CAPITULO V
FORMA EJÉRCITO TUNDAMA Y FORTIFÍCASE CONTRA BALTASAR MALDONADO:
ASÁLTALO ÉSTE EN SU ALOJAMIENTO, DONDE LO RECHAZAN. VUELVE SEGUNDA
VEZ AL ASALTO Y VENCE LA BATALLA DEL PANTANO DE LA GUERRA.
MIENTRAS Quesada corre con mala fortuna en Castilla, y los
Capitanes Martin Galeano y Jorge Robledo guerrean en las provincias
de Vélez y Popayan, los nuevos pobladores de la ciudad de Tunja,
ocupados en adelantar sus fábricas, padecian descomodidades, á
causa de no estar hecho el repartimiento de indios, hasta que
Fernan Pérez de Quesada, considerado el apuntamiento de los
Caciques, dió las encomiendas, no tan justificadamente que faltasen
quejas bien fundadas, y no resultasen agravios manifiestos
Persuadianse todos á que esta desigualdad en distribuir los
premios, y los desaciertos que tenia en su gobierno, nacian de
regirse por la dirección de los soldados de Benalcázar que sabian
usar bien del arte de la lisonja y de otros que inventa la
adulación en perjuicio de los que mandan, aunque entre ellos habia
muy honrados caballeros: y como Fernan Pérez estaba no ménos
apoderado de la vanidad que de la lascivia, vicios que de ordinario
siguen á la juventud y á la prosperidad; reconocida esta brecha por
la sagacidad de algunos del Perú, y con fin de ser preferidos en el
repartimiento, usaban del obsequio y del aplauso, dándoselo á los
empleos de la sensualidad que tenia con algunas de las mujeres que
habian llevado del Reino de Quito, pues habia hombre entre ellos
que introdujo en la tierra ciento y cincuenta piezas de servicio,
hombres y mujeres de amores, con quienes vivian desenfrenada. y
escandalosamente. Fué tan grande la cantidad de indios del Perú de
que vamos tratando, que obligó despues á que por buen gobierno se
poblasen en lugares y sitios conjuntos á los pueblos de los indios
Mozcas: y así, muy cerca de Fusagasugá se pobló una parcialidad que
se llamó de los Chachas; y aunque se conservó algunos años, hoy no
se halla otra señal de ellos que el nombre del sitio. Otra
parcialidad estuvo poblada en la sabana de Bogotá, muy cerca de la
punta de Chitasugá: llamóse el pueblo Cajamalca, y hoy se miran
allí los camellones ó surcos de los sembrados que hacian á mano. De
estas mujeres, pues, se decia que los soldados del Perú elegian las
más hermosas con fin de lograr sus pretensiones, y con conocimiento
que tenian de la flaqueza de Fernan Pérez, se las enviaban á su
casa con el primer pretexto que se les ofrecía, ya fuese de algun
mensaje, ya de llevar alguna vianda de regalo á que se daban con
demasía, para que puesto en ocasión tan próxima diese rienda á su
apetito, de quien se valian como medianero de sus conveniencias:
horrible delito! y que parece no haberlo acreditado tanto la verdad
del hecho como la emulación de los que despues se apellidaron
Caquecios; pero de cualquiera suerte que fuese, servirá de aviso á
los que gobiernan, para que procuren evitar tropiezo tan
perjudicial á su fama: pues las cabezas cortadas de muchos varones
ilustres, no acreditaron tanto de cruel al Rey D. Pedro de
Castilla, como las que dejó de cortar de aquellos que por subir á
primeros en su agrado, bajaron á terceros de su apetito.
