CAPITULO
III.
PRENDE LUGO Á LOS OFICIALES DEL REY Y Á LOS QUESADAS: JUSTICIA AL
ENCOMENDERO DE SÁCHICA: NÓMBRANSE MINISTROS QUE EJECUTEN LAS NUEVAS
LEYES, Y ORDÉNASELE Á MIGUEL DIEZ DE ARMENDARIZ PASE LUEGO Á SU
VISITA.
PUESTO ya en mísera libertad Gonzalo Suárez, como dijimos
arriba, asestó Lugo todos los tiros contra Pedro Briceño y Juan
Ortiz de Zárate, Tesorero el uno y Factor el otro de la Real
Hacienda, con fin de reducirlos á que de los quintos pertenecientes
al Rey le diesen el dozavo que alegaba debérselo, en conformidad de
las capitulaciones hechas con su padre. Y porque éstos lo resistían
diciendo que todo el real haber que paraba en las arcas era
procedido de lo conquistado por Gonzalo Jiménez de Quesada cuando
ya no era Teniente de su padre, ni suyo, pues á ese tiempo habia
muerto don Pedro y él se hallaba en la Corte, sin que fuese
Gobernador de Santa Marta ni de otra parte alguna de las Indias,
por cuya razon no debían asentir á su propuesta sin particular
órden del Rey, fué tal su indignacion, que viendo no tener derecho
para justificar la demanda, ni para apremiar á quien se la
contradecia, se valió de la traza comun de fulminar procesos contra
ellos acumulándoles como culpas muchas acciones de las pasadas y
presentes, en que fué fácil hallarlos comprendidos; y con aquel
color bastante á su entender para encubrir la causa y disculpar su
resolucion, los puso en prisiones bien apretadas y tambien á Diego
de Aguirre, de quien se recelaba mucho por su entereza, y porque de
la prision de éstos y de las vejaciones que habia hecho á otros
conocía que no se le mostraban afectos todos aquellos que por
sangre ó dependencia eran parciales los graviados, prosiguió en
procesar contra ellos con el pretexto del mal tratamiento de los
naturales, de que usan casi siempre los Gobernadores de Indias,
aunque esto no lo hacia Lugo para seguir las causas ni para
sentenciadas, sino para valerse de ellas en caso que alguno se le
mostrase enemigo, ó pidiese en el Consejo el dinero que le habia
quitado.
No se hallaban muy ajenos de seguir este camino los que se veían
aprisionados, pues considerando que miéntras se dejasen estar á la
disposicion de Lugo, siempre crecerian los agravios, se
determinaron á buscar el remedio donde pudiesen, y así, una noche
destinada para dar principio á su resolucion, quebrantaron la
cárcel y rotas las prisiones salieron de la ciudad siguiendo el
camino de la Costa; pero no tan secretamente que no llegase á
noticia de Lugo la derrota que llevaban: de que alterado por el
castigo futuro, que recelaba si llegasen á los oídos del Rey sus
procedimientos divulgados entre las quejas de tantos como habian
desamparado el Reino para representarlos en el Consejo, ordenó a
uno de aquellos que se le mostraban más obsequiosos, que prevenido
de veinte hombres armados los siguiese hasta prenderlos ó matarlos
en caso que se resistiesen. Pero como ya el odio universal que le
tenían habia atropellado con la obediencia que le debían tener, y
un superior mal quisto no sepa discernir entre amigos y enemigos,
ni aun esta diligencia tan á tiempo le salió favorable, pues aunque
brevemente alcanzaron á los que huían, no fué para prenderlos sino
para animarlos más con su ayuda, diciéndoles que su intencion era
seguirlos en cualquiera fortuna. Y como para resguardo de la
promesa les entregaron los despachos de Lugo, y partieron de las
armas y vitualla que llevaban, fué tanto el gozo de todos, que ya
se prometían fin dichoso á sus trabajos : y allí llegados al rio
grande, en que fabricaron balsas y canoas, bajaron á la Costa,
desde donde pasaron los más de ellos á la isla española á
representar sus agravios en aquella Audiencia, y solamente Domingo
de Aguirre se embarcó para Castilla, donde con algunas noticias que
sabia se tenian de Lugo, y con la prudente relacion que pensaba
hacer de la forma de su gobierno, esperaba conseguir el remedio de
que pendian los amigos que dejaba en el Reino.
