CAPITULO
III
DÁNLE NOTICIA Á QUESADA DE LAS ENTRADAS DE BENALCÁZAR Y DE FEDREMAN
EN EL REINO: DESPACHA Á HERNÁN PÉREZ Á RECONOCER GENTE DEL PERÚ Y
AL CAPITÁN SUÁREZ LA DE VENEZUELA; Y DÁSE RAZON DEL ESTADO Á QUE
LLEGARON HASTA CONVENIRSE LOS TRES GENERALES.
MIÉNTRAS pasaba en Pasca lo que va referido, llegaron á Santafé
algunos indios del país de Tena con noticias de que por la
provincia de Neiva habian entrado otros españoles con gran copia de
indios cargueros, buenos vestidos y famosos caballos, y que 50 iban
acercando á los términos de la tierra fria: de cuya novedad
certificada la gente de Santa Marta, ordenó el General Quesada á
Hernán Pérez, su hermano, que con diez caballos siguiese la derrota
que los Moscas y Panches amigos le señalasen, y procurase tomar
lengua de qué gentes fuesen aquéllas, qué intentos llevaban y el
número de caballos é infantes de que se componía su ejército; para
lo cual escribió una carta al General, cualquiera que fuese,
dándole noticia del estado de su conquista y remitiéndole un
presente de esmeraldas y piezas de oro, pues seria cuerda
advertencia estar apercibidos, por si acaso intentasen pretender
por de otra gobernacion aquel Reino, que estaba descubierto por la
de Santa Marta; y que si aquélla fuese la intencion, diese vuelta
con brevedad para tener tiempo de ponerse en defensa, pues ya era
cosa tan ordinaria en las Indias romper las amistades y hacerse
guerra por esta causa los Capitanes de su nación. Lo cual sucediera
de la manera que lo discurrian, si el caudillo que guiaba la gente
del Perú, se moviera siempre con el viento de algunos soldados
inquietos que le seguian.
No faltó con todo esto entre ellos quien le aconsejase despues,
como veremos, que por armas quitasen á los de Santa Marta la tierra
y las haciendas; como silos que las habian ganado fuesen hombres de
tan poco valor que no supiesen defenderlas. Pero Sebastian de
Benalcázar, á quien dejamos en el valle de Neiva siguiendo su.
derrote al mar del Norte por la otra banda del rio grande, que era
el Cabo que los gobernaba, caballero sagaz y comandante y uno de
los más famosos y leales caudillos que tuvo el Perú, templó en sus
principios aquellos malos consejos con reprensiones graves,
dándoles á entender que para ser grande Scipion ni amancilló la
fama ni derribó la estatua de Alejandro colocada en Cádiz, ni para
ganar el renombre de ilustre necesitaba de usurpar ajenos
servicios, sino de continuar heróicas hazañas, como las que le
habian visto hacer en las conquistas de todo el Perú y Nicaragua. Y
á la verdad ello era así, y la causa de aportar al Nuevo Reino
cuando tenia descubiertos los de Quito y Popayan, no habia sido
tanto por ambicion de sujetar nuevas provincias, como por desviarse
con fines honestos de las iras que contra él habia concebido el
Marqués Pizarro, pues con fin de prenderlo lo habia seguido por su
órden el Capitan Lorenzo de Aldana hasta Cali, como dijimos; de que
Benalcázar no se hallaba ignorante y pretendia desvanecer las
trazas del Marqués, descubriendo embarcación por el mar del Norte
para pasar á Castilla y pedir remuneracion de sus servicios sin que
dependiese más de los Pizarros.
