INDICE





PROLOGO

NOTICIA BIOGRÁFICA DEL DR. FERNÁNDEZ PIEDRAHITA

DEDICATORIA Y APROBACIONES DE LA OBRA

LIBRO I

Capítulo I
Del sitio y calidades del Nuevo Reino de Granada

Capítulo II
En que se da noticia de sus provincias y primeros habitadores.

Capítulo III
De las costumbres, ritos y ceremonias que usaban los indios mozcas en su gentilidad.

Capítulo IV
De otras ceremonias y costumbres que tenian los mozcas, y de las procesiones que hacían.

Capítulo V
Del sitio y corte de Bogotá: majestad de sus reyes condiciones y forma de sucederse.

LIBRO II

Capítulo I
Saguanmáchica conquista los fusagasugaes, rompe la guerra con el Guatavita, que se ampara del Rey de Tunja...

Capítulo II
Hereda el zipa Nemequené, y castigada la rebelián de Fusagasugá, sujeta los caciques de Cipaquirá y Nemza.

Capítulo III
Asalta el Zipa la corte del Guatavita, revuelve contra el Ubaque y sujétalo.

Capítulo IV
Sujeta el Zipa la provincia de Ebaté, nombra en ella al hermano por su lugarteniente, á quien mata el Ubaque.

Capítulo V
Da leyes el Zipa en su reino y previénese de todo para la guerra de Tunja.

Capítulo VI
Refiérense los sitios y estado de las provincias de Tunja y Sogamoso, y hacen liga sus príncipes contra Neméquene.

Capítulo VII
En que se prosigue la materia del antecedente

Capítulo VIII
Danse vista los ejércitos del Zipa y el Tunja, y platican antes de la batalla.

Capítulo IX
Dáse la batalla, y casi vencida por Neméquene, muere en ella, herédalo Thysquesuzha, y prosigue la guerra.

LIBRO III

Capítulo I
Fúndase la ciudad de Santa Marta por Rodrigo Bastídas, á quien mata su teniente general en un motín.

Capítulo II
Los capitanes de Lerma acometen á Posigueica y vuelven derrotados.

Capítulo III
Gobierna el doctor Infante á Santa Marta por muerte de García de Lerma, y el adelantado don Pedro de Heredia da principio á las conquistas de Cartagena.

Capítulo IV
El adelantado Heredia prosigue la conquista de Cartagena

Capítulo V
Dáse el gobierno de Santa Marta á d. Pedro Fernández de Lugo. Prosigue la guerra con los indios de la sierra sin fruto…

LIBRO IV

Capítulo I
Benalcázar descubre a Popayán, y fundadas las villas de Cali y Timaná, prosigue en su descubrimiento

Capítulo II
El licenciado Badillo residencia á D. Pedro de Heredia en Cartagena:

Capítulo III
Vuelve el General Quesada por su Ejército á la Tora, Condúcelo hasta los umbrales del Nuevo Reino

Capítulo IV
Marcha Quesada por la provincia de Vélez, pasa á Guachetá y de allí á Suesca en demanda de Bogotá, con asombro general de los indios.

Capítulo V
Entra Quesada en el valle de los Alcázares, rompe el ejército de los Uzaques, pasa a Bogotá

LIBRO V

Capítulo I
Entra el capitán Céspedes en la provincia de los Panches por Tibacuy: plática  con el capitán del presidio de los Guechas…

Capítulo II
Sale Quesada de Bogotá para Somondoco en demanda de las minas de esmeraldas que descubre

Capítulo III
El Capitán San Martín tiene noticia de Tundama: descubre á Sogamoso y vuelve en busca del general Quesada...

Capítulo IV
Asalta Quesada el palacio del Rey de Tunja, á quien prende, y después de un breve combate saquea su corte con presa de los tesoros que no pudo ocultar.

Capítulo V
Marcha Quesada á Sogamoso, saquea la ciudad y quémase su templo. —vuelve á Tunja, y desamparándola por ir á la conquista de Neiva,

Capítulo VI
Repártese la presa entre los españoles: Asaltan después el cercado de un bosque donde matan a Tysquesusha sin conocerlo.

Capítulo VII
Acometen los Panches las fronteras de Bogotá, y entran Quesada y el Zipa al castigo con mal suceso en el primer encuentro

LIBRO VI

Capítulo I
Prende Quesada á Sacrezazipa por los tesoros del Zipa muerto, y promételos con engaño hasta lograr la muerte de sus émulos...

Capítulo II
Reparte Quesada otra presa de oro y esmeraldas: da principio á la fundación de Santafé...

Capítulo III
Dánle noticia á Quesada de las entradas de Benalcázar y de Fedremán en el reino...

Capítulo IV
Persuade á Quesada Benalcazar á que funde ciudades, y refiérese el estado y crecimiento á que ha llegado la ciudad de Santafé.

