INDICE





PROLOGO

NOTICIA BIOGRÁFICA DEL DR. FERNÁNDEZ PIEDRAHITA

DEDICATORIA Y APROBACIONES DE LA OBRA

LIBRO I

Capítulo I
Del sitio y calidades del Nuevo Reino de Granada

Capítulo II
En que se da noticia de sus provincias y primeros habitadores.

Capítulo III
De las costumbres, ritos y ceremonias que usaban los indios mozcas en su gentilidad.

Capítulo IV
De otras ceremonias y costumbres que tenian los mozcas, y de las procesiones que hacían.

Capítulo V
Del sitio y corte de Bogotá: majestad de sus reyes condiciones y forma de sucederse.

LIBRO II

Capítulo I
Saguanmáchica conquista los fusagasugaes, rompe la guerra con el Guatavita, que se ampara del Rey de Tunja...

Capítulo II
Hereda el zipa Nemequené, y castigada la rebelián de Fusagasugá, sujeta los caciques de Cipaquirá y Nemza.

Capítulo III
Asalta el Zipa la corte del Guatavita, revuelve contra el Ubaque y sujétalo.

Capítulo IV
Sujeta el Zipa la provincia de Ebaté, nombra en ella al hermano por su lugarteniente, á quien mata el Ubaque.

Capítulo V
Da leyes el Zipa en su reino y previénese de todo para la guerra de Tunja.

Capítulo VI
Refiérense los sitios y estado de las provincias de Tunja y Sogamoso, y hacen liga sus príncipes contra Neméquene.

Capítulo VII
En que se prosigue la materia del antecedente

Capítulo VIII
Danse vista los ejércitos del Zipa y el Tunja, y platican antes de la batalla.

Capítulo IX
Dáse la batalla, y casi vencida por Neméquene, muere en ella, herédalo Thysquesuzha, y prosigue la guerra.

LIBRO III

Capítulo I
Fúndase la ciudad de Santa Marta por Rodrigo Bastídas, á quien mata su teniente general en un motín.

Capítulo II
Los capitanes de Lerma acometen á Posigueica y vuelven derrotados.

Capítulo III
Gobierna el doctor Infante á Santa Marta por muerte de García de Lerma, y el adelantado don Pedro de Heredia da principio á las conquistas de Cartagena.

Capítulo IV
El adelantado Heredia prosigue la conquista de Cartagena

Capítulo V
Dáse el gobierno de Santa Marta á d. Pedro Fernández de Lugo. Prosigue la guerra con los indios de la sierra sin fruto…

LIBRO IV

Capítulo I
Benalcázar descubre a Popayán, y fundadas las villas de Cali y Timaná, prosigue en su descubrimiento

Capítulo II
El licenciado Badillo residencia á D. Pedro de Heredia en Cartagena:

Capítulo III
Vuelve el General Quesada por su Ejército á la Tora, Condúcelo hasta los umbrales del Nuevo Reino

Capítulo IV
Marcha Quesada por la provincia de Vélez, pasa á Guachetá y de allí á Suesca en demanda de Bogotá, con asombro general de los indios.

Capítulo V
Entra Quesada en el valle de los Alcázares, rompe el ejército de los Uzaques, pasa a Bogotá

LIBRO V

Capítulo I
Entra el capitán Céspedes en la provincia de los Panches por Tibacuy: plática  con el capitán del presidio de los Guechas…

Capítulo II
Sale Quesada de Bogotá para Somondoco en demanda de las minas de esmeraldas que descubre

Capítulo III
El Capitán San Martín tiene noticia de Tundama: descubre á Sogamoso y vuelve en busca del general Quesada...

Capítulo IV
Asalta Quesada el palacio del Rey de Tunja, á quien prende, y después de un breve combate saquea su corte con presa de los tesoros que no pudo ocultar.

Capítulo V
Marcha Quesada á Sogamoso, saquea la ciudad y quémase su templo. —vuelve á Tunja, y desamparándola por ir á la conquista de Neiva,

Capítulo VI
Repártese la presa entre los españoles: Asaltan después el cercado de un bosque donde matan a Tysquesusha sin conocerlo.

Capítulo VII
Acometen los Panches las fronteras de Bogotá, y entran Quesada y el Zipa al castigo con mal suceso en el primer encuentro

LIBRO VI

Capítulo I
Prende Quesada á Sacrezazipa por los tesoros del Zipa muerto, y promételos con engaño hasta lograr la muerte de sus émulos...

Capítulo II
Reparte Quesada otra presa de oro y esmeraldas: da principio á la fundación de Santafé...

