CAPITULO V
PROSIGUE SU JORNADA GERÓNIMO LEBRON, CON VARIOS SUCESOS, HASTA EL
VALLE DE OPPON.-MUESTRA GRANDE VALOR UN INDIO EN DEFENDERLE EL
PASO, Y FINALMENTE LLEGA Á LA CIUDAD DE VÉLEZ.
POR desembarazarnos de diferentes acaecimientos que concurrieron
en este año de cuarenta, dejamos á Gerónimo Lebrort con su ejército
bien fatigada en la casa de la sal, si bien con más ciertas señales
de mejorar terreno, por las que descubria en los moradores de aquel
país, i porque la dilacion era lima sorda contra su gente, pues con
ella crecia más la necesidad de vitualla, dispuso que el Capitan
Luis de Manjarrés, sin perder tiempo, se adelantase con su compañía
talando la serranía dilatada que se habian encontrado (tanto más
alta cuanto más la subian), hasta dar vista al paso volador, que
llamaron estos soldados el de Manjarrés, porque el desde que
ganaron la cumbre reconocieron ser la bajada tan peligrosa, que
cualquiera que la intentase habia de volar muchos estados, respecto
de ser la singla prolongada por donde iban de peña tajada i de
profundidad grandísima. Fuéronla reconociendo algunas leguas, hasta
que dieron en una quiebra que hacia, no tan derecha como lo
restante de la oordillera, ni tan dispuesta para dar paso por ella
que no mostrase peligro y dificultad para descender á un valle que
tenia delante, cercado de él de eminencias peñascosas y más altas
que las que hollaban; mas, reparando en que no se descubria
tránsito más seguro que el de este puerto, valiéndose de piés y
manos para asegurarse, bajaron gustosos por la buena fortuna de
haber escapado ilesos.
De allí á tres dias llegó todo el campo al mismo sitio,
reconocido por las señas que habian dejado los delanteros, donde
hizo sito, confuso en la resolucion de aventurarse por él, á causa
de que no parecia posible bajar los caballos sin despeñarse. Pero
el Capitan Millan con los azadoneros que llevaba, fué labrando
escalones y gradas en las partes que permitia la peña, y en la más
baja de todas gran cantidad de ramas de helecho y otras plantas de
que formó una cama de dos estados de alto, para que en caso que
deslizase algun caballo de los que tan fatigados iban, lo recibiese
en su blanda fajina y no peligrase tanto como si diera en el duro
suelo; con que aseguró el descenso de suerte que ya parecía ménos
dificultoso el conseguirlo. Gastóse en esta obra todo el dia,
aunque los que se ocuparon en ella fueron muchos; y al siguiente,
quitadas las sillas y frenos, fueron guiando los caballos de uno en
uno, y animándolos con voces por la arriesgada senda; y ellos con
el tiento que en tales casos enseña el natural instinto, bajaron
sin desgracia, ménos la que se experimentó en dos yeguas, que sin
poder tenerse fueron rodando hasta dar en la fajina de helecho, que
les aprovechó poco, pues quedaron de suerte estropeadas, que solo
sirvieron de alimento á la gente necesitada del ejército, que las
tuvo por socorro bien considerable.
Luis de Manjarrés, que se habia adelantado como legua y média
del paso volador, dió sobre ciertas casas vecinas á la sierra de
Atun, donde halló algun bastimento, y desde una colina vieron los
suyos á distancia de média legua otras casas de más consideracion:
y recelándose de que á sentirlos retirasen la vitualla sus
moradores, se adelantaron siete soldados, que fueron Moran, Juan de
Cuenca, Anton Pérez de Lara, Anton Pérez de Portugues, Pedro
Machetero, Pedro Carrasco y otro que llamaban Santo Domingo. Estos,
con toda lijereza, repecharon la cuesta, y los desarmados indios,
que impensadamente reconocieron la gente estraña en sus tierras,
desamparadas las casas huyeron turbados: y como á este tiempo
desmayaba el dia, y la noche entraba tempestuosa de agua,
relámpagos y truenos, habiendo hallado razonable cena, resolvieron
quedarse en una de las dos casas, sin el cuidado de poderles
sobrevenir accidente contrario. Mas, los indios que huyeron,
convocando prestamente mucha gente feroz de la que habitaba la
sierra de Atun, ántes que entrase el dia tenian cercada la casa en
que dormian los nuestros, ajenas de semejante suceso; y poniéndole
fuego por diferentes partes con mucha grita, avisaron á los que
estaban dentro del riesgo en que los tenia puestos su confianza.
