CAPÍTULO II
EN QUE SE DA NOTICIA DE SUS PROVINCIAS Y PRIMEROS HABITADORES.
EN la población del mundo repartida entre los hijos de Noé, Sem,
Cam y Japheth, le cayó en suerte á Japheth y Noéla ó Funda (como
quieren otros) el poblar estas Indias Occidentales; y así los
naturales de ellas, como los de Europa, traen de él su
descendencia: porque los que vanamente atribuyen su origen á Cam,
no debieron de reparar en el texto expreso de la Escritura, donde á
Cam y Sem se les señala por término al Eufrátes. Pero por qué parte
pasasen á poblarlas y por dónde fuesen al Nuevo Reino de Granada,
no es fácil de averiguar, como ya dijimos, respecto de estar
dividida la América de las otras partes del mundo y cercada de
golfos dilatados, y ser tan moderno el uso de la aguja para
navegación tan larga. Lo que sí es verosímil por conjeturas es, que
de los Llanos subieron al Nuevo Reino los primeros que lo
habitaron, donde la destemplanza de la región, opuesta á la de que
subieron, les obligó á vestirse para reparo de los frios.
Son tantas y tan diferentes las naciones, y de costumbres tan
diversas las personas que lo habitan, que con mucho estudio y
trabajo aun será dificultoso darlas á entender de manera que den
luz á la historia: en lo que todas convienen es en la idolatría,
ménos la nación de los Tammez, que habitan en las cordilleras de
los llanos, á los confines del puerto de Casanare, que carece de
ídolos, y en lo demás que obran, se gobiernan por reglas de la
naturaleza. Tambien convienen en la ociosidad y en la inclinación á
la embriaguez y á la mentira: solamente se experimenta que hablan
verdad generalmente en una cosa, que es en decir las cantidades que
deben ó les deben; y como por la mayor parte son tímidos,
preguntados de repente, responden con verdad, lo cual ocasiona el
miedo, y en dándoles tiempo á que piensen, pocas veces dejan de
mentir, llevados de la inclinación. Lo que es mucho de admirar es
que todos los habitadores que se comprenden en el Nuevo Reino de
las Indias son hábiles para cualquiera ocupación de ingenio á que
los apliquen, principalmente siendo pequeños. Y los que más exceden
en habilidad y en el amor y lealtad á los españoles son los
Achaguas, nación que habita los llanos de San Juan en muchas
partes, y de éstos al presente algunos pueblos están reducidos á la
fe católica, y otros persisten en su infidelidad, por falta de
predicadores evangélicos. Convienen demás de lo referido, en el
aborrecimiento á los españoles: defecto que brotan todas las
naciones que en sus tierras experimentan el dominio ageno; y á
quienes aborrecen más son á los hijos de Indias y españoles, que
vulgarmente se llaman mestizos.
La inclinación á los comercios prefiere en los más al noble
ejercicio de las armas; si bien algunas naciones se han mostrado
valerosas en continuadas guerras, como son los Guagiros en la
provincia de Santa Marta, que con valor se han defendido de los
españoles y conservado en libertad hasta la edad presente. Son
constantes en sufrir el hambre y la sed: usan de flechas por armas:
de sus hazañas hay mucho escrito por las crónicas y escritores de
Indias. Los Chimilas, que confinan con ellos, no son tan valientes,
pero muy cautelosos y ver sus ardides más temidos que los Guagiros:
andan desnudos y usan de flechas por armas. Los Chocoes de las
provincias de Antioquia, que llaman equinocciales, imitan en las
trazas y traición á los Chimilas, aunque en las armas se
diferencian, porque usan dardos de una braza. Son dilatadísimas y
ricas estas provincias de oro; y aunque se han hecho muchas
entradas en ellas por diferentes Capitanes con gran copia de gente,
y fundádose algunas ciudades, las han asolado los indios
lastimosamente, y de ordinario han perecido á sus manos los
Capitanes más valerosos, como lo fueron Martín Bueno, Pereira y D.
