INDICE





PROLOGO

NOTICIA BIOGRÁFICA DEL DR. FERNÁNDEZ PIEDRAHITA

DEDICATORIA Y APROBACIONES DE LA OBRA

LIBRO I

Capítulo I
Del sitio y calidades del Nuevo Reino de Granada

Capítulo II
En que se da noticia de sus provincias y primeros habitadores.

Capítulo III
De las costumbres, ritos y ceremonias que usaban los indios mozcas en su gentilidad.

Capítulo IV
De otras ceremonias y costumbres que tenian los mozcas, y de las procesiones que hacían.

Capítulo V
Del sitio y corte de Bogotá: majestad de sus reyes condiciones y forma de sucederse.

LIBRO II

Capítulo I
Saguanmáchica conquista los fusagasugaes, rompe la guerra con el Guatavita, que se ampara del Rey de Tunja...

Capítulo II
Hereda el zipa Nemequené, y castigada la rebelián de Fusagasugá, sujeta los caciques de Cipaquirá y Nemza.

Capítulo III
Asalta el Zipa la corte del Guatavita, revuelve contra el Ubaque y sujétalo.

Capítulo IV
Sujeta el Zipa la provincia de Ebaté, nombra en ella al hermano por su lugarteniente, á quien mata el Ubaque.

Capítulo V
Da leyes el Zipa en su reino y previénese de todo para la guerra de Tunja.

Capítulo VI
Refiérense los sitios y estado de las provincias de Tunja y Sogamoso, y hacen liga sus príncipes contra Neméquene.

Capítulo VII
En que se prosigue la materia del antecedente

Capítulo VIII
Danse vista los ejércitos del Zipa y el Tunja, y platican antes de la batalla.

Capítulo IX
Dáse la batalla, y casi vencida por Neméquene, muere en ella, herédalo Thysquesuzha, y prosigue la guerra.

LIBRO III

Capítulo I
Fúndase la ciudad de Santa Marta por Rodrigo Bastídas, á quien mata su teniente general en un motín.

Capítulo II
Los capitanes de Lerma acometen á Posigueica y vuelven derrotados.

Capítulo III
Gobierna el doctor Infante á Santa Marta por muerte de García de Lerma, y el adelantado don Pedro de Heredia da principio á las conquistas de Cartagena.

Capítulo IV
El adelantado Heredia prosigue la conquista de Cartagena

Capítulo V
Dáse el gobierno de Santa Marta á d. Pedro Fernández de Lugo. Prosigue la guerra con los indios de la sierra sin fruto…

LIBRO IV

Capítulo I
Benalcázar descubre a Popayán, y fundadas las villas de Cali y Timaná, prosigue en su descubrimiento

Capítulo II
El licenciado Badillo residencia á D. Pedro de Heredia en Cartagena:

Capítulo III
Vuelve el General Quesada por su Ejército á la Tora, Condúcelo hasta los umbrales del Nuevo Reino

Capítulo IV
Marcha Quesada por la provincia de Vélez, pasa á Guachetá y de allí á Suesca en demanda de Bogotá, con asombro general de los indios.

Capítulo V
Entra Quesada en el valle de los Alcázares, rompe el ejército de los Uzaques, pasa a Bogotá

LIBRO V

Capítulo I
Entra el capitán Céspedes en la provincia de los Panches por Tibacuy: plática  con el capitán del presidio de los Guechas…

Capítulo II
Sale Quesada de Bogotá para Somondoco en demanda de las minas de esmeraldas que descubre

Capítulo III
El Capitán San Martín tiene noticia de Tundama: descubre á Sogamoso y vuelve en busca del general Quesada...

Capítulo IV
Asalta Quesada el palacio del Rey de Tunja, á quien prende, y después de un breve combate saquea su corte con presa de los tesoros que no pudo ocultar.

Capítulo V
Marcha Quesada á Sogamoso, saquea la ciudad y quémase su templo. —vuelve á Tunja, y desamparándola por ir á la conquista de Neiva,

Capítulo VI
Repártese la presa entre los españoles: Asaltan después el cercado de un bosque donde matan a Tysquesusha sin conocerlo.

Capítulo VII
Acometen los Panches las fronteras de Bogotá, y entran Quesada y el Zipa al castigo con mal suceso en el primer encuentro

LIBRO VI

Capítulo I
Prende Quesada á Sacrezazipa por los tesoros del Zipa muerto, y promételos con engaño hasta lograr la muerte de sus émulos...