Capítulo III
Dánle noticia á Quesada de las entradas de Benalcázar y de Fedremán en el reino...

Capítulo IV
Persuade á Quesada Benalcazar á que funde ciudades, y refiérese el estado y crecimiento á que ha llegado la ciudad de Santafé.

Capítulo V
El general Quesada baja á Cartagena con Benalcázar y Fedreman, dejando por teniente general del reino á Hernán Pérez, su hermano...

Capítulo VI
Gerónimo Lebrón forma ejército y armada; sale de santa marta para el reino...

Capítulo VII
Alonso Martín prende en el rio á Alonso jeque, y obligado de una armada enemiga, vence la batalla naval de Cesare...

LIBRO VII

Capítulo I
Tratase de la entrada que hizo Martín Galeano en el territorio de Coicomé y Agata, y de la que después hizo Juan Alonso de la Torre

Capítulo II
Sale Galeano á la conquista de Guane: mueve la guerra en Chalalá, y síguela con Mataregua hasta vencerlo en batalla...

Capítulo III
Agraviado Thisquizoque de la tiranía de Juan Gascon,  hace liga con el Saboya, toma las armas y le quita la vida...

Capítulo IV
Los tres generales pretenden la gobernación del Nuevo Reino y ninguno la consigue...

Capítulo V
Forma ejército Tundama y fortifícase contra Baltasar Maldonado...

Capítulo VI
Montalvo de Lugo entra en el Reino por los llanos, y el capitán Lanchero á la conquista de Muzo...

Capítulo VII
Esguazado el Cauca, prosigue Jorge Robledo sus descubrimientos hasta fundar la ciudad de Cartago.

LIBRO VIII

Capítulo I
Con la noticia de que se previene armada en Francia para las Indias, mandan al adelantado Lugo que vaya á su gobierno...

Capítulo II
Los Yalcones y Paeces toman las armas y matan á los capitanes Añasco y Osorio y despues a Juan de Ampudia...

Capítulo III
Rebelánse los Sutas y Simijacas, fortifícanse en unos peñoles, va contra ellos el Capitán Juan de Céspedes...

Capítulo IV
Rompen los Panches por las fronteras de los Mozcas...

Capítulo V
Prosigue su jornada Gerónimo Lebrón, con varios sucesos, hasta el valle de Opon...

Capítulo VI
Quesada y Lebrón compiten sobre el gobierno con riesgo de romper en batalla...

LIBRO IX

Capítulo I
Con la sospecha de que se rebela la provincia de Tunja...

Capítulo II
Vuelve á sus descubrimientos el capitán Jorge Robledo y con varias fortunas llega hasta la provincia de Hebéjico...

Capítulo III
Vuelto el Capitán Maldonado de la jornada de los palenques, sale Hernán Pérez de Quesada al descubrimiento del dorado con mal suceso...

Capítulo IV
El Ocabita y Lupachoque se fortifican en dos peñoles: ríndese Lupachoque por armas al Capitán Pineda y el Ocabita...

Capítulo V
El adelantado Lugo se previene para subir á Santafé : fúndase por su órden el Barbudo…

Capítulo VI
Pasa Robledo preso á estos reinos: Heredia y Benalcázar se apoderan alternadamente de Antioquia después que se fundó la ciudad de Arma...

LIBRO X

Capítulo I
La armada francesa de Roberto Baal sorprende á Santa Marta y Cartagena; y el adelantado Lugo prende al capitán Rondón...

Capítulo II
Felipe de Utre sale de coro á nuevos descubrimientos penetra los llanos hasta la punta de los Pardaos...

Capítulo III
Prende Lugo á los oficiales del Rey y á los quesadas: justicia al encomendero de Sáchica...

Capítulo IV
Destierra Lugo á los quesadas. —el Capitán Venégas descubre las primeras minas de oro, y funda la ciudad de Tocaima...

Capítulo V
Descubre Felipe de Utre los Omeguas, y véncelos en una batalla...

Capítulo VI
Lugo sale del reino para Castilla, y Armendariz entra en Cartagena...

Capítulo VII
Armendariz nombra por su teniente á pedro de Ursua en el reino y á Robledo en Antioquia...

LIBRO XI

Capítulo I
Concurren los visitadores Gasca y Armendariz en Santa Marta...

Capítulo II
Procede Armendariz contra el capitán Lanchero y otros conquistadores...

Capítulo III
Hacen mariscal del reino á Gonzalo Jiménez de Quesada...

Capítulo IV
Échanse los indios á las minas: tratase en el consejo de fundar audiencia en Santafé...

