INDICE





PROLOGO

NOTICIA BIOGRÁFICA DEL DR. FERNÁNDEZ PIEDRAHITA

DEDICATORIA Y APROBACIONES DE LA OBRA

LIBRO I

Capítulo I
Del sitio y calidades del Nuevo Reino de Granada

Capítulo II
En que se da noticia de sus provincias y primeros habitadores.

Capítulo III
De las costumbres, ritos y ceremonias que usaban los indios mozcas en su gentilidad.

Capítulo IV
De otras ceremonias y costumbres que tenian los mozcas, y de las procesiones que hacían.

Capítulo V
Del sitio y corte de Bogotá: majestad de sus reyes condiciones y forma de sucederse.

LIBRO II

Capítulo I
Saguanmáchica conquista los fusagasugaes, rompe la guerra con el Guatavita, que se ampara del Rey de Tunja...

Capítulo II
Hereda el zipa Nemequené, y castigada la rebelián de Fusagasugá, sujeta los caciques de Cipaquirá y Nemza.

Capítulo III
Asalta el Zipa la corte del Guatavita, revuelve contra el Ubaque y sujétalo.

Capítulo IV
Sujeta el Zipa la provincia de Ebaté, nombra en ella al hermano por su lugarteniente, á quien mata el Ubaque.

Capítulo V
Da leyes el Zipa en su reino y previénese de todo para la guerra de Tunja.

Capítulo VI
Refiérense los sitios y estado de las provincias de Tunja y Sogamoso, y hacen liga sus príncipes contra Neméquene.

Capítulo VII
En que se prosigue la materia del antecedente

Capítulo VIII
Danse vista los ejércitos del Zipa y el Tunja, y platican antes de la batalla.

Capítulo IX
Dáse la batalla, y casi vencida por Neméquene, muere en ella, herédalo Thysquesuzha, y prosigue la guerra.

LIBRO III

Capítulo I
Fúndase la ciudad de Santa Marta por Rodrigo Bastídas, á quien mata su teniente general en un motín.

Capítulo II
Los capitanes de Lerma acometen á Posigueica y vuelven derrotados.

Capítulo III
Gobierna el doctor Infante á Santa Marta por muerte de García de Lerma, y el adelantado don Pedro de Heredia da principio á las conquistas de Cartagena.

Capítulo IV
El adelantado Heredia prosigue la conquista de Cartagena

Capítulo V
Dáse el gobierno de Santa Marta á d. Pedro Fernández de Lugo. Prosigue la guerra con los indios de la sierra sin fruto…

LIBRO IV

Capítulo I
Benalcázar descubre a Popayán, y fundadas las villas de Cali y Timaná, prosigue en su descubrimiento

Capítulo II
El licenciado Badillo residencia á D. Pedro de Heredia en Cartagena:

Capítulo III
Vuelve el General Quesada por su Ejército á la Tora, Condúcelo hasta los umbrales del Nuevo Reino

Capítulo IV
Marcha Quesada por la provincia de Vélez, pasa á Guachetá y de allí á Suesca en demanda de Bogotá, con asombro general de los indios.

Capítulo V
Entra Quesada en el valle de los Alcázares, rompe el ejército de los Uzaques, pasa a Bogotá

LIBRO V

Capítulo I
Entra el capitán Céspedes en la provincia de los Panches por Tibacuy: plática  con el capitán del presidio de los Guechas…

Capítulo II
Sale Quesada de Bogotá para Somondoco en demanda de las minas de esmeraldas que descubre

Capítulo III
El Capitán San Martín tiene noticia de Tundama: descubre á Sogamoso y vuelve en busca del general Quesada...

Capítulo IV
Asalta Quesada el palacio del Rey de Tunja, á quien prende, y después de un breve combate saquea su corte con presa de los tesoros que no pudo ocultar.

Capítulo V
Marcha Quesada á Sogamoso, saquea la ciudad y quémase su templo. —vuelve á Tunja, y desamparándola por ir á la conquista de Neiva,

Capítulo VI
Repártese la presa entre los españoles: Asaltan después el cercado de un bosque donde matan a Tysquesusha sin conocerlo.

Capítulo VII
Acometen los Panches las fronteras de Bogotá, y entran Quesada y el Zipa al castigo con mal suceso en el primer encuentro

LIBRO VI

Capítulo I
Prende Quesada á Sacrezazipa por los tesoros del Zipa muerto, y promételos con engaño hasta lograr la muerte de sus émulos...

Capítulo II
Reparte Quesada otra presa de oro y esmeraldas: da principio á la fundación de Santafé...

Capítulo III
Dánle noticia á Quesada de las entradas de Benalcázar y de Fedremán en el reino...

