CAPITULO II
PROCEDE ARMENDARIZ CONTRA EL CAPITÁN LANCHERO Y OTROS
CONQUISTADORES-PEDRO DE URSUA CASTIGA EL REBELION DE LOS GUANES, Y
EL CAPITÁN TOLOSA SALE DEL TOCUYO Á DESCUBRIR LAS SIERRAS NEVADAS,
Y LLEGA HASTA TARIBA.
LUEGO que eh Presidente Gasca salió de Santa Marta para el Perú,
trató Miguel Diez de Armendariz de salir para el Nuevo Reino, donde
lo llamaba lo más Arduo de sus comisiones, y poniéndolo en
ejecucion partió de la costa, tan cargado de hombres como de
mujeres, que las llevaban sus maridos para avecindarse en el Reino,
entre quienes iba Alonso Martin Carrillo y Beatriz de Cuéllar, que
lo siguieron desde el Valle de Upar, en cuyas conquistas habia
servido el Alonso Martin con crédito de buen soldado; sí bien de la
compañia de tantas mujeres se le siguió mucho descrédito al Miguel
Diez, que se le continuó, como se dirá adelante, hasta eh fin de su
gobierno. Y habiendo llegado á Santafé con aquella máxima que
observan todos los Gobernadores de Indias, de mostrarse formidables
en sus primeras entradas, tomó la posesion de sus oficios en diez y
siete de Enero del año de mil quinientos y cuarenta y siete. Y
hallando dispuesta materia en la muerte de Tundama para proceder
contra el Capitan Baltasar Maldonado, lo condenó á privacion
perpetua de su Encomienda, de que apeló vara el Licenciado Pedro de
la Gasca, y en su seguimiento partió para el Perú, donde por esta
causa y no por otra, se halló en la prision de Gonzalo Pizarro, y
consiguió restitucion de su repartimiento, como dijimos; y pasando
á la causa del incendio que le tenia remitida el sobrino Pedro de
Ursua, condenó á tortura á Francisco Palomo, que no solamente
confesó en ella haber cooperado al delito sin haberlo hecho, pero
condenó á los demas que estaban presos, á quienes tambien, sin que
les valiese la calidad de sus personas, que era mucha, y la de sus
servicios que la igualaba, atormentaron rigorosamente, aunque
negaron siempre, y solamente sirvió aquella demostracion extraña de
granjearse cuatro enemigos poderosos, que jamas se olvidaron de
solicitar su desagravio.
De aquí resultó condenar al muerte de horca á Francisco Palomo,
quien estando en ella dijo públicamente moría sin culpa, y haberse
condenado á sí mismo y á los demas que estaban presos, por temor de
tormento, y que les pedía perdon de la falsa declaracion que como
flaco había lecho contra ellos. Pero ni bastó para librarse del
suplicio, ni para que Armendariz soltase de la prision al Capitan
Luis Lanchero ni á los demas, que corrían igual fortuna con él: por
lo cual, reconocída la pasion con que se procedía contra ellos, de
que no podían esperar buen suceso, rompieron las prisiones y cárcel
una noche, y acompañados de otros que ya eran odiosos al Miguel
Diez, ganaron la montaña de los Panches, y de ellos bajaron algunos
á la costa, y de allí pasaron á la isla. española á dar sus quejas
en la Audiencía, como fué Lope Montalvo, que con ser caballero tan
modesto, y de quien no hubo sentimiento alguno en los pocos días
que gobernó, anduvo inquieto muchos años sin más causa que la de
haber nacido pariente del Adelantado don Alonso Luis de Lugo.
