CAPITULO VI
PASA ROBLEDO PRESO Á ESTOS REINOS: HEREDIA Y BENALCÁZAR SE APODERAN
ALTERNADAMENTE DE ANTIOQUIA DESPUES QUE SE FUNDÓ LA CIUDAD DE ARMA,
Y LUGO PROSIGUE SU JORNADA HASTA LA CIUDAD DE VÉLEZ.
POBLADAS las villas de Anserma, Cartago y Antioquia por el
Capitan Jorge Robledo, y pareciéndole que los méritos adquiridos en
sus descubrimientos y conquistas bastaban para la pretension de
alguna merced real, con que pudiese continuar sus servicios sin el
resentimiento de hallarse sujeto á cabo superior, á que lo encendia
honrosamente la envidia de los premios conseguidos por Benalcázar y
otros que no tenia por más beneméritos que á sí, dijo á su gente:
Que resolvia volver á Cartago, para lo cual convendría le diesen
treinta hombres que lo escoltasen; de cuya artificiosa propuesta se
valió para lograr los ocultos de designios con que se gobernó
siempre, pues habiéndobe respondido que seria de ménos
inconveniente pasar con doce hombres á Cartagena y de allí á
Cartago, que llevarles los treinta que pedia, cuando necesitaban de
muchos más para el resguardo de tantos enemigos como habia en la
provincia, aceptó la oferta y salió para Cartagena á ocho de Enero
de este año de cuarenta y dos, y atravesados los valles de Nori y
Guaca, arribó en dos dias á la sierra de Abide, de donde salió con
gran trabajo, por estar ya cerrados los caminos que el Licenciado
Badillo y Luis Bernal abrieron. Pero caminando siempre á poniente
llegó á un rio de los muchos que entran en el grande del Darien,
seguir la relacion de un negro que iba en la tropa y decía
conocerlo; y aunque la falta de vitualla obligó á los que lo
escoltaban á proponerle matase los caballos para comer y se
arrojasen en balsas por el rio en demanda del mar del norte,
Robledo no vino en ello, pareciéndole cosa muy arriesgada ponerse
en lance de ser sentido de los indios de sus riberas, y más cuando
de puro desmontar tenian tan botos los filos de las espadas y
trinchetes de que podian valerse, como aguzados los de la hambre,
con quien valerse no podian, y así prosiguió en su rumbo,
contentándose con matar un caballo para el sustento de los indios
de servicio que por falta de maíz perecian, hasta que dieron en un
pedazo de tierra que les pareció roza, donde con poca diligencia
descubrieron sembrados tres granos de ají ó pimiento, de que
recibieron grande alegría, por parecerles que estaban ya cercanos á
alguna poblacion.
A pocos pasos que dieron salió cierta la sospecha, pues
precediendo algunos gritos de papagayos y aplicando la vista á la
parte en que los daban, descubrieron una roza en sazon de hasta
cien fanegas de maíz, que fué para ellos el único remedio de la
vida, por ir ya tan desfallecidos, y con las bocas tan llagadas de
la actividad de las yerbas no conocidas que comían, que á no tener
este encuentro tuvieran el de la muerte. A esta dicha se llegó la
de encontrarse ocho dias despues con un indio que estaba pescando,
y á las preguntas que le hacian respondia solamente: San Sebastian,
San Sebastian, palabra en que los nuestros entendieron lo mismo que
él pretendia explicar, pues juntamente señalaba con la mano á la
ciudad, que distaba de allí quince leguas y habia fundado en la
culata de Urabá el Adelantado Heredia, como dijimos. A las voces
acudieron luego otros indios con sus arcos y flechas, y conociendo
á Juan de Frades, que habia militado en aquellos paises, se
lanzaron á abrazarlo llamándolo por su nombre y proveyendo á todos
de aves, maíz y frutas, los encaminaron á San Sebastian de
Buenavista, á donde llegando destrozados hallaron en el gobierno de
la ciudad al Capitan Alonso de Heredia, quien la maravilla de que
tan pocos españoles hubiesen atravesado con tanto valor por
aquellas tierras ásperas y pobladas de indios guerreros no basto
para que el buen tratamiento que debia hacerles de compasion no lo
trocase por el rigor de prenderlos y desbalijarlos de cuanto oro
llevaban, por codicia infame; á que acudiendo luego el Adelantado
su hermano, fulminó causa contra Robledo, con el pretexto de que
estando la villa de Antioquia dentro de la jurisdiccion de
Cartagena, se la habia usurpado poblándola; y preso con los autos
lo remitió á estos Reinos con justo pesar de Robledo, pues aunque
el viaje era conforme á su pretension, no quisiera hacerlo con
nombre de reo.