Capítulo IV
Persuade á Quesada Benalcazar á que funde ciudades, y refiérese el estado y crecimiento á que ha llegado la ciudad de Santafé.

Capítulo V
El general Quesada baja á Cartagena con Benalcázar y Fedreman, dejando por teniente general del reino á Hernán Pérez, su hermano...

Capítulo VI
Gerónimo Lebrón forma ejército y armada; sale de santa marta para el reino...

Capítulo VII
Alonso Martín prende en el rio á Alonso jeque, y obligado de una armada enemiga, vence la batalla naval de Cesare...

LIBRO VII

Capítulo I
Tratase de la entrada que hizo Martín Galeano en el territorio de Coicomé y Agata, y de la que después hizo Juan Alonso de la Torre

Capítulo II
Sale Galeano á la conquista de Guane: mueve la guerra en Chalalá, y síguela con Mataregua hasta vencerlo en batalla...

Capítulo III
Agraviado Thisquizoque de la tiranía de Juan Gascon,  hace liga con el Saboya, toma las armas y le quita la vida...

Capítulo IV
Los tres generales pretenden la gobernación del Nuevo Reino y ninguno la consigue...

Capítulo V
Forma ejército Tundama y fortifícase contra Baltasar Maldonado...

Capítulo VI
Montalvo de Lugo entra en el Reino por los llanos, y el capitán Lanchero á la conquista de Muzo...

Capítulo VII
Esguazado el Cauca, prosigue Jorge Robledo sus descubrimientos hasta fundar la ciudad de Cartago.

LIBRO VIII

Capítulo I
Con la noticia de que se previene armada en Francia para las Indias, mandan al adelantado Lugo que vaya á su gobierno...

Capítulo II
Los Yalcones y Paeces toman las armas y matan á los capitanes Añasco y Osorio y despues a Juan de Ampudia...

Capítulo III
Rebelánse los Sutas y Simijacas, fortifícanse en unos peñoles, va contra ellos el Capitán Juan de Céspedes...

Capítulo IV
Rompen los Panches por las fronteras de los Mozcas...

Capítulo V
Prosigue su jornada Gerónimo Lebrón, con varios sucesos, hasta el valle de Opon...

Capítulo VI
Quesada y Lebrón compiten sobre el gobierno con riesgo de romper en batalla...

LIBRO IX

Capítulo I
Con la sospecha de que se rebela la provincia de Tunja...

Capítulo II
Vuelve á sus descubrimientos el capitán Jorge Robledo y con varias fortunas llega hasta la provincia de Hebéjico...

Capítulo III
Vuelto el Capitán Maldonado de la jornada de los palenques, sale Hernán Pérez de Quesada al descubrimiento del dorado con mal suceso...

Capítulo IV
El Ocabita y Lupachoque se fortifican en dos peñoles: ríndese Lupachoque por armas al Capitán Pineda y el Ocabita...

Capítulo V
El adelantado Lugo se previene para subir á Santafé : fúndase por su órden el Barbudo…

Capítulo VI
Pasa Robledo preso á estos reinos: Heredia y Benalcázar se apoderan alternadamente de Antioquia después que se fundó la ciudad de Arma...

LIBRO X

Capítulo I
La armada francesa de Roberto Baal sorprende á Santa Marta y Cartagena; y el adelantado Lugo prende al capitán Rondón...

Capítulo II
Felipe de Utre sale de coro á nuevos descubrimientos penetra los llanos hasta la punta de los Pardaos...

Capítulo III
Prende Lugo á los oficiales del Rey y á los quesadas: justicia al encomendero de Sáchica...

Capítulo IV
Destierra Lugo á los quesadas. —el Capitán Venégas descubre las primeras minas de oro, y funda la ciudad de Tocaima...

Capítulo V
Descubre Felipe de Utre los Omeguas, y véncelos en una batalla...

Capítulo VI
Lugo sale del reino para Castilla, y Armendariz entra en Cartagena...

Capítulo VII
Armendariz nombra por su teniente á pedro de Ursua en el reino y á Robledo en Antioquia...

LIBRO XI

Capítulo I
Concurren los visitadores Gasca y Armendariz en Santa Marta...

Capítulo II
Procede Armendariz contra el capitán Lanchero y otros conquistadores...

Capítulo III
Hacen mariscal del reino á Gonzalo Jiménez de Quesada...

Capítulo IV
Échanse los indios á las minas: tratase en el consejo de fundar audiencia en Santafé...

Capítulo V
Prosigue Armendariz en su gobierno: pónese real chancillería en Santafé...

Capítulo VI
Fúndanse las religiones de Santo Domingo y San Francisco en el Nuevo Reino...

Capítulo VII
Entra el mariscal Quesada en Santafé: descúbrese el páramo Rico de Pamplona...