Diego de Andrada, que perdió la empresa con muerte irreparable de
toda su gente; de que se hallan con tanta soberbia, que no excusan
de venir á las manos con los españoles, sin ventajas de ardides. No
hay en todas ellas pueblo alguno reducido á nuestra santa fe, ni
esperanza de que se reduzca: lástima bien considerable en tanta
infinidad de almas. Los Urabaes, situados entre las provincias del
Darien y la de Cartagena, donde está la casa del Sol tan justamente
decantada y pretendida, como después diremos, usan de flechas y
dardos, son muy cautelosos en las guerras y más en los contratos:
reconocieron dominio en algún tiempo á los Taironas de Santa Marta,
cuando los habia; y aunque vencidos y guerreados de los españoles
de Santa Manta y Cartagena, admitieron ciudades y Encomenderos:
después la codicia de los Gobernadores los desabrió de suerte, con
nuevos apuntamientos, que valiéndose de sus ardides, lo asolaron
todo hasta ponerse en su libertad primera.
En los llanos de San Juan son casi infinitas las naciones que
carecen de la luz del Evangelio, casi todas de espíritu cobarde,
aunque los Caribes, que confinan con la Guayana, han dado muchas
veces demostraciones de valerosos, y aun privado á nuestra nación,
lastimosamente, de un Capitán de tanto valor y esperanzas como lo
fué García de Parédes, hijo del otro que admiró Francia. Las armas
de que usan son flechas, y tan diestros en manejarlas, que ni el
ave en el aire ni el pez en el agua viven seguros de su destreza.
Hay entre ellos cierta nación que sin tener lugar fijo en que
habitar, á la manera de los Scitas ó Alarbes, llevan consigo sus
familias, y sin hacer asiento en parte determinada, todas las
trasiegan. Viven de asaltos y robos, y por esta causa no siembran,
de que se origina el odio general que las demás naciones les
tienen. Las tierras de los llanos que habitan son tan extendidas y
faltas de montes, y tan embarazadas de carrizales y montañas, que
para caminar por ellas los españoles, necesitan de aguja para no
perderse. Hánse descubierto algunas veces provincias riquísimas y
de gente política, como le sucedió á Felipe Dutre, que seguía
aquellos descubrimientos por los alemanes, que tenian su asiento en
Coro, en conformidad de las capitulaciones que asentaron con
nuestro invicto Emperador Cárlos V. Este, pues, descubrió la
provincia de los Omeguas, que tantas vidas costó entónces, y ha
costado después en las entradas de los que han querido imitarle,
por ser tan difíciles las primeras sendas, que sin poder
encontrarlas se han perdido en ellas, dejando solamente las
noticias de la provincia y de sus desgracias.
De esta banda del rio Meta están algunos pueblos de indios
reducidos, de la otra ninguno; aunque siempre dispuestos por su
buen natural á recibir la fe, si su reducción se tratara con el
calor que debiera: apetecen la paz con los españoles, porque no les
falte el comercio de la sal, que suelen suplirla comiendo tierra,
de que mueren miserablemente. Hánse hecho algunas entradas de
religiosos, que llevados del celo de las almas, han ido á
predicarles con mucho fruto, y entre los que más se han señalado
han sido frai Bernardo de Lira, religioso de San Francisco, por los
años de 1656 y 1657, y los padres de la Compañía, que á petición
del Rey Cristianísimo envió la Santidad de Inocencio X á las islas
sujetas al Rey de Francia, y derrotados entraron casi por los
mismos años en la Guayana. De estos religiosos era superior Juan
Hallay, y compañeros Dionisio de Menslad y Antonio de Monsliberth,
insignes en letras y espíritu, con cuyo egemplo, inflamados los
religiosos de los Colegios del Nuevo Reino, han adelantado la
cosecha de las almas desde el pueblo de Casanare, que eligieron por
asiento de sus misiones: á cuya imitación los religiosos de San
Francisco han renovado al presente por San Juan de los Llanos la
conquista espiritual principiada por el dicho padre frai Bernardo
de Lira, frai Juan Doblado y frai Blas Moreno, y admitido la de los
países de Popayán que más deseosos de su remedio han salido de las
montañas á la provincia de Neiva, poblándose en ella y sujetándose
al Rey nuestro señor, á quien pidieron párrocos, que tienen al
presente de religiosos Franciscos. La verdad es que si los
españoles entraran á poblar ciudades en aquellas partes, y reducir
naciones tan numerosas, fuera muy fácil conseguirse la conversión
de todas por el amparo y refugio que tuvieran los sacerdotes en
dichas ciudades para doctrinarlos; pero está ya en las Indias tan
tibio aquel primer ardor de las armas católicas, que á nada se
inclinan ménos que á nuevas conquistas: si la causa es el poco
premio que han tenido los que las ganaron, díganlo sus
descendientes, que la materia es muy peligrosa de proponer á los
que no gustan de que haya servicios de la otra parte del mar, que
corran con los más cortos que de ésta se hacen; pues á mí solamente
me basta para el asunto reconocer cuán desgraciadamente sirve quien
sirve léjos de la presencia de quien lo puede premiar.
