INDICE





PROLOGO

NOTICIA BIOGRÁFICA DEL DR. FERNÁNDEZ PIEDRAHITA

DEDICATORIA Y APROBACIONES DE LA OBRA

LIBRO I

Capítulo I
Del sitio y calidades del Nuevo Reino de Granada

Capítulo II
En que se da noticia de sus provincias y primeros habitadores.

Capítulo III
De las costumbres, ritos y ceremonias que usaban los indios mozcas en su gentilidad.

Capítulo IV
De otras ceremonias y costumbres que tenian los mozcas, y de las procesiones que hacían.

Capítulo V
Del sitio y corte de Bogotá: majestad de sus reyes condiciones y forma de sucederse.

LIBRO II

Capítulo I
Saguanmáchica conquista los fusagasugaes, rompe la guerra con el Guatavita, que se ampara del Rey de Tunja...

Capítulo II
Hereda el zipa Nemequené, y castigada la rebelián de Fusagasugá, sujeta los caciques de Cipaquirá y Nemza.

Capítulo III
Asalta el Zipa la corte del Guatavita, revuelve contra el Ubaque y sujétalo.

Capítulo IV
Sujeta el Zipa la provincia de Ebaté, nombra en ella al hermano por su lugarteniente, á quien mata el Ubaque.

Capítulo V
Da leyes el Zipa en su reino y previénese de todo para la guerra de Tunja.

Capítulo VI
Refiérense los sitios y estado de las provincias de Tunja y Sogamoso, y hacen liga sus príncipes contra Neméquene.

Capítulo VII
En que se prosigue la materia del antecedente

Capítulo VIII
Danse vista los ejércitos del Zipa y el Tunja, y platican antes de la batalla.

Capítulo IX
Dáse la batalla, y casi vencida por Neméquene, muere en ella, herédalo Thysquesuzha, y prosigue la guerra.

LIBRO III

Capítulo I
Fúndase la ciudad de Santa Marta por Rodrigo Bastídas, á quien mata su teniente general en un motín.

Capítulo II
Los capitanes de Lerma acometen á Posigueica y vuelven derrotados.

Capítulo III
Gobierna el doctor Infante á Santa Marta por muerte de García de Lerma, y el adelantado don Pedro de Heredia da principio á las conquistas de Cartagena.

Capítulo IV
El adelantado Heredia prosigue la conquista de Cartagena

Capítulo V
Dáse el gobierno de Santa Marta á d. Pedro Fernández de Lugo. Prosigue la guerra con los indios de la sierra sin fruto…

LIBRO IV

Capítulo I
Benalcázar descubre a Popayán, y fundadas las villas de Cali y Timaná, prosigue en su descubrimiento

Capítulo II
El licenciado Badillo residencia á D. Pedro de Heredia en Cartagena:

Capítulo III
Vuelve el General Quesada por su Ejército á la Tora, Condúcelo hasta los umbrales del Nuevo Reino

Capítulo IV
Marcha Quesada por la provincia de Vélez, pasa á Guachetá y de allí á Suesca en demanda de Bogotá, con asombro general de los indios.

Capítulo V
Entra Quesada en el valle de los Alcázares, rompe el ejército de los Uzaques, pasa a Bogotá

LIBRO V

Capítulo I
Entra el capitán Céspedes en la provincia de los Panches por Tibacuy: plática  con el capitán del presidio de los Guechas…

Capítulo II
Sale Quesada de Bogotá para Somondoco en demanda de las minas de esmeraldas que descubre

Capítulo III
El Capitán San Martín tiene noticia de Tundama: descubre á Sogamoso y vuelve en busca del general Quesada...

Capítulo IV
Asalta Quesada el palacio del Rey de Tunja, á quien prende, y después de un breve combate saquea su corte con presa de los tesoros que no pudo ocultar.

Capítulo V
Marcha Quesada á Sogamoso, saquea la ciudad y quémase su templo. —vuelve á Tunja, y desamparándola por ir á la conquista de Neiva,

Capítulo VI
Repártese la presa entre los españoles: Asaltan después el cercado de un bosque donde matan a Tysquesusha sin conocerlo.

Capítulo VII
Acometen los Panches las fronteras de Bogotá, y entran Quesada y el Zipa al castigo con mal suceso en el primer encuentro

LIBRO VI

Capítulo I
Prende Quesada á Sacrezazipa por los tesoros del Zipa muerto, y promételos con engaño hasta lograr la muerte de sus émulos...

Capítulo II
Reparte Quesada otra presa de oro y esmeraldas: da principio á la fundación de Santafé...

Capítulo III
Dánle noticia á Quesada de las entradas de Benalcázar y de Fedremán en el reino...

Capítulo IV
Persuade á Quesada Benalcazar á que funde ciudades, y refiérese el estado y crecimiento á que ha llegado la ciudad de Santafé.

Capítulo V
El general Quesada baja á Cartagena con Benalcázar y Fedreman, dejando por teniente general del reino á Hernán Pérez, su hermano...

Capítulo VI
Gerónimo Lebrón forma ejército y armada; sale de santa marta para el reino...