En viéndose preso y reconocida la intencion de D. Pedro de
Heredia, que era de entrarse á ocupar todo cuanto en las provincias
de Hebéjico y Arbi habia descubierto y pacificado, cosa que no
podia estar bien á los propios intereses que lo traian á Castilla,
ordenó á Pedro de Ciesa de Leon, que era uno de los doce que lo
habian escoltado, fuese luego á dar cuenta á la Audiencia de Panamá
de los intentos de Heredia, con el color de que se excusase el
rompimiento á que podia llegar por ello con el Adelantado Sebastian
de Benalcázar: el cual, por este tiempo, sentia tan mal del Capitan
Jorge Robledo, por haber desamparado sin su órden la conquista de
aquellas provincias y la nueva poblacion de Antioquia, aunque fuese
con la intención de volver á Cartago, que lo declaró por desertor
de su oficio y de todo lo demas que tenia á su cargo; en cuyo
tiempo llegó Pedro de Ciesa á Panamá, y cumplida su comision, pasó
á Popayan, donde halló con el sentimiento referido á Benalcázar,
que aumentó con la sospecha de los designios que lo podian traer á
Castilla, de que resultó hacer nuevos procesos y cúmulo de
declaraciones contra él, pareciéndolo bastarian á inhabilitarlo de
cualquiera merced que le pudiesen hacer en perjuicio suyo.
Don Pedro de Heredia, por otra parte, resuelto á emprender lo
mismo que tenia sospecha Robledo despues que lo remitió á estos
Reinos, salió de San Sebastian á los diez y seis de Marzo, y
atravesando con buen golpe de gente y caballos los mismos paises
que de presente tiene por imposibles de conquistar el dejamiento de
los indianos, y llegado á la villa de Antioquia, fué requerido por
Antonio Pimentel (que á la sazon era Alcalde) á que pues en aquella
villa vivian con la quietud en que la habian fundado y era su
Gobernador el Adelantado Benalcázar, no tratase de inquietarlos
sino de volverse á su gobierno: pero la respuesta fué prender al
Alcalde y Regidores y declararse Goberna1or de la provincia,
alegando que ademas de ser lo que obraba tan conveniente al
servicio del Rey, le pertenecia la dicha provincia, como
comprendida en los títulos y términos de su gobernacion á que no
asintiendo Alvaro de Mendoza ni otros vecinos de la villa, se
salieron de ella, y á pocas jornadas se encontraron con el Capitan
Juan de Cabrera, Lugarteniente de Benalcázar que de órden suya iba
á aprehender á Jorge Robledo por los motivos que habia sacado de la
relacion de Pedro de Ciesa, como se ha dicho. Noticioso pues de
todo el Cabrera, se dió cuanta priesa pudo y llegó á Antioquia á
tiempo que el Adelantado Heredia habia despachado parte de su gente
á la pacificacion de un lugar vecino que andaba alterado; por cuya
causa, aunque resuelto á resistir á Cabrera, hizo cuanto pudo á
fuer de soldado el otro se hubo tan valerosamente, que entró por
fuerza de armas la villa, y prendió al Adelantado de cuyo encuentro
salieron algunos heridos y porque al Cabrera le pareció no estar
bien fundada entre la aspereza de tantas breñas, la mudó al valle
de Nori, donde permanece dos leguas distante del Cauca á las
márgenes del rio Tonusco, abundante de los mejores pataloes que se
crian en las Indias, y á cuyas aguas atribuyen la calidades del
lete cuantos las reconocen por iman de forasteros.
