CAPITULO VI
MONTALVO DE LUGO ENTRA EN EL REINO POR LOS LLANOS, Y EL CAPITAN
LANCHERO Á LA CONQUISTA DE MUZO, DE DONDE SALE DERROTADO POR LOS
PANCHES, Y GALEANO PROSIGUE LA GUERRA CON EL SABOYÁ CON MALA
FORTUNA.
CUANDO salió de Coro el General Nicolas Fedreman en demanda de
su gente, que le esperaba en el Tocuyo á cargo del Capitan Diego
Martínez, dejó en aquella ciudad al Capitan Lope Montalvo de Lugo,
caballero natural de Salamanca, grande amigo suyo, que prometió
seguirle en la jornada que emprendia con la más gente que pudiese
juntar en aquella gobernación. Apremiábale su palabra al
cumplimiento de la promesa, y habiendo levantado una compañía de
hasta cuarenta hombres, siguió los pasos de Fedreman en demanda del
rio Meta, que era el blanco de todas las entradas que se hacían de
Coro y Maracapana. Llegó con su gente á Barequizimeto al mismo
tiempo que el Capitan Pedro de Reinoso volvia derrotado al propio
sitio con una tropa de soldados, habiéndose dividido de otra que
llevaba á su cargo el Capitan Diego de Lozada, que la una y otra
eran reliquias de la última entrada que hizo el Gobernador Antonio
Sedeño. Alojáronse los dos Capitanes en Barequizimeto, muy vecinos
el uno del otro, y tratáronse al principio con mucha amistad; pero
habiendo entendido Lope Montalvo que la gente que llevaba Reinoso
era sin órden del Rey, y lo demas sucedido en la jornada de Sedeño,
prendió al Capitan Reinoso, y enviándole preso á Coro, y de allí á
Santo Domingo, le quitó la gente con que reformó su campo, y
siguiendo las mismas pisadas de Fedreman con varios trabajos y
encuentros de los indios llegó despues de algunos meses á Fosca con
ochenta hombres, y de allí á la ciudad de Santafé, que fué por los
fines del año de treinta y nueve, ó principios del de cuarenta,
donde fué muy bien recibido, así por el socorro que metia de gente
en el Reino á tan buena coyuntura, como por la calidad de la
persona, de quien ya se tenian buenas noticias.
Gobernaba entonces el Reino (como dijimos) Hernan Pérez de
Quesada, deseoso de emplearse en algunas facciones de reputación, y
hallábase con él Luis Lanchero, hombre noble y Capitan que habia
sido de la guarda del Emperador, sirviéndole en diferentes
empresas, y sido uno de los que se hallaron en el saco de Roma: y
aunque sus servicios pudieran detenerlo en España con bien fundadas
esperanzas de sus medias, corrian en la Europa tan vivas las
noticias de la mucha riqueza de las Indias, que, olvidado de sus
pretensiones, pasó á ellas por los fines del año de treinta y
cuatro, siendo uno de los soldados más principales del Gobernador
Gerónimo Hortal, á quien se habia concedido el gobierno de Tierra
firme (como dijimos) desde las bocas del rio Marañón hasta la
ensenada del puerto de la Burburata, que era término del gobierno
de los alemanes. Pero como en llegando Hortal á la fortaleza de
Pária nombrase por su Teniente general á Alonso de Herrera Olalla,
Cabo del presidio, fué tan grande el sentimiento que hicieron Luis
Lanchero y de Castro de no ser preferidos en aquel cargo, que lo
dieron sus quejas con más libertad y arrojo que permite el respeto
militar debido á los superiores. Con esta Qcasion la tuvo el
Gobernador para ponerlos presos en la fortaleza, miéntras disponia
lo necesario para la conquista de aquellas provincias y siéndole
preciso tomar la vuelta de Cubagua, se resolvió á llevarlos
aprisionados en el mismo navío, pareciéndole que si los dejaba en
la fortaleza, y siendo, como eran, hombres de mucho espíritu, les
daba ocasión para que en ausencia suya moviesen alguna alteracion
en el campo con sus parciales. habianle puesto á Luis Lanchero unas
esposas para más seguridad de su persona, y á poca distancia del
puerto dijo le lastimaban, y pidió se las quitasen para reconocer
la parte de donde le venia el daño: Y en quitándoselas las arrojó
al mar, de que se mostró tan sentido el Gobernador, que mandó lo
atasen; pero él hizo tal resistencia, que alborotó el navío, y
llegaran á más rompimiento, si Rodrigo de Niebla, valido de Hortal,
no tomara sobre su palabra presentarlo en la cárcel de Cubagua,
como lo hizo con él y Juan de Castro, aunque á pocos dias de
prisión rompieron la cárcel, y ganando una iglesia (aunque los
sitiaron) se defendieron tan valerosamente que se escaparon, y
corriendo varias fortunas arribaron á Maracaibo á tiempo que
pudieron entrar á la conquista del Nuevo Reino con Fedreman, dando
siempre en las ocasiones de más riesgo señales del valor con que
toda su vida sufrieron las adversidades civiles y militares.