Capítulo VII
Alonso Martín prende en el rio á Alonso jeque, y obligado de una armada enemiga, vence la batalla naval de Cesare...

LIBRO VII

Capítulo I
Tratase de la entrada que hizo Martín Galeano en el territorio de Coicomé y Agata, y de la que después hizo Juan Alonso de la Torre

Capítulo II
Sale Galeano á la conquista de Guane: mueve la guerra en Chalalá, y síguela con Mataregua hasta vencerlo en batalla...

Capítulo III
Agraviado Thisquizoque de la tiranía de Juan Gascon,  hace liga con el Saboya, toma las armas y le quita la vida...

Capítulo IV
Los tres generales pretenden la gobernación del Nuevo Reino y ninguno la consigue...

Capítulo V
Forma ejército Tundama y fortifícase contra Baltasar Maldonado...

Capítulo VI
Montalvo de Lugo entra en el Reino por los llanos, y el capitán Lanchero á la conquista de Muzo...

Capítulo VII
Esguazado el Cauca, prosigue Jorge Robledo sus descubrimientos hasta fundar la ciudad de Cartago.

LIBRO VIII

Capítulo I
Con la noticia de que se previene armada en Francia para las Indias, mandan al adelantado Lugo que vaya á su gobierno...

Capítulo II
Los Yalcones y Paeces toman las armas y matan á los capitanes Añasco y Osorio y despues a Juan de Ampudia...

Capítulo III
Rebelánse los Sutas y Simijacas, fortifícanse en unos peñoles, va contra ellos el Capitán Juan de Céspedes...

Capítulo IV
Rompen los Panches por las fronteras de los Mozcas...

Capítulo V
Prosigue su jornada Gerónimo Lebrón, con varios sucesos, hasta el valle de Opon...

Capítulo VI
Quesada y Lebrón compiten sobre el gobierno con riesgo de romper en batalla...

LIBRO IX

Capítulo I
Con la sospecha de que se rebela la provincia de Tunja...

Capítulo II
Vuelve á sus descubrimientos el capitán Jorge Robledo y con varias fortunas llega hasta la provincia de Hebéjico...

Capítulo III
Vuelto el Capitán Maldonado de la jornada de los palenques, sale Hernán Pérez de Quesada al descubrimiento del dorado con mal suceso...

Capítulo IV
El Ocabita y Lupachoque se fortifican en dos peñoles: ríndese Lupachoque por armas al Capitán Pineda y el Ocabita...

Capítulo V
El adelantado Lugo se previene para subir á Santafé : fúndase por su órden el Barbudo…

Capítulo VI
Pasa Robledo preso á estos reinos: Heredia y Benalcázar se apoderan alternadamente de Antioquia después que se fundó la ciudad de Arma...

LIBRO X

Capítulo I
La armada francesa de Roberto Baal sorprende á Santa Marta y Cartagena; y el adelantado Lugo prende al capitán Rondón...

Capítulo II
Felipe de Utre sale de coro á nuevos descubrimientos penetra los llanos hasta la punta de los Pardaos...

Capítulo III
Prende Lugo á los oficiales del Rey y á los quesadas: justicia al encomendero de Sáchica...

Capítulo IV
Destierra Lugo á los quesadas. —el Capitán Venégas descubre las primeras minas de oro, y funda la ciudad de Tocaima...

Capítulo V
Descubre Felipe de Utre los Omeguas, y véncelos en una batalla...

Capítulo VI
Lugo sale del reino para Castilla, y Armendariz entra en Cartagena...

Capítulo VII
Armendariz nombra por su teniente á pedro de Ursua en el reino y á Robledo en Antioquia...

LIBRO XI

Capítulo I
Concurren los visitadores Gasca y Armendariz en Santa Marta...

Capítulo II
Procede Armendariz contra el capitán Lanchero y otros conquistadores...

Capítulo III
Hacen mariscal del reino á Gonzalo Jiménez de Quesada...

Capítulo IV
Échanse los indios á las minas: tratase en el consejo de fundar audiencia en Santafé...

Capítulo V
Prosigue Armendariz en su gobierno: pónese real chancillería en Santafé...

Capítulo VI
Fúndanse las religiones de Santo Domingo y San Francisco en el Nuevo Reino...

Capítulo VII
Entra el mariscal Quesada en Santafé: descúbrese el páramo Rico de Pamplona...

Capítulo VIII
Entra Ursua en Muzo y puebla á Tudela: vuelve á Santafé y baja por justicia mayor de Santa Marta...

Capítulo IX
Rompe Ursua el ejército de los taironas en la batalla de los pasos de Rodrigo...

LIBRO XII

Capítulo I
Entra en Santafé el licenciado Juan de Montaño con la visita de la audiencia y residencia de Armendariz...

Capítulo II
Rebélase el Valle de las Lanzas, va Hernando de Salinas al castigo, funda la ciudad de Victoria...

Capítulo III
Prosigue Montaño en su visita; ajusticia á Pedro de Salcedo y á otros...

Capítulo IV
Armendariz baja preso á Cartagena para que allí le residencie Montaño.—el Capitán Avellaneda funda la ciudad de S. Juan de los Llanos...

