CAPÍTULO III
DE LAS COSTUMBRES, RITOS Y CEREMONIAS QUE USABAN LOS INDIOS MOZCAS
EN SU GENTILIDAD.
CREIAN todos los indios que habia un autor de la naturaleza, que
hizo el cielo y la tierra; mas no por eso dejaban de adorar por
Dios al sol por su hermosura, y á la luna, porque la tenian por su
mujer; á ésta llamaban Chia y al sol Zuhé, y así para dar á los
españoles un epíteto de suma grandeza los llamaron Zuhá, y
conservan esta locución hasta hoy en su idioma. Demás de esto, en
varias partes adoraban montes, lagunas, rios, árboles y muchos
ídolos que tenian en sus santuarios y oratorios. Una cosa muy digna
de saberse refiere Castellános haber leído en un libro manuscrito
que dejó el adelantado D. Gonzalo Giménez de Quesada, y es la
costumbre que tenian los indios de poner sobre la sepultura de los
que morían de picadura de culebra la señal de la Cruz. Tan antiguo
díctamo es en todas partes esta señal contra el venenoso contagio
de las serpientes; la causa discurriremos en su lugar. Afirmaban la
inmortalidad del alma, y así, cuando moria alguno, le metian en el
sepulcro mantenimientos de comer y beber, y si era Cacique ó Rey,
criados y mujeres, las que le habian servido más bien, y gran
cantidad de oro y esmeraldas que enterraban juntamente con ellos,
porque con la certeza de la inmortalidad del alma mezclaban el
error de que los que morían pasaban á otras tierras muy retiradas,
donde habian menester toda aquella prevención, así para el camino
como para su servicio, porque allá necesitaban de cultivar los
campos y hacer labranzas como las que dejaban.
Esperaban el juicio universal, y creian la resurrección de los
muertos; pero añadian, que en resucitando habian de volver á vivir,
y gozar de aquellas mismas tierras en que estaban ántes de morir,
porque se habian de conservar en el mismo ser y hermosura que
tenian entéricos. tenian alguna noticia del diluvio y de la
creación del mundo; pero con tanta adición de disparates, que fuera
indecencia reducirlos á la pluma: y comunicados en gata materia,
referian, y lo hacen al presente por tradicion de unos en otros,
que en los pasados siglos aportó A aquellas regiones un hombre
extranjero, á quien llamaban unos Nemquetheba, otros Bochica, y
otros Zuhé, y algunos dicen que no fué solo el extranjero, sino
tres, que en diferentes tiempos entraron predicando; pero lo más
comun y recibido entre ellos es, que fué uno solo con los tres
epítetos referidos. Este tal, dicen que tenia la barba muy crecida
hasta la cintura, loe cabellos recogidos con una cinta como trenza
puesta á la manera que los antiguos fariceos usaban los pilacterios
ó coronas con que se rodeaban las cabezas, trayendo colocados en
mitad de la frente los preceptos del Decálogo. Pues á ese modo,
refieren, le usaba, y esa forma en los rodetes que se ponen los
indios en las cabezas, colocan una rosa de plumas, que les cae
sobre las cejas. Andaba este hombre con las plantas desnudas, y
traia una almalafa puesta, cuyas puntas juntaba con un nudo sobre
el hombro; de donde añaden haber tomado el traje, el uso del
cabello, y de andar descalzos.
Predicábales el Bochica muchas cosas buenas (segun refieren, y
si lo eran, bien se ve el poco caso que hicieron de ellas).
Conforman tambien en decir que aportó despues una mujer de
estremada belleza, que les predicaba y enseñaba cosas muy
contrarias y opuestas á la doctrina del Bochica; y válense da otros
tres epítetos diferentes para nombrarla: unos llamándola Chía,
otros Yubecayguaya, y otros Huytháca, á cuyas opiniones, difundidas
con novedad y malicia, su llegaba innumerable concurso de gente:
achaque muy ordinario en la inclinacion humana; pero como eran
malas las cosas que enseñaba, dicen los más, que el Bochica la
convirtió en lechuza; otros, que la trasladó al cielo, para que
fuese mujer del sol y alumbrase de noche, sin parecer de dia por
las maldades que habia predicado, y que desde entónces hay luna: á
que añaden los Ubaques, que la tal Chia era mujer de Vaqui, y tuvo
una hija que casó con el capitan de los demonios. Y en este
particular de transformaciones refieren tantas fábulas, que si se
hubiese de hacer memoria de ellas, fuera necesario más volúmen que
el de todos los poetas gentiles. Solo diré de paso lo que corre por
cierto, y es, que entre los indios hay algunos tan grandes
hechiceros, que toman las apariencias de tigres y leones y de otros
animales nocivos, y hacen los propios efectos que los verdaderos
acostumbran hacer en daño del género humano; y es muy creíble que
de la comunicación que tienen con el demonio resulten estas
ilusiones y apariencias ejecutadas por gente que le vive sujeta y
tan inclinada á la maldad, de más de la ceguedad del barbarismo un
que se crían desde que nacen, y así Huiytháca (que debia ser el
demonio, ó algun discípulo o ministro de sus artes mágicas) atraia
con la facilidad que refieren la muchedumbre de esta caterva ruda,
para que siguiese su doctrina y ceremonias tan agenas de hombres,
como se experimenta en las que hasta hoy conservan, sin que basten
razones ni autoridad de ministros evangélicos para borrarlas de sus
memorias.