Capítulo V
El general Quesada baja á Cartagena con Benalcázar y Fedreman, dejando por teniente general del reino á Hernán Pérez, su hermano...

Capítulo VI
Gerónimo Lebrón forma ejército y armada; sale de santa marta para el reino...

Capítulo VII
Alonso Martín prende en el rio á Alonso jeque, y obligado de una armada enemiga, vence la batalla naval de Cesare...

LIBRO VII

Capítulo I
Tratase de la entrada que hizo Martín Galeano en el territorio de Coicomé y Agata, y de la que después hizo Juan Alonso de la Torre

Capítulo II
Sale Galeano á la conquista de Guane: mueve la guerra en Chalalá, y síguela con Mataregua hasta vencerlo en batalla...

Capítulo III
Agraviado Thisquizoque de la tiranía de Juan Gascon,  hace liga con el Saboya, toma las armas y le quita la vida...

Capítulo IV
Los tres generales pretenden la gobernación del Nuevo Reino y ninguno la consigue...

Capítulo V
Forma ejército Tundama y fortifícase contra Baltasar Maldonado...

Capítulo VI
Montalvo de Lugo entra en el Reino por los llanos, y el capitán Lanchero á la conquista de Muzo...

Capítulo VII
Esguazado el Cauca, prosigue Jorge Robledo sus descubrimientos hasta fundar la ciudad de Cartago.

LIBRO VIII

Capítulo I
Con la noticia de que se previene armada en Francia para las Indias, mandan al adelantado Lugo que vaya á su gobierno...

Capítulo II
Los Yalcones y Paeces toman las armas y matan á los capitanes Añasco y Osorio y despues a Juan de Ampudia...

Capítulo III
Rebelánse los Sutas y Simijacas, fortifícanse en unos peñoles, va contra ellos el Capitán Juan de Céspedes...

Capítulo IV
Rompen los Panches por las fronteras de los Mozcas...

Capítulo V
Prosigue su jornada Gerónimo Lebrón, con varios sucesos, hasta el valle de Opon...

Capítulo VI
Quesada y Lebrón compiten sobre el gobierno con riesgo de romper en batalla...

LIBRO IX

Capítulo I
Con la sospecha de que se rebela la provincia de Tunja...

Capítulo II
Vuelve á sus descubrimientos el capitán Jorge Robledo y con varias fortunas llega hasta la provincia de Hebéjico...

Capítulo III
Vuelto el Capitán Maldonado de la jornada de los palenques, sale Hernán Pérez de Quesada al descubrimiento del dorado con mal suceso...

Capítulo IV
El Ocabita y Lupachoque se fortifican en dos peñoles: ríndese Lupachoque por armas al Capitán Pineda y el Ocabita...

Capítulo V
El adelantado Lugo se previene para subir á Santafé : fúndase por su órden el Barbudo…

Capítulo VI
Pasa Robledo preso á estos reinos: Heredia y Benalcázar se apoderan alternadamente de Antioquia después que se fundó la ciudad de Arma...

LIBRO X

Capítulo I
La armada francesa de Roberto Baal sorprende á Santa Marta y Cartagena; y el adelantado Lugo prende al capitán Rondón...

Capítulo II
Felipe de Utre sale de coro á nuevos descubrimientos penetra los llanos hasta la punta de los Pardaos...

Capítulo III
Prende Lugo á los oficiales del Rey y á los quesadas: justicia al encomendero de Sáchica...

Capítulo IV
Destierra Lugo á los quesadas. —el Capitán Venégas descubre las primeras minas de oro, y funda la ciudad de Tocaima...

Capítulo V
Descubre Felipe de Utre los Omeguas, y véncelos en una batalla...

Capítulo VI
Lugo sale del reino para Castilla, y Armendariz entra en Cartagena...

Capítulo VII
Armendariz nombra por su teniente á pedro de Ursua en el reino y á Robledo en Antioquia...

LIBRO XI

Capítulo I
Concurren los visitadores Gasca y Armendariz en Santa Marta...

Capítulo II
Procede Armendariz contra el capitán Lanchero y otros conquistadores...

Capítulo III
Hacen mariscal del reino á Gonzalo Jiménez de Quesada...

Capítulo IV
Échanse los indios á las minas: tratase en el consejo de fundar audiencia en Santafé...

Capítulo V
Prosigue Armendariz en su gobierno: pónese real chancillería en Santafé...

Capítulo VI
Fúndanse las religiones de Santo Domingo y San Francisco en el Nuevo Reino...

Capítulo VII
Entra el mariscal Quesada en Santafé: descúbrese el páramo Rico de Pamplona...

Capítulo VIII
Entra Ursua en Muzo y puebla á Tudela: vuelve á Santafé y baja por justicia mayor de Santa Marta...

Capítulo IX
Rompe Ursua el ejército de los taironas en la batalla de los pasos de Rodrigo...

LIBRO XII

Capítulo I
Entra en Santafé el licenciado Juan de Montaño con la visita de la audiencia y residencia de Armendariz...

