LIBRO
SEPTIMO
El Capitan Martin Galeano pacifica la provincia de los Agataes y
pasa despues á la de Guane: mueve guerra en Chalalá hasta vencer en
batalla á Mataregua: pelea despues con Guanentá y rinde otras
naciones. Revélansele Thisquizoque y el Sáboyá, y matan Juan
Gascon. Avisado Fernan Pérez, socorre la ciudad de Vélez, y vuelto
Galeano de Guane, rompe la guerra con los rebeldes, con prósperos y
adversos sucesos. El Cacique Tundama forma ejército y se fortifica:
va contra él Baltasar Maldonado, á fuerza de armas lo sujeta
despues de una porfiada resistencia. Llegan á Castilla los tres
Generales Quesada, Fedreman y Benalcázar, donde corren varias
fortunas. Lope Montalvo de Lugo entra en el Reino siguiendo á
Fedreman, y el Capitan Luis Lanchero en la provincia de Muzo.
Prosigue Lebron hasta la casa de la Sal, y Jorge Robledo sus
descubrimientos hasta fundar la villa de Cartago.
CAPITULO I
TRATASE DE LA ENTRADA QUE HIZO MARTIN GALEANO EN EL TERRITORIO DE
COICOMÉ Y ÁGATA, Y DE LA QUE DESPUES HIZO JUAN ALONSO DE LA TORRE,
Á QUIEN ACOMETEN HASTA RETIRARLO Á VÉLEZ.-VUELVE GALEANO AL
CASTIGO, Y EJECÚTALO CON ESPANTO DE LOS INDIOS.
ALIMÉNTASE la obediencia de los súbditos del agasajo del
superior: y como es la libertad tan amable á los hombres, nunca el
rendimiento será seguro, si el arte no lo reduce á voluntario.
Muchas veces con el temor ó la conveniencia suele admitirse el
dominio; pero si éste elige por ministro al rigor, no hay cordero
que por sacudirlo de sí no se trasforme en leon. Un pueblo puesto
en servidumbre es arco que se gobierna con la cuerda templada del
poder para que aproveche al dueño; pero si ésta se extiende á todo
lo que alcanza el brazo, no hay cuerda que no peligre con
resentimientos del arco. No pocas veces alegaron falsamente esta
máxima los Paises Bajos para paliar su rebeldia: y cuántas se
oyeron los estallidos del yugo romano hasta que falsearon las
coyundas? Por eso fué tan fácil á muchos tiranos colocarse en el
trono; y por eso tambien fué permitido á pocos morir con el cetro.
En un medio donde son extremo la vejacion y la muerte, aunque más
cobarde parezca un espíritu, siempre elegirá la muerte apresurada
donde la libertad es contingente, ántes que la sujecion infame
donde la muerte es dilatada. Ninguna nacion pareció ménos guerrera
que la Mozca; sus armas fueron su desnudez, y por eso los temores
fueron consejeros que la redujeron con facilidad á dar obediencia á
los españoles, despues que alguna defensa los acreditó racionales,
intentando conservarse libres: mas en llegando á desenfrenarse el
dominio, veremos rebelados los más pacificos de las provincias de
Vélez, Tunja y Santafé, los campos bañados en sangre por más de
treinta años, y la obstinacion tan firme, que solamente pueda poner
fin á las guerras el asolamiento de las provincias.