Capítulo VIII
Entra Ursua en Muzo y puebla á Tudela: vuelve á Santafé y baja por justicia mayor de Santa Marta...

Capítulo IX
Rompe Ursua el ejército de los taironas en la batalla de los pasos de Rodrigo...

LIBRO XII

Capítulo I
Entra en Santafé el licenciado Juan de Montaño con la visita de la audiencia y residencia de Armendariz...

Capítulo II
Rebélase el Valle de las Lanzas, va Hernando de Salinas al castigo, funda la ciudad de Victoria...

Capítulo III
Prosigue Montaño en su visita; ajusticia á Pedro de Salcedo y á otros...

Capítulo IV
Armendariz baja preso á Cartagena para que allí le residencie Montaño.—el Capitán Avellaneda funda la ciudad de S. Juan de los Llanos...

Capítulo V
El capitan Diego García de Paredes funda la ciudad de Trujillo...

Capítulo VI
Vuelve el mariscal á Santafé con la provisión de nuevos oidores.—el licenciado Tomas López entra en la audiencia...

Capítulo VII
El Capitán Cristóbal Rodríguez Juarez funda la ciudad de Mérida.—Diego García de Paredes reedifica la de Trujillo...

Capítulo VIII
Previénese el Nuevo Reino para resistir al tirano Lope de Aguirre.—compéndiase lo que obró en la jornada del Marañon...

Capítulo IX
Fúndase la ciudad de S. Vigente de Paez.-múdase la de Trujillo. Muere García de Parédes y tratase de todo lo acaecido en las provincias del Nuevo Reino...
CAPITULO V
 


PROSIGUE SU JORNADA GERÓNIMO LEBRON, CON VARIOS SUCESOS, HASTA EL VALLE DE OPPON.-MUESTRA GRANDE VALOR UN INDIO EN DEFENDERLE EL PASO, Y FINALMENTE LLEGA Á LA CIUDAD DE VÉLEZ.

POR desembarazarnos de diferentes acaecimientos que concurrieron en este año de cuarenta, dejamos á Gerónimo Lebrort con su ejército bien fatigada en la casa de la sal, si bien con más ciertas señales de mejorar terreno, por las que descubria en los moradores de aquel país, i porque la dilacion era lima sorda contra su gente, pues con ella crecia más la necesidad de vitualla, dispuso que el Capitan Luis de Manjarrés, sin perder tiempo, se adelantase con su compañía talando la serranía dilatada que se habian encontrado (tanto más alta cuanto más la subian), hasta dar vista al paso volador, que llamaron estos soldados el de Manjarrés, porque el desde que ganaron la cumbre reconocieron ser la bajada tan peligrosa, que cualquiera que la intentase habia de volar muchos estados, respecto de ser la singla prolongada por donde iban de peña tajada i de profundidad grandísima. Fuéronla reconociendo algunas leguas, hasta que dieron en una quiebra que hacia, no tan derecha como lo restante de la oordillera, ni tan dispuesta para dar paso por ella que no mostrase peligro y dificultad para descender á un valle que tenia delante, cercado de él de eminencias peñascosas y más altas que las que hollaban; mas, reparando en que no se descubria tránsito más seguro que el de este puerto, valiéndose de piés y manos para asegurarse, bajaron gustosos por la buena fortuna de haber escapado ilesos.

De allí á tres dias llegó todo el campo al mismo sitio, reconocido por las señas que habian dejado los delanteros, donde hizo sito, confuso en la resolucion de aventurarse por él, á causa de que no parecia posible bajar los caballos sin despeñarse. Pero el Capitan Millan con los azadoneros que llevaba, fué labrando escalones y gradas en las partes que permitia la peña, y en la más baja de todas gran cantidad de ramas de helecho y otras plantas de que formó una cama de dos estados de alto, para que en caso que deslizase algun caballo de los que tan fatigados iban, lo recibiese en su blanda fajina y no peligrase tanto como si diera en el duro suelo; con que aseguró el descenso de suerte que ya parecía ménos dificultoso el conseguirlo. Gastóse en esta obra todo el dia, aunque los que se ocuparon en ella fueron muchos; y al siguiente, quitadas las sillas y frenos, fueron guiando los caballos de uno en uno, y animándolos con voces por la arriesgada senda; y ellos con el tiento que en tales casos enseña el natural instinto, bajaron sin desgracia, ménos la que se experimentó en dos yeguas, que sin poder tenerse fueron rodando hasta dar en la fajina de helecho, que les aprovechó poco, pues quedaron de suerte estropeadas, que solo sirvieron de alimento á la gente necesitada del ejército, que las tuvo por socorro bien considerable.

