INDICE





PROLOGO

NOTICIA BIOGRÁFICA DEL DR. FERNÁNDEZ PIEDRAHITA

DEDICATORIA Y APROBACIONES DE LA OBRA

LIBRO I

Capítulo I
Del sitio y calidades del Nuevo Reino de Granada

Capítulo II
En que se da noticia de sus provincias y primeros habitadores.

Capítulo III
De las costumbres, ritos y ceremonias que usaban los indios mozcas en su gentilidad.

Capítulo IV
De otras ceremonias y costumbres que tenian los mozcas, y de las procesiones que hacían.

Capítulo V
Del sitio y corte de Bogotá: majestad de sus reyes condiciones y forma de sucederse.

LIBRO II

Capítulo I
Saguanmáchica conquista los fusagasugaes, rompe la guerra con el Guatavita, que se ampara del Rey de Tunja...

Capítulo II
Hereda el zipa Nemequené, y castigada la rebelián de Fusagasugá, sujeta los caciques de Cipaquirá y Nemza.

Capítulo III
Asalta el Zipa la corte del Guatavita, revuelve contra el Ubaque y sujétalo.

Capítulo IV
Sujeta el Zipa la provincia de Ebaté, nombra en ella al hermano por su lugarteniente, á quien mata el Ubaque.

Capítulo V
Da leyes el Zipa en su reino y previénese de todo para la guerra de Tunja.

Capítulo VI
Refiérense los sitios y estado de las provincias de Tunja y Sogamoso, y hacen liga sus príncipes contra Neméquene.

Capítulo VII
En que se prosigue la materia del antecedente

Capítulo VIII
Danse vista los ejércitos del Zipa y el Tunja, y platican antes de la batalla.

Capítulo IX
Dáse la batalla, y casi vencida por Neméquene, muere en ella, herédalo Thysquesuzha, y prosigue la guerra.

LIBRO III

Capítulo I
Fúndase la ciudad de Santa Marta por Rodrigo Bastídas, á quien mata su teniente general en un motín.

Capítulo II
Los capitanes de Lerma acometen á Posigueica y vuelven derrotados.

Capítulo III
Gobierna el doctor Infante á Santa Marta por muerte de García de Lerma, y el adelantado don Pedro de Heredia da principio á las conquistas de Cartagena.

Capítulo IV
El adelantado Heredia prosigue la conquista de Cartagena

Capítulo V
Dáse el gobierno de Santa Marta á d. Pedro Fernández de Lugo. Prosigue la guerra con los indios de la sierra sin fruto…

LIBRO IV

Capítulo I
Benalcázar descubre a Popayán, y fundadas las villas de Cali y Timaná, prosigue en su descubrimiento

Capítulo II
El licenciado Badillo residencia á D. Pedro de Heredia en Cartagena:

Capítulo III
Vuelve el General Quesada por su Ejército á la Tora, Condúcelo hasta los umbrales del Nuevo Reino

Capítulo IV
Marcha Quesada por la provincia de Vélez, pasa á Guachetá y de allí á Suesca en demanda de Bogotá, con asombro general de los indios.

Capítulo V
Entra Quesada en el valle de los Alcázares, rompe el ejército de los Uzaques, pasa a Bogotá

LIBRO V

Capítulo I
Entra el capitán Céspedes en la provincia de los Panches por Tibacuy: plática  con el capitán del presidio de los Guechas…

Capítulo II
Sale Quesada de Bogotá para Somondoco en demanda de las minas de esmeraldas que descubre

Capítulo III
El Capitán San Martín tiene noticia de Tundama: descubre á Sogamoso y vuelve en busca del general Quesada...

Capítulo IV
Asalta Quesada el palacio del Rey de Tunja, á quien prende, y después de un breve combate saquea su corte con presa de los tesoros que no pudo ocultar.

