LIBRO
DÉCIMO
Saquean los franceses á Santa Marta y Cartagena. Principios de Lugo
en su gobierno con algunas prisiones. Anula los repartimientos
hechos por los Quesadas. Prende á los Oficiales Reales por el
dozavo, y quebrantadas las prisiones, huyen con otros á a Española
y Domingo de Aguirre á Castilla. Vuelven los dos Quesadas de la
jornada del Dorado, préndelos Lugo y ajusticia al Encomendero de
Sachica. Felipe de Utre sale de Coro, y entrado en los Llanos,
llega hasta Macatoa con la noticia de los Omeguas. Promúlganse las
nuevas leyes, á pedimento del Obispo de Chiapa, y ordénase á Miguel
Diez de Armendariz pase á ejecutarlas i visitar las provincias del
Nuevo Reino. Destierra Lugo á los Quesadas. El Capitan Venégas
descubre minas de oro y funda la ciudad de Tocaima. El Capitan
Valdés entra en Muzo y pierde la batalla de Zarbe. Felipe de Utre
descubre los Omeguas, retírase por falta de gente y córtanle la
cabeza alevosamente. Lugo sale del Reino para Castilla, y embargado
en el Cabo de la Vela, llega Armondariz á Cartagena. Lope Montalvo
trata de convenirse con Juan de Cabrera. Benalcázar mueve guerra á
los Picaras, y déjala llamado por el Virey Blasco Núñez Vela.
Armendariz despacha por Teniente del Reino á Pedro de Ursúa, y de
Antioquia á Robledo. Mata un rayo á los dos Quesadas. Martínes
entra en Muzo y sale desbaratado. Lugo llega á la Corte, y despues
de varios pleitos sigue la guerra en Europa hasta su muerte. Pedro
de Ursúa entra en el Reino y prende á Lanchero y á otros de los
Caquecios, y fúndase la ciudad del Rio de la Hacha.
CAPITULO I
LA ARMADA FRANCESA DE ROBERTO BAAL SORPRENDE Á SANTA MARTA Y
CARTAGENA; Y EL ADELANTADO LUGO PRENDE AL CAPITAN RONDON Y Á OTROS:
ANULA LOS REPARTIMIENTOS HECHOS POR LOS QUESADAS, Y APLÍCASE LOS
TRIBUTOS.
LAS emulaciones que se tenían las dos coronas de Francia y
España no erais de tal calidad que pudiesen por mucho tiempo
contenerse dentro de los términos de una buena correspondencia; y
así, rotos por este año de cuarenta y tres los conciertos de la
paz, despertaron tan vivamente el fuego de la guerra en las
entrañas de la Europa, que ardían las fronteras de Flandes con la
invasion de las armas francesas por la parte de Sanquintin y no
ménos trabajadas se veian las costas de Italia con la armada de
Barbarroja, que llamado del Rey Francisco y unido con el Príncipe
de Anguiano, acometió á Nisa (despues de arruinado Rijoles en el
faro de Mezina) y si bien entró la ciudad con lastimoso estrago, no
pudo rendir el castillo en muchos que lo tuvo sitiado, hasta que
temeroso de la buena fortuna de Andrea Doria, que navegaba al
socorro, levantó el sitio para infestar con ménos riesgo los
puertos de Nápoles. No se contentó el Rey de Francia con solos
estos acometimientos, sin que arrastrado de su coraje dispusiese
que de incendio tan general prendiese tambien alguna centella en
las Indias; y como para este efecto tuviese dispuestos navíos en la
Rochela, hizo que este año navegasen á aquellas partes, ó para
mostrar que su poder bastaba á inquietar toda la monarquía
española, ó para divertir sus armas miéntras corrían los
precipitados deseos que siempre tuvo de fijar el pié en Italia.
