CAPITULO VI
LUGO SALE DEL REINO PARA CASTILLA, Y ARMENDARIZ ENTRA EN CARTAGENA.
-MUEREN LOS DOS QUESADAS: ENTRA EL CAPITAN MARTÍNEZ EN MUZO Y SALE
DERROTADO; Y JUAN DE CABRERA TRATA DE CONVENIRSE CON LOPE
MONTALVO.
EN las capitulaciones que se ajustaron entre el General Quesada
y Benalcázar al tiempo que concurrieron con Fedreman en Santafé por
el año de treinta y nueve, fué una de ellas que dejada en el Reino
la más gente del Perú, se le permitiese al Capitan Juan de Cabrera
que con sesenta hombres fuese á la provincia de Neiva, que habia
descubierto Benalcázar, y pudiese poblar en ella alguna ciudad que
estuviese sujeta á su Gobierno. Y aunque ejecutado así, no
permaneció la poblacion por decreto del país, y el Cabrera dió
vuelta con su gente al Reino por no caer en manos de Lope de
Aldana, que gobernaba ya en Popayan por el Marqués Pizarro; con
todo esto, vuelto Benalcázar de Castilla con el Adelantamiento, y
no queriendo perder aquel derecho que tenia adquirido, llamó á
Cabrera su Lugarteniente, y entrándose otra vez en la provincia de
Neiva por este año de cuarenta y cuatro, buscaba lugar en que hacer
aquella poblacion que habia intentado. La noticia de esta entrada
de Benalcázar llegó en pocos dias á Lugo, y causóle dos efectos muy
perjudiciales. El uno fué que muchos de los mal contentos dejaban
en tropas el Reino buscando amparo en Benalcázar: y el otro, que,
receloso del cargo que le haría el Consejo si permitía que otro
poblase en su gobernacion, recibia notable pesar de que se le
ofreciese tan apretado lance que pudiese retardar el viaje que
pretendía hacer á Castilla. Pero determinado á no empeñarse, de
suerte que llegase á rompimiento, ni con tal omision que le
pudiesen atribuir alguna culpa, despachó al Capitan Baltasar
Maldonado para que, en su nombre, requiriese á Benalcázar no
prosiguiese en la fundacion que intentaba, supuesto que la
provincia de Neiva, como descubierta primero por Gonzalo Jiménez de
Quesada, se comprendia dentro de la jurisdiccion del Nuevo Reino.
Algunos penetraron que la intencion de Lugo, dispuesta siempre á
sacar alguna conveniencia de cualquier accidente contrario, cuidó
más de lanzar del Reino á Maldonado que de contradecir á Benalcázar
sus pretensiones. Y á la verdad, no era tan mal fundada la sospecha
que no se le pudiese dar crédito, porque su conciencia, fecunda de
temores, lo traia con aquella inquietud que las culpas engendran en
un corazon delincuente, y no habia hombre de las calidades que
concurrian en Maldonado que no le fuese formidable para la
residencia que temia: ademas que era el más intimo de los Quesadas,
y uno de los que á Hernan Pérez acompañé siempre en sus
conquistas.
Lo que resultó de la embajada fué que, noticioso Benalcázar de
los excesos que cometia Lugo, y compadecido de los que se acogian
á él, le respondió por escrito con aquella libertad y desahogo que
habian los que reconocen en sus contrarios la falta de limpieza de
manos con que ellos proceden, y aun corrió voz, de que deseaba
ocasion de llegar á rompimiento con Lugo: lance que él no excusara,
porque tenia tanto valor como podia tener Benalcázar; pero como se
hallaba tan resuelto en pasar á España, remitió el despique de su
enojo á los renglones de otra carta, y acelerando su partida,
porque ya tenia labrados bergantines en Guataquí para la navegacion
del rio, nombró por su Teniente general al Capitan Lope Montalvo de
Lugo, su deudo, para que gobernase el Reino en su ausencia,
pareciéndole sería bastante sujeto para desvanecer las quejas de
sus contrarios; y porque le habia de ir escoltando hasta el rio
grande, subrogó en su lugar al Capitan Anton de Olalla, con órden
espreso de que prendiese á Cristóbal Gómez Nieto, á Pedro Negro, á
Pedro Cornejo, á Domingo de Aguirre y á los demas que andaban
fugitivos, y á Juana, india de Bogotá, con quien estaba mal
amistado el Capitan Juan Tafur. Hecho esto, convocó mucha gente de
ambas facciones para que le acompañase en guarda del tesoro real y
suyo, con órden de que hasta veinte y cinco hombres pasasen hasta
el mar del Norte, y entre ellos Juan de Céspedes, que habia de
quedar en Santa Marta, como dijimos: Lorenzo Martin en Tamalameque,
y Martín Galeano, por lo que le importaba no asistiese en el Reino
; y los otros que fuesen convoyando el tesoro hasta Tocaima, debajo
de la conducta de Gonzalo Suárez Rondon, con promesa de licenciarlo
desde allí, para que volviese á Tunja con los demas vecinos de
aquella ciudad. Mas era muy contraria la resolucion que llevaba
dentro de sí, porque llegados al puerto del rio grande, aprisionó
otra vez á Gonzalo Suárez y metiéndolo en el bergantín en que él
iba, determinó pasarlo á España, no porque desease ni le fuese
conveniencia el conseguirlo, sino por si acaso la estrechez y mal
trato de la prision lo acabase, y con su muerto saliese Lugo de los
recelos en que se hallaba.
