CAPÍTULO V
MARCHA QUESADA Á SOGAMOSO, SAQUEA LA CIUDAD Y QUÉMASE SU TEMPLO.
-VUELVE Á TUNJA, Y DESAMPARÁNDOLA POR IR Á LA CONQUISTA DE NEIVA,
PELEA EN EL CAMINO CON TUNDAMA Y RÓMPELO EN UNA BATALLA.
LAS palabras sencillas de Castellános descubren que las
experiencias con que las dijo siempre se acreditarán más en tiempos
futuros; pero volvamos á Quesada, que vista la gran riqueza que
descubría la tierra, y cuán poco acertada resolucion era seguir por
entónces otra fortuna que la que se les mostraba propicia, mandó
que tres jinetes fuesen á Ciénega por la demás gente que habia
dejado en ella, y retardándose en seguirle contra el órden que les
habia dado. Obedecieron, y cuando llegaron á la mitad del camino
hallaron demás al Capitan Juan de San Martin, que, como dijimos,
arribó perdido y engañado de malas guias; y sabida por él la buena
suerte que habia tenido su General, prosiguió en su demanda con el
resto del campo que allí estaba, juntándose todos al quinto dia en
la ciudad de Tunja, alegres de la presa y con presunciones de
aumentarla, por cuanto el Gobernador de Baganique, que les dió la
noticia del Rey de Tunja, la daba nuevamente de que Sugamuxi,
Cacique de la provincia de Inca y Pontífice máximo de los Mozcas,
tenia riquisimos tesoros en su cercado y en el templo mayor de
aquel Reino, que era el de su corte, y que por ser santa toda
aquella tierra, otros muchos Caciques tenian en ella particulares
oratorios, en que aparte ofrecian cantidades de oro segun la
posibilidad de sus dueños. Que oido por el General Quesada, y
escarmentado del malogro del pasado lance por su poco
aceleramiento, prevenidos veinte caballos y buena infantería,
caminó tan apresurado, que abrevió á un dia de marcha ocho leguas
que hay desde Tunja á Paipa; repartimiento que cupo en las
conquistas á Gómez de Cifuéntes, quien mereció por sus servicios
que la Majestad católica le permitiese poner sus armas enfrente de
las Reales, como se ve en la casa con torre que labró en la plaza
de Tunja, y goza hoy con el mismo repartimiento el Capitan D.
Francisco de Cifuéntes Monsalve, digno sucesor suyo, despues de su
tío Francisco de Cifuéntes, que lo heredó al conquistador su
abuelo, y por no tener hijos lo dejó al sobrino.
En Paipa tomaron algun descanso aquella noche los españoles, y
otro dia en seguimiento de su jornada entraron por el territorio
del Tundama, que cavilosamente les envió al encuentro un regalo de
mantas y oro, diciéndoles por su Embajador se detuviesen en tanto
que personalmente salia a presentarles ocho cargas de oro que se
estaban ajustando entre sus vasallos: y como ménos promesa sobraba
para detenerlos, no queriendo perder aquella ocasion de aumentar el
caudal con partida tan considerable, hicieron alto aquel tiempo que
bastó para que el sol declinase del zenit más ardiente, en cuyo
espacio se dió Tundama tan buena maña con los suyos, que traspuso
todo el oro de los templos y casas, y guarneciendo de gente bien
armada las colinas y partes altas, dando grita y voces á los
españoles, con grandes oprobios les decia se acercasen y llevarían
sobre las cabezas el oro que tenian para darles, porque á ménos
costa mia podrian ganarlo. Sintieron tanto los españoles la burla,
que se determinaron á invadir la ciudad, aunque salieron de ella
sin fruto alguno y maltratados de las piedras y flechas que
despedian de los altos que tenian tomados, sin que pudiesen los
nuestros corresponderles por entónces con las ballestas y
arcabuces, por serles forzoso excusar la contienda, á causa de ser
ya tarde para arribar a Inca, á donde los llevaba la guía, y
distaba del sitio donde aconteció esto, pocos más de dos leguas; y
así, por más priesa que se dieron, llegaron á tiempo que iba
entrando la noche.
