INDICE





PROLOGO

NOTICIA BIOGRÁFICA DEL DR. FERNÁNDEZ PIEDRAHITA

DEDICATORIA Y APROBACIONES DE LA OBRA

LIBRO I

Capítulo I
Del sitio y calidades del Nuevo Reino de Granada

Capítulo II
En que se da noticia de sus provincias y primeros habitadores.

Capítulo III
De las costumbres, ritos y ceremonias que usaban los indios mozcas en su gentilidad.

Capítulo IV
De otras ceremonias y costumbres que tenian los mozcas, y de las procesiones que hacían.

Capítulo V
Del sitio y corte de Bogotá: majestad de sus reyes condiciones y forma de sucederse.

LIBRO II

Capítulo I
Saguanmáchica conquista los fusagasugaes, rompe la guerra con el Guatavita, que se ampara del Rey de Tunja...

Capítulo II
Hereda el zipa Nemequené, y castigada la rebelián de Fusagasugá, sujeta los caciques de Cipaquirá y Nemza.

Capítulo III
Asalta el Zipa la corte del Guatavita, revuelve contra el Ubaque y sujétalo.

Capítulo IV
Sujeta el Zipa la provincia de Ebaté, nombra en ella al hermano por su lugarteniente, á quien mata el Ubaque.

Capítulo V
Da leyes el Zipa en su reino y previénese de todo para la guerra de Tunja.

Capítulo VI
Refiérense los sitios y estado de las provincias de Tunja y Sogamoso, y hacen liga sus príncipes contra Neméquene.

Capítulo VII
En que se prosigue la materia del antecedente

Capítulo VIII
Danse vista los ejércitos del Zipa y el Tunja, y platican antes de la batalla.

Capítulo IX
Dáse la batalla, y casi vencida por Neméquene, muere en ella, herédalo Thysquesuzha, y prosigue la guerra.

LIBRO III

Capítulo I
Fúndase la ciudad de Santa Marta por Rodrigo Bastídas, á quien mata su teniente general en un motín.

Capítulo II
Los capitanes de Lerma acometen á Posigueica y vuelven derrotados.

Capítulo III
Gobierna el doctor Infante á Santa Marta por muerte de García de Lerma, y el adelantado don Pedro de Heredia da principio á las conquistas de Cartagena.

Capítulo IV
El adelantado Heredia prosigue la conquista de Cartagena

Capítulo V
Dáse el gobierno de Santa Marta á d. Pedro Fernández de Lugo. Prosigue la guerra con los indios de la sierra sin fruto…

LIBRO IV

Capítulo I
Benalcázar descubre a Popayán, y fundadas las villas de Cali y Timaná, prosigue en su descubrimiento

Capítulo II
El licenciado Badillo residencia á D. Pedro de Heredia en Cartagena:

Capítulo III
Vuelve el General Quesada por su Ejército á la Tora, Condúcelo hasta los umbrales del Nuevo Reino

Capítulo IV
Marcha Quesada por la provincia de Vélez, pasa á Guachetá y de allí á Suesca en demanda de Bogotá, con asombro general de los indios.

Capítulo V
Entra Quesada en el valle de los Alcázares, rompe el ejército de los Uzaques, pasa a Bogotá

LIBRO V

Capítulo I
Entra el capitán Céspedes en la provincia de los Panches por Tibacuy: plática  con el capitán del presidio de los Guechas…

Capítulo II
Sale Quesada de Bogotá para Somondoco en demanda de las minas de esmeraldas que descubre

Capítulo III
El Capitán San Martín tiene noticia de Tundama: descubre á Sogamoso y vuelve en busca del general Quesada...

Capítulo IV
Asalta Quesada el palacio del Rey de Tunja, á quien prende, y después de un breve combate saquea su corte con presa de los tesoros que no pudo ocultar.

Capítulo V
Marcha Quesada á Sogamoso, saquea la ciudad y quémase su templo. —vuelve á Tunja, y desamparándola por ir á la conquista de Neiva,

Capítulo VI
Repártese la presa entre los españoles: Asaltan después el cercado de un bosque donde matan a Tysquesusha sin conocerlo.