Capítulo II
Rebélase el Valle de las Lanzas, va Hernando de Salinas al castigo, funda la ciudad de Victoria...

Capítulo III
Prosigue Montaño en su visita; ajusticia á Pedro de Salcedo y á otros...

Capítulo IV
Armendariz baja preso á Cartagena para que allí le residencie Montaño.—el Capitán Avellaneda funda la ciudad de S. Juan de los Llanos...

Capítulo V
El capitan Diego García de Paredes funda la ciudad de Trujillo...

Capítulo VI
Vuelve el mariscal á Santafé con la provisión de nuevos oidores.—el licenciado Tomas López entra en la audiencia...

Capítulo VII
El Capitán Cristóbal Rodríguez Juarez funda la ciudad de Mérida.—Diego García de Paredes reedifica la de Trujillo...

Capítulo VIII
Previénese el Nuevo Reino para resistir al tirano Lope de Aguirre.—compéndiase lo que obró en la jornada del Marañon...

Capítulo IX
Fúndase la ciudad de S. Vigente de Paez.-múdase la de Trujillo. Muere García de Parédes y tratase de todo lo acaecido en las provincias del Nuevo Reino...
CAPÍTULO II
 


EN QUE SE DA NOTICIA DE SUS PROVINCIAS Y PRIMEROS HABITADORES.

EN la población del mundo repartida entre los hijos de Noé, Sem, Cam y Japheth, le cayó en suerte á Japheth y Noéla ó Funda (como quieren otros) el poblar estas Indias Occidentales; y así los naturales de ellas, como los de Europa, traen de él su descendencia: porque los que vanamente atribuyen su origen á Cam, no debieron de reparar en el texto expreso de la Escritura, donde á Cam y Sem se les señala por término al Eufrátes. Pero por qué parte pasasen á poblarlas y por dónde fuesen al Nuevo Reino de Granada, no es fácil de averiguar, como ya dijimos, respecto de estar dividida la América de las otras partes del mundo y cercada de golfos dilatados, y ser tan moderno el uso de la aguja para navegación tan larga. Lo que sí es verosímil por conjeturas es, que de los Llanos subieron al Nuevo Reino los primeros que lo habitaron, donde la destemplanza de la región, opuesta á la de que subieron, les obligó á vestirse para reparo de los frios.

Son tantas y tan diferentes las naciones, y de costumbres tan diversas las personas que lo habitan, que con mucho estudio y trabajo aun será dificultoso darlas á entender de manera que den luz á la historia: en lo que todas convienen es en la idolatría, ménos la nación de los Tammez, que habitan en las cordilleras de los llanos, á los confines del puerto de Casanare, que carece de ídolos, y en lo demás que obran, se gobiernan por reglas de la naturaleza. Tambien convienen en la ociosidad y en la inclinación á la embriaguez y á la mentira: solamente se experimenta que hablan verdad generalmente en una cosa, que es en decir las cantidades que deben ó les deben; y como por la mayor parte son tímidos, preguntados de repente, responden con verdad, lo cual ocasiona el miedo, y en dándoles tiempo á que piensen, pocas veces dejan de mentir, llevados de la inclinación. Lo que es mucho de admirar es que todos los habitadores que se comprenden en el Nuevo Reino de las Indias son hábiles para cualquiera ocupación de ingenio á que los apliquen, principalmente siendo pequeños. Y los que más exceden en habilidad y en el amor y lealtad á los españoles son los Achaguas, nación que habita los llanos de San Juan en muchas partes, y de éstos al presente algunos pueblos están reducidos á la fe católica, y otros persisten en su infidelidad, por falta de predicadores evangélicos. Convienen demás de lo referido, en el aborrecimiento á los españoles: defecto que brotan todas las naciones que en sus tierras experimentan el dominio ageno; y á quienes aborrecen más son á los hijos de Indias y españoles, que vulgarmente se llaman mestizos.

