CAPITULO IV
ÉCHANSE LOS INDIOS Á LAS MINAS: TRATASE EN EL CONSEJO DE FUNDAR
AUDIENCIA EN SANTAFÉ, Y ALONSO PÉREZ DE TOLOSA SIGUE SU
DESCUBRIMIENTO HASTA LA PROVINCIA DE LOS CARATES, DE DONDE VUELVE
SIN FRUTO AL TOCUYO.
SI en descubrimiento de las nuevas tierras eran muchos los que
ambiciosos de fama pretendian emplearse en el de las minas de oro,
eran tantos los Encomenderos que tiraban á satisfacer la sed de su
codicia, que rotas ya por algunos las leyes de la razon, dieron
principio este año de mil quinientos y cuarenta y ocho, á que hemos
llegado, á la violenta ejecucion de echar indios á las minas, con
quebranto de los que miraban aquellas resoluciones como contrarias
al fin de la conquista y á la intencion real. Afeaban el
rompimiento de las capitulaciones. hechas poco ántes con el Zipa y
demas Caciques, y la opresion de aquellas naciones libres,
vituperada en todos tiempos de la nacion española, y miraban con
justa razon á los mineros como á incursos en la bula de la cena,
por efractores de la libertad natural; pero como lo más principal
del sustento y comercio de aquel Reino dependa de la saca de oro y
plata, y el sufrimiento con que los indios pasan por las vejaciones
que reciben de quien los manda, sea el motivo que más los inclina á
ejecutarlas, nada de esto bastó para que los Encomenderos
desistiesen del intento, aunque sí para que Armendariz no lo
apóyase en público, respecto de que en aquellas nuevas leyes habia
una que lo prohibia, si bien glosada por alguno de los interesados
con decir que no hablaba de la saca del oro ni plata, sino de las
perlas, sentian deberse restringir por osadía, como si la ocupacion
de aquellas minas fuera de ménos trabajo que la de la pesquería de
perlas, ó como si no fuera más conforme á razon que aquella nueva
ley se ampliase á comprender todo género de minas, por favorable á
libertad de los indios.
Así lo discurrian los unos y otros; pero como quiera que ello
debiese ser, el Armendariz concurrió al primer abuso de los
Encomenderos con simulacion, y los demas sucesores con publicidad,
en que ni de una ni de otra manera quisieron mancharse los romanos
con las naciones libres, como Plinio lo refiero en tres partes de
sus obras, y Suetonio en una: ántes prohibieron semejante exceso,
como se prueba por el derecho que condenaba al metal á los que
cometian gravísimos delitos; y si no falta quien diga que tal
prohibicion de los romanos fué para su provincia de Italia, y no
para las otras, fácilmente vendriamos en ello, como no se niegue
que el trabajar ó no en las minas de oro se dejaba á la voluntad de
las naciones sujetas, sin que el apremio pasase del término de los
delincuentes. Pero enterados los historiadores de lo que fué obrado
en el Reino, y no de lo que se debió hacer, solamente refieren que
la primera vez que se echaron indios á las minas, fué ésta, y no á
su voluntad sino á la de los Encomenderos, aunque con aluna
moderacion a, que duró poco tiempo: y como de nuestra historia
solamente sea referir los acaecimientos, sin dar voto en las
materias de calidad tan celosa, lo que despues se hizo para relevar
á los naturales de trabajo tan pernicioso, fué permitir la entrada
de negros en las indias para el efecto de sacar oro y plata, que
algunos han reputado por mayor daño, por ser la naden más opuesta á
los indios y de quien reciben perjuicios más grandes.
En esta parte no se les puede negar el conocimiento de lo que
pasa á los que así lo afirmaban; pero si atendieran á la constancia
con que los negros reciben y defienden la fe que profesan en
bautismo, y á que no admitiéndolos en las Indias, se hubiera
perdido la cosecha espiritual de almas, que se la logrado, ¡ nunca
lés pareciera mayor el perjuicio que la conveniencia, especialmente
si se velara en que solamente entrasen negros gentiles, y no
pervertidos con varías sectas. Mas, no fué bastante esta permisíoro
de que entrasen negros, para que los naturales se relevasen del
todo: tan poderosa fué la Rutien de que se destruiría el Reino, si
ellos no lo conservasen con la saca de la plata y oro; pero como
haya casos para que á trabajos semejantes se pueda compeler por el
bien público y destierro de la ociosidad, bien que á los principios
los Jueces y Gobernadores entraban en la materia, prohibiéndola por
cumplimiento, y buscando trazas para que se obrase lo contrario de
lo que se prohibia, pareció despues que quitadas estas
simulaciones, se compeliese á las indios á ir á las minas con la
moderacion ¿le que en cada pueblo se sorteasen por año, sacando
para el efecto de cada siete indios uno, como de presente se hace.