Capítulo VII
Acometen los Panches las fronteras de Bogotá, y entran Quesada y el Zipa al castigo con mal suceso en el primer encuentro

LIBRO VI

Capítulo I
Prende Quesada á Sacrezazipa por los tesoros del Zipa muerto, y promételos con engaño hasta lograr la muerte de sus émulos...

Capítulo II
Reparte Quesada otra presa de oro y esmeraldas: da principio á la fundación de Santafé...

Capítulo III
Dánle noticia á Quesada de las entradas de Benalcázar y de Fedremán en el reino...

Capítulo IV
Persuade á Quesada Benalcazar á que funde ciudades, y refiérese el estado y crecimiento á que ha llegado la ciudad de Santafé.

Capítulo V
El general Quesada baja á Cartagena con Benalcázar y Fedreman, dejando por teniente general del reino á Hernán Pérez, su hermano...

Capítulo VI
Gerónimo Lebrón forma ejército y armada; sale de santa marta para el reino...

Capítulo VII
Alonso Martín prende en el rio á Alonso jeque, y obligado de una armada enemiga, vence la batalla naval de Cesare...

LIBRO VII

Capítulo I
Tratase de la entrada que hizo Martín Galeano en el territorio de Coicomé y Agata, y de la que después hizo Juan Alonso de la Torre

Capítulo II
Sale Galeano á la conquista de Guane: mueve la guerra en Chalalá, y síguela con Mataregua hasta vencerlo en batalla...

Capítulo III
Agraviado Thisquizoque de la tiranía de Juan Gascon,  hace liga con el Saboya, toma las armas y le quita la vida...

Capítulo IV
Los tres generales pretenden la gobernación del Nuevo Reino y ninguno la consigue...

Capítulo V
Forma ejército Tundama y fortifícase contra Baltasar Maldonado...

Capítulo VI
Montalvo de Lugo entra en el Reino por los llanos, y el capitán Lanchero á la conquista de Muzo...

Capítulo VII
Esguazado el Cauca, prosigue Jorge Robledo sus descubrimientos hasta fundar la ciudad de Cartago.

LIBRO VIII

Capítulo I
Con la noticia de que se previene armada en Francia para las Indias, mandan al adelantado Lugo que vaya á su gobierno...

Capítulo II
Los Yalcones y Paeces toman las armas y matan á los capitanes Añasco y Osorio y despues a Juan de Ampudia...

Capítulo III
Rebelánse los Sutas y Simijacas, fortifícanse en unos peñoles, va contra ellos el Capitán Juan de Céspedes...

Capítulo IV
Rompen los Panches por las fronteras de los Mozcas...

Capítulo V
Prosigue su jornada Gerónimo Lebrón, con varios sucesos, hasta el valle de Opon...

Capítulo VI
Quesada y Lebrón compiten sobre el gobierno con riesgo de romper en batalla...

LIBRO IX

Capítulo I
Con la sospecha de que se rebela la provincia de Tunja...

Capítulo II
Vuelve á sus descubrimientos el capitán Jorge Robledo y con varias fortunas llega hasta la provincia de Hebéjico...

Capítulo III
Vuelto el Capitán Maldonado de la jornada de los palenques, sale Hernán Pérez de Quesada al descubrimiento del dorado con mal suceso...

Capítulo IV
El Ocabita y Lupachoque se fortifican en dos peñoles: ríndese Lupachoque por armas al Capitán Pineda y el Ocabita...

Capítulo V
El adelantado Lugo se previene para subir á Santafé : fúndase por su órden el Barbudo…

Capítulo VI
Pasa Robledo preso á estos reinos: Heredia y Benalcázar se apoderan alternadamente de Antioquia después que se fundó la ciudad de Arma...

LIBRO X

Capítulo I
La armada francesa de Roberto Baal sorprende á Santa Marta y Cartagena; y el adelantado Lugo prende al capitán Rondón...

Capítulo II
Felipe de Utre sale de coro á nuevos descubrimientos penetra los llanos hasta la punta de los Pardaos...

Capítulo III
Prende Lugo á los oficiales del Rey y á los quesadas: justicia al encomendero de Sáchica...

Capítulo IV
Destierra Lugo á los quesadas. —el Capitán Venégas descubre las primeras minas de oro, y funda la ciudad de Tocaima...

