CAPÍTULO IV
DE OTRAS CEREMONIAS Y COSTUMBRES QUE TENIAN LOS MOZCAS, Y DE LAS
PROCESIONES QUE HACIAN.
LOS sacrificios que tenian por más agradables á sus dioses, eran
los de sangre humana; y entre todos veneraban por el supremo el que
hacian de la de algun mancebo natural de un pueblo que estaba.
fundado á las vertientes de los Llanos, y que se hubiese criado
desde pequeño en cierto templo, que en él había dedicado al Sol.
Pero este género de sacrificio no éra comun sino muy particular
respecto de que los Caciques solamente y personas semejantes podian
costearle; porque á estos mancebos (que llamaban Mojas) en teniendo
hasta diez años los sacaban del dicho templo algunos mercaderes de
su nación y los llevaban de provincia en provincia para venderlos
en subidísimos precios á los hombres más poderosos, los cuales en
habiendo al Moja á las manos, lo depositaban en algun Santuario
hasta que llegase á los quince ó diez y seis años, en cuya edad lo
sacaban á sacrificar, abriéndolo vivo y sacándole el corazon y las
entrañas, miéntras le cantaban sus músicos ciertos himnos que
tenian compuestos para aquella bárbara funcion. Pero si acaso el
Moja (al tiempo que estaba encerrado) se hubiese mezclado con
alguna mujer de las que había dedicadas al servicio de dicho
Santuario, á con otra cualquiera de las de afuera, y lo referido
llegaba á noticia de los sacerdotes, el Moja quedaba incapaz de ser
sacrificado, no teniendo su sangre por acepta al Sol, como sangre
pecadora y no inocente, y lanzábanlo luego del templo como á
infame, pero al fin quedaba libre de muerte por entónces.
Para las guerras que emprendian y que constase la justificacion
de ellas, daban cuenta primero al Sumo Sacerdote Sogamoso, y
despues de oida su respuesta el Cacique ó General del ejército
sacaba su gente de armas al campo, donde la tenia veinte dias
arreo, cantando sin cesar las causas que lo movían á ellas, y
suplicando al Bochica y al Sol no permitiese que ellos fuesen
vencidos, pues tenian la razon de su parte; pero sí acaso salía el
suceso contrario á su peticion, era cosa muy de ver lo que hacian
despues; porque las reliquias del ejército desbaratado se
congregaban otros veinte dias arreo en el mismo campo á llorar su
perdicion y ruina, lamentando de dia y de noche su desgracia con
tonos y cantos muy tristes, en que decían al Sol que la malicia de
sus pecados habia sido tan grande, que ocasionó su desdicha con
haber tenido en su favor la razon y la justicia: y llevando allí
todas las armas con que habian peleado, lloraban amargamente su
pérdida, y con aquel su tono lastimoso, tomando las lanzas en sus
manos, decian: ¿cómo permitiste, Bochica, que estas invencibles
lanzas fuesen atropelladas de nuestros enemigos? y de aquella
suerte repetian lo mismo con las macanas y con todos los demas
géneros de armas que habian llevado á la guerra, mezclando con las
voces un género de baile que no causaba ménos tristeza que su
llanto.