Yace esta ciudad al Nordeste de Popayan, poco más de cien leguas
distante en la provincia de Hebéjico, tan famosa por la riqueza de
su cerro de Buriticá, como por otros muchos minerales que tiene de
oro, jacintos, granates y cristal de roca con tal abundancia de
todo, que así por los que concurren á comerciar en ella estos
géneros como por la fertilidad que tiene para socorrerla de víveres
el valle de Aburra, en que tantos han mejorado de vida con las
chagualas que hallaron en sepulcros y guacas, ha llegado á ser
lugar de quinientos vecinos, los más de ellos de grueso caudal, y
entre quienes apénas se hallará alguno que no se sirva con vajilla
de plata. Bien crecido número para, ciudad que estando tan retirada
de las primeras de Indias y en region tan cálida, no goza de las
conveniencias de puerto. Fortalecióla próvidamente la naturaleza de
tunos y espinos que la amurallan contra las invasiones de indios
guerreros, pues en ellos ha librado la defensa de muchos años
contra sus cuerpos desnudos. Goza de tal sanidad su temperamento,
aunque calidísimo, que no admito serenos, como se experimenta
dejando en las calles ó patios algun pliego de papel para reconocer
la certidumbre con que se dice que lo hallan tan seco á la mañana
como lo pusieron la noche antecedente. Diósele título de ciudad en
primero de Abril del año de mil quinientos y cuarenta y cuatro. Es
cabeza de gobierno y compréndense en él las ciudades de Zaragoza,
Cáceres, el Guamocó, Arma y Caramanta, con la villa de Aburra. Su
moneda usual para el comercio es de oro en polvo. En lo espiritual
está sujeta su iglesia parroquial á la Catedral de Popayán. No
tiene religion alguna fundada; y á pocas leguas en una poblacion de
indios se venera la milagrosa imágen de Nuestra Señora de Sopetran,
cuyo prodigio repetido de rebosar la manteca de su lámpara, es
anuncio seguro de maravillas mayores, y debióse este tesoro á la
fervorosa devocion del Oidor D. Francisco de Herrera Campuzano,
natural de la villa de Hita, y al trasporte que de él hizo, desde
Santafé el Capitan Agustin Antolínez de Búrgos, natural de
Valladolid.
De sus primeros conquistadores se conservan algunas reliquias,
aunque las ménos veneradas, como sucede en todas las demas partes
de Indias, con quienes mezcladas algunas casas forasteras han
producido muchas nobles familias, que cada dia se van ilustrando
más; pues si para ello bastan las armas, sus naturales son los que
mejor cuenta han dado de sí en las guerras del Chocó. Si se
requieren letras, podrán testificar las escuelas del Nuevo Reino y
Quito, que los criollos de Antioquia, Cáceres y Zaragoza acreditan
siempre haber sido criados en minerales de oro; y si este metal es
el que realza prendas tan relevantes, á muy pocos ha desamparado la
fortuna en esta parte. Hecha, pues, la nueva fundacion de Antioquia
por Juan de Cabrera, y dejando en ella por Gobernador á Isidro de
Tapia, natural de Madrid, dió vuelta á Cali, y con la noticia de
que el Adelantado Benalcázar habia pasado á Cartago, fué en su
demanda á darle cuenta de la prision de D. Pedro de Heredia, quien
sin verlo remitió con guardas por el mar del Sur á la Audiencia de
Panamá, para que le castigase el exceso de haber usurpado ajena
jurisdiccion, miéntras él, ocupado en allanar la provincia de Arma,
no lograba medio de cuantos probó su industria para pacificarla:
tan obstinada fué siempre como esto la ferocidad de aquellos
bárbaros. Pero viendo que no podia ya de otra manera sojuzgarlos,
resolvió fundar allí una ciudad que llamó Santiago de Arma,
distante diez y seis leguas de Anserma y cincuenta de Popayan al
Nordeste: poblóla el Capitan Miguel Muñoz, y aunque abundante de
minas de oro, ya sea por el mal terreno, ya por falta de naturales,
procedida de haberlos tenido tan crueles que se comian padres á
hijos, y hermanos á hermanos, ha llegado de presente á tal
diminucion, que apénas entre algunos vecinos conserva el nombre que
la ha hecho famosa, con haber sido sus términos teatro de la
lastimosa tragedia del Mariscal Jorge Robledo.