Capítulo V
Descubre Felipe de Utre los Omeguas, y véncelos en una batalla...

Capítulo VI
Lugo sale del reino para Castilla, y Armendariz entra en Cartagena...

Capítulo VII
Armendariz nombra por su teniente á pedro de Ursua en el reino y á Robledo en Antioquia...

LIBRO XI

Capítulo I
Concurren los visitadores Gasca y Armendariz en Santa Marta...

Capítulo II
Procede Armendariz contra el capitán Lanchero y otros conquistadores...

Capítulo III
Hacen mariscal del reino á Gonzalo Jiménez de Quesada...

Capítulo IV
Échanse los indios á las minas: tratase en el consejo de fundar audiencia en Santafé...

Capítulo V
Prosigue Armendariz en su gobierno: pónese real chancillería en Santafé...

Capítulo VI
Fúndanse las religiones de Santo Domingo y San Francisco en el Nuevo Reino...

Capítulo VII
Entra el mariscal Quesada en Santafé: descúbrese el páramo Rico de Pamplona...

Capítulo VIII
Entra Ursua en Muzo y puebla á Tudela: vuelve á Santafé y baja por justicia mayor de Santa Marta...

Capítulo IX
Rompe Ursua el ejército de los taironas en la batalla de los pasos de Rodrigo...

LIBRO XII

Capítulo I
Entra en Santafé el licenciado Juan de Montaño con la visita de la audiencia y residencia de Armendariz...

Capítulo II
Rebélase el Valle de las Lanzas, va Hernando de Salinas al castigo, funda la ciudad de Victoria...

Capítulo III
Prosigue Montaño en su visita; ajusticia á Pedro de Salcedo y á otros...

Capítulo IV
Armendariz baja preso á Cartagena para que allí le residencie Montaño.—el Capitán Avellaneda funda la ciudad de S. Juan de los Llanos...

Capítulo V
El capitan Diego García de Paredes funda la ciudad de Trujillo...

Capítulo VI
Vuelve el mariscal á Santafé con la provisión de nuevos oidores.—el licenciado Tomas López entra en la audiencia...

Capítulo VII
El Capitán Cristóbal Rodríguez Juarez funda la ciudad de Mérida.—Diego García de Paredes reedifica la de Trujillo...

Capítulo VIII
Previénese el Nuevo Reino para resistir al tirano Lope de Aguirre.—compéndiase lo que obró en la jornada del Marañon...

Capítulo IX
Fúndase la ciudad de S. Vigente de Paez.-múdase la de Trujillo. Muere García de Parédes y tratase de todo lo acaecido en las provincias del Nuevo Reino...
CAPITULO VII
 


ESGUAZADO EL CAUCA, PROSIGUE JORGE ROBLEDO SUS DESCUBRIMIENTOS HASTA FUNDAR LA CIUDAD DE CARTAGO.

