CAPITULO VII
ACOMETEN LOS PANCHES LAS FRONTERAS DE BOGOTÁ, Y ENTRAN QUESADA Y EL
ZIPA AL CASTIGO CON MAL SUCESO EN EL PRIMER ENCUENTRO - DISPONEN
LOS NUESTROS UNA EMBOSCADA, Y LÓGRASE CON ESTRAGO DE LOS
ENEMIGOS.
A POCOS dias despues de ajustarse las paces, acaeció entraras
algunas tropas de Panches por la frontera de Cipacon, causando á
sangre y fuego, en los Moscas, todas aquellas hostilidades que su
bárbaro furor tenia por costumbre. Los estragos fueron muy
considerables, y más en tiempos que tan calamitosos se mostraban á
los Bogotaes por los encuentros pasados de los españoles, y por
diez años continuados de guerra anterior con las naciones
confinantes, que tenin tan exhaustas de gente las provincias como
faltos de milicia los presidios de las fronteras del Zipa, y
entonces más que nunca con la presa grande de gente que hicieron
para cruel desperdicio de sus viandas. Sintióse el real ánimo de
Sacrezazipa con la lástima que le representaron los suyos. Maquinó,
empero, la venganza á costa del menor riesgo, y para ejecutarla le
representó al General Quesada la invasion de los Panches con enojo,
y el destrozo de sus gentes con ternura. Añadia á esto que la
ofensa no tiraba tanto á la nacion Mosca como á la Española. Que á
los Panches sabedores de lo más secreto, no se les ocultaba que si
los españoles hallaban víveres era en las provisiones de Bogotá,
fáciles de retirar, á no pretender, los unos y otros coligados, la
ruina total de su nacion. Que procedian sagaces en acometer primero
á los Moscas, como á parte más flaca, para que destruídos a éstos
quedasen los españoles expuestos al rigor del hambre, contra quien
aprovecharia muy poco el valor. Que de los Bogotaes no habian
recibido injuria alguna reciente, y del campo español lloraba la
derrota que recibieron sus armas en los confines de Tibacuy, y así
buscaban para despique de su afrenta la muerte de los que amaban á
sus contrarios. Pero que siendo ya tan amigos, debian recibir
aquella ofensa por propia, pues en menosprecio de su amparo
acometian á los que estaban á su sombra. Y finalmente, que pues era
condicion de las paces auxiliarse recíprocamente en las guerras, ya
se había llegado el caso en que los Moscas necesitaban de las armas
españolas para buscar la satisfaccion de sus agravios.
Representada así la pretension del Zipa con aquella eficacia de
voces que enseña el aun á los bárbaros, y consultada por Quesada
con sus Cabos, convinieron todos en era justa la demanda y
debido el socorro que pedia; pues ademas de estar obligados á ello
á consecuencia de las paces capituladas, se interesaba ganar
crédito entro aquellos infieles para que con ménos resistencia y
más firme voluntad admitiesen la Ley Evangélica y dominio español.
Diéronselo á entender á Sacrezazipa para que tambien de su parte
previniese ejército, á que asistirian ellos, ofreciéndose hallar en
la faccion el mismo General en persona: oferta que agradeció con
demostraciones grandes; y así para no malograr la buena ocasion que
le ofrecia el tiempo y su fortuna, dispuso en pocos dias veinte mil
combatientes de sus tercios viejos, que sujetos al General Quesada,
como supremo Cabo que los gobernaba á todos, entraron en pos de los
españoles por el montuoso territorio de Tocarema, de la provincia
de los Panches, los cuales, desvelados en su defensa, no perdian
punto en las entradas de la montaña, por donde no podia penetrar un
solo hombre sin que de él tuviesen noticia. Y si como tenian
experimentada la aspereza de las entradas, supieran aplicarle
defensas, no le fuera posible al campo español pisar sus provincias
sin el riesgo notorio de su pérdida, por La valentía reconocida en
los contrarios.
Enterados, pues, los Panches de la entrada de los nuestros con
tan lucido ejército de Moscas (aunque se recelaban poco de ellos),
y escarmentados de la derrota pasada, en reconocieron las ventajas
con que los caballos peleaban en la tierra llana y limpia,
dispusieron sustentar la guerra ocupando las asperezas más altas de
los montes, donde ningun buen efecto ejecutasen, y ellos pudiesen á
su salvo ofenderlos. Gran parte de su naden se habia convocado á la
fama de la guerra, y era número crecidísimo el que se había
fortalecido en los picachos, aunque no igualaba al de los Moscas,
nacion más dilatada; pero como la gen española, deseosa de probar
las manos, llegase á darles vista á tiempo que iba faltando e dia,
hicieron señal de embestir con las trompetas, á que correspondieron
los Panches con su bárbaro estruendo de bocinas y gritos, en señal
del rompimiento de la batalla, que luego fueron atacando los
caballos, más con ventaja conocida de los Panches, por no poder
aquéllos ganar las eminencias ni subir los peones maltratados de la
flechería y piedras que despedian de arriba, de donde se defendian
y ofendian tan valerosamente, que tuvo a bien cejar más que de paso
el campo español, receloso de verse totalmente desbaratado.
