CAPITULO V
DESCUBRE FELIPE DE UTRE LOS OMEGUAS, Y VÉNCELOS EN UNA BATALLA:
RETÍRASE POR MAS GENTE Á CORO, Y MUERTO ALEVOSAMENTE POR FRANCISCO
DE CARVAJAL EN EL CAMINO, SE PIERDEN LAS NOTICIAS.
POR el mismo tiempo que el Adelantado se ocupaba en el Reino en
apremiar á los ministros Reales y procesar contra los Quesadas, se
hallaba Felipe de Utre reforzando su gente, agasajado de la
benevolencia que dentro de su pueblo le manifestaba el Cacique
parcial del señor de Macatoa; y esta afición que cobró á los
nuestros, le hacia temer las desdichas que habian de encontrar, sí
porfiaban en pasar al Reino de los Omeguas, por saber la
muchedumbre de gente belicosa que tenia, criada toda su vida en
marciales encuentros, no solamente con los extraños sino consigo
mismos, destruyéndose en guerras civiles: polilla incurable de los
paises que abundan de prosperidades. Por estas consideraciones
procuraba disuadirles del empeño, representándoles el riesgo de
llegar á las manos con enemigos tan prácticos, y vestidos como
ellos iban, no como los otros, desnudos, de que habian triunfado
hasta entónces con el espanto: ademas, que tenian en sus tierras
animales casi tan grandes como los caballos, en que podían tambien
montar para resistir á los pocos que llevaban (que segun las
noticias que siempre se han tenido de este Reino, son carneros del
Perú, y no camellos, como algunos afirman). Pero á todo esto añadia
el Cacique, que tenian suma riqueza de plata y oro, y muchos
géneros de pavos y gallinas de papadas coloradas. De todos estos
inconvenientes se burlaban los nuestros, no siendo más de cuarenta,
animados con el aviso de la plata y oro, y grandes poblaciones, que
era el fin de sus ansias; y así reformados ya en el pueblo,
pidieron al Cacique guias de confianza que los metiese en la
tierra, y ofreciólas luego, vista su determinación, y por lo que
gustaba de su compañía determinó ir en persona con cien Gandules
hasta la primera población de los Omeguas. Con tan buena guia,
marcharon por anchos y abiertos caminos, aunque faltos de gente,
por espacio de cinco dias, hasta que al último, bien de mañana, se
hallaron sobre una aldea de hasta cincuenta casas, y preguntando al
Cacique quiénes eran sus moradores, respondió ser las guardas de
las sementeras de los Omeguas, que en aquella aldea se recogian,
cuando les permitia lugar la ocupación de su ejercicio: pero en
sintiendo las vigias repartidas por el campo la gente forastera que
entraba por aun tierras, se pusieron en huida para sus casas, con
fin al parecer de ampararse en ellas.
Desde el sitio en que se hallaban los nuestros, por ser algo
elevado, descubrieron á corta distancia una población de tan
extraña grandeza, que aunque estaban bien cerca no pudieron divisar
el extremo de la otra parte. Tenía las calles derechas, las casas
muy juntas y sobresalía entre todas una, que estaba en medio, de
tan elevada y anchurosa fábrica, que preguntaron al Cacique guía
qué casa señalada era aquélla? á que respondió ser la del Cacique
Cuarica, señor de aquella ciudad, que le servia de morada, y templo
para muchos ídolos que tenia de oro macizo de la estatura de hilos
de á cincuenta lunas, entre los cuales estaba el de una diosa de
estatura de una mujer perfecta, y otras grandes riquezas suyas y de
sus vasallos, que allí se depositaban: Y más adelante (dijo) hay
otros pueblos y Caciques principales, que exceden á este
incomparablemente en vasallos, riquezas y ganados, y á este paso se
van acrecentando hasta los fines de aquestos dilatados Reinos: por
lo cual ya no hay necesidad de que yo os guie, porque si á la
entrada sabeís defender bien vuéstras personas, podeis seguramente
correr de unas partes á otras por donde os pareciere; pero para el
mayor acierto os doy por último consejo, que procureis haber á las
manos alguna de aquellas guardas que se han retraido á la aldea, de
quien podais informaros y me dareis licencia para volver á mi
casa.