Con estas prevenciones llegó á Santa Marta, entrado ya el año de
cuarenta y cinco, donde, como persona tan rica y que tenia el
gobierno, compró un buen navío, y embarcado en él con Gonzalo
Suárez, fué costeando hasta el Cabo de la Vela, donde afondó
apénas, cuando el Alcalde Bartolomé Carreño y el Alguacil mayor
Pedro de Cales, bien prevenidos de gente armada, se entraron en el
navío, y sin aquella reverencia que le tuvieron al principio,
sacaron los marineros y quitadas las velas y timon, pusieron en
libertad á Gonzalo Suárez, pareciéndoles que aunque el Adelantado
era su Gobernador, estaban sus excesos tan manifiestos, que el Rey
aprobaria la accion, en que tambien concurría el parecer del Obispo
Calatayud, que se hallaba presente, por haberlo dejado allí la
armada que pasó con Armendariz á Cartagena; y hospedó al Suárez con
generosidad. Ejecutado esto, se le notificaron ciertas provisiones
de la Audiencia española, para que restituyese á las arcas reales
enteramente cuanto habia sacado de ellas con violencia á título que
le pertenecía por la capitulacion del dozavo. Obedeció Lugo y en su
cumplimiento desembolsó la cantidad con más modestia que la que usó
en el despojo, y valiéndose de aquella suavidad de palabras de que
entre muchas prendas de gala y entendimiento lo dotó el cielo,
pidió le volviesen la gente de mar y demas instrumentos que le
habian quitado, para pasar á Castilla, donde daria bastante
satisfaccion de sus procedimientos, y los que se mostraban quejosos
debian representar sus agravios. Hiciéronlo así, y atravesado
aquel pedazo de mar que corre entre el Cabo de la Vela y la Habana,
hizo escala en su puerto y allí el Licenciado Juan de Avila, que
gobernaba la isla, le embargó la persona y bienes por órden que
asimismo tenia de la Audiencia española; pero deshízose presto toda
aquella tempestad con cuatro mil pesos que le dió Lugo y le cobró
despues probándole el cohecho en Castilla.
Casi por el mismo tiempo llegó Armendariz á Cartagena, donde
publicó sus nuevas leyes con poco sentimiento de los vecinos, por
la cortedad de las Encomiendas de aquella provincia y remitiólas
con real cédula al Adelantado Sebastian de Benalcázar, para que las
hiciese publicar en su gobernacion, donde, con la noticia que ya se
tenia de lo que pasaba en el Perú, sobre admitirlas ó no, vivian
sus vecinos con el recelo de que tambien habia de caer sobre ellos
el rayo de aquel despacho, prorumpiendo en lástimas y
desesperaciones en sabiendo que ya estaba en poder de Benalcázar,
hombre temido y respetado. Pero como éste considerase lo que
importa atajar las alteraciones ántes que lo parezcan, llamó á
todos los vecinos de Popayan, donde residia de vuelta de Neiva, y
propúsoles la imposibilidad que hallaba en faltar á la publicacion
de aquellas leyes, pues no habiéndolo hecho jamas en cosa
perteneciente al servicio del Rey, ménos pensaba hacerlo en aquella
ocasion ni sospechar que algunos de los presentes lo harían. Que si
esta obligacion era tan precisa de vasallo á príncipe, no tuviesen
por ménos propia la de su Rey á vasallos en cuanto á oir sus quejas
y remediarlas siempre que representasen la causa con la veneracion
debida á Su Majestad, y más cuando para dar lugar á ello
suspenderia la ejecucion y permitiria fuesen á Castilla los
Procuradores que nombrasen, por ser éste el camino más llano para
un acierto. Que retrocediesen la vista á las edades pretéritas y
verían que ningunos de los vasallos que echaron por el atajo de los
medios ilícitos, dejaron de caer en los desengaños de su ruina. Que
la reciente sangre con que inundaron á Castilla las comunidades les
fuese recuerdo de lo que debe temerse un príncipe desobedecido
aunque se halle distante. Y que pues tenian ganada la gloria de
haber dado aquellas provincias á su Rey, no la aventurasen entre
los deshonores de una ciega resolucion, arrastrando infamia
perpetua á su posteridad. Oida la propuesta de su Gobernador, se
sosegaron luego, animando sus esperanzas difuntas con la facultad
