CAPITULO
VII
ALONSO MARTIN PRENDE EN EL RIO Á ALONSO JEQUE, Y OBLIGADO DE UNA
ARMADA ENEMIGA, VENCE LA BATALLA NAVAL DE CESARE. TRATASE DE LO QUE
OBRABA EL LICENCIADO SANTA CRUZ EN CARTAGENA Y JORGE ROBLEDO EN
POPAYAN.
TARDÁBASE el ejército de tierra en llegar al sitio señalado para
juntarse con la Armada, porque las dificultades y trabajos del
camino no permitian más priesa, y Alonso Martin, por no tener
ociosa su gente (cuidado en que debe instar quien tratare de
tenerla sujeta), se ocupaba en correr las costas del rio, haciendo
diferentes surtidas en los bárbaros que las habitaban, unas veces
entrando por ciénagas y caños, y otras por esteros y brazos del
rio; y en continuacion de este ejercicio dieron vista á Zompallon,
uno de los sitios más altos y anchurosos de aquellas partes, y que
yace en las Costa del rio de la parte de Santa Marta, tan cercano á
su ribera, que bebe de sus aguas: y como el asiento es elevado y
goza de algunas sabanas y dehesas, no solamente fueron habitadas
sus tierras de muchos indios guerreros, sino que por los fines del
año de cuarenta el Capitan Hernando de Valdés, que de la conquista
del Nuevo Reino habia vuelto á Santa Marta, hizo alguna gente con
órden que para ello tuvo de Gerónimo Lebron, y subiendo el rio
arriba por tierra pobló la ciudad de San Miguel de las Palmas y en
este sitio la de Santiago de Zompallon, en cuyas jornada se
hallaron Alonso Juárez, Teniente nombrado de lo que se poblase; el
Capitan Luis de Villanueva, que despues casó en Cartagena con doña
Ines de Heredia; Juan Maldonado, que casó con doña María, hija de
Hortun Velasco, y Alonso diaz Portugues, de quien se ha hecho
memoria. Pero aquella nueva fuudacion no pudo sustentarse mucho
tiempo á causa de la guerra continuada de los indios y porque la
despobló el Adelantado D. Alonso Luis de Lugo: aunque despues por
el año de noventa, reparando Fernando Alvarez de Acevedo (el
primero que entró ganado vacuno en el Nuevo Reino por el rio, como
Cristóbal Rodríguez, vecino de Coro, que lo entré del Tocuyo por
los Llanos) que aquel sitio, por causa de su elevacion era ménos
sujeto á inundaciones, y que las sabanas de que goza eran de toda
conveniencia para crias de ganado, mudó á él la ciudad de
Tamalameque á quien de las reliquias de San Miguel y Zompallon
habia dado principio el Capitan Lorenzo Martin, por fines del año
de cuarenta y cinco, como diremos, de que me ha parecido anticipar
esta breve noticia para claridad de la historia, con que volveremos
á la jornada de Lebron que llevamos entre manos.
Habiéndose detenido Alonso Martin en Zompallon los dias que
bastaron para que Alonso Jeque maquinase su venganza, como éste
generalmente en obedecido en aquellas costas, luego que se escapó
en sus canoas despachó avisos á todos los indios de la comarca en
diferentes barquetas que cada dias pasaban á vista de nuestra
armada, sin que los españoles presumiesen la causa; pero si los
Caciques Malambú y Melo, que luego penetraron la trama de Alonso
Jeque y la liga general que hacia de los señores de la costa y sus
parciales contra los nuestros, y así manifestaron al Capitan Alonso
Martin las sospechas que habian concebido de ver aquellas
embarcaciones tan diligentes en subir y bajar el rio, advirtiéndole
que para más seguridad de su armada convendría estar en vela y
prevenir de suerte las tres canoas que llevaba, que pudiesen tomar
alguna barqueta enemiga, de quien se tomase noticia de la
pretension de Alonso Jeque. No desagradó el consejo de los
Caciques, fundado en tan legítimos recelos; y así, viendo pasar
tres canoas de indios armados, salieron las nuestras con seis
arcabuceros cada una y buenos bogas de los indios amigos, que á
sombra de los españoles siguieron con tanto aliento el alcance, que
se lo dieron antes de poder las contrarias llegar á tierra, para
donde pusieron las proas á bogas arrancada; mas embarazados los
nuestros en apresar las dos de ellas, tuvo lugar la otra de escapar
huyendo.