Hallábanse á caballo en esta sazon Felipe de Utre y todos los
demas que los tenian y aplicadas las espuelas á un tiempo,
corrieron en demanda de la aldea con pretensión de lograr el
consejo, si bien salió azarosa la suerte, pues ninguno pudieron
aprisionar; solamente Felipe de Utre, dueño de caballo más ligero,
dió alcance á un Gandul, que con su lanza en la mano trataba de
escaparse; pero viendo éste su perdicion tan vecina, volvió
haciendo cara, y despidió con tal pujanza y destreza la lanza, que
atravesando el sayo de armas de Utre lo hirió peligrosamente entre
las costillas que caen debajo del brazo derecho, y corriendo
arrebatadamente se entró en su pueblo, conmoviéndolo á voces,
miéntras el General, herido y vúeltas las riendas al caballo, se
incorporaba con los demas, que discurriendo no haber encuentro más
perjudicial que el primero, si es desgraciado, vacilaban perplejos
en la determinacion que tomarían, si de avanzar al pueblo
temerarios ó retirarse por entonces prudentes. No ocupaban ménos
confusiones al Cacique amigo que habla estado á la mira,
pareciéndole que ya toda la Nacion de los Omeguas iria cargando
sobre ellos, por la cólera en que los habian metido los guardas que
huyeron ; y parecíale suerte bien merecida en los españoles por
haber despreciado el consejo de que no se trabasen con gentes tan
belicosas. En esto se discurría cuando en confirmacion de ello se
comenzaron á oír estruendos de grandísimos tambores (que los
tenian, segun afirmaba el Cacique, de cinco y seis varas de largo.)
Resonaban fotutos y caracoles entra alaridos de toda suerte de
gentes, que parecía haberse conjurado el mundo contra los nuestros,
como era la verdad, y la hubieran experimentado, aquel dia, si no
terciara la noche para que los enemigos detuviesen él paso, y los
españoles dispusiesen que los indios amigos, llevando en una hamaca
á Felipe de Utre, diesen la vuelta caminando toda la noche á paso
tan largo, que á la siguiente encontraron con él en el pueblo de su
Cacique, escoltado siempre del campo, donde luego se trató de su
cura, tomándola á su cargo Diego de Montes, natural de Madrid, no
porque fuese médico ni cirujano, sino por no hallarse otro que
supiese tanto.
El modo que discurrió para curarla fué bien singular, porque
como la herida fuese entre lás costillas y no hubiese tienta para
reconocer si estaba superior á las telas del corazon, ó las
hubiesen lastimado, dispuso, con beneplácito del Cacique, que
montase á caballo un indio el más anciano del pueblo, que debía de
ser esclavo, y poniéndole el sayo ó escaulpil, hizo que otro por la
misma rotura lo hiriese con otra lanza semejante á las que usan los
Omeguas: prueba que le costó al viejo la vida, pues desmontándolo y
haciendo la anatomía de que necesitaba para la cura, halló que caía
la herida sobre las telas, y consiguientemente rompiendo más la
abertura le hizo ciertos labatorios, bastantes á que meciéndolo de
una parte á otra limpiasen el lastimado cuerpo de mucha sangre
cuajada, que ya estaba en ellas dejándolo en disposicion de que
brevemente sanase, y al Cacique y á su gente asombrados de la
entereza con que el herido habia sufrido aquella cruel carnicería,
y tanto que a una voz decian, que si entro los cuarenta españoles
que tenian presentes habia muchos de tan valiente ánimo, podian
entrar seguros á la conquista de los Omeguas pero éstos, aunque
noticiosos de la retirada de los nuestros con la oscuridad de la
noche, no por eso apartaron el ánimo de la intencion de seguirlos,
como lo hicieron, pues pasado el primer cuarto de la noche, en que
se reformaron de gente hasta en cantidad de quince mil
combatientes, fueron en su alcance, sin que algunos de los
españoles ni de los indios amigos lo sintiese, hasta que se
pusieron á dos leguas del pueblo.