de elegir Procuradores; y consiguientemente se publicaron con toda
solemnidad las nuevas leyes; y elegido Francisco de Ródas para que
viniese á Castilla, interpusieron la suplicacion de ellas que les
fué admitida, y sin que se oyesen nuevos rumores sobre aquella
materia, se dió parte de todo á Armendariz, quien, ejecutada la
diligencia de haber hecho este despacho, trató luego de la
residencia del Adelantado don Pedro de Heredia, que finalmente vino
á parar (como todas las más que toman Letrados á Gobernadores de
Indias) en quedarse con el gobierno el visitador y remitir preso á
España al visitado, de donde pocos dias ántes habia vuelto de la
antecedente que le tomó el Oidor Juan de Badillo.
En esta ocupacion se hallaba Armendariz cuando la flota que
habia salido de España y seguido el viaje que se hacia entónces,
tocó en Santo Domingo y de ella supieron los de la Audiencia, cómo
poco ántes habia pasado á Cartagena: con que atentos á
desembarazarse de causas tan árduas, le remitieron todas las que
tocaban al Nuevo Reino: y con esta ocasion los dos hermanos
Quesadas, que ya estaban libres de la sentencia de Lugo y
pretendian, con los más interesados que allí habia, ir á
representar sus agravios de nuevo ante Armendariz, aportaron al
Cabo de la Vela en que residia el Obispo y estaba Gonzalo Suárez; y
deteniéndose algunos dias miéntras hacia tiempo para navegar,
acaeció que turbándose de repente el aire cayó un rayo en la nao
Capitana en que iban y mató al General Archuleta, natural de
Vizcaya, á los dos hermanos Quesadas y á los dos marineros; y
aunque libraron del estrago el Obispo y Gonzalo Suárez, que habian
concurrido á la nao, éste quedó por muchos años lisiado de un brazo
y el otro de una pierna: desgracia impensada y que lastimó
generalmente á todos los que iban en la flota y á los que se
hallaron en el Cabo de la Vela, donde correspondiendo las
demostraciones al dolor, dieron sepulcro honroso á sus cenizas.
Este fué el fin lamentable del Capitan Hernan Pérez de Quesada, y
así terminó infelizmente sus dias aquel de quien temblaron
infinitas naciones: murió en lo mejor de su edad y cortóle una
fatalidad las esperanzas cuando más caminaban á una elevada
fortuna.
Era hombre de buena y robusta presencia, agradable sobre
encarecimiento á cuantos lo trataban; templado en las cosas
prósperas y sufrido en las adversas; de costumbres populares para
gobernar hombres, y de notable destreza en regir un caballo;
pagábase de la lisonja, y aun comprábala, porque su inclinacion lo
arrastraba al aplauso; su liberalidad pareció más de príncipe que
de particular. En ménos de dos años y medio que gobernó por su
hermano, derramó entre forasteros y soldados más de ciento y
cincuenta mil pesos de oro: suma espantosa! y que haciéndolo bien
quisto, le fabricó los primeros tropiezos para su caída. Señalóse
entre los conquistadores del Reino siempre que concurrió con ellos
en alguna faccion. Fué el primero que entrando en la provincia de
Muzo abrió camino á la mayor riqueza de esmeraldas que admira el
orbe. Pagóse de su valor Furatena, señora de aquellos paises, y
pretendiólo para esposo, porque sus prendas fueron amables aun para
los bárbaros. Con desgracia intentó el descubrimiento de la casa
del Sol; con gasto y trabajos excesivos la conquista del Dorado: y
como anuncios el uno y otro de un mal suceso, lo condujeron otra
vez al Reino para que la emulacion lo arrojase á donde un rayo se
acreditó de que siempre obra en lo más fuerte. Pero no dejaron
estas prendas de mezclarse con algunos defectos de la fragilidad
humana: notáronselo muchas flaquezas en que ordinariamente
tropieza la juventud. La vanagloria y ambicion, tan poderosas en
el temperamento de su genio, pusieron á todo el Reino en lance de
perderse en la entrada de Lebron, á no valerse su propia
desconfianza de las artes de sus amigos. La sencillez de ánimo y
facilidad que tuvo en dar crédito, ignoró el blanco á que tiraban
los informes afectados que le hacian: por eso abrazó con
imprudencia el error de cortar la cabeza al Cacique de Tunja.
