CAPITULO II
FELIPE DE UTRE SALE DE CORO Á NUEVOS DESCUBRIMIENTOS PENETRA LOS
LLANOS HASTA LA PUNTA DE LOS PARDAOS, Y CON LA NOTICIA DE QUE LOS
OMEGUAS VUELVE EN DEMANDA DE LA CIUDAD DE MACATOA.
DESPUES que Montalvo de Lugo salió de Coro en demanda de
Fedreman, y acaecida la muerte de Jorge Spira, como dijimos, fué á
gobernar aquella provincia de Venezuela el doctor Infante, que mal
contento de ella la desampanó brevemente, dejándola al arbitrio
perjudicial de los Alcaldes: proveyó en el gobierno la Audiencia
española al Obispo D. Rodrigo Bastidas, quien, olvidado de su
principal oficio, despachó al Capitan Pedro de Limpias (que ya era
vuelto del Nuevo Reino) á sorprender los pueblos de la gran laguna
de Maracaibo, para que con el precio de los indios que se
aprisionasen pudiese él tambien aspirar al renombre de
conquistador. Pedro de Limpias lo ejecutó de suerte que cogidas
quinientas piezas se vendieron en Coro; con que animado el Obispo
con lo que más debía amedrentarlo, nombró por su Teniente general á
Felipe de Utre, caballero aleman, deudo de los Belzares y uno de
los que siguieron á Jorge Spira en su infeliz jornada: por Maese de
campo á Pedro de Limpias, el más práctico de aquellas provincias; y
por Capitanes á Bartolomé Belzar, hijo de Antonio Belzar, mancebo
de grandes esperanzas; á Sebastian de Amezcua y Pedro de Artiaga,
dignos todos tres de los puestos que ocuparon; para que con la
gente del pais y buena copia que habia llegado de la isla española,
de que se formaron tres compañías, las dos de á cincuenta infantes
y la otra de treinta caballos, saliese dicho Felipe de Utre á
nuevos descubrimientos, llevando presente, para no seguirlo, el
error que cometió Jorge Spira en su entrada.
Ya era el mes de Junio del año de cuarenta y uno, cuando bien
provenido de armas y víveres salió de Coro por la costa del mar,
caminando las cincuenta leguas que hay hasta la Burburata, y desde
allí al desembocadero de Bariquizimeto, siguiendo siempre los pasos
que llevó Fedreman, y tal vez las pisadas de Jorge Spira, aunque
con más trabajos por haberse remontado los naturales del país
amedrentados de los españoles, de que se les siguió á éstos gran
penuria de bastimentos, hasta que finalmente, gastado casi tanto
tiempo como sus antecesores, arribó al pueblo que Jorge Spira llamó
de N. Señora y Fedreman de la Fragua, en que poco despues se fundó
la ciudad de San Juan de los Llanos, donde Felipe de Utre se alejó
de espacio para invernar y descubrir más claras noticias de la
tierra, entre las cuales tuvo la de haber pasado por allí poco
ántes Hernan Pérez de Quesada con más de doscientos y cincuenta
hombres y doscientos caballos; ésta le ocasionó tan confusos
pensamientos que no se resolvia á elegir rumbo que le agradase,
porque en seguir á Hernan Pérez consideraba que habiéndosele
adelantado con tan superior número de gente en caso que se
encontrase con algun poderoso Reino, habia de ser preferida su
gente en los intereses y quedar mal premiada la suya; y en el de
buscar nueva derrota á sus aventuras, se oponía el discurso de que
no era posible que á quienes la dicha habia introducido por tan
dilatados y trabajosos caminos en las riquezas y prosperidades del
Nuevo Reino, los desamparase en tan breve tiempo, sino favorecerlos
hasta hacerlos dueños de provincias aventajadas y muís prósperas
que las que dejaban á las espaldas, en que podrían acomodarse
todos; pero fué su discurso tan vano como se vió en la infeliz
jornada de Hernan Pérez.