Dióle el Cacique el aviso del riesgo al General Felipe de Utre,
el cual, como no estuviese para montar á caballo, ordenó al Capitan
Pedro de Limpias que gobernase la guerra. Era este Capitan práctico
y venturoso, como hemos dicho, y así dispuesto todo con el acierto
y brevedad que el aprieto pedía, salió al encuentro á los Omeguas,
que ya iban acercándose por un dilatado campo, divididos en
escuadrones bien formados, con altos penachos, rodelas y lanzas de
puntas tostadas, que eran sus armas. Nuestros caballos entónces
bien cerrados, aunque pocos, dieron principio á la batalla, que
hacia más sangrienta el escuadron de los infantes que los seguía
gobernados por Bartolomé Belzar, mancebo brioso, que competidor de
Limpias hacía maravillas; y aunque al primer ímpetu de los nuestros
se opusieron los indios con resistencia de buenos guerreros,
revolviendo prestamente Pedro de Limpias, los acometió con tanto
coraje y destreza, que se víó aquella bárbara multitud atropellada
y rata de treinta y nueve españoles, cuando se prometia en las
manos la victoria. Perdido entónces el ánimo de los Omeguas, dieron
principio á retirarse guardando el órden de la milicia en tales
aprietos, como eran los que encontraban en la ferocidad de los
caballos y corte de las espadas Pero viendo ya que el mucho
guerrear, en vez de quebrantar el ánimo de los españoles, les daba
alientos para mostrarse invencibles, ya no retirándose sino huyendo
á espaldas vueltas, desamparaban la campaña dejando muchos de los
suyos muertos y mal heridos, sin que de los nuestros peligrase otro
que el Capitan Artiaga, que sanó con dificultad del golpe que
recibió de una lanza.
Con tan milagrosa victoria, y algunos dias que bastaran para
convalecer los heridos, resolvieron todos tomar la vuelta de
Macatoa, y desde allí la del pueblo de Nuestra Señora, donde
consultarían lo que más importase para renovar la conquista de los
Omeguas. Dispuesta así la partida, de que no le pesó poco al
Cacique amigo, por el amor que habia cobrado á los nuestros, y por
la intencion de tenerlos consigo para ir observando sus ardides de
guerra y políticos modos de vivir, á que grandemente se habia
inclinado, quisiera detenerlos más tiempo; pero vista su
resolucion, dióles todo lo necesario para la jornada, con
vivanderos y guías que los condujesen á Macatoa, sin tropezar en el
inconveniente de encontrarse con los Caribes, que habitan el rio
abajo; mas, vueltas las guias al mejor tiempo, precisaron á los
nuestros á que marchasen al tino, en confianza de que no podian
errar el Guaivare, que los encaminaria a Macatoa, llevando siempre
el rostro al Poniente, como sucedió arribando á él por parte
superior á la ciudad, á donde, reconocido el paraje, despachó el
General Utre á Pedro de Limpias, con una tropa de doce infantes,
para que hiciese subir conoas, lo cual conseguido, al dia
siguiente, con abundancia de víveres que les dió el señor de
Macatoa, repasaron el Guaivare, y, sin accidente adverso que los
retardase, llegaron al pueblo de Nuestra Señora, donde habian
dejado los enfermos, despues de tres meses que gastaron en este
descubrimiento.
No es ponderable el gozo que si habia engendrado en Felipe de
Utre y su gente, con haber saludado los umbrales del Reino de los
Omeguas, pareciéndoles haberse encontrado con las provincias del
Dorado, en cuya demanda habian saudade Coro; y si les preguntáramos
en qué se fundaban, se hallarian sin duda ajenos de sacar á luz
alguna razon que lo persuadiese, especialmente habiendo sido tanta
su inadvertencia, que no hubiesen á las manos algunos indios de
quienes poder informarse de las calidades de la tierra, riquezas y
minerales, disposicion de los paises, número de habitadores, trato
y otras cosas comunes al vivir de los hombres, y especialmente si
sobre todas las provincias dominaba algun señor, Soberano, Rey ó
Monarca; si no es que las señas que van referidas y la primera
guazabara bastase á persuadirles lo que más deseaban, causándoles
el desvanecimiento de haber llegado á parte que ningunos otros
habian podido, aunque lo habian intentado. Y porque podrá convenir
en algun tiempo examinar juntas todas las noticias que se han
adquirido para la certidumbre de estas provincias, no será fuera de
propósito sucintarlas en este capítulo, advirtiendo que de las
cuatro que hemos hallado en diferentes autores, es la segunda ésta
que va referida, pues la primera tuvo el Capitan Francisco de
Orellana por el año de cuarenta y uno, cuando despachado por
Gonzalo Pizarro (que se ocupaba en el descubrimiento de la canela),
navegadas quinientas y ochenta leguas hasta la provincia de
Machifaro, que yace sobre el gran rio de las Amazonas, que llamaron
entónces de Orellana y despues del Marañon, tuvo noticia de un gran
señor confinante, la tierra adentro, á mano izquierda, llamado
Aomagua; y a pocas leguas del rio abajo, despues de encontrarse con
otro mayor que el que iba navegando, y á su boca tenia tres islas,
dió en una aldea de hermosa vista, con cierta cesa de placer, en
que halló algun oro y plata, y gran cantidad de loza vidriada, con
excelentes dibujos, que dijeron los aldeanos conducirse de la
tierra adentro, en que habia muchos de aquellos metales. Confirmóse
esta noticia con descubrir dos caminos reales, á mano izquierda,
por donde anduvo Orellana como dos millas, hasta que viendo que se
ensanchaban más á cada paso, volvió á la aldea, y embarcada su
gente, navegadas otras cien leguas, se encontró con el Cacique
Paguana, en cuyo pais halló carneros del Perú, sin que bastase
alguna cosa de éstas á mudar la pretension con que iba de salir al
mar del Norte.
