CAPITULO IV
ASALTA QUESADA EL PALACIO DEL REY DE TUNJA, Á QUIEN PRENDE, Y
DESPUES DE UN BREVE COMBATE SAQUEA SU CORTE CON PRESA DE LOS
TESOROS QUE NO PUDO OCULTAR.
LOS españoles trabajaban en romper las ligaduras y amarras de la
puerta principal en que estaban detenidos, sin darse maña á
conseguirlo, porque se embarazaban unos á otros, hasta que el
Alférez Anton de Olalla, sacando la espada, cortó de un golpe lazos
y vueltas tan diestramente, que abrió paso por donde pudiesen
cómodamente penetrar los infantes; que visto por el General
Quesada, desmontó del caballo, y en compañía de Olalla y de otros
diez compañeros, fueron los primeros que entraron dentro,
siguiendolos despues toda la infantería con fin de hacerles
espaldas; y como la segunda cerca no tenia puertas, y entre ella y
la primera mediaba un patio en que podian muy bien formar
escuadron, con facilidad pasaron los doce hasta la casa, que les
pareció más autorizada de todas, que tenia otro patio semejante al
primero, rompiendo por gran caterva de gente, donde hallaron á
Quimuinchatecha asentado en un duho ó silla baja, y puesto en pié
en contorno del copioso número de gentil-hombres de su casa y demás
criados, que serian más de mil, todos con patenas de oro en los
pechos, medias lunas en las frentes y debajo de ellas rosas de
pluma, y recogido el cabello dentro del circulo de una guirnalda de
las mismas plumas las vestiduras matizadas de diferentes colores;
y, en fin, así éstos como los demás que salieron á recibir á los
nuestros y serían más de cincuenta mil Tunjanos, iban tan ricamente
adornados, que no vieron semejante grandeza los españoles despues,
ni la oyeron, aunque les causaba siempre recelo verlos con sus
armas á todos. Pero el Zaque, sin embargo de reconocer á los
españoles tan cerca de su persona y con tan sangrientas señales, se
estuvo inmóvil y severo, ahí dar muestra de sobresalto ni de
movimiento alguno, fiado en la vana presuncion de que ninguno seria
tan osado que se atreviese á tocar su persona, profanando el
respeto debido á las majestades humanas.
Tanta era la confianza de este Príncipe, que se persuadia á que
la veneracion misma con que lo trataban los suyos, seria de
obligacion forzosa en los extraños. Y aun esto no es de reparo
respecto de la mentida divinidad que se apropian aquellos que por
costumbre tienen el dominio y por herencia el obsequio, sin
atencion á las vueltas de la fortuna con que humilla lo más
elevado, y de las ruinas de un edificio deshecho fabrica la
grandeza de á un monte desvanecido. Pero apénas reconoció el
General Quesada ser aquel bárbaro Rey el que buscaban por las
señas, cuando se le acerco con fin de abrazarlo amorosamente accion
tan mal recibida de los Uzaques, que, poniéndole las manos en el
pecho, intentaron retirarlo con tal vocería, que no era posible
entenderse unos ni otros; mas con todo esto, le instaba Quesada por
su intérprete en que hiciese callar su gente miéntras le hablaba de
parte del Vicario de Dios y del gran Rey de España, que no tuvo
lugar por los gritos y confusíon que habia entre todos, con que se
embarazaba el intérprete; y así, valiéndose atropelladamente a de
algunas protestas para que lo recibiese de paz, que tampoco fueron
oidas, se halló precisado á nuevas resoluciones acometiéndole con
Olalla, y éste (que era caballero de gran fuerza y valor) le echó
mano para sacarlo del cercado, con intento de asegurar su persona
en prision y guarda de los españoles, sin que pueda dudarse la
valentía del arrojo, aunque le quitasen la gloria de singular los
ejemplos recientes de Méjico y Cajamarca. Accion fué la obrada que
turbó de fuerte el ánimo de Quimuinchatecha, que, descompuesta la
gravedad del semblante y dando voces, representaba á su gente el
atrevimiento de los extranjeros con un Rey á quien privilegiaba la
naturaleza de pasar por las fortunas de la gente comun. Quién la ha
visto (decia) que se precipite tanto la soberbia de unos locos, que
se arroje a ultrajar la majestad de los Reyes? ó qué vasallos tan
cobardes ha visto el mundo, que permitan en el centro del Reino y
en medio de tanto concurso de gente armada, que sea aprisionado por
dos forasteros el Señor natural que obediece? Sea desquite la
vivencia de nuestra parte, contra la que usan de la suya, pues ya
tan grande agrario no tendrá más satisfaccion que la muerte de
estos atrevidos.