Luis de Manjarrés, que se habia adelantado como legua y média del paso volador, dió sobre ciertas casas vecinas á la sierra de Atun, donde halló algun bastimento, y desde una colina vieron los suyos á distancia de média legua otras casas de más consideracion: y recelándose de que á sentirlos retirasen la vitualla sus moradores, se adelantaron siete soldados, que fueron Moran, Juan de Cuenca, Anton Pérez de Lara, Anton Pérez de Portugues, Pedro Machetero, Pedro Carrasco y otro que llamaban Santo Domingo. Estos, con toda lijereza, repecharon la cuesta, y los desarmados indios, que impensadamente reconocieron la gente estraña en sus tierras, desamparadas las casas huyeron turbados: y como á este tiempo desmayaba el dia, y la noche entraba tempestuosa de agua, relámpagos y truenos, habiendo hallado razonable cena, resolvieron quedarse en una de las dos casas, sin el cuidado de poderles sobrevenir accidente contrario. Mas, los indios que huyeron, convocando prestamente mucha gente feroz de la que habitaba la sierra de Atun, ántes que entrase el dia tenian cercada la casa en que dormian los nuestros, ajenas de semejante suceso; y poniéndole fuego por diferentes partes con mucha grita, avisaron á los que estaban dentro del riesgo en que los tenia puestos su confianza. Pero ellos, reconociéndo su peligro, acuden recobrados del susto á las armas y á la puerta: rompen por el desordenado escuadran de bárbaros: llenan la tierra de sangre y espanto: repiten los golpes de las espadas, para amedrentar á los que miran cargados de flechas y lanzas: crece la grita y alboroto hasta penetrar los oidos de los compañeros que alojaban más bajos: y despacha Manjarrés á Valenzuela con doce arcabuceros para el socorro, ántes que la inundacion de bárbaros ahogue en su muchedumbre á los siete combatientes.

Parte Valenzuela aceleradamente, y en tanto que llega (porque era bien penosa la subida) crece el rigor de la pelea con los siete, con hazañas dignas de eterna memoria, si lo que obró el valor y la fortaleza de cada uno se hubiera participado con la pluma á nuestras edades. Anton Pérez de Lara, derribando cabezas por la cuesta abajo, se señala mucho, hasta que, resbalando los piés con la lluvia y sangre, cae entre sus más fieros enemigos, que luego lo cercan. Salta con suma lijereza sobre él un Gandul de presencia agigantada, que ayudado de otros que le asisten, se lo lleva sin tocar al suelo ni poder valerse de sus brios: no le queda más recurso que el de la lengua, y á grandes voces llama á Moran para que le ampare en aquel peligro. Hiere la voz en los oidos del amigo á pesar del estruendo marcial que resuena, y acrecentado de ira con el dolor que la enciende, se arroja en el mayor concurso de los contrarios, por socorrer á quien lo llama afligido. Abre camino por las contrarias puntas, y poniendo los ojos en el monstruoso salvaje, le abre con el acero las entrañas, por donde despide la vida con una voz tan descompasada, que al grito se acobardan sus tropas de tal suerte, que dejan á Lara ileso y con armas, porque ni prisionero las suelta, ni los indios tratan de quitárselas con la codicia de llevárselo vivo; ó porque caer, asirlo y socorrerlo fué tan prestamente, que no dió lugar á ejecutar más accion en los contrarios que la de retraerse de la furia de Moran. Y no sé que tenga Roma más causas para celebrar á su Oracio, que las que tiene España para aplaudir varon tan ilustre; porque si los aplausos se miden por las obras, nunca podrá competir el vencimiento de tres Curacios con el triunfo de mil enemigos. En fin, libre ya Lara de la tragedia infeliz que le esperaba, llega Valenzuela con su compañía, disparando los arcabuces en socorro de los siete, que se alientan de nuevo, cuanto los indios, quebrantados ya, se desaniman con los traquidos de las armas ignoran, y retirándose á lo más fragoso de la encumbrada sierra, dejan la victoria en manos de los siete, que si bien todos heridos, ninguno de suerte que peligrase.

Este accidente puso en cuidado á Luis de Manjarrés, y considerando que en los contornos de aquel paraje habia más poblaciones, y que seria fácil á los indios volver con más crecidas fuerzas y causar sigue daño en su gente al tiempo de repechar la sierra, mandó que veinte y cinco arcabuceros, con municion suficiente para la empresa, procurasen en la siguiente noche ocupar la cumbre para asegurar la subida: hiciéronlo así, caminando con oscuridad, tan diligentes, que ántes de rayar el dia eran dueños de la mayor eminencia, y fué tan acertado el órden, que á muy breve rato de llegados descubrieron muchos escuadrones de bárbaros, que al són de sus fotutos y entre la vanidad de sus médias lunas, caminaban en demanda de ellos, y á vengar la muerte de su Cacique, que lo fué aquel Gandul á quien le quitó la vida Moran. Aquí se descubrieron las dos huestes, la una de veinte y cinco infantes y la otra de innumerable multitud de infieles, que en aquel campo raso, dilatándose á los primeros rayos del sol en forma de média luna, los fueron ciñendo y estrecha á qué hiciesen rostro por todas partes, pues en todas era igual el ceño de los contrarios; pero bien proveidos de balas y postas, dieron las cargas de la arcabuceria sucesivas, y con estampido, tan estraño para los indios, que con el asombro y daño que sentian, sin penetrar la causa que se originaba, se les fué resfriando aquella primera cólera que llevaban, y convirtiendo en un pasmo que no les permitia dar paso adelante.

