CAPITULO VII
ARMENDARIZ NOMBRA POR SU TENIENTE Á PEDRO DE URSUA EN EL REINO Y Á
ROBLEDO EN ANTIOQUIA.-ENTRAN EN LA CORTE LUGO Y QUESADA. BENALCÁZAR
MUEVE GUERRA A LOS PICARAS, Y LLAMADO DEL VIREY VA EN SU
SOCORRO.
DESVANECIDA así la pretension de Lope Montalvo, y terminada la
desgracia de los dos hermanos Quesadas en el Cabo de la Vela,
prosiguieron su viaje á Cartagena las demas personas del Reino,
como fueron Gonzalo Suárez, Briceño, Zárate y otros, donde hallaron
á Miguel Diez de Armendariz con tan pocas señales de abreviar su
partida, que les fué de notable disgusto, y á él de no poco
descrédito en Castilla. Instábanle apretadamente por el remedio de
sus miserias, que consistia en subir luego al Reino á usar de sus
comisiones, y atender al desagravio que Domingo de Aguirre habia
pedido en el Consejo. Y aunque procuraba entretenerlos con buenas
esperanzas para dar tiempo á sus resoluciones, fué tanto el aprieto
de los interesados, que le obligó á desengañarlos de que no podia
salir en muchos dias de Cartagena. Con esta repulsa eligieron otro
medio, y fué pedirle que, pues no tenia lugar la súplica que le
habian hecho, nombrase por su Teniente general en Santafé á Pedro
de Ursua, caballero Navarro y sobrino suyo, para que á su sombra
pudiesen ellos y otros muchos que vivian desterrados, volver á sus
casas y asegurarse de Lope Montalvo y los demas Caquecios que
gobernaban la tierra, y como parciales de Lugo, era consiguiente
que se les mostrasen contrarios. Rehusábalo al principio
Armendariz, pareciéndole que la poca edad y experiencia del sobrino
eran de mucho inconveniente para el manejo de negocios tan arduos;
pero obligóle de suerte con sus instancias Gonzalo Suárez, que les
concedió lo que pedían, en que cometió un yerro notable, pues no
podia tomar posesion del gobierno sin haberse presentado ántes en
él: y aunque así lo conocieron todos, no por esto lo despreciaron,
viendo cuán despacio caminaba lo de Cartagena, y que Pedro de Ursua
habia de ser recibido en el Reino por el odio general con que se
miraban las dependencias de Lugo, y porque los Cabildos de las
ciudades se darian por satisfechos con cualquiera sombra en que
apoyasen esta resolucion.
Persuadidos, pues, á que todo habia de suceder como lo
discurrian, recibidos los despachos, partieron para el Reino,
dejando en Cartagena á Armendariz, que, por darle compañero al
primer yerro (aunque la eleccion fué acortada, porque el Ursua
salió uno de los mejores Capitanes y ministros que ha tenido el Rey
en las Indias), dispuso tambien que el Mariscal Jorge Robledo
pasase á Cartago por Gobernador de todo aquello que habia poblado,
nombrándole Oficiales de la Real hacienda, que vino á ser todo
cuanto podia obrar en favor de Robledo, despues de tomarle
residencia conforme á las instrucciones que tenia del Consejo. Y
aunque parece haberlo hecho por librarse de los aprietos que le
hacia el Mariscal, y en atencion á los gastos que se le recrecían
con la mucha gente que llevaba, y por la obligacion de haber de
tratar con toda decencia á su mujer, como hija que era de Juan de
Carvajal, caballero principal de Ubeda y señor de la casa de Jodar
con todo esto ningun color bastó para que pareciese bien al
Consejo, y solo sirvió de que se lo apresurase al Mariscal la
muerte y al dicho Visitador su descrédito.