Esta era la pretension con que caminaba Benalcázar sin
embarazarse en hacer guerra á los Pantagoros, por más que lo
provocaban en su provincia; y Hernan Pérez de Quesada, entrado ya
el año de mil quinientos y treinta nueve, partió con los diez
caballos y el órden que tenia tan bien dirigido, que á los cinco
dias dió vista al campo de Benalcázar, acuartelado en sus tiendas
de la otra banda del rio grande de la Magdalena y habiéndose dado
rehenes, como estilan algunos caudillos recatados, llegaron á verse
todos sin que faltasen repiquetes, ni desgarros de parte de los
Capitanes del Perú y de Céspedes y San Martin de los del Reino, que
son las bizarrias de los soldados, y que finalmente remataron en
comunicarse hidalgamente; porque Benalcázar llevaba gente muy
ilustre y que se habia empleado con gran crédito en todas las
conquistas del Perú y aun aventajádose á los que después fueron
más bien premiados: y así recibida y vista la carta de Quesada con
el presente que le dió su hermano, á que correspondió Benalcázar
con otro igual de bajillas de plata, lo despidió con la cortesana
respuesta de que no trataba de embarazarle sus buenas fortunas, de
que le daba el parabien deseoso de que lograse con premios crecidos
los méritos de la conquista de Reino tan poderoso, pues solo
trataba de la prosecucion de su viaje y descubrimiento del Dorado y
Casa del Sol y otras cosas semejantes. Con lo cual y con las
noticias que adquirió Hernan Pérez de aquella gente, como fué la de
las competencias de Pizarro y Almagro que empezaban, y aun despues
no fenecieron con sus muertes; la del rigor con que el Licenciado
Badillo, Juez de residencia, procedió en Cartagena contra el
Adolantado D. Pedro de Heredia, remitiéndolo preso á España con
secuestro de bienes (que son las primeras bizarrias por donde
muchos Jueces Letrados de Indias tiran á ganar crédito en
Castilla); y finalmente con la de la muerte del Adelantado D. Pedro
Fernández de Lugo, dió vuelta á Santafé, donde sabido todo, no se
sospecho ni pensó más en ver aquellos hombres, que tan esquivamente
huian de la comunicacion de otros de su misma tierra.
Aun no habia sosegado dos dias despues de llegado Hernan Pérez,
cuando suena otro rebato nacido de que ciertos indios del pueblo de
Pasca habian ido á continuar el comercio que tenian con otras
naciones que demoraban al Oriente, y habiendo vuelto de su viaje le
dijeron al Pasca y á Lázaro Fonte que por el camino de los Llanos
habian entrado otros hombres forasteros, con barbas como los
españoles, y habian subido lo más alto de la sierra, de suerte que
se hallaban tan cercanos, que no distarian ya siete leguas de sus
tierras, y que caminaban bien proveidos de caballos y de perros
(los primeros que entraron cebados en indios, para destruccion del
Reino), novedad que los puso en mucha confusion. Pero certificado
Lázaro Fonte de que todo lo que referian era verdadero, segura las
respuestas que dieron á las preguntas que les hizo la india de
Bogotá, determinó dar cuenta de lo que sabia al General Quesada,
remitiéndole un indio de Pasca por correo con una piel de venado
bien bruñida, donde con bija, que es ni manera de bermellon, le
escribió la noticia que tenia el Cacique, y como segun la relacion
de sus indios, estarian en su pueblo los nuevos españoles al dia
siguiente, de que le avisaba para que se previniese con tiempo,
supuesto que no se sabia la intencion con que habian penetrado por
aquellas provincias.