Capítulo V
Marcha Quesada á Sogamoso, saquea la ciudad y quémase su templo. —vuelve á Tunja, y desamparándola por ir á la conquista de Neiva,

Capítulo VI
Repártese la presa entre los españoles: Asaltan después el cercado de un bosque donde matan a Tysquesusha sin conocerlo.

Capítulo VII
Acometen los Panches las fronteras de Bogotá, y entran Quesada y el Zipa al castigo con mal suceso en el primer encuentro

LIBRO VI

Capítulo I
Prende Quesada á Sacrezazipa por los tesoros del Zipa muerto, y promételos con engaño hasta lograr la muerte de sus émulos...

Capítulo II
Reparte Quesada otra presa de oro y esmeraldas: da principio á la fundación de Santafé...

Capítulo III
Dánle noticia á Quesada de las entradas de Benalcázar y de Fedremán en el reino...

Capítulo IV
Persuade á Quesada Benalcazar á que funde ciudades, y refiérese el estado y crecimiento á que ha llegado la ciudad de Santafé.

Capítulo V
El general Quesada baja á Cartagena con Benalcázar y Fedreman, dejando por teniente general del reino á Hernán Pérez, su hermano...

Capítulo VI
Gerónimo Lebrón forma ejército y armada; sale de santa marta para el reino...

Capítulo VII
Alonso Martín prende en el rio á Alonso jeque, y obligado de una armada enemiga, vence la batalla naval de Cesare...

LIBRO VII

Capítulo I
Tratase de la entrada que hizo Martín Galeano en el territorio de Coicomé y Agata, y de la que después hizo Juan Alonso de la Torre

Capítulo II
Sale Galeano á la conquista de Guane: mueve la guerra en Chalalá, y síguela con Mataregua hasta vencerlo en batalla...

Capítulo III
Agraviado Thisquizoque de la tiranía de Juan Gascon,  hace liga con el Saboya, toma las armas y le quita la vida...

Capítulo IV
Los tres generales pretenden la gobernación del Nuevo Reino y ninguno la consigue...

Capítulo V
Forma ejército Tundama y fortifícase contra Baltasar Maldonado...

Capítulo VI
Montalvo de Lugo entra en el Reino por los llanos, y el capitán Lanchero á la conquista de Muzo...

Capítulo VII
Esguazado el Cauca, prosigue Jorge Robledo sus descubrimientos hasta fundar la ciudad de Cartago.

LIBRO VIII

Capítulo I
Con la noticia de que se previene armada en Francia para las Indias, mandan al adelantado Lugo que vaya á su gobierno...

Capítulo II
Los Yalcones y Paeces toman las armas y matan á los capitanes Añasco y Osorio y despues a Juan de Ampudia...

Capítulo III
Rebelánse los Sutas y Simijacas, fortifícanse en unos peñoles, va contra ellos el Capitán Juan de Céspedes...

Capítulo IV
Rompen los Panches por las fronteras de los Mozcas...

Capítulo V
Prosigue su jornada Gerónimo Lebrón, con varios sucesos, hasta el valle de Opon...

Capítulo VI
Quesada y Lebrón compiten sobre el gobierno con riesgo de romper en batalla...

LIBRO IX

Capítulo I
Con la sospecha de que se rebela la provincia de Tunja...

Capítulo II
Vuelve á sus descubrimientos el capitán Jorge Robledo y con varias fortunas llega hasta la provincia de Hebéjico...

Capítulo III
Vuelto el Capitán Maldonado de la jornada de los palenques, sale Hernán Pérez de Quesada al descubrimiento del dorado con mal suceso...

Capítulo IV
El Ocabita y Lupachoque se fortifican en dos peñoles: ríndese Lupachoque por armas al Capitán Pineda y el Ocabita...

Capítulo V
El adelantado Lugo se previene para subir á Santafé : fúndase por su órden el Barbudo…

Capítulo VI
Pasa Robledo preso á estos reinos: Heredia y Benalcázar se apoderan alternadamente de Antioquia después que se fundó la ciudad de Arma...