Capítulo V
Prosigue Armendariz en su gobierno: pónese real chancillería en Santafé...

Capítulo VI
Fúndanse las religiones de Santo Domingo y San Francisco en el Nuevo Reino...

Capítulo VII
Entra el mariscal Quesada en Santafé: descúbrese el páramo Rico de Pamplona...

Capítulo VIII
Entra Ursua en Muzo y puebla á Tudela: vuelve á Santafé y baja por justicia mayor de Santa Marta...

Capítulo IX
Rompe Ursua el ejército de los taironas en la batalla de los pasos de Rodrigo...

LIBRO XII

Capítulo I
Entra en Santafé el licenciado Juan de Montaño con la visita de la audiencia y residencia de Armendariz...

Capítulo II
Rebélase el Valle de las Lanzas, va Hernando de Salinas al castigo, funda la ciudad de Victoria...

Capítulo III
Prosigue Montaño en su visita; ajusticia á Pedro de Salcedo y á otros...

Capítulo IV
Armendariz baja preso á Cartagena para que allí le residencie Montaño.—el Capitán Avellaneda funda la ciudad de S. Juan de los Llanos...

Capítulo V
El capitan Diego García de Paredes funda la ciudad de Trujillo...

Capítulo VI
Vuelve el mariscal á Santafé con la provisión de nuevos oidores.—el licenciado Tomas López entra en la audiencia...

Capítulo VII
El Capitán Cristóbal Rodríguez Juarez funda la ciudad de Mérida.—Diego García de Paredes reedifica la de Trujillo...

Capítulo VIII
Previénese el Nuevo Reino para resistir al tirano Lope de Aguirre.—compéndiase lo que obró en la jornada del Marañon...

Capítulo IX
Fúndase la ciudad de S. Vigente de Paez.-múdase la de Trujillo. Muere García de Parédes y tratase de todo lo acaecido en las provincias del Nuevo Reino...
CAPITULO V
 


DESCUBRE FELIPE DE UTRE LOS OMEGUAS, Y VÉNCELOS EN UNA BATALLA: RETÍRASE POR MAS GENTE Á CORO, Y MUERTO ALEVOSAMENTE POR FRANCISCO DE CARVAJAL EN EL CAMINO, SE PIERDEN LAS NOTICIAS.

POR el mismo tiempo que el Adelantado se ocupaba en el Reino en apremiar á los ministros Reales y procesar contra los Quesadas, se hallaba Felipe de Utre reforzando su gente, agasajado de la benevolencia que dentro de su pueblo le manifestaba el Cacique parcial del señor de Macatoa; y esta afición que cobró á los nuestros, le hacia temer las desdichas que habian de encontrar, sí porfiaban en pasar al Reino de los Omeguas, por saber la muchedumbre de gente belicosa que tenia, criada toda su vida en marciales encuentros, no solamente con los extraños sino consigo mismos, destruyéndose en guerras civiles: polilla incurable de los paises que abundan de prosperidades. Por estas consideraciones procuraba disuadirles del empeño, representándoles el riesgo de llegar á las manos con enemigos tan prácticos, y vestidos como ellos iban, no como los otros, desnudos, de que habian triunfado hasta entónces con el espanto: ademas, que tenian en sus tierras animales casi tan grandes como los caballos, en que podían tambien montar para resistir á los pocos que llevaban (que segun las noticias que siempre se han tenido de este Reino, son carneros del Perú, y no camellos, como algunos afirman). Pero á todo esto añadia el Cacique, que tenian suma riqueza de plata y oro, y muchos géneros de pavos y gallinas de papadas coloradas. De todos estos inconvenientes se burlaban los nuestros, no siendo más de cuarenta, animados con el aviso de la plata y oro, y grandes poblaciones, que era el fin de sus ansias; y así reformados ya en el pueblo, pidieron al Cacique guias de confianza que los metiese en la tierra, y ofreciólas luego, vista su determinación, y por lo que gustaba de su compañía determinó ir en persona con cien Gandules hasta la primera población de los Omeguas. Con tan buena guia, marcharon por anchos y abiertos caminos, aunque faltos de gente, por espacio de cinco dias, hasta que al último, bien de mañana, se hallaron sobre una aldea de hasta cincuenta casas, y preguntando al Cacique quiénes eran sus moradores, respondió ser las guardas de las sementeras de los Omeguas, que en aquella aldea se recogian, cuando les permitia lugar la ocupación de su ejercicio: pero en sintiendo las vigias repartidas por el campo la gente forastera que entraba por aun tierras, se pusieron en huida para sus casas, con fin al parecer de ampararse en ellas.