Esto basta referir de las provincias adyacentes, que sirven de
círculo al Nuevo Reino de Granada, y pasando á las más inmediatas á
su centro, los Muzos y Culimas son tambien naciones belicosas:
están apartadas algo más de veinte leguas de Santafé:
conquistáronse con dificultad en diferentes batallas: usan de armas
envenenadas, y en muchas rebeliones que tuvieron se mostraron
valerosos, hasta que la ventaja de gente y armas españolas los
sujetó al yugo del dominio católico á costa de muchas vidas. Los
Panches, situados en las montañas que hacen frente á Bogotá,
mantuvieron guerras muy crueles con sus Reyes antiguos, y en las
que se les recrecieron con la entrada de los españoles, se
conservaron en reputación de valerosos con su defensa, aunque
últimamente cedieron á los arcabuces y caballos sus lanzas y
flechas envenenadas de que usaban. Alimentábanse de carne humana;
su traje, el que les dió la naturaleza; no casaban los de un pueblo
con mujer alguna de él, porque todos se tenan por hermanos y era
sacrosanto para ellos el impedimento del parentesco; pero era tal
su ignorancia, que si la propia hermana nacía en diferente pueblo,
no excusaba casarse con ella el hermano. Si la mujer paria del
primer parto hembra, le mataban la hija y todas las demás que
naciesen hasta parir varón; pero si del primer parto nada varón,
aunque después se siguiesen hembras, ninguna mataban. Algo de sus
hazañas se dirá en esta primera parte en la fundación de las
ciudades de Tocaima y Mariquita, donde habrá campo grande para
referirlas más por extenso, sin que se les pueda negar una virtud
que tuvieron, y fué contentarse con sus estados sin pretender ganar
los ajenos, de que resultó la ventaja con que triunfaban siempre de
otras naciones, por la que hace quien guerrea en su defensa dentro
de su misma casa.
Pero entre todas las naciones de que vamos tratando, la que más
se ha señalado en valor y fortaleza no solamente en el Nuevo Reino
pero en todas las Indias, por la ventaja que ha hecho á las más
guerreras, son los Pijaos, sin más diferencia de los Coyaimas y
Natagaimas que habitar éstos en los llanos de Neiva y aquéllos en
las sierras que confinan con las provincias de Popayán. Pertenece
esta nación á la de los Pantagoros que ocupan las tierras más
ásperas y llanas de la otra banda del rio de la Magdalena, en que
se incluyen los Guazquias y Gualíes, que habitan en temperamentos
frios; Tamanes, Marquetones y Guarinoes en calidísimos. En los
casamientos imitan á los Panches, y entre ellos hay algunas
naciones (no digo todas) que ni adoran Sol ni Luna ni otro ídolo
alguno como los demás bárbaros, sino que tienen por Dios al hombre
que matan; pero éste no ha de ser de los que matan para comer sino
para que sean dioses, porque dicen que aquél sale inocente de este
mundo y se hace Dios en el otro, y tiene gran cuenta con quien le
hizo el beneficio de matarlo para hacerle bien á él y á toda su
familia, pero no á otras, á que añaden otra barbaridad nunca oída,
y es que estos dioses no les duran más que cierto número de lunas ó
meses, y en pasando se quedan sin Dios hasta que hallan á quien
matar, que no ha de ser de su pueblo ni enemigo suyo ni de pueblo
contrario, cuya sangre no tienen por inocente sino la de hombres
buscados por los caminos, ó la de mujeres ó niños.