DEJAMOS el año pasado en la villa de Anserma al Gapitan Jorge Robledo de vuelta de algunos descubrimientos logrados más con arte que fuerza, y entrado el año de cuarenta, se hallaba deseoso de proseguirlos por la otra banda del Cauca, empresa á que se resolvió aun con todas las dificultades que representaba el esguazo de tan caudaloso rio y la noticia de las naciones guerreras á que se conducía, por ser de corazon ambicioso de fama y hallarse asistido de la gente práctica que subió de Cartagena. Para este fin acordó depositar los repartimientos de indios en los que pretendian quedar por vecinos, y dejando en su lugar, al Capitan Ruy Vanégas, salió de Anserma con cien infantes y treinta caballos, llevando por Maese de campo al Comendador Hernan Rodríguez de Sousa y cuatro Capitanes, que lo fueron Alvaro de Mendoza, Martin de Amoroto, Gómez Fernández y el Capitan Vallejo, con muchos buenos soldados, de quienes falta noticia, aunque no de todos, pues se hallan memorias en diferentes escritores de haber seguido esta faccion Antonio Pimentel, Alonso de Villacreces, Berrobi y Santiago, que habian mejorado de las heridas que recibieron en el Darien, Diego de Mendoza, Pedro de Ciesa de Leon, que escribió esta conquista de Popayan y la del Reino de Quito; Francisco de Avendaño, Martin de Arriaga, Giraldo Gil, Juan de Frades, Pedro de Velasco, Juan de Tórres, Francisco Pérez Zambrana, Pedro López Patiño, Gerónimo de Tejelo, Pedro de Bárrios, Juan Rubio, Alonso de Hóyos, Pedro Cobo, Pedro Solano de Quiñónes, Antonio Redondo, Marcos Márquez y Francisco de Frías, que iba por capellan del ejército: que llegado al pueblo de Itra, por donde se angosta algo más que en otras partes el Cauca, fabricó la necesidad ciertas balsas de guaduas en que pasar los caballos y el corto bagaje que llevaban y permitian las nuevas conquistas, bastando para conducirlas á la otra ribera que dos indios nadadores fuesen delante tirando dos bejucos que iban atados de las balsas y otros dos indios á la popa, que sirviéndoles de timoneros gobernaban aquel mal compuesto bajel de cañas. Los infantes atravesaron el rio de uno en uno puestos entre dos guaduas unidas por los extremos con dos barrotes ligados, á quienes gobernaban los indios nadando en la misma forma que á las balsas mayores, sin que hasta aquel tiempo se hubiese visto semejante traza de esguazar rica aun ménos peligrosos, cuyas dificultades y trabajos dan clara muestra de la grandeza de ánimos y robustez de cuerpos que por entonces se criaban en estos Reinos de España.

Esguazado el Cauca, despachó embajadores Jorge Robledo á los señores de la provincia de Carrapa ofreciéndoles su amistad; y considerando ellos que sobre la guerra que tenian con Picara, provincia enemiga, no les podia estar á cuento la de los forasteros, la admitieron con gusto y con el mismo los tuvieron alojados en su país cuarenta dias, socorriéndolos con víveres y presentes de joyas de oro, y lo que fué más, con la noticia de que atravesada la cordillera de los Andes hallarian la rica y deleitosa provincia de Arbi, y ántes de atravesarla las de Picara, Paucura y Pozo, abundantes de oro y pobladas de tanto gentío, como se reconoceria de las guerras que sustentaban unas con otras. Con este aviso determinó Jorge Robledo pasar á ellas pidiéndoles gente de guerra que lo auxiliase en la que pretendia, hacer á los que no lo admitiesen de paz. Los de Carrapa lo tuvieron á bien, más atentos á la venganza de sus agravios antiguos que á la obligacion de la reciente amistad, y diéronlo cuatro mil Gandules con que pasó á Picara, provincia algo mayor y tan rica como la suya, donde sus moradores habian tomado las armas; si bien despues del estruendo militar, que terminó todo en amenazas, huyeron con infamia, dando lugar a que los Carrapas en su alcance matasen algunos y aprisionasen otros, que muertos despues á sangre fria, se comieron en señal de su trofeo. Con semejante suceso tuvo ocasion el Capitan Robledo de enviarles embajador ofreciéndoles de nuevo la paz, y admitiéronla temerosos de los perros y caballos, ocurriendo á dar la obediencia al Rey con la demostracion de un rico presente de joyas. En todo lo cual se detuvo veinte dias, pasando al fin de ellos á la provincia de Pozo, donde los Caciques tenian á los umbrales de sus palacios grandes fortalezas fabricadas con paredones de guaduas más gruesas que el muslo, sobre quienes cargaban barbacoas de las mismas cañas á manera de azoteas, en que se hacian los sacrificios de carne humana y desde donde las vigias atalayaban la campaña.