En cuanto á matrimonios, no tenian los Mozcas ceremonia alguna
en su celebracion, sino era cuando casaban con la primera mujer,
porque entonces se hacian por manos de sacerdotes, los cuales
ponian en su presencia á los contrayentes (teniéndolos
recíprocamente el uno al otro echado el brazo sobre los hombros) y
preguntábanle á la mujer: si habia de querer más al Bochica que á
su marido? y respondiendo que si, volvíale á proguntar: si habia de
querer más á su marido que á los hijos que tuviese de él? y
respondiendo que si, proseguia el Sacerdote: sí tendría más amor á
sus hijos que á sí misma? y diciendo tambien que si, preguntábale
más: si estando muerto de hambre su marido ella no comería? y
respondiendo que no, le preguntaba finalmente: sí daba su palabra
de no ir á la cama de su marido sin que él la llamase primero? y
hecha la promesa de que no iria, volvia el Sacerdote al marido y
decíale: si quería por mujer á aquella que tenia abrazada? que lo
dijese claramente y á voces, de suerte que todos lo entendiesen; y
él entónces levantaba el grito y decia tres ó cuatro veces sí
quiero, sí quiero, con lo cual quedaba celebrado el matrimonio y
despues podia casarse sin la tal ceremonia con cuantas otras
mujeres pudiese sustentar: y es digno de saber que los delitos de
los Caciques (dejada aparte la potestad que para ello tenia su Rey)
lo podian castigar tambien sus mujeres do los mismos Caciques
delincuentes, porque decían los Mozcas que aquellos eran hombres
como ellos, y que pues los vasallos por ser los Caciques sus
señores no los podian castigar, era justo que para que las culpas
no quedasen sin pena, se la diesen sus mujeres; lo cual ellas
hacian famosamente en las ocasiones que les venian á las manos de
ser jueces de los pobres maridos. Pero no podia pasar esta pena de
azotes, aunque el delito fueso digno de muerte; y en comprobacion
de ello estando despues de conquistado el Reino) el Adelantado
Quesada retirado en el pueblo de Suesca, sucedió ir á visitar al
Cacique un dia por la mañana, y hallóle que le estaban atando sus
mujeres, que eran nueve, y que habiéndole atado le fueron dando una
gran suma de azotes, sin que bastasen los ruegos del Adelantado
para que se templase la pena de la ley, ni dejase cada. cual por su
órden de tomar el azote que la otra dejaba, para despicar su enojo,
y oida causa, fué que la noche Antes llegaron á hospedarse á la
casa algunos españoles que iban do Vélez á Santafé, y brindando en
la cena al dicho Cacique con vino de Castilla, fué tal que se
embriagó con muy poco; pero con tales demostraciones, que
reconocidas de sus mujeres, lo llevaron por fuerza á la cama donde
durmiese el vino, hasta que por la mañana sintiese el castigo de su
embriaguez.
Otra de las ceremonias más ostentosas que hacian los Mozcas eran
las procesiones, á que asistían sus Reyes á Caciques,
respectivamente, en ciertos tiempos del año, especialmente en el de
las siembras ó cosechas, y formábanse éstas en ciertas carreras
anchas (de que tratarémos despues) de á más y ménos de media legua
de longitud. Las personas que salian en ellas (sin que entre en
cuenta la innumerable multitud de gente que ocurria á verlas)
serían de diez á doce mil, que la noche ántes se lavaban los
cuerpos para ir el dia siguiente más decentemente adornadas, debajo
de aquella falsa especie de Religion. Dividianse en cuadrillas y
parcialidades con diferentes trajes y disfraces, arreados do
patenas de oro y otras diferentes joyas de que abundaban, aunque
todas convenian en llevar pintados los cuerpos de vija y jagua.
Unos iban representando osos, otros en figura de leones y otros de
tigres (esto es, cubiertos con sus pieles, de suerte que lo
pareciesen) y á este modo con otras muchas representaciones de
animales diversos. Iban los Sacerdotes con Coronas de oro en forma
de mitras, á quienes seguia una prolongada cuadrilla de hombres
pintados, sin disfraz ni joya alguna sobre si, y éstos llorando y
pidiendo al Bochica y al Sol mantuviesen el estado de su Rey á
Cacique, y le otorgasen la súplica y ruego á que había dispuesto
aquella procesion, para lo cual llevaban puestas máscaras con
lágrimas retratadas tan al vivo que eran de ver. Y era lo más
gracioso de todo, que luego inmediatamente entraba otra caterva
dando los unos grandes risadas y saltando de alegría, y diciendo
los otros que ya el Sol les habia concedido lo que los delanteros
le iban pidiendo con lágrimas; de suerte que de las risadas, lloros
y gritos se componía una barahunda tal cual se deja entender, y más
viendo que en pos de aquella alegría descompasada iban otros con
máscaras de oro disfrazados y con las mantas arrastrando por el
suelo en forma de canda, que al parecer debian de hacerlo con fin
de barrer la carrera para que otros danzasen; pues les iba casi
pisando las mantas otra gran muchédumbre de ellos ricamente
adornados, bailando y cantando al compas triste y flemático de sus
maracas y flautas, y tras ellos otros y luego otros, y tantos con
diferentes invenciones, que no es fácil reducir á la pluma la
diferencia de sus cuadrillas y galas, más propias de pandorgas
dispuestas para la ociosidad que de procesiones dedicadas á la
Religion.
