CAPITULO
III
AGRAVIADO THISQUIZOQUE DE LA TIRANÍA DE JUAN GASCON, HACE LIGA CON
EL SABOYA, TOMA LAS ARMAS Y LE QUITA LA VIDA. - FERNA PÉREZ DE
QUESADA SOCORRE Á VÉLEZ, MIÉNTRAS VUELTO GALEANO Y AUXILIADO DE
CÉSPEDES Y RIVERA ROMPE LA GUERRA CON LOS REBELDES.
AL tiempo que salió el Capitan Martin Galeano con su gente para
las empresas que han referido, dejó por caudillo de la restante,
para asegurar la nueva ciudad Vélez, al Capitan Juan Fernández de
Valenzuela, persona á propósito para la guerra, aunque para excusar
ocasiones de encenderle, poco vigilante: pues en vez de castigarlos
disimulaba los desafuers de los dueños de indios, que á titulo de
defensores que se apellidan, procuraban solamente sacar jugo de
donde ni había sustancia ni virtud para satisfacer la sed de su
cedida. De estos Encomenderos era uno Juan Gascon, aquel primer
Alcalde nombrado en la fundacion de Vélez, y el que con más
importunidad violentaba por instantes á que le llevasen oro los
indios que por suerte le habian caído, que fueron los de la
Capitanía de Thisquizoque, repartimiento entónces de consideracion,
aunque para su mal. Estos, pues siendo llamados por Gascon para que
le diesen más tributos sobre los dados, que no habian sido pocos,
acudieron con puntualidad, y despues de presentarle Thisquizoque
joyas tan buenas que merecian corresponderle con mucho agasajo, no
solamente no consiguieron alguno sus dádivas, pero irritado Gascon
más que otras veces, y menospreciando el tributo, le dijo al
Capitan palabras tan injuriosas, que la más decente fué llamarlo
infame, y que como tal daba los tributos sacados por alambique, y
que se persuadiese á que si no entregaba la guaca que tenia oculta,
había de quemarlo vivo. El Capitan, con rencor disimulado y
apariencia humilde, le respondió que lo que había dado en cuanto
podia haber hecho por entónces; pero que si pretendia que en lo
futuro fuesen más crecidos los tributos, seria muy conveniente que
la paga no se hiciese en Vélez sino en su mismo pueblo, porque los
vasallos en ausencia del dueño siempre andarian cortos con las
contribuciones: inconveniente que no se hallaría teniéndolo á la
vista, pues influyendo respeto su presencia, aun en los más parcos,
y representado por él lo que debia darse, siempre seria
considerable el donativo ó tributo, pues cada cual desearia
señalarse para ganar su agrado.
Alegre Juan Gascon de la respuesta, alagó á Thisquizoque con
promesa de serle amigo si cumpliese la suya. Piensan los que mandan
que con un agrado sobrepuesto borran los agravios de marca que
hacen en los súbditos, y juzga la codicia que no hay peligro donde
se propone el interes: y así, con aquel hidrópico anhelo que ahoga
los corazones humanos y no les consiente avisar con latidos los
riesgos que nacen de la imprudente confianza, pidió licencia al
Capitan Valenzuela, pareciéndole error conocido no aprovecharse de
aquella ocasion que se le venía á las manos; y tantos fueron los
ruegos que interpuso, que lo consiguió, con advertencia de que
fuese con aviso y recato de la traicion, que tan de ordinario se
viste de la capa del agasajo. Apercibido, pues, Gascon de sus armas
y caballo, y estimulado de su codicia, salió de Vélez con seis
amigos suyos, muy buenos soldados, con espadas y rodelas, de los
cuales eran los dos de Santa Marta, que fueron Benito Sarco y
Bartolomé Sánchez, y los cuatro de Venezuela, á quienes seguian
algunos Anaconas con gusto, y con el mismo llegaron á la casa de
Thisquizoque, donde entre obsequios fingidos les hizo muchos
regalos que sirviesen de disfraz á los malos intentos que tenia
ocultos: y viéndolos alojados, se despidió diciendo que para más
festejo suyo disponia salir á caza de venados con los monteros más
diestros de aquel país, donde se deleitarian mucho con ver el gamo
herido de la volante flecha ó prisionero de la engañosa red, y que
concluido aquel cortejo cumpliría la promesa que tenia hecha,
ordenando que sus vasallos les diesen tanto oro, que todos quedasen
satisfechos de su liberalidad. Despidióse con esto á ejecutar el
sangriento enojo que tenia esculpido en el corazon; pero no de
suerte que entre los españoles faltase quien tuviese el suyo
combatido de sospechas: y así, Benito Sarco, vuelto á los demas
compañeros, dijo que temía mucho aquella caza de ciervos, que á su
entender había de convertirse en la de sus vidas, pues tan sin
acuerdo se habían encerrado al arbitrio unos bárbaros quejosos, que
era muy posible que todos los pasos estuviesen cogidos, cuando
ellos con tanto descuido trataban de entregarse al sueño; y que
pues ya no podia discurrirse otro remedio, velasen todos y al
caballo no le quitasen la silla, ni se descuidasen con un perro que
llevaban de ayuda.