Desde el sitio en que se hallaban los nuestros, por ser algo elevado, descubrieron á corta distancia una población de tan extraña grandeza, que aunque estaban bien cerca no pudieron divisar el extremo de la otra parte. Tenía las calles derechas, las casas muy juntas y sobresalía entre todas una, que estaba en medio, de tan elevada y anchurosa fábrica, que preguntaron al Cacique guía qué casa señalada era aquélla? á que respondió ser la del Cacique Cuarica, señor de aquella ciudad, que le servia de morada, y templo para muchos ídolos que tenia de oro macizo de la estatura de hilos de á cincuenta lunas, entre los cuales estaba el de una diosa de estatura de una mujer perfecta, y otras grandes riquezas suyas y de sus vasallos, que allí se depositaban: Y más adelante (dijo) hay otros pueblos y Caciques principales, que exceden á este incomparablemente en vasallos, riquezas y ganados, y á este paso se van acrecentando hasta los fines de aquestos dilatados Reinos: por lo cual ya no hay necesidad de que yo os guie, porque si á la entrada sabeís defender bien vuéstras personas, podeis seguramente correr de unas partes á otras por donde os pareciere; pero para el mayor acierto os doy por último consejo, que procureis haber á las manos alguna de aquellas guardas que se han retraido á la aldea, de quien podais informaros y me dareis licencia para volver á mi casa.

Hallábanse á caballo en esta sazon Felipe de Utre y todos los demas que los tenian y aplicadas las espuelas á un tiempo, corrieron en demanda de la aldea con pretensión de lograr el consejo, si bien salió azarosa la suerte, pues ninguno pudieron aprisionar; solamente Felipe de Utre, dueño de caballo más ligero, dió alcance á un Gandul, que con su lanza en la mano trataba de escaparse; pero viendo éste su perdicion tan vecina, volvió haciendo cara, y despidió con tal pujanza y destreza la lanza, que atravesando el sayo de armas de Utre lo hirió peligrosamente entre las costillas que caen debajo del brazo derecho, y corrien­do arrebatadamente se entró en su pueblo, conmoviéndolo á voces, miéntras el General, he­rido y vúeltas las riendas al caballo, se incorporaba con los demas, que discurriendo no haber encuentro más perjudicial que el primero, si es desgraciado, vacilaban perplejos en la determinacion que tomarían, si de avanzar al pueblo temerarios ó retirarse por entonces prudentes. No ocupaban ménos confusiones al Cacique amigo que habla estado á la mira, pareciéndole que ya toda la Nacion de los Omeguas iria cargando sobre ellos, por la cólera en que los habian metido los guardas que huyeron ; y parecíale suerte bien merecida en los españoles por haber despreciado el consejo de que no se trabasen con gentes tan belicosas. En esto se discurría cuando en confirmacion de ello se comenzaron á oír estruendos de grandísimos tambores (que los tenian, segun afirmaba el Cacique, de cinco y seis varas de largo.) Resonaban fotutos y caracoles entra alaridos de toda suerte de gentes, que parecía haberse conjurado el mundo contra los nuestros, como era la verdad, y la hubieran experimentado, aquel dia, si no terciara la noche para que los enemigos detuviesen él paso, y los españoles dispusiesen que los indios amigos, llevando en una hamaca á Felipe de Utre, diesen la vuelta caminando toda la noche á paso tan largo, que á la siguiente encontraron con él en el pueblo de su Cacique, escoltado siempre del campo, donde luego se trató de su cura, tomándola á su cargo Diego de Montes, natural de Madrid, no porque fuese médico ni cirujano, sino por no hallarse otro que supiese tanto.

El modo que discurrió para curarla fué bien singular, porque como la herida fuese entre lás costillas y no hubiese tienta para reconocer si estaba superior á las telas del corazon, ó las hubiesen lastimado, dispuso, con beneplácito del Cacique, que montase á caballo un indio el más anciano del pueblo, que debía de ser esclavo, y poniéndole el sayo ó escaulpil, hizo que otro por la misma rotura lo hiriese con otra lanza semejante á las que usan los Omeguas: prueba que le costó al viejo la vida, pues desmontándolo y haciendo la anatomía de que necesitaba para la cura, halló que caía la herida sobre las telas, y consiguientemente rompiendo más la abertura le hizo ciertos labatorios, bastantes á que meciéndolo de una parte á otra limpiasen el lastimado cuerpo de mucha sangre cuajada, que ya estaba en ellas dejándolo en disposicion de que brevemente sanase, y al Cacique y á su gente asombrados de la entereza con que el herido habia sufrido aquella cruel carnicería, y tanto que a una voz decian, que si entro los cuarenta españoles que tenian presentes habia muchos de tan valiente ánimo, podian entrar seguros á la conquista de los Omeguas pero éstos, aunque noticiosos de la retirada de los nuestros con la oscuridad de la noche, no por eso apartaron el ánimo de la intencion de seguirlos, como lo hicieron, pues pasado el primer cuarto de la noche, en que se reformaron de gente hasta en cantidad de quince mil combatientes, fueron en su alcance, sin que algunos de los españoles ni de los indios amigos lo sintiese, hasta que se pusieron á dos leguas del pueblo.