Bien conoció Lugo de estas premisas el mal suceso que lo
amenazaba, y cuán peligroso le seria dilatarse más en las Indias; y
así maquinando por una parte dejar burlados á sus enemigos con
parecer en la Corte ántes que los forzasen á ello, y por otra
disponer que en su ausencia se hallasen fuera del Reino todas
aquellas personas de cuenta que recelaba se lo mostrasen contrarias
en caso q tic se despachase por el Consejo algun Juez á
residenciarle, tomando ocasion de la necesidad que tenia Santa
Marta de un buen cabo que la reedificase y socorriese contra los
indios alzados, nombró en ella por Teniente suyo al Capitan Juan de
Céspedes, para tenerlo retirado de Santafé con aquel pretexto
honroso, por ser uno de los que mas cuidado le daban. Y como por
este tiempo llegasen á Tunja los dos hermanos Quesadas y Lope
Montalvo de Lugo con las demas reliquias del ejército que entró á
la infeliz conquista del Dorado, y Hernan Pérez fuese la persona de
más autoridad á quien todos debían ocurrir con sus quejas, á que se
llegaba ser el más agraviado de Lugo, pues no solamente le habia
quitado las encomiendas para sí, sino revocado tambien los
repartimientos que habia hecho entre los conquistadores, por cuya
causa quizá apresuró su viaje con el hermano, sin atender á los
partidos honrosos que le hacia Baca de Castro para que se quedase
en el Perú; determinó Lugo no perder ocasion de asegurarse de
ellos, y así aunque los recibió la primera vez con urbanidad, en
las demas pensiones daba á entender no estar satisfecho de sus
procedimientos, y aun los puso en prision si bien los soltó
luego.
Todas estas trazas aprovechaban poco para que Hernan Pérez no
tuviese sobre los pueblos aquel séquito y autoridad que le habia
granjeado el arte apacible de su gobierno. Llegábase á ésto ser de
suyo tan liberal, que no tenía bienes que no lo fuesen, por ser
comunicados á cuántos soldados pobres necesitaban de ellos, con que
la benevolencia popular que habia ganado crecia al paso que lo
trataban, y así andaba todos los días asistido de gran concurso del
pueblo y cortejado en su casa con la entrada continua de muchos
nobles. Con estas demostraciones, siempre sensibles para quien
manda, se alteró el Adelantado, de suerte que para resguardo de sus
temores maquinó al punto la ruina de los Quesadas. No hay escollo
en que tanto se rompa el disimulo de los superiores, como el de los
celos y envidia que les causa ver repartida con otros la adoracion
que tienen por suya ni hay vacío en que tanto peligren lo súbditos
como el de un aplauso extraordinario en que todos reparan.
Magnánimo sufrió Enrique III la rebelion de toda Francia por la
muerte del Duque de Guisa: y el sentimiento de las aclamaciones con
que lo vió ántes entrar en Paris, no cupo un su disimulo. Conoció
el Rey católico que la seguridad de Nápoles, despues de la batalla
de Rabena, consistia en que el gran Capitan pasase otra vez á
Italia, y ordenóselo así; pero en sabiendo el concurso de nobles
que lo seguía, suspendió el órden con aceleracion, porque pudieron
más los celos que su conveniencia; y por no ver un vasallo con
tanto aplauso, eligió aventurar todo un Reino al estrago. No hay
que buscar otros ejemplos en esta materia, ni hay más que decir,
pues en llegando á este lance se olvidaron de la prudencia esto dos
Monarcas, con haber sido el uno tan gran maestro en fingir como el
otro en disimular.
