CAPITULO IV
EL OCABITA Y LUPACHOQUE SE FORTIFICAN EN DOS PEÑOLES: RÍNDESE
LUPACHOQUE POR ARMAS AL CAPITAN PINEDA Y EL OCABITA, Á PERSUASIONES
DE ALONSO MARTIN, DESPUES DE DIFERENTES ASEDIOS.
EL mal ejemplo del Suta y Simijaca, por el año antecedente, como
dijimos, fué incentivo de la rebelion de otros Caciques poderosos;
pero el castigo que en los primeros hizo el ejército español, no
fué parte para enfrenar la ferocidad del Ocabita y Lupachoque, de
suerte que abandonasen la guerra que una vez abrazaron, matando á
su Encomendero Mateo Sánchez Cogolludo, por ver si encontraban la
libertad entre las ondas de sus peligros. No eran señores tan
poderosos que se pudiese recelar que en algun tiempo campeasen
vencedoras sus armas; mas eran dueños de tan fuertes sitios que se
dificultaba mucho hallar forma de poder sujetarlos. Habia, pues,
esta diferencia entre las fortalezas de uno y otro Cacique,
recíprocamente unidos para auxiliarse: y era que Lupachoque, si
bien ocupaba un elevado peñol bastante á resistir con arte á los
nuestros, era tan corto de sitio que no se hallaba capacidad en su
eminencia para el abrigo de toda su gente, ni abundaba tanto de
piedras que pudiese dar municion equivalente á la forma con que se
guerreaba por entonces, y más cuando las sendas que guiaban á la
cumbre, si bien peligrosas, no del todo imposibilitaban dar paso á
los nuestros. Mas, la de Ocabita era tan capaz en lo alto, que
desahogadamente alojaba á todos sus parciales, y eran tantas las
piedras de que abundaba, que no perecia posible agotarse en el
asedio de muchos años; y como si éste lo tuviese presente, se habia
proveido de vitualla suficiente para no rendirse por hambre,
disciplinando al mismo tiempo su gente, para no quedar vencido por
fuerza: dificultades que reconocian bien los nuestros para
temerlas, pero como se recrecian mayores de que se les pasase su
atrevimiento con disimulo, prevaleció el parecer de que se
allanasen aquellos Caciques por armas cuando no bastase la
seguridad del buen trato que se les ofreciese para que admitiesen
la paz.
Para, ejecutar este medio Hernan Pérez, en cuyo tiempo y ántes
que saliese al descubrimiento del Dorado sucedió lo referido,
eligió á los principios persona que le diese á entender cómo se
pondria enmienda en lo pasado, y las conveniencias que hallarian
sus gentes en desistir de la guerra, á que los movia la resolucion
de su desesperado aliento. Mas tan lejos se hallaban de ajustarse á
su dictámen los dos Caciques, que ninguna cosa les agravió tanto
como oir la propuesta, en que si bien se les aseguraba la paz no,
se prometia alzar los tributos, punto principal que movió toda la
máquina de su rebelion. Y como presumian incontrastables los sitios
en que se habian fortificado, respondieron que pues los españoles
mezclaban la paz que ofrecian con los tributos que repugnaban
ellos, se resolvian á pagarlos con las puntas de sus dardos, para
que los cobrasen con más atencion de que, nacieron libres. Con esta
respuesta fué preciso apresurar el remedio, ántes que la omision
despertase nuevos inconvenientes, y más cuando las alteraciones de
un pueblo oprimido con tributos son fuertes ejemplos, que rompiendo
el yugo de la violencia arrastran los demas, que están á la mira,
para que corran incitados al centro de la libertad; y porque la
empresa necesitaba de Cabo experimentado que la gobernase, pareció
en una consulta de todos los Capitanes del Reino se cometiese á
Juan de Céspedes y Gonzalo García Zorro, cuyas hazañas los tenian
bien acreditados en aquel Nuevo Mundo, y dícelo Castellános en su
historia general de Indias con estas palabras:
Y porque convenia brevemente
Allanarse tambien aquella roca,
Pues á que dar ilesa se acrecieran
Otras alteraciones enojosas,
Entraron en consulta, y acordaron
De comun voto dar aquella empresa
A Céspedes y a Zorro, Capitanes
Antiguos y cursados en dar órden,
Como con poco riesgo se venciesen
Estas dificultades semejantes,
Los Cuales aceparon aquel cargo
Y fueron en demanda de Cohabita
Y del que se llamaba Lupachoque.