Casi por los mismos tiempos que Ursua y Robledo salían de
Cartagena, llegaron á la Corte el Adelantado Lugo y Gonzalo Jiménez
de Quesada: éste de las peregrinaciones que hizo por la Francia, en
que disipó más de sesenta mil pesos; y aquél de su gobierno de
Santa Marta, en que adquirió más de cuatrocientos mil: y como en
las Cortes se repara todo, por más que algunos ponderen que nada se
sabe, no dejaba de notarse con lástima el grande fausto que Lugo
ostentaba con las riquezas mal adquiridas en el Reino y la miseria
en que se hallaba Quesada, siendo quien lo habia conquistado con
tantos afanes. Pero son juegos de fortuna en que no se extraña
correr trocadas las suertes, y la de Quesada le habia salido tan
mala en Castilla, que al paso que tenia méritos se le dificultaban
los premios; y así dejada la pretension del gobierno que lo habia
sacado de Indias, trató de la gratificacion de sus servicios: punto
más arduo que los demas, porque, como los Príncipes gustan de que
todos dependan de su liberalidad, derraman con repugnancia sus
beneficios en aquellos que piden como acreedores, y así, luego cesó
la demanda al ruido de cierta acusacion que le puso el Fiscal
(fundada en el proceso que contra él hizo Gerónimo Lebron y habia
remitido al Consejo), en que lo acusaba de algunos excesos
cometidos al tiempo que se hizo el descubrimiento, y de la injusta
muerte que dió con tormentos al último Zipa de Bogotá, delito de
grande escándalo para el Consejo pues aunque pareció haberse hecho
la causa por un hombre apasionado, sin embargo corté por entónces
los pasos á la pretension de Quesada, hasta que llegase la
residencia de Armendariz, de quien se esperaba más cierta
averiguacion de aquellos cargos, y por lo mismo se dilataba tomar
expediente en los aprietos que hacía Lugo para que se le enterase
el dozavo de los quintos Reales que se le debía de todo lo
adquirido en la conquista, segun y como se habia capitulado con D.
Pedro, su padre. Mas, llegada que fué la residencia, tomaron
diferente color los negocios, pues aunque resultó culpado Quesada
en la muerte del Zipa, como los demas cargos eran de poca
sustancia, solamente pareció al Consejo condenarlo en mil ducados,
en destierro de las Indias por un año, y en suspension de los
cargos de Juez y Capitan por otros cinco: pena bien moderada en el
sentir de todos; pero hacia tal contrapeso la atencion que se debia
tener á sus servicios, que no solamente se halló obligado el
Consejo á proceder con esta templanza, mas tambien á alzarle
despues la suspension de los cinco años.
De esta benignidad se hallaba muy desconfiado Lugo en su
residencia, pues ademas que le resultaban cargos gravísimos en la
secreta, en lo público fueron tantas las demandas que le pusieron
de haciendas que habia quitado, que no fueron bastantes los brazos
que lo defendian para que no saliese condenado en las más de ellas;
si bien en otras se compuso con las partes, y especialmente con la
de Gonzalo Suárez, que abrazó por medio ménos costoso el de una
composicion moderada que el de una buena sentencia. Con estos
cargos, pues, que se vieron en juicio abierto, se atrasó tanto Lugo
en el crédito, que despechado del ceño que siempre hallaba en los
Jueces, no quiso ó no pudo disponer que se viese su residencia,
como pensaron algunos; pero lo cierto fué, porque hallándose
apretado el Fiscal con el derecho que tenia el Adelantado al dozavo
de los quintos, alegó que ántes de resolver en esto punto se viese
si por la residencia general lo resultaban algunos cargos tan
graves que por ellos perdiese cualesquiera mercedes que por la
capitalacion se le hubiesen concedido á su padre; y como este golpe
era el más sensible para Lugo, y de quien temía algun daño notable,
tuvo por sano acuerdo no tratar más de su residencia ni de la
pretension del dozavo, y vueltas las espaldas á empleos militares
de Indias, no le faltaron otros muy dignos de quien era, pues
aunque habia muerto ya el Secretario Cobos, alcanzó con poca
diligencia que el Emperador le nombrase Coronel de tres mil
infantes, con que por el año de cincuenta y tres pasó á servir á
Córcega, en tiempo que la infestaban turcos y franceses; de donde
poco despues fué con el mismo cargo á Nápoles, y sirvió el año de
cincuenta y cinco en la guerra de Sena, que hacía el Marqués de
Meriñano, en que dió sobradas muestras de su valor; y para
continuarlas, acabada la guerra i dejada la gente en Italia, pasó á
Flandes en demanda del Emperador, donde murió en lo mejor de su
edad y cuando ya el cúmulo de sus méritos le aseguraba grandes
fortunas. Compitiéronse en él la bizarría del cuerpo con la
valentía del ingenio y la grandeza del ánimo. La suavidad y
discrecion de sus palabras fueron gran parte para que muchas veces
no pereciesen tiránicas sus acciones.
