CAPITULO III
HACEN MARISCAL DEL REINO Á GONZALO JIMÉNEZ DE QUESADA.- VUELVE DE
CASTILLA EL CAPITAN VENÉGAS, Y CON CIEN CABALLOS SALE Á SOCORRER Á
PEDRO DE LA GASCA.-EL CAPITAN PEDROSO DESCUBRE EL VALLE DE CORPUS
CHRISTI, DONDE LO PRENDE EL CAPITAN CEPEDA.
VIÉNDOSE ya el General D. Gonzalo Jiménez de Quesada
desembarazado de todas aquellas causas criminales en que lo empeñó
su juventud ambiciosa de aplausos, y que tanto habian ponderado sus
émulos para desvanecer el premio debido á sus hazañas, volvió los
ojos, animado de algunos ministros, á pedir gratificacion de los
servicios que tenia hechos á la Real Corona, descubriendo y
conquistando un Reino tan poderoso, que si no igualaba á los del
Perú, Nueva España, merecía el tercer lugar entre los descubiertos.
Decia que pues á Fernando Cortés, que conquistó á Méjico, se le
habia dado titulo de Marqués del valle, y veinte y tres mil
vasallos con jurisdiccion civil y criminal, y más de setenta mil
ducados de renta; y á D. Francisco Pizarro, que descubrió el Perú,
se le habia así mismo recompensado con título de Marqués, y el
gobierno por dos vidas, con promesa de igualarlo á Cortés en renta,
sería puesto en razon que á su respecto se lo gratificase á él como
convenia á Príncipe tan agradecido á los que fielmente le servían,
como el que tenía por Rey. Alegaba aquellos peligros en que tantas
veces se vió más arriesgado entre su gente que entre millares de
indios, por no volver paso atras en sus descubrimientos. Ponderaba
la poca fortuna con que habían corrido sus dependencias, pues
ningunos conquistadores hablan sido residenciados tan rigurosamente
como él y D. Pedro de Heredia, compañero suyo en la desgracia, y el
miserable estado en que lo tenia la pobreza á ojos de su Príncipe,
y cuán fiero torcedor suele ser éste en espíritus generosos para
prorumpir en quejas: medio que habia despreciado siempre, porque no
se presumiese que demandaba como acreedor quien era vasallo.
Oidas en el Consejo todas estas razones, sin aquella ojeriza que
de ántes mostraba á sus propuestas, tuvo resuelto el darle en
repartimiento una cantidad bien considerable de indios, no por
vasallos ni con jurisdiccion sobre ellos, sino para que en él, con
la obligacion de los demas feudatarios, entrasen perpétuamente sus
hijos y nietos. Pero tanta suele ser la desdicha que recarga sobre
algunos negocios y tan variables los pareceres humanos, que,
hallándose ya en este estado, ocurrieron de todas las Indias
Procuradores representando (porque entónces estaba en su fuerza la
alteracion de Gonzalo Pizarro) que todas aquellas inquietudes eran
causadas de no determinarse el Emperador á dar en perpetuidad los
repartimientos de indios á los conquistadores, por muchas causas
en que fundaban la conveniencia de que debia hacerse así; y obró
tanto esta propuesta en los oídos Reales y de su Consejo, que se
inclinaron á convenir en ella, y entonces fué cuando este punto de
la perpetuidad llegó casi á resolverse, aunque otras muchas veces
se habia consultado y nunca resuelto. Para este fin se despachó
luego provision á las Audiencias de Indias, con expreso órden de
que se hiciesen y remitiesen al Consejo descripciones generales de
la cantidad de indios de cada provincia y de cada repartimiento, y
de los méritos de cada cual de los conquistadores, con otras muchas
advertencias que se contenían en dicha provision, y todas
pertenecientes al buen expediente de aquella materia.
De aquí resultó que, embarazado el Consejo sobre este punto de
la perpetuidad general, se embarazase tambien el despacho de lo que
se habia resuelto en la particular de Quesada y sus sucesores, y
que vueltos los ministros á otra buena consideracion de que, pues
se hacia general la perpetuidad de Encomiendas que se habia
resuelto ántes solamente para Quesada, seria bien se aguardase á
que el apuntamiento viniese del Reino, y reconocido el número de
los indios y repartimientos que en él habia, se hiciese la
gratificacion conforme á sus méritos, y en el interin se le diese
algun entretenimiento con que pudiese pasar con decencia, y para
ello acordaron darle título de Mariscal del Nuevo Reino, como se lo
dieron, con facultad de levantar una fortaleza donde le pareciese
convenir, de la cual fuese Alcaide perpétuo con renta, privilegio
para elegir armas fuera de las que él se tenia, un Regimiento en la
ciudad de Santafé y dos mil ducados de renta en las Arcas Reales
del Reino cuando volviese á él, que en lo de adelante pasaron á ser
tres mil en siete pueblos de indios, que rentan cuatro mil ducados
muy poco ménos. Hechas estas mercedes, que al sentir de toda la
Corte y de los que en ella concurrieron de Indias, fueron muy
cortas, aunque de fachada pomposa, pareció al Consejo haberse
descargado de un acreedor que tanto derecho tenia á ejecutarlo por
mayor deuda, y dió ocasion á Castellános para que dijese de Quesada
en el canto 21 de la cuarta parte de su historia indiana, que, por
no haber podido coger peje grande, se hubo de contentar con
marisco, aceptando la Mariscalía del Reino.
