CAPITULO VI
QUESADA Y LEBRON COMPITEN SOBRE EL GOBIERNO CON RIESGO DE ROMPER EN
BATALLA; REMITEN SUS DIFERENCIAS Á LOS CABILDOS, Y CON LA RESULTA
DA VUELTA LEBRON Á SANTA MARTA.
LUEGO que se vió Gerónimo Lebron en la ciudad de Vélez, y
advirtiese que en la celeridad consistia el buen fin de su
pretension, dispuso que los Regidores se juntasen á Cabildo, y ante
ellos y el Alcalde ordinario (que lo era entónces el Capitan Alonso
Poveda) presentó las provisiones de la Audiencia de Santo Domingo,
que fueron llanamente obedecidas de todos, y en su conformidad
despacharon aviso á las ciudades de Tunja y Santafé, dando noticia
de la entrada del nuevo Gobernador, que para Hernan Pérez fué nueva
de gran disgusto, y mucho más despues que supo haberlo recibido los
de Vélez sin contradiccion alguna, cuando habia tantas razones para
no hacerlo; y como aun de solas apariencias suelen valerse los que
se acostumbran al gobierno, para que sirvan de impedimentos y
excusas que los mantenga en la dulzura del dominio, se resolvió con
parecer de los que más lo asistian, á que no fuese recibido en el
Reino, aunque sobre ello se aventurase la quietud en que estaba. Y
porque no se presumiese que de su parte faltaba al ajuste que
ofrecian los medios más suaves, eligió dos caballeros de autoridad
para que en su nombre fuesen á representarle á Gerónimo Lebron lo
que habia resuelto: determinacion que á muchos pareció arrojada
ántes de examinar las provisiones de la Audiencia; pero es golpe
muy sensible dejar el mando aquellos que lo fundaron con la espada.
Ninguno gobernó con más crédito ni ménos interes que Francisco de
Almeida, y ninguno rehusó tanto poner manos de Alonso de
Alburquerque, que le sucedia, el baston que habia exaltado sobre la
India oriental. Los elegidos para esta funcion fueron Guzman de
Avellaneda y el Capitan Anton de Olalla, de quien hemos tratado en
otra parte, y marido que fué de doña María de Orrego, ascendientes
de los señores de Bogotá y de otras familias nobles que hay en
aquel Reino.
Llegados á Vélez estos dos caballeros, y habiéndose visto con
Gerónimo Lebron, quien fueron bien recibidos, el Anton de Olalla,
bien instruido en que se encaminasen las materias con prudencia y
deseoso que se debiese á su disposicion la pretension que llevaba,
le propuso el gusto que todo el Reino mostraba de que persona de
tales prendas como las suyas fuese á gobernarlos y ponerlos bajo su
amparo; que siendo Hernan Perez Quesada, en cuyo nombre iban, el
que se hallaba con más deseos de que todo se encaminase á
satisfaccion suya, le pedia que ántes de acercarse más á la ciudad
de Tunja le diese noticia especial de los despachos y nombramientos
que llevaba, para no errar en la resolucion debia tomarse en
materia tan ardua; porque si en el título se expresaba que
gobernase el Nuevo Reino, estaba presto á obedecer pecho por tierra
las órdenes de la audiencia, como era obligado: mas si no iba en
esta forma el despacho, estaba con resolucion de proseguir en el
gobierno, como teniente que era de Gonzalo Jimenez, su hermano,
hasta que fuese nuevo órden de la Audiencia ó Gobernador nombrado
por el Rey. Que esta determinaclo no sola era suya como interesado
en el mando, sino tan general en las personas de mas porte que
habia en el Reino, que cuando él quisiera cederle el boston, no lo
consintieran ellas, estando ya repartidos los indios y la tierra,
como de gobernacion separada de Santa Marta, sobre que tenian
despachados poderes y dineros á Castilla. Que aquélla era la
sustancia de lo que iba á proponerle, sin que por ello se
pretendiese faltar al respeto debido á su persona: ademas, que
siendo la diferencia entre caballeros y de una misma nacion, seria
fácil remitirla á Su Majestad, eligiendo en el ínterin algun medio
justo que estuviese bien á entre ambas partes.
