INDICE





PROLOGO

NOTICIA BIOGRÁFICA DEL DR. FERNÁNDEZ PIEDRAHITA

DEDICATORIA Y APROBACIONES DE LA OBRA

LIBRO I

Capítulo I
Del sitio y calidades del Nuevo Reino de Granada

Capítulo II
En que se da noticia de sus provincias y primeros habitadores.

Capítulo III
De las costumbres, ritos y ceremonias que usaban los indios mozcas en su gentilidad.

Capítulo IV
De otras ceremonias y costumbres que tenian los mozcas, y de las procesiones que hacían.

Capítulo V
Del sitio y corte de Bogotá: majestad de sus reyes condiciones y forma de sucederse.

LIBRO II

Capítulo I
Saguanmáchica conquista los fusagasugaes, rompe la guerra con el Guatavita, que se ampara del Rey de Tunja...

Capítulo II
Hereda el zipa Nemequené, y castigada la rebelián de Fusagasugá, sujeta los caciques de Cipaquirá y Nemza.

Capítulo III
Asalta el Zipa la corte del Guatavita, revuelve contra el Ubaque y sujétalo.

Capítulo IV
Sujeta el Zipa la provincia de Ebaté, nombra en ella al hermano por su lugarteniente, á quien mata el Ubaque.

Capítulo V
Da leyes el Zipa en su reino y previénese de todo para la guerra de Tunja.

Capítulo VI
Refiérense los sitios y estado de las provincias de Tunja y Sogamoso, y hacen liga sus príncipes contra Neméquene.

Capítulo VII
En que se prosigue la materia del antecedente

Capítulo VIII
Danse vista los ejércitos del Zipa y el Tunja, y platican antes de la batalla.

Capítulo IX
Dáse la batalla, y casi vencida por Neméquene, muere en ella, herédalo Thysquesuzha, y prosigue la guerra.

LIBRO III

Capítulo I
Fúndase la ciudad de Santa Marta por Rodrigo Bastídas, á quien mata su teniente general en un motín.

Capítulo II
Los capitanes de Lerma acometen á Posigueica y vuelven derrotados.

Capítulo III
Gobierna el doctor Infante á Santa Marta por muerte de García de Lerma, y el adelantado don Pedro de Heredia da principio á las conquistas de Cartagena.

Capítulo IV
El adelantado Heredia prosigue la conquista de Cartagena

Capítulo V
Dáse el gobierno de Santa Marta á d. Pedro Fernández de Lugo. Prosigue la guerra con los indios de la sierra sin fruto…

LIBRO IV

Capítulo I
Benalcázar descubre a Popayán, y fundadas las villas de Cali y Timaná, prosigue en su descubrimiento

Capítulo II
El licenciado Badillo residencia á D. Pedro de Heredia en Cartagena:

Capítulo III
Vuelve el General Quesada por su Ejército á la Tora, Condúcelo hasta los umbrales del Nuevo Reino

Capítulo IV
Marcha Quesada por la provincia de Vélez, pasa á Guachetá y de allí á Suesca en demanda de Bogotá, con asombro general de los indios.

Capítulo V
Entra Quesada en el valle de los Alcázares, rompe el ejército de los Uzaques, pasa a Bogotá

LIBRO V

Capítulo I
Entra el capitán Céspedes en la provincia de los Panches por Tibacuy: plática  con el capitán del presidio de los Guechas…

Capítulo II
Sale Quesada de Bogotá para Somondoco en demanda de las minas de esmeraldas que descubre

Capítulo III
El Capitán San Martín tiene noticia de Tundama: descubre á Sogamoso y vuelve en busca del general Quesada...

Capítulo IV
Asalta Quesada el palacio del Rey de Tunja, á quien prende, y después de un breve combate saquea su corte con presa de los tesoros que no pudo ocultar.

Capítulo V
Marcha Quesada á Sogamoso, saquea la ciudad y quémase su templo. —vuelve á Tunja, y desamparándola por ir á la conquista de Neiva,

Capítulo VI
Repártese la presa entre los españoles: Asaltan después el cercado de un bosque donde matan a Tysquesusha sin conocerlo.

Capítulo VII
Acometen los Panches las fronteras de Bogotá, y entran Quesada y el Zipa al castigo con mal suceso en el primer encuentro

LIBRO VI

Capítulo I
Prende Quesada á Sacrezazipa por los tesoros del Zipa muerto, y promételos con engaño hasta lograr la muerte de sus émulos...

Capítulo II
Reparte Quesada otra presa de oro y esmeraldas: da principio á la fundación de Santafé...

Capítulo III
Dánle noticia á Quesada de las entradas de Benalcázar y de Fedremán en el reino...

Capítulo IV
Persuade á Quesada Benalcazar á que funde ciudades, y refiérese el estado y crecimiento á que ha llegado la ciudad de Santafé.

Capítulo V
El general Quesada baja á Cartagena con Benalcázar y Fedreman, dejando por teniente general del reino á Hernán Pérez, su hermano...

Capítulo VI
Gerónimo Lebrón forma ejército y armada; sale de santa marta para el reino...