Bastantes órdenes se habian despachado á las Indias contra las
prevenciones que amenazaban de la parte de Francia; y aunque ésta
fué la causa que tuvo el Consejo para que Lugo acelerase más su
viaje, ó porque la intencion de ésto fuese entrar poderoso en el
Reino para disfrutado, ó porque no creyó que los franceses, sin
conocimiento de la navegacion, se aventurarian á tan peligrosa
empresa, no solamente se descuidó de asegurar puerto de Santa
Marta, pero debilitó de suerte sus fuerzas sacando la más lucida
gente para llevarla consigo, que lo dejó expuesto á cualquiera
invasion de enemigos. En este estado pues, se hallaba la ciudad en
que por ausencia de Lugo gobernaba Luis de Manjar cuando á los diez
y siete de Julio parecieron sobre ella cuatro naos de guerra y un
patache á cargo de Roberto Baal, que entrándose de flecha en el
puerto y gritando España, España tuvieron por algun tiempo
suspensos á los vecinos, hasta que saltando en los bateles
cuatrocientos hombres armados y avanzando á la ciudad reconocieron
ser franceses y ellos bastantes á la defensa. Pero aunque el
acometimiento fué repentino, no tanto que no diese tiempo de
retirarse todos con hijos y mujeres á la montaña vecina, que hace
espaldas á la ciudad, y de escapar la mayor parte de oro y plata
que tenian consigo: de que se que la entrasen sin dificultad alguna
los enemigos, y en ocho dias que allí se detuvieron la robaron á su
placer, pues aunque el despojo no correspondió á sus deseos, les
bastó para entretener la codicia con que salieron de Francia.
La primera diligencia que hicieron al entrar en el puerto fué
apresar y echar á fondo todas las canoas y barcos que habia en él
para que no diesen aviso de su llegada en las demas partes de la
costa; y asegurados así despues del saco, pusieron bandera de paz
para tentar si por comercio ó contrato podian asegurar aquellas
riquezas que se habian escapado en la montaña. Con este seguro
salió Manjarrés á rescatar algunas pipas de harina para su gente y
con esta ocasion le propusieron rescatase tambien la ciudad para
que no quedase asolada; erecto que se seguiria no componiéndose
luego en la cantidad que se le señalase. Mas como el Manjarrés no
diese oidos á esta propuesta, ó porque no habia el dinero que le
pedian ó porque le pareció accion indigna de españoles, fué tanto
el enojo de los franceses que le pusieron fuego y arrasaron toda,
hasta los cimientos, sin que de ello recibiesen mucho pesar los
vecinos, porque siendo las más casas de madera, de que abunda
grandemente la tierra, no tuvieron por considerable la pérdida,
solamente la reconocieron grande cuando vieron que se llevaban
cuatro piezas de bronce, y que para desfogar más la cólera
francesa, talaban y destruian cuantas huertas, árboles y casas
tenían para recreo: y lo peor fué o terminando en esto solamente la
desgracia de los vecinos de Santa Marta, se hallaron impensadamente
rodeados de nuevos peligros, porque viendo los indios pacíficos que
con la invasion del frances se hallaban desordenados y faltos de
aquella defensa que les dabas los edificios, les pareció que habian
llegado á la cuyuntura de sacudir el yugo español, que aborrecian.
Y así, dando parte á los Taironas, poco distantes, y socorridos de
ellos, tomaron las armas, y con buen ánimo acometieron á los
nuestros por tres ó cuatro veces; mas, como ya habian partido los
franceses, y ellos perdieron la ocasion, cuando en el monte se
hallaban los nuestros atemorizados, no fué difícil hacerles una
valiente resistencia, porque Manjarrés valiéndose de algunas armas
que habian escapado los vecinos, y animándolos con su ejemplo no
solo sufrió los primeros encuentros, sino que pasando á más, los
embistió en alojamientos con tan buena fortuna, que les obligó á
que los desamparasen y á que a aprovechándose de la ocasion los
siguiese hiriendo y matando hasta que pareciéndole sobrado el
castigo, se retiró á la ciudad, donde vueltos al siguiente dia
todos los Caciques que habian estado ántes de paz, y culpando á los
Taironas, consiguieron el perdon con promesa de no tomar otra vez
las armas.