Con este conocimiento que tenia Fernan Pérez, y la conveniencia
que hallabán sus aliados de quitarle de la vista un hombre de tanta
resolucion y entereza, dispusieron se le diese alguna conquista en
que apartándole de sí emplease sus brios. Era la más á propósito
para estos designios la de los Muzos y Colimas, de quienes corría
fama de buenos guerreros y de que habitaban una de las provincias
más ásperas del Nuevo Reino. Diósela Fernan Pérez, con facultad de
llevar consigo toda la gente que quisiese seguirlo. No lo pareció
entonces á Lanchero empresa de tantas dificultades como
representaba la fama, y se encontraron despues; y así, pareciéndole
que con cuarenta infantes y algunos caballos podria en poco tiempo
allanar la tierra, dispuso esta compañía, y con buen suceso,
habiendo penetrado en la provincia de Ebaté, en que muchos de sus
naturales estaban de guerra, arribó por la parte de Turtur á los
umbrales de Muzo. Yace esta provincia de los Muzos á Muuzua, tan
celebrada en el mundo por la riqueza de las esmeraldas que cria,
veinte y cuatro leguas al Noroeste de la ciudad de Santafé, y tiene
su principal población en siete grados de latitud al Norte. Es toda
ella de tierra montuosa, caliente y húmeda, muy estéril para crias
de ganados y semillas de España, y no muy abundante de las
naturales. Desde todas las sierras que tiene se descubren las
guardas del Norte y del Sur, que es una cruz formada de cuatro
estrellas: y por fines de agosto y quince de Marzo no hace sombra
el sol de medio dia por ninguna parte. Sus moradores eran
muchísimos y tan bárbaros, que afirmaban que al principio del mundo
hubo de la otra banda del rio grande de la Magdalena una sombra de
hombre que siempre estaba recostada, á quien llaman en su idioma
Are; y qúe esta sombra labró en madera los rostros de algunos
hombres y mujeres, y echándolos en el agua, se levantaron vivos, y
los casó y dividió despues para que cultivasen la tierra, y luego
se desapareció, dejándolos por primeros padres de todos los
indios.
En los más de sus ritos conformaban con las demas naciones del
Reino, ménos en los que aquí expresaremos, como fueron, no tener
por Dioses, ni adorarlos por tales, al sol ni á la luna, porque
decian que estos planetas se hicieron despues que los Muzos fueron
criados; aunque para más prueba de su barbaridad llamaban al sol,
padre y madre á la luna. Cuando moria el marido de muerte natural,
entraba el hermano del difunto heredando la mujer; pero cuando ella
era la causa de la muerte, no estaba obligado el hermano á recibir
la mujer en herencia: y aunque esto es muy raro en las Indias, una
de las costumbres más singulares de aquella nación era la que
observaban en el matrimonio; porque en teniendo la hija diez y seis
años, algo más ó ménos, concertaban los parientes el casamiento sin
darle parte á ella: y ajustado el trato, iba el desposado á ver á
la novia, y la asistia tres dias continuos halagándola, á que ella
correspondia todo aquel tiempo dándola de palos y puñadas; mas
habiendo pasado los tres dias, se aplacaba y le guisaba la comida
enviándosela con su madre á parienta más cercana. Á esto se añadia
que miéntras duraba aquella luna en que acaecia esto, dormian
juntos sin que se consumase el matrimonio, pena de que la tendrian
por mala mujer, y él asistía á la labor de una sementera para la
desposada, acompañado de la suegra, á quien entregaba las donas,
que eran unas faldillas con ciertos caracolillos pendientes, que
llaman suches, y suenan juntos á la manera de cascabeles
roncos.
