CAPITULO
VII
ESGUAZADO EL CAUCA, PROSIGUE JORGE ROBLEDO SUS DESCUBRIMIENTOS
HASTA FUNDAR LA CIUDAD DE CARTAGO.
DEJAMOS el año pasado en la villa de Anserma al Gapitan Jorge
Robledo de vuelta de algunos descubrimientos logrados más con arte
que fuerza, y entrado el año de cuarenta, se hallaba deseoso de
proseguirlos por la otra banda del Cauca, empresa á que se resolvió
aun con todas las dificultades que representaba el esguazo de tan
caudaloso rio y la noticia de las naciones guerreras á que se
conducía, por ser de corazon ambicioso de fama y hallarse asistido
de la gente práctica que subió de Cartagena. Para este fin acordó
depositar los repartimientos de indios en los que pretendian quedar
por vecinos, y dejando en su lugar, al Capitan Ruy Vanégas, salió
de Anserma con cien infantes y treinta caballos, llevando por Maese
de campo al Comendador Hernan Rodríguez de Sousa y cuatro
Capitanes, que lo fueron Alvaro de Mendoza, Martin de Amoroto,
Gómez Fernández y el Capitan Vallejo, con muchos buenos soldados,
de quienes falta noticia, aunque no de todos, pues se hallan
memorias en diferentes escritores de haber seguido esta faccion
Antonio Pimentel, Alonso de Villacreces, Berrobi y Santiago, que
habian mejorado de las heridas que recibieron en el Darien, Diego
de Mendoza, Pedro de Ciesa de Leon, que escribió esta conquista de
Popayan y la del Reino de Quito; Francisco de Avendaño, Martin de
Arriaga, Giraldo Gil, Juan de Frades, Pedro de Velasco, Juan de
Tórres, Francisco Pérez Zambrana, Pedro López Patiño, Gerónimo de
Tejelo, Pedro de Bárrios, Juan Rubio, Alonso de Hóyos, Pedro Cobo,
Pedro Solano de Quiñónes, Antonio Redondo, Marcos Márquez y
Francisco de Frías, que iba por capellan del ejército: que llegado
al pueblo de Itra, por donde se angosta algo más que en otras
partes el Cauca, fabricó la necesidad ciertas balsas de guaduas en
que pasar los caballos y el corto bagaje que llevaban y permitian
las nuevas conquistas, bastando para conducirlas á la otra ribera
que dos indios nadadores fuesen delante tirando dos bejucos que
iban atados de las balsas y otros dos indios á la popa, que
sirviéndoles de timoneros gobernaban aquel mal compuesto bajel de
cañas. Los infantes atravesaron el rio de uno en uno puestos entre
dos guaduas unidas por los extremos con dos barrotes ligados, á
quienes gobernaban los indios nadando en la misma forma que á las
balsas mayores, sin que hasta aquel tiempo se hubiese visto
semejante traza de esguazar rica aun ménos peligrosos, cuyas
dificultades y trabajos dan clara muestra de la grandeza de ánimos
y robustez de cuerpos que por entonces se criaban en estos Reinos
de España.