Y así prevenidos de balas y pólvora, que se empezó á labrar
entónces en la ciudad dé Tunja, partieron á su conquista con cien
hombres arcabuceros y ballesteros, número que pareció conveniente
para vencer las dificultades que se habian de encontrar en el
manejo de la guerra. Conducidos, pues, los dos Capitanes al peñol
de Lupachoque, en que se hallaba recogida su gente, gastaron los
primeros dias en reconocer por todas las partes de su recinto la
que seria más á propósito para emprender la subida, en que
forzosamente había de consistir el dichoso remate de la empresa;
pero como por ninguna se descubria senda que no estuviese
pronosticando desgracias con los riesgos que representaba á la
vista, plantaron sus tiendas y alojaron disgustados de haber
admitido faccion tan dificultosa por armas. Mas como la nacion
española tiene por descrédito de sus pasadas victorias todo lo que
no es proseguirlas, aunque se representen imposibles y sea tanta la
ambicion con que aspira á ganar fama, que se la promete más grande
miéntras los peligros se le ofrecen mayores, al siguiente dia se
dispusieron á dar asalto al peñol, aunque en la ejecucion
encontrasen la muerte. Y porque el estilo que guardaron siempre fué
convidar con la paz ántes de romper la guerra, despacharon persona
que la asegurase á Lupachoque; pero él, que de nada se recelaba
tanto como del trato español, sin dar oidos al mensajero, dió la
respuesta con las puntas de una tempestad de flechas encaminadas á
quitarle la vida.
Irritóse tanto la cólera española de la desatencion del Cacique,
que sin el reparo que le debia dictar la prudencia para tan árduo
empeño, se arrojó á contrastar la inexpugnable eminencia,
comenzando á subirla los nuestros, unos en pos de otros, por las
sendas que ménos arriesgadas se representaban; y aunque prevenidos
de fuertes escudos concibieron esperanzas de buen suceso en la
expugnacion, fué tanta la cantidad de piedras que cayó de lo alto á
embarazarles el paso, y tan espantoso el ruido que despeñadas
formaban, que asombrados los nuestros de su avenida, se retiraron
desordenados donde la distancia los asegurse de peligro tan grande.
Y aunque por mucho dias probaron por diferentes partes el asalto,
ninguna traza ni esfuerzo bastó para que no desesperasen de la
victoria miéntras Lupachoque se valiese de aquella artillería, que
próvida la naturaleza labró para que se defendiese: por lo cual
resolvieron dar vuelta á Tanja sin más fruto de la jornada que la
admiracion de que la hubiesen perdido; de que resultó suspenderse
la empresa, hasta que partido Hernan Perez á su descubrimiento, y
poblada la ciudad de Málaga, tuvieron lugar los Caciques rebeldes
de repetir nuevos insultos; más como Gonzalo Suárez y sus Capitanes
discurriesen que de allanarse aquel movimiento resultaria la paz y
quietud de la tierra, y con la dilacion podria crecer la centolla
de la rebelion hasta encender todo el Reino, determinaron elegir
nuevamente á Juan de Pineda, Capitan de valor, para que prevenido
de gente escogida no desistiese de la opugnacion hasta reducir á
Lupachoque á que por hambre ó por fuerza sujetase la cerviz á la
obediencia jurada: y salióles tan buena esta eleccion, que habiendo
llegado al peñol con otros cien hombres, se supo dar tal maña, que
repitiendo cada vez con más coraje los asaltos en que se señalaba
siempre Diego Romero de Aguilar, y menoscabado Lupachoque desde los
principios de gente y piedras, en ménos de tres dias, con
lamentable destrozo de los defensores, consiguió la victoria, que
ántes pareció imposible á dos Capitanes de mayor fama.
Divulgado el suceso entre los Mozcas con aclamacion y espanto
general de las naciones, le pareció á Pineda que consiguientemente
se le rendiria Ocabita, en quien la fama del vencedor haba la
primera batería para facilitar el rendimiento. Pero como la
obstinacion no se gobierne por las reglas del discurso, produjeron
tan contrarios efectos la confianza de Pineda y la resolucion de
Ocabita, que ésta fué de resistirse á los, españoles hasta morir, y
aquélla se desengañó brevemente de llegar á vencer; porque habiendo
practicado todos los medios suaves para reducir su rebeldia, los
despreció de suerte con palabras y obras, que resuelto Pineda á
probar fortuna, esperándola no ménos favorable que en la empresa de
Lupachoque, dispuso que su gente asaltase al Ocabita en su misma
fortificacion. Pero como las sendas para el avance eran más
estrechas y peligrosas que aquéllas, y la provisión que tenia de
piedras era inagotable, porque abundaba de ellas la cumbre en que
se alojaba su gente, salió tan desgraciado el primer asalto de los
nuestros, que aun no habian dado los primeros pasos resguardados
con las rodelas, cuando cargó de suerte la estruendosa multitud de
piedras, que asombrados del riesgo desistieron del intento, por no
perecer entre las inconsideraciones de su arrojo. Y aunque picados
del mal suceso intentaron otras veces enmendar la primera retirada,
todas cuantas lo pretendieron se encontraron con mayores
dificultades de conseguirlo; porque ni sobresale esfuerzo donde el
arte y la naturaleza se ligan para mostrarse contrarios, ni
prevalece el ingenio donde los medios se imposibilitan para
desvanecer los discursos: y así tuvieron por más cuerda resolucion
la de volver á Tunja, donde se recibió con templanza la victoria de
Lupachoque, por la resistencia gallarda del Ocabita.