La tercera noticia derramaron en los Reinos del Perú, por el año
de mil quinientos y cincuenta y siete, ciertos indios Brasiles, que
habiendo salido de sus tierras hasta en número de doce mil, diez
años ántes, con ánimo de buscar provincias en que ensancharas, por
no caber en las suyas, despues de muchos encuentros de guerra que
tuvieron en la jornada (atravesados los Llanos y el Marañon, con
dos portugueses por guias ó cabos), dieron en un famoso rio, por el
cual subiendo arribaron á la provincia de los Motilones, afirmando
haber encontrado muchas provincias, y especialmente la de los
Omeguas, poderosos en gente y riqueza, que luego soñaron algunos
ser las del Dorado, si bien otros más cuerdos las tuvieren por las
mismas que habia descubierto Felipe de Utre, de que se originaron
los aparatos con que Pedro de Ursua, por órden del Virey, Marqués
de Cañete, se dispuso para su desgraciada conquista, llevando
algunos Brasiles por guias; y para que Lope de Aguirre adquiriese
la cuarta noticia, por el año de sesenta y uno, oir que navegadas
más de setecientas leguas desde que se embarcó en el rio de los
Motilones hasta uno de los pueblos de la provincia de Machifaro, en
que traidoramente maquinó y ejecutó la rebelion á su Rey y muerte
de su General, y costeada toda la provincia, hasta el pueblo de la
Matanza, en que repitió inhumanos estragos, descubrió á pocas
leguas del no abajo algunas tierras elevadas y limpias, de la una y
otra parte del rio, en que de dia divisaban innumerables humos y de
noche lumbres, señales manifiestas de grandes poblaciones, y que
las guias Brasiles afirmaban ser de los Omeguas, hasta que viendo
cuánto se retiraba de ellas Lope de Aguirre, se ausentaron una
noche en demanda del Brasil, de cuya cercanía divisaban ya
bastantes señales, como más individualmente lo refiere Fr. Pedro
Simon en su historia de Tierra firme.
De suerte que las cuatro noticias que se han tenido en diversos
tiempos, y entradas de distantísimas partes, convienen en la
certeza de que hay estas provincias, por la poca diferencia que hay
en la pronunciacion de Aomaguas, Omaguas, Omeguas y Ditaguas, y en
que son tierras altas y limpias, abundantes de gente, oro y plata,
y carneros semejantes á los del Perú, y en que dichas provincias
están la tierra dentro, á poca distancia del rio Marañon, más bajas
que la de Machifaro, con quien confinan á mano derecha, subiendo el
rió arriba, y á la izquierda, bajando: pues aunque la gente de
Aguirre referia estar á mano derecha, y otras tierras semejantes á
la izquierda, es muy verosímil que por alguna gran vuelta del rio
padeciese engaño la vista; por lo cual se podrá inferir si se
gozaban con fundamento los soldados de Felipe de Utre, que dejamos
en el pueblo de Nuestra Señora, ufanos con las novedades que
participaron á los que habian dejado enfermos, pues animados con
ellas se alentaban á formar ideas de señoríos que habian de
adquirir en aquellos Reinos: quimeras todas que terminaron
brevemente con lastimosas tragedias y noticias ciertas, que borró
con sangre el odio y la ambicion, para que hasta hoy no se hayan
vuelto á rastrear aquellas primeras huellas de estos infelices
descubridores; siendo gran parte de las discordias futuras, las
odinarias que corrian entre los Capitanes Pedro de Limpias y
Bartolomé Belzar, sobre disponer las facciones del campo, pues
siendo el uno montañés y el otro aleman, de que jamas se hará buena
mezcla, y pretendiendo éste con realidades de valeroso y humas de
favorecido del General, desvanecer aquella gloria á que ensalzaba á
su émulo el renombre de venturoso y guerrero, tenian banderizado el
campo continuamente, por más que trabajaba Felipe de Utre en
concordarlos, aunque siempre inclinado á la preferencia de su
deudo.