Gerónimo Lebron, que era hombre entendido y miraba ya el fin á
que tiraba esta embajada, respondió á Olalla: Que no extrañaba en
su estilo la razon que todos tenian para alabarlo, pues las
palabras eran siempre los mejores intérpretes de la nobleza y de
los procedimientos; pero que reparaba mucho en que siendo la
intencion suya tan sana como se la aseguraban los mismos, la
vistiese de las razones frívolas y aparentes que alegaba Hernan
Pérez para no recibirlo en el gobierno, materia tan delicada, que á
pocos lances descubria señales de inobediencia á los mandatos
reales.. Que su título no solo comprendia la gobernacion de Santa
Marta, sino todo aquello que estuviese por descubrir y descubierto.
Que afirmar Hernan Pérez que aquel Nuevo Reino estaba separado de
la Costa, era tan incierto como lo sabia y lo dijera el mismo
Hernan Pérez, si no pretendiera sustentares en el gobierno contra
justicia. Que desmembrarlo de Santa Marta, no tocaba al arbitrio de
los vasallos, aunque lo ganasen, sino á la suprema autoridad del
Príncipe, cuya resolucion se debia guardar para obedecerla, i en el
ínterin no introducir divisiones en términos que corrían tan
unidos. Que no era materia ménos errada haberse repartido las
tierras y los indios á título de gobierno separado de su cabeza,
que lo era Santa Marta, aunque aquel punto no llevaba intencion de
innovar en lo hecho por no desabrir las voluntades de los que tan
merecido tenian el premio. Que los trabajos que habia padecido
siguiendo las pisadas de Gonzalo Jiménez, le habian dado los
mejores informes de los méritos de los primeros descubridores, par
aplaudir en vez de y revocar el galardon debido á sus hazañas. Que
la gente que llevaba con él, no iba fiada en la ruina de otros para
su conveniencia; porque toda era de espíritus tales, que no
admitiria premio ninguno que primero no se debiese al valor de sus
lanzas en las dilatadas provincias que se descubriesen de nuevo:
pues aunque era así que por su arte deseaba verlos acomodados, este
afecto no era de inconveniente para que los que ya estaban en el
Reino no se prefiriesen como los más antiguos en el servicio de la
Corona; y que pues era así, que su título comprendia aquellas
provincias, sin que sobre ellos se pudiese oponer duda que no
dietase la malicia, y que su intencion era sencilla y tan conforme
la lo que podia apetecer la gente del Reino, siempre seria culpado
Hernan Pérez en elegir los medios de la inobediencia, pudiendo
acrecentarse de méritos con la mudanza de parecer tan descaminado,
pues de no hacerlo así, y estar fijo en su primera resolucion,
tuviese entendido que él no habia de consentir en que se abajase la
autoridad de la Audiencia que lo habia nombrada.
Anton de Olalla, que le habia estado atento, ó porque reconoció
fuerza en sus razones, ó porque su comision no se extendia á más
que lo obrádo, no replicó á cosa de cuantas Lebron le dijo; pero
Juan de Avellaneda, en quien tenia más lugar la cólera que la
prudencia, con más alteración de la que debiera, poniéndose en pié
y mal reportado en las acciones, le dijo con mucho brio : Que v.
md. venga con despachos más que suficientes y todo lo de más que
representa, importa muy poco, si el título no expresa este Nuevo
Reino, y así lo que le podrá estar mejor, es no moverse de esta
ciudad ni dar paso adelante, porque tengo sabido de buena parte que
cuantas diligencias intentare para conseguir el gobierno, le han de
ser de muy poco fruto. Eso será (replicó Lebron) si vos y otros de
semejante capricho fueron los consejeros de Hernan Pérez: id con
Dios y válgaos el privilegio del mensajero, que ni yo tengo de
apresurar el paso por lo que digo, ni suspenderlo por lo que decís,
sino proceder de suerte que sin perjuicio del puesto tiente todos
los medios templados ántes de poner esta diferencia en las
armas.