Miéntras se combatia así en Santa Marta, habian corrido la Costa
las naos francesas hasta ponerse á vista de Cartagena, donde
pensaban mejorarse de presa, y sucedióles tan bien, que llegando de
noche al puerto de Boca grande, que estaba á dos tiros de ballesta
de la ciudad, y al presente se ha cerrado de arena, surjieron en
él, sin que fuesen sentidas y esperando á que rompiese el alba de
los veinte y siete de Julio, arrojaron á tierra la gente, que
guiada de un corso que habia estado otra vez en la ciudad, la entró
por armas, sin que hallase más defensa que la flaca de algunos
vecinos que luego fueron presos, porque los demas, con la noticia
confusa de que habian surgido algunos vasos la noche ántes, se
retiraron al monte. Con este buen suceso de los franceses se
repartieron en dos tropas, y encaminada la una á la casas del
Obispo D. Fr. Francisco de Santa Maria y Benavídez, religioso
gerónimo, que poco ántes habia llegado, le prendió y robó los
bienes; y pasando la otra á las del Gobernador D. Pedro de Heredia,
la acometió con daño de algunos negros que acudieron á defenderla,
viendo que el Heredia, con una pica en la mano, y D. Antonio, su
hijo con la espada, los animaban á combatir con los enemigos; pero
sintiéndose herido el hijo en un brazo, del tiro de un arcabuz, y
reconociendo el padre la temeridad de oponerse á tantos, saltaron
por una ventana, y retirados al monte con los demas, y atentos al
peligro que podia correr Portobelo, despacharon en una barqueta á
Juan de Reinaltes para que diese aviso de todo.
Luego que el Gobernador desamparó su casa, la ocuparon los
franceses deseosos de encontrar en ella tesoros muy considerables,
y no se engañaron mucho, porque cayó en sus manos gran parto de lo
mucho que malamente habia adquirido el Heredia en el curso de sus
conquistas. De allí pasaron á saquear toda la ciudad, donde
hallaron bastante riqueza que se les aumentó más con haber
encontrado en las arcas reales cuarenta y cinco mil pesos de oro,
que pudieran pasar por descuento del rescate del Rey Francisco, á
no haber pasado primero por la manos de tan cosarios ministros. Con
este buen suceso les pareció no detenerse más que los ocho ó nueve
días que se gastaron en tales robos y en el de muchas preseas de
estimacion que habia en la ciudad; y determinados á seguir su
derrota hasta la Habana, donde pensaban terminar sus empresas,
pusieron en libertad al Obispo y á los pocos vecinos que habian
aprisionado, y sin pasar á los estragos que habian ejecutado en
Santa Marta, se hicieron á la vela poniendo las proas á la Habana,
donde apénas llegados arrojaron á tierra la gente, por la parte que
hoy llaman la Punta, cuando heridos de la artillería y acometidos
de los nuestros, fueron rechazados con tal ardimiento, que muertos
treinta de los más señalados, y puestos en desórden los demas con
el espanto y miedo que concibieron, trataron de embarrarse con tal
confusion, que á seguirlos nuestra gente con la misma osadía que
los habia rebatido, no quedara frances á vida. Pero malograda esta
ocasion, la tuvieron para desembocar y volver con próspero viaje á
Francia, donde creciendo más la fama de las riquezas de Indias y el
rumor de esta presa, dispuse nuevamente los ánimos de aquella
nacion para continuar el viaje, si bien los sucesos siguientes no
correspondieron al primero, como veremos despues.
Casi por el mismo tiempo que corrían estas adversidades en la
Costa, se disponían otras iguales en el Reino, ocasionadas del
absoluto dominio con que Lugo dió principio á su gobierno: pareció
siempre que viviría violento, mientras no fuese en la Corte de
España, donde participando del aura favorable que gozaba Francisco
de los Cobos, Comendador mayor de Leon y Secretario del despacho
universal, que era cuñado suyo, podría conseguir nuevas mercedes
para aumento de su casa; y como para este fin tenia por medio el
más eficaz dar vuelta brevemente á Castilla con la mayor riqueza
que le fuese posible, y no sea fácil pasar un ministro en pocos
días desde el extremo de la miseria al de la prosperidad sin que la
tiranía y disolucion dispongan los medios que tan violentas
mudanzas requieren; descubrió luego designios tan encontrados á la
justicia y paz que se gozaba en el Reino, que veremos presto en él
turbada aquella tranquilidad que corría en sus provincias, y tan
partida en bandos su corta colonia de españoles, que solamente
reinen en ella odios y enemistades que aumentándose más cada dia
con el fomento de Lugo, levanten olas tan perjudiciales de
obstinacion, que no puedan sosegarse en largo tiempo, hasta que la
propia ruina los desengañe de que la codicia de Lugo fué el
instrumento principal de su futura miseria.