De estos ilícitos medios vivian muy ajenos los soldados de Santa
Marta y Venezuela la, como gente que se mostró siempre sencilla y
sin doblez de intenciones ocultas, ántes enseñada á los trabajos de
la guerra y á las fatigas de la sed y hambre, pasaban con un poco
de maíz las más duras adversidades de la fortuna, y no hacian
reparo en que las empresas más arduas y peligrosas se las cometiese
Fernan Pérez, cuando á los otros adelantaba en conveniencias; pero
como el poco sentimiento ó disimulo no corre igual cuando se
reparte el agravio entre muchos, manifestaba sus quejas en público
Baltasar Maldonado, hombre intrépido y de valor, como lo habia
mostrado en los lances más arriesgados de la conquista; y llegando
á noticia de Fernan Pérez, que no podia negar la razón que tenia
para darlas quiso acallarlo, ocupándolo en sujetar á Sugamuxi, con
quien se mostró mucho más riguroso que templado, pasando en el
destrozo de la provincia, de los términos de la modestia á dejarse
llevar de su natural colérico, aunque se disculpaba diciendo haber
procedido en aquella forma por atemorizar á los caciques vecinos,
especialmente á Tundama, nuevamente encomendado á el por premio de
sus servicios: y aunque la suerte era de las mejores del Reino, se
dificultaba que la consiguiese, á causa de ser aquel señor hombre
belicoso y atrevido, de quien se tenian buenas experiencias y se
sabia que, fiado en sus armas, no trataba de reconocer vasallaje á
Baltasar Maldonado, determinado á defender su libertad del
victorioso campo de los españoles, que corria las tierras de
Sogamoso.
Con esta resolución que tenia Tundama llamó los tercios de los
señores de Soatá, Chitagoto, Serinza y Tobasia, y formó campo de
más de veinte mil hombres de guerra ejercitados en los pasados
encuentros y bien prevenidos de flechas, macanas, hondas y víveres
para muchos dias, se acuarteló en un campo llano y espacioso,
rodeado por la mayor parte de tierra anegadiza y pantanosa que
imposibilitaba el paso á los infantes y caballos, aunque lo
intentaran con manifiesto riesgo de perderse; y reconociendo que de
otro igual impedimento que pusiese á la invasión de los caballos
pendia la principal defensa de su campo, á causa de tener el sitio,
por la parte que mira á la sierra, libro la entrada por tierra
firme, labró de la una punta á la otra del pantano, que lo ceñía en
forma de média luna, un foso profundo y ancho, por el cual se
comunicaban sus aguas, y por el bordo interior del foso levantó
trincheras y paredones de tierra y céspedes trabados, de suerte
que, formando troneras para la flechería, pudiesen á un mismo
tiempo servirle para ofender á sus contrarios y resguardarse de
ellos. A esta fortificación (capaz de conservarse en ella, si
supieran aprovecharla, no solamente contra número tan corto de
españoles, sino contra el ejército más astuto de Flandes) añadió su
industria de que en contorno de los cuarteles se sembrasen agudas
puntas de macana, que estando ocultas en partes las más dispuestas
á poder asaltar los españoles les fuesen de tal embarazo, que sin
valerse de otras armas quedasen rechazados de la industria.
No pudo ocultarse á los nuestros la fama de tan pública
prevención de guerra, y así Maldonado, Cabo nombrado para la
empresa, y á quien más le competia allanarla por la resulta de los
intereses propios, llevó luego cuarenta caballos y sesenta infantes
escogidos, y con el tercio de los Yanaconas, que pasaba de dos mil
indios prácticos, marchó en busca de Tundama, y así que dió vista á
su ejército, reconoció el sitio y acuarteló el suyo donde no
pudiese dañarlo la batería continuada de las flechas, que por
instantes disparaba el campo contrario con grande voceria y ruido
de tambores y cornetas, en que mezclaban amenazas y vituperios
contra el nuestro español, que puesto en lugar abierto, y
extendiéndose cuanto le fué posible, sin que fuese de suerte que se
impidiese á poder concurrir unido en cualquier aprieto, trató de
asediar de tal manera al enemigo, que lo privase de nuevos socorros
de gente y víveres, á lo ménos miéntras hallase oportunidad para
asaltarlo dentro de sus fortificaciones, ó hasta que la penuria que
habia de ser consiguiente lo precisase á que desamparando el sitio,
saliese á pelear con el campo español, más perseverante en su