Para ejecutar, pues, el Adelantado Lugo los designios que le
dictaba la envidia y su recelo, se le vino á las manos la ocasion
por la melena; y fué que viendo los Quesadas la opresion que
padecía el Reino por tan extraños medios, y deseando se apresurasen
los reparos para tanta dolencia, dispusieron se escribiese al
Emperador dándole cuenta del miserable estado en que se hallaban, y
peligro que amenazaba en lo de adelante continuando el Adelantado
en el gobierno de aquellas provincias. Y porque les pareció que
para más crédito de la carta que remitiesen, seria conveniente
autorizarla con las firmas de muchas personas de las más nobles,
cometieron esta diligencia á Bartolomé Sánchez, escribano y
Encomendero de Sáchica, de quien habian sacado diferentes
testimonios algunos vecinos de Tunja para justificar sus quejas en
el Consejo pero como acciones semejantes no puedan ocultarse en
lugares cortos, y más cuando resultan en perjuicio de los que
mandan, no pudo correr tan secreto el negocio que no llegase á la
noticia de Lugo, y quizá por alguno de los que tenían más prenda en
él. Con esta ocasion, pues, la tuvo cierto dia para prevenirse de
algunos hombres armados, que eligió de los Caquecios y de los que
habia conducido de Canaria; y ocultándolos en las casas de Gonzalo
Suárez, en que él moraba, mandó le llamasen á los Quesadas, como
que fuese para cierta consulta que fingió tener con ellos y
habiendo llegado á su presencia, los desarmó el mismo Adelantado y
ordenó los pusiesen en la cárcel pública con buenas prisiones de
grillos y cadenas, y con veinte guardas que no los perdiesen de
vista.
A esta prisión tan acelerada se siguió luego la de Bartolomé
Sánchez, manifestando con ella que la causa de haber hecho las
antecedentes era la conjuracion en que decia haber cooperado todos
los de aquella faccion; y era lo bueno que llamaba motin y alboroto
á la obligacion que tienen los vasallos de escribir á su Rey
dándole cuenta de lo que necesita saber. Pero cuándo no se
califican así en las Indias aun acciones más lícitas, ó para
fomentar sus odios algunos ministros, ó para que lleguen
desacreditadas al Consejo las noticias de sus delitos. Veráse mucho
de esto en los años siguientes, y llegará tiempo en que, á vista de
los desafueros de otros, se tenga en el Nuevo Reino por más que
feliz el gobierno de Lugo, que, asegurado ya en su sentir por este
camino, y para que no se presumiese le movia pasion en la causa, la
remitió á Diego Sánchez de Santa Ana, Alcalde ordinario, que á la
sazon era hombre basto y de tan mal juicio, que esperaba de él
algun desacierto, para que, sin que se le atribuyese, lo llegase á
dejar despicado. Como lo discurrió Lugo lo ejecutó el Santa Ana, si
bien tan aceleradamente, que aun desagradó á los Caquecios la
ejecucion porque persuadido á que lo que se intitulaba motín lo era
en realidad, y á que se le habia remitido la causa para que
ejecutase castigo y no para que averiguase culpas, dió garrote
aquella misma noche en la cárcel á Bartolomé Sánchez ; y si no lo
intentó con los Quesadas, fué porque la costumbre de respetarlos le
detuvo la mano para ofenderlos.
Divulgóse luego el caso, y aun dejó atónito al mismo Adelantado
que lo tenía previsto, porque naturalmente era piadoso, y rara vez
tiene cabida la crueldad en corazones de tanto valor y nobleza como
lo fué el suyo. De aquí recelaron todos que era manifiesto el
riesgo en que se hallaban los Quesadas, y aun ellos, sospechándolo
muy vecino, lo manifestaron á algunos caballeros de los que los
visitaban en la cárcel estando presentes las guardas; y como de
ninguno tenían más respuesta á sus preguntas que las que forma el
temor entre la admiracion y el silencio, y sabían que Cabrera de
Sosa era uno de los más introducidos con Lugo y no persona mal
intencionada, le pidió Hernan Pérez, en cierta ocasion que lo fué á
ver, le diese consejo sobre lo que debía disponer de sí, supuesto
que como participante de las interioridades del Adelantado, y amigo
de quien tan justamente se fiaba, tendría noticia del estado en que
se hallaba su causa, y sí el fin de ella habia de corresponder al
que tuvo Bartolomé Sánchez. Y aunque Sosa le representó el
inconveniente de manifestar lo que le habian comunicado en secreto,
con todo esto tuvo arte para que, sin descubrirse, le asegurase que
no se fulminaba la causa suya y de su hermano para sentenciarlos en
pena de muerto, sino á lo que presumia, en caso que resultasen
culpados para ejecutar algun destierro en que se terminase el enojo
del Adelantado, que no les fué de poco consuelo.