Pero ellos, reconociéndo su peligro, acuden recobrados del susto á
las armas y á la puerta: rompen por el desordenado escuadran de
bárbaros: llenan la tierra de sangre y espanto: repiten los golpes
de las espadas, para amedrentar á los que miran cargados de flechas
y lanzas: crece la grita y alboroto hasta penetrar los oidos de los
compañeros que alojaban más bajos: y despacha Manjarrés á
Valenzuela con doce arcabuceros para el socorro, ántes que la
inundacion de bárbaros ahogue en su muchedumbre á los siete
combatientes.
Parte Valenzuela aceleradamente, y en tanto que llega (porque
era bien penosa la subida) crece el rigor de la pelea con los
siete, con hazañas dignas de eterna memoria, si lo que obró el
valor y la fortaleza de cada uno se hubiera participado con la
pluma á nuestras edades. Anton Pérez de Lara, derribando cabezas
por la cuesta abajo, se señala mucho, hasta que, resbalando los
piés con la lluvia y sangre, cae entre sus más fieros enemigos, que
luego lo cercan. Salta con suma lijereza sobre él un Gandul de
presencia agigantada, que ayudado de otros que le asisten, se lo
lleva sin tocar al suelo ni poder valerse de sus brios: no le queda
más recurso que el de la lengua, y á grandes voces llama á Moran
para que le ampare en aquel peligro. Hiere la voz en los oidos del
amigo á pesar del estruendo marcial que resuena, y acrecentado de
ira con el dolor que la enciende, se arroja en el mayor concurso de
los contrarios, por socorrer á quien lo llama afligido. Abre camino
por las contrarias puntas, y poniendo los ojos en el monstruoso
salvaje, le abre con el acero las entrañas, por donde despide la
vida con una voz tan descompasada, que al grito se acobardan sus
tropas de tal suerte, que dejan á Lara ileso y con armas, porque ni
prisionero las suelta, ni los indios tratan de quitárselas con la
codicia de llevárselo vivo; ó porque caer, asirlo y socorrerlo fué
tan prestamente, que no dió lugar á ejecutar más accion en los
contrarios que la de retraerse de la furia de Moran. Y no sé que
tenga Roma más causas para celebrar á su Oracio, que las que tiene
España para aplaudir varon tan ilustre; porque si los aplausos se
miden por las obras, nunca podrá competir el vencimiento de tres
Curacios con el triunfo de mil enemigos. En fin, libre ya Lara de
la tragedia infeliz que le esperaba, llega Valenzuela con su
compañía, disparando los arcabuces en socorro de los siete, que se
alientan de nuevo, cuanto los indios, quebrantados ya, se desaniman
con los traquidos de las armas ignoran, y retirándose á lo más
fragoso de la encumbrada sierra, dejan la victoria en manos de los
siete, que si bien todos heridos, ninguno de suerte que
peligrase.
