CAPITULO II
LOS YALCONES Y PAECES TOMAN LAS ARMAS Y MATAN Á LOS CAPITANES
AÑASCO Y OSORIO Y DESPUES A JUAN DE AMPUDIA. BENALCÁZAR VUELVE Á SU
GOBIERNO Y PRENDE AL ADELANTADO ANDAGOYA, QUE SE HABIA ENTRADQ EN
ÉL CON ENGAÑO.
Dejamos en Timaná y Popayan á los Capitanes Pedro de Añasco y
Juan de Ampudia confirmado el primero por Gobernador, y nombrado el
segundo por Lorenzo de Aldana, despues que dió vuelta á Quito, en
conformidad de las órdenes que tenia D. Francisco Pizarro; y como
ya estaba abierto el camino de las provincias Equinocciales al
Nuevo Reino de Granada, beneficio que se debió á la actividad del
Adelantado Benalcázar, era tan grande la fama que corría de las
riquezas de Bogotá y tesoros que le quitaron al Tunja, que todos
los conquistadores de Popayan y del Reino de Quito trataban de
trasportar á las mercaderías y ganados con que se hallaban,
soñándose poderosos con los intereses del cambio. Uno de éstos fué
Pedro López, mercader poderoso, que convoyado del Capitan Osorio y
de diez y seis hombres, salió de Popayan la vuelta del Reino, con
gran cantidad de ropa, caballos, yeguas, negros, plata labrada y
diferentes armas, que eran los géneros de más estimacion en
aquellos tiempos, y esto tan sin recelo de los indios que ocupaban
las provincias que habian de atravesar, por haberse dado de paz;
que sin prevencion de más escolta llegaron hasta la quebrada de
Apirmá de la provincia de los Yalcones, hombres guerreros y de tan
fiera resolucion en los peligros más árduos, como lo mostró la
experiencia en la guerra que llamaron de los Pijaos, pues teniendo
por lamentable principio el que se nos ofrece relatar, fué la
primera muestra de las insolencias y rebeliones que obraron despues
las naciones de los Pantagoros. Casi por el mismo tiempo habia
salido de la Villa de Timaná el Capitan Pedro de Añasco, la vuelta
de Popayan, A comprar armas y caballos con el mismo fin de
comerciar en el Reino, llevando en su compañía dos hombres de á
caballo, hasta doce infantes y algunos indios amigos, con que
marchando á la ligera llegó á alojar en el valle de Aquirga, de los
mismos Yalcones.
La ocasion, pues, de estas dos presas que se les iban á las
manos, y la soberbia de los indios que, avergonzados de la
servidumbre en que estaban sin haber hecho ántes la última prueba
del esfuerzo, los tenia coligados con los Paeces, los empelló en
que tratasen luego de no perder tiempo acometiendo á los dos
Capitanes ántes que llegasen á unirse. Con este fin, pues, y para
disponer más bien su hecho, le salieron de paz algunos Yalcones al
Capitan Osorio, y otros al Capitan Añasco; pero por más que éstos
desmentian su traicion con rendimientos, la traslució por las
afectaciones un indio principal de los amigos, y diósela á entender
al Capitan Añasco, aconsejándole que pues no tenia más que dos
caballos, se volviese á Timaná; mas él, despreciando todo lo que
pudiese oler á cobardia, siguió su viaje hasta llegar algo tarde á
un tambo distante poco más de dos leguas de Apirmá, donde los
presentes que recibió de dos indios que allí le esperaban, fueron
un leoncillo muerto de tres dias y cuatro mazorcas de maíz tierno,
que admitió por último desengaño de la conspiracion de la tierra; y
aunque uno de los de á caballo le decia volviesen á ganar el abrigo
de una montaña vecina que dejaban atras, estuvo tan léjos de
hacerlo que, prevenidas las armas, se quedó en el tambo satisfecho
con poner centinelas en los caminos. Pero como éstas fuesen muertas
por los Yalcones al romper del dia, y Añasco despertase al ruido,
montó luego en su caballo, y con Baltasar del Rio y el otro
compañero, salió al encuentro al escuadron de bárbaros que lo
buscaba, y cerrando con él los tres caballos, aunque bastó el
rechazo de las picas contrarias para que en ellas quedasen muertos
los dos que lo acompañaban, no fué poderoso á detener el cheque del
Capitan Añasco, pues aunque mal herido y falto de riendas para
gobernar su caballo, rompió por todos con su lanza, y tan colérico,
que atravesado el escuadron volvió segunda vez sobre él, pero con
tan mala suerte, que matándole el caballo y cayendo entre las
tropas enemigas, quedó prisionero para mayor desgracia.