No pareció mala advertencia á los compañeros, y considerado más
bien el riesgo en que estaban, velaron toda la noche, y
Thisquizoque, por su parte, no se descuidó en dar aviso á los
Capitanes y Caciques comarcanos, especialmente al Saboyá, que se
hallaba deseoso de encontrar ocasion semejante, y aun por ventura
fué el principal autor de la rebelion y primer consultor del
engaño. En fin, despues de amanecer, al tiempo que los españoles
estaban en mira vacilando entre las ondas de varios discursos, unas
veces de los que ocasionaba el riesgo que corrian entre gente
agraviada y bestial, con quien la rasen ni el ruego tienen cabida ;
y otras de los que proponia la esperanza de no ser ofendidos, por
haberse pasado la noche sin acometimiento enemigo, vieron bajar por
una loma rasa que tenian de frente más de seiscientos indios bien
armados de dardos, flechas y macanas, sembradas las esbozas de
plumas, uso comun que observan cuando salen á guerras, cazas y
ejercicios en que concurren todos: causa porqué los españoles no
podian certificarse de la intencion que los movia; pero segun la
muestra y denuedo que llevaban, se inclinaron á creer lo peor, y
fué lo cierto; y así bien apercibidos y montado á caballo Juan
Gascon, salieron al encuentro no mostrando alteracion alguna, ántes
bien fingiendo adelantarse á recibirlos hasta que hicieron alto
sosegados en sitio donde el caballo pudiese obrar sin
embarazos.
Desatóse brevemente la duda, porque llegando los indios á poca
distancia de los españoles, resonaron sus cornetas y dieron la
guazabara que acostumbran en el rompimiento de las batallas,
disparando al mismo tiempo tan densa nube de flechas envenenadas,
que no dejaron en los escudos y escaulpiles lugar libro para
repetir nuevos tiros, amenazando con todos fin desastrado á los
nuestros, de que sin particular socorro del cielo era imposible
escapar: y así, viéndose Juan Gascon en el centro de aquellos
peligros á que su destemplanza lo habia arrastrado, con voz algo
turbada pedia á sus compañeros le perdonasen haber sido la causa de
la perdicion de todos. Díjoles que pues sus desafueros habian dado
el motivo justa para vengarse aquellos bárbaros, se arrepentía
verdaderamente de sus yerros y le pesaba de hallarse en ocasion que
para librarlos, no tuviese la seguridad en sus brazos ó en su
muerte la esperanza de redimir las vidas de los que peligraban sin
culpa, que solo confiasen en el poderoso brazo de Dios y se
portasen de suerte que cumpliendo con la obligacion de buenos
españoles, no llegasen vivos á manos de aquellos infieles, donde su
fiereza con dilatados tormentos les diese muchas muertes. Esto
dicho brevemente, mandó soltar el perro, y dando de espuelas al
caballo y siguiéndole los seis camaradas, no se mostraron leones y
tigres más feroces entre corderos que aquellos siete españoles
entre las escuadras de seiscientos enemigos; porque desesperados de
la vida á causa de hallarse heridos de las venenosas flechas que dé
todas partes disparaba aquella canalla embravecida, presumiendo
cogerlos vivos en confianza de su ligereza y fuerzas, cortaban
cabezas, destrozaban cuerpos, y en los más abrian puertas por donde
la última respiracion los desamparase; pero nada bastaba donde por
un contrario que moria sustituian ciento en su lugar. Encarnizado
el perro, despedazaba tantos enemigos él solo como los siete
españoles, y sobresalia de fuerte Juan Gascon en desbaratar tropas,
que acreditó bien lo que en valor y armas se aventajaba á los
compañeros. Crecia el alboroto, la sangre inundaba, la grita y la
confusion cobraban fuerzas y cuanto más se iba trabando el ardor de
la pelea tanto más se encendian las iras, indignaciones y espanto;
porque los unos, ya que no pueden redimir las vidas, quieren,
vendiéndolas caras, que compren sus enemigos á toda costa la
victoria; y los otros, viendo tantas pérdidas, no desisten de coger
á más precio el fruto de sus venganzas.