Capítulo VII
Alonso Martín prende en el rio á Alonso jeque, y obligado de una armada enemiga, vence la batalla naval de Cesare...

LIBRO VII

Capítulo I
Tratase de la entrada que hizo Martín Galeano en el territorio de Coicomé y Agata, y de la que después hizo Juan Alonso de la Torre

Capítulo II
Sale Galeano á la conquista de Guane: mueve la guerra en Chalalá, y síguela con Mataregua hasta vencerlo en batalla...

Capítulo III
Agraviado Thisquizoque de la tiranía de Juan Gascon,  hace liga con el Saboya, toma las armas y le quita la vida...

Capítulo IV
Los tres generales pretenden la gobernación del Nuevo Reino y ninguno la consigue...

Capítulo V
Forma ejército Tundama y fortifícase contra Baltasar Maldonado...

Capítulo VI
Montalvo de Lugo entra en el Reino por los llanos, y el capitán Lanchero á la conquista de Muzo...

Capítulo VII
Esguazado el Cauca, prosigue Jorge Robledo sus descubrimientos hasta fundar la ciudad de Cartago.

LIBRO VIII

Capítulo I
Con la noticia de que se previene armada en Francia para las Indias, mandan al adelantado Lugo que vaya á su gobierno...

Capítulo II
Los Yalcones y Paeces toman las armas y matan á los capitanes Añasco y Osorio y despues a Juan de Ampudia...

Capítulo III
Rebelánse los Sutas y Simijacas, fortifícanse en unos peñoles, va contra ellos el Capitán Juan de Céspedes...

Capítulo IV
Rompen los Panches por las fronteras de los Mozcas...

Capítulo V
Prosigue su jornada Gerónimo Lebrón, con varios sucesos, hasta el valle de Opon...

Capítulo VI
Quesada y Lebrón compiten sobre el gobierno con riesgo de romper en batalla...

LIBRO IX

Capítulo I
Con la sospecha de que se rebela la provincia de Tunja...

Capítulo II
Vuelve á sus descubrimientos el capitán Jorge Robledo y con varias fortunas llega hasta la provincia de Hebéjico...

Capítulo III
Vuelto el Capitán Maldonado de la jornada de los palenques, sale Hernán Pérez de Quesada al descubrimiento del dorado con mal suceso...

Capítulo IV
El Ocabita y Lupachoque se fortifican en dos peñoles: ríndese Lupachoque por armas al Capitán Pineda y el Ocabita...

Capítulo V
El adelantado Lugo se previene para subir á Santafé : fúndase por su órden el Barbudo…

Capítulo VI
Pasa Robledo preso á estos reinos: Heredia y Benalcázar se apoderan alternadamente de Antioquia después que se fundó la ciudad de Arma...

LIBRO X

Capítulo I
La armada francesa de Roberto Baal sorprende á Santa Marta y Cartagena; y el adelantado Lugo prende al capitán Rondón...

Capítulo II
Felipe de Utre sale de coro á nuevos descubrimientos penetra los llanos hasta la punta de los Pardaos...

Capítulo III
Prende Lugo á los oficiales del Rey y á los quesadas: justicia al encomendero de Sáchica...

Capítulo IV
Destierra Lugo á los quesadas. —el Capitán Venégas descubre las primeras minas de oro, y funda la ciudad de Tocaima...

Capítulo V
Descubre Felipe de Utre los Omeguas, y véncelos en una batalla...

Capítulo VI
Lugo sale del reino para Castilla, y Armendariz entra en Cartagena...

Capítulo VII
Armendariz nombra por su teniente á pedro de Ursua en el reino y á Robledo en Antioquia...

LIBRO XI

Capítulo I
Concurren los visitadores Gasca y Armendariz en Santa Marta...

Capítulo II
Procede Armendariz contra el capitán Lanchero y otros conquistadores...

Capítulo III
Hacen mariscal del reino á Gonzalo Jiménez de Quesada...

Capítulo IV
Échanse los indios á las minas: tratase en el consejo de fundar audiencia en Santafé...

Capítulo V
Prosigue Armendariz en su gobierno: pónese real chancillería en Santafé...

Capítulo VI
Fúndanse las religiones de Santo Domingo y San Francisco en el Nuevo Reino...

Capítulo VII
Entra el mariscal Quesada en Santafé: descúbrese el páramo Rico de Pamplona...

Capítulo VIII
Entra Ursua en Muzo y puebla á Tudela: vuelve á Santafé y baja por justicia mayor de Santa Marta...

Capítulo IX
Rompe Ursua el ejército de los taironas en la batalla de los pasos de Rodrigo...

LIBRO XII

Capítulo I
Entra en Santafé el licenciado Juan de Montaño con la visita de la audiencia y residencia de Armendariz...

Capítulo II
Rebélase el Valle de las Lanzas, va Hernando de Salinas al castigo, funda la ciudad de Victoria...

Capítulo III
Prosigue Montaño en su visita; ajusticia á Pedro de Salcedo y á otros...

Capítulo IV
Armendariz baja preso á Cartagena para que allí le residencie Montaño.—el Capitán Avellaneda funda la ciudad de S. Juan de los Llanos...