Los infantes y los indios amigos, á fuer de españoles, hacian
maravillas en su defensa; pero siendo las lanzas contrarias tan
ventajosas en número, prevalecieron contra las pocas espadas
matando á casi todos sus dueños, y siendo tan sumamente infelices
los que aprisionaban vivos, que á unos sacaban los ojos, á otros
empalaban y á muchos desollaban para despique de su venganza y
gula, de suerte que pudieran contarse por dichosos los que
recibiendo tantas lanzadas que apénas dejaron blanco para otras,
murieron luego. De todos ellos, así españoles como indios, despues
de haber peleado valerosamente, apénas pudieron escapar Cornejo y
Mideros, que librándose de la multitud de los bárbaros llegaron á
la Villa de Timaná, de donde por haberse adelantado confusamente la
noticia del suceso, habia salido Pedro de Guzman Herrera con tres
caballos á correr el pais y certificarse de lo que se decia; pero
como una noche diesen sobre él los indios á tiempo que tenia el
caballo con maneotas y no pudiese aprovecharle, fué tambien muerto:
desgracia que no pasó a los compañeros, pues más bien prevenidos
tuvieron lugar de volver á Timaná con la certeza de la fatalidad,
aunque no de toda ella, porque ignoraban que muerta la gente del
Capitan Añasco habian pasado los Yalcones á la quebrada de Apirmá,
donde cercando al Capitan Osorio y á sus diez y seis infantes,
dieron sobre ellos con tal coraje, que por más que hicieren en su
defensa los mataron, ménos á Serrano, que salvó la Providencia para
que llevase la nueva á Popayan, miéntras los bárbaros (despues de
comerse los cuerpos muertos y robado los bienes de Pedro López, que
traspusieron en una gran cueva que hay en uno de aquellos montes,
que hasta hoy no se ha encontrado) conducian al Capitan Pedro de
Añasco por todas las plazas y mercados de la provincia, y
cortándole un dia un brazo y otro dia otro, y así todos lo demas
miembros del cuerpo, lo iban atormentando, hasta que, probados
todos los accidentes del susto, pasó por toda la sustancia del
riesgo el que fué uno de los más famosos conquistadores del
Perú.
Ejecutadas estas atrocidades por los Yalcones y Paeces, se
derramaron por sus pueblos á la celebracion de grandes fiestas y
banquetes que hicieron por la victoria, juramentados de defenderse
hasta morir de cuantos españoles saliesen de Timaná y Popayan á la
venganza: para lo cual se prevenian de armas, disponian trincheras
y fosos, cortaban los caminos de que ménos se aseguraban, y ponian
impedimentos en otros para detener la marcha de los nuestros y
pelear ventajosos contra los caballos. Llegado Serrano á Popayan,
dió la nueva de lo sucedido al Capitan Juan de Ampudia, que
gobernaba la tierra, y éste, irritado del atrevimiento, determinó
salir al castigo con sesenta infantes y caballos y algunos perros
bravos, que eran las armas que más prevalecian contra los indios.
Con esta disposicion y mucho recato llegó á la provincia, y
reconocida la quebrada de Apirmá, donde fué la muerte del Capitan
Osorio, hizo apretadas diligencias por saber la parte donde habia
cargado el mayor número de los indios; pero ellos, que
anticipadamente tuvieron noticia de su entrada, tenian ganadas las
cumbres de las sierras, y en ellas prevenidas muchas emboscadas
esperando ocasion de lograrlas con daño de los españoles, de que se
descubrieron brevemente señales, pues habiendo parecido dos espias
del enemigo en una ladera, y despachando el Capitan doce hombres á
cojerlas para adquirir noticias de lo que pretendia saber, se
hallaron embestidos del enemigo, que ocupaba una de las emboscadas,
por lo cual les convino retirarse haciéndoles rostro aunque les
cargaron tanto, que mataron á Parédes, que por valiente, y
pretender él solo sufrir toda la carga del enemigo, pereció en la
demanda.