Dióle el Cacique el aviso del riesgo al General Felipe de Utre, el cual, como no estuviese para montar á caballo, ordenó al Capitan Pedro de Limpias que gobernase la guerra. Era este Capitan práctico y venturoso, como hemos dicho, y así dispuesto todo con el acierto y brevedad que el aprieto pedía, salió al encuentro á los Omeguas, que ya iban acercándose por un dilatado campo, divididos en escuadrones bien formados, con altos penachos, rodelas y lanzas de puntas tostadas, que eran sus armas. Nuestros caballos entónces bien cerrados, aunque pocos, dieron principio á la batalla, que hacia más sangrienta el escuadron de los infantes que los seguía gobernados por Bartolomé Belzar, mancebo brioso, que competidor de Limpias hacía maravillas; y aunque al primer ímpetu de los nuestros se opusieron los indios con resistencia de buenos guerreros, revolviendo prestamente Pedro de Limpias, los acometió con tanto coraje y destreza, que se víó aquella bárbara multitud atropellada y rata de treinta y nueve españoles, cuando se prometia en las manos la victoria. Perdido entónces el ánimo de los Omeguas, dieron principio á retirarse guardando el órden de la milicia en tales aprietos, como eran los que encontraban en la ferocidad de los caballos y corte de las espadas Pero viendo ya que el mucho guerrear, en vez de quebrantar el ánimo de los españoles, les daba alientos para mostrarse invencibles, ya no retirándose sino huyendo á espaldas vueltas, desamparaban la campaña dejando muchos de los suyos muertos y mal heridos, sin que de los nuestros peligrase otro que el Capitan Artiaga, que sanó con dificultad del golpe que recibió de una lanza.

Con tan milagrosa victoria, y algunos dias que bastaran para convalecer los heridos, resolvieron todos tomar la vuelta de Macatoa, y desde allí la del pueblo de Nuestra Señora, donde consultarían lo que más importase para renovar la conquista de los Omeguas. Dispuesta así la partida, de que no le pesó poco al Cacique amigo, por el amor que habia cobrado á los nuestros, y por la intencion de tenerlos consigo para ir observando sus ardides de guerra y políticos modos de vivir, á que grandemente se habia inclinado, quisiera detenerlos más tiempo; pero vista su resolucion, dióles todo lo necesario para la jornada, con vivanderos y guías que los condujesen á Macatoa, sin tropezar en el inconveniente de encontrarse con los Caribes, que habitan el rio abajo; mas, vueltas las guias al mejor tiempo, precisaron á los nuestros á que marchasen al tino, en confianza de que no podian errar el Guaivare, que los encaminaria a Macatoa, llevando siempre el rostro al Poniente, como sucedió arribando á él por parte superior á la ciudad, á donde, reconocido el paraje, despachó el General Utre á Pedro de Limpias, con una tropa de doce infantes, para que hiciese subir conoas, lo cual conseguido, al dia siguiente, con abundancia de víveres que les dió el señor de Macatoa, repasaron el Guaivare, y, sin accidente adverso que los retardase, llegaron al pueblo de Nuestra Señora, donde habian dejado los enfermos, despues de tres meses que gastaron en este descubrimiento.

