CAPITULO V
EL ADELANTADO LUGO SE PREVIENE PARA SUBIR Á SANTAFÉ: FÚNDASE POR SU
ÓRDEN EL BARBUDO, Y SALIENDO DEL CABO DE LA VELA ENCAMINA SU
EJÉRCITO POR EL VALLE DE UPAR, CON VARIOS SUCESOS
MIÉNTRAS corrian los acaecimientos que se han referido en el
Nuevo Reino, se ocupaba D. Alonso Luis de Lugo en poner y quitar
Ministros de justicia á su voluntad en toda la gobernacion de Santa
Marta, desde el Cabo de la Vela, donde se hallaba; queriendo dar
principio á sus designios con mejor acuerdo que sus antecesores,
dispuso una junta de los Capitanes y soldados más experimentados
que con él se hallaban, para elegir el camino que no tuviese los
embarazos que se habian encontrado en las jornadas de Quesada y de
Lebron. Y habiéndose conferido largamente sobre la propuesta,
resolvieron de comun acuerdo que la derrota se debia seguir por el
Valle de Upar y sus llanos hasta Sompallon pueblo (como dijimos)
fundado sobre los márgenes del rio grande á la banda de Santa Marta
y así, por ser este rumbo el que parecia más á propósito y para que
no se le retardase el viaje, determinó excusar su entrada en Santa
Marta, que distará del cabo de la Vela como sesenta leguas de
costa, contentándose solamente con remitir órdenes á la ciudad para
que de allí acudiesen á su campo algunas personas que habían vuelto
con Lebron, y otras que bajaron á la Costa despues que Hernan Pérez
partió al descubrimiento del Dorado por no hallarse bien con el
gobierno de Gonzalo Suárez Rondon: de los cuales fueron el Ámese de
Campo Juan Ruiz de Orjuela, el Capitan Gerónimo de Inza, Mateo
Sánchez Rey, Hernando de Mora, Juan de Castellános, Pedro de Acebo,
Pedro Martin, Agustin de Castellános, vecino que fué de Tunja, el
Capitan Alonso Martin, recien llegado del Reino, y otros buenos
caudillos que, por aquel tiempo, que ya era principio de Marzo del
año de cuarenta y dos, estaban en Santa Marta: y como sobre la
novedad del gobierno, que siempre arrastra mucho, eran los órdenes
muy apretados, le acudieron todos con buena prevencion de armas y
caballos, por estar ya los más tan mejorados de caudal, que no
necesitaban de socorros ajenos. Mas, animado con esto el
Adelantado, y teniendo á punto cinco bergantines en puerto de Santa
Marta, en que puso cantidad de mercancias, pólvora y pertrechos de
guerra para la defensa de los indios del rio, que por aquel tiempo
eran muchos y guerreros, embarco un buen trozo de soldados,
nombrándoles por Cabo de los bajeles y de ocho canoas que habian de
ir en su convoy, al Maese de Campo Juan Ruiz de Orjuela, de cuyo
valor y capacidad para la administracion de cargos mayores tenia el
Adelantado sobrado conocimiento, y ordenóle que si la Armada
llegase á Sompallon ántes que el ejército de tierra, lo esperase
allí para disponer unidos lo más conveniente á la jornada.
Dispuesto así esto ántes de partirse de aquella gobernacion el
Adelantado, y discurriendo que para navegar aquel rio seria de gran
conveniencia fundar algun pueblo de españoles en la provincia de
los Malebuyes (que descubrió el Licenciado Santa Cruz al tiempo que
gobernaba en Cartagena), para que desde allí se refrenasen las
correrías continuas de los indios, mandó al Capitan Gonzalo Pérez,
Justicia mayor de Santa Marta, lo ejecutase por los medios más
breves que le fuesen posibles: y como este Capitan fuese hombre de
mucha. actividad, dió luego gente y todos los despachos necesarios
para el efecto á Francisco Henriquez, soldado de confianza, el
cual, sin perder tiempo en lo que se le ordenaba, fundó dentro de
pocos meses una razonable poblacion cercana á otra de indios, que
tenia el nombre de la provincia, aunque los españoles, despreciando
el antiguo, lo llamaron el pueblo del Barbudo, por cuanto el
Cacique que en él hallaron tenia barbas como los españoles: cosa
bien extraña y que pocas veces se ha visto en aquellas Costas,
donde los que las habitan son generalmente lampiños, si no es ya en
el tiempo de la ancianidad, en que les nacen pocos pelos y éstos
muy separados.