Rendidas las dos canoas y asegurados los Gandules que iban en
ellas, guiaron á donde esperaban los bergantines el suceso de su
fortuna, que fué mucho mejor que pudieran pintarla, porque apénas
mudaron los prisioneros á la embarcacion en que estaban los tres
Caciques de Mompox, cuando reconocieron y manifestaron ser uno de
ellos Alonso Jeque, que bajaba de convocar la tierra y prevenirla
para que aquellas misma noche, con la mayor armada que se pudiese
juntar, acometiesen los bergantines y pusiesen en libertad los
prisioneros. Así lo confesó él mismo y los Gandules, que
separadamente fueron repreguntados, conformando todos en que al
romper del dia cargarían todos los bajeles del rio que habia desde
Zorapallon á Cesare sobre nuestra armada, y que la prision de
Alonso Jeque no seria parte para mudar la resolucion en que habian
convenido todas las naciones de la una y de otra ribera. Alonso
Martin, con estas noticias, llamó á consulta sus Cabos sobre si
convendria más bajar á la boca de Cesare, donde tenía órden de
esperar á su Gobernador, ó conservar el puesto aguardando la armada
enemiga para pelear con ella.
Eran los más de los suyos bisoños en la forma de guerrear en las
Indias, y llevados más del aliento que de la razon, decían: Que no
convenia desamparar el sitio en que se hallaba la armada, porque
cuanta reputacion perdiese con la retirada, tanto más atreviento
cobrarian los enemigos para embestirla como bárbaros, que sin
discurrir por los dictamenes de la prudencia, piensan que son
efectos de la cobardia cuantos no son arrojos de la
inconsideracion. Que aquellas naciones enseñadas á se vencidas con
el desprecio de sus armas, perderian de su suerte ya el miedo,
oponiéndose á la naveqacion del rio tan precisa para las entradas
del Reino, que imposibilitasen los comercios ó forzasen mayores
armadas á pelear cada dia sin la ventaja del espanto que habian
concebido del nombre español. Que era muy posible que la armada
enemiga se deshiciese por sí misma ó retirase viendo descubiertos e
designios, y sabida la prision de Alonso Jeque, de que ya le habria
dado noticia la canoa que escapó huyendo: y no en bien que por
excusar un daño contingente se cayese en un descrédito cierto. Que
cuando no sucediese así y se hallasen obligados á pelear, era lance
que debian apetecer, pues les aseguraba una victoria cierta la
ventaja que tenían asegurada en la grandeza de los bajeles, y la
que siempre se reconocía haber hecho los españoles á los indios,
gente bárbara que combate con voceria y confusion, sus armas
ligeras y flacas, y sus cuerpos desnudos y siempre expuestos á los
golpes y heridas. Y finalmente, que aunque se hallaban obligados á
bajar á la boca de Cesare para pasar el ejército de tierra, no era
bien anticipar la ejecucion que podian hacer con tiempo, y cuando
despues de una ilustre victoria pareciesen con más glorioso
renombre, donde su Gobernador participase de tan buenas
fortunas.
Así discurrian los de este parecer, á que se oponía vivamente
Alonso Martin, pretendiendo hacerles evidente su riesgo con las
razones que persuadian lo contrario. Decía: Que pues se habian
alargado tanto con la codicia de saquear los pueblos y necesitaban
de bajar á Cesare para pasar el ejército de tierra, seria más
acertado ejecutarlo luego, en que se conseguian dos fines ambos
útiles; el uso de acudir á obligacion tan precisa como la de
allanar paso al ejército; y el otro de burlar á sus contrarios
cuando más unidos concurrian á una faccion tan meditada. Que los
intereses de que la gente de tierra se aliviase con la asistencia
de la armada, debían preferir á cualquiera victoria del enemigo,
por grande que fuese, pues de ella no podian esperar otro fruto que
heridas, ni se les aumentaba más gloria que la adquirida. Que el
fin con que se labró la armada habia sido para convoyar el ejercito
y facilitar los pasos de los esteros y rios, y éste se malograba
ocupándola en guerrear con los indios no siendo en lance que se
opusiesen á estos designios. Que las victoriosas qae se prometían
contra la desnudez de aquellos bárbaros no estaban tan aseguradas
de la fortuna que no se hubiesen visto las armas españolas sujetas
á su variedad algunas veces, como se reconoció en el mal suceso de
un Cabo tan ejercitado como el General Callegos. Que toda la
defensa de los bergantines consistía en las armas de fuego,
imposibilitadas de hacer buen efecto en la oscuridad de la noche en
que pretendian acometerlos, por la incertidumbre con que se hacian
los tiros; por lo contrario, á la armada enemiga siempre ayudarían
las tinieblas, y facilitarían buenos sucesos; porque sus bajeles,
diestros en salir y entrar por cualquiera parte, acometerian por la
que eligiesen y siendo los españoles tan grandes, no jugarian sus
flechas con la incertidumbre de nuestras balas. Que acudiendo
primero á la boca del Cesare, y teniendo preso á Alonso Jeque,
autor único de aquellos movimientos, se templaria tanto, que por sí
sola se disolviese aquella máquina difícil de unirse segunda vez
para nuestro daño: y que en caso que con la ausencia de Alonso
Jeque subsistiese la resolucion de los bárbaros, no podian á la
vuelta encontrar más pujante armada de canoas que la que amenazaba
aquella noche. Que una buena retirada siempre fué seguridad de una
Victoria, y nunca puede engendrar temor cuando el que la ejecuta
sabe que lo hace para disponer más bien los medios de un triunfo.