alojamiento, á causa de tener abiertos los pasos para las vituallas
y socorros de Tunja; y embarazados los de Tundama con la diligencia
de los caballos que corrian el país y estrechez del sitio á que se
habian reducido sus escuadrones. No era difícil de penetrar que la
intención de Tundama, inclinado á las armas y fortificado tan de
antemano, era de no sujetar la cerviz sin probar primero todos los
medios desesperados de una sangrienta batalla; pero el Capitan
Maldonado, deseoso de soldar las quiebras de crédito que padecia
por lo obrado en la provincia de Sogamoso, y queriendo justificar
la guerra con mover todos los medios que conducen á la paz,
acompañado de algunos caballos bien armados se acercó á poca
distancia del foso, y hecha señal de que pedia plática, por medio
de un buen interprete habló en esta forma:
Valeroso Tundama: de paz deseo verte, y fuera de la
fortificacion de ese pantano y foso que has elegido para ruina tuya
y de tu ejército: pues habiendo labrado el sepulcro de tus gentes
donde imaginas hallar defensa, reconocerás que no hay fuerza en tus
ardides para contrastar el poder y fortaleza de los cristianos. Y
aunque no se compadece dar consejo sus contrarios quien tiene
empuñadas las armas para ofenderlos, es tanta la inclinación que me
arrastra á estimar tu brio, que me obliga á decirte que si
pretendes fortalecer tus Estados y conservar su dominio, solo
podrás conseguirlo con el inexpugnable muro de la paz y amistad á
que te convido, y no con el riesgo fatal á que te expones. Con la
paz te llamo, y con tal conveniencia de tus intereses, que
sujetándote al poderoso Rey de las Españas y á mí, que en su nombre
estoy elegido para ampararte, hallarás en su real sombra todo
cuanto pudieras disponer para gozar quietamente la grandeza de tu
Estado. No es éste el tiempo de aconsejarte con tu espíritu
guerrero ni con la poca experiencia de los Cabos que te asisten; ni
pensar que nace de cobardia en mí lo que no mira más fin que el de
tu quietud, y el de excusar el horror de la sangre que ha de
derramar tu gente sin logro de su obligación. Vuelve los ojos á las
demas provincias de estos Reinos, y hallarás tantos ejemplos que te
aseguren de sano mi consejo, que sin descrédito de imitar á los
mayores Príncipes, rindas el cuello á quien ellos como vasallos
doblan la rodilla. Ninguno igualó al Zipa de Bogotá, y con muerte
de Tysquesuzha y desastre de Sacrezazipa, obedece su Reino á
nuestro Monarca: mayor señor que tú, lo que va de Rey á Cacique es
el Zaque de Tunja, y se confiesa vasallo; y aunque siempre serán
naciones valerosas las de los Panches y Muzos, ya publican,
desbaratadas en varios encuentros, que no bastan á resistir el
esfuerzo de nuestras armas.
Á todo cuanto dijo Maldonado estuvo aquella fiera multitud
atenta, y Tundama más que todos, si bien consultada la respuesta
con la celeridad de su espíritu ardiente, respondió así:
No soy tan bárbaro, famoso español, que ignore que la paz sea el
centro á que tiran las líneas de la circunferencia de este mundo;
pero tampoco quiero que vivas persuadido á que se me encubre que
las palabras blandas con que la propones desdices mucho de las
obras ásperas que ejecutas. Dulce tesoro es la paz con que me
convidas ¿quien podrá dudarlo sino los que saben que la mezclas con
los tributos injustos que cobras de los que te creen? y o resisto
como enseñado á cobrarlos. No por esto se me hiciera intolerable la
sujecion al gran Rey de las Españas, ántes me fuera de mucho agrado
darte obediencia y tributo como á señor supremo que reconocen y
veneran tantos monarcas; pero ¿quién dirá que Tundama dé al vasallo
los tributos que por grandeza se deben á su Rey? Esta sinrazon es
la que no sufriré cobarde, por ella me hallarás siempre armado en
la campaña, sin que permita mi honor que yo sirva á quien tan mal
sirve á su Rey; pues de tus mismas relaciones, y de las que hacen
tus compañeros de su clemencia y justicia, no es de creer que te
enviase á que nos mates y robes, sino con otro motivo más lícito,
que tendría su real ánimo; pero tú, muy encontrado á sus órdenes y
más bárbaro que los Panches y Muzos, bañas con nuestra sangre las
bocas, de tus alanos pues ellos la beben para apagar su hambre y
sed, y tú la derramas para inhumana ostentación de tu crueldad.
