INDICE





PROLOGO

NOTICIA BIOGRÁFICA DEL DR. FERNÁNDEZ PIEDRAHITA

DEDICATORIA Y APROBACIONES DE LA OBRA

LIBRO I

Capítulo I
Del sitio y calidades del Nuevo Reino de Granada

Capítulo II
En que se da noticia de sus provincias y primeros habitadores.

Capítulo III
De las costumbres, ritos y ceremonias que usaban los indios mozcas en su gentilidad.

Capítulo IV
De otras ceremonias y costumbres que tenian los mozcas, y de las procesiones que hacían.

Capítulo V
Del sitio y corte de Bogotá: majestad de sus reyes condiciones y forma de sucederse.

LIBRO II

Capítulo I
Saguanmáchica conquista los fusagasugaes, rompe la guerra con el Guatavita, que se ampara del Rey de Tunja...

Capítulo II
Hereda el zipa Nemequené, y castigada la rebelián de Fusagasugá, sujeta los caciques de Cipaquirá y Nemza.

Capítulo III
Asalta el Zipa la corte del Guatavita, revuelve contra el Ubaque y sujétalo.

Capítulo IV
Sujeta el Zipa la provincia de Ebaté, nombra en ella al hermano por su lugarteniente, á quien mata el Ubaque.

Capítulo V
Da leyes el Zipa en su reino y previénese de todo para la guerra de Tunja.

Capítulo VI
Refiérense los sitios y estado de las provincias de Tunja y Sogamoso, y hacen liga sus príncipes contra Neméquene.

Capítulo VII
En que se prosigue la materia del antecedente

Capítulo VIII
Danse vista los ejércitos del Zipa y el Tunja, y platican antes de la batalla.

Capítulo IX
Dáse la batalla, y casi vencida por Neméquene, muere en ella, herédalo Thysquesuzha, y prosigue la guerra.

LIBRO III

Capítulo I
Fúndase la ciudad de Santa Marta por Rodrigo Bastídas, á quien mata su teniente general en un motín.

Capítulo II
Los capitanes de Lerma acometen á Posigueica y vuelven derrotados.

Capítulo III
Gobierna el doctor Infante á Santa Marta por muerte de García de Lerma, y el adelantado don Pedro de Heredia da principio á las conquistas de Cartagena.

Capítulo IV
El adelantado Heredia prosigue la conquista de Cartagena

Capítulo V
Dáse el gobierno de Santa Marta á d. Pedro Fernández de Lugo. Prosigue la guerra con los indios de la sierra sin fruto…

LIBRO IV

Capítulo I
Benalcázar descubre a Popayán, y fundadas las villas de Cali y Timaná, prosigue en su descubrimiento

Capítulo II
El licenciado Badillo residencia á D. Pedro de Heredia en Cartagena:

Capítulo III
Vuelve el General Quesada por su Ejército á la Tora, Condúcelo hasta los umbrales del Nuevo Reino

Capítulo IV
Marcha Quesada por la provincia de Vélez, pasa á Guachetá y de allí á Suesca en demanda de Bogotá, con asombro general de los indios.

Capítulo V
Entra Quesada en el valle de los Alcázares, rompe el ejército de los Uzaques, pasa a Bogotá

LIBRO V

Capítulo I
Entra el capitán Céspedes en la provincia de los Panches por Tibacuy: plática  con el capitán del presidio de los Guechas…

Capítulo II
Sale Quesada de Bogotá para Somondoco en demanda de las minas de esmeraldas que descubre

Capítulo III
El Capitán San Martín tiene noticia de Tundama: descubre á Sogamoso y vuelve en busca del general Quesada...

Capítulo IV
Asalta Quesada el palacio del Rey de Tunja, á quien prende, y después de un breve combate saquea su corte con presa de los tesoros que no pudo ocultar.

Capítulo V
Marcha Quesada á Sogamoso, saquea la ciudad y quémase su templo. —vuelve á Tunja, y desamparándola por ir á la conquista de Neiva,

Capítulo VI
Repártese la presa entre los españoles: Asaltan después el cercado de un bosque donde matan a Tysquesusha sin conocerlo.

Capítulo VII
Acometen los Panches las fronteras de Bogotá, y entran Quesada y el Zipa al castigo con mal suceso en el primer encuentro

LIBRO VI

Capítulo I
Prende Quesada á Sacrezazipa por los tesoros del Zipa muerto, y promételos con engaño hasta lograr la muerte de sus émulos...

Capítulo II
Reparte Quesada otra presa de oro y esmeraldas: da principio á la fundación de Santafé...

Capítulo III
Dánle noticia á Quesada de las entradas de Benalcázar y de Fedremán en el reino...