Miéntras en el Reino pasaban las cosas que se han referido en
los capítulos antecedentes, no se hallaba en Castilla ménos
embarazado el Emperador en elegir medios para el reparo de tantos
desafueros como corrian en las Indias; porque habiendo llegado á
España por el año de cuarenta y uno algunos Religiosos del Orden de
Santo Domingo, y representádole los dalles y perjuicios que causaba
á los indios el mal gobierno de los españoles y abusos que habian
introducido para sus conveniencias, sin, que por ellos fuesen
castigados ni reprendidos de los superiores que debían hacerlo, en
que se dilataron con especialidad, lo pie bastó para enternecer el
corazón piadoso del Emperador, fué tanto lo que se alteró de
aquellas particularidades que le repetían en las Audiencias Fr.
Juan de Tórres, Fr. Matías de Paz, Fr. Pedro de Angulo y Fr.
Bartolomé de las Casas, Obispo que fué despues de Chiapa (si bien
este último con más ardiente celo, aunque vestido de mucha
imprudencia, de que resultaron despues graves inconvenientes), que
ordenó luego al doctor Figueroa, de su Consejo de Cámara (que
adelante fué Presidente de Castilla) visitase el de Indias por un
modo extraño y poco practicado en estos tiempos, que fué teniendo
suspensos de sus plazas á los Consejeros todo el tiempo de la
visita, y así faltó por muchos días este Tribunal, y Fr. Bartolomé
tuvo ocasión de multiplicar memoriales ante el Figueroa, pidiendo
el remedio de los indios y aun mezclando tal vez algunas noticias
que se pudieran excusar, aunque la santa intención que lo gobernaba
era bien manifiesta. Pero como quiera que haya sido, de la visita
resultó quitar la plaza al doctor Beltran, que estaba bien hallado
en ella, y mandarle á D. Juan Suárez de Carvajal se fuese á residir
en su Obispado de Lugo, y aun se sospechó que por la autoridad del
Cardenal Loaysa no fué removido de la Presidencia entónces, mas
quedó sin aquella mano absoluta que solía tener en cosas de Indias,
y dentro de dos años se confirmó la sospecha viéndolo mudado á
diferente Presidencia, y puesto en la suya el Marqués de Mondejar,
que con el doctor Bernal, despues Obispo de Calahorra, y Gutiérrez
de Velásquez, Consejeros de los antiguos, y con Gregorio López,
Oidor de Valladolid, y Salmerón, que lo habia sido de Méjico, y
entraron de nuevo, dió principio á la reforma de las Indias
(despues de varías consultas que precedieron de hombres doctos)
haciendo treinta y nueve leyes, que se llamaron nuevas, y habian de
observarse para el buen gobierno de aquellos Reinos: y aunque las
más de ellas no parecían haber sido hechas por hombres sino por
Angeles, habia otras que arrastraban tan forzosos inconvenientes y
perjuicios que no era posible ejecutarse.
Demas de lo referido se tomó resolución en que se fundase
Audiencia en Lima, y por cabeza de ella Blasco Núñez Vela, Veedor
de las guardas de Castilla; pero de condicion tan resuelta, que era
más propia para aquel oficio que para el de Virey del Perú en que
lo nombraron: si bien el valor y fidelidad de que habia dado
bastantes muestras en servicio del Emperador, le hacían digno de
mayores puestos, como no fuesen de administrar justicia, y más
donde se necesitaba tanto de arte y blandura para que se digiriesen
aquellas nuevas leyes en tan relajado estómago como el del Perú,
cuya ejecución lo cometieron, y en que pareció haber errado el
Consejo; pues siendo algunas tan duras de admitir, y el Virey tan
resuelto y caprichoso en seguir su dictámen, fueron consiguientes
los alborotos y guerras civiles, que inquietaron aquel imperio por
muchos años. Y como estas leyes se habian hecho á pedimento de Fr.