Despojas sacrilegamente los templos de nuestros dioses y saqueas
las casas de los hombres que no te han ofendido ni dado ocasión
para que las arruines; ¿quien, pues, elegirá á pasar por estas
afrentas, si no es insensible? ¿Ó quien dejará de redimirse de
vejaciones tales á costa de la propio vida? Bien sabes (proseguia
el bárbaro) que no fueron criadas mis gentes con menos privilegios
de la naturaleza que las tuyas. Ya tenemos experimentado que no son
inmortales ni hijas del Sol; y pues ellas no admiten sobre sí los
tributos inventados de la tiranía, no se te hará extraño que las
mias los rehusen con la determinacion que miras. Déjate de
reconvenirme con los ejemplos de los Zipas muertos, con más verdad
por las asechanzas de los tuyos y disposición errada de su mal
gobierno, ó porque no guerrearon con tan lícitas causas como las
que tengo, que por el valor de que blasonas; y prevente con los
vivos que te esperan, para desengañarte con este suceso de la dicha
con que siempre sale victorioso.
La última palabra acompañó con el tiro de una flecha que sirvió
de señal para que sucesivamente sus gentes descargasen tan densa
lluvia de saetas sobre Maldonado y los que le acompañaban, que le
obligaron á retirarse á paso largo hasta donde no pudiesen recibir
daño de los tiros. Vuelto, pues, á su alojamiento, cerró la noche y
disueltas las pláticas de la paz, cada cual de los campos cuidó de
sus centinelas, temeroso de alguna surtida. Amparada de las
tinieblas. Pero el Capitan Maldonado, mal sufrido de la vanidad de
Tundama deseoso de alguna facción con que amedrentarlo, despues de
varios discursos y consultas de sus Cabos, resolvió probar fortuna
al dia siguiente dándole un asalto por la parte del foso que le
parecia ménos arriesgada; y así, apénas se habia mostrado la luz
cuando dispuesta la infantería con sayos de armas, espadas y
rodelas y los jinetes en caballos encubertados con petos y celadas
y con aquel brio que heredaron en las regiones de España, se fueron
acercando á las fortificaciones, donde no ménos resuelto el
Tundama, esperaba con los suyos, que codiciosos de honra se
mostraban cubiertos de penachos y diademas de oro, petos,
brazaletes y otras joyas de que se arreabas los señores y gente
noble, haciendo á los rayos del sol vistoso alarde, como apetecido
de los asaltadores.
Las tropas de los señores de Chitagoto y Soatá, ménos
ejercitadas en tierra pantanosa, por ser criadas entre peñas y
montes, ocupaban el sitio que mira á la sierra por donde corria el
foso, y como éste escogieron los españoles para asaltar las
trincheras, por ser de mejor disposición para el gobierno de los
caballos, y con ese fin llevaban azadones y otros instrumentos para
abrir paso, apénas conocieron su intento los indios, cuando se
opusieron valientes, jugando diestramente sus armas. Pero como
éstas hallaban tanta defensa en sus enemigo y las ballestas
españolas hacian fiero estrago en ellos por más que se valian del
resguardo de las trincheras, con poca costa hubiera aprevechado la
industria y valor de los suyos, si poco cauteloso no hubiera
elegido la parte más profunda del foso para el avance; siendo así
que no era igual en todas partes y que pudiera haber tenido la
advertencia de sondarlo ántes, ó si Tundama, viendo el destrozo de
los suyos, no cargara con las compañías de picas y la mayor parte
de su gente á tan buen tiempo que los defensores se mantuvieron en
el puesto, que casi tenian perdido. Caian muertos muchos de los
bárbaros, y Maldonado con obstinacion grande reforzaba el asalto,
durando la mayor parte del dia; mas dábanse tan buena maña los
indios á jugar las picas y dardos, que viendo á muchos de los suyos
heridos, hubo de retirarse sin conseguir ningun buen efecto: fué
uno de los heridos Miguel Sánchez (de quien hemos hecho memoria en
otras partes) á quien atravesó, la rodela y la mano el tiro de una
flecha, que no quitó hasta despues de acabarse el combate: otro fué
Juan de Tórres Contréras, que atravesada la rodilla con un dardo,
de que toda su vida quedó liciado, peleó tan valerosamente como lo
hizo en cuantas ocasiones tuvo de cumplir con su sangre.