Capítulo V
El capitan Diego García de Paredes funda la ciudad de Trujillo...

Capítulo VI
Vuelve el mariscal á Santafé con la provisión de nuevos oidores.—el licenciado Tomas López entra en la audiencia...

Capítulo VII
El Capitán Cristóbal Rodríguez Juarez funda la ciudad de Mérida.—Diego García de Paredes reedifica la de Trujillo...

Capítulo VIII
Previénese el Nuevo Reino para resistir al tirano Lope de Aguirre.—compéndiase lo que obró en la jornada del Marañon...

Capítulo IX
Fúndase la ciudad de S. Vigente de Paez.-múdase la de Trujillo. Muere García de Parédes y tratase de todo lo acaecido en las provincias del Nuevo Reino...
CAPITULO VII
 


ARMENDARIZ NOMBRA POR SU TENIENTE Á PEDRO DE URSUA EN EL REINO Y Á ROBLEDO EN ANTIOQUIA.-ENTRAN EN LA CORTE LUGO Y QUESADA. BENALCÁZAR MUEVE GUERRA A LOS PICARAS, Y LLAMADO DEL VIREY VA EN SU SOCORRO.

DESVANECIDA así la pretension de Lope Montalvo, y terminada la desgracia de los dos hermanos Quesadas en el Cabo de la Vela, prosiguieron su viaje á Cartagena las demas personas del Reino, como fueron Gonzalo Suárez, Briceño, Zárate y otros, donde hallaron á Miguel Diez de Armendariz con tan pocas señales de abreviar su partida, que les fué de notable disgusto, y á él de no poco descrédito en Castilla. Instábanle apretadamente por el remedio de sus miserias, que consistia en subir luego al Reino á usar de sus comisiones, y atender al desagravio que Domingo de Aguirre habia pedido en el Consejo. Y aunque procuraba entretenerlos con buenas esperanzas para dar tiempo á sus resoluciones, fué tanto el aprieto de los interesados, que le obligó á desengañarlos de que no podia salir en muchos dias de Cartagena. Con esta repulsa eligieron otro medio, y fué pedirle que, pues no tenia lugar la súplica que le habian hecho, nombrase por su Teniente general en Santafé á Pedro de Ursua, caballero Navarro y sobrino suyo, para que á su sombra pudiesen ellos y otros muchos que vivian desterrados, volver á sus casas y asegurarse de Lope Montalvo y los demas Caquecios que gobernaban la tierra, y como parciales de Lugo, era consiguiente que se les mostrasen contrarios. Rehusábalo al principio Armendariz, pareciéndole que la poca edad y experiencia del sobrino eran de mucho inconveniente para el manejo de negocios tan arduos; pero obligóle de suerte con sus instancias Gonzalo Suárez, que les concedió lo que pedían, en que cometió un yerro notable, pues no podia tomar posesion del gobierno sin haberse presentado ántes en él: y aunque así lo conocieron todos, no por esto lo despreciaron, viendo cuán despacio caminaba lo de Cartagena, y que Pedro de Ursua habia de ser recibido en el Reino por el odio general con que se miraban las depen­dencias de Lugo, y porque los Cabildos de las ciudades se darian por satisfechos con cual­quiera sombra en que apoyasen esta resolucion.

Persuadidos, pues, á que todo habia de suceder como lo discurrian, recibidos los despachos, partieron para el Reino, dejando en Cartagena á Armendariz, que, por darle compa­ñero al primer yerro (aunque la eleccion fué acortada, porque el Ursua salió uno de los mejores Capitanes y ministros que ha tenido el Rey en las Indias), dispuso tambien que el Mariscal Jorge Robledo pasase á Cartago por Gobernador de todo aquello que habia pobla­do, nombrándole Oficiales de la Real hacienda, que vino á ser todo cuanto podia obrar en favor de Robledo, despues de tomarle residencia conforme á las instrucciones que tenia del Consejo. Y aunque parece haberlo hecho por librarse de los aprietos que le hacia el Ma­riscal, y en atencion á los gastos que se le recrecían con la mucha gente que llevaba, y por la obligacion de haber de tratar con toda decencia á su mujer, como hija que era de Juan de Carvajal, caballero principal de Ubeda y señor de la casa de Jodar con todo esto ningun color bastó para que pareciese bien al Consejo, y solo sirvió de que se lo apresurase al Mariscal la muerte y al dicho Visitador su descrédito.