Diéronse, pues, de paz estos Pijaos, de que vamos tratando, en
los principios de las conquistas y sujetáronse á pagar tributo á
los españoles; pero instigados y mal sufridos del desafuero con que
los maltrataban sus Encomenderos, trataron de ponerse en libertad
por medio del rebelión. Pusiéronlo con efecto, saqueando y asolando
algunas ciudades de la gobernación de Popayán y otras del Nuevo
Reino, con lastimoso estrago de sus vecinos. Ménos de trescientos
indios pusieren en huida muchas veces doblada cantidad de españoles
y algunas en peligro notorio ejércitos de ochocientos y de mil
hombres, en tanto grado que para sujetarlos fueron necesarios más
de veinte años de guerra continua, con crecidos gastos de la Real
Hacienda y asistencia de Don Juan de Borja, Presidente del Nuevo
Reino, y de otros Capitanes famosos; de sus hechos se pudieran
escribir libros enteros, diráse lo bastante donde tocare á la
historia. Sus armas ofensivas eran lanzas de veinticinco palmos y
piedras que despedian desde las pellas en que se fortificaban. Lo
que más importó para sujetarlos fué el favor y ayuda que los
españoles tuvieron en los Coyaimas y Natagaimas, que desde que
reconocieron el yugo de la Católica Monarquía (libres de
Encomenderos) han sido los soldados más á propósito no solamente
para ruina de los Pijaos sino para el allanamiento de otras
naciones, porque son tan temidos que con la presencia sola vencen;
su lealtad tan segura que jamás han dado indicio de lo contrario.
Reconocen por el olor las emboscadas que hay en los montes, de que
es la causa la viveza grande que tienen del olfato y el betún ó
vija que usan untarse generalmente los indios que andan de guerra.
Sus armas son las mismas que las de los Pijaos, su aspecto feroz á
la vista: crianse en región muy cálida y fértil, y así salen altos
de cuerpo y fornidos de miembros; y porque al nacer tienen
costumbre de poner estro dos tablillas la cabeza tierna de la
criatura desde el nacimiento de la nariz para arriba, de suerte que
no quedo redonda sino aplanada (en que los imitan los Pijaos y
Panches), se les aumenta nueva ferocidad á la vista: y últimamente
son celosos en tanto grado, que no se hallará en sus pueblos
mestizo que sea hijo de español y de india de su nación, porque
temerosas las madres de la condición de estos indios, si acaso por
flaqueza han tenido ayuntamiento con algún hombre blanco se van á
parir á los rios (costumbre usada en ellas) y si por el color de la
criatura reconocen que tiene mezcla, la ahogan para que tambien lo
quede su delito.
Los Sutagaos sus confinantes, y de los Mozcas i Panchos,
poblados entre los dos rios de Pasca y Sumapaz (que entran juntos
con el nombre de Fusagasugá por la jurisdicción de Tocaima hasta
encontrarse con el rio de la Magdalena) son de mediana estatura y
de pronunciación tan meliflua, que bien claramente dan a entender
la cortedad de su ánimo. tenian por su principal ocupación saltear
en cuadrillas por los caminos, no con ánimo de matar los pasajeros,
sino de robarles la hacienda, y tenian así mismo por sacrificio el
más acepto la ofrenda que hacian de lo robado a ciertos ídolos de
oro, barro y madera que adoraban: de suerte que no habian de entrar
en sus casas después de haber salteado, sin que primero llevasen al
templo el robo, y allí ofreciesen de él la parte que les pareciese,
llevándose lo demás para gozar de ello como de cosa santa, que
habia pasado por manos de Sacerdotes; y es cosa de notar, que no
ofrecían jamás un maravedí solo de su hacienda, pareciéndoles que
el ídolo no quedaría contento sino fuese con parte del hurto. Oh!
cuántos Sutagaos perece que hoy viven con los mismos ritos, pues
guardando lo propio, no saben ser liberales, sino es de lo ajeno! Y
cuántos ídolos permanecen afianzando su adoración en la parte que
les cabe de lo robado! Sus armas eran flechas envenenadas, y las
más temidas, las yerbas venenosas de que abundan y de que se valian
para matar á los que se les antojaba, con pacto tan especial del
demonio, que haciendo una raya con el veneno en algún camino, moria
solamente el que querian, aunque otros muchos con él lo
atravesasen. Con los Pijaos tuvieron estrecha confederación en sus
guerras al tiempo de la conquista, y á los Sumapaces, Doas y
Cundayes, dominaron más con el espanto de sus hechizos y yerbas,
que con el valor de sus armas.