La inclinación á los comercios prefiere en los más al noble ejercicio de las armas; si bien algunas naciones se han mostrado valerosas en continuadas guerras, como son los Guagiros en la provincia de Santa Marta, que con valor se han defendido de los españoles y conservado en libertad hasta la edad presente. Son constantes en sufrir el hambre y la sed: usan de flechas por armas: de sus hazañas hay mucho escrito por las crónicas y escritores de Indias. Los Chimilas, que confinan con ellos, no son tan valientes, pero muy cautelosos y ver sus ardides más temidos que los Guagiros: andan desnudos y usan de flechas por armas. Los Chocoes de las provincias de Antioquia, que llaman equinocciales, imitan en las trazas y traición á los Chimilas, aunque en las armas se diferencian, porque usan dardos de una braza. Son dilatadísimas y ricas estas provincias de oro; y aunque se han hecho muchas entradas en ellas por diferentes Capitanes con gran copia de gente, y fundádose algunas ciudades, las han asolado los indios lastimosamente, y de ordinario han perecido á sus manos los Capitanes más valerosos, como lo fueron Martín Bueno, Pereira y D. Diego de Andrada, que perdió la empresa con muerte irreparable de toda su gente; de que se hallan con tanta soberbia, que no excusan de venir á las manos con los españoles, sin ventajas de ardides. No hay en todas ellas pueblo alguno reducido á nuestra santa fe, ni esperanza de que se reduzca: lástima bien considerable en tanta infinidad de almas. Los Urabaes, situados entre las provincias del Darien y la de Cartagena, donde está la casa del Sol tan justamente decantada y pretendida, como después diremos, usan de flechas y dardos, son muy cautelosos en las guerras y más en los contratos: reconocieron dominio en algún tiempo á los Taironas de Santa Marta, cuando los habia; y aunque vencidos y guerreados de los españoles de Santa Manta y Cartagena, admitieron ciudades y Encomenderos: después la codicia de los Gobernadores los desabrió de suerte, con nuevos apuntamientos, que valiéndose de sus ardides, lo asolaron todo hasta ponerse en su libertad primera.

En los llanos de San Juan son casi infinitas las naciones que carecen de la luz del Evangelio, casi todas de espíritu cobarde, aunque los Caribes, que confinan con la Guayana, han dado muchas veces demostraciones de valerosos, y aun privado á nuestra nación, lastimosamente, de un Capitán de tanto valor y esperanzas como lo fué García de Parédes, hijo del otro que admiró Francia. Las armas de que usan son flechas, y tan diestros en manejarlas, que ni el ave en el aire ni el pez en el agua viven seguros de su destreza. Hay entre ellos cierta nación que sin tener lugar fijo en que habitar, á la manera de los Scitas ó Alarbes, llevan consigo sus familias, y sin hacer asiento en parte determinada, todas las trasiegan. Viven de asaltos y robos, y por esta causa no siembran, de que se origina el odio general que las demás naciones les tienen. Las tierras de los llanos que habitan son tan extendidas y faltas de montes, y tan embarazadas de carrizales y montañas, que para caminar por ellas los españoles, necesitan de aguja para no perderse. Hánse descubierto algunas veces provincias riquísimas y de gente política, como le sucedió á Felipe Dutre, que seguía aquellos descubrimientos por los alemanes, que tenian su asiento en Coro, en conformidad de las capitulaciones que asentaron con nuestro invicto Emperador Cárlos V. Este, pues, descubrió la provincia de los Omeguas, que tantas vidas costó entónces, y ha costado después en las entradas de los que han querido imitarle, por ser tan difíciles las primeras sendas, que sin poder encontrarlas se han perdido en ellas, dejando solamente las noticias de la provincia y de sus desgracias.

De esta banda del rio Meta están algunos pueblos de indios reducidos, de la otra ninguno; aunque siempre dispuestos por su buen natural á recibir la fe, si su reducción se tratara con el calor que debiera: apetecen la paz con los españoles, porque no les falte el comercio de la sal, que suelen suplirla comiendo tierra, de que mueren miserablemente. Hánse hecho algunas entradas de religiosos, que llevados del celo de las almas, han ido á predicarles con mucho fruto, y entre los que más se han señalado han sido frai Bernardo de Lira, religioso de San Francisco, por los años de 1656 y 1657, y los padres de la Compañía, que á petición del Rey Cristianísimo envió la Santidad de Inocencio X á las islas sujetas al Rey de Francia, y derrotados entraron casi por los mismos años en la Guayana. De estos religiosos era superior Juan Hallay, y compañeros Dionisio de Menslad y Antonio de Monsliberth, insignes en letras y espíritu, con cuyo egemplo, inflamados los religiosos de los Colegios del Nuevo Reino, han adelantado la cosecha de las almas desde el pueblo de Casanare, que eligieron por asiento de sus misiones: á cuya imitación los religiosos de San Francisco han renovado al presente por San Juan de los Llanos la conquista espiritual principiada por el dicho padre frai Bernardo de Lira, frai Juan Doblado y frai Blas Moreno, y admitido la de los países de Popayán que más deseosos de su remedio han salido de las montañas á la provincia de Neiva, poblándose en ella y sujetándose al Rey nuestro señor, á quien pidieron párrocos, que tienen al presente de religiosos Franciscos. La verdad es que si los españoles entraran á poblar ciudades en aquellas partes, y reducir naciones tan numerosas, fuera muy fácil conseguirse la conversión de todas por el amparo y refugio que tuvieran los sacerdotes en dichas ciudades para doctrinarlos; pero está ya en las Indias tan tibio aquel primer ardor de las armas católicas, que á nada se inclinan ménos que á nuevas conquistas: si la causa es el poco premio que han tenido los que las ganaron, díganlo sus descendientes, que la materia es muy peligrosa de proponer á los que no gustan de que haya servicios de la otra parte del mar, que corran con los más cortos que de ésta se hacen; pues á mí solamente me basta para el asunto reconocer cuán desgraciadamente sirve quien sirve léjos de la presencia de quien lo puede premiar.