Este accidente puso en cuidado á Luis de Manjarrés, y
considerando que en los contornos de aquel paraje habia más
poblaciones, y que seria fácil á los indios volver con más crecidas
fuerzas y causar sigue daño en su gente al tiempo de repechar la
sierra, mandó que veinte y cinco arcabuceros, con municion
suficiente para la empresa, procurasen en la siguiente noche ocupar
la cumbre para asegurar la subida: hiciéronlo así, caminando con
oscuridad, tan diligentes, que ántes de rayar el dia eran dueños de
la mayor eminencia, y fué tan acertado el órden, que á muy breve
rato de llegados descubrieron muchos escuadrones de bárbaros, que
al són de sus fotutos y entre la vanidad de sus médias lunas,
caminaban en demanda de ellos, y á vengar la muerte de su Cacique,
que lo fué aquel Gandul á quien le quitó la vida Moran. Aquí se
descubrieron las dos huestes, la una de veinte y cinco infantes y
la otra de innumerable multitud de infieles, que en aquel campo
raso, dilatándose á los primeros rayos del sol en forma de média
luna, los fueron ciñendo y estrecha á qué hiciesen rostro por todas
partes, pues en todas era igual el ceño de los contrarios; pero
bien proveidos de balas y postas, dieron las cargas de la
arcabuceria sucesivas, y con estampido, tan estraño para los
indios, que con el asombro y daño que sentian, sin penetrar la
causa que se originaba, se les fué resfriando aquella primera
cólera que llevaban, y convirtiendo en un pasmo que no les permitia
dar paso adelante.
Faltábale ya municion á uno de los infantes con la continuacion
de las cargas, y acudió á un barril de pólvora que estaba dispuesto
para la provision, y como la priesa que tenia era mucha, se
descuidó tanto con la cuerda encendida que llevaba en la mano, que
prendió en la pólvora que tenia sacada y le abrasó el rostro, barba
y cejas; y aun no paró aquí su desgracia, sino que de las centellas
que se habian levantado, dieron algunas en el barril, que estaba
sin cubierta, y prendiendo en él con el estruendo que acaece en
talos infortunios, levantó al miserable en alto, esparciéndolo en
pedazos, de cuyo espectáculo infeliz atónitos los indios, y
pensando que era llegado el fin del Universo, volvieron
confusarnente las espaldas, siguiendo los nuestros el alcance hasta
entrarse por las poblaciones de Atun (entónces grandes, ahora ni
aun pequeñas), y viendo sus moradores que la gente extranjera iba
con determinacion de apoderarse de ellas, ó para última señal de su
desesperacion, ó para detener el paso á los nuestros, y
correspondiéndose unos á otros, no quedó en ménos de dos horas
pueblo ni caserio en todos aquellos collados, valles y laderas, que
no publicase su barbaridad entre las cenizas, negando albergue á
los nuestros en qué poder ampararse de las inclemencias del tiempo,
que fué muy sensible, por ser tan frecuente en aquel pais la
molestia de las aguas. Pero consolados con haber hallado en los
campos cantidad de maíz, la recogieron en unos pajizos albergues
que fabricaron, esperando en ellos á Manjarrés, que llegó luego,
habiendo dejado á Gerónimo Lebron en las primeras casas vecinas á
la sierra de Atun (de que ya dimos noticia), donde se detuvo muy
poco tiempo, por no ser bastante la vitualla que habia en ellas
para la gente que llevaba, y habia de esperarla de la diligencia
que hacian los que iban adelante, no porque toda corriese por
cuenta del Capitan Manjares, sino de Blasco Martin y de Pedro
Téllez, caudillos que tambien salian del campo á correr los
contornos del camino que llevaban.