Los Laches, á quienes divide el rio Sogamoso de los estados y
tierras del Tundama en las provincias de Tunja, y corren por
páramos y tierras cálidas hasta confinar con los Tammez y
provincias de los Chitareros; son de natural barbarísimo, y de sus
burlas no salen con ménos daños, que de la más cruda guerra. Su
juego más celebrado era salirse á los campos por parcialidades ó
Capitanías, á pelear unas con otras, arreadas de varias plumas y
galas, y sin más armas que las manos, con que á puño cerrado, y sin
llegar á luchar batallaban hasta caer ó cansarse después de bien
lastimados, y á estas fiestas llaman Momas, en que hay tiros y
golpes con mucha destreza, y dignos de ver, y permanecen hasta el
tiempo presente con tanto aplauso, que los españoles no se desdeñan
de caminar diez y doce leguas por llegar al tiempo de su
celebridad.
Viven hermanados con los Ipuyes y Achaguas; y aunque todas las
demás naciones abominan la sodomía tanto, que por haberse hallado
un Indio Mozca (cuatro veintes de años, que hacen ochenta, ántes
que los españoles entrasen en el Nuevo Reino) que lo cometió, se
refiere por los mismos indios haberle dado por pena que lo
dividiesen en veinte trozos, y cada cual se quemase en partes
diferentes; de suerte que en veinte pueblos del Reino fué quemado
el sodomita. Con todo eso, como entre los Laches todo lo trabajan
las mujeres, sin que haya ocupación ni ejercicio, fuera de la
guerra, á que no resista la ociosidad con que viven, y ambición que
tienen de estar bien servidos; tenian por lei que si la mujer paria
cinco varones continuados, sin parir hija, pudiesen hacer hembra á
uno de los hijos á las doce Lunas de edad; esto es, en cuanto á
criarlo é imponerlo en costumbres de mujer: y como lo criaban de
aquella manera, salian tan perfectas hembras en el talle y ademanes
del cuerpo, que cualquiera que los viese, no los diferenciaría de
las otras mujeres, y á éstos llamaban Cusmos, y ejercitaban los
oficios de mujeres con robustecidad de hombres; por lo cual en
llegando á edad suficiente, los casaban como á mujeres, y
preferíanlas los Laches á las verdaderas, de que se seguia que la
abominación de la sodomía fuese permitida en esta nación del Reino
solamente, que se continuó hasta después de fundarse la Real
Audiencia en Santafé, que procedió al remedio de semejante maldad,
haciéndoles usar de los oficios de hombres y obligándoles á
vestirse como tales; aunque jamás se vió que alguno desmintiese con
el traje varonil la costumbre en que estaba connaturalizado desde
pequeño. Tal era el melindre con que se ponian la manta y los que
demostraban en los visajes al tiempo de hablar con otros hombres: y
sí morian los lloraban así hombres como mujeres, llamándoles en sus
endechas malogradas y desdichadas, y otros epítetos usados con las
mujeres verdaderas. Adoraban por Dioses á todas las piedras, porque
decian que todas habian sido primero hombres, y que todos los
hombres en muriendo se convertían en piedras, y había de llegar el
dia en que todas las piedras resucitasen hechas hombres. Adoraban
tambien á su misma sombra, de suerte que siempre llevaban á su Dios
consigo y viéndolo, como hiciese el dia claro; y aunque conocían
que la sombra se causaba de la luz y cuerpo interpuesto, respondian
que aquello lo hacia el Sol para darles Dioses, cosa que no
estrañara hoy la política del mundo, sabiendo que los ministros son
las sombras de los Reyes, y que se alzan con la adoración de
Dioses, tanto más grandes, cuanto por más retirada la influencia de
la luz hace mayores las sombras; y si para convencerlos les
mostraban las sombras de los árboles y de las piedras, nada
bastaba; porque á las primeras tenian por Dioses de los árboles, y
á las segundas por Dioses de sus Dioses, tanta era su estolidez y
desdicha.