El Adelantado Heredia, en el interin, habia negociado bien en
Panamá, y vuelto á Cartagena con resolucion de tomar venganza del
desaire padecido en su prision (y llamaba desaire no haber
permitido Benalcázar que á él se lo hiciese otro mayor) trató
luego, de ir otra vez sobre Antioquia con cien infantes, sin perder
tiempo en otras prevenciones que pudiese suplir el valor; y fuese
ya por no haberle podido resistir Isidro de Tapia, que se hallaba
con ménos gente, ó porque siendo ámbos naturales de Madrid y amigos
antiguo, se conformaron en perjuicio de Benalcázar, como
discurrieron algunos, el Heredia se apoderó segunda vez de
Antioquia, y repartida la tierra entre sus parciales, salió en
demanda de la junta del Cauca y rio grande, y pasada la puente de
Bremico, dió en unas serranías ásperas en que despues se fundó la
ciudad de San Juan de Rodas, y de donde se volvió por la falta que
tenia de caballos para pasar adelante. En este tiempo el Adelantado
Benalcázar habia enviado por Gobernador de Antioquia al Bachiller
Madroñero, hombre de maña y esfuerzo para todo, y que hallándola
con alguna falta de los parciales de Heredia, lanzó de ella los que
tenia dentro, y repartió la tierra entre los suyos, gobernando
hasta tanto que necesitó de volver á Cali á dar satisfaccion á
Benalcázar de algunas quejas que contra él le habian escrito; con
cuya ausencia se dió tiempo para que vuelto Heredia de su
descubrimiento recobrase la ciudad de sus contrarios, de quienes
prendió algunos y repartió cuarta vez la tierra; de suerte que
primero la repartió Robledo, luego Heredia, despues Madroñero y
esta última que referimos otra vez Heredia: y dejando por su
Lugarteniente al Licenciado Gallégos, que desde la retirada del rio
grande se ocupaba en la conquista, de las provincias de arriba,
resolvió parecer personalmente á la defensa de un Juez de
residencia, que contra él habia llegado á Cartagena. Madroñero
entónces, noticioso de la partida del Adelantado Heredia, revolvió
con poca gente sobre la ciudad, y apoderándose de ella entre los
embarazos que pudo ocasionar á sus contrarios con el sobresalto
intempestivo de la invasión, aprisionó al Licenciado Gallégos y con
otros lo remitió á la cárcel de Cali, de donde lo sacaron los
aprietos en que se hallaba el Virey Blasco Núñez Vela, para que
despues de las varias fortunas que tuvo en la guerra por todo el
curso de su vida, experimentase la mejor muriendo gloriosamente en
la batalla de Añaquito, de que me ha parecido dar cuenta
anticipada, por concluir con la infeliz jornada del Adelantado D.
Alonso Luis de Lugo.