LIBRO X

Capítulo I
La armada francesa de Roberto Baal sorprende á Santa Marta y Cartagena; y el adelantado Lugo prende al capitán Rondón...

Capítulo II
Felipe de Utre sale de coro á nuevos descubrimientos penetra los llanos hasta la punta de los Pardaos...

Capítulo III
Prende Lugo á los oficiales del Rey y á los quesadas: justicia al encomendero de Sáchica...

Capítulo IV
Destierra Lugo á los quesadas. —el Capitán Venégas descubre las primeras minas de oro, y funda la ciudad de Tocaima...

Capítulo V
Descubre Felipe de Utre los Omeguas, y véncelos en una batalla...

Capítulo VI
Lugo sale del reino para Castilla, y Armendariz entra en Cartagena...

Capítulo VII
Armendariz nombra por su teniente á pedro de Ursua en el reino y á Robledo en Antioquia...

LIBRO XI

Capítulo I
Concurren los visitadores Gasca y Armendariz en Santa Marta...

Capítulo II
Procede Armendariz contra el capitán Lanchero y otros conquistadores...

Capítulo III
Hacen mariscal del reino á Gonzalo Jiménez de Quesada...

Capítulo IV
Échanse los indios á las minas: tratase en el consejo de fundar audiencia en Santafé...

Capítulo V
Prosigue Armendariz en su gobierno: pónese real chancillería en Santafé...

Capítulo VI
Fúndanse las religiones de Santo Domingo y San Francisco en el Nuevo Reino...

Capítulo VII
Entra el mariscal Quesada en Santafé: descúbrese el páramo Rico de Pamplona...

Capítulo VIII
Entra Ursua en Muzo y puebla á Tudela: vuelve á Santafé y baja por justicia mayor de Santa Marta...

Capítulo IX
Rompe Ursua el ejército de los taironas en la batalla de los pasos de Rodrigo...

LIBRO XII

Capítulo I
Entra en Santafé el licenciado Juan de Montaño con la visita de la audiencia y residencia de Armendariz...

Capítulo II
Rebélase el Valle de las Lanzas, va Hernando de Salinas al castigo, funda la ciudad de Victoria...

Capítulo III
Prosigue Montaño en su visita; ajusticia á Pedro de Salcedo y á otros...

Capítulo IV
Armendariz baja preso á Cartagena para que allí le residencie Montaño.—el Capitán Avellaneda funda la ciudad de S. Juan de los Llanos...

Capítulo V
El capitan Diego García de Paredes funda la ciudad de Trujillo...

Capítulo VI
Vuelve el mariscal á Santafé con la provisión de nuevos oidores.—el licenciado Tomas López entra en la audiencia...

Capítulo VII
El Capitán Cristóbal Rodríguez Juarez funda la ciudad de Mérida.—Diego García de Paredes reedifica la de Trujillo...

Capítulo VIII
Previénese el Nuevo Reino para resistir al tirano Lope de Aguirre.—compéndiase lo que obró en la jornada del Marañon...

Capítulo IX
Fúndase la ciudad de S. Vigente de Paez.-múdase la de Trujillo. Muere García de Parédes y tratase de todo lo acaecido en las provincias del Nuevo Reino...
CAPITULO II
 


FELIPE DE UTRE SALE DE CORO Á NUEVOS DESCUBRIMIENTOS PENETRA LOS LLANOS HASTA LA PUNTA DE LOS PARDAOS, Y CON LA NOTICIA DE QUE LOS OMEGUAS VUELVE EN DEMANDA DE LA CIUDAD DE MACATOA.