Capítulo II
Reparte Quesada otra presa de oro y esmeraldas: da principio á la fundación de Santafé...

Capítulo III
Dánle noticia á Quesada de las entradas de Benalcázar y de Fedremán en el reino...

Capítulo IV
Persuade á Quesada Benalcazar á que funde ciudades, y refiérese el estado y crecimiento á que ha llegado la ciudad de Santafé.

Capítulo V
El general Quesada baja á Cartagena con Benalcázar y Fedreman, dejando por teniente general del reino á Hernán Pérez, su hermano...

Capítulo VI
Gerónimo Lebrón forma ejército y armada; sale de santa marta para el reino...

Capítulo VII
Alonso Martín prende en el rio á Alonso jeque, y obligado de una armada enemiga, vence la batalla naval de Cesare...

LIBRO VII

Capítulo I
Tratase de la entrada que hizo Martín Galeano en el territorio de Coicomé y Agata, y de la que después hizo Juan Alonso de la Torre

Capítulo II
Sale Galeano á la conquista de Guane: mueve la guerra en Chalalá, y síguela con Mataregua hasta vencerlo en batalla...

Capítulo III
Agraviado Thisquizoque de la tiranía de Juan Gascon,  hace liga con el Saboya, toma las armas y le quita la vida...

Capítulo IV
Los tres generales pretenden la gobernación del Nuevo Reino y ninguno la consigue...

Capítulo V
Forma ejército Tundama y fortifícase contra Baltasar Maldonado...

Capítulo VI
Montalvo de Lugo entra en el Reino por los llanos, y el capitán Lanchero á la conquista de Muzo...

Capítulo VII
Esguazado el Cauca, prosigue Jorge Robledo sus descubrimientos hasta fundar la ciudad de Cartago.

LIBRO VIII

Capítulo I
Con la noticia de que se previene armada en Francia para las Indias, mandan al adelantado Lugo que vaya á su gobierno...

Capítulo II
Los Yalcones y Paeces toman las armas y matan á los capitanes Añasco y Osorio y despues a Juan de Ampudia...

Capítulo III
Rebelánse los Sutas y Simijacas, fortifícanse en unos peñoles, va contra ellos el Capitán Juan de Céspedes...

Capítulo IV
Rompen los Panches por las fronteras de los Mozcas...

Capítulo V
Prosigue su jornada Gerónimo Lebrón, con varios sucesos, hasta el valle de Opon...

Capítulo VI
Quesada y Lebrón compiten sobre el gobierno con riesgo de romper en batalla...

LIBRO IX

Capítulo I
Con la sospecha de que se rebela la provincia de Tunja...

Capítulo II
Vuelve á sus descubrimientos el capitán Jorge Robledo y con varias fortunas llega hasta la provincia de Hebéjico...

Capítulo III
Vuelto el Capitán Maldonado de la jornada de los palenques, sale Hernán Pérez de Quesada al descubrimiento del dorado con mal suceso...

Capítulo IV
El Ocabita y Lupachoque se fortifican en dos peñoles: ríndese Lupachoque por armas al Capitán Pineda y el Ocabita...

Capítulo V
El adelantado Lugo se previene para subir á Santafé : fúndase por su órden el Barbudo…

Capítulo VI
Pasa Robledo preso á estos reinos: Heredia y Benalcázar se apoderan alternadamente de Antioquia después que se fundó la ciudad de Arma...

LIBRO X

Capítulo I
La armada francesa de Roberto Baal sorprende á Santa Marta y Cartagena; y el adelantado Lugo prende al capitán Rondón...

Capítulo II
Felipe de Utre sale de coro á nuevos descubrimientos penetra los llanos hasta la punta de los Pardaos...

Capítulo III
Prende Lugo á los oficiales del Rey y á los quesadas: justicia al encomendero de Sáchica...

Capítulo IV
Destierra Lugo á los quesadas. —el Capitán Venégas descubre las primeras minas de oro, y funda la ciudad de Tocaima...

Capítulo V
Descubre Felipe de Utre los Omeguas, y véncelos en una batalla...

Capítulo VI
Lugo sale del reino para Castilla, y Armendariz entra en Cartagena...

Capítulo VII
Armendariz nombra por su teniente á pedro de Ursua en el reino y á Robledo en Antioquia...

LIBRO XI

Capítulo I
Concurren los visitadores Gasca y Armendariz en Santa Marta...

Capítulo II
Procede Armendariz contra el capitán Lanchero y otros conquistadores...

Capítulo III
Hacen mariscal del reino á Gonzalo Jiménez de Quesada...