Por esta causa (habiéndose conferido y resuelto que para volver
á los Omegas se necesitaba de conducir más gente de Venezuela) tuvo
ocasion Pedro dé Limpias de lograr la traza que muchos dias ántes
habia premeditado, para dejar la compañía de Utre y vengarse de
Bartolomé Belzar, pues cautelosamente para el fin de engrosar el
ejército se ofreció á volver á Coro con la seguridad de que
juntaría bastante copia de gente, armas y caballos, y volvería con
la celeridad posible á socorrerlo para la empresa. Parecióle bien á
Felipe de Utre la oferta de llevar veinte infantes de escolta, y
conseguida, salió tan apresuradamente, que sin detenerse, por la
misma senda que llevó á la ida, llegó á las provincias del Tocuyo y
Bariquizimeto, donde halló alojado á Francisco de Carvajal; pues
aunque lo llama Juan el cronista Herrera, seguimos en esta parte á
Fr. Pedro Simon, que escribió con mejores noticias: era, pues,
Relator de la Audiencia de Santo Domingo y que con falso titulo de
ella se habia apoderado del gobierno de Venezuela. A éste procuró
Limpias ganar la gracia, á que le ayudó Juan de Villégas, hasta que
conseguida tuvo entrada para afear las acciones de Felipe de Utre y
mal gobierno con que se porté en la jornada por seguir los pasos de
Hernan Pérez y haberse retirado al mejor tiempo de la conquista de
los Omeguas, á que incitaba al Carvajal, pues se hallaba con
suficiente ejército para la empresa; cosa que no le disonaba, por
ser la propuesta tan conforme al natural inquieto y ambicioso que
siempre tuvo y que le facilitó la desgracia de los alemanes, pues
arrepentidos brevemente de haberse fiado de Pedro de Limpias y
recelosos del mal tercio que habia de hacerles en Coro, por los
sentimientos que le habían traslucido de los encuentros pasados,
levantaron su campo con gran presteza del pueblo de N. Señora,
pensando que á paso largo podrían darle alcance.
No tuvo efecto el designio, porque retardándose los alemanes con
el embarazo de los enfermos, llegaron á Bariquizimeto mucho despues
que Pedro de Limpias estaba en el Tocuyo con Carvajal, de lo cual,
noticiosos éstos, y avisados los alemanes, procedian recatados los
unos y los otros cautelosos, hasta que acariciado el corazon
sencillo y valiente de Felipe de Litre con las astucias del
espíritu cobarde y mañoso de Carvajal, se hubieron de juntar y
concurrir á comer juntos en un convite, donde animado Carvajal de
sus trazas, la tuvo para descubrir la pretension que tenia de
quedar superior. De que sentido el aleman y aun favorecido de
muchos de quienes confiaba su contrario, apellidando la voz del
Rey, quedó tan ventajoso que no solamente hizo gracia de la vida á
Carvajal por dos veces; pero desbalijando de armas y caballos á los
que se le mostraban afectos, casó adelante distancia de cuatro
leguas hasta alojarse en el valle de Quibor, para donde sin
perderse de ánimo Carvajal y maquinando nuevas cautelas, despachó á
su capellan con Juan de Villégas y Melchor Gruzel, bien instruidos
del modo con que habían de portarse con Felipe de Utre, pues
supieron asegurar su sencillez con tales promesas y rendimientos,
que ajustadas ciertas capitulaciones ante escribano, consiguieron
la restitucion de las armas y caballos que les habia tornado y que
pasase á Coro con los pocos que quisieron acompañarlo. Pero apénas
se vió Carvajal con armas y gente más numerosa que la de su
contrario, cuando empezó á marchar en sus alcances con tanta
celeridad que á pocas jornadas lo descubrió alojado sobre la
barranca de una de las quebradas que corren por las montañas de
Coro.