Capítulo IV
Persuade á Quesada Benalcazar á que funde ciudades, y refiérese el estado y crecimiento á que ha llegado la ciudad de Santafé.

Capítulo V
El general Quesada baja á Cartagena con Benalcázar y Fedreman, dejando por teniente general del reino á Hernán Pérez, su hermano...

Capítulo VI
Gerónimo Lebrón forma ejército y armada; sale de santa marta para el reino...

Capítulo VII
Alonso Martín prende en el rio á Alonso jeque, y obligado de una armada enemiga, vence la batalla naval de Cesare...

LIBRO VII

Capítulo I
Tratase de la entrada que hizo Martín Galeano en el territorio de Coicomé y Agata, y de la que después hizo Juan Alonso de la Torre

Capítulo II
Sale Galeano á la conquista de Guane: mueve la guerra en Chalalá, y síguela con Mataregua hasta vencerlo en batalla...

Capítulo III
Agraviado Thisquizoque de la tiranía de Juan Gascon,  hace liga con el Saboya, toma las armas y le quita la vida...

Capítulo IV
Los tres generales pretenden la gobernación del Nuevo Reino y ninguno la consigue...

Capítulo V
Forma ejército Tundama y fortifícase contra Baltasar Maldonado...

Capítulo VI
Montalvo de Lugo entra en el Reino por los llanos, y el capitán Lanchero á la conquista de Muzo...

Capítulo VII
Esguazado el Cauca, prosigue Jorge Robledo sus descubrimientos hasta fundar la ciudad de Cartago.

LIBRO VIII

Capítulo I
Con la noticia de que se previene armada en Francia para las Indias, mandan al adelantado Lugo que vaya á su gobierno...

Capítulo II
Los Yalcones y Paeces toman las armas y matan á los capitanes Añasco y Osorio y despues a Juan de Ampudia...

Capítulo III
Rebelánse los Sutas y Simijacas, fortifícanse en unos peñoles, va contra ellos el Capitán Juan de Céspedes...

Capítulo IV
Rompen los Panches por las fronteras de los Mozcas...

Capítulo V
Prosigue su jornada Gerónimo Lebrón, con varios sucesos, hasta el valle de Opon...

Capítulo VI
Quesada y Lebrón compiten sobre el gobierno con riesgo de romper en batalla...

LIBRO IX

Capítulo I
Con la sospecha de que se rebela la provincia de Tunja...

Capítulo II
Vuelve á sus descubrimientos el capitán Jorge Robledo y con varias fortunas llega hasta la provincia de Hebéjico...

Capítulo III
Vuelto el Capitán Maldonado de la jornada de los palenques, sale Hernán Pérez de Quesada al descubrimiento del dorado con mal suceso...

Capítulo IV
El Ocabita y Lupachoque se fortifican en dos peñoles: ríndese Lupachoque por armas al Capitán Pineda y el Ocabita...

Capítulo V
El adelantado Lugo se previene para subir á Santafé : fúndase por su órden el Barbudo…

Capítulo VI
Pasa Robledo preso á estos reinos: Heredia y Benalcázar se apoderan alternadamente de Antioquia después que se fundó la ciudad de Arma...

LIBRO X

Capítulo I
La armada francesa de Roberto Baal sorprende á Santa Marta y Cartagena; y el adelantado Lugo prende al capitán Rondón...

Capítulo II
Felipe de Utre sale de coro á nuevos descubrimientos penetra los llanos hasta la punta de los Pardaos...

Capítulo III
Prende Lugo á los oficiales del Rey y á los quesadas: justicia al encomendero de Sáchica...

Capítulo IV
Destierra Lugo á los quesadas. —el Capitán Venégas descubre las primeras minas de oro, y funda la ciudad de Tocaima...

Capítulo V
Descubre Felipe de Utre los Omeguas, y véncelos en una batalla...

Capítulo VI
Lugo sale del reino para Castilla, y Armendariz entra en Cartagena...

Capítulo VII
Armendariz nombra por su teniente á pedro de Ursua en el reino y á Robledo en Antioquia...

LIBRO XI

Capítulo I
Concurren los visitadores Gasca y Armendariz en Santa Marta...

Capítulo II
Procede Armendariz contra el capitán Lanchero y otros conquistadores...

Capítulo III
Hacen mariscal del reino á Gonzalo Jiménez de Quesada...

Capítulo IV
Échanse los indios á las minas: tratase en el consejo de fundar audiencia en Santafé...

Capítulo V
Prosigue Armendariz en su gobierno: pónese real chancillería en Santafé...

