LIBRO
UNDÉCIMO
Concurren Gasca y Armendariz en Santa Marta.- El Obispo Calatayud
sube á consagrarse á Lima. Muere justiciado el Mariscal Robledo.-
Armendariz procede contra Lanchero-Castiga Ursua la robelion de los
Guanes.- El Capitan Tolosa sale á descubrir las sierras nevadas de
Mérida.- Vuelve de Castilla el Capitan Venégas y pasa al socorro de
Gasca contra Pizarro.- Los Capitanes Pedroso y Cepeda se encuentran
en el valle de Corpus Christi.- Échanse los indios a las minas.-
Tolosa sigue sin fortuna su descubrimiento.- Prosigue Armendariz en
su gobierno y residéncialo el Licenciado Alonso de Zurita.
Conquista Ursua los Chitareros y funda á Pamplona.- Fundanse las
religiones de Santo Domingo y San Francisco en el Reino, y las
ciudades de lbagué y Neiva en los Pantagoros.- Vuelve el Mariscal
Quesada á Santafé.- Descúbrese el Páramo rico.- Fúndanse las
ciudades de la Plata y Mariquita.- Entra Ursua en los Muzo y puebla
á Tudela.- Residencia Briceño á Benalcázar, remítelo preso á
Castilla y muere en Cartagena.- Fúndase Almaguer, la ciudad de Leon
y la Villeta; y Usua rompe á los Taironas en la batalla de los
Pasos de Rodrigo.
CAPITULO I
CONCURREN LOS VISITADORES GASCA Y ARMENDARIZ EN SANTA MARTA. EL
OBISPO CALATAYUD SUBE Á SANTAFÉ Y Á LIMA; Y MUERE JUSTICIADO
ROBLEDO.
NINGUN arte encontró la ambicion con más dificultades para la
práctica que el de gobernar hombres. Este la sido siempre el
escollo en que peligraron las mayores capacidades. De Servio Galba
dijo Tácito que á no haber sido Emperador, todos lo juzgaran capaz
del Imperio: y fué su más política discrecion, pues casi cuantas
veces aclamó el aplauso á muchos sujetos por beneméritos para los
puestos que no tenian, otras tantas los despreció la experiencia
por indignos de los cargos que ya tuvieron. A ningun Rey calificó
más la Francia por digno de su corona que á Henrico tercero ántes
que la heredase, y de ninguno se mostró más descontenta que del
mismo Henrico despues de conseguirla. Fué su hermano el de Alanzon,
tan apetecido para Gobernador de los Paises Bajos, cuando
rebeldes, como lo fué el primer D. Juan de Austria cuando
alterados; y ni á éste perdonó el odio ni al otro el desprecio, con
haber sido tanta la diferencia en regirlos como fué la contrariedad
de los genios. Deben de necesitar, sin duda, los que han de
gobernar hombres, de regular sus acciones por las que aplican para
gobernar brutos, pues aunque de unos á otros sea tanta la
diferencia, lo que resulta de unas y otras acciones parece lo
mismo. Bien podrá ser que se extrañe la similitud entro el arte de
gobernar una República y el de regir un caballo; pero quien
cotejare el ajustamiento que ambas artes requieren, no es posible
la extrañe; pues á la manera que se desacredita el jinete que
llevando en proporcion los miembros restantes, no haya ajustada la
mano ó poniendo todo el desvelo en el ajuste de la vara y la
rienda, se desaira con el descuido de componer otra parte alguna
del cuerpo; asimismo le importará muy poco al que gobierna hombres
el cúmulo de muchas virtudes de las que debe tener sí se falta al
ajustamiento de alguna de las que debe observar. Y si al descuido
de la menor accion que al jinete le previno el arte, lo descompone
un bruto, tambien al reparo de cualquier vicio con que se afea un
Juez, lo desacredita un pueblo. Vivos ejemplares pudieran afianzar
este discurso en el tiempo presente, si no tuviéramos el empeño de
referir en este libro algunos de los pasados. En él hallaremos,
entre varios acaecimientos de invasiones, parcialidades, incendios
y tragedias que produjo la conquista del Nuevo Reino de Granada en
el siglo anterior, la uniformidad con que se malquistó tanto Miguel
Diez de Armendariz por la falta de una virtud que le notaban,
habiendo sido en las detasa ajustado; como se desacreditó su
antecesor D. Alonso Luis de Lugo por su codicia, habiendo sujetado
los demas vicios á que pudieran arrastrarlo el verdor de la edad y
despotiquez del dominio.