Con estas fatigas, que se divierten con esperanzas de mejor
fortuna, llegaron todos á verse juntos en las sierras de Atun,
donde alojaron algunos dias para que se aliviase la gente, y éstos
fueron aquellos solamente que duró la vitualla: y pensando hallarla
más adelante, se levantó el campo siguiendo su derrota con trabajos
tan grandes, que aun siendo el Capitan Luis de Manjarrés hombre
infatigable, y que en los infortunios más sensibles divertia su
pena y la de todos con donaires, mostrando siempre el rostro sereno
en las adversidades, y socorriendo con lo que tenia á los más
desconsolados, para que se armasen sufrimiento; en esta ocasion,
rendido al trabajo y miseria humana, se quedó enfermo en el campo,
y en su lugar fué nombrado Diego Parédes Calvo (que despues vivió
larga edad en la ciudad de Tunja) para que con treinta infantes se
adelantase hasta Oppon, valle que dista de la sierra de Atun
catorce leguas, de caminos cenagosos, de montañas ásperas, tristes
y ajenas totalmente de alivio, porque la inundacion de las aguas se
continuaba á todas horas. Á éstos, pues, seguia todo el campo con
suma debilidad, estremo á que lo habia reducido el hambre y las
enfermedades que le son consiguientes, y más cuando para
sustentarse no reparaba en comer culebras ni escarabajos y otros,
animales asquerosos y contrarios á la salud, como se experimentó
brevemente, pues murieron más de setenta soldados en el espacio
corto de aquella montaña, donde sucedió que habiéndose encontrado
Pedro Niño con siete ratones que los indios del pais tenian
guisados en una olla con raíces de biháo, tuvo tales ascos, que no
se atrevió á probarlos aunque su hambre era mucha; mas otro soldado
ménos escrupuloso, le dió por ellos sesenta y cuatro castellanos de
oro fino en dos chagualas, y se los comió con más gusto que si
fueran gazapos.
Ya dijimos cómo Gerónimo Lebron habia prohibido, con pena de la
vida, que ninguno matase caballo ni otro animal doméstico de
servicio; pero como la necesidad no respeta leyes, amanecian los
más dias muertas algunas mulas ó cortados los labios, para que la
fealdad obligase á sus dueños á matarlas y venderlas en aquel
aprieto. Y aunque sobre este desórden se hacia diligente pesquiza,
nunca pudo saberse más de la causa que aquello que por los efectos
se manifestaba, de que se inferia que en el delito concurrian los
más del ejército, y sirvió al fin de poder mantenerse hasta Opon,
de donde pasados estos lances salió Pedro Téllez con la gente que
se hallaba ménos débil hácia el nacimiento del rio de aquel valle,
en demanda de víveres, y á pocos dias dió con ciertas casas
proveidas de algun maiz, yuca y otras raices de que tomaron á
placer: y al tiempo que volvían con la carga y llegaban al rio que
forzosamente habian de repasar, se hallaron asaltados de algunos
indios con tal osadia, que les convino soltar las cargas y
aprovecharse de las espadas; pero como los indios esgrimian las
macanas con ventaja, fueron forzados á desamparar el puesto no
pudiendo resistirles: tanta fué la determinacion y valor con que
acometieron los bárbaros, y tal su presteza, que sin aprovechar á
los nuestros espadas y rodelas, fueron cinco de ellos heridos con
fieros golpes, y de tres muy crueles que dieron á Carrasco, murió
aquella misma noche; y de todos fuera lo mismo si en la ocasion no
los socorriera el cielo, pues al mismo tiempo iban en seguimiento
suyo seis soldados, que llegados al rio, y viendo el aprieto grande
de los compañeros, trataron luego de ponerse en su ayuda. De éstos
era Alonso Pérez, aquel de quien dijimos haber sido desjarretado y
haber escapado del riesgo para mayor desgracia suya, pues no
sufriendo dilacion en las obras se arrojó al rio por socorrer á los
amigos, donde combatido del agua fué blanco de sus contrarios, para
que, atravesadas las entrañas con una flecha, acabase la vida entre
las ondas.
Otro soldado, cuyo nombre se ignora, fué tambien muerto con
Carrasco, despues de haber hecho el uno y otro las diligencias que
permitió la priesa y el sitio para morir como cristianos; pero los
cinco compañeros de Alonso Pérez, temiendo el riesgo del rio, no
quisieron aventurarse á esguazarlo, si bien lastimados de la porfía
con que los bárbaros apretaban á los nuestros, uno de ellos, que
fué Valenzuela, sacó lumbre con mucha brevedad y tan buena maña se
fué dando con el arcabuz, que obligó á los indios á retirarse de la
ribera, dando lugar á los que habian quedado sanos para que
reparasen á los heridos, aunque todos más cargados de palos que de
bastimentos, no siendo el más bien librado Pedro Téllez, pues
afrentado del suceso, y habiendo descansado cuatro dias, con más
copia de infantes y más bien apercibido de armas, siguió el rumbo
que llevaron los enemigos que lo habian retirado, velándose ya como
debia para no ser asaltado de repente hasta pasar la sierra: mas,
habiendo descubierto á la batida de Guane crecidas poblaciones, y
satisféchose de las pasadas injurias en algunos lugares que halló
más á mano, aunque lo mataron un soldado, tuvo por buen acuerdo no
empeñarse más en la tierra, y con esta resolucion dió vuelta al
campo para dar cuenta á su Gobernador de lo que habia
descubierto.