Era el caudillo de aquella gente Nicolas Fedreman, á quien
dejamos marchando por la provincia de Bariquizimeto, donde despues
se pobló la ciudad de Segovia, que dista ciento y veinte leguas de
Santafé, el cual habiendo arribado por el rumbo que seguia el
Apuri, cuyo nacimiento se forma de las quebradas de Aricagua, que
llaman de Bravo, en provincia de Mérida, y teniendo allí noticia de
cuán cercano se hallaba su Gobernador Jorge Spira (que iba de
tornavuelta retirándose de los choques con quienes habia perdido
mucha gente) y recogiendo quince hombres que desde Coro le llevaba
el Capitan Juan Gutiérrez de Aguillon, torció el camino á los
Llanos, cargando á mano izquierda, por no encontrarse con su
Gobernador y arriesgarse á que le quitase la gente; por cuya
derrote, atravesando los des rios de Apuri y Zarare, y las
dilatadas ciénagas de Arechona y Caocao: huyendo siempre de la
cordillera, llegó á la ribera de un rio profundo en que se
conservaban las ruinas de muchos pueblos destruidos por una
serpiente de muchas cabezas que habitaban en sus márgenes, segun
relacion de los naturales y de algunos españoles, que afirmaron
haber oido sus bramidos, desde donde pareciéndole estar ya seguro
de encontranse con su Gobernador, determinó volver á la cordillera
para invernar en tierra alta, como lo hizo en ciertas poblaciones
abundantes de víveres, que estaban sobre el rio de Pauto; de las
cuales salió pasado el invierno, y esguazado el no Meta con balsas,
llegó á la provincia de Marbachare, en que despues se fundó la
ciudad de San Juan de los Llanos, en el pueblo mismo que Fedreman
llamó entónces de la Fragua, por una que en él armó su gente para
reparar las armas que iban maltratadas; y como allí tuviesen muy
especiales noticias del Reino de Bogotá, dadas por los indios
Operiguas, de un pueblo que llamaron los nuestros Salsillas por la
forma en que estaba fortalecido, resolvió atravesar la cordillera
por aquella parte, ordenando á Pedro de Limpias que con dos guias
de los Operiguas, diez caballos y treinta infantes, fuese delante
allanando el camino al ejército, que lo iba siguiendo, como lo hizo
venciendo el rigor de los páramos i despeñaderos hasta llegar al
pueblo dé Fosca, y de allí á Pasca, por desengañarse de la noticia
que le daban los Foscas de que habia otros españoles en la tierra;
y habiendo hallado al Capitan Lázaro Fonte, esperó á Fedreman, que
después de tres años y medio de jornada, después que sacó del Cabo
de la Vela, por el mes de Junio del año de treinta y seis, con
cuatrocientos hembras, sin los que se le agregaron de Alderete y
Nieto, y los quince que le llevó el Capitan Aguillon, aportó al
Reino con treinta caballos y ciento y treinta y tres infantes,
habiéndosele muerto los demas al rigor de las guerras y
enfermedades.
El indio que despachó Lázaro Fonte llegó brevemente á Santafé
con el despacho y vista por el General Quesada la noticia que se le
daba, y agradecido á la fineza de quien la escribia, mandó prevenir
toda su gente, y dispuso que partiesen luego once caballos á las
tierras de Pasca con Gonzalo Suárez, Juan del Junco, Pedro
Fernández de Valenzuela, Diego de Parédes Calderon y otros de
quienes tenia confianza, para que reconociesen qué gentes eran
aquéllas y qué intentos llevaban, poniendo primero en libertad al
Capitan Lázaro Fonte, á quien alzaba el destierro, arrepentido de
lo que habia obrado con él, y deseoso de favorecerlo como merecía,
en lo adelante, que cumplió con demostraciones que dieron á
entender su amistad verdadera. Con este órden y el deseo de poner
en libertad al compañero, llegaron á Pasca á tiempo que pudieron
reconocer la gente de quien llevaban noticias, pues poco antes
habia llegado al mismo sitio el capitan Pedro de Limpias, que habia
ido sobresaliente del campo de Fedreman, con la tropa de caballos é
infantes que dijimos, y al dia siguiente vieron el resto de la
gente de aquel campo, que sin embargo de reconocer que otros
españoles le habian ganado por la mano en aquellas conquistas, se
alegró despues que vió ser gente de Santa Marta la que encontraba,
y porque presumía hallar socorro en sus malas fortunas, pues casi
todos iban desnudos y maltratados en tanto grado, que muchos de
ellos se cubrian las carnes con pieles de venados, de que tamhien
iban calzados, á causa de haber pasado más de cuatro años, desde
que salieron de Venezuela, como se ha visto.