Hay un campo raso y ameno ántes de llegar á Sogamoso, que
anticipadamente dispuso la naturaleza para teatro en que se
representase la tragedia de este suceso. En él reconocieron los
españoles numerosas escuadras de indios que su Cacique tenia
prevenidas para oponerse valiente, dejando á la suerte de una
batalla su buena ó mala fortuna; y así, viéndolos cercanos, dieron
la guazabara que acostumbraban en sus lides al atacar la batalla,
que no excusó el campo español; porque convidado del buen terreno
para los caballos, rompieron por lo más granado del ejército
enemigo, sembrando los campos de penachos y coronas con daño de los
dueños, aunque no muy considerable. Otras dos veces fueron
acometidos de los veinte caballos unidos, y fue tanto el espanto
que concibieron acobardados ya de las lanzas, que con facilidad
fueron desbaratados y constreñidos á volver las espaldas con
vergonzosa fuga, dejando libre la ciudad y Sugamuxi su cercado, no
ménos magnifico que él de Tunja en los resplandores con que lo
adornaban las láminas y platos de oro pues a en la fachada, que
montaron cuarenta mil castellanos, y entre ellos hubo pieza que
pesó arriba de mil, de buen oro; siendo la oscuridad tambien el
amparo á cuya sombra sacaron los indios mucha parte de las riquezas
que tenian en sus casas y adoratorios, aunque del templo mayor (que
ya, ó porque fuese religiosa atencion, ó por cosa comun, y lo más
cierto porque no fué posible) no pudieron sacar la riqueza que
bastan para el remedio de muchos, si pudiera lograrse.
Buena parte de la noche habia corrido, cuando convidados de la
ocasion se fueren al templo Miguel Sánchez y Juan Rodríguez Parra,
y para ver lo que se contenia dentro del suntuoso edificio, le
rompieron las puertas, y con luz de pajas encendidas en un
hacesillo reconocieron sobrada riqueza con que satisfacer sus
deseos, y sobre muchas barbacoas gran cantidad de cuerpos difuntos
adornados de ropas y joyas que manifestaban ser de por personas
calificadas. El pavimento del templo estaba cubierto de espartillo
seco y blando, segun la costumbre que se observaba allí y en las
denisa provincias de aquel Reino, que participan de region fria:
objetos todos que aumentaron la codicia de estos dos soldados, para
que sin advertencia de lo que obraban pusiesen en el suelo la luz
que se cebaba en el hachon de paja, miéntras ellos no ocupaban en
recoger oro. Qué poco discurre la codicia una vez empeñada! Qué
ciega atiende al peligro embelesada solo en que la arrastre el
objeto! La llama fué prendiendo lentamente por los espartillos
hasta dar en las paredes entapizadas de carrisos curiosamente
puestos y trabados, donde se aumentó con tal fuerza, que cuando los
dos compañeros atendieron al daño que de su descuido habia
procedido, no les fué posible apagarla; y aunque intentaron
diligencias para ello, ninguna tan eficaz que les obligase á soltar
de las manos el oro que cada cual tenia recogido, y asi para no
verse conocido riesgo de perderlo todo, desampararon el templo
dejando la restante riqueza expuesta á la furia del incendio, que
corriendo hasta la techumbre daba tan crecido resplandor, que
alumbraba toda la ciudad y campos, de tal suerte que Domingo de
Aguirre y Pedro Bravo de Rivera montaron á caballo y acudieron
presurosos al lugar del incendio, pensando haberse dispuesto
ardilosamente por haber visto que algunos indios salieron huyendo
del templo.
De esta opinion fué siempre Miguel Sánchez, afirmando no haber
estado la desgracia de parte de su descuido, sino de la industria
de los Jeques y Mohanes, que debieron de estar secretamente dentro
del templo en guarda del insigne santuario, y viendo tan ocupado á
los dos españoles ó por quemarlos en venganza de haberlo profanado,
ó porque a la mañana no lo despojasen á sus ojos los demás
compañeros, llevados del celo de su falsa relígion le pusieron
fuego; pero ningun volcan se mostró más ardiente en el arrebatado
curso de sus llamas que este edificio avivado de los soplos del
viento, siendo lastimoso espectáculo de aquellos tiempos,
considerada la majestad de su fábrica, la grandeza de sus tesoros y
la curiosidad de sus arreos; y sí á los ojos de los bárbaros fué
objeto de lágrimas por el violento destrozo de lo más sagrado que
veneraban, no fué ménos lastimoso á los españoles pór las
esperanzas que entro las ruinas del fracaso dejaron sepultadas.