Juan de Ampudia, qúe estaba á la mira y no sufría en su ánimo
ver el peligro de los suyos sin aventurarse el primero, salió con
su gente al socorro, y de tal manera fue apretando al enemigo con
Las lanzas y ballestas, y lo que importó más, con la ferocidad de
los perros, que de la matanza que hizo en sus tropas junto á un
arroyo en que se dio la batalla, corrieron sus aguas por largo
espacio tintas en sangre: de que amedrentados los pocos que
libraron del encuentro, volvieron las espaldas, dejando prisionero
un Cacique de los Paces, que dió aviso al Capitan Ampudia de las
emboscadas, fortificaciones y demás defensas que los indios tenian
dispuestas para sustentar la guerra; y como se le ofreciese perdon
de la vida si guiaba á los nuestros por caminos seguros, y el
Cacique lo prometiese fué siguiéndolo el campo con fin de ganar la
eminencia de una loma en que podia temerse mucho embarazo; pero
cuatro mil indios que pudieron convocarse la tenian ya ocupada
esperando en ella á los nuestros armados de lanzas, hondas, dardos
y macanas, y dábanles grandes voces al subir, preguntando si iban
gordos, porque los esperaban para la ostentacion de un famoso
convite. A ninguna de estas cosas respondian los infantes que iban
delanteros gobernados de Francisco García de Tovar, hasta que
ganada la cumbre, y llegados los caballos en que sobresalian Juan
de Ampudia, Luis Bernal y Hernan Sánchez Morillo todos á un tiempo,
y apellidando á su patron Santiago, cerraron con los enemigos, y
con nuestros españoles, con tanto coraje de ámbas partes, que por
más de una hora estuvo neutral la fortuna, hasta que esforzándose
más los nuestros á pesar del mal terreno en que combatian los
caballos y viendo los enemigos los muchos muertos y heridos que
caian de los suyos, dejaros el campo forzados.
Los nuestros quedaron victoriosos, sin más daño que el de un
español muerto y algunos heridos; pero tan fatigados todos, que
apénas podian tenerse en pié, y por esta causa necesitados de
quedarse en el mismo sitio de la batalla, aunque poco favorable á
su seguridad, pues conociéndolo así el enemigo al siguiente dia con
la gente que le acudió de todas partes, determinó revolver sobre
ellos ántes que, desamparada la loma, pudiesen mejorarse de puesto,
como lo hubiera conseguido, si atento el Capitan Tovar al designio,
no le saliera al encuentro con cuarenta ballesteros y rodeleros que
acometiendo sin temor á la vanguardia en el repecho, á poco rato se
halló cercado por todas partes del numeroso ejército de contrarios,
que con temerosa grita cargaron á un tiempo; pero fué tanto el
esfuerzo del Capitan Tovar y los nuestros, y tan militar
disposicion la que guardaban los ballesteros en conservarse unidos
y ojear las picas con sus jaras, que habiendo muerto y herido más
de quinientos, pusieron en huida á los restantes, siendo esta
segunda victoria de las más famosas que se ganaron á esta nacion,
así por haberla conseguido sin caballos, por la desigualdad del
número de los combatientes, aunque los perros, que ayudaron como
siempre, fueron gran parte para alcanzarla, y para que el Capitan
Juan de Ampudia, sin encontrar lanza enemiga, fuese marchando
miéntras los Yalcones y Paeces, alistada la más gente que pudieron
de sus pueblos, volvieron á mostrarse más formidables qué ántes:
tanta era su ferocidad y copia de gente, y tan poco el escarmiento
que habian sacado de las rotas pasadas.
Con esta disposicion de armas y en fe de la resolucion que
habian tomado de no sujetarse más á los españoles, le enviaron á
decir al Capitan Juan de Ampudia con un prisionero indio, que se
saliese luego de la provincia ó se dispusiese á pasar por la misma
fortuna que habian corrido los Capitanes Añasco y Osorio, en que
manifestaron bien lo poco que habian aprovechado nuestras armas
para quebrantar su altivez: y el Capitan Ampudia reconocia que para
contrastarla necesitaba de mucha más gente que la que tenia, por lo
cual acordó volverse á Popayan castigando de paso á los Paeces;
pero ellos y los Yalcones estaban ya tan prevenidos cuanto pudieran
estarlo las naciones más bien disciplinadas en guerras, pues
habiendo observado en las batallas anteriores el cansancio con que
los nuestros quedaban despues del combate por sustentarlo siempre
armados, y que no pasando de uno en cada dia, lo mismo era para los
españoles tenerlo contra mil que contra diez mil indios,
dispusieron dividirse en dos batallones que peleasen uno en pos de
otro en caso que el primero fuese desbaratado, y que para este fin
tuviesen ocupados dos pasos principales y poco distantes del camino
que iba á Popayan, para donde presumian haria brevemente su
retirada el Capitan Juan de Ampudia. Son los escarmientos los más
sabios preceptores de la milicia, y por las premisas de sus malos
sucesos discurrieron este designio los Yalcones y lográronlo bien,
pues determinado ya Juan de Ampudia, como dijimos, á volver á
Popayan, en que convenia su gente, y estando para partir le instó
mucho el Capitan Tovar en que se apresurase á ganar la cumbre de la
primera sierra que tenian delante, por ser puesto muy ventajosa
para el primero que le ocupase, y porque tenia por mala señal no
haber visto en todo aquel dia alguno de los enemigos que tenian
cercanos.