DESPUES que Montalvo de Lugo salió de Coro en demanda de Fedreman, y acaecida la muerte de Jorge Spira, como dijimos, fué á gobernar aquella provincia de Venezuela el doctor Infante, que mal contento de ella la desampanó brevemente, dejándola al arbitrio perjudicial de los Alcaldes: proveyó en el gobierno la Audiencia española al Obispo D. Rodrigo Bastidas, quien, olvidado de su principal oficio, despachó al Capitan Pedro de Limpias (que ya era vuelto del Nuevo Reino) á sorprender los pueblos de la gran laguna de Maracaibo, para que con el precio de los indios que se aprisionasen pudiese él tambien aspirar al renombre de conquistador. Pedro de Limpias lo ejecutó de suerte que cogidas quinientas piezas se vendieron en Coro; con que animado el Obispo con lo que más debía amedrentarlo, nombró por su Teniente general á Felipe de Utre, caballero aleman, deudo de los Belzares y uno de los que siguieron á Jorge Spira en su infeliz jornada: por Maese de campo á Pedro de Limpias, el más práctico de aquellas provincias; y por Capitanes á Bartolomé Belzar, hijo de Antonio Belzar, mancebo de grandes esperanzas; á Sebastian de Amezcua y Pedro de Artiaga, dignos todos tres de los puestos que ocuparon; para que con la gente del pais y buena copia que habia llegado de la isla española, de que se formaron tres compañías, las dos de á cincuenta infantes y la otra de treinta caballos, saliese dicho Felipe de Utre á nuevos descubrimientos, llevando presente, para no seguirlo, el error que cometió Jorge Spira en su entrada.

Ya era el mes de Junio del año de cuarenta y uno, cuando bien provenido de armas y víveres salió de Coro por la costa del mar, caminando las cincuenta leguas que hay hasta la Burburata, y desde allí al desembocadero de Bariquizimeto, siguiendo siempre los pasos que llevó Fedreman, y tal vez las pisadas de Jorge Spira, aunque con más trabajos por haberse remontado los naturales del país amedrentados de los españoles, de que se les siguió á éstos gran penuria de bastimentos, hasta que finalmente, gastado casi tanto tiempo como sus antecesores, arribó al pueblo que Jorge Spira llamó de N. Señora y Fedreman de la Fragua, en que poco despues se fundó la ciudad de San Juan de los Llanos, donde Felipe de Utre se alejó de espacio para invernar y descubrir más claras noticias de la tierra, entre las cuales tuvo la de haber pasado por allí poco ántes Hernan Pérez de Quesada con más de doscientos y cincuenta hombres y doscientos caballos; ésta le ocasionó tan confusos pensamientos que no se resolvia á elegir rumbo que le agradase, porque en seguir á Hernan Pérez consideraba que habiéndosele adelantado con tan superior número de gente en caso que se encontrase con algun poderoso Reino, habia de ser preferida su gente en los intereses y quedar mal premiada la suya; y en el de buscar nueva derrota á sus aventuras, se oponía el discurso de que no era posible que á quienes la dicha habia introducido por tan dilatados y trabajosos caminos en las riquezas y prosperidades del Nuevo Reino, los desamparase en tan breve tiempo, sino favorecerlos hasta hacerlos dueños de provincias aventajadas y muís prósperas que las que dejaban á las espaldas, en que podrían acomodarse todos; pero fué su discurso tan vano como se vió en la infeliz jornada de Hernan Pérez. 