Retírase tan presto el semblante de las humanas felicidades, que
apénas (como dijimos al capitulo antecedente) se alegraron los
soldados de Lugo viéndose unidos, cuando reconocieron su mayor
peligro hallándose juntos; por una parte consideraban en la falta
de vitualla su riesgo, y por otra en el rigor de las enfermedades
ésta ruina: ni para evitar ésta discurría medio útil la consulta de
algunos, ni para detener aquélla encontraba socorro la diligencia
de todos. Pero como entre los inconvenientes donde se embaraza el
más atento desvelo, es prudente consejo abrazar el primero que
facilitare la necesidad, y ésta le proponia al Adelantado, para el
reparo de su gente, el socorro de las vacas que llevaba en el
campo, con esperanza de que el beneficio del tiempo abriria algun
camino á mejorar fortuna, comenzó á repartir de algunas que hizo
matar, raciones tan limitadas, que solamente sirviesen de
entretener la vida de aquellos que por horas esperaban la muerte:
mas éste, que pareció remedio eficaz para el aprieto, resultó mayor
daño para los suyos; porque, acostumbrados á la debilidad de
mantenimientos de yerbas y raíces que producian los montes,
solamente sirvió el socorro de la carne de que se introdujese en su
ejército otro nuevo achaque de que perecían muchos y peligraban
todos: infeliz estado aquel en que el alimento ejecuta la misma
pena á que condenaba el hambre! Viéndose, pues, D. Alonso éste que
pareció último desengaño para desconfiar de la empresa, trataba ya
en público de volverse á Santa Marta, como quien pretendia reservar
las reliquias de su ejército en las resoluciones de su
arrepentimiento; pero llegando esta determinacion á la noticia de
un negro llamado Gaspar, que iba en el campo, se presentó intrépido
en la presencia del Adelantado, y le aseguró que en el término de
quince dias daria noticia en el Reino del estado en que se hallaba,
para que lo socorriesen, si á él se le aseguraba la libertad que
apetecia; pues aunque el riesgo era grande, confiaba salir de él,
como quien otra vez habia trajinado aquellos caminos con el dueño á
quien servia, cuando Lebron subió al Reino.
No pudo la promesa ser más conforme al deseo del Adelantado,
pues aunque asegurada por tan humilde sujeto, confiaba se movería
con él toda la máquina de sus designios siendo para su pretension
el más á propósito; y así, habiéndole prometido la libertad que
pedia, cumpliendo primero lo que tenia ofrecido, y si no lo cumplia
amenazándolo con pena de quitarle las narices y las orejas
(palabras de que se valen de ordinario los españoles para que
obedezcan prontamente los de esta nacion), le dijo por último que
se partiese luego: y como acaso se hallasen presentes á lo referido
Antonio de Berrio, natural de Granados, y otros ocho mancebos
animosos que lo imitaban en la poca edad y mucho valor, Berrio
entónces, terciando por el negro ó por habérsele encendido el ánimo
con la emulacion, ó porque debió de ser echado de ellos para tener
ocasion de lograr su intento, le dijo al Adelantado: Que pues el
negro no temía los peligros que se podian encontrar en la empresa,
no lo amedrentase su Señoría representándoselos mayores; y para que
todos se asegurasen de que el negro cumpliria su palabra, él y los
ocho infantes que estaban en su compañía se ofrecian á escoltarlo
hasta el Reino, con firme esperanza de que por aquel medio habia de
socorrerse el ejército, de suerte que llegase entero. No pudo
excusar agradecimientos debidos el Adelantado á tan noble oferta,
cuando aun solamente con la hecha por el negro Gaspar se prometia
dichoso término á tantos trabajos; y así, remitiendo á mejor
fortuna el premio de aquel servicio, hizo que de su despensa diesen
á cada cual de los nueve un cuarteron de queso, y á tres ó cuatro
cabezas de ajos, que fué todo el socorro que pudo caber en los
términos del aprieto en que se hallaban.
De esta suerte proveidos (porque en las Indias no hay más ayudas
de costa para servir con fidelidad en las guerras), dieron
principio al empeño, entregándose voluntariamente á los accidentes
peligrosos de aquella jornada, siguiendo las pisadas del negro que
diestramente lo guiaba por aquellos montes ásperos y sombrios de
las sierras de Opon, que tan veces fueron lastimoso sepulcro de
españoles, miéntras no se halló camino que con riesgos menores se
frecuentase para entrar en el Nuevo Reino. Pero como esta entrada
de los nueve españoles no pudiese ocultarse á los bárbaros que
habitan aquellos contornos, se supo despues que los del valle del
Alférez dieron noticia á los que ya estaban sujetos á Vélez, y
éstos á su Encomenderos, de cómo iban por la montaña otros muchos
españoles; que no teniéndola por cierta y con deseo de saber la
verdad, despacharon por la derretía que señalaban los indios
pacíficos diez hombres, de los cuales fueron los cuatro Diego
Gómez, Gabriel Fernández, Pedro Gutiérrez y Martin Fernández de las
Islas, que, con riesgos y trabajos tales, que de cada cual pudieran
referirse hazañas heróicas en vencerlos, partidos de Vélez
siguieron su derrota con órden de que se certificasen de todo y
volviesen con la nueva de las noticias que hallasen de la entrada
de los españoles, para que de Vélez saliese más gente al encuentro
con socorro de víveres, como quienes sabian la penuria que se
padecia de ellos por aquellos montes.