Capítulo VI
Fúndanse las religiones de Santo Domingo y San Francisco en el Nuevo Reino...

Capítulo VII
Entra el mariscal Quesada en Santafé: descúbrese el páramo Rico de Pamplona...

Capítulo VIII
Entra Ursua en Muzo y puebla á Tudela: vuelve á Santafé y baja por justicia mayor de Santa Marta...

Capítulo IX
Rompe Ursua el ejército de los taironas en la batalla de los pasos de Rodrigo...

LIBRO XII

Capítulo I
Entra en Santafé el licenciado Juan de Montaño con la visita de la audiencia y residencia de Armendariz...

Capítulo II
Rebélase el Valle de las Lanzas, va Hernando de Salinas al castigo, funda la ciudad de Victoria...

Capítulo III
Prosigue Montaño en su visita; ajusticia á Pedro de Salcedo y á otros...

Capítulo IV
Armendariz baja preso á Cartagena para que allí le residencie Montaño.—el Capitán Avellaneda funda la ciudad de S. Juan de los Llanos...

Capítulo V
El capitan Diego García de Paredes funda la ciudad de Trujillo...

Capítulo VI
Vuelve el mariscal á Santafé con la provisión de nuevos oidores.—el licenciado Tomas López entra en la audiencia...

Capítulo VII
El Capitán Cristóbal Rodríguez Juarez funda la ciudad de Mérida.—Diego García de Paredes reedifica la de Trujillo...

Capítulo VIII
Previénese el Nuevo Reino para resistir al tirano Lope de Aguirre.—compéndiase lo que obró en la jornada del Marañon...

Capítulo IX
Fúndase la ciudad de S. Vigente de Paez.-múdase la de Trujillo. Muere García de Parédes y tratase de todo lo acaecido en las provincias del Nuevo Reino...
CAPITULO VI
 


LUGO SALE DEL REINO PARA CASTILLA, Y ARMENDARIZ ENTRA EN CARTAGENA. -MUEREN LOS DOS QUESADAS: ENTRA EL CAPITAN MARTÍNEZ EN MUZO Y SALE DERROTADO; Y JUAN DE CABRERA TRATA DE CONVENIRSE CON LOPE MONTALVO.

EN las capitulaciones que se ajustaron entre el General Quesada y Benalcázar al tiempo que concurrieron con Fedreman en Santafé por el año de treinta y nueve, fué una de ellas que dejada en el Reino la más gente del Perú, se le permitiese al Capitan Juan de Cabrera que con sesenta hombres fuese á la provincia de Neiva, que habia descubierto Benalcázar, y pudiese poblar en ella alguna ciudad que estuviese sujeta á su Gobierno. Y aunque ejecutado así, no permaneció la poblacion por decreto del país, y el Cabrera dió vuelta con su gente al Reino por no caer en manos de Lope de Aldana, que gobernaba ya en Popayan por el Marqués Pizarro; con todo esto, vuelto Benalcázar de Castilla con el Adelantamiento, y no queriendo perder aquel derecho que tenia adquirido, llamó á Cabrera su Lugarteniente, y entrándose otra vez en la provincia de Neiva por este año de cuarenta y cuatro, buscaba lugar en que hacer aquella poblacion que habia intentado. La noticia de esta entrada de Benalcázar llegó en pocos dias á Lugo, y causóle dos efectos muy perjudiciales. El uno fué que muchos de los mal contentos dejaban en tropas el Reino buscando amparo en Benalcázar: y el otro, que, receloso del cargo que le haría el Consejo si permitía que otro poblase en su gobernacion, recibia notable pesar de que se le ofreciese tan apretado lance que pudiese retardar el viaje que pretendía hacer á Castilla. Pero determinado á no empeñarse, de suerte que llegase á rompimiento, ni con tal omision que le pudiesen atribuir alguna culpa, despachó al Capitan Baltasar Maldonado para que, en su nombre, requiriese á Benalcázar no prosiguiese en la fundacion que intentaba, supuesto que la provincia de Neiva, como descubierta primero por Gonzalo Jiménez de Quesada, se comprendia dentro de la jurisdiccion del Nuevo Reino. Algunos penetraron que la intencion de Lugo, dispuesta siempre á sacar alguna conveniencia de cualquier accidente contrario, cuidó más de lanzar del Reino á Maldonado que de contradecir á Benalcázar sus pretensiones. Y á la verdad, no era tan mal fundada la sospecha que no se le pudiese dar crédito, porque su conciencia, fecunda de temores, lo traia con aquella inquietud que las culpas engendran en un corazon delincuente, y no habia hombre de las calidades que concurrian en Maldonado que no le fuese formidable para la residencia que temia: ademas que era el más intimo de los Quesadas, y uno de los que á Hernan Pérez acompañé siempre en sus conquistas.