No encontró pocas dificultades Francisco Henriquez en la
fundacion de este pueblo por la Valerosa resistencia que halló en
sus naturales, que son belicosos, y había de contrastarlos con la
opugnacion de solos cincuenta españoles que llevó consigo; poro
obrando éstos aun más de lo que pareció posible, y valiéndose de la
industria de halagar y acariciar los indios, presentándolos hachas,
sal y cuentas de vidrio, preseas las más estimadas de ellos,
consiguió la pretension que llevó, mas tan mal asegurada, que no
servían los indios sino era en aquellos ministerios que les parecía
ser de su propia comodidad; y los españoles, sin adelantar á más el
dominio, se entretenian con la esperanza que fundaban en algunas
muestras de oro que se descubrian en la comarca; y aun con todo
esto no fuera posible que perseverase el pueblo, si despues no
acudiera con más fuerza de gente desde Santa Marta el Capitan Luis
de Manjarrés, que de veras sujetó y obligó á que obedeciese á los
nuestros aquella nacion, aunque de suyo fiera e intratable. Y á lo
que parece de las noticias más claras que se han podido adquirir,
fué la causa de esta segunda invasion de Manjarrés, haber sido tan
cauteloso el trato primero de aquellos indios que, sabiendo estar
Francisco Henriquez dispuesto á poblarse de asiento con su casa y
familia en Tamalameque, por serle de mucho interes el repartimiento
que allí le habia cabido, maquinaron traza para salir de aquel yugo
intolerable, que ellos decian tener sobre sí.
Esta consiguieron más bien dispuesta que la imaginaron, porque,
ajeno el Henriquez de aquel riesgo que le amenazaba, arrojó al agua
un bergantin de buen porte, y sin más defensa de la que podian
hacer Lope Henriquez, su hermano, y Francisco Nieto, su cuñado, con
veinte negros desarmados que servian al remo, embarcó á su mujer y
las preseas que tenia de más valor, que fueron muchas, por ser
hombre de los poderosos de aquella gobernacion; y ordenándolos que
fuesen delante, se detuvo en Santa Marta á concluir la fábrica de
otro bergantin en que habia de embarcarse él; y como en aquel
tiempo estaban de paz todos los indios de la una y otra ribera del
rio hasta Sompallon, salió el primer bergantín olvidado de aquellos
bajíos que la fortuna dispone contra la seguridad más feliz, y como
su propio descuido era el piloto, que lo conduela á las manos del
enemigo, por lis confianza con que inadvertidamente se aventuró á
una desdicha, la encontró á pocas jornadas en la crueldad de
aquella pérfida canalla, que estando sobre aviso para el asalto, y
ensangrentada más miéntras la resistencia era ménos, acometió tan
fieramente al bergantin, que á los primeros encuentros no dejó en
él persona con vida, sino fué aquella infeliz dama, que vivió
entónces para que desestimase la vida despues, y reservó de la
muerte su desgracia para que muchas veces muriese, pues aun á las
noticias se ocultó de suerte su fin lastimoso, que jamas pudo
saberse la parte en que padeció aprisionada, si bien es de pensar
que su esclavitud seria de tan pocos dias como ella contaba de
años, porque si la necesidad es cuchillo de la vida, si el
atrevimiento escollo era que peligra la honra, y sí la villanía
superior la más cruel arma contra la nobleza ultrajada ¿cómo podia
vivir mucho tiempo entre bárbaros, villanos y atrevidos quien labró
su desdicha con las prendas de noble, entendida y honrada, para
dejar este lastimoso ejemplo de infelicidad á nuestras noticias?