Codició los bienes ajenos con ceguedad, pasion que reina en los que
derraman los propios con desórden, y así fué gran parte en la
injusta muerte del Rey de Bogotá, y aun quizá la más culpada, pues
elegido para su defensor, no solamente faltó al oficio, más
trocándola al de Fiscal, dejó correr la injusticia hasta el
precipicio de tan gran desacierto.
No pasaban con mejor fortuna las cosas del Reino, porque partido
el Adelantado Lugo, y dejado todo el gobierno á Lope Montalvo,
hombre apacible y de condicion atenta á no disgustar los vecinos,
corrian los odios que habian producido las parcialidades de
Quesadas y Caquecios, sin aquel género de respeto que deben tener
al brazo de la justicia: de que resultaba que los unos, atentos á
conservar las mercedes que les habia hecho el Adelantado, y los
otros á no permitirlo con ruina de tantas familias, disponian
nuevas trazas con qué dañarse. Todo amenazaba una cruel avenida de
males, y cada cual de las facciones pensaba quedar superior ganando
al Juez ó Gobernador que les fuese; y si alguna cosa detenia un
general rompimiento en que peligrase todo el cuerpo del Reino, era
el temor que tenia cada cual de las parcialidades de que le
cargasen la culpa. Á este tiempo habia crecido tanto la audacia de
los Muzos, que saliendo á la tierra fria, en que pretendían
introducir la guerra, no se contentaban ya con ocupar los caminos
para saltear, sino con invadir los pueblos y destruirlos con
ejércitos formados, en que no tenia poca parte el Saboyá, siempre
infiel á los españoles, y atento á valerse de cualquier accidente
que lo pudiese mejorar de fortuna: ni Gerónimo de Aguayo, que
gobernaba en Vélez, era bastante á reprimir el ímpetu de aquella
nacion aunque lo habia intentado con su riesgo alguna vez por
aquella parte; ni por la de Simijaca, donde eran más crecidos los
daños, se atrevía toda la nacion de los Mozcas á salir á campaña
para defender sus provincias. Y así Lope Montalvo, que en el
gobierno militar era más vigilante que en el político, ordenó al
Capitan Diego Martínez que con ciento y sesenta hombres entrase al
castigo y conquista de los Muzos, pareciéndole que número tan
crecido de gente y caudillo de tantas experiencias bastarían para
todo; pero tenia ya esta nacion tan perdido el temor á los
españoles, y estaba tan ejercitada en las guerras pasadas, que con
la noticia que le dieron los Mozcas de Saboyá Lupachoque, se
previno luego para la defensa, fiada en que la aspereza del terreno
y disposicion que le daba para ejecutar sus ardides, habia de ser
el todo para conseguir una grande victoria.
Deseaba Martínez conseguir esta empresa, porque se habia hecho
la de mayor reputacion en el Reino; y considerando que la entrada
que hizo Valdés por Simijaca se habia errado, por la ventaja de
sitios en que halló siempre al enemigo, determinó hacer la suya por
las Furatenas, que son dos montes levantados en forma piramidal, el
uno algo mayor que el otro, y que se miran de frente sobre las
riberas del rio Zarbique, llamados así con todo el país, por
contemplacion de la primera Cacica que vieron allí los españoles; ó
porque fingiendo los indios que fueron dos gigantes, marido y
mujer, que se convirtieron en montes, llaman al uno fura, que en su
idioma quiere decir hembra, y al otro tena, que quiere decir varon.