Fundada, pues, la ciudad de Vélez por el Capitan Martin Galeano,
determinó correr la tierra y hacer el apuntamiento de las
encomiendas á poco más ó ménos, porque desde luego tuviesen los
vecinos con qué sustentarse decentemente. Pero ántes de salir, á
este efecto dispuso dejar cubierto, y con la perfeccion que
permitian aquellos tiempos, el nuevo templo que había erigido: para
lo cual, por ser Cacique comarcano el Saboyá, se le dió cargo de
que lo pusiese por obra, lo cual hizo con mucha presteza, acudiendo
con gran número de gente á darle fin á todo, y aun á la paz que
falsamente habia admitido, como veremos: aunque en tanto que se
declaraba en guerra abierta, y pensando lo dejaba pacifico, salió
el Capitan Galeano para la provincia de Misaque y para las
encumbradas sierras de Agatá, que en aquel siglo estaban pobladas
de muchos naturales, á quienes dominaban dos Caciques, Cocomé y
Agatá, y de quienes heredaron el nombre las sierras, que por la
parte son limpias de montaña, pero de campiñas altas y barsales
estériles, á causa de no tener agua y necesitar el verano sus
moradores de las que deja rebalsadas el invierno, algunas partes:
aunque vistas por las vertientes que hacen al Ocaso, se hallan
caudalosos rios, que nacen de la misma sierra, y corriendo
precipitados se encuentran en un valle dilatado, montuoso y llano,
que média entre esta Sierra y otra de grandes arboledas, donde se
represan las aguas del invierno en diferentes lagos que abundan de
peces, despues que anegados los confines y montes, recibe el rio
grande de la Magdalena sus desperdicios.
Subidos, pues, á la primera sierra, llamaron á sus moradores,
que acudieron demostraciones de paz, mantenimientos y algunas
piezas de buen oro; y teniendo presentes sus Caciques Cocomé y
Agatá, les dió á entender Galeano cómo debian reconocer señor
particular que los mandase, á quien habian de acudir á sus tiempos
con tributo, fuera los servicios ordinarios: y aunque se les hizo
de mal trocar el señorio por el vasallaje, sin embargo de ello,
consultado y resuelto el negocio entre si (quizá para paliar con el
semblante las últimas resoluciones del ánimo), dieron palabra de
ser vasallos fieles del Rey de España y obedecer al dueño que en su
real nombro les fuese dado. Con lo cual satisfecho Martin Galeano,
dió vuelta á la ciudad de Vélez, pareciéndole buen principio para
llevar adelante sus intentos, que eran de buscar minas y sacar oro
con los indios repartidos á los conquistadores: y así, poco
despues, con las noticias que dieron algunos de haber ricos
minerales á las vertientes del rio grande de la Magdalena, acordó
la justicia y regimiento que aquella entrada se le cometiese á Juan
Alonso de la Torre, con treinta españoles y doscientos indios
amigos: el cual siguió el mismo camino que Martin Galeano hizo á
los Agataes, donde fueron hospedados con mucho agasajo; y porque en
la subida, que tiene más de dos leguas ásperas y pobladas de
pajonales, con la fuerza del sol perecia la gente de sed,
socorrieron con agua y chicha, que fué beneficio de mucha
estimacion, y con que se aliviaron y subieron los nuestros á verse
con el Cacique Cocomé, que poseia aquella parte de sierras que está
á la diestra del Poniente, porque Agatá las demoraba á la
siniestra.
Cocomé les hizo un festivo recibimiento con que disfrazar las
determinaciones ánimo ya resueltas á sacudir el yugo español: y
siguiendo su jornada Juan Alonso, entró con su gente en el valle de
Sappo, cuyos caminos y veredas por entre peñas i riscos son muy
dificultosos de hollar con plantas humanas; pero siguiéndolos,
dieron en un paso de peña tajada que tenia prolijo y peligroso el
repecho por el riesgo de caer en la profundidad duro suelo que
habia de recibir al que deslizase de tan arriesgada subida, pues
aun para prenderla los naturales se valian de escalas de bejucos
asidas á troncos de árboles que habia en la cumbre, á la manera que
se ve en las jarcias de los navíos. A la mano derecha de la peña
nace en lo más elevado una fuente caudalosa, que desde su origen, y
sin tocar en otra piedra, se precipita por el aire hasta la
profundidad de la tierra más vecina, donde la reciben los troncos
desatada en rocíos, respecto de ser tan dilatado el espacio del
viento por donde corre. Al fin, valiéndose los españoles de la
misma traza que los indios, subieron por las escalas de bejuco de
uno en uno, aventurando notoriamente las vidas: riesgo que no teme
la codicia cuando se atraviesa el interes; y de alli, bajando por
otros despeñaderos casi iguales, dieron en aquel llano y montaña
que yace entre las dos sierras, donde se ve una quebrada guarnecida
de peñas y coposos árboles en cuyas ramas se reconoció tanta
multitud guacamayas que los atormentaban con sus graznidos
anunciadores de tempestades, que esta causa pusieron á la quebrada
el rio de las guacamayas, donde llegados sintieron luego tal ruido
de truenos y lluvias, que temieron anegarse, consideradas bien las
avenidas agua que de aquellas cumbres descendian á lo llano; pero
pasó con brevedad y sin daño considerable de los españoles aquel
turbion proceloso, á causa de correr la parda nube á las montañas
vecinas: y así aunque mojados los indios amigos, salieron á la
quebrada, y trajinando las peñas por donde habia corrido el ímpetu
de las aguas, hallaron buena cantidad de peces con qué reparar el
hambre.