No es ponderable el gozo que si habia engendrado en Felipe de Utre y su gente, con haber saludado los umbrales del Reino de los Omeguas, pareciéndoles haberse encontrado con las provincias del Dorado, en cuya demanda habian saudade Coro; y si les preguntáramos en qué se fundaban, se hallarian sin duda ajenos de sacar á luz alguna razon que lo persuadiese, especialmente habiendo sido tanta su inadvertencia, que no hubiesen á las manos algunos indios de quienes poder informarse de las calidades de la tierra, riquezas y minerales, disposicion de los paises, número de habitadores, trato y otras cosas comunes al vivir de los hombres, y especialmente si sobre todas las provincias dominaba algun señor, Soberano, Rey ó Monarca; si no es que las señas que van referidas y la primera guazabara bastase á persuadirles lo que más deseaban, causándoles el desvanecimiento de haber llegado á parte que ningunos otros habian podido, aunque lo habian intentado. Y porque podrá convenir en algun tiempo examinar juntas todas las noticias que se han adquirido para la certidumbre de estas provincias, no será fuera de propósito sucintarlas en este capítulo, advirtiendo que de las cuatro que hemos hallado en diferentes autores, es la segunda ésta que va referida, pues la primera tuvo el Capitan Francisco de Orellana por el año de cuarenta y uno, cuando despachado por Gonzalo Pizarro (que se ocupaba en el descubrimiento de la canela), navegadas quinientas y ochenta leguas hasta la provincia de Machifaro, que yace sobre el gran rio de las Amazonas, que llamaron entónces de Orellana y despues del Marañon, tuvo noticia de un gran señor confinante, la tierra adentro, á mano izquierda, llamado Aomagua; y a pocas leguas del rio abajo, despues de encontrarse con otro mayor que el que iba navegando, y á su boca tenia tres islas, dió en una aldea de hermosa vista, con cierta cesa de placer, en que halló algun oro y plata, y gran cantidad de loza vidriada, con excelentes dibujos, que dijeron los aldeanos conducirse de la tierra adentro, en que habia muchos de aquellos metales. Confirmóse esta noticia con descubrir dos caminos reales, á mano izquierda, por donde anduvo Orellana como dos millas, hasta que viendo que se ensanchaban más á cada paso, volvió á la aldea, y embarcada su gente, navegadas otras cien leguas, se encontró con el Cacique Paguana, en cuyo pais halló carneros del Perú, sin que bastase alguna cosa de éstas á mudar la pretension con que iba de salir al mar del Norte.

La tercera noticia derramaron en los Reinos del Perú, por el año de mil quinientos y cincuenta y siete, ciertos indios Brasiles, que habiendo salido de sus tierras hasta en número de doce mil, diez años ántes, con ánimo de buscar provincias en que ensancharas, por no caber en las suyas, despues de muchos encuentros de guerra que tuvieron en la jornada (atravesados los Llanos y el Marañon, con dos portugueses por guias ó cabos), dieron en un famoso rio, por el cual subiendo arribaron á la provincia de los Motilones, afirmando haber encontrado muchas provincias, y especialmente la de los Omeguas, poderosos en gente y riqueza, que luego soñaron algunos ser las del Dorado, si bien otros más cuerdos las tuvieren por las mismas que habia descubierto Felipe de Utre, de que se originaron los aparatos con que Pedro de Ursua, por órden del Virey, Marqués de Cañete, se dispuso para su desgraciada conquista, llevando algunos Brasiles por guias; y para que Lope de Aguirre adquiriese la cuarta noticia, por el año de sesenta y uno, oir que navegadas más de setecientas leguas desde que se embarcó en el rio de los Motilones hasta uno de los pueblos de la provincia de Machifaro, en que traidoramente maquinó y ejecutó la rebelion á su Rey y muerte de su General, y costeada toda la provincia, hasta el pueblo de la Matanza, en que repitió inhumanos estragos, descubrió á pocas leguas del no abajo algunas tierras elevadas y limpias, de la una y otra parte del rio, en que de dia divisaban innumerables humos y de noche lumbres, señales manifiestas de grandes poblaciones, y que las guias Brasiles afirmaban ser de los Omeguas, hasta que viendo cuánto se retiraba de ellas Lope de Aguirre, se ausentaron una noche en demanda del Brasil, de cuya cercanía divisaban ya bastantes señales, como más individualmente lo refiere Fr. Pedro Simon en su historia de Tierra firme.