Por esta causa Los soldados de Quesada trataron luego de
socorrerlos, movidos á compasion principalmente viendo en tan
mísero estado á Ortuño Ortiz con otros compañeros de los que
conocían antes, y fueron presos sobre el rio Macomite, siendo su
Capitan Juan de Rivera, que tambien iba en compañía de Fedreman, y
se quedó en el Nuevo Reino donde dió bastantes muestras de su
valor, con más fortuna que Pedro de Limpias, á causa de haberlo
vuelto á Coro, y continuado la misma jornada con Felipe de Utre,
hallándose despues de tantos trabajos en las revueltas y alevosias
del Licenciado Carvajal, que despues pagó con la vida. Demas de los
referidos iban en el campo de Fedreman los Capitanes Diego Martínez
y Juan de Avellaneda; Alonso de Olaya Herrera, natural de la villa
de Agudo, y marido de Juana Miguel de Mayorga; Cristóbal de San
Miguel, natural de la villa de Ledesma, que casó con doña Francisca
de Silva, y Encomendero que fué de Sogamoso; Alonso Ramírez de
Poveda; Andres de Ayala, vecino que fué de Tunja; Cristóbal Gómez
Nieto, natural de Villas-buenas, que casó con doña Leonor de
Collantes y Silva, y fue Encomendero de Tabio; Bartolomé González;
Bartolomé Hernández de Leon, que se avecindó en Vélez; Diego
Rodríguez de Valderas, Encomendero que fue de Ubaté y casado con
doña Leonor Maldonado; Bernabé Méndez, que filé vecino de Tocaima;
Diego Franco en Vélez; Domingo Ladron de Guevara, natural de
Arrieta y marido de doña Catalina de Figueroa; Francisco Ortiz,
vecino de Tocaima; Diego de Guete y Diego Ortiz, en Vélez; Diego de
Espinosa, en Mariquita; Francisco Alvarez de Acuña, en Santafé;
Francisco de Monsalve, natural de Zamora y casado con doña Catalina
de Pineda; Francisco Dorado del Hierro, que casó con Ana de Avila y
fué Encomendero en Sasaima y Bituima; Hernando Montero, que se
avecindó en Tocaima; el Bachiller Juan Berdejo, primer cura que fué
de Santafé; Juan Fuerte soldado que fué de Gerónimo de Hortal, y en
la batalla que Alonso de Herrera hubo el año de treinta y cinco con
los Caribes de Guayana, fué herido con siete flechazos; Domingo
Lozano, que se halló en el saco de Roma y fundó en el Reino las
ciudades de Buga y San Vicente de Páez; Juan de Villanueva, casado
con Mary Sáenz de Morales y Encomendero de Ocabita; Juan de Castro;
Juan Quintero; Juan Martin Hincapié, vecino que fué de Vélez, y en
la sobrina del Cacique de Monquirá tuvo descendencia, que se
conserva en Santa Marta; Juan Gascon, vecino de Vélez; el Capitan
Luis Lanchero, natural de Simancas, que casó con doña Francisca
Ruiz Mansipe, hija del conquistador Pedro García Ruiz, tambien de
Simancas; Mateo Sánchez Rey, de nacion Genovés, que casó con
Casilda de Salazar; Fr. Vicente de Requejada, del Orden de San
Agustín; Melchor Ramírez de Figueredo; Miguel Holguin de Figueroa,
que se avecindó en Tunja; Miguel de la Puerta, en Tocaima, Pedro de
Pórras, en Tunjo Pedro Sánchez Valenzuela, en Ibagué; Pedro de
Aranda, en Vélez; Pedro Rodríguez, de Salamanca, que dejó hijos
fuera de matrimonio; Sebastian de Pórras, vecino que fué de Ibagué;
Cristóbal de Angulo, que lo fué de Vélez; Cristóbal de Miranda, que
fué Encomendero de los Panches; Cristóbal de Zamora en Tocaima;
Maese Juan, que casó con Florentina de Escobar en Santafé; Anton
Flamenco; Sebastian de Almarcha, que fué Alcalde mayor de la ciudad
de Santafé; Antonio Ruiz, Encomendero de Foscauzaque; Juan Aleman y
otros de quienes no tenemos noticia.