Por este mismo tiempo llegaron á Santafé noticias de nuevas
conspiraciones de los indios de Vélez, que principiadas por el año
de cuarenta y adormecidas con el castigo que en ellos ejecutó el
Capitan Galeano, y despues Valenzuela en Guane, despertaron segunda
vez al estruendo de los tributos excesivos y mal tratamiento de los
Encomenderos á sus indios, y en la ocasion presente sucedió el caso
en esta forma. Entre los repartimientos de que D. Alonso Luis de
Lugo privó á muchos de los conquistadores que entraron con Quesada,
fueron los comprendidos en la provincia de Guane, y para
encomendarlos de nuevo puso en la ciudad de Vélez por su Teniente á
Alonso Suárez, para que en compañía del Capitan Martin Galeano,
que, los había sujetado y repartido la primera vez, he ejecutase
segun la instruccion que para este efecto le dió. En cuya
conformidad cupo el repartimiento del Capitan Chanchon á Gerónimo
de Aguayo, caballero cordovez, como dijimos, y de los más deseosos
de volver rico á su patria con más priesa que la que había gastado
en llegar al Reino. Estaba Chanchon acostumbrado á que los tributos
que daba de ántes, no excediesen de voluntarios; y Aguayo, no
satisfecho de cantidad alguna, por crecida que fuese, como lo
mostró instando siempre por diferentes Encomiendas que lo
enriqueciesen de golpe, llegó premeditando las violencias de que
habia de usar en el nuevo repartimiento para conseguirlo. Para este
efecto apénas entró en Vélez, cuando valiéndose de Francisco de
Segovia, Pedro de Trujillo y Juan del Valle, mancebos ménos cuerdos
que valientes, los derapachó con órden de que le cobrasen á
Chanchon tan exorbitante cantidad de oro, que manifestasen la gran
confianza que de ellos hacia.
No necesitaban de tanto aprieto los que libraban su mayor
aprovechamiento en cuanto más grandes fuesen los tributos que
sacasen de los indios, y así llegados á verse con Chanchon, lo
importunaron de suerte á que les diese tanto oro, que bastase á
dejarlos contentos, que se resolvió á no permitir las extorsiones
de que se valian y recelaba tener en lo venidero: para ello,
convocada su gente y las armas auxiliares de los Cantones vecinos,
con todo secreto dió al romper del día sobre los tres cobradores,
que aunque fueran ciento no hicieran poco en resistir las tropas
enfurecidas de más de tres mil indios que los cercaban; aunque se
mostraron tan españoles, que de sol á sol sustentaron el combate,
defendiendo, valerosamente sus vidas, en que sobresalió tanto
Francisco de Segovia, que habiendo quedado solo hizo maravillas
tales con la espada, que referían los indios, como lo nota
Castellános, haber muerto más de cien Gandules ántes que rindiese
la vida á los filos de sus macanas.De todo resulté levantar la
sujecion á sus Encomenderos toda la provincia de Guane, amparada de
Chanchon, a quien eligieron por General de sus armas, noticias que
luego llegaron á Vélez por medio de algunos Yanaconas que iban con
los tres cobradores y escaparon del combate; y aunque luego
despachó la ciudad con buen golpe de gente al Capitan Juan de
Rivera, que con valor hizo bien rigorosa la guerra, nada bastó para
sujetar á Chanchon, que, vanaglorioso de haberse resistido á tan
buen Cabo, prosiguió su rebelíon con tantas muertes, incendios y
robos de indios amigos y españoles, hasta el tiempo en que vamos,
que puso todo el Reino en cuidado y á Miguel Diez de Armendariz en
la obligacion de salir al remedio, despachando para ello ochenta
infantes y veinte caballos y por Cabo á Pedro de Ursua, su sobrino,
que como hombre de levantados espíritus no anhelaba á más premio
que al de ganar fama y emplear sus bríos en acciones dignas de su
sangre, á quien, entra otros soldados famosos, acompañaban
Cristóbal de Miranda y Francisco del Hierro.