Que con el retiro que afectó hacer Aníbal de dos Cónsules romanos,
supo triunfar de muchos en la batalla de Canas: y á no retirarse el
Marqués de Pescara de los muros de Marsella, no hubiera conseguido
los triunfos de Pavia. Que aquello era lo más conveniente á su
armada, y ejecutarlo de noche seria lo más seguro, pues cuando la
siguiesen no seria de suerte que le diesen alance ántes de aclarar
el dia, en cuyas luces podian fiar la resulta de un buen
suceso.
La autoridad del cargo de Alonso Martin y la experiencia que
tenia en la guerra de Indias, hicieron prevaleciese su parecer
contra el comun: y así sujetos los Cabos á sus órdenes, levaron las
anclas en la oscuridad de la noche, y puestas las proas al Cesare,
guiaron los bergantines con el mayor secreto que les fué posible y
con tan dilatado viaje, que gastaron la noche navegando; pero
abriendo el dia se hallaron en el paraje á que se encaminaban: y
porque el mayor riesgo que les amenazaba en el de aquella parte de
Santa Marta, surgieron y saltaron en tierra á la banda de
Cartagena, parte más limpia y escombrada para alojarse y esperar
cualquiera invasion de indios, en tanto que el ejército de tierra
llegaba por la costa de la otra banda á la boca del Cesare que
tenian de frente. Pasa este no unas legua distante de la ciudad de
los Reyes del Valle de Upar, donde se junta con Guataporí, que baja
de las sierras nevadas. Llámase en el idioma de los naturales
Pompatoo, que quiere decir señor de todos los rios. Así discurren
los que hablan de las cosas propias ó los que han visto poco mundo,
pues á tan corta distancia del rio grande tiene este nombre Cesare,
aunque lo hacen caudaloso muchos rios que entran en él, como son
Socuiga, á quien dió su apellido el Gobernador Pedro Badillo, y el
que llaman rio de las Auyamas, que lo acompañan hasta que extendido
por la gran laguna de Zapatosa forma los cuatro brazos que junta en
un cuerpo para entrar en el rio grande, despues de haber corrido
setenta leguas al Poniente. Pero apénas dieron principio los
nuestros á disponer sus tiendas y barracas, cuando vieron salir por
la boca de Cesare más de quinientas canoas en que habria hasta tres
mil indios de guerra bien armados, que persuadidos á que volvian
los españoles derrotados de la armada de Zompallon y faltos de
armas de fuego, navegaban con muestras de acometerlos; pero al
mismo tiempo que Alonso Martin disponia sus bajeles para resistir á
las canoas, divisaron las centinelas la poderosa armada de
Zompallon, que habiendo llegado al paraje donde el dia antecedente
estuvo afondada la nuestra, y echándola ménos, se determinó á
seguirla rio abajo hasta pelear con ella. Era innumerable la
cantidad de canoas y barcos de que se componía, y mirada al
respecto de otras en que habian contado los vasos, pasarían los de
ésta de mil y quinientos, en que iban prevenidas de armas todas las
milicias de timbas riberas.
