LIBRO NOVENO
Ejecútanse varios castigos en el Cacique de Tunja y otros señores.
Jorge Robledo prosigue sus descubrimientos hasta fundar la ciudad
de Antioquia. Hernan Pérez de Quesada entra á la conquista del
Dorado con mal suceso. Gerónimo de Aguayo funda la ciudad de
Málaga. El Ocabita y Lupachoque se rebelan y fortifican, y después
de diferentes asedios se rinden al Capitan Rondon. El Adelantado
Lugo se previene para subir al Reino, manda fundar el Barbudo y
encaminando su ejército por el valle Upar, lo conduce hasta la
ciudad de Vélez. Jorge Robledo sale pura Castilla, préndelo el
Adelantado Heredia y compite con Benalcázar sobre la ciudad de
Antioquia con poca fortuna, en cuyo intermedio se funda la ciudad
de Arma, y los franceses saquean á Santa Marta y Cartagena.
CAPITULO I
CON LA SOSPECHA DE QUE SE REBELA LA PROVINCIA DE TUNJA, PRENDE
HERNAN PÉREZ Á AQUIMINZAQUE Y A OTROS CACIQUES, QUE POR SU ÓRDEN
MUEREN JUSTICIADOS.
POR más de ochocientos años lloraron muchos ojos los estragos
con que los moros del Africa en ménos de tres meses inundaron con
sangre las dos Españas, para que se acreditase que es fiera
tempestad la de las desgracias cuando el cúmulo de los vicios de un
Reino ha llegado á irritar el sufrimiento Divino. Y en algunos
meses más veremos en este libro tan conjuradas las calamidades
contra todos los indios del Nuevo Reino por la misma causa que ni
les corra tiempo en que no restalle el viento de la persecucion que
los asuste ni tengan provincia en que no sople el huracan de las
adversidades que los oprima; que ni armados encuentran libertad que
los conserve, ni rendidos sujecion que los asegure: para cuya
relacion infausta es de advertir que con la muerte de
Quimuinchatecha, último Rey de Tunja, que fué pocos dias despues
que pasó del trono á la prision (accidente el más grave de que
adolecen los Reyes) se hallaban las provincias de su señorio tan
fatigadas, que ni esperanzas descubrían de verse libres de una
esclavitud perpétua á que los destinaba el concepto que habían
hecho de la buena fortuna de los nuestros. Y aunque luego, más á
instancia de ellas que suya, colocaron al sobrino Aquiminzaque en
la silla del tio, era ya tan limitado el dominio, que podia
prometerse por el que habían introducido los españoles, que más era
fantástica la dignidad que verdadera, pues aunque bárbaro reconocia
que cuantos agasajos experimentaba no tenian más fin que el de
obligarle al descubrir algun tesoro de los que imaginaban heredaria
con el Cetro. Este conocimiento y el pesar que le causaba la
opresion de sus gentes en todas partes por la codicia de algunos
españoles, á que se juntaba el dolor de ver quebrantados y rotos
los pactos hechos con el tío, y de hallarse falto de fuerza humana
para el reparo de tantos males, lo acongojaban de suerte que muchas
veces determinó retirarse donde las consideraciones de su pena no
despertasen al ruido de las noticias de su desgracia; y hubiéralo
ejecutado así á no estorbárselo algunos vasallos que vivamente
deseaban conservar aquellas reliquias últimas de sus antiguos
Reyes: como si á las coronas que tanto pesan y han empezado al
caer, no fuera connatural el precipicio hasta el último centro de
la desdicha. Rara ambicion la del coraron humano! En la más corta
fortuna confia, y en el infortunio más crecido no desespera.
