CAPITULO III
VUELTO EL CAPITAN MALDONADO DE LA JORNADA DE LOS PALENQUES, SALE
HERNAN PÉREZ DE QUESADA AL DESCUBRIMIENTO DEL DORADO CON MAL
SUCESO, Y EL CAPITAN AGUAYO FUNDA LA CIUDAD DE MÁLAGA.
COMPUESTAS al parecer de algunos las cosas del Nuevo Reino con
la muerte de Aquiminzaque, Cacique de Tunja, y el castigo general
de sus provincias, como las inclinaciones humanas no se contengan
dentro de los términos de la posesion, por feliz que sea, y mal
escarmentado Hernan Pérez de la trabajosa jornada que el año
antecedente hizo á la casa ó Templo del Sol, en que le ofrecian oro
todas las naciones del Reino, y en que perdió tiempo y gente sin
más fruto que haber dado vista á la provincia de los Chitareros, en
que despues se fundó la ciudad de Pamplona, trató luego de abrir
nuevo camino á su fortuna, arrojándose á la conquista y
descubrimiento del Dorado, cuya falsa noticia y apetecido nombre ha
sido tantas veces ruina de la nacion española en el dilatado
espacio de los Llanos de San Juan. Y porque sepamos el motivo con
que se han empeñado tantas ansias de la ambicion y codicia, es de
advertir que al tiempo que Sebastian de Benalcázar y su gente
conquistaron la gran ciudad de Quito, hallaron en ella un indio
natural de Bogotá, que les dió noticia de todo aquello que dejamos
dicho en el primer capítulo del cuarto libro acerca del Reino de
Cundinamarca, con cuya relacion y las señas que les dió el indio de
la parte por donde habian de guiar su jornada, salió Benalcázar del
Reino de Quito en demanda del Dorado, que fué el nombre que dió á
la nueva conquista, y sin detenerse en las provincias Equinocciales
más tiempo que el preciso para fundar las ciudades de Popayan y
Cali, pasó aceleradamente por las asperezas de las montañas y
extendidos campos de Neiva hasta llegar al Reino de Bogotá donde
(como ya vimos) halló á Quesada y á Fedreman apoderados de todo él;
mas no ocultando él ni su gente las noticias que los habían guiado
á aquellas partes, con las cuales se conformaban otras que habían
movido á Fedreman y á los suyos, añadiendo que en las provincias
del Dorado eran tan poderosos y ricos los hombres, que salian á
campaña quinientos mil combatientes, todos con armas de oro así
ofensivas como defensivas, se le recrecieron tales deseos á Hernan
Pérez de conseguir aquel descubrimiento, que, partido el hermano y
los otros dos Generales trató vivamente para la empresa con la
mayor prevencion que le fuese posible.
Para este fin le fué muy conveniente la arribada de Lope Motalvo
de Lugo al Reino con ochenta hombres prácticos en las entradas de
los Llanos, como dijimos, y la vuelta que por este tiempo dió
Baltasar Maldonado del descubrimiento de los Palenques y Sierra
Nevada, con otros cuarenta infantes ejercitados en aquella faccion,
que fué de las más peligrosas que se ofrecieron; y para referirla
es de saber que habiendo los primeros conquistadores hecho reparo
muchas veces en que desde algunos montes de tierra fria y otros de
la caliente, que habitaban los Panches, tirada una línea visual que
desde Santafé corriese sobre los valles de Síquima y Bituima, se
divisaba hácia la provincia de los Pantagoros una sierra
elevadísima, que en los dias claros y despejados de vapores
manifestaba á larga distancia estar toda ella cubierta de nieve,
entraron en curiosidad de averiguar los secretos que se podian
ocultar en tierra tan señalada; y como para semejantes empresas
siempre estuviese pronto el Capitan Baltasar Maldonado, caballero
de los más afectos á los Quesadas, con facilidad se prefirió á
otros muchos que se ofrecian al descubrimiento, y con setenta
hombres que llevó lo más breve que pudo, salió á la empresa, y
atravesada la provincia de los Panches, esguazado el rio grande con
canoas y penetrado el país de los Pantagoros, declinando á mano
derecha del valle de las Lanzas, en que despues se fundó la ciudad
de Ibagué, comenzó á repechar fragosidades noticioso quizá de que
la senda que abrió Aníbal sobre la nieve de los Alpes, no solamente
fué tránsito para Italia sino camino que dejó á posteridad para que
lo siguiese con la imitacion, el valor y la constancia: y así,
vencida muchas sierras inaccesibles y encuentros de gente feroz que
las habita, aportó finalmente despues de caminadas más de sesenta
leguas á las faldas de dicha sierra, que hoy corre con el nombre de
Páramo de Ruiz, tan armado de frios, que aun para el tránsito de
Santafé á las ciudades de Antioquia y Anserma, no ha permitido el
rigor de sus hielos la continuacion del camino que por ellos abrió
poco despues la industria.
