CAPITULO II
SALE GALEANO Á LA CONQUISTA DE GUANE: MUEVE LA GUERRA EN CHALALÁ, Y
SÍGUELA CON MATAREGUA HASTA VENCERLO EN BATALLA. PELEA CON
GUANENTÁ: ROMPE LAS TROPAS DE BUTAREGUA Y Á LA FAMA DE SUS
VICTORIAS SE LE RINDEN OTRAS NACIONES.
VEINTE dias corrian del mes de Enero del año de mil quinientos y
cuarenta, cuando bien prevenido de armas y gente salió de la ciudad
de Vélez el campo español, gobernado por el Capitan Martin Galeano,
en demanda de Guane, de que tenian bastantes noticias. Yace esta
provincia á la parte del Oriente de dicha ciudad, con distancia de
veinte leguas: tendrá de circuito poco más de treinta y seis
millas, aseguradas por la parte de Oriente con la muralla que labró
la naturaleza de una peña tajada que vulgarmente llaman, la Singla,
y corre Norte Sur algo torcida y por más distancia de la que ocupa
la provincia por la parte que hacen frente los Guanea la divide el
rápido curso del rio Sogamoso, que, corriendo arrebatadamente por
aquellos términos, se junta con el de Suárez y el de Chalalá, hasta
que mezclados se confunden con la grandeza del rio de la Magdalena
de suerte que: por la parte baja de la Singla al Ocaso tienen su
asiento los Guanes, y en lo alto de la peña hay campañas rasas,
excepto la más cercana, que llaman la mesa de Jerira, que sola ella
tendrá de circunvalacion veinte millas de tierras limpias,
fértiles, llanas y apacibles, que son bien dilatadas dehesas y
gozan de tan favorables influjos, que si allí hubieran poblado los
españoles conservando los naturales de la provincia, hubieran
ejecutado un acierto de que resultaran grandes conveniencias.
Aunque la mayor parte del país de Guane es pedregosa, todo lo
demas del suelo que se habita es de admirable temperamento, ni
caliente ni frio: está limpio de montañas y como lo bañan vientos
saludables, nada contrarios á la fertilidad, se hallan en él todas
las frutas y flores de buen gusto y olor y se conservan por las
cuatro estaciones del año trasplantadas á huertas de riego que por
acequias conducen sus moradores de los arroyos que se despeñen de
aquellas cumbres. Dánse con facilidad las semillas y frutas de
Castilla, y produjeran con abundancia las viñas si hubiera poblada
ciudad de españoles ó los que lo habitan se aplicaran á tenerlas,
especialmente en Jerira. Confinan con esta provincia las arenas del
rio del oro y los veneros de las vetas de Pamplona: y así Guanentá,
Rey de aquellas tierras, á quien los demas Capitanes y señores
reconocían por el superior de todos, tenia su palacio en aquella
mesa, por gozar de más apacible cielo que la parte inferior.
vestian los naturales telas y lienzos de algodon de diferentes
colores; y tienen dos calidades que singularmente los diferencian
de las otras naciones del Nuevo Reino. La primera, exceder las
mujeres en belleza, blancura y disposicion mí ha demas que se han
visto: y la segundar acomodarse con tanta facilidad al idioma
español, que son las que más clara y perfectamente lo hablan, en
que las imitaban los varones entónces más diestros en manejar las
armas de que usaban, como son dardos, lanzas, hondas y macanas.