Víóse por los efectos, pues siendo ésta la primera empresa
militar que tomó á su cargo, partió luego para Vélez, y dejándose
caer con treinta hombres más sobre la provincia de Guane en demanda
de Chanchon, no tuvo mucho que hacer en buscarlo, ántes sí teniendo
la suerte de que le noticiasen de cómo iba el indio á encontrarlo
con lo más florido de su ejército, pudo prevenirse de sitio tan á
propósito para mandar los caballos que apénas se le puso á tiro de
arcabuz la vanguardia del campo contrarío, cuando tacando la
batalla con los caballos, que gobernaba el mismo Ursua, y
siguiéndole su infantería, la trabó tan Ventajosamente, que aunque
los indios, que excedían de cuatro mil, hicieron cuanto pudo caber
en la flaquesa de sus armas, los españoles obraron de suerte que
despues de una hora en que se peleó bíen por la una y otra parte,
con pocos heridos de los nuestros, rompieron infantes y caballos
por los miserables indios, haciendo el estrago que puede imginarse,
y más con los perros de que ya se valían e todas las facciones,
siendo ésta, como dijimos, la primera ocasion en que se halló Pedro
de Ursua acompañado de Francisco Diez de Arles, su pariente
cercano, que le seguía desde Navarra, y en la que dió claras
señales de haber nacido para buen Capitan, como se experimenté
despues. Son fianzas de la opinion los ventajados principios: más
fama ganó el Conde de Fuentes con haberse estrenado, en el asedio
de Cambray que adquirió borbon terminando vida con el saco de Roma.
Á esta batalla se siguieron otras tres ó cuatro que en diferentes
sitios le presentó Chanchon, procurando siempre el desquite de sus
pérdidas, á pesar de la fortuna que se le mostraba contraria, hasta
que cayendo en una emboscada quedó prisionero, y concluida la
guerra de Guanes, Chanchones y Chalalaes con el corte de algunas
cabezas principales, y Ursua cansado de los trasiegos de aquella
provincia, trato de volverse á Santafé, y aunque siente Quesada
haber excedido mucho en el rigor del castigo con que la allanó,
empezó á cobrar tanto crédito de buen caudillo entre los mejores,
que traté el tio vivamente de ocuparlo en conquistas de más
consecuencia, y vuelta la atencion á los negocios que lo habían
llevado al Reino, que no eran pocos ni de corto interes, comenzó á
dar espediente á tres géneros de ellos, bien peligrosos y que lo
tuvieron perplejo muchos dias.
Era el primero disponer que se observasen las nuevas leyes, tan
odiosas para las Indias y que ya estaban publicadas por Ursua, y
fuera mejor no haberlo hecho, pues tácitamente se da licencia á los
súbditos para que pierdan el respeto al que se manda cuando se
intiman leyes y se publican bandos que no se ejecutan. El otro era
residenciar á todos cuantos habían gobernado el Nuevo Reino, desde
Gonzalo Jiménez de Quezada, que fué el primero, hasta Montalvo de
Lugo, que fué el último, en que se hallaban tantos tropiezos
cuantos eran los amigos y enemigos de los residenciados que se
comprendían debajo de ambas parcialidades. Pero el tercero era de
mayor dificultad en la entrada y de no poco riesgo en la salida, y
que por más atenta que caminase la jurisprudencia habia de
encontrar más peligros que seguridades, y era éste oir en justicia
a todos aquellos á quienes el Adelantado Lugo habia quitado los
indios y despojado de las encomiendas que poseian, de los cuales
algunos habian pasado á la Isla Española por el remedio, como
dijimos, y no habiéndolo hallado, habian ocurrido á ármendaríz para
que, puesto en su gobierno, les hiciese volver aquellos
repartimientos que con dispendio de su sangre habian costeado
cuando descubrieron y conquistaron la tierra.