Alentados todos con el aviso de Pedro Téllez, y viéndose más
reformado el Capitan Manjarrés, se dispuso á seguir la misma
derrota con cincuenta infantes, dejando el ejército en el Valle de
Opon hasta que volviese con más ciertas noticias de la tierra y
poblaciones que se habian visto. Y continuando su jornada, sucedió
que en el repecho de una sierra por donde se encaminaban vieron los
suyos algunas labores y casas que denotaban la cortedad de sus
moradores, y determinados á saquearlas, reconocieron que
forzosamente habia de ser subiendo por una senda que no daba más
lugar que el suficiente para ir unos en de otros, por la estreches
que de ambos lados formaba la densidad de los cañaverales. Más no
reparando en este inconveniente, por haberse hallado en otros
iguales, acometieron empresa, y cuando más empeñados estuvieron en
la subida, divisaron en uno de los rey tonos que hacia la cuesta,
un Gandul de hermosa disposicion y grandeza, que confiado en el
esfuerzo de sus brazos y en el bastos que tenia en las manos,
correspondiente á la estatura del cuerpo, mostraba que puesto en la
senda bastaría él solo para defender el paso á los nuestros. Pero
como esto fuese de poco cuidado para los de la vanguardia, se
fueron para él, como les cabía por suerte, poniendo delante las
rodelas para recibir los golpes y lograr las tretas: á que el
Gandul, que en fuerza y brios no parecia tener quien le igualase
correspondió de suerte, y se dió tal maña y priesa en jugar el
bastos, que en breve tiempo los obligó, á golpes, á que volviesen
cayendo unos sobre otros, por la cuesta abajo, con tanta facilidad
como fué la confianza que tuvieron los nuestros.
En ninguna de las naciones tiene tanta cabida la presuncion de
no parecer como en la española, motivo con que siempre se ha hecho
famosa, y ahora que se hallaban hombres de tanto crédito ajados de
un indio solo, visto es que la reputacion adquirida encenderia su
enojo para volver cada cual á repetir el combate con más cólera,
como con efecto sucedió: mas, como ya la fortuna habia echado la
suerte contra ellos, y el Gandul tenia cogida la cuesta y las
piedras, por más que intentaron su venganza no solamente éstos sino
otros de los que no habian entrado en el primer lance, rodaron
despedazados los escudos y afrentados de no poder sustentar el
combate con un hombre solo, que con desahogo y marcial despejo se
desembarazaba de ellos y aun le sobraba fuerza para acciones
mayores, pues con la repeticion del baston, que jugaba á dos manos,
habia destrozado y arrasado las más robustas cañas que habia por la
una y por la otra parte de la senda. Fué éste uno de los
desengaños que dió el cielo á nuestra nacion en diversas partes de
las Indias, para que reconociese que la sujecion y conquista de
Reinos tan dilatados, no se debía á su valor porque excediese á la
fuerza y número inmenso de aquellos infieles, sino porque obraba
asistida de causa suprema, para alumbrar por este medio aquella
gentilidad que por tantos siglos vivió en las sombras del engaño. Y
volviendo á la contienda en que dejamos al Gandul, fué tan
porfiada, que en el tiempo que se gastó en ella lo tuvo la
retaguardia para llegar ántes de acabarse; y viendo Diego Rincon,
uno de los iban en ella, que era un solo enemigo el que embarazaba
el paso á más de veinte hombres, dijo arrebatado de cólera á los
demas compañeros: Cómo es posible que un indlo sea poderoso á
detener tan valerosos soldados, cuando cada uno de los que me oyen
está acostumbrado á vencer numerosos ejércitos de esta nacion
cobarde? Ténganme por uno de ella, si dándome lugar, no fuese yo
solo quien lo haga desamparar el puesto con la muerte.