Con esta respuesta se salieron de la sala, Avellaneda con
desabrimiento y Olalla muy en gracia de Lebron por su prudencia.
Tomaron postas, y llegados en dos dias á Santafé, dieron cuenta de
la intencion de Lebron, de la gente que llevaba y cómo descubría en
las palabras ser hombre de valor y de cabeza, por lo cual debia
Hernan Pérez gobernar aquella materia con más arte del que hasta
allí habia usado. Con esta advertencia pareció enviarle otros dos
caballeros sagaces que más árduamente manejasen el negocio á que
iban: éstos fueron Juan de Cabrera, cuya prudencia y valentía era
notoria; y Baltasar Maldonado, de quien hemos tratado largamente y
de quien fueron hijos doña Maria y doña Ana Maldonado, que estuvo
casada con el Capitan Francisco de Avendaño, Encomendero de
Tinjacá, y la otra con el Tesorero Gabriel de Limpias, por
concierto y diligencia del Presidenta Autonio González, que tomó á
su cargo ampararlos en la orfandad que padecian con la muerte del
padre y del hermano.
Bien instruidos estos dos Capitanes en lo que habian de obrar,
llegaron á la ciudad de Vélez, donde fueron bien recibidos de
Lebron por la noticia que ya tenia de sus personas: y habiendo
conferido porfiadamente y á solas el negocio á que iban, no fué
posible convenirse, porque Lebron cerró la puerta á cualquiera
medio que no se encaminase á recibirlo luego por Gobernador; y
ellos, que tan diferente órden llevaban, se despidieron con poco
gusto. Y aunque no faltó vecino de Vélez que aconsejase á Lebron
prendiese á Cabrera, por ser quien gobernaba, el Cabildo de Tunja,
respondió : Que no era accion digna de quien él era, obrar de esa
suerte contra quien solamente interponía ruegos y suplicas, ni era
de prudentes médicos aplicar el fuego ántes que la herida pidiese
cauterios. Que doce horas tiene el dia y no habia que desconfiar de
que se mudasen en ménos tiempos los corazones del Reino, cuando la
razon podia enseñarles el engaño con que discurrian ciegos. Con
esta respuesta á los suyos, dió lugar para que Maldonado y Cabrera
lo tuviesen de volver á Santafé con la misma resolucion que
llevaron Olalla y Avellaneda, que oida y consultada por Hernan
Pérez, escribió á Lebron una carta cuya sustancia era: Que los
Cabildos de Santafé y Tunja deseaban conferir en sus acuerdos las
causas y razones que habian para ser o no admitido al gobierno; y
que como esta diligencia no podia lograrse sin que primero se
viesen los despachos que tenia, le suplicaban se fuese á la ciudad
de Tunja, donde presentándolos como era obligado y vistos por los
Capitulares, se daria el órden más conveniente en servicio del Rey,
pues para el mismo efecto quedaba ya él de camino para dicha
ciudad, donde con los demas vecinos de aquel Reino lo serviría con
todo rendimiento, ménos en aquella parte que interviniese alguna
determinacion justificada de los Cabildos de las ciudades.