Hallábanse ya los siete españoles cercados por todas partos y no
ménos formidables á la vista que fieras acosadas de garrochas; la
sed era insufrible á causa del trabajo y ardiente que padecían, y
el mayor remedio que esperaban consistia en la certidumbre de la
muerte que temían y llegaba por todas partes, pues en todas
encontraban nuevos peligros en que estrenar su valor desalentado.
Tales se hallaban ya los infelices guerreros, que los cansados
brazos no correspondian al esfuerzo invencible del corazon; ántes
acreditados de remisos daban señales de que los vasos mortales
rotos por diferentes partes caminaban á toda priesa á una quiebra
lastimosa. Atravesado el perro á flechazos, habia muerto, y el
caballo, abiertos los ijares, fué despojo leal de un campo bruto,
cayendo á tiempo que Juan Gascon, desamparando los estribos, hizo á
pié con la lanza cuanto pudo admirarse en Alejandro. Mas, para qué
esfuerzo tan malogrado? Y de qué sirve barajar diligente quien
tiene contra sí echada la suerte de una mala fortuna? Por todas
partes peleaba combatido de enemigos, hasta que el golpe de una
macana le quitó de la cabeza la celada borgoñona y de otro rindió
la vida, remate último de su codicia. La lanza quedó por despojo
principal de los indios, y el Capitan que la hubo en suerte la
apreció en tanto, que siempre usó de ella en los encuentros que
despues se siguieron á éste, como de presea que podia comunicarle
valor y fortaleza invencible. Pero engañóse su presuncion humana,
pues guardó para su mal el instrumento, con que le atravesó el
pecho el Capitan Juan de Rivera, á tiempo que perdiendo su própia
lanza se la quitó á este bárbaro con valentía y aseguró su vida
despues en un fiero combate en que se halló cercado de quince mil
indios Mazos, con solos dos infantes y el uno estropeado de una
pierna, de cuyas hazañas trataremos á su tiempo; y volviendo al
hilo de la historia, fueron muertos en la batalla de Thisquizoque,
demas de Juan Gascon, los seis españoles de su compañía, despues
que valerosamente acreditaron su nacion invencible, aunque se dijo
que el uno de ellos habia escapado con algunos Yanaconas y por
estar tomados los pasos solamente logró la diligencia en dilatar
algo más su fin lastimoso; mas, lo cierto fué que murieron todos,
sin que de ellos llegase más de un judío á la ciudad de Vélez, que
reservó el cielo para correo del infortunio.