Pero apénas levantaron el sitio los nuestros, cuando valiéndose
ésto de la ocasion y más insolente con la victoria, corrió la
tierra llenándola toda de fuego y sangre con asombro de los indios
pacíficos, que por no cooperar en los designios de que el
levantamiento fuese general, eran los primeros que perecian á los
filos de sus macanas. Robó los pueblos y saqueo las casas, talando
los campos con daño comun de todo el país, hasta que rico de
despojos y vituallas volvió á resguardarse en su peñol. Y como no
eran de tan poca consideracion estos inconvenientes, que no se le
representasen mayores á Gonzalo Suárez, se halló forzado al empeño
de sujetar aquel soberbio Cacique, que desvanecido con la
prosperidad de sus armas violentaba con hostilidades á los indios
vecinos para que lo siguiesen en la rebelion que mantenia á pesar
de los españoles; y como en todos los encuentros de aquellos
bárbaros habian salido victoriosos, y en éste del Ocabita se
descubrían señales de que podria. trocarse la suerte y el ejercicio
de las armas hacer guerreros á los que nacieron ociosos, se
determinó á ir personalmente á la conquista con todas las fuerzas
del Reino, que ya parecian forzosas para la conclusion de tan
difícil empresa. Hace de aventurar alguna vez todo el cuerpo por la
defensa de un miembro, pues á no despoblar nuestro Filipo el Grande
á todo Aragon por engrosar el sitio de Barcelona, no la desamparara
el frances ignorante de que aquella muchedumbre podia originarse de
aquel desamparo. Para el efecto, pues, que va referido, llamó los
Capitanes y personas de más crédito militar y entre ellos aquel
famoso Alonso Martin, de quien hemos dicho que sabia con perfeccion
el idioma de los indios. Las palabras de Castellanos con que
empieza á referir lo que vamos diciendo, son éstas:
Mas Gonzalo Suárez que regia
En aquella sazon la tierra nueva,
Considerando los inconvenientes
Que se le ofrecian si quedase
Aquel indio soberbio con su honra,
Determinó venir personalmente
Sobre él luego con toda la pujanza
Que de buenos soldados en la tierra
De esta gobernacion tenian nombre, &c.
De que se reconoce que las noticias de estas empresas no han
estado tan sepultadas que se puedan atribuir á otros Cabos que no
sean los que van referidos; y volviendo á Rondon, marchó luego que
tuvo juntas sus fuerzas al asedio de Qcabita: y porque el peñol
formaba por la parte inferior ciertas concavidades que se
resguardaban con algunos peñascos que le servian de cubiertas para
los que en ellas se entrasen, llevó en su campo mucha cantidad de
escalas, barras y azadones que facilitasen la faccion de ocuparlas,
respecto de ser tan ventajosas para los nuestros, que puestos en
ellas no podian ser ofendidos del enemigo con piedras y tenian
sobrada comodidad para poderlos herir con los arcabuces. Pero
habiendo llegado con todo el campo á vista de Ocabita (que bien
fortificado y vanaglorioso del mal suceso de Pineda, esperaba igual
fortuna en esta segunda opugnacion), ántes de ceñir el peñol le
pareció á Gonzalo Suárez usar de la más precisa diligencia en
semejantes lances, haciéndole saber el deseo que tenia de
conservarlo en paz, así á él como á sus vasallos, en caso que
depuestas las armas observasen la fe prometida al Rey de España, de
que se les seguirian todas las conveniencias que pudiesen
desear.