Partido, pues, Pedro de Ursua para Santafé, como dijimos en el
libro antecedente, trató Miguel Diez de Armendariz de
desembarazarse de los negocios de Cartagena, más por las instancias
que le hacian desde la corte, que por inclinacion que á ello
tuviese, olvidado de que siendo las visitas de suyo aborrecibles,
tanto ménos lo serán los jueces cuanta más priesa se dieren en
abreviarlas, y al fin no teniendo ya más colores que darlo á su
detencion, y habiendo remitido preso á estos Reinos al Adelantado
D. Pedro de Heredia, dificultades que fácilmente se vencieron, pasó
á Santa Marta á residenciar los ministros de Lugo. En cuyo tiempo,
ó por manifestar aquella soberanía que ocian carácter se imprime en
los Visitadores al tomar tierra en las Indias, o porque en lugares
pequeños tienen por despojo que se les hace el de aquella
veneracion que los vecinos rinden á la dignidad episcopal; ó haya
sido otra causa que los residenciados moviesen para no peligrar en
tanto que las cabezas estuviesen encontradas, pues ninguna expresan
los historiadores, tuvo algunos disgustos con el Obispo Calatayud ó
los habia tenido desde Cartagena, como dicen otros, y fueron tales,
que obligaron á éste á salir de su obispado, y con el pretexto de
irse á consagrar llegó á Santafé á los dos de Mayo, y desde ahí no
paró hasta Quito, donde entró ya por el año de cuarenta y seis y
halló á Gonzalo Pizarro envuelto en aquellas aclamaciones de
restaurador de la libertad que los del Perú le hacian por haber
poco ántes vencido y muerto en batalla al Virey Blasco Núñez Vela,
cuyo lastimoso accidente desquitó el cielo con la victoria que
consiguió el César del Palatino rebelde, y con la muerte de los
Reyes de Francia á Inglaterra, Francisco I y Henrico VIII,
sucedidas el mismo año. Fué, pues, el Obispo Calatayud bien
recibido y acariciado de Pizarro, pareciéndole ser de conveniencia
á sus designios ganar un prelado más que lo apoyase; pero el
Obispo, disimulando aquellos sentimientos que le dictaban sus
obligaciones, viéndose en parte que ya necesitaba de lo que más
aborrecía, hubo de acompañar á Pizarro hasta Lima, donde lo
consagró el Arzobispo D. Gerónimo de Loaysa con tanto aplauso, como
puede imaginarse de la generosidad de Gonzalo Pizarro, que lo
apadrinó en su consagracion.
Aquí los dos prelados debieron, de conferir sobre el riesgo en
que se hallaban á vista de la tiranía con que se gobernaba el Perú;
y habiéndole propuesto á Gonzalo Pizarro con gran suavidad las
peligrosas sendas por donde lo habían guiado los mal contentos de
las nuevas leyes y cuánto peligraria el crédito de la lealtad en
los oídos de su Rey natural cuando llegasen los informes de lo
sucedido envueltos en el rumor de los tumultos y muertes si no
anticipase las disculpas su obediencia para que los méritos suyos y
de sus hermanos le granjeasen el perdon de lo que se hubiese
errado: y habiéndolo inclinado á convenir en toda la propuesta,
como no lo removiesen del gobierno, que fué tema que lo despeñó, y
no otro alguno, por más que Calancha pretenda persuadir que haya
sido lo contrario de lo que fué, en descrédito de autor tan grave
como el Comendador D. Juan Antonio de Vera y Zúñiga, se ofrecieron
el uno y otro á pasar á la corte al ajustamiento de todo: ya fuese
porque atentos á su agasajo y lastimados de su ruina deseasen verlo
restituido á la gracia de su príncipe, ó ya porque en la oferta
(fuese ó no cumplimiento) libraban la salida de aquellos Reinos tan
estragados; pero de cualquier suerte que ello fuese, aceptó Pizarro
deseoso de satisfacer al Consejo y obligado del recelo en que ya lo
tenia puesto la noticia de haber llegado á Portobelo juez que
conociese de las alteraciones del Perú.