Del Bochica refieren en particular muchos beneficios que les
hizo, como son, decir que por inundaciones del rio Funza, en que
intervino el arte de Huytháca, se anegó la sabana ó pampa de
Bogotá, y crecieron las aguas, de suerte que obligó á los naturales
á poblarse en las cabezas más levantadas de los montes, donde
estuvieron hasta que llegó el Bochica, y con el bordon hiriendo en
una serranía, abrió camino á las aguas, qua dejaron luego la tierra
llana, de manera que pudiese habitarse como de ántes; y que fué tal
el impetu de las aguas represadas maltratando y rompiendo las
peñas, que de él se formó el salto de Tequendama, tan celebrado por
una de las maravillas del mundo, que lo hace el rio Funza, cayendo,
de la canal que se forma entre dos peñascos de más de media legua
de alto, hasta lo profundo de otras peñas que lo reciben con tan
violento curso, que el ruido del se oyó á siete leguas de
distancia. Los más dias está impedido de poderse ver con
distinción, respecto de que de la cada y precipicio de las aguas se
forma una niebla oscura que embaraza la vista: bájase á él por una
montaña de agradable deleite á los ojos; pero quien más lo
acrecienta son las peñas tajadas, que del uno y otro lado formó la
naturaleza tan niveladas, que no, las pudiera el arte sacar más
perfectas de piedra labrada á cincel. Dista este salto poco ménos
de ocho leguas de la ciudad de Santafé. Ultimamente afirman del
Bochica, que murió en Sogamoso despues de su predicacion; y que
habiendo vivido allí retirado veinte veces cinco veintes de años,
que por su cuenta hacen dos mil, fué trasladado al cielo, y que al
tiempo de su partida dejó al cacique de aquella provincia por
heredero de su santidad y poderio; y de aquí es la veneracion que
tienen á todo aquel territorio, como á tierra santa, y en memoria
de este Bochica hay una carrera abierta desde los Llanos á
Sogamoso, que tendrá como cien leguas de longitud, muy ancha, y con
sus valladares ó pretiles por una y otra parto, aunque ya
maltratada y oscurecida con la paja y barzal que se ha criado en
olla, por la cual dicen que subió el Bochica desde los Llanos al
Nuevo Reino.
No hay duda en que lo más de esta relación se compone de fábulas
y engaños, y que de ordinario en la gente ignorante, el mismo no
saber dar razon de las cosas les persuade y dicta notables
quimeras, que fácilmente abraza su incapacidad. Pero siendo cierto
(como lo es) que no hubo parte en el mundo donde no resonasen las
noticias del Evangelio divulgadas por los discípulos de Cristo
Nuestro Señor, que para esto efecto se dividieron por toda si
universo predicando su doctrina; y siendo tan corriente en los
autores modernos (a que dieron luz los antiguos) que entre las
demás partes en que predicó el bienaventurado Apóstol San
Bartolomé, fué una de ellas esta de las Indias Occidentales, es muy
verosímil que el Bochica, de quien hacen esta relacion, fuese este
glorioso Apóstol, y con la antigüedad del tiempo y falta de letras
ó geroglíficos para escribir y estampar sus acaecimientos, variasen
de suerte las noticias de ellos en las memorias de unos á otros
(que son los libros historiales que tenian), que de un suceso
verdadero hayan fabricado una fábula tan llena de los errores que
van referidos; y muévenme á pensarlo así los motivos que se irán
expresando sucintamente.