Al siguiente dia, Luis Fernández, García Calvete, Diego Ortiz,
Gonzalo de Vega, Pedro de Salazar y Juan de Eslaba, yendo por una
senda mal seguida, dieron en ciertos maizales sazonados y en
algunos indios descuidados del asalto y prision que padecieron; y
hallóse entre ellos una mujer de quien afirmaba Diego Ortiz,
testigo de crédito, ser tan hermosa y bien repartida en la
disposicion y gallardia del cuerpo, que ninguna dama de las que
había visto la aventajaba, especialmente por haberla privilegiado
el cielo en aquellas regiones con la blancura del rostro y rojo
color de las mejillas: tenia ceñida la garganta de cuentas y
cañutillos de oro, arracadas del mismo metal en las orejas, y otras
joyas repartidas por el cuerpo que manifestaban ser principal
señora de aquellos paises. Con esta presa volvieron en demanda del
Capitan para descubrir de los prisioneros alguna noticia de las
minas que buscaban; pero preguntados por los interpretes, no
supieron dar más respuesta que decir no ser criado en aquellas
tierras el oro que tenian, sino adquirido por rescate de otras más
retiradas. Despues de estos sucesos, gastaron quince dias rompiendo
por aquellas malezas de monte que hay entre los dos rios de Horta y
Carare, hasta llegar al de Mapóriche, que de la parte del Norte se
derriba, y despues de largos rodeos, junta, mezcla y confunde sus
aguas con las del rio grande; pero fué trabajo perdido, por no
descubrirse minas; aunque de los pequeños lugares que se saqueaban
recogian alguna porcion considerable de oro labrado en joyas: y
así, viéndose oprimidos de tantos afanes, y desesperados de
conseguir el fin que los había sacado de Vélez, determinaron dar la
vuelta por aquel mismo camino por donde habian hecho la entrada,
por hallarse ignorantes de otro alguno que fuese ménos
peligroso.
Determinado á retirarase de la empresa el Capitan Juan Alonso, y
ejecutado el intento, al tiempo que llegaron á la sierra de Cocomé
no hallaron vecino alguno, á causa de estar todo el país levantado
y oculta la gente en cuevas y cavernas de las muchas y grandes que
hay por aquellos contornos, donde acostumbra meterse cuando toma
las armas para guerras declaradas, y donde como nacion dura y
obstinada, por ser las asperezas de la tierra inaccesibles, jamas
guardaron perfectamente la paz, ni excusaron trance de batalla,
hasta que, obligados á retirarse al abrigo del rio grande y de
Carare, desde donde interrumpieron la navegacion española por
muchos años con saltos y robos ejecutados en los navegantes,
experimentaron la última ruina; pues, fabricado el fuerte de Carare
que hoy permanece, y guarnecido de infantería para recorrer la
tierra y el rio, y por otra parte acometidos de diferentes Cabos,
llegaron á tal extremo en nuestros tiempos, por diligencia y valor
de los Capitanes Perdigon y Juan Bernal, que quedaron destruidas
aun las últimas reliquias de aquellas naciones obstinadas. Alojóse
la gente de Juan Alonso aquella noche en el pueblo desamparado, con
el recato y centinelas necesarias, como quien tenia largas
experiencias de aquellas demostraciones, y cuando ya empezaba á
romper el dia dió principio á su jornada encaminada á Vélez, y
prevenidos sus infantes de que llevasen embrazados los escudos por
el recelo en que (como tenemos dicho) los había puesto el retiro de
los naturales, señal cierta por donde reconoció la necesidad que
habían de tener todos de valerse de las manos; y no le salió vana
sospecha, pues apénas habían caminado un cuarto de legua bajando la
cuesta de Cocomé, cuando vieron cubiertas las cumbres y lomas de
los belicosos Agataes, ostentando su fiereza en la vanidad de los
penachos, los unos provenidos de arcos y alhajas y los otros de
lanzas y macanas; y como la maldad y rebelion habia sido tan
premeditada, comenzaron la primera hostilidad precipitando por las
laderas grandes piedras que á trechos tenian repartidas en las
partes más altas; cuyo estruendo y rumor de las cornetas y voces
que resonaban, fué tal, que el más valiente de los españoles
reconocia la dificultad de poder salir sin daño notable de aquel
peligro.