Retirado Baltasar Maldonado con los suyos, consideraba la
dificultad de la empresa y que cada dia crecia más á causa del
ánimo que cobraba Tundama; pues aunque imaginó al principio que con
las correrías del campo se adelantaría el asedio al ejército
enemigo, ya reconocia cuán imposible le era cerrar el paso á las
vituallas, porque los Sogamosos y Paipas, enemigos ocultos de los
españoles, enseñados á trajinar aquellos pantanos, las metían de
noche sin que pudiese impedírseles, y los Duitamas, criados por su
naturaleza con muy poco alimento, tenian cualquier socorro por
sobrado para no dejar el puesto. Combatido de estas consideraciones
y del tiempo que malograba en ellas, consultaba á los suyos por
instantes, sin que algun consejo le abriese camino á sus designios:
porque en el que convenían todos de que pidiese socorro á las
ciudades de Santafé y Tunja le parecía ser en descrédito suyo; pues
habiéndose ganado aquel Reino y vencido tantas batallas con treinta
caballos y poco más de ciento y treinta infantes, se diria que él
no podia vencer un Cacique particular con cien españoles y más de
dos mil Yanaconas, que no se mostraban ménos valientes que
ellos.
Por otra parte, se mostraba no ménos cuidadoso de la ruina de
Tundama aquel indio de quien tratamos en el capítulo tercero del
quinto libro, á quien le habia cortado la mano y las orejas porque
le aconsejó solicitase la paz con los extranjeros, y con este fin
andaba en el campo español esperando la ocasion de su venganza: y
como los que se precian de alcanzar y provenir los daños futuros
son los primeros que solicitan el cumplimiento de sus pronósticos,
cuando no son creidos de los que mandan, teniendo por menos
sensible el daño que resultare que la falibilidad de lo que
proponen, y este indio alcanzase que la total ruina del Tundama
consistia en que los caballos hallasen paso para acometerle dentro
de su alejamiento, no perdia diligencia en órden á este fin, y
entre las que hizo fué comunicarse con algunos parientes suyos, que
mal satisfechos de Tundama le asistian violentados; y con la
relacion que le hicieron de sus armas y fortificaciones, en que
penetró lo que más deseaba, se fué á Maldonado y le dijo no tuviese
recelo de acometer al enemigo por la parte del foso, porque era muy
diferente la profundidad que tenia en otras partes de aquella que
experimentó en el asalto antecedente; pues aunque el engaño que
causaban las aguas de que estaba lleno daba á entender ser
igualmente profundo, no era así en la realidad, sino tan al
contrario que por las más partes no tenia una vara de alto y la
latitud que mostraba más era de comodidad que de embarazo: que
probase segunda vez á dar otro avance aventurando los caballos por
la parte que él señalase y hallarla que la noticia que le habian
dado de todo no era fingida y el suceso próspero que esperaba seria
verdadero.