Bien la experimentó Berrio y sus compañeros, aunque su paciencia
y valor habian sufrido las hostilidades del hambre, de suerte que á
su pesar habian ya contrastado con la aspereza de la montaña, al
tiempo que los que iban de Vélez con muchos indios Yaconas se
hallaban cercanos á ella. Mas, no habian los de Berrio descubierto
bien la tierra limpia, cuando vieron á los otros bajando por una
colina raza; y como seguian el mimo rumbo que ellos llevaban y no
pudieron hacer distincion de las personas, juzgando que serian
algunos indias de los que contrataban con las naciones de Vélez, se
emboscaron entre las matas que ciñen las entradas del bosque, con
pretension de asaltarlos de repente y aprovecharse de la vitualla
que llevasen; mas, como fuesen llegando los de Vélez al sitio en
que Berrio los esperaba, reconocieron los suyos por el traje y el
idioma era que iban platicando ser todos españoles; y así,
arrebatados de aquel gozo con que de repente suele una favorable
fortuna asaltar los descuidos de una continuada desgracia, salieron
de tropel de la emboscada, y saludando cortesmente á los de Vélez
que, recobrados del susto, correspondieron con demostraciones
iguales al gozo de haber encontrado tan brevemente á los mismos de
quienes llevaban noticia, supieron el estado miserable de los
demas, y cómo D. Alonso Luis de Lugo iba con el gobierno de Santa
Marta y Nuevo Reino; y por qué Martin de las Islas y otros cuatro
que lo conocían desde que estuvo en Santa Marta con el Adelantado
su padre, determinaron pasar adelante hasta encontrarlo, y que los
seis compañeros diesen vuelta á Vélez, con Berrio y los suyos, para
avisar de todo al Capitan Rondon, que gobernaba entónces el Reino
por ausencia de Hernan Pérez; y como éste recibiese carta en la
ciudad de Tunja en que el Cabildo de Vélez le hacia relacion de
cuanto había sabido, llamó luego á Garci Arias Maldonado, al
Capitan Pineda, á Fernan Venégas, Pedro de Colmenáres y á otros
caballeros de su séquito, con los cuales, lo más bien proveido que
le fué posible, salió de Tunja en demanda del nuevo Gobernador,
llevando por delante grande número de indios con abundancia de
víveres, dispuestos en la ciudad de Vélez, y para que fabricasen
casas y ramadas en todas las partes que alojase el ejército desde
que saliese á la tierra limpia; socorro que le pareció forzoso,
segun el aprieto que concibió padeceria entónces, pues eran pasados
ya treinta dias desde que Antonio de Berrio se apartó de él.