Esto basta referir de las provincias adyacentes, que sirven de círculo al Nuevo Reino de Granada, y pasando á las más inmediatas á su centro, los Muzos y Culimas son tambien naciones belicosas: están apartadas algo más de veinte leguas de Santafé: conquistáronse con dificultad en diferentes batallas: usan de armas envenenadas, y en muchas rebeliones que tuvieron se mostraron valerosos, hasta que la ventaja de gente y armas españolas los sujetó al yugo del dominio católico á costa de muchas vidas. Los Panches, situados en las montañas que hacen frente á Bogotá, mantuvieron guerras muy crueles con sus Reyes antiguos, y en las que se les recrecieron con la entrada de los españoles, se conservaron en reputación de valerosos con su defensa, aunque últimamente cedieron á los arcabuces y caballos sus lanzas y flechas envenenadas de que usaban. Alimentábanse de carne humana; su traje, el que les dió la naturaleza; no casaban los de un pueblo con mujer alguna de él, porque todos se tenan por hermanos y era sacrosanto para ellos el impedimento del parentesco; pero era tal su ignorancia, que si la propia hermana nacía en diferente pueblo, no excusaba casarse con ella el hermano. Si la mujer paria del primer parto hembra, le mataban la hija y todas las demás que naciesen hasta parir varón; pero si del primer parto nada varón, aunque después se siguiesen hembras, ninguna mataban. Algo de sus hazañas se dirá en esta primera parte en la fundación de las ciudades de Tocaima y Mariquita, donde habrá campo grande para referirlas más por extenso, sin que se les pueda negar una virtud que tuvieron, y fué contentarse con sus estados sin pretender ganar los ajenos, de que resultó la ventaja con que triunfaban siempre de otras naciones, por la que hace quien guerrea en su defensa dentro de su misma casa.

Pero entre todas las naciones de que vamos tratando, la que más se ha señalado en valor y fortaleza no solamente en el Nuevo Reino pero en todas las Indias, por la ventaja que ha hecho á las más guerreras, son los Pijaos, sin más diferencia de los Coyaimas y Natagaimas que habitar éstos en los llanos de Neiva y aquéllos en las sierras que confinan con las provincias de Popayán. Pertenece esta nación á la de los Pantagoros que ocupan las tierras más ásperas y llanas de la otra banda del rio de la Magdalena, en que se incluyen los Guazquias y Gualíes, que habitan en temperamentos frios; Tamanes, Marquetones y Guarinoes en calidísimos. En los casamientos imitan á los Panches, y entre ellos hay algunas naciones (no digo todas) que ni adoran Sol ni Luna ni otro ídolo alguno como los demás bárbaros, sino que tienen por Dios al hombre que matan; pero éste no ha de ser de los que matan para comer sino para que sean dioses, porque dicen que aquél sale inocente de este mundo y se hace Dios en el otro, y tiene gran cuenta con quien le hizo el beneficio de matarlo para hacerle bien á él y á toda su familia, pero no á otras, á que añaden otra barbaridad nunca oída, y es que estos dioses no les duran más que cierto número de lunas ó meses, y en pasando se quedan sin Dios hasta que hallan á quien matar, que no ha de ser de su pueblo ni enemigo suyo ni de pueblo contrario, cuya sangre no tienen por inocente sino la de hombres buscados por los caminos, ó la de mujeres ó niños.

Diéronse, pues, de paz estos Pijaos, de que vamos tratando, en los principios de las conquistas y sujetáronse á pagar tributo á los españoles; pero instigados y mal sufridos del desafuero con que los maltrataban sus Encomenderos, trataron de ponerse en libertad por medio del rebelión. Pusiéronlo con efecto, saqueando y asolando algunas ciudades de la gobernación de Popayán y otras del Nuevo Reino, con lastimoso estrago de sus vecinos. Ménos de trescientos indios pusieren en huida muchas veces doblada cantidad de españoles y algunas en peligro notorio ejércitos de ochocientos y de mil hombres, en tanto grado que para sujetarlos fueron necesarios más de veinte años de guerra continua, con crecidos gastos de la Real Hacienda y asistencia de Don Juan de Borja, Presidente del Nuevo Reino, y de otros Capitanes famosos; de sus hechos se pudieran escribir libros enteros, diráse lo bastante donde tocare á la historia. Sus armas ofensivas eran lanzas de veinticinco palmos y piedras que despedian desde las pellas en que se fortificaban. Lo que más importó para sujetarlos fué el favor y ayuda que los españoles tuvieron en los Coyaimas y Natagaimas, que desde que reconocieron el yugo de la Católica Monarquía (libres de Encomenderos) han sido los soldados más á propósito no solamente para ruina de los Pijaos sino para el allanamiento de otras naciones, porque son tan temidos que con la presencia sola vencen; su lealtad tan segura que jamás han dado indicio de lo contrario. Reconocen por el olor las emboscadas que hay en los montes, de que es la causa la viveza grande que tienen del olfato y el betún ó vija que usan untarse generalmente los indios que andan de guerra. Sus armas son las mismas que las de los Pijaos, su aspecto feroz á la vista: crianse en región muy cálida y fértil, y así salen altos de cuerpo y fornidos de miembros; y porque al nacer tienen costumbre de poner estro dos tablillas la cabeza tierna de la criatura desde el nacimiento de la nariz para arriba, de suerte que no quedo redonda sino aplanada (en que los imitan los Pijaos y Panches), se les aumenta nueva ferocidad á la vista: y últimamente son celosos en tanto grado, que no se hallará en sus pueblos mestizo que sea hijo de español y de india de su nación, porque temerosas las madres de la condición de estos indios, si acaso por flaqueza han tenido ayuntamiento con algún hombre blanco se van á parir á los rios (costumbre usada en ellas) y si por el color de la criatura reconocen que tiene mezcla, la ahogan para que tambien lo quede su delito.