Persuadido, pues, Maldonado á que las noticias del indio eran
ciertas, y avergonzado de no haber reconocido luego que llegó con
su campo la profundidad del foso, accion reservada á la providencia
del Cabo, y que en vez de ejecutarla se habia gobernado por la
relación de otros indios sospechosos que le afirmaron ser todo él
de dos estados, pasó la noche con aquel desvelo que acompaña á los
que aspiran con las acciones futuras á intereses crecidos ó fama
gloriosa: y al dia siguiente, habiendo provenido su campo y
dispuesto que la infantería llevase azadones por si necesitase de
ellos, se fué acercando al foso puesto en batalla, y con
determinación fija de asaltar las trincheras en la forma que la vez
pasada; mas los indios, que no perdian acción de los españoles,
luego que vieron moverse coronaron las trincheras de las más
valientes naciones del ejército, librando su defensa en el número
de las tostadas picas, que por experiencia reconocian ser el arma
más á propósito para rechazar la osadia del campo español, que
habiendo llegado á corta distancia los motivó á dar la guazabara
acompañada del confuso estruendo de cornetas y caracoles marinos
que usaban en la guerra. Puestos, pues, los dos campos en tan
estrecho lance y resuelto Maldonado en reconocer el foso, mandó que
se adelantase la infantería al asalto, y el primero que se arrojó
al foso fué Pedro Ruiz Corredor, que casó despues con Elvira Pérez,
en quien tuvo por hijos á Miguel Pérez Corredor y á doña María,
mujer que fué de Alonso Sánchez Marchan: siguióle Alonso de
Aguilar, marido de doña Catalina de Róbles y padre de doña María,
que casó con D. Félix del Castillo, y de doña Ana, que casó con
Patiño de Aro. No fué ménos diligente Diego Montañés, ántes se
mostró tan valeroso, que mereció por, su sangre y hazañas casar con
doña Catalina, y Diego Montañés, su hijo, con doña Isabel, hijas de
D. de Várgas y hermanas de doña María de Tordoya, mujer que fué de
Francisco Yáñez, de Pedro Yáñez, que en esta guerra de Duitama se
portó valiente: y aunque Miguel Sánchez estaba mal herido, mostró
el aliento que siempre, embrazando la rodela mano con la herida y
llevando en la otra una espada que hubo de Francisco de Saldaña,
Secretario de Benalcázar, en precio de mil ducados, y dejó á sus
hijos, que lo fueron Fernando Mateos y Juan Sánchez de la Parra,
Regidor de Tunja.
Resistian los indios valerosamente el asalto, sin que los
españoles pudiesen ganar puesto en las trincheras, ántes cansados
del combate, que sustentaban con el agua á la cintura, estaban á
pique de ser muertos, cuando en su ayuda se arrojaron otros
soldados ménos valientes, como fueron Parédes y Calderon, padre del
Capitan Juan de la Fuente, llamado así por ser hijo de doña Leonor
de la Fuente, que, desengañada de las vanidades del siglo, donde
era muy rica, y conseguida licencia del marido, tomó despues el
habito, Santa Clara, donde acabó ejemplarmente. Y como ya Maldonado
habia descubierto la profundidad del foso, mandó avanzar los
caballos en socorro de los infantes, siendo los primeros Gómez de
Cifuéntes y Pedro Núñez de Cabrera, marido que fué de doña Isabel
Maldonado; y el Capitan Bartolomé Camacho, que muchos dias despues
casó con Isabel Pérez tuvo por hijas á Elvira Anastasia y á Isabel
Zambrano; y Juan de San Miguel, padre de Juan de Silva Collántes,
que los acompañó en el avance y se habia señalado en las conquistas
de Sogamoso, á quienes siguieron los infantes con ánimo de no
desistir del combate hasta ocupar les trincheras.