Faltábale ya municion á uno de los infantes con la continuacion de las cargas, y acudió á un barril de pólvora que estaba dispuesto para la provision, y como la priesa que tenia era mucha, se descuidó tanto con la cuerda encendida que llevaba en la mano, que prendió en la pólvora que tenia sacada y le abrasó el rostro, barba y cejas; y aun no paró aquí su desgracia, sino que de las centellas que se habian levantado, dieron algunas en el barril, que estaba sin cubierta, y prendiendo en él con el estruendo que acaece en talos infortunios, levantó al miserable en alto, esparciéndolo en pedazos, de cuyo espectáculo infeliz atónitos los indios, y pensando que era llegado el fin del Universo, volvieron confusarnente las espaldas, siguiendo los nuestros el alcance hasta entrarse por las poblaciones de Atun (entónces grandes, ahora ni aun pequeñas), y viendo sus moradores que la gente extranjera iba con determinacion de apoderarse de ellas, ó para última señal de su desesperacion, ó para detener el paso á los nuestros, y correspondiéndose unos á otros, no quedó en ménos de dos horas pueblo ni caserio en todos aquellos collados, valles y laderas, que no publicase su barbaridad entre las cenizas, negando albergue á los nuestros en qué poder ampararse de las inclemencias del tiempo, que fué muy sensible, por ser tan frecuente en aquel pais la molestia de las aguas. Pero consolados con haber hallado en los campos cantidad de maíz, la recogieron en unos pajizos albergues que fabricaron, esperando en ellos á Manjarrés, que llegó luego, habiendo dejado á Gerónimo Lebron en las primeras casas vecinas á la sierra de Atun (de que ya dimos noticia), donde se detuvo muy poco tiempo, por no ser bastante la vitualla que habia en ellas para la gente que llevaba, y habia de esperarla de la diligencia que hacian los que iban adelante, no porque toda corriese por cuenta del Capitan Manjares, sino de Blasco Martin y de Pedro Téllez, caudillos que tambien salian del campo á correr los contornos del camino que llevaban.

Con estas fatigas, que se divierten con esperanzas de mejor fortuna, llegaron todos á verse juntos en las sierras de Atun, donde alojaron algunos dias para que se aliviase la gente, y éstos fueron aquellos solamente que duró la vitualla: y pensando hallarla más adelante, se levantó el campo siguiendo su derrota con trabajos tan grandes, que aun siendo el Capitan Luis de Manjarrés hombre infatigable, y que en los infortunios más sensibles divertia su pena y la de todos con donaires, mostrando siempre el rostro sereno en las adversidades, y socorriendo con lo que tenia á los más desconsolados, para que se armasen sufrimiento; en esta ocasion, rendido al trabajo y miseria humana, se quedó enfermo en el campo, y en su lugar fué nombrado Diego Parédes Calvo (que despues vivió larga edad en la ciudad de Tunja) para que con treinta infantes se adelantase hasta Oppon, valle que dista de la sierra de Atun catorce leguas, de caminos cenagosos, de montañas ásperas, tristes y ajenas totalmente de alivio, porque la inundacion de las aguas se continuaba á todas horas. Á éstos, pues, seguia todo el campo con suma debilidad, estremo á que lo habia reducido el hambre y las enfermedades que le son consiguientes, y más cuando para sustentarse no reparaba en comer culebras ni escarabajos y otros, animales asquerosos y contrarios á la salud, como se experimentó brevemente, pues murieron más de setenta soldados en el espacio corto de aquella montaña, donde sucedió que habiéndose encontrado Pedro Niño con siete ratones que los indios del pais tenian guisados en una olla con raíces de biháo, tuvo tales ascos, que no se atrevió á probarlos aunque su hambre era mucha; mas otro soldado ménos escrupuloso, le dió por ellos sesenta y cuatro castellanos de oro fino en dos chagualas, y se los comió con más gusto que si fueran gazapos.

