CAPÍTULO IV
DESTIERRA LUGO Á LOS QUESADAS. -EL CAPITAN VENÉGAS DESCUBRE LAS
PRIMERAS MINAS DE ORO, Y FUNDA LA CIUDAD DE TOCAIMA. VALDÉS ENTRA
EN LOS MUZOS, Y PIERDE LA BATALLA DE SARBE.
CON estos acaecimientos habia terminado ya el año de cuarenta y
tres, y entrado el de cuarenta y cuatro, memorable por haber
padecido el sol un eclipse, que le duró todo el dia á los veinte y
cuatro de Enero; y ajustados ya los procesos contra los Quesada; y
conociendo el Adelantado que los primeros cargos que los habia
hecho para prenderlos, no eran de tanta consideración que
justificase por ello; la resolución que pretendía tomar, cargó
todo el juicio de la causa sobre la culpa que cometió Hernan Pérez
haciendo cortar la cabeza al Cacique de Tunja, Aquiminzaque; y
pareciéndole que esto era suficiente para ganar la aprobación del
Consejo, condenó á los dos hermanos en destierro perpetuo de las
Indias, sin reparar en que no habiendo concurrido Francisco de
Quesada en el delito, que ponderaba, habia de ser la igualdad del
castigo una clara probanza de que su mira no habia sido á la
satisfacción de la justicia, sino al desahogo de sus pasiones. Pero
como quien recela mucho de sus delitos discurre en los ajenos con
imprudencia, ninguna consideración le fué á la mano de cuantas
pudieron ocurrirle al entendimiento, para que no les notificase la
sentencia de que apelaron los Quesadas para la Audiencia de Santo
Domingo: y otorgado el recurso de la apelación fueron en
seguimiento de ella, con quebranto aun de sus mayores émulos,
viendo salir pobre y desterrado del Reino al mismo que lo habia
ganado con valor y gobernado con aplauso, de que se le originó el
desastre lastimoso que diremos después.
Libre ya Lugo de estos émulos, que recelaba dejar á las
espaldas, aplicó el ánimo á generosas empresas que lo acreditasen ó
á lo ménos sirviesen de velo á sus desacierto: y como una de las
cosas que más cuidado le daban era el haber sacado mucha gente
(cuando pasó al Reino) así de Santa Marta como de Santiago de
Sompallon, pueblo que habia fundado el Capitan Valdés, por órden de
Gerónimo Lebrón, de que se habia seguido que no pudiendo resistir á
los indios los pocos vecinos que habian quedado, se pasasen algunos
á Mompox y los otros diesen vuelta á Santa Marta, nombró al Capitan
Lorenzo Martin para que fuese al castigo y poblase de nuevo con las
personas que lo quisiesen seguir, y á Francisco Salguero dió gente
y armas para que al mismo tiempo allanase las naciones que
habitaban el gran Valle de Upar, y procurase fundar en él alguna
ciudad con que asegurase el dominio de aquella tierra: y si bien
ambas empresa; no salieron como se pretendía, con todo sirvieron de
freno para que los indio; no corriesen la provincia con aquella
libertad que solían, hasta que con el tiempo los fué acabando la
guerra y sujetando el temor. Pero no era éste el negocio de más
consideración que se le ofrecía á Lugo, sino el descubrimiento de
minas de oro, como basa que habia de ser en que se fundase la
duración del Nuevo Reino; y así, habiendo de elegir Cabo en quien
concurriesen prudencia y valor para guerrear con las naciones
belicosas de los Panches y Pantagoros, que habitan de la una y otra
parte del rio grande, en cuyas provincias se decía estaban las
minas, eligió á Hernan Venégas Carrillo, de quien hemos dado
bastante noticia, aunque no era de los Caquecios sus parciales,
porque atendió más, en esta elección al acierto de la empresa que
al disgusto de su parcialidad.