Esguazado el Cauca, despachó embajadores Jorge Robledo á los
señores de la provincia de Carrapa ofreciéndoles su amistad; y
considerando ellos que sobre la guerra que tenian con Picara,
provincia enemiga, no les podia estar á cuento la de los
forasteros, la admitieron con gusto y con el mismo los tuvieron
alojados en su país cuarenta dias, socorriéndolos con víveres y
presentes de joyas de oro, y lo que fué más, con la noticia de que
atravesada la cordillera de los Andes hallarian la rica y deleitosa
provincia de Arbi, y ántes de atravesarla las de Picara, Paucura y
Pozo, abundantes de oro y pobladas de tanto gentío, como se
reconoceria de las guerras que sustentaban unas con otras. Con este
aviso determinó Jorge Robledo pasar á ellas pidiéndoles gente de
guerra que lo auxiliase en la que pretendia, hacer á los que no lo
admitiesen de paz. Los de Carrapa lo tuvieron á bien, más atentos á
la venganza de sus agravios antiguos que á la obligacion de la
reciente amistad, y diéronlo cuatro mil Gandules con que pasó á
Picara, provincia algo mayor y tan rica como la suya, donde sus
moradores habian tomado las armas; si bien despues del estruendo
militar, que terminó todo en amenazas, huyeron con infamia, dando
lugar a que los Carrapas en su alcance matasen algunos y
aprisionasen otros, que muertos despues á sangre fria, se comieron
en señal de su trofeo. Con semejante suceso tuvo ocasion el Capitan
Robledo de enviarles embajador ofreciéndoles de nuevo la paz, y
admitiéronla temerosos de los perros y caballos, ocurriendo á dar
la obediencia al Rey con la demostracion de un rico presente de
joyas. En todo lo cual se detuvo veinte dias, pasando al fin de
ellos á la provincia de Pozo, donde los Caciques tenian á los
umbrales de sus palacios grandes fortalezas fabricadas con
paredones de guaduas más gruesas que el muslo, sobre quienes
cargaban barbacoas de las mismas cañas á manera de azoteas, en que
se hacian los sacrificios de carne humana y desde donde las vigias
atalayaban la campaña.
Corre esta provincia desde los confines de los Carrapas, Picaras
y Paucures, que la ciñen por la una parte, hasta llegar con sus
poblaciones á beber las aguas del Cauca. Sus indios, en opinion de
algunos, competian en valor con los Pijaos: jamas soltaban las
armas, aun cuando labraban los campos: todos los martes
sacrificaban dos hombres á un ídolo que tenian de madera, tan
grande como un hombre de perfecta estatura, con los brazos abiertos
y puesto el rostro al nacimiento del sol. Á los que aprisionaban en
la guerra tenian encerrados en casas destinadas para ello, donde
los regalaban hasta que engordasen, y entonces los conducían á las
plazas en sus mayores fiestas, y haciéndolos poner de rodillas los
obligaban á que inclinasen las cabezas para matarlos, dándoles en
ellas con gruesas macanas; lo cual obedecian los miserables
cautivos tan sin mostrar flaqueza, que más parecía voluntaria que
violenta su desgracia. Preciábanse de traer su origen y derivar su
nobleza de la provincia de Arma, á quien imitan en el idioma y
costumbres, y era Capitan general de todos ellos su Cacique
Pimaraque, formidable á sus enemigos por las victorias conseguidas
de los Carrapas y Paucures, y tan despreciador de los nuestros, que
despues de celebrar, grandes sacrificios de carne humana, alistó
seis mil de ellos determinado á defender el paso de la sierra,
donde se acuarteló brioso.
Los españoles marchaban á este tiempo un rio abajo entre las
amenidades de frescas arboledas, y bien descuidados de encontrarse
con enemigo tan fiero en campaña tan hermosa; pero atentos á la
costumbre, iban sobresalientes los Capitanes Jorge Robledo y Alvaro
de Mendoza, Antonio Pimentel, Suer de Nava, Giraldo Gil, el
Capellan Francisco de Frias un trompeta, cuando oyendo el rumor
sordo que formaban los bárbaros, llamaron al Maestro de campo, que
acudió luego con Pedro de Cieza, Pedro de Velasco y otros infantes
y caballos que, juntos y ordenados, comenzaron á repechar la
cuesta, persuadidos á que no podrian hallar campo alguno que
resistiese su primor encuentro, aunque los tercios de ocho mil
Carrapas y Picaras que los iban auxiliando, mostraban temor de
llegar á batalla con los Pozos, cuanto ellos más atrevimiento,
llamando á los españoles mujeres, y diciéndoles otras semejantes
injurias, hasta que ganada la cumbre por Jorge Robledo, y avanzando
con los calles que le seguian, apellidando á Santiago, rompió por
el escuadron contrario sin recibir daño alguno de la multitud de
dardos que le arrojaban; pero como advirtiese que su trompeta
peleaba sin rodela y temiese más el ajeno que el propio peligro,
dióle su adarga habiendo muerto cuatro indios con la ballesta, tomó
otra vez la lanza, y peleando con ella convidábalos á voces con la
paz, á tiempo que el tiro de un dardo le atravesó la mano derecha,
obligándolo á desmontar del caballo por no perder la lanza, aunque
con peor suceso, pues al poner el pié en tierra le arrojaron otro
dardo que le entró un palmo por la espaldilla; en cuyo tiempo,
apretado al enemigo de los españoles, que ya tenian ganada la
cumbre huyó tan desordenado, que en su alcance tuvieron bien que
cenar y en que despicar enojo los indios auxiliares.