Si tal vez la mujer cometia adulterio, sucedia flecharse el
marido y matarse con el enojo de su agravio, y si no quería
exponerse á este daño, se daba por satisfecho con quebrar cuantas
ollas y vasijas de barro y madera tenia, y se iba al monte más
cerrado, donde se estaba un mes, hasta que la mujer tenia la casa
proveida de otras vasijas, y lo iba á buscar, pero en hallándolo lo
arrastraba de los cabellos y le daba de coces, hasta que
descansados volvian conformes á su casa y si acaso el marido que se
flechó moria, se lo ponian muerto los parientes sobre las rodillas
á la mujer, y lo habia de llorar tres dias, sin comer ni beber más
de una poca de chicha: y pasados los tres dias la echaban de casa,
tostaban el marido al fuego, y tostado lo ponian sobre una
barbacoa, que le servia de túmulo, armado con sus flechas, macana y
capacete, y lo enterraban al fin del año, á que no asistia la
mujer, porque todo aquel tiempo andaba vagando, sin que alguno le
diese de comer, por lo cual se retiraba cultivar la tierra para
sustentarse, hasta que fenecido el entierro iban sus parientes y
los de su marido, muy conformes, y la llevaban con honra, y como á
tal la casaban segunda vez. Fueron antiguamente, y en diferentes
tiempos, sujetos los Muzos á los Nauras, gente feroz, y á los
Mozcas, que los oprimieron más con la muchedumbre que con el brio;
pero mostráronse despues tan valerosos, que lanzaron de su
provincia los Moscas á los términos de Simijaca, Saboyá y Vélez, y
á los Nauras á la estrechez del país que média entre los dos rios
de Carare y la Magdalena. Sus principales armas eran flechas
envenenadas, á que da muchos materiales la tierra, abundante de
culebras, yerbas ponzoñosas y escorpiones. Son más ardidosos que
todos los demas indios del Reino en valerse de hoyos disimulados,
trampas ocultas, puas envenenadas, fortificaciones y forma de
acometer y retirarse; con que habiendo causado infinitos daños
despues en las fronteras y con las entradas que hicieron algunos
Capitanes, llegaron á poner su conquista en términos de imposible,
si el descubrimiento las esmeraldas, de que trataremos despues, no
hubiera facilitado la empresa á la obstinacion de la codicia
española. Á esta provincia, pues, llegó el Capitan Luis Lanchero,
como dijimos, á los últimos del año de treinta y nueve; pero con
tan mal suceso por estar avisados los Muzos de los indios de Vélez,
que lo salieron á recibir á la entrada del monte con las armas en
las manos: y aunque peleó tan valerosamente que obligó á los indios
á que se retirasen dejándole libre el paso de sus provincias, fué
tan grande el brio y destreza con que lo acometieron, que le
mataron de aquel encuentro seis españoles y le hirieron ocho.
