INDICE





PROLOGO

NOTICIA BIOGRÁFICA DEL DR. FERNÁNDEZ PIEDRAHITA

DEDICATORIA Y APROBACIONES DE LA OBRA

LIBRO I

Capítulo I
Del sitio y calidades del Nuevo Reino de Granada

Capítulo II
En que se da noticia de sus provincias y primeros habitadores.

Capítulo III
De las costumbres, ritos y ceremonias que usaban los indios mozcas en su gentilidad.

Capítulo IV
De otras ceremonias y costumbres que tenian los mozcas, y de las procesiones que hacían.

Capítulo V
Del sitio y corte de Bogotá: majestad de sus reyes condiciones y forma de sucederse.

LIBRO II

Capítulo I
Saguanmáchica conquista los fusagasugaes, rompe la guerra con el Guatavita, que se ampara del Rey de Tunja...

Capítulo II
Hereda el zipa Nemequené, y castigada la rebelián de Fusagasugá, sujeta los caciques de Cipaquirá y Nemza.

Capítulo III
Asalta el Zipa la corte del Guatavita, revuelve contra el Ubaque y sujétalo.

Capítulo IV
Sujeta el Zipa la provincia de Ebaté, nombra en ella al hermano por su lugarteniente, á quien mata el Ubaque.

Capítulo V
Da leyes el Zipa en su reino y previénese de todo para la guerra de Tunja.

Capítulo VI
Refiérense los sitios y estado de las provincias de Tunja y Sogamoso, y hacen liga sus príncipes contra Neméquene.

Capítulo VII
En que se prosigue la materia del antecedente

Capítulo VIII
Danse vista los ejércitos del Zipa y el Tunja, y platican antes de la batalla.

Capítulo IX
Dáse la batalla, y casi vencida por Neméquene, muere en ella, herédalo Thysquesuzha, y prosigue la guerra.

LIBRO III

Capítulo I
Fúndase la ciudad de Santa Marta por Rodrigo Bastídas, á quien mata su teniente general en un motín.

Capítulo II
Los capitanes de Lerma acometen á Posigueica y vuelven derrotados.

Capítulo III
Gobierna el doctor Infante á Santa Marta por muerte de García de Lerma, y el adelantado don Pedro de Heredia da principio á las conquistas de Cartagena.

Capítulo IV
El adelantado Heredia prosigue la conquista de Cartagena

Capítulo V
Dáse el gobierno de Santa Marta á d. Pedro Fernández de Lugo. Prosigue la guerra con los indios de la sierra sin fruto…

LIBRO IV

Capítulo I
Benalcázar descubre a Popayán, y fundadas las villas de Cali y Timaná, prosigue en su descubrimiento

Capítulo II
El licenciado Badillo residencia á D. Pedro de Heredia en Cartagena:

Capítulo III
Vuelve el General Quesada por su Ejército á la Tora, Condúcelo hasta los umbrales del Nuevo Reino

Capítulo IV
Marcha Quesada por la provincia de Vélez, pasa á Guachetá y de allí á Suesca en demanda de Bogotá, con asombro general de los indios.

Capítulo V
Entra Quesada en el valle de los Alcázares, rompe el ejército de los Uzaques, pasa a Bogotá

LIBRO V

Capítulo I
Entra el capitán Céspedes en la provincia de los Panches por Tibacuy: plática  con el capitán del presidio de los Guechas…

Capítulo II
Sale Quesada de Bogotá para Somondoco en demanda de las minas de esmeraldas que descubre

Capítulo III
El Capitán San Martín tiene noticia de Tundama: descubre á Sogamoso y vuelve en busca del general Quesada...

Capítulo IV
Asalta Quesada el palacio del Rey de Tunja, á quien prende, y después de un breve combate saquea su corte con presa de los tesoros que no pudo ocultar.

Capítulo V
Marcha Quesada á Sogamoso, saquea la ciudad y quémase su templo. —vuelve á Tunja, y desamparándola por ir á la conquista de Neiva,

Capítulo VI
Repártese la presa entre los españoles: Asaltan después el cercado de un bosque donde matan a Tysquesusha sin conocerlo.

Capítulo VII
Acometen los Panches las fronteras de Bogotá, y entran Quesada y el Zipa al castigo con mal suceso en el primer encuentro

LIBRO VI

Capítulo I
Prende Quesada á Sacrezazipa por los tesoros del Zipa muerto, y promételos con engaño hasta lograr la muerte de sus émulos...

Capítulo II
Reparte Quesada otra presa de oro y esmeraldas: da principio á la fundación de Santafé...

Capítulo III
Dánle noticia á Quesada de las entradas de Benalcázar y de Fedremán en el reino...

Capítulo IV
Persuade á Quesada Benalcazar á que funde ciudades, y refiérese el estado y crecimiento á que ha llegado la ciudad de Santafé.