Centellas fueron éstas que encendieron volcanes en su gente,
pues luego dieron principio á una confusa grita y alaridos, dentro
y fuera del cercado, trabandose el combate por todas partes, sin
que diese lugar el alboroto para percibir el órden de los Cabos.
Los infantes, que dijimos haberse detenido en el primer patio
(conocido el peligro) entraron luego en el segundo en socorro de su
General, qué, sin perder de vista al Zaque, á quien ya tenia de
nuevo asegurado el Capitan Cardoso en compañía de Olalla, se
defendia valerosame te de una escuadra obstinada que lo cercaba y
los de á caballo estuvieron resueltos á lo mismo, si el Capitan
Gonzalo Suárez Rondon no los persuadiera á que desistiesen de
semejante error, representándoles ser tanto el valor de los que
estaban dentro, que con seguridad se debian confiar de que serian
bastantes para salir bien del empeño; que la ciudad y campos
estaban llenos de gentes enemigas, y se necesitaba más de impedir
le entrase socorro al Tunja, que asolar los que se hallaban dentro
que estando ellos de guarda á las puertas donde forzosamente habían
de cargar las tropas contrarias, conseguian que el mismo cercado
fuese resguardo á los españoles para que no se les aumentase el
peligro que puestos á caballos con facilidad resistirian los
acontecimientos externos, cuyo reparo y defensa consistia más en la
ferocidad de los caballos y temor que les tenian que en la fuerza
de los brazos españoles, que forzosamente habian de ceder al
cansancio y á la muchedumbre. Y, finalmente, que desmontando para
socorrer á los de adentro, se desarmaban voluntariamente para ser
lastimosamente oprimidos de la fiereza bárbara.
Admitieron los jinetes el consejo, y el suceso confirmó los
discursos del Capitan Rondon, pues sin necesidad de entrar en el
cercado fueron bastantes los que se hallaron dentro para resistir
la constancia de los enemigos con que batallaban por quitarles de
las manos á su Rey preso. Mucha sangre costó el combate, porque
eran los más nobles Tunjanos los que peleaban dentro de la cerca, y
no hay sangre ilustre que en el riesgo de su Príncipe se pueda
contener dentro de las venas. La flor de la caballería francesa se
entregaba á la muerte quitadas las viseras en la batalla de Pavía,
para escribir con sangre que no hay noble que estime la vida cuando
no redime la afrenta de ver á su Rey prisionero; pero lo que más
reparo hace es que haya Reyes de tan infausta estrella que las
acciones todas de su vida, ó sean de felicidad ó desgrácia, siempre
corran bañadas en sangre de sus vasallos: vióse en el de Tunja no
ménos perjudicial á los suyos, cuando libre que cuando preso,
cuando próspero que cuando mal afortunado. Por otra parte, la
caballería obró tan vigilante, que no cesando de escaramuzar en
torno del cercado, impidió á lanzadas los socorros de más de
cincuenta mil indios que ocurrían al Palacio, y asombrados de los
caballos ó escarmentados de los botes de lanza, se detuvieron hasta
que sobrevino la noche, con que cesó la porfía, rescatándose unos y
otros de tener las sombras por enemigas; mas no por eso dejaron de
trasladar á la lengua la venganza, que no pudieron tomar con las
manos. Llamaban á los nuestros vagamundos, sin más ocupacion que la
de robar haciendas ajenas y darse á la sensualidad, y en esto de la
lascivia decíanles tantas injurias cuantas cabían en los excesos
que de ellos relataban los indios del servicio del campo que se les
pasaban cada dia. Añadian que eran hombres perdidos, no hijos del
sol ni de la luna, como al principio creyeron, sino del demonio ó
criatura peor si la habia, y pudiera tener esto más de sensible en
los nuestros para la enmienda, cuanto tenia de verdadero para el
oprobio.