En efecto, reconocida la gente y número de ella por los dos
Capitanes de Quesada dieron aviso de todo, remitiéndole para esto
fin á Parédes Calderon y á uno de los soldados de Fedreman, que lo
fué Fernando Montero, á quien recibió con agrado y le dió algunas
telas de algodon para vestirse y una chaguala de oro que pesó más
de doscientos castellanos aunque el Fedreman no acababa de
resolverse en las propuestas que le hacian los Capitanes Suárez y
Juan del Junco, pareciéndole algunas veces más acertado volver á
Coro, recelos de que se hiciese alguna extorsion á su gente
fatigada, y otras resolviéndose á no aventurarla por tan
arriesgadas provincias, ofreciéndose algul me lio de ejecutarlo con
reputación. Pero estando así las cosas, un nuevo accidente pudo
alterar no solamente el ajuste de que se trataba, sino la paz de
todo el Reino; porque persuadido ó instigado Benalcázar de algunos
de los suyos y olvidado por esto de su primera resolucion con la
esperanza de apropiarse la conquista que no habia hecho, pasó el
rio de la Magdalena, tomando la vuelta de Santafé por la provincia
de los Panches, con tanta celeridad que casi á un tiempo le llegó á
Quesada la noticia de haber esguazado el rio y la de haber entrado
por los Llanos á Bogotá, deseoso de coligarse con la otra gente
española que habla arribado á Pasca, segun las relaciones que
tambien tuvo de algunos indios Panches. Extraño dictamen el de
abrazar por lícita contra otro la misma culpa que despues halló
digna de muerte en el Mariscal Jorge Robledo cuando la obró contra
él.
Esta nueva per no esperada de Quesada, porque lo cogió sin
haberse convenido con Fedrerman, lo alteró tanto cuanto se le
representaba mayor el riesgo de perderlo todo si la gente del Perú
y Venezuela se ligaban en perjuicio suyo; de que ya empezaba á
tratar Benalcázar acuartelado en Bosa, dos leguas de Santafé, segun
que á cada paso se lo avisaba con repetidos correos desde Pasca los
Capitanes Junco y Suárez, que estaban con Fedreman y así resuelto á
no permitir que lo echasen del Reino los dos caudillos para
dividirlo entre si á título de que caia en los términos de la
gobernacion de cada uno, que era el punto sobre que se carteaban,
juntó toda su gente española con más de veinte mil indios que le
acudieron voluntarios, con determinacion de presentar al uno de los
dos campos la batalla ántes que lo buscasen unidos; porque el
tiempo gastado era justificar su posesion no fuese el mayor enemigo
que le sacase de las manos la presa; pues si al gran Capitan no le
dieran tiempo para representar el derecho que tenia su Rey á la
Basilicata en la particion de Nápoles no lo hubiera perdido todo
rnonsieur de Aubèni: y por muy digno de reparo era el lance
presente, es de saber que en cada cual de los tres campos habia el
mismo numero de combatientes, ni uno más ni ménos, que fué á ciento
y sesenta y tres, un clérigo y un religioso, con la diferencia de
que el religioso del campo de Quesada era de Santo Domingo, el de
Fedreman Agustino y el de Benalcázar de la Merced, y tambien la que
hacia la gente del Perú abastecida de armas, caballos y demos
pertrechos á la de Venezuela, falta casi de todo y de salud, como
salida de parte más remota: y es cierto que hubiera logrado su
pretension Quesada, si los sacerdotes, considerado el de servicio
que de semejante resolucion habia á resultar al Rey y los graves
daños que de no ajustaras habian de seguirse á todos, no tomaran la
mano para convenirlos á tiempo que Fedreman y Benalcázar no
distaban cuatro leguas, y así iban y volvian de un campo á otro
proponiendo medios, y por último dijeron á Quesada se ajustarian
los dos caudillos contrarios con que del Reino se hiciesen tres
partes con jurisdiccion iridivisa, hasta que el Rey declarase en
cuya gobernacion estaba comprendido.