Corre esta provincia desde los confines de los Carrapas, Picaras y Paucures, que la ciñen por la una parte, hasta llegar con sus poblaciones á beber las aguas del Cauca. Sus indios, en opinion de algunos, competian en valor con los Pijaos: jamas soltaban las armas, aun cuando labraban los campos: todos los martes sacrificaban dos hombres á un ídolo que tenian de madera, tan grande como un hombre de perfecta estatura, con los brazos abiertos y puesto el rostro al nacimiento del sol. Á los que aprisionaban en la guerra tenian encerrados en casas destinadas para ello, donde los regalaban hasta que engordasen, y entonces los conducían á las plazas en sus mayores fiestas, y haciéndolos poner de rodillas los obligaban á que inclinasen las cabezas para matarlos, dándoles en ellas con gruesas macanas; lo cual obedecian los miserables cautivos tan sin mostrar flaqueza, que más parecía voluntaria que violenta su desgracia. Preciábanse de traer su origen y derivar su nobleza de la provincia de Arma, á quien imitan en el idioma y costumbres, y era Capitan general de todos ellos su Cacique Pimaraque, formidable á sus enemigos por las victorias conseguidas de los Carrapas y Paucures, y tan despreciador de los nuestros, que despues de celebrar, grandes sacrificios de carne humana, alistó seis mil de ellos determinado á defender el paso de la sierra, donde se acuarteló brioso.

Los españoles marchaban á este tiempo un rio abajo entre las amenidades de frescas arboledas, y bien descuidados de encontrarse con enemigo tan fiero en campaña tan hermosa; pero atentos á la costumbre, iban sobresalientes los Capitanes Jorge Robledo y Alvaro de Mendoza, Antonio Pimentel, Suer de Nava, Giraldo Gil, el Capellan Francisco de Frias un trompeta, cuando oyendo el rumor sordo que formaban los bárbaros, llamaron al Maestro de campo, que acudió luego con Pedro de Cieza, Pedro de Velasco y otros infantes y caballos que, juntos y ordenados, comenzaron á repechar la cuesta, persuadidos á que no podrian hallar campo alguno que resistiese su primor encuentro, aunque los tercios de ocho mil Carrapas y Picaras que los iban auxiliando, mostraban temor de llegar á batalla con los Pozos, cuanto ellos más atrevimiento, llamando á los españoles mujeres, y diciéndoles otras semejantes injurias, hasta que ganada la cumbre por Jorge Robledo, y avanzando con los calles que le seguian, apellidando á Santiago, rompió por el escuadron contrario sin recibir daño alguno de la multitud de dardos que le arrojaban; pero como advirtiese que su trompeta peleaba sin rodela y temiese más el ajeno que el propio peligro, dióle su adarga habiendo muerto cuatro indios con la ballesta, tomó otra vez la lanza, y peleando con ella convidábalos á voces con la paz, á tiempo que el tiro de un dardo le atravesó la mano derecha, obligándolo á desmontar del caballo por no perder la lanza, aunque con peor suceso, pues al poner el pié en tierra le arrojaron otro dardo que le entró un palmo por la espaldilla; en cuyo tiempo, apretado al enemigo de los españoles, que ya tenian ganada la cumbre huyó tan desordenado, que en su alcance tuvieron bien que cenar y en que despicar enojo los indios auxiliares.

Los nuestros, que ya se hallaban victoriosos, viendo herido á su Capitan, bramaban de coraje juramentados de no levantar la mano de Pozo hasta vengarse, que brevemente consiguieron, pues poco más adelante del sitio de la batalla tuvo el Maese de campo noticia de que hasta mil Gandules con sus familias se habian fortificado en un peñol vecino, y enminándose prestamente á él lo sitió por la parte baja con los indios amigos y ganada la cumbre con sus infantes, y echando por delante los perros, que á dos bocados abrian aqellos miserables cuerpos hasta las entrañas, los atemorizó, de suerte que, huyendo de aquel destrozo, elegian el despeño dejándose caer de los riscos, ó quedaban al arbitrio de Picaras y Carrapas que, como enemigos mortales suyos, no dejaban indio grande ni pequeño que no matasen para comérselos crudos en el fervor del combate, de que resultó volver, al Real con doscientas cargas de carne humana que les sobraron para remitir de presente á sus tierras, cuyo estrago, difundido por la provincia, necesitó á los Pozos á que admitiesen la paz, acudiendo al ajuste de ella con ricos presentes de oro que hicieron á Jorge Robledo quien hallándose mejor de las heridas, despidió los Picaras y Carrapas, y con las tropas de Pozo pasó á Paucura, donde gobernaba Pimaná, enemigo suyo, y tan cauteloso, que prevenido de víveres para los españoles, y aceptada la paz, derramó voz de, que los indios Pozo habian muerto algun ganado de cerda del que los nuestros dejaban rezagado de que sentido Robledo y quejoso de que no se le guardase amistad, mandó á Suer de Nava con cincuenta hombres fuese á castigar el atrevimiento, tan en gracia de los Paucures que convocados hasta tres mil de ellos, siguieron á los nuestros, por no perder la ocasion arruinar á sus contrarios, y entrados los unos y otros en el país de Pozo, sin más averiguacion del delito, se dieron á saquearlo y destruirlo, siendo lo más horroroso de la hostilidad llevarse los de Paucura doscientos hombres en cuartos, para comérselos con fiereza tan recibida entre ellos, que por sustentarse de carne humana no habia seguridad de padres á hijos; pero habiendo parecido el ganado despues del rompimiento, que debiera excusarse, se asentó de nuevo la paz.