Lo que resultó de la embajada fué que, noticioso Benalcázar de los excesos que co­metia Lugo, y compadecido de los que se acogian á él, le respondió por escrito con aquella libertad y desahogo que habian los que reconocen en sus contrarios la falta de limpieza de manos con que ellos proceden, y aun corrió voz, de que deseaba ocasion de llegar á rompimiento con Lugo: lance que él no excusara, porque tenia tanto valor como podia tener Benalcázar; pero como se hallaba tan resuelto en pasar á España, remitió el despique de su enojo á los renglones de otra carta, y acelerando su partida, porque ya tenia labrados bergantines en Guataquí para la navegacion del rio, nombró por su Teniente general al Capitan Lope Montalvo de Lugo, su deudo, para que gobernase el Reino en su ausencia, pareciéndole sería bastante sujeto para desvanecer las quejas de sus contrarios; y porque le habia de ir escoltando hasta el rio grande, subrogó en su lugar al Capitan Anton de Olalla, con órden espreso de que prendiese á Cristóbal Gómez Nieto, á Pedro Negro, á Pedro Cornejo, á Domingo de Aguirre y á los demas que andaban fugitivos, y á Juana, india de Bogotá, con quien estaba mal amistado el Capitan Juan Tafur. Hecho esto, convocó mucha gente de ambas facciones para que le acompañase en guarda del tesoro real y suyo, con órden de que hasta veinte y cinco hombres pasasen hasta el mar del Norte, y entre ellos Juan de Céspedes, que habia de quedar en Santa Marta, como dijimos: Lorenzo Martin en Tamalameque, y Martín Galeano, por lo que le importaba no asistiese en el Reino ; y los otros que fuesen convoyando el tesoro hasta Tocaima, debajo de la conducta de Gonzalo Suárez Rondon, con promesa de licenciarlo desde allí, para que volviese á Tunja con los demas vecinos de aquella ciudad. Mas era muy contraria la resolucion que llevaba dentro de sí, porque llegados al puerto del rio grande, aprisionó otra vez á Gonzalo Suárez y me­tiéndolo en el bergantín en que él iba, determinó pasarlo á España, no porque desease ni le fuese conveniencia el conseguirlo, sino por si acaso la estrechez y mal trato de la prision lo acabase, y con su muerto saliese Lugo de los recelos en que se hallaba.

Con estas prevenciones llegó á Santa Marta, entrado ya el año de cuarenta y cinco, donde, como persona tan rica y que tenia el gobierno, compró un buen navío, y embarcado en él con Gonzalo Suárez, fué costeando hasta el Cabo de la Vela, donde afondó apénas, cuando el Alcalde Bartolomé Carreño y el Alguacil mayor Pedro de Cales, bien prevenidos de gente armada, se entraron en el navío, y sin aquella reverencia que le tuvieron al principio, sacaron los marineros y quitadas las velas y timon, pusieron en libertad á Gonzalo Suárez, pareciéndoles que aunque el Adelantado era su Gobernador, estaban sus excesos tan manifiestos, que el Rey aprobaria la accion, en que tambien concurría el parecer del Obispo Calatayud, que se hallaba presente, por haberlo dejado allí la armada que pasó con Armendariz á Cartagena; y hospedó al Suárez con generosidad. Ejecutado esto, se le notificaron ciertas provisiones de la Audiencia española, para que restituyese á las arcas reales enteramente cuanto habia sacado de ellas con violencia á título que le pertenecía por la capitulacion del dozavo. Obedeció Lugo y en su cumplimiento desembolsó la cantidad con más modestia que la que usó en el despojo, y valiéndose de aquella suavidad de palabras de que entre muchas prendas de gala y entendimiento lo dotó el cielo, pidió le volviesen la gente de mar y demas instrumentos que le habian quitado, para pasar á Castilla, donde daria bastante satisfaccion de sus procedimientos, y los que se mostraban quejosos debian repre­sentar sus agravios. Hiciéronlo así, y atravesado aquel pedazo de mar que corre entre el Cabo de la Vela y la Habana, hizo escala en su puerto y allí el Licenciado Juan de Avila, que gobernaba la isla, le embargó la persona y bienes por órden que asimismo tenia de la Audiencia española; pero deshízose presto toda aquella tempestad con cuatro mil pesos que le dió Lugo y le cobró despues probándole el cohecho en Castilla.