Este partido era el que más despreciaba Quesada, y abominaba que
de él sé tratase un Reino que tenia descubierto y conquistado; y
con no querer dar oidos á semejante demanda, se temia por parte de
los eclesiásticos que el negocio llegaría á rompimiento. Pero: los
Capitanes que tenia Quesada en el campo dé Fedreman cedieron tal
maña, que los convinieron en que se uniesen, con cango de que le
diesen al Aleman cuatro mil pesos de oro, graciosamente, y en que
dejándole vender sus caballos y armas en lo que pudiese, pondría su
gente y persona á la disposicion del General Quesada y se vendria
con él á Castilla donde su Majestad determinase si caia ó nó el
Nuevo Reino en la gobernacion de Venezuela. Lo casi firmado de
ambos, tomó el campo de Fedreman la vuelta de Santafe, donde
habiendosele recibido ostentosamente y héchosele algunas dádivas,
metió su gente debajo del estandarte del Nuevo Reino: lance en que
libró Quesada su seguridad contra los del Perú, que, sabido el
ajuste de Fedreman, despachaban las embajadas ménos soberbias que
hasta allí, y acaeció que llevando una de ellas á capitan Juan de
Cabrera, pretendió de secreto (á lo que despues se dijo en público)
que Fedreman convocase otra vez toda su gente por los medios que él
propondría, para lanzar del Reino á Quesada: y aunque de parte de
Benalcázar no se presumió intervencion por lo que despues afeó la
propuesta, lo cierto si fué que el Fedreman como buen caballero la
despreció: lo cual sabido por Quesada, y enterado de que la
embajada de Cabrera se enderezaba á que diese paso libre á la gente
del Perú por el Reino, como tierras que eran del Emperador, para
proseguir en el descubrimiento del Dorado y casa del Sol (de que ya
los del Reino tenian noticia), lo trató ásperamente,
representándole la fealdad de proceder con cautelas, diciéndole por
último que no hablase su general en pasar por el Reino de guerra,
pues en caso que porfiase en ello, se lo cabria impedir á lanzadas:
á que no satisfizo mal el Capitan Cabrera, respondiendo que cuando
así fuese podia estar seguro de que á su General ni á su gente se
los darian por las espaldas de que alterado Quesada lo despidió
ordenándole no volviese más á proponer modio alguno. Pero, sin
embargo, de allí á dos dias, interviniendo en ello los dos
religiosos Dominico y Mercenario, con poderes de los dos Generales,
asentaron que Benalcázar dejase toda su gente debajo de la
jurisdiccion del Nuevo Reino y de quien lo gobernase, con calidad
de que enviando por ella el Marqués Pizarro, el dicho Quesada ó sus
Tenientes la dejasen sacar; y al Capitan Juan de Cabrera se lo
diese luego sesenta hombres de los suyos, para que en la provincia
de Neiva, de la otra banda del rio grande, tierra descubierta por
él, fundase un pueblo sujeto á la gobernacion del Perú, como lo
hizo, aunque á pocos dias se despobló, y el Juan de Cabrera con su
gente dio vuelta al Reino.