El primer traje de que vistió el semblante para encaminar sus
pretensiones luego que le recibieron en Vélez, fué de una soberanía
tan opuesta á la llaneza que usaba su padre con los mismos
conquistadores, que extrañándola éstos, se lastimaban entre sí de
no ser tratados con la veneracion debida á su calidad y servicios,
pues en lugar de mostrársele grato por tan ilustres hazañas como
habian hecho en el Reino, para que él fuese de los primeros que
cogían el fruto, se les mostraba severo, majestuoso y tan altivo,
que no le faltaba sino mandar que de la adoracion le hiciesen
obsequio, para que afianzada su intencion sobre rendimientos
serviles, pudiese lograr los intereses á que aspiraba, sin la
contradiccion que temia. No era esto modo de portarse connatural á
su inclinacion afable, sino artificio de que pareció valerse para
que los pretextos del buen tratamiento de los indios, con que
pensaba introducir sus máquinas, parecieren efectos de un celo
cristiano, determinado a romper con los abusos y no trazas de un
ánimo codicioso, atento á cebarse con el sudor y sustancia de los
primeros que derramaron su sangre en la conquista. Y porque entre
las noticias que le habian dado de todo, no faltó quien le
ponderase que Gonzalo Suárez Rondon era la persona de más caudal
que se hallaba en el Reino, habiéndolo adquirido con la parte que
le cupo en la reparticion general de las presas y con los tributos
que le daban los numerosos pueblos de Jeacabueo y Turmequé, y que
así mismo era la persona en quien se hallaba autoridad bastante
para oponerse, en caso que pretendiese alterar el gobierno que
habian dejado entablado los Quesadas; determinó dar principio al
suyo, aprisionándolo con cadenas y guardas, y dando á entender no
se moviera á tan fuerte resolucion si no fuera movido por la
justicia, que le dictaba castigase el mal trato que habia hecho á
los indios en los asedios de Lupachoque y Ocabita, y el poco
ajustamiento con que se habia portado en la observacion de los
órdenes reales que tenia en esta materia, y ejecutólo así con
sentimiento general de cuantos conocian sus prendas.
Preso Gonzalo Suárez, fueron tambien consiguientes las prisiones
de todos sus parciales, y así pasaron por la misma fortuna muchos
de los vecinos más nobles, entra quienes fueron Garci Arias
Maldonado, Fernando de Rójas, Fernando Beteta, Juan Gómez,
Cristobal de Miranda, Pedro Enciso, Juan de Salamanca y Pedro
Vásquez de Loaysa, cuñado de Suárez, por haber casado con doña
Catalina Suárez, su hermana: y para que se concibiese temor de que
la entereza de Lugo miraba á la reforma de los desórdenes cometidos
hasta allí, empezó inmediatamente á fulminar procesos contra ellos,
atribuyéndoles culpas tan graves, que disculpasen su resolucion
arrojada, como si ya todos no le hubiesen traslucido la intencion,
así por sus palabras encaminadas al propio interes, como por ver
que los instrumentos de que se valia para mover la máquina de sus
conveniencias, eran Francisco Alvarez y Antonio Lujan, personas de
inquieto natural y hábiles para conducirla hasta el fin, aunque se
aventurase con sus medios la inquietud de todos. Y aun era público
que en cuanto á fomentar enemistades era el Francisco Arias tan
diestro, que habia sido en el Perú el que sembró las discordias
entre Pizarro y Almagro, de que se originaron tan civiles
encuentros, que por muchos años inundaron con sangre española las
campañas de aquellos Reinos: delitos que castigó la justicia divina
brevemente, pues considerando el Arias que eran tales que lo tenían
mal quisto en todas las Indias, y que solamente podría asegurar la
vida pasando á Castilla, se embarcó en el rio grande con toda su
hacienda, que pereció o cerca de Santa Marta, en un repentino
naufragio ocasionado de las brisas que se levantan ordinariamente
en aquellas partes. Pero volviendo á lo que decíamos, como éste era
gran papelista, y en esto no excediese á Lujan, juntábanse los dos,
y eran los consejeros por cuyo arbitrio gobernaba Lugo las más
acciones que se reputaron por indignas de su persona, pues en
realidad, fuera de la codicia que dominaba en él, no se le reparó
en el Reino otro vicio alguno que sobresaliese para descrédito
suyo.