No causó la muerte de Juan Gascon y sus compañeros poca
turbacion en los vecinos de la ciudad de Vélez, á causa de hallarse
con flaca defensa para la invasion que amenazaba el principio de
tan mal suceso y la avilantes que habian cobrado los indios
rebeldes y parciales de Thisquizoque, que forzosamente renovarian
los trabajos padecidos en vez de permitirles descanso
necesitándolos á volver á la conquista con mayor riesgo y
dificultades que á los principios. Sospechaban que las provincias
todas habían de concurrir unidas á la conspiracion, pues á todas
tocaba el interes de la libertad y á todas era odioso el nombre de
los Encomenderos, introducidos más para su ruina que para su amparo
: y para asegurarse de este peligro cercano, ocurrieron á Santafé á
pedir socorro de gente á Fernan Pérez de Quesada, que por aquel
tiempo gobernaba el Nuevo Reino de Granada. por nombramiento de su
hermano D. Gonzalo, que ya habia partido para la Costa en compañía
de Fedreman y Benalcázar, como dijimos. Enterado, pues, Fernando
Pérez del riesgo en que se hallaba aquella ciudad, y discurriendo
que un remedio acelerado, aunque pequeño, suele tal vez preservar
de grandes enfermedades, que puede introducir la dilacion ó el
descuido, mandó salir con toda brevedad cincuenta infantes y
caballos gobernados por los Capitanes Juan de Céspedes y Juan de
Rivera, que apresurado el paso llegaron á Vélez un dia Antes que
Martin Galeano arribase de Guane: con que asegurada la ciudad, y
resolviendo conformes cuán acertado seria proceder luego al
castigo, porque la remision no aumentase btrios al atrevimiento de
los indios; apercibidos setenta infantes, de quienes fué Cabo
Galeano, y nueve caballos solamente, gobernados por Céspedes,
Rivera y el Capitan Zorro, por no ser á propósito para la guerra
que emprendian en tierras tan ásperas, pues la noticia que ya
tenian era de que el concurso de las naciones rebeladas se había
entrado á fortificar en los montes de Orta y Cocomé, en los
confines de Agatá, donde pensaban defenderse y aun dar batalla á
los españoles, sin dejar las armas hasta lanzarlos de sus
provincias, determinaron anticiparse en el acometimiento,
prevenidos de espadas, rodelas y ballestas.
Ya era entrado el mes de Mayo cuando Martin Galeano empezó á
marchar por las altas sierras de los Agataes, cuyas aldeas y
lugares vieron desiertos, sin hallar en ellos cosa de que poder
echar mano, ni señal por donde pudiesen saber la parte en que
estaban ocultos. Pero como bien experimentados los Capitanes y
algunos soldados en descubrir las sendas y retiros de los indios,
hicieron algunas diligencias hasta dar en una vereda mal hollada y
tan estrecha, que más parecía de fieras que de hombres; mas la
perseverancia que tuvieron en seguirla, descubrió que cuanto más se
dilataba tanto más se reconocia trillada hasta dar en un camino
abierto, que mostró ser el que tenian los indios para recogerse á
la maleza de los montos: y así lo siguieron hasta encontrarse con
la singla de unas peñas que se les puso delante, desde donde
descubrieron otra de no ménos elevacion y tan poco distante de la
primera, que alcanzaban las flechas de tina single á otra ; porque
puestos en la segunda muchos escuadrones de Gandules armados, y
viendo á los que esperaban en aquel sitio ventajoso, con la noticia
que ya tenian de su entrada, tocaron los instrumentos roncos de sus
cornetas y fotutos, y les dieron una grita confusa de amenazas (ó
por hablar en su idioma) la guazabara, que mezclan con el
rompimiento, pues sucesivamente prosiguieron dando cargas densas de
flechas envenenadas.
Sobresalia entro los bárbaros uno de gallarda disposicion,
mostrándose en todas sus acciones buen Capitan del ejército que
gobernaba, y siendo el que en las palabras y tiros del arco embebia
la ofensa más sensible del campo español, pues había herido un
valiente lebrel y muerto otro. Señalábase tambien entre los
nuestros en el manejo de la ballesta Alonso Martin, soldado viejo
de los de Fedreman, que mal sufrido del valor de aquel indio, puso
un duro harpon en la cureña, y eligiéndolo por blanco de su
destreza, le tiró de suerte que atravesado por el costado izquierdo
y muerto del golpe, que lo cogió en la extremidad de la peña, cayó
precipitado por más de cien estados; hasta dar en el camino de
abajo, por donde habían de pasar los nuestros para ganar la singla
en que estaban los contrarios. Pero viendo éstos la impensada
muerte de Agatá, Capitan el más práctico en las guerras anteriores,
cuyo corazon obstinado ni guardaba fe ni excusaba peligro, y otras
muchas que demas de ésta hicieron los ballesteros con sus jaras, y
que la municion de su flechería faltaba, se fueron retrayendo á
buen paso para ganar otras cumbres inaccesibles en que fortificarse
de nuevo. Mas conocida la intencion por la sagacidad de los
nuestros, siguieron aceleradamente el alcance, en que los perros
eran las armas más ofensivas, haciendo en los miserables indios tan
fiero estrago, que, obligados de aquella impía hostilidad, se
derramaban por diferentes caminos sus escuadras, procurando cada
cual hallar abrigo en la aspereza de los montes ó en la soledad de
las grutas, para ampararse de su dureza contra la de los españoles
que, gozosos de la victoria y saqueando los alojamientos, hallaron
no ménos abundancia de víveres que de otras preseas de
estimacion.