Los Sutagaos sus confinantes, y de los Mozcas i Panchos, poblados entre los dos rios de Pasca y Sumapaz (que entran juntos con el nombre de Fusagasugá por la jurisdicción de Tocaima hasta encontrarse con el rio de la Magdalena) son de mediana estatura y de pronunciación tan meliflua, que bien claramente dan a entender la cortedad de su ánimo. tenian por su principal ocupación saltear en cuadrillas por los caminos, no con ánimo de matar los pasajeros, sino de robarles la hacienda, y tenian así mismo por sacrificio el más acepto la ofrenda que hacian de lo robado a ciertos ídolos de oro, barro y madera que adoraban: de suerte que no habian de entrar en sus casas después de haber salteado, sin que primero llevasen al templo el robo, y allí ofreciesen de él la parte que les pareciese, llevándose lo demás para gozar de ello como de cosa santa, que habia pasado por manos de Sacerdotes; y es cosa de notar, que no ofrecían jamás un maravedí solo de su hacienda, pareciéndoles que el ídolo no quedaría contento sino fuese con parte del hurto. Oh! cuántos Sutagaos perece que hoy viven con los mismos ritos, pues guardando lo propio, no saben ser liberales, sino es de lo ajeno! Y cuántos ídolos permanecen afianzando su adoración en la parte que les cabe de lo robado! Sus armas eran flechas envenenadas, y las más temidas, las yerbas venenosas de que abundan y de que se valian para matar á los que se les antojaba, con pacto tan especial del demonio, que haciendo una raya con el veneno en algún camino, moria solamente el que querian, aunque otros muchos con él lo atravesasen. Con los Pijaos tuvieron estrecha confederación en sus guerras al tiempo de la conquista, y á los Sumapaces, Doas y Cundayes, dominaron más con el espanto de sus hechizos y yerbas, que con el valor de sus armas.

Los Laches, á quienes divide el rio Sogamoso de los estados y tierras del Tundama en las provincias de Tunja, y corren por páramos y tierras cálidas hasta confinar con los Tammez y provincias de los Chitareros; son de natural barbarísimo, y de sus burlas no salen con ménos daños, que de la más cruda guerra. Su juego más celebrado era salirse á los campos por parcialidades ó Capitanías, á pelear unas con otras, arreadas de varias plumas y galas, y sin más armas que las manos, con que á puño cerrado, y sin llegar á luchar batallaban hasta caer ó cansarse después de bien lastimados, y á estas fiestas llaman Momas, en que hay tiros y golpes con mucha destreza, y dignos de ver, y permanecen hasta el tiempo presente con tanto aplauso, que los españoles no se desdeñan de caminar diez y doce leguas por llegar al tiempo de su celebridad.