Con esta mira trataron de casarlo conforme á nuestra ley, con
hija del Elector de Gámeza, uno de los más grandes señores que
entónces había en la tierra: y ajustados los conciertos (que entre
ellos corren con muy pocas condiciones) concurrieron al la ciudad
de Tunja todos los Caciques sujetos y algunos de los que no lo
estaban, para celebrar las bodas conforme al su estilo, que más
consiste en la muchedumbre que se junta á los banquetes, que en
otra demostracion particular que se halle. Pero como el dominio
adquirido más con la espada que con la razon, siempre engendre
celos en quien se teme de verlo deshecho por los mismos medios que
se introdujo, puso en cuidado á Hernan Pérez este concurso
universal de que no tenia experiencias, y habiéndolo comunicado á
su gente, que ya se componia, como se ha visto, de los que entraron
con su hermano Gonzalo Jiménez, con Benalcázar y Fedreman, fueron
varios los discursos que sobre el caso se hicieron, si bien todos
miraban á la total ruina de Aquiminzaque, sin más exámen que el
indiferente que les ofrecia la vista. Los vecinos, que ya eran de
Tunja (donde por desgracia fatal de su clima es costumbre formar
gigantes de las sombras que se conciben) ponderaban al Hernan Pérez
el peligro que amenazaba la vecindad de aquella muchedumbre que
habia concurrido junta. Fingian tratos imaginarios de unos con
otros en perjuicio de los españoles, sin más averiguacion que la
que había hecho su antojo; y reducidos los más de ellos al que
habian oído decir que todas eran prevenciones anticipadas para
rebelarse, esforzaban sus discursos ponderando por cautelosas
algunas acciones y circunstancias, que gobernó el accidente.
A qué propósito (decian) concurrieron tantas escuadras de
bárbaros poco ha al tiempo que se dieron vista los ejércitos de
Lebron y Hernan Pérez? Pudo tener otro que el de hacerse dueños de
todo en caso que redujesen á las manos las diferencias del
gobierno? Quién puede dudar que previsto el estrago que habían de
padecer los españoles unos de otros en tan civiles discordias,
concurrirían á ser árbitros de todos, fabricando de nuestra ruina
su libertad? Sí esta esperanza no les facilitara la empresa que hoy
se teme, ¿quién fuera bastaste á que pareciesen delante de
ejércitos armados los que se retiran de pocos españoles desnudos?
Si el odio á nuestra nacion lo traen sobrescrito en los semblantes,
qué más prueba para saber que la venganza la tienen esculpida en
los corazones? Verdad es que los han vencido nuestras armas; pero
si no los tiene á raya el castigo, soto servirá la victoria de
recuerdo á su enojo para que ensangrienten más su crueldad cuando
hallaren la ocasion en nuestro descuido. Y cuando todos estos
indicios no descubriesen su culpa, qué más clara noticia puede
esforzarlos que la que nos tiene dada uno de su misma nacion, de
que procede infielmente Aquiminzaque y corren peligro nuestras
vidas miéntras no se aseguran con su muerte? Esto fundaban en la
deposicion de un indio que por gozar una de las mujeres que tenia
el Cacique en su gentilidad, discurrió que no podia hallar entrada
su apetito miéntras viviese aquel hombre, que lo enfrenaba con el
respeto. Por otra parte, los Capitanes del Perú, acostumbrados á
ver Monarcas más grandes sujetos al dogal y al cuchillo, y á teñir
las espadas en sangre real, sin más razon que faltar al ella,
esforzaban este parecer cargando poco el juicio en el modo de
elegir más cuerda resolucion que la de hacer un castigo general en
los cabezas de las provincias, siendo la primera que pasase por
esta desdicha, la de Aquiminzaque, como único móvil que era de
todas. No discurren de otra suerte los que aprenden los primeros
rudimentos en la escuela de la injusticia; y es tan poderoso el
ejemplo de los superiores que obran mal, que aun no deja á los
súbditos el camino dudoso de proceder bien.