Bartolomé de las Casas, decía entónces discretamente un ministro de
los primeros de la Corte, que seria espectáculo digno de verse, si
para acabar con las Indias enviasen á ellas juntos en un navío á
este religioso y á Blasco Núñez, que de puerto en puerto y de
provincia en provincia, fuese el uno haciendo leyes y el otro
ejecutándolas para Méjico y que visitase su Audiencia, se nombré á
Tello de Sandoval, Canónigo de Sevilla, que á la sazón era
Inquisidor de Toledo, ó como dice Herrera, del Consejo de Indias: y
fué acierto grande el que se tuvo en la elección de este sujeto
para que ejecutase las nuevas leyes, como en la que se habia hecho
Antes para Virey en D. Antonio de Mendoza, pues bastó la prudencia
de ámbos para tener en paz aquel Reino, sin que se faltase á la
administración de justicia. Á Santo Domingo y demas islas para el
mismo efecto, enviaron por Presidente al Licenciado Cerrato,
Abogado en Granada, y que tuvo poco embarazo en lo que llevó á su
cargo, respecto de los pocos indios que ya tenian las islas. Y para
el Nuevo Reino (que es á lo que vamos) se eligió A Miguel Diez de
Armendariz, natural de Navarra y colegial mayor de S. Bartolomé en
Salamanca, á quien se le dió comisión para que visitase los
gobiernos de Cartagena, Santa Marta, Popayan y rio de San Juan,
pensando que allí estarían ya fundadas algunas ciudades.
Diéronselo instrucciones muy buenas para que se gobernase en la
visita que habia de hacer primero en Cartagena, luego en Santa
Marta y despues en el Reino, residenciando á todos los que habian
gobernado desde el General Quesada hasta el Adelantado Lugo.
Ordenósele que concluso esto, pasase á Popayan y rio de San Juan en
la costa del mar del Sur i terminada allí la visita volviese al
Reino, donde asistiese como Juez de apelaciones de aquellos
gobiernos, miéntras allí se fundaba otra Audiencia. Que constando
que alguno de los Gobernadores habia ejercido fielmente su oficio,
lo dejase en posesión de él; y si no, lo remitiese á España ó
hiciese parecer en la Corte por Procurador, segun fuese la calidad
de las culpas. Que no permitiese que á los indios se les cobrasen
tributos excesivos, sino los contenidos en las tasas que conforme á
leyes se debían hacer. Que para enterar más á los indios de que la
Real voluntad era de que viviesen en libertad cristiana, llamase á
los Caciques y Uzaques, y en lugar público, por medio de
intérpretes, se lo declarase, y como iba á ejecutarlo así, y
tuviesen por cierto que habian de ser tratados como vasallos libres
y oídos en justicia los que estuviesen agraviados. Que atendiese
con particular cuidado á que en todos los pueblos de españoles se
enseñase la doctrina cristiana á los indios, habiendo para ello
personas, hora y lugar señalados. Que pidiese á los Caciques
enviasen á la doctrina á sus hijos y súbditos, favoreciendo á los
eclesiásticos que la enseñasen, y fomentando la fábrica de templos
y monasterios que para obviar que entre los indios se introdujesen
errores y doctrinas perjudiciales, recogiese los libros profanos y
de mal ejemplo, pues por esta causa, y mirando á este fin, se habia
dado la prohibición de pasar libros á Indias. Que tomase noticias
del fruto que habian hecho los religiosos enviados á Santa Marta y
Cartagena en la reducción de los indios y edificación de los
templos, y diese cuenta. Que se informase de la vida y honestidad
de los clérigos, y si conviniese dar cuenta de alguna falta, la
diese á sus Obispos. Que viese en qué lugar de la provincia de
Popayan convendría erigir Catedral, pues la de Quito estaba tan
distante, y remitiese su parecer. Que oyese y determinase las
diferencias que tenían Benalcázar y Andagoya sobre los términos de
sus gobiernos. Que residerciase á Jorge Robledo, á quien se le
habia hecho merced del título de Mariscal, y habia de ir con él, y
no hallándolo notablemente culpado en los cargos que habia tenido y
en las poblaciones que habia hecho de Anserma, Cartago y Antioquia
en términos de Popayan, lo pusiese por Teniente de ellas, y diese
cuenta al Consejo con su parecer sobre si convendría ó no que fuese
gobierno separado del que tenía Benalcázar, para que se le
remitiese título á proveyese otra cosa.