Recibió la carta Gerónimo Lebron, y reconociendo que su
infantería y caballos se habian reformado y hallaban con
disposicion para cualquier empresa á que lo animaban los más
vecinos de Vélez, agregados voluntariamente á sus compañías, con
promesa de asistirle en cualquier trance de paz ó guerra, salió de
la ciudad con doscientos infantes, los más de ellos arcabuceros, y
más de cien caballos, que formaban una buena compañía de lanzas: y
como ya todos representasen en sus fantasias que aquellas
diferencias no daban señales de ajuste sino evidencias de algun
rompimiento, iban con todas las prevenciones que suelen llevar
hombres prácticos y que recelan consiguiente la guerra por causas
que anteceden. Descubríase la sospecha por el órden con que
marchaban bien proveidos de pólvora y balas, y con los caballos
armados no ménos para la defensa que para la ofensa; siendo así que
la tierra estaba de paz y sabian los vecinos de Vélez que en toda
ella no habia más riesgo que el que pudieran concebir de la gente
española de Tunja y Santafé. De todo esto no falto entre los mismos
quien diese aviso á Hernan Pérez, por ser la plaga comun de que no
pueden librarse las guerras civiles, y así, fingiéndose ignorante
de la noticia y con pretexto de recibir magníficamente á Lebron,
salió de Santafé con otros doscientos infantes y más de cien lanzas
de aquellos que más afectos se le mostraban, y todos hombres de
tanto valor y ejercicio en la guerra, que podia fiárseles empeño de
más consideracion que el que amenazaba: y porque sabia qué el
Capitan Antonio Díez Cardoso era amigo de Gerónimo Lebron y hombre
de tanto ánimo y séquito que pudiera hacer algun movimiento en su
ayuda quiso ántes de partir asegurarse de aquella sospecha, y
llamándolo de su pueblo de Suba, distante dos leguas de Santafé,
con el pretexto de que necesitaba de su persona para defensa de
aquella ciudad, le ordenó que no saliese de ella.
Era ya entrado el año de cuarenta y uno, y casi á un mismo
tiempo partieron Lebron desde Vélez y Quesada de Santafé, aunque
éste sin órden militar, porque no se pensase que el negocio que lo
llevaba á la ciudad de Tunja se habia de determinar con las armas y
no por medios de paz, si no fuese en caso que para justificar sus
acciones tuviese la disculpa de ser provocado. Y en una quebrada
pedregosa, que aun no dista cuarto de legua de la ciudad de Tunja,
se dieron vista los dos campos á tiro de mosquete: y reparando allí
Gerónimo Lebron en la multitud de indios que ocupaban las colinas y
laderas del contorno sin haber sido convocados, y que aquéllos eran
los anuncios más ciertos de que en aquel sitio amenazaba algun
encuentro de batalla á que pretendian asistir para ver el remate de
ella, hizo alto, y exhortando su gente á la propia defensa y de su
Gobernador, la ordenó en forma, con ánimo de llevar el negocio á
todo trance. Esta diligencia, que tan patente fué á Hernan Pérez y
á los suyos, los irritó de suerte que les fué preciso hacer lo
mismo, esperando cada cual de los dos Cabos á que su contrario se
moviese primero, para no ser culpado en accion tan descaminada: y
porque más se justificase la razon de cada uno, iban y volvian á un
mismo tiempo los escribanos de uno y otro ejército, haciendo las
protestas y requerimientos que parecian convenir á sus Generales,
para que los daños y perjuicios que resultasen en deservicio del
Rey, fuesen por cuenta de quien pretendia determinar con las armas
los derechos y acciones que consistian en papeles. Estas
diligencias judiciales daban lugar para que se mezclasen los ruegos
y súplicas de algunos sacerdotes que intervenian exhortando los dos
campos á que dejadas las armas ajustasen sin diferencias por medios
que no provocasen la indignacion real, que siempre se mostraria
severa en castigar á quien fuese causa de aquel rompimiento.