Nombrado Cabo de tanto crédito, fué mucha la gente noble que lo
siguió, entre quienes se contaba Martin Yáñez Tafur, natural de
Córdoba, que se habia empleado con Diego de Ordaz y Antonio Sedeño
en las conquistas de Pária y despue en la de Cartagena y militado
con el Licenciado Badillo hasta que salió á Popayan, y de allí pasó
al Reino; Luis Bernal, natural de Salamanca, como dijimos; Hernando
de Salinas, Francisco de Montoya, Juan Ramírez de Hinojosa,
Francisco Ortiz, Gómez de Castro, Antonio Portillo, Lope de
Velasco, Antón Martín de Melo Sampayo, Francisco de Alcozer, Gaspar
Tavera, Juan de Salinas, Miguel de Gamboa, Alonso de Olalla
Herrera; Lope de Salcedo, Cristóbal Gómez Nieto, Juan de Chávez,
Francisco de Figueredo, Cristóbal de Zamora Torero, Gaspar de Santa
Fe, que casó con Beatriz Alvarez; Juan Ortiz Saavedra, Juan de
Pórras, Juan Díaz Jaramillo, Miguel de Moráles y tambien Hinestrosa
y Montero; con los cuales y otros muchos corrió en breve tiempo,
con felicidad, las provincia; más guerreras, siendo el primero que
descubrió las de Ibagué, Santa Agueda, la Victoria y Mariquita, y
por cumplir como debia los órdenes del Adelantado, descubrió así
mismo las minas de oro de la Sabandija y del Venadillo, nombrada
ésta así por un cervatillo manso que tenían los indios en aquel
sitio; y la otra porque tiene su asiento en el rio Cuamo, llamado
ya de la Sabandija por haber encontrado allí una muy venenosa, á la
manera de avíspa bermeja, aunque de este género se ven pocas. Y
como despues de conseguir esto tenia Venégas órden de poblar una
ciudad en la provincia de los Panches, que reprimiese la ferocidad
de sus armas, repasó el rio grande, y llenando toda su costa de
aquel temor y espanto bastante á reducir los Guataquíes y
Ambalemas, marchó contra los Bituimas, que fortificados en una
peña, se pusieron en defensa, esperando aun mejor fortuna que la
que tuvieron con Hernan Pérez.
No fundaban mal su esperanza; más, como fuese tan feroz asalto
el que le dieron los nuestros, que en ménos de dos horas quedase
roto el ejército de los contrarios, y el campo seguro, dió vuelta
prestamente en demanda del rio Patí, que es el mismo de Bogotá, y
discurriendo con sus Capitanes en que el Valle de Tocaima seria el
más á propósito para poblar en él, por estar en el centro de la
provincia y bañarlo el rio, eligió un llano que está á su márgen,
quince leguas de Santafé, al Poniente, y en él, por el mes de Abril
de este año de cuarenta y cuatro, fundó la ciudad de Tocaima con
tan buenos principios, que mereció tener por sus primeros
pobladores á muchos vecinos de los más calificados del Reino. Y
así, nombrados los Regidores, que lo fueron Miguel de Gamboa, Juan
Ortiz, Juan de Pórras Miguel de Oviedo, y Escribano Miguel de
Moráles, eligieron por primeros Alcaldes á Hinestrosa y á Juan de
Salinas, y consiguientemente dieron principio los demas vecinos á
costosas fábricas de piedra, ladrillo y teja, y entre ellas
levantaron despues una iglesia parroquial de buen parte; y otra de
Santo Domingo con hermoso claustro para los religiosos, aunque en
la realidad se erró esta fundacion, así porque se hizo muy dentro
de la jurisdicción de Santafé, á quien se le estrecharon los
términos, y de que se originaron alguno; pleitos, como porque con
el tiempo se fué entrando el no en la población, hasta asolar sus
edificios enanco más hermosos crecian: daños que se hubieran
reparado eligiendo para asiento otro de los que hay en la costa del
rio grande, que dista seis leguas de la ciudad, y con que se
hubieran excusado otras poblaciones que se han hecho para la
administración de las minas, pues aunque despues se fundó la ciudad
á la parte alta, en que hoy se conservan sus reliquias, siempre ha
ido á ménos, por más que sus templos conviden á que la habiten.