Vencido al fin de los aprietos de este último discurso y
conformados con él algunos de los suyos, que sentían lo mismo,
levantó el campo y dispuesto á seguir á Quesada marchó más
apresuradamente de lo que permitía la debilidad de alguna de su
gente, y atropellados muchos de los inconvenientes que á cada paso
se le ponían delante, entró en la provincia de Papamene, que
empieza á correr de las espaldas de Timana, por tener de ellas su
orígen el gran rio que la riega y toma el nombre de la provincia.
Alojado allí en una aldea para informarse más bien del rumbo que
seguía, halló entre sus vecinos un indio principal que parecia
tener dominio sobre algunos pueblos, como lo mostraba el señorío y
seriedad de la persona, de quien informándose Felipe de Utre muy
por extenso y pidiéndole consejo sobre si podría con seguridad
seguir la derrota de Quesada, respondió no convenirle pasar
adelante, por ser todos aquellos paises despoblados y tener por
cierto que los españoles que habian pasado habrían padecido muchas
muertes y enfermedades por la falta de víveres y destemplanza de la
tierra, como lo habian sabido de algunos indios confinantes; pero
que si resolvía volver atras, hallarla los reinos que deseaba,
abundantes de plata y oro y él seria su gula hasta introducirlo en
ellos, y que para ir derechamente desde aquel sitio habian de
caminar siempre el rostro al nacimiento del sol en demanda de la
ciudad de Macatoa, fundada sobre las márgenes que tiene de la otra
banda el famoso rio Guayuare, para cuyo crédito manifestó á los
nuestros ciertas manzanas de oro y plata que dijo haber traido un
hermano suyo de aquellos Reinos.
No fué bastante una relacion tan llena de buenas esperanzas, ni
la experiencia de que jamas hubiese variado el indio á las
preguntas y repreguntas que le hicieron para sacar á Felipe de Utre
del inflexible propósito de seguir á Hernan Pérez, persuadido á que
la intencion se enderezaba á sacarlo de sus tierras y divertir la
ejecucion de su intento por estar adelanto alguna rica provincia de
indios amigos del que lo aconsejaba y pretender por aquel
artificioso medio relevarlo de la entrada de tantos españoles; y
así, despreciando la propuesta y el parecer de muchos de los suyos,
que se conformaban con seguir al indio, desalojó el campo y empezó
á marchar por el rastro que dejó Hernan Pérez, llevando consigo al
indio con promesa de que en dando vista á las primeras provincias
que encontrase, tomaría la vuelta para aquella de que le habia dado
noticia. Hízolo el indio con gusto por tiempo de ocho dias; pero
viendo la obstinacion que llevaba el Cabo en seguir su dictámen,
aun con haber experimentado innumerables fatigas de montañas, rios
y tremedales, sin querer jamas atender á los recuerdos que le hacia
de lo que le habia prometido, dejó descuidar la gente una noche y
volvióse á su aldea. Con la falta del indio y las dolencias que ya
padecia en ocho días, reconoció la gente el error que habia
cometido en despreciar su consejo y ponderábanlo ya tan en público,
que llegaba á oídos del General, aunque nada bastó para dejar el
tesen de la marcha en seguimiento de Quesada, hasta que viendo ya
casi toda su gente desalentada y duplicados los trabajos á cada
paso, en que ya sobresalian más las quejas y murmuraciones de los
suyos, tuvo por bien declinar rumbo á mano izquierda, dejando á la
derecha el camino que iba siguiendo, cuando á pocas jornadas al
Sueste descubrió una punta de sierra alta, ramo de la cordillera
grande que se entraba por larga distancia en los Llanos, á quien
llamaron la Punta de los Pardaos.