Casi por los mismos tiempos que Ursua y Robledo salían de Cartagena, llegaron á la Corte el Adelantado Lugo y Gonzalo Jiménez de Quesada: éste de las peregrinaciones que hizo por la Francia, en que disipó más de sesenta mil pesos; y aquél de su gobierno de Santa Marta, en que adquirió más de cuatrocientos mil: y como en las Cortes se repara todo, por más que algunos ponderen que nada se sabe, no dejaba de notarse con lástima el grande fausto que Lugo ostentaba con las riquezas mal adquiridas en el Reino y la miseria en que se hallaba Quesada, siendo quien lo habia conquistado con tantos afanes. Pero son juegos de fortuna en que no se extraña correr trocadas las suertes, y la de Quesada le habia salido tan mala en Castilla, que al paso que tenia méritos se le dificultaban los premios; y así dejada la pretension del gobierno que lo habia sacado de Indias, trató de la gratificacion de sus servicios: punto más arduo que los demas, porque, como los Príncipes gustan de que todos dependan de su liberalidad, derraman con repugnancia sus beneficios en aquellos que piden como acreedores, y así, luego cesó la demanda al ruido de cierta acusacion que le puso el Fiscal (fundada en el proceso que contra él hizo Gerónimo Lebron y habia remitido al Consejo), en que lo acusaba de algunos excesos cometidos al tiempo que se hizo el descu­brimiento, y de la injusta muerte que dió con tormentos al último Zipa de Bogotá, delito de grande escándalo para el Consejo pues aunque pareció haberse hecho la causa por un hombre apasionado, sin embargo corté por entónces los pasos á la pretension de Quesada, hasta que llegase la residencia de Armendariz, de quien se esperaba más cierta averiguacion de aquellos cargos, y por lo mismo se dilataba tomar expediente en los aprietos que hacía Lugo para que se le enterase el dozavo de los quintos Reales que se le debía de todo lo ad­quirido en la conquista, segun y como se habia capitulado con D. Pedro, su padre. Mas, llegada que fué la residencia, tomaron diferente color los negocios, pues aunque resultó culpado Quesada en la muerte del Zipa, como los demas cargos eran de poca sustancia, solamente pareció al Consejo condenarlo en mil ducados, en destierro de las Indias por un año, y en suspension de los cargos de Juez y Capitan por otros cinco: pena bien moderada en el sentir de todos; pero hacia tal contrapeso la atencion que se debia tener á sus servicios, que no solamente se halló obligado el Consejo á proceder con esta templanza, mas tambien á alzarle despues la suspension de los cinco años.

De esta benignidad se hallaba muy desconfiado Lugo en su residencia, pues ademas que le resultaban cargos gravísimos en la secreta, en lo público fueron tantas las demandas que le pusieron de haciendas que habia quitado, que no fueron bastantes los brazos que lo defendian para que no saliese condenado en las más de ellas; si bien en otras se compuso con las partes, y especialmente con la de Gonzalo Suárez, que abrazó por medio ménos costoso el de una composicion moderada que el de una buena sentencia. Con estos cargos, pues, que se vieron en juicio abierto, se atrasó tanto Lugo en el crédito, que despechado del ceño que siempre hallaba en los Jueces, no quiso ó no pudo disponer que se viese su residencia, como pensaron algunos; pero lo cierto fué, porque hallándose apretado el Fiscal con el derecho que tenia el Adelantado al dozavo de los quintos, alegó que ántes de resolver en esto punto se viese si por la residencia general lo resultaban algunos cargos tan graves que por ellos perdiese cualesquiera mercedes que por la capitalacion se le hubiesen concedido á su padre; y como este golpe era el más sensible para Lugo, y de quien temía algun daño notable, tuvo por sano acuerdo no tratar más de su residencia ni de la pretension del dozavo, y vueltas las espaldas á empleos militares de Indias, no le faltaron otros muy dignos de quien era, pues aunque habia muerto ya el Secretario Cobos, alcanzó con poca diligencia que el Emperador le nombrase Coronel de tres mil infantes, con que por el año de cincuenta y tres pasó á servir á Córcega, en tiempo que la infestaban turcos y franceses; de donde poco despues fué con el mismo cargo á Nápoles, y sirvió el año de cincuenta y cinco en la guerra de Sena, que hacía el Marqués de Meriñano, en que dió sobradas muestras de su valor; y para continuarlas, acabada la guerra i dejada la gente en Italia, pasó á Flandes en demanda del Emperador, donde murió en lo mejor de su edad y cuando ya el cúmulo de sus méritos le aseguraba grandes fortunas. Compitiéronse en él la bizarría del cuerpo con la valentía del ingenio y la grandeza del ánimo. La suavidad y discrecion de sus palabras fueron gran parte para que muchas veces no pereciesen tiránicas sus acciones.

Atropelló todos lo vicios con entereza, ménos la codicia, en que no supo corregirse magná­nimo. Fué hijo de D. Pedro Fernández de Lugo y nieto de Alonso de Lugo, el que en tiempo de los Reyes católicos conquistó las islas de Palma y Tenerife, por donde mereció el título de Adelantado de Canaria para sí y sus sucesores. Casó, conforme á su sangre, como dijimos, con Deña Beatriz de Noroña, más como le faltó descendencia, pasó el Adelanta­miento á los Príncipes de Asculi, en cuya casa estuvo hasta el año de mil seiscientos y cincuenta y nueve, en que habiendo muerto D. Antonio de Leiva en Santander, de vuelta de Indias, quedó sin competencia en el Marqués de Fuéntes, rama ilustre de la casa de Medina Sidonia, que al presente lo goza.