En el tiempo que se practicaban estas prevenciones se hallaba el
Adelantado tan ajeno de semejante dicha, que era lo que ménos
presumia su desconfianza, y aun se persuadia á que el suceso de
Berrio habria sido muy contrario á sus deseos, que viene á ser la
balanza en que ordinariamente cargan el juicio los desgraciados; y
así, reconociendo cada dia más el peligro con la tardanza de
Antonio de Berrio, de quien sospechaba algun fin desastrado,
determinó al dia siguiente del en que se hallaba (que fué lunes)
recoger las reliquias de su gente y con ellas dar vuelta á la costa
de Santa Marta. Hallándose con este pensamiento no poco afligido,
aquel mismo dia sobre tarde entró por el campo Martin Fernández de
las Islas con sus compañeros, y como de los más antiguos de la
costa fuesen conocidos, corrieron á gran priesa á la tienda del
Adelantado, pidiéndole albricias del socorro y dicha que se
prometian, y, aun no bien enterado, preguntaba la causa de su
alborozo, cuando se le puso delante Martin Fernández pidiéndole la
mano, á que el Adelantado correspondió con semblante risueño,
diciéndole: Martin, en esta sierra, de quien se esquiva siempre la
claridad del cielo, claro está que habia de ser hombre de mi patria
el mensajero de la luz y de la esperanza, y así cuantos peligros
amenazaron nuestras vidas, se conmutan ya en seguridades que, nos
promete tan diligente guía. De aquí pasó á preguntarle el estado de
las provincias y de sus moradores, enderezando siempre las palabras
á descubrir caminos de su conveniencia. Pocas horas Antes no
pensaba en más interes que el de la vida, y ya parece que no
apetece la vida sino para pensar en sus intereses. Este es el lunar
con que la codicia afea tal vez los más primorosos esmeros de la
naturaleza. tenia el Adelantado ilustres prendas de sangre y valor
para ser bien quisto, y nada parecía que tenia teniendo codicia.
Desmiéntense todos los vicios á la sombra de un corazon liberal, y
ahóganse las virtudes más grandes entre la sed de un espíritu
codicioso. Para estos dos extremos previno la fama todo el caudal
de los pueblos: desprecios para la codicia, téngala quien la
tuviere, y aplausos para la generosidad, aunque se administre por
los más viciosos.
Bien satisfecho, pues, Lugo de la relacion de Martin Fernández,
dispuso salir de aquel sitio al siguiente dia en demanda del Nuevo
Reino; y como los de Vélez estuviesen tan cursados en el
conocimiento de aquellos caminos, se les fué haciendo á los del
ejército desde entónces ménos molesta la marcha, aunque de los
enfermos no fueron pocos los asedaron muertos ántes de salir de la
montaña. Pero cuando ya se hallaron libres de su aspereza, fueron
recibidos con aplauso increible del Capitan Rondon y demas
caballeros de su comitiva, que próvidamente tenian dispuestas por
el camino casas y chozas en hospedados con la decencia debida á
quien los gobernaba. Hallaban las mesas abastecidas de los mejores
alimentos de la tierra, como fueron venados, conejos, tórtolas y
perdices, grande abundancia de pan de maíz, yuca y batata para los
soldados, y razonable copia bizcocho para el Adelantado y gente
lustrosa, á quienes agradó mucho hallar jamones buenos como los de
Rute, hechos en el Reino desde que estuvo en él el Adelantado
Benalcázar, que fué el primero que entró en sus provincias ganado
de cerda y gallinas, aunque éstas las habia de ántes, por haberlas
introducido Fedreman desde Venezuela, de cuya abundancia gozaron
todos hasta la ciudad de Vélez, donde llegó el Adelantado á tres de
mayo año de mil quinientos y cuarenta y tres, por haber terminado
ya el de cuarenta y dos sin otra novedad para aquellos Reinos que
la de haber presentado Su Majestad por Obispo de Cartagena á Fray
Francisco de Benavidez, hijo de los Marqueses de Fromesta,
religioso gerónimo, y por primero del Nuevo Reino y Santa Marta á
Fray Martin de Calatayud, del mismo órden, que sucedió al doctor D.
Juan Fernández de Angulo, fallecido el mismo año al combate de
melancolías y disgustos que se le ocasionaron ejerciendo el
Gobierno de aquella provincia Arribó, pues, Lugo tan fatigado de
los males pasados que de trescientos hombres que saco de la Costa,
solamente le quedaron los setenta y cinco, y de doscientos
caballos, los treinta, donde se reconoce qué tal fué la aspereza de
los caminos, y cuántas alabanzas se deban á la constancia de
Gonzalo Jiménez de Quesada, pues solamente pudo vencer con ella
dificultades que, aun allanadas por dos ó tres veces, le parecieron
incontrastables á Lugo.