Aquí se encendió uno de los encuentros más sangrientos que
vieron aquellas edades y los españoles manifestaron bien lo que
puede su valor cuando hace reputación de las presas: porque
cargando todas las compañías de Tundama á la defensa, y constantes
españoles dentro del foso, parecian rocas á los combates de las
picas, dardos y piedras que cargaban sobre ellos. Pretendia cada
cual de los indios señalarse á riesgo de la vida, porque Tundama
con sus Cabos recorriendo los puestos, animaba á su gente con
voces, ya prometiendo premios á los que se mostraban valientes, ya
rigurosos castigos á los que cedian bardos. Ninguna diligencia de
buen Capitan dejó de obrar, empeñando su persona en parte que le
parecia más arriesgada; pero como el ardimiento de sus contrarios
era tal, que con la multitud enemiga crecia, todo cuanto obraban
los suyos no era bastante para que sistiesen del combate los
nuestros. La infantería, como más dispuesta para subir á las
tricheras, lo intentó muchas veces; pero eran tales los golpes de
las picas y piedras que pican en los escudos, que, rechazados,
caian al foso, aunque á costa de muchas muertes sus contrarios: ni
hacian ménos estrago desmontados los jinetes, en los que intentaban
medir las picas indianas con las lanzas españolas; mas eran tantos
los vivos que á porfía ocupaban el lugar de los muertos, que sin
reconocerse la falta en el ejército entero que batallaba, solo se
descubria la mortandad en el horror con que se mostraban
sangrientas aguas del foso, donde los cuerpos muertos caian.
Todo era confusion de voces el uno y el otro ejército, y todo
teatro de lastimosas tragedias el campo, cuando Jorge de Olmeda,
que, lleno de sudor y sangre peleaba de los primeros, montando en
su caballo y dándolo de espuelas por la parte que le pareció más
trecha, le obligó á poner de un salto las manos sobre lo alto del,
foso; y fué tan poderoso el resuello del bruto, ocasionado de la
fatiga, que, apartándose algo medrosos los más canos, tuvo lugar
desembarazado para que, animándolo segunda vez, subiese arriba: y
la tierra era firme, y llana, apretándole las piernas corrió por
ella atropellando á cuantos le ponían delante y por buena suerte
libraban del choque de la lanza. Por la misma parte se aventuró
Maldonado con buena fortuna, y en pos de él Mateo Sánchez
Cogolludo, padre de María Sanz, que casó con el Capitan Juan de
Villanueva. Tal turbacion causaron los tres caballos en los indios,
que hasta aquel punto habian resistido el asalto, que, conocida por
los españoles del foso la tibiesa con que se defendian,
determinaron hacer la última prueba, y con este fin, puestos en
ala, acometieron de manera á los indios que, rota la trinchera,
entraron en sus cuarteles, donde creció la mortandad, cuanto la
ventaja del sitio daba lugar para valerse de las armas españolas.
Tundama, entónces, que se habia hallado en lo mas peligroso de la
batalla peleando por su misma persona, viendo roto su ejército y
aquella bárbara muchedumbre amedrentada, puesto delante de los que
huian los detenia para que volviesen á la batalla, donde muriesen
con honra; pero importaba ya tan poco su respeto, que solo trataban
de salvarse entre la confusion del estrago y la sangre, por las
partes más ocultas del pantano, dejando por señores de la fortaleza
y del campo á los nuestros. Es fama comun que murieron en esta
batalla y en la antecedente más de cuatro mil indios, siendo otros
tantos casi los heridos; porque los Yanaconas no hicieron ménos
muertes que los nuestros. Llámase generalmente la batalla del
Pantano de la guerra, nombre que le han dado al sitio para padrón
de los tiempos: y sucedió á quince dias de Diciembre de mil
quinientos y treinta y nueve años.