Al tiempo que Lugo llegó á la Corte (porque volvamos al hilo de nuestra historia) se hallaban en calma los del Nuevo Reino, esperando la resolucion primera que tomaba Armendariz en Cartagena, y Pedro de Ursua proseguia su viaje sin aquellos contrastes que encontraron los primeros descubridores, porque el curso de la guerra tenia consumido mucha parte de los indios del rio grande, hasta que vencida su corriente y la aspereza de las sierras de Opon, llegó á la ciudad de Vélez con los que le seguían, donde se presento con los poderes del tío; y habiéndolo recibido sin contradicion el Teniente Gerónimo de, Aguayo y demas Capitulares, pasó tan apresuradamente, que ántes de llegar la noticia de que hubiese aportado á Vélez, ya estaba en la plaza de la ciudad de Tunja, donde siendo tan conocida la comitiva que llevaba, y sabiendo los vecinos quién era y el cargo en que iba nombrado, se juntaron luego á Cabildo y con el mismo rendimiento que se experimenté en Vélez, fué admitido al uso y administracion de su oficio; con que deteniéndose en Tunja dos dias solamente, y acompañado de los mismos que subieron con él de la Costa y de otros nobles, partió luego para Santafé, donde, como en cabeza del Reino, tenia Lope Montalvo su asistencia y trataba vivamente de volver otra vez al descubrimiento del Dorado. Todo lo cual supo Ursua por noticia que le dió el Capitan Pedroso, á quien encontró en el camino con Pedro Vásquez de Loaysa, cuñado de Gonzalo Suárez, que iba en la tropa; y como en la detencion de Lope Montalvo tenian sus émulos librado el despique de verlo residenciado, y Ursua la conveniencia de que le quedase libre aquella conquista, á que se inclinaba mucho desde que tuvo las primeras noticias en Cartagena, ordenó á Pedroso que adelantándose de la tropa partiese á Santafé y averiguase si era cierta la noticia que le daba, de que Lope Montalvo iba á verse con Cabrera en las Lomas de la Yuca, para asentar compañía en la jornada, y siendo cierto lo detuviese.

Con este órden partió Pedroso, y habiendo llegado dos dias ántes que Ursua, aunque sospecharon algunos que seria negocio grave el que lo volvia, ninguno alcanzó cuál fuese, porque él no lo dijo, y Montalvo excusó la ocasion de que se descubriese; ántes lo hospe­dó en su casa, porque en fe de amigo suyo el Pedroso se le entró por sus puertas, parecién­dole seria mejor traza para cumplir su comision con prudencia, sino es que fuese por no faltar al estilo de halagar con la voz el que más sangrienta dispone la herida con el ánimo. Pero llegado el dia de la Ascension de Cristo Señor Nuestro entré Ursua en la ciudad, y como la gente que lo seguía, asi de Vélez como de Tunja, era mucha y él entrase por la calle principal á tiempo que estaban en la plaza mayor los Capitanes Lanchero y Gonzalo García Zorro, fué tanto el alboroto que les causó la novedad, que concurrieron todos á saber quiénes eran á las gradas de la iglesia, donde desmontaron para orar en ella: si bien como entre los de la tropa conociese Lanchero á Gonzalo Suárez y á Domingo de Aguirre, luego dió en la que podia ser, y comunicándoselo al Capitan Zorro, esperó á la puerta, dudando solamen­te que aquel mancebo tan señalado entre todos fuese elegido para Juez de negocios tan graves; mas, desengañose presto, porque habiendo sido la oracion más breve que devota, volvió á salir Ursua, y en llegando á le parte donde estaban los Alcaldes, que lo eran dichos Capitanes Zorro y Lanchero, dijo: Cuál de v. mds. es el señor Capitan Luis Lanchero? A que respondió él: Así me llamo, si manda y. md. en qué le sirva. Entónces Ursua, que iba determinado á quitar aquel tropiezo ántes de representar su título, se lo llegó disimula­damente y le quitó la vara de la mano, con tal modo, que ninguno sospechó fuese con ma­licia, hasta que, reparando Lancher en la accion, dijo : Caballero, por quién ó con que autoridad me quitais la vara? á que replicó Ursua: Con la que vereís despues, señor Lanchero; y montando á caballo con los demas, se encaminó á las casas de Cabildo para que lo recibiesen.