Capítulo V
El general Quesada baja á Cartagena con Benalcázar y Fedreman, dejando por teniente general del reino á Hernán Pérez, su hermano...

Capítulo VI
Gerónimo Lebrón forma ejército y armada; sale de santa marta para el reino...

Capítulo VII
Alonso Martín prende en el rio á Alonso jeque, y obligado de una armada enemiga, vence la batalla naval de Cesare...

LIBRO VII

Capítulo I
Tratase de la entrada que hizo Martín Galeano en el territorio de Coicomé y Agata, y de la que después hizo Juan Alonso de la Torre

Capítulo II
Sale Galeano á la conquista de Guane: mueve la guerra en Chalalá, y síguela con Mataregua hasta vencerlo en batalla...

Capítulo III
Agraviado Thisquizoque de la tiranía de Juan Gascon,  hace liga con el Saboya, toma las armas y le quita la vida...

Capítulo IV
Los tres generales pretenden la gobernación del Nuevo Reino y ninguno la consigue...

Capítulo V
Forma ejército Tundama y fortifícase contra Baltasar Maldonado...

Capítulo VI
Montalvo de Lugo entra en el Reino por los llanos, y el capitán Lanchero á la conquista de Muzo...

Capítulo VII
Esguazado el Cauca, prosigue Jorge Robledo sus descubrimientos hasta fundar la ciudad de Cartago.

LIBRO VIII

Capítulo I
Con la noticia de que se previene armada en Francia para las Indias, mandan al adelantado Lugo que vaya á su gobierno...

Capítulo II
Los Yalcones y Paeces toman las armas y matan á los capitanes Añasco y Osorio y despues a Juan de Ampudia...

Capítulo III
Rebelánse los Sutas y Simijacas, fortifícanse en unos peñoles, va contra ellos el Capitán Juan de Céspedes...

Capítulo IV
Rompen los Panches por las fronteras de los Mozcas...

Capítulo V
Prosigue su jornada Gerónimo Lebrón, con varios sucesos, hasta el valle de Opon...

Capítulo VI
Quesada y Lebrón compiten sobre el gobierno con riesgo de romper en batalla...

LIBRO IX

Capítulo I
Con la sospecha de que se rebela la provincia de Tunja...

Capítulo II
Vuelve á sus descubrimientos el capitán Jorge Robledo y con varias fortunas llega hasta la provincia de Hebéjico...

Capítulo III
Vuelto el Capitán Maldonado de la jornada de los palenques, sale Hernán Pérez de Quesada al descubrimiento del dorado con mal suceso...

Capítulo IV
El Ocabita y Lupachoque se fortifican en dos peñoles: ríndese Lupachoque por armas al Capitán Pineda y el Ocabita...

Capítulo V
El adelantado Lugo se previene para subir á Santafé : fúndase por su órden el Barbudo…

Capítulo VI
Pasa Robledo preso á estos reinos: Heredia y Benalcázar se apoderan alternadamente de Antioquia después que se fundó la ciudad de Arma...

LIBRO X

Capítulo I
La armada francesa de Roberto Baal sorprende á Santa Marta y Cartagena; y el adelantado Lugo prende al capitán Rondón...

Capítulo II
Felipe de Utre sale de coro á nuevos descubrimientos penetra los llanos hasta la punta de los Pardaos...

Capítulo III
Prende Lugo á los oficiales del Rey y á los quesadas: justicia al encomendero de Sáchica...

Capítulo IV
Destierra Lugo á los quesadas. —el Capitán Venégas descubre las primeras minas de oro, y funda la ciudad de Tocaima...

Capítulo V
Descubre Felipe de Utre los Omeguas, y véncelos en una batalla...

Capítulo VI
Lugo sale del reino para Castilla, y Armendariz entra en Cartagena...

Capítulo VII
Armendariz nombra por su teniente á pedro de Ursua en el reino y á Robledo en Antioquia...

LIBRO XI

Capítulo I
Concurren los visitadores Gasca y Armendariz en Santa Marta...

Capítulo II
Procede Armendariz contra el capitán Lanchero y otros conquistadores...

Capítulo III
Hacen mariscal del reino á Gonzalo Jiménez de Quesada...

Capítulo IV
Échanse los indios á las minas: tratase en el consejo de fundar audiencia en Santafé...

Capítulo V
Prosigue Armendariz en su gobierno: pónese real chancillería en Santafé...

Capítulo VI
Fúndanse las religiones de Santo Domingo y San Francisco en el Nuevo Reino...

Capítulo VII
Entra el mariscal Quesada en Santafé: descúbrese el páramo Rico de Pamplona...

Capítulo VIII
Entra Ursua en Muzo y puebla á Tudela: vuelve á Santafé y baja por justicia mayor de Santa Marta...