Casi por el mismo tiempo llegó Armendariz á Cartagena, donde publicó sus nuevas leyes con poco sentimiento de los vecinos, por la cortedad de las Encomiendas de aquella provincia y remitiólas con real cédula al Adelantado Sebastian de Benalcázar, para que las hiciese publicar en su gobernacion, donde, con la noticia que ya se tenia de lo que pasaba en el Perú, sobre admitirlas ó no, vivian sus vecinos con el recelo de que tambien habia de caer sobre ellos el rayo de aquel despacho, prorumpiendo en lástimas y desesperaciones en sabiendo que ya estaba en poder de Benalcázar, hombre temido y respetado. Pero como éste con­siderase lo que importa atajar las alteraciones ántes que lo parezcan, llamó á todos los vecinos de Popayan, donde residia de vuelta de Neiva, y propúsoles la imposibilidad que hallaba en faltar á la publicacion de aquellas leyes, pues no habiéndolo hecho jamas en cosa perteneciente al servicio del Rey, ménos pensaba hacerlo en aquella ocasion ni sospechar que algunos de los presentes lo harían. Que si esta obligacion era tan precisa de vasallo á príncipe, no tuviesen por ménos propia la de su Rey á vasallos en cuanto á oir sus quejas y remediarlas siempre que representasen la causa con la veneracion debida á Su Majestad, y más cuando para dar lugar á ello suspenderia la ejecucion y permitiria fuesen á Castilla los Procuradores que nombrasen, por ser éste el camino más llano para un acierto. Que retro­cediesen la vista á las edades pretéritas y verían que ningunos de los vasallos que echaron por el atajo de los medios ilícitos, dejaron de caer en los desengaños de su ruina. Que la reciente sangre con que inundaron á Castilla las comunidades les fuese recuerdo de lo que debe temerse un príncipe desobedecido aunque se halle distante. Y que pues tenian ganada la gloria de haber dado aquellas provincias á su Rey, no la aventurasen entre los deshonores de una ciega resolucion, arrastrando infamia perpetua á su posteridad. Oida la propuesta de su Gobernador, se sosegaron luego, animando sus esperanzas difuntas con la facultad de elegir Procuradores; y consiguientemente se publicaron con toda solemnidad las nuevas leyes; y elegido Francisco de Ródas para que viniese á Castilla, interpusieron la suplicacion de ellas que les fué admitida, y sin que se oyesen nuevos rumores sobre aquella materia, se dió parte de todo á Armendariz, quien, ejecutada la diligencia de haber hecho este despacho, trató luego de la residencia del Adelantado don Pedro de Heredia, que finalmente vino á parar (como todas las más que toman Letrados á Gobernadores de Indias) en quedarse con el gobierno el visitador y remitir preso á España al visitado, de donde pocos dias ántes habia vuelto de la antecedente que le tomó el Oidor Juan de Badillo.

En esta ocupacion se hallaba Armendariz cuando la flota que habia salido de España y seguido el viaje que se hacia entónces, tocó en Santo Domingo y de ella supieron los de la Audiencia, cómo poco ántes habia pasado á Cartagena: con que atentos á desembarazarse de causas tan árduas, le remitieron todas las que tocaban al Nuevo Reino: y con esta ocasion los dos hermanos Quesadas, que ya estaban libres de la sentencia de Lugo y pretendian, con los más interesados que allí habia, ir á representar sus agravios de nuevo ante Armendariz, aportaron al Cabo de la Vela en que residia el Obispo y estaba Gonzalo Suárez; y detenién­dose algunos dias miéntras hacia tiempo para navegar, acaeció que turbándose de repente el aire cayó un rayo en la nao Capitana en que iban y mató al General Archuleta, natural de Vizcaya, á los dos hermanos Quesadas y á los dos marineros; y aunque libraron del estrago el Obispo y Gonzalo Suárez, que habian concurrido á la nao, éste quedó por muchos años lisiado de un brazo y el otro de una pierna: desgracia impensada y que lastimó generalmente á todos los que iban en la flota y á los que se hallaron en el Cabo de la Vela, donde correspondiendo las demostraciones al dolor, dieron sepulcro honroso á sus cenizas. Este fué el fin lamenta­ble del Capitan Hernan Pérez de Quesada, y así terminó infelizmente sus dias aquel de quien temblaron infinitas naciones: murió en lo mejor de su edad y cortóle una fatalidad las esperanzas cuando más caminaban á una elevada fortuna.