El motivo que tuvo Uraua para ejecutar una accion tan arriesgada, y de que pudie­ran resultar muchos inconvenientes, fué el informe que repetidamente le hacian los parciales de Quesada, de cómo Lanchero era de los Caquecios, y principal caudillo que mantenia la faccion de los Lugos, siendo hombre de tanto valor y constancia en defender á los suyos que ningun peligro lo apartaria de aquel empeño, y así convendria disponer anticipadamente que no se hallase en Cabildo á tiempo que se presentasen las comisiones de Armendariz: y aunque era así que la intimidad que tenia con Lope Montalvo era grande, y que habia dado siempre muestras de valor en las guerras que emprendía, y de constancia en la amistades que profesaba, con todo eso pareció el informe apasionado, y á Ursua no le granjeó crédito de Juez independiente, porque Lanchero en materias del servicio del Rey era muy puntual, y aunque de natural arriscado, lo templaba su buena capacidad con las obligaciones que tenia de caballero, y ninguno obedeciera con más rendimiento los órdenes que llevaba Ursua. Pero como él ignoraba estas buenas prendas, y sea tan corriente en las Indias ponerse el Juez de parte de aquellos que lo pidieron, ejecutó con arrojo lo que va referido, y presentándose en Cabildo, aunque con alguna contradiccion, finalmente fué admitido al gobierno, en que tuvo gran parte la buena gracia con que dió á entender que su ánimo era de conservar en paz la República sin agravio de alguno ni afecto que lo arrastrase á la una ni á la otra parcialidad. Que la intencion de Armendariz era la misma que él proponía en beneficio del Reino y conveniencia de sus pobladores. Que bien sabía que la omision de sus antecesores en la administracion de justicia era la raíz de aquel fuego de enemistades con que se abrasaban interiormente los bandos, y que el remedio consistia en que él procediese tan igualmente con todos, que ninguno hallase apoyo para fomentar sus pasiones. Que no ignoraba que para negocio tan grande, como el de reconciliar voluntades y administrar jus­ticia entre hombres que más aspiraban á la venganza que á la razon, se necesitaba de persona de más edad y experiencias que en él habia; pero que una buena intencion suple por muchos años, y la suya era de entrar en las materias con la sonda del mejor consejo en la mano, para no peligrar en los bajíos de las parcialidades, como se vería siempre que sin doblés lo aconsejasen, hasta que ingeniado en las artes del gobierno pudiese resolver por sí solo lo que más fuese en servicio de Dios y beneficio del Reino.

Concluso el razonamiento con los del Cabildo, de quienes presumió quedar satisfecho, salió acompañado con aplauso hasta las casas del Capitan Venégas, donde se hospedó aquella noche miéntras llegaban á ejecucion las primeras resoluciones que tenia tomadas. Al siguiente dia fueron aprisionados por su órden en cárceles diferentes, Lope Montalvo de Lugo y Luis Lanchero, y bien asegurados, se mudó Ursua á las casas de Lope Montalvo, recien fabricadas y buenas, aunque cubiertas de paja, por no haberse empezado aun á labrar teja; y entre el rumor de los motivos de la prision y algunas diligencias judiciales que corrieron aquellos primeros dias, acaeció por descuido de los criados prender fuego en las casas á deshoras de la noche, de tal suerte que apénas Ursua y los suyos pudieron librar las personas: principio que lo fué de nuevas inquietudes, y de que se engendraron sospechas en Pedro de Ursua contra los parciales de los Lugos; porque como sea cosa ordinaria inclinarse los Jueces á la parte de quien los pide, hizo éste lo que acostumbran los más, y cargando la culpa á los Caquecios, prendió algunos más de los indiciados, como fueron Pedro Rodríguez de Salamanca, Francisco Manrique de Velandia, Martin de Vergara y Francisco Palomo. Pero haciendo reparo en que por el conocimiento de propia causa no lo concibiesen Juez apasionado, remitió el sustanciarla á su tío, para cuando subiese de Cartagena; y por cumplir con el principal negocio á que lo habia despachado al Reino, hizo publicar las nuevas leyes con mucho quebranto de los conquistadores, en que concurrieron ámbas parcialidades en demostracion de que el daño comun sabe conciliar para la queja los ánimos más distantes para el cariño; si bien no pasaron á más diligencia que á la de interponer súplica para el Consejo, que no admitió el Pedro de Ursua, por disponerlo así las instrucciones del tio, aunque reconociendo lo rigoroso de ellas disimulaba en su ejecucion, en cuanto le parecía no peligrar su crédito, y aun fomentó que nombrasen Procurador general para la Corte al Capitan Hernan Venégas Carrillo, quien partió luego á su comision como uno de los más interesados en que se revocasen las nuevas leyes.

Al tiempo que pasaba lo referido en el Nuevo Reino, y ardían los del Perú en el fuego de una guerra civil, el Adelantado Benalcázar, atonto al progreso de sus conquistas en las provincias, rebeladas á Jorge Robledo, se ocupaba en reducir á Yrrúa, Cacique belicoso de Carrapa, quien no solamente, despreciada la paz, habia levantado la nacion de los Picaras, pero intentaba hacer lo mismo con la de los Pozos, y hubiéralo conseguido sí llamados éstos primero en socorro de Benalcázar con el partido de que los prisioneros y despojos que se tomasen en la guerra fuesen suyos, no hubieran abandonado las ofertas de Yrrúa, y marchado en favor de los nuestros, que ya entrados en la provincia de Picara hallaron á sus contrarios en campaña, y tan soberbios, que sin temor de caballos y perros y arcabuces y lanzas, desafiaban á Benalcázar a que en campo abierto midiese sus armas con las suyas. No se les dilató mucho el deseo, pues al dia siguiente, bajando nuestro ejército por una ladera, dieron los enemigos tan reciamente en la retaguardia, que se hubieran llevado el bagaje á no cargar prestamente al socorro los Pozos, que como más prác­ticos en aquel género de guerra, no solamente lo defendieron, sino aprisionaron cincuenta Picaras, que luego fueron degollados y comidos con le fiereza que les permitía Benalcázar, por no hallar otro medio para vencer la obstinacion con que todas aquellas naciones despreciaban la paz, para lo cual no necesitaba ménos de que los suyos juntasen el valor y ejercicio militar á las ventajosas armas que tenian, que de las auxiliares de los Pozos, tantas veces experimentadas á nuestra costa. Y porque la emulacion de las naciones que concurren unidas á las empresas, muchas veces produce efectos maravillosos, acaeció  Diego González y Pedro de Siesa, mancebos briosos, como picados del buen suceso de los Pozos, y mucho más irritados de la grita que sus contrarios daban á los nuestros desde una colina en que estaban como mil y quinientos de ellos, saliesen armados y solos en su demanda,  tomando una senda secreta le acometiesen tan repentina y fieramente, que acobardados de su temeridad y del estrago de los suyos, se precisaron con el espanto á volver las espaldas.