Poco tiempo ántes habia tomado puesto en Santa Marta el Juez,
que lo era Licenciado Pedro de la Guaca, acompañado de Íñigo de
Rentería y Andres de Sianca, Oidores nombrados para Lima, y del
Mariscal Alonso de Albarado, y Adelantado Pascual de Andagoya y
otros caballeros; y como estuviese allí el Licenciado Miguel Diez
de Armendariz, y les diese noticia de la rota y muerte del Virey
Blasco Núñez, que fué á los diez y nueve de Enero, y del suceso de
Portobelo, ocupado por Melchor Verdugo, se alteró tanto viendo que
las cosas estaban en peor estado del que se habia presumido, que
casi estuvo resuelto á seguir la derrota de Nueva España, y
encaminado por el mar del Sur, pasar privadamente á tratar con
Gonzalo Pizarro, y aconsejarle se redujese al servicio del Rey. Por
otra parte lo detenia la consideracion de que seria empeño de más
crédito no extrañarse de Panamá, donde seria bien hacer primero
experiencia de la lealtad de las personas y Cabos que allí estaban.
Para lo primero encontraba la dificultad con que se humilla un
Capitan á quien la lisonjeado la fortuna con algunas victorias, y
el desden con que se escucharían los consejos de un hombre de quien
se sabia llevar título de Presidente, y algunos Oidores para
reintegrar la Real Audiencia, materia la más aborrecida en el Perú:
y para lo segundo se hallaba con la duda de que lo recibiesen los
Capitanes de la armada de Pizarro, que estaban en Panamá, y en caso
que no lo hiciesen, el riesgo de que ajasen la autoridad de su
puesto, á que habia de ser consiguiente cerrarle absolutamente el
camino de tratar de medios.
En esta perplejidad, habiendo oído á Miguel Diez y comunicado á
los ministros que le asistían, resolvió ir á Portobelo y ordenar á
Melchor Verdugo suspendiese la leva mandada hacer en Cartagena, y
que se retirase á Nicaragua hasta que le diese nueva órden. Y en
este lance no se le puede negar que mostró el conocimiento grande
que tenía de su nacion, con quien es más poderosa la autoridad
desarmada de su Rey que la prevencion militar, por más pujante que
amenace: principio de que resultaron los aciertos con que se
allanaron las alteraciones del Perú, si bien se hubieran allanado
con más facilidad, á ser ménos la emulacion con que Pedro Fernández
Paniagua trató con Gonzalo Pizarro, su paisano de ajustes, á que lo
despachó Pedro de Guaca, desde Panamá, como se reconoce del informe
que hizo de resulta, y he visto original en esta Corte. Y habiendo
comunicado otras algunas materias con Armendariz, y héchole saber
la órden que llevaba para que no residenciase al Adelantado
Benalcázar, lo dijo no tratase de ello, porque no convenia desabrir
á un Cabo tan práctico y poderoso en las Indias, y que tan leal se
había mostrado siempre por la parte del Rey, favoreciendo á su
Lugarteniente, Blasco Núñez Vela, hasta el último trance. Y
concluidas estas cosas partió para Portobelo, y de allí á Panamá
donde en el interin que tomaba asiento con los Capitanes de la
armada del Sur, y disponía su tránsito á Lima, llegaron el
Arzobispo Loaysa y el Obispo Calatayud, favorecidos por Gonzalo
Pizarro con dineros y embarcacion, por haber aceptado la oferta de
que pasarian á estos Reinos á informar al Emperador de que