Capítulo V
El capitan Diego García de Paredes funda la ciudad de Trujillo...

Capítulo VI
Vuelve el mariscal á Santafé con la provisión de nuevos oidores.—el licenciado Tomas López entra en la audiencia...

Capítulo VII
El Capitán Cristóbal Rodríguez Juarez funda la ciudad de Mérida.—Diego García de Paredes reedifica la de Trujillo...

Capítulo VIII
Previénese el Nuevo Reino para resistir al tirano Lope de Aguirre.—compéndiase lo que obró en la jornada del Marañon...

Capítulo IX
Fúndase la ciudad de S. Vigente de Paez.-múdase la de Trujillo. Muere García de Parédes y tratase de todo lo acaecido en las provincias del Nuevo Reino...
CAPITULO VII
 


ALONSO MARTIN PRENDE EN EL RIO Á ALONSO JEQUE, Y OBLIGADO DE UNA ARMADA ENEMIGA, VENCE LA BATALLA NAVAL DE CESARE. TRATASE DE LO QUE OBRABA EL LICENCIADO SANTA CRUZ EN CARTAGENA Y JORGE ROBLEDO EN POPAYAN.

TARDÁBASE el ejército de tierra en llegar al sitio señalado para juntarse con la Armada, porque las dificultades y trabajos del camino no permitian más priesa, y Alonso Martin, por no tener ociosa su gente (cuidado en que debe instar quien tratare de tenerla sujeta), se ocupaba en correr las costas del rio, haciendo diferentes surtidas en los bárbaros que las habitaban, unas veces entrando por ciénagas y caños, y otras por esteros y brazos del rio; y en continuacion de este ejercicio dieron vista á Zompallon, uno de los sitios más altos y anchurosos de aquellas partes, y que yace en las Costa del rio de la parte de Santa Marta, tan cercano á su ribera, que bebe de sus aguas: y como el asiento es elevado y goza de algunas sabanas y dehesas, no solamente fueron habitadas sus tierras de muchos indios guerreros, sino que por los fines del año de cuarenta el Capitan Hernando de Valdés, que de la conquista del Nuevo Reino habia vuelto á Santa Marta, hizo alguna gente con órden que para ello tuvo de Gerónimo Lebron, y subiendo el rio arriba por tierra pobló la ciudad de San Miguel de las Palmas y en este sitio la de Santiago de Zompallon, en cuyas jornada se hallaron Alonso Juárez, Teniente nombrado de lo que se poblase; el Capitan Luis de Villanueva, que despues casó en Cartagena con doña Ines de Heredia; Juan Maldonado, que casó con doña María, hija de Hortun Velasco, y Alonso diaz Portugues, de quien se ha hecho memoria. Pero aquella nueva fuudacion no pudo sustentarse mucho tiempo á causa de la guerra continuada de los indios y porque la despobló el Adelantado D. Alonso Luis de Lugo: aunque despues por el año de noventa, reparando Fernando Alvarez de Acevedo (el primero que entró ganado vacuno en el Nuevo Reino por el rio, como Cristóbal Rodríguez, vecino de Coro, que lo entré del Tocuyo por los Llanos) que aquel sitio, por causa de su elevacion era ménos sujeto á inundaciones, y que las sabanas de que goza eran de toda conveniencia para crias de ganado, mudó á él la ciudad de Tamalameque á quien de las reliquias de San Miguel y Zompallon habia dado principio el Capitan Lorenzo Martin, por fines del año de cuarenta y cinco, como diremos, de que me ha parecido anticipar esta breve noticia para claridad de la historia, con que volveremos á la jornada de Lebron que llevamos entre manos.

Habiéndose detenido Alonso Martin en Zompallon los dias que bastaron para que Alonso Jeque maquinase su venganza, como éste generalmente en obedecido en aquellas costas, luego que se escapó en sus canoas despachó avisos á todos los indios de la comarca en diferentes barquetas que cada dias pasaban á vista de nuestra armada, sin que los españoles presumiesen la causa; pero si los Caciques Malambú y Melo, que luego penetraron la trama de Alonso Jeque y la liga general que hacia de los señores de la costa y sus parciales contra los nuestros, y así manifestaron al Capitan Alonso Martin las sospechas que habian concebido de ver aquellas embarcaciones tan diligentes en subir y bajar el rio, advirtiéndole que para más seguridad de su armada convendría estar en vela y prevenir de suerte las tres canoas que llevaba, que pudiesen tomar alguna barqueta enemiga, de quien se tomase noticia de la pretension de Alonso Jeque. No desagradó el consejo de los Caciques, fundado en tan legítimos recelos; y así, viendo pasar tres canoas de indios armados, salieron las nuestras con seis arcabuceros cada una y buenos bogas de los indios amigos, que á sombra de los españoles siguieron con tanto aliento el alcance, que se lo dieron antes de poder las contrarias llegar á tierra, para donde pusieron las proas á bogas arrancada; mas embarazados los nuestros en apresar las dos de ellas, tuvo lugar la otra de escapar huyendo.