Capítulo IX
Rompe Ursua el ejército de los taironas en la batalla de los pasos de Rodrigo...

LIBRO XII

Capítulo I
Entra en Santafé el licenciado Juan de Montaño con la visita de la audiencia y residencia de Armendariz...

Capítulo II
Rebélase el Valle de las Lanzas, va Hernando de Salinas al castigo, funda la ciudad de Victoria...

Capítulo III
Prosigue Montaño en su visita; ajusticia á Pedro de Salcedo y á otros...

Capítulo IV
Armendariz baja preso á Cartagena para que allí le residencie Montaño.—el Capitán Avellaneda funda la ciudad de S. Juan de los Llanos...

Capítulo V
El capitan Diego García de Paredes funda la ciudad de Trujillo...

Capítulo VI
Vuelve el mariscal á Santafé con la provisión de nuevos oidores.—el licenciado Tomas López entra en la audiencia...

Capítulo VII
El Capitán Cristóbal Rodríguez Juarez funda la ciudad de Mérida.—Diego García de Paredes reedifica la de Trujillo...

Capítulo VIII
Previénese el Nuevo Reino para resistir al tirano Lope de Aguirre.—compéndiase lo que obró en la jornada del Marañon...

Capítulo IX
Fúndase la ciudad de S. Vigente de Paez.-múdase la de Trujillo. Muere García de Parédes y tratase de todo lo acaecido en las provincias del Nuevo Reino...
CAPITULO VI
 


PASA ROBLEDO PRESO Á ESTOS REINOS: HEREDIA Y BENALCÁZAR SE APODERAN ALTERNADAMENTE DE ANTIOQUIA DESPUES QUE SE FUNDÓ LA CIUDAD DE ARMA, Y LUGO PROSIGUE SU JORNADA HASTA LA CIUDAD DE VÉLEZ.

POBLADAS las villas de Anserma, Cartago y Antioquia por el Capitan Jorge Robledo, y pareciéndole que los méritos adquiridos en sus descubrimientos y conquistas bastaban para la pretension de alguna merced real, con que pudiese continuar sus servicios sin el resentimiento de hallarse sujeto á cabo superior, á que lo encendia honrosamente la envidia de los premios conseguidos por Benalcázar y otros que no tenia por más beneméritos que á sí, dijo á su gente: Que resolvia volver á Cartago, para lo cual convendría le diesen treinta hombres que lo escoltasen; de cuya artificiosa propuesta se valió para lograr los ocultos de designios con que se gobernó siempre, pues habiéndobe respondido que seria de ménos inconveniente pasar con doce hombres á Cartagena y de allí á Cartago, que llevarles los treinta que pedia, cuando necesitaban de muchos más para el resguardo de tantos enemigos como habia en la provincia, aceptó la oferta y salió para Cartagena á ocho de Enero de este año de cuarenta y dos, y atravesados los valles de Nori y Guaca, arribó en dos dias á la sierra de Abide, de donde salió con gran trabajo, por estar ya cerrados los caminos que el Licenciado Badillo y Luis Bernal abrieron. Pero caminando siempre á poniente llegó á un rio de los muchos que entran en el grande del Darien, seguir la relacion de un negro que iba en la tropa y decía conocerlo; y aunque la falta de vitualla obligó á los que lo escoltaban á proponerle matase los caballos para comer y se arrojasen en balsas por el rio en demanda del mar del norte, Robledo no vino en ello, pareciéndole cosa muy arriesgada ponerse en lance de ser sentido de los indios de sus riberas, y más cuando de puro desmontar tenian tan botos los filos de las espadas y trinchetes de que podian valerse, como aguzados los de la hambre, con quien valerse no podian, y así prosiguió en su rumbo, contentándose con matar un caballo para el sustento de los indios de servicio que por falta de maíz perecian, hasta que dieron en un pedazo de tierra que les pareció roza, donde con poca diligencia descubrieron sembrados tres granos de ají ó pimiento, de que recibieron grande alegría, por parecerles que estaban ya cercanos á alguna poblacion.