Atropelló todos lo vicios con entereza, ménos la codicia, en que
no supo corregirse magnánimo. Fué hijo de D. Pedro Fernández de
Lugo y nieto de Alonso de Lugo, el que en tiempo de los Reyes
católicos conquistó las islas de Palma y Tenerife, por donde
mereció el título de Adelantado de Canaria para sí y sus sucesores.
Casó, conforme á su sangre, como dijimos, con Deña Beatriz de
Noroña, más como le faltó descendencia, pasó el Adelantamiento á
los Príncipes de Asculi, en cuya casa estuvo hasta el año de mil
seiscientos y cincuenta y nueve, en que habiendo muerto D. Antonio
de Leiva en Santander, de vuelta de Indias, quedó sin competencia
en el Marqués de Fuéntes, rama ilustre de la casa de Medina
Sidonia, que al presente lo goza.
Al tiempo que Lugo llegó á la Corte (porque volvamos al hilo de
nuestra historia) se hallaban en calma los del Nuevo Reino,
esperando la resolucion primera que tomaba Armendariz en Cartagena,
y Pedro de Ursua proseguia su viaje sin aquellos contrastes que
encontraron los primeros descubridores, porque el curso de la
guerra tenia consumido mucha parte de los indios del rio grande,
hasta que vencida su corriente y la aspereza de las sierras de
Opon, llegó á la ciudad de Vélez con los que le seguían, donde se
presento con los poderes del tío; y habiéndolo recibido sin
contradicion el Teniente Gerónimo de, Aguayo y demas Capitulares,
pasó tan apresuradamente, que ántes de llegar la noticia de que
hubiese aportado á Vélez, ya estaba en la plaza de la ciudad de
Tunja, donde siendo tan conocida la comitiva que llevaba, y
sabiendo los vecinos quién era y el cargo en que iba nombrado, se
juntaron luego á Cabildo y con el mismo rendimiento que se
experimenté en Vélez, fué admitido al uso y administracion de su
oficio; con que deteniéndose en Tunja dos dias solamente, y
acompañado de los mismos que subieron con él de la Costa y de otros
nobles, partió luego para Santafé, donde, como en cabeza del Reino,
tenia Lope Montalvo su asistencia y trataba vivamente de volver
otra vez al descubrimiento del Dorado. Todo lo cual supo Ursua por
noticia que le dió el Capitan Pedroso, á quien encontró en el
camino con Pedro Vásquez de Loaysa, cuñado de Gonzalo Suárez, que
iba en la tropa; y como en la detencion de Lope Montalvo tenian sus
émulos librado el despique de verlo residenciado, y Ursua la
conveniencia de que le quedase libre aquella conquista, á que se
inclinaba mucho desde que tuvo las primeras noticias en Cartagena,
ordenó á Pedroso que adelantándose de la tropa partiese á Santafé y
averiguase si era cierta la noticia que le daba, de que Lope
Montalvo iba á verse con Cabrera en las Lomas de la Yuca, para
asentar compañía en la jornada, y siendo cierto lo detuviese.
Con este órden partió Pedroso, y habiendo llegado dos dias ántes
que Ursua, aunque sospecharon algunos que seria negocio grave el
que lo volvia, ninguno alcanzó cuál fuese, porque él no lo dijo, y
Montalvo excusó la ocasion de que se descubriese; ántes lo hospedó
en su casa, porque en fe de amigo suyo el Pedroso se le entró por
sus puertas, pareciéndole seria mejor traza para cumplir su
comision con prudencia, sino es que fuese por no faltar al estilo
de halagar con la voz el que más sangrienta dispone la herida con
el ánimo. Pero llegado el dia de la Ascension de Cristo Señor
Nuestro entré Ursua en la ciudad, y como la gente que lo seguía,
asi de Vélez como de Tunja, era mucha y él entrase por la calle
principal á tiempo que estaban en la plaza mayor los Capitanes
Lanchero y Gonzalo García Zorro, fué tanto el alboroto que les
causó la novedad, que concurrieron todos á saber quiénes eran á las
gradas de la iglesia, donde desmontaron para orar en ella: si bien
como entre los de la tropa conociese Lanchero á Gonzalo Suárez y á
Domingo de Aguirre, luego dió en la que podia ser, y
comunicándoselo al Capitan Zorro, esperó á la puerta, dudando
solamente que aquel mancebo tan señalado entre todos fuese elegido
para Juez de negocios tan graves; mas, desengañose presto, porque
habiendo sido la oracion más breve que devota, volvió á salir
Ursua, y en llegando á le parte donde estaban los Alcaldes, que lo
eran dichos Capitanes Zorro y Lanchero, dijo: Cuál de v. mds. es el
señor Capitan Luis Lanchero? A que respondió él: Así me llamo, si
manda y. md. en qué le sirva. Entónces Ursua, que iba determinado á
quitar aquel tropiezo ántes de representar su título, se lo llegó
disimuladamente y le quitó la vara de la mano, con tal modo, que
ninguno sospechó fuese con malicia, hasta que, reparando Lancher
en la accion, dijo : Caballero, por quién ó con que autoridad me
quitais la vara? á que replicó Ursua: Con la que vereís despues,
señor Lanchero; y montando á caballo con los demas, se encaminó á
las casas de Cabildo para que lo recibiesen.