Del mismo parecer frieron D. Fr. Gerónimo de Loaysa, primer
Arzobispo de Lima, y Fr. Miguel de Agia, religioso francisco, en el
que dieron á D. Francisco de Toledo para que compeliese los indios
á las mitas de minas, y en el artículo de la muerte se retractó el
Arzobispo de tal parecer, pidiendo por cláusula de su testamento se
le re presentase así al Rey, y el religioso mudó el suyo en vida,
despues que reconoció por vista de ojos el quebrantamiento de la
libertad natural y otros inconvenientes jamas creidos.
Si en la forma de la reparticion que va dicha funden los
Corregidores de indios buena parte de aumento á sus caudales, será
fácil de entender, pues como los naturales vayan tan violentos á la
mita de minas, sin dificultad sabrán disponer que la suerte vaya
cayendo sobre los que reconocen más ricos, para que por medio del
dinero se releven de aquel trabajo, y fácilmente podrán enmendarle
volviendo á sortearlos á su arbitrio, hasta que la mita termine en
los más pobres, que viene á ser la forma que se practica, y con la
que se proveen las minas de plata de Frias, Lajas y Bocaneme, y las
de oro de las vetas de Pamplona y Montuosa alta y baja, y una de
las causas de la diminucion de los indios del Nuevo Reino, que se
va experimentando, porque éstos, por huir la vejacion que en tan
penosa ocupacion reciben, si de milagro escapan las vidas, se
ausentan en tropas al Reino de Quito á provincias de la Costa,
donde tienen por ménos daño el ser tratados como forasteros. Y
áunque algunos sientan que ésta es la causa única de la destruccion
de los indios, con todo eso, los que tenemos más
experiencias, bien que reconozcamos ésta por una de las
grandes que hay para semejante diminucion, tambien hallamos que el
trabajo personal introducido en las provincias de
Cartagena, Santa Marta, Mérida, Muzo y la mayor parte de tierra
caliente, y el de la boga en los rios de la Magdalena, Zulia y
Orinoco, no es ménos perjudicial que la que va referida:
aunque la principal y que sobresalo entre todas, nace del
desenfrenamiento con que los españoles, mestizos y negros, se han
mezclado con las indias, sacándolas muchas veces de sus pueblos, de
que se sigue y la seguido la muchedumbre de mestizos, zambos y
cholos que hay; y como éstos se enumeren en el gremio de los
españoles, y por no mezclarse las indias con sus iguales hayan
dejado de parir tantos indios como de esos otros géneros de hombres
han producido; de aquí viene á ser el origen principal de la
diminucion de indios apurados, que se lamenta. Y si de doscientas
mil personas que tenía Granada cuando se rindió al Rey Católico,
apénas se bailaron quinientos hijos y nietos apurados de moros,
¿qué podrá esperarse brevemente sino la total destruccion de los
indios puros, en quienes carga todo el peso de los tributos?
