CAPITULO IV
ROMPEN LOS PANCHES POR LAS FRONTERAS DE LOS MOZCAS: ENTRA EN SU
PROVINCIA HERNAN PÉREZ DE QUESADA, Y AUNQUE LES MUEVE GUERRA CON
BUENOS SUCESOS, NO QUEDAN SUJETOS.
PERDERSE tal vez en brazos de la desgracia, lance fué por donde
pasaron las naciones más belicosas. Los godos y españoles, cuando
se diferenciaban, alternaron estos reveses; pero rendirse de suerte
á una desdicha, que no aspire el ánimo á probar el desquite,
cobardia es, que la naturaleza esculpió por afrenta de pechos
afeminados. Aun el valor gobernado por la prudencia se arriesga á
la segunda fortuna á pesar de un accidente contrario. Gaspar de
Coliñi, desamparado de la dicha, se levantó más formidable siempre
que las Lices de Francia lo vieron caido: y si Julio César en la
guerra de Pompeyo guiara sus resoluciones por la resulta del primer
encuentro, no lo aclamaran victorioso en la segunda batalla: y si
éste suele ser dictámen de un Cabo prudente, cuanto más vivamente
lo abrazará el brio, que falto de consideraciones no tiene más
consejero que su arrojo, ni más fin que su venganza? á ésta
aspiraban los Panches, nacion belicosa (como dijimos al principio)
despues que Gonzalo Jiménez de Quesada quebrantó su ferocidad con
las armas españolas, obligándolos á que doblasen la rodilla á
Sacrezazipa, Rey de Bogotá, golpe que no cabia en el disimulo de
sus espíritus guerreros. Todas las demas desgracias abraza sin
desesperación la tolerancia de los hombres; pero adorar en el trono
á quien vieron los ojos en el desprecio, tormento es que no cabe en
toda la capacidad del sufrimiento. Reventó al fin la mina de sus
bárbaros designios contra los Mozcas, viéndolos faltos de caudillo
real que los coligase para su defensa, como si de la ruina de
aquella Monarquía no se hubiese levantado otra, que si venció á los
Mozcas como á enemigos, los habia de defender como á vasallos.
Habia entre los Panches algunos pueblos que asentaron paces con
Gonzalo Jiménez de Quesada, prestando fidelidad á nuestro católico
Rey; y no atreviéndose éstos á declararse como los otros, solamente
dieron consentimiento á la empresa, prometiendo no desampararlos en
lo secreto, no tanto por sospecha del castigo que pudieran temer,
como por el empeño de la palabra dada á que no debian faltar, como
que la vergüenza de romperla pesase más que la notoriedad de la
venganza á que aspiraban. De éstos eran los Siquimas, Tocaremas y
Calandaimas; pero las demas naciones de Ambalemas, Sasaimas,
Anapoimas, Guataquies y otras muchas que habitaban aquellos
terrenos fragosos, descubiertamente coligadas y eligiendo como
caudillo superior al Bituima, pidieron paso á los Tocaremas, y por
esta parte y la de Calandaima entraron en los confines de Bogotá y
Sutagaos, y abrazando los maizales y demas sembrador, oprimieron de
suerte los pueblos de Tibacuy, Subia, Tena, Cipacon y Bojacá, que
despues de cautivar mucha gente para alimento de su voracidad,
pasaron á cuchillo á cuantos, desconfiados de sí mismos ó
desprevenidos para la fuga, dieron en sus manos. Oh! qué de
infortunios se conjuraron en aquellos tiempos contra los Mozcas! ni
al abrigo de los españoles que obedecían aseguraban la vida: ni en
la oposicion de los Panches, que siempre aborrecieron, excusaban la
muerte! Pero cuándo las declinaciones y ruinas de una Monarquía
dejaron camino seguro al que cayó con ella!
Al mismo tiempo que las tropas de los Panches arribaron á los
confines de Los Mozcas, los Tocaremas, por asegurarse y desmentir
toda sospecha, despacharon correo que diese cuenta en la ciudad de
Santafé de la intempestiva invasion de los suyos, disculpando la
entrada por sus tierras con decir que más habia sido efecto de la
violencia que de su consentimiento, pues se hallaban dispuestos á
obedecer Las órdenes que se los enviasen en desquite de
atrevimiento tan grande, y en conformidad de las paces que tenian
juradas, pareciéndoles que con este aviso sanaban la traicion en
que eran los primeros cómplices, y con darlo á tiempo que los
Panches hubiesen pasado la montaña, lograrian la pretension de no
impedir el buen suceso que esperaban, pues por más diligentes que
procediesen Los españoles á la defensa, no podian llegar á tiempo
que desvaneciesen la celeridad de los suyos en ejecutar los
designios violentos de su fiereza. Casi á un mismo tiempo entraron
en la ciudad de Santafé el correo de los Tocaremas y muchos Mozcas
de los que salvaron la vida en los piés, con el aviso de los
estragos y muertes que habia padecido su nacion: y como ésta de
suyo es medrosa, y cuando no lo fuera, las adversidades que en tan
breves dias habia padecido, bastaran á acobardada; viéndose en esta
ocasion todos los pueblos de la sabana desarmados para enemigos tan
poderosos, y faltos de Rey natural para el recurso, desamparadas
sus casas se entraban en tropas á reguardarse en la ciudad, como si
ya tuviesen sobre ella las armas de los Panches, siempre fatales
para sus vidas.
En gran cuidado puso á Hernan Pérez de Quesada la nueva
alteracion de los Panches, así porque la tenia por nacion de las
más belicosas del Reino, como porque sujetarla por armas, respecto
de ser toda su provincia tan áspera, siempre habia parecido á su
hermano difícil, y por esta causa habia dicho varias veces que
aquella fiereza más necesitaba de halagos para domarla, que de
violencias para oprimirla. Pero como el disimulo en los agravios
disminuye la buena opinion con los amigos que ignoran los motivos,
y aumenta el atrevimiento en los contrarios, que atienden al
semblante con que se reciben, á que se juntaban los clamores de los
bogotaes, afirmando desampararian las tierras si no se castigaba
con tiempo aquella insolencia, llamó á consejo á sus Capitanes para
resolver lo que debia hacer en aquel aprieto; y aunque algunos de
los de Benalcázar hacian poco aprecio de la propuesta, inclinados
más á que no se entibiase la conquista del Dorado á que tenia
persuadido á Hernan Pérez, y decían que cincuenta hombres sobraban
para el castigo de cualquiera nacion de indios, por belicosa que
fuese, y que las empresas más Arduas no debian posponerse á las de
ménos consecuencia, como era la de los Panches, pues de perderse
ésta solamente se dilataba el señorio de una provincia pobre, y de
faltar á la otra se aventuraba el acrecentar á la Monarquía
española la porcion más considerable de las Indias; con todo eso
los Capitanes de Fedreman y Quesada (que no estaban enseñados á
guerrear con las naciones de Quito, Cajamarca y el Cusco, rnénos
hábiles para las armas que los Mozcas, como se experimenta hoy
dentro de las mismas provincias del Perú, sino con los Taironas,
Goagiros y Muzos, y con otras naciones valerosas del rio grande y
Llanos de San Juan, que no exceden á los Panches) fueron de parecer
que pospuesta otra cualquiera faccion se procediese al castigo de
éstos. Decian: Que la seguridad de aquel Reino no consistia en lo
obrado hasta entónces, sino en desarmar á los Panches enemigos, que
puestos en la frontera siempre habian aspirado á su dominio. Que si
estando unidas las fuerzas españolas corrian las Campañas de Bogota
tan atrevidos, quién bastaria despues de divididas para que no
intentasen dar la nueva ciudad al saco y al incendio? Que las
provincias del Dorado, más tenian de representaciones varias de la
idea que de noticias verdaderas para desvanecer discursos tan
cuerdos. Que si era cierta esta máquina que apoyaba la codicia, ya
se habian encontrado con ella, pues todas las señas del Dorado se
hallaban en los espacios de aquel Nuevo Reino. Y finalmente que se
debian inclinar primero á esta empresa, que pedian los Mozcas, para
que trocasen en amor á los españoles el odio con que los miraban
como á opresores de su libertad.
Siguióse este parecer como el más sano; y aunque en el número de
la gente que habia de entrar al castigo disentian los del Perú,
porque enseñados á pelear á caballo aborrecian la empresa en que si
se excusaban perdian crédito y si la admitian se obligaban marchar
á pié por la aspereza del terreno á que no estaban acostumbrados:
sinembargo de cuantas razones alegaban, convinieron con el sentir
de los más, en que eran precisos doscientos infantes, treinta
caballos y cuatro mil Mozcas de las milicias veteranos de
Sacrezipa, todos á cargo del mismo Hernan Pérez, porque no se
levantasen competencias sobre cargo tan principal. Con esta
resolucion empezaron apresuradamente las levas á cargo de los
Capitanes y oficiales, de que la mayor parte era del Perú, por la
inclinacion con que Hernan Pérez los miraba; si bien no pudo
excusar de aquella lista á los Capitanes Céspedes, Anton de Olalla
y el Zorro, hombres que tenian bien, conocido el ánimo y tierra de
los Paches: y aunque ninguno de todos ellos ignoraba el trato doble
de los Tocaremas, pareciéndoles dilatar el castigo para tiempo más
oportuno, disimularon con el correo, y cargado promesas y
agradecimientos lo despacharon con órden de que los pueblos
pacíficos no moviesen hasta tener aviso de lo que determinaba
Hernan Pérez. Los primeros que dispusieron su ejército fueron los
Mozcas, en que se hallaba un buen tercio de Guechas de los que
solian guarnecer los presidios de las fronteras: y ningun
movimiento de éstos ignoraban los Panches, porque los bogotaes,
ménos cautelosos que los españoles, y persuadidos á que los
Tocaremas y Calandaimas procedian sin doblez, no recelaban darles
parte de prevenciones que se hacian en Santafé: y como no hay
disposicion ni traza que participa al enemigo no se desvanezca,
porque en tanto son acertadas las resoluciones de la guerra cuanto
las apoya el secreto, luego empezaron á discurrir los Panches que
no eran poderosas fuerzas para oponerse á los españoles, ni para
que, divididas en muchas partes, se conservasen.
Decia el Bituima (hombre de madura edad, y que entre los suyos
tenia ganada mucha reputacion): Que la ventaja de los caballos no
tenia equivalente reparo, como lo habia mostrado ya la experiencia
en dos ocasiones. Que la constancia en el combatir de la infanteria
española era tanta, que siempre contrastaria cualquier batallon de
Panches en que no concurriesen unidas cuatro partes más que la del
ejército cristiano, pues aunque los Mozcas eran poco guerreros, al
abrigo de los españoles adquirian el valor que les habia negado la
naturaleza. Que cuando no hiciesen más que acometer á tiempo y
retirarse con órden militar, bastaría para ponerlos en confusion:
ademas, que los Guechas, bien disciplinados en las guerras pasadas,
siempre habian sido grandes para enemigos de los Panches. Que éstos
se visto dos veces hollados de la soberbia española, y necesitaban
primero de perder el tema concebido, que de aventurarse a la
contingencia de una batalla, porque los que ha sido vencidos pelean
con solo un coraron y los vencedores con dos, uno que deben al
valor heredado otro á la fama adquirida. Que las resoluciones del
corazon no salen siempre tan acertadas como las del discurso, ni lo
más honroso debe seguirse todas veces por mejor, sino lo más
conveniente; y así tenia por mejor medio elegir un sitio fuerte
donde congregada toda la nacion se defendiese, sin que la necesidad
los pusiese en obligacion de dar batalla a sus contrarios, pues
levantados con facilidad los bastimentos de la provincia,
forzosamente habian de retirarse dentro de pocos dias, ó perecer al
desabrigo de paiís tan estéril y montuoso.
Este parecer fué bien recibido de los Cabos que se habian
hallado en pasados encuentros ; y aunque algunos bisoños quisieran
la resolucion ménos templada para su juventud, pareciéndoles debia
fiarse de sus brios y de la multitud de sus escuadras (dictámen que
de ordinario enamora á los que no han visto otra vez el rostro al
enemigo), hubo de prevalecer el consejo de Bituima y acertaron
donde Jerjes hubiera acertado tambien, si como oyó á Demarato
Lacedemonio lo poco que debia fiar del poder que llevaba en la
guerra que emprendia, no se dejara lisonjear de la arrogancia de la
muchedumbre, para sentir despues de vencido más la pérdida del
consejo que la ruina de su ejército. Tanto como esto importan las
advertencias de un buen discurso: y los Panches, que veneraban á
Bituima por oráculo de la guerra, recogidos víveres para muchos
dias, y taladas las sementeras, trataron con más desvelo de su
defensa por la vecindad con que ya campeaba el ejército español.
Tendiase la poblacion del Bituima por unas lomas altas y vecinas á
otras eminencias que formó la naturaleza, de tierra avolcanada en
que se mezclan algunos pedazos de tierra viva con que se impide la
subida y el tránsito de unas á otras, si no es por sendas muy
angostas y peligrosas aun faltando enemigos; porque corriendo con
torcido curso un arroyo que nace de las montañas de Síquima y otros
que se les juntan por diferentes partes, precisa á que por todas
sean los caminos á média ladera, y pon consiguiente derrumbaderos ó
pasos voladores que miran á la profundidad por donde corre el
arroyo, tan amparado de las peñas, que descubre muy pocas entradas
para el esguazo y ninguna en tiempo de lluvias. En una, pues, de
aquellas lomas que miran de frente á Bituima y forma una cuchilla
bien dilatada, se fortificaron los Panches bien proveidos de armas,
piedras y vitualla para su defensa; y porque las naciones de los
Nimainias, Ambalemas, Guataquies y otras colocadas á la parte del
Rio Negro, no podian fácilmente concurrir con sus familias, fueron
avisadas para que, eligiendo los sitios más ventajosos, solo
tratasen de una guerra defensiva, para que, fatigado el ejército
español con el trabajo, ó se dividiese abriéndolos camino para
algunas surtidas, ó entero diese vuelta á Santafé, repasando la
montaña en que libraban las esperanzas de mejor suceso sin llegar á
la batalla.
Por otra parte, el ejército de españoles i Mozcas, gobernado por
Hernan Pérez (sin tener cierta noticia de la parte en que se
alojaba el enemigo, por el engaño con que procedian los confidentes
en los avisos), entró á la provincia por la montaña de Jaque,
pareciéndolo que las demas entradas hallaria con el embarazo de la
prevencion de los Panches expuestos á la defensa, siendo así que
estaban libres y que en este reparo jamás discurrió aquella nacion
que cegó Dios para su conveniencia; pues es cierto que si cayeran
en que la oposicion de sus armas habia de ser en los caminos y
entradas de la montaña, se dificultara muchísimo la conquista por
la facilidad con que pudieran rechazar cualquiera tropa, que
forzosamente habia de marchar sin órden por aquellas angosturas y
malezas. Miraba á dos fines Hernan Pérez en esta resolucion, y eran
pasar su ejército sin peligro de la otra parte del monte, y entrado
en la provincia correrla toda y salir por Tena ó Tibacuy, donde
estaban más baqueanos los españoles y no necesitaban de guias para
la marcha. El primer fin se logró con facilidad por no haber
encontrado en toda la montaña enemigos que le inquietasen. Y para
el segundo halló tan desproveída la tierra y tan desamparados los
pueblos, que apénas hubo quien lo diese noticia en que fundar
alguna determinacion; pero imaginando qué la conmocion de los
Panches era general, y que las demostraciones debian ser ásperas
respecto de los delitos y daños hasta allí hechos, mandó que como
fuesen encontrando las poblaciones quemasen las casas y abrasasen
los campos sin perdonar ni aun los árboles frutales que tenian los
indios para su recreo.
Así lo ejecutaba su campo, aunque trabajado con el afan
intolerable de los caminos: y habiendo llegado á Nimaima,
desamparada de sus vecinos, hallaron una mujer, enferma, que les
dió noticia del sitio á que se habian retirado, con determinacion
fija de defender la libertad hasta el último trance: quemaron el
pueblo, que encendió más la ira del enemigo, y enviando delante una
tropa de treinta infantes y doce caballos á cargo del Capitan
Cardoso, fué siguiéndolo todo el ejército al paso más largo que
pudo, y no habria caminado una legua cuando descubrió en una colina
no muy levantada, aunque bien pedregosa, el campo de los Nimaimas
que, con alaridos y voces, pretendian manifestarse, y aun pareció
convidaban á llegar á las manos; en que no fueron perezosos los
nuestros, pues avanzando á toda priesa se trabó un bien reñido
combate, en que si hacian maravillas los españoles, no excedian á
los Panches que, como fieras acosadas, se entraban por las lanzas y
espadas sin temor de la muerte. Iba Cardoso á caballo, y como se
empeñó el primero y el sitio pedregoso le desayudaba, fué mucho no
quedar muerto ó prisionero, porque asaltado de los Gandules,
pretendian cojerlos á manos, en que no hallaba poco embarazo el
jinete; pero dando de espuelas al caballo y jugando él pié con el
estribo dió con él tan gran golpe en el rostro de uno de sus
contrarios, que derribándole los dientes lo privó de sentido, y
arrastrando al otro, que se le habia asido de aquél, tuvo lugar
para sacar la espada y darle tan buena herida en el brazo, que se
halló libre para socorrer á los suyos á tiempo que mezclados con
los enemigos en la pelea necesitaban bien de su valor, y la
victoria estaba tan dudosa que la perdieran si recelosos los indios
de que se les acercaba todo el cuerpo del ejército español no
hubieran desistido de la contienda, retirándose con gentil denuedo
y pasádose de la otra parte del rio que tenian vecino, con que
aseguraron las vidas por la dificultad del esguazo para infantes y
caballos; y aunque los muertos no pasaron de setenta y de los
nuestros salvaron heridos diez o doce, los Nimaimas se derramaron
por las asperezas de la provincia, dejando el campo á los nuestros,
en que se aventajaron mucho Gómez Nieto y Romero de Aguilar.
Libres yá los nuestros del primer encuentro del enemigo, y
habiendo tenido otros dos semejantes á él, muy cerca del rio Negro,
en la loma que al presente se llama de Enrique Vélez, en que dieron
muestras de su valor los sóldados de Benalcázar, manifestando que
las obras no desdecian de las palabras (aunque desengañados del
concepto errado que habian hecho de los Panches), pasaron en
demanda de Bituima por la relacion que ya tenian de algunos
prisioneros, de que en aquella parte estaba fortificado el mayor
concurso de la nacion. Iba fatigado el campo con la penuria del
bastimento y con el continuo trabajo de más de treinta dias que
habia gastado desde que salió de Santafé; pero persuadidos los
infantes de Hernan Pérez á que el último lance que restaba para
sujecionar la provincia, era el presente á que se encaminaban,
marcharon con buen órden, y al segundo dia hallaron á vista del
enemigo, que con fuegos y voces daba á entender el poco aprecio que
hacia de los nuestros. Deseoso entónces Hernan Pérez de justificar
más sus acciones, les despachó un indio de Bojacá, bien entendido
en el idioma de los Panches, á que de su parte los convidase con la
paz, que es el mejor fruto de la guerra: y que de no admitirla, ni
las condiciones que pareciesen justas, les protestase que todos los
daños y hostilidades causados en aquella guerra no serian tanto por
los estragos padecidos en Bogotá y Sutagaos, como por su
obstinacion bárbara. Pero como ya ésta los tuviese sordos para toda
conveniencia que no fuese de su entera libertad, respondieron: Que
se hallaban cansados del trato caviloso de los españoles. Que no
ignoraban que contra el derecho natural de las gentes habian
despojado los Reyes de Bogotá y hécholos morir sin respeto á las
paces que habian asentado con ellos. Que bien reconocia la grandeza
del Rey de España por los envíos de gente que habia hecho á tierras
tan remotas como las suyas, y que se persuadian á que gobernaba con
justicia; pero que prestaba poco sujetarse á su imperio, porque la
distancia hacia que ignorase las tiranías que sus ministros usaban
con los vasallos más retirados. Que no soltarían las armas, de las
manos sin haber defendido sus hijos y provincia de la esclavitud
infame que padecía, las demas naciones. Y finalmente, que tenian
por el medio más conveniente para todos, que los españoles dejasen
la tierra, y cada cual gozase el dominio en que lo habia onstituido
la naturaleza; y que si éste no les pareciese el mejor, llegasen á
las manos y se desegañarian de la cosa que les tenia el no
gobernarse por tan saludable consejo.
Con esta respuesta se acercaron los nuestros á la cuchilla del
monte en que los, Panches se descubrían, y ocupando algunos puestos
eminentes, los más vecinos, en que asegurarse de las piedras, y
donde pudiesen aprovechar las ballestas, pusieron sus tiendas en
frente de sus contrarios, y alojados ocuparon los dos primeros dias
en corresponder con jaras á cuantos tiros recibian de flechas, no
siendo el daño tan considerable como el ruido de los Mozcas y
Panches, que parece habian reducido la guerra á voces. Mas, en este
tiempo, reconocido el terreno y consideradas todas las partes por
donde podia asaltar al enemigo, no se hallaba alguna que estuviese
libre de mucho riesgo ni que diese lugar á valerse de los caballos,
miembro el más principal del cuerpo de aquel ejército; pero
teniendo por forzosa la empresa en cualquiera forma que se
aventurase, pusieron en orden los nuestros al ejército de los
Mozcas con cincuenta infantes de escolta, para que provocando á los
Panches los sacase de los puestos aventajados que ocupaban: mas,
ellos, escarmentados en la rota pasada de los Tocaremas y Síquimas,
se estuvieron fijos, sin dar señal del menor movimiento. Los Mozcas
entónces, presumiendo que esta cautela, tan fácil de penetrar,
nacia del temor concebido de los Panches á sus armas, cobraron tal
brio, que imprudentemente se fueron avanzando á la cuchilla con
intencion de acometerlos en sus fortificaciones, pero en breve
término se desengañaron de que no eran ellos sino los españoles los
que reprimian el coraje de los Panches, porque habiendo cargado con
desórden á las sendas angostas que daban paso á la cuchilla, fueron
recibidos con tal carga de flechas y piedras, que muertos más de
setenta de ellos y heridos más de ciento, volvieron las espaldas
tan confusos, que no bastaron los infantes de escolta para
detenerlos aun en parte segura del alcance que temian.
Mucho sintió Hernan Pérez de Quesada este reves por el brio que
los contrarios habian de cobrar con suerte tan favorable, y para el
reparo mandó que por diferentes partes acometiesen los españoles,
enhilados unos en pos de otros y bien resguardados de rodeleros
para que divertida la fuerza del enemigo, ó gastase la mayor parte
de sus municiones de piedra, que eran las anda temidas, ó
dispusiese lance alguno de llegar á batalla. Ejecutóse el designio
con valerosa constancia de los españolen y Guechas, en que murieron
diez ó doce de éstos y cinco de los nuestros, si bien se desquitó
el daño con el que hicieron las ballestas matando más de ciento de
la parte contraria; mas fueron tantas las piedras que bajaban por
todas las partes que acometian los españoles, que los precisó á
desistir de la empresa y retirarse con el mejor órden que les fué
posible, despues de seis horas que duró la porfía y la resistencia
dé los Panches en terreno cálido y cuando el sol heria con la mayor
actividad de sus rayos. Aquella noche, pareciéndoles la mejor
coyuntura á los Panches para el intento, enviaron quinientos
Gandules para que emboscados en la concavidad de una de las
quebradas que allí habia, diesen al romper del dia en los cuarteles
de los Mozcas, que alojaban algo apartados del campo español, y
ejecutáronlo tan diestramente, que aunque fueron sentidos, no por
eso dejaron de hacer gran daño en los Mozcas, en tanto que algunas
compañías españolas llegaron al socorro. Riñóse con porfia más de
una hora, y advertido Hernan Pérez de que la fortuna le ofrecia la
mejor ocasion de llegar á batalla, mandó á los Capitanes Céspedes,
Nieto y Montalvo de Lugo que ocupasen el camino por donde
forzosamente habian de retirarse los quinientos Gandules ó los que
ocupaban la cuchilla del monte habian de pasar para
socorrerlos.
Cumplióse con puntualidad este órden, y por otra parte, trabada
la batalla entre los quinientos Gandules y Las compañías de Olalla
y el Zorro, á cuya sombra peleaban ya los Mozcas con más coraje,
fueron apretando á los Panches, que guerreaban con igual fortuna;
pero como el número y la dicha estaba de parte de los nuestros, y
los Guechas compitieron este dia en disciplina y valor con los más
aventajados, empezó á prevalecer el campo español y desmayar el
contrario, retirándose á tiempo que le pareció poder asegurarse en
la cuchilla, y apénas lo ejecutaba cuando se halló cortado en la
ocasion que más necesitaba de unirse á sus parciales. Aquí, viendo
su prediccion los quinientos Gandules, y confiados en que todas las
fuerzas de su nacion cargarian en su ayuda, hicieron rostro á las
dos tropas qué los cercaban, y á treinta perros que no habian
podido aprovechar hasta entónces, y pelearon tan desesperadamente,
que sin tener socorro de los suyos, por consejo del Bituima, que
reconoció su ruina en la asistencia de un empeño tan inconsiderado,
sustentaron la batalla más de dos horas, siendo acometidos de tanto
número de contrarios, hasta que rotos de todo punto y muertos más
de trescientos, sin los heridos, escaparon los pocos que restaban,
por aquellas laderas y quebradas, sin que los Mozcas ni españoles
siguiesen el alcance, ó porque lo fiaron de los perros, ó por temor
de que los contrarios que estaban á la vista los cogiesen
desordenados. Murieron en esta batalla más de cien indios Mozcas,
sin los heridos, que fueron muchos, los más en la primera surtida,
y de los españoles quedaron flechados más de treinta, aunque
ninguno herido de muerte.
Animado Hernan Pérez con este buen suceso, ordenó que al dia
siguiente se continuasen los acometimientos en la forma que ántes,
si bien con daño de los suyos, que no ganaban palmo de tierra por
más aliento que cobraban con el pasado suceso. Pero aunque todas
estas facciones salian poco favorables á los nuestros, considerando
los Panches que las piedras, en que más asegurada tenian su
defensa, iban faltan de, y que reconocido por los españoles, los
apretarían de suerte que se hallasen obligados á dar batalla ó
perderse dentro de sus mismos alojamientos, por la estrechez que
tenia en ellos el número crecido de su gente, resolvieron ejecutar
un ardid con que, perdidas las esperanzas de los nuestros,
desamparasen la provincia ó diesen principio á otra igual empresa
(más difícil entéricos, porque empezaban las lluvias, siempre
rigurosas en aquel pais desabrigado). Para este designio
dispusieron que cincuenta Gandules diesen un alarma falso á média
noche en los cuarteles de los Mozcas, para que desvelado el español
en su defensa, tuviesen tiempo de pesar sus familia. de La otra
parte del arroyo á sitio no ménos ventajoso y más proveido de
piedras que el que dejaban, y en que no tenian poca parte los
Tocaremas y Anolaimas, que de secreto los favorecian. Los cincuenta
Gandules ejecutaron el ardid tan diestramente, que habiendo hallado
dormidas las centinelas y muerto más de treinta indios Mozcas á
golpe de macana, pusieron el campo en tanta confusion, que los
Cabos no sabian dónde acudir, ignorando con la oscuridad y las
voces el número de los enemigos y la parte cierta donde cargaban
sus tropas; hasta que al romper del dia, y cuando ya se habian
retirado libres los cincuenta Gandules, vieron desamparada la
cuchilla, y reconocida de los nuestros, hallaron ejecutado con buen
suceso el ardid de los Panches, que fortificados ya de la otra
parte, daban grita a los éspañoles. En semejante lance, prorumpió
Francisco de Carvajal en quejas y admiraciones de que la juventud
del General Centeno hubiese librado las reliquias del ejército real
del Perú de las astucias de quien habia militado con Fabricio
Colona en Italia; y en esta ocasion ponderaban los Cabos el bien
dispuesto estratagema, y cuánto se habia de dificultar aquella
conquista respecto del arte militar con que se iba doctrinando
aquella nacion belicosa.
Discurrieron, pues, lo que debian hacer en este caso, y
considerada la falta de viveres y el rigor con que iban entrando
las aguas, donde la guerra de las inclemencias del cielo no halla
resistencia en los corazones de polvo, resolvieron dar la vuelta á
Santafé reservándose para ocasion más oportuna. Pero ántes de
ejecutarlo acordó Hernan Pérez que el Capitan Venégas con cincuenta
infantes y diez caballos fuese á quemar la poblacion de Bituima, y
de allí pasase á obrar lo mismo hasta Anapoima, desde donde
siguiendo las orillas del rio Bogotá, marchase hasta unirse con el
ejército, que habiendo de pasar por Tocarema le saldría á esperar
en Tena. Partió luego Hernan Venégas con su gente, sin que el
ejército se moviese hasta ver ejecutado el orden, por no dar
aliento á los Panches para que obrasen alguna surtida desesperada,
viendo á sus ojos arder sus casas y asolar sus huertos; pero ¿que
habian de obrar, amedrentados ya de las armas superiores que
miraban, sino sufrir aquel desaire por no pasar por una
servidumbre? Abrasó el incendio las casas, y miéntras Venégas
marchaba la vuelta de Anapoima, empezó Hernan Pérez á levantar su
campo encaminado á Tocarema, suceso el más feliz para los Panches,
cuando ya median la porfía de los extraños por la obstinacion de
los propios. Y aunque no faltó entre ellos quien aconsejase seguir
el campo español, procurando hacerles todo el daño posible en la
estrechez de los pasos, ellos estaban tan escarmentados de las
cautelan contrarias que, juzgando ser éste nuevo ardid para
sacarlos á batalla, no se movieron hasta tener aviso de que habian
llegado á Tocamema.
En esta poblacion justició Hernan Pérez dos Capitanes, los más
culpados, y otro de Anolaima, y disimulando con los demas cómplices
en la alteracion de los Panches, pasó á Tena, más proveido de
vituallas, para esperar á Hernan Venégas, que habiendo con
celerídad asolado algunos pueblos, y últimamente el de Anapoima,
desamparado de los vecinos ocasion de la guerra, aunque aprisionó
algunas mujeres y familias que se hallaron en las casas de campo
que habia en las caidas del rio y en la Mesa alta, que hoy se llama
de Juan Diaz, llegó el dia siguiente á Tena, donde junto el
ejército de los nuestros, tomó la vuelta de Santafé, no muy
gustoso; pues aunque fué así que causó espanto general en toda la
provincia y siguió la empresa con todo arresto, no por esto sujetó
ni redujo á paz otras poblaciones fuera de aquellas pocas que se
dieron á Gonzalo Jiménez de Quesada, y el daño que obró en el país
no pesó ménos que los que se experimentaron en el campo español;
pero contentóse con lo hecho por haber sido contra nacion tan
belicosa, y desamparó por entónces la empresa, que tenia reservada
el cielo á las fortunas de los Capitanes Hernan Venégas y Anton de
Olalla, como se dirá en su lugar.