No teniendo más que hacer en Paucura, se encaminó Robledo á la parte occidental en demanda de la provincia de Arma, á quien sin razon llamasen el cronista Herrera la mayor del Perú, así por no caer dentro de su demarcacion, como por no hacer cabeza entre las equinocciales, si no es que imaginase comprenderlas todas dentro de ella el que le dió la noticia; pero lo cierto es que la provincia es buena, llana y fértil de semillas y raíces, y sobre todo rica de minerales de oro. Sus moradores habitaban en los altos y laderas de las serranías que tiene, en casas redondas y capases de quince y veinte familias. Hallábanse medrosos con la fama que entre ellos corria de que los españoles partian el cuerpo de un hombre de un golpe de espada y de un bote de lanza lo atravesaban, y lo que más les ponia horror era la ponderacion que se hacia de la furia con que la jara salía de la ballesta y velocidad que llevaba, á que comparaban la presteza y ferocidad de los caballos y perros. Pero sin embargo de todo esto, y celebrados los  sacrificios sobre si les estaria mejor la guerra que la paz, se resolvieron á poner en cobro sus familias (señal evidente de flaqueza de ánimo) y hacerse fuertes en la cumbre de una loma por donde habian de pasar los nuestros. Para este fin llamaron sus tropas, que acudieron reconociendo cada cual su bandera, que siendo muchas, todas ellas estaban sembradas de estrellas y otras figuras de oro finísimas. Los Cabos, con vistosas plumas sobre los círculos de las coronas de oro con que ceñian las cabezas, ostentaban hermosura en la misma fiereza: las patenas y otras muchas joyas de su arreo causaban admiracion, y la mayor fué, como despues se vió, hallar muchos de aquellos bárbaros armados de piés á cabeza con chapas de oro batido, causa para que á su provincia llamasen de los Armados, y Arma á la dudad que despues se fundó en ella; en cuyo encuentro pudiera muy bien hallar fundamentos para el crédito de su fábula, el que derramó la voz mentida del Dorado. Pero toda esta bizarría y prevencion militar que se mostraba en la sierra al estruendo de sus bocinas, vino á parar en que despues de arrojadas muchas piedras la cuesta abajo contra los nuestros, que á su pesar subian, se resolviesen á volver las espaldas, en cuyo alcance perdieron gran parte de la riqueza que ostentaron.