convendria continuarlo en el gobierno del Perú, y desvanecer las
sospechas que se tenian de su fidelidad; pero recibidos de Gasca, á
quien ya obedecia la armada, les aconsejó volviesen á residir en
sus iglesias, y se apartasen de aquellas negociaciones tan ajenas
de su dignidad: con que Loaysa hubo de seguir al Presidente, y
Calatayud pasó á Santa Marta, donde estando prevenido para subir
otra vez á Santafé, murió. Era natural de la ciudad de Calatayud,
en el Reino de Aragon, y en su tiempo de los más aplaudidos
predicadores de esta Corte, algo dado á divertimientos y regocijos,
que llaman lícitos, si es que para un Obispo los haya. Nótale el
Adelantado Quesada de muy tibio defensor de los indios, y que
mostraba dársele muy poco de que fuesen ó no relevados del servicio
personal: feo lunar para Pastores de la Iglesia, y tan feo, que
algunos por no tenerlo han pasado primero por el cuchillo del
veneno y de la calumnia. Gastó generosamente sus rentas, como
quien nació para Príncipe, y en su plática y condicion dió muestras
de muy virtuoso; y aunque su llegada á Panamá y muerte en Santa
Marta fué por el año de cuarenta y nueve, la parecido ponerla aquí,
por no entretejerla en los acaecimientos futuros.
Con los despachos que el Mariscal Robledo sacó de Miguel Diez de
Armendariz para gobernar las villas de Anserma, Cartago y
Antioquia, salió de la ciudad de Cartagena con alguna gente de
guerra, llevando en su compañía á doña María de Carvajal, su mujer,
y demas familia, que por marchar á la lijera, y con fin de
conducirla por el mar del Sur, la dejó en San Sebastian de
Buenavista, y caminando aceleradamente arribó á la ciudad de
Antioquia, con tal disposicion que prendió al Bachiller Madroñero,
que la gobernaba por Benalcázar, y habiéndolo remitido con guardas
á Cartagena, tomó la vuelta de Arma con sesenta hombres, entre
quienes iban Hernan Gutiérrez Altamirano, Alférez mayor del campo,
el Comendador Fernan Rodríguez de Sousa y otros poco afectos á
Benalcázar, y que no perdian ocasion de malquistarlo con Robledo,
deseosos de lanzarlo de toda la gobernacion en caso, como ellos
decian, que se necesitase de las armas, sí no quisiese obedecer los
despachos de Armendariz: de que no disentia mucho Robledo,
arrebatado de aquel espíritu, que lo inclinaba á mandar sin
reconocimiento á cabeza superior. Llegado, pues, con esta
determinacion á la villa de Arma, y presentado su nombramiento, que
no quiso admitir el Cabildo, por decir no conocia por Juez á Miguel
Diez, respecto de no haber presentado cédula del Emperador en que
se lo expresase facultad para privar á su legítimo Gobernador, que
lo era Benalcázar, y que por más diligencias que interpuso, ninguna
bastó para tener de su parte mas de un Alcalde y un Regidor, se
resolvió á proceder con violencia, y usando de ella le quebró la
vara al Teniente Sória, y poniéndolo con los demas Regidores en
ásperas prisiones, hizo tomar los caminos para que no diesen aviso
á Benalcázar, que no pudo conseguir por haber escapado Sebastian de
Ayala, y pasado á Cali con las noticias, miéntras Robledo,
reforzado de más gente que quiso seguirlo, pasó á Cartago con la
misma resolucion de hacerse obedecer de grado o por fuerza.