No bastó lo sucedido para ceder á su mala fortuna los Picaras, ántes más obstinados se mostraban tan feroces, que Benalcázar hubo de licenciar á los Pozos para que les hiciesen la guerra; y fue tan barbare y cruel, que no reservaban hombre ni mujer, niño ni viejo de los contrarios que daban en sus manos, que no fuese despique del bestial apetito que nos traban de carne humana. Los Picaras entónces, reconocida su total perdicion y la falta que padecian de víveres, repetían bárbaros sacrificios á sus dioses, y llamaban con su ayuda á los Peucures y otros naciones vecinas, sin dejar las armas de las manos, miéntras Benalcázar, mudado alojamiento, requería á todos los Caciques de la provincia de Arma le diesen obediencia: lo cual sabido en la villa, y queriendo algunos pobladores manifestar en obras la amistad que tenian al Adelantado, pidieron licencio á Antonio Pimentel, que á la sazon era Alcalde, para ir en su favor, y consiguiéronla Francisco Moyano, Antonio Quintero y otros, que llegados á la loma de Pozo, sin considerar que el país estaba de guerra, dieron principio á bajarla al medio dia, y fin á Quintero, los indios que estaban de asecho, con cuya muerte, y la de una yegua en que iba entretenido el enemigo, tuvieron lugar los compañeros para salvar las vidas. No ménos obstinada á los requerimientos de Benalcázar se mostraba Pimaná, señor de Paucuro, que retirado á los montes le hacia rostro á tiempo que mal contento de los cortos progresos de la guerra, se hallaba no ménos desabrido con la noticia de la residencia que le tomaba Armendariz en Cartagena, y con la de que Jorge Ro­bledo hubiese conseguido título de Mariscal de Antioquia.

Para lo primero, considerado el peligro en que estaba la villa de Arma, bloqueada de tan belicosas naciones, trató de mudarla, y con parecer de su Cabildo lo ejecutó á cinco leguas de distancia, y una y média del Cauca, y ántes de cargar el juicio sobre el reparo de lo demas, se halló con un despacho del Virey Blasco Núñez Vela, que desamparado de la fortuna, ó por mostrar más entereza en mandar de la que permitían los tiempos, ó por no haber encontrado en los conquistadores del Perú la que debieran tener en sujetarse á los órdenes del Rey, se hallaba ya en Popayan, acosado de los Capitanes de Pizarro, que desde Quito lo habian seguido hasta Pasto. Este despacho le llevó el Capitan Rodrigo Núñez de Bonilla, que salió en compañía del Capitan Nieto, que pasó á Santafé con otro semejante, para que lo socorriesen con armas y gente; y entendido por Benalcázar el aprieto del Virey, se resolvió luego á ir en su favor, llamando para el efecto al Capitan Rodrigo de Soria, que por su órden habia pasado al descubrimiento de entre los dos rios, y sin esperarlo se puso en camino, donde recibió un pliego de cartas que Gonzalo Pizarro lo remitía con un mancebo llamado Cabrera, en que le pedia matase al Virey, y ganaría eterno renombre con la milicia castellana de Indias: pero él, que sabia cuánto más glorioso lo conseguiria con las de España haciendo lo contrario, remitió las cartas con el correo maniatado al Virey, para que les viese y castigase al nuncio de tan cruel embajada, como se ejecutó quitándolo la vida, miéntras Benalcázar con su gente y la que llevó Diego Gutiérrez de los Ríos, arribó á Popayan, donde el Virey le dió las gracias de hallarse con tan buen esfuerzo de gente: ayuda que le faltó de Santafé y Cartagena, pues por omision de Armendariz y parcialidades que corrian en el Reino, se faltó de suerte á obligacion tan precisa, que el Capitan Nieto volvió solamente con Alonso Díaz, Gaspar Tavera, Francisco de Figueredo, Juan de Chávez, Alonso de Hóyos y otros pocos aventureros que pasaron con el Virey á Quito, donde lo dejaremos ir, remitiendo á los historiadores del Perú la relacion de su infeliz suceso.