Oponíase a la justificacion de esta súplica el ver que los que
poseian los indios (que todos eran de los Caquecios ó parientes y
criados de Lugo) estaban persuadidos á que les asegurase su
posesion, tal cual fuese, eh no haber jurisdiccion en el Reino para
quitarsela, respecto de que una de las nuevas leyes que se
pregonaron disponia que de ninguna manera se conociese en las
Indias de pleitos de esta clase, y que si alguno se ofreciese,
ocurriesen las partes por la determinacion á estos Reinos, donde el
Consejo resolveria lo que conviniese; aunque como esta lei pareció
siempre dura, se hizo de ella una declaracion, y con el trascurso
del tiempo otras de que al presente se usa en las Reales
Audiencias. De suerte que, asegurados así los Caquecios con aquella
ley que se estaba en su fuerza, parecíales no haber poder bastante
en el Reino que pudiese lanzarlos de los repartimientos que tenían,
de que se originaba notable desabrimiento en los despojados y
mucha compasion en Miguel Diez de Armendariz, que habíéndolo bien
considerado y conocido que no era puesto en razon que así
públicamente se quedasen algunos hombres con las haciendas de
otros, fiados en eh difícil recurso al Consejo; y reparando en que
el despojo se habia hecho ántes que se hiciese la ley, y ésta tenia
su fuerza y debia entenderse para los actos subsecuentes á su
promulgacion y no para los que antecedieron; ademas, que no
determinando esto negocio, se abria puerta para que los que más
pudiesen se entrasen en los repartimientos de los ménos poderosos,
fiados en que, segun aquella ley, no podian ser lanzados de ellos,
se resolvió (á mi entender) valerosamente á conocer de aquellos
despojos, y conoció de ellos volviendo los indios á cuyos eran de
ántes, y que tan injustamente les habian quitado.
Áccion fué ésta que á todos los parciales de Lugo pareció tan
violenta, que se persuadieron á que bastaria ella sola para remover
del puesto al Armendariz; pero no fue tan mal vista como ellos
pensaron, ántes sí muy alabada de algunos buenos Letrados de estos
Reinos, aunque no faltaron de la contraria opinion. Peroo como
quiera que ello fuese, él restituyó á los propios dueños en sus
repartimientos, y la resolucion siempre parecerá loable aunque de
ella se originaron muchos pleitos entre los interesados. Y no por
hallarse Armendariz con el ahogo de los negocios que van
expresados, dejó de trabajar en el ajuste de las residencias que
habia principiado desde la costa, y antes de subir de ella tenía
publicadas en el Nuevo Reino, de las cuales, aunque la de Gonzalo
Jiménez de Quesada pudiera ser muy ruidosa, no lo fué tanto
respecto de que las más culpas que se le pudieran hacer, estaban
ya en esta Corte deducidas en juicio que contra él se habia seguido
por la parte fiscal, y porque el sucesor en el gobierno habla
obrado de suerte que aunque los procedimientos de Quesada hubiesen
sido, como parecía de las informaciones remitidas por Gerónímo
Lebron, dejaran de parecer malos careados con los de Lugo. Pero
conclusas todas y llegadas al Consejo por el año siguiente,
resultó de ellas lo que dijimos al capítulo 7.º del libro 10 con
que pasarémos á referir las empresas en que por este año se ocupaba
el Gobernador de Venezuela.
Sosegada la gente que habia seguido á Carvajal con haberse
hallado á su tragedia, necesitase de castigar á otro y deseosa de
hacer asiento era aquel sitio, por estar en el centro de tan buenos
países, como lo fué mostrando la experiencia, aunque falto de
minerales pidió al Gobernador Tolosa que diese á la Ranchería
título de ciudad, pues tenia facultad para ello y le señalase
vecinos con repartimiento de solares y tierras. Vino en ello el
Gobernador, pareciéndolo que cuanto ménos se conformasen sus
disposiciones con las de los alemanes, tanto más bien miradas
serian en el Consejo y así tomó posesion en nombre del Rey. Y para
que allí mismo se fuesen levantando las fábricas con título de la
ciudad del Tocuyo que no quiso mudarle, repartió solares y tierras,
y algunos pueblos cercanos que estaban medio pacíficos, sin que se
le señalasen término por entónces, por no haber otra ciudad con
quien pudiera partirlos; hizo eleccion de Regidores y Alcaldes,
dándoles jurisdiccion para la administracion de la justicia
ordinaria, y distará esta ciudad ochenta leguas de Coro y ciento y
cincuenta de Santafé, las ciento de tierra llana y de gran
fertilidad, y las cincuenta restantes de paises doblados y
montuosos; pero siendo tantos los españoles y las comodidades tan
pocas, á instancia de algunos mandó que Alonso Pérez de Tolosa, su
hermano, saliese con cien hombres al descubrimiento de las sierras
Nevadas, á cuya falda se pobló poco despues la ciudad de Mérida;
las cuales por su mucha eminencia eran divisadas á mano izquierda
de todos los que pasaban á los Llanos en busca del Dorado. No falta
quien afirme que el fin de esta salida fué á buscar camino para
pasar ganados desde el Tocuyo al Nuevo Reino, arbitrio bien
provechoso para todos y que lo dió Cristóbal Rodríguez, que como
persona que habia entrado con Fedreman, sabia la necesidad que alli
se padecia de este género, y aun fué el primero que por los Llanos
de Venezuela lo introdujo en Santafé: pero fuese por lo uno ó lo
otro, el Alonso Pérez salió del Tocuyo con los cíen hombres,
llevando consigo al Capitan Pedro de Limpias, obligado de los
agasajos del gobernador, y por su Maese de Campo á Diego de Losada,
persona noble y cuyo parecer se habia de seguir en la guerra, por
las muchas experiencias que tenia de ella.