Descubierta, pues, la sierra nevada, y reconocida por tierra
inhabitable, si no es para dantas y ciervos, de que abunda con
exceso, pasó Maldonado á inquirir la sustancia de los pueblos
confinantes (que son aquellos mismos á que dió vista Alvaro de
Mendoza, despachado por el Capitan Robledo á reconocer esta misma
sierra nevada) y halló que entre los Pantagoros y dicha sierra se
formaba una provincia, que sin extenderse mucho ni: estrecharse
poco, se hacia respetar de todas las naciones vecinas, con ser de
las más belicosas de Indias; porque ademas del valor y destreza de
sus naturales, con que sabian ofender á sus enemigos, tenian para
su defensa cercados todos sus pueblos de entradas encubiertas ó
palizadas tan fuertes, que para ganarles la provincia era preciso
invadirlos de uno en uno, y para cada uno se necesitaba de asedio
muy dilatado, por la destreza con que sabian aprovecharse de
aquellas fortificaciones, por cuya causa la llamó Maldonado la
provincia de los Palenques, bien distintos de los que tenian en su
contorno las sierras nevadas de Mérida motivo que algunos han
tenido para confundir esta jornada, que con tanta claridad expresa
el Adelantado Quesada en su Compendio historial. Pero no obstante
que por Maldonado se reconociese la fuerza de los Palenques, la
poca sustancia de la provincia y el valor de sus naturales,
llevado de aquella costumbre de salir siempre victorioso, trabó
guerra con ellos pretendiendo allanarlos por armas, de que se le
originaron grandes peligros á cada paso, pues malogrados muchos
asaltos en que las lanzas contrarias y flechas venenosas jugadas
por parte interior de los Palenques le mataban alguna gente, y
empeñado cada dia más en combatir sus fortificaciones, llegó á
trance que embestido (á tiempo que asaltaba uno aquellos pueblos)
de una fiera tempestad de lanzas, que de otros salieron para el
intento le mataron veinte y dos hombres en la guazabara, dejándole
heridos á Gómez Nieto y á otros, aunque de parte de los nuestros se
hicieron maravillas hasta retirar al enemigo, en que obró mucho el
esfuerzo con que en la ocasion se portó el Capitan Juan de Angulo;
y así, viéndose libres de la batalla y casi derrotados,
desampararon la conquista, y vencidas otras muchas dificultades y
encuentros, dieron vuelta á Santafé á tiempo que, como llevamos
dicho, y pudo aprovecharse Hernan Pérez de este trozo de gente tan
valerosa.
Componiase su campo de doscientos y setenta hombres, en que se
contaban doscientos caballos, número sobrado para cualquiera
conquista de aquellas partes, á no haberse guiado por tan vano
rumor como el que habian introducido unos con otros los españoles.