Manifestóse, sin embargo, en esta ocasion la Providencia Divina
en favor de los españoles, porque segun el número de la gente que
habia ocurrido, sobraba mucha para oprimidos á puñados de tierra
cuando no tuvieran armas; pero quiso Dios que la soberbia y cruel
ánimo de Quimuinchatecha confesase en la esclavitud el desagrado
con que los piadosos cielos miran la falta de clemencia en los
Príncipes, y que su fe santa prevaleciese contra la idolatría,
apoderada de aquella mayor parte del mundo por tantas edades,
siendó fundamentos de alta fábrica y soberano edificio las hazañas
de estos primeros españoles, los cuales, como reconociesen la
molesta y confusa vocería de los indios, ya reducida á silencio
cuidadoso, aplicaron centinelas por la parte de afuera y
dispusieron la gente de á caballo de suerte que velase con la
vigilancia que su seguridad requeria, lo cual ordenado, metieron en
una de aquellas casas á Quimuinchatecha, encargando á fieles
guardas su custodia, con las de algunas de sus mujeres que
asistiesen á su servicio, con la veneracion debida á persona Real,
dándole buenas esperanzas de su libertad, miéntras los demás que se
hallaban dentro, con el deseo de hallar los tesoros que
manifestaban las muestras exteriores de las pendientes láminas,
andaban con lumbres averiguando si correspondia lo oculto con lo
aparente, y en una petaquilla de las que estuvieron dispuestas para
retirar del Palacio y no pudieron, encontraron ocho mil castellanos
de oro y una urna en forma de linterna del mismo metal, que
encerraba los huesos de un hombre muerto, y pesó seis mil
castellanos, sin una hermosa partida de esmeraldas que estaba
dentro de la misma urna, y en lo restante de la casa, de láminas,
chagualas, águilas y otras joyas que le servian de arreo, se
recogieron cantidades tan considerables como se verá despues.
Hallaron tambien tres thytuas, que son cajas redondas, llenas de
mantas y telas de algodon, de las que tributan sus vasallos al
Zaque; muchas sartas de piedras turquesas y de otras verdosas y
coloradas de grande estimacion para el ornato de los indios, y que
han llegado á ser de aprecio para los españoles, por humillarse
virtud medicinal en las verdes para las ijadas y en las coloradas
para restañar la sangre. Cañutos de oro obtusos que en sus fiestas
solemnes servian de coronas ó rodetes á los más nobles, para
ceñirse las sienes, gargantas y muñecas de las manos. Caracoles
marinos guarnecidos de oro, que usaban por trompetas ó sordinas en
sus regocijos y en las sangrientas lides, y que para este efecto se
llevaban de la costa de una en otra nacion, hasta que por via de
rescate iban á parar á los Mozcas, que los tenian por preseas de
buen gusto. La priesa que se daban los españoles el saco era tanta,
que en sus diligentes pasos llevaban escrita su codicia, y en favor
de ella cuantas presas hallaban las trasladaban al patio, ufanos
del pillaje y tan alegres que cuantas veces salian con alguna,
vueltos á Quesada le repetian: Perú, Perú, señor General, que otro
Cajamarca hemos encontrado. Y á la verdad si hubieran llegado con
más dias y copia de gente que á un mismo tiempo cercase el Palacio
y saquease otras casas y templos principales, no desmintieran los
efectos á las palabras y la suma hubiera sido grandísima; pero la
poca gente ocupada en el cercado, falta ya de lo más sustancial, y
la oscuridad de la noche, dieron lugar para que cada cual de los
indios pudiesen escapar sus bienes de las manos españolas.