El segundo arbitrio de que usó para abrir camino más ancho á sus
intereses fue proponer á los Cabildos de las cuatro ciudades que
halló fundadas, la nulidad que parecia el repartimiento hecho por
los Quesadas, como personas que no habian tenido jurisdicción en
materia de tanta importancia, y que privativamente tocaba al
Gobernador de Marta, y para sanar este yerro convendría que
representándoselo á él jurídicamente declarase por vacas todas las
encomiendas que se habian proveido; y porque no pensases que su
intencion era de privar á los conquistadores de lo que tan
justamente habian merecido, les daba palabra de no innovar en las
provisiones si no fuese para mejorarlos porque su ánimo era
solamente de usar del derecho que le pertenecia en cuanto á este
punto, y en lo demas asegurarlos y confirmar sus posesiones para
que no fuesen revocadas por el Consejo. Bien claramente se
descubria en la propuesta el fin á que tiraba el Adelantado; pero
como las prisiones y molestias que ya se experimentaban fuesen
muchas y los pareceres de los hombres sean tan diferentes entre sí,
no faltaron vecinos que, por lisonjearle el gusto á pesar del
sentimiento interior que ocultaban, aprobasen su dictamen; si bien
otros de corazones más desahogados se lo contradijeron
públicamente, y en Vélez donde fueron los primeros pasos que dió en
esta materia, no quedó gustoso de la entereza con que se le
opusieron Alonso de Poveda, Gonzalo de Vega y Alonso Fernández de
Hiniesta, Regidores de aquella ciudad. Mas como el Adelantado se
habia revestido de autoridad tan despótica que no la sujetaba á
leyes de la razon; ni bastaron estas contradicciones ni las que
hicieron con resentimiento de la propuesta las ciudades de Santafé,
Tunja y Málaga para corregir sus intentos; ántes empeñándolos más
dió luego por vacas todas las encomiendas proveidas hasta entónces,
y sin tratar de repartirlas de nuevo, como habia prometido, empezó
á cobrar para sí todos aquellos tributos que pagaban los indios á
sus encomenderos. Y como esta forma corrió por más de catorce
meses, vino á ser tan considerable suma la que recogió, que los que
más la moderan afirman pasar de doscientos mil pesos de oro; verdad
es que los indios, ya fuese por consejo de los encomenderos, ya por
su industria y propia malicia, no le dieron el oro con aquellos
quilates que debía tener, ni el Adelantado conoció el fraude,
engañado con la apariencia y color del metal, hasta que haciéndose
en España los ensayes, se halló con el artificio menoscabado el
caudal que aseguraba el peso.
Ni con solo este medio se contentó el ansía de su codicia, ántes
se valió de otros muchos para enriquecer con la ruina de todos.