Viven hermanados con los Ipuyes y Achaguas; y aunque todas las demás naciones abominan la sodomía tanto, que por haberse hallado un Indio Mozca (cuatro veintes de años, que hacen ochenta, ántes que los españoles entrasen en el Nuevo Reino) que lo cometió, se refiere por los mismos indios haberle dado por pena que lo dividiesen en veinte trozos, y cada cual se quemase en partes diferentes; de suerte que en veinte pueblos del Reino fué quemado el sodomita. Con todo eso, como entre los Laches todo lo trabajan las mujeres, sin que haya ocupación ni ejercicio, fuera de la guerra, á que no resista la ociosidad con que viven, y ambición que tienen de estar bien servidos; tenian por lei que si la mujer paria cinco varones continuados, sin parir hija, pudiesen hacer hembra á uno de los hijos á las doce Lunas de edad; esto es, en cuanto á criarlo é imponerlo en costumbres de mujer: y como lo criaban de aquella manera, salian tan perfectas hembras en el talle y ademanes del cuerpo, que cualquiera que los viese, no los diferenciaría de las otras mujeres, y á éstos llamaban Cusmos, y ejercitaban los oficios de mujeres con robustecidad de hombres; por lo cual en llegando á edad suficiente, los casaban como á mujeres, y preferíanlas los Laches á las verdaderas, de que se seguia que la abominación de la sodomía fuese permitida en esta nación del Reino solamente, que se continuó hasta después de fundarse la Real Audiencia en Santafé, que procedió al remedio de semejante maldad, haciéndoles usar de los oficios de hombres y obligándoles á vestirse como tales; aunque jamás se vió que alguno desmintiese con el traje varonil la costumbre en que estaba connaturalizado desde pequeño. Tal era el melindre con que se ponian la manta y los que demostraban en los visajes al tiempo de hablar con otros hombres: y sí morian los lloraban así hombres como mujeres, llamándoles en sus endechas malogradas y desdichadas, y otros epítetos usados con las mujeres verdaderas. Adoraban por Dioses á todas las piedras, porque decian que todas habian sido primero hombres, y que todos los hombres en muriendo se convertían en piedras, y había de llegar el dia en que todas las piedras resucitasen hechas hombres. Adoraban tambien á su misma sombra, de suerte que siempre llevaban á su Dios consigo y viéndolo, como hiciese el dia claro; y aunque conocían que la sombra se causaba de la luz y cuerpo interpuesto, respondian que aquello lo hacia el Sol para darles Dioses, cosa que no estrañara hoy la política del mundo, sabiendo que los ministros son las sombras de los Reyes, y que se alzan con la adoración de Dioses, tanto más grandes, cuanto por más retirada la influencia de la luz hace mayores las sombras; y si para convencerlos les mostraban las sombras de los árboles y de las piedras, nada bastaba; porque á las primeras tenian por Dioses de los árboles, y á las segundas por Dioses de sus Dioses, tanta era su estolidez y desdicha.

Andaban mezclados estos Laches con los Chitareros de la provincia en que hoy está fundada la ciudad de Pamplona, de quienes no se puede ponderar la brutalidad de costumbres, pues á no haber mostrado la experiencia que se ha hecho de ellos después de conquistados, ser hombres como los demás, pudieran reputarse por brutos. Tanta era su falta de enseñanza en cualquiera de las costumbres morales, viniendo todos sin acordarse de que hablan de morir, y muriendo sin demostración de que hubiesen nacido de todo lo cual se infiere, para mayor claridad de esta historia, que todas estas provincias incluidas dentro de aquel círculo de otras más distantes que hicimos, contienen y se componen de seis naciones principales, de las cuales cada una separada comprende dentro de si otras muchas agregadas por la comunicación y amistad, ó semejanza del idioma. La primera de los Pantagoros que habitan (como dijimos) de la otra parte del rio grande de la Magdalena, y tienen como inferiores á los Camanaes, Guarinoes, Marquetones, Guascuyas, Pijaos, Gualíes, Guaguas y Doimas. La segunda de los Panchos de esta banda del dicho rio grande, á quienes se juntan los Calandaimas, Parriparries y Amurcas. La tercera de los Sutagaos, que dominan á los Sumapaces, Cundayes y Neivas. La cuarta la de los Chitareros, que incluyen á los Timotos, Barbures, Cayos, Chinatos, Surataes, Motilones, Capachos y otros muchos que se corresponden con ellos. La quinta la de los Laches, hermanada en trato y amistad con los Ipuyes, Caquesios, Tamez y Achaguas. Y la sexta y última la de los Mozcas, que habitan en el centro y corazón de todo el Reino, y es su provincia como el meollo de toda la tierra, debajo de la cual comprendemos la de Guane, que cae en la jurisdicción de Vélez, y la de Muzos y Colimas, que está entre ella y la de los Panchos.