pues aunque el sentimiento del esposo fué tal que no excusó
diligencia para saber de ella, y en el castigo general que
Manjarrés hizo en toda aquella banda de Tamalameque se repitieron
muchas para lo mismo, ninguna fué bastante para que la protervidad
de aquellos infieles manifestase el fin que tuvo aquella dama, que
yo calificara siempre por el más cruel golpe para Francisco
Henriquez, pues no expresando cual fuese, siempre concebirla todos
los trágicos que pueden caber oir los espacios de una hermosura
infeliz. Y sí la pluma hubiera de empeñaras en otros sucesos
iguales á éste, acaecidos en el mismo rio, faltara tiempo para lo
principal de la historia, pues aun de presente las pocas reliquias
que permanecen retiradas de las naciones de Vélez, tienen bien
lastimados con sus asaltos algunos ojos, que se han visto en el
Nuevo Reino acreditados de muy sensibles con la continuacion de sus
lágrimas.
Partida, pues, como dijimos ya, la armada de los bergantines,
que iba á cargo del Maese de campo Orjuela, salió á su jornada el
Adelantado D. Alonso Luis de Lugo, con trescientos españoles y
doscientos caballos, algunas bestias de carga, mucho número de
gente de servicio, y treinta y cinco vacas con sus toros, que
fueron las primeras que se vieron en el Nuevo Reino, y se vendieron
en precio excesivo al Capitan Melchor de Valdés, valeroso caudillo
de aquel tiempo y vecino que fué de la ciudad de Ibagué, de quien
trataremos cuando llegue el caso de hacer mencion de su fundacion;
y como el rumbo que se eligió para la jornada fué tan diferente del
que llevaron Quesada y Lebron, fué siguiendo su derrota desde el
Cabo de la Vela al Sur, encaminándose al Valle de Dupar, por la
tierra que llaman de Herrera, que atravesó por el remate que se
nombra del Jaguei, y donde se encuentra la quebrada de Aguas
claras, hasta llegar á dos ojos de agua Clara, aunque no delgada,
que forma la tierra, y dispuso allí la Providencia, para los que
andan éste camino que desde entónces se llama del Adelantado, y de
cuyo sitio se descubre la sierra en que habitaban los indios
Coronados, en cuyas faldas están ciertas acequias de que se valian
aquellas naciones confinantes, y un áspero monte, que despues
eligieron para fortificarse formar palenque muchos negros
fugitivos de aquella gonernacion y de la de Venezuela.
Desde este desembocadero de la sierra tienen principio los
llanos espaciosos del gran Valle de Dupar; y como las dos
cordilleras que lo ciñen estuviesen pobladas de diversas naciones
de indios belicosos, al mismo tiempo que el ejército marchaba por
lo llano se ocupaba en la conquista de ambas cordilleras, así de la
de mano derecha, en que habitan los Aruacos, como de la otra, en
que moran los Itocos, Babures, Tupes y Guanaca, con quien tuvo
diferentes encuentros, aunque no de tanta consideracion como
deseaban los nuestros, por el recato con que los indios hacian los
asaltos y surtidas, si bien hubo algunas en que los Guanaos se
llevaron dos soldados, que retuvieron vivos con fin de cambiarlos
por cierta india, señora poderosa entre aquellas naciones, que los
nuestros habían aprisionado, y por su libertad, que se consiguió
brevemente, los volvieron libres de daño alguno, suceso que rara ó
ninguna vez se ha visto practicado en el dejamiento y desatencion
de aquellos infieles. Pero desembarazados ya los nuestros de
aquella guerra continuada, llegaron á Sompallon, lugar asignado
para incorporarse con los que habian partido por el rio grande, que
se retardaron á causa de la cruel guerra que les movieron de todas
partes los moradores de sus costas, gobernados por un indio que se
dió bien á conocer con las obras y nombre temido de
Francisquillo.