Eran más cuerdos los que oian, y sin darle satisfaccion á su
arrojo, le dijo Diego Parédes Calvo: Señor Rincon, allí teneis la
breña y el mantenedor, remitid á las manos la ejecucion de los
retos, que todos quedaremos agradecidos de que nos deis libre el
paso matando ese Gandul, de quien os podemos asegurar que da barata
la leña con el boston que esgrime, y se da tal maña con él, que
pienso, aunque lo mirais embotado, habeis de confesar brevemente
que tiene filo para cualquiera que se le mostrase bravo. Luego
Diego Rincon, prevenido lo más bien que pudo de espada y rodela,
comenzó á subir la cuesta, como mancebo que era, suelto, robusto y
animoso, y apénas se vio cerca del Gandul, cuando le dió la rodela
con ánimo de recibir el golpe en ella y entrarle luego con la
espada; pero salióle muy contrario el suceso al discurso, porque el
golpe que recibió en el escudo fué de manera que sin poder
resistirse á él, lo obligó á que desatinado volviese rodando la
cuesta abajo, con tal risa de los compañeros, que pudieron celebrar
el suceso como desquite de la afrenta en que los habia puesto el
Gandul. Diego Rincon, más encendido en cólera entónces, y
persuadido ya á que era el empeño de más consideracion, volvió en
demanda de su enemigo, á quien halló firme en el puesto, y no ménos
confiado en sus manos que al principio, aunque algo más fatigado
con el cansancio en que lo habia puesto el combate de tantos, y al
tiempo que lo vió dispuesto para ofenderle, se le entró prestamente
á donde el alcance del basten fuese por los últimos tercios y
cubierto de la rodela, con la rodilla puesta en tierra, reparó el
golpe ménos fuerte que lo habia sido el primero, y tendiendo el
brazo al mismo tiempo, hirió con el estoque al bárbaro en el muslo
izquierdo, el cual, luego que se vió herido y fatigado, volvió las
espaldas á Rincon, que luego partió en su alcance, con tan
acelerado curso de ambos contrarios, que aunque los demas
compañeros subieron prestamente, no pudieron divisarlos con la
vista ni socorrer al amigo, por no saber la senda que habian tomado
por aquellas malezas; pero á breve rato lo tuvieron de vuelta, con
el estoque bañado en sangre y tan vano de la victoria, que
blasonaba no ser poderosos ejércitos de gigantes para embarazarle
el paso, y que todo lo visto en la primera contienda fué sombra de
lo que pasó en la segunda, donde solamente su brio pudiera haber
triunfado de Gandul tan valiente, que acometiéndole con
desesperacion y rabia nunca vista, confesó muerto á sus plantas la
ventaja de su brazo con el estruendo que hizo el membrudo cuerpo
cayendo en tierra.
Manjarrés, que tenia valor para no envidiar otro alguno y
entendimiento para divertir aquella plática de que podian
despertarse picazones en los suyos, dijo con presteza, reduciéndolo
todo á donaire: Es tan cierto lo que dice el señor Diego Rincon,
que yo oí el golpe que dió el cuerpo del Gandul, por señas que al
movimiento tembló la tierra, y aun ahora de oir la relacion estamos
todos temblando; y añadió que podia blasonar con seguridad de que
tenia brazo tan fuerte, que valiendo por ciento, se dejaba atras
los diez i ocho de los nueve de la fama. Esto dicho con gracia
natural, de que era dotado (á lo que ayudaba mucho ser
balbuciente), sosegó el ánimo de todos, reduciendo á pasatiempo lo
que en realidad fué hazaña digna de un coraron español, y que
siempre la acompañó con otras iguales que lo hicieron famoso. Más
divertidos con estas burlas, llegaron á las casas y sembrados que
habian visto, y no hallaron gente, de que se conoció haber sido la
intencion del Gandul impedir la subida á los nuestros en tanto que
su familia tuviese lugar de salvarse, como lo demostró el suceso.