Quién volverá, empero, los ojos á las dependencias de este
caballero, desde que pasó á estos Reinos, ya litigando al principio
con D. Alonso Luis de Lugo, cuñado del Secretario Cóbos; ya con el
mismo vuelto de Indias y poderoso en riquezas (calidades una y otra
que faltaban al Mariscal;) ya con desbarates en Reinos extraños,
irritando á su Príncipe, y más con los despeños de su
incontinencia, de que tuvo muy especiales noticias, que no disculpe
al cronista herrera en la Década octava, cuando al fin del capítulo
22 dice: Que al cabo de sus trabajos fué premiado el Licenciado
Gonzalo Jiménez de Quesada: si bien él funda su poca suerte como
quien lo tocó más de cerca, en que habiendo salido de estos Reinos
para las Indias con profesion y hábito de Letrado, cuando volvió á
ellos poderoso en riquezas, tomó capa y espada, con que cortó el
vuelo á fortunas, pues nunca faltaron Letrados (y en aquella
ocasion más que en otras) á quienes les fuese fastidiosa la
diferencia del traje, teniendo por ignominia que otro cualquiera se
prefiera al suyo, y cuando el juicio de las culpas á méritos la de
pasar precisamente por los de aquella profesion, siempre será
calificada imprudencia no vestirse á su gusto, ni lisonjearlos con
el aprecio del hábito de su eleccion.
Ya desde el año antecedente era llegado á esta Corte el Capitan
Hernan Venégas Carrillo, Procurador nombrado por los Cabildos del
Nuevo Reino para que representase los inconvenientes que tenian
embebidos la ejecucion de las nuevas leyes, que se apoyaba con las
instancias que para el mismo efecto hacian los Procuradores de los
otros Reinos, que á imitacion del de el Nuevo de Granada habian
despreciado el camino que siguieron los del Peru y elegido el de la
suplicacion á su Príncipe, con aquel rendimiento que le es debido
por todos derechos. Y como sobre esta materia hubiesen precedido
muchas consultas, y últimamente se habia despachado al Licenciado
Gasca con las resoluciones más favorables para el Perú, fué materia
fácil dar expediente á los negocios que diligenciaba el Capitan
Venégas, á quien dieron carta acordada de la sucesion de las
Encomiendas en los hijos y mujeres de los seudatarios, de que a!
presente se usa; y todo aquel despacho que pidió en conformidad del
que se habia dado á Pedro de la Gasca, especialmente en cuanto á la
revocacion de la nueva ley que hablaba de los repartimientos, de
que se habian originado has alteraciones del Perú y desabrimientos
de Nueva España: á que se añadió una Real Cédula de reprension á
Miguel Diez de Armendariz, afeándole el nombramiento que hizo en el
Mariscal Jorge Robledo de Teniente general suyo en Anserma, Cartago
y Antioquia, y declarando que esta última ciudad, como las demas,
se comprendia dentro de los términos de la gobernacion de Popayan;
con que cortó la pretension que tenia á ella el Gobernador de
Cartagena, cuyas competencias habia sosegado la prudencia del
Capitan Martin Galeano, á quien Miguel Diez de Armendariz habia
despachado para el efecto.
A este buen despacho que sacó el Capitan Venégas, agregó los que
se habían dado en favor del Mariscal Quesada, y con todos ellos
volvió á Santafé, donde unos gratulándose de que las pretensiones
de su General fuesen mejorando de fortuna, y todos gustosos con la
revocacion de aquella nueva ley tan odiosa, y asegurados de que
para lo futuro dejaban remediados sus hijos y mujeres con lo que se
habia resuelto sobre la sucesion de los feudos, lo recibieron con
tanto aplauso cual nunca se esperaba en aquel Reino. Y el Miguel
Diez, reprendido y sabedor de algunas cosas que habian escrito
contra él desde Cartagena y Santa Marta muchos de los mal contentos
de su gobierno, comenzó á recelar cuerdamente la caida que
amenazaba á su crédito, si con arte y aceleracion no salia, al
reparo; y como en Panamá hubiese reconocido Pedro de la Gasca por
lo que le aseguraban las personas que bajaban del Perú, que nunca
vendria Pizarro por bien en los medios que le proponia. si no los
dirigiese por el camino que le allanasen las armas, y movido de
estas noticias hubiese escrito desde la bahia de San Mateo á
Benalcázar y al Visitador Armendariz, lo socorriesen con la más
gente que les fuese posible, aunque la distancia de seiscientas
leguas que hay desde Santafé á Lima lo dificultase, se resolvió
Armendariz á socorrerlo, y para no errar los principios que
consisten en la eleccion del Cabo, puso los ojos en el Capitan
Venégas, recien llegado de estos Reinos, en quien ademas de la
claridad de su sangre concurrian las partes de bien quisto y
respetado, y á quien el continuado ejercicio de la guerra y
victorias que habia tenido, señalaban por Cabo el más á propósito
para el intento.