Viendo, pues, Juan Alonso que el riesgo era irreparable,
haciendo alto y rostro al enemigo, alentaba á los suyos
persuadiéndolos á que ganasen la aspereza de una cuchilla que
corria por la loma que tenian por delante; y fueron tan eficaces
sus palabras, que aun parece tardó más en pronunciarlas que su
gente en repechar á lo alto hasta alijar los piés en aquel sitio
donde las piedras no pudiesen encontrarlos juntos sino divididos;
pero el atrevimiento de los Agataes fué tal, que descendieron
algunos escuadrones de ellos hasta medir las macanas con las
espadas, especialmente con las de la retaguardia, donde fué
necesario que los españoles mostrasen el valor de sus personas
haciendo suertes tan admirables con las espadas, que pasaron por
milagrosas: efecto que suele producir la última desesperacion de
hallar otro remedio al peligro. Con la desigualdad, pues, de las
armas (porque la ventaja de las piedras habia cesado desde que se
mezclaron los enemigos con los nuestros) y recobrados nuevamente de
valor los españoles, fueron tantos los indios que mataron en el
encuentro, que vista por la bárbara hueste su desgracia y cuán
infatigables se mostraban sus contrarios al manejo de las armas con
ventaja de sus lanzas, se fueron retrayendo á las cumbres de la
sierra, y los españoles entónces prosiguiendo su camino lo más
aceleradamente que les fué posible, así por no caer en nuevos
peligros, como porque muchos de los infantes estaban lastimados
aunque no de heridas mortales.
Libres ya de estas tormentas, en que sobresalieron en constancia
y valor Alonso Ledesma y Alonso Gómez Hiel, llegaron á la ciudad de
Vélez, donde dieron cuenta, de todo á su Cabildo: y conociendo el
Capitan Martin Galeano no convenir dilatar el castigo de aquella
osadia, partió luego con gente descansada y algunos perros cebados
en matar indios, crueldad introducida en la tierra desde que la
pisó la gente de Fedreman y Benalcázar, pues ántes de su entrada no
sabian de ella ni la habían usado los soldados de Quesada, aunque
despues llegó á tal extremo el desórden y estimacion que de los
perros hacian todos, que raro ó ninguno de los vecinos del Reino
habia que no los tuviese por grandeza, y algunos con tanto
perjuicio, que pasaba de términos humanos, pues como gente ajena de
piedad castigaba las culpas de los miserables indios, ya fuesen
leves, ya graves, con destrozos ejecutados por la ferocidad de los
perros: y de esta demasía tuvo tanta parte Martin Galeano, que con
sido en las demas acciones compuesto y digno de estimacion por su
valor y prudencia, no le resultaron pocos disgustos y gastos en su
vejez por algunos Jueces que le hicieron cargo aquellos excesos que
tanto sentía el corazon piadoso del Rey Nuestro Señor, como se vió
por las demostraciones que hizo para el remedio. Llegado, pues, con
su gente á las poblaciones de los Agataes sin que hubiesen sentido
su entrada y valiéndose de la oscuridad de la noche, la dividió en
dos tropas, reteniendo la una consigo y dando la otra á Juan
Fernández de Valenzuela, con órden de que á un mismo tiempo diesen
en dos pueblos, distantes média legua el uno del otro, donde segun
las noticias que daban las guias estaba recogido buen numero de
aquellos barbaros, confiados en que las asperezas de aquellos
sitios eran insuperables: y como á este juicio errado amparaban las
sombras, más confiados que nunca descansaban con seguridad, á
tiempo que diligentes los españoles, valiéndose de piés y manos
grave fatiga y riesgo, y puestos los escudos en las espaldas
vencían aquellos repechos: acción que solamente pudo emprender
nacion tan valerosa como ésta ha mostrado serlo siempre, que fuera
de la propia region la han visto codiciosa de fama y libre de
resabios las murallas extranjeras.