Este se crió desde muy pequeño en Santa Marta, en la casa de
Francisco de Murcia, Escribano de Cabildo; pero atraido de su
patria ó guiado de su mala inclinacion, aun no habia cumplido diez
y seis años cuando ausentándose de quien lo habia criado olvidó la
fe en que lo habian instruido, y retirado á aquellas montañas del
rio, supo disponer con arte su fortuna entre los indios, que siendo
de la corta edad que va referida, se apropio imperio sobre todos
los pueblos, que obedeciéndole conformes como Rey soberano, hacían
por su disposicion todas aquellas hostilidades que podia ejecutar
su mal ánimo con los españoles, de quienes fué acérrimo enemigo, y
lo manifestó con asaltos y encuen peligrosos que tuvo con ellos, en
que perecieron algunos, heridos de las flechas envenenadas que
usaban los indios cuando los designios de Francisquillo se ponian
por obra; de los cuales el más particular era que saliesen los
suyos á todas las partes del rio donde llegase la armada de los
bergantines, con señales de paz y copia de vituallas, que era el
cebo para que arribasen los nuestros, por la falta de víveres con
que en aquellos tiempos se hacia peligrosa navegacion; y que
habiendo comido á gusto, y concluidas las cortesías últimas con
muestras de amor, se portasen de suerte que al tiempo de levantarse
los vasos, les hiciesen la salva con una rociada de flechas y
jaculillos, rompiendo en guerra abierta, sin dejar arte ni camino
de ofenderlos como á enemigos que afirmaba ser de la libertad
indiana.
De estos indios aprisionaron los españoles algunos, y preguntada
la causa que tenian para socorrerlos con vitualla tan
generosamente, si aquellos beneficios habian de rematar siempre en
guerras tan declaradas, respondieron que Francisquillo les decia
que hacer la guerra á los contrarios con hambre, era traza
ejecutada por ánimos viles, porque los espíritus grandes nunca
empleaban sus fuerzas en los que las tenian postradas á la
necesidad, y que así debian los suyos dar á los españoles todo el
bastimento que les pidiesen, para que no se dijese de ellos que
peleaban con enemigos débiles, sino con españoles, cuando no
tuviesen disculpa de ser vencidos. De esta suerte, asaltada á cada
paso, siguió la armada su derrota hasta Sompallon, dónde ya
esperaba el Adelantado con su ejército, y cuanto se complació con
su vista, tanto se apesaró despues de saber que habian muerto en
Tamalameque dos Capitanes famosos, que fueron Juan Núñez y Alonso
Martin, teniendo este último por humilde losa para el recuerdo de
sus hazañas, la misma ribera en que sus enemigos tantas veces lo
aclamaron victorioso en la jornada antecedente de Lebron. Estos dos
capitanes lo eran de bergantines propios en que llevaban géneros de
Castilla, que valdrian más de cien mil ducados de plata en el
Reino; y aunque la disposicion de sus testamentos fué ajustada, el
cumplimiento no le correspondió, porque el Adelantado, al tiempo
que se hicieron las almonedas y la de su Teniente general, Juan
Benítez Pereira, en el mismo lugar de Sompallon, dispuso que uno de
sus criados hiciese las posturas y se le rematasen las más preseas
y géneros en precios tan bajos, que los que vallan más de mil y
quinientos pesos de buen oro, sacaba por ménos de cincuenta.
Notable desahogo de Gobernador! bien reparable, á no haber pasado
á costumbre en tantas partes de las India. Pero estas conveniencias
que tuvo en estos bienes, no consiguió con los del Capitan Gerónimo
de Inza, por haber muerto ántes de salir de Santa Marta, donde su
hacienda, que fué muy considerable, se distribuyó por su órden en
obras pias, dejando claro nombre de sí, no ménos por la
disposiciones de su muerte que por los empleos heróicos de su
vida.