De acciones tan diferentes como las que van referidas, se le
recrecian á Miguel Diez de Armendariz cada dia más émulos que
obligados; y como los que bajaron huyendo á la costa, los unos
pasasen á Santo Domingo á representar sus quejas en la Real
Audiencia, y todos juntos escribiesen al Consejo contra él, no
solamente en lo que tocaba á sus particulares agravios, sino dando
noticias de la incontinencia escandalosa con que se decia haber
procedido cuando subió de Santa Marta cargado de mujeres, y de la
que se le reconoció en Cartagena, y continuaba en el Reino sin
atender como debia, para refrenarla, á la obligacion en que lo
tenia puesto el oficio superior que administraba, y á que Juez que
descarte purezas en vez de créditos, ganará caceria, pues sujetarse
á la inmundicia, quien debe ser limpio como la plata, no es de Juez
que manda con Real imperio, sino de reo que obedece á la pasion más
obscena. De aquí fué el derramaras una voz general contra el
crédito de Armendariz en cuanto á este defecto, no solamente en las
Indias sino en esta Corte; si con verdad ó mentira quién podrá
asegurarlo?, Herrera á lo ménos lo pasa en silencio y Castellános,
testigo de vista, la tuvo por falsa á la verdad muchas veces los
reos apasionados publican por ciervos las culpas que no pasan de
sospechadas, pensando hallar su despique en el descrédito de los
Jueces más rectos; pero de cualquiera manera que éstas lo fuesen en
Armendariz, considerada la tragedia acontecida al Mariscal Jorge
Robledo, en que tuvo la mayor parte reconocida la imprudente
eleccion de su Teniente general del Nuevo Reino en el sobrino Pedro
de Ursua, y finalmente repetidos los avisos de la culpable
detencion que habia hecho en Cartagena, olvidado de los aprietos en
que se hallaba el Virey del Perú cuando más le instaba por
socorros, entibiaron los ánimos de los que lo favorecian de suerte
que donada cuidaban ya ménos que de ampararlo puesta la mira en
buscar forma pera que extinguidas las parcialidades y bandos de
aquel Reino se gobernase en quietud.
Ya desde el año antecedente se trataba de fundar en él una
Audiencia Real, por la propuesta que para ello habia hecho
Armendariz, asegurado quizá de que hallándose él más inmediato con
la ocupacion que tenia, seria preferido para la Presidencia: cosa
bien fácil, si al cuerpo que habia ideado en sus pretensiones, no
le faltaran ya los espaldas. Tratóse: pues en el Consejo más
vivamente de esta materia en que instaban mucho los nuevos
informes, que se repetian por la Audiencia Española con la ocasion
de las quejas que habia dado el Capitan Luis Lanchero pidiendo Juez
para su desagravio y el de sus parciales, y con deseo de relevarse
de la carga de provincias tan retiradas como las del Nuevo Reino: y
en tanto que se tomaba la última resolucion sobre todo, se le
despacharon algunas órdenes bien consideradas para el gobierno.
Que los que llevasen mujeres de Castilla á las Indias, diesen
informacion de cómo eran casados y velados con ellas, y que de otra
manera no pasasen. Que ménos se consintiese el tránsito de gente
alguna de las Canarias, sin expresa licencia. Que ninguna persona
se sirviese de los indios que estaban puestos en la Corona Real,
porque se entendia que había abuso en ello, y el Emperador queria
que fuesen tratados como suyos: Ley tan ajustada y favorable á los
indios, que en la observancia de ella la consistido la conservacion
y aumento de estos pueblos, cuando en los demas se experimenta lo
contrario. Que se ejecutasen las leyes del Reino en casos de
adulterio contra mestizas casadas con españoles, como y de la
manera que se hace en Castilla. Y porque se tuvo noticia en el
Consejo de que los Gobernadores de Indias no dejaban salir de sus
gobiernos á las personas que se habian avecindado en ellos, y
querían pasar á otros, se mandó que como á personas que tenian
libertad para ello, los dejasen mudar á las partes que quisiesen,
de que resultó la enmienda de muchas extorsiones que se padecian en
aquellos tiempos. Y finalmente, se ordenó que todas las Audiencias,
Chancillerías y Gobernadores, tuviesen cuidado en procurar que
trabajasen los indios porque no se diesen al ocio, enemigo de toda
virtud.