Mucho tiempo duro en el incedio, porque fué mucho lo que tuvo que
gastar la llama; no me atreveré á determinarlo por no peligrar
entre malos creyentes. Y aunque parece exceso (áun para ponderado)
lo que refiere Castellános, mucho lo defiende á su buen crédito,
principalmente cuando otro ningun escritor contradice sus
palabras;pondrelas aqui, y el lector hará el juicio que lo
pareciere. Dice pues, en su historia general de las Indias:
El fuego de esta casa durable espacio de cinco años, sin que
fuese invierno parte para consumirlo; y en este tiempo nunca faltó
humo en el como compas y sitio donde estaba: tanto grosor tenia la
cubierta, gordor y corpulencia de los palos sobre que fué la
fábrica compuesta.
Las maderas para aquel suntuoso templo llevaron de los Llanos á
Sogamoso segura la tradicion de los más ancianos de aquella
provincia, con infinito número de gente que la piedad hizo
concurrir de diversas partes para ocuparse en ministerio tan
religioso; y no pudiera fabricarse de otra suerte respecto de no
haberlas de su porte á ménos distancia que la de los Llanos, ni
hallarse de calidad tan durable en otro sitio, pues casi tiraban á
incorruptibles á la manera del henebro, de quien refieren las
historias haber durado los edificios que de él se hacian en España,
mil y setecientos años sin corromperse. Y como la intencion de
estas naciones fuese hacer permanentes sus templos, es llano que
siendo tantas las que habitaban aquel Reino, las condujesen de
términos tan dilatados; y aun se infiere por personas curiosas en
descubrir antigüedades de aquella provincia, en que fué singular el
Licenciado Juan Vásquez, hijo de Pedro Vásquez de Loaysa, que al
tiempo de afijar en la tierra aquellos corpulentos maderos, los
cimentaban sobre esclavos vivos, persuadiéndose á que fundados
sobre sangro humana se conservarían ilesos: engaño que reconocieron
en el asolamiento y destruccion que hizo de ellos el fuego
reduciéndolos á cenizas, sin que la engañosa potestad de su Cacique
acudiese al reparo con las lluvias de que se jactaba ser dueño.
Eralo al tiempo que hubo esto incendio, Sugamuxi, como dijimos,
de quien tomó nombre el pueblo principal y su provincia, el cual,
persuadido despues y convencido de la verdad de nuestra santa fe
católica y bien instruido en ella, recibió el agua del bautismo,
trocando el nombre de su gentilidad en el de don Alonso, á quien
dice Castellanos haber conocido algun tiempo y ser muy liberal y
mañoso en ganar las voluntades de los Jueces; y refiere de él, que
estando con una mujer viuda española y hablando con sentimiento de
la muerte de su marido, por remate del pésame, le dijo estas
palabras: Entiendeme, señora, la que digo. Yo quise bien á tu
esposo, y en fe de esta amistad le permití se sirviese de algunós
vasallos mios, y que, de ellos cobrase los tributos. Estos vasallos
estás ahora en tu poder, y agregados repartimiento que te dejó en
su muerte; y si tú procedieres con reconocimiento a lo que le
debes, no admitiendo compañía en tu lecho, de mi parte te ofrezco
el mismo servicio que cuando lo tenias vivo; pero sí en esto
faltares, no formes queja de que yo tambien falte al agasajo que
hice á tu marido y mi amigo, porque no será justo que mi hacienda
pase á otro que sin haberlo trabajado quiera por tu eleccion errada
gozar lo que no merece ni le costó fatiga. Y dígotelo, porque
acontece muchas veces llegar gente ociosa a sobrogar en el mismo
lugar que tuvieron muchas canas honradas, y por el mal juicio de
las mujeres malbaratan y juegan las posesiones y que no ganaron,
dando en correspondencia de estos bienes muchos disgustos y heridas
quien los hizo dueños de todo; de suerte que lo que eligieron para
gusto, permite el cielo se les convierta en pesar, y que en ellas
se ajuste el adagio de quien tal hizo que tal pague.