Ya dijimos cómo Gerónimo Lebron habia prohibido, con pena de la vida, que ninguno matase caballo ni otro animal doméstico de servicio; pero como la necesidad no respeta leyes, amanecian los más dias muertas algunas mulas ó cortados los labios, para que la fealdad obligase á sus dueños á matarlas y venderlas en aquel aprieto. Y aunque sobre este desórden se hacia diligente pesquiza, nunca pudo saberse más de la causa que aquello que por los efectos se manifestaba, de que se inferia que en el delito concurrian los más del ejército, y sirvió al fin de poder mantenerse hasta Opon, de donde pasados estos lances salió Pedro Téllez con la gente que se hallaba ménos débil hácia el nacimiento del rio de aquel valle, en demanda de víveres, y á pocos dias dió con ciertas casas proveidas de algun maiz, yuca y otras raices de que tomaron á placer: y al tiempo que volvían con la carga y llegaban al rio que forzosamente habian de repasar, se hallaron asaltados de algunos indios con tal osadia, que les convino soltar las cargas y aprovecharse de las espadas; pero como los indios esgrimian las macanas con ventaja, fueron forzados á desamparar el puesto no pudiendo resistirles: tanta fué la determinacion y valor con que acometieron los bárbaros, y tal su presteza, que sin aprovechar á los nuestros espadas y rodelas, fueron cinco de ellos heridos con fieros golpes, y de tres muy crueles que dieron á Carrasco, murió aquella misma noche; y de todos fuera lo mismo si en la ocasion no los socorriera el cielo, pues al mismo tiempo iban en seguimiento suyo seis soldados, que llegados al rio, y viendo el aprieto grande de los compañeros, trataron luego de ponerse en su ayuda. De éstos era Alonso Pérez, aquel de quien dijimos haber sido desjarretado y haber escapado del riesgo para mayor desgracia suya, pues no sufriendo dilacion en las obras se arrojó al rio por socorrer á los amigos, donde combatido del agua fué blanco de sus contrarios, para que, atravesadas las entrañas con una flecha, acabase la vida entre las ondas.

Otro soldado, cuyo nombre se ignora, fué tambien muerto con Carrasco, despues de haber hecho el uno y otro las diligencias que permitió la priesa y el sitio para morir como cristianos; pero los cinco compañeros de Alonso Pérez, temiendo el riesgo del rio, no quisieron aventurarse á esguazarlo, si bien lastimados de la porfía con que los bárbaros apretaban á los nuestros, uno de ellos, que fué Valenzuela, sacó lumbre con mucha brevedad y tan buena maña se fué dando con el arcabuz, que obligó á los indios á retirarse de la ribera, dando lugar á los que habian quedado sanos para que reparasen á los heridos, aunque todos más cargados de palos que de bastimentos, no siendo el más bien librado Pedro Téllez, pues afrentado del suceso, y habiendo descansado cuatro dias, con más copia de infantes y más bien apercibido de armas, siguió el rumbo que llevaron los enemigos que lo habian retirado, velándose ya como debia para no ser asaltado de repente hasta pasar la sierra: mas, habiendo descubierto á la batida de Guane crecidas poblaciones, y satisféchose de las pasadas injurias en algunos lugares que halló más á mano, aunque lo mataron un soldado, tuvo por buen acuerdo no empeñarse más en la tierra, y con esta resolucion dió vuelta al campo para dar cuenta á su Gobernador de lo que habia descubierto.

Alentados todos con el aviso de Pedro Téllez, y viéndose más reformado el Capitan Manjarrés, se dispuso á seguir la misma derrota con cincuenta infantes, dejando el ejército en el Valle de Opon hasta que volviese con más ciertas noticias de la tierra y poblaciones que se habian visto. Y continuando su jornada, sucedió que en el repecho de una sierra por donde se encaminaban vieron los suyos algunas labores y casas que denotaban la cortedad de sus moradores, y determinados á saquearlas, reconocieron que forzosamente habia de ser subiendo por una senda que no daba más lugar que el suficiente para ir unos en de otros, por la estreches que de ambos lados formaba la densidad de los cañaverales. Más no reparando en este inconveniente, por haberse hallado en otros iguales, acometieron empresa, y cuando más empeñados estuvieron en la subida, divisaron en uno de los rey tonos que hacia la cuesta, un Gandul de hermosa disposicion y grandeza, que confiado en el esfuerzo de sus brazos y en el bastos que tenia en las manos, correspondiente á la estatura del cuerpo, mostraba que puesto en la senda bastaría él solo para defender el paso á los nuestros. Pero como esto fuese de poco cuidado para los de la vanguardia, se fueron para él, como les cabía por suerte, poniendo delante las rodelas para recibir los golpes y lograr las tretas: á que el Gandul, que en fuerza y brios no parecia tener quien le igualase correspondió de suerte, y se dió tal maña y priesa en jugar el bastos, que en breve tiempo los obligó, á golpes, á que volviesen cayendo unos sobre otros, por la cuesta abajo, con tanta facilidad como fué la confianza que tuvieron los nuestros.