La armada de Cesare que se hallaba más cercana y pretendias
ganar la gloria de ser la primera al combate, sin esperar á la otra
ni consultar la forma de acometer, se fué alargando á fuerza de
remos en demanda de la nuestra, en que ya embarcados los españoleas
que saltaron á tierra y cubiertos los bergantines de popa á proa
con toldos de mantas de algodon, esperaban los unos en los bordos
con espadas y rodelas, y los otros con chuzos y armas de fuego
prevenidas para su tiempo. Los indios, pues, viéndose á distancia
de poder jugar su flechería, dieron tan espesa carga á los
bergantines, que á no estar defendidos de las mantas, en que se
quedaban pendientes sin pasar adelante las flechas, fuera el daño
muy considerable en los nuestros: mas como el efecto fué ninguno y
las canoas enemigas estaban ya poco distantes, dada la señal por
Alonso Martin, se disparó la artilleria y arcabuces á tan buen
tiempo, que volcando muchas, haciendo pedazos otras y dejando
algunas limpias de gente, fué tal el estrago de la primera rociada
que, turbados los indios, ya fuese del temor de los arcabuces, ya
del espanto de ver en tan breve tiempo muertos tantos de los suyos,
buscaban seguridad en lo más profundo del agua con la fuga que
ejecutaron tan sin órden, que no bastó para detenerlos el socorro
de Zompallon, que tenian vecino.
Así fué desbaratada esta primera escuadra de bajeles brutos;
pero como el escarmiento no sea muy eficaz cuando no se estudia en
cabeza propia, no por ver el mal suceso de los compañeros
desmayaron los que iban de refresco; antes más atrevidos entónces y
pensando que la fortuna que desamparaba á los de Cesare se guardaba
para los de Zompallon, puestos en forma de média luna cercaron y
acometieron tan osadamente á los bergantines, que encontrándose con
las canoas que huian, volcando las primeras y animando las
restantes á volver á la batalla, abordaron con ellos y trabaron uno
de los más fieros combates que se han representado en el teatro de
aquel rio: porque los bárbaros, por entrar bajeles y los españoles
por impedir la entrada desde los bordos, no perdian instrumento de
guerra de que no se valiesen para salir con su intento; pero como
los vasos contrarios eran de ménos porte y sus armas tan flacas
como su defensa, y por el contrario tan aventajadas las nuestras,
hacian tal destrozo en los miserables indios, que el agua se
representaba golfo de confusiones y sangre. Por otra parte, vuelta
á disparar la artillería y dando cargas continuas los arcabuces,
eran tantas las canoas que rotas y desamparadas de gente se dejaban
llevar de las aguas entre los cuerpos muertos, que reconociendo su
total ruina los bárbaros despues de hora y média que duró la
batalla, desatracados de los bergantines se dieron á huir con
pérdida de trescientas canoas y de ochocientos Gandules, sin que de
los españoles quedase alguno herido de riesgo.
Tanto vale en semejantes encuentros la prudencia de un Capitan
sagaz y valiente pues con la disposicion que le dictaron sus
experiencias consiguió una victoria que fue muy contingente perder,
á dejarse llevar de los consejos precipitados de su gente. No
siguió el alcance por no desabrigarse de las tierra ni desunir su
armada; y porque el fin principal era sustentar el puesto para
socorrer el ejército de Lebron, y no seguir á quien iba destrozado
y sin más apremio que el de sus temores, le dejaba libre el paso
para sus designios; porque uno de ellos en ya castigar los delitos
de Alonso Jeque y las traiciones de los de Caciques presos, no
bastó el buen suceso de la batalla para que Alonso Martin olvidase
aquéllos y perdonase éstas, pues luego que se halló libre de
enemigos hizo cabeza de proceso contra ellos, y constando por sus
declaraciones y las de otros, ser ciertas las conjuraciones
presentes y las demas en que habian concurrido con daño de los
nuestros y perjuicio de la navegacion del rio, los condenó á
muerte, que se ejecutó en aquel sitio, pagando Alonso Jeque con una
vida cuantas habia quitado, rompiendo la promesa que hizo de ser
fiel muchos dias ántes al tiempo que recibió el agua del bautismo.
Y porque nos llaman las novedades acaecidas por este año en
diferentes partes del Nuevo Reino, dejaremos á Alonso Martin con su
armada, esperando á Lebron, miéntras damos noticias de ellas,
tomando principio de las que se originaron en Cartagena con la
provision de nuevo Juez sobre la causa de los Heredias.