Lograda esta suerte, en que el Saboyá fué el ménos perjudicado,
descansaron dos ó tres dias y luego marcharon á Thisquizoque, donde
habia dispuesto Galeano que lo esperasen los Capitanes Céspedes y
Rivera con los caballos, por ser aquella tierra más dispuesta para
valerse de ellos. Pasaron por el pais de Popona, y bebiéndose
alojado en un pueblo sujeto al Capitan Cappa, se les juntaron los
caballos y al siguiente dia siguieron el camino de Thisquizoque,
distante poco más de una legua: y como fué forzoso ir marchando á
média ladera, y los indios esperaban aquella ocasion, dieron tal
carga de flechería y piedras, que pareció milagro no perecer todo
el campo por no haber podido ganar la cuesta; con que pareciéndole
á Galeano el medio más seguro para escapar su gente dividirla en
tropas y que apresurasen el paso, de que resultaría el menor daño,
lo dispuso así ; pero al tiempo que llegaban al principal lugar de
Thisquizoque, se encontraron con un buen trozo de flecheros que,
haciendo ostentacion de los despojos de Juan Gascon y de los suyos,
como eran la lanza y las espadas, trabaron la pelea: y aunque en
ella hacian maravillas los nuestros, no fué posible recobrar
aquellas armas españolas, que por escarnio les mostraban, á causa
de irles cargando nuevas tropas de enemigos, que no ménos soberbios
que valiente, rompían el aire á voces publicando su enojo con el
silbo marcial de los arcos, y mostrándose tan bravos en el primer
ataque, que hubiera perecido el campo español á no disponer la
fortuna que se mejorasen de puesto: pues como llegasen á verse en
parte ménos áspera para el manejo de los nueve caballos, se dieron
tan buena maña en romper las tropas del enemigo, que, desordenadas,
dieron lugar á recobrarse del aprieto era que se hallaban nuestros
infantes.
Señalábanse en valor y destreza Céspedes, Rivera y el Zorro, los
mejores jinetes que entraron en las conquistas del Nuevo Reino:
ejecutaban muertes y heridas en los contrarios que más sobresalian;
y amparada ya de los caballos, obraba la infantería española
hazañas ajenas de toda esperanza, porque la quiebra de una
reputacion perdida no puede soldarse sino es con, los desquites
nobles de un corazon avergonzado, siendo uno de aquel número
Gonzalo García, vecino que fué de Vélez y despues de Tunja y padre
de Sebastian García, que le sucedió en los méritos y corto premio
del repartimiento que le dieron. Los más gallardos enemigos fueron
los primeros trofeos de las armas españolas: asi acaban siempre los
valerosos; y no sé que sea mérito salir con vida de lance en que
los mejores perecen. Viéndose, pues, tan quebrantados los
escuadrones de Thisquizoque, tocó retirarse con órden á partes
dispuestas para defenderse con el abrigo que le hacian ciertos
hoyos sutilmente cubiertos de espartillo: ardid que usan pera la
caza de venados y otros animales. Los de á caballo, en sintiendo
la retirada, se empeñaron en seguir el alcance, de que resultó que
uno de los jinetes que remitió Fernan Pérez al socorro, cayese en
uno de ellos: y visto por los indios, cargaron tantos á quitarle la
vida, que fué necesario todo el valor de los españoles para que no
lo consiguiesen. Allí se renovó fieramente la batalla con dobladas
muertes que en el primer encuentro; pero los ánimos enseñados una
vez á volver las espaldas, casi siempre peligran en su primera
infamia. No llegaban los nuestros á ciento y los indios parecían
innumerables, sin que pueda negárseles el espíritu guerrero que
habian cobrado en la escuela militar del Saboyá y Thisquizoque; y
sin embargo cedió el número al valor: porque á corazones enseñados
á vencer los mayores números, sólo sirven de aumentar despojos
gloriosamente.