Refiérese tambien de este D. Alonso, que habiendo ido én cierta
ocasion á la ciudad de Santafé, y estando en visita con un oidor,
éste para acariciarlo más en el amor del Rey Nuestro Señor, le
mostró un retrato suyo que tenia en la sala; y habiéndose quedado
el Cacique algo suspenso mirándolo, le dijo el Oidor: Qué os
parece, don Alonso, de nuestro Rey? A que respondió con sosiego:
Muy bien, si tuviera su Corte en Sogamoso. En el que le díó á
entender con prudencia lo que padecen los vasallos de las Indias,
por tener el recurso del Rey Nuestro Señor tan dilatado. En otra
ocasion le dijeron que iba un Juez ó Corregidor muy justiciero á
Sogamoso, y volviéndose á los indios les dijo fuesen al rio á ver
cómo corrían las aguas, y sino iban para arriba sino para abajo, no
se persuadiesen á que aquel Juez habia de correr por diferente
camino que los otros. Bien se reconoce de lo que llevamos dicho la
capacidad de aquel indio, y se desmiente el falso concepto que
formó de todos D. Fr. Tomas Ortíz en el memorial suyo, que refiere
á la letra Fr. Pedro Simon, religioso Francisco, donde sin que se
halle proposícion universal que sea verdadera, se encontrarán
algunas tan duras (porque hablemos con modestia) como la en que
afirma no ser los indios capaces de doctrina ni castigo, no
pudiendo negar que son hombres, y de las partes que con toda verdad
refiere D. Fr. Bartolomé de las Casas, Obispo que fué de Chiapa,
era el principio del informe que hizo al Emperador en crédito de
los índios con quien viviá sin temor de que le aseasen el poco
fruto que habia hecho en ellos como misionero, y extorsiones que
hubiese permitido como protector. Y volviendo á D. Alonso se
reconocerá por lo que dijo á la viuda, el crecido caudal que gozaba
en aquellos tiempos; pero á la sazon que los españoles saquearon á
Sogamoso hallaron muy paco respecto de las grandes noticias que
llevaban, y ese recogido y bien asegurado, dispusieron volver á
Tunja antes que lo perdiesen necesitados de pelear con las gentes
que todos los Caciques comarcanos iban recogiendo para socorrer á
Sugamuxi; y así brevemente ejecutaron su partida en demanda del
campo español, que estaba en guarda de la presa hecha en Tunja,
donde juntas las fuerzas consultaron la parte que seria más á
propósito para que en ella se prosiguiese la conquista.
Prevaleció entre todos el parecer de los que sentían ser la
provincia de Neiva la de más rica fama y nombra, de quien se decia
tener el terreno próspero y abundante, y que en él habia una laguna
depositaria del más rico adoratorio, que fundó la antigüedad sobre
columnas de oro y en quien se cifraban innumerables riquezas de sus
contornes: rumores que esparcian los Mozcas con fin de que los
nuestros desamparasen su tierra; y á la verdad, se dijeran que los
rios y los arroyos que la riegan son caídos de mineros de oro y que
sus arenas sobran para haber hecho á muchos hombres ricos y sirven
de depósito en que consiste el caudal de los belicosos Coyaimas que
la habitan, no excedieran en nada de ella ni adelantaran la
relacion de lo que hoy se experimena. A esta buena noticia se
añadio la nueva que tuvieron del bosque en que se ocultaba el Zipa
Thysquesuzha, á cuyo retiro habia mudado la grandeza de los tesoros
que solía tener en Bogotá: estimulos fueron éstos que compelieron
al campo español á salir de Tunja, dándole primero libertad á su
Rey anciano; y ya que no pudieron obligarle á que la consiguiese
por rescate, quisieronle granjear con generosidad, dándole á
entender quedaban satisfechos con que guardase amistad con los
españoles, pues si ántes hubiera salido á ellos de paz, hubiera
excusádose de los pasados lances, aunque ya podia seguramente gozar
de su quietud y Reino, en el cual seria fielmente defendido y
amparado. Pero como á un ánimo Real no combate más la injuria del
enemigo que el menosprecio de los propios vasallos y éstos
colocasen luego en la silla Quiminzaque su sobrino, sin hacer más
caso de él, bastó esto esto á quitarle la vida privada que habia
elegido, con más rigor que pudieran las armas españolas.