El motivo que tuvo Uraua para ejecutar una accion tan
arriesgada, y de que pudieran resultar muchos inconvenientes, fué
el informe que repetidamente le hacian los parciales de Quesada, de
cómo Lanchero era de los Caquecios, y principal caudillo que
mantenia la faccion de los Lugos, siendo hombre de tanto valor y
constancia en defender á los suyos que ningun peligro lo apartaria
de aquel empeño, y así convendria disponer anticipadamente que no
se hallase en Cabildo á tiempo que se presentasen las comisiones de
Armendariz: y aunque era así que la intimidad que tenia con Lope
Montalvo era grande, y que habia dado siempre muestras de valor en
las guerras que emprendía, y de constancia en la amistades que
profesaba, con todo eso pareció el informe apasionado, y á Ursua no
le granjeó crédito de Juez independiente, porque Lanchero en
materias del servicio del Rey era muy puntual, y aunque de natural
arriscado, lo templaba su buena capacidad con las obligaciones que
tenia de caballero, y ninguno obedeciera con más rendimiento los
órdenes que llevaba Ursua. Pero como él ignoraba estas buenas
prendas, y sea tan corriente en las Indias ponerse el Juez de parte
de aquellos que lo pidieron, ejecutó con arrojo lo que va referido,
y presentándose en Cabildo, aunque con alguna contradiccion,
finalmente fué admitido al gobierno, en que tuvo gran parte la
buena gracia con que dió á entender que su ánimo era de conservar
en paz la República sin agravio de alguno ni afecto que lo
arrastrase á la una ni á la otra parcialidad. Que la intencion de
Armendariz era la misma que él proponía en beneficio del Reino y
conveniencia de sus pobladores. Que bien sabía que la omision de
sus antecesores en la administracion de justicia era la raíz de
aquel fuego de enemistades con que se abrasaban interiormente los
bandos, y que el remedio consistia en que él procediese tan
igualmente con todos, que ninguno hallase apoyo para fomentar sus
pasiones. Que no ignoraba que para negocio tan grande, como el de
reconciliar voluntades y administrar justicia entre hombres que
más aspiraban á la venganza que á la razon, se necesitaba de
persona de más edad y experiencias que en él habia; pero que una
buena intencion suple por muchos años, y la suya era de entrar en
las materias con la sonda del mejor consejo en la mano, para no
peligrar en los bajíos de las parcialidades, como se vería siempre
que sin doblés lo aconsejasen, hasta que ingeniado en las artes del
gobierno pudiese resolver por sí solo lo que más fuese en servicio
de Dios y beneficio del Reino.
Concluso el razonamiento con los del Cabildo, de quienes
presumió quedar satisfecho, salió acompañado con aplauso hasta las
casas del Capitan Venégas, donde se hospedó aquella noche miéntras
llegaban á ejecucion las primeras resoluciones que tenia tomadas.