Aunque fué de los últimos en retiraras Tundama, se portó tan
gallardo en defenderse con sus guardas y algunos señores que le
asistían, que sin soltar el arco de la mano y haciendo muchas veces
rostro al campo victorioso, se retiró con órden á vista de los
nuestros. Estos, ganada la victoria, se dieron á saquear los
alojamientos, donde el despojo fué crecidísimo de mantas, joyas y
cautivos, con quienes se mostraron no poco rigurosos los
vencedores. Mas Tundama, sin perderse de ánimo, porque las
adversidades no predominan en los varones grandes, recogió con toda
celeridad las reliquias de su ejército en Duitama, y pasando á
Serinza con nuevos socorros que le dieron los Caciques comarcanos
de Gámeza y Busbanzá, revolvió á mostrarse más feroz en la campaña;
pero como rara vez acontece bailar desquite el que pierde en los
juegos de la fortuna, aunque intentó mejorarla en otras tres ó
cuatro ocasiones bien reñidas, en todas quedó vencido y tan
destrozado, que eligió al año siguiente en que vamos, doblar la
cerviz á un perpetuo vasallaje: pues no pudiendo huir la suerte á
que lo tenian destinado sus malos sucesos, envió á Maldonado
embajadores con ricos presentes, y entendida la pretensión del
dueño, tuvieron grato acogimiento, llevando el seguro que pedian
para volver con Tundama, que luego partió al campo español, donde
fué bien recibido de Maldonado, dándole algunas preseas de Castilla
para obligarlo más á su obediencia, en que lo halló puntual el poco
tiempo que vivió, por haber sucedido despues que llevándole en
cierta ocasión los tributos que lo tenia repartidos, y se pagaban
en oro labrado, los recibió Maldonado, y teniendo de costumbre
remachar las joyas con un martillo para fundirlas y labrar tejos de
ellas, lo dijo á Tundama que por qué no llevaba junta la cantidad
de oro que fuese bastante para cumplir la demora; como si pudiera
tener tasa lo que entónces se cobraba sin término; á que el Cacique
respondió con algun desabrimiento, y ménos sufrido Maldonado de lo
que debiera, le dió con el martillo en la cabeza y lo mató. Lástima
bien considerable y caso en que se experimenta que la
reconciliación entre dos enemigos es fuego disimulado en las
cenizas de dos corazones, que con cualquier soplo de ira descubren
los incendios con que se abrasan. Este fin tuvo Tundama, varon
constante, que pasó por todos los estados de fortuna, desde un
nacimiento feliz hasta una muerte desastrada, y desde el dominio
del baston y del solio hasta la sujecion del tributo y la
afrenta.
Bien arrepentido Maldonado despues del suceso, se quejaba
siempre de su cólera y poca prudencia; mas despues que llegó Miguel
Diaz de Armendariz á gobernar aquél Reino, le hizo cargo por este
delito y otros castigos ejecutados con exceso y lo privó de los
repartimientos que tenia; pero él, dándose por agraviado y apelando
al Licenciado Pedro de la Gasca, que por aquel tiempo gobernaba los
Reinos del Perú, pareció ante él y supo darse tal maña en el
Tribunal superior que tenia, que lo dió por libre y restituido á
sus Encomiendas; y sin embargo ni falta quien alabe á Gasca de
justiciero ni faltó quien lo acusase de omiso. Tan vario es el
sentir de los hombres y tan diversas las resoluciones á que obligan
las circunstancias que concurren en los negocios. Vuelto Maldonado
al Reino, porque lo digamos de una vez, vivió lo restante de su
vida como cristiano y honrado caballero y despues de él Alonso
Maldonado de Carvajal, su hijo, que lo sucedió en la Encomienda,
aunque por su temprana muerte faltó sucesion legítima, y Duitama se
incorporó en la corona real despues que sus naturales ganaron el
renombre de los más valerosos de tierra fria. Sucedióle á Tundama
en el cacicazgo, reducido ya á ménos soberania y más cortos
términos, un sobrino suyo á quien bautizó don Fr. Juan ,de los
Bárrios, primer Arzobispo de Santafé, y lo llamó don Juan, cuya
muerte no fué ménos lastimosa que la del tio, por culpa del doctor
Luis de Meza, uno de los Oidores de Santafé, como refiere
Castellános, pues con fin de que le descubriese la parte donde
tenia oculto su tesoro, lo trató con tal rigor, que despojándole de
sus vestiduras, ligadas mis manos atras y con una soga al cuello,
lo hizo pasear públicamente á vista de sus vasallos por las calles
de su misma corte: afrenta que sintió tanto que se ahorcó él mismo,
sin que lo viese alguno de sus criados; si bien como entónces no
faltaba cuchillo para semejantes Jueces, no se le disimuló á Meza
este delito con otros, como diremos despues.