De gente de servicio y vivanderos llevaba el ejército más de cinco
mil indios Muzcas, sacrificados al cuchillo del hambre y del
trabajo, y todos aquellos pertrechos de guerra y víveres que
parecieron suficientes para la empresa. Y como el Hernan Pérez
usaba de aquellas artes que fácilmente concilian los ánimos, y el
cebo del interes sea tan poderoso para prender los corazones
humanos, le seguían con gusto los más soldados y Capitanes, que ya
por los trabajos antecedentes y descanso en que se hallaban,
pudieran jubilarse de nuevas fatigas. Por Teniente general de
Hernan Pérez iba Lope Montalvo de Lugo, y por Capitanes de
caballos, Baltasar Maldonado, Juan de Céspedes, Pedro Galeano y
Juan Muñoz de Collántes: y de infantería Martin Yáñez Tafur y Diego
Martínez, que como Cabos principales llevaban en sus compañías á
Juan de S. Miguel, Guzman de Avellaneda, Pedro García Ruiz,
Cristóbal da Monroy, Nicolas Gutiérrez, Alonso de Alvarado, Juan
Rodríguez Gil, Diego Suárez Montañez, Francisco Rodríguez, Lope de
Salcedo, Francisco del Hierro Maldonado, Machin de Oñate, Maese
Juan, Juan Fuerte, Barajas y otros de que no he hallado noticias.
Por Cabo de la gente que quedaba en el Reino, y para que la
gobernase en ausencia de Hernan Pérez, nombró á Gonzalo Suárez
Rondon, de quien se hallaba bien satisfecho. Y ajustadas todas las
cosas que miraban á su conquista, empezó á marchar á primero de
Septiembre de este año en que vamos de cuarenta y uno: y como casi
todas las noticias recientes que daban los indios conformaban en
que el Dorado estaba á las espaldas de Santafé, en los dilatados
llanos de San Juan, para seguir aquel rumbo le fué preciso
atravesar al principio hasta cincuenta leguas de cordillera muy
fria, que média entro los Llanos y el Reino, y bien conocida en
aquella region con el nombre de Páramo de Fosca, si bien por otras
partes lo recibo de diferentes poblaciones que más se lo avecinan,
siendo en todas tan ásperos sus caminos respecto de las ciénegas,
tremedales, montes y frio que en él se padece, que habiendo gastado
muchos dias con pérdida de veinte y cinco caballos y alguna gente
de servicio, llegó el ejército al pueblo de Nuestra Señora, aunque
ya necesitado de víveres, y habiéndose allí proveido de algunos,
siguió la cordillera cincuenta leguas al Sur, camino que Antes
habian llevado los alemanes con Jorge Spima, por evitar los afanes
de marchar por las tierras anegadizas de los Llanos.
Habitan en aquella parte los indios Macos, que si bien ocupan
corta poblacion, fué la mayor que hasta allí habian encontrado los
nuestros en la jornada: y porque desde el pueblo de Nuestra Señora
no habían visto vitualla alguna, detenidos ocho dias recogieron
toda la que hubo en sus términos, dispuestos á penetrar las
montañas que allí se interponían, siguiendo la sierra al Poniente.
Con esta determinacion en pocas jornadas llegaron al rio Papamene,
donde se encontraron con otra nacion de indios Guaipis, de quienes
llevabais noticias de que tenian comunicacion y trato con los del
Dorado: y fueron tan á su deseo otras muchas que de ellos
recibieron, que animados nuevamente los nuestros, determinaron
proseguir su marcha sin escarmiento de los trabajos padecidos ni
temor de los futuros que amenazaba el empeño. Experimentóse aquí,
como siempre, el engaño continuado que usan los indios para desviar
de sí á los españoles, asegurándoles más adelante todo aquello que
inquieren como dudoso, y lo poco de que necesita nuestra ambición
para ensanchar los términos de la esperanza; pero como cualquiera
que mire á bienes temporales se desvanezca de ordinario entre
desgraciados sucesos, despues de muchos afanes aportaron á las
tierras de los indios Choques, nacion guerrera y que se alimenta de
carne humana: y habiendo tenido con ellos varios encuentros en las
nuevo jornadas que se gastaron en atravesar lo áspero de su
provincia, llegaron al rio Bermejo, término último hasta donde
penetró la audacia de Jorge Spira, que distará quinientas leguas
del mar del Norte. Pasado este rio, se halló Hernan Pérez falto de
guias, porque las que tuvo hasta aquel paraje dijeron no conocían
aquellos climas: mas sin que este azar lo divirtiese, ni la
aspereza de la tierra que tenia presente le obligase á mudar
dictámen, despachó dos Cabos, cada cual con veinte hombres, para
que el uno procurase descubrir la parte baja y el otro la sierra; y
aunque las diligencias que hicieron fueron muchas, no pudiendo
hallar salida de aquellas montañas, volvieron sin esperanza ni en
qué fundarla, sino fué en seguir el camino que sabia á la sierra de
Yagueza, que venia á ser la misma que siempre les habia servido de
norte.