Con estas noticias, que los obligaron á prevenirse de escudos,
morriones y celadas, entraron en aquella provincia cincuenta
españoles, de los cuales eran los seis de á caballo, y despues de
esguazar á Conatuba, rio rápido, se encaminaron á la parte de
arriba por un valle que corría hacia donde comenzaba la poblacion
de los Guanes, con intento de sujetar la corte de Guanentá la
primera, para que con el ejemplo de la cabeza ó los menores pueblos
se diesen de paz ó recelasen el estrago más grande donde la
resistencia fuese más flaca: siendo cualquiera de los dos efectos
medio seguro para proseguir el allanamiento de la provincia dando
vuelta hacia Vélez y sujetando con ménos costo y fatiga las
naciones que pretendiesen ponerse en defensa. Las primeras casas
que descubrieron fueron las de Poazaque, pueblo que gobernaba el
Capitan Corbáraque, retirado entónces á los montes con el temor que
engendraban en el pais las noticias derramadas de la invasion de
los extranjeros. Mas diéronse tan buena maña éstos, que lo hubieron
á las manos, y enterados de que era hombre de valor y mucha fama
entre aquellas naciones, asentaron paces con él, con promesa de ser
guardadas fielmente por ambas partes, con que el indio reconociese
vasallaje al Rey de España, militase debajo de sus banderas y
admitiese al español que le diesen por Encomendero, cuya obligacion
era ampararlo en su real nombre: mas no suele conformar siempre el
sonido de la proteccion con las obras del protector, ántes de
ordinario andan reñidos en los Encomenderos, como que no caben en
un sujeto. Con el mismo trato y promesas fueron recibidos en otro
valle que confina con Poazaque; y ántes de él en Poima, que les dió
telas bien labradas de algodon y ricas joyas de oro. De allí
pasaron á Chalalá, donde se detuvieron ocho dias á causa de
mostraras más animosos sus naturales en defensa de la libertad y en
resistir los tratados de la paz con las armas en las manos,
obligando al campo español á que en muchos reencuentros y alcances
prendiese á muchos de los contrarios, especialmente mujeres por
todo extremo hermosas: y corriendo las riberas del rio Sogamoso
pasó por grandes lugares desamparados ya de sus vecinos, porque el
temor de la guerra los necesitó a dejar sus casas al arbitrio de
los españoles, en que hallaren mucha ropa de algodon y algunas
partidas de oro.
Así talaban los pueblos y sembrados, cuando revolviendo sobre el
país de Guane se les dió noticia de Mataregua, Capitan belicoso y
rico, en cuya demanda partieron luego inciertos de la paz y
asegurados del saco y pillaje por la fama que corria de sus
riquezas: y porque los caballos no hallaban senda para ir
derechamente por la parte más baja que las guias mostraban, á causa
de las grandes asperezas, cuchillas y despeños que se descubrían,
fueron los infantes por aquella parte con los Anaconas (que viene á
ser cierto género de indios amigos y de servicio, que con el abrigo
de los españoles se muestran valerosos en la guerra y con la
codicia de las presas la apetecen) y el Capitan Galeano, llevando
siempre á la vista su infantería, hubo de marchar por lo alto de la
cuchilla donde está formada una loma limpia de piedras y montaña;
pero cuando los infantes dieron vista á la poblacion de Mataregua,
fundada entre aquellas peñas (donde no podian servir los caballos
ni pudieron bajar cuando los llamó la ocasion, por no encontrar
senda que no fuese precipicio), acometieron con valor y destreza á
tomar la puerta de la principal casa (que por su grandeza mostraba
ser el alcázar del Capitan) aunque no con tanto silencio y dicha
que no fuese el asalto sentido: y así aunque sobresaltadas las
guardas de Mataregua que se hallaban dentro, salieron á resistir la
entrada con un bien dispuesto escuadron de picas, obligando con
ellas á detener el paso á los nuestros y á valerse de los escudos
para reparo de los botes contrarios, no ménos peligrosos que los
del batallon más diestro de Suizaros. Íbase encendiendo la refriega
cuanto se aumentaba más el coraje de los unos por la defensa propia
y el de los otros por conservar la fama adquirida; de que resultaba
batallar tan iguales, que si tal vez ganaban puesto los españoles,
luego lo perdian obligados de las picas, siendo por muchas horas
alternados los buenos y malos sucesos, hasta que Pedro Vásquez,
jóven acelerado y valiente, deseoso de lograr el corte de su espada
en uno de sus contrarios, se desunió de los compañeros descuidado
del abrigo de la rodela á tan mal tiempo, que el golpe de una
tostada pica regido del impulso de Mataregua, le rompió las
arterias y dió, con su muerte el último desengaño de su fatalidad.