Por otra parte, animando sus tropas Sacrezazipa cerró fieramente
con los enemigos, que soberbios con el buen suceso de los españoles
lo recibieron con tal coraje y ventaja, que sin daño casi de los
suyos hicieron formidable estrago en los primeros, y tanto, que ya
el ejército Mosca desconfiaba de tener más fortuna que la de una
lamentable ruina. A los muertos despedazaban los Panches, y en el
calor de la pelea les bebían la sangre, de que su apetito voraz se
hallaba sediento. El combate se mantenia de parte de los nuestros,
más con la muchedumbre que con la resistencia, y el daño de los
Bogotaes fuera más crecido á no ser socorridos de una escuadra
española, que en riesgo tan crecido hizo aquel dia proezas dignas
de eterna fama, tanto más grandes cuanto salieron más costosas,
pues quedaron doce mal heridos, aunque tan firmes, que rechazaron
la bárbara furia y sostuvieron el peso de la batalla. Señalose
mucho Anton de Olalla, atravesado el brazo izquierdo de un
flechazo, Hernando de Prado y Juan Ramírez de Hinojosa, que fueren
tambien de los doce, hasta que cerrando la noche se retrajo el
ejército Pancho á las cumbres más fortificadas, y el de los Mozcas
á la parte más baja, en que se habian recogido los caballos. Allí
se curaron los heridos y por las partes más dispuestas para ser
asaltados de los Panches se pusieron centinelas; aunque los
españoles, no ménos recelosos de los contrarios que de los
parciales, se velaban de unos y otros, pasando lo más de la noche
en consultas sobre el modo que tendrian de acometer al enemigo en
su alojamiento, ó sacarle á parte donde valiéndose de los caballos
pudiesen pelear todos más á gusto, en que prevaleció el parecer de
que se les pusiese emboscada da y con buenos ardides se procurase
sacarlos de las fortificaciones ásperas que tenian.
Mediaba entre los dos campos un arroyo pobre, cuyas orillas
estaban bien pobladas de un espeso bosque, que á poco trecho
remataba por las dos bandas en tierra limpia y yana y aseguraba la
mejor comodidad para los intentos del General Quesada, sí el ardid
se lograba como lo tenia dispuesto. En este bosque, pues, se
ocultaron en lo más silencioso de noche el mismo General, Hernan
Pérez, su hermano, Gonzalo Suárez Rondon, Juan del Junco, Lázaro
Fonte, Juan de Céspedes, Gonzalo Martin Zorro, Gómez del Corral,
Pedro Fernández de Valenzuela, Juan de San Martin, Antonio de
Lebrija y Martin Galeano, dignos por sus hechos y trabajos de mejor
fortuna que aquella con que desengañados acabaron sus dias. Alli
pasaron lo restante de la noche dejando en el campo las órdenes que
se habian de ejecutar en rompiendo el dia; y así, luego que
amaneció, dieron órden para que Sacrezezipa (á quien todo se le
habia comunicado), pasase de la otra parte del arroyo con su
ejército bien ordenado y acometiese á Los Panches en su mismo
alojamiento. El bien industriado en lo que debia hacer, pasó sus
escuadras, y puestas en la parte que para el intento habia elegido,
mandó tocar sus fotutos y tambores avanzando sus tropas y al
principio á subir á los altos en que los Panches estaban
acuartelados, los cuales, como viesen que los Moscas solo se
empeñaban en la faccion arriesgada de asaltarlos, y descubriesen
los caballos retirados de la otra parte del arroyo, y el resto del
campo español distante de ellos en lo más alto de una colina, donde
industriosamente se mostraba como que su intento fuese hallarse
neutral en la batalla y verla dar solamente entre las dos naciones,
tuvieron por afrenta suya que los Moscas, gente cobarde en su
opinion, tuviesen atrevimiento de acometerlos sin el amparo y favor
de los forasteros, y embravecidos como leones desampararon las
asperezas y bajando por las laderas en confianza de que tenian
segura la victoria, fueron cargando inconsideradamente sobre los
Moscas, que, recibiendo con tibieza la primera carga y fingiendo
temor del avance, se iban poco á poco retirando para empeñarlos más
en su alcance de tal suerte que, haciendo rostro unas veces con
tiraderas y dardos que arrojaban, y otros apresurando el paso,
procedieron tan diestramente, que los sacaron á la tierra llana,
como pudiera haberlo hecho el ejército más bien disciplinado.
Apénas los Panches ocuparon la campaña cuando, visto por los
españoles de la colina, tocaron una trompeta, que fué la señal para
que los doce de la emboscada acometiesen; y si rayos despedidos de
pavorosa nube, salieron del bosque rompiendo por el números
ejército de Caribes, poblando de sangre y espanto la campaña.