Andaban mezclados estos Laches con los Chitareros de la
provincia en que hoy está fundada la ciudad de Pamplona, de quienes
no se puede ponderar la brutalidad de costumbres, pues á no haber
mostrado la experiencia que se ha hecho de ellos después de
conquistados, ser hombres como los demás, pudieran reputarse por
brutos. Tanta era su falta de enseñanza en cualquiera de las
costumbres morales, viniendo todos sin acordarse de que hablan de
morir, y muriendo sin demostración de que hubiesen nacido de todo
lo cual se infiere, para mayor claridad de esta historia, que todas
estas provincias incluidas dentro de aquel círculo de otras más
distantes que hicimos, contienen y se componen de seis naciones
principales, de las cuales cada una separada comprende dentro de si
otras muchas agregadas por la comunicación y amistad, ó semejanza
del idioma. La primera de los Pantagoros que habitan (como dijimos)
de la otra parte del rio grande de la Magdalena, y tienen como
inferiores á los Camanaes, Guarinoes, Marquetones, Guascuyas,
Pijaos, Gualíes, Guaguas y Doimas. La segunda de los Panchos de
esta banda del dicho rio grande, á quienes se juntan los
Calandaimas, Parriparries y Amurcas. La tercera de los Sutagaos,
que dominan á los Sumapaces, Cundayes y Neivas. La cuarta la de los
Chitareros, que incluyen á los Timotos, Barbures, Cayos, Chinatos,
Surataes, Motilones, Capachos y otros muchos que se corresponden
con ellos. La quinta la de los Laches, hermanada en trato y amistad
con los Ipuyes, Caquesios, Tamez y Achaguas. Y la sexta y última la
de los Mozcas, que habitan en el centro y corazón de todo el Reino,
y es su provincia como el meollo de toda la tierra, debajo de la
cual comprendemos la de Guane, que cae en la jurisdicción de Vélez,
y la de Muzos y Colimas, que está entre ella y la de los
Panchos.
En ésta, pues, son los naturales más políticos y andan todos
vestidos, á que les obliga (como tengo dicho) el temple de la
región fria que habitan, cuando corro el viento sudoeste,
atravesando sus páramos, que llaman los Bogotaes Ubaque. Sus más
ordinarios vestidos son de algodón, de que tejen camisetas á la
manera de túnicas cerradas, que les llegan poco más abajo de la
rodilla, y de lo mismo mantas cuadradas, que les sirven de palio:
las más comunes son blancas y la gente ilustre las acostumbra
pintadas de pincel con tintas negras y coloradas, y en éstas
fundaban su mayor riqueza. En las cabezas usaban casquetes, los más
de ellos de pieles de animales bravos, como son osos, tigres y
leones matizados de plumeria de todos colores y en las frentes
medias lunas de oro ó plata, con las puntas á la parte de arriba.
En los brazos se ponian por brazaletes sartales de cuentas de
piedra ó hueso; chagualas de oro en las narices y orejas, que para
este efecto horadaban y la mayor gala consistía en pintarse el
rostro y cuerpo con vija ó con pintas negras de jagua, que es una
tinta que se hace de cierta fruta de su nombre y permanece por
muchos dias, al contrario de la tinta de vija, que es colorada y
con facilidad se destiñe. Las mujeres usaban una manta cuadrada,
que llamaban chircate, ceñida á la cintura con una faja, que en su
idioma llaman chumbe ó maure, y sobre los hombros otra manta
pequeña, nombrada liquira, prendida en los pechos con un alfiler
grande de oro ó plata, que tiene la cabeza como un cascabel y
llaman topo; de suerte que los pechos quedaban casi descubiertos.