Vencida al fin la cumbre y tomado algun refresco, se partieron
los soldados por cuarteles, bien cerca de los pueblos que habian de
ser acometidos: y hecha señal con trompeta á la media noche
invadieron los dos lugares con tal estruendo de voces y arcabuces,
que juzgando los indios ser muchos más los invasores, quedaron tan
turbados del intempestivo asalto, que sin determinacion fija,
ocurriendo los unos á las armas, aunque tarde, los otros
confusamente á las puertas, pensando con la fuga escapar del furor
de la que encontraban á un mismo tiempo la muerto en los umbrales,
atravesados del duro temple de los aceros españoles. Crecia la
mortandad y conflicto en las dos partes con el estrago comun siendo
muy raros los que entre la confusion y tinieblas pudieron salvar
las vidas. Trescientas personas quedaron prisioneras entre los
nuestros, que fueron luego entregadas á otros más bárbaros, pues
sirviendo de ministros del rigor, les cortaron las narices, y
pulgares de las manos, mandándoles que con aquella señal fuesen por
mensajeros á las naciones rebeladas, haciéndoles saber que su
pertinacia habia de reducirlos á pasar por calamidad semejante.
Tiembla la pluma con el recuerdo de estas acciones, y vuelta la
memoria á los siglos pasados, contempla cuántas veces exaltaron su
nombre muchas naciones con el dominio y cuántas lo perdieron á la
violencia de otras, pasando por el mismo rigor que usaron con ellas
y tu reservado la Providencia Divina para escarmiento de todas.
Reducidos ya y bien castigados aquellos pueblos por Galeano y
Valenzuela, un de mañana de los que allí descansaban, descubrieron
en los collados Vecinos multitud de bárbaros ostentando señales de
regocijo con la indecencia de palabras que pronunciaban menosprecio
de los españoles: y aunque ignorantes de la causa, percibieron por
las voces poco distantes que oian, ser toda la fiesta por haber
aprisionado á uno de los nuestros; pero certificados más bien por
los intérpretes de lo que aquellos bárbaros blasonaban, llamó
Galeano su gente y habiéndola reconocido halló que faltaba Juan de
Cuéllar, uno de los soldados desvanecidos de Benalcázar: y
averiguada la causa de aquella desgracia, se supo que habiéndose
apartado de los compañeros hacia una parte oculta del monte, aunque
no léjos del cuartel, acaeció estar tres ó cuatro Gandules puestos
en asechanza, los cuales por no perder tan buen lance le
acometieron de golpe y del primero de macana que le dieron en la
cabeza le hicieron saltar los ojos y los sesos; y como
vanagloriosos de la presa cargaron con el cuerpo llevándolo por
aquellas cumbres donde estaba congregada la mayor copia de
salvajes, que recibiéndolo con señales de descompuesta alegria
hicieron lastimosos desprecios con el difunto cadáver.