Dejamos el año de treinta y ocho al Licenciado Juan de Badillo
con resolucion de pasar á estos Reinos y en ellos al Adelantado D.
Pedro de Heredia, á quien habia remitido suspenso del gobierno de
Cartagena; pero habiendo este representado á su Majestad agravios
que de aquél tenia recibidos, y consideradas en su Consejo de
Indias las quejas que daba el Obispo D. Juan Fernández de Angulo
del relajamiento con que algunos clérigos vivían en la provincia de
Santa Marta, se le mandó al Licenciado Alanis de Paz (Juez nombrado
contra el Adelantado D. Pedro Fernández de Lugo y D. Alonso su
hijo, y contra Gobernadores Gerónimo de Hortal y Antonio Cedeño,
sobre ocultaciones de quintos Reales) que exterminase de Santa
Marta todos los clérigos que el Obispo señalase: y se proveyó
mismo, que el Licenciado Santa Cruz pasase á Cartagena, y si
hallase que los excesos del el licenciado Badillo fuesen tales que
por ellos mereciese que lo remitiese preso á estos Reinos, lo
ejecutase, y si no le permitiese pasar á Santo Domingo á servir la
plaza que allí tenia á Oidor, bastando para ello que diese la
residencia por su apoderado: y si hallase así mismo que los excesos
de los Heredias y Alonso de Montes, su sobrino, fuesen de calidad
que les correspondiese pena ordinaria, los remitiese presos á esta
Corte con los autos conclusos que habia principiado el Licenciado
Badillo, y si no fuesen tan calificados los delitos como se dada á
entender por los informes del Obispo Toro y otros vecinos de
Cartagena, los dejase venir sobre fianzas: y que para el mayor
servicio de Dios, luego que llegase á Cartagena, fabricase junto á
su Iglesia Catedral una Casa ó Colegio en que los hijos de los
Caciques y de otros indios principales fuesen instruidos en los
misterios de nuestra santa fe católica; que si tuvo efecto debió de
durar muy poco, como beneficio comun para indios, que resultaba en
perjuicio temporal de Encomenderos.
Con estos despachos llegó á Cartagena por el año de treinta y
nueve el Licenciado Santa Cruz, y sabiendo que su antecesor Badillo
habia ya salido de San Sebastian de Buenavista para la jornada de
que tratamos en el capítulo segundo del cuarto libro, mandó luego
hacer gente, y habiendo levantado hasta cien infantes y cincuenta
caballos, nombró por su Teniente á Juan Greciano, con poderes
amplios para que como Juez de la gente que habia conducido el Oidor
Badillo, lo prendiese y á buen recaudo lo remitiese á Cartagena;
pero como el deseo de pasar de la escuela de Letrados á la de
Conquistadores estuviese por aquel siglo tan arraigado en las
Togas, cometió el error de nombrar á Luis Bernal por Capitan de
aquella gente, con facultad de que pudiese mover guerra á las
naciones que encontrase; pues en el fin de comisiones no en
guerrear á los indios sino castigar los excesos que hallase en el
Oidor Badillo. Pero tomada la resolucion que va referida, salieron
su Teniente y Capitan de Cartagena, y llegados á Urabá comenzaron á
marchar tan opuestos en los dictámenes, que á pocas jornadas se
dividió aquel pequeño campo en dos parcialidades, siguiendo la una
á Graciano y la otras á Bernal, sembrando discordia tan perjudicial
en los miembros, que los pusieron en riesgo de perderse todos. Con
todo esto, aunque mal avenidos, llegaron á las montañas de Abíde,
que pasaron sin mucho trabajo, por haber cargado la mayor parte
sobre el ejército de Badillo, que dejó abierto camino cuando pasó,
sin que en ellas sucediese otra cosa que la de haber muerto algunos
soldados una culebra, en cuyo vientre hallaron un venado entero con
sus ganchos: y, finalmente, despues con grandes trabajos y
diferencias, arribaron á las provincia de Anserma, donde
refrescados de víveres alojaron algunos dias, sin que cesasen los
encuentros, hasta que más encendidos que nunca, y apellidada por
cada cual la voz del Rey para prenderse el uno al otro, se pusieron
todos en armas á tiempo que sobre la colina de Umbia asomó con
veinte caballos Ruy Vanégas, que por órden del Capitan Jorge
Robledo iba descubriendo tierras; con cuya vista, apaciguados los
de Cartagena y gozosos los de Popayan, convinieron en que se diese
aviso de todo á Jorge Robledo, que á la sazon estaba en Guarina,
donde acudieron los cartagineses de una y otra parcialidad a darle
obediencia y los dos Cabos á representar sus quejas: sobre que
resolvió desterrarlos del campo, remítiéndolos con alguna escoltas
á San Sebastian de Buenavista.