Diése á esta ciudad por jurisdiccion toda la que hoy tienen las
de Ibagué y Mariquita; y aunque de presente le falta, es bastante
la que le queda para ser la que más dilatados términos goza en el
Reino. El temple es calidísimo, si bien sano por la benignidad de
los aires y sequedad del terreno, en que hay para el sustento de la
vida todo el regalo que puede apetecer el deseo; terneras,
corderos, cabritos y conejos en abundancia; frutas de las mejores
que se ven en las Indias, como son granadas, melones, piñas, anones
y uvas, de que hay dos y tres cosechas al año. Las demas frutas
comunes se hallan sin número, y los dátiles que se siembran dan
fruto á los dos años cuando más: cosa bien rara y que se
experimenta desde que Antonio Portillo sembró el primor hueso en su
huerta. Las aves son excelentes todas, y las hay tan regaladas y de
varias especies como los peces que se cogen en el rio grande y en
el Patí para el sustento de la ciudad. Solamente se experimentan
malas aguas, de que se crian hinchazones á cotos en las gargantas:
y es la causa que dos leguas más arriba se mezclan con el rió de
que se bebe, los raudales de otro menor que pasa por minas de
piedra azufre: si bien este daño es para la gente pobre, que por
falta de medios no coge el agua de parte más alta. Túvose á los
principios de esta fundación alguna esperanza de que habia de ser
una de las mayores de Indias, respecto de las cercanías de las
minas, abundancia de naturales y fertilidad del país, y así fué por
algunos años de las más aplaudidas y habitadas del Reino, creciendo
los edificios al paso que la esperanza, tanto, que despues de
haberse fundado Audiencia Real en Santafé, se consultó sobre
mudarla á Tocaima, donde hubo muchos vecinos poderosos y ricos, de
los cuales fué el uno Juan Díaz Jaramillo, que habiendo encontrado
una mina de oro por modo extraño, sacó de ella tanta cantidad, que
lo media por fanegas; y deseando eternizarse en la posteridad,
labró una casa que pudiera servir decentemente de Alcázar, porque
ademas de las maderas y otros ricos materiales que halló en el
Reino para la fabricación, llevó de Castilla tantos azulejos,
vidrieras, rejería y artesones dorados, que despues de asolada con
las inundaciones y crecientes del Patí, han sido bastantes las
ruinas para hermosear las iglesias parroquial y de Santo Domingo,
que se han labrado en la nueva ciudad, y lo que es más, para el
magnífico templo de la Limpia Concepción de Santafé, que es uno de
los ilustres y aseados de las Indias, sin que de toda aquella
riqueza y majestad haya dejado el tiempo otras señales, pues en el
mío he conocido muchos de sus descendientes en suma pobreza.
No habia puesto en menor cuidado á Lugo la nación de los Muzos,
porque desvanecida con la valiente resistencia que hicieron al
Capitan Lanchero, hasta obligarle á salir del pais con el destrozo
que padecieron sus gentes, corrían las fronteras de los Moscas
cebándose en carne humana y con federados con el Saboyá maquinaban
rebeliones y guerras que encendiesen todo el reino. De estos daños
que padecían los pueblos del Simijaca y de otro; mayores que
amenazaban, corrían las quejas lastimosamente en Santafé, y éstas
fueron las que obligaron á Lugo á que mandaste al Capitan Melchor
de Valdés levantase cien hombres y algunos caballos, con que á
largas jornada; caminase al castigo y conquista de los Muzos. Era
Valdés buen soldado y presto en sus resoluciones, y así en pocos
dias dió principio á la empresa; pero tan desgraciadamente que
apénas tocó en tierra de enemigos cuando acometida su gente por los
costados de cuatro mil Gandules flecheros, la pusieron toda en
confusión, porque siendo los caminos tan estrechos que apénas
permitian marchar de dos en dos los infantes, y habiendo sido tan
impensado el acometimiento, necesitaba cada cual de los nuestros de
pelear él solo con toda una muchedumbre de enemigos. Por otra
parte, los caballos servían más de embarazo que de defensa, porque
no pudiendo romper por los despeñaderos y estando el camino
sembrado todo él de hoyos y puas de que se habia valido la
industria de los Muzos, ó ya cayendo en ellos, ó ya quedando
inmobles y desarmados en el aprieto, servían de blanco á una
tempestad de flechas que descargaban sobre ellos; mas venciendo la
constancia de los nuestros á la ventaja del enemigo, resistieron
tan valerosamente los ímpetus del encuentro, que matando muchos de
los contrarios y jugando por instantes con más ferocidad los
arcabuces, pudieron asegurarse, si bien con pérdida de los caballos
y parte del bagaje que iba en la retaguardia, y fué donde más cargó
el peso de la batalla.