A éste, pues, mandó levar cien caballos para la empresa; y
porque en la ejecucion encontró alguna tibiesa en los que debieran
estar más prontos, y el Armendariz fuese en sus determinaciones
acelerado, y áun más de lo que debiera, no siendo Visitador, con
poco motivo que para ello tuvo, y sin la averiguacion bastante,
afrentó públicamente á dos o tres personas nobles, y con ellos,
causó más lástima, á uno de los conquistadores, achacándoles (no se
supo si con verdad ó sin ella) que se habian ocultado por no ir á
la guerra contra Pizarro; pero como quiera que ello fuese, el
castigo se ejecutó en ellos dejándolos con aquella infamia
perpétua. Son los agravios que se hacen á la plebe letras que se
escriben sobre la arena, que cualquier agasajo airoso las borra;
pero los que á la nobleza, caractéres que se esculpen sobre
diamantes y al recuerdo más leve se eternizan. Agraviado el Conde
D. Julian, fraguó en España la ruina del Imperio Godo, y en la
ofensa que á Pelayo hizo un Gobernador de Tarife desde Giron,
comenzó la caida de otro Imperio Africano. ¿Qué fin, pues, podrá ya
esperar Armendariz teniendo agraviados á tantos nobles? Pero
dejándolo para su tiempo, el Capitan Hernan Venégas con la recluta
de cien montados aventureros, entre quienes iban Juan Gómez
Portillo, Alonso Martin Carrillo, Pedro Ruiz Corredor, Francisco de
Figueredo, Gonzalo Serrano Cortés, Juan de Chávez, Francisco del
hierro, Cristóbal de Miranda, Pedro de Ursua y otros, marchó más de
ciento y cincuenta leguas, rompiendo por muchos peligros, aunque
tan desgraciadamente en que no se lograsen sus deseos, que hubo de
dar vuelta al Reino por el año siguiente, por órden del Presidente
Gasca, que le remitió con Martin de Aguirre, para que no pasase
adelante, en consideracion de haber mejorado la parte del Rey; y
aunque la misma fe le despachó á Benalcázar, que con trescientos
hombres estaba ya cercano al valle de Jauja, dejando atras su gente
se adelantó tanto, que se halló en el ejército real á tiempo que
todo el de Pizarro, sin que se disparase arcabuz, se rindió al
truéno de la voz del Rey, pasándose á Gasca aunque no faltan
escritores que á esta voluntaria entrega llamen la batalla de
Jaquisaguana.
Partido pues el Capitan Venégas á la guerra del Perú, y receloso
Armendariz de que en la ociosidad de la mucha gente militar que
tenia en el Reino, y á la fama de sus riquezas habia ocurrido de
estos Reinos y de los demas de las Indias, no prendiese alguna
centella de fuego que abrasara las provincias de arriba, no
solamente velaba en darse á temer con la ejecucion de diferentes
castigos en los que le parecian culpados, sino en disponer algunas
empresas en que la ocupacion honrosa de las conquistas los
enajenase de la noticia de aquellas alteraciones, que con tanto
escándalo corrian por más de seiscientas leguas: y para esta
efecto, habiendo elegido por Cabo de cincuenta hombres al Capitan
Francisco Núñez Pedroso, que con crédito de soldado asistia en
Santafé, dispuso que hiciese entrada por la provincia de los
Pantagoros en demanda de nuevos descubrimientos. Hízolo así, y
habiendo atravesado por Tocaima el rio grande de la Magdalena, y
despues toda la provincia y cabeceras del Guarinó i rio de la Miel
con varios trabajos, descubrió un valle, que llamó de Corpus
Christi, y otras tierras comarcanas á él, con más muestras de
minerales de oro que de otra cosa alguna que indicase fertilidad
del país, á tiempo que por diferente rumbo, y con órden del
Adelantado Benalcázar, aportó allí con el mismo fin, y más gente el
Capitan Hernando de Cepeda, que llevaba consigo á Pedro de Bolívar,
famoso soldado de Flandes, de donde trasplantado á Popayan seguia
con su compañía estos descubrimientos, ántes de avecindarse en
Santa fé: y como el Gobernador no quiera compañia, y la provincia
diese bastantes señales de no admitir dos Cabos iguales en
superioridad, pretendió luego el Cepeda que el Capitan Pedroso
saliese del valle, por decir comprenderse aquel descubrimiento en
las demarcaciones de Popayan y Antioquia, sobre que no faltaron
protestas y requerimientos de ambas partes, con riesgo de llegar a
las manos, si no en rompimiento formado en desafio, sí particular
de persona á persona, que por último vino á parar en que Cepeda,
más ventajoso en el número de soldados, prendió á Pedroso y le
quitó la gente que llevaba, aunque obró poco despues con ella y la
suya, y solamente sirvió el arrojo de que se originasen de él otras
diferencias muchas, que finalmente fueron á parar y fenecerse en la
ciudad de Santafe, cuando ya en ella estaba fundada Real
Audiencia.