Rendidas las dos canoas y asegurados los Gandules que iban en ellas, guiaron á donde esperaban los bergantines el suceso de su fortuna, que fué mucho mejor que pudieran pintarla, porque apénas mudaron los prisioneros á la embarcacion en que estaban los tres Caciques de Mompox, cuando reconocieron y manifestaron ser uno de ellos Alonso Jeque, que bajaba de convocar la tierra y prevenirla para que aquellas misma noche, con la mayor armada que se pudiese juntar, acometiesen los bergantines y pusiesen en libertad los prisioneros. Así lo confesó él mismo y los Gandules, que separadamente fueron repreguntados, conformando todos en que al romper del dia cargarían todos los bajeles del rio que habia desde Zorapallon á Cesare sobre nuestra armada, y que la prision de Alonso Jeque no seria parte para mudar la resolucion en que habian convenido todas las naciones de la una y de otra ribera. Alonso Martin, con estas noticias, llamó á consulta sus Cabos sobre si convendria más bajar á la boca de Cesare, donde tenía órden de esperar á su Gobernador, ó conservar el puesto aguardando la armada enemiga para pelear con ella.

Eran los más de los suyos bisoños en la forma de guerrear en las Indias, y llevados más del aliento que de la razon, decían: Que no convenia desamparar el sitio en que se hallaba la armada, porque cuanta reputacion perdiese con la retirada, tanto más atreviento cobrarian los enemigos para embestirla como bárbaros, que sin discurrir por los dictamenes de la prudencia, piensan que son efectos de la cobardia cuantos no son arrojos de la inconsideracion. Que aquellas naciones enseñadas á se vencidas con el desprecio de sus armas, perderian de su suerte ya el miedo, oponiéndose á la naveqacion del rio tan precisa para las entradas del Reino, que imposibilitasen los comercios ó forzasen mayores armadas á pelear cada dia sin la ventaja del espanto que habian concebido del nombre español. Que era muy posible que la armada enemiga se deshiciese por sí misma ó retirase viendo descubiertos e designios, y sabida la prision de Alonso Jeque, de que ya le habria dado noticia la canoa que escapó huyendo: y no en bien que por excusar un daño contingente se cayese en un descrédito cierto. Que cuando no sucediese así y se hallasen obligados á pelear, era lance que debian apetecer, pues les aseguraba una victoria cierta la ventaja que tenían asegurada en la grandeza de los bajeles, y la que siempre se reconocía haber hecho los españoles á los indios, gente bárbara que combate con voceria y confusion, sus armas ligeras y flacas, y sus cuerpos desnudos y siempre expuestos á los golpes y heridas. Y finalmente, que aunque se hallaban obligados á bajar á la boca de Cesare para pasar el ejército de tierra, no era bien anticipar la ejecucion que podian hacer con tiempo, y cuando despues de una ilustre victoria pareciesen con más glorioso renombre, donde su Gobernador participase de tan buenas fortunas.

Así discurrian los de este parecer, á que se oponía vivamente Alonso Martin, pretendiendo hacerles evidente su riesgo con las razones que persuadian lo contrario. Decía: Que pues se habian alargado tanto con la codicia de saquear los pueblos y necesitaban de bajar á Cesare para pasar el ejército de tierra, seria más acertado ejecutarlo luego, en que se conseguian dos fines ambos útiles; el uso de acudir á obligacion tan precisa como la de allanar paso al ejército; y el otro de burlar á sus contrarios cuando más unidos concurrian á una faccion tan meditada. Que los intereses de que la gente de tierra se aliviase con la asistencia de la armada, debían preferir á cualquiera victoria del enemigo, por grande que fuese, pues de ella no podian esperar otro fruto que heridas, ni se les aumentaba más gloria que la adquirida. Que el fin con que se labró la armada habia sido para convoyar el ejercito y facilitar los pasos de los esteros y rios, y éste se malograba ocupándola en guerrear con los indios no siendo en lance que se opusiesen á estos designios. Que las victoriosas qae se prometían contra la desnudez de aquellos bárbaros no estaban tan aseguradas de la fortuna que no se hubiesen visto las armas españolas sujetas á su variedad algunas veces, como se reconoció en el mal suceso de un Cabo tan ejercitado como el General Callegos. Que toda la defensa de los bergantines consistía en las armas de fuego, imposibilitadas de hacer buen efecto en la oscuridad de la noche en que pretendian acometerlos, por la incertidumbre con que se hacian los tiros;  por lo contrario, á la armada enemiga siempre ayudarían las tinieblas, y facilitarían buenos sucesos; porque sus bajeles, diestros en salir y entrar por cualquiera parte, acometerian por la que eligiesen y siendo los españoles tan grandes, no jugarian sus flechas con la incertidumbre de nuestras balas. Que acudiendo primero á la boca del Cesare, y teniendo preso á Alonso Jeque, autor único de aquellos movimientos, se templaria tanto, que por sí sola se disolviese aquella máquina difícil de unirse segunda vez para nuestro daño: y que en caso que con la ausencia de Alonso Jeque subsistiese la resolucion de los bárbaros, no podian á la vuelta encontrar más pujante armada de canoas que la que amenazaba aquella noche. Que una buena retirada siempre fué seguridad de una Victoria, y nunca puede engendrar temor cuando el que la ejecuta sabe que lo hace para disponer más bien los medios de un triunfo. Que con el retiro que afectó hacer Aníbal de dos Cónsules romanos, supo triunfar de muchos en la batalla de Canas: y á no retirarse el Marqués de Pescara de los muros de Marsella, no hubiera conseguido los triunfos de Pavia. Que aquello era lo más conveniente á su armada, y ejecutarlo de noche seria lo más seguro, pues cuando la siguiesen  no seria de suerte que le diesen alance ántes de aclarar el dia, en cuyas luces podian fiar la resulta de un buen suceso.