A pocos pasos que dieron salió cierta la sospecha, pues precediendo algunos gritos de papagayos y aplicando la vista á la parte en que los daban, descubrieron una roza en sazon de hasta cien fanegas de maíz, que fué para ellos el único remedio de la vida, por ir ya tan desfallecidos, y con las bocas tan llagadas de la actividad de las yerbas no conocidas que comían, que á no tener este encuentro tuvieran el de la muerte. A esta dicha se llegó la de encontrarse ocho dias despues con un indio que estaba pescando, y á las preguntas que le hacian respondia solamente: San Sebastian, San Sebastian, palabra en que los nuestros entendieron lo mismo que él pretendia explicar, pues juntamente señalaba con la mano á la ciudad, que distaba de allí quince leguas y habia fundado en la culata de Urabá el Adelantado Heredia, como dijimos. A las voces acudieron luego otros indios con sus arcos y flechas, y conociendo á Juan de Frades, que habia militado en aquellos paises, se lanzaron á abrazarlo llamándolo por su nombre y proveyendo á todos de aves, maíz y frutas, los encaminaron á San Sebastian de Buenavista, á donde llegando destrozados hallaron en el gobierno de la ciudad al Capitan Alonso de Heredia, quien la maravilla de que tan pocos españoles hubiesen atravesado con tanto valor por aquellas tierras ásperas y pobladas de indios guerreros no basto para que el buen tratamiento que debia hacerles de compasion no lo trocase por el rigor de prenderlos y desbalijarlos de cuanto oro llevaban, por codicia infame; á que acudiendo luego el Adelantado su hermano, fulminó causa contra Robledo, con el pretexto de que estando la villa de Antioquia dentro de la jurisdiccion de Cartagena, se la habia usurpado poblándola; y preso con los autos lo remitió á estos Reinos con justo pesar de Robledo, pues aunque el viaje era conforme á su pretension, no quisiera hacerlo con nombre de reo.

En viéndose preso y reconocida la intencion de D. Pedro de Heredia, que era de entrarse á ocupar todo cuanto en las provincias de Hebéjico y Arbi habia descubierto y pacificado, cosa que no podia estar bien á los propios intereses que lo traian á Castilla, ordenó á Pedro de Ciesa de Leon, que era uno de los doce que lo habian escoltado, fuese luego á dar cuenta á la Audiencia de Panamá de los intentos de Heredia, con el color de que se excusase el rompimiento á que podia llegar por ello con el Adelantado Sebastian de Benalcázar: el cual, por este tiempo, sentia tan mal del Capitan Jorge Robledo, por haber desamparado sin su órden la conquista de aquellas provincias y la nueva poblacion de Antioquia, aunque fuese con la intención de volver á Cartago, que lo declaró por desertor de su oficio y de todo lo demas que tenia á su cargo; en cuyo tiempo llegó Pedro de Ciesa á Panamá, y cumplida su comision, pasó á Popayan, donde halló con el sentimiento referido á Benalcázar, que aumentó con la sospecha de los designios que lo podian traer á Castilla, de que resultó hacer nuevos procesos y cúmulo de declaraciones contra él, pareciéndolo bastarian á inhabilitarlo de cualquiera merced que le pudiesen hacer en perjuicio suyo.

Don Pedro de Heredia, por otra parte, resuelto á emprender lo mismo que tenia sospecha Robledo despues que lo remitió á estos Reinos, salió de San Sebastian á los diez y seis de Marzo, y atravesando con buen golpe de gente y caballos los mismos paises que de presente tiene por imposibles de conquistar el dejamiento de los indianos, y llegado á la villa de Antioquia, fué requerido por Antonio Pimentel (que á la sazon era Alcalde) á que pues en aquella villa vivian con la quietud en que la habian fundado y era su Gobernador el Adelantado Benalcázar, no tratase de inquietarlos sino de volverse á su gobierno: pero la respuesta fué prender al Alcalde y Regidores y declararse Goberna1or de la provincia, alegando que ademas de ser lo que obraba tan conveniente al servicio del Rey, le pertenecia la dicha provincia, como comprendida en los títulos y términos de su gobernacion á que no asintiendo Alvaro de Mendoza ni otros vecinos de la villa, se salieron de ella, y á pocas jornadas se encontraron con el Capitan Juan de Cabrera, Lugarteniente de Benalcázar que de órden suya iba á aprehender á Jorge Robledo por los motivos que habia sacado de la relacion de Pedro de Ciesa, como se ha dicho. Noticioso pues de todo el Cabrera, se dió cuanta priesa pudo y llegó á Antioquia á tiempo que el Adelantado Heredia habia despachado parte de su gente á la pacificacion de un lugar vecino que andaba alterado; por cuya causa, aunque resuelto á resistir á Cabrera, hizo cuanto pudo á fuer de soldado el otro se hubo tan valerosamente, que entró por fuerza de armas la villa, y prendió al Adelantado de cuyo encuentro salieron algunos heridos y porque al Cabrera le pareció no estar bien fundada entre la aspereza de tantas breñas, la mudó al valle de Nori, donde permanece dos leguas distante del Cauca á las márgenes del rio Tonusco, abundante de los mejores pataloes que se crian en las Indias, y á cuyas aguas atribuyen la calidades del lete cuantos las reconocen por iman de forasteros.