Capítulo IV
Échanse los indios á las minas: tratase en el consejo de fundar audiencia en Santafé...

Capítulo V
Prosigue Armendariz en su gobierno: pónese real chancillería en Santafé...

Capítulo VI
Fúndanse las religiones de Santo Domingo y San Francisco en el Nuevo Reino...

Capítulo VII
Entra el mariscal Quesada en Santafé: descúbrese el páramo Rico de Pamplona...

Capítulo VIII
Entra Ursua en Muzo y puebla á Tudela: vuelve á Santafé y baja por justicia mayor de Santa Marta...

Capítulo IX
Rompe Ursua el ejército de los taironas en la batalla de los pasos de Rodrigo...

LIBRO XII

Capítulo I
Entra en Santafé el licenciado Juan de Montaño con la visita de la audiencia y residencia de Armendariz...

Capítulo II
Rebélase el Valle de las Lanzas, va Hernando de Salinas al castigo, funda la ciudad de Victoria...

Capítulo III
Prosigue Montaño en su visita; ajusticia á Pedro de Salcedo y á otros...

Capítulo IV
Armendariz baja preso á Cartagena para que allí le residencie Montaño.—el Capitán Avellaneda funda la ciudad de S. Juan de los Llanos...

Capítulo V
El capitan Diego García de Paredes funda la ciudad de Trujillo...

Capítulo VI
Vuelve el mariscal á Santafé con la provisión de nuevos oidores.—el licenciado Tomas López entra en la audiencia...

Capítulo VII
El Capitán Cristóbal Rodríguez Juarez funda la ciudad de Mérida.—Diego García de Paredes reedifica la de Trujillo...

Capítulo VIII
Previénese el Nuevo Reino para resistir al tirano Lope de Aguirre.—compéndiase lo que obró en la jornada del Marañon...

Capítulo IX
Fúndase la ciudad de S. Vigente de Paez.-múdase la de Trujillo. Muere García de Parédes y tratase de todo lo acaecido en las provincias del Nuevo Reino...
CAPITULO III.
 


PRENDE LUGO Á LOS OFICIALES DEL REY Y Á LOS QUESADAS: JUSTICIA AL ENCOMENDERO DE SÁCHICA: NÓMBRANSE MINISTROS QUE EJECUTEN LAS NUEVAS LEYES, Y ORDÉNASELE Á MIGUEL DIEZ DE ARMENDARIZ PASE LUEGO Á SU VISITA.

PUESTO ya en mísera libertad Gonzalo Suárez, como dijimos arriba, asestó Lugo todos los tiros contra Pedro Briceño y Juan Ortiz de Zárate, Tesorero el uno y Factor el otro de la Real Hacienda, con fin de reducirlos á que de los quintos pertenecientes al Rey le diesen el dozavo que alegaba debérselo, en conformidad de las capitulaciones hechas con su padre. Y porque éstos lo resistían diciendo que todo el real haber que paraba en las arcas era procedido de lo conquistado por Gonzalo Jiménez de Quesada cuando ya no era Teniente de su padre, ni suyo, pues á ese tiempo habia muerto don Pedro y él se hallaba en la Corte, sin que fuese Gobernador de Santa Marta ni de otra parte alguna de las Indias, por cuya razon no debían asentir á su propuesta sin particular órden del Rey, fué tal su indignacion, que viendo no tener derecho para justificar la demanda, ni para apremiar á quien se la contradecia, se valió de la traza comun de fulminar procesos contra ellos acumulándoles como culpas muchas acciones de las pasadas y presentes, en que fué fácil hallarlos comprendidos; y con aquel color bastante á su entender para encubrir la causa y disculpar su resolucion, los puso en prisiones bien apretadas y tambien á Diego de Aguirre, de quien se recelaba mucho por su entereza, y porque de la prision de éstos y de las vejaciones que habia hecho á otros conocía que no se le mostraban afectos todos aquellos que por sangre ó dependencia eran parciales los graviados, prosiguió en procesar contra ellos con el pretexto del mal tratamiento de los naturales, de que usan casi siempre los Gobernadores de Indias, aunque esto no lo hacia Lugo para seguir las causas ni para sentenciadas, sino para valerse de ellas en caso que alguno se le mostrase enemigo, ó pidiese en el Consejo el dinero que le habia quitado.