Al siguiente dia fueron aprisionados por su órden en cárceles
diferentes, Lope Montalvo de Lugo y Luis Lanchero, y bien
asegurados, se mudó Ursua á las casas de Lope Montalvo, recien
fabricadas y buenas, aunque cubiertas de paja, por no haberse
empezado aun á labrar teja; y entre el rumor de los motivos de la
prision y algunas diligencias judiciales que corrieron aquellos
primeros dias, acaeció por descuido de los criados prender fuego en
las casas á deshoras de la noche, de tal suerte que apénas Ursua y
los suyos pudieron librar las personas: principio que lo fué de
nuevas inquietudes, y de que se engendraron sospechas en Pedro de
Ursua contra los parciales de los Lugos; porque como sea cosa
ordinaria inclinarse los Jueces á la parte de quien los pide, hizo
éste lo que acostumbran los más, y cargando la culpa á los
Caquecios, prendió algunos más de los indiciados, como fueron Pedro
Rodríguez de Salamanca, Francisco Manrique de Velandia, Martin de
Vergara y Francisco Palomo. Pero haciendo reparo en que por el
conocimiento de propia causa no lo concibiesen Juez apasionado,
remitió el sustanciarla á su tío, para cuando subiese de Cartagena;
y por cumplir con el principal negocio á que lo habia despachado al
Reino, hizo publicar las nuevas leyes con mucho quebranto de los
conquistadores, en que concurrieron ámbas parcialidades en
demostracion de que el daño comun sabe conciliar para la queja los
ánimos más distantes para el cariño; si bien no pasaron á más
diligencia que á la de interponer súplica para el Consejo, que no
admitió el Pedro de Ursua, por disponerlo así las instrucciones del
tio, aunque reconociendo lo rigoroso de ellas disimulaba en su
ejecucion, en cuanto le parecía no peligrar su crédito, y aun
fomentó que nombrasen Procurador general para la Corte al Capitan
Hernan Venégas Carrillo, quien partió luego á su comision como uno
de los más interesados en que se revocasen las nuevas leyes.
Al tiempo que pasaba lo referido en el Nuevo Reino, y ardían los
del Perú en el fuego de una guerra civil, el Adelantado Benalcázar,
atonto al progreso de sus conquistas en las provincias, rebeladas á
Jorge Robledo, se ocupaba en reducir á Yrrúa, Cacique belicoso de
Carrapa, quien no solamente, despreciada la paz, habia levantado la
nacion de los Picaras, pero intentaba hacer lo mismo con la de los
Pozos, y hubiéralo conseguido sí llamados éstos primero en socorro
de Benalcázar con el partido de que los prisioneros y despojos que
se tomasen en la guerra fuesen suyos, no hubieran abandonado las
ofertas de Yrrúa, y marchado en favor de los nuestros, que ya
entrados en la provincia de Picara hallaron á sus contrarios en
campaña, y tan soberbios, que sin temor de caballos y perros y
arcabuces y lanzas, desafiaban á Benalcázar a que en campo abierto
midiese sus armas con las suyas. No se les dilató mucho el deseo,
pues al dia siguiente, bajando nuestro ejército por una ladera,
dieron los enemigos tan reciamente en la retaguardia, que se
hubieran llevado el bagaje á no cargar prestamente al socorro los
Pozos, que como más prácticos en aquel género de guerra, no
solamente lo defendieron, sino aprisionaron cincuenta Picaras, que
luego fueron degollados y comidos con le fiereza que les permitía
Benalcázar, por no hallar otro medio para vencer la obstinacion con
que todas aquellas naciones despreciaban la paz, para lo cual no
necesitaba ménos de que los suyos juntasen el valor y ejercicio
militar á las ventajosas armas que tenian, que de las auxiliares de
los Pozos, tantas veces experimentadas á nuestra costa. Y porque la
emulacion de las naciones que concurren unidas á las empresas,
muchas veces produce efectos maravillosos, acaeció Diego González
y Pedro de Siesa, mancebos briosos, como picados del buen suceso de
los Pozos, y mucho más irritados de la grita que sus contrarios
daban á los nuestros desde una colina en que estaban como mil y
quinientos de ellos, saliesen armados y solos en su demanda,
tomando una senda secreta le acometiesen tan repentina y
fieramente, que acobardados de su temeridad y del estrago de los
suyos, se precisaron con el espanto á volver las espaldas.