Retirados con este suceso los Muzos, y sin perderse de ánimo por
el buen principio que habian dado á la guerra, convocaban todos los
pueblos del país bajo para que unidos en un cuerpo hiciesen más
fuerte la resistencia; y porque el mayor aprieto en que podian
poner al campo español era el de la hambre, talaron y recogieron
todos los bastimentos y semillas de los contornos por donde
marchaban los nuestros, rompían los caminos, renovaban la traza de
los hoyos y puas y ponian tales estorbo; de árboles y troncos
atravesados que bastasen á retardarles la marcha; ardides todos y
máquinas que les enseñó la necesidad y que hicieron no ménos
dilatada que sangrienta para los nuestros la conquista. Por otra
parte, Valdés, reconociendo la dificultad de la empresa por la poca
comodidad que hallaba para campear en el pais, y por la astucia y
valor que experimentaba en los Muzos, deseaba encontrar sitio donde
con el desquito de los suyos los dejase escarmentados; y así
recogida su gente y más prevenida que ántes para los repentinos
asaltos, marchaba con buen órden; pero con tantas dificultades y
detenciones, que habia dia en que por los impedimentos que le
tenían puestos apénas podia caminar média legua, de que se empezó
luego á sentir en su campo falta de víveres y por consiguiente
dieron algunos en desmandarse para buscarlos, cayendo en manos del
enemigo; pues aunque Valdés aplicaba todo el ánimo para el remedio,
era más poderoso el rigor de la hambre que la amenaza de los
bandos, y así en poco tiempo perecieron muchos de los indios
cargueros y diez ó doce españoles. Pero no siendo todo esto
bastante á que diesen paso atras de la empresa, penetraron y
vencieron toda la cuesta de Toro, tan conocida en el Reino por su
aspereza, hasta bajar al rio Sarbe, donde los Muzos los esperaban
con determinacion de probar segunda vez fortuna; porque reforzados
con la gente más guerrera de la provincia, y conociendo por los que
se desmandaban del campo español la penuria que padecía y cuán
debilitado se hallaba, no quisieron dilatarse más en
acometerlo.