El último lugar llevaba el Rey á Cacique con el más costoso
adorno y majestad que le era posible, y aunque era crecidísimo el
número de gentes que le seguian y la diferencia de los trajes en
que iban, denotaba ser parcialidades distintas y compartes de las
primeras que formaban la procesion; no lo eran sino criados y
ministros de la Casa Real, que se diferenciaban según la calidad de
las gerarquías en que servian; y lo que no parecerá creíble de
estas procesiones (siendo verdad cierta) era la gran cantidad de
oro que iba en ellas en tan distintas joyas, como eran máscaras,
mitras, patenas, médias lunas, brazaletes, ajorcas y figuras de
varias sabandijas, por cuya razon no expreso el valor de ellas
según lo que he oído afirmar á muchos; baste saberse que ya los han
desposeído de todo, y que por muy de mañana que se diese principio
á esta fiesta no se hacia poco en volver á la noche con la
procesion á Palacio, donde lo que se gastaba de su vino á chicha,
aun con la pretension de ajustarlo por poco más ó ménos, le parece
al mismo Quesada (que lo vió y refiero) ser muy dificultoso sin
aventurar el crédito. Estas procesiones se continuaron por muchos
años despues de conquistado el Reino, y ninguna ceremonia se
desarraigó de sus naturales con tanta dificultad coma ella, pues me
consta que por los años de mil quinientos y sesenta ó sesenta y uno
ocurrió el Cacique de Ubaque á la Real Audiencia de Santafé á sacar
permiso para, hacer una en su pueblo, representando que pues á los
españoles les eran permitidas fiestas de toros y cañas, máscaras y
carnestolendas (que fuera más bien parecido no hubiesen visto entre
los cristianos semejantes costumbres de la gentilidad), no seria
razón que á ellos les prohibiesen sus pasatiempos y placeres que
habían usado para desahogaras de cuidados y aliviar la plebe del
trabajo en que se ocupaba, sin darlo tiempo á que en la ociosidad
maquinase, como en los cantos y bailes no hubiese cosa que oliese á
la idolatría pasada; lo cual podria reconocerse por los intérpretes
de su idioma y otras personas que de órden de dicha. Real Audiencia
les asistiesen, lo cual por entónces no pareció debérsele denegar,
con tal de que para más seguridad de lo que ofrecía el Ubaque se
hallase presente uno de los Oidores, que lo fué el Licenciado
Melchor Pérez de Arteaga, que así él como los demas que lo
acompañaban volvieron admirados de las grandezas y curiosidades que
vieron, especialmente de la gran suma de oro repartida en joyas y
mitras (que verdaderamente las figuraban), echando millaradas de
valor á cada cual género de ellas y llevando por escrito todas las
circunstancias y número de gente que hubo en la fiesta, que se leia
por la ciudad de Santafé con tal admiracion de los oyentes, que
juzgaban lo contenido en el papel por digno de toda la que hacian y
lo trasladaban para dar noticia de semejante maravilla á la
posteridad; siendo así que la tal procesion fué tan moderada cuanto
puede pensarse del corto estado de aquel Cacique despojado y
sujeto; pero podráse inferir de ella lo que serian de ver y
ponderar estas procesiones en tiempo de la prosperidad de los
indios, y más cuando intervenian en ellas los Reyes de Bogotá ó
Caciques de Tunja y Sogamoso.