Por aquí pues se resolvió Martínez á principiar la conquista,
pareciéndole que las defensas no podían estar prevenidas; pero
engañáronlo de suerte sus discursos, que desde que fué entrando en
la provincia, se vió á cada paso asaltado del campo contrario, y
sin tener disposicion para que marchase el cuyo con órden, no habia
hora del dia en que no lo acometiesen los indios, y siempre con
daño de los nuestros; pues aunque como tan prácticos en la milicia
sufrían con valor, las surtidas eran por tantas partes y con tal
ventaja de los Muzos, por el conocimiento que tenian del país, que
no podían excusar muchos malos sucesos. Pero como los españoles
porfian, aun cuando contra sus armas se conjuren los elementos,
llegó su esfuerzo á penetrar seis leguas de la provincia: hazaña
que se tuvo por singular en tan fiera contradiccion como hallaban;
y entéricos fué cuando descubrieron las primeras minas de
esmeraldas en aquella parte, encontrándose con una de ellas Juan de
Penágos, con la ocasion de haberse apartado á sacar una guaca, si
bien las que pudieron adquirir no igualaban á las que se habian
visto en Somondoco, hasta que el tiempo manifestó lo contrario.
Tambien hallaron gallinas de las que se habian llevado de España, y
lo que se pensó fué que las adquirían por rescate, ó las habian
robado de los indios Mozcas.
Puestos allí los españoles, consultaban el modo de proseguir la
guerra, cuando todas las tropas de los Muzos se descubrieron de
frente con señales de provocar, á batalla; y como de parte de los
nuestros no la rehusasen, pareciéndoles que en vencerla consistía
la conclusion de la guerra, luego se previnieron para el combate, y
en viéndose á tiro de arcabuz, se encontraron de suerte unos y
otros, que por mucho tiempo no se vieron sino muertes y destrozos,
que el furor de la guerra ejecutaba para ruina de los hombres.
Competían de suerte los arcos indianos con los arcabuces españoles,
que si éstos hacían el estrago ordinario en los cuerpos desnudos,
aquéllos despedían tan violentamente sus flechas, que no habia sayo
de armas que las resistiese, hasta que, introducido el veneno por
las heridas, pedia apresurado remedio en el hierro y el fuego.
Lastimoso estado aquél en que sirve de alivio el tormento más
grande! Las lanzas españolas, sobre ser pocas, no podían hacer el
efecto que otras veces, porque la maleza del sitio no permitía que
se valiesen de los caballos, ni los perros soltados de frente
hacian más daños que recibian. Más de quinientos habian muerto de
los contrarios, y mantenianse los demas con el mismo teson que
empezaron. Señalábanse entre los nuestros Poveda, Oñate, Rivera y
Martínez, empeñados con sus caballos en que no padeciese una rota
miserable su ejército; pero viendo que el daño crecía con los
heridos y más de treinta que habian muerto en la batalla, se fueron
retirando para mejorar de fortuna con la ventaja de sitio más
llano. Entónces Itocó, General del campo enemigo, animando sus
tropas, las provocaba de nuevo al combate: Ahora es tiempo (decía)
de que aseguremos la libertad, por quien tantas veces hemos tomado
las armas. Mirad el desórden con que se retiran vuestros
contrarios: pelead por la patria y herid en los que tratan de
robaros la hacienda: yo iré delante y os abriré el camino para una
gloriosa victoria, y si no lo manifestaren mis obras, no creais
más en mis palabras. Con esto cargaron con furia los Muros, y
resistíalos valerosamente Martin de Oñate que, despues de ilustres
hazañas, se quedó el último para sufrir toda la carga del enemigo:
mas de tres mil indios lo cercaron por todas partes, hasta que,
bañado en sudor y sangre, perdió el caballo y las armas entre la
bárbara muchedumbre; mas aun así, no desmayó su coraron valiente:
el mismo coraje experimentaron los Muzos despues de caido; con una
espuela gineta hirió y mató más de sesenta ántes de perder
gloriosamente la vida. Suceso espantoso! y que no me atrevería á
escribirlo, á no haberlo hecho ántes el cronista Herrera y estar
verificado con la universal tradicion de los indios. Era este
caballero natural de Vizcaya, y uno de los que militaron con
Gerónimo Hortal y entraron en el Reino con Fedreman, digno por
cierto de inmortal fama para lustre de su nacion.