La autoridad del cargo de Alonso Martin y la experiencia que tenia en la guerra de Indias, hicieron prevaleciese su parecer contra el comun: y así sujetos los Cabos á sus órdenes, levaron las anclas en la oscuridad de la noche, y puestas las proas al Cesare, guiaron los bergantines con el mayor secreto que les fué posible y con tan dilatado viaje, que gastaron la noche navegando; pero abriendo el dia se hallaron en el paraje á que se encaminaban: y porque el mayor riesgo que les amenazaba en el de aquella parte de Santa Marta, surgieron y saltaron en tierra á la banda de Cartagena, parte más limpia y escombrada para alojarse y esperar cualquiera invasion de indios, en tanto que el ejército de tierra llegaba por la costa de la otra banda á la boca del Cesare que tenian de frente. Pasa este no unas legua distante de la ciudad de los Reyes del Valle de Upar, donde se junta con Guataporí, que baja de las sierras nevadas. Llámase en el idioma de los naturales Pompatoo, que quiere decir señor de todos los rios. Así discurren los que hablan de las cosas propias ó los que han visto poco mundo, pues á tan corta distancia del rio grande tiene este nombre Cesare, aunque lo hacen caudaloso muchos rios que entran en él, como son Socuiga, á quien dió su apellido el Gobernador Pedro Badillo, y el que llaman rio de las Auyamas, que lo acompañan hasta que extendido por la gran laguna de Zapatosa forma los cuatro brazos que junta en un cuerpo para entrar en el rio grande, despues de haber corrido setenta leguas al Poniente. Pero apénas dieron principio los nuestros á disponer sus tiendas y barracas, cuando vieron salir por la boca de Cesare más de quinientas canoas en que habria hasta tres mil indios de guerra bien armados, que persuadidos á que volvian los españoles derrotados de la armada de Zompallon y faltos de armas de fuego, navegaban con muestras de acometerlos; pero al mismo tiempo que Alonso Martin disponia sus bajeles para resistir á las canoas, divisaron las centinelas la poderosa armada de Zompallon, que habiendo llegado al paraje donde el dia antecedente estuvo afondada la nuestra, y echándola ménos, se determinó á seguirla rio abajo hasta pelear con ella. Era innumerable la cantidad de canoas y barcos de que se componía, y mirada al respecto de otras en que habian contado los vasos, pasarían los de ésta de mil y quinientos, en que iban prevenidas de armas todas las milicias de timbas riberas.

La armada de Cesare que se hallaba más cercana y pretendias ganar la gloria de ser la primera al combate, sin esperar á la otra ni consultar la forma de acometer, se fué alargando á fuerza de remos en demanda de la nuestra, en que ya embarcados los españoleas que saltaron á tierra y cubiertos los bergantines de popa á proa con toldos de mantas de algodon, esperaban los unos en los bordos con espadas y rodelas, y los otros con chuzos y armas de fuego prevenidas para su tiempo. Los indios, pues, viéndose á distancia de poder jugar su flechería, dieron tan espesa carga á los bergantines, que á no estar defendidos de las mantas, en que se quedaban pendientes sin pasar adelante las flechas, fuera el daño muy considerable en los nuestros: mas como el efecto fué ninguno y las canoas enemigas estaban ya poco distantes, dada la señal por Alonso Martin, se disparó la artilleria y arcabuces á tan buen tiempo, que volcando muchas, haciendo pedazos otras y dejando algunas limpias de gente, fué tal el estrago de la primera rociada que, turbados los indios, ya fuese del temor de los arcabuces, ya del espanto de ver en tan breve tiempo muertos tantos de los suyos, buscaban seguridad en lo más profundo del agua con la fuga que ejecutaron tan sin órden, que no bastó para detenerlos el socorro de Zompallon, que tenian vecino.