No por esto desmayaron los Muzos en convocar nuevas tropas para
su defensa, resueltos á morir ántes que sujetarse á los nuestros:
ni á Lanchero le pareció convenia á reputacion desistir tan á los
principios de la empresa, aunque reconocia ya por las primeras
experiencias que aquella conquista necesitaba de más fuerzas que
las suyas, aunque fuesen dobladas: y así, aliviada su gente y más
prevenido de armas defensivas, penetró la tierra (que es de las más
ásperas de todas las Indias, y tal que en ella solo sirven de
embarazo los caballos), dejándole los Muzos con buen ardid de
guerra entrar en el corazon de la provincia que sobre ser estéril
tenia retiradas las vituallas: y cuando vieron el campo español tan
falto de alimentos que necesitó de comerse los pocos caballos que
llevaba y de susterse con raices de árboles y cachipaes ó pisbaes
(de que ya hemos tratado y abunda aquella provincia), dieron tan
repentinamente sobre Lanchero, que le mataron doce hombres y le
hirieron otros; más fué tanto lo que aquel dia y los tres
siguientes obró el Capitan y los suyos, para no ser de todo punto
deshechos, que se retrajeron los indios como asombrados de que en
tan pocos hombres se hallase tanto valor: siendo lo más cierto
haber tenido de su parte socorro particular del Cielo, pues de otra
suerte no fuera posible sostener el ímpetu de más de diez mil
indios tan valerosos como podian serlo los más famosos del
mundo.
Con estos malos sucesos determinó Lanchero, mal herido de un
flechazo en los pechos, salirse de la provincia, dejando para otro
tiempo la conquista: discurria, empero, que siguiendo la derrota
por la misma parte que habia entrado, se exponia á que forzosamente
lo rompiesen los indios en la retirada: y cuando sucediese
dejársela libre, bastaria la penuria de víveres que padecia su
gente para consumirla en tan peligrosos caminos. Por otra parte lo
tenia confuso la falta de noticias de otro alguno que lo sacase de
tanto abismo de riesgos, aunque segun las que le daban algunos
prisioneros y el tanteo de la demarcación que hacia, se hallaba muy
cerca de los Panches, nacion tan feroz y atrevida como, la de los
Muzos, aunque ménos temida de Lanchero, por parecerlo que la cogia
descuidada estos designios: y así, pensando más en su consideracion
el riesgo notorio de penetrar otra vez la provincia de los Muzos,
que el contingente de hallar oposicion en los Panches, resolvió vió
aventurarse por su pais, y con el mayor recato que pudo, levantó su
campo y guiólo aquella derecera, más no tan secretamente que
avisados los Muzos por las espias que tenian á la mira, no
siguiesen inquietándolo continuamente hasta que lo lanzaron de su
provincia y entró en la de los Panches, que por no estar prevenidos
le dieron lugar para que á largas jornadas, y dejándose muertos los
más de los heridos, por falta de cura y actividad del veneno,
saliese derrotado por los dos Valles de Chinga al de los Alcázares,
y de allí á Santafé, donde lo dejaremos para proseguir con los
sucesos militares de Galeano, y hasta que la guerra de Muzo de
materia más sensible á la pluma.
Dejamos á Galeano victorioso del Saboyá y Thisquizoque,
obligándolos segunda vez á que se retrajesen acobardadas sus
tropas, porque á su despecho vieron sacar libre del hoyo al español
que habia caído en él: por lo cual, no teniéndose por seguras en
los más fuertes sitios que habia previsto la destreza del Saboyá
para su retirada, y sin bastar su autoridad y la de Thisquizoque
para detenerlas, dieron principio á desmandarse por diferentes
partes, pareciéndoles que solo tendrian seguridad en la fuga los
que no tuvieron dicha en el encuentro. Así lo aconseja el miedo