No se hallaban muy ajenos de seguir este camino los que se veían aprisionados, pues considerando que miéntras se dejasen estar á la disposicion de Lugo, siempre crecerian los agravios, se determinaron á buscar el remedio donde pudiesen, y así, una noche destinada para dar principio á su resolucion, quebrantaron la cárcel y rotas las prisiones salieron de la ciudad siguiendo el camino de la Costa; pero no tan secretamente que no llegase á noticia de Lugo la derrota que llevaban: de que alterado por el castigo futuro, que recelaba si llegasen á los oídos del Rey sus procedimientos divulgados entre las quejas de tantos como habian desamparado el Reino para representarlos en el Consejo, ordenó a uno de aquellos que se le mostraban más obsequiosos, que prevenido de veinte hombres armados los siguiese hasta prenderlos ó matarlos en caso que se resistiesen. Pero como ya el odio universal que le tenían habia atropellado con la obediencia que le debían tener, y un superior mal quisto no sepa discernir entre amigos y enemigos, ni aun esta diligencia tan á tiempo le salió favorable, pues aunque brevemente alcanzaron á los que huían, no fué para prenderlos sino para animarlos más con su ayuda, diciéndoles que su intencion era seguirlos en cualquiera fortuna. Y como para resguardo de la promesa les entregaron los despachos de Lugo, y partieron de las armas y vitualla que llevaban, fué tanto el gozo de todos, que ya se prometían fin dichoso á sus trabajos : y allí llegados al rio grande, en que fabricaron balsas y canoas, bajaron á la Costa, desde donde pasaron los más de ellos á la isla española á representar sus agravios en aquella Audiencia, y solamente Domingo de Aguirre se embarcó para Castilla, donde con algunas noticias que sabia se tenian de Lugo, y con la prudente relacion que pensaba hacer de la forma de su gobierno, esperaba conseguir el remedio de que pendian los amigos que dejaba en el Reino.

Bien conoció Lugo de estas premisas el mal suceso que lo amenazaba, y cuán peligroso le seria dilatarse más en las Indias; y así maquinando por una parte dejar burlados á sus enemigos con parecer en la Corte ántes que los forzasen á ello, y por otra disponer que en su ausencia se hallasen fuera del Reino todas aquellas personas de cuenta que recelaba se lo mostrasen contrarias en caso q tic se despachase por el Consejo algun Juez á residenciarle, tomando ocasion de la necesidad que tenia Santa Marta de un buen cabo que la reedificase y socorriese contra los indios alzados, nombró en ella por Teniente suyo al Capitan Juan de Céspedes, para tenerlo retirado de Santafé con aquel pretexto honroso, por ser uno de los que mas cuidado le daban. Y como por este tiempo llegasen á Tunja los dos hermanos Quesadas y Lope Montalvo de Lugo con las demas reliquias del ejército que entró á la infeliz conquista del Dorado, y Hernan Pérez fuese la persona de más autoridad á quien todos debían ocurrir con sus quejas, á que se llegaba ser el más agraviado de Lugo, pues no solamente le habia quitado las encomiendas para sí, sino revocado tambien los repartimientos que habia hecho entre los conquistadores, por cuya causa quizá apresuró su viaje con el hermano, sin atender á los partidos honrosos que le hacia Baca de Castro para que se quedase en el Perú; determinó Lugo no perder ocasion de asegurarse de ellos, y así aunque los recibió la primera vez con urbanidad, en las demas pensiones daba á entender no estar satisfecho de sus procedimientos, y aun los puso en prision si bien los soltó luego.

Todas estas trazas aprovechaban poco para que Hernan Pérez no tuviese sobre los pueblos aquel séquito y autoridad que le habia granjeado el arte apacible de su gobierno. Llegábase á ésto ser de suyo tan liberal, que no tenía bienes que no lo fuesen, por ser comunicados á cuántos soldados pobres necesitaban de ellos, con que la benevolencia popular que habia ganado crecia al paso que lo trataban, y así andaba todos los días asistido de gran concurso del pueblo y cortejado en su casa con la entrada continua de muchos nobles. Con estas demostraciones, siempre sensibles para quien manda, se alteró el Adelantado, de suerte que para resguardo de sus temores maquinó al punto la ruina de los Quesadas. No hay escollo en que tanto se rompa el disimulo de los superiores, como el de los celos y envidia que les causa ver repartida con otros la adoracion que tienen por suya ni hay vacío en que tanto peligren lo súbditos como el de un aplauso extraordinario en que todos reparan. Magnánimo sufrió Enrique III la rebelion de toda Francia por la muerte del Duque de Guisa: y el sentimiento de las aclamaciones con que lo vió ántes entrar en Paris, no cupo un su disimulo. Conoció el Rey católico que la seguridad de Nápoles, despues de la batalla de Rabena, consistia en que el gran Capitan pasase otra vez á Italia, y ordenóselo así; pero en sabiendo el concurso de nobles que lo seguía, suspendió el órden con aceleracion, porque pudieron más los celos que su conveniencia; y por no ver un vasallo con tanto aplauso, eligió aventurar todo un Reino al estrago. No hay que buscar otros ejemplos en esta materia, ni hay más que decir, pues en llegando á este lance se olvidaron de la prudencia esto dos Monarcas, con haber sido el uno tan gran maestro en fingir como el otro en disimular.