En ninguna de las naciones tiene tanta cabida la presuncion de no parecer como en la española, motivo con que siempre se ha hecho famosa, y ahora que se hallaban hombres de tanto crédito ajados de un indio solo, visto es que la reputacion adquirida encenderia su enojo para volver cada cual á repetir el combate con más cólera, como con efecto sucedió: mas, como ya la fortuna habia echado la suerte contra ellos, y el Gandul tenia cogida la cuesta y las piedras, por más que intentaron su venganza no solamente éstos sino otros de los que no habian entrado en el primer lance, rodaron despedazados los escudos y afrentados de no poder sustentar el combate con un hombre solo, que con desahogo y marcial despejo se desembarazaba de ellos y aun le sobraba fuerza para acciones mayores, pues con la repeticion del baston, que jugaba á dos manos, habia destrozado y arrasado las más robustas cañas que habia por la una y por la otra parte de la senda. Fué éste uno de  los desengaños que dió el cielo á nuestra nacion en diversas partes de las Indias, para que reconociese que la sujecion y conquista de Reinos tan dilatados, no se debía á su valor porque excediese á la fuerza y número inmenso de aquellos infieles, sino porque obraba asistida de causa suprema, para alumbrar por este medio aquella gentilidad que por tantos siglos vivió en las sombras del engaño. Y volviendo á la contienda en que dejamos al Gandul, fué tan porfiada, que en el tiempo que se gastó en ella lo tuvo la retaguardia para llegar ántes de acabarse; y viendo Diego Rincon, uno de los iban en ella, que era un solo enemigo el que embarazaba el paso á más de veinte hombres, dijo arrebatado de cólera á los demas compañeros: Cómo es posible que un indlo sea poderoso á detener tan valerosos soldados, cuando cada uno de los que me oyen está acostumbrado á vencer numerosos ejércitos de esta nacion cobarde? Ténganme por uno de ella, si dándome lugar, no fuese yo solo quien lo haga desamparar el puesto con la muerte.

Eran más cuerdos los que oian, y sin darle satisfaccion á su arrojo, le dijo Diego Parédes Calvo: Señor Rincon, allí teneis la breña y el mantenedor, remitid á las manos la ejecucion de los retos, que todos quedaremos agradecidos de que nos deis libre el paso matando ese Gandul, de quien os podemos asegurar que da barata la leña con el boston que esgrime, y se da tal maña con él, que pienso, aunque lo mirais embotado, habeis de confesar brevemente que tiene filo para cualquiera que se le mostrase bravo. Luego Diego Rincon, prevenido lo más bien que pudo de espada y rodela, comenzó á subir la cuesta, como mancebo que era, suelto, robusto y animoso, y apénas se vio cerca del Gandul, cuando le dió la rodela con ánimo de recibir el golpe en ella y entrarle luego con la espada; pero salióle muy contrario el suceso al discurso, porque el golpe que recibió en el escudo fué de manera que sin poder resistirse á él, lo obligó á que desatinado volviese rodando la cuesta abajo, con tal risa de los compañeros, que pudieron celebrar el suceso como desquite de la afrenta en que los habia puesto el Gandul. Diego Rincon, más encendido en cólera entónces, y persuadido ya á que era el empeño de más consideracion, volvió en demanda de su enemigo, á quien halló firme en el puesto, y no ménos confiado en sus manos que al principio, aunque algo más fatigado con el cansancio en que lo habia puesto el combate de tantos, y al tiempo que lo vió dispuesto para ofenderle, se le entró prestamente á donde el alcance del basten fuese por los últimos tercios y cubierto de la rodela, con la rodilla puesta en tierra, reparó el golpe ménos fuerte que lo habia sido el primero, y tendiendo el brazo al mismo tiempo, hirió con el estoque al bárbaro en el muslo izquierdo, el cual, luego que se vió herido y fatigado, volvió las espaldas á Rincon, que luego partió en su alcance, con tan acelerado curso de ambos contrarios, que aunque los demas compañeros subieron prestamente, no pudieron divisarlos con la vista ni socorrer al amigo, por no saber la senda que habian tomado por aquellas malezas; pero á breve rato lo tuvieron de vuelta, con el estoque bañado en sangre y tan vano de la victoria, que blasonaba no ser poderosos ejércitos de gigantes para embarazarle el paso, y que todo lo visto en la primera contienda fué sombra de lo que pasó en la segunda, donde solamente su brio pudiera haber triunfado de Gandul tan valiente, que acometiéndole con desesperacion y rabia nunca vista, confesó muerto á sus plantas la ventaja de su brazo con el estruendo que hizo el membrudo cuerpo cayendo en tierra.