Luego que el Adelantado Benalcázar tuvo el informe de todo lo
que va referido, especialmente de que Robledo sin despachos
legítimos entraba por su gobernacion quebrando varas y aprisionando
los Regimientos, envió á llamar á Francisco Hernández Giron, á
quien había hecho su Teniente general á pedimento de Gonzalo
Pizarro, y lo tenia ocupado en la pacificacion de algunos Indios
alterados, y para noticiarse de lo demas que iba obrando Robledo,
despachó á Santa Ana de Anserma á los Capitanes Maldonado y Miguel
Muñoz, con fin de resolver lo que debía ejecutar con más atenta
consideracion y consulta de sus parciales. Por otra parte, el
Mariscal Robledo, presos los Regidores y asegurada la Villa de Arma
á cargo del Capitan Alvaro de Mendoza, salió para Cartago á punto
de guerra; y entrado en ella, aunque agasajado de los vecinos y de
Pedro López Patiño, Teniente de Benalcázar, no fué admitido al
gobierno como pretendía, aunque presenté en Cabildo sus despachos,
por no constar de ellos la facultad que Miguel Diez se apropiaba
para subrogar el gobierno de aquellas provincias en otro; si bien
no pudieron excusar el recibirlo por fuerza, con reserva del
derecho de su Gobernador Benalcázar: ejemplo que así mismo siguió
la Villa de Anserma, á donde pasó luego con pretension de remitir
desde allí, como lo hizo, al Capitan Gómez Hernandez, á Pedro de
Velasco y al Bachiller Diego López con los despachos y una carta de
Armendariz, para que requiriesen al Adelantado no saliese de Cali
hasta que llegase á residenciarlo. Pero como éstos se encontrasen
con Muñoz y Maldonado, que iban á Anserma á tomar noticias de lo
que fuese obrando Robledo, volvieron prestamente con la de haber
ocupado la Villa; y llegando despues los otros en seguimiento suyo,
hallaron al Adelantado tan sentido de lo que se había obrado en las
Villas de su gobierno, que desahogó su cólera afeando ásperamente
lo mal que se habia portado Gómez Hernández, aunque él se
disculpaba con la falta de prevencion que tuvo para resistir á
quien entraba de guerra, y con la oferta de prender al Mariscal si
le daba treinta arcabuceros para el efecto.
Con estos malo principios se fué descubriendo mucha neutralidad
entre los vecinos de aquellas provincias, siempre atentos á seguir
la parte que quedase superior; y discurriendo Robledo por la
detencion de Gómez Hernández, que el Adelantado iba contra él,
estuvo determinado á representar á Armendariz su riesgo y enviar á
pedirle entrase luego en la gobernacion, y á retirarse á la Villa
de Antioquia en el interin que llegase y se tuviesen noticias del
extremo á que llegaban las alteraciones del Perú, de cuya resulta
podia esperar se mejorase su partido. Pero como ningun defecto lo
dominaba tanto como su inconstancia, se resolvió á labrar picas y
otras muchas armas de que poderse valor en ocasion del aprieto que
tenia vecino: con ménos picas y más razon pudiera asegurarse más y
temer ménos. Por otra parte, más reportado Benalcázar, licenció
dentro de pocos dias á Gómez Hernández, y sin mostrar nueva señal
de disgusto, mandó le dijese al Mariscal se saliese luego de su
gobernacion ó se persuadiese á que de no hacerlo así, mal podría
excusarse á la defensa de su derecho. Por esta causa el Mariscal
procuró luego portarse con más prevencion que de ántes, á que
ayudaba mucho la diligencia que interponia su gente, para que fuese
á encontrarse con el Adelantado, á quien para el mismo efecto
encendían en ira los suyos, puesta la mira solamente en los
intereses de venganza y conveniencia que serian consiguientes, y
son los que más facilitan el despeño de los superiores, pues á no
ser así, quizá hubiera tomado menos sangrienta resolucion el
Adelantado, cuando pudo templada con una victoria.