Para ejecutar, pues, el Adelantado Lugo los designios que le dictaba la envidia y su recelo, se le vino á las manos la ocasion por la melena; y fué que viendo los Quesadas la opresion que padecía el Reino por tan extraños medios, y deseando se apresurasen los reparos para tanta dolencia, dispusieron se escribiese al Emperador dándole cuenta del miserable estado en que se hallaban, y peligro que amenazaba en lo de adelante continuando el Adelantado en el gobierno de aquellas provincias. Y porque les pareció que para más crédito de la carta que remitiesen, seria conveniente autorizarla con las firmas de muchas personas de las más nobles, cometieron esta diligencia á Bartolomé Sánchez, escribano y Encomendero de Sáchica, de quien habian sacado diferentes testimonios algunos vecinos de Tunja para justificar sus quejas en el Consejo pero como acciones semejantes no puedan ocultarse en lugares cortos, y más cuando resultan en perjuicio de los que mandan, no pudo correr tan secreto el negocio que no llegase á la noticia de Lugo, y quizá por alguno de los que tenían más prenda en él. Con esta ocasion, pues, la tuvo cierto dia para prevenirse de algunos hombres armados, que eligió de los Caquecios y de los que habia conducido de Ca­naria; y ocultándolos en las casas de Gonzalo Suárez, en que él moraba, mandó le llamasen á los Quesadas, como que fuese para cierta consulta que fingió tener con ellos y habiendo llegado á su presencia, los desarmó el mismo Adelantado y ordenó los pusiesen en la cárcel pública con buenas prisiones de grillos y cadenas, y con veinte guardas que no los perdiesen de vista.

A esta prisión tan acelerada se siguió luego la de Bartolomé Sánchez, manifestando con ella que la causa de haber hecho las antecedentes era la conjuracion en que decia haber cooperado todos los de aquella faccion; y era lo bueno que llamaba motin y alboroto á la obligacion que tienen los vasallos de escribir á su Rey dándole cuenta de lo que necesita saber. Pero cuándo no se califican así en las Indias aun acciones más lícitas, ó para fomentar sus odios algunos ministros, ó para que lleguen desacreditadas al Consejo las noticias de sus delitos. Veráse mucho de esto en los años siguientes, y llegará tiempo en que, á vista de los desafueros de otros, se tenga en el Nuevo Reino por más que feliz el gobierno de Lugo, que, asegurado ya en su sentir por este camino, y para que no se presumiese le movia pasion en la causa, la remitió á Diego Sánchez de Santa Ana, Alcalde ordinario, que á la sazon era hombre basto y de tan mal juicio, que esperaba de él algun desacierto, para que, sin que se le atribuyese, lo llegase á dejar despicado. Como lo discurrió Lugo lo ejecutó el Santa Ana, si bien tan aceleradamente, que aun desagradó á los Caquecios la ejecucion porque persuadido á que lo que se intitulaba motín lo era en realidad, y á que se le habia remitido la causa para que ejecutase castigo y no para que averiguase culpas, dió garrote aquella misma noche en la cárcel á Bartolomé Sánchez ; y si no lo intentó con los Quesadas, fué porque la costumbre de respetarlos le detuvo la mano para ofenderlos.