Era hombre de buena y robusta presencia, agradable sobre encarecimiento á cuantos lo trataban; templado en las cosas prósperas y sufrido en las adversas; de costumbres populares para gobernar hombres, y de notable destreza en regir un caballo; pagábase de la lisonja, y aun comprábala, porque su inclinacion lo arrastraba al aplauso; su liberalidad pareció más de príncipe que de particular. En ménos de dos años y medio que gobernó por su hermano, derramó entre forasteros y soldados más de ciento y cincuenta mil pesos de oro: suma espantosa! y que haciéndolo bien quisto, le fabricó los primeros tropiezos para su caída. Señalóse entre los conquistadores del Reino siempre que concurrió con ellos en al­guna faccion. Fué el primero que entrando en la provincia de Muzo abrió camino á la mayor riqueza de esmeraldas que admira el orbe. Pagóse de su valor Furatena, señora de aquellos paises, y pretendiólo para esposo, porque sus prendas fueron amables aun para los bárbaros. Con desgracia intentó el descubrimiento de la casa del Sol; con gasto y trabajos excesivos la conquista del Dorado: y como anuncios el uno y otro de un mal suceso, lo con­dujeron otra vez al Reino para que la emulacion lo arrojase á donde un rayo se acreditó de que siempre obra en lo más fuerte. Pero no dejaron estas prendas de mezclarse con algunos defectos de la fragilidad humana: notáronselo muchas flaquezas en que ordinariamente tro­pieza la juventud. La vanagloria y ambicion, tan poderosas en el temperamento de su genio, pusieron á todo el Reino en lance de perderse en la entrada de Lebron, á no valerse su propia desconfianza de las artes de sus amigos. La sencillez de ánimo y facilidad que tuvo en dar crédito, ignoró el blanco á que tiraban los informes afectados que le hacian: por eso abrazó con imprudencia el error de cortar la cabeza al Cacique de Tunja. Codició los bienes ajenos con ceguedad, pasion que reina en los que derraman los propios con desórden, y así fué gran parte en la injusta muerte del Rey de Bogotá, y aun quizá la más culpada, pues elegido para su defensor, no solamente faltó al oficio, más trocándola al de Fiscal, dejó correr la injusticia hasta el precipicio de tan gran desacierto.

No pasaban con mejor fortuna las cosas del Reino, porque partido el Adelantado Lugo, y dejado todo el gobierno á Lope Montalvo, hombre apacible y de condicion atenta á no disgustar los vecinos, corrian los odios que habian producido las parcialidades de Quesadas y Caquecios, sin aquel género de respeto que deben tener al brazo de la justicia: de que resultaba que los unos, atentos á conservar las mercedes que les habia hecho el Adelantado, y los otros á no permitirlo con ruina de tantas familias, disponian nuevas trazas con qué dañarse. Todo amenazaba una cruel avenida de males, y cada cual de las facciones pensaba quedar superior ganando al Juez ó Gobernador que les fuese; y si alguna cosa detenia un general rompimiento en que peligrase todo el cuerpo del Reino, era el temor que tenia cada cual de las parcialidades de que le cargasen la culpa. Á este tiempo habia crecido tanto la audacia de los Muzos, que saliendo á la tierra fria, en que pretendían introducir la guerra, no se contentaban ya con ocupar los caminos para saltear, sino con invadir los pueblos y destruirlos con ejércitos formados, en que no tenia poca parte el Saboyá, siempre infiel á los españoles, y atento á valerse de cualquier accidente que lo pudiese mejorar de fortuna: ni Gerónimo de Aguayo, que gobernaba en Vélez, era bastante á reprimir el ímpetu de aquella nacion aunque lo habia intentado con su riesgo alguna vez por aquella parte; ni por la de Simijaca, donde eran más crecidos los daños, se atrevía toda la nacion de los Mozcas á salir á campaña para defender sus provincias. Y así Lope Montalvo, que en el gobierno militar era más vigilante que en el político, ordenó al Capitan Diego Martínez que con ciento y sesenta hombres entrase al castigo y conquista de los Muzos, pareciéndole que número tan crecido de gente y caudillo de tantas experiencias bastarían para todo; pero tenia ya esta nacion tan perdido el temor á los españoles, y estaba tan ejercitada en las guerras pasadas, que con la noticia que le dieron los Mozcas de Saboyá  Lupachoque, se previno luego para la defensa, fiada en que la aspereza del terreno y disposicion que le daba para ejecutar sus ardides, habia de ser el todo para conseguir una grande victoria.