Con estos afanes prosiguieron treinta leguas más de jornada por
la aspereza de aquellos montes; pero considerando que la falta de
víveres crecia más cada hora, y perecia mucha gente del hambre y
enfermedades ocasionadas del trabajo y mal temperamento de la
tierra, resolvieron dar vuelta á los Paises bajos, por donde
anduvieron muchos dias sin más alimento que el de algunas raices
con que entretenian la debilidad de los cuerpos faltos de fuerza
cuando más la necesitaban para abrir los caminos á valentía de
brazos, y cuando era trabajo tan continuado el de todos, que hubo
algunos dias en que hicieron diez y doce puentes para vencer los
impedimentos del agua, que con los demas elementos parecia estar
conjurada para su ruina. Estas fatigas, pues, que los condujeron á
lo sumo de la miseria, fueron causa de que las enfermedades se
extendiesen por todo el ejército, muriendo algunos soldados y la
mayor parte de los indios vivanderos y de servicio, sin que se
viese humano semblante entre todos que no pronosticase desgracias á
cada uno. Raro sufrimiento y constancia singular! no abrir la boca
para la queja el que milita, ni volver paso atras para el reparo el
que perece! De esta manera llegaron á un corto lugar, que llamaron
del Sacramento, donde vieron algunas muestras de la canela de los
Quijos, qua sale por el Reino de Quito; y cuando pensaron ser
aquella señal de algun alivio, despues del continuado curso de
tragedias pasadas, fué desde allí el principio de las mayores
desdichas y trabajos con que la fortuna pudo examinar la fortaleza
española porque las tierras donde se cria aquella especie (es una
cascarilla formada á la manera de un sombrerillo del mismo color y
gusto que la canela de Oriente) no es ponderable cuán inhabitables
sean por las ciénegas, rios tremedales de que abundan, y sobre todo
tan estériles de frutas, raíces, aves y peces, que todas ellas
apénas se hallara género alguno de alimento; y como la distancia
que ocupan estos árboles de canela se prolongue por más de cuarenta
leguas, y fuese forzoso caminarlas todas, murió en ellas mucha
gente de hambre, y otros á las manos de ciertos indios que habitan
en una sierra puesta dentro del término de las cuarenta leguas, á
quienes llamaron de los Palenques, por tenerlos hechos para su
defensa y por ser, aunque pocos, muy belicosos y haber de pelear
con ellos forzosamente para salir de aquellas miserias.