Divulgóse luego el caso, y aun dejó atónito al mismo Adelantado que lo tenía previsto, porque naturalmente era piadoso, y rara vez tiene cabida la crueldad en corazones de tanto valor y nobleza como lo fué el suyo. De aquí recelaron todos que era manifiesto el riesgo en que se hallaban los Quesadas, y aun ellos, sospechándolo muy vecino, lo manifestaron á algunos caballeros de los que los visitaban en la cárcel estando presentes las guar­das; y como de ninguno tenían más respuesta á sus preguntas que las que forma el temor entre la admiracion y el silencio, y sabían que Cabrera de Sosa era uno de los más introducidos con Lugo y no persona mal intencionada, le pidió Hernan Pérez, en cierta ocasion que lo fué á ver, le diese consejo sobre lo que debía disponer de sí, supuesto que como participante de las interioridades del Adelantado, y amigo de quien tan justamente se fiaba, tendría noticia del estado en que se hallaba su causa, y sí el fin de ella habia de corresponder al que tuvo Bartolomé Sánchez. Y aunque Sosa le representó el inconveniente de manifestar lo que le habian comunicado en secreto, con todo esto tuvo arte para que, sin descubrirse, le asegurase que no se fulminaba la causa suya y de su hermano para sentenciarlos en pena de muerto, sino á lo que presumia, en caso que resultasen culpados para ejecutar algun destierro en que se terminase el enojo del Adelantado, que no les fué de poco consuelo.

Miéntras en el Reino pasaban las cosas que se han referido en los capítulos antecedentes, no se hallaba en Castilla ménos embarazado el Emperador en elegir medios para el reparo de tantos desafueros como corrian en las Indias; porque habiendo llegado á España por el año de cuarenta y uno algunos Religiosos del Orden de Santo Domingo, y representádole los dalles y perjuicios que causaba á los indios el mal gobierno de los españoles y abusos que habian introducido para sus conveniencias, sin, que por ellos fuesen castigados ni reprendidos de los superiores que debían hacerlo, en que se dilataron con especialidad, lo pie bastó para enternecer el corazón piadoso del Emperador, fué tanto lo que se alteró de aquellas particularidades que le repetían en las Audiencias Fr. Juan de Tórres, Fr. Matías de Paz, Fr. Pedro de Angulo y Fr. Bartolomé de las Casas, Obispo que fué despues de Chiapa (si bien este último con más ardiente celo, aunque vestido de mucha imprudencia, de que resultaron despues graves inconvenientes), que ordenó luego al doctor Figueroa, de su Consejo de Cámara (que adelante fué Presidente de Castilla) visitase el de Indias por un modo extraño y poco practicado en estos tiempos, que fué teniendo suspensos de sus plazas  á los Consejeros todo el tiempo de la visita, y así faltó por muchos días este Tribunal, y Fr. Bartolomé tuvo ocasión de multiplicar memoriales ante el Figueroa, pidiendo el remedio de los indios y aun mezclando tal vez algunas noticias que se pudieran excusar, aunque la santa intención que lo gobernaba era bien manifiesta. Pero como quiera que haya sido, de la visita resultó quitar la plaza al doctor Beltran, que estaba bien hallado en ella, y mandarle á D. Juan Suárez de Carvajal se fuese á residir en su Obispado de Lugo, y aun se sospechó que por la autoridad del Cardenal Loaysa no fué removido de la Presidencia entónces, mas quedó sin aquella mano absoluta que solía tener en cosas de Indias, y dentro de dos años se confirmó la sospecha viéndolo mudado á diferente Presidencia, y puesto en la suya el Marqués de Mondejar, que con el doctor Bernal, despues Obispo de Calahorra, y Gutiérrez de Velásquez, Consejeros de los antiguos, y con Gregorio López, Oidor de Valladolid, y Salmerón, que lo habia sido de Méjico, y entraron de nuevo, dió principio á la reforma de las Indias (despues de varías consultas que precedieron de hombres doctos) haciendo treinta y nueve leyes, que se llamaron nuevas, y habian de observarse para el buen gobierno de aquellos Reinos: y aunque las más de ellas no parecían haber sido hechas por hombres sino por Angeles, habia otras que arrastraban tan forzosos inconvenientes y perjuicios que no era posible ejecutarse.