No se alteró Felipe de Utre de la llegada de Carvajal, porque
con el disimulo de éste se persuadia su confianza á que la amistad
capitulada era cierta; pero duró fingida en tanto que su enemigo se
vió con las ventajas conocidas de la gente que ya llevaba, y así
luego aprisionó á los dos alemanes, á Palencia y Romero; y como no
hay tiranía que no se alimente con sangre ni alevoso que no lo sea
por el temor de encontrarse con otro, sin dar más términos á la
tragedia de los presos que los que permite un corazon pusilánime,
mandó á un negro que les ligase las manos y consiguientemente fuese
cortando las cabezas de aquellos cuerpos inermes. Tenía el
instrumento de que se valió el negro para el efecto embotados los
filos, y debiendo ménos tormentos á los golpes que al corte,
saltaron á la repeticion de tan prolongado martirio las cabezas de
des caballeros dignos por su valor de fin más dichoso, sin que
aquel fiero mónstruo de la crueldad insinuase alteracion la más
leve en la ejecucion de aquella villana insolencia; vanagloria sí
de igualarse en lo astuto y tirano con el otro Francisco de
Carvajal, que por el mismo tiempo, sublevando el Perú, fabricaba
sobre sangre vertida otro dominio fantástico para que notase
aquella edad haberse visto en ella dos prodigios tan extraños como
lo fueron dos Franciscos crueles y dos Carvajales traidores. Con
tan lastimoso suceso quedaron sepultadas las noticias más claras
del Reino de los Omeguas, fenecido el asiento y gobierno de los
alemanes en Coro y amancillado de suerte el crédito del Capitan
Pedro de Limpias, que todo el cúmulo de sus hazañas y buena fortuna
no ha bastado á borrarle el renombre de vengativo y alevoso.
Quitado el embarazo que tanto temió Carvajal, soltó luego la
rienda á sus crueldades, para que corriendo por la posta al
despeño, lo precipitasen cuando ménos pensaba. Para este fin dió
vuelta á la ranchería del Tocuyo, y ordenando que la rozasen en
contorno sin dejar árbol ni planta, reservó ilesa una ceiba de
prodigiosa estatura, sin más pretension que la de tener á sus ojos
el patíbulo en que poner á todos los que se declarasen afectos á
Utre, y á todos los demas que sin darle ocasion quisiese matar,
para que se desahogase con sangre aquel corazon sediento de
atrocidades, hasta que, piadoso el cielo, dispuso entrase por
Gobernador de aquellas provincias el Licenciado Juan Pérez de
Tolosa, quien, irritado de las tiranías que se ponderaban en Coro,
tomada la gente que para el castigo tenia alistada el Licenciado
Frías su antecesor, y otra mucha que desgaritada del campo de
Carvajal (por no estar al riesgo y la obediencia de tan mal hombre)
buscaba quien la amparase, partió tan acelerada y secretamente, que
ántes de ser sentido se halló sobre la ranchería del Tocuyo; donde
luego prendió al tirano, y sustanciada la causa por los más breves
términos que permite el derecho, lo condenó á pedimento de la parte
Fiscal á que despues de arrastrarlo por los más públicos lugares de
la ranchería, fuese justiciado con muerte de horca en la misma
ceiba que reservó para otros, para que no se extrañase en todos
siglos el ver Amanes que dispongan el patíbulo pera su malicia, en
el mismo instrumento que previenen contra la inocencia; y aunque de
parte del reo se apeló y alegaron algunas leyes del Reino, para que
ningun Gobernador pueda ser condenado á muerte, Si no es por el
Supremo Consejo, el Tolosa estuvo tan firme en su propósito, que
ejecutó la sentencia, y Carvajal dió fin á sus dias: y aunque sin
el castigo condigno á sus culpas, pagó con una vida que perdió con
justicia cuantas habia quitado sin ella; siendo muy de notar que
desde el punto que murió en la ceiba, dió principio ella á secarse
en tan breves dias, que los mismos que vieron la pompa de sus hojas
admiraron le ruina de sus cenizas: y aunque las muertes de los
Alemanes acaecieron por Diciembre del año de cuarenta y cinco ó
Enero de cuarenta y seis, y poco despues la de Carvajal, nos
pareció que para no desabrir al lector seria bien recopilar
anticipadamente el suceso de este descubrimiento hasta su fin.