Corre el Sarbe con rápidos y crecidos raudales por entre algunas
piedras, si bien permite en el verano que puedan vadearse sus
aguas; y aunque todo su curso lo sigue por tierras ásperas y muy
dobladas, y ésta á que llegaron los nuestros no lo sea tanto, con
todo esto tiene algunas arboledas de la una y de la otra ribera, y
forma sobre sus costas algunas concavidades que se ocultan entre
los pedazos de tierra escombrada que descubre la vista. Aquí, pues,
tenían su ejército los Muzos de la otra parte del rio, más con tal
disposición puesto en celada, que sin sospecharlo los nuestros,
dieron principio á esguazarlo, sin atender á que debían esperar á
los últimos para que se hallasen juntos en caso que fuesen
acometidos; y como esta ocasión era la que deseaba el enemigo,
apénas vió que las primeras hileras se alargaban sin esperar la
retaguardia que le prevenía para seguirlas, cuando saliendo de las
emboscadas divididos en dos batallones, el uno para impedir el paso
del rio, y el otro para acometer á los que lo habian esguazado, que
serian hasta sesenta españoles, los acometió con tal ardimiento,
que á no haberlo con gente tan práctica la hubiera roto del primer
encuentro. Pero como éste fuese rechazado con valor, y los Muzos no
desconfiasen de la victoria miéntras tuviesen divididos á los
nuestros, se trabó aquí uno de los más porfiados combates que se
vieron en aquellas conquistas. Sustentaban todo el peso los de la
vanguardia, confiados en que serian presto socorridos de los
compañeros; y éstos, deseosos de llegar á tiempo, se arrojaban al
Sarbe entre la oscura tempestad de flechas que les disparaban para
impedirles el paso, donde naufragaron algunos entre las olas de la
sangre y del agua. La grita y voces que los indios acostumbran en
sus peleas, lo llenaba todo de confusión. El desórden de los
nuestros los tenía en estado de que supliese la temeridad lo que
pudiera haber hecho la disciplina. Caian por todas partes muchos de
aquellos bárbaros, porque, como eran tantos, no daban carga los
nuestros que no fuese estrago fatal para sus tropas, aunque
aprovechaba poco respecto de la muchedumbre, que crecia por
instantes. Dificultábase á los nuestros el socorro de unos á otros,
y empeñado el enemigo en que no lo consiguiesen, no ponía ménos
cuidado en defender el tránsito del Sarbe que en apretar á los que
habian pasado, que aunque se mantenían valientes no parecia posible
perseverasen más tiempo sin el socorro. Mas reconociendo Valdés que
el peligro en que se hallaba su campo no consistía tanto en el
valor de los contrarios como en la precipitación de los suyos,
arrojándose al rio con la espada en la mano, detuvo á los que
porfiaban en esguazanlo, y volviendo con ellos á la ribera, dispuso
que desde allí hiciesen espaldas con la arcabucería á los que
peleaban de la otra banda, para que repasasen sin riesgo á sus
aguas. Dado este érden, tocó á recoger, y ejecutándolo ellos se
fueron retrayendo hasta el rio, siempre cargados del enemigo; pero
como los arcabuces de la otra ribera se disparasen tan á tiempo que
le hiciesen daños muy considerables, advertido el peligro, se
retiró la distancia bastante para que los nuestros tuviesen lugar
de ponerse en salvo.
Este fué el suceso de la batalla de Sarbe, en que murieron más
de treinta españoles, y otros muchos quedaron heridos. De los Muzos
pareció haber llegado el número de los muertos á más de quinientos,
y aquí fué donde perdieron de suerte el temor á nuestras armas, que
se acreditaron de los más guerreros, como veremos despues en la
constancia y valor con que sustentaron la guerra. Mas considerando
Valdés la gente que habia perdido, y que la falta de víveres tenía
en miserable estado la poca que le restaba, y que tanto más habia
de crecer la hambre cuanto más penetrase la aspereza de aquel pais
estéril, donde la conquista de los Muzos necesitaba de más fuerzas
que las que le habian quedado; resolvió ceder al aprieto en que se
hallaba, y volviendo á Santafé, representar las dificultades de
aquella guerra, para que examinadas con atención se proveyese de
más eficaces medios para emprenderla. Con esta resolucion levantó
su campo, y siguiendo el mismo rumbo que habia llevado, empezó á
marchar con aquel órden y prevención que se requería para refrenar
la audacia del enemigo, que apénas conoció el designio, cuando
dispuesto á molestarle lo siguió seis leguas, procurando en la
estreches de los pasos, y con la oscuridad de la noche, lograr
alguna ocasion en que romperle; mas halló siempre tan vigilante á
Valdés, y tan reforzada de arcabuces la retaguardia, que bien
escarmentado de algunos acometimientos que hizo, y del daño que
recibió en ellos, desistió de la empresa, y Valdés tuvo tiempo de
salir á reformar su gente á Simijaca, donde lo esperaban
victorioso, y con el mal suceso que tuvo se concibió un temor tan
grande, que llenó de espanto los pueblos confinantes.