los Laches, Chitas ó Cocuyes, y no desamparando su ribera, hallaron algunos panes de sal y mantas que bajan del Reino, que les sirvieron de guias hasta dar en las poblaciones de los Laches, pertenecientes á la provincia de Tunja, con que se consiguió la pretension de hallar camino para el Tocuyo, por donde se metió en el Nuevo Reino gran cantidad de ganados mayores y menores, de los que abundaba la provincia de Venezuela, hasta que de los multiplicos que de ellos resultaron en la fertilidad de sus dehesas, se han ido abasteciendo otros paises más retirados.

Por otra parto, levantado el Capitan Tolosa de las riberas del Horo, fué continuando su derroto el Apure abajo, y repasando ya por los Llanos, con ayuda de los Caquecios, que he salieron de paz, pasó los nos que llaman de Barinas, que son los de las sierras nevadas de Mérida, hácia cuyas cabeceras (obligado de la falta de víveres) despachó al Capitan Lozada con cuarenta hombres, que entrando juntos en la serranía, y apartados los siete de ellos para saquear una casa grande, que divisaron, en que habia cantidad de maiz y alguna sal, de que llevaban gran falta, sucedió que apénas entraron en ella cuando se vieron acometidos de numeroso escuadren de indios, que debía de estar en asecho, el cual tomando las tres puertas que tenia la casa, y poniéndole fuego por los cuatro ángulos, hubiera acabado con ellos, á no estar humedecida la paja, y á no mostrarse tan valerosos los siete o vista del riesgo, qué rompiendo por una de las puertas (aunque cercados por todas partes de bárbaros), obraron con tan poca turbacion (presagio el más cierto de vencer), que muertos los más atrevidos de sus contrarios, pusieron á los demas en huida, y cangaron de víveres á su placer, que metieron en el Real, donde los esperaba Tolosa con menos socorro, que les duró hasta entrar en la ciudad del Tocuyo, donde hallaron la noticia de haber muerto el Gobernador Tolosa, si bien permanecia por Teniente el Capitan Juan de Villégas; y aunque esta larga jornada duró dos años y medio, y la vuelta de Alonso Pérez desde la laguna de Maracaibo fué por el año siguiente, pues fué su entrada en el Tocuyo por Enero del año de cincuenta, con todo eso la parecido no separar los sucesos de ida y vuelta, para inteligencia de la jornada.

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