Reforzado de gente Robledo, iba sojuzgando con mansedumbre
algunos Caciques; y pareciéndole que por aquel medio se encaminaba
felizmente la pacificacion de las provincias, mandó al Capitan Suer
da Nava que con cincuenta infantes y caballos reconociese la de
Caramanta y poblaciones que en ella habia, volviendo lo más breve
que pudiese, con relacion especial de todas; en cuyo tiempo él
personalmente fué á Ocusca, y tanto persuadió á su Cacique, que le
salió de paz y acompañó voluntariamente algunos dias, aunque
despues se le desapareció de suerte que no lo pudo ver más : y
vuelto Suer de Nava con relacion de haber pacificado las provincia
de Caramanta, resolvió salir á visitar la que tenia descubierta,
dejando en la Villa de Anserma por su Lugarteniente á Martín de
Amoroto; pero apénas tuvo noticia el Cacique Ocusca de que Robledo
habia desamparado la Villa, cuando con poderoso ejército determinó
dar sobre Amoroto, á quien valió mucho el aviso que una india lo
dió á Pedro de Ciesa de Léon, pues con él se previno de suerte con
la poca gente que tenía, que Ocusca, tambien noticioso de que no
podia cogerlo desprevenido, hubo de retirar sus tropas miéntras
coligado con Umbruza, otro principal Cacique, las aumentaba de
manará que por más provenido que hallase al Teniente Amoroto,
lograse el deseo de destruir la Villa de Anserma y lanzar de la
tierra á los nuestros; pero como por este tiempo Ruy Vanégas, con
doce mil castellanos de oro que halló en un adoratorio de Guarina,
y el Capitan Nava con las noticias de Caramanta, se le hubiesen
juntado á Robledo en los sarallones de Appiá, que estaba
pacificando, y allí tuviere nueva de la conjuracion de los Caciques
Ocusca y Umbruzca, corrió al reparo tan diligente, que bastó un
Embajador que les despachó para que dejasen las armas y pagase
despues por todos un indio que le salió de paz en el valle de Santa
María, fingiendo Umbruza, á quien engañado agasajo mucho, y
desengañado hizo quemar por la cautelas de que habia usado.
Sosegadas estas naciones y deseoso de reconocer las tierras que
habia pasada la cordillera que yace al Norte de Anserma, ordenó al
Capitan Gómez Fernández que con cincuenta ballesteros y rodeleros
descubriese las provincia de Chocó, no conocida entónces como ahora
por la más abundante de oro entro las equinocciales, y al Capitan
Ruy Vanégas que partiese á la pacificacion de Pirsa y Soppiá; lo
cual no fué tan fácil, por haberse puesto en armas los de Pirsa,
valiéndose de hoyos y puas contra la ventaja de los caballos, en
que cayeron algunos; aunque conocido el ardid y castigado á
atrevimiento en algunos encuentros que procedieron, hubieron de
admitir forzadamente la paz, en que no fue tan dichoso Gómez
Fernández, pues llegado á la aspereza de las montañas de Sima,
albergue inculto de los más rústicos salvajes que se vieron entro
aquella gentilidad, despues de varios trabajos se encontro con las
corrientes y profundidades de un caudaloso rio, que por correr al
mar del Norte se reconoció ser el Daríen, en que no hallaban los
nuestros más alimento que el de aquella fruta que en otras
provincias llaman Cachipaes y allí Pisbaes, que les fué de gran
socorro hasta que arribando á ciertas montañas de tierra baja,
dieron en una extraña poblacion de casas fabricadas sobre barbacoas
(que, como dijimos, son á manera de zarzos), puestas sobre horcones
de árboles, donde luego que la gente española fué sentida de los
bárbaros que habitaban, tocaron al arma por diferentes partes con
sus fotutos y tambores, y juntándose aleradamente cuantos habia en
aquella region de sombras, jugando su flechería y dardos con tanta
ventaja (por el accidente de haberse roto los nuestros algunas
cuerdas de las ballestas y no dar lugar la maleza del monte al
manejo de los caballos), que (a pocos lances se hallaron mal
heridos Berrobi y Santiago, soldados briosos, (a quienes María
Santísima libro de la muerte por haberla invocado en su favor, pues
atropellados de la bárbara tropa, y sin ser vistos pasó sobre ellos
retirando á los nuestros, hasta que unidos hicieron tal resistencia
en la retirada que satisfechos los contrarios con la gloria de
haberlos lanzado de su pueblo, dieron vuelta á él, y los nuestros,
recogidos los heridos á la Villa de Anserma, donde el Capitan Jorge
Robledo, no solamente dando ejemplo á los mejores caudillos de
Indias, sino á lo que justamente se emplean en la promulgacion del
Evangelio, iba por medios suaves reduciendo todas las provincias de
los contornos.