Deseaba Martínez conseguir esta empresa, porque se habia hecho la de mayor reputacion en el Reino; y considerando que la entrada que hizo Valdés por Simijaca se habia errado, por la ventaja de sitios en que halló siempre al enemigo, determinó hacer la suya por las Furatenas, que son dos montes levantados en forma piramidal, el uno algo mayor que el otro, y que se miran de frente sobre las riberas del rio Zarbique, llamados así con todo el país, por contemplacion de la primera Cacica que vieron allí los españoles; ó porque fingiendo los indios que fueron dos gigantes, marido y mujer, que se convirtieron en montes, llaman al uno fura, que en su idioma quiere decir hembra, y al otro tena, que quiere decir varon. Por aquí pues se resolvió Martínez á principiar la conquista, pareciéndole que las defensas no podían estar prevenidas; pero engañáronlo de suerte sus discursos, que desde que fué entrando en la provincia, se vió á cada paso asaltado del campo contrario, y sin tener disposicion para que marchase el cuyo con órden, no habia hora del dia en que no lo acometiesen los indios, y siempre con daño de los nuestros; pues aunque como tan prácticos en la milicia sufrían con valor, las surtidas eran por tantas partes y con tal ventaja de los Muzos, por el conocimiento que tenian del país, que no podían excusar muchos malos sucesos. Pero como los españoles porfian, aun cuando contra sus armas se conjuren los ele­mentos, llegó su esfuerzo á penetrar seis leguas de la provincia: hazaña que se tuvo por singular en tan fiera contradiccion como hallaban; y entéricos fué cuando descubrieron las primeras minas de esmeraldas en aquella parte, encontrándose con una de ellas Juan de Penágos, con la ocasion de haberse apartado á sacar una guaca, si bien las que pudieron adquirir no igualaban á las que se habian visto en Somondoco, hasta que el tiempo mani­festó lo contrario. Tambien hallaron gallinas de las que se habian llevado de España, y lo que se pensó fué que las adquirían por rescate, ó las habian robado de los indios Mozcas.

Puestos allí los españoles, consultaban el modo de proseguir la guerra, cuando todas las tropas de los Muzos se descubrieron de frente con señales de provocar, á batalla; y como de parte de los nuestros no la rehusasen, pareciéndoles que en vencerla consistía la conclusion de la guerra, luego se previnieron para el combate, y en viéndose á tiro de arcabuz, se encontraron de suerte unos y otros, que por mucho tiempo no se vieron sino muertes y destrozos, que el furor de la guerra ejecutaba para ruina de los hombres. Competían de suerte los arcos indianos con los arcabuces españoles, que si éstos hacían el estrago ordinario en los cuerpos desnudos, aquéllos despedían tan violentamente sus flechas, que no habia sayo de armas que las resistiese, hasta que, introducido el veneno por las heridas, pedia apresurado remedio en el hierro y el fuego. Lastimoso estado aquél en que sirve de alivio el tormento más grande! Las lanzas españolas, sobre ser pocas, no podían hacer el efecto que otras veces, porque la maleza del sitio no permitía que se valiesen de los caballos, ni los perros soltados de frente hacian más daños que recibian. Más de quinientos habian muerto de los contrarios, y mantenianse los demas con el mismo teson que empezaron. Señalábanse entre los nuestros Poveda, Oñate, Rivera y Martínez, empeñados con sus caballos en que no padeciese una rota miserable su ejército; pero viendo que el daño crecía con los heridos y más de treinta que habian muerto en la batalla, se fueron retirando para mejorar de fortuna con la ventaja de sitio más llano. Entónces Itocó, General del campo enemigo, animando sus tropas, las provocaba de nuevo al combate: Ahora es tiempo (decía) de que aseguremos la libertad, por quien tantas veces hemos tomado las armas. Mirad el desórden con que se retiran vuestros contrarios: pelead por la patria y herid en los que tratan de robaros la hacienda: yo iré delante y os abriré el camino para una gloriosa victo­ria, y si no lo manifestaren mis obras, no creais más en mis palabras. Con esto cargaron con furia los Muros, y resistíalos valerosamente Martin de Oñate que, despues de ilustres hazañas, se quedó el último para sufrir toda la carga del enemigo: mas de tres mil indios lo cercaron por todas partes, hasta que, bañado en sudor y sangre, perdió el caballo y las ar­mas entre la bárbara muchedumbre; mas aun así, no desmayó su coraron valiente: el mismo coraje experimentaron los Muzos despues de caido; con una espuela gineta hirió y mató más de sesenta ántes de perder gloriosamente la vida. Suceso espantoso! y que no me atrevería á escribirlo, á no haberlo hecho ántes el cronista Herrera y estar verificado con la universal tradicion de los indios. Era este caballero natural de Vizcaya, y uno de los que militaron con Gerónimo Hortal y entraron en el Reino con Fedreman, digno por cierto de inmortal fama para lustre de su nacion.