Rematados, pues, así los bienes de los Capitanes difuntos, y
bien aprovechado Lugo en los dias que ocupó hasta el ocho de Mayo,
trató luego de proseguir en jornada desde allí por el mismo rumbo
que los ejércitos de Quesada y Lebron habían llevado. Pero son tan
iguales los trabajos y miserias de todos, que tengo por mejor no
repetirlas, cuando basta para reconocerlas el saber que despues de
cuatro meses de jornada faltaban ya del ejército más de cien
hombres y de los caballos más de ciento y sesenta, y á este
respecto de la gente de servicio y ganados que llevaban; siendo las
fatigas del camino y las enfermedades tantas, que muchas veces
desconfió el Adelantado de poder llegar al Reino, seguir le
ocurrían los embarazos: pensamiento con que afligido muchas veces,
se entristecía de suerte que recataba lo viesen; y aun estuvo tal
vez determinado á dar vuelta al puerto en que habla dejado los
bergantines, y de allí á Santa Marta, desesperado de una empresa en
que tantas dificultades se le ponían delante. Pero reconocido este
desconsuelo por Juan de Castellanos, le ofreció que dándole veinte
y cinco hombres que lo acompañasen, se adelantaria á la ciudad de
Vélez, para disponer que de allí fuese socorrido el campo: empresa
que facilitaba su ánimo y la experiencia que tenia de los caminos,
por haber sido uno de los soldados que subieron al Reino con
Gonzalo Jiménez de Quesada. Con esta oferta, bien admitida de Lugo
por la esperanza que abría á sus primeros designios, y dejada á la
voluntad de Castellanos la eleccion de los compañeros, se
previnieron de buenas armas, y partidos del ejército sin más
alimento que algunas raices de bihao que les ofrecia el monte,
siguieron su difícil empresa por espacio de ocho dias, tiempo en
que llegaron á la sierra de Atun tan debilitados del hambre, que
aun aliento para sufrir el peso de las armas no tenian; pero
reconocido esto aprieto por un esclavo negro, que iba con ellos, á
quien llamaban Mangalonga, y deseoso de buscarles algun socorro,
como quien se hallaba entre todos con más vigor para sufrir los
trabajos, se apartó de ellos, y siguiendo una senda que encontró
acaso, se habló á poco trecho en un pueblo en que á la sazon habían
concurrido tantos indios, que receloso de morir á sus manos y sin
darle tiempo el temor para otra cosa, volvió huyendo á los suyos, y
dando arma, porque alterados los bárbaros con su vista, lo seguían
hacia la parte por donde iban los españoles, por los cuales pasó
Mangalonga sin detenerse: mas ellos, viendo las temerosas
demostraciones con que iba, y cogidos tambien del espanto, huyeron
tan desordenadamente, que dejándose atras á Juan de Carvajal, un
buen soldado que por su flaqueza no pudo correr tanto como ellos,
fueron causa de que cayese en poder de los indios, que
inhumanamente cargaron sobre él á despicar su fiereza, dándose por
contentos del prisionero, sin pasar mas adelante en alcance de los
veinte y cuatro restantes, que fué su total remedio, aunque
comprado á precio de la vida de Carvajal, que luego la perdió á sus
manos con diferentes géneros de muerte.
El susto que padecieron los que huian fué tanto, que sin dar
lugar á unirse aportaron por aquellos montes á las partes que el
temor los conducia; pero Francisco de Barajas y Otelo, que
acertaron á correr juntos hacia un rio cuya corriente iba siguiendo
el campo á la parte de su nacimiento, viéndose faltos de vigor para
caminar por tierra, hicieron una balsa de maderos livianos, en la
cual, faltos de sustento y fiados en la Providencia divina, se
entregaron á las aguas; mas ella, que no falta á los que tan de
corazon como éstos dos soldados invocaban á María Santísima (como
confesaron muchas veces) los proveyó de cierta fruta no conocida
hasta entónces de los nuestros, á quien llamaron nísperos, más por
la semejanza del sabor que de la apariencia, y determináronse á
comer de ella viendo que así lo hacian los micos y monos de que
abundan aquellos montes, por tener ya experiencia de que esta
especie de animales no come fruta alguna que sea nociva á los
hombres. Con este socorro, encontrado tan á tiempo, y por no
privarse de él, les fué preciso saltar en tierra y caminar por ella
algunos dias, bien temerosos de algun fin desastrado que les
hubiera sido forzoso, á no encontrarse cuando ménos pensaban con
Mateo Sánchez Rey, que con algunos gastadores iba por un cañaveral
abriendo camino para que pasase el ejército, que distaba una
jornada; y como las dichas no previstas más se extrañan que alegran
á los infelices, fué celebrada ésta con lágrimas (demostracion
fúnebre en que tal vez rebosan los gozos de una buena fortuna)
correspondiendo á ellas el piadoso gonoves viéndolos tan débiles,
que más parecían cuerpos difuntos que españoles vivos: y corno las
acciones generosas sean hijas de la nobleza, para acreditarlo así,
los socorrió luego con cocina de caballos que morían, y algunos
granos de maiz tostado, alimento que tenia reservado para si, y el
regalo de más estimacion que por entónces podia encontrarse.