En ésta, pues, son los naturales más políticos y andan todos vestidos, á que les obliga (como tengo dicho) el temple de la región fria que habitan, cuando corro el viento sudoeste, atravesando sus páramos, que llaman los Bogotaes Ubaque. Sus más ordinarios vestidos son de algodón, de que tejen camisetas á la manera de túnicas cerradas, que les llegan poco más abajo de la rodilla, y de lo mismo mantas cuadradas, que les sirven de palio: las más comunes son blancas y la gente ilustre las acostumbra pintadas de pincel con tintas negras y coloradas, y en éstas fundaban su mayor riqueza. En las cabezas usaban casquetes, los más de ellos de pieles de animales bravos, como son osos, tigres y leones matizados de plumeria de todos colores y en las frentes medias lunas de oro ó plata, con las puntas á la parte de arriba. En los brazos se ponian por brazaletes sartales de cuentas de piedra ó hueso; chagualas de oro en las narices y orejas, que para este efecto horadaban y la mayor gala consistía en pintarse el rostro y cuerpo con vija ó con pintas negras de jagua, que es una tinta que se hace de cierta fruta de su nombre y permanece por muchos dias, al contrario de la tinta de vija, que es colorada y con facilidad se destiñe. Las mujeres usaban una manta cuadrada, que llamaban chircate, ceñida á la cintura con una faja, que en su idioma llaman chumbe ó maure, y sobre los hombros otra manta pequeña, nombrada liquira, prendida en los pechos con un alfiler grande de oro ó plata, que tiene la cabeza como un cascabel y llaman topo; de suerte que los pechos quedaban casi descubiertos. Usaban y usan de presente las mismas tintas de vija y jagua para arrebolarse los rostros y brazos, que son los afeites que en su estimación las hermosean, aunque ya todos estos trajes y arreboles se van olvidando, porque la comunicación de los españoles les ha hecho vestir el suyo y les parecen mejor los géneros de ropa que se llevan de estos Reinos, que los de sus tierras. Los varones traen el cabello largo hasta los hombree y partido en forma nazarena, y las mujeres le usan suelto y muy crecido y con tal cuidado en que sea largo y negro, que se valen de las virtudes de algunas yerbas para crecerlo y de logias fuertes (en que lo meten con la pensión de estar al fuego) para conseguir que se ponga más negro de lo que es. La afrenta mayor que padecían hombres y mujeres era, que les cortasen el cabello, ó su Cacique les rompiese la manta por sus delitos ó con fin de agraviarlos y así era esto género de pena el que más temian; pero ya su malicia y poco caso que hacen de ella, es causa de que el castigo que á los principios fué provechoso, no sirva al presenta de nada.

Son todos estos naturales, así hombres como mujeres, por la mayor parte de hermosos rostros y buena disposición, singularmente en Duitama, Tota y Sogamoso, en jurisdicción de Tunja, y en Guame y Chanchon de la provincia de Vélez, donde las mujeres son hermosísimas y bien agraciadas. El estilo que observaban en sus desposorios era que el varón pedia al padre (ó persona que lo sustituia) la mujer á quien se inclinaba para casarse con ella, ofreciendo cierta cantidad de hacienda por ella, según su caudal y si se la negaba ofrecia otra tanta más hasta la tercera vez, y si todavía no se la daban, desistía de la pretensión para siempre; pero si aceptaban la oferta, tenia algunos dias la mujer á su disposición y si le parecia bien se casaba con ella, y sí no la volvía á sus padres, y en esta forma se casaban con tantas mujeres cuantas podia sustentar la posibilidad de cada uno. Con hermanas, primas y sobrinas no se casaban, Antes lo tenian por prohibido, aunque fuesen Reyes, y en esta atención y respeto al parentesco de sanguinidad, excedieron los Reyes de Bogotá á los Incas, que se casaban con sus mismas hermanas y parientas más cercanas. Pero en el parentesco de afinidad eran tan poco atentos, que no reparaban en apetecer y tener muchas hermanas, y aun en los tiempos presentes hacen muy poco escrúpulo de juntarse con sus cuñadas, con harta lástima del poco remedio que en esto hay y del mucho daño que se sigue para sus almas.

Las armas que usaban generalmente en toda la tierra fria eran ondas, con que jugaban su mosquetería de piedras, espadas de macana tan grandes y algo más anchas que montantes. Es la macana una madera durísima, que se labra con el lustre y filos del acaro, y así en las picas, dardos y flechas que usan estas y otras naciones, ponen de macana lo que en España se pone de acero en las lanzas y chuzos; pero la más común arma que tenian para sus guerras, eran tiraderas, que son ciertos dardillos de varillas livianas, á manera de carrizos, con puntas de macana, los cuales tiran no con amientos de hilo, sino con un palillo de dos palmos del grosor del jaculillo, prolongando con él la tercia parte de la caña: éste tiene dos ganchos afijados y distintos cada cual de ellos en un extremo del amiento que he dicho; con el uno ocupan el pié raso del dardillo y con el otro lo aprietan con el dedo del índice corvado, hasta que el dardillo se desembaraza, según la fuerza del que lo despide: y como no tiene armas defensivas ni reparos de ropa que basten tá resistirlos, no deja de ser arma peligrosa, aunque limpia de veneno. De todas, pues, las que usan en Indias, ésta es la ménos ofensiva y no como la que tiene otra nación de los Llanos de unas flechillas ó virotes que despiden por servetanas, y los hacen de palillos con punta de macana ó espina de algún pescado grande, y envuelto el cuerpo de la flechilla con hilo de algodón de tanto grosor, que baste á llenar el hueco de la servetana: éstos las untan y preparan con fortísimo veneno, y las despiden con el soplo, con tanta certeza en la punteria (como no esté muy distante el blanco á que tiran) que rara vez le yerran por pequeño que sea, y herido el cuerpo con ella aunque muy levemente, causan bascas y angustias mortales, que en breve tiempo quitan la vida.

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