Encargóse de esta embajada el Capitan Alonso Martin, diestro en
el idioma y trato de los indios y dotado de aquella sagacidad de
que siempre supo aprovecharse en semejantes ocasiones. Desnudo,
pues, de todas armas fué subiendo por una de las sendas que tenia
el Peñol, trabando conversacion con aquellos indios que se
descubrian los primeros en la cumbre, y le daban respuestas
encontradas del todo á sus intentos; pero como éstos se encaminaban
á pacificar á Ocabita, instaba tan diestramente con la suavidad y
frases del idioma en que se lo llamasen para tratar con él cierto
negocio á que le importaba dar oidos, que vencido el Cacique del
donaire y rendimiento con que lo llamaba, se le mostró entre su
gente en parte que pudiese percibir sus palabras: con que más
confiado el Alonso Martin, no cesaba de ir ganando la cumbre y
usando de todas aquellas lisonjas bastantes á templar el ánimo más
guerrero, las repetía á cada paso que continuaba sin parar. Unas
veces le templaba el ánimo con ruegos y súplicas y otras le
inclinaba la voluntad con los elogios que de su nobleza y persona
le decia; y como el corazon humano de nada se pague tanto como de
los propios aplausos, suspendieron de suerte al Ocabita las glorias
de verse lisonjeado por hijo del sol y de la luna y los
ofrecimientos de paz y buenos partidos que se le proponian de parte
de los españoles, á quienes tenia por invencibles, que sin atender
á lo que más recolaban sus gentes, se halló con Alonso Martin en la
cumbre, si bien desarmado, como dijimos, para persuadirle más bien
á que su trato no era fingido, como se lo manifestaba de nuevo con
más corteses rendimientos despues que llegó á su presencia, de que
el Ocabita no se sentia disgustado.
A este tiempo Gómez de Cifuéntes, Parédes Calderon, Juan de
Tolosa, Diego Rincon, Francisco de Mojica y Pedro Niño,
reconociendo el peligro en que se habia puesto Alonso Martin y la
ocasion que se les iba á las manos con el divertimiento en que
estaban los indios, subieron apresuradamente sin que fuesen
sentidos hasta llegar á lo más alto del Peñol, donde vieron al
Ocabita, que hablando con Alonso Martin en respuesta de su
embajada, le decia:
Capitan español, bien creo habrás reconocido que á no ser con
gusto mío no hubieras llegado á este sitio, pues á una multitud
como la que miras armada, poca oposicion pudiera hacer un hombre
solo; pero háme persuadido de suerte el denuedo con que te has
expuesto al peligro de verte rodeado de mis armas, que las he
suspendido por no malquistarme con la inclinacion que me violenta á
escucharte. Y aunque pueda dudarse si lo que has obrado nace de
valor ó temeridad, yo más me inclino á que ha sido efecto de la
confianza que has hecho de mi nobleza, y de la que tienes en la
discrecion con que sabes proponer tus intentos, que califico por
buenos, pues sola una buena intencion sabe encontrar seguridades
entre los mayores riesgos como entre los enemigos aplausos, y
supuesto que tú has fiado la vida de Ocabita en fe de que sus
tratos no bastardearán de su sangre, justo será él tambien fie su
libertad y la de su gente de tí, pues eres uno de aquellos que ha
puesto el sol por árbitros y dueños tantas monarquías, la paz á
que me convidas acepto, y de la guerra enojosa en que me había
empeñado desisto, pues no hay destreza en el valor, como se ve á la
corriente de una fortuna deshecha que se apresura en favor de los
contrarios; mas persuádete á que así como yo y mí gente se fian
solamente de tu pelebra, así quedaremos sí faltas á ella superiores
á los tuyos en la fama, pues mal podrá ésta ocultar en la
posteridad, cuando publiquen nuestras desgracias, que mi nacion
procedió más noble aunque no tan dichosa.
La respuesta de Alonso Martin fué echarle al cuello los brazos y
ratificarlo con sus compañeros las promesas anteriores, con que
alegres todos dieron aviso al campo de los españoles, que, gozosos
del buen suceso, subieron al Peñol y con iguales correspondencias
regraciaron al Ocabita, viendo que por un medio tan impensado se
habia conseguido una empresa de que pendia la quietud de todo el
Reino, y que tan fácilmente se terminase la guerra, á cuya mira
estaban tantas naciones suspensas, con fin de unirse á la parte que
saliese victoriosa. Decia Pirro que le había conquistado más
provincias la retórica de Cinéas que la fuerza de sus ejércitos: y
tanto más debió el Nuevo Reino á la persuasiva de Alonso Martin que
á las hazañas de tantos héroes famosos, cuanto excede la gloria de
conservar á la dicha de adquirir. Dióle Gonzalo Suárez las gracias
de todo, atribuyendo justamente á su valor y destreza el buen fin
de tantas prevenciones: y confirmadas las paces y capitulaciones
que asentaron con el Ocabita de no hablar más en la muerte del
Encomendero, y darle otro que se contentase con un moderado tributo
para aliviar su gente la condujeron á sus pueblo, donde permanecen
hasta hoy leales y obedientes al Rey, y á su ejemplo quedaron
tambien desde entónces sosegadas todas las provincias de Tunja,
donde la fé católica se fué extendiendo, y el Culto Divino ha
crecido hasta el grado que hoy se experimenta en los magníficos
templos que se han levantado.