Animados con el socorro Barajas y Otelo, le dieron cuenta de su
desgracia y del suceso de los compañeros, y Mateo Sánchez avisó
luego al Adelantado, para que se reparase aquel daño, como lo hizo
disponiendo que el Capitan Lorenzo Martin, con doce infantes los
ménos impedidos, partiese al socorro, encaminándose á la parte
donde los dos españoles dijesen haberse dividido los demas de su
compañía, y procurase auxiliarlos á todos siendo posible, ó hallar
algunos de los que se habían ocultado en los montes. Y para que más
bien se considere el miserable estado á que llegó el ejército del
Adelantado, socorrió á cada uno los doce con un cuarteron de queso
de Canaria y dos velas de sebo de racion: susto débil y asqueroso,
y que les habia de servir todo el tiempo que se ocupasen en la
jornada. Pero ya los aprietos del hambre eran tales, que Fernando
Suárez, uno de los que iban á la faccion, se comió una de las velas
en presencia del Adelantado, saboreándose con ella como pudiera con
el diacitron más regalado, y aun recorriendo los pabilos por no
dejar de algun modo quejosa la extrema necesidad que padecia. Con
esto socorro, pues, partió Lorenzo Martin con los doce compañeros
sufridores de trabajos y fatigas las más grandes, pues las que
padecieron pudieran causar asombro á aquellos invencibles españoles
que rompieron las nieves y rocas de los Alpes, para que á pesar de
los elementos opuestos triunfase el mejor africano de toda la
potencia romana. Mas habiendo llegado al sitio que les mostró
Barajas ser el mismo en que fué rota la gente de Juan de
Castellános, dispararon algunos tiros de arcabuz, á cuyos golpes
repetidos acudieron luego Castellános, Valderrama, Mangalonga y
Francisco de Henao con otros doce compañeros, aunque tan
desfigurados de los trabajos padecidos, que solamente descubrian
las pieles y huesos como en trofeo de su paciencia, no habiendo
sido ésta bastante para que los demas, que se despartieron por los
montes, dejasen de perecer al aprieto del rigor y del hambre.
Este socorro impensado, cuando tenian por infalible la muerte,
les fué de tanto alivio, que alegres de su dicha se abrazaban á un
tiempo derramando lágrimas en festivas señales de su gozo; y lo más
cierto, porque no causaban ménos lástima los unos que los otros:
mas como Lorenzo Martin tuviese muchas experiencias de semejantes
lances en que se habia hallado, y supiese que divertidos los males
atormentan ménos, y él fuese dotado de buena gracia y facilidad en
la poesía, que permitia su profesion militar y el estilo de
aquellos tiempos, procuraba divertirlos unas veces con donaires y
otras con versos que les decia, y lo consiguió de suerte que,
olvidados de la necesidad presente, parecía no haber pasado por
ellos los trabajos referidos; con que animados así los unos y
otros, y visto el estado en que se hallaban, resolvieron por ménos
peligroso acometer al pueblo descubierto por Mangalonga,
asaltándolo al romper del dia, por ver si encontraban alguna
vitualla; pero salió tan contrario este designio, que cuando lo
ejecutaron estaba ya el pueblo reducido á cenizas, y todos sus
vecinos retirados á diferente sitio, corno es costumbre entre
aquellas naciones cuando saben que las extranjeras tienen ya
noticia de los lugares en que habitan. Y fué de suerte, que los
nuestros no tuvieron allí ménos peligroso alojamiento que el
pasado, que les tuvieron prevenido las montañas; mas el hambre,
solícita investigadora de los secretos más arcanos de la avaricia,
no dejó por todo el contorno cueva ni lugar oculto que no
escudriñase, hasta que en algunos de los más retirados halló una
razonable cantidad de maiz y raices con que se reformaron de fuerza
y salud hasta que llegó lo restante del campo, que fué dentro de
muy pocos dias.