Así fué desbaratada esta primera escuadra de bajeles brutos; pero como el escarmiento no sea muy eficaz cuando no se estudia en cabeza propia, no por ver el mal suceso de los compañeros desmayaron los que iban de refresco; antes más atrevidos entónces y pensando que la fortuna que desamparaba á los de Cesare se guardaba para los de Zompallon, puestos en forma de média luna cercaron y acometieron tan osadamente á los bergantines, que encontrándose con las canoas que huian, volcando las primeras y animando las restantes á volver á la batalla, abordaron con ellos y trabaron uno de los más fieros combates que se han representado en el teatro de aquel rio: porque los bárbaros, por entrar bajeles y los españoles por impedir la entrada desde los bordos, no perdian instrumento de guerra de que no se valiesen para salir con su intento; pero como los vasos contrarios eran de ménos porte y sus armas tan flacas como su defensa, y por el contrario tan aventajadas las nuestras, hacian tal destrozo en los miserables indios, que el agua se representaba golfo de confusiones y sangre. Por otra parte, vuelta á disparar la artillería y dando cargas continuas los arcabuces, eran tantas las canoas que rotas y desamparadas de gente se dejaban llevar de las aguas entre los cuerpos muertos, que reconociendo su total ruina los bárbaros despues de hora y média que duró la batalla, desatracados de los bergantines se dieron á huir con pérdida de trescientas canoas y de ochocientos Gandules, sin que de los españoles quedase alguno herido de riesgo.

Tanto vale en semejantes encuentros la prudencia de un Capitan sagaz y valiente pues con la disposicion que le dictaron sus experiencias consiguió una victoria que fue muy contingente perder, á dejarse llevar de los consejos precipitados de su gente. No siguió el alcance por no desabrigarse de las tierra ni desunir su armada; y porque el fin principal era sustentar el puesto para socorrer el ejército de Lebron, y no seguir á quien iba destrozado y sin más apremio que el de sus temores, le dejaba libre el paso para sus designios; porque uno de ellos en ya castigar los delitos de Alonso Jeque y las traiciones de los de Caciques presos, no bastó el buen suceso de la batalla para que Alonso Martin olvidase aquéllos y perdonase éstas, pues luego que se halló libre de enemigos hizo cabeza de proceso contra ellos, y constando por sus declaraciones y las de otros, ser ciertas las conjuraciones presentes y las demas en que habian concurrido con daño de los nuestros y perjuicio de la navegacion del rio, los condenó á muerte, que se ejecutó en aquel sitio, pagando Alonso Jeque con una vida cuantas habia quitado, rompiendo la promesa que hizo de ser fiel muchos dias ántes al tiempo que recibió el agua del bautismo. Y porque nos llaman las novedades acaecidas por este año en diferentes partes del Nuevo Reino, dejaremos á Alonso Martin con su armada, esperando á Lebron, miéntras damos noticias de ellas, tomando principio de las que se originaron en Cartagena con la provision de nuevo Juez sobre la causa de los Heredias.

Dejamos el año de treinta y ocho al Licenciado Juan de Badillo con resolucion de pasar á estos Reinos y en ellos al Adelantado D. Pedro de Heredia, á quien habia remitido suspenso del gobierno de Cartagena; pero habiendo este representado á su Majestad agravios que de aquél tenia recibidos, y consideradas en su Consejo de Indias las quejas que daba el Obispo D. Juan Fernández de Angulo del relajamiento con que algunos clérigos vivían en la provincia de Santa Marta, se le mandó al Licenciado Alanis de Paz (Juez nombrado contra el Adelantado D. Pedro Fernández de Lugo y D. Alonso su hijo, y contra Gobernadores Gerónimo de Hortal y Antonio Cedeño, sobre ocultaciones de quintos Reales) que exterminase de Santa Marta todos los clérigos que el Obispo señalase: y se proveyó mismo, que el Licenciado Santa Cruz pasase á Cartagena, y si hallase que los excesos del el licenciado Badillo fuesen tales que por ellos mereciese que lo remitiese preso á estos Reinos, lo ejecutase, y si no le permitiese pasar á Santo Domingo á servir la plaza que allí tenia á Oidor, bastando para ello que diese la residencia por su apoderado: y si hallase así mismo que los excesos de los Heredias y Alonso de Montes, su sobrino, fuesen de calidad que les correspondiese pena ordinaria, los remitiese presos á esta Corte con los autos conclusos que habia principiado el Licenciado Badillo, y si no fuesen tan calificados los delitos como se dada á entender por los informes del Obispo Toro y otros vecinos de Cartagena, los dejase venir sobre fianzas: y que para el mayor servicio de Dios, luego que llegase á Cartagena, fabricase junto á su Iglesia Catedral una Casa ó Colegio en que los hijos de los Caciques y de otros indios principales fuesen instruidos en los misterios de nuestra santa fe católica; que si tuvo efecto debió de durar muy poco, como beneficio comun para indios, que resultaba en perjuicio temporal de Encomenderos.