Los nuestros, que ya se hallaban victoriosos, viendo herido á su
Capitan, bramaban de coraje juramentados de no levantar la mano de
Pozo hasta vengarse, que brevemente consiguieron, pues poco más
adelante del sitio de la batalla tuvo el Maese de campo noticia de
que hasta mil Gandules con sus familias se habian fortificado en un
peñol vecino, y enminándose prestamente á él lo sitió por la parte
baja con los indios amigos y ganada la cumbre con sus infantes, y
echando por delante los perros, que á dos bocados abrian aqellos
miserables cuerpos hasta las entrañas, los atemorizó, de suerte
que, huyendo de aquel destrozo, elegian el despeño dejándose caer
de los riscos, ó quedaban al arbitrio de Picaras y Carrapas que,
como enemigos mortales suyos, no dejaban indio grande ni pequeño
que no matasen para comérselos crudos en el fervor del combate, de
que resultó volver, al Real con doscientas cargas de carne humana
que les sobraron para remitir de presente á sus tierras, cuyo
estrago, difundido por la provincia, necesitó á los Pozos á que
admitiesen la paz, acudiendo al ajuste de ella con ricos presentes
de oro que hicieron á Jorge Robledo quien hallándose mejor de las
heridas, despidió los Picaras y Carrapas, y con las tropas de Pozo
pasó á Paucura, donde gobernaba Pimaná, enemigo suyo, y tan
cauteloso, que prevenido de víveres para los españoles, y aceptada
la paz, derramó voz de, que los indios Pozo habian muerto algun
ganado de cerda del que los nuestros dejaban rezagado de que
sentido Robledo y quejoso de que no se le guardase amistad, mandó á
Suer de Nava con cincuenta hombres fuese á castigar el
atrevimiento, tan en gracia de los Paucures que convocados hasta
tres mil de ellos, siguieron á los nuestros, por no perder la
ocasion arruinar á sus contrarios, y entrados los unos y otros en
el país de Pozo, sin más averiguacion del delito, se dieron á
saquearlo y destruirlo, siendo lo más horroroso de la hostilidad
llevarse los de Paucura doscientos hombres en cuartos, para
comérselos con fiereza tan recibida entre ellos, que por
sustentarse de carne humana no habia seguridad de padres á hijos;
pero habiendo parecido el ganado despues del rompimiento, que
debiera excusarse, se asentó de nuevo la paz.