Vencidas estas dificultades á costa de muchas vidas, y libres ya
de aquel país estéril dieron en una mediana poblacion, que llamaron
de la Fragua, donde pasaron grandes peligros en el esguazo de dos
poderosos rios; y despues de haber tenido diferentes encuentros con
los indios, considerando que la gente iba fatigada y se habia
encontrado alguna vitualla, resolvió Hernan Pérez detenerse allí
dos meses, en cuyo tiempo, haciendo las diligencias posibles para
descubrir camino que lo condujese á mejor terreno, y visto que no
se hallaba y que habian de perecer aprisionados en aquellos montes
si continuaban la dilacion en buscar remedio sus Cabos, determinó
por último dar la vuelta á uno de los dos rios que se habían
esguazado; pero como con las muchas aguas habian crecido entrambos,
y toda la tierra que habian caminado ántes estuviese inundada,
hubieron de empeñarse sus gentes en abrir nuevas sendas para el
intento, que se consiguió con mucho trabajo, hasta que llegado el
ejército al rio, y siguiendo su márjen hácia la parte del
nacimiento que tiene, dio en un Valle que corre dentro de las
Sierras, á quien los naturales llamaron Mocoa, y es el mismo de
donde salieron despues las primeras pinturas nombradas de Mocoa,
que vienen de India en tabaqueros, cofrecillos y diferentes vasos
de madera, bien estimadas en estas partes de Europa por el primor
con que se labran ya en la villa de Pasto, donde se ha pasado el
comercio de este genero tan apetecido de los hombres de buen gusto.
Allí aprisionaron algunos indios que por señas dieron buenas
noticias de la tierra que habia más adelante, despachando alguna
gente á que la descubriese, la fué siguiendo Hernan Pérez con todo
su ejército; mas, encontrándose en el camino con algunas naciones
que, fiadas en que los españoles no podian valerse de los caballos,
les hacian diferentes acometimientos en todos los pasos estrechos,
que no son pocos, se precisaron los nuestros á ir continuamente
sobre aviso y peleando por instantes, sin detenerse algun dia, por
la grande noticia que les habian dado en Mocoa de una tierra que
llamaban Archibichi; pero entrados en ella despues de tan dilatados
trabajos, se hallaron en el Valle de Cubundoy, que es en el término
de la villa de Pasto, perteneciente al gobierno de Benalcázar.
Este fin desgraciado, que no tuvo Suceso ménos malo sino fué el
de no haber perecido todos, fué el de la ruidosa conquista del
Dorado que emprendió Hernan Pérez de Quesada, habiendo caminado
desde la entrada de la provincia de los Macos hasta Cubundoy
doscientas leguas de montaña, tierra áspera, estéril y anegadiza,
en cuyo espacio se retardó un año y cuatro meses, y murieron
ochenta españoles, más de cuatro mil indios y ciento y diez
caballos, saliendo los demas Capitanes, infantes é indios, tan
débiles y enfermos, que pareció milagro llegar vivos despues de
tantos riesgos y trabajos padecidos. El rumbo que siguieron fué por
la sierra que corre al Sur, desde la entrada de las montañas hasta
Cubundoy, de la otra parte de la sierra, y atravesada pasaron á la
otra, donde de presente están las poblaciones y ciudades de
Guacazillo, Popayan y Pasto, desde donde el Capitan Hernan Pérez,
habiéndose encontrado con Francisco de Quesada, hermano suyo,
menor, y de los primeros que pasaron á la conquista de Chile con
Diego de Almagro, donde dió á un tiempo muestras de sobrado valor y
de inquieto natural, dió vuelta al Nuevo Reino por la provincia de
Neiva, dejando solamente á la posteridad la admiracion que debe
causar en tan larga y peligrosa jornada él sufrimiento invencible
de aquellos doscientos españoles, por cuya falta pudiera exclamar
Alejandro Magno con más razon que por los diez mil griegos que
echaba ménos para las conquistas del Asia; y que la disciplina
militar en que se habian criado fuese tanta, que jamas imaginasen
motin ni faltasen á los órdenes de sin General, aunque se hubiese
de ejecutar á costa de los mayores riesgos; y porque esta vuelta al
Reino fué por el año de cuarenta y tres, y los sucesos del que
llevamos piden referirse en su lugar. concluiremos este capítulo
con referir la fundacion de Málaga.