Vencido al fin de los aprietos de este último discurso y conformados con él algunos de los suyos, que sentían lo mismo, levantó el campo y dispuesto á seguir á Quesada marchó más apresuradamente de lo que permitía la debilidad de alguna de su gente, y atropellados muchos de los inconvenientes que á cada paso se le ponían delante, entró en la provincia de Papamene, que empieza á correr de las espaldas de Timana, por tener de ellas su orígen el gran rio que la riega y toma el nombre de la provincia. Alojado allí en una aldea para informarse más bien del rumbo que seguía, halló entre sus vecinos un indio principal que parecia tener dominio sobre algunos pueblos, como lo mostraba el señorío y seriedad de la persona, de quien informándose Felipe de Utre muy por extenso y pidiéndole consejo sobre si podría con seguridad seguir la derrota de Quesada, respondió no convenirle pasar adelante, por ser todos aquellos paises despoblados y tener por cierto que los españoles que habian pasado habrían padecido muchas muertes y enfermedades por la falta de víveres y destemplanza de la tierra, como lo habian sabido de algunos indios confinantes; pero que si resolvía volver atras, hallarla los reinos que deseaba, abundantes de plata y oro y él seria su gula hasta introducirlo en ellos, y que para ir derechamente desde aquel sitio habian de caminar siempre el rostro al nacimiento del sol en demanda de la ciudad de Macatoa, fundada sobre las márgenes que tiene de la otra banda el famoso rio Guayuare, para cuyo crédito manifestó á los nuestros ciertas manzanas de oro y plata que dijo haber traido un hermano suyo de aquellos Reinos.

No fué bastante una relacion tan llena de buenas esperanzas, ni la experiencia de que jamas hubiese variado el indio á las preguntas y repreguntas que le hicieron para sacar á Felipe de Utre del inflexible propósito de seguir á Hernan Pérez, persuadido á que la intencion se enderezaba á sacarlo de sus tierras y divertir la ejecucion de su intento por estar adelanto alguna rica provincia de indios amigos del que lo aconsejaba y pretender por aquel artificioso medio relevarlo de la entrada de tantos españoles; y así, despreciando la propuesta y el parecer de muchos de los suyos, que se conformaban con seguir al indio, desalojó el campo y empezó á marchar por el rastro que dejó Hernan Pérez, llevando consigo al indio con promesa de que en dando vista á las primeras provincias que encontrase, tomaría la vuelta para aquella de que le habia dado noticia. Hízolo el indio con gusto por tiempo de ocho dias; pero viendo la obstinacion que llevaba el Cabo en seguir su dictámen, aun con haber experimentado innumerables fatigas de montañas, rios y tremedales, sin querer jamas atender á los recuerdos que le hacia de lo que le habia prometido, dejó descuidar la gente una noche y volvióse á su aldea. Con la falta del indio y las dolencias que ya padecia en ocho días, reconoció la gente el error que habia cometido en despreciar su consejo y ponderábanlo ya tan en público, que llegaba á oídos del General, aunque nada bastó para dejar el tesen de la marcha en seguimiento de Quesada, hasta que viendo ya casi toda su gente desalentada y duplicados los trabajos á cada paso, en que ya sobresalian más las quejas y murmuraciones de los suyos, tuvo por bien declinar rumbo á mano izquierda, dejando á la derecha el cami­no que iba siguiendo, cuando á pocas jornadas al Sueste descubrió una punta de sierra alta, ramo de la cordillera grande que se entraba por larga distancia en los Llanos, á quien llamaron la Punta de los Pardaos.

Á primeras vistas concibieron todos ser distinta cordillera, y animólos su codicia a que entrasen más en camino hasta encontrarla, por ser una de las noticias que habia de las provincias del Dorado, afirmar que estaban en distinta cordillera de la que todos habian seguido al Sur. Con este dulce engaño se lo acercaron, y desengañados de que era ramo de la que habian llevado desde el desembocadero de Bariquizimeto, marchitaren aquellas esperanzas que tan verdes alientos habian producido, especialmente viéndose ya con el invierno á cuestas y atajados los pasos para volver atras, con que forzados hubieron de repechar la punta de los Pardaos hasta que las aguas terminasen: y pasáronlo tan mal por los pocos habitadores que habia en su contorno, que el mayor regalo que adquirían era tal vez un bollo de maiz, que puesto á las bocas de los hormigueros hasta que se cubría de hormigas y amasado repetidas veces hasta que tuviese más de hormigas que de masa, lo tenían no solamente por dulce alimento, sino por único remedio de la vida. Otros, apretados de la hambre, no dejaban asquerosa sabandija de las que produce la tierra que no comiesen, de que resultó hincharse algunos, caérseles á otros los cabellos, barbas y cejas, y que finalmente acometidos todos de postillas y pestífera sarna, adoleciesen de manera que desconfiasen de remedio; y lo peor fué que los caballos, heridos del mismo contagio, se hinchaban hasta que no cabian en la piel y se caían muertos.