Yace esta ciudad al Nordeste de Popayan, poco más de cien leguas distante en la provincia de Hebéjico, tan famosa por la riqueza de su cerro de Buriticá, como por otros muchos minerales que tiene de oro, jacintos, granates y cristal de roca con tal abundancia de todo, que así por los que concurren á comerciar en ella estos géneros como por la fertilidad que tiene para socorrerla de víveres el valle de Aburra, en que tantos han mejorado de vida con las chagualas que hallaron en sepulcros y guacas, ha llegado á ser lugar de quinientos vecinos, los más de ellos de grueso caudal, y entre quienes apénas se hallará alguno que no se sirva con vajilla de plata. Bien crecido número para, ciudad que estando tan retirada de las primeras de Indias y en region tan cálida, no goza de las conveniencias de puerto. Fortalecióla próvidamente la naturaleza de tunos y espinos que la amurallan contra las invasiones de indios guerreros, pues en ellos ha librado la defensa de muchos años contra sus cuerpos desnudos. Goza de tal sanidad su temperamento, aunque calidísimo, que no admito serenos, como se experimenta dejando en las calles ó patios algun pliego de papel para reconocer la certidumbre con que se dice que lo hallan tan seco á la mañana como lo pusieron la noche antecedente. Diósele título de ciudad en primero de Abril del año de mil quinientos y cuarenta y cuatro. Es cabeza de gobierno y compréndense en él las ciudades de Zaragoza, Cáceres, el Guamocó, Arma y Caramanta, con la villa de Aburra. Su moneda usual para el comercio es de oro en polvo. En lo espiritual está sujeta su iglesia parroquial á la Catedral de Popayán. No tiene religion alguna fundada; y á pocas leguas en una poblacion de indios se venera la milagrosa imágen de Nuestra Señora de Sopetran, cuyo prodigio repetido de rebosar la manteca de su lámpara, es anuncio seguro de maravillas mayores, y debióse este tesoro á la fervorosa devocion del Oidor D. Francisco de Herrera Campuzano, natural de la villa de Hita, y al trasporte que de él hizo, desde Santafé el Capitan Agustin Antolínez de Búrgos, natural de Valladolid.

De sus primeros conquistadores se conservan algunas reliquias, aunque las ménos veneradas, como sucede en todas las demas partes de Indias, con quienes mezcladas algunas casas forasteras han producido muchas nobles familias, que cada dia se van ilustrando más; pues si para ello bastan las armas, sus naturales son los que mejor cuenta han dado de sí en las guerras del Chocó. Si se requieren letras, podrán testificar las escuelas del Nuevo Reino y Quito, que los criollos de Antioquia, Cáceres y Zaragoza acreditan siempre haber sido criados en minerales de oro; y si este metal es el que realza prendas tan relevantes, á muy pocos ha desamparado la fortuna en esta parte. Hecha, pues, la nueva fundacion de Antioquia por Juan de Cabrera, y dejando en ella por Gobernador á Isidro de Tapia, natural de Madrid, dió vuelta á Cali, y con la noticia de que el Adelantado Benalcázar habia pasado á Cartago, fué en su demanda á darle cuenta de la prision de D. Pedro de Heredia,  quien sin verlo remitió con guardas por el mar del Sur á la Audiencia de Panamá, para que le castigase el exceso de haber usurpado ajena jurisdiccion, miéntras él, ocupado en allanar la provincia de Arma, no lograba medio de cuantos probó su industria para pacificarla: tan obstinada fué siempre como esto la ferocidad de aquellos bárbaros. Pero viendo que no podia ya de otra manera sojuzgarlos, resolvió fundar allí una ciudad que llamó Santiago de Arma, distante diez y seis leguas de Anserma y cincuenta de Popayan al Nordeste: poblóla el Capitan Miguel Muñoz, y aunque abundante de minas de oro, ya sea por el mal terreno, ya por falta de naturales, procedida de haberlos tenido tan crueles que se comian padres á hijos, y hermanos á hermanos, ha llegado de presente á tal diminucion, que apénas entre algunos vecinos conserva el nombre que la ha hecho famosa, con haber sido sus términos teatro de la lastimosa tragedia del Mariscal Jorge Robledo.