Parecióle bien al Capitan Ampudia el consejo; pero por más que
Tovar solicitaba se apresurasen á la faccion, lo ejecutaban tan
detenidos los nuestros, que á pocos pasos oyeron el rumor del
enemigo, que con más diligente cuidado habia ganado la eminencia,
donde se divisaban sus numerosas escuadras, y para rechazar á los
nuestros despedian tantas piedras la cuesta abajo, que los precisó
á dividirse en cuatro tropas para escapar del riesgo, á cuyo
tiempo, lograda la pretension de los indios, bajaron con espantosa
vocería y' rompieron la batalla, en que, con el favor divino,
hicieron los nuestros hazañas increibles y memorables,
prosiguiéndolas con tal teson, que á pesar de las que obraban sus
contrarios, los desbarataron con gran mortandad de los más
valerosos, aunque Francisco de Tovar quedó con tres heridas y Juan
de Ampudia con diez: pero no terminó aquí su desgracia, pues
pasando adelante se encontraron con el segundo escuadron, que se
componia de más gente que el primero, donde convenia pelear con el
mismo valor que ántes para no perderse; pero como tenian las
fuerzas tan quebrantadas y la sed rabiosa los afligia, no hacian
poco en detener el ímpetu rabioso con que eran acometidos de tanta
infinidad de bárbaros. Muchas veces probaron á romper por medio de
las lanzas, y otras tantas conocieron la imposibilidad de dar paso
adelante, aunque fuese para la muerte, con que resueltos á
retirarse en demanda del abrigo de los caballos de que no se
pudieron aprovechar en el sitio que guerreaban, lo fueron
ejecutando con el mejor órden que podian; pero como el Capitan Juan
de Ampudia era hombre grueso y sobre quien cargaba el peso de las
heridas, no pudo caminar de suerte que el enemigo no alcanzase á
matarlo á lanzadas y pretendiese llevarse el cuerpo, que no pudo
conseguir, pues aunque heridos y tan fatigados los españoles,
revolvieron tan unidos y coléricos á la defensa, que con silencio y
valor lo recobraron, y porque no se lo comisiesen lo lanzaron en un
rio. Era el Capitan Ampudia natural de Jerez de la Frontera, de
buen entendimiento, muy práctico en la guerra de Indias y que
sirvió con crédito en las conquistas del Perú y Nuevo Reino de
Granada, en cuyos términos murió dejando tan extendida fama de sus
crueldades entre los indios de Cali y Timaná, como lastimosa
memoria de su muerte entre los españoles del Nuevo Reino y del
Perú, que sentida entónces mucho más de los suyos, y vueltos al
sitio de la primera batalla, acordaron dejar aquella noche los
toldos armados y atados algunos perros que ladrasen, y
silenciosamente partirse á Popayan, como lo consiguieron caminando
con tanta priesa y recato, que cuando los bárbaros los hecharon
ménos ya estaban cerca de la ciudad, donde se hizo especial
sentimiento por la muerte de su gobernador.