Así corrian los descubrimientos de las provincias equinocciales,
miéntras el Teniente Juan Greciano, vuelto á Cartagena,
representaba sus quejas al Licenciado Santa Cruz, que mal
escarmentado del infeliz suceso de la jornada, persistias en
pretender ganar el renomre de conquistador, aunque la diversion de
semejante empleo se costease con el perjuicio los interesados en la
residencia que tenia á su cargo. Con este fin ordenó al Capitan
Alonso de Heredia que con ciento y cincuenta infantes y cincuenta
caballos saliese de Cartagena para Malambo, y subiendo por aquella
banda sesenta leguas de costa el rio grande arriba, fundase en el
sitio de Mompox una villa que llamase de Santa Cruz, por la
conveniencia que de semejante pobladora se le seguiria á la
comunicacion y comercio de la costa con provincias que
recientemente se habian descubierto en el Reino de Bogotá. Obedeció
Heredia, y como Capitan de reputacion que lo en en aquella
provincia, levantó con facilidad los doscientos hombres, entre
quienes fueron muchos buenos soldados y con ellos el Capitan
Cohollos, el doctor Martin Rodríguez, Andres Zapata, los dos
Sedeños hermanos, Ayllon, Retes, Rentería, Juan Gómez, Alonso de
Carvajal, Juan Martin de Urista, Villafañe, de quien hay sucesion,
Cerezo y Cano, que son los que han llegado á mi noticia, con los
cuales salió de Cartagena, y con varios trabajos ocasionados de la
oposicion que halló en los indios de Morro hermoso y otros de la
tierra adentro, que siempre se mostraban belicosos, acometiéndole
en aquellas partes que ménos pudiese aprovechar los caballos,
arribó á la boca Cauca, que esguazó en balsas, y de allí á Mompox
por fines de este año de treinta y nueve.
No fué su llegada tan repentina, que muchos dias antes no la
tuviesen prevenidas ¡indios; pero hallólos de suerte escarmentados
del castigo y destrozo que en ambas costas habia hecho pocos dias
ántes la armada de Gerónimo Lebrón, que sin ponerse en resistencia
le salieron de paz los Caciques Talahígua, Tacaloa, Menchiquexe y
Tacalazaluma, y con ayuda dió principio á la fundacion de una villa
que llamó de Santa Cruz de Mompox, el órden que llevaba y sitio que
eligió, y es el más alto de aquella ribera, aunque tambien sujeto á
inundaciones tomo la que padeció por Mayo del año de mil
seiscientos y sesenta dos, en que necesitaron los vecinos de
salirse en canoas de la villa por haberla inundado rio de la
Magdalena. Distará de la ciudad de Cartagena setenta leguas al
sudoeste: fueron sus primeros Alcaldes Andres Zapata y el doctor
Martin Rodríguez, y repartidos entre los pobladores los indios que
demoraban aquella banda, y las dos costas del rio Cauca que tiene
la villa á las espaldas, fué creciendo la poblacion de suerte que
aunque las lagunas y rios estrechan mucho aquella parte más
elevada, tiene de presente tres calles de longitud, con latitud de
casi tres cuadras, que sobre la riberas del rio correrán con buenos
edificios média legua, en que habrá cuatrocientos vecinos. El
temple es muy saludable, aunque sumamente cálido y húmedo: y por
razon del trajin de la navegacion para los Reinos de Bogotá y
Quito, en que siempre la villa es interesada con la escala y
mansion que allí hacen las canoas, se compone de vecinos afables y
ricos, como lo muestra la fábrica de las iglesia parroquial y la de
los templos de San Francisco y San Agustin y los principios del
colegio de la Compañía de Jesus, en que se trabaja bien en
doctrinar la juventud.