cuando tiene voto en los acuerdos arcanos del corazon, y así lo
ejecutaron los indios; pero no tan ciegamente que no eligiesen por
sendas para huir las que se hallaban libres del daño prevenido para
último arresto de su venganza : y para claridad de lo que escribo,
es de advertir que estas naciones mataron muchas veces más
españoles con la disposicion de una india vieja que con todas las
armas que usaban; porque á ésta la enviaban prevenida de puas
envenenadas y sutiles para ponerlas en los caminos y pasos forzosos
por donde habian de pasar los españoles, y ella, bien instruida de
su mala inclinacion, las sembraba tan fijas y ocultas, y con tal
órden, que raras veces se reconocian, hasta que con la herida
avisaban del peligro. De esta traza, pues, se habian valido en la
ocasion que refiero, y así muchos de los infantes y perros se
lastimaron, sin que se hallase remedio para escapar de una muerte
rabiosa, sino fué en Diego Ortiz, que se cortó la parte herida y la
cauterizó con fuego. La necesidad de acudir á este peligro les dió
traza á los infantes para escapar de él, usando de antiparas
estofadas de algodon por las plantas, cuando caminaban por lugares
sospechosos, y era remedio tan á propósito, que si tal vez
encontraban las puntas delicadas, se rompian en el colchado sin
llegar á lastimar la carne: aunque sucedió que cierto soldado,
natural de Portugal, llamado Antonio Pérez, estando bien confiado
del reparo que le habia dado la piel gruesa de una danta contra el
rigor de las puas, y no reparando que con el rocío del agua que
habian recogido las yerbas, se lo habia ablandado el calzado que
hizo de la piel, se lo atravesó una de aquellas puas envenenadas, y
con haberle picado apénas en el pié, murió al dia séptimo, sin que
le aprovechase remedio, con lástima de todos y bascas furiosas del
paciente : tan fieros y nocivos oran los mixtos de aquella
confeccion venenosa.
Apremiado Galeano más de este peligro que de las armas enemigas,
desamparó aquellas poblaciones y pasó á la provincia de Chebere
(una de las que permanecieron más obstinadas en la rebelion del
Saboyá y sus coligados), á donde se detuvo con varios encuentros y
batallas que, por ser todas de una calidad con las que tenemos
escritas, sin detener la pluma bastará decir que fueron tan
reñidas, que en una sola de ellas, entre otros muchos heridos, sacó
atravesado un brazo con el golpe de mi dardo y lastimada la pierna
de una pua Juan Fernández de Valenzuela, que en todas ocasiones se
habia mostrado valeroso soldado y caudillo, en cuya desgracia lo
imitó Francisco de Murcia, padre que fué de otro de su mismo nombre
y apellido, que dejado el estado del siglo eligió el del
sacerdocio; aunque estos dos por buena diligencia que se puso en
curarlos, vivieron muchos años despues, suerte que no tuvieron
Diego Martínez y Francisco Fernández de Ezija, excelentes soldados
que murieron de las heridas, con otros cuatro compañeros cuyos
nombres tiene sepultados el tiempo. Daño fué éste bien
considerable, y no se tuvo por menor el de dos valientes lebreles y
una yegua del Capitan Alonso de Poveda, que murieron tambien en la
batalla, tocados de la yerba ponzoñosa que usaban los enemigos: de
suerte que ya la guerra de Vélez era formidable, y si en los
encuentros acaecian muertes de los españoles, no les eran tan
penosas como la cruda hostilidad que padecian sin ver la cara al
enemigo, pues en ella perecia lo mejor del ejército; mas no por su
falta malogró algunas buenas ocasiones que tuvo de vengarse de los
daños recibidos, aunque no fueron equivalentes en la calidad,
excediendo tanto en la cantidad de los bárbaros muertos, y
castigados con el rigor de cortar á unos las manos y las narices á
otros.