Ya por este tiempo el Adelantado Pascual de Andagoya, olvidado
de la órden que tenia del Rey para no entrar en lo que estuviese
descubierto por el Marqués Pizarro y sus Capitanes, se habia dado
tanta priesa en Panamá para salir á la conquista del rio de San
Juan, que con una buena armada habia arribado por el mar del Sur á
una ensenada en que entran muchos rios que bajan de la sierra muy
cerca del puerto de Buenaventura, donde reconocido por la
demarcacion de la tierra tener, cercana la provincia de Cali, tomó
tierra, y marchando al tino por los caminos más ásperos que al
parecer pueden hallarse en todo el mundo, con pérdida de los
caballos y fatigas intolerables de su gente llegó á la Villa de
Cali, á donde fué bien recibido, y presentados sus despachos,
admitido al gobierno de la provincia, sin que se reparase en que en
toda ella no habia tal rio de San Juan. Desde allí, con la noticia
de los descubrimientos en que andaba el Capitan Jorge Robledo y de
que tenia pablada la Villa de Santa Ana de Anserma, despachó al
Capitan Miguel Muñoz à que tomase posesion de ella en su nombre y
la llamase de San Juan de Anserma, y consiguientemente despachó á
Popayan, donde asimismo lo recibieron á tiempo que vuelto Robledo
de sus descubrimiento; pasó de Anserma á Cali, y pensando escapar
de los recelos que de Benalcázar, dió la obediencia á Pascual de
Andagoya y con ménos prudente acuerdo le presentó cuatro mil
castellanos de oro de los que habia adquirido en sus conquistas, y
dejando sus cosas al parecer aseguradas, volvió á Cartago, de
donde, sosegados algunos pueblos que halló alterados, despachó al
Capitan Alvaro de Mendoza á descubrir noticias de lo que habia de
la otra parte de la cordillera nevada, que viene á ser la en que de
presente está el Páramo que llaman de Ruiz, desde cuya cumbre
vieron algunos caminos que atravesaban al rio grande de la
Magdalena y valle de Neiva; y pareciéndoles que no era cordura
pasar adelante sin caballos, volvieron á Cartago á hallarse en el
repartimiento que hacia Robledo de los indios de la provincia.
Dispuestas así estas cosas, y cuando más empeñado estaba el
Adelantado Andagoya en procesar contra Benalcázar, á que asistían
los vecinos de Cali y Popayan, por trampear los delitos, que el
nuevo Gobernador ignoraba y Benalcázar sabia, arribó éste al puerto
de Buenaventura sin haberse detenido en Panamá, y de allí
prestamente salió para Cali, donde ya corria la noticia de su ida,
y ésta habia puesto á Pascual de Andagoya en tanto cuidado que no
excusaba diligencia que hacer buscando auxilios para resistirle;
pero como su derecho fuese tan flaco y entre hombres sea tan
connatural la inconstancia, ya deseaban los que llegase Benalcázar
y le repetian cartas al camino haciéndole los ofrecimientos que en
semejantes lances hacen todos aquellos que se sienten culpados, de
los cuales prendió Andagoya algunos, empeñado en despachar gente de
guerra, para que en el estrecho paso del monte impidiese la entrada
á Benalcázar: y como en tales debates civiles todo se dice y nada
se hace, llegó en el ínterin á Cali, donde los parciales de los dos
Adelantados estuvieran cerca de llegar á las manos, si algunos
religiosos que se interpusieron no ajustaran que Benalcázar
presentase sus provisiones en Cabildo, y que si en él pareciese
admitirlo, quedase en la gobernacion, y si no, permaneciese en ella
Pascual de Andagoya, en que vino con gusto Benalcázar, pues aunque
su justicia era clara y la porcion principal de la gente de Cali
estaba ya de su parte, su pretension era tomar la posesion del
gobierno sin ruido de armas, como lo consiguió luego que el Cabildo
reconoció la justificacion de sus despachos, de que resultó prender
al Adelantado Pascual de Andagoya y llevarlo á Popayan por
usurpador ajena jurisdiccion, donde lo tuvo preso hasta el año
siguiente de cuarenta y uno, en que á instancia de D. Juan de
Andagoya, su hijo, lo puso en libertad el Licenciado Baca de
Castro. Desde allí ordenó á Pedro de Ayala que partiese á intimar
las mismas provisiones á Jorge Robledo, y con órden de que á la
villa de Anserma no la nombrasen de S. Juan sino de Santa Ana, como
se llamaba ántes. Mas Jorge Robledo, que con ansias de mandar
deslucia muchas buenas prendas que en él se hallaban, pasándose de
Cartago á Anserma, escribió á Benalcázar recibiéndolo por
Gobernador y pidiéndole no diese crédito á sus émulos, en tanto que
lo desengañaba de su buen celo y partiéndose luego con cien hombres
á esguazar el Cauca por el paso de Irra, en continuacion de sus
conquistas, dió motivo á que desde entónces se dijese que iba
alzado.