Con la muerte de Oñate se aseguró todo el campo, porque, asombrados los indios de que así batallase un solo español desarmado, y temiendo irritar de nuevo á los demas, die­ron vuelta á sus alojamientos, donde mezclaron el gusto de la victoria con el sentimiento de ver tan menoscabada la flor de su ejército. Los nuestros, asegurados en mejor puesto, pa­saron la noche y el dia siguiente en curar los heridos, y como eran muchos y por el encuen­tro pasado reconocia Martínez con cuánto riesgo habia de proseguir la conquista, determinó dejarle con parecer de sus Capitanes, que no tenian por cuerda resolucion aventurar su gente fatigada contra un campo victorioso y que por instantes se reforzaba. Y no pareció que lo acertasen, porque en le verdad fué tanto el estrago que padecieron los Muros entónces, que hubiera sido poca su resistencia despues, á ser más resuelta la determinacion de los nuestros: prevaleció, empero, lo más dañoso, y dió vuelta por Vélez, desbaratado, para que otros cogiesen el fruto de sus trabajos y librasen de tan cruel enemigo á los Mozcas: si bien por este tiempo no les era ménos formidable la paz de los españoles que la guerra de los Muros; pues como la noticia del nuevo descubrimiento hubiese pasado á España y divulgádose por otras partes de Indias con ponderaciones grandes de su riqueza, eran tantos los que ocurrian á gozar de ella en cambio de muchos géneros de Castilla que subian de la Costa, que para asegurar el comercio por la parte del rio grande, abrieron caminos los vecinos de Vélez hasta la boca de Carare, y para conducir las cargas se valian de récuas de indios pacíficos, que los Encomenderos alquilaban como si fueran brutos. La ley de Partida ordena que en los ejércitos no causen las bestias con las cargas, porque mueren ó se dañan, que es cosa que se torna en gran menoscabo de la hueste; y siendo racionales los indios y declarados por libres, no bastó la ley para abstener á los Encomenderos de semejante inhumanidad, y que se continuó por muchos dias con perjuicio notable de aquella nacion y mayor descrédito de la nuestra, hasta que, publicadas las nuevas leyes, y reconocido el celo piadoso con que el Real ánimo se aplicaba á castigar este exceso, se abstuvieron de él y trataron de criar mulas, con cuyo arbitrio, creciendo el trato, creció Vélez, y se aumentara mucho más en gente y riqueza, á no haberse mudado despues el puerto del rio.

La noticia de que Armendariz estaba ya en Cartagena se habia divulgado en el Reino, de que no se hallaba gustoso Lope Montalvo, por saber se habia despachado á instancia de los enemigos de Lugo, y porque de toda aquella tempestad que amenazaba contra su mal gobierno, recelaba que no le habia de alcanzar poca parte. La misma sospecha tenia Juan de Cabrera, que á la sazon se hallaba en Timaná, pareciéndole que habia de ser comprendido en la visita por las dependencias de Benalcázar. Para excusar este lance quisiera hallar medio, aunque fuera encontrándose en lo más interior de los Llanos; y para conse­guirlo despachó á Santafé al Capitan Maldonado y á Diego Días de Herrera que le pidiesen permision á Montalvo para levar gente en el Reino y entrar á la conquista del Dorado, en que le prometía buena hermandad y compañía. Rohusólo Montalvo á los principios, pareciéndole que Cabrera tiraba á entrársele mañosamente en su jurisdiccion y poblar en ella; pero en sabiendo el rigor con que procedía Armendariz, determinó seguir á Cabrera para librarse de todo. Por esto representaba á muchos las muertes y robos en que se habian mezclado, y cuántos daños excusarían si juntándose con él y Cabrera, que se bailaba ya en Neiva con cien hombres, entraban al Dorado, miéntras que llegado Lugo á Castilla le conseguía en propiedad el gobierno. A sus persuasiones se inquietaron los ánimos de todos aquellos que deseaban nuevas conquistas; y aun corrió tanto el empeño de Montalvo, que avisó á Cabrera para que entrase con gente en el Reino, donde se le juntaria él con la suya: más el otro, que tenia ya noticia de cuánto habia rehusado ántes lo mismo que entónces le ofrecía, no quiso moverse ligeramente ni aun verse con él, como le pedía, por haber entrado en recelo de que Montalvo procedía con cautela y era hombre doblado, como dice Herrera; pero lo cierto no fué sino porque sabiendo que el Virey Blasco Núñez Vela se habia reti­rado de Tumbez, y el estado en que se hallaba, se lo envió á ofrecer, pareciéndolo que se­guir aquella parte que habia de tener la aprobacion Real, era el verdadero camino para dorar muchos yerros y aun para alcanzar grandes premios, como le hubiera sucedido á no haber muerto en la infeliz batalla de Añaquito.

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