Sea el primero la antigüedad del tiempo en que refieren aquella
venida del Bochica: las señas del traje que vestia, que es el que
ellos usan de túnica, manta y cabello largo en forma nazarena: al
haberle dado entre otros el epíteto de Zuhé, que es el mismo que
dieron despues á los primeros hombres blancos que vieron en las
conquistas: el conocimiento de que las cosas que el Bochica les
enseñaba eran buenas, siendo así que tenian por malo (aunque lo
seguian) lo mismo que nosotros tenemos por tal. Sea el segundo el
referir que fueron beneficios los que recibieron de sus manos, como
son las noticias que conservaron de la inmortalidad del alma, del
juicio universal y resurreccion de la carne, aunque acompañadas,
por su negligencia, de tantos errores: la veneracion á la Santísima
Cruz, poniéndola (como dijimos) sobre algunos sepulcros: la ruina
de Huytháca, muy conforme á los trofeos que el glorioso Apóstol
tuvo de muchos ídolos en que se disfrazaba el demonio. Y sea el
tercero, el sentimiento comun de naturales y extranjeros, de que el
vestigio que se halla estampado en una piedra de la provincia de
Ubaque fué señal del pié del Apóstol, que dejó para prueba de su
predicacion y tránsito por aquellas partes, como por las de Quito,
donde se halla otra en la misma forma. Noticias y acciones son
éstas, que sin grave nota no podremos atribuirlas á otro que á San
Bartolomé; y si nó, dígame el más curioso lector, ¿de quién otro
que de un Apóstol pudieran referirse entre gentiles las que tenemos
dichas?
Tenian templos ó santuarios, y de éstos los más celebrados eran
los de Bogotá, Sogamoso y Guatavita; en ellos adoraban mucha
diversidad de ídolos, como son figuras del sol y de la luna,
formadas de plata y oro, y del mismo metal figuras de hombres y
mujeres, otras de madera, hilo y de cera, grandes unas y otras
pequeñas, y todos estos ídolos con cabelleras y mal tallados:
vestíanlos de mantas de pincel, que son las más estimadas; y
puestos en órden, siempre juntaban la figura del varon con la de la
hembra. Para aumentar el culto de esta falsa religion tenian
sacerdotes y ministros de ella, que llamaban Chuques, todos
agoreros, y que de ordinario consultaban al demonio con varias
supersticiones, para que les diese respuestas á las consultas que
le hacian. Por mano de estos sacerdotes se ejecutaban las victimas
de sangre humana, y se hacian las ofrendas á sus ídolos, de
esmeraldas, oro en polvo ó en puntas, y asimismo de diferentes
figuras de culebras, sapos, lagartijas, hormigas y gusanos,
casquetes, brazaletes, diademas, monas, raposas y vasos, todo de
oro: ofrecian tambien tigres, leones i otras cosas de ménos
importancia, como son pájaros y vasijas de barro, con
mantenimientos ó sin ellos.
Estos jeques tenian su morada y habitacion en los templos, y
trataré de sus costumbres, para que algunas de ellas sirvan de
confusion á los que somos indignos ministros de Dios. No se los
permitia casarse, vivian castamente, y era tanto el rigor con que
se atendia á que en esto fuesen observantes, que sí habia
presuncion de lo contrario, los privaban del ministerio. Decian que
teniéndolos por hombres santos, á quienes respetaban y honraban más
que á todos, y con quienes consultaban las materias más graves, era
de mucha indecencia y estorbo que fuesen profanos y sensuales; y
añadian que las manos con que se hacian las ofrendas y sacrificios
á los dioses en sus templos, debían sor limpias y no polutas.
