CAPITULO
III
REBELÁNSE LOS SUTAS Y SIMIJACAS, FORTIFÍCANSE EN UNOS PEÑOLES, VA
CONTRA ELLOS EL CAPITAN JUAN DE CÉSPEDES, Y DESPUES DE MUCHOS
COMBATES CEDEN CON LASTIMOSO ESTRAGO AL VALOR DE LOS
ESPAÑOLES.
NO puedo entrar en esto capítulo sin quebranto de la poca
curiosidad de los escritores de esta conquista, que tan de paso
tocaron este suceso, siendo una de las empresas más dificultosas
que se ofrecieron en el Nuevo Reino, la de allanar las naciones que
por este tiempo se rebelaron; donde proceden tan omisos en lo
principal que apénas refieren el Cabo que debeló las
fortificaciones de los Sutas y Simijacas, sin hacer casi memoria de
las personas que se ocuparon en aquella guerra, sino refiriéndolas
confusamente debajo del nombre genérico de españoles, oscurecen los
méritos de los que tan á costa y riesgo de sus vidas la
emprendieron y concluyeron gloriosamente; pero habremos de pasar
por este olvido como se pudiere y referir solamente aquellos pocos
soldados de que tenemos noticia, como fueron Alvaro Suárez de Deza,
Alonso de Olalla Herrera, Juan Gómez Portillo, Pedro Galeano,
Nicolas Gutiérrez, Juan de Angulo y Pedro Barranco, siendo así que
pasaron de ciento los infantes que siguieron á Juan de Céspedes en
esta faccion. Esto supuesto, es de advertir que ántes y despues de
la guerra del Tundama intentaron algunas provincias relevarse del
pesado yugo de la servidumbre, ó porque naturalmente sea amable la
libertad, ó porque el dominio de aquellos primeros conquistadores
fué tan intolerable á los indios, que en los más pusilánimes
introdujo brios para armar su propia flaqueza de un valor extraño y
para tener por ménos mal perder la vida en el sangriento furor de
la guerra, que sujetarse á extorsiones tantas como experimentaban
en la hostilidad casera de la paz.
De éstos fueron los Sutas y Tensas, situados á la entrada de la
provincia de Ebaté, que determinados á recobrar su libertad con las
armas (último remedio en la desesperacion que se hallaban),
ocuparon el peñon de Tausa, inexpugnable al parecer, porque próbida
la naturaleza lo ciñó de peña tajada, dejando en su cumbre sitio
espacioso y capaz para más de cinco mil indios de estas dos
naciones vecinas, que se fortificaron en él con todas sus familias,
víveres y pertrechos para muchos dias, fiados en que el sitio
inaccesible de suyo los defenderia de cualquiera invasion enemiga,
y que para la entrada, que era una sola y peligrosa, bastarían sus
fuerzas, pues aplicando los tiros de sus armas y muchas piedras que
previnieron, no intentarian los españoles empresa tan arriesgada y
en que tenian por infalible su prediccion. Con esta noticia y la de
que á su imitacion se iban alterando otras naciones, mandó Hernan
Pérez de Quesada, Cabo que por entónces gobernaba el Reino, que
fuese el Capitan Juan de Céspedes con dos compañías de infantes al
castigo de los Sutas y tambien de los Simijacas, que con el mal
ejemplo se habian fortificado en otro peñol no ménos áspero. Con
este órden llegaron los españoles á Tausa, y habiendo reconocido el
peñol por diferentes partes, solamente descubrían una entrada, pero
tan derecha y de subida tan dilatada que no les pareció posible la
empresa, aunque á la defensa se hallasen cuatro indios solos,
respecto de ser la senda tan angosta, Que solamente podia ir un
hombre por ella con el riesgo de que deslizándosele algun pié habia
de volar muchos estados y hacerse menudas piezas: peligros todos
que puestos en consideracion amedrentaran el Animo más arrojado
para desistir del intento; mas en nuestros españoles hizo tan poca
irnpresion, que todos los dias intentaban la subida en diferentes
ocasiones, aunque por la defensa que aplicaban los indios con armas
y piedras que arrojaban, desistian del empeño tantas veces como lo
emprendian: y aun hubo dia que salieron tres ó cuatro heridos, de
que otros escarmentaron para retirarse muchos pasos.