Con estos despachos llegó á Cartagena por el año de treinta y nueve el Licenciado Santa Cruz, y sabiendo que su antecesor Badillo habia ya salido de San Sebastian de Buenavista para la jornada de que tratamos en el capítulo segundo del cuarto libro, mandó luego hacer gente, y habiendo levantado hasta cien infantes y cincuenta caballos, nombró por su Teniente á Juan Greciano, con poderes amplios para que como Juez de la gente que habia conducido el Oidor Badillo, lo prendiese y á buen recaudo lo remitiese á Cartagena; pero como el deseo de pasar de la escuela de Letrados á la de Conquistadores estuviese por aquel siglo tan arraigado en las Togas, cometió el error de nombrar á Luis Bernal por Capitan de aquella gente, con facultad de que pudiese mover guerra á las naciones que encontrase; pues en el fin de comisiones no en guerrear á los indios sino castigar los excesos que hallase en el Oidor Badillo. Pero tomada la resolucion que va referida, salieron su Teniente y Capitan de Cartagena, y llegados á Urabá comenzaron á marchar tan opuestos en los dictámenes, que á pocas jornadas se dividió aquel pequeño campo en dos parcialidades, siguiendo la una á Graciano y la otras á Bernal, sembrando discordia tan perjudicial en los miembros, que los pusieron en riesgo de perderse todos. Con todo esto, aunque mal avenidos, llegaron á las montañas de Abíde, que pasaron sin mucho trabajo, por haber cargado la mayor parte sobre el ejército de Badillo, que dejó abierto camino cuando pasó, sin que en ellas sucediese otra cosa que la de haber muerto algunos soldados una culebra, en cuyo vientre hallaron un venado entero con sus ganchos: y, finalmente, despues con grandes trabajos y diferencias, arribaron á las provincia de Anserma, donde refrescados de víveres alojaron algunos dias, sin que cesasen los encuentros, hasta que más encendidos que nunca, y apellidada por cada cual la voz del Rey para prenderse el uno al otro, se pusieron todos en armas á tiempo que sobre la colina de Umbia asomó con veinte caballos Ruy Vanégas, que por órden del Capitan Jorge Robledo iba descubriendo tierras; con cuya vista, apaciguados los de Cartagena y gozosos los de Popayan, convinieron en que se diese aviso de todo á Jorge Robledo, que á la sazon estaba en Guarina, donde acudieron los cartagineses de una y otra parcialidad a darle obediencia y los dos Cabos á representar sus quejas: sobre que resolvió desterrarlos del campo, remítiéndolos con alguna escoltas á San Sebastian de Buenavista.

Reforzado de gente Robledo, iba sojuzgando con mansedumbre algunos Caciques; y pareciéndole que por aquel medio se encaminaba felizmente la pacificacion de las provincias, mandó al Capitan Suer da Nava que con cincuenta infantes y caballos reconociese la de Caramanta y poblaciones que en ella habia, volviendo lo más breve que pudiese, con relacion especial de todas; en cuyo tiempo él personalmente fué á Ocusca, y tanto persuadió á su Cacique, que le salió de paz y acompañó voluntariamente algunos dias, aunque despues se le desapareció de suerte que no lo pudo ver más : y vuelto Suer de Nava con relacion de haber pacificado las provincia de Caramanta, resolvió salir á visitar la que tenia descubierta, dejando en la Villa de Anserma por su Lugarteniente á Martín de Amoroto; pero apénas tuvo noticia el Cacique Ocusca de que Robledo habia desamparado la Villa, cuando con poderoso ejército determinó dar sobre Amoroto, á quien valió mucho el aviso que una india lo dió á Pedro de Ciesa de Léon, pues con él se previno de suerte con la poca gente que tenía, que Ocusca, tambien noticioso de que no podia cogerlo desprevenido, hubo de retirar sus tropas miéntras coligado con Umbruza, otro principal Cacique, las aumentaba de manará que por más provenido que hallase al Teniente Amoroto, lograse el deseo de destruir la Villa de Anserma y lanzar de la tierra á los nuestros; pero como por este tiempo Ruy Vanégas, con doce mil castellanos de oro que halló en un adoratorio de Guarina, y el Capitan Nava con las noticias de Caramanta, se le hubiesen juntado á Robledo en los sarallones de Appiá, que estaba pacificando, y allí tuviere nueva de la conjuracion de los Caciques Ocusca y Umbruzca, corrió al reparo tan diligente, que bastó un Embajador que les despachó para que dejasen las armas y pagase despues por todos un indio que le salió de paz en el valle de Santa María, fingiendo Umbruza, á quien engañado agasajo mucho, y desengañado hizo quemar por la cautelas de que habia usado.