Todas estas resoluciones estaban así tomadas por el Consejo;
pero como las novedades que ocurrian á la Corte de las otras
partes del mundo fuesen muchas, y las Armadas para pasar á Indias
tengan espacios tan dilatados para aprestarse, ya estaban algo
adormecidas las materias, cuando por el presente año de cuarenta y
tres llegaron á Castilla diferentes personas de Indias, y entre
ellas Domingo de Aguirre, que bien instruido en lo que traia á su
cargo, y presentando las cartas y demas instrumentos que le habian
dado, informó primero á cada consejero en particular, y despues á
todos juntos, de los procedimientos de Lugo. Representóles cómo
errando las acciones desde que fijó el pié en las Indias, habia
despojado las Arcas Reales en el Cabo de la Vela, y ajado á los
ministros de Su Majestad á título de que le pertenecía el dozavo de
los quintos de las perlas. Que por atender á particulares
conveniencias, que juzgó tener entrando armado en el Nuevo Reino,
sacó la gente más lucida de las ciudades de Santa Marta y Santiago
de Sompallon, dejándolas expuestas al saco y al incendio de los
franceses y de los indios, en contravencion del principal motivo
que tuvo el Rey para mandarle partiese luego á su gobierno.
Que contra el parecer de hombres prácticos eligió nuevos caminos
para subir al Reino desde el Cabo de la Vela, en que perecieron los
más de su ejército, sin que á vista del horror de la muerte, que
tenía vecino, apagase la sed insaciable de su codicia, pues
hallándose en las mayores miserias que se pudieron imaginar, tuvo
arte, para enriquecer con las haciendas que dejaban los que morían
por su causa. Que luego que llegó al Reino, vacó todos los
repartimientos que habian hecho los Quesadas, cobrando para sí los
tributos de todos los indios por más tiempo de un año. Que
requerido con una Real Cédula para que no innovase en estas
materias, desprecié el órden y apropiándose las mejores
encomiendas, distribuyó las demas entre amigos y parciales suyos,
quitándolas á los beneméritos que las habian comprado con su
sangre. Que perseguía con vejaciones y malos tratamientos á todos
los hombres de posición, á con fin de quitarles las haciendas, como
lo habia hecho con algunos, á con mira de que no quedasen con alas
para oponérsele, como lo hacia con muchos. Que temerosos los
vecinos de algun daño irreparable, desamparaban el Reino, guiados á
la parte que los arrojase la fortuna y teniendo cualquiera por
ménos mala que la que experimentaban debajo de su dominio. Que con
el mismo Aguirre y los otros ministros sus compañeros, habia usado
aun de mayores apremios que con los del Cabo de la Vela, porque no
le permitieron despojase los quintos reales del dozavo que
pretendía. Y finalmente, que todo lo que obraba su espíritu
codicioso en el Reino, unas veces con maña y otras con fuerza, era
de tal calidad, que no aplicándole presto remedio se despoblarían
todas aquellas provincias, que con tan duros afanes se habian
sujetado á la Corona.
Representados así estos excesos y divulgados despues con mucha
ponderación, en que no tenía poca parte el General Quesada, que se
hallaba en Francia, ó porque se presumía el más interesado en la
ruina de Lugo, ó porque en la realidad era el que más lastimado se
hallaba de los filos de su codicia, hicieron tanta impresión en el
Consejo, que despertando de aquel olvido en que habia puesto las
resoluciones poco ántes tomadas con particular estudio, y
pareciéndole que cuanto representaba Domingo de Aguirre, y lo demas
que pudiese acaecer en Indias, estaban prevenidos ya los reparos
más eficaces, mandó que luego se previniese Armada en que los
Visitadores, Virey del Perú y Presidente de Santo Domingo, y Don
Fr. Martin de Calatayud, electo de Santa Marta, partiesen sin poner
más dilación en Sevilla que la que bastase para que á són de cajas
se publicasen las nuevas leyes: diligencia que solo sirvió de aviso
para que comunicando anticipadamente la noticia á los del Perú, los
tuviese prevenidos y coligados para no obedecerlas. Pero ejecutado
el órden se detuvieron en Sanlucar miéntras en la isla española
instaban tambien Zárate, Briceño y otros vecinos que habian huido
del Reino, para que se les diese Juez contra Lugo y los asegurase
de poder volver á sus casas: que considerado por aquella Audiencia
y presumiendo de la sagacidad de Lugo, que habia de poner todo
cuidado en huir el cuerpo á que lo cogiese en Indias la residencia
de tantos excesos y agravios como habia hecho y que por
consiguiente habia de intentar partirse á Castilla los más presto y
oculto que pudiese, despachó una provision á todos los puertos en
que podia tocar para que las justicias de ellos lo embargasen, y
detuviesen remitiendo para despues el nombramiento de Juez, en que
debían proceder con mucha prudencia por la importancia de no errar
la elección.