Manjarrés, que tenia valor para no envidiar otro alguno y entendimiento para divertir aquella plática de que podian despertarse picazones en los suyos, dijo con presteza, reduciéndolo todo á donaire: Es tan cierto lo que dice el señor Diego Rincon, que yo oí el golpe que dió el cuerpo del Gandul, por señas que al movimiento tembló la tierra, y aun ahora de oir la relacion estamos todos temblando; y añadió que podia blasonar con seguridad de que tenia brazo tan fuerte, que valiendo por ciento, se dejaba atras los diez i ocho de los nueve de la fama. Esto dicho con gracia natural, de que era dotado (á lo que ayudaba mucho ser balbuciente), sosegó el ánimo de todos, reduciendo á pasatiempo lo que en realidad fué hazaña digna de un coraron español, y que siempre la acompañó con otras iguales que lo hicieron famoso. Más divertidos con estas burlas, llegaron á las casas y sembrados que habian visto, y no hallaron gente, de que se conoció haber sido la intencion del Gandul impedir la subida á los nuestros en tanto que su familia tuviese lugar de salvarse, como lo demostró el suceso. Allí descansaron aquella noche, y al siguiente dia prosiguieron en su trabajosa jornada hasta llegar al valle que llamaron del Alférez los primeros descubridores de Quesada. Este valle dista quince leguas de la sierra de Opon, donde habian dejado á su General, á quien dieron luego noticia de todo lo acaecido para que marchase en su seguimiento, pues ya se descubría más vitualla por aquellas provincias que pisaban, habiendo muerto de hambre más de ochenta hombres desde que se apartaron del rio grande; y por que en ninguna parte faltase nueva desgracia, se ahogó Diego Hermoso en el esguazo del rio de este valle del Alférez, sin que diese tiempo á socorrerlo el arrebatado curso de las aguas.

Viéndose ya incorporado todo el ejército en este sitio, y con más socorro de víveres, pasó adelante el Capitan Manjarrés hasta entrar en otro valle que llamaron de la Grita, porque á todas horas de la noche y dia la daban sus naturales á los nuestros con acometimientos y surtidas que disponían con arte y valor en los pasos más estrechos, poniéndolos en mucho desvelo, aunque éste no fué poderoso para preservar de la muerte á un soldado llamado Palomares, á quien se llevaron vivo en uno de los reencuentros que se tuvieron, con justo sentimiento de su desgracia. Pero apuntándola en el número de tantas como se han referido, salieron del remate de las montañas caminando ya con más alivio por descubiertas serranías, aunque tan altas y estériles de agua, que se vieron en grandes aprietos por no haberse prevenido de vasos en qué llevarla, que es el único remedio de los que caminan por tierras secas y de la calidad de aquella en que se hallaba Manjarrés, que fué uno de los que más á pique se vieron de morir de sed; y como ya se les hubiese muerto la guia que sacaron del rio grande, y no hallasen noticia ni señal de la tierra que buscaban, eligieron por medio para conseguirla, preguntar por señas á los indios que aprisionaban en, los encuentros, en qué parte de aquéllas hallarían á otros hombres blancos y con barbas como ellos: y habiendo entendido los bárbaros la pregunta, respondieron tambien por señas, que distaban de allí dos soles, que son dos dias de camino, señalando con la mano á la parte de la ciudad de Vélez, nueva que les dió tal ánimo y esfuerzo para caminar aquello poco que restaba despues de tan dilatados trabajos, que al siguiente dia dieron vista á la ciudad sin que sus moradores lo previniesen, aunque se hallaban con la confusion de algunas noticias que habian dado los judíos dé paz, por aviso de otros que no lo eran, de que iban españoles nuevos con General que los gobernaba, á que unos no daban crédito y otros dudaban fuese algun Gobernador nombrado por la Audiencia de Santo Domingo, y aun éstos presumian que el viaje habia de ser más dilatado en caso que saliese cierto lo que se decia; con que todos se hallaban por entónces bien descuidados de los nuevos huéspedes, hasta que éstos, entrando por las calles y haciendo salva con los arcabuces, alteraron la ciudad, concurriendo luego todos sus vecinos al estruendo: mas viendo que lo causaba gente de la costa, y con ella muchos amigos y compañeros de sus antiguas fortunas, fueron recibidos con los brazos abiertos, agasajados y hospedados con gran cariño: y porque supieron del Capitan Manjarrés el estado en que dejó á Gerónimo Lebron con su gente, despacharon el mismo dia á algunos de los vecinos, que le salieron al encuentro con buen refresco que llevaron. y indios amigos, y fué tan bien recibido, como se puede inferir de la necesidad que tenia de él; con que reforzando de ánimo hasta los más débiles, prosiguió sin detenerse un punto, y con buen suceso entró en la ciudad de Vélez.

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