Despedidos, pues, de Quimuinchatecha con agasajos corteses y
puestos en orden con mas de doscientos Gandules, que llevaban otras
tantas cargas de oro de las que se habián cogido marcharon á Paipa,
hasta donde se detuvieron el tiempo que diremos adelante; y aunque
la mira del viaje era á Bogotá y Paipa esté tan extraviada, la
ignorancia de los caminos que ha entónces obligaba á seguir las
jornadas por los mismos rodeos que las habian hecho á tino, tenia
puesta la mira Quesada en valerse de todos los medios pacificos
para reducir las provincias del Reino que le parecia tener ya en
buen estádo si el Cacique de Duitama no embarazara esto buen
progreso, no queriendo admitir la paz que lo habia ofrecido y
pasado á maltratarle dos Embajadores que le habia enviado, cosa que
por el mal ejemplo no parecia conveniente se disimulase, y mas
habiendo sabida lo esperaba de guerra; y asi, por ver si con el
espanto de algunas escaramuras ligeras lo podia reducir á mejor
medio, dispuso que se trabasen algunas, que solo sirvieron de que
Tundama le enviase una trompeta al tercer dia haciéndole saber que
pues le habia esperado con toda su gente y no habia querido ir, el
vendría á buscarlo al dia siguiente en su alojamiento de Paipa; y
cumpliólo tan puntualmente, que habiendo salido los nuestros al
romper del dia, vieron á la parte de Oriente bajar por la serranía
más cercana sobre doce mil combatientes en bien ordenados
caombatientes, y prevenidos de armas ofensivas, como dardos,
flechas, hondas, picas y tiraderas, y paveses fuertes en que
libraban la defensa de las lanzas españolas: hacian vistoso alarde
plumas y coronas de oro en las cabezas, petos y brazaletes de lo
mismo, que usaban los indios más nobles, con otras joyas que
deslumbraban la vista de los españoles, ignoran hasta entónces de
aquel ejército, que tan pujante se movia, y aquí fué donde los
nuestros vieron las primeras banderas entre los Mozcas. Era Tundama
el general de todos los coligados, que venían á ser aquellos
Caciques que le daban la obediencia y dominaban hasta Chicamocha
tíerras fértiles y abundantes de las mejores de todo el Nuevo
Reino. Iban por cabos los mismo caciques, como eran Onzaga,
Cerínza, Sátiva, Susa, el valeroso Soatá y el fuerte Chitagoto, con
otros Capitanes y oficiales que por impulso de Tundama marchaban
con airoso denuedo.
Descendian de lo alto de la sierra en demanda del campo español,
que bien ordenado y dispuesto á la batalla esperaba á sus
contrarios, ya más bien reconocidos en los fértiles campos de
Bonza, pueblo que poseyó Pedro Nuñez de Cabrera, uno de los que se
hallaron en esta ocasion, y heredó despues un hijo suyo del mismo
nombre, A quien sus émulos persiguieron sin causa, haciéndolo
llamar á estos Reinos de castilla con el pretexto ordinario de que
los bien quistos de Indias tienen contra sí la sospecha de que
intentan movimientos indignos de su calidad: error que vive impreso
quien busca ocasiones leves para deslucir méritos de aquel nuevo
mundo, sin atender á que serán los que mejor conserven aquellos
Reinos los hijos de la lealtad, que supo ganarlos. En fin, en la
parte más llana que se avecina al rio Sogamoso esperaron los
españoles abrigándose de sus aguas por un costado contra el
ejército enemigo, que viéndolo ya más cercano el General Quesada y
que la ocasion era la más apretada en que le habian puesto los
Moscas, vuelto á los suyos les dijo:
Fuertes compañeros mios, la fortuna no tiene puestos en lance,
de que no es posible escapar esa una sangrienta batalla. Verdad en
que el número de los enemigos es grande; pero tambien lo es que la
muchedumbre entre bárbaros siempre engendra confusion, y que en ela
se ha de fundar la victoria, que espero conseguir por medio de tan
valerosos españoles: y pues Tundama nos provoca sin que de nuestra
parte se le haya hecho ofensa alguna, conozca este barbaro en el
escarmiento su locura, y cada cual de mis soldados combate en
defensa de la honra, pues de ella pende su vida. Lo que conviene es
dejarlos bajar de la cumbre de las colinas hasta que lleguen al
tener bien cogido el llano, porque puedan servir mejor los caballos