Cansado Galeano de tan prolija guerra (pues ya lo que vamos
relatando pertenece al año de cuarenta y uno) en que habia perdido
gran parte de su gente, vacilaba en la resolucion que debia tomar
para hacerse temer de aquellas provincias siempre más pertinaces en
su rebeldia. Parecíale que sí retiraba su campo de la empresa,
hasta reformarlo de gente y fuerzas consumidas en el trabajo de
tantos dias, daba ocasion al enemigo para que estimando su potencia
en más, mantuviese la conspiracion, confiado en el ejercicio que ya
tenia en las armas, y en la flaqueza de los nuestros, obligados á
manifestarla con su retirada. Á. esto inconveniente, siempre
dañoso, se le oponia otro no ménos perjudicial sí quería evitarlo,
pues determinándose á proseguir la guerra en tiempo que se hallaba
tan menoscabado de infantería, y sin esperanza de alguna recluta en
que pudiera consistir la mayor seguridad, porque los caballos
servían de muy poco entre las asperezas de la tierra, se exponia á
padecer alguna rota de que resultase la pérdida de Vélez y la
reputacion de las armas españolas en que se fundaba la seguridad de
todo el Reino. Puesto, pues, entre estos dos inconvenientes, se los
representaba mayores el recelo de que los Muzos, de nacion belicosa
y confinante con sus enemigos y la más interesada en los buenos
sucesos que tuviesen, hacian liga con el Saboya y Thisquizoque, con
protesta firme de no soltar las armas hasta lanzar de la tierra á
los españoles, union de que podia esperar mucho daño y peores
consecuencias; y fundábase en que habiendo entrado en aquella
provincia por fines de este año de cuarenta el capita Luis Lanchero
con órden de Hernan Pérez de Quesada, le habian obligado los Muzos
con la resistencia y valor que mostraron á que saliese derrotado
por tierras de los Panches atreviéndose á sustentar la guerra con
cincuenta hombres que metió á la conquista de quienes habia perdido
la mayor parte: y así, cuidadosos los Muzos de sus intereses y con
fin oponerse á doscientos hombres que se prevenian contra ellos,
era muy verosímil (y lo acreditó la experiencia por cierto) que
hacian confederacion con el Saboyá y Thisquizoque, para dividir las
fuerzas españolas y auxiliarse en cualquiera ocasion de aprieto que
se viesen acometidos.
No se habian hallado ménos cuidadosas del suceso de Galeano las
ciudades de Santafé y Tunja, conociendo que las guerras de las
Indias no son ni fueron cuando á la entrada de los primeros
españoles se rindieron los naturales más al espanto de los caballos
que á armas; sino cuando desengañados de que no gran inmortales
sino hombres sujeto á las pasiones comunes, tomaron las armas
acreditándose guerreros en las rebeliones: y así, prevenido buen
socorro de infantes y caballos, lo encaminaron á Vélez y de allí
paso en demanda del campo español, llegando á tan buen tiempo á
Chebere, que sacó á Galeano de las dudas en que se hallaba, con que
animoso pasó á Turiungá, donde encontraron famosas ciudades
abastecidas de cuanta vitualla bastó para proseguir la guerra.
Estaban fortificados sus naturales con hoyos y puas, traza comun de
que ya se valian aquellas naciones para detener la furia de los
caballos, y para no ser cogidos sin prevencion tenian ocupados los
pasos del pais con gente de guerra. Pero los españoles,
escarmentados en los pasados lances marcharon con el recato
necesario descubriendo los engaños provenidos; mas no tan
favorablemente que no fuese con pérdida muy sensible, pues murieron
heridos de las puas Baltasar Moratin y Pedro de Alvarado; y tanto
fué más grave el daño cuanto se dilató la venganza, pues al tiempo
que se comenzaba la guerra en Tunungá y al en que los dos campos se
hallaban necesitados de romper en batalla, llegó al español un
aviso de Vélez en que le daban cuenta de cómo subia al Reino gente
de la costa, segun se colegia de la relacion de los indios, y que
si fuese verdad (que no la dudaban) era cierto ir con ella nuevo
Gobernador proveido por la Audiencia española, que en aquellos
tiempos tenia bien dilatada jurisdicción. Con esta nueva le pareció
á Galeano y demas Cabos suspender la guerra para mejor ocasion,
como aquélla no lo fuera, pareciéndoles que los intereses
asegurados que tenian en las tres ciudades se debian preferir á los
contingentes: y así lo ejecutaron volviendo cada cual á la ciudad
de donde era vecino, aunque por algun fin particular, y lo más
cierto por verse con el nuevo Gobernador, se quedó en la de Vélez
el Capitan Juan de Rivera, que ya era por fines del año de cuarenta
á principios del siguiente, miéntras soberbio el Saboyá, con
asaltos y correrías quietaba, auxiliado de los Muzos, las
provincias pacíficas con muertes y robos de los indios Mozcas.