Demas de lo referido se tomó resolución en que se fundase Audiencia en Lima, y por cabeza de ella Blasco Núñez Vela, Veedor de las guardas de Castilla; pero de condicion tan resuelta, que era más propia para aquel oficio que para el de Virey del Perú en que lo nombraron: si bien el valor y fidelidad de que habia dado bastantes muestras en servicio del Emperador, le hacían digno de mayores puestos, como no fuesen de administrar justicia, y más donde se necesitaba tanto de arte y blandura para que se digiriesen aquellas nuevas leyes en tan relajado estómago como el del Perú, cuya ejecución lo cometieron, y en que pareció haber errado el Consejo; pues siendo algunas tan duras de admitir, y el Virey tan resuelto y caprichoso en seguir su dictámen, fueron consiguientes los alborotos y guerras civiles, que inquietaron aquel imperio por muchos años. Y como estas leyes se habian hecho á pedimento de Fr. Bartolomé de las Casas, decía entónces discretamente un ministro de los primeros de la Corte, que seria espectáculo digno de verse, si para acabar con las Indias enviasen á ellas juntos en un navío á este religioso y á Blasco Núñez, que de puerto en puerto y de provincia en provincia, fuese el uno haciendo leyes y el otro ejecutándolas para Méjico y que visitase su Audiencia, se nombré á Tello de Sandoval, Canónigo de Sevilla, que á la sazón era Inquisidor de Toledo, ó como dice Herrera, del Consejo de Indias: y fué acierto grande el que se tuvo en la elección de este sujeto para que ejecutase las nuevas leyes, como en la que se habia hecho Antes para Virey en D. Antonio de Mendoza, pues bastó la prudencia de ámbos para tener en paz aquel Reino, sin que se faltase á la administración de justicia. Á Santo Domingo y demas islas para el mismo efecto, enviaron por Presidente al Licenciado Cerrato, Abogado en Granada, y que tuvo poco embarazo en lo que llevó á su cargo, respecto de los pocos indios que ya tenian las islas. Y para el Nuevo Reino (que es á lo que vamos) se eligió A Miguel Diez de Armendariz, natural de Navarra y colegial mayor de S. Bartolomé en Salamanca, á quien se le dió comisión para que visitase los gobiernos de Cartagena, Santa Marta, Popayan y rio de San Juan, pensando que allí estarían ya fundadas algunas ciudades.

Diéronselo instrucciones muy buenas para que se gobernase en la visita que habia de hacer primero en Cartagena, luego en Santa Marta y despues en el Reino, residenciando á todos los que habian gobernado desde el General Quesada hasta el Adelantado Lugo. Ordenósele que concluso esto, pasase á Popayan y rio de San Juan en la costa del mar del Sur i terminada allí la visita volviese al Reino, donde asistiese como Juez de apelaciones de aquellos gobiernos, miéntras allí se fundaba otra Audiencia. Que constando que alguno de los Gobernadores habia ejercido fielmente su oficio, lo dejase en posesión de él; y si no, lo remitiese á España ó hiciese parecer en la Corte por Procurador, segun fuese la calidad de las culpas. Que no permitiese que á los indios se les cobrasen tributos excesivos, sino los contenidos en las tasas que conforme á leyes se debían hacer. Que para enterar más á los indios de que la Real voluntad era de que viviesen en libertad cristiana, llamase á los Caciques y Uzaques, y en lugar público, por medio de intérpretes, se lo declarase, y como iba á ejecutarlo así, y tuviesen por cierto que habian de ser tratados como vasallos libres y oídos en justicia los que estuviesen agraviados. Que atendiese con particular cuidado á que en todos los pueblos de españoles se enseñase la doctrina cristiana á los indios, habiendo para ello personas, hora y lugar señalados. Que pidiese á los Caciques enviasen á la doctrina á sus hijos y súbditos, favoreciendo á los eclesiásticos que la enseñasen, y fomentando la fábrica de templos y monasterios que para obviar que entre los indios se introdujesen errores y doctrinas perjudiciales, recogiese los libros profanos y de mal ejemplo, pues por esta causa, y mirando á este fin, se habia dado la prohibición de pasar libros á Indias. Que tomase noticias del fruto que habian hecho los religiosos enviados á Santa Marta y Cartagena en la reducción de los indios y edificación de los templos, y diese cuenta. Que se informase de la vida y honestidad de los clérigos, y si conviniese dar cuenta de alguna falta, la diese á sus Obispos. Que viese en qué lugar de la provincia de Popayan convendría erigir Catedral, pues la de Quito estaba tan distante, y remitiese su parecer. Que oyese y determinase las diferencias que tenían Benalcázar y Andagoya sobre los términos de sus gobiernos. Que residerciase á Jorge Robledo, á quien se le habia hecho merced del título de Mariscal, y habia de ir con él, y no hallándolo notablemente culpado en los cargos que habia tenido y en las poblaciones que habia hecho de Anserma, Cartago y Antioquia en términos de Popayan, lo pusiese por Teniente de ellas, y diese cuenta al Consejo con su parecer sobre si convendría ó no que fuese gobierno separado del que tenía Benalcázar, para que se le remi­tiese título á proveyese otra cosa.