Compasion grande causó en los compañeros la desgracia de Juan de
Cuéllar, y especial disgusto en Galeano, por ser el primer hombre
que le mataban en aquella guerra: y así, en compañía del Capitan
Valenzuela, corrió la tierra haciendo ejemplares castigos en
aquellos indios, sin dejarlos descansar noche ni dia, con
emboscadas, asaltos y sorpresas, hasta obligarlos á buscar por
seguro lo más profundo de las cuevas y la eminencia de los más
levantados riscos: con que visto que ya era imposible darles
alcance por aquellas asperezas, á causa de las fatigas que padecia
la gente española con las trasnochadas, determinó dar vuelta á la
ciudad de Vélez con la mayor cantidad de prisioneros que pudo
encadenar; mas viendo los indios obstinados la forma con que
llevaban sus hijos y mujeres, y obligados de aquel afecto natural
que rompe con los inconvenientes del mayor peligro, bajaron de las
cumbres precipitadamente, y acometiendo valientes (aunque sin
órden) al campo español, que no pudo rechazar el primer avance,
atravesaron por medio hasta echar mano de las colleras en que iban
los prisioneros tanto valor comunica el deseo y ansia de poner en
libertad aquellas prendas en que se empeña el amor. Aquí recobrados
del primer ataque los españoles, encendieron de suerte el combate,
que remató en una ardiente batalla, llevando la peor parte los
indios, pues menoscabados al rigor del acero y cediendo al
encuentro de las lanzas, no se acercaban despues tanto á la
retaguardia, aunque continuamente la inquietaban con la batería de
los arcos y hondas.
Para desembarazarse de esta fatiga con que marchaba el campo,
ordenó el Capitan Galeano que de los primeros que iban en la
vanguardia se emboscasen en buena parte Diego Franco, Bartolomé
González, Alonso de Poveda, Pedro Gutiérrez, Francisco de Murcia,
Alonso Gómez, Juan Mateas, Alonso Domínguez, Pedro Fernández
Bolegan, Bartolomé Fernández de Leon, Francisco de Aranda, Herreño
y Fernando Gallegos, soldados buenos y experimentados en la guerra
de las Indias: y ejecutado el ardid sin detenerse en su disposicion
la vanguardia, y dándose mayor priesa la retaguardia amenazando á
los prisioneros para que acelerasen el paso, como que huían del
peligro en que los incautos bárbaros los ponian, dieron motivo á
que creyesen ser verdaderas señales de temor las que en la realidad
eran engañosas trazas del arte; con que acelerados confusamente en
el alcance de los nuestros, avanzaron tan ciegos que cayeron en la
emboscada, de la cual salieron los trece infantes que se habían
ocultado, y dada señal los embistieron por un costado al mismo
tiempo que revolviendo el campo sobre la mal ordenada muchedumbre,
la pusieron en tal aprieto con muertes y heridas, que los más de
los enemigos tenian á buena suerte poner las espaldas por blanco de
sus contrarios, como si en ellas no se recibieran más facilmente
los golpes; que vino á ser el freno y único reparo para que no se
atreviesen á molestar más el campo español, dejándolo que
victorioso marchase con el despojo de los prisioneros.
Puestos ya en la ciudad de Vélez, licenciaron sin preceder
castigo a muchos de los prisioneros para que fuesen á sus pueblos,
habiéndolos persuadido á que admitiesen la paz que les ofrecían,
procurando reducir á sus parciales para que debajo de aquella fe
pudiesen ir seguramente á la ciudad á tratar de la libertad de sus
hijos y parientes, sin dar por ellos otro rescate que el de una paz
firme y sencilla, segun y en la forma que la prometieron á los
principios, á causa de que no admitiéndola seria preciso que en las
guerras futuras experimentasen los daños que habían sentido en las
pasadas. Industriados así los mensajeros y llegados á sus tierras,
hicieron notorias las promesas del Capitan Galeano, que fueron bien
admitidas de todos aquellos cantones, pues luego acudieron á Vélez
los Capitanes más principales, donde se ajustó la paz no con tanta
firmeza que faltasen muchos movimientos y alteraciones despues del
ajuste, hasta que las guerras y extracciones de gente dejaron
aquellas provincias tan faltas de fuerza y habitadores (como
dijimos) que al presente se miran desiertas ; pero en aquellos
tiempos no excusaban lance ni encuentro de guerra, poniendo muchas
veces en tal aprieto á los españoles, que alguna de ellas obligaron
á Galeano á retirarse más que de paso por socorro á la ciudad de
Tunja, aunque despues lo tuvo en Vélez bien cumplido de la costa,
cuando aportó á ella Gerónimo Lebron, de que trataremos á su
tiempo, pues ahora nos llaman nuevas conquistas de Guane, donde
pasó el estruendo de las armas despues de ajustaras las paces con
los Agataes.