Con esto buen suceso prosiguió Robledo adelante á tiempo que las reliquias del campo desbaratado , aumentadas de socorros, le tenian tomado el paso de otra sierra, espera y dificultosa de subir á los caballos: para cuyo remedio y justificacion de cualquiera facción que emprendiese, les despachó embajadores, ofreciéndoles su amistad y haciéndoles, por medio de intérpretes y dos escribanos que llevaba, algunas protestas y requerimientos para que soltasen las armas, de que se burlaban ellos respondiéndoles que para qué iban á robar lo ajeno, que volviesen á sus tierras, pues ellos se estaban pacíficos en las suyas, y levantando el grito arrojaban piedras y dardos á los nuestros. Pero Jorge Robledo, al tiempo que rayaba el sol más ardiente, animando á sus infantes, les ordenó que avanzasen con rodelas, ballestas y perros, como lo hicieron, miéntras los caballos, probando diferentes sendas, la hallaron para ganar la eminencia á tiempo que los de á pié combatian esforzadamente con los indios. Mas éstos, viendo sobre si los caballos y no atreviéndose á esperar el choque de las lanzas, desampararon el sitio que ocupaban (y por esta causa se llama desde entónces el Puerto de los caballos), dando tiempo á que los nuestros en su alcance hubiesen gran presa de joyas, que se acrecentó con las que despues llevaron los señores de la tierra á Robledo; porque desengañados de la ventaja que les tenian los españoles, y no queriendo aventurarse más contra ellos, ocurrieron á pedirle paces, cargados de presentes de oro en costillas de palma, sin las joyas que separadamente daban á los soldados, y las que al tiempo de beber los caballos les ponían dentro del agua, como que tambien necesitaban de ellas para apagar la sed ó la cólera; y porque de la otra parte de la sierra tenia su Estado Maitama, el más poderoso Cacique de la provincia, partió contra él el Maese de campo Sousa con cincuenta hombres, y aunque al romper del alba encontró algunos indios en una colina con pretension de defender la entrada, desbaratólos fácilmente, y al siguiente dia se alejó en el cercado de Maitama, quien, enterado de lo que habian obrado los demas señores, pidió tambien la paz, remitiendo para el efecto iguales presentes puestos en algunas varas que llevaban en hombros sus vasallos de dos en dos, de que pendian patenas, coronas, brazaletes y otras diversas figuras de oro.

Pacificada con esto la provincia, y pareciéndole á Robledo que en ella podria poblar, acordó enviar á su Maese de Campo á descubrir el Cauca abajo, donde se encontró con una famosa poblacion en que resolvió detenerse á la fiesta de la Resurreccion, con cuyo motivo la llamó el pueblo de la Pascua, de donde pasó á Pueblo Blanco y al de Zemifara, y corriendo la provincia de la Loma llegó hasta el pueblo de los Pobres, que hace frente á Buriticá, del cual revolvió á tiempo que se iban conspirando todas las naciones de la provincia de Arma contra los nuestros, como se reconocia de haber levantado las provisiones, muerto los indios y negros amigos que hallaban separados del ejército, y pretendido acometerlo en su mismo alojamiento, de que receloso Jorge Robledo resolvió dejar la provincia tan guerra como la halló á la entrada; y aunque al retirarse se descubrieron en las colinas y montes muchos indios armados, solamente sirvieron de que llamados de Robledo, y llevados la curiosidad y confianza de que podrian volver sin daño alguno, acudieron á saber lo que pretendia, que fué meterlos en ciertas casas que habia allí cerca y hacerles cortar las manos á unos, y las orejas y narices á otros, para que como correos de su desgracia manifestasen á los Caciques el sentimiento suyo, miéntras, prosiguiendo su marcha por los paises de los Pozos, Picaras y Carrapas, se conducia á la provincia de Quimbaya.

Esta provincia se comprende en la demarcacion ó confines de los Pantagoros, de que tratamos en el capítulo segundo del primer libro, y yace entre las ciudades de Ibagué Santa Ana de Anserma, puesta en tres grados de esta banda del Norte al Oeste de Santafé, y veinte y cinco leguas al Nordeste de Popayan: tendrá cuarenta y cinco millas de longitud y treinta de latitud, que corren entre los términos que le da el rio Cauca, hasta las sierra nevadas de los Andes, toda ella de tierra montuosa, y donde se producen más guaduas que en otra parte de Indias. Su temperamento ni es frio ni cálido; pero tan favorable á los españoles, que con él se conservan muchos años libres de enfermedades. Hay en ella un volcan de humo que respira en la gran sierra, bien conocida por sus laderas nombradas de Toche, en que por una barandilla de piedra, que los españoles han labrado en ellas, se transitó de Ibagué á Quimbaya: de esta sierra bajan muchos arroyos que riegan y fertilizan la provincia, y por los más de ellos hay fabricados puentes de guaduas que facilitan el paso aunque asustan con los columpios. Los naturales, así hombres como mujeres, son de buen parecer. No comian carne humana sí no era en alguna gran fiesta: fundian joyas de oro por la  idea de cuantas cosas veían: sus armas eran las comunes de los Pantagoros, lanzas, dardos y tiraderas. Cuando se congregaban y el vino habia hecho la operacion que suele en ellos, se dividian las mujeres en dos escuadrones y los hombres en otros dos, á cuya imitacion hacian lo mismo los de tierna edad, y al compas de cierto oía que formaban sus instrumentos roncos, se arrojaban varas y tiraderas, y acometian, de suerte que el juego remataba en muertes y heridas, abuso que hasta hoy permanece. En sus bailes guiaba uno ellos cantando al son de dos tamboretes que llevaba en las manos, y respondian todos cuantos le seguían, llevando el vaso de vino en la mano, de suerte que bailando bebian y cantaban los trabajos presentes y acaecimientos pasados. Reconocian que el hombre tenia algo que no era mortal; pero no sabian distinguir el alma del cuerpo, y lo más singular de ellos era tener ídolos.