Entre los que ménos bien sentian de aquellas alteraciones y
deseaban más convenir á los dos Cabos, era el Capitan Gonzalo
Suárez Rondon, hombre resuelto, y de quien podia fiarse el reparo
de aquellos males que amenazaban, y con esta buena intencion y la
certeza que tenia del fin en que habia de parar la desunion de los
españoles, tomó tan á pechos reducirlos á no llevar el negocio por
armas, que habiendo sosegado á Quesada, se fué al campo de Lebron,
y fiado en su buen celo, le habló en esta forma: Bien creo, señor,
de las noticias que os habrán dado de mi persona los mismos que os
provocan á ejecutar un arrojo que os hallareis en obligacion de
pensar que trato solamente de preferir el servicio del Rey á mis
conveniencias y á las que os representan algunos lisonjeros que
piensan medrar entre las borrascas de una guerra civil, de que
pretenden haceros cabeza. De mis palabras pasareis al conocimiento
de mí intencion, pues sois tan advertido: y si en ellas se viere
doblez, no quiero que valgan por despertadoras de vuestra prudencia
y obligaciones. El negocio que os á traido á este Reyno, no está de
presente tan desesperado que necesite del fuego y del hierro, para
que os disculpe de haber despreciado los medios suaves en
descrédito vuetro. Si tendeis la vista por esas campañas, las
vereis cubiertas de enemigos simulados, entre quienes vivimos con
las armas en las manos y el riesgo á los ojos. Que pensais que los
arrastra de sus casas, sino la novedad de nuestra division,
esperando de ella la libertad á que aspiran? Si venceis, como
aseguran los que os engañan, bien se ve que no será tan sin daño
vuestro, que no perezca la mayor parte de vuestros ejército para
conseguir victoria tan dudosa. De aquí sacareis que la muchedumbre
de estos bárbaros solamente espera el remate de la batalla para
triunfar á su salvo de los que quedaren perdidos con la misma
victoria que ganaren. Decídme, pues, quien podrá entónces refrenar
la osadia de tantas naciones? Quién librar las ciudades del saco y
del incendio? Quién reducir otra vez las provincias sujetas á
nuestro Rey y perdidas por nuestra culpa? Y si unidos todos aun no
estamos libres de peligro, bastenos el ejercicio cuotidiano de la
guerra en que nos vemos, sin moverla entre nosotros mismos, para
que resulte en favor de nuestros mayores contrarios.
Pero pasemos (prosiguió) porque no sea infamia de la nacion
española matares amigos con amigos y hermanos con hermanos. Demos
que sea lícito seguir el ejemplo afrentoso de las parcialidades
recientes del Perú, entre Almagros y Pizarros por el gobierno, y
que estos bárbaros, á vista de nuestro destrozo, no intenten
movimientos en su conveniencia y que á vos os suceda todo como os
lo pistan los que os despeñan: que gloria pensais añadir á vuestra
casa con la victoria? Sabed que ninguna, pues no la ganais contra
enemigos de vuestro Rei, sino contra vasallos suyos y tan fieles,
que en su real nombre y á costa suya le han ganado este Reino; y
nunca podreis libraros del castigo correspondiente á la culpa de
haberle inquietado ó perdido las tierras, que le estabas sujetas.
Yo confieso que para desmembrar cualquiera provincia de las unidas
á Santa Marta, es necesario siempre decreto del Príncipe; pero
éste, que por su naturaleza es Imperio separado de aquella costa,
bien se ve que por sí mismo está desunido, sin que necesite de real
declaracion para ello, si no fuere en caso que su voluntad sea de
agregarlo á Santa Marta, no de dividirlo. Y Sin embargo sobre este
punto tenemos presentados poderes en el Real Consejo, donde se
resolverá lo que pareciere más conveniente, y en el ínterin, siendo
vos servido, podreis presentar el título que traes en los Cabildos,
encaminando el negocio con maña, pues oyendo vuestro derecho pienso
que no fallarán en lo posible á serviros. Y si os pareciere dura la
propuesta, reparad en que no es ménos duro mover inquietudes en que
á buen librar nos perdamos todos: y que ceder en este caso á la
prudencia por no alborotar la tierra, os podrá servir de mérito el
más grande para los premios que debeis esperar de la real mano de
nuestro monarca.