Turbado entónces el bárbaro gentío del repentino encuentro, en
tiempo que más vanaglorioso iba en seguimiento de sus contrarios,
aumentó sus turbaciones al estruendo de los crueles golpes de las
lanzas, que, fieramente indignadas, no perdonaban cuerpo desnudo en
que no ejecutasen heridas mortales. A este tiempo habian ya llegado
los demás españoles que se mostraron en la colina y dieron la señal
de la trompeta, con que en breve tiempo se ejecutaba la venganza
por todas partes á satisfaccion de los indios amigos, hallándose
los Panches desbaratados y confusos, rodeados de sus contrarios,
sin que pudiesen volver los ojos á parte que no encontrasen el
temeroso semblante de la muerte, y con esto lo más libraban su
seguridad en los piés, aunque pocos la hallaron en la fuga, y los
que escaparon se entraban por los bosques, donde, aun en las
cavernas más retiradas no pensaban estar libres de la cruel furia
de los Moscas, que, como nacion cobarde, ensangrentó más su
venganza cuando halló ocasion, aunque no se mostraren ménos
valerosos que los españoles es la batalla: tanto puede la fuerza de
la emulacíon de las naciones aunque caiga en las ménos guerreras;
sí no es que fuese la confianza que hicieron de la Española, á cuya
sombra pelearon; y así unos y otros, viéndose dueños del campo,
volvieron á su alojamiento ufanos y victoriosos, que celebraron á
su modo los indios con bailes y cantos que duraron la mayor parte
de la noche; aunque la gente española se velaba de ellos, no con
ménos cuidado que lo habia hecho de los vencidos.
El dia siguiente, habiéndose juntado las reliquias del campo de
los Panches y reconocido el menoscabo y destruccíon de sus gentes y
Capitanes valerosos, entraron en consulta de lo que debian hacer
los Cabos y señores que habían escapado; y pareciéndoles que de
proseguir la guerra amenazaba la total ruina de su naden,
determinaron pedir paces á Quesada, y para el efecto eligieron
embajadores á cuatro indios principales que fuesen á capitularlas,
llevando un buen presente de guamas, aguacates y sigan oro, que es
el mejor tercero de voluntades; y el bárbaro más antiguo de ellos,
en lengua Chibcha, que hablaba bien, le dijo al General Quesada
cómo la nacion de los Panches, invencible hasta entonces, temida y
respetada con general espanto de todos los que habían osado
penetrar su provincia, juzgó, engañada de sus victorias, que no
serian poderosos millones de enemigos á quebrantar sus bríos,
amedrentar sus corazones y oprimir su libertad; pero que ya vencida
y bollada de las armas españolas, confesaba las ventajas que hacian
los castellanos á los Panches y las conveniencias que tenrioan con
su amistad, si dejando la guerra comenzada los admitian debajo de
su amparo con las condiciones que les fuesen más agradables. Bien
admitida frió la embajada del General, que se hallaba deseoso de
poner fin á tan sangrienta guerra, de que forzosamente habían de
resultar los daños que produce una obstinada defensa; y como por el
semblante les traslucia los buenos deseos con que se inclinaban ti
la paz que pedian, dioles á entender cómo debian ante todas cosas
dar la obediencia y reconocer vasallaje al católico Rey de las
Españas.
Prometiólo el embajador en nombre de aquellos señores que lo
acompañaban, y ningun autor expresa, aunque segun la tradicion
parece haber sido el Tocarema, el Siquima, el Matima y Buluadaima
su confinante; y porque el General Quesada les mandó parecer
delante de Sacrezazipa y que le rindiesen las armas con todas las
ceremonias que usaban los vencidos con los vencedores, dieron
muestras de gravo sentimiento, manifestando bien por ellas que uno
de los más sensibles golpes de una mala fortuna es que haya de
rendir obsequios el que se aventajó siempre con su esfuerzo propio,
á quien solo pudo parecer más valiente con el amparo ajeno. Todos
los demás tormentos caben en el disimulo de un ánimo cuerdo; éste
no puede ocultarse en los retretes del pecho más cauto, porque no
hay arte para que les brios y alientos se humillen donde no
reconocieron ventajas. Grandes monarcas no rehusaron sujetar la
cerviz á las altiveces de Roma porque los vencieron sus armas; pero
Aníbal, sin haber ceñido corona, tuvo por menor pena quitarse á sí
mismo la vida que rendirse al arbitrio de quien tantas veces supo
triunfar victorioso. Sin embargo, el aprieto hizo forzoso el
rendimiento en los Panches, aunque despues de aquellas primeras
ceremonias entraron ceremonias entraron algunos capitanes españoles
de por medio y los redujeron a capitular paces de que ambas
naciones quedaron agradecidas. Y así al dia siguiente se partieron
los Panches gustosos y los españoles y Mozcas dieron vuelta a sus
tierrras con aquel placer que llevan los vencedores después de una
victoria no imaginada. Llegaron a Bogotá donde hallaron
innumerables gentes congregadas á fin de celebrar aquel triunfo y á
darle aclamaciones á Sacrezazipa de hasaña tan singular, que
aplaudieron muchos dias con juegos y banquetes, cuyo remate
lastimosa dirá el teson con que las dichas temporales terminan
dolorosas tragedias.