Á primeras vistas concibieron todos ser distinta cordillera, y
animólos su codicia a que entrasen más en camino hasta encontrarla,
por ser una de las noticias que habia de las provincias del Dorado,
afirmar que estaban en distinta cordillera de la que todos habian
seguido al Sur. Con este dulce engaño se lo acercaron, y
desengañados de que era ramo de la que habian llevado desde el
desembocadero de Bariquizimeto, marchitaren aquellas esperanzas que
tan verdes alientos habian producido, especialmente viéndose ya con
el invierno á cuestas y atajados los pasos para volver atras, con
que forzados hubieron de repechar la punta de los Pardaos hasta que
las aguas terminasen: y pasáronlo tan mal por los pocos habitadores
que habia en su contorno, que el mayor regalo que adquirían era tal
vez un bollo de maiz, que puesto á las bocas de los hormigueros
hasta que se cubría de hormigas y amasado repetidas veces hasta que
tuviese más de hormigas que de masa, lo tenían no solamente por
dulce alimento, sino por único remedio de la vida. Otros, apretados
de la hambre, no dejaban asquerosa sabandija de las que produce la
tierra que no comiesen, de que resultó hincharse algunos, caérseles
á otros los cabellos, barbas y cejas, y que finalmente acometidos
todos de postillas y pestífera sarna, adoleciesen de manera que
desconfiasen de remedio; y lo peor fué que los caballos, heridos
del mismo contagio, se hinchaban hasta que no cabian en la piel y
se caían muertos.
Con estas adversidades y otras que por mucho que se ponderen
siempre serán ciertas, pasaron aquel invierno en la punta de los
Pardaos; pero apénas amagó el verano, cuando desamparado el sitio
revolvió Felipe de Utre por diferente camino del que habia llevado,
en demanda del pueblo de Nuestra Señora, que servía como de plaza
de armas para las entradas de los Llanos, sin que fuesen ménos
sensibles los trabajos que padeció en esta vuelta con la mucha
gente que llevaba enferma. Y al fin con pérdida de algunos infantes
y caballos que habian muerto, llegó al pueblo casi un año despues
que salió de él en seguimiento de Quesada; pero aunque fatigado,
resuelto siempre á emprender el descubrimiento á que le habia
incitado el indio de Papamene, luego que se reformase su gente,
para lo cual empezó luego á inquirir en los pueblos confinantes sí
habia otros indios que formasen con la misma noticia. Hallólos con
facilidad, y considerando que la relacion que le hacían de aquellas
provincias, que los de Papamene llamaban de los Omeguas y los que
tenía presentes de los Ditaguas, correspondía á la primera que
habia tenido ya dando ocasion la entrada del verano y dejando
escoltados los enfermos con alguna infantería sana, tomó otra vez
la vuelta de los Pardaos y llevando consigo cuarenta hombres
solamente, eligió entre ellos á Pedro de Limpias, que ademas de ser
práctico y mañoso en aprender con facilidad el idioma de los
indios, era venturoso en las empresas: calidad que se debe atender
mucho en la eleccion de los Cabos, pues hay hombres por quienes los
presagios más fatales para una desgracia se convierten en felices
anuncios de una victoria; como por el gran Capitan el incendio de
la pólvora en la Chirinola y la caída del caballo sobre el
Garellano; y otros de tan mala estrella que con las disposiciones
más regulares de la milicia aseguran las fatalidades de un mal
suceso, como lo apoyarán las fortunas de Felipe de Utre, que luego
comenzó con las guías á seguir la dorrota que el indio de Papamene
le habia mostrado; y aunque pasaba por tierras de rarísimas
poblaciones, no encontraba indio de los que se le iban á las manos,
de quien no procurase tomar noticias de la ciudad de Macatoa.
Respondíanle á todo conforme á su deseo, animándolo á la empresa
de los Omeguas, por discurrir en su conveniencia, aunque bárbaros,
que logrando el fin de encontrarlos, no experimentarían más sobre
sí enemigos semejantes, pues siendo tan acreditada la valentía de
aquellos indios, tomarían bastante satisfaccion de las injurias que
los comarcanos tenían recibidas de los nuestros, cuya mala opinion
estaba difundida por todos los Llanos de unas naciones en otras, y
así los guiaban con gusto por el rumbo más derecho, para que cuanto
ántes saliesen de sus tierras y pereciesen a manos de los Omeguas:
traza que estuvo bien á los españoles, pues por salir con su
pretension las guías los llevaron por caminos tan altos y enjutos,
cuales no ha encontrado otro algun Cabo de los que han hollado
aquellas provincias, hasta que sin contraste de consideracion se
vieron sobre el caudaloso Guayure, cuyas profundas corrientes no
dan lugar á esguazarlo, sino en canoas ó á nado y siempre con la
dificultad de batallar con sus aguas. Alojáronse sobre sus
márgenes, y como ignorantes de la parte á que de la otra banda
estaba Macatoa, despacharon algunos indios y españoles rio abajo y
á otros rio arriba, por si acaso encontraban vado ó algun indio de
quien tomar lengua ó canoas en que facilitar su tránsito.