Halláronse presentes á esta propuesta los Capitanes Hortun
Velasco y Luis de Manjarrés, que no discutian del parecer de
Gonzalo Suarez; y esforzándolo cuanto les fué posible con ruegos,
templaron de suerte á Gerónimo Lebron, que reducido ya á seguir
aquel medio, respondió que importaria mucho, ántes de resolverse,
que Hernan Pérez y él se hablasen solos y á pié en medio de los dos
campos, porque las materias se ajustasen con más templanza y
secreto. Parecióle buen principio éste á Gonzalo Suárez, y tomando
á su cargo ajustar las pláticas, habló á Hernan Pérez que no
deseaba otra cosa para asegurar su pretension sin alborotos; y así
luego que se dió la forma de verse, fué si sitio señalado con los
Capitanes Juan de Céspedes, Gonzalo García Zorro, Gonzalo Suárez
Rondon y Juan de Cabrera, sin más armas que las espadas en cinta, y
de la misma suerte concurrió Gerónimo Lebron acompañado de Luis de
Manjarrés, Hortun Velasco, San Millan y Gerónimo de Aguayo. Allí,
habiéndose saludado cortesmente Lebron y Quesada, se apartaron de
los demas y habiendo conferido con mucha reportacion sobre el
negocio, en que no faltaron promesas grandes de parte de Lebron
para ganar la voluntad de Quesada, como primer móvil que era de la
gente de aquel Reino, no consiguió más que la ordinaria respuesta
de que la determinacion de lo que pedia tocaba á los Cabildos y que
siendo acuerdo suyo el recibirlo, él estaba presto á darle
obediencia primero que otro alguno, por más afecto que se le
mostrase: con que resueltos ya todos á seguir aquel dictámen,
montaron á caballo con muestra y apariencias de amistad; y habiendo
llegado á la ciudad de Tunja, fué aplaudido Lebron con tantas
demostraciones, que no echó ménos las que se le debieran hacer
estando colocado en la silla gobierno. Allí se valió de todas los
medios y trazas que pudo prevenir un hombre sagaz como él era, para
encaminar su pretension al fin deseado: y pareciéndole que ya le
restaba diligencia que obrar, presentó sus provisiones en Cabildo,
que vistas y conferidas, se dieron por no bastantes para admitirlo
al oficio de Gobernador, no sé sí fundados razones ménos jurídicas
que voluntarias.
Restábale á Lebron saber la voluntad del Cabildo de Santafé, que
era la cabeza Reino, no haciendo caso de la determinacion favorable
de Vélez, ni de la contraria Tunja, y fundaba alguna esperanza en
los recelos que tenia Hernan Pérez del Capitan Cardoso, que á la
sazon era Regidor y dejaba de ser Alcalde ordinario (que parece lo
más cierto y nó lo que dice Herrera al capítulo primero del libro
nono de la década sexta).
Propúsolo así, porque no podia Hernan Pérez resistirse á esta
última diligencia, en conformidad del asiento que se habia tomado,
y hubo de venir en que luego saliesen para Santafé, de cuyo Cabildo
se esperaba la conclusion de aquellas diferencias. Hiciéronlo así
todos, ya sin aquel estruendo de cajas y forma militar que se habia
observado desde Vélez hasta Tusja, y puestos en Santafé, presentó
Lebron sus despachos en Cabildo, á los cuales se mostró tan opuesto
el Contador Pedro de Colmenáres, que como sí la determinacion de no
recibirlo pudiese peligrar, hablaba por instantes á cada cual de
los Regidores en secreto: pedia seguridad de los votos y ponderaba
de suerte el servicio que se haria al Rey no admitiendo las
provisiones, que bien claramente mostraba la intencion de asistir
con fineza á Hernan Pérez en cuanto pudiese. Á ninguno persuadia
tan eficazmente como al Capitan Cardoso, siendo así que no mostraba
éste disentir de los demas, ó persuadido á que era injusta la
pretension de Lebron, ó porque receloso como todos los demas
interesados en el repartimiento que se habia hecho de los indios,
no queria exponerse al arbitrio de un Gobernador nuevo, que sentía
no haberse podido hacer; pero fuese por algunas de estas causas, ó
lo más cierto por la instancia de Colmenáres, él se mostró
contrario á las pretensiones de Gerónimo Lebron, y convino con
todos en que no se admitiese al gobierno ni se le permitiese hacer
pié en aquellas provincias.