No teniendo más que hacer en Paucura, se encaminó Robledo á la
parte occidental en demanda de la provincia de Arma, á quien sin
razon llamasen el cronista Herrera la mayor del Perú, así por no
caer dentro de su demarcacion, como por no hacer cabeza entre las
equinocciales, si no es que imaginase comprenderlas todas dentro de
ella el que le dió la noticia; pero lo cierto es que la provincia
es buena, llana y fértil de semillas y raíces, y sobre todo rica de
minerales de oro. Sus moradores habitaban en los altos y laderas de
las serranías que tiene, en casas redondas y capases de quince y
veinte familias. Hallábanse medrosos con la fama que entre ellos
corria de que los españoles partian el cuerpo de un hombre de un
golpe de espada y de un bote de lanza lo atravesaban, y lo que más
les ponia horror era la ponderacion que se hacia de la furia con
que la jara salía de la ballesta y velocidad que llevaba, á que
comparaban la presteza y ferocidad de los caballos y perros. Pero
sin embargo de todo esto, y celebrados los sacrificios sobre si
les estaria mejor la guerra que la paz, se resolvieron á poner en
cobro sus familias (señal evidente de flaqueza de ánimo) y hacerse
fuertes en la cumbre de una loma por donde habian de pasar los
nuestros. Para este fin llamaron sus tropas, que acudieron
reconociendo cada cual su bandera, que siendo muchas, todas ellas
estaban sembradas de estrellas y otras figuras de oro finísimas.
Los Cabos, con vistosas plumas sobre los círculos de las coronas de
oro con que ceñian las cabezas, ostentaban hermosura en la misma
fiereza: las patenas y otras muchas joyas de su arreo causaban
admiracion, y la mayor fué, como despues se vió, hallar muchos de
aquellos bárbaros armados de piés á cabeza con chapas de oro
batido, causa para que á su provincia llamasen de los Armados, y
Arma á la dudad que despues se fundó en ella; en cuyo encuentro
pudiera muy bien hallar fundamentos para el crédito de su fábula,
el que derramó la voz mentida del Dorado. Pero toda esta bizarría y
prevencion militar que se mostraba en la sierra al estruendo de sus
bocinas, vino á parar en que despues de arrojadas muchas piedras la
cuesta abajo contra los nuestros, que á su pesar subian, se
resolviesen á volver las espaldas, en cuyo alcance perdieron gran
parte de la riqueza que ostentaron.
Con esto buen suceso prosiguió Robledo adelante á tiempo que las
reliquias del campo desbaratado , aumentadas de socorros, le tenian
tomado el paso de otra sierra, espera y dificultosa de subir á los
caballos: para cuyo remedio y justificacion de cualquiera facción
que emprendiese, les despachó embajadores, ofreciéndoles su amistad
y haciéndoles, por medio de intérpretes y dos escribanos que
llevaba, algunas protestas y requerimientos para que soltasen las
armas, de que se burlaban ellos respondiéndoles que para qué iban á
robar lo ajeno, que volviesen á sus tierras, pues ellos se estaban
pacíficos en las suyas, y levantando el grito arrojaban piedras y
dardos á los nuestros. Pero Jorge Robledo, al tiempo que rayaba el
sol más ardiente, animando á sus infantes, les ordenó que avanzasen
con rodelas, ballestas y perros, como lo hicieron, miéntras los
caballos, probando diferentes sendas, la hallaron para ganar la
eminencia á tiempo que los de á pié combatian esforzadamente con
los indios. Mas éstos, viendo sobre si los caballos y no
atreviéndose á esperar el choque de las lanzas, desampararon el
sitio que ocupaban (y por esta causa se llama desde entónces el
Puerto de los caballos), dando tiempo á que los nuestros en su
alcance hubiesen gran presa de joyas, que se acrecentó con las que
despues llevaron los señores de la tierra á Robledo; porque
desengañados de la ventaja que les tenian los españoles, y no
queriendo aventurarse más contra ellos, ocurrieron á pedirle paces,
cargados de presentes de oro en costillas de palma, sin las joyas
que separadamente daban á los soldados, y las que al tiempo de
beber los caballos les ponían dentro del agua, como que tambien
necesitaban de ellas para apagar la sed ó la cólera; y porque de la
otra parte de la sierra tenia su Estado Maitama, el más poderoso
Cacique de la provincia, partió contra él el Maese de campo Sousa
con cincuenta hombres, y aunque al romper del alba encontró algunos
indios en una colina con pretension de defender la entrada,
desbaratólos fácilmente, y al siguiente dia se alejó en el cercado
de Maitama, quien, enterado de lo que habian obrado los demas
señores, pidió tambien la paz, remitiendo para el efecto iguales
presentes puestos en algunas varas que llevaban en hombros sus
vasallos de dos en dos, de que pendian patenas, coronas, brazaletes
y otras diversas figuras de oro.