Sosegadas estas naciones y deseoso de reconocer las tierras que habia pasada la cordillera que yace al Norte de Anserma, ordenó al Capitan Gómez Fernández que con cincuenta ballesteros y rodeleros descubriese las provincia de Chocó, no conocida entónces como ahora por la más abundante de oro entro las equinocciales, y al Capitan Ruy Vanégas que partiese á la pacificacion de Pirsa y Soppiá; lo cual no fué tan fácil, por haberse puesto en armas los de Pirsa, valiéndose de hoyos y puas contra la ventaja de los caballos, en que cayeron algunos; aunque conocido el ardid y castigado á atrevimiento en algunos encuentros que procedieron, hubieron de admitir forzadamente la paz, en que no fue tan dichoso Gómez Fernández, pues llegado á la aspereza de las montañas de Sima, albergue inculto de los más rústicos salvajes que se vieron entro aquella gentilidad, despues de varios trabajos se encontro con las corrientes y profundidades de un caudaloso rio, que por correr al mar del Norte se reconoció ser el Daríen, en que no hallaban los nuestros más alimento que el de aquella fruta que en otras provincias llaman Cachipaes y allí Pisbaes, que les fué de gran socorro hasta que arribando á ciertas montañas de tierra baja, dieron en una extraña poblacion de casas fabricadas sobre barbacoas (que, como dijimos, son á manera de zarzos), puestas sobre horcones de árboles, donde luego que la gente española fué sentida de los bárbaros que habitaban, tocaron al arma por diferentes partes con sus fotutos y tambores, y juntándose aleradamente cuantos habia en aquella region de sombras, jugando su flechería y dardos con tanta ventaja (por el accidente de haberse roto los nuestros algunas cuerdas de las ballestas y no dar lugar la maleza del monte al manejo de los caballos), que (a pocos lances se hallaron mal heridos Berrobi y Santiago, soldados briosos, (a quienes María Santísima libro de la muerte por haberla invocado en su favor, pues atropellados de la bárbara tropa, y sin ser vistos pasó sobre ellos retirando á los nuestros, hasta que unidos hicieron tal resistencia en la retirada que satisfechos los contrarios con la gloria de haberlos lanzado de su pueblo, dieron vuelta á él, y los nuestros, recogidos los heridos á la Villa de Anserma, donde el Capitan Jorge Robledo, no solamente dando ejemplo á los mejores caudillos de Indias, sino á lo que justamente se emplean en la promulgacion del Evangelio, iba por medios suaves reduciendo todas las provincias de los contornos.

Así corrian los descubrimientos de las provincias equinocciales, miéntras el Teniente Juan Greciano, vuelto á Cartagena, representaba sus quejas al Licenciado Santa Cruz, que mal escarmentado del infeliz suceso de la jornada, persistias en pretender ganar el renomre de conquistador, aunque la diversion de semejante empleo se costease con el perjuicio los interesados en la residencia que tenia á su cargo. Con este fin ordenó al Capitan Alonso de Heredia que con ciento y cincuenta infantes y cincuenta caballos saliese de Cartagena para Malambo, y subiendo por aquella banda sesenta leguas de costa el rio grande arriba, fundase en el sitio de Mompox una villa que llamase de Santa Cruz, por la conveniencia que de semejante pobladora se le seguiria á la comunicacion y comercio de la costa con provincias que recientemente se habian descubierto en el Reino de Bogotá. Obedeció Heredia, y como Capitan de reputacion que lo en en aquella provincia, levantó con facilidad los doscientos hombres, entre quienes fueron muchos buenos soldados y con ellos el Capitan Cohollos, el doctor Martin Rodríguez, Andres Zapata, los dos Sedeños hermanos, Ayllon, Retes, Rentería, Juan Gómez, Alonso de Carvajal, Juan Martin de Urista, Villafañe, de quien hay sucesion, Cerezo y Cano, que son los que han llegado á mi noticia, con los cuales salió de Cartagena, y con varios trabajos ocasionados de la oposicion que halló en los indios de Morro hermoso y otros de la tierra adentro, que siempre se mostraban belicosos, acometiéndole en aquellas partes que ménos pudiese aprovechar los caballos, arribó á la boca Cauca, que esguazó en balsas, y de allí á Mompox por fines de este año de treinta y nueve.

No fué su llegada tan repentina, que muchos dias antes no la tuviesen prevenidas ¡indios; pero hallólos de suerte escarmentados del castigo y destrozo que en ambas costas habia hecho pocos dias ántes la armada de Gerónimo Lebrón, que sin ponerse en resistencia le salieron de paz los Caciques Talahígua, Tacaloa, Menchiquexe y Tacalazaluma, y con ayuda dió principio á la fundacion de una villa que llamó de Santa Cruz de Mompox, el órden que llevaba y sitio que eligió, y es el más alto de aquella ribera, aunque tambien sujeto á inundaciones tomo la que padeció por Mayo del año de mil seiscientos y sesenta dos, en que necesitaron los vecinos de salirse en canoas de la villa por haberla inundado rio de la Magdalena. Distará de la ciudad de Cartagena setenta leguas al sudoeste: fueron sus primeros Alcaldes Andres Zapata y el doctor Martin Rodríguez, y repartidos entre los pobladores los indios que demoraban aquella banda, y las dos costas del rio Cauca que tiene la villa á las espaldas, fué creciendo la poblacion de suerte que aunque las lagunas y rios estrechan mucho aquella parte más elevada, tiene de presente tres calles de longitud, con latitud de casi tres cuadras, que sobre la riberas del rio correrán con buenos edificios média legua, en que habrá cuatrocientos vecinos. El temple es muy saludable, aunque sumamente cálido y húmedo: y por razon del trajin de la navegacion para los Reinos de Bogotá y Quito, en que siempre la villa es interesada con la escala y mansion que allí hacen las canoas, se compone de vecinos afables y ricos, como lo muestra la fábrica de las iglesia parroquial y la de los templos de San Francisco y San Agustin y los principios del colegio de la Compañía de Jesus, en que se trabaja bien en doctrinar la juventud.

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