De suerte que las cuatro noticias que se han tenido en diversos tiempos, y entradas de distantísimas partes, convienen en la certeza de que hay estas provincias, por la poca diferencia que hay en la pronunciacion de Aomaguas, Omaguas, Omeguas y Ditaguas, y en que son tierras altas y limpias, abundantes de gente, oro y plata, y carneros semejantes á los del Perú, y en que dichas provincias están la tierra dentro, á poca distancia del rio Marañon, más bajas que la de Machifaro, con quien confinan á mano derecha, subiendo el rió arriba, y á la izquierda, bajando: pues aunque la gente de Aguirre referia estar á mano derecha, y otras tierras semejantes á la izquierda, es muy verosímil que por alguna gran vuelta del rio padeciese engaño la vista; por lo cual se podrá inferir si se gozaban con fundamento los soldados de Felipe de Utre, que dejamos en el pueblo de Nuestra Señora, ufanos con las novedades que participaron á los que habian dejado enfermos, pues animados con ellas se alentaban á formar ideas de señoríos que habian de adquirir en aquellos Reinos: quimeras todas que terminaron brevemente con lastimosas tragedias y noticias ciertas, que borró con sangre el odio y la ambicion, para que hasta hoy no se hayan vuelto á rastrear aquellas primeras huellas de estos infelices descubridores; siendo gran parte de las discordias futuras, las odinarias que corrian entre los Capitanes Pedro de Limpias y Bartolomé Belzar, sobre disponer las facciones del campo, pues siendo el uno montañés y el otro aleman, de que jamas se hará buena mezcla, y pretendiendo éste con realidades de valeroso y humas de favorecido del General, desvanecer aquella gloria á que ensalzaba á su émulo el renombre de venturoso y guerrero, tenian banderizado el campo continuamente, por más que trabajaba Felipe de Utre en concordarlos, aunque siempre inclinado á la preferencia de su deudo.

Por esta causa (habiéndose conferido y resuelto que para volver á los Omegas se necesitaba de conducir más gente de Venezuela) tuvo ocasion Pedro dé Limpias de lograr la traza que muchos dias ántes habia premeditado, para dejar la compañía de Utre y vengarse de Bartolomé Belzar, pues cautelosamente para el fin de engrosar el ejército se ofreció á volver á Coro con la seguridad de que juntaría bastante copia de gente, armas y caballos, y volvería con la celeridad posible á socorrerlo para la empresa. Parecióle bien á Felipe de Utre la oferta de llevar veinte infantes de escolta, y conseguida, salió tan apresuradamente, que sin detenerse, por la misma senda que llevó á la ida, llegó á las provincias del Tocuyo y Bariquizimeto, donde halló alojado á Francisco de Carvajal; pues aunque lo llama Juan el cronista Herrera, seguimos en esta parte á Fr. Pedro Simon, que escribió con mejores noticias: era, pues, Relator de la Audiencia de Santo Domingo y que con falso titulo de ella se habia apoderado del gobierno de Venezuela. A éste procuró Limpias ganar la gracia, á que le ayudó Juan de Villégas, hasta que conseguida tuvo entrada para afear las acciones de Felipe de Utre y mal gobierno con que se porté en la jornada por seguir los pasos de Hernan Pérez y haberse retirado al mejor tiempo de la conquista de los Omeguas, á que incitaba al Carvajal, pues se hallaba con suficiente ejército para la empresa; cosa que no le disonaba, por ser la propuesta tan conforme al natural inquieto y ambicioso que siem­pre tuvo y que le facilitó la desgracia de los alemanes, pues arrepentidos brevemente de haberse fiado de Pedro de Limpias y recelosos del mal tercio que habia de hacerles en Coro, por los sentimientos que le habían traslucido de los encuentros pasados, levantaron su campo con gran presteza del pueblo de N. Señora, pensando que á paso largo podrían darle alcance.

No tuvo efecto el designio, porque retardándose los alemanes con el embarazo de los enfermos, llegaron á Bariquizimeto mucho despues que Pedro de Limpias estaba en el Tocuyo con Carvajal, de lo cual, noticiosos éstos, y avisados los alemanes, procedian recatados los unos y los otros cautelosos, hasta que acariciado el corazon sencillo y valiente de Felipe de Litre con las astucias del espíritu cobarde y mañoso de Carvajal, se hubieron de juntar y concurrir á comer juntos en un convite, donde animado Carvajal de sus trazas, la tuvo para descubrir la pretension que tenia de quedar superior. De que sentido el aleman y aun favorecido de muchos de quienes confiaba su contrario, apellidando la voz del Rey, quedó tan ventajoso que no solamente hizo gracia de la vida á Carvajal por dos veces; pero desbalijando de armas y caballos á los que se le mostraban afectos, casó adelante distancia de cuatro leguas hasta alojarse en el valle de Quibor, para donde sin perderse de ánimo Carvajal y maquinando nuevas cautelas, despachó á su capellan con Juan de Villégas y Melchor Gruzel, bien instruidos del modo con que habían de portarse con Felipe de Utre, pues supieron ase­gurar su sencillez con tales promesas y rendimientos, que ajustadas ciertas capitulaciones ante escribano, consiguieron la restitucion de las armas y caballos que les habia tornado y que pasase á Coro con los pocos que quisieron acompañarlo. Pero apénas se vió Carvajal con armas y gente más numerosa que la de su contrario, cuando empezó á marchar en sus alcan­ces con tanta celeridad que á pocas jornadas lo descubrió alojado sobre la barranca de una de las quebradas que corren por las montañas de Coro.