No bastó lo sucedido para ceder á su mala fortuna los Picaras,
ántes más obstinados se mostraban tan feroces, que Benalcázar hubo
de licenciar á los Pozos para que les hiciesen la guerra; y fue tan
barbare y cruel, que no reservaban hombre ni mujer, niño ni viejo
de los contrarios que daban en sus manos, que no fuese despique del
bestial apetito que nos traban de carne humana. Los Picaras
entónces, reconocida su total perdicion y la falta que padecian de
víveres, repetían bárbaros sacrificios á sus dioses, y llamaban con
su ayuda á los Peucures y otros naciones vecinas, sin dejar las
armas de las manos, miéntras Benalcázar, mudado alojamiento,
requería á todos los Caciques de la provincia de Arma le diesen
obediencia: lo cual sabido en la villa, y queriendo algunos
pobladores manifestar en obras la amistad que tenian al Adelantado,
pidieron licencio á Antonio Pimentel, que á la sazon era Alcalde,
para ir en su favor, y consiguiéronla Francisco Moyano, Antonio
Quintero y otros, que llegados á la loma de Pozo, sin considerar
que el país estaba de guerra, dieron principio á bajarla al medio
dia, y fin á Quintero, los indios que estaban de asecho, con cuya
muerte, y la de una yegua en que iba entretenido el enemigo,
tuvieron lugar los compañeros para salvar las vidas. No ménos
obstinada á los requerimientos de Benalcázar se mostraba Pimaná,
señor de Paucuro, que retirado á los montes le hacia rostro á
tiempo que mal contento de los cortos progresos de la guerra, se
hallaba no ménos desabrido con la noticia de la residencia que le
tomaba Armendariz en Cartagena, y con la de que Jorge Robledo
hubiese conseguido título de Mariscal de Antioquia.
Para lo primero, considerado el peligro en que estaba la villa
de Arma, bloqueada de tan belicosas naciones, trató de mudarla, y
con parecer de su Cabildo lo ejecutó á cinco leguas de distancia, y
una y média del Cauca, y ántes de cargar el juicio sobre el reparo
de lo demas, se halló con un despacho del Virey Blasco Núñez Vela,
que desamparado de la fortuna, ó por mostrar más entereza en mandar
de la que permitían los tiempos, ó por no haber encontrado en los
conquistadores del Perú la que debieran tener en sujetarse á los
órdenes del Rey, se hallaba ya en Popayan, acosado de los Capitanes
de Pizarro, que desde Quito lo habian seguido hasta Pasto. Este
despacho le llevó el Capitan Rodrigo Núñez de Bonilla, que salió en
compañía del Capitan Nieto, que pasó á Santafé con otro semejante,
para que lo socorriesen con armas y gente; y entendido por
Benalcázar el aprieto del Virey, se resolvió luego á ir en su
favor, llamando para el efecto al Capitan Rodrigo de Soria, que por
su órden habia pasado al descubrimiento de entre los dos rios, y
sin esperarlo se puso en camino, donde recibió un pliego de cartas
que Gonzalo Pizarro lo remitía con un mancebo llamado Cabrera, en
que le pedia matase al Virey, y ganaría eterno renombre con la
milicia castellana de Indias: pero él, que sabia cuánto más
glorioso lo conseguiria con las de España haciendo lo contrario,
remitió las cartas con el correo maniatado al Virey, para que les
viese y castigase al nuncio de tan cruel embajada, como se ejecutó
quitándolo la vida, miéntras Benalcázar con su gente y la que llevó
Diego Gutiérrez de los Ríos, arribó á Popayan, donde el Virey le
dió las gracias de hallarse con tan buen esfuerzo de gente: ayuda
que le faltó de Santafé y Cartagena, pues por omision de Armendariz
y parcialidades que corrian en el Reino, se faltó de suerte á
obligacion tan precisa, que el Capitan Nieto volvió solamente con
Alonso Díaz, Gaspar Tavera, Francisco de Figueredo, Juan de Chávez,
Alonso de Hóyos y otros pocos aventureros que pasaron con el Virey
á Quito, donde lo dejaremos ir, remitiendo á los historiadores del
Perú la relacion de su infeliz suceso.
Con semejantes fortunas se pasaba por este tiempo en las costas
de Santa Marta, donde llegado desde el año antecedente el Capitan
Juan de Céspedes, como Teniente general del Adelantado D. Alonso
Luis de Lugo, con órden de que reparase los estragos que en ella
habian hecho los franceses de Roberto Baal, y castigase el
alzamiento intentado por los indios sujetos, trató luego de la
reedificacion de la Catedral y casas de los vecinos, con aquel buen
arte y maña de que lo dotó el cielo para gobernar gente de guerra;
y habiéndolo conseguido en la forma más decente que se pudo por
entónces, y disimulado con los indios pacíficos lo que habian
obrado, en fe de las promesas que de nuevo hicieron al Capitan
Manjarrés, volvió el pensamiento á sujetar los Taironas,
pareciéndole que miéntras aquella nacion no doblase la cerviz,
jamas faltarían inquietudes y peligros en toda la tierra que corre
desde las sierras nevadas de los Aruacos hasta el centro de Urabá,
en que prevalecían sus armas. Pero como las riquezas del Perú y
Nuevo Reino no dejaban hacer pié en la Costa á ningun hombre de los
que pasaban de España, y de los antiguos habian arrastrado la mayor
parte, no sabia qué medio elegir para asegurar la ciudad de los
riesgos que por tantas partes la amenazaban, y lo tenian como
aprisionado en su recinto desde que llegó á ella, teniendo á suma
felicidad la de mantenerse al valor de una guerra defensiva.