Rara polilla de un Reino la de un Gobernador codicioso! y Monarca
infeliz el que pasa entre las sombras del disimulo una culpa tan
clara! La primera señal de impotencia para reinar que dió Enrique
el Cuarto de Castilla, fué la permision que dió siendo Príncipe á
Pedro Sarmiento para que sacase doscientas acémilas cargadas de los
robos que, como Gobernador, habia hecho en Toledo. Y volviendo á
Lugo, recibía con agasajo el oro y esmeraldas que le daban muchos
de los vecinos para tenerlo propicio y engañábanse de suerte que
los que más cabida juzgaban tener con él por este medio, eran los
que más expuestos quedaban á que los despojase de todo; porque
reconociendo por las dádivas el jugo que imaginaba en los dueños,
les pedía prestadas cantidades gruesas que despues no tenian más
paga que en vestidos y galas que habia estrenado en la Corte á
título de ser suyas, y en aquellas tierras faltas de comercio le
salían vendidas por veinte y treinta veces más de lo que le habian
costado. A esto se añadió la forma que tuvo en la venta de los
caballos que sacó de la montaña y le valieron una grande suma,
porque habiéndolos dejado por algun tiempo pastar en las mejores
dehesas, luego que los vió lozanos y briosos, dispuso que algunos
picadores en diferentes días los paseasen en aquellas partes donde
más ordinariamente asistían los vecinos á verlos pasar la carrera,
á que se hallaba presente, y luego preguntaba con disimulo á la
persona que le parecía de caudal suficiente para pagárselo, qué le
parecía del caballo: y como la lisonja sea tan connatural á quien
depende más con deseo de seguirle el gusto que de explicar el
propio sentimiento, le respondía que era digno de que la persona
real montase en él, y que no se pagaba tan perfecto animal con mil
pesos de oro, y otros pasaban á dos; y aunque al decirlo no habia
cosa de que estuviese más léjos que de comprarlo, con todo esto se
hallaba á la noche con él en su casa y con un criado que de parte
de Lugo lo representaba el afecto con que miraba sus prendas, y
que, para muestra de su buena voluntad, le remitía aquel caballo
por el mismo precio que él le habia puesto. Qué habia de hacer,
pues, el que dependía de su arbitrio i miraba tan distante el
recurso contra la violencia, sino exhibir el dinero y pagar con él
la pena de su adulacion?
Junta ya de esta suerte gran suma de riquezas en poco más de un
año, le pareció tiempo de repartir la tierra, y no como habia
prometido á los principios, sino como le aconsejó despues su
conveniencia, acomodando parciales y amigos en los repartimientos
que habian poseído los de Quesada, de que se originó tan grave
sentimiento entre todos, que ya no murmuraban de Lugo en secreto,
como á los principios hacian, sino en público y con tal desahogo,
que maldecían á voces su gobierno como injusto y tirano: no se oían
por las calles de Vélez, Tunja y Santafé sino quejas y amenazas que
produce la desesperacion, sin que bastase á reprimirla ni el
consejo de los más cuerdos ni el sufrimiento de los más lastimados:
culpaban su poca fortuna, viendo que despues de tanta sangre
derramada en servicio de su Rey, quedaban expuestos á mendigar como
pobres y á ser mofados en la paz los que más habian trabajado en la
guerra. De estas quejas llegaban los ecos á Lugo, y quizá más
sangrientos que las mismas voces, con que receloso de algun
movimiento ponia más la mira en oprimir la parte de los Quesadas y
fomentar á los Caquecios (así llamaban á los que militaron con
Fedreman y Lope Montalvo, por haber pasado por los pueblos de los
Caquecios, indios que demoran en los Llanos y confinan con los
Ibuyes): y aunque á los principios fué este nombre de desprecio,
despues corrió tan generalmente, que no se disgustaban de él los
interesados, antes lo tenian por seña para reconocer los que eran
de su faccion, á la manera que pasaba entre Chilenos y Pizarristas,
y se vió entre Guelfos y Gibelinos, siendo infernal abuso que
necesita mucho de remedio en todas partes y más en las Indias;
porque éste es ordinariamente el origen de las parcialidades y la
basa en que ha cargado el poso de tantas guerras civiles, en que
los hombres que han perecido han igualado al número de lo
desafueros que se han ejecutado, porque entre españoles
principalmente toman las armas los pueblos sin más causa para
destruirse con ellas, que la de inclinarse á los apellidos ó
linajes, preceda ó no agravio que lo disculpe.