y guerrear los infantes sin fatiga, cuando lo diere la señal del
avance. A este tiempo no distaba ya la mayor parte del ejército
enemigo un tiro de ballesta del campo español, desembrazando á un
tiempo flechas y piedras más espesamente que cuando las graniza la
nube ó cuando sacuden de sí enjambres de langostas los aires, con
notable enfado del ánimo colérico de los nuestros; que visto por su
General, y la conveniencia del sitio en que se hallaba, apellidando
Santiago, dispuso que los infantes y caballos de la vanguardia
acometiesen de suerte que el enemigo se rindiese más al espanto que
al destrozo. Iba tambien con el ejército español un buen escuadran
de indios amigos y parcíales, así Bogotaes como Tunjanos, y
empeñaronse en esta ocasion en auxiliar á los nuestros y militar A
las órdenes del General Quesada, tan voluntaria y cautamente, que
para diferenciarse de los contrarios y ser conocidos en la
batalla, se pusieron coronas verdes en las cabezas. Con esta señal
iba y sobresalia peleando entre todos aquel Gobernador de Baganique
que dió noticias de Tunja y Sogamoso; el cual, como viese entre los
cuerpos que batallaban con la muerte, atravesados de las lanzas
españolas, el de un hermoso mancebo adornado de un capacete de
vistosas plumas y coronas de oro, pareciéndole que semejante presea
seria despojo digno de estimacion que acreditase sus brios, quitóse
la guirnalda verde en que aseguraba su vida, y trocándola con la
corona de oro, se encontró con la muerte; porque en el confuso
encuentro, donde todo era horror, sangre y espanto, viéndolo con
insignia diferente de la que llevaban los demás indios amigos, y
reputándolo por parcial del Tundama, quedó muerto entre los demas á
manos de los españoles. Quesada quiero haya sido á las de un
hombre rustico, que por intercesion de algunos consiguió aquel dia
pasar de infante á soldado de á caballo, sin merecerlo; poro o se
le hará extraño el suceso de cualquier modo que fuese á quien sabe
que la muerte del traidor corre por cuenta de quien recibo el
beneficio de la deslealtad: lo extraño fuera no quedar esto ejemplo
más en el mundo para convencer delito que aun no goza indulto en
los acasos. Esta desgracia sucedió sin que de ella se tuviese
sospecha, hasta que puesto en huida el Tundama (despues de una
breve batalla), y recogido el escuadron de los indios amigos, se
halló ménos aquél, con sentimiento general del campo, que á sus
avisos se hallaba obligado y satisfecho de la Valentía con que se
habla portado en las ocasiones; pero haciendo diligencia por la
campaña se encontró el cuerpo atravesado de un bote de lanza, y por
la corona de la cabeza vinieron en conocimiento de la causa de su
infelicidad.
En esta ocasion fué cuando en una de las escaramuzas que
precedieron á la batalla, y no en la que dieron despues á Baltasar
Maldonado, y llaman del pantano, estuvo muy á pique de ser muerto
el General Quesada, porque empeñado en encaramuzar solo contra una
tropa de Duitamas, y sirviéndole de embarazo el caballo al
romperlos, porque le hurtó el Cuerpo al tiempo de acudir al reparo
de un macanazo que le dieron en un muslo, cayó en medio de sus
contrarios; y aunque se defendia con su acostumbrado valor á brazo
partido con el Gandul que lo derribó, hubiera importado poco para
que no lo matasen los demas Duitamas que iban cargando, á no ser
socorrido de Baltasar Maldonado, que á lanzadas lo sacó de todo el
batallon, y con su ayuda recobró el caballo, para que juntos
saliesen con victoria de aquel empeño. En fin, conseguida ya sin
daño alguno de los españoles, recogieron los despojos de los
muertos, que fueron muchos, y pasados tres dias, que gastó el
Cacique de Paipa en ajustar las paces entre los españoles, Duitamas
y Sogamosos, con que se sosogó toda la tierra, se partieron en
demanda de Neiva, donde los Mozcas afirmaban haber lo que llevamos
dicho de las columnas de oro y montones de él en las casas, á la
manera que ellos los tenian de maiz y frijoles. Llegaron, pues, á
Suesca, distante doce leguas de Bogotá, con el carruaje que va
referido, donde haciendo alto el campo, pasó el General Quesada muy