Para mayor aprieto de estas fatigas acaeció que cinco naos y un
patache de corsarios franceses pasasen á las Indias á repetir
aquellas hostilidades que produce la guerra entre naciones tan
opuestas como se mostraban por entéricos la francesa y la española.
Estas, pues, corriendo la costa de Tierra firme, llegaron al Cabo
de la Vela, donde luego apresaron otras cinco naos y una carabela
que habian pasado de Andalucía cargadas de ropa, y llevadas de la
codicia del rescate de perlas de aquella costa, estaban ancladas en
franquia; con que ya dueños de doce embarcaciones, lo fueron
tambien de aquellos mares: y como esto sucedió casi de noche y para
poner en cobro el real haber y hacienda de algunos particulares, se
ausentasen muchos de la Ranchería ó villa que allí estaba fundada,
fueron pocos los vecinos que quedaron á la defensa, como la
intentaron al dia siguiente, cuando el enemigo trató de echar gente
en tierra, aunque viendo la determinacion de los nuestros se retiró
á sus naos y puso bandera de paz, á que se respondió con otra, y
llegado el Patache á tierra pidió rehenes para tratar de ella, lo
cual conferido entre los de la Ranchería y considerado el corto
número de gente con que se hallaban pare defenderla, y lo que les
convenía escapar más de cuarenta mil pesos que tenian de géneros de
Castilla, hubieron de asentir á la propuesta y entregados el
Alcalde Pedro Carreño y el Alguacil mayor Pedro de Caliz, vino todo
á parar en comprar de los franceses hasta sesenta negros que
llevaban.
Ajustado el trato y detenidos solamente seis dias, salieron del
Cabo de la Vela para santa Marta, donde á no estar avisado Céspedes
hubieran tomado de las Arcas Reales más de cien mil pesos que
habian bajado de Santafé, aunque no les faltó pillaje entre las
miserables ruinas de la ciudad, porque lo daba mayor en aquel
tiempo el lugar ménos poblado de Indias que alguna de las ciudades
que ganaron los españoles en Picardía y acrecentóseles al saco mes
de mil pesos en que Manjarés ajustó el réscate de la ciudad, que
pretendían quemar: de que resulté que los del Cabo de la Vela,
escarmentados del suceso que amenazaba otros más lastimosos, y
descontentos del sitio por la falta de agua y leña que padecían,
resolviesen desampararlo, y tomado su acuerdo eligiesen mudarse á
otro sobre la misma costa del mar, treinta leguas á Sotavento,
junto á la boca del rio de la Hacha, así llamado por haber dado una
de hierro al guajiro que se lo descubrió á los nuestros en ocasion
que por aquellos arenales caminaban sedientos. Allí, pues,
fundaron la ciudad de N. Señora de los Remedios, que persevere hoy
casi arruinada de las repetidas invasiones de los corsarios, con el
nombre del rio de la Hacha, y dos conventos de San Francisco y
Santo Domingo, habiendo sido el origen y colmo de los mayores
caudales que se han visto en la costa y la más rica no por los
criaderos de perla que la ciñen sino por deposítarse en ella una
milagrosa imágen de bulto de María Santísima, que tantas veces sin
mirar á la ingratitud de sus vecinos ha vuelto desde su nicho
públicamente la espalda al pueblo y la cara al monte en ocasiones
que ha pretendido sorprenderla el enemigo, mostrándoles con la
accion la parte que han de ocurrir para escapar las haciendas y
vidas. Poco tiempo despues se fundó á once leguas de distancia más
á Sotavento y treinta de Santa Marta sobre la misma costa del mar
y riberas del río de la Enea, otra ciudad que llamaron de Salamanca
de quien hoy permanece despoblado su asiento con el nombre de la
Ramada,, que tuvo en los primeros descubrimientos y con la memoria
de haber sido sus vecinos tan poderosos recogedores de perlas que
las median por fanegas.