Y á la verdad por esta razon y por el bien que resulte á las
provincias, nunca los hombres prudentes abrazaron bien la
prohibicion total, que despues se hizo de las hilanzas y
ocupaciones semejantes: lo que sí desagradó y desagradará siempre,
fué que los Encomenderos y despues tambien los Corregidores, no
satisficiesen aquel trabajo con paga equivalente; porque si
conforme á la ordenanza que despues se hizo ero aquel Reino, gana
el indio un real por el trabajo de cada dia y el más diestro en
hilar ocupa ocho dias en una libra de algodon, y cuatro en la de
lana, mal podria excusarse de tiránica la costumbre que siguieron
de pagar un real á dos, que se acrecieron despues por cada libra Y
si el indio concertado por la ocupacion de todo el año en labrar el
campo sin la obligación de poner herramientas, debe ganar, conforme
á la tasa, trece pesos de plata corriente, ocho fanegas de maiz,
manta, sombrero y calzado, que todo ello importa más de treinta
pesos, ¿qué se podria pensar en las gobernaciones de Santa Marta,
Cartagena, Merida y Muzos, viendo que el tributo de doce pesos, que
sin razon se cargaba en cada un indio (cuando en Santafé y Tunja no
pasa de seis, siendo más rica la tierra) lo reducian á que á su
costa le diese á su Encomendero sembrados, beneficiados y cogidos
dos almudes de maíz, que le importaban á razon de cien pesos por
año? Exorbitancia descomunal! en que tropezaban á cada paso los
Gobernadores y Visitadores; y aunque lo veían, nunca lo miraban, y
aunque lo oían, jamas lo escuchaban, ó porque la permision la
tenía disminuida en la apariencia, ó porque el interes lo apoyaba
en la realidad, dando color de tributo, y demora á lo que era
servicio personal y extorsion digna de que para el remedio se
leyese muchas veces la Cédula del señor Rey Felipe IV, de diez de
Octubre del año de mil seiscientos y sesenta y dos, de cuyas
palabras, dignas todas de estar impresas en las memorias de sus
ministros y prelados eclesiásticos á quienes se dirigen en favor de
los miserables indios, repetiré las siguientes. He tenido por de mi
obligacion volverlos á encargar de nuevo, como lo hago, el cuidado
que deben poner en procurar el alivio de estos vasallos, que tan
fielmente me han merecido el desear que sean tratados como hijos.
En cuyo contexto reboso tanto el celo santo de este Catolicísimo
Monarca, como en su contravencion la malicia de quien permitiere se
falta á su cumplimiento, si aun persevera el desorden.
Miéntras el Consejo despachaba los órdenes que van referidos, y
consultaba la forma de fundar Audiencia en el Nuevo Reino, se
hallaba en el pueblo de Tariba, como dijimos, el Capitan Alonso
Pérez de Tolosa, mal contento de no habia en alguno de los países
de su descubrimiento oro ni plata ni otra cosa alguna de precio que
pudiese poner á su gente en codicia de fundar en ellos, y así con
la esperanza de mejorar fortuna levantó su campo, y abandonado el
valle de Santiago, atravesó las lomas que llaman del Viento, y por
la población de Capacho fué á saludar la entrada del gran valle de
Cúcuta, criadero el mejor de las mulas del Nuevo Reino, donde la
naturaleza para el sustento les previno todo el forraje de Orégano,
por haber tanto, que apénas se hallará otro de que poder valerse,
entre cuyos barzales se encuentran á cada paso venados bermejos, y
en ellos piedras bezares muy finas, por la abundancia que hay de
culebras que los piquen, y dictamo real con que se curren. Es este
valle bien dilatado y caliente, y aunque de mal temperamento, tiene
de presente fundados en él muchos plantajes y haciendas de campo
pertenecientes á los vecinos de Pamplona y villa de S. Cristóbal;
pero apénas le dió vista el Capitan Tolosa cuando los indios de la
primera poblacion que encontraron, se fueron recogiendo con sus
familias á una casa fuerte, que para su defensa en las guerras que
traían unos con otros, habían fabricado con troneras á trechos por
donde jugaban su flechería, como lo hicieron con los nuestros desde
que se pusieron á tiro, y esto con tal denuedo y destreza, que sin
recibir daño pudieron vanagloriarse de haberlos rechazado con
muerte de algunos tres ó cuatro infantes y caballos heridos, hasta
obligarlos mal de su grado á reconocer lo que importa el abrigo de
la más débil trinchera.