Los demas Cabos, que no miraban tan apasionadamente la causa de
los miserables Tunjanos, si bien se inclinaban ó la conveniencia
comun de los suyos, no juzgaban tan desesperados los remedios que
no pudiesen hallarse sin ensangrentar la espada al impulso engañoso
de una sospecha. No tiene duda que éste fuese el más generoso y
acertado dictámen; pero manifestábanlo con tanta tibiesa, que solo
pareció ser de los Capitanes Olalla y Venégas, que se mostraron
totalmente Opuestos al sentir de los primeros: ¿ Qué peligro puede
ser éste (decian) á que deba ceder la piedad, que no sea ménos que
los que tiene vencidos nuestro valor? ¿ A que fin se han de
ensangrentar las manos en los rendidos, cuando supieron templarse
las iras en las batallas? Si éstos, que son ya ménos, no causaron
recelo á nuestra nacion cuando fueron más, cómo pueden obligarnos
cuando somos muchos á obrar lo que despreciamos al tiempo que
fuimos pocos? Si empresa tal como la de haber ganado este Reino fue
gloria, quién no teme que indignidad como la de romper la fe
prometida al Zaque será nuestra infamia? Si pretende, como se dice,
recobrar su Imperio perdido y su libertad oprimida, eso podrá
obligarnos á la defensa de las propias vidas, más no al estrago de
las ajenas. Si no es traidor el que aspira al recobro de su estado
en tiempo hábil, aunque precedan rendimientos á que le obliqó la
violencia, ¿ qué derecho puede alegarse que no condene de injusta
la muerte de este Cacique por los medios que propone la
conveniencia? No todo lo que conviene es lícito: menester es que se
midan la justicia y la conveniencia, que si ésta sobra, importa
poco, cuando aquélla falta. Si ya nos viéramos cercados de sus
escuadras: sí la evidencia nos desengañara de nuestro peligro, aun
pase que aspirásemos á su ruina en fervor de una batalla; pero
porque asistió donde lo llevó la curiosidad de ver cómo los
nuestros peleaban entre sí, porque celebra sus desposorios con tan
crecido concurso, costumbre que ser del pais: por qué un indio
depone lo que pudo dictarle la enemistad ó el engaño: porque
imagine que pretende rebelarse que puede ser, ha de condenarse un
Príncipe que tiene derecho á que le defendamos la vida? Eso no, que
se manchará nuestra fama con la sangre que derramaren sus venas:
eso no, que daremos ocasion á las naciones extranjeras para que
llamen tiránico un dominio asentado con tan justo título como tiene
nuestro Rey en las Indias: sobre la resolucion apasionada que se
tomó con Sacrezazipa, nunca podrá ser disculpa á su creencia la
repeticion de un error continuado.
Bien claro desengaño manifestaban estas palabras, si la atencion
de quien las oía se divirtiera en sus intereses: mas hicieron tan
poco efecto en sus ánimos, que los más vinieron en que Hernan Pérez
ejecutase aquello que pareciese más conveniente, guardando el
órden judicial en la causa. Y éste, que pudiera ser el reparo mayor
de tantos inocentes, el que más facilitó su desgracia: pues como se
hallasen mal contentos algunos vecinos de Tunja, ó porque los
Caciques de sus repartimientos resistian más con razon que con
armas el señorio despótico que empezaba introducir; ó porque no
dándoles todas aquellas cantidades de oro que quisieran, presumian
sacarlas de los nuevos sucesores que entrasen en Cacicazgos,
apoyaron de suerte el riguroso dictámen de los del Perú, que
deponiendo oidas y presunciones mal fundadas contra el Cacique ó
Capitan de cuya ruina presumian acrecentar su caudal, dieron motivo
al Hernan Pérez para que tomase una resolucion tan sangrienta, que
pasara en silencio con mucho gusto, á no haber sido la venganza que
tomó el cielo tan manifiesta, que me fuerza á repetir el suceso
para que sí otros conquistadores se inclinaren al seguir los pasos
precipitados de los primeros, se encuentren con los castigo que
hasta el dia de hoy lloran sus descendientes; y sepan que si las
historias deben relatar las glorias de sus hazañas para la
imitacion, no por eso deben callar la fealdad de sus malas obras
para la enmienda. Fué, pues, la resolucion de Hernan Pérez, que
luego y con toda prevencion fuese aprisionado Aquirminzaque y los
Caciques de Toca, Motabita, Turmequé, Boyacá y Suta, y otros
algunos señores y Capitanes que más afectos se les mostraban, para
que en todos se ejecutase el decreto cruel que le dictó la sinrazon
de sus consejeros. Pero al qué fin prevenciones de tantas armas
contra sujetos inermes, cuando para más copiosos ejércitos, y
puestos en defensa, sobraron pocos dias ántes veinte españoles, que
rompieron sus tropas y aprisionaron en su mismo Alcázar á otro
Cacique más poderoso? si nó para enseñarnos que donde la razon
milita, pocos hombres cuerdos se aseguran la victoria: y donde la
injusticia gobierna, muchos Capitanes arrojados dificultan la
empresa, porque la conciencia mala les pinta en la seguridad que
buscan el riesgo que temen.