Para lo primero salió vana la diligencia y para lo segundo
aprisionaron sobresaltado en la playa un indio, que estaba
mariscando sólo, al cual (despues de sosegado con blandas palabras
de la cólera en que lo encendió la desgracia de caer en poder de
gentes peregrinas) le dieron a entender que no trataban de hacerle
mal, sino solamente de saber á qué parte de la otra banda estaba la
ciudad de Macatoa. Era el prisionero de una aldea vecina á ella y
con mejor semblante les dijo por señas, que á poca distancia el rio
arriba; pero que necesitaban de canoas para subir á ella y no las
habia. Entónces Felipe de Utre, aprovechándose de la docilidad que
ya mostraba el indio y aventurando algo á la suerte, le dió algunos
rescates y pidióle fuése á la ciudad y de su parte dijese al señor
de ella, que con aquellos soldados iba en demanda de ciertas
provincias y que para entrar en ellas tuviese á bien su amistad,
que observaria perpetuamente sin consentir que en sus tierras ni de
sus vasallos se hiciese hostilidad alguna, ántes procuraría que sus
obras pareciesen de padre en cuyo lugar iba á ampararlos y
defenderlos en caso que necesitasen de ayuda, como lo manifestarla
la experiencia.
Dió muestras el indio de aceptar con gusto la embajada, y
entrándose en una mala barquetilla, en que apénas cabia, tomó la
lengua del agua rio arriba, y llegado á Macatoa, supo hacer su
oficio tan cumplidamente, y hablar de suerte en favor de los
españoles, que al dia siguiente bajaron cinco canoas con noventa
Gandules, y entre ellos un hijo del Cacique de Maoatoa; y aunque
hallaron á los nuestros á punto de guerra, sin recibir ellos susto
tomaron tierra con demostraciones pacificas, y preguntando el hijo
del Cacique por el Cabo de los españoles, y enterado de que lo era
Felipe de Utre, que le salió al encuentro con Pedro de Limpias y
otros, se fué para él, y habiéndolo abrazado el Capitan, y el
mancebo reconocido las demostraciones de paz, le dijo estas
palabras:
Con uno de los moradores de estas riberas enviásteis ayer á
saludar á mi padre, que es el señor de Macatoa, haciéndole sabedor
de vuestra venida a estos paises, y ofreciéndole vuestra amistad y
pacífico tratamiento, sin daño suyo ni de sus vasallos, y dándole á
entender no ser otro vuestros intentos que los de informaros de las
naciones comarcanas, especialmente de aquellas que habitan á la
parte de cierta serranía que demora á razonable distancia de este
sitio, el rio abajo, en cuya demanda venís de climas remotísimos, á
nuestra noticia; con promesa de serle agradecidos con buena
correspondencia, en caso que os encamine á las tierras que buscais.
Por todo lo cual se halla mi padre más deudor vuestro que yo sabré
significaros, como quien reconoce por vuestras palabras ser muy
diferentes las obras de lo que algunos señores confinantes le
habian dado á entender, afirmando que erades hombres feroces y
crueles, enemiqos de toda paz, movedores de guerra y derramadores
de sangre humana, moneda en que pagábades á los miserables indios
el hospedaje que os hacían y otro que os daban. Envíame, pues, á
daros de su parte la bienvenida, y á deciros gusta de aceptar
vuestra amistad, y hacer no solamente el informe que le pedís, sino
tambien serviros con todo lo necesario en vuestra jornada, dándoos
seguras guias que os encaminen á los Omeguas. Ruègaos tambien
paseis á alojaros en su ciudad, donde más bien pueda comunicaros y
regraciar la amistad que le ofreceis, para lo cual remite estas
canoas y vasallos que os trasporten á su Corte, donde aun en caso
que os porteis ingrato (cosa que no imagina), quiere aventurarlo
todo porque no se piense que un hombre de su sangre pudo degenerar
de humano, aun á vista de repetidos ejemplares de fiereza.