Con estas adversidades y otras que por mucho que se ponderen siempre serán ciertas, pasaron aquel invierno en la punta de los Pardaos; pero apénas amagó el verano, cuando desamparado el sitio revolvió Felipe de Utre por diferente camino del que habia llevado, en demanda del pueblo de Nuestra Señora, que servía como de plaza de armas para las entradas de los Llanos, sin que fuesen ménos sensibles los trabajos que padeció en esta vuelta con la mucha gente que llevaba enferma. Y al fin con pérdida de algunos infantes y caballos que habian muerto, llegó al pueblo casi un año despues que salió de él en seguimiento de Quesada; pero aunque fatigado, resuelto siempre á emprender el descubrimiento á que le habia incitado el indio de Papamene, luego que se reformase su gente, para lo cual empezó luego á inquirir en los pueblos confinantes sí habia otros indios que formasen con la misma noticia. Hallólos con facilidad, y considerando que la relacion que le hacían de aquellas provincias, que los de Papamene llamaban de los Omeguas y los que tenía presentes de los Ditaguas, correspondía á la primera que habia tenido ya dando ocasion la entrada del verano y dejando escoltados los enfermos con alguna infantería sana, tomó otra vez la vuelta de los Pardaos y llevando consigo cuarenta hombres solamente, eligió entre ellos á Pedro de Limpias, que ademas de ser práctico y mañoso en aprender con facilidad el idioma de los indios, era venturoso en las empresas: calidad que se debe atender mucho en la eleccion de los Cabos, pues hay hombres por quienes los presagios más fatales para una desgracia se convierten en  felices anuncios de una victoria; como por el gran Capitan el incendio de la pólvora en la Chirinola y la caída del caballo sobre el Garellano; y otros de tan mala estrella que con las disposiciones más regulares de la milicia aseguran las fatalidades de un mal suceso, como lo apoyarán las fortunas de Felipe de Utre, que luego comenzó con las guías á seguir la dorrota que el indio de Papamene le habia mostrado; y aunque pasaba por tierras de rarísimas poblaciones, no encontraba indio de los que se le iban á las manos, de quien no procurase tomar noticias de la ciudad de Macatoa.

Respondíanle á todo conforme á su deseo, animándolo á la empresa de los Omeguas, por discurrir en su conveniencia, aunque bárbaros, que logrando el fin de encontrarlos, no experimentarían más sobre sí enemigos semejantes, pues siendo tan acreditada la valentía de aquellos indios, tomarían bastante satisfaccion de las injurias que los comarcanos tenían recibidas de los nuestros, cuya mala opinion estaba difundida por todos los Llanos de unas naciones en otras, y así los guiaban con gusto por el rumbo más derecho, para que cuanto ántes saliesen de sus tierras y pereciesen a manos de los Omeguas: traza que estuvo bien á los españoles, pues por salir con su pretension las guías los llevaron por caminos tan altos y enjutos, cuales no ha encontrado otro algun Cabo de los que han hollado aquellas provincias, hasta que sin contraste de consideracion se vieron sobre el caudaloso Guayure, cuyas profundas corrientes no dan lugar á esguazarlo, sino en canoas ó á nado y siempre con la dificultad de batallar con sus aguas. Alojáronse sobre sus márgenes, y como ignorantes de la parte á que de la otra banda estaba Macatoa, despacharon algunos indios y españoles rio abajo y á otros rio arriba, por si acaso encontraban vado ó algun indio de quien tomar lengua ó canoas en que facilitar su tránsito.