Pacificada con esto la provincia, y pareciéndole á Robledo que
en ella podria poblar, acordó enviar á su Maese de Campo á
descubrir el Cauca abajo, donde se encontró con una famosa
poblacion en que resolvió detenerse á la fiesta de la Resurreccion,
con cuyo motivo la llamó el pueblo de la Pascua, de donde pasó á
Pueblo Blanco y al de Zemifara, y corriendo la provincia de la Loma
llegó hasta el pueblo de los Pobres, que hace frente á Buriticá,
del cual revolvió á tiempo que se iban conspirando todas las
naciones de la provincia de Arma contra los nuestros, como se
reconocia de haber levantado las provisiones, muerto los indios y
negros amigos que hallaban separados del ejército, y pretendido
acometerlo en su mismo alojamiento, de que receloso Jorge Robledo
resolvió dejar la provincia tan guerra como la halló á la entrada;
y aunque al retirarse se descubrieron en las colinas y montes
muchos indios armados, solamente sirvieron de que llamados de
Robledo, y llevados la curiosidad y confianza de que podrian volver
sin daño alguno, acudieron á saber lo que pretendia, que fué
meterlos en ciertas casas que habia allí cerca y hacerles cortar
las manos á unos, y las orejas y narices á otros, para que como
correos de su desgracia manifestasen á los Caciques el sentimiento
suyo, miéntras, prosiguiendo su marcha por los paises de los Pozos,
Picaras y Carrapas, se conducia á la provincia de Quimbaya.
Esta provincia se comprende en la demarcacion ó confines de los
Pantagoros, de que tratamos en el capítulo segundo del primer
libro, y yace entre las ciudades de Ibagué Santa Ana de Anserma,
puesta en tres grados de esta banda del Norte al Oeste de Santafé,
y veinte y cinco leguas al Nordeste de Popayan: tendrá cuarenta y
cinco millas de longitud y treinta de latitud, que corren entre los
términos que le da el rio Cauca, hasta las sierra nevadas de los
Andes, toda ella de tierra montuosa, y donde se producen más
guaduas que en otra parte de Indias. Su temperamento ni es frio ni
cálido; pero tan favorable á los españoles, que con él se conservan
muchos años libres de enfermedades. Hay en ella un volcan de humo
que respira en la gran sierra, bien conocida por sus laderas
nombradas de Toche, en que por una barandilla de piedra, que los
españoles han labrado en ellas, se transitó de Ibagué á Quimbaya:
de esta sierra bajan muchos arroyos que riegan y fertilizan la
provincia, y por los más de ellos hay fabricados puentes de guaduas
que facilitan el paso aunque asustan con los columpios. Los
naturales, así hombres como mujeres, son de buen parecer. No comian
carne humana sí no era en alguna gran fiesta: fundian joyas de oro
por la idea de cuantas cosas veían: sus armas eran las comunes de
los Pantagoros, lanzas, dardos y tiraderas. Cuando se congregaban y
el vino habia hecho la operacion que suele en ellos, se dividian
las mujeres en dos escuadrones y los hombres en otros dos, á cuya
imitacion hacian lo mismo los de tierna edad, y al compas de cierto
oía que formaban sus instrumentos roncos, se arrojaban varas y
tiraderas, y acometian, de suerte que el juego remataba en muertes
y heridas, abuso que hasta hoy permanece. En sus bailes guiaba uno
ellos cantando al son de dos tamboretes que llevaba en las manos, y
respondian todos cuantos le seguían, llevando el vaso de vino en la
mano, de suerte que bailando bebian y cantaban los trabajos
presentes y acaecimientos pasados. Reconocian que el hombre tenia
algo que no era mortal; pero no sabian distinguir el alma del
cuerpo, y lo más singular de ellos era tener ídolos.