No se alteró Felipe de Utre de la llegada de Carvajal, porque con el disimulo de éste se persuadia su confianza á que la amistad capitulada era cierta; pero duró fingida en tanto que su enemigo se vió con las ventajas conocidas de la gente que ya llevaba, y así luego aprisionó á los dos alemanes, á Palencia y Romero; y como no hay tiranía que no se alimente con sangre ni alevoso que no lo sea por el temor de encontrarse con otro, sin dar más térmi­nos á la tragedia de los presos que los que permite un corazon pusilánime, mandó á un negro que les ligase las manos y consiguientemente fuese cortando las cabezas de aquellos cuerpos inermes. Tenía el instrumento de que se valió el negro para el efecto embotados los filos, y debiendo ménos tormentos á los golpes que al corte, saltaron á la repeticion de tan prolongado martirio las cabezas de des caballeros dignos por su valor de fin más dichoso, sin que aquel fiero mónstruo de la crueldad insinuase alteracion la más leve en la ejecucion de aquella villana insolencia; vanagloria sí de igualarse en lo astuto y tirano con el otro Francisco de Carvajal, que por el mismo tiempo, sublevando el Perú, fabricaba sobre sangre vertida otro dominio fantástico para que notase aquella edad haberse visto en ella dos prodigios tan extraños como lo fueron dos Franciscos crueles y dos Carvajales traidores. Con tan lastimoso suceso quedaron sepultadas las noticias más claras del Reino de los Omeguas, fenecido el asiento y gobierno de los alemanes en Coro y amancillado de suerte el crédito del Capitan Pedro de Limpias, que todo el cúmulo de sus hazañas y buena fortuna no ha bastado á borrarle el renombre de vengativo y alevoso.

Quitado el embarazo que tanto temió Carvajal, soltó luego la rienda á sus cruelda­des, para que corriendo por la posta al despeño, lo precipitasen cuando ménos pensaba. Para este fin dió vuelta á la ranchería del Tocuyo, y ordenando que la rozasen en contorno sin dejar árbol ni planta, reservó ilesa una ceiba de prodigiosa estatura, sin más pretension que la de tener á sus ojos el patíbulo en que poner á todos los que se declarasen afectos á Utre, y á todos los demas que sin darle ocasion quisiese matar, para que se desahogase con sangre aquel corazon sediento de atrocidades, hasta que, piadoso el cielo, dispuso entrase por Gobernador de aquellas provincias el Licenciado Juan Pérez de Tolosa, quien, irritado de las tiranías que se ponderaban en Coro, tomada la gente que para el castigo tenia alistada el Licenciado Frías su antecesor, y otra mucha que desgaritada del campo de Carvajal (por no estar al riesgo y la obediencia de tan mal hombre) buscaba quien la amparase, partió tan acelerada y secretamente, que ántes de ser sentido se halló sobre la ranchería del Tocuyo; donde luego prendió al tirano, y sustanciada la causa por los más breves términos que permite el derecho, lo condenó á pedimento de la parte Fiscal á que despues de arrastrarlo por los más públicos lugares de la ranchería, fuese justiciado con muerte de horca en la misma ceiba que reservó para otros, para que no se extrañase en todos siglos el ver Amanes que dispongan el patíbulo pera su malicia, en el mismo instrumento que previenen contra la inocencia; y aunque de parte del reo se apeló y alegaron algunas leyes del Reino, para que ningun Gobernador pueda ser condenado á muerte, Si no es por el Supremo Consejo, el Tolosa estuvo tan firme en su propósito, que ejecutó la sentencia, y Carvajal dió fin á sus dias: y aunque sin el castigo condigno á sus culpas, pagó con una vida que perdió con justicia cuantas habia quitado sin ella; siendo muy de notar que desde el punto que murió en la ceiba, dió principio ella á secarse en tan breves dias, que los mismos que vieron la pompa de sus hojas admiraron le ruina de sus cenizas: y aunque las muertes de los Alemanes acaecieron por Diciembre del año de cuarenta y cinco ó Enero de cuarenta y seis, y poco despues la de Carvajal, nos pareció que para no desabrir al lector seria bien recopilar anticipadamente el suceso de este descubrimiento hasta su fin.

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