Luego asieron los indios del cuerpo difunto, arrastrándolo hasta
los umbrales de la puerta, donde encendieron más vivamente el
combate, y tal, que los nuestros no pudieron recobrar el cadáver,
aunque estimulados de la honra acometieron dos veces á romper el
escuadren de picas que otras tantas los rechazó con valentía.
Rebosaba la cólera en los españoles con la provocacion de la
afrenta que padecian viendo los brios de sus contrarios, y
resueltos á probar el último trance, determinaron, puestos en ala,
morir con gloria ó vencer con valor, á que demas de lo referido les
obligaba el reconocer que al ruido de la batalla acudian nuevas
tropas de bárbaros de los burgos vecinos con lanzas, piedras y
otras armas que el aprieto les suministraba; y que sí la brevedad
de la victoria no los sacaba de aquel peligro, habian de parecer
con la dilacion oprimidos de sus contrarios. Puesta, pues, la
esperanza en Dios y en la fuerza de sus brazos, asi cierran
confiados que rompen por las picas con tal denuedo, que de los
primeros encuentros cayeron trece de los enemigos que se mostraban
más valerosos, sin otros heridos: con que desflaquecidos los
indios, y amortiguado aquel valor y constancia con que se mantenian
firmes, comenzaron á retirarse con órden, aunque embestidos de
nuevo acabaron huyendo desordenados, de tal suerte, que nuestros
españoles quedaron por dueños del pueblo y alcazar, y bien
necesitados de alivio, y más Pedro de Salazar, que habiéndose
señalado, sacó dos lanzadas de que padeció muchos dias. Ya entónces
Galeano, que miraba la batalla con envidia y el aprieto de los
suyos con dolor, habia encontrado senda para los caballos,
impaciente de no haber podido bajar al tiempo que resonaba la
guazabara de los indios y el estruendo que percibia de las armas
españolas, aunque en caso que lo hubiera conseguido no fuera
posible hacer efecto (como dijimos) por las peñas, que de
cualquiera parte hacian estorbo; Pero finalmente, pasada la
refriega llegaron á la parte donde vieron muerto al desgraciado
Pedro Vásquez, á quien dieron el sepulcro más decente que permiten
las campañas: y luego discurrieron por las casas dándolas á saco,
aunque de muy poca consideracion, por haberse ya ocultado lo más
sustancial con prevencion anticipada; y así, desconsolados con la
falta de presa y luz del dia, se alojaron en la casa de Mataregua,
dispuestos á resistir cualquiera invasion impensada á que los
provocasen las centinelas.
Apénas comenzaron á descansar los fatigados cuerpos de los
infantes, cuando Martin Galeano, que no paraba visitando las
centinelas, considerando por una parte el sitio arriesgado en que
se hallaba su campo, y por otra el valor y disciplina que habia
reconocido en Mataregua, corno quien estaba bien ejercitado en
aquellas lides, al tiempo de rendir el primer cuarto despertó sus
Cabos, y en pocas palabras les dió á entender la poca seguridad del
puesto que ocupaban, en caso que los indios se determinasen á
acometerlos con el amparo de la noche: pues siendo, como era, el
terreno que hollaban tan áspero y embarazado de piedras, siempre
ventajoso á los contrarios, enseñados á guerrear desnudos, y el que
dominaba al pueblo en la parte más alta, páramo llano y limpio, de
más comodidad para mandar los caballos, en que consistía la fuerza
más principal, tenia por desatino notorio no desamparar lo más
presto que pudiesen el pueblo; porque si no lo engañaba el
discurso, habian de tener sobre sí aquel bárbaro gentío al romper
del alba, tiempo de que se valian aquellas naciones para sus
contiendas, aun cuando no tenían tan favorables los sitios, y que
así juzgaba por lo más conveniente valerse del descuido del enemigo
y del amparo de las sombras para ganar la cumbre, donde aunque
ocurriese la muchedumbre de bárbaros, asegurarian con la
resistencia las vidas. Conformes los soldados entónces con el
acuerdo de su Cabo, marcharon con silencio hasta lo más elevado de
aquella parte por donde bajaron los caballos, y en lo raso del
páramo se acuartelaron, deteniéndose por espacio de tres dias en
reformar los caballos, á quienes por falta de herraduras se las
hicieron de oro bajo, porque sin ellas no era posible caminar sin
despearse en tan pedregosas sendas de aquella provincia ocupada de
innumerable gentío, pues solamente en el ámbito de lo que
propiamente se llama Guane, habia treinta mil casas habitadas de á
dos y tres vecinos, con mujeres y familias: de suerte que aquella
corta provincia parecía el manantial de los indios, y así, por ser
número tan corto el de los españoles y el terreno de la manera que
va referido, y que por haberse desunido Pedro Vásquez del cuerpo de
la infantería perdió la vida, tomaron la empresa con más recato,
valiéndose de la prevencion posible para cualquier accidente.