Á esta provincia, pues, de Quimbaya, de que iba noticioso,
arribó Jorge Robledo deseoso de poblar en ella alguna ciudad; pero
la gente, mal contenta de lo que se le representaba. Á primeras
vistas, le dió á entender cuánto mejor le hubiera sido fundarla en
alguno de los paises que habian desamparado, pues el de Quimbaya
mostraba ser todo él de cañaverales, y que, pues en las prósperas y
adversas fortunas tenia experimentado el amor con que lo habian
seguido, tuviese atencion á sus trabajos, y á que no los malograsen
por alguna resolucion inconsiderada. Inclinárase con facilidad á
esta propuesta el Capitan Jorge Robledo, siempre atento á no
desabrir á su gente, si otros más cautos en hacer juicio de las
provincias de las Indias no le advirtiesen el poco caso que se debe
hacer de las apariencias mientras experimentado el país no descubre
las calidades y secretos que oculta, y lo que convendria que Antes
de elegir otro se reconociese aquel terreno por alguno de los Cabos
del ejército. Prevaleció este parecer, y diósele órden al Capitan
Suer de Nava para que con una tropa de infantes y algunos caballos
penetrase hasta el centro de la provincia, examinando los defectos
ó conveniencias de ella. Hízolo así á tiempo que todos los Caciques
eran ya sabedores de su entrada; pero como hombres más dados al
vicio y regalo que al trabajo y la guerra, cuidaron poco de ponerse
en defensa, juzgando que aquella avenida de forasteros pasaría
hacer pié en la provincia. De este parecer fué Tacurumbi, Cacique
poderoso entre ellos que ambicioso de ganar nombre con los
forasteros, ó atento á no recibir daño de las armas españolas,
salió á Jorge Robledo y le dió un vaso de oro que pesaba muy poco
ménos de ochocientos castellanos, sin otros menores en que sin tasa
ostentó las señales de su riqueza.
No experimentó menores demostraciones el Capitan Suer de Nava,
pues descubriendo, de muchas populosas ciudades por la provincia,
hasta dar en los términos del gran valle á Cali, y revolviendo por
diferente camino basta encontrarse con Robledo, rocogió gran suma
de oro con que todos los señores de la tierra le acudian, y él
aplicaba para sí, por no faltar á la costumbre con que los
Capitanes de Indias las conquistaban por aquellos tiempos.
Enterada, pues, la gente de Robledo con la relacion que dió Suer de
Nava de las buenas calidades que habia reconocido en la provincia
para los intereses á que miraban, resolvieron fundar una Villa en
la parte llana que média entre los dos rios Otun y Quindio que,
separados á poca distancia, corren á fertilizar la provincia, y
llamáronla Cartago, en memoria de haberse intitulado cartaginenses
sus pobladores, por haber subido los más que iban en el campo,
desde la ciudad de Cartagena, con el licenciado Juan de Badillo y
Capitan Luis Bernal. Fueron sus primeros Alcaldes Pedro López
Patiño y Martin de Arriaga, y dejando Robledo en su lugar al
Capitan Suer de Nava, con la mitad de la gente trató de pasar á
Cali ó Anserna, donde se decia haber llegado el Adelantado Pascual
de Andagoya con la propiedad del gobierno, de que no se disgustaba
Robledo, por librarse de los temores con que se hallaba de
Sebastian de Benalcázar; y tan empeñado se veia yá con la ambicion
y esperanza de conseguir para sí el gobierno de todo lo que habia
descubierto, que no acertaba á tener resolucion fija en la eleccion
del Cabo á quien habia de obedecer.