Para lo primero salió vana la diligencia y para lo segundo aprisionaron sobresaltado en la playa un indio, que estaba mariscando sólo, al cual (despues de sosegado con blandas palabras de la cólera en que lo encendió la desgracia de caer en poder de gentes peregrinas) le dieron a entender que no trataban de hacerle mal, sino solamente de saber á qué parte de la otra banda estaba la ciudad de Macatoa. Era el prisionero de una aldea vecina á ella y con mejor semblante les dijo por señas, que á poca distancia el rio arriba; pero que necesitaban de canoas para subir á ella y no las habia. Entónces Felipe de Utre, aprovechándose de la docilidad que ya mostraba el indio y aventurando algo á la suerte, le dió algunos rescates y pidióle fuése á la ciudad y de su parte dijese al señor de ella, que con aquellos soldados iba en demanda de ciertas provincias y que para entrar en ellas tuviese á bien su amistad, que observaria perpetuamente sin consentir que en sus tierras ni de sus vasallos se hiciese hostilidad alguna, ántes procuraría que sus obras pareciesen de padre en cuyo lugar iba á ampararlos y defenderlos en caso que necesitasen de ayuda, como lo manifestarla la experiencia.

Dió muestras el indio de aceptar con gusto la embajada, y entrándose en una mala barquetilla, en que apénas cabia, tomó la lengua del agua rio arriba, y llegado á Macatoa, supo hacer su oficio tan cumplidamente, y hablar de suerte en favor de los españoles, que al dia siguiente bajaron cinco canoas con noventa Gandules, y entre ellos un hijo del Cacique de Maoatoa; y aunque hallaron á los nuestros á punto de guerra, sin recibir ellos susto tomaron tierra con demostraciones pacificas, y preguntando el hijo del Cacique por el Cabo de los españoles, y enterado de que lo era Felipe de Utre, que le salió al encuentro con Pedro de Limpias y otros, se fué para él, y habiéndolo abrazado el Capitan, y el mancebo reconocido las demostraciones de paz, le dijo estas palabras:

Con uno de los moradores de estas riberas enviásteis ayer á saludar á mi padre, que es el señor de Macatoa, haciéndole sabedor de vuestra venida a estos paises, y ofreciéndole vuestra amistad y pacífico tratamiento, sin daño suyo ni de sus vasallos, y dándole á entender no ser otro vuestros intentos que los de informaros de las naciones comarcanas, especialmente de aquellas que habitan á la parte de cierta serranía que demora á razonable distancia de este sitio, el rio abajo, en cuya demanda venís de climas remotísimos, á nuestra noticia; con promesa de serle agradecidos con buena correspondencia, en caso que os encamine á las tierras que buscais. Por todo lo cual se halla mi padre más deudor vuestro que yo sabré significaros, como quien reconoce por vuestras palabras ser muy diferentes las obras de lo que algunos señores confinantes le habian dado á entender, afirmando que erades hombres feroces y crueles, enemiqos de toda paz, movedores de guerra y derramadores de sangre humana, moneda en que pagábades á los miserables indios el hospedaje que os hacían y otro que os daban. Envíame, pues, á daros de su parte la bienvenida, y á deciros gusta de aceptar vuestra amistad, y hacer no solamente el informe que le pedís, sino tambien serviros con todo lo necesario en vuestra jornada, dándoos seguras guias que os encaminen á los Omeguas. Ruègaos tambien paseis á alojaros en su ciudad, donde más bien pueda comunicaros y regraciar la amistad que le ofreceis, para lo cual remite estas canoas y vasallos que os trasporten á su Corte, donde aun en caso que os porteis ingrato (cosa que no imagina), quiere aventurarlo todo porque no se piense que un hombre de su sangre pudo degenerar de humano, aun á vista de repetidos ejemplares de fiereza.