Luego que Hernan Pérez salió en demanda del Dorado y Gonzalo
Suárez Rondon se vió con el supremo dominio del Nuevo Reino de
Granada, en que lo habían puesto sus méritos, no pudiendo
resistirse el deseo ambicioso con que los hombres aspiran á
eternizar sus memorias con el recuerdo de nuevas poblaciones, en
que tal vez los apellidos ó nombres de la patria dicen quiénes
fueron sus primeros fundadores, trató vivamente de fundar una
ciudad á quien llamasen Málaga, en demostracion de que conservaba
en el pecho el dulce amor de la que tenia por madre; y como en la
jornada de la casa del Sol hubiese reconocido que sobre las
quebradas de Tequia, que se comprenden dentro del país de los
Chitareros, ofrecía el terreno disposicion para lograr su intento,
eligió por Cabo superior á Gerónimo de Aguayo, caballero cordoves,
de quien podian fiarse empeños de mas consecuencia, y ordenóle que
con veinte caballos y cincuenta infantes tomase aquella empresa á
su cargo, respecto de que los Mozcas estaban ya tan quebrantados
con la continuacion de la guerra, que no osarían impedirle el paso,
y los Chitaremos apénas verian los caballos sobre sus pueblos
cuando ocurririan á resguardarse en los últimos términos de su
provincia. Con este órden salió Gerónimo de Aguayo de la ciudad de
Tunja y llevando consigo muchos buenos soldados, entre quienes iban
Juan Vejarano, Salvador Martin, Juan de Trujillo, Pedro García de
Cañas, Juan Gascon, Fernando de Garibay, Gonzalo García, Pedro
Blasco Martin, Diego García, Pedro de Segovia, Lope Méndez, Pedro
Gutiérrez, Juan de la Cueva y Pedro Rodríguez, fué entrándose por
las naciones de los Tundamas, Serinzas, Sátivas y Chitagotos, sin
más peligro que el que ocasionaban los sustos que podia causar
tanta muchedumbre de gente ofendida como encontraban á cada
paso.
Habiendo, pues, arribado al rio Sogamoso por la parte que llaman
de Chicamocha, y es por donde más acanalado entre peñas corre
furioso á encontrarse con las aguas del grande de la Magdalena, y
reconocida la dificultad de pasar los caballos, respecto de que el
ímpetu de los raudales y encuentro de las piedras no dan lugar al
esguazo, y que para el tránsito de los naturales se valían de una
maroma que alijada sobre dos grandes troncos de la una y de la otra
banda, suministraba forma para que puesto en ella un cargador de
fajas pendiente de una tarabilla que corriese por toda la maroma
alándola con sogas, pudiesen ligados los cuerpos en el cargador
conducirse de la una á la otra parte, hubieron de conformarse con
la costumbre del país, y aventurados primero por agua cinco
arcabuceros de los más fuertes y diestros para que de la otra
ribera asegurasen el tránsito de lo restante del campo (por no
llevar el rio tanta agua que les pudiese impedir el esguazarlo á
pié resistiendo la furia de su raudal), lo ejecutaron con dicha y
consiguientemente la disposicion de la maroma y tránsito por ella
de la mitad de la gente para que ayudase al de los caballos, que
así mismo se consiguió con aladeras y sin desgracia, y últimamente
el de todo el campo: cosa bien singular y no vista hasta entonces
por los nuestros, por haber seguido aquel rumbo Hernan Pérez cuando
fué en demanda de la caña del Sol, sino el de la otra banda del
rio, esguazándolo por el vado de Socha: y así, vencido éste, que
pareció el mayor embarazo para la faccion, con facilidad se
atropelló el segundo, que fué un numeroso escuadron de indios, que
al abrigo del primer vado de la quebrada de Tequia, se presentó en
órden de guerra, y al primer ímpetu de los caballos y carga de
arcabuceros se desapareció entre las quiebras y amagamientos de
aquel áspero país, dando lugar á que Gerónimo de Aguayo, en sitio
al parecer conveniente, fundase la ciudad de Málaga, cuyos primeros
Alcaldes fueron Pedro Rodríguez y Pedro de Segovia; si bien la
experiencia de su mal terreno y ningun comercio ocasionó la poca
permanencia que despues tuvo, y aumentó la vecindad de Pamplona,
fundada ocho años después, como veremos en su lugar.