Las cargas del oro y joyas, que por todas partes se recogieron
en el patio desde las seis de la noche, fueron tantas, que á cosa
de las nueve, en que se acabó el saco (con no haber entrado en
Tunja con quince mil castellanos cabales) se hizo de ellas un
monton tan crecido, que puestos los infantes en torno de él, no se
velan los que estaban de frente y los que se hallaban á caballo
apénas se divisaban, como lo afirma el mismo Quesada en el capitulo
nono del primer libro (su compendio historial del Nuevo Reino,
donde poco ántes de lo referido pone estas palabras: Era cosa de
ver ciertamente, ver sacar cargas a de oro A los cristianos en las
espaldas, llevando tambien la cristiandad á las espaldas, poniendo
las cargas en mitad de aquel patio, y lo mismo en lo de las
esmeraldas que entre las joyas de oro se hallaban. Y en el fin del
mismo capítulo remata diciendo que á los nuestros hubieran guardado
las mantas de algodon finas, y la infinidad de sartas de cuentas
que hallaron, para rescatar con ellas despues entre los indios, es
cierto que le hubiera valido más oro que cuanto vieron junto en el
monton del cercado, por ser aquellos dos géneros tan estimados de
los señores Mozcas para el arreo de sus personas, que los tenian
por su principal tesoro; pero que ignorantes de ello entónces los
españoles, lo repartieron todo despues entre los indios amigos, no
excedió en fin la fama de la riquezas del Zaque de Tunja al que
experimentaron los ojos aquella noche; y al dia siguiente se hizo
la diligencia de examinar los templos y casas de su Corte; pero fué
de muy poca consideracion el despojo, aunque las esperanzas que
tenian de satisfacer sus deseos con el rescate que imaginaban daría
Quimuinchatecha por su persona, eran grandes; porque la guía
afirmaba que cuanto habian hallado era la mínima parte de las
riquezas de aquel Príncipe. Mas aunque se valieron de halagos y
promesas muchas veces y otras muchas de amenazas, jamas pudieron
sacar de él cosa que conformase con sus deseos; ántes estuvo
siempre tan obstinado que rara vez respondia a lo que le
preguntaban, menospreciando de una misma suerte los halagos que los
rigores, aunque no fué bastante su contumacia para que maltratasen
su persona, ni se le embarazasen las asistencias de criados y
mujeres, sin que español alguno se atreviese á levantar los ojos
para mirar alguna: porque el General Quesada era entero en ejecutar
sus órdenes, y tenia mandado le guardasen el decoro debido al
Príncipe prisionero todo el tiempo que lo tuviesen en guardia, y
que lo mismo se observase con los demas indios nobles que lo
acompañaban en su fortuna.
No tiene duda sino que estas prendas fueron muy dignas de
estimar en un caudillo de pocos años, que se hallaba libre de otro
más superior que lo gobernase; y aunque en ella se esmeró tanto
para ejemplo de sus soldados, en lo que más se señaló para crédito
suyo, fué en observar las paces, que una vez asentaba tan
constantemente, que ningun cabo de los que gloriosamente se
emplearon en la conquista de las Indias le hizo ventaja. Y fué mal
informado quien depuso de él lo contrario, exceptuando lo que obró
con Saquezazipa, como despues veremos (desgracia comun fabricada de
la emulacíon contra los bienes quistos), pues si del sucesor de
Quimuinchatecha se hizo justicia despues con razon ó sin ella, que
fué lo cierto, poca culpa tuvo en la resoluoion el General Quesada,
que á la sazon se hallaba en estos Reinos de Europa, y la accion la
ejecutó Hernan Pérez de Quesada, su hermano, qué por aquel tiempo
gobernaba el Nuevo Reino. Y aunque yo no califico circustancias,
pondré las palabras con que Castellanos más ha de ochenta años lo
dijo en el sexto canto del cuarto tomo de su Historía general de
las Indias, que viene á ser el primero de la conquista del Nuevo
Reino. Habla, pues, de la muerte del Zaque de Tunja, sucesor de
Quimuinchatecha, y prosigue:
Hizola Feman Pérez de Quesada,
hermano suyo, no sin imprudencia,
y estimulos de malos consejeros
venidos del Perú, de cuya parte
pandetur omne malum, Dios quisiera
que nunca gente de él en esta tierra
hubiera puesto pies á gobernarla;
hubiéranse excusado pesadumbres,
pues todos ó los más que vienen, traen
un olor y aun sabor de chirinolas.