Firmes permanecian los españoles en su puesto, advirtiendo en
que de todas parte se mostraban ejércitos de indios armados y se
escuchaba el estruendo de cornetas y tambores, que sin cesar de dia
ni de noche (á que añadian fieros y amenazas), tenian en continuo
desvelo todo el campo mas, viendo Galeano que de parte de los
bárbaros se excusaba él rompimiento, y que á la comodidad de su
gente y crédito de las armas españolas era perjudicial tanta
detencion, resolvió salir en demanda de ellos con fin de reconocer
sus población, y la primera en que dió fué la Corte de Guanentá,
mayor que las demas y donde, aunque era infinita la gente que la
habitaba, asombrada de ver la forastera, la desamparó con
vergonzosa fuga, como si fueran miembros de más confianza los piés
que los brazos; en cuyo seguimiento los nuestros, sin más consejo
que el que dietaba la codicia de los despojos se partieron en dos
tropas, la una de ocho infantes y dos caballos y la otra del resto
de la gente que seguia á Galeano, empeñado por diferente rumbo en
seguir el alcance; pero los diez que eligieron dividirse, dieron
impensadamente con una escuadra de Gandules, que puestos en una
colina los aguardaban prevenidos de hondas y lanzas: y aunque pocos
los españoles, no por ver el cercano peligro detuvieron el paso que
llevaban; ántes bien, con valeroso denuedo determinaron acometerlos
en su puesto.
Con este fin llegaban ya cerca de sus contrarios, y ellos, con
todo sosiego, los miraban, cuando de repente se hallaron sobre una
quebrada imposibilitada de darles paso por la profundidad que
formaban sus barrancos y por las muchas piedras que se mezclaban
entre el curso de las aguas: con que forzados del embarazo hicieron
alto infantes y caballos, á cuyo tiempo los Gandules de la otra
banda, confiados en la seguridad que les ofrecia tan, bien
dispuesto foso, valiéndose de las hondas disparaban tan espesa
municion de piedras, que, reconocido el intento por los diez
españoles, dispusieron que los vivanderos que los seguían con sus
arcos se pusiesen en la coja de la quebrada y frente de los
enemigos para que con las flechas se correspondiese á los tiros de
las hondas, asistiéndoles dos infantes que los animasen miéntras
los seis, arrastrando los cuerpos por la tierra, se deslizaban á la
profundidad de la quebrada, por la cual caminaron á la parte de
arriba hasta hallarse bien apartados del sitio de la refriega. Los
Guanes, entonces, puesta toda la atencion en el combate, no
sintieron el ardid de los españoles hasta que se vieron asaltados y
heridos por las espaldas de tan diestros enemigos, que no
malograban golpe; de cuyo sobresalto así fueron ocupados del temor,
que no acertaban á valerse de las armas, y mucho ménos despues que
los caballos pasaron por lugar acomodado; y hallándose en campo
llano Alonso Fernández y Gonzalo de Vega, padre de otro de su mismo
nombre, que los regian, corrieron sin impedimento poniéndolos en
huida y siguiéndolos con estrago de los que se mostraban mas
animosos.