Estas fueron las primeras zanjas de enemistad que se abrieron en
el Reino y por muchos años no pudieron cegarse sin que precediesen
efectos muy perjudiciales, y así empezó Lugo á introducir aquellos
odios en que sus vecinos expusieron la quietud y las haciendas al
arbitrio de muchos jueces pero porque ya se reconocia que la
codicia de Lugo á la manera de un raudal furioso corría á destruir
las provincias, y que seria bien detener aquel ímpetu que á ninguna
advertencia se corregía, le pareció á Gonzalo Suárez, con parecer
de otros, que habia llegado el tiempo de valerse de algun medio
bastante á detenerlo, aunque en la ejecucion aventurase la vida y
así, dispuso que los Cabildos requiriese á Lugo con una Real Cédula
del Emperador ganada por el General Quesada, y remitida al Suárez
con el mismo Lugo, sin que hubiese tenido noticia de ella, en que
ordenaba ninguno de los Gobernadores que pasasen á Indias despojase
á sus conquistadores de los repartimientos que tuviesen hechos, sin
que precediese determinacion de su Consejo donde debian remitirse
las causas para que tomase resolucion en ellas, por pertenecerle
privativamente su conocimiento. Y aunque bastó esta diligencia para
que Lugo diese muchos pasos atras en lo comenzado y para que
entrase en alguna consideracion de sus malos procedimientos, con
todo esto no bastó á reprimirlo del todo, pues aunque dejó algunos
conquistadores en pescaron de los repartimientos que les habian
hecho los Quesadas, a otros muchos despojó de lo que tenian, por
aplicarse así las Encomiendas más gruesas de Santafé y Tunja, y por
acomodar á muchos de los que llevó consigo y de los Caquecios
parciales suyos, como dependientes y amigos que se mostraban de
Lope Montalvo, su deudo, aunque entonces se hallaba con Hernan
Pérez en la jornada del Dorado, y en aquella ocasion fué cuando se
encomendaron los primeros indios á Gerónimo de Aguayo, Pedro Niño,
Francisco de Manrique de Velandia, Juan de Sandoval, Juan Mayorga y
otros que habian ido con Lugo.
Tampoco bastaron las quejas y amenazas de muchos á divertirlo de
aquel teson con que proseguía en buscar pretextos para destruir
todos los hombres ricos que fingia culpados con el apoyo de algunos
de mala intencion: y como el principal á que habia tirado siempre
era Gonzalo Suárez, y éste en vez de templarlo con dádivas le habia
irritado más con la inhibicion de la Cédula, hizo tantos aprietos y
diligencias para descubrirle bienes que, faltando á los términos
legales, puso á cuestion de tormento á Pedro Vásques de Loaysa, sin
más causa que ser cuñado de Gonzalo Suárez, y parecerle que seria
parte en la ocultacion de bienes que habia hecho; y como en la
realidad fuese así, y este género de vejaciones sea la raya hasta
donde puede llegar la amistad en materias de interes, declaro
Loaysa tan conforme á su gusto, que descubrió el sitio donde el
cuñado habia ocultada el caudal y de que le habia hecho sabedor, de
donde le sacó Lugo para quedarse con él, del jando de tal suerte
aniquilado á Gonzalo Suárez, que aun para el sustento no tenia de
que valerse, habiendo sido poco ántes uno de los caballeros más
poderosos del Reino. Y comé pruébase con haber montado las
cantidades que le quitó Lugo á más de cincuenta mil de oro, plata y
esmeraldas, y entre ellas una del tamaño de un pomo de espada de
aquellos tiempos, y de limpieza y color excelente, para que se vea
cuán ciegamente procede un más Juez en las Indias, que por
considerar tan distante el recurso para el agravio, obra como quien
no tiene superior que lo castigue, y roba como quien confía en lo
mismo que roba. Y porque supiesen que no eran delitos sino riquezas
de Gonzalo Suárez las que desvelaban á Lugo, apénas las vió en su
poder cuando mostrándose compasivo lo puso en libertad mandó que le
alzasen las guardas despues de nueve meses, en que á treinta pesos
de oro por dia, le llevaron una suma sin ejemplar, y que aun
pareciera grande en delitos muy calificados.