Con tan poco fruto se les pasaron como éste muchos dias, porque
ni hallaban medio para la empresa en que no encontrasen riesgos
notorios, ni convenía á la reputacion española desistir del intento
hasta allanar el peñol: pues de no ejecutarlo así, seria ejemplo
para que las demas naciones perseverasen en los sitios fuertes que
habian ocupado, y los indios pacíficos tratasen de imitarlas en la
rebelion, que empezaba á cobrar fuerzas en todo el Reino: y de
allanar el peñol, que tenian sitiado, necesariamente habian de
flaquear las esperanzas de los demas rebeldes, temiendo ver sobre
sí el castigo que se ejecutase contra los Tausas. Forzados, pues,
de este inconveniente, y haciendo pundonor de que no se les
imposibilitase empresa alguna á su esfuerzo, determinaron proseguir
la guerra y asaltar el peñol con más cordura que la que hasta allí
habian mostrado, pues no tenia otro medio que el de subir por la
senda que dijimos, y sal, poniéndose por delante un rodelero, y en
pos de él una ballesta, y con esto órden enhilados los demas
combatientes, y con los cuerpos inclinados á la tierra todo lo
posible, por el riesgo de las piedras, dieron un dia principio al
avance, á que los animaba mucho Pedro Barranco, mancebo de poca
edad y mucho valor, que siendo la primer guía de todos caminaba con
tanto brio, que no fueron parte los tiros de piedras, flechas y
dardos para que se detuviese un solo punto ni suspendiese el paso
que llevaba desde los principios; porque los ballesteros, diestros
en aquel ejercicio, hacian en los contrarios daño bastante á
desflaquecer algun tanto la oposicion: con lo cual procedia tan
entero Padro Barranco, que ya se hallaba casi en parte donde sus
manos pudieran ayudar mucho para una ilustre victoria. Mas, como no
hay fortuna constante aun en las dichas más cortas, acaeció que una
gran piedra de las que caian de la cumbre lo encontrase tan de
lleno, que despeñándolo hasta lo más profundo del peñol lo hiciese
pedazos con lástima de los compañeros, porque su valor descubria
esperanzas de mayores hazañas.
Sin que esta desgracia llegase á engendrar temor en sus ánimos
generosos, los irritó más á emprender la venganza, y aun quizá
porque ayudaba mucho al intento hallarse en estado que la vuelta
les habia de salir más peligrosa que la subida: por lo cual, sin
desfallecer un punto, siguieron el camino comenzado, expuestos á
cada paso á un fin lastimoso por la dificultad de la senda, de que
no les convenia apartar los ojos, como por la cantidad de tiros y
piedras que sobre ellos disparaba el fogoso ardimientó de los
Mozcas, que unidos en su defensa se embarazaban con la multitud que
concurria para el efecto, siendo su vocería tanto más importuna y
crecida, cuanto más los nuestros se les iban acercando, pues
socorridos de las ballestas con buenas suertes pudieron llegar á
parte más anchurosa, donde haciendo alto, y apartándose unos de
otros, hallaron la ocasion de venir á las manos. Aquí se empezó á
desembarazar el valor de los españoles, mostrando cuán
ventajosamente proceden las espadas de pocos contra las macanas y
dardos de muchos: y este primer encuentro, á que ocurrió la mayor
parte de los enemigos, fué causa de que hallando ménos oposicion,
la infantería de la retaguardia pudiese por un lado ganar la
eminencia, y acaudillada de Juan Gómez Portillo y Pedro Galeano,
llegase en dos tropas á tan buena ocasion, que rompiendo á un
tiempo por la multitud de indios, aunque en su defensa hicieron
cuanto estilaba la disciplina militar de su costumbre bárbara, fué
tan grande el estrago de las espaldas en los desnudos cuerpos, y el
miedo que ya les habia ocupado los ánimos cortos, que en breve
tiempo perdieron aquel muro inexpugnable de la naturaleza, que
habian elegido contra el destino de su mala fortuna.
Como ya el temor no consentia discurrir á los Mozcas, que con la
obediencia podian salvar las vidas y con el rendimiento evitar el
peligro, fueron muchos los que pensando librar por los piés, se
despeñaron de aquellos riscos: tan poderosa es la turbacion en
pechos cobardes, pues cuando tiene presentes los riesgos, prefiere
á los discursos los desatinos. Espectáculo tan lastimoso fué éste,
que puesto á los ojos de los que se conservaban vivos, pudo
enfrenarlos para no imitar á los muertos y para que eligiesen por
ménos mal sujetarse á los que ya tenian por invencibles contra
todas las máquinas del arte y de la naturaleza; y así, dejándolos
pacíficos en sus poblaciones, y asegurados para lo futuro,
resolvieron pasar la guerra á Simijaca, encomienda que gozó despues
Gonzalo de Leon, cuyos servicios en Tierra firme fueron muchos, y
por ellos mereció este premio, en que le sucedió un hijo de su
mismo nombre, y despues su nieto D. Gonzalo de Leon Venero, de cuya
ilustre prosapia, unida á la de los Guzmanes de Carmona, se
conserva ilustre descendencia. Y aunque de las informaciones que
Gerónimo Lebron hizo despues contra los conquistadores del Nuevo
Reino, consta que los Caciques de Suta y Tausa, engañados de las
promesas y seguridades del Capitan Juan de Céspedes, le dieron
lugar para que con su gente llegase á la cumbre, y que la
correspondencia fué coger los pasos del peñol y pasar á filo de
espada la mayor parte de indios que lo ocupaban, no conteniéndose
solamente con semejante estrago, sino pasando á despeñar nubadas de
á quinientos indios juntos, tengo por más verosímil la relacion que
hemos seguido de Castellános, en la parte que refiere este suceso,
y por muy sospechosa la de quien sentido de que no lo admitiesen al
gobierno del Nuevo Reino, tiró á despicatse apasionado de lo que no
pudo conseguir ambicioso.