Todas estas resoluciones estaban así tomadas por el Consejo; pero como las noveda­des que ocurrian á la Corte de las otras partes del mundo fuesen muchas, y las Armadas para pasar á Indias tengan espacios tan dilatados para aprestarse, ya estaban algo adorme­cidas las materias, cuando por el presente año de cuarenta y tres llegaron á Castilla diferentes personas de Indias, y entre ellas Domingo de Aguirre, que bien instruido en lo que traia á su cargo, y presentando las cartas y demas instrumentos que le habian dado, informó primero á cada consejero en particular, y despues á todos juntos, de los procedimientos de Lugo. Representóles cómo errando las acciones desde que fijó el pié en las Indias, habia despojado las Arcas Reales en el Cabo de la Vela, y ajado á los ministros de Su Majestad á título de que le pertenecía el dozavo de los quintos de las perlas. Que por atender á particulares conveniencias, que juzgó tener entrando armado en el Nuevo Reino, sacó la gente más lucida de las ciudades de Santa Marta y Santiago de Sompallon, dejándolas expuestas al saco y al incendio de los franceses y de los indios, en contravencion del principal motivo que tuvo el Rey para mandarle partiese luego á su gobierno.

Que contra el parecer de hombres prácticos eligió nuevos caminos para subir al Reino desde el Cabo de la Vela, en que perecieron los más de su ejército, sin que á vista del horror de la muerte, que tenía vecino, apagase la sed insaciable de su codicia, pues hallándose en las mayores miserias que se pudieron imaginar, tuvo arte, para enriquecer con las haciendas que dejaban los que morían por su causa. Que luego que llegó al Reino, vacó todos los repartimientos que habian hecho los Quesadas, cobrando para sí los tributos de todos los indios por más tiempo de un año. Que requerido con una Real Cédula para que no innovase en estas mate­rias, desprecié el órden y apropiándose las mejores encomiendas, distribuyó las demas entre amigos y parciales suyos, quitándolas á los beneméritos que las habian comprado con su sangre. Que perseguía con vejaciones y malos tratamientos á todos los hombres de posición, á con fin de quitarles las haciendas, como lo habia hecho con algunos, á con mira de que no quedasen con alas para oponérsele, como lo hacia con muchos. Que temerosos los vecinos de algun daño irreparable, desamparaban el Reino, guiados á la parte que los arrojase la fortuna y teniendo cualquiera por ménos mala que la que experimentaban debajo de su dominio. Que con el mismo Aguirre y los otros ministros sus compañeros, habia usado aun de mayores apremios que con los del Cabo de la Vela, porque no le permitieron despojase los quintos reales del dozavo que pretendía. Y finalmente, que todo lo que obraba su espíritu codicioso en el Reino, unas veces con maña y otras con fuerza, era de tal calidad, que no aplicándole presto remedio se despoblarían todas aquellas provincias, que con tan duros afanes se habian sujetado á la Corona.

Representados así estos excesos y divulgados despues con mucha ponderación, en que no tenía poca parte el General Quesada, que se hallaba en Francia, ó porque se presumía el más interesado en la ruina de Lugo, ó porque en la realidad era el que más lastimado se hallaba de los filos de su codicia, hicieron tanta impresión en el Consejo, que despertando de aquel olvido en que habia puesto las resoluciones poco ántes tomadas con particular estudio, y pareciéndole que cuanto representaba Domingo de Aguirre, y lo demas que pudiese acaecer en Indias, estaban prevenidos ya los reparos más eficaces, mandó que luego se previniese Armada en que los Visitadores, Virey del Perú y Presidente de Santo Domingo, y Don Fr. Martin de Calatayud, electo de Santa Marta, partiesen sin poner más dilación en Sevilla que la que bastase para que á són de cajas se publicasen las nuevas leyes: diligencia que solo sirvió de aviso para que comunicando anticipadamente la noticia á los del Perú, los tuviese prevenidos y coligados para no obedecerlas. Pero ejecutado el órden se detuvieron en Sanlucar miéntras en la isla española instaban tambien Zárate, Briceño y otros vecinos que habian huido del Reino, para que se les diese Juez contra Lugo y los asegurase de poder volver á sus casas: que considerado por aquella Audiencia y presumiendo de la sagacidad de Lugo, que habia de poner todo cuidado en huir el cuerpo á que lo cogiese en Indias la residencia de tantos excesos y agravios como habia hecho y que por consiguiente habia de intentar partirse á Castilla los más presto y oculto que pudiese, despachó una provision á todos los puertos en que podia tocar para que las justicias de ellos lo embargasen, y detuviesen remitiendo para despues el nombramiento de Juez, en que debían proceder con mucha prudencia por la importancia de no errar la elección.

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