Demas de lo referido se convinieron en que se le permitiese á
Benalcázar vender lo que llevaba para hacer dineros y con ellos
pasar á Castilla con el mismo Quesada y Fedreman, á dar cuenta al
Emperador de los servicios que le habia hecho, su otra capitulacion
más que las referidas; pues aunque la primera que le propusieron
fué darle otros cuatro mil castellanos de oro, respondió como quien
era, que no vendría jamas en ello, por no dar motivo á que se
dijese vendia la libertad de su gente entregándola por dinero á
diferente caudillo; accion con que justificaria el Marqués Pizarro
el enojo que con él tenia ; y á la verdad, el Benalcázar obró en
esto con la grandeza de ánimo de que lo dotó el cielo, y tanto fué
más aplaudido por ello, cuanto más deslució la contraria resolucion
que tomó poco ánte Fedreman; y así, concluso el convenio, se
encaminó á Santafé con su gente, donde se le hizo tan plausible la
entrada, como pedia el suceso. Y porque ha sido estilo de esta
historia nombrar aquellos héroes primeros de quienes se ha podido
adquirir noticia, sin que se pueda atribuir á cuidado el silencio
con que paso los nombres de otros conquistadores famosos, será bien
referir aquellos que nombran Castellanos, Herrera y Quesada, aunque
tan limitadamente, que se reducen á veinte y cuatro, habiendo sido
otros ciento y sesenta y tres entre infantes y caballos los que
llevaba Benalcázar, de quienes iba por Maese de Campo Melchor de
Valdés, que se avecindó en Ibagué, y por Capitanes Juan de Cabrera,
que despues murió en la batalla de Añaquito siendo Maese de Campo
del Virey Blasco Núñez Vela; Pedro de Puelles, Teniente que fué de
Quito, que se halló en esta entrada, aunque mal informado el inca
Garcilaso en el capitulo segundo del tercer libro de la segunda
parto de sus Comentarios, dice que Gonzalo Pizarro, en este año en
que vamos, dejó en Quito por su Lugarteniente á Pedro de Puelles
miéntras pasaba á la conquista de la Canela; pues lo cierto es
haber estado por el mismo tiempo con Benalcázar en el Nuevo Reino,
de donde bajó á Cartagena como veremos, y despues dió vuelta al
Perú, y le estuviera mejor no haberla dado.
Otro de los Capitanes era Juan de Ampudia, que volvió á Popayan,
y con él Luis Daza y Juan de Arévalo, Encomendero que fué de
Tibacuyas; y de los que se quedaron en el Reino fueron Hernando de
Rójas, que se avecindó en Tunja, donde casó con Doña María de
Montalvo, de quienes se conserva ilustre familia; Anton de
Esquibel, natural de Sevilla y Encomendero de Foáca en Tunja;
Antonio Luján; Francisco Arias, Encomendero de Sora; Juan de
Avendaño, Alférez de á caballo, conquistador de Cubagua, Quito y
Popayan, y Encomendero que fué de Tinjacá; Francisco de Céspedes,
Encomendero que fué de Nemenza y Tunjaque; Gonzalo de la Peña, que
se avecindó en Tunja; Juan diaz Hidalgo, Encomendero en Tocaima;
Juan de Cuéllar; Luis de Sanabria, que sirvió al Rey en la
provincia de Cubágua, natural de Palos de Moguer, que casó en Tunja
con Leonor Macías y fué Encomendero de Firabitóba; Juan Burgueño;
Lope de Horosco, natural de Córdoba, vecino que fué de Tocaima y
Pamplona, y padre de D. Lope de Horosco, Gobernador perpétuo de
Santa Marta; Martin Yáñez Tafur, natural de Córdoba, Alcaide que
fué de la Fortaleza de Paria, conquistador despues de Cartagena y
Popayan, de donde pasó al Nuevo Reino con Benalcázar y casó con
Doña Jimena de Bohórquez, Cristóbal Rodríguez; Juan Muñoz de
Collántes, que de Santa Marta pasó al Perú y en esta ocacision al
Reino, marido que fué de Doña Menzia de Silva, naturales ambos la
Alhambra y ciudad de Granada, y que tuvieron dos hijas legítimas y
el Juan Muñoz fuera de matrimonio, y estando en el Cusco tuvo por
hija en Doña Francisca Coya á Doña Menzia de Collántes, que casó
con el Capitan Alonso de Soto, natural de Valladolid, que se halló
en la batalla de Chupas en favor de Baca de Castro, y acudió
despues en favor del Virey Blasco Núñez Vela, y por hallar caída
con su prision la parte del Rey, pasó huyendo de Gonzalo Pizarro al
Reino, donde casé con la dicha Doña Menzia, de quienes por línea
materna desciende el autor de esta historia; García Arias
Maldonado, que entró en Santafé treinta dias despues que
Benalcázar, en cuyo socorro iba y fué Encomendero de Gameza; Juan
de Horosco; Pedro Vásquez de Loaysa, natural de Málaga, que con uno
y otro pasaron con Arias y otros, de cuya nobleza y más por
ostento tratará el Secretario D. Juan Flórez de Ocariz en los
Nobiliarios que tiene para imprimir.