Respondióle agradecido y prudente Felipe de Utre, sirviendo ya de razonable intérprete Pedro de Limpias, y consultado entre los Cabos sobro admitir ó nó los ofrecimientos del Cacique, resolvieron, temerosos de algun trato doble, no pasar el rio aquella tarde en tan pocas canoas, y decirle á su hijo volviese con ellas á su padre y le representase el verdadero afecto con que deseaban verlo, para lo cual se sirviese de remitirles otro dia las embarcaciones que bastasen para conseguirlo todos juntos y lograr los favores y hospedaje que les prometía. No vino en ello la generosidad del mancebo, pues entendida la respuesta, despachó luego una barqueta, que brevemente volvió con otras tantas canoas, obligando á los nuestros con la accion á que, libros ya de sospechas, ó recelosos de que se atribuyese á temor su repugnancia, hubiesen de embarcarse llevando á nado los caballos, que con aladeras guiaban desde los bordos. Pero atravesado el rio, y no pareciéndoles ya hora para marchar á la ciudad, se alojaron en sus barrancas, despidiendo hasta la mañana al mancebo, bien apesarado de que no pasasen luego á Macatoa, donde, participada á su padre la noticia de lo sucedido, despachó á los nuestros, al romper del dia siguiente, cincuenta indios cargados de carne de venado, pescado, maíz y cazabe, para que tomasen un refresco ántes que desalojasen. Hiciéronlo así los nuestros, y marchando á la ciudad la hallaron desocupada de sus vecinos, que por hospedar más á gusto á los forasteros se habian retirado de ella como un tiro de arcabuz, sobre las mismas orillas del rio.

Era la poblacion como de ochocientos vecinos, de vistosas casas, bien tiradas calles y plazas anchurosas, siendo lo que más la hermoseaba la limpieza con que la tenian, pues no era fácil de hallar en su recinto alguna piedrecilla en que tropezase la vista, ni la menor yerba en que se reparase. Teníanla bien proveida de toda suerte de víveres de los que permite la tierra, y con disposicion tan bien ordenada, que maravillados los nuestros de ver aquellas urbanidades y policías tan extrañas que experimentaban, preguntaron al Cacique la causa de ellas, y especialmente la de haber desocupado toda la ciudad, cuando sobraban cuatro casas para alojados, á que satisfizo el Cacique diciendo: Que considerada por los suyos la ventaja que les hacían los españoles en valentía, personas, palabras y modos políticos de vivir y tratar, hallaban no solamente que debían preferirlos en sus casas, pero que ellos no merecían acompañarlos en las viviendas, sino servirlos, como lo habian hecho y harian. Era este Cacique de mediana estatura, bien repartido de miembros, de rostro aguileño, liso y alegre, noble y generoso de condicion, y de hasta cuarenta años de edad, y sobre todo de excelente discurso á estar doctrinado. Sus vasallos generalmente eran de más robusta y levantada estatura, llamábanse Guaipis ó Guayupes en su idioma: á los cinco días que se detuvo Felipe de Utre, y fueron de los últimos del año de cuarenta y tres, trató luego de proseguir su jornada; y aunque de parto del Cacique se le representó que su consejo no era que pasase á los Omeguas con tan poca gente, pues por valerosa que fuese habia de ceder á la valentía y numerosos ejércitos de los contrarios, con responderle Felipe de Utre que con eso se alentaba más á la empresa, y estaba resuelto á no echar paso atras, si llevaba indios para guias, se sosegó el Cacique y lo socorrió, cumplidamente de cuanto necesitaba para nuevo días que gastaría en llegar á otra ciudad en que estaba por señor, un coligado suyo, á quien lo recomendó de manera que no solamente lo salió á recibir de paz, sino que aficionado á los nuestros por la relacion del amigo y valor que traslucía en ellos, los proveyó espléndidamente, si bien no dejaba de admirar aquella gente extraña, vestida y barbada, y que montaba sobre caballos de cuya terrible y feroz vista no quedaba ménos maravillado.

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