El Adelantado Heredia, en el interin, habia negociado bien en Panamá, y vuelto á Cartagena con resolucion de tomar venganza del desaire padecido en su prision (y llamaba desaire no haber permitido Benalcázar que á él se lo hiciese otro mayor) trató luego, de ir otra vez sobre Antioquia con cien infantes, sin perder tiempo en otras prevenciones que pudiese suplir el valor; y fuese ya por no haberle podido resistir Isidro de Tapia, que se hallaba con ménos gente, ó porque siendo ámbos naturales de Madrid y amigos antiguo, se conformaron en perjuicio de Benalcázar, como discurrieron algunos, el Heredia se apoderó segunda vez de Antioquia, y repartida la tierra entre sus parciales, salió en demanda de la junta del Cauca y rio grande, y pasada la puente de Bremico, dió en unas serranías ásperas en que despues se fundó la ciudad de San Juan de Rodas, y de donde se volvió por la falta que tenia de caballos para pasar adelante. En este tiempo el Adelantado Benalcázar habia enviado por Gobernador de Antioquia al Bachiller Madroñero, hombre de maña y esfuerzo para todo, y que hallándola con alguna falta de los parciales de Heredia, lanzó de ella los que tenia dentro, y repartió la tierra entre los suyos, gobernando hasta tanto que necesitó de volver á Cali á dar satisfaccion á Benalcázar de algunas quejas que contra él le habian escrito; con cuya ausencia se dió tiempo para que vuelto Heredia de su descubrimiento recobrase la ciudad de sus contrarios, de quienes prendió algunos y repartió cuarta vez la tierra; de suerte que primero la repartió Robledo, luego Heredia, despues Madroñero y esta última que referimos otra vez Heredia: y dejando por su Lugarteniente al Licenciado Gallégos, que desde la retirada del rio grande se ocupaba en la conquista, de las provincias de arriba, resolvió parecer personalmente á la defensa de un Juez de residencia, que contra él habia llegado á Cartagena. Madroñero entónces, noticioso de la partida del Adelantado Heredia, revolvió con poca gente sobre la ciudad, y apoderándose de ella entre los embarazos que pudo ocasionar á sus contrarios con el sobresalto intempestivo de la invasión, aprisionó al Licenciado Gallégos y con otros lo remitió á la cárcel de Cali, de donde lo sacaron los aprietos en que se hallaba el Virey Blasco Núñez Vela, para que despues de las varias fortunas que tuvo en la guerra por todo el curso de su vida, experimentase la mejor muriendo gloriosamente en la batalla de Añaquito, de que me ha parecido dar cuenta anticipada, por concluir con la infeliz jornada del Adelantado D. Alonso Luis de Lugo.

Retírase tan presto el semblante de las humanas felicidades, que apénas (como dijimos al capitulo antecedente) se alegraron los soldados de Lugo viéndose unidos, cuando reconocieron su mayor peligro hallándose juntos; por una parte consideraban en la falta de vitualla su riesgo, y por otra en el rigor de las enfermedades ésta ruina: ni para evitar ésta discurría medio útil la consulta de algunos, ni para detener aquélla encontraba socorro la diligencia de todos. Pero como entre los inconvenientes donde se embaraza el más atento desvelo, es prudente consejo abrazar el primero que facilitare la necesidad, y ésta le proponia al Adelantado, para el reparo de su gente, el socorro de las vacas que llevaba en el campo, con esperanza de que el beneficio del tiempo abriria algun camino á mejorar fortuna, comenzó á repartir de algunas que hizo matar, raciones tan limitadas, que solamente sirviesen de entretener la vida de aquellos que por horas esperaban la muerte: mas éste, que pareció remedio eficaz para el aprieto, resultó mayor daño para los suyos; porque, acostumbrados á la debilidad de mantenimientos de yerbas y raíces que producian los montes, solamente sirvió el socorro de la carne de que se introdujese en su ejército otro nuevo achaque de que perecían muchos y peligraban todos: infeliz estado aquel en que el alimento ejecuta la misma pena á que condenaba el hambre! Viéndose, pues, D. Alonso éste que pareció último desengaño para desconfiar de la empresa, trataba ya en público de volverse á Santa Marta, como quien pretendia reservar las reliquias de su ejército en las resoluciones de su arrepentimiento; pero llegando esta determinacion á la noticia de un negro llamado Gaspar, que iba en el campo, se presentó intrépido en la presencia del Adelantado, y le aseguró que en el término de quince dias daria noticia en el Reino del estado en que se hallaba, para que lo socorriesen, si á él se le aseguraba la libertad que apetecia; pues aunque el riesgo era grande, confiaba salir de él, como quien otra vez habia trajinado aquellos caminos con el dueño á quien servia, cuando Lebron subió al Reino.