Salió, pues, de Cali en demanda del Mariscal, y éste, receloso
del riesgo que le amenazaba, abrió las Arcas Reales á pesar de las
contradicciones de uno de los Oficiales que por no consentir en
ello se le ausentó, y sacando tres mil castellanos que en ellas
había, ordeno que el bagaje, escoltado de algunos de los suyos,
pasase á la Villa de Arma, donde lo esperasen, miéntras él pasaba á
Cartago á observar los movimientos del Adelantado, para que, en
caso que fuesen contra él, pudiese retirarse á Antioquia y porque
en todos tiempos pretendia dar á entender que por su parto se
excusaria cualquier rompimiento, despachó desde Anserma á D. Diego
Gutiérrez de los Rios, caballero cordovés, y desde Cartago al
Tesorero Sebastian de Magaña, para que cada civil protestase al
Adelantado los daños y perjuicios que, de pasar adelante y no
obedecer al Juez de Sus Majestad, se le siguiesen á su Real
servicio. A que su Adelantado, correspondiendo con iguales
protestas, le requirió segunda vez restituyese á las Arcas Reales
el oro de que violentamente las tenía despojadas golpe que,
despertando á Robledo de los errores que lo tenian adormecido, le
obligó á despachar nuevamente á Pedro de Velasco y Sebastian de
Ayala, con poderes para que lo conviniesen con el Adelantado, á
quien ofreciesen para el ajuste que sus hijos casasen con hermana y
sobrina de doña María de Carvajal, su mujer.
Tan léjos estaba el Adelantado de admitir semejante convenio,
que á largas jornadas marchaba en demanda del Mariscal, y
encontrándose primero con Patiño, que le dio noticia de la tirada
que había hecho á la Villa de Arma, y despues con Ayala y Velasco,
que le propusieron los medios de llegar á concierto, les dió una
carta en respuesta y con palabras generales y blandas, de que
deseaba la concordia, los despachó al Mariscal, á quien persuadian
unos se retirase luego á la Villa de Antioquia y no fiase de la
carta simulada de Benalcázar, en que no hallaria tantos renglones
como cautelas; y otros con Ayala y Velasco se oponian á esto
sentir, asegurando por sana la intencion de Benalcázar, en cuyas
palabras y trato habían descubierto señales manifiestas de ánimo
agradecido de que resultaba hallarse Robledo como siempre,
irresoluto en lo que debía elegir. Y aunque refiriendo este lance,
dice Herrera haber sido ésto efecto d la embajada, y que el
Adelantado salió á encontrarse con el Mariscal llevando poco más de
sesenta hombres infantes y caballos, que, a mi entender, es lo que
pudo adquirir de la relacion hecha por el mismo Adelantado, á quien
se muestra tan afecto, como contrario á Robledo; con todo, me la
parecido poner aquí las mismas palabras con que el Adelantado
Quesada refiere el mismo suceso, mirado de más cerca, para que el
lector haga el juicio que le pareciere, y son como siguen. El
Benalcázar, visto que el otro le entraba en los pueblos de su
gobernacion y que ponía las justicias de su mano, y que el poder
que traía de Miguel Diez era contra lo que había proveido el
Consejo, hizo gente de guerra para ir en su busca, y tuvo harta en
que poder escoger, porque acababa entónces de darse la batalla
entre Pizarro y el Virey Blasco Núñez, donde éste fue muerto,
cincuenta y con gente de esta traza, avezada ya de años atras á la
tiranía, tomó ciento y cincuenta hombres de ellos y vino en demanda
Jorge Robledo, el cual tenia tambien su cierta de guerra, y
trataron ántes ciertos medios entre él y el otro, y se concluyeron
al fin y asentada la paz, &c.