Logrado este lance, dieron vuelta con algun despojo en demanda
del Capitan Galeano, cuyo suceso no fué ménos feliz, y más
sangriento el alcance, sin que su gente padeciese daño alguno; y
así juntos y vanagloriosos de la buena suerte, pasaron á Butaregua,
pueblo poco distante de la Singla, limpio y llano de asiento, y
abundante de frutas y mieses, porque sus moradores tenían tal
disposicion en la tierra, que se regaba toda con acequias antiguas,
con que se lograba bien el trabajo de la agricultura. No tenía
gente el pueblo, porque al sonido de la guerra se habian retirado
los indios á las cuevas que tiene la Singia de altas y dificultosas
subidas, aunque por el uno y otro lado tenían sendas soslayadas,
que guiaban á las puertas y bocas de las grutas, porque
derechamente era imposible el repecho, y aun por donde lo tenian
parecia temeridad emprenderlo, por tener más de doscientos estados
de precipicio. Pero como los españoles reconociesen el rastro
reciente de los indios en las sendas, repartiéndose por ambas
partes los más atrevidos y resueltos, subieron advertidos de que en
caso que los acometiesen saliendo de las cuevas los que estaban en
ellas, volviesen las espaldas como que huyesen, para que empeñados
los bárbaros en su alcance, pudiese la industria sacarlos á tierra
llana: ardid que salió más favorable de lo que imaginaron, porque
viendo los indios que subian los extranjeros con ánimo de
oprimirlos en la estrechez de las grutas, las dejaron con aquella
desesperacion que suele producir el último aprieto, y opuestos á la
invasion arriesgada, acometieron á los nuestros, que, cambiando
entónces los escudos á las espaldas y retirándose á buen paso,
bajaron á lo llano, y los indios, ignorantes de la estratagema, en
su alcance, que visto por los españoles que ocupaban los mismos
sitios, cargaron sobre ellos con el estrago acostumbrado de las
espadas: y como al acometimiento se reparasen los indios
delanteros, y los que iban en pos de ellos no pudiesen hacerlo por
no estar á su arbitrio la detencion, á causa de que el movimiento
apresurado de los cuerpos era de alto á bajo y por sendas estrechas
y limpias, dando de encuentro unos con otros, confusos y revueltos,
y tal vez asidos de las manos y piés, se despeñaron los más, donde
con lastimoso espectáculo quedaron hechos pedazos.
Los que escaparon de aquel peligro por no haber desamparado las
cuevas, viendo la rota miserable de las mejores tropas y siendo
persuadidos de los intérpretes, se dieron de paz, medio que
eligieron para evadirse de las calamidades de la guerra. Y como el
uno y otro suceso de Guanentá y Butaregua, señores los más
poderosos de la tierra, se divulgó por la provincia, tuvieron por
bien los naturales rendir sus armas á las extranjeras, siendo de
los primeros Mataregua, cuyo espíritu belicoso se habia hecho
respetar de los indios y admirar de los españoles: siendo lo
primero que hizo restituir las armas del soldado que mató en su
alcázar, con un presente de mantas y oro, que mitigase la sed de
los vencedores; y puesto debajo del católico dominio este Capitan,
pasaron los nuestros á Bocare y Guajite, dos poblaciones ó ciudades
que sin movimiento de armas ni maquinar engaños, admitieron el yugo
de la obediencia y manifestaron su liberalidad con preseas de
estima; pero Cacher, mal contento de sujetar el cuello con
tributos, dejó de acudir al campo español aun siendo llamado.