Allanados los Tausas y Sutas, como se ha dicho, pasó el campo
español al peñol de Simijaca, distante más de catorce leguas, donde
así mismo se habian fortalecido los naturales, por ser el sitio no
ménos elevado y áspero que el de Tausa y en confianza de que no
podría prevalecer su rebelion con la defensa anticipada, prevenidos
ya de toda la vitualla que necesitaban sus tropas, esperaron el
asedio de sus contrarios, asegurados de la victoria por la noticia
que tuvieron de que la poca oposicion que hicieron los Tausas en la
senda que tenia el peñol, fué la causa de su ruina: de que inferian
que no siendo ménos estrecha y dificultosa la que tenia el fuerte
que habian ocupado, les era empresa muy fácil no permitir que los
españoles hiciesen pie en ella ni ganasen la cumbre de la suerte
que habian ocupado la otra.
Así á lo ménos lo dictaba toda buena razon, si no militaran
contra aquellas disposiciones humanas las fuerzas divinas, que
declaradamente auxiliaban á los españoles, porque era llegado el
tiempo de que por este medio que eligió la Providencia, se sembrase
en aquellas tierras la semilla del Evangelio para coger Copiosa
cosecha de predestinados. Por otra parte, discurrían los nuestros
hallar medio para facilitar aquella faccion, y ninguno se le
ofrecía de mejor calidad que el que habia logrado en el peñol de
Tausa, porque este de Simijaca ni era ménos áspero ni tenian más
camino que el que habian hallado los Mozcas de aquel país para
fortificarse en él, siendo lo restante de peña cortada donde
solamente se reconocia la diferencia de estar el primero en tierra
limpia y escombrada, y levantarse ésta entre un bosque espeso, tan
privilegiado entónces de la violencia, que encadenándose sus
árboles unos con otros por medió de una cantidad inmensa de bejucos
cuyos sarmientos correosos ligaban las ramas, lo hacian casi
impenetrable á los rayos del sol y lo daban disposicion bastante
para el suceso dichoso que diremos.
Los nuestros, pues, recelando estos inconvenientes, pusieron sus
tiendas á poca distancia de la ceja del montecillo, y ántes de
romper la guerra quisieran por buenos medios excusar los daños que
forzosamente habian de seguirse á la obstinacion de los Simijacas,
y así les dieron á entender que su intencion era de admitirlos de
paz, asgurándoles que seria firme, y se pondria reparo á las quejas
que justificasen tener de sus Encomenderos, pues aquélla era la
intencion del Rey Nuestro Señor, y que de no hacerlo así, supiesen
que la causa de las calamidades en que habian de verse seria la
repulsa que diesen á los buenos partidos que les ofrecian, pues
aunque más confiasen del sitio fuerte que tenian, no lo era más que
el de los Tausas, ni eran más valerosos que aquéllos, y los que
tenian de presente por enemigos eran los mismos que tantas veces
habian triunfado de sus armas; recuerdo el más formidable, y que
obra con más eficacia en hombres cobardes y acostumbrados á malas
fortunas. Pero ¿de qué sirve esta prevencion, ni otras, en quien
antepone la libertad á la muerte, porque sabe que no es vida la que
respira al arbitrio de ajena voluntad? Despreciaron, pues, los
Simijacas todos los partidos propuestos, escarmentados quizá en la
quiebra de los primeros con que se dieron de paz; y confiados
vanamente en sus armas, no solamente excusaban tratos con los
nuestros, pero daban las respuestas con tiros en vueltos en
amenazas, de que mal sufridos los españoles y desconfiados de que
por buenos medios podria allanarse aquella nacion irritada,
determinaron apretarla de suerte que la obligasen á recibir por
fuerza los partidos que con tanta obstinacion despreciaban.