Prevenidas, pues, las compañías conforme al órden que tenian de
Hernan Pérez, cercaron las casas de Aquiminzaque (y llamo las
casas, porque aun el nombre de Palacios se ahoga en la borrasca de
infortunios que padecen los Reyes) y con espanto de aquellas
naciones amedrentadas echaron mano de él y de los demas que
llamaban cómplices en el movimiento general que amenazaba la
tierra. Y como en sucesos de esta calidad sea el axioma comun decir
que en la presteza consiste el reparo, sin valerse de más forma
judicial que haber escrito las deposiciones que dijimos haber hecho
algunos Encomenderos mal contentos de sus tributarios, en que los
del Perú fundaban la justificacion del hecho, fué condenado
Aquiminzaque á que en la plaza publica lo fuese cortada la cabeza
por traidor, y que los demas Caciques y Capitanes pasasen por la
misma pena de muerte, aunque con diferentes géneros de suplicio.
Esta sentencia se les notificó luego, dándosela al entender por
medio de sus farantes, y éste fué el traslado que les dieron de la
acusacion de los que más aborrecimiento les tenian, causando en los
presos el sentimiento que se debe considerar en quienes pocos dias
ántes se vieron absolutos legisladores, y en tan breve tiempo
habian de poner las cabezas en el teatro de un cadalso al arbitrio
de un verdugo como reos. Quien ménos acongojado se mostró fué
Aquiminzaque, respondiendo con entereza de ánimo al escribano :
Decidle al Capitan mayor, que de más á más le debo este beneficio
que hoy me hace de quitarme de una vez la vida que de tantas me
quitaba; y que pues me hizo cristiano cuando me quitó este Reino
temporal, no me apresure tanto la muerte, que por su culpa pierda
el eterno. Quien supo así explicar la conveniencia de lo que
esperaba y el desprecio de lo que poseia, grandes prendas tuvo para
Rey, ningunos delitos tuviera para reo. Acudió luego el licenciado
Juan de Lezcames, y dispuesto lo mejor que pudo en aquel dia, al
siguiente, habiendo tomado las bocas de las calles la gente de á
caballo, salió de la prision Aquiminzaque en una mula enlutada y
asistido de la infantería española que lo conducia á la muerte, en
vez de la guarda numerosa que solia asegurarle la vida; y habiendo
llegado al cadalso prevenido desde el dia antecedente, le fué
cortada la cabeza: pena que recibió con tanto ánimo, que pareció
diligencia de su cuidado.
No causó este acto ménos admiracion en los nuestros que lástima
y sentimiento en los vasallos que asistieron á su muerte pasmados
de aquel asombro nunca visto en sus provincias: y manifestóse más
esta verdad viendo que á golpe tan sensible como el que padecian,
no se oyó rumor ni queja en la plaza que publicase aquel dolor por
comun con los demas, que tan continuadamente habian experimentado.
Hay algunos sentimientos de primera magnitud, que se recatan de los
labios, porque solamente caben en los dilatados espacios del
corazon, donde así entorpecen los conductos que dan paso al dolor,
que ni respiran para la queja, ni se alientan para el sollozo.
Allí, pues, sepultaron los indios su congoja sin dar más señal de
que les faltaba ya la única esperanza que tenian, que la de
retiraras inmediatamente á sus casas, donde el silencio de cada uno
fué la voz que publicó la desgracia de todos. Este fin tuvo el
último Zaque de Tunja, y en la realidad dichoso, porque murió bien
instruido en nuestra fe, y como buen católico dijo en los últimos
términos de la vida: que partia gustoso y agradecido: gustoso,
porque el reino que esperaba de la misericordia divina, no estaba
sujeto al violencias ni mudanzas; y agradecido, por haberle abierto
camino sus émulos para pasar de la sombras del engaño en que labia
vivido, al centro de la misma verdad que labia ignorado. Seria este
Príncipe de hasta veinte y dos años de edad, de mediana estatura,
buen rostro y disposicion, y de tan claras muestras de ingenio que,
cultivadas con la enseñanza española, fuera de mucha conveniencia
vivo. Al dia siguiente imitaron sin fortuna los demas Caciques
presos, y á otros Cabos y Capitanes se les dio garrote en
diferentes partes, sin que apénas librase pueblo alguno de aquellas
provincias, que no sintiese los efectos de tan sangrienta
determinacion. Lastimoso espectáculo! donde más se necesitaba de
halagos para imponer el yugo suave del Evangelio, que de rigores
para que por tantos años se haya dudado si fué verdadera la
conversion de aquellas almas.