Ménos sintió Lebron hallarse sin el gobierno que sin el apoyo de
Cardoso, y depositando uno y otro en el corazon, suplicó de la
determinacion, y acordóse que no habia lugar por cuanto los
despachos que presentaba no comprendian con especialidad aquel
Reino, ni convenia que las parcialidades y alborotos que empezaban
á introducirse en la tierra, se avivasen con tal novedad, de que no
podia seguirse ningun servicio á Dios ni al Rey. Y aunque no
desistió de hacer nuevos requerimientos, no por eso mejoró su
causa, ántes obligo á que Hernan Pérez le ordenase con graves penas
que no hablase más en aquella materia, ni alborotase la tierra. Con
esta repulsa propuso que pues era notorio el trabajo y gastos que
habia tenido en aquella jornada y el número de gente y caballos que
habia entrado en el Reino, se le permitiese ir en demanda de nuevas
conquistas con la gente que habia ido con él, ó por lo ménos con
aquella que voluntariamente quisiese seguirle: pretension que
parecia bien fundada, si no fueran perdidas las voces que se dan á
la fortuna cuando ya una vez tiene vueltas las espaldan. Mas, esto
no se le permitió, ó porque los conquistadores estaban léjos de
repartir con otros el fruto que esperaban, ó porque Lebron,
viéndose desairado y con gente, podia causar nuevos recelos en
Quesada, ó renovar en el Reino las inquietudes que le habian
atajado con arte: y así, por no dejarlo del todo disgustado, dieron
órden de que se volviese á la Costa, y para ello se le comprasen
los esclavos, armas, caballos y mas géneros de ropa que habia
llevado, por precios excesivos que se ajustaron por la voluntad de
los dueños; con que bien proveidos de oro y plata Lebron y algunos
de los suyos que le siguieron, y entre ellos los Capitanes Cardoso
y Juan del Junco, á quienes persuadió se fuesen con él, pues
estaban de partida para Castilla, empeñando su palabra de no
mostrarse ofendido con ellos por lo obrado en Santafé, bajó por
Tocaima al rio de la Magdalena, donde le estaban dispuestas
embarcaciones, llevando un buen trozo de gente de la de Quesada,
para que lo escoltase en la provincia de los Panches.
Serian hasta veinte y cinco personas las que siguieron á Lebron,
sin los Caciques Melo y Malebú, que sin apartarse de él, y bien
aprovechados del caudal, dieron vuelta á sus pueblos en el
bergantin de Lebron, que prósperamente tomó puerto en la Costa de
Santa Marta, de donde pasaron á la ciudad, y en su puerto hallaron
navío para Castilla, en que dispusieron su embarque Cardoso y Juan
del Junco. Mas, pareciéndolo á Lebron que la mejor traza de
justificar sus acciones ante el Rey seria hacer criminal la
resolucion de los Cabildos del Reino, fuminó causa contra sus
conquistadores, y especialmente contra los Quesadas, Cardoso,
Alonso Martin, Junco, Maldonado y Céspedes, sobre los desafueros,
crueldades, muertes y tiranías ejecutadas con los indios, cuyo
proceso pára en el archivo de Simancas, y de cuya relacion
apasionada tanto se vale el Obispo de Chiapa en la que hizo de la
destruccion de las Indias. Y con esta prevencion prendió á los dos
Capitanes, diciendo que no pretendia impedirles el viaje, pero
convenia que fuesen presos con los autos que remitia al Consejo, en
que por traidores habia sentenciado á pena de muerto y confiscacion
de bienes á todos los del Nuevo Reino: siendo éste el medio más
comun que los Ministros de Indias eligen para entrampar (digámoslo
así) los desafueros que ejecutan cuando los fieles vasallos del
Rey, para más servicio suyo, se oponen á los excesos que obran,
fiados en la autoridad de los puestos que ocupan. No habia dado
malas muestras Gerónimo Lebron, ni su pretension habia sido tan
fuera de los términos del derecho que no tuviese muchos visos de
justificada; y sin embargo, por la resolucion última que tomó el
Consejo en esta materia, dice Herrera en el fin del capítulo que
citamos, que era tanta la hinchazon de los Gobernadores y Ministros
de las Indias por aquel tiempo, que cuanto presuponían ó imaginaban
les parecia lícito y justo palabras bien dignas de notar, y que si
hablaran de presente solamente, dejaran campo para repetirlas de
nuevo.