Gastados algunos días en subir el Tocuyo arriba, que dejaron á
mano izquierda, y atravesada la serranía y divisados los extendidos
Llanos, dieron en el rio Guanaguanare que por aquella parte corre
con el nombre de Zazaribacoa, por cuyos márgenes acabaron de bajar
á los Llanos y por ellos siguieron su derrota ,hasta la falda de
las sierras Nevadas, desde donde intentaron los Capitanes atravesar
luego á las provincias de la otra parte de aquellas cumbres, que
con la fama de sus riquezas se hacian buscar; si bien no faltaron
contrarias opiniones á ésta, de los que llevaban puesta la mira en
irse acercando al Nuevo Reino, y descubrir camino ó tránsito más
tratables para introducir ganados por él. Y prevaleciendo el
parecer de éstos, pasó el campo sin detenerse hasta las riberas de
Apure, donde alojaron algunos dias;. era cuyo tiempo, reconociendo
los naturales la poca gente que iba respecto de la que en otras
entradas habían visto pasar, y cuán de propósito tomaban el hacer
asiento en sus tierras, intentaron (lo que jamas habian hecho)
probar sus armas con las forasteras, convocando para ello toda la
tierra, que puesta en razonable órden de guerra, dió una mañana al
romper del dia sobre los nuestros, bien descuidados de semejante
peligro; pero como experimentados, y sin que turbacion alguna los
ocupase, ganaron los caballos, en que consiste el nervio principal
de nuestras fuerzas en las partes que pueden aprovechar á sus
dueños, y con facilidad rompieron las tropas contrarias con muerte
de muchos de ellos, y uno de los nuestros con algunos heridos: de
lo cual quedaron tan acobardados los indios, que no solamente
dejaron de acometerlos más, pero ni aun tuvieron ánimo para darles
grita desde las cumbres de las colinas ó montes, cosa tan usada
entre ellos.
Con poca detencion en Apure para la cura de los heridos partió
Alonso Pérez de Tolosa á proseguir su descubrimiento, metiéndose en
la sierra por el mismo rio arriba, hasta que apretado de la
necesidad de víveres, despachó á buscarlos al Capitan Romero con
cuarenta hombres, que á poco espacio de tierra dieron con una
mediana poblacion, cuyos vecinos estaban ya puestos en arma y
haciendo rostro á los nuestros; por cuya causa, detenidos en la
entrada y necesitados de llegar á las manos para conseguirla,
hubieron de hacerlo hasta retirarlos á sus casas, desde las cuales,
procurando defenderlas, aunque flacas, les dieron tanto en qué
entender, que pudieron sustentar los avances por buen espacio de
tiempo, en que salieron mal heridos el Capitan y otros cuatro
soldados; pero al fin los apretaron de suerte que los prendieron á
casi todos. Robaron y mataron á su antojo, y obraron otras muchas
insolencias de las que se practicaban por aquellos tiempos, y con
la presa de indios, maíz, mantas y raíces, siguiendo el mismo rio,
dieron á pocas leguas en otra razonable aldea de los Toreros,
poblada á su márgen, que tambien se pusieron en defensa de ella,
haciendo ostentacion de sus armas débiles sobre las barrancas
contrarías. Pero en viendo el denuedo con que en su demanda iban
pasando los caballos, desampararon el puesto, dejando la aldea
expuesta al arbitrio de los españoles, de los cuales, no
contentándose los dos de ellos con la parte que les habia cabido
del saco, se salieron del campo á excusas del Cabo, y pensando
hallar en la montaña algunas cosas de las que suelen ocultarse por
los vencidos en semejantes aprietos, cayeron en las manos de los
indios, que tambien estaban de asecho, y quitando luego cruelmente
la vida al uno de ellos en pena de su atrevimiento, hubieran echo o
mismo del otro, si por valiente ó suelto no hubiera escapado y
corrido con el susto hasta ampararse de su campo, donde fué
necesaria toda la intercesion de los demas compañeros para que
Alonso Pérez no le diera garrote, y se contentase con permutarle la
pena en otras equivalentes.