No pudo la promesa ser más conforme al deseo del Adelantado, pues aunque asegurada por tan humilde sujeto, confiaba se movería con él toda la máquina de sus designios siendo para su pretension el más á propósito; y así, habiéndole prometido la libertad que pedia, cumpliendo primero lo que tenia ofrecido, y si no lo cumplia amenazándolo con pena de quitarle las narices y las orejas (palabras de que se valen de ordinario los españoles para que obedezcan prontamente los de esta nacion), le dijo por último que se partiese luego: y como acaso se hallasen presentes á lo referido Antonio de Berrio, natural de Granados, y otros ocho mancebos animosos que lo imitaban en la poca edad y mucho valor,  Berrio entónces, terciando por el negro ó por habérsele encendido el ánimo con la emulacion, ó porque debió de ser echado de ellos para tener ocasion de lograr su intento, le dijo al Adelantado: Que pues el negro no temía los peligros que se podian encontrar en la empresa, no lo amedrentase su Señoría representándoselos mayores; y para que todos se asegurasen de que el negro cumpliria su palabra, él y los ocho infantes que estaban en su compañía se ofrecian á escoltarlo hasta el Reino, con firme esperanza de que por aquel medio habia de socorrerse el ejército, de suerte que llegase entero. No pudo excusar agradecimientos debidos el Adelantado á tan noble oferta, cuando aun solamente con la hecha por el negro Gaspar se prometia dichoso término á tantos trabajos; y así, remitiendo á mejor fortuna el premio de aquel servicio, hizo que de su despensa diesen á cada cual de los nueve un cuarteron de queso, y á tres ó cuatro cabezas de ajos, que fué todo el socorro que pudo caber en los términos del aprieto en que se hallaban.

De esta suerte proveidos (porque en las Indias no hay más ayudas de costa para servir con fidelidad en las guerras), dieron principio al empeño, entregándose voluntariamente á los accidentes peligrosos de aquella jornada, siguiendo las pisadas del negro que diestramente lo guiaba por aquellos montes ásperos y sombrios de las sierras de Opon, que tan veces fueron lastimoso sepulcro de españoles, miéntras no se halló camino que con riesgos menores se frecuentase para entrar en el Nuevo Reino. Pero como esta entrada de los nueve españoles no pudiese ocultarse á los bárbaros que habitan aquellos contornos, se supo despues que los del valle del Alférez dieron noticia á los que ya estaban sujetos á Vélez, y éstos á su Encomenderos, de cómo iban por la montaña otros muchos españoles; que no teniéndola por cierta y con deseo de saber la verdad, despacharon por la derretía que señalaban los indios pacíficos diez hombres, de los cuales fueron los cuatro Diego Gómez, Gabriel Fernández, Pedro Gutiérrez y Martin Fernández de las Islas, que, con riesgos y trabajos tales, que de cada cual pudieran referirse hazañas heróicas en vencerlos, partidos de Vélez siguieron su derrota con órden de que se certificasen de todo y volviesen con la nueva de  las noticias que hallasen de la entrada de los españoles, para que de Vélez saliese más gente al encuentro con socorro de víveres, como quienes sabian la penuria que se padecia de ellos por aquellos montes.

Bien la experimentó Berrio y sus compañeros, aunque su paciencia y valor habian sufrido las hostilidades del hambre, de suerte que á su pesar habian ya contrastado con la aspereza de la montaña, al tiempo que los que iban de Vélez con muchos indios Yaconas se hallaban cercanos á ella. Mas, no habian los de Berrio descubierto bien la tierra limpia, cuando vieron á los otros bajando por una colina raza; y como seguian el mimo rumbo que ellos llevaban y no pudieron hacer distincion de las personas, juzgando que serian algunos indias de los que contrataban con las naciones de Vélez, se emboscaron entre las matas que ciñen las entradas del bosque, con pretension de asaltarlos de repente y aprovecharse de la vitualla que llevasen; mas, como fuesen llegando los de Vélez al sitio en que Berrio los esperaba, reconocieron los suyos por el traje y el idioma era que iban platicando ser todos españoles; y así, arrebatados de aquel gozo con que de repente suele una favorable fortuna asaltar los descuidos de una continuada desgracia, salieron de tropel de la emboscada, y saludando cortesmente á los de Vélez que, recobrados del susto, correspondieron con demostraciones iguales al gozo de haber encontrado tan brevemente á los mismos de quienes llevaban noticia, supieron el estado miserable de los demas, y cómo D. Alonso Luis de Lugo iba con el gobierno de Santa Marta y Nuevo Reino; y por qué Martin de las Islas y otros cuatro que lo conocían desde que estuvo en Santa Marta con el Adelantado su padre, determinaron pasar adelante hasta encontrarlo, y que los seis compañeros diesen vuelta á Vélez, con Berrio y los suyos, para avisar de todo al Capitan Rondon, que gobernaba entónces el Reino por ausencia de Hernan Pérez; y como éste recibiese carta en la ciudad de Tunja en que el Cabildo de Vélez le hacia relacion de cuanto había sabido, llamó luego á Garci Arias Maldonado, al Capitan Pineda, á Fernan Venégas, Pedro de Colmenáres y á otros caballeros de su séquito, con los cuales, lo más bien proveido que le fué posible, salió de Tunja en demanda del nuevo Gobernador, llevando por delante grande número de indios con abundancia de víveres, dispuestos en la ciudad de Vélez, y para que fabricasen casas y ramadas en todas las partes que alojase el ejército desde que saliese á la tierra limpia; socorro que le pareció forzoso, segun el aprieto que concibió padeceria entónces, pues eran pasados ya treinta dias desde que Antonio de Berrio se apartó de él.