Á esta provincia, pues, de Quimbaya, de que iba noticioso, arribó Jorge Robledo deseoso de poblar en ella alguna ciudad; pero la gente, mal contenta de lo que se le representaba. Á primeras vistas, le dió á entender cuánto mejor le hubiera sido fundarla en alguno de los paises que habian desamparado, pues el de Quimbaya mostraba ser todo él de cañaverales, y que, pues en las prósperas y adversas fortunas tenia experimentado el amor con que lo habian seguido, tuviese atencion á sus trabajos, y á que no los malograsen por alguna resolucion inconsiderada. Inclinárase con facilidad á esta propuesta el Capitan Jorge Robledo, siempre atento á no desabrir á su gente, si otros más cautos en hacer juicio de las provincias de las Indias no le advirtiesen el poco caso que se debe hacer de las apariencias mientras experimentado el país no descubre las calidades y secretos que oculta, y lo que convendria que Antes de elegir otro se reconociese aquel terreno por alguno de los Cabos del ejército. Prevaleció este parecer, y diósele órden al Capitan Suer de Nava para que con una tropa de infantes y algunos caballos penetrase hasta el centro de la provincia, examinando los defectos ó conveniencias de ella. Hízolo así á tiempo que todos los Caciques eran ya sabedores de su entrada; pero como hombres más dados al vicio y regalo que al trabajo y la guerra, cuidaron poco de ponerse en defensa, juzgando que aquella avenida de forasteros pasaría hacer pié en la provincia. De este parecer fué Tacurumbi, Cacique poderoso entre ellos que ambicioso de ganar nombre con los forasteros, ó atento á no recibir daño de las armas españolas, salió á Jorge Robledo y le dió un vaso de oro que pesaba muy poco ménos de ochocientos castellanos, sin otros menores en que sin tasa ostentó las señales de su riqueza.

No experimentó menores demostraciones el Capitan Suer de Nava, pues descubriendo, de muchas populosas ciudades por la provincia, hasta dar en los términos del gran valle á Cali, y revolviendo por diferente camino basta encontrarse con Robledo, rocogió gran suma de oro con que todos los señores de la tierra le acudian, y él aplicaba para sí, por no faltar á la costumbre con que los Capitanes de Indias las conquistaban por aquellos tiempos. Enterada, pues, la gente de Robledo con la relacion que dió Suer de Nava de las buenas calidades que habia reconocido en la provincia para los intereses á que miraban, resolvieron fundar una Villa en la parte llana que média entre los dos rios Otun y Quindio que, separados á poca distancia, corren á fertilizar la provincia, y llamáronla Cartago, en memoria de haberse intitulado cartaginenses sus pobladores, por haber subido los más que iban en el campo, desde la ciudad de Cartagena, con el licenciado Juan de Badillo y Capitan Luis Bernal. Fueron sus primeros Alcaldes Pedro López Patiño y Martin de Arriaga, y dejando Robledo en su lugar al Capitan Suer de Nava, con la mitad de la gente trató de pasar á Cali ó Anserna, donde se decia haber llegado el Adelantado Pascual de Andagoya con la propiedad del gobierno, de que no se disgustaba Robledo, por librarse de los temores con que se hallaba de Sebastian de Benalcázar; y tan empeñado se veia yá con la ambicion y esperanza de conseguir para sí el gobierno de todo lo que habia descubierto, que no acertaba á tener resolucion fija en la eleccion del Cabo á quien habia de obedecer.

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