De aquí se reconoce la diferencia con que estos dos
historiadores refieren el suceso, discordando, no solamente en el
número doblado de gente que llevaba el Adelantado, sino en la forma
del ajuste que tuvieron, pues no parece lo mismo haber asentado
paces por terceros de tanta calidad como refiere Quesada, á haber
parado el ajuste en palabras generales, como dice Herrera; pero de
cualquier suerte que ello fuese, el Mariscal se inclinó á lo que le
aconsejaban Ayala y Velasco, ya fuese sobre esperanzas de ajuste,
ya sobre la seguridad del que estaba hecho, y despachó á los
Capitanes Alvaro de Mendoza y Ruy Vanégas a que lo ratificasen de
nuevo ó descubriesen si habia doblés en el trato, para lo cual
había de acompañarlos su Maese de campo, el Comendador Sousa, con
resolucion de que no volviendo dentro de doce días, tomaria otra,
la que más bien le estuviese, y él se pasó con la gente que le
quedaba á la Loma de Pozo, sitio áspero y fuerte, como dijimos,
donde podía esperar al Adelantado, fuese de paz ó de guerra. Los
enviados, á pocas jornadas, descubrieron desde una colina el campo
contrario, que, puesto en órden, iba marchando la vuelta de
Carrapa, de que sospecharon mal, y hubiéranse vuelto, si por otras
consideraciones de duelo no se hallaran precisados á pasar
adelante, hasta encontrarse con Benalcázar, que hallaron alojado
ya, y los mandó desarmar luego que entraron en su tienda, y
burlando mucho del negocio á que iban, los cargó de prisiones y
puso en guarda á cargo del Capitan Bazan; en cuyo intermedio,
viendo el Mariscal pasado el término de los doce dias, salió con
sus caballos á reconocer la campaña, diligencia que sí hubiera
repetido le importara la vida; pero no hallando rastro de lo que
recelaba, se recogió tan confiado á la Lema, que se olvidó de la
primera obligacion que corre á los buenos caudillos.
Por otra parte, el Adelantado, teniendo presos á los mejores
Cabos del Mariscal, comunicó el negocio con su Maese de campo, y de
un parecer acordaron marchar todo el primer día de Octubre y al
romper la luz del siguiente dar sobre el campo contrario, para cuyo
efecto, habiendo caminado hasta Carrapa, salieron de allí al
ponerse el sol, y llegados de noche al río de Pozo y puestos en
órden, vencieron á le lumbre de las cuerdas la dificultad de
repechar la cuesta, en cuyas estrecheces ásperas sobraban veinte
hombres para rechazar á doscientos; y si la variedad de Robledo no
hubiera dispuesto su mala fortuna con su confianza ó descuido, pues
en peligro tan cercano no libraba los avisos ni su seguridad en más
centinelas que las guardas ordinarias, hubiera á poca costa
excusado un lastimoso ejemplo á las edades futuras. Pero las
vigías, ofuscadas con la densidad de una niebla que trabó al
amanecer su desgracia, no descubrieron al Adelantado ni á su gente,
hasta que á tiro de arcabuz la sintió Vezga, que á voces dijo: Ah!
Señor Mariscal, levántese que ya el Adelantado está sobre nosotros.
El entónces, dejando apresuradamente el lecho, vestida una cota y
blandiendo una pica, exhortaba á los suyos á que lo siguiesen; pero
pensando ellos, como era verdad, que los enemigos eran muchos, y
viendo el Mariscal que solamente se hallaba con Medina y
Altamirano, que animosos lo incitaban á que cerrase con los
contrarios, ni los suyos se movieron, ni al Mariscal, cercado de
tantas armas de fuego, le pareció tiempo de hacer otra accion que
la de abatir la pica y caminar en demanda del Adelantado, que
recibiéndolo con buenas palabras lo hizo desarmar y prender con
Juan Ruiz de Noroña, Giraldo Gil, Antonio Pimentel Estropiñan y
otros, y ejecutado esto así y puestos en libertad los Regidores de
Arma, publicó bando para que se desarmase toda la gente de Robledo,
como se ejecutó.