En el tiempo que se practicaban estas prevenciones se hallaba el Adelantado tan ajeno de semejante dicha, que era lo que ménos presumia su desconfianza, y aun se persuadia á que el suceso de Berrio habria sido muy contrario á sus deseos, que viene á ser la balanza en que ordinariamente cargan el juicio los desgraciados; y así, reconociendo cada dia más el peligro con la tardanza de Antonio de Berrio, de quien sospechaba algun fin desastrado, determinó al dia siguiente del en que se hallaba (que fué lunes) recoger las reliquias de su gente y con ellas dar vuelta á la costa de Santa Marta. Hallándose con este pensamiento no poco afligido, aquel mismo dia sobre tarde entró por el campo Martin Fernández de las Islas con sus compañeros, y como de los más antiguos de la costa fuesen conocidos, corrieron á gran priesa á la tienda del Adelantado, pidiéndole albricias del socorro y dicha que se prometian, y, aun no bien enterado, preguntaba la causa de su alborozo, cuando se le puso delante Martin Fernández pidiéndole la mano, á que el Adelantado correspondió con semblante risueño, diciéndole: Martin, en esta sierra, de quien se esquiva siempre la claridad del cielo, claro está que habia de ser hombre de mi patria el mensajero de la luz y de la esperanza, y así cuantos peligros amenazaron nuestras vidas, se conmutan ya en seguridades que, nos promete tan diligente guía. De aquí pasó á preguntarle el estado de las provincias y de sus moradores, enderezando siempre las palabras á descubrir caminos de su conveniencia. Pocas horas Antes no pensaba en más interes que el de la vida, y ya parece que no apetece la vida sino para pensar en sus intereses. Este es el lunar con que la codicia afea tal vez los más primorosos esmeros de la naturaleza. tenia el Adelantado ilustres prendas de sangre y valor para ser bien quisto, y nada parecía que tenia teniendo codicia. Desmiéntense todos los vicios á la sombra de un corazon liberal, y ahóganse las virtudes más grandes entre la sed de un espíritu codicioso. Para estos dos extremos previno la fama todo el caudal de los pueblos: desprecios para la codicia, téngala quien la tuviere, y aplausos para la generosidad, aunque se administre por los más viciosos.

Bien satisfecho, pues, Lugo de la relacion de Martin Fernández, dispuso salir de aquel sitio al siguiente dia en demanda del Nuevo Reino; y como los de Vélez estuviesen tan cursados en el conocimiento de aquellos caminos, se les fué haciendo á los del ejército desde entónces ménos molesta la marcha, aunque de los enfermos no fueron pocos los asedaron muertos ántes de salir de la montaña. Pero cuando ya se hallaron libres de su aspereza, fueron recibidos con aplauso increible del Capitan Rondon y demas caballeros de su comitiva, que próvidamente tenian dispuestas por el camino casas y chozas en hospedados con la decencia debida á quien los gobernaba. Hallaban las mesas abastecidas de los mejores alimentos de la tierra, como fueron venados, conejos, tórtolas y perdices, grande abundancia de pan de maíz, yuca y batata para los soldados, y razonable copia bizcocho para el Adelantado y gente lustrosa, á quienes agradó mucho hallar jamones buenos como los de Rute, hechos en el Reino desde que estuvo en él el Adelantado Benalcázar, que fué el primero que entró en sus provincias ganado de cerda y gallinas, aunque éstas las habia de ántes, por haberlas introducido Fedreman desde Venezuela, de cuya abundancia gozaron todos hasta la ciudad de Vélez, donde llegó el Adelantado á tres de mayo año de mil quinientos y cuarenta y tres, por haber terminado ya el de cuarenta y dos sin otra novedad para aquellos Reinos que la de haber presentado Su Majestad por Obispo de Cartagena á Fray Francisco de Benavidez, hijo de los Marqueses de Fromesta, religioso gerónimo, y por primero del Nuevo Reino y Santa Marta á Fray Martin de Calatayud, del mismo órden, que sucedió al doctor D. Juan Fernández de Angulo, fallecido el mismo año al combate de melancolías y disgustos que se le ocasionaron ejerciendo el Gobierno de aquella provincia Arribó, pues, Lugo tan fatigado de los males pasados que de trescientos hombres que saco de la Costa, solamente le quedaron los setenta y cinco, y de doscientos caballos, los treinta, donde se reconoce qué tal fué la aspereza de los caminos, y cuántas alabanzas se deban á la constancia de Gonzalo Jiménez de Quesada, pues solamente pudo vencer con ella dificultades que, aun allanadas por dos ó tres veces, le parecieron incontrastables á Lugo.

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