Conocido el desprecio y arrogancia de este Capitan, discurrió
Galeano que no le convenía pasarlo en disimulo, porque su ejemplo
no turbase el buen progreso de sus armas: y así despachó veinte
infantes y algunos caballos al castigo de su atrevimiento: éstos
entraron por su pueblo con semblante pacifico, como se les habia
ordenado, para tentar si podian sin sangre conseguir lo que se
pretendia ; pero en acercándose al cercado de Cacher salieron
cuarenta Gandules con bastones gruesos en las manos y determinacion
bárbara de matan á palos: intencion que manifestaron en las
acciones, pues apénas se ajustaron cuando empezaron á valerse de
los bastones contra los que no iban descuidados del reparo, y como
sufridos correspondieron con tales heridas y botes de lanza, que de
los cuarenta quedaron rendidos los unos y muertos los otros; y
sujeto Cacher a los reveses de su mala fortuna, acompañó á los
vivos en la prision, con quienes dieron vuelta los nuestros á
Bocare, sin parte la gente que acudió al socorro de su Capitan para
quitarles la presa de las manos ni mudar el paso de la marcha,
llevando en la retaguardia los caballos para reprimir la furia de
los que la inquietaban.
Así llegaron á donde Martin Galeano los esperaba con el resto de
su gente, que luego mandó soltarlos de la collera en que iban,
tratándolos bien y advirtiéndoles la forma que habian de guardar en
lo venidero para gozar pacificamente de sus casas y tierra sin
causar novedades: y como entre lo afable de las palabras mezcló
algunas amenazas fáciles de poner en ejecucion, dada la obediencia
que pretendió de los indios, los puso en libertad que vueltos á su
pueblo sosegasen la gente de Cacher, que por su prision habia
tomado armas. Esto ejecutado así, pasó Galeano con su gente á
Sicotá, donde fué recibido con aplauso, cantidad de mantas y algun
oro, sin repugnar la sujecion que les fué notificada : y despedido
de aquel país, entró en Cotisco y Caraota, y pasando por el valle
de Sancoteo y Usamata (entónces bellas ciudades, no ménos fértiles
que populosas), asentaron la paz y dominio católico, sin que se
necesitase de armas, temidas ya de todas aquellas naciones. Allí
hizo Galeano el apuntamiento de todos los señores y Capitanes que
tenía la provincia de Guane para hacer de ellos repartimiento entre
los conquistadores, en remuneración de tantos afanes padecidos en
servicio de su Rey, reservando la determinacion que se debia tomar
para la ciudad de Vélez, dondé más bien considerado el apuntamiento
saliese menos sujeto á quejas.
Dábale priesa á su vuelta y á ejecutarla con brevedad, el recelo
que tenia de algunas novedades ocasionadas con la ausencia de
cuatro meses, que habia ocupado en aquella conquistas, y por esta
causa no sosegaba, temeroso de algunos movimientos que amenazare en
su partida, intentados por el furor bárbaro de los indios
confinantes de Vélez, que habia dejado con Encomenderos nombrados,
á quienes diesen el tributo de las demoras, carga insufrible para
naciones criadas en libertad: ademas, que se acrecentaban las
ocasiones de alterarse con la infame servidumbre en que los tenían
sus dueños, faltando los términos de la templanza de parte de los
cobradores, que ni tenian límite ni se ajustaban á tasa en lo que
pedian; ántes con desafuero y extorsiones repetidas, sobre el
tormento del servicio personal cobraban más de aquello que la razon
permitia: y de aquí era que pudiendo sufrir tantos daños aquellos
miserables, ó desesperados se mataban, ó desflaquecidos del trabajo
morian. Con que esta última miseria á que se hallaron reducidos fue
la principal causa, en sus principios, para que ayudados de la
necesidad, y con el fin de redimir tantas vejaciones, sacudiesen el
peso de aquel yugo, obligando á los cobradores á que pagasen con el
tributo natural de la muerte el violento, de por vida, que les
pedian, como aconteció álos dos meses de la partida de Galeano para
la conquista de Guane, que para referirse necesario traer los
sucesos desde su orígen.