El cronista Herrera en el capítulo diez i siete, que cité
arriba, refiere que en un baúl del Mariscal se hallaron cartas
ruara Armendariz en que decía que Benalcázar y cuantos lo seguían
eran traidores, amigos de Pizarro y otras palabras de ultraje, cosa
que no solamente á la verdad sino á la verosimilitud disuena mucho;
porque si no habia quien ignorase que por desafecto á los Pizarras
se había ido retirando Benalcázar desde Quito hasta el Nuevo Reino,
y que aun no tenía bien cerradas las heridas que habia recibido en
la batalla de Añaquito contra Gonzalo Pizarro ¿cómo había de
aventurarse á persuadir á Armendariz lo contrarío de lo mismo que
le era notorio? Lo cierto fué que, caído en la desventura de
prisionero, no fué mucho caer en la de que por todos caminos lo
pretendiesen hacer culpado. Apénas el Marques de Siete Iglesias se
encartó en la categoría de los infelices, cayendo en la estrechez
de una prision, cuando sobre un pequeño delito le acumularon
atrocidades de primera magnitud. Semejantes voces son las que
derrama siempre la pasion, hasta que á beneficios del tiempo las
apura el desengaño en los crisoles de la verdad. Aprisionado, pues,
el Mariscal, llamó á Consejo Benalcázar á sus Cabos sobre la
resolucion que debía tomar: unos dijeron que se contentase con
haberlo preso y deshecho su gente, pues los excesos de que lo
acusaban recaían directamente sobre los desaciertos de Armendariz,
y que bastaría lanzarlo de la gobernacion para que sintiese sobrado
el castigo; pero otros, con Francisco Hernández Giron, que á
ninguna cosa se inclinaba más que á derramar sangre, le instaban en
que le cortase la cabeza. Si no lo haceis, decían, apercibíos para
una guerra en que será gran dicha poderla sustentar algun tiempo
con esperanzas de no perecer en ella; porque Armendariz, empeñado
en mantener su hechura, la de intentarlo con descrédito vuestro, y
es mucha sombra la de un Visitador Real para que á ella se acojan
no solamente los parciales de Robledo, que son muchos, sino tambien
los neutrales y envidiosos de vuestra fama, que son más.
Inclinóse á este sentir el Adelantado, y no lo hiciera á saber
que es propia valentía de héroes, cuando sobra el valor, faltar á
la venganza, pues no es bizarría de Animo invencible castigar
propios agravios; pero al fin inclinóse al peor consejo, y habiendo
prevenido anticipadamente al Mariscal para la muerte que le
esperaba, dispuso éste su testamento, y arrepentido de sus culpas
las confesó como buen católico: luego, retirada su gente y puesta
en órden la de Benalcázar, le fué dado garrote á los cinco de
Octubre, y déspues sacado su cuerpo con pregon que publicaba las
culpas de alborotador del Reino, usurpador opresor de la. Real
justicia, fué puesto sobre un repostero, donde le fué cortada la
cabeza. Este fué el términó á que por las sendas de la ambicion
condujeron á este caballero los espíritu de gobernar independiente.
Murió en la misma loma en que pocos años ántes, herido de dos
lanzadas, obró maravillas, y en la misma provincia en que
arrebatado de la colera, y no de la razon, castigó á sus naturales
con demasía, para que se viese que hay sitios fatales para dichosos
por at1tipatía irracional de su terreno, y que no hay crueldad, por
única que haya sido, que no publique el escarmiento á vista de los
que extrañaron el desafuero. Ninguno de los héroes de aquel siglo
procedió con ménos codicia de oro en las conquistas. Ninguno se le
aventajó en valor para los descubrimientos. Cumplía firme las paces
que una vez asentaba. Templóse casi siempre en derramar sangre en
los encuentros, y á no intervenir la. imprudencia de Armendariz,
hubieran llegado sus hazañas á merecer fin más dichoso. Fué casado
con doña María de Carvajal, que con la primera noticia de su muerte
pasó luego á Santafé á que la amparase Armendariz, donde casó
segunda vez con el Tesorero Pedro Briceño, y la tercera con el
Oídor Francisco Briceño, que pasó á Presidente de Guatemala.
Concluida la tragedia del Mariscal Robledo, pasaron por la misma el
Comendador Fernan Rodríguez de Sousa, Baltasar de Ledesma y Juan
Márquez de Sanabria, vecino de Quito, á quien despues declaró el
Licenciado Gases por cómplice en el delito que imputaban á Gonzalo
Pizarro.