Con esto mal suceso y peores señales de coger algun buen fruto
del vencimiento de aquellos bárbaros, prosiguieron su marcha hasta
dar en el rio de Zulia, que llamaron entónces de las Batatas, por
la que hallaron en sus riberas, desde donde habiéndolo esguazado y
salido á la parte del Poniente á que miraba su marcha desde que
atravesaron la serranía y valle de Santiago, fueron entrándose
entre la nacion de los Motilones (son éstos indios los que infestan
la navegacion de aquel rio, y hasta el tiempo presente no están
conquistados) y sin tener encuentro con ellos penetraron la
serranía en que habitan los Casares, que demoran á los espaldas de
la ciudad de Ocaña á la banda del Norte, y toman el nombre del rio
principal, que corro arrebatadamente por dicha serranía á servir de
origen al Zulia: y ademas de ser este rumbo que tomaron de tierras
muy ásperas y despobladas, los apretó tanto el rigor del hambre,
que caminadas ya siete jornadas por ellas, se vieron precisados á
volver en tres al valle de Cúcuta, donde reforzados con el descanso
de algunos dias de detencion, resolvieron tomar nueva derrota el
valle abajo la vuelta de la laguna de Maracaibo, por donde
arribaron á las juntas, que llaman de tres nos, que corren á
desembocar junto á la misma laguna, por cuyo bojeo á la parte de
Leste marcharon aun tiempo con varios encuentros que tenian con los
belicosos moradores de sus orillas; y aunque de poca considerocion,
no lo fué así el último y bien reñido, en que murieron algunos de
los nuestros, y escaparon heridos otros: si bien no perdiendo jamas
el ánimo, salieron á los llanos nombrados de la Laguna en que está
el puerto de San Pedro, y se prolongan hasta donde se la fundado la
ciudad de Gibraltar.
Al principio de estos llanos se encontraron con los indios
Babures, gente blanda y ménos belicosa, pues toda la prevencion de
sus armas consistia en unas cerbatanas por donde disparaban con el
soplo unas flechillas envueltas en pluma por los extremos y tocadas
con cierta yerba, que si lastimaban era muy poco; pero de suerte
que al punto que herían al contrario lo hacian caer en tierra sin
sentido por de ó tres horas, que era el término de que ellos
necesitaban para huir del combate, y pasadas, se levantaba el
herido sin otro daño. Y como éstos no pretendieron impedir la
marcha á los españoles, ni ellos estaban ya para empresas de tan
poca consideracion, prosiguieron bajando siempre la laguna con fin
de volverse al Tocuyo, desesperados ya de hallar lo que buscaban;
pero dieron de repente en un estero, que se coba de la laguna y
corro hasta la serranía con média legua de latitud, que les cortó
el paso á infantes y caballos, y por más diligencias que hicieron
buscándole vado por diferentes partes, no lo hallaron para el
esguazo, ni con la detencion de seis meses pudieron conseguir que
minorasen sus aguas, ó les suministrase la industria tránsito para
dar vista á los llanos que tenían delante, con que hubo de
resolverse el Capitan Tolosa á seguir las mismas huellas que habia
llevado basta volver á Cúcuta, por no perecer con su gente de
hambre en la esterilidad de aquellos melancólicos paises.
Antes de ejecutarlo despaché desde aquel sitio al Capitan Pedro
de Limpias con veinte y cuatro hombres, para que á largas jornadas
fuese á dar noticia al Gobernador su hermano de la desgracia de
aquélla, y de cómo volvian necesitados de vestidos, caballos y
víveres; y aunque á la tercera jornada de las que hizo Limpias,
ciertos indios guerreros le mataron algunos infantes, no por eso
dejó de proseguir con increibles trabajos hasta llegar al Tocuyo, y
Tolosa sin detenerse pasó en su seguimiento, aunque con ménos
aceleracion por la gente enferma que llevaba y penuria de víveres
que sentía, y fue creciendo tanto, que los obligó á dejar el camino
que habian llevado, y marchar á mano izquierda por tierras ásperas
y no holladas de otros españoles, donde pretendiendo aliviar el
hambre en una aldeguela hasta de seis casas, se pusieron sus
moradores en defensa, aunque pocos, y lo hicieron tan
valerosamente, que á los nuestros no fué posible ganarlas, por la
flaqueza con que iban, y precisados á ceder n el combate, dejaron
la porfia de ganar las casas, y acometieron á otra algo apartada,
que debia de ser almacen de la aldea, segun la provision de maíz,
carne asada y raíces que habia en ella en que cebados algunos
españoles que se habían deslizado de la pelea que sustentaban los
indios en su seguimiento, porque para el hambre no hay órden que no
se rompa, dieron ocasion para que ánimados los contrarios con el
buen suceso que habían tenido y el desórdoen de los nuestros,
cargasen tan reciamente sobre los que se habian adelantado al
saqueo del almacen, que del primer encuentro mataron dos é hirieron
otros, y hubiera crecido el daño si no volvieran en sí los
restantes, y con el recuerdo de su peligro y de que eran españoles,
no hubieran sacado fuerzas de su flaqueza, y resistídoles,
incorporándose juntos de tal suerte, que no solamente se
defendieron, pero les obligaron á volver las espaldas, y á que sin
hacer pié en las primeras casas que habian defendido, las dejasen
en sus manos, con lo cual reparados prosiguieron su camino hasta
entrar en el valle de Cúcuta tercero vez, dejando á la segunda
jornada veinte y cuatro españoles muertos de hambre y muchos indios
vivanderos.