Eran los dos Capitanes Cardoso y Junco de los que no se
amedrentan con amenazan, y supieron representarle con tanta
resolucion el trato doblo que habia usado con ellos, que al fin,
despues de muchas réplicas, vino Lebron en que fuesen á España
haciendo pleito homenaje de presentarse en el Real Consejo de las
Indias, donde habiendo llegado (á tiempo que la Corto estaba en
Valladolid), se recibió tan mal la resolucion de los Cabildos y
procedimientos de Cardoso por querella que dió el Fiscal, que fué
luego preso y confiscados sus bienes, remitiendo sobro ello
despachos á Santafé, donde viendo cuán favorecida era la causa de
Lebron, muchos de los que lo habian sido contrarios mudaron de
opinion, y entre todos se señaló el Contador Pedro de Colmenáres,
así apoyando las quejas de Lebron, como culpando las acciones de
Cardoso, y aun tuvo arte para que se le agregasen en administracion
las encomiendas de Suba y Tuna. Pero el Capitan Cardoso se defendió
tan bien, que despues de varios lances, hacienda y tiempo que gastó
en el pleito, fué dado por libre, y aunque portugues de nacion,
declarado por fuel vasallo de Su Majestad y restituido en sus
bienes y encomiendas, sobre que se le dieron despachos y cédulas
muy honoríficas, con que volvió pobre y victorioso de sus émulos al
Nuevo Reino, donde tambien tuvo pleito largo sobre la restitucion
de los tributos de sus encomiendas, que habian entrado en poder de
Pedro de Colmenáres, y alegaba ser suyos, causa de que siempre
quedasen enemistados.
Mas volviendo á Lebron, luego que el navío salió de Santa Marta
para Castilla, trató de irse á Santo Domingo huyendo de que lo
hallase allí el Adelantado Lugo, de quien ya tenia noticias que
habia llegado al Cabo de la Vela. Con esta determinacion, dejando
el gobierno al Obispo Angulo, partió para la Española bien
acrecentado de caudal y libre de los vagíos en que los Gobernadores
peligran con el mando y la codicia, donde pasó lo restante de su
vida con quietud y conocimiento de lo bien que le habia estado la
repulsa que de su persona hicieron los del Nuevo Reino, pues con
ella pudo librarse de las calumnias que siguen los puestos; dicha
que no tuvo el Obispo Angulo, pues con el pretexto de que el Cabo
de la Vela se comprendia en la jurisdiccion de Santa Marta, fué
allá despues de la partida de Lugo y sin que bastasen los
requerimientos que sobre ello le hicieron los Oficiales reales,
abrió el arca y sacó de ella mil y quinientos pesos que dijo
debérsele de suplemetos de su Obispado; accion mal vista en el
Consejo de Indias. Con lo cual y otras diferencias que habia entre
los Gobernadores de Santa Marta, Venezuela y Cartagena, se
experimentaban grandes inquietudes en Tierra firme y ponian en
cuidado al Consejo para el reparo: si bien no era esto lo que más
instaba sino las armadas de corsarios que por aquellos tiempos
corrían los mares haciendo algunas presas y habian saqueado la
Burburata, pueblo que dista sesenta leguas de la ciudad de Coro,
sobre que el Rey envió á Francia el año antecedente á Diego de
Fuenmayor, su criado, para que con la asistencia de su Embajador,
que lo era un caballero borgoñon, procurase que se recogiesen los
corsarios: á que respondió el cristianísimo Rey Francisco lo que
dijimos arriba, con que se trató (ademas de los reparos que se
habian dispuesto) de formar en Sevilla una armada de Averías que
cortase aquellos designios y asegurase las costas de Indias.