Con la muerte de Oñate se aseguró todo el campo, porque,
asombrados los indios de que así batallase un solo español
desarmado, y temiendo irritar de nuevo á los demas, dieron vuelta
á sus alojamientos, donde mezclaron el gusto de la victoria con el
sentimiento de ver tan menoscabada la flor de su ejército. Los
nuestros, asegurados en mejor puesto, pasaron la noche y el dia
siguiente en curar los heridos, y como eran muchos y por el
encuentro pasado reconocia Martínez con cuánto riesgo habia de
proseguir la conquista, determinó dejarle con parecer de sus
Capitanes, que no tenian por cuerda resolucion aventurar su gente
fatigada contra un campo victorioso y que por instantes se
reforzaba. Y no pareció que lo acertasen, porque en le verdad fué
tanto el estrago que padecieron los Muros entónces, que hubiera
sido poca su resistencia despues, á ser más resuelta la
determinacion de los nuestros: prevaleció, empero, lo más dañoso, y
dió vuelta por Vélez, desbaratado, para que otros cogiesen el fruto
de sus trabajos y librasen de tan cruel enemigo á los Mozcas: si
bien por este tiempo no les era ménos formidable la paz de los
españoles que la guerra de los Muros; pues como la noticia del
nuevo descubrimiento hubiese pasado á España y divulgádose por
otras partes de Indias con ponderaciones grandes de su riqueza,
eran tantos los que ocurrian á gozar de ella en cambio de muchos
géneros de Castilla que subian de la Costa, que para asegurar el
comercio por la parte del rio grande, abrieron caminos los vecinos
de Vélez hasta la boca de Carare, y para conducir las cargas se
valian de récuas de indios pacíficos, que los Encomenderos
alquilaban como si fueran brutos. La ley de Partida ordena que en
los ejércitos no causen las bestias con las cargas, porque mueren ó
se dañan, que es cosa que se torna en gran menoscabo de la hueste;
y siendo racionales los indios y declarados por libres, no bastó la
ley para abstener á los Encomenderos de semejante inhumanidad, y
que se continuó por muchos dias con perjuicio notable de aquella
nacion y mayor descrédito de la nuestra, hasta que, publicadas las
nuevas leyes, y reconocido el celo piadoso con que el Real ánimo se
aplicaba á castigar este exceso, se abstuvieron de él y trataron de
criar mulas, con cuyo arbitrio, creciendo el trato, creció Vélez, y
se aumentara mucho más en gente y riqueza, á no haberse mudado
despues el puerto del rio.
La noticia de que Armendariz estaba ya en Cartagena se habia
divulgado en el Reino, de que no se hallaba gustoso Lope Montalvo,
por saber se habia despachado á instancia de los enemigos de Lugo,
y porque de toda aquella tempestad que amenazaba contra su mal
gobierno, recelaba que no le habia de alcanzar poca parte. La misma
sospecha tenia Juan de Cabrera, que á la sazon se hallaba en
Timaná, pareciéndole que habia de ser comprendido en la visita por
las dependencias de Benalcázar. Para excusar este lance quisiera
hallar medio, aunque fuera encontrándose en lo más interior de los
Llanos; y para conseguirlo despachó á Santafé al Capitan Maldonado
y á Diego Días de Herrera que le pidiesen permision á Montalvo para
levar gente en el Reino y entrar á la conquista del Dorado, en que
le prometía buena hermandad y compañía. Rohusólo Montalvo á los
principios, pareciéndole que Cabrera tiraba á entrársele
mañosamente en su jurisdiccion y poblar en ella; pero en sabiendo
el rigor con que procedía Armendariz, determinó seguir á Cabrera
para librarse de todo. Por esto representaba á muchos las muertes y
robos en que se habian mezclado, y cuántos daños excusarían si
juntándose con él y Cabrera, que se bailaba ya en Neiva con cien
hombres, entraban al Dorado, miéntras que llegado Lugo á Castilla
le conseguía en propiedad el gobierno. A sus persuasiones se
inquietaron los ánimos de todos aquellos que deseaban nuevas
conquistas; y aun corrió tanto el empeño de Montalvo, que avisó á
Cabrera para que entrase con gente en el Reino, donde se le
juntaria él con la suya: más el otro, que tenia ya noticia de
cuánto habia rehusado ántes lo mismo que entónces le ofrecía, no
quiso moverse ligeramente ni aun verse con él, como le pedía, por
haber entrado en recelo de que Montalvo procedía con cautela y era
hombre doblado, como dice Herrera; pero lo cierto no fué sino
porque sabiendo que el Virey Blasco Núñez Vela se habia retirado
de Tumbez, y el estado en que se hallaba, se lo envió á ofrecer,
pareciéndolo que seguir aquella parte que habia de tener la
aprobacion Real, era el verdadero camino para dorar muchos yerros y
aun para alcanzar grandes premios, como le hubiera sucedido á no
haber muerto en la infeliz batalla de Añaquito.