Con semejantes fortunas se pasaba por este tiempo en las costas de Santa Marta, donde llegado desde el año antecedente el Capitan Juan de Céspedes, como Teniente general del Adelantado D. Alonso Luis de Lugo, con órden de que reparase los estragos que en ella habian hecho los franceses de Roberto Baal, y castigase el alzamiento intentado por los indios sujetos, trató luego de la reedificacion de la Catedral y casas de los vecinos, con aquel buen arte y maña de que lo dotó el cielo para gobernar gente de guerra; y habiéndolo conseguido en la forma más decente que se pudo por entónces, y disimulado con los indios pacíficos lo que habian obrado, en fe de las promesas que de nuevo hicieron al Capitan Manjarrés, volvió el pensamiento á sujetar los Taironas, pareciéndole que miéntras aquella nacion no doblase la cerviz, jamas faltarían inquietudes y peligros en toda la tierra que corre desde las sierras nevadas de los Aruacos hasta el centro de Urabá, en que prevalecían sus armas. Pero como las riquezas del Perú y Nuevo Reino no dejaban hacer pié en la Costa á ningun hombre de los que pasaban de España, y de los antiguos habian arrastrado la mayor parte, no sabia qué medio elegir para asegurar la ciudad de los riesgos que por tantas partes la amenazaban, y lo tenian como aprisionado en su recinto desde que llegó á ella, teniendo á suma felicidad la de mantenerse al valor de una guerra defensiva.

Para mayor aprieto de estas fatigas acaeció que cinco naos y un patache de corsarios franceses pasasen á las Indias á repetir aquellas hostilidades que produce la guerra entre naciones tan opuestas como se mostraban por entéricos la francesa y la española. Estas, pues, corriendo la costa de Tierra firme, llegaron al Cabo de la Vela, donde luego apresaron otras cinco naos y una carabela que habian pasado de Andalucía cargadas de ropa, y llevadas de la codicia del rescate de perlas de aquella costa, estaban ancladas en franquia; con que ya dueños de doce embarcaciones, lo fueron tambien de aquellos mares: y como esto sucedió casi de noche y para poner en cobro el real haber y hacienda de algunos particulares, se ausentasen muchos de la Ranchería ó villa que allí estaba fundada, fueron pocos los vecinos que quedaron á la defensa, como la intentaron al dia siguiente, cuando el enemigo trató de echar gente en tierra, aunque viendo la determinacion de los nuestros se retiró á sus naos y puso bandera de paz, á que se respon­dió con otra, y llegado el Patache á tierra pidió rehenes para tratar de ella, lo cual conferido entre los de la Ranchería y considerado el corto número de gente con que se hallaban pare defenderla, y lo que les convenía escapar más de cuarenta mil pesos que tenian de géneros de Castilla, hubieron de asentir á la propuesta y entregados el Alcalde Pedro Carreño y el Alguacil mayor Pedro de Caliz, vino todo á parar en comprar de los franceses hasta sesenta negros que llevaban.

Ajustado el trato y detenidos solamente seis dias, salieron del Cabo de la Vela para santa Marta, donde á no estar avisado Céspedes hubieran tomado de las Arcas Reales más de cien mil pesos que habian bajado de Santafé, aunque no les faltó pillaje entre las miserables ruinas de la ciudad, porque lo daba mayor en aquel tiempo el lugar ménos poblado de Indias que alguna de las ciudades que ganaron los españoles en Picardía y acrecentóseles al saco mes de mil pesos en que Manjarés ajustó el réscate de la ciudad, que pretendían quemar: de que resulté que los del Cabo de la Vela, escarmentados del suceso que amenazaba otros más lastimosos, y descontentos del sitio por la falta de agua y leña que padecían, resolviesen desampararlo, y tomado su acuerdo eligiesen mudarse á otro sobre la misma costa del mar, treinta leguas á Sotavento, junto á la boca del rio de la Hacha, así llamado por haber dado una de hierro al guajiro que se lo descubrió á los nuestros en ocasion que por aquellos are­nales caminaban sedientos. Allí, pues, fundaron la ciudad de N. Señora de los Remedios, que persevere hoy casi arruinada de las repetidas invasiones de los corsarios, con el nombre del rio de la Hacha, y dos conventos de San Francisco y Santo Domingo, habiendo sido el origen y colmo de los mayores caudales que se han visto en la costa y la más rica no por los criaderos de perla que la ciñen sino por deposítarse en ella una milagrosa imágen de bulto de María Santísima, que tantas veces sin mirar á la ingratitud de sus vecinos ha vuelto desde su nicho públicamente la espalda al pueblo y la cara al monte en ocasiones que ha pretendido sorprenderla el enemigo, mostrándoles con la accion la parte que han de ocurrir para escapar las haciendas y vidas. Poco tiempo despues se fundó á once leguas de distancia más á Sota­vento y treinta de Santa Marta sobre la misma costa del mar y riberas del río de la Enea, otra ciudad que llamaron de Salamanca de quien hoy permanece despoblado su asiento con el nombre de la Ramada,, que tuvo en los primeros descubrimientos y con la memoria de haber sido sus vecinos tan poderosos recogedores de perlas que las median por fanegas.

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