Vivian con notable recogimiento, y eran tan abstinentes, que cuando
comían era muy poco y ligero. Hablaban pocas palabras y dormían
ménos, porque lo más de la noche lo gastaban en mascar hayo, que
es la yerba que en el Perú llaman coca, y son ciertas hojas como
las del zumaque, y de la misma suerte las labranzas en que las
crían; y cuando está la cosecha en sazon (que se reconoce por la
sazon de la frutilla de sus árboles), van cortándolas con la uña
del dedo pulgar, de una en una, á raíz del palillo en que nacen, y
tendiéndolas en mantas que previenen para este efecto; después las
ponen en una vasija de barro sobre el fuego, y tostadas las
guardan, ó para el comercio en que fundan su mayor riqueza, ó para
el gasto de casa y familia. El palillo es de muy suave olor, y la
hoja no es de mal gusto tintes de ponerla al fuego, pero despues es
amarga y entorpece la lengua. El jugo del hayo es de tanto vigor y
sustento para los indios, que con él no sienten sed ni hambre,
tintes los alienta para el trabajo, que viene á ser el tiempo en
que más lo usan; y asimismo debe de ser muy provechoso para
conservar la dentadura, por lo que se experimenta aun en los indios
más ancianos. De ántes usaban mascar esta yerba simple, pero ya la
mezclan con cal de caracoles, que han introducido algunos
españoles, y llaman poporo, y con anua, que es otro género dé masa
que embriaga los sentidos. Las partes más fértiles de esta hoja son
en la provincia de los Sutagaos, y en Soatá de la provincia de
Duitama, y es de tanta estimacion, que con ella zahumaban los
Jeques á sus ídolos, si bien los perfumes de que más se valian oran
de trementina parda, los caracolillos y almejuelas y de moque, á
manera de incienso, y cada cúal género de éstos de infernal olor, y
digno de que con él diesen culto al demonio, de cuyos mandatos no
discrepaban los Jeques, aunque lo reconocían por padre de la
mentira y sabían que los ídolos, como obras fabricadas de manos de
hombres, no tenian potestad para hacerles bien ni mal; pero decian
que el demonio lo mandaba, y queria ser honrado de aquella Suerte,
y que asi no podian hacer ménos que obedecerle. No es posible que
pueda llegar á más la desdicha que á conocer el mal y apetecerle!
encontrar la libertad y amar la esclavitud! descubrir el engaño y
regirse por él!
Tampoco estaban libros de ritos y ceremonias los hombres y
mujeres cuando iban á los templos á sus ofrendas y sacrificios,
pues con fía de tenor á sus dioses más propicios para las súplicas
que habian de hacerles, ayunaban (ántes de ponerlas en ejecución)
grande número de dias, y muchos de ellos sin comer cosa alguna, y
en los que comían algo, no habla de ser de carne ni pescado, sino
de yerbas ó semejante género de muy poca sustancia, eso sin sal ni
ají, que es el pimiento de España y el condimento que más agrada á
los indios: y no solo á esto se reducía la abstinencia, sino á un
recogimiento grande mientras duraba el ayuno, y en ese tiempo no se
lavaban el cuerpo, siendo cosa que usan por momentos. Apartábanse
los hombres de todo género de mujer es, y ellas de los hombres, y
esto lo hacian con tanto afecto, que aunque reconociesen en sí
notable riesgo de la vida, no dejaban el recogimiento ni la
abstinencia. Concluido el ayuno, que llaman zaga, entregaban sus
dones al Jeque, que no habiendo tenido ménos abstinencia, los
ofrecía al demonio, consultándole con ceremonias sobre la
pretension de los que le ofrendaban: y habiéndole respondido á la
consulta con palabras equívocas (que es el arte más ordinario de
sus engaños), referia el Jeque la respuesta con la misma
equivocación.
Recibida la respuesta por los dueños de la ofrenda, se iban muy
consolados y alegres, y con cierto jabon que usan de unas frutillas
qué llaman guabas, se bañaban y limpiaban los cuerpos muy bien:
vestianse mantas nuevas y convidaban A los parientes y amigos para
banquetearlos algunos dias: gastaban mucha cantidad de chicha (que
es el vino que usan): danzaban y bailaban al compas de sus
caracoles y fotutos: cantaban juntamente algunos tersos ó canciones
que hacen en su idioma y tienen cierta medida y consonancia, á
manera de villancicos y endechas de los españoles. En esto género
de versos refieren los sucesos presentes y pasados y en ellos
vituperan ó engrandecen el honor á deshonor de las personas á
quienes los componen: en las materias graves mezclan muchas pausas
y en las alegres guardan proporcion; pero siempre parecen sus
cantos tristes y frios, y lo mismo sus bailes y danzas, mas tan
compasadas que no discrepan un solo punto en los visajes y
movimientos, y de ordinario usan estos bailes en corro, asidos de
las manos y mezclados hombres y mujeres. La misma proporción
guardan cuando arrastran madera ó piedra, juntando á un tiempo la
voz, los pies y manos al compas de la voz de uno que les sirve de
guía, á la manera que saloman los marineros en los navíos, y es
para ellos este ejercicio de tanto gusto que lo tienen por fiesta,
y para entónces se ponen penachos de plumas y medias lunas;
píntanse y arréanse, y llevan mucha cantidad del vino que gastan,
cargado en sus mujeres, á que se reduce toda la fiesta.