Desde los Toreros, por el mismo rio Apure (que, como dijimos,
nace á espaldas de las sierras Nevadas de Mérida) pasó el campo
hasta llegar á las juntas de otro, que le entra no ménos caudaloso,
y baja del valle de Santiago, donde despues se fundó la villa de
San Cristóbal: y dejando el Apure, y caminando por éste hasta pisar
los umbrales de dicho valle, con la noticia que de su entrada
tenian ya sus naturales, convocándose todos los salieron á recibir
de guerra una jornada del rio abajo, en la angostura que hace entre
dos elevados cerros. Pero apénas divisaron el campo español, cuando
admirados de ver la traza de los forasteros, perros y caballos, se
pasmaron de suerte que ni aun acertaban á moverse de una parte á
otra para huir, hasta que embestidos por los nuestros (hazaña que
pudiera excusarse), muertos unos y heridos otros, hubieron de
hacerlo, dejando sus casas á la disposicion de los nuestros, que
luego saquearon, y de allí pasaron á otro pueblo que estaba á mano
derecha de la entrada del valle, tan ajeno de la brevedad con que
habia de tener sobre sí los forasteros, de quienes ya tenia las
bastantes noticias para no descuidarse, que aunque intentó alguna
defensa, fué tan flaca, que hubo de pasar por la misma fortuna que
los primeros; con que alojados los españoles á su placer aquel dia,
tuvieron al siguiente noticias de que más arriba, en el mismo
valle, había una dilatada poblacion (por el año de cincuenta la
llamaron el pueblo de las Auyamas los que poblaron la villa de San
Cristóbal, por las muchas que había en él), y aquella noche para no
ser sentido, caminó el Capitan Tolosa con su gente hasta dar al
romper del día sobre ella, donde los miserables indios que no
pudieron ganar la montaña, perecieron á manos de la crueldad.
Recogidos los pillajes de esta poblacion, y atravesado un
pequeño rio, que hoy llaman de San Cristóbal, fueron á dar á otra
de la opuesta ribera, fundada en el mismo sitio ó muy cerca de
donde al presente está el celebrado templo ó ermita de N. Señora de
Tariba, consuelo general de todas las provincias confinantes, por
los continuados prodigios que obra en beneficio de los hombres y
reparo de sus miserias. (Esta milagrosa imágen, que es pintada en
lienzo, tendrá média vara de longitud, y cuadrada en proporcion).
Ya los indios de este pueblo, cuando llegaron los españoles, lo
habian desamparado con el temor, retirándose con su corto menaje y
familias á unas casas que tenian hechas para el intento en las
cumbres de unos montes fragosos, á donde tomando el rastro los
nuestros por las guias que llevaban, vencieron la dificultad de la
subida hasta dar con ellos, qué ya puestos en defensa por consejo
de su aprieto, los esperaban animosos y con tanta resolucion, que
librando en ella su defensa, hicieron bien costoso el vencimiento á
los nuestros, pues no fué tan mal reñido este encuentro en la
aspereza de su retiro, que no saliesen de él heridos el Capitan
Tolosa y algunos soldados con seis caballos, que murieron de los
flechazos, y sirvieron de aviso para no poner aquellas naciones
cobardes en manos de la última desesperacion, que suele formar
muralla del polvo más débil.