Allí descansaron aquella noche, y al siguiente dia prosiguieron en
su trabajosa jornada hasta llegar al valle que llamaron del Alférez
los primeros descubridores de Quesada. Este valle dista quince
leguas de la sierra de Opon, donde habian dejado á su General, á
quien dieron luego noticia de todo lo acaecido para que marchase en
su seguimiento, pues ya se descubría más vitualla por aquellas
provincias que pisaban, habiendo muerto de hambre más de ochenta
hombres desde que se apartaron del rio grande; y por que en ninguna
parte faltase nueva desgracia, se ahogó Diego Hermoso en el esguazo
del rio de este valle del Alférez, sin que diese tiempo á
socorrerlo el arrebatado curso de las aguas.
Viéndose ya incorporado todo el ejército en este sitio, y con
más socorro de víveres, pasó adelante el Capitan Manjarrés hasta
entrar en otro valle que llamaron de la Grita, porque á todas horas
de la noche y dia la daban sus naturales á los nuestros con
acometimientos y surtidas que disponían con arte y valor en los
pasos más estrechos, poniéndolos en mucho desvelo, aunque éste no
fué poderoso para preservar de la muerte á un soldado llamado
Palomares, á quien se llevaron vivo en uno de los reencuentros que
se tuvieron, con justo sentimiento de su desgracia. Pero
apuntándola en el número de tantas como se han referido, salieron
del remate de las montañas caminando ya con más alivio por
descubiertas serranías, aunque tan altas y estériles de agua, que
se vieron en grandes aprietos por no haberse prevenido de vasos en
qué llevarla, que es el único remedio de los que caminan por
tierras secas y de la calidad de aquella en que se hallaba
Manjarrés, que fué uno de los que más á pique se vieron de morir de
sed; y como ya se les hubiese muerto la guia que sacaron del rio
grande, y no hallasen noticia ni señal de la tierra que buscaban,
eligieron por medio para conseguirla, preguntar por señas á los
indios que aprisionaban en, los encuentros, en qué parte de
aquéllas hallarían á otros hombres blancos y con barbas como ellos:
y habiendo entendido los bárbaros la pregunta, respondieron tambien
por señas, que distaban de allí dos soles, que son dos dias de
camino, señalando con la mano á la parte de la ciudad de Vélez,
nueva que les dió tal ánimo y esfuerzo para caminar aquello poco
que restaba despues de tan dilatados trabajos, que al siguiente dia
dieron vista á la ciudad sin que sus moradores lo previniesen,
aunque se hallaban con la confusion de algunas noticias que habian
dado los judíos dé paz, por aviso de otros que no lo eran, de que
iban españoles nuevos con General que los gobernaba, á que unos no
daban crédito y otros dudaban fuese algun Gobernador nombrado por
la Audiencia de Santo Domingo, y aun éstos presumian que el viaje
habia de ser más dilatado en caso que saliese cierto lo que se
decia; con que todos se hallaban por entónces bien descuidados de
los nuevos huéspedes, hasta que éstos, entrando por las calles y
haciendo salva con los arcabuces, alteraron la ciudad, concurriendo
luego todos sus vecinos al estruendo: mas viendo que lo causaba
gente de la costa, y con ella muchos amigos y compañeros de sus
antiguas fortunas, fueron recibidos con los brazos abiertos,
agasajados y hospedados con gran cariño: y porque supieron del
Capitan Manjarrés el estado en que dejó á Gerónimo Lebron con su
gente, despacharon el mismo dia á algunos de los vecinos, que le
salieron al encuentro con buen refresco que llevaron. y indios
amigos, y fué tan bien recibido, como se puede inferir de la
necesidad que tenia de él; con que reforzando de ánimo hasta los
más débiles, prosiguió sin detenerse un punto, y con buen suceso
entró en la ciudad de Vélez.