Respondióle agradecido y prudente Felipe de Utre, sirviendo ya
de razonable intérprete Pedro de Limpias, y consultado entre los
Cabos sobro admitir ó nó los ofrecimientos del Cacique,
resolvieron, temerosos de algun trato doble, no pasar el rio
aquella tarde en tan pocas canoas, y decirle á su hijo volviese con
ellas á su padre y le representase el verdadero afecto con que
deseaban verlo, para lo cual se sirviese de remitirles otro dia las
embarcaciones que bastasen para conseguirlo todos juntos y lograr
los favores y hospedaje que les prometía. No vino en ello la
generosidad del mancebo, pues entendida la respuesta, despachó
luego una barqueta, que brevemente volvió con otras tantas canoas,
obligando á los nuestros con la accion á que, libros ya de
sospechas, ó recelosos de que se atribuyese á temor su repugnancia,
hubiesen de embarcarse llevando á nado los caballos, que con
aladeras guiaban desde los bordos. Pero atravesado el rio, y no
pareciéndoles ya hora para marchar á la ciudad, se alojaron en sus
barrancas, despidiendo hasta la mañana al mancebo, bien apesarado
de que no pasasen luego á Macatoa, donde, participada á su padre la
noticia de lo sucedido, despachó á los nuestros, al romper del dia
siguiente, cincuenta indios cargados de carne de venado, pescado,
maíz y cazabe, para que tomasen un refresco ántes que desalojasen.
Hiciéronlo así los nuestros, y marchando á la ciudad la hallaron
desocupada de sus vecinos, que por hospedar más á gusto á los
forasteros se habian retirado de ella como un tiro de arcabuz,
sobre las mismas orillas del rio.
Era la poblacion como de ochocientos vecinos, de vistosas casas,
bien tiradas calles y plazas anchurosas, siendo lo que más la
hermoseaba la limpieza con que la tenian, pues no era fácil de
hallar en su recinto alguna piedrecilla en que tropezase la vista,
ni la menor yerba en que se reparase. Teníanla bien proveida de
toda suerte de víveres de los que permite la tierra, y con
disposicion tan bien ordenada, que maravillados los nuestros de ver
aquellas urbanidades y policías tan extrañas que experimentaban,
preguntaron al Cacique la causa de ellas, y especialmente la de
haber desocupado toda la ciudad, cuando sobraban cuatro casas para
alojados, á que satisfizo el Cacique diciendo: Que considerada por
los suyos la ventaja que les hacían los españoles en valentía,
personas, palabras y modos políticos de vivir y tratar, hallaban no
solamente que debían preferirlos en sus casas, pero que ellos no
merecían acompañarlos en las viviendas, sino servirlos, como lo
habian hecho y harian. Era este Cacique de mediana estatura, bien
repartido de miembros, de rostro aguileño, liso y alegre, noble y
generoso de condicion, y de hasta cuarenta años de edad, y sobre
todo de excelente discurso á estar doctrinado. Sus vasallos
generalmente eran de más robusta y levantada estatura, llamábanse
Guaipis ó Guayupes en su idioma: á los cinco días que se detuvo
Felipe de Utre, y fueron de los últimos del año de cuarenta y tres,
trató luego de proseguir su jornada; y aunque de parto del Cacique
se le representó que su consejo no era que pasase á los Omeguas con
tan poca gente, pues por valerosa que fuese habia de ceder á la
valentía y numerosos ejércitos de los contrarios, con responderle
Felipe de Utre que con eso se alentaba más á la empresa, y estaba
resuelto á no echar paso atras, si llevaba indios para guias, se
sosegó el Cacique y lo socorrió, cumplidamente de cuanto necesitaba
para nuevo días que gastaría en llegar á otra ciudad en que estaba
por señor, un coligado suyo, á quien lo recomendó de manera que no
solamente lo salió á recibir de paz, sino que aficionado á los
nuestros por la relacion del amigo y valor que traslucía en ellos,
los proveyó espléndidamente, si bien no dejaba de admirar aquella
gente extraña, vestida y barbada, y que montaba sobre caballos de
cuya terrible y feroz vista no quedaba ménos maravillado.