Usaban y usan de presente las mismas tintas de vija y jagua para
arrebolarse los rostros y brazos, que son los afeites que en su
estimación las hermosean, aunque ya todos estos trajes y arreboles
se van olvidando, porque la comunicación de los españoles les ha
hecho vestir el suyo y les parecen mejor los géneros de ropa que se
llevan de estos Reinos, que los de sus tierras. Los varones traen
el cabello largo hasta los hombree y partido en forma nazarena, y
las mujeres le usan suelto y muy crecido y con tal cuidado en que
sea largo y negro, que se valen de las virtudes de algunas yerbas
para crecerlo y de logias fuertes (en que lo meten con la pensión
de estar al fuego) para conseguir que se ponga más negro de lo que
es. La afrenta mayor que padecían hombres y mujeres era, que les
cortasen el cabello, ó su Cacique les rompiese la manta por sus
delitos ó con fin de agraviarlos y así era esto género de pena el
que más temian; pero ya su malicia y poco caso que hacen de ella,
es causa de que el castigo que á los principios fué provechoso, no
sirva al presenta de nada.
Son todos estos naturales, así hombres como mujeres, por la
mayor parte de hermosos rostros y buena disposición, singularmente
en Duitama, Tota y Sogamoso, en jurisdicción de Tunja, y en Guame y
Chanchon de la provincia de Vélez, donde las mujeres son
hermosísimas y bien agraciadas. El estilo que observaban en sus
desposorios era que el varón pedia al padre (ó persona que lo
sustituia) la mujer á quien se inclinaba para casarse con ella,
ofreciendo cierta cantidad de hacienda por ella, según su caudal y
si se la negaba ofrecia otra tanta más hasta la tercera vez, y si
todavía no se la daban, desistía de la pretensión para siempre;
pero si aceptaban la oferta, tenia algunos dias la mujer á su
disposición y si le parecia bien se casaba con ella, y sí no la
volvía á sus padres, y en esta forma se casaban con tantas mujeres
cuantas podia sustentar la posibilidad de cada uno. Con hermanas,
primas y sobrinas no se casaban, Antes lo tenian por prohibido,
aunque fuesen Reyes, y en esta atención y respeto al parentesco de
sanguinidad, excedieron los Reyes de Bogotá á los Incas, que se
casaban con sus mismas hermanas y parientas más cercanas. Pero en
el parentesco de afinidad eran tan poco atentos, que no reparaban
en apetecer y tener muchas hermanas, y aun en los tiempos presentes
hacen muy poco escrúpulo de juntarse con sus cuñadas, con harta
lástima del poco remedio que en esto hay y del mucho daño que se
sigue para sus almas.
Las armas que usaban generalmente en toda la tierra fria eran
ondas, con que jugaban su mosquetería de piedras, espadas de macana
tan grandes y algo más anchas que montantes. Es la macana una
madera durísima, que se labra con el lustre y filos del acaro, y
así en las picas, dardos y flechas que usan estas y otras naciones,
ponen de macana lo que en España se pone de acero en las lanzas y
chuzos; pero la más común arma que tenian para sus guerras, eran
tiraderas, que son ciertos dardillos de varillas livianas, á manera
de carrizos, con puntas de macana, los cuales tiran no con amientos
de hilo, sino con un palillo de dos palmos del grosor del
jaculillo, prolongando con él la tercia parte de la caña: éste
tiene dos ganchos afijados y distintos cada cual de ellos en un
extremo del amiento que he dicho; con el uno ocupan el pié raso del
dardillo y con el otro lo aprietan con el dedo del índice corvado,
hasta que el dardillo se desembaraza, según la fuerza del que lo
despide: y como no tiene armas defensivas ni reparos de ropa que
basten tá resistirlos, no deja de ser arma peligrosa, aunque limpia
de veneno. De todas, pues, las que usan en Indias, ésta es la ménos
ofensiva y no como la que tiene otra nación de los Llanos de unas
flechillas ó virotes que despiden por servetanas, y los hacen de
palillos con punta de macana ó espina de algún pescado grande, y
envuelto el cuerpo de la flechilla con hilo de algodón de tanto
grosor, que baste á llenar el hueco de la servetana: éstos las
untan y preparan con fortísimo veneno, y las despiden con el soplo,
con tanta certeza en la punteria (como no esté muy distante el
blanco á que tiran) que rara vez le yerran por pequeño que sea, y
herido el cuerpo con ella aunque muy levemente, causan bascas y
angustias mortales, que en breve tiempo quitan la vida.