Algo reparados en Cúcuta de los infortunios pasados, tomaron
otra vez la vuelta de las Lomas del Viento hasta el valle de
Santiago, y desde allí, entrándose por la misma angostura de su
rio, llegaron al de Apure, y vencidas algunas dificultades hasta
ponerse entro él y el Zarare á la ribera de otro pequeño que llaman
Horo, se alojaron con el espacio que pedia la necesidad en que el
trabajo de tan larga pereprinacion los habia puesto. En este sitio,
treinta de los soldados del campo, mal contentos de la provincia de
Venezuela, y poco deseosos de volver al Tocuyo, pidieron licencio
al Capitan Tolosa para tomar la vuelta del Nuevo Reino; en que
vino, por hallarse ya en paraje libre de riesgos, y ser bastantes
los que pedian licencia, para atropellar los que se ofreciesen
hasta conseguir su intento: y así, habiéndoles nombrado por Cabo á
Pedro Alonso de los Hoyos, se apartaron de Tolosa faldeando la
cordillera hasta encontrarse con el Casanare, que desciende de las
espaldas de la provincia de los Laches, Chitas ó Cocuyes, y no
desamparando su ribera, hallaron algunos panes de sal y mantas que
bajan del Reino, que les sirvieron de guias hasta dar en las
poblaciones de los Laches, pertenecientes á la provincia de Tunja,
con que se consiguió la pretension de hallar camino para el Tocuyo,
por donde se metió en el Nuevo Reino gran cantidad de ganados
mayores y menores, de los que abundaba la provincia de Venezuela,
hasta que de los multiplicos que de ellos resultaron en la
fertilidad de sus dehesas, se han ido abasteciendo otros paises más
retirados.
Por otra parto, levantado el Capitan Tolosa de las riberas del
Horo, fué continuando su derroto el Apure abajo, y repasando ya por
los Llanos, con ayuda de los Caquecios, que he salieron de paz,
pasó los nos que llaman de Barinas, que son los de las sierras
nevadas de Mérida, hácia cuyas cabeceras (obligado de la falta de
víveres) despachó al Capitan Lozada con cuarenta hombres, que
entrando juntos en la serranía, y apartados los siete de ellos para
saquear una casa grande, que divisaron, en que habia cantidad de
maiz y alguna sal, de que llevaban gran falta, sucedió que apénas
entraron en ella cuando se vieron acometidos de numeroso escuadren
de indios, que debía de estar en asecho, el cual tomando las tres
puertas que tenia la casa, y poniéndole fuego por los cuatro
ángulos, hubiera acabado con ellos, á no estar humedecida la paja,
y á no mostrarse tan valerosos los siete o vista del riesgo, qué
rompiendo por una de las puertas (aunque cercados por todas partes
de bárbaros), obraron con tan poca turbacion (presagio el más
cierto de vencer), que muertos los más atrevidos de sus contrarios,
pusieron á los demas en huida, y cangaron de víveres á su placer,
que metieron en el Real, donde los esperaba Tolosa con menos
socorro, que les duró hasta entrar en la ciudad del Tocuyo, donde
hallaron la noticia de haber muerto el Gobernador Tolosa, si bien
permanecia por Teniente el Capitan Juan de Villégas; y aunque esta
larga jornada duró dos años y medio, y la vuelta de Alonso Pérez
desde la laguna de Maracaibo fué por el año siguiente, pues fué su
entrada en el Tocuyo por Enero del año de cincuenta, con todo eso
la parecido no separar los sucesos de ida y vuelta, para
inteligencia de la jornada.