á la ligera con aquellos infantes y caballos que le parecieron
bastantes para la empresa, dejando los demás á cargo de Hernan
Pérez, su hermano, y arribando con brevedad al pueblo de Pasea,
puesto á la entrada del monte que media para los Utagaos y tierra
que habia pisado otras veces, dejó en él para resguardo suyo al
Capitan Albarracín, natural del puerto de Santa María, con alguna
gente, y siguiendo desde allí su derrota con buenas guías, que lo
llevaron por regiones calidisimas y tierras despobladas, fué
atravesando por los confines de los Utagaos (siempre peleando con
ellos) y por las serranías de Cunday hasta llegar a la provincia de
Neiva, á quien pusieron el valle de la tristeza. Allí se les
huyeron las guías, dejándolos en grave desconsuelo, por ser aquel
país poco poblado y sumamente caluroso, de que se originó que de la
mayor parte de los vívanderos y de los españoles tres ó cuatro
muriesen al rigor del hambre y calenturas, sin que se hallase
remedio contra daño tan grave: si bien este se debe atribuir más á
la falta de víveres que al mal temperamento, pues aunque es así
que la tierra es calidísima y que la baila el rio grande de la
Magdalepa, y otros muchos, la experiencia ha enseñado que su temple
es de los más sanos de las Indias.
Alojáronse, pues, los españoles a orillas de aquel rio, por
haber hallado en esas casas pequeñas donde vivian algunos naturales
de la provincia, que temerosos de la entrada de gentes extrañas se
habian pasado de la otra banda, desde donde (como es costumbre
entre ellos) los amenazaban en cada alborada conn gritos y
alaridos. En esta confusion se hallan un dia, cuando reconocieron
que de la otra banda del no un mancebo de gallarda disposicion se
conducia nadando hacia ellos, puesta la proa de su intencion á la
parte donde estaban alojados los nuestros, y que despues de ganada
la ribera se fué para ello, sin recelo alguno, y en llegando sacó
de un zurroncillo que llevaba, catorce corazones de oro fino, que
pesaron dos mil y setecientos castellanos y los entregó al General
Quesada; de que así él como los demás compañeros, aunque tristes y
afligidos, se recobraron á nuevos brios con aquella muestra que
recibieron de su mano con buena voluntad, regalando y tratando al
bárbaro tributario con el agasajo que demostraron en la recompensa
de algunos cuchillos, tijeras y cuentas de vidrio que le dieron: de
que bien satisfecho el mancebo, y habiéndose vuelto á los suyos,
asegundó al siguiente dia con otra partida de oro tan grande como
la primera, que fué tambien satisfecha con cuentas de vidrio y un
bonete colorado, rogándole continuase las visitas con aquellos
corazones; pero no volvió más, ni supieron la causa, aunque lo
esperaron tres ó cuatro dias.
Viendo, pues, el General cuán faltos de salud y mantenimientos
se hallaban los suyos y reconocido el engaño con que le habian
tratado los Mozcas, determiné volverse á gozar de mejor templo;
pero á tiempo que para cargar el oro cada cual lo rehusaba como la
muerte: tanta era la flaqueza que padecian, así los castellanos
como los indios, que habian escapado vivos, pues apénas podian
sustentar los cansados cuerpos en bordones; de que resulté estar
determinados á enterrarlo en parte conocida y oculta hasta tanto
que más bien reformados pudiesen conducirlo sin tanto peligro y
trabajo.
Mas, pareciéndole á Pedro de Salazar y á Juan del Valle que no
cumplian con sus obligaciones aventurando la presa al riesgo de
perderla, cuando los dos se hallaban con más aliento que los
compañeros, la repartieron entre sí llevándola á cuestas hasta
llegar á Pasca, donde hallaron al Capitan Albarracín y á la gente
que quedó con él, con buena prevencion de viveres para que,
refrescados todos, fuesen derechamente al cercado del Zipa de
Bogotá, donde los esperaba ya Hernan Perez de Quesada con lo
restante del campo; lo cual pusieron luego en ejecucion,
reconociendo en la mejoría que sintieron de sus dolencias, sor el
asiento de aquella Corte el más á propósito para convalecer, así
por el buen cielo de que goza, como por la excelencia de víveres de
que abunda.