Seis o siete dias despues de esta resolucion gastaron sin fruto,
probando á ganar la cumbre con asaltos contínuos, que no hacian
efecto, porque era tanto el desvelo que los indios tenian de noche
y de dia en defenderse, que sin perder punto en el manejo de las
armas, mostraban que la pérdida de los Tausas más les habia servido
de estímulo para animarse que de aviso para rendirse. El torbellino
de piedras y flechas que descendia de la cumbre por instantes, era
de suerte que al español más brioso hacia sacar piés, y áun pasara
á más si no fiara del escudo cuanto perdia del ánimo; mas,
considerando que todas las veces que acometian al fuerte provocaban
á los Mozcas á que repitiesen los tiros de piedras y flechas, y que
de la continuacion habia de resultar que se hallasen sin municion
cuando el asalto fuese de veras, designio ó cautela que podia
fiarse de la incauta barbaridad del enemigo, mostraban á cada hora
semblante de combatir el fuerte, y consiguientemente los indios
aplicaban su defensa con más brio, reconociendo que luego se
retiraban sus contrarios, y sin discurrir que la que imaginaban
cobardia era traza en que habia de consistir su ruina, como lo
mostró brevemente el suceso, pues luego que sintieron los nuestros
no bajar las rociadas de piedra tan espesas como á los principios,
y que algo debia fiarse á la contingencia, bien armados todos de
escaulpiles, espadas y ballestas, con rodeleros que les hacian
espaldas, en la misma forma que acometieron á los Tausas, dieron
principio á la empresa por la senda angosta que rayaba en los
peñascos.
Guiaba este avance el Capitan Alonso de Olalla Herrera, de quien
ya dimos noticias, hombre resuelto y valeroso, sin que fuesen
bastantes los tiros que recibia en el escudo ni para que
desigualase los pasos con que subía ni para retirarle del firme
propósito que llevaba de ganar la cumbre; pero poco ántes de llegar
á donde pudiese aprovecharas de la espada, se le opuso una tropa de
Gandules, que con picas tostadas le resistieron de suerte no al
tiempo de mejorarse, á fuerza de botes que le dieron, y perdido el
puesto en que no pudo sustentarse, fué precipitado desde lo más
alto del risco; mas, con tan feliz suceso, afianzado en el favor
divino, que coma las copas más levantadas de los árboles del bosque
que ceñian la peña estaban engazadas de bejucos, lo recibieron en
su densa trama, deteniéndolo para que no cayese sobre las piedras
que lo esperaban en lo más bajo. Y aunque del golpe quedó helado de
una pierna, en recuerdo del beneficio del cielo, escapó la vida,
que gozó despues muchos años, dejando para memoria de suceso tan
prodigioso el nombre del salto de Olalla, que se conservará siempre
en aquella provincia.
Los cuatro compañeros que sucesivamente le seguian, de quienes
eran Alvaro Suárez de Deza y Nicolas Gutiérrez, viendo á los
Simijacas tan embarazados con Olalla y no perdiéndose de ánimo con
el mal suceso, se valian de la jaras confiando en contrastar las
resistencia que les hacian, hasta que á pesar suyo ganaron puesto,
donde unidos pudieron usar de las espadas embarazando á los
enemigos en tanto que llegaba Céspedes con sus infantes, que ménos
impedidos de la oposicion á causa que los delanteros recibian toda
la carga de los contrarios, los socorrieron en tan buena sazon, que
á tardarse más, quedaran deshechos; porque viendo los indios que
aquellos cuatro españoles tenian casi ganada la cumbre, y que en el
rechazo consistia su libertad ó su muerte, cargó toda la multitud
en confuso tropel con macanas, picas, piedras y bastones, y con
furia obstinada avanó, de suerte que aunque los nuestros se
hallaban necesitados de algun descanso contra el afan de la subida,
hubieron de atender á lo más preciso; y así, habiéndose mejorado en
cuanto pudo su diligencia, rompieron por el escuadron de los
contrarios, bañan de las piedras de la sangre de aquellos
miserables, hasta que ganaron la eminencia del Peñol Entónces,
desesperados los Simijacas de hallar piedad en los nuestros, y
viéndose perdidos donde se juzgaban invencibles, despreciando las
vidas que por todas partes veían arriesgadas, pues tenian por mayor
tormento la sujecion que la muerte (ó digamos que fué temor el que
los movia, por que se agrade más la vanidad de los vencedores) se
precipitó la mayor parte de ellos donde con su sangre dejó escrita
entre los extranjeros la impiedad de los españoles, y entre los
nuestros el fin lastimoso de